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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

lunes, 6 de abril de 2015

Serena apoteosis de la vulva





Hace más o menos un año, di en Internet con la viva recreación de “El Origen del mundo” (Courbet) hecha por Deborah de Robertis en el museo D’ Orsay, Paris: La artista llega a la sala donde se expone el cuadro, se sitúa de espaldas a él, de cara a los espectadores, se sienta en el suelo y abre las piernas mostrando su vulva. Para hacerlo con total rotundidad, añade un recurso hiperrealista: no sólo busca la perspectiva perfecta y determina con sus muslos el campo visual hacia la embudada “diana”, sino que se ayuda con las manos para abrir y sujetar sus labios (menores y mayores) haciendo visible el “pórtico” en su integridad, acentuando su dramatismo: rosa contrastado sobre el fondo negro que ofrece el abundante bello púbico.

Aquella recreación me impresionó con especial contundencia. Pero entonces preferí no compartir la impresión, sino dejarla reposar, pues pertenece a esa clase de aprehensiones artísticas, que, justo por serlo, nos marca sin que sepamos dilucidar con claridad el porqué. En tales casos, es mejor dejar que el tiempo cribe lo percibido, para que la razón, tan propensa a (y necesitada de) la abstracción discriminante, pueda entretenerse especulando.

Hoy, lo confieso, tengo uno de esos días terribles que sólo el arte potente puede enmendar en alguna medida. (¿Qué mejor que una obra de rotunda humanidad para aliviarnos, cuando el escepticismo roe sin miseración?) Por eso echo mano a este vídeo, que no había vuelto a ver desde entonces. Ahora, sin embargo, no sólo lo veo y disfruto nuevamente, también le busco la quinta pata al gato y la propongo a mis lectores: la búsqueda, quiero decir, no la pata, pues en el arte las patas son siempre visiones de maltrechas alas. Cuando el arte se apoya del todo, se amodorra, se convierte en otra cosa. Y en este caso, créanme, mientras más patas, peor.

Entonces, ¿qué interés tiene lo que pueda comentar al respecto? No lo sé. Sospecho que ninguno frente a la obra de Deborah en términos absolutos. (La artista es ella, y, en esta rara ocasión, también la obra de arte; yo sólo represento a una parte del agradecido público) La crítica siempre tiene un valor muy relativo… Pero tal vez pueda acercar su propuesta a más gente. A ésos, para quienes una vulva convenientemente puesta en escena, deja de ser (sólo) un órgano del aparato reproductivo femenino, un lascivo agujero o un portón para expulsar animales, convirtiéndose en el creíble origen del mundo.

Y es que, claro, no asistimos a una clase de biología o anatomía, a una escena pornográfica, a la consulta de un ginecólogo, a una sesión de simple modelaje artístico; tampoco a un burdo palimpsesto. Aquí la artista (y obra de arte a la vez) recrea un antecedente con la intención de ofrecernos una otra dimensión muy distinta del mismo, una forma actualizada para la misma sustancia. Si bien dice con Courbet: “Yo soy el origen. Yo soy todas las mujeres”; abunda por su cuenta y riesgo: “No me has visto. Quiero que me reconozcas”.

Se trata de una obra extremadamente verista.

Si bien es cierto que ya Courbet asignaba al sexo de la mujer un papel genésico, subversivamente adánico, y que su cuadro parecía anunciar los más complejos partos del XIX: Marx, Bakunin, Nietzsche… también lo es que todavía permanecía enrocado tras unos muslos que no se desplegaban hasta el total desasimiento. El agujero original de Courbet, amén de ser una representación inanimada y en dos dimensiones, no se resolvía del todo, ni hacia dentro, ni hacia fuera. Aquella vulva y su protegida vagina eran todavía pura potencia. Ni el realismo decimonónico más militante, ni siquiera el Paris comunero, lograron desvelarlas (abrirlas) hasta la más explícita concreción artística: su serena apoteosis.

Deborah retoma el asunto y lo actualiza. Lo hace en la época de la pornografía al alcance de todos, de las ecografías y las resonancias magnéticas, de las cámaras superlentas, del microscopio atómico y el acelerador de partículas… ¿Cuántos secretos puede tener una entrepierna o una vulva humana a estas alturas para nosotros? Muy pocos, si en los planos científico, escatológico, pornográfico. Muchos todavía, afortunadamente, si en los planos filosófico o artístico. Justo para contestar la pretendida suficiencia científica que nos tiene por simples máquinas biológicas (casi biónicas), los atávicos restos del viejo patriarcado, la banalización de lo humano que nos conduce, por una parte, a lo pornográfico, y por otra, a la inteligencia artificial, la obra de Deborah es más necesaria que nunca. Su vulva entra en escena milagrosamente a tiempo.

El verismo mal llevado puede tender y muchas veces tiende peligrosamente al panfleto. Pero el bueno, a lo largo de la historia cumplió siempre una función equilibrante y regeneradora, higiénica. En los momentos en que más nos jugamos, un tirón sensorial, como reafirmación de nuestra animalidad, premisa indispensable y antesala de nuestra humanidad, no sólo es conveniente, sino imprescindible. Asimismo lo es el enfrentamiento más descarnado y directo con nuestro ser social y sus manifestaciones menos edificantes en términos ideales. Ahí están para demostrarlo, por ejemplo, la comedia clásica griega, el ajuste antropomórfico y humano de la escultura helenística, buena parte del arte vernáculo romano (véanse los murales de Pompeya), la poesía burlesca del renacimiento y el barroco (Aretino, Quevedo, Góngora), buena parte de la pintura del XVII (Velázquez, Rembrandt…) el verismo del XIX (Goya, Balzac, Zola, Verga, Tolstoi, Dostoyevski, Pérez Galdós, Verdi, Bizet, Puccini, Mascangi, Leoncavallo…), el neorrealismo italiano del XX…

La obra de Deborah es verista, pero no barata. Tiene todos los ingredientes necesarios para proponernos el puntual regreso a un humanismo redentor: sólidas referencias, magnífica puesta en escena, lenguaje poético, y gran capacidad para desconcertarnos merced a un discurso polivalente en términos semánticos y semióticos. La artista no aparece desnuda o descuidada, sino moderadamente maquillada, con el pelo recogido, y vestida de color dorado para dialogar con el marco del cuadro de Courbet. No asume una posición grotesca o vulgar. En esto es más clásica que el pintor francés, pues obedece a la simetría de su cuerpo y perspectiva el camino a su vulva con la perfección de un Kubrick. No coquetea con la moda o la banalidad que imponen los cánones de la belleza femenina actual. No se rasura. Ofrece la vulva perfectamente protegida por su bello púbico, como ya dije, acentuando el dramatismo cromático de la composición, pero también su profundidad, apuntando además al enigma que comporta el negro (la oscuridad) sobre todo en casos como éste.

Estos no son detalles anecdóticos; son los que distancian la obra de la mera pornografía y la asimilan al Arte. Hablamos de una vulva, sí, pero también, y especialmente, de la Vulva: puerta de entrada para el semen genitor, de salida para el maravilloso engendro; el órgano-puerta, el que recibe la semilla vital, el que nos impulsa (o expulsa) a la vida. ¿El origen del mundo? Bueno, es una forma verista, poco idealista de llamarlo, pero muy creíble.

La vulva de Deborah, que completa y colma la que anunció Courbet en aquel célebre cuadro, por obra y gracia de su excelente puesta en escena, es ahora la Vulva. Por ella nos dimos todos a la vida. Somos, a fin de cuentas, carne para médicos disparada hacia la eternidad por sacerdotes ebrios. No somos máquinas. No queremos serlo. En ese agujero negro con su pórtico rosa podemos reconocernos. Lo hacemos. Por ahí salí yo, con permiso de mi madre. Por ahí entro a lo desconocido. Pero antes me detengo, firmo el libro de la especie, y, una vez más, repito con Lezama: “Ah, oscuridad, mi luz”.                 

    

11 comentarios:

  1. Pues para mi no deja de ser una manida forma de hacerse un nombre (una vulva) en el archi intrascendental, sensacionalista arte contemporaneo, manida en todos los sentidos pues no es la primera coneja expuesta al aire para llamar la atencion en "esta" o "la otra" "causa" de "maltratar" el cuerpo para "violentar" supuestamente "mentes" de una "sociedad" que realmente pasa de este tipo de ficha. En el porno se ven mas bonitas. En fin, una manera facil de no crear y llegar a la fama, sin mas. Saludos, Jorge.

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  2. Amiga, en este caso no lo veo como tú, pero agradezco mucho tu comentario, que además, entiendo perfectamente. Cuánta tela hay aquí para cortar. Puede que hasta tenga sentido hacerlo. Quién sabe si me anime. Lo vamos viendo... Un beso

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  3. Querida amiga, ante todo te reitero mi agradecimiento. Tus apariciones en este espacio sólo pueden hacerle bien. Pocos comentan aquí, y, cuando lo hacen, suelen mostrarse próximos a las ideas que propongo. Muchos más me escriben por correo electrónico, y algunos comentan en Facebook. Casi siempre recibo parabienes, pues quienes difieren de mis puntos de vista, lo hacen con tanta solvencia, que optan por ignorarlos. Yo, claro, prefiero a quienes participan, sea en el sentido que sea. Y muy especialmente, cuando se trata de personas vinculadas al tema tratado. Es tu caso con relación a este texto. Tus opiniones en la materia me importan, así que debo atenderlas aunque sea para contestarlas parcialmente. Las contesto con mucho cariño e igual incertidumbre. ¿Cómo no? Hablamos de arte, no de matemáticas. ¿Quién puede en este terreno estar completamente seguro de algo? Aquí, más que en ningún otro ámbito, vale aquello que dijo Renouvier: “El ignorante duda poco, el tonto aún menos, y el loco jamás”. Preocupémonos cuando nos colme la certeza; en cualquier asunto, pero mucho más en el arte.

    En tu comentario aparecen tres ideas que minoran el alcance de la obra de Deborah, de todo el arte contemporáneo: sensacionalismo (búsqueda de notoriedad por esa vía, sin necesidad de crear), déficit de ambición (poca trascendencia de lo realizado) y nula originalidad.

    El arte posmoderno realmente padece estos males: tiende a la frivolidad, carece de grandes metas y no es original. No puede serlo en profundidad, porque dejaría de ser posmoderno. La posmodernidad, tan sabionda como decadente y escéptica, nace de la más absoluta desconfianza en nosotros mismos, y por eso implica recreación más que creación. La huella del hombre es tan vasta, y tiene tan poco sentido frente al cosmos… somos además tan perezosos, que el juego comienza y acaba en la mera diversión. Ya nos pasó en varios momentos de nuestra historia. Ahora toca barrer. Mejor dicho, ser barridos. La barbarie actuará de nuevo y posibilitará el recomienzo, pero mientras tanto… Ojalá llegue a tiempo para evitarnos un futuro completamente maquinal.
    Lo cierto es que somos posmodernos. Quienes como yo nos asimos a la modernidad tardía para defendernos, pataleamos, poco más. Es casi imposible escapar al signo de los tiempos. Tampoco lo hace Deborah, claro está. Su actuación es completamente posmoderna. Se trata de una recreación en gran medida palimsestuosa, no es muy original en su forma más externa, y no parece tener una vocación egipcia. La obra se hace para ser rápidamente consumida, pretendiendo, como mucho, su posterior resonancia en los medios audiovisuales. Ella sabe que su imagen (vulva incluida) no se llevará a jeroglífico en una pirámide, no coronará el acceso a la bahía de Rodas. Pero también sabe (o intuye), creo yo, que el cuadro de Courbet merece (y necesita) ser actualizado. ¿Por qué?

    Ese cuadro es una bofetada al neoclásico más relamido, un canto a nuestra bestialidad frente a la falsa exquisitez académica que, a principios del XIX, parecía perfecta para las fofas posaderas de la burguesía. Se trata de un escupitajo al rostro heleno del hombre estético de Schiller. Por uno de los muslos de la mujer de Courbet, sube Marx, por el otro, Bakunin. Esa entrepierna es revolucionaria: comunista y anarquista; es la entrepierna del proletariado, o sea, del hombre-masa. Ah, la entrepierna real (ista), tan democrática ella. Atea, bestial, positivista en el fondo. Parece decir: dejémonos de tonterías, esto es lo que hay, lo que debe importarnos. Lo demás son mariconerías… Continúa en el próximo...

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  4. Ya Goya había puesto la primera piedra en la grandiosa “pocilga”. Y bien que lo hizo. El arte occidental necesitaba un buen meneo, porque Occidente se estaba meneando a lo grande. Si Darwin nos señalaba como “simples” primates, ¿qué sentido tenía sostener la tez marmórea? Que vivan los animales. Y que trabajen. Y que produzcan. Y que se reproduzcan. Y que se amontonen en los sótanos de las grandes ciudades. Y que todos decidan. Y que todos tengan su arte, su arquitectura, su literatura, su música. Ya está bien de poses... El XIX es el colmo de la modernidad y su consecuente positivismo, pero también engendra su condena. El hombre-masa, postindustrial y democrático, concretaba el cambio de Episteme y enfilaba hacia la máquina.

    La entrepierna de Courbet es muy realista, pero guarda su vulva judeocristiana de las miradas ambiciosas: preguntonas, inconformes, inseguras. La entrepierna revolucionaria no se abisma; o sí, pero no en un agujero negro e insondable, sino en la luminosa y plenipotenciaria democracia. Y lo hace sin rostro, con una nueva retórica: tenemos un origen común, somos animales, todos iguales; nos igualaremos definitivamente, gracias a la ciencia, en la máquina. La entrepierna de Courbet resuelve social y biológicamente apartada de cualquier vieja mitología. Es un importante grano de arena para levantar el nuevo mito, que, claro, es biológico, está condenado a la luz. No puede resolverse en una vulva que desemboque en su vagina oscura, sobre todo si esta última no está pariendo. Una vagina que ingurgita sombras es un imposible decimonónico. Entonces tenemos un “Origen del mundo” bestial y positivista, cobarde en el fondo; en mi opinión, problemático hoy en día.

    Deborah, tal vez sin pretenderlo, lo actualiza. También en mi opinión, con acierto. Nos dice: “No me has visto. Quiero que me reconozcas”. Pero su vulva no está escindida de su persona (la entrepierna de Courbet necesitaba abstraerse de la suya, es completamente impersonal, como el espíritu que preconizaba para su época). La vulva de Deborah está inserta en una mujer que muestra todo su cuerpo, su rostro, su alma. Y esta mujer aparece con un vestido dorado, (mucho más lógico este color aquí que el marco del cuadro de Courbet) con el pelo recogido, maquillada, muy lejos del “hipperio” y la vulgaridad. Aparece entera, asume una posición clásica, altamente estética. Se acompaña de un poema y del Ave María de Schubert. Muestra su vulva, la aristotélica, pero también la platónica: la vulva ideal. Este es un origen para el mundo más creíble: El de todos, pero también el de cada uno. El animal, pero también el oscuro, el que nos aleja del maquinismo igualitario. La vulva de Deborah es posmoderna, sí, pero tiene un giro muy especial. La vulva de Deborah se muestra diáfana, pero no se resuelve en sí misma. Tiene un más acá generoso y un más allá inmenso. Está muy lejos de ser (sólo) un vestigio animal, una invitación a la mera biología; tampoco a uno de sus más básicos sucedáneos: la pornografía. La vulva de Deborah, así puesta en escena, es aristocrática. Tal vez por eso me atraiga esta obra, por su déficit democrático, entendiendo aquí lo democrático como vocación impersonal e igualitaria. Por esa vulva entramos y salimos todos, pero uno a uno, amiga, uno a uno; y, sobre todo, íntegros. O sea, con todos nuestros miedos y dudas incluidos, con todos nuestros mitos a salvo, a salvo de la máquina. Sí, esa vulva, así puesta en escena, será postmoderna, no lo niego, pero también es aristocrática.

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  5. Querido Jorge, sabes que siempre leo tu espacio y comparto ese raro sentir que deja la poca comunicacion "abierta "sobre cualquier tema. Estoy por esa santa libertad de que opinemos en respeto sobre obras, semi obras, montañas rusas y hasta de la leche que llega al puerto. Argumentas muy bien, y reconozco que debe haberte impresionado esa pelambrera anti estetica del porno de los 50 y ese clitoris maquillado a lo boquita de pescado de carton, pero como soy una artista cansada de que expongan conejas feas,- no hace mucho fue la de la Abramovich, quien me inspiro un grafico llamado "yo la tengo mas bonita que la citada" que puedes encontrar por google, estoy cansada de esos shows, de esos conceptos y de toda esa vulgaridad porque me encantan las pornostar, quienes si doblan las piernas en posiciones nada evidentes para ganarse la comida, también las mujeres de la calle se esfuerzan por chocar a Courbet con su apasionado realismo, y creo que da dinero, no mucho, pero pueden pagarse el alquiler, hay que decirlo, no pretenden otra cosa, ganar para comer y vivir; a mi edad ya es tarde para hacer carrera en darle al cuerpo y me horripila que a esto le llamen arte, con sinfonia y todo, solo es una pretendida venta de lo poco -igual cantidad de cerebro - con que cuenta esa chica, pero en fin, algo gana que no tengo con trabajar, gana ese instante donde deja para la posteridad que tenia entre las piernas un poderoso talisman para llamar la atencion, lastima que no estuviese con la menstruacion, a mi me gusta la sangre y quizas lo hubiese visto como una buena anti pub para las servilletas higienicas que salen en la tv, en fin, que bueno que te guste, ya tenemos otra Rabbit famosa para gloria de la historia del arte. besos. Y gracias siempre por aceptar dialogos, conversaderas y puntos de vistas diferentes , en este tu espacio.

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  6. Ay, amiga, siempre me haces reír... Reconozco que el humor es algo muy sano, especialmente para aliviar la tentación a creerse en posesión de la verdad. Yo río, mucho, pero en el fondo creo que lo que pasa es que tú aquí personalizas demasiado, ves a una chica trepadora y mercantil, mientras yo sólo trato de ver su propuesta. Ella, al margen de lo que ofrece en ese momento, me resulta (con perdón) secundaria. A mí esto me impacta por lo que aporta: desde ella (artista y obra) algo que la trasciende ampliamente. A mí, la coneja en sí, aquí me importa un bledo. Es la madriguera, no la coneja, amiga, lo que me interesa. La madriguera para entrar enteros, despacio. Uno a uno, amiga, uno a uno. No velozmente, totalitarios y a pedazos: seres humanos completos, esto es, animales que sueñan.

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  7. Raramente comento fuera de mis espacios, pero esta discusión vale un comentario:
    Miren que digo la discusión, no el objeto de la misma.
    ¿Por qué me resultan más interesantes las ideas de Jorge (el loco no duda jamás), sobre este agujero y sus alrededores y las de Marga sobre la poca valía de mostrarlo sin otra ambición que expresar: mira lo que tengo aquí, que el agujero en sí?
    Gracias por la discusión. Yo soy una mujer inculta y sin mucha visión artística, tampoco tengo mucho sentido del ridículo ni especiales inhibiciones en cuanto a la desnudez, los genitales y varios por el estilo, pero mostrarse tiene muchas caras, y puede que esta tenga un valor que yo no comprendo. Si lo obvio, lo evidente, lo que no deja nada a la imaginación de unos y tanto la de otros, es arte, puede que esto lo sea. No obstante, en mi limitado modo de ver lo que discuten, pienso que esto, efímero y evidente, una vulva tal cual, si la separas de la mujer que la muestra, ciertamente no es nada, o sea que casi se puede decir que esta vulva se ha comido a la mujer de la que es parte. Vulva más o menos (mas bonita como Marga dice tenerla, o mas fea como la de la Abramovich), hay algo clarísimo en estos "gestos atrevidos", la parte se come el todo, hemos visto fotos de un rostro cuyos ojos tienen tal protagonismo que el resto cuesta verlo, por lo que si ella quería mostrar algo tan efímero como una vulva en general, para reivindicar otras cosas en particular quizás debió haber hecho como Courbet y mostrar solo "El origen del mundo", no el "fin del mundo". Creo que hay mas a veces en estos intentos, de decir: "mira que cara tengo", que "mira que vulva tengo", pero a mi no me hagan caso.
    Yo tengo mi origen del mundo y creo que su verdadero valor no está en ser lo que es, sino en ser parte de mi y poder "compincharse" con los orígenes de otros para ser mas que origen, para ser continuidad. Aunque sea también continuidad efímera, como esta foto. El desnudo artístico es un arte que en la mayoría de los casos persigue unos objetivos, pero a mi modo de ver esto no es un desnudo, el Courbet si lo es, tiene la placidez de una vulva sin tensión, sin artificio, sin pretensión de mostrar algo mas que lo que muestra, porque el resto (la mujer, lo que falta) es la gran protagonista de este cuadro. No hay exhibicionismo, sino una naturalidad que genera la misma placidez que muestra, un cierto relax post sexo o post masturbación, o simple calor coño bragas fuera, que no está en esa mujer pierniabierta vulviabierta de la foto. Pero repito, a mi no me hagan caso. Les abrazo a los dos y sigan con mas discusiones como esta, para que yo pueda leer algo interesante de vez en cuando.
    Sonia Díaz Corrales.

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  8. Ay, amiga, no discutimos Marga y yo. Con relación a esta obra tenemos puntos de vista diferentes, sólo eso. Y somos tan inocentes todavía, que le damos al asunto cierta importancia. La diferencia esencial radica, creo yo, en lo platónico de mi visión, que es impresionada por la parte ideal del asunto. Entonces Deborah y sus supuestas intenciones veladas pasan a un segundo plano. Me importan nada.

    Imagínate que el artista fuera otra persona, y que ella fuera sólo la obra de arte, o, incluso, la vía para concretar la obra de arte. O sea, imagina que habláramos de una actuación donde actriz y director (a) fueran diferentes personas. ¿Qué sentido tendría especular sobre las intenciones de la actriz? Si Deborah representara profesionalmente la obra de otra persona, ¿podríamos hablar de veladas y segundas intenciones suyas? Sucede aquí que artista y obra de arte coinciden en la misma persona. Y que esta persona es una mujer. Y que es una mujer judeocristiana. Y que es joven. Y que no es una creadora avalada por una otra gran obra. Y etcétera, etcétera, etcétera…

    Marga, y tú en alguna medida, no separan la obra de su vehículo, porque, en esta ocasión, confluyen en una misma persona con todas las circunstancias antes descritas. Yo creo que sí lo hago. A mí aquí me interesan los máximos, no los mínimos.

    Con relación al cuadro de Courbet, créeme, pudiera escribir cien páginas, pero lo esencial ya lo dije antes. Creo que su impersonalidad no radica en misterio alguno, sino en todo lo contrario. Es un cuadro bestial y positivista: pienso para las democracias postindustriales donde medra el hombre masa. A mí me gusta mucho el cuadro, pero lo veo de esa manera. Deborah, creo yo, no pretende negarlo, sino recrearlo para actualizarlo. Y sí, lo hace aún más explícito, pero añadiéndole una humanidad que trasciende a la bestialidad darviniana. Aquí lo femenino se integra, mucho más allá de lo meramente biológico, en un ser humano que, y esto es fundamental para mí, se muestra entero: Uno. Nos representa a todos sin renunciar a lo Uno. La idea de lo femenino, y del origen humano del mundo, aquí están integrados. Esta mujer y su vulva ofrecen naturaleza y sobrenaturaleza a la vez, esto es, humanidad redonda.

    Para que esto me funcione (detesto aquella obra de la Abramovich) tiene que venir dado como lo hace. Ya lo dije: esta obra es aristocrática. Nada de “hipperío” barato. Nada de desmelene pornográfico, ni guiños a la moda. Nada de tacones o ligueros: pelo recogido, vestido dorado, perfecta perspectiva, moderado maquillaje, actitud serena y poco desafiante… Si te fijas bien, verás que ni siquiera apoya del todo las plantas de los pies en el suelo; los mantiene delicadamente apoyados sobre sus puntas. No hay tacones, pero tampoco patas torpemente plantadas. Todo aquí me parece elegante. A mí que la vulva expuesta sea la de Deborah, me resulta intrascendente.

    Ahora no puedo seguir, pero pudiera escribir mucho sobre esta obra. O sea, seguramente pudiera equivocarme todavía mucho más, pero divirtiéndome… Gracias, amiga, por comentar aquí. Abrazos.

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  9. No digas eso, querido Jorge, no digas eso, si la vulva maquillada en cuestion, fuese la de una artista visual de 60 años, que no usase maquillaje de cabaret, vestidito dorado de carnaval y plantara sus dos piernas con elegancia, seguiria siendo un clitoris artistico? En ese caso, si, y quizas con fuerza, porque aun mayores esa "vieja mujer artista" recuerda que existe algo entre sus piernas, a una sociedad que excluye la feminidad en la tercera edad, pero en este caso, mire usted, como esa gran poeta que es Sonia, tampoco siente el llamado de la selva. Debe ser, quizas, un "arte" para hombres, donde Debora no representa el origen, solo el fin barato y acentuado de todo lo que es ser mujer. Saludos y besos a los dos.

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  10. Bueno, amiga, visto así no podemos avanzar en el (difícil, y, por otro lado, innecesario) concierto con relación a esta obra. No importa: tampoco tiene un interés especial. Ya sabes, en el arte es muy difícil objetivar; recibiéndolo, somos más sujeto que nunca… Si metemos el género en el asunto, me rindo. Ya es complicado si personalizamos con relación a la artista, pero si segregamos sexualmente al espectador, poco queda por hacer. Yo aquí no veo un "clítoris artístico", ni siquiera veo un (el) clítoris, sino una obra compleja donde el cuadro recreado y la recreación se funden en una actuación propositiva, que, a mí, que tengo un lado femenino abundantísimo (o eso creía), me resulta felizmente inquietante. Pero si esto me sucede por ser hombre, estoy perdido. Nada que hacer. Tendré que medicarme el exceso de hombría. Debe ser tanto, que se anula a sí mismo, porque esta imagen no me excitó sexualmente en ningún momento. Voy a tener que psicoanalizarme. Con una mujer, claro. A ver si me enseña la Vera Vulva y me regresan las ganas. Trataré el asunto con mi mujer. Río. Te beso… riendo.

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