verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

martes, 9 de julio de 2019

LA HOZ






Pronto (pronto, digo, pero a la vez aclaro que el tiempo en poesía es muy suyo y no acepta acelerones) publicaré un libro llamado Los argumentos del tránsito. Este libro contiene tres poemas de mil versos cada uno: Río, Rueda y Casa.  

A modo de aperitivo, y en tanto el libro va preparándose para la edición, me propongo publicar en este espacio un décimo de cada tercio. Comienzo con el noveno acto (tiene diez) de Río, poema en el que intento construir una metáfora de La Vida entrelazando tres cabos: un río, un poema y una vida concreta. Tres cabos que discurren integrados (espero / quiero creer) en espacio y tiempo, para poner letra y música a uno de los argumentos de mi tránsito: Mario, el pequeño de mis hijos.

Sé que el noveno pliegue de este poema (cien versos de mil) puede dejaros con alguna duda en cuanto a hilo narrativo se refiere. Aun así… Os doy una pequeña clave: Se trata del penúltimo accidente de la referida vida: El río llega a la hoz, un riguroso ajuste que preludia su definitivo (¿definitivo?) desparrame en el mar.  
  



IX



Curvas y paredones. Abra. Hoz. Silencio…
Si el diablo disparara, si su trabuco
tuviera mirilla, fuera ésta. Qué fuerza
la del viejo río para imponerse a la roca,
para propinarle semejante tajo. Qué embrujo
ejerce el salitre sobre el animal,
que aunque reniegue serpea
buscando el ara salada. Para ti sangra
el ombligo de Venus. Su caldo
espesa el agua donde hundes las piernas.
Tus ojos, ahora sí, entre paredes ciclópeas
se ajustan a una vertical purísima: Los unos,
firmes en sus extremos. Los otros,
en espirales cerradas, como recreando
un fuste salomónico alrededor del figurado
mástil. No hay escaque posible cuando se llega
al tojo. El río aún controla su esfínter, pero
sabe que este grave trecho anuncia
el desparrame final. La totora, redorada
en los meandros, pardea. Tu balsa
apenas progresa. Apenas se desvía
del mismísimo eje. Estás solo (siempre
estuviste solo) pero sospechas
que enrocados en esas paredes, o fluyendo
en el agua negruzca, estamos todos (―son
la comparsa de mi soledad, recuerdas)
participando tu silente danza. Lo sospechas
porque en el fondo sabes que este paraje
carecería de sentido sin testigos otros; que el diablo
jamás dispararía sobre una presa, si terceros
no pudieran verlo; que Dios jamás acallaría
su tralla (el silencio también es meridiano)
si no actuara para un público entendido. Y tú
no eres el público. Eres el protagonista.
…Nosotros, quienes aplaudimos
en la primera curva, ahora sosegamos
el espíritu para reconfortarte. Puede
que no tengamos otra cosa, puede que
fuguemos como espectros entre las rocas y
tu memoria, pero no te abandonamos.
…De truchas, ninguna señal. Aquí, ni siquiera
la muerte gesticula. Los salmones
remontan este tramo en procesión
callada. No saltan. No desovarían en él,
está claro, pero tampoco lo harían sin transmitir
a sus huevos, la soberbia gravedad
de estas montañas. Tú, al fin puedes
pensar, imaginar y ver en un único acto. Sólo
el ruido te impedía hacerlo. Tienes los ojos enfermos
de tanta cavilación, pero algo ves. Buscas
al onagro en los cantiles, ramoneando
en la ombliguera. No está. Decides
no imaginarlo (todavía) porque
cae la tarde, decantada en los paredones,
sobre el agua lenta. Esta es la Noche;
ésta: la madura, no la pintona.
Ni la barragana del cielo (o fanal de Dios,
qué más da) alcanza para menguarla. La luz
que emite, azulea. Es un azul ancilar,
metaoscuro. Nada es más negro que lo azul,
cuando repica sobre lo negro para morir
en él. Otoñea en blanco y negro. El blanco,
en la cuenca de tus ojos móviles, sólo.
…La noche, al margen de cualquier divismo,
levanta el penúltimo telón: recrea
el concentrado astral que dio paso
al engrudo lácteo donde la luz, pegajosa,
oscila. (La noche fue un día antes que el día.
La luz seca y limpia, cortesía de tu Luminar,
es una licencia poética que otorga la Negrona
a las estrellas jóvenes). Todo esto lo sabes
ahora; ahora, cuando se detienen
tus cuatro ojos para regalarte
la esencia de su inventario; justo antes
de que suene (―escúchalo) un nuevo trallazo
en las espaldas del cero: Uno. Otro.
Y otro. Y otro... La tralla trae la mañana.
La desnuda para su último baño, que es
el inicial, quizás, en la boca del otero.
La mirilla del diablo agota su diana.
Hasta en la hoz amanece. Entonces
ves al onagro. Sí, ramonea en la ombliguera, y
gira su testa cuando afloran las notas
de tu flauta. La perspectiva embuda
hacia un horizonte terso. Esa es
la horizontal perfecta: una vibrante cuerda
en la base de los farallones. Ya no huye. Encima,
pero sin prisa. ¡EVOHÉ!, ¡EVOHÉ!, gritan
desde una orilla cuando el río se descorcha
finalmente. ¡HURRA!, desde la otra.
No tienes tiempo para detenerte, ahora no,
en voces destempladas. Estás a las puertas
de Getsemaní. Tienes que preparar (acaso
improvisar) la última oración, y debes
repasar los dones que agradecerás.  
No vienen los soldados a buscarte. Vas
con el río a contaminar La Sal. Flor y sangre.
Rojiroja singladura que acaba en
banderilla: ápice de color que pica y parte
sobre la blanca geografía del final.





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