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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

viernes, 30 de mayo de 2014

A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional… Que pare el que tenga frenos







                                                              Para Javier Pérez González y Mario Rodríguez Montero



A to meter, entre cadereos y cubatas, celebramos recientemente el XX aniversario de la apertura del “Malecón de La Habana”: un bar ya cerrado, pero que en los años noventa del pasado siglo fue el más relevante templo dionisíaco de Valladolid; el lugar que mejor convocó y reunió a quienes entonces buscaban rones que sudar en el musical y bailongo pórtico de los cuartos más canallas. Poco disfruté de aquel hueco embrujado, sensualísimo, porque Leonardo era un niño y Mario un bebé cuando el local estaba en pleno apogeo. Lo visité siempre que pude, mas no fue regularmente. Mis noches solían tener entonces un prólogo paternal y un epílogo libresco. De las 21:30 a las 23:00 horas representaba al enemigo de mis pequeños héroes; casi siempre un terrible monstruo que terminaba molido a palos por un muñequito japonés o un ranger enmascarado y escapista. A partir de esas horas, cuando los vencedores de aquellas reyertas de sofá se iban a la cama, y mientras en El Malecón se ejercía y enaltecía el pecado: se bailaba sin medida, se ponía a prueba la capacidad filtrante de las vísceras, se sudaba, se tasaba la pasión y se cerraban los más suculentos negocios carnales, yo leía o escribía. Lo hacía muchas veces hasta las 4:00 de la mañana, con el oído pendiente de toses o llantos infantiles. Esto, claro, después de haberlo “pactado” y “resuelto” con Marisela, la dueña de todos mis malecones, la que mejor lució bajo las farolas que alumbraban el original habanero, bañada literalmente por aquellas olas que acometían a los tratantes de amor y sexo con su equilibrada cargazón de agua y aceite, sal y sueños.

No fui un asiduo al “Malecón” pucelano (ya ven, bajo tierra y seco; resonante y promisorio sin embargo) pero me invitaron a su veinte cumpleaños, porque tengo muchos amigos entre sus incondicionales veteranos. Si se celebra el nacimiento de santos, mártires y difuntos sabios, ¿por qué no celebrar el de los santuarios macarras que eligen o eligieron los pecadores para obviarlos, estén en funciones o no…? Me invitaron a la fiesta donde comprobé, veinte años después, que la amistad, el ron, la música, el baile y la carne en estado de alerta siguen maridando a la perfección en las higiénicas bacanales humanas…

Esta pequeña introducción para contar que, en medio de aquella catarsis liberadora, y por raro que parezca, un buen amigo, “maleconero” de pro, con la mirada intervenida por el ron-cola y la camisa abotonada con dos ojales de desfase; esto es, en un estado muy poco adecuado para tratar asuntos “serios”, se empeñó en abordar mi faceta de escritor. Créanlo. Por ser tan amigo lo escuché con el cariño que merece, mientras morenas, rubias y mulatas “hablaban” de cosas bien distintas bailando “Pedro Navaja”, y mi mujer sonreía segura en su inmutable trono. Pobre de mí… Pues bien, Javi me vino a decir (no es literal, imaginen cuál era mi capacidad para el registro fidedigno en aquellas circunstancias) que yo escribía de puta madre, que me seguía con disciplina, incluso con fervor, pero que hacía tiempo no lloraba con mis textos. ––Soy ñoño, Jorge, quiero que me hagas llorar, dijo. Como creí entender que en ese momento necesitaba reír más que otra cosa, le respondí: ––vete a un urólogo con uñas largas, coño, si no te atreves a experimentos más fuertes, ¿por qué quieres llorar con mis textos? Pero él insistía: ––no es broma, Jorge, créeme, necesito emocionarme, llorar con lo que escribes. Escribe algo que me rompa, por favor. Yo, que seguía sin la menor intención de tomarlo en serio en aquel momento, aquel lugar, le dije a su mujer: ––mira lo que pide tu marido, cariño, tendremos que hacerle daño. Y ella, a la sazón mucho más clara que nosotros y muerta de la risa, respondió: ––haz lo que debas hacer, Jorge, cuenta con mi complicidad… En fin, cubata en mano, y con tanta carne expresándose rítmicamente en aquella lonja pecaminosa, con tanto cariño en torno, no fue difícil encontrar cómo distraer a mi amigo de su extraña preocupación, aunque para lograrlo del todo tuve que asegurarle que algo escribiría al respecto. ––De acuerdo, me dijo, a ver si es verdad.

¿Por qué quiere Javi llorar mientras lee? ¿Por qué quiere llorar leyéndome? Y, sobre todo, ¿por qué no lo hago llorar sin tan propenso parece a ello?

Si yo fuera un autor prepotente, si no tuviera capacidad para la amistad, si pasara de la gente que amablemente me lee; si no tuviera 51 años, y no supiera por ello que todo edificio, por sólido que parezca, está cimentado sobre un planeta que gira alrededor de una estrella que arde y se extingue; resolvería el asunto de un plumazo, nunca mejor dicho, con un par de citas. Me iría al Goethe clásico, por ejemplo, y con él afirmaría “No puede haber oído noble y delicado al que no repugne el sonido de las campanas…”, o, “El goce embrutece”. Pero, como en mí medran todas las dudas del mundo, y aunque me haya autoimpuesto una ingenua misión humanista, me interesa mucho, lo que más, el propio ser humano, especialmente si ama, más especialmente aún si me ama, echo mano a su natural y mayor enemigo, el propio Goethe, pero en versión romántica, y reconozco: “…sólo la gracia es irresistible…”, y “…todo lo destinado a obrar en los corazones debe salir del corazón”. Así que ya sobrio, Javi, te confieso: me importan mucho tus ganas de llorar, por cursi que parezca mi interés y ebrio las hayas confesado. Tal vez no pueda provocar tu llanto, mas no paso del asunto con olímpica soberbia.

Puede que no me comprendas del todo, pero a veces asumo cierta gravedad pensando que con ello ayudaré a que tu hijo y los míos conserven la capacidad de llorar, y, sobre todo, de reír; por ayudar, digo, a que no terminemos en máquinas, víctimas de una pulcra inteligencia artificial, pendientes de claras contabilidades y estúpidos haberes. ¿Ves? Ya deriva mi ánimo tendenciosamente… Sé que resulta facilón pretender la compasión de un amigo, pero intenta conmoverte conmigo si no puedes hacerlo con algunos de mis textos. Piensa que paso mucho tiempo atado a los libros; que mientras otros pulsan la vida alegremente durante dieciséis horas diarias, durmiendo con placidez las restantes, yo apenas duermo cinco, y de las otras diecinueve, dedico más de ocho a levantar castillos en el aire. Compadécete de mí, Javi, y suelta esa lágrima que te pesa, sea negra o de cocodrilo. Si no lo logras ni así, no será culpa tuya, lo sé. Pero no te preocupes, conozco al urólogo con las uñas perfectas… Ríe, por favor, rómpete, pero de risa. Piensa que tal vez haya demasiadas lágrimas batiendo contra el mismo malecón, y que de este lado participamos la contención necesaria cuando reímos, cuando gozamos. ¿Para qué quieres llorar mientras (me) lees, amigo?

Mira, aunque nacido en pleno Valladolid, tienes sobradas razones para considerarte más cubano que muchos que lo son de origen, tal vez nunca te hayan invitado a relajarte como ahora lo hago; con esta frase criollísima que vence a la paradoja con voluntad y gracia: “A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional”; o, con esta otra que sabe colocar muy bien nuestro común amigo Mario, el artífice del “Malecón” pucelano: “Que pare el que tenga frenos…” Déjate llevar, Javi… Y perdona si hoy tampoco patrocino tu llanto. ¿Sigues esperando fuertes emociones? ¿Quieres visitar al inclemente urólogo? Tengo el teléfono de su manicura. Piénsalo y dime… Quizás ahora que me lees sobrio, con la mirada a plomo y la camisa en forma, te basten para bailar unos violines, y unas cosquillas para creer que lloras... Río… Ríe…



6 comentarios:

  1. Jorge, me a vas a perdonar pero esto tengo que compartirlo por razones obvias. Excelso, sublime, magnífico artículo. Ves?, casi asoma la lagrimilla, menos mal. Yo tengo urologa. Próxima a la jubilación, y te aseguro que sus uñas no tienen nada que envidiar a una batea de mejillones. Jaja. Un gran, fuerte abrazo. Quique

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  2. Nada que perdonar, amigo, todo lo contrario. Gracias por tu complicidad. ¿Uróloga?. Abrazos isleños

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  3. Muchas gracias por lo que me corresponde Jorge, era otra época donde también se dedicaba más tiempo al baile.A nosotros nos gusta más la risa y si es entre amigos mejor. Un abrazo. Mario

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  4. Gracias a ti, amigo, por la gracia y la inquietud, pero muy especialmente por la constante complicidad. Abrazos.

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  5. Con asombro, primero, luego con la sonrisa de la memoria entretejida al tumbo de una ola en azul,desnudándose contra el risco, he terminado con ojitos de cebolla.
    Creame!
    GRACIAS
    Lisett Torred

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  6. Gracias a ti, Lisett, por leerme y comentar aquí. Un fuerte abrazo. Jorge

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