verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

jueves, 28 de enero de 2016

Vero ictus






A principios de año regresé a este espacio con la noticia de la publicación en Lumme (Brasil / edición bilingüe / traducción de Ronald Polito) de "Un nudo en el tiempo". Era una noticia especial para mí y me pareció buen pórtico para entrar al 2016. Sin embargo, hoy retomo mi costumbre de agradecer a quienes me leen aquí, dándoles la bienvenida, como en cada enero, con una pequeña parte del trabajo realizado durante mi retiro. Entre noviembre y diciembre del pasado año trabajé mucho. Aquí les dejo el último acto del poemario que escribí. Bienvenidos.


…Aparecen en mi sueño. Mi castaño centra
la primera escena. Lo sembré
con mi padre. Débiles ambos: él y él. El uno
se muere a destiempo. Cae, quiero decir,
siendo más mío que de la muerte.
(Aún disputo su nombre con ella). El otro,
cepellón y palito que ya se distingue
de la hierba alta. Es mi jardín. ¡Ese castaño
es mío! ¡Lo sembré con mi padre! Ah,
creer que un árbol te pertenece, que padre
y jardín son tuyos, qué delicia. Creí… Sueño
en cama nueva sin embargo; con animales
que nunca he visto. O sí, pero no en obras,
rondándome. Una guarnición
de pertenencias noveles, meretrices
deliciosamente azarosas, me cuida. Me avisa:
lo soñado no hace caja en la mañana que alza.
Su campaneo no quita la camisola
a la virgen que la inflama; ni la caspa
al cejudo funcionario que la registra.
Sueño. Pellizco al pasado
(bifronte y comodón). El futuro
escucha el ay (entre doloroso y placentero,
o sea, falaz) con que se muestra vivo
quien lo alimenta y lastra. Aparecen
la cabra y el azor. Me cuentan
sus aventuras. La cabra
tuvo un castaño (el mío), un pájaro
y una sombra. Habitó mi jardín (¿el suyo?).
Viene de un sueño largo (el mío, creo). El azor
la acompaña. La tripula. La abordó
a medio camino entre mi jardín y éste.
Tengo otro jardín. Sueño. La cabra
ramonea en él. El azor la monta. Ni árbol,
ni pájaro, ni sombra. Nada. Tampoco piedras.
¿Qué buscan aquí? La más casquivana
de mis guardianas corre un telón oliváceo
sobre mis preguntas. ―Sueña, me dice, apura
antes que los dioses decreten el vero ictus.
Sigo el relato. Regreso al pájaro carpintero.
Su pico, susto a susto caído, ya gallo escarbador
resana la raíz de mi castaño. Trabaja
en mi memoria. Primer disparo.
(A mi padre lo mató un meteoro) La cabra
ya ronda el páramo. Aparecen
los actores secundarios. El azor masculla.
Se considera protagonista: medio cabra.
No vuela. Es vegetariano (En mi jardín
pasa hambre. Sólo ácaros come.
No hay flores). El azor es el acento
no caprino que salvó a la cabra
cuando enfrentó la marea de congéneres
que constituyen La Cabra Endrina de Caronte.
El azor masculla, pero… si no son principales
ni siquiera los dioses… bueno. La cabra
se hace trashumante. Aparecen Ellos. Nadie
sabe dónde estuvieron, por qué
tardaron tanto. El purín. Eso es: el purín
no era suficiente para estimular la zozobra
divina… Cada uno a lo suyo. Cada uno
produce en la cabra una hinchazón distinta.
Aquí los escopeteros sobran. ¡Fuera!
Todo sucede en mi jardín (¿aquél, éste?):
páramo / charco /  holograma / sala de vistas /
abismo / cueva / arroyo… Mi memoria
es jardinera. Qué problemático quid. El sueño
peldañea la inmersión del vividor introverso.
¿La cabra es mía? Si lo fuera, lo fueran
el azor, el gallo, el potro (ya Unicornio, seguro)
que aparece fugazmente en el relato.
Mi memoria vaga entre sus jardines.
El sueño los une. O no. Puede que
haga justamente lo contrario. Lo sabré
cuando despierte. El corno suena. Temo
que la cabra y el azor se vayan,
que el sueño lo haga junto a ellos
sin desvelar un final creíble; un final que
parta el pan entre aquel jardín y éste.
El corno sigue sonando. El relato se agota
poco a poco. Está a punto de aparecer
el Unicornio. Aparece. Se pierde. La cabra
vuelve al páramo. ¿Cuánto recuerda
su árbol / su pájaro / su sombra (los míos,
quiero decir)?, me pregunto. Un pobre perro cerebral
que sueña. Eso soy, pero sin deudas.
Sólo las deudas de la cabra me incumben.
Y ella no las tiene. Me consta… El azor está nervioso.
Da saltitos. Sabe más de lo que parece.
El corno. Ah, el corno. ¿Me despierta?
¿La cabra ha muerto? No. ¿Y el sueño? Tampoco.
Copa: mi vodka sabe a leche. Sueñaquetesueña
sigo. Ahora el Unicornio viene cabalgado
por el gallo escarbador. Entran al jardín.
No llaman al timbre. Entran a la casa. Entran
a la habitación. Despiertan a mi mujer. (¿Vero ictus?)
―Perdóname, le digo, sueño. ―¿Y estos bichos,
pregunta ella, (los perros no ladran) son nuestros?
Cualquier cosa de la que estemos orgullosos
debe, de alguna manera, pertenecernos.
―¿Lo son? Despierto.



6 comentarios:

  1. Por supuesto, amiga. Y yo feliz. Gracias. Abrazos

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  2. Si no logramos adueñarnos de los sueños nos quedaremos sin nada. Soñemos mucho para ser ricos

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  3. Qué buen avance, otro más para mí, que ya he visto algo. Yo voy en breve a por totalidades, cuando manden los ojos, que mandan mucho. Excelente poema.
    Me alegro de que mi querida Magena también se acerque a tu poesía con ese fervor sincero, de los buenos poetas y lectores de poesía. Muchos abrazos

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  4. Gracias, amiga, por acercarte y comentar. Cuídate esos ojos, que valen mucho. Mi abrazo

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