verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

viernes, 1 de abril de 2016

Un loco en la escombrera




Ayer fui rebautizado por la Casa-Museo de Zorrilla en Valladolid. En la ceremonia oficiaron Paz Altés, (la amiga que dirige dicha institución) y mi querida Charo Vergaz, que actuó como madrina. Y se preguntarán los lectores: ¿rebautizado? Me explico: Esta generosa Casa ofrece un bautismo (de recuerdo, lo apellidan) a los poetas que estamos necesitados de cariño. Dieron conmigo fácilmente, porque se me nota de lejos que a diario me levanto temprano para hacer cola en la lonja del afecto… Eso sí, arriesgan mucho, pues apadrinar a poetas puede resultar muy peligroso. Los poetas nos lo creemos todo. Por eso mentimos tanto, porque pensamos que los demás son tan crédulos como nosotros.

Cuando se bautiza a alguien, se le da un sacramento y se le asigna un nombre. Como dije a los anfitriones en el acto, imagino que me hayan dado el sacramento de la Poesía, que es como decir, el de la Locura; y también imagino que me hayan nombrado Poeta, que equivale a nombrarme Loco. (Recuerden lo que advertía Quijano: “hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”. ¿A qué enfermedad podía referirse el patrón de los chiflados hispanohablantes, si no a la demencia, que tan bien conocía?) Claro, si se apadrina a un poeta, se asume una responsabilidad considerable, porque de alguna manera se está diciendo: ―quiero a este loco, si fallan sus tutores naturales, me haré cargo… Ya ven el riesgo que conlleva el lance.

Sí, el apadrinamiento de poetas es riesgoso, pero también entrañable, porque forma parte del juego. ¿De cuál? Del ancestral juego de la poesía, que implica a los autores, lectores y divulgadores, y que es una variante más en el juego de la vida. En la poesía, como en la vida, gana (o experimenta la ilusión de victoria) quien mejor juega; esto es, quien mejor se engaña, y haciéndolo, más aporta al engaño “masivo” (comillas, porque en poesía este adjetivo…). O sea, gana (siempre a ratos) quien mayor placer alcance para sí mismo y para sus “víctimas”. Porque, ¿realmente hay algo más que placer sobre el tablero?; ¿hay algo más que miedo al dolor, motivando la jugada...? Y si se trata de un juego que pretende el gozo, ¿por qué los poetas nos ponemos tan graves de vez en cuando? Ah, porque no sólo somos fingidores, como dijo Pessoa, sino además olvidadizos. En ocasiones olvidamos que, también escribiendo obras que suponemos serias, estamos jugando; aunque entonces lo hagamos como el impertinente de la clase, el que se cree dotado para crear una rutina con reglas universales que se convierta en razón de ser para todos. Lo digo porque soy uno de esos engreídos. Confieso que me estoy tratando.

Y es que el peor pecado que podemos perpetrar contra los demás, radica en que seamos agentes de su aburrimiento. Si algo no debe hacer la poesía, es aburrir a quien la lee o escucha. Decía Eliot, que si en el siglo XVII hubiéramos preguntado a Molière o a Racine para qué escribían, con seguridad habrían contestado que lo hacían para entretener a la gente de bien. Nada más. La misma respuesta habrían dado, creo yo, Cervantes y Shakespeare, si dejamos al margen manutención y gloria. Entretener y ser entretenido. Eso es: toma y daca simplísimo que, sobre todo a partir del siglo XIX, el burgués postindustrial, ilustrado y positivista, contaminó con fuegos fatuos que vertieron una luz resultona, pero inútil, cuando no dañina, sobre su creciente ignorancia.

Divertirnos con la poesía, de acuerdo, pero con cierta ambición. ¿Por qué no ser ambicioso también en el goce; por qué no pretender el placer mejor sustentado, el más intenso y extenso posible? Somos herederos de un enorme montón de pretérito: nuestra memoria colectiva, esa “augusta” escombrera sujeta a un relato sumamente enmarañado. Hay dos maneras de escribir poesía, que es, en última instancia, añadir material a la pila. La una, simplemente suma capas y capas de sustancia con formas más o menos sugestivas o discursivas, que ensanchan y complican el enredo sin otro beneficio que el mero entretenimiento, (y digo esto siendo muy generoso, porque muchas veces con tal poesía sólo se entretiene el autor). La otra, añade su porción de escombros, (esto es inevitable) pero también nos ayuda a orientarnos en la montonera; mapea los hitos y los actualiza para que, jugando, nos encontremos en ella.

Cuando leemos poesía, si hay suerte nos damos gusto, pero también recibimos memoria: topamos con la escombrera que venimos generando desde que somos seres históricos, y como tales, intervenimos su imagen, tomamos parte activa en el juego que la levanta y explica. Según sea la poesía que leamos, podremos recibir o no, además de la grata oportunidad de jugar con el material acumulado, una delicada propina: el mapa que nos indique cómo llegar, no a la cumbre del montón, para permanecer en ella al relente, esperando que nos caigan los próximos detritos encima, sino a su centro, donde se cuidan los dados divinos, donde podremos hojear el Tumbo que guarda las reglas del juego más placentero, el que entraña las mejores mentiras; esas que cambian de forma en los rabiones del tiempo, precisamente para mantener su esencia a salvo de la temporal deriva.

En resumen, esto dije a la madrina, los organizadores y demás invitados que me arroparon en el rebautizo. Se rieron conmigo (¿de mí?). Lo agradezco mucho en cualquier caso… aunque no sepa si lo hicieron por franca empatía, o porque saben que reír con él, es el mejor modo de sobrellevar al loco que ronda la escombrera con la peregrina intención de (juega que te juega) conseguir su mapa, dar con la hebra buena, explorar sus nudos, merecer el oscuro sacramento que su meollo augura.


8 comentarios:

  1. Ser poeta ,como tú lo eres,es recordar y alimentar lo invisible.Esa parte que tantos seres traemos y que nada de este mundo la mantiene viva.Solo la POESÍA.Un buen poema es un abrazo para el alma..ese que ,como muy bien dices,algunos loc@s buscamos en la cola de los afectos.

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  2. Sí, amiga, así es. Gracias por leer y comentar aquí. Gracias por tus consideradas palabras. Abrazos.

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  3. Pues así pasarás a formar parte de los locos cubanos ilustres.

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  4. ¿Cubano ilustre? No sé, amiga. La locura y la cubanía puede que arrumben, pero lo demás... En fin, me ruborizas, pero te agradezco. Abrazos

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  5. ¡Qué buen bautizo este! Sustenta el cuidado a quien se estima y respeta, el reconocimiento a lo que hace, también escribir. Felicidades, Jorge.

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  6. Gracias, amiga. Recibo con alegría tu felicitación. Mi abrazo para ti

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