verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

domingo, 27 de mayo de 2012

Esto sí




Cuentan que Fernando Ortiz, el gran sabio cubano, con grandísimo esfuerzo había terminado de levantar su casa en La Habana, cuando un periodista le preguntó: Don Fernando, ¿el estilo de estas columnas es jónico? A lo que el sabio respondió: No, no son jónicas, son cojónicas. No se imagina usted con qué cojónico afán, pasando qué trabajo las construí…

Con ese mismo tipo de esfuerzo, sobre la nada, o lo que es peor, bajo el pernicioso influjo de la manipulación política más grosera, Fernando Ortiz amasó sustancia histórico-cultural en pos de una imagen viable para la cubanía. En esta emergente imagen, lo negro dejaba de ser de una vez sonoro atrezo para convertirse en actor secundario, o incluso protagonista. Es cierto que a finales del XIX y principios del XX, lo negro se había puesto de moda en Estados Unidos y en Europa. Cuba, como es lógico, no podía permanecer ajena a este influjo, estaba en su centro, era uno de sus motores. En esa época destacan en la isla, por ejemplo, Juana Borrero con sus “Negritos”, y también numerosos poetas que rozan o tocan literaria negritud: Creto Gangá (siglo XIX), Poveda, Boti, Guirao, Pedroso y hasta Acosta (siglo XX). Todo ello antes de que Guillén (Nicolás) y Ballagas lograran subir un escalón formal en este empeño. Los esfuerzos de Ortiz eran sin embargo mucho más cojónicos (léase titánicos) porque muy lejos de intenciones formales más o menos románticas, más o menos originales, folclóricas, estaban impulsados por una necesidad casi infantil, no de verdad poética, sino de verdad científica.

Ortiz, totalmente imbuido del espíritu de Humboldt, y claro, de todo el positivismo decimonónico europeo, estaba decidido a conformar un cuerpo teórico sólido, casi doctrinal, que nos permitiera entender cómo operaba, en esa imagen de cubanía que entonces buscaban todos (políticos, mercaderes, artistas, poetas, y también científicos) lo que él llamó sincretismo cultural. El sabio dejó una obra enorme que siempre se acercó a lo cubano, y a lo negro como uno de sus ingredientes, con un rigor científico sin fisuras. Así construida, su obra es ya uno de los pilares fundamentales del saber patrio. Su influencia se ha notado en el hacer de investigadores y artistas tan distintos como Lydia Cabrera, Moreno Fraginals y Lezama, quien llega a decir: “En Cuba solamente ha sido alcanzada la sabiduría por el taita, el negro esclavo al llegar a su ancianidad…

Sin embargo, no corren siempre lo negro y su papel en lo cubano la misma suerte. Ni intelectuales ni artistas tienen siempre el mismo rigor o el mismo duende, según el caso. Figuras como Fernando Ortiz o Lydia Cabrera en la investigación y su consecuente literatura, Juana Borrero, Wifredo Lam o Manuel Mendive en la pintura, Ricardo Porro en la arquitectura, Bola de Nieve en la música o Eduardo Rivero en la danza (quienes saben integrar lo negro en la cultura cubana como la rama de un árbol con raíz universal y tronco europeo, especialmente mediterráneo, hispano) son excepción, no regla.

En poesía, Ballagas y Guillén crean escuela en lo referente a la negritud, pero (que me perdonen sus tantos incondicionales) sobre todo Guillén se queda en el color y en el ritmo (no es poco, ya lo sé, pero...) sin ahondar más allá de la anécdota localizada en la expresión graciosa de un habla que buscaba entonces un espacio fonético y musical en la lengua castellana. No obra el taita lezamiano en Guillén, como no obra en el teatro vernáculo cubano, ni en la “Esquina Caliente” del Parque Central habanero, por más que en todos estos eventos hablen, por turnos o a la vez, el negro y el blanco que cohabitan la isla. En poesía, creo yo, falta un acercamiento mucho más riguroso a lo negro como parte de la cultura cubana.

Pues bien, esta pequeña introducción pretende crear un fondo adecuado para que figure sobre él un proyecto poético, en mi opinión, completamente inédito en la poesía cubana. Tengo en mi ordenador el número 363 de la revista “Folklore” que edita en Valladolid la Fundación Joaquín Díaz. Leo en su página 52: “Leyendas yorubas” Luis Enrique Valdés Duarte. Sí, Luis Enrique, gran amigo, poeta y dramaturgo, publica, acompañado de un escueto texto-guía, el primer poema de una serie de diez con que pretende abarcar la teogonía yoruba cribada en la isla. Leo el texto, el poema y estallo en júbilo. 

Ya me había leído este poema antes mi amigo y maestro Antonio Piedra, pero ahora, no escuchado, sino leído y releído por mí mismo… Es esto, es precisamente esto lo que echaba de menos. Luis Enrique comienza su teogonía yoruba con una ambición que asusta. Este poema: “El gallo de Obatalá”, así, de un plumazo, sitúa la mitología yoruba, no en el mundo donde siempre estuvo, sino en sus registros literarios, en su vertiente escrita (negro sobre blanco) donde, creo yo, no alcanzó todavía su justa medida. Y claro que asusta, si yo fuera él me aterraría, porque este primer poema (qué razón tenía Antonio) lo obliga a otros nueve igualmente verticales. Pobre amigo, a qué delicioso abismo se acaba de asomar. 

Y es que este poema es magnífico. La génesis yoruba sometida al rigor del romance, a sus riendas musicales, (re)creando verdad poética a partir de un cuerpo mitológico que (¿quién lo duda?) comparte sustancia con el griego (el de Hesiodo y el órfico), el judaico, el celta, el nórdico, en fin, con casi todos; pero que a diferencia de estos otros no tiene todavía su Pentateuco. 

Y es que el proyecto que anuncia, de concretarse con esta calidad todo él, situaría la teogonía yoruba, tamizada por el sincretismo cultural cubano del que hablaba Ortiz, ya no sólo en el lugar que merece en Cuba, sino en un podio universal donde poder tutearse con sus iguales. Insisto, en qué lío se ha metido mi amigo Luis. Podemos darle todo el tiempo que necesite con tal de que se obligue a ofrecernos otros nueve poemas como éste. Ortiz, seguro, estaría igualmente expectante. Imagino que le escribiría a Unamuno: “Mi amigo benevolente y estimado: Lea este poema. En lo que le contó Bobadilla hay mucho de pavoneo insular, pero esto sí…” 

Aquí les dejo el poema. Léanlo, por favor, a ver si al final pueden decir como yo y con Ortiz: esto sí… Dice un  refrán cubano: “La gallina bebe agua y le da gracias a Dios.” Pues bien, el gallo de Obatalá, antes de beber y agradecer, antes de morir sacrificado, ha escarbado con sus patas para crearlo todo, para nombrarlo todo con su kikirikí. Esto sí, esto sí…
                 
              

EL GALLO DE OBATALÁ
(Génesis yoruba)


I

El Padre quiere dormir
celestialmente en su cama
y encarga a la bruma eterna
los detalles y las ganas.
Sus dieciséis querubines,
ebrios con vino de palma,
descienden muertos de risa
por una escalera abstracta.
Y cuando rozan las nubes
con el filo de sus alas,
ártico sol mutilado,
dieciséis perfiles razga,
acunando los ojillos
altos de la madrugada.
Pájaros peces y flores
bajo sus mantas se guardan,
continentes, montes, ríos,
cordilleras, valles, playas…
Desde la tierra se burla
el espíritu del agua:
los dieciséis querubines
han olvidado la gracia.
Lívida en el horizonte
está la luna doblada;
su rubor oculta un aire
de licores y de danzas
que va despeinando, mustia,
la tropa en su basta cábala.
Busca el Creador suplentes
por celestiales ventanas
y encuentra insomnio y agravio
de borrachera y trastada.
Le da a Obatalá el encargo
con tres condiciones raras:
que recaiga en fiel criatura,
que pique en tiniebla opaca,
que ignore que es el misterio
quien da a la esencia ganancia.


II

Escarba un gallo en la tierra
la cantidad hechizada;
los querubines se ríen
al ver resbalar su lágrima.
Pero el gallo mostrará
que de su tímida entraña
surgen nítidas las cosas
en una turba de tramas.
En seis días la belleza
contra la nada se embauca.
De la pata izquierda salen
todas las semillas granas:
trigo, arroz, maíz y avena,
centeno, bambú y cebada.
En el mismo día el polen
salta, coloreando el alba,
a lirios y marpacíficos,
sauces, mangos y guanábanas.
Y de la pata derecha,
en la segunda jornada,
inmensas filas de embriones
recónditos en su cáscara:
aves, reptiles y peces,
de huevos y cataplasma,
más la exhibición galante
de gacelas, leones, cabras,
elefantes y jutías,
almiquíes y jirafas.
Al tercer día en la cresta,
el gallo busca las casas:
océanos, serranías,
selvas, estepas, sabanas…
y enloquece de grandeza
por la arquitectura exacta.
Al cuarto día pretende
embellecer las moradas.
De sus plumas fulgurantes,
roto espejo en catarata,
los minerales se agrupan
en valencias arbitrarias:
basalto, níquel y plomo,
hierro, pirita, pizarra…
y junto a la consistencia
de pétrea razón en rama,
con fina espuela perfora
las preciosidades altas:
jade, zafiro, amatista,
lapislázuli, oro y plata.
De minería empolvado,
se enfrasca en la quinta obrada.
Para ornar el apetito,
el de la avidez con trampas,
roba del piélago eterno
la glosa de las miradas.
A las heridas del prisma
recorta excesivas gamas
y los más puros colores
de policromía santa:
azul, rojo, verde, añil,
amarillento y naranja…
Rasca el gallo su sesera
en la sexta laborada
y lúcido se pregunta
por la grandiosa antesala:
¿Habrá en el fichero eterno
lo igual a su semejanza?
Bate las fuerzas telúricas
con la pátina encrespada
y un hombre y una mujer,
manual de matrices sacras,
abren los ojos al mundo,
emergiendo de las aguas.
Brilla el sol por un paisaje
de formas reconciliadas
y el amor a borbotones
que en dulce verdor encalla
se refleja en la yagruma
al vaivén de su hoja falsa:
leve cara al mediodía
y un envés de noche larga.
En el varal de un bohío
y sin más labores claras
se limpia el gallo su airón
intuyendo que algo falla.


III

Al séptimo día exacto,
cuando Dios en paz descansa
y la materia agoniza
por una espuela encantada,
lo perfecto se despierta,
exigiendo al gallo alas.
El ave triste prescinde
de sus plumas más doradas.
Por más que las hermosuras
le envenenan las entrañas,
por más que busca en el mundo,
no logra encontrar las ánimas
y el gallo se desespera:
¡Ay, el hombre pide un alma!
Ya nada puede alentar
con espuela tan escasa
ni sabe cómo ofrecer
espíritu a la sustancia.
Mira a Dios piadosamente
y atravesando galaxias
el soplo queda en el hombre
de celeste ala dorada.
En los collados solares
se queda el gallo sin habla.
Rompe el pergamino azul
donde iluso proclamaba:
“De todo soy creador,
dé la esencia mi ganancia.”
Obatalá lo conduce
a las estancias sagradas
y un vago kikirikí
trepa torpe la garganta:
último canto inmortal
de melodía profana
que retumba el terciopelo
de la Majestad intacta.
En el Jardín del Edén,
sobre carroza argentada,
las jerarquías yorubas
dan fe del gallo y su hazaña,
con el primer sacrificio
bajo una gran ceiba estática.

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