verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

miércoles, 26 de octubre de 2016

ARROYO VIVO MÁS LUZ, DA BERROS





Como cada año cuando se acerca el invierno, cierro este espacio para dedicarme a la creación literaria. También como cada año, lo hago con algo de poesía, pensando que quizás sea ésta la mejor forma posible de agradecer su atención a quienes me leen aquí. Hoy comparto el séptimo pliegue de mi último poema: unigénito de Las posesiones del nómada, precisamente el libro que escribí a finales del año pasado.

Aunque se trata de un solo acto, seleccionado entre los diez que componen el referido libro, (un poemario sí, pero también un relato poético) espero que puedan disfrutarlo al margen del déficit narrativo que implica abstraerlo de su matriz.

No debo abundar mucho al respecto, pero sí decirles que se trata de una pequeña parte de la aventura que viven una cabra y un azor bastante atípicos. Seleccioné uno de sus episodios más problemáticos, al final del cual, sin embargo, hay razones para la esperanza. Entiéndase como una propuesta alegórica para el próximo cambio de año: Por mucha pendiente que se nos encime, empeñémonos en ver (también) el arroyo y la luz que se le oponen.

Hasta mediados de enero, me despido. Les deseo arroyo limpio más luz. Berros, les deseo berros.


La cabra ramonea. (El páramo,
ajustada la clavija pánica en pos del Unicornio,
como si se tratara de un cuerpo tendido
decúbito prono bajo un cascarón inerte,
ahíto y manso la surte). Conserva la memoria
de pájaro y árbol. A veces añora la sombra. Incluso.
Pero apenas tiene en cuenta ya que avanza
entre escopeteros-acreedores, que
por inmune que resulte a perdigón y deuda,
se mueve: bate espacio y dura.
(Quien comercia con los dioses
lo hace con el Tiempo; en Él, y con aquellos que
controlan su aorta al timón de la Historia
que para eso incoaron). Ramonea
pero va (¿Adónde?) Nodriza y amante
portentosa, parece libre. No lo es (a quien nada
conceden / los dioses, ese es libre.) Ramonea
preñada y guiada por el corno… El azor,
un cómplice receptor de dones. Participa
el apretón divino. Imagina y se alimenta.
De flores y ácaros. No vuela entre disparos
tras la comida. Anda o tripula la cabra.
Tampoco es libre… El camino
ya mostró sus hematomas, pero aún
guarda sus úlceras más graves.
Finito paripé. Ahí está:
La cabra se detiene. Ni alfombra ni cancel.
El páramo desploma. Se lía con la vertical
y un aristón atroz suplanta al horizonte.   
El corno no pausa. La cabra sopesa la vuelta.
(¿Adónde?) Sus pezuñas registran paisaje
sólo si avanza. El azor se le aferra al lomo.
Ah, el corno… No valen astucias.
En la otra cara del enorme hoyo, un joven
acarrea una piedra sin aparente sentido. Parece
dar una contraseña que las bestias no captan.
Las impulsa sin embargo. Deben abismarse,
tocar fondo, subir el paredón contrario. La cabra
no recibe señales de su macho. Sólo
el corno las emite (¿su otrora amamantado?).
Adelante. El primer paso,
terrible. El azor contesta la diagonal
a-garrado. No quiere volar. Teme
hacerlo después de tanto raso. No come
carne roja desde que viaja en cabra.
Sus alas podrían negarse, imagina. Imaginar
no siempre es provechoso. La cabra
arranca. Enfila el precipicio. El azor
a la grupa, de contrapeso. Con las alas
abiertas: entre vela y parapente. La cabra,
pezuña sobre piedra. Ni chista.
Contrae las ubres. La pendiente pasma.
Pezuña / piedra / medida / contramedida.
El azor estorba. ¿Tendrá que apearse?
Más vela que otra cosa, complica
el movimiento oblicuo. La cabra aguanta.
Sacudirse al azor entraña riesgos. La vertical
arrecia. El corno roza lo inmisericorde.
El hoyo aviva su resonancia. El joven
que acarrea la piedra en la pared enfrentada,
acelera. La cabra no. Sus pezuñas escrutan
en el risco (que encrespa progresivamente)
con un tiento milimétrico. La cabra
no estuvo tan tensa desde que aquel tirador
apuntara al carpintero, que sin pico,
daba vueltas alrededor de su tronco. No piensa.
(El corazón, si pudiese pensar, se pararía)
Late. Avanza. Hinca los corvejones
si hace falta, y frena. Sigue. El azor es un incordio.
Ni trípode ni caduceo. Los dioses no están. O sí,
pero no se ocupan. O sí, pero de sí.
Una cabra es una cabra, por muy tripulada
que vaya, por muy preñada que esté
del Contrahecho, por mucho Unicornio
que prometa… Los acreedores
quedaron arriba. La dan por muerta.
Se vuelven. A contracorno marchan.
No lo escuchan. La cabra sí. Si pudiera evitarlo:
―un árbol / una sombra / un pájaro / una cuerda
contra el mareo / el manto marrón
de siempre / el pienso / un dulce arsenal
de deudas / una muleta, por Dios… Delira
pero desciende. Cada paso, un milagro. Tropieza.
El azor cae. No, rueda. No, planea.
(Obligado te encuentres…) El azor vuela. ¡Por fin!
Lo profundo es el aire. Regresa
a por la cabra. A-garra su cruz. La alza
pero no puede cruzarla… Descienden al fondo
del abismo. (Si tiene fondo no es nada)
La cabra entonces no ríe. No intentará escalar
la otra pared. Un arroyo (su cauce seco)
zigzaguea contra la perspectiva. La luz
enroca en los puntos de fuga. No sobra. Basta.
Quizás el arroyo fluya pasado algún recodo,
en la tripa oscura de alguna caverna.
No habrá tiradores, seguro. Y quién sabe
si al final del sueño… un ojo de luz. Quién sabe.
No todo está perdido. El azor recoge las alas.
La cabra excreta para orientar a Pan. Anda. Sueña:
Arroyo vivo más luz, da berros.



2 comentarios:

  1. Esta parte del texto es excelente, amigo Jorge, pero yo que conozco la totalidad de "Las posesiones del nómada", recomiendo la lectura total, porque esa totalidad es como un círculo, del que aquí solo se tiene un ángulo, gracias por este regalo. Abrazo.

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  2. Gracias a ti, amiga, por lectura y comentario. Quién sabe si algún día se pueda editar este libro. Veremos. Mi abrazo.

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