verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

jueves, 19 de junio de 2014

¿La muerte puso huevos en la herida?


  (paráfrasis sobre un verso de Lorca)






Han pasado unos días… ¿Qué decir en aquellas primeras horas que siguieron a la noticia, cuando uno ve que hasta el gobierno chino, en solemne mandarín, lamenta oficialmente la muerte de Gabo? ¿Y qué decir ahora? ¿Para qué? ¿A quién podrá interesar (ya no dentro de un año, sino mañana mismo) esta nota, una más, al margen de la intensa y extensa obra del cuentero colombiano? Es un encargo, claro. Al parecer, al menos una amiga piensa que falta algo por escribir al respecto, y para abundar en mi asombro, piensa que puedo y debo escribirlo yo. ––Dos cuartillas, por favor, me dijo.



El autor y su obra. Lo que importa y place
(media cuartilla)

                                                                  Nada es más real que la imaginación. Lezama.


Hablamos de un gran inventor, de un fabulador empedernido con un oficio de escritor probado. Este “farsante” (¿qué somos, si no, los poetas y narradores según Platón?) hereda un patrimonio enorme: toda la cultura occidental con su semilla mediterránea, su rica tradición lógica y mitológica, su gran acervo narrativo, y una lengua viva que habla una décima parte de la humanidad; una lengua con gran capacidad para ser incubada, intervenida, ensanchada… Hereda además un medio socio-cultural en plena pubertad, donde la historia muestra su más irritado acné. Pero esta realidad es tal, sólo, para los hombres comunes, no para los creadores. Para estos últimos (semidioses o diosecillos, como su nombre indica) se trata de arcilla, nada más. Porque la realidad dada, regalada, ordinaria y grosera, tendrá que ser expuesta de nuevo al estrés humanista, tendrá que “homologarse” para el hombre en su tiempo, y con tal fin, someterse una vez más a los avatares de la madre imaginación... Arcilla, sí, pero no cualquiera. La periferia de una cultura es el sitio ideal para que rebote y resuene el eco de su núcleo. Allí los electrones ganan la libertad necesaria para los movimientos más alocados y sugerentes. Allí fornican y eyaculan con una fértil impudicia, con simétrica impunidad. No dejan de orbitar el núcleo, pero lo hacen con desenfado, como si en ello no les fuera la vida, porque, afortunadamente, no les va. Gabo hereda a Fernando de Rojas, Cervantes, Lope, Tirso de Molina, Pérez Galdós, Baroja… pero también a Rulfo, Arguedas, Asturias, Roa Bastos, Borges, Lezama, Paz, Carpentier… Y especialmente estos últimos han desbrozado el camino. Es en una América traviesa y púber, con las espinillas en plena eclosión, donde pueden nacer y nacen el modernismo, el sencillismo, el indigenismo, el nadaísmo, la antipoesía; donde el surrealismo tiene su ápice de gloria hispana. Es en la América barroca donde, antes de que se hablara sobre el boom y el realismo mágico, se hacía ya sobre lo real maravilloso, de la mano de un afrancesado pero hondamente mulato Mackandal, que un día, machete en mano y sueños en ristre, se presentó en el consejo fundacional de Macondo… ¿Pudieron escribirse en Europa Trilce o Tres tristes tigres? ¿Pudo Lezama escribir como lo hizo, si no en La Habana? No. Mas este tipo de herencia está para todos, y sólo unos pocos la saben asimilar, testar esponjada. Ésos, en ocasiones reciben el Nóbel, y aunque escriban en castellano son despedidos, incluso, en solemne mandarín. ¿Y su obra? El tiempo dirá. ¿Tenía Gabo un gran ingenio? Seguro. ¿Fue un genio? No lo sé, pero qué más da. Como tal reza en la Academia sueca, en los periódicos de medio mundo, en los obituarios desde Aracataca hasta Manchuria… Yo sólo apunto que son dos cosas distintas el genio y el ingenio. Ver, por ejemplo, como lo intuye Gracián, como lo explica Zilsel.



El hombre y sus vicios. Lo que no importa pero debe explicarse
(cuartilla y media)


                                                              Hay que ser un mar para poder recoger
                                                              un río inmundo sin ensuciarse. Nietzsche.



El mismo Ovidio que en Fastos decía: “En mí habita un dios,/ que me anima a inflamarme”, en Las Tristes se quejaba: “¿Por qué reanudo el trato con las Musas, que constituye mi delito y motivó mi falta y mi condena? (…) Quítame la manía de componer versos, y borrarás todos los errores de mi vida. Reconozco que sólo en ellos soy culpable. He aquí el fruto que he recogido de mi numen, mis afanes y mis laboriosas vigilias: el destierro”. Y desplazaba de sitio a su dios: “Si has de suplicar alguna vez, adora el numen de Augusto y eleva humilde tus plegarias al dios cuyo enojo experimentaste…” Entre ambos “discursos” (Fastos y Las Tristes) median el enfado y la represalia de su amo. Ovidio no era un glorificador profesional como en alguna medida lo fueron, aunque no a tiempo completo, Virgilio y Horacio. Así le fue al de Sulmona… Pero esta dependencia de los intelectuales y artistas con relación al poder político no sólo se dio en la antigüedad. En pleno apogeo de los panegíricos y paragones renacentistas y barrocos: Savonarola, Verino, Facius, Volaterranus, Vasari, etcétera; Miguel Ángel, ya recogido en el de Volaterranus como Archangelus Florentinus, prácticamente divinizado por Vasari, se dirigía por carta a Francisco I de Francia de esta manera: “Sacra Majestad, yo no sé qué es mayor, si la gracia o la maravilla de que vuestra Majestad se haya dignado a escribir a alguien como yo…” Y al cardenal Rodolfo Pío Da Capri, de esta otra: “Ilustrísimo y reverendísimo señor y patrón mío respetabilísimo.”

La mayor parte de los pensadores y creadores desde la antigüedad hasta el siglo XVIII, especialmente los literatos, fueron glorificadores a sueldo de sus mecenas. El plan era simple: ––Te llevo a la posteridad, medro, y voy contigo. Aristóteles educó a Alejandro, Virgilio trabajó para Augusto, Séneca para Nerón. ¿Para quién lo hizo Leonardo? ¿Y Velázquez? ¿Y Mozart? ¿Qué le pasó a Tomás Moro por salirse del redil? Esto siempre fue así. A partir del XIX los artistas, con una clientela poderosa y bien asentada en la alta burguesía, que para entonces no en todos los casos detentaba el poder político, al menos directamente, pudieron independizarse un poco de tal influjo. Sin embargo, la relación de los escritores con la política se mantuvo y mantiene viva por diferentes cauces. La lista de poetas y narradores que se desempeñaron como embajadores de sus países es extensa aún en los siglos XIX y XX. Entre aquellos mismos vanguardistas americanos, fueron embajadores o cónsules de sus gobiernos a diferente nivel: Darío, Asturias, Paz, Neruda, Cabrera Infante, Edwards, Carpentier… Otros han sido ministros de gobiernos con muy dudoso pedigrí. Es el caso de Cardenal, por ejemplo. Vargas Llosa llegó a presentarse como candidato a unas presidenciales de Perú. Entonces, si es algo tan común y lo fue siempre ¿por qué desconcierta a muchos cubanos la amistad que mantuvo durante tantos años García Márquez con Castro?

“Fausto y Mefistófeles son una y la misma persona”, dijo Jung. “La amistad sólo se da entre iguales”, dijo Erasmo. ¿Será cierto? Esto último no. Yo creo que la relación amistosa de García Márquez con un asesino como Castro, hay que ubicarla dentro de la explicada interacción glorificador - glorificado. Aquí, sin embargo, coexisten dos matices importantes: el glorificador no depende de su par para vivir, y el glorificado ostenta un contrapoder periférico con ciertos rasgos románticos y muy hispanos.

De la misma manera que sólo en América Latina pudieron surgir ciertas vanguardias con relación a la creación literaria en castellano, es allí donde se pueden producir estos fenómenos hoy día. ¿Algún autor de peso, aun propenso a glorificar tiranuelos, pero con vocación eurocéntrica, trabajaría sin condiciones en pleno siglo XX y durante más de 50 años, para un cacique periférico con la sangrienta trayectoria de Castro? Una vez caído el muro de Berlín, ¿qué tiempo hubiera sostenido su apoyo incondicional al tirano maraquero, Sartre, por ejemplo? Es en Nuestra América donde estas cosas ocurren todavía con frecuencia. Puro realismo mágico. Ocurren allí, donde hay margen para que los electrones se meneen en las antípodas del núcleo, donde pasan cosas imprevisibles cada día, donde todo es posible... El americano profundamente hispano (casi todos lo somos en la cuenca del Caribe que habla castellano) carga con una herencia quijotesca enorme. Sí, hablo del gusto por la hazaña a que se refería Ortega. La hazaña por la hazaña, la que no tiene que estar sustentada en ninguna lógica, ni sujeta a ningún resultado práctico. Y esto, unido a los conceptos afines de hombría, honor y firmeza; unido finalmente a la envidia y a los concurrentes complejos, produce personalidades muy especiales. Castro es una perfecta muestra.

Todo ello pudo influir en el temprano acercamiento de García Márquez al tirano caribeño. Tal vez vio en él una suerte de Caupolicán moderno, que, paradójicamente, era también un talibán hispano. De acuerdo. Pero después que entró en contacto con su día a día, después que comprobó cómo encarcelaba y mataba, cómo ejercía un poder absoluto y caprichoso, ¿qué alicientes encontró para sostener aquella relación? Bueno, cualquier novum puede resultar atractivo a un vanguardista de pro. En última instancia, estaba al lado de un tirano de nuevo tipo, el perfecto para el hombre nuevo caribeño, ensayado en Haití doscientos años antes bajo el auspicio del machetero Mackandal. Además, un glorificador, por atípico que sea, se debe a sus funciones y no tiene que hacerse preguntas incómodas. Además, éste disfrutaba en exclusiva una pequeña parcela de poder en aquella “novísima” tiranía: era capaz de promover y lograr la liberación de presos espinosos… colegas suyos, para más señas, encarcelados por ejercer como tales en la nueva Isla Maravilla.

García Márquez no era un hombre íntegro. Era, sencillamente, un buen fabulador. No era un mar, y no podía por tanto recoger un río inmundo sin ensuciarse. Sin embargo, pasado un siglo nadie reparará en cuáles fueron sus amistades. Ya se verá si su “Cien años de soledad” vibra aún en la memoria colectiva para entonces, pero Castro, y su rara amistad con él, serán anécdotas para curiosos e historiadores. Si acaso.

                                                                                 De ser posible, tradúzcase al mandarín.



5 comentarios:

  1. Por ser Gabomarquiana, por cubana y saber, por mis conceptos de vida y vida vivida, coincidimos.
    Gracias
    Lisett Torred

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  2. Me das respuesta a esa rara relacion entre ellos dos.

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  3. Siempre me pregunte por esto. He aqui una respuesta que me gusta y que explica nuestra idiosincracia en la medida que la describe y puede hacerlo. Un saludo y no dejes de escribirnos y explicanos.

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  4. Muchas gracias, Gregorio, amigo, por tu lectura y comentarios. Me complace que compartas mis explicaciones. Te mando un gran abrazo. Jorge

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