viernes, 4 de septiembre de 2020

ÓLIVER



































¡Luz! El instante sublevado desorbita
los datos. El mundo tiene una erección,
Óliver, hijo de mi hijo. Una erección
no de palmas, de torres empalmadas
que la sangre ensavia. Apretazón. Ah,
se aprietan los anillos cautivos en la
magna circularidad. Giran. Triscan luz
y aire para acelerar. Aceleran para
grapar tu rostro a mi… Es mediodía
en mi viejo cajón de sueños. Un
boggie woogie dilata los muros que
atiranta Bach (oído de patagón / ojos
de topo). Es mediodía y río. El diablo
tiene un puñado de agujas oxidadas
en la boca. Esputa robín. Robín en-
diablado. No lo mires, Óliver, no. Son
cosas mías. O tuyas (vaya rejón le
clavaste), pero no lo mires. Detenta la
luz arrebatada a la Noche, a la pla-
teada chusma que la galvaniza, que la
renueva sin término (ay, impotencia
estelar colaborante). Esta es tu luz. Este
flash que te hurta los límites, que el
obturador del universo te regala, es
esencia de espacio, puro espacio. Este
es tu tiempo sin tiempo, Óliver, tu
ápice de gloria en el Trile. Pizca la
eternidad, cielo. Abre los ojos a Dios, a
las pupilas ebrias de tus padres… 
¡L                         u                          z!      
¡Luz! El instante sublevado desorbita
los datos. El mundo. Su erección. Ésta:
Long Island esfuerza, esfuerza para que
New York City inflame sus venas. Una
civilización desportillada se resiste a
caer. (¿Se resiste?). Las piedras anquilo-
san sus riñones, pero cada conato de
alumbramiento… Tú, Óliver. Tus párpados
abren al espectáculo que la inocencia
peina, acomoda para ti. El Mare Nostrum
sin embargo espuma en los lindes del
Tenebrosum. Lo penetra finalmente.
Dios abre dos ojos negros: dos ventanas
blancas en la frente de la verdad. «Esto
es verdad», digo. Digo porque asomo
por ellos-ellas y te veo, te distingo, te
ciño a ti. Eres.           Eres bajo los cielos
de la decrepitud, sobre las calles decré-
pitas de la decrepitud: nafta / betún /
puños / botas / son de palabras huecas
que danzan el postillón, los corredores:
turba hundida en la turba cementosa.
(«¡Luz, por Dios, más luz! ¡No luz-razón
narcisista. Luz-gracia. Luz divina!»). Eres.
¿Lacras mi sobre a la posteridad?... Ma-
ñaneo, Óliver, en tus ojos, mientras
tu madre les insufla la memoria-madre
del mundo; tu padre, la memoria-padre.
El boggie woogie no para. Tampoco el
añoso órgano del sajón. Los datos, de-
sorbitados… Bailo. Bailo… Mi torpe
oído entremedias capta la chanza de
los simples, la ira de los asesinos, sus
resabios. Capto el nerviosismo de las
multitudes. «¿Hombre o número?», se
preguntan. «Hombre, seguro, mas-
cullo».           Ah, Óliver, la vida, oficio y
ejercicio para vivos, desagua en el
tiempo. Pero este fogonazo lucífero
no está en él, no en la historia; abre
puertas que todavía no saben los Idus
de marzo, los dieciocho-brumarios. Al
tuntún has de beber esta luz: calostro
para inocentes, hijo. Bébela. Es luz a
estrenar, luz tuya.          Y liberto de la
oscuridad, mientras no te aprese el
devenir, mírame. Mírame aunque
no me veas (soy un aglomerado de
tiempo en fuga). Mírame mientras no
me pienses (soy la tercera dimensión
que no te incumbe, sólo profundidad,
dirección, aviso de finitud: fin). Mí-
rame bailar redimido de mí mismo, in-
surrecto de la duración, en brazos del
azar que estrenas. Que tus ojos bailen
con los míos, Óliver, que inocenten la
valla entrometida, que la transparen-
ten, la batan. Quede entre nos ese de-
rrumbe-prodigio. ¡Luz y amor! Amor a
la luz que tomas, ensanchas, lanzas
contra mis sienes confusas.           Medio
kilo de corazón innúmero (viejo, pero
innúmero) te ofrezco. No lo vacío
en bronce para que lo admires. No
lo doy al cirujano para que lo zurza, lo
componga, lo temple: sedicente bom-
bita de afectos bobos. Lo doy a los
tiburones (graves mensajeros entre
los mares) para que rasgado, bien ras-
gado, lo escupan a tus pies. Medio kilo
de corazón todoterreno: hecho al dolor,
hecho pedazos; entero por amante,
listo para bombear amor, también,
especialmente, cuando el instante a-
quiete, expanda, y los datos retomen su
órbita, y el mundo relaje su erección, y
Long Island, fatigada, deje de enviar
magma sanguíneo a su quiste urbano,
envaine sus erectos cuchillos. Amor
cuando este boggie woogie se haga
insoportable, y un violín matemático
(medio matemático medio loco) lo
deponga con chacona no bailable.
Amor. Allí, en New York City. Aquí, en
Pucela. Dondequiera que surja el más
mínimo alboroto para que un corazón,
todo perplejidad él, te adivine.           Esculpiré
esta jornada en la memoria, Óliver,
hijo primerísimo de mi hijo: tu primer
parpadeo, tu primer bostezo… Esta
secuencia innombrable de emociones,
este temblor piadoso, impío a ratos,
este apogeo inédito.           La distancia
tiene un espolón de hierro, cielo, está
hecha de besos muertos, de caricias
truncas, de tacto pensado. Sé que
estoy lejos. Una inquietud metódica,
militante en el tiempo, no cae porque
se desdeñe. No bastan un instante
cerril, una insurrección severa, a quien,
abroquelado en los sentidos… Estoy
lejos, lo sé. Pero también imagino,
Óliver, imagino y amo. Te amo.           Todavía
el boggie woogie dilata los muros que
atiranta Bach (oído de patagón / ojos
de topo). Es mediodía y río. Todavía
bailo este mareo sabroso. Deslum-
brado me columpio, ¡ea!, al bies de tu
foto. Luz: pan que partimos, com-
partimos. Saldo al alza. Promiscuidad
luminosa a pesar de. ¿Besos muertos,
caricias truncas, tacto pensado? Sí. Y
también una plenitud que abrasa. Esto
es verdad, Óliver. Asómate. Conecta
tu alma de hombre a esta marea in-
fecta de humanidad. Distíngueme antes
de verme, de pensarme. Soy el abuelo
bailongo: un aglomerado de tiempo en
fuga con medio kilo de corazón des-
pedazado, entero para el amor, que

           (I wanna squeeze him, but I`m
                way too low.
                I would be runnin, but my
                        feets too slow…)

baila. Un poetón viejo, experto en
oscuridad, aspirante a promiscuo de-
predador de luz.           Ah, Óliver, qué 
puntual y cargado de ti mismo llegas 
donde puedo imaginarme prolon-
gado. Mañana. Pan y sangre.           ¡Luz!




jueves, 20 de agosto de 2020

HAMBRIENTOS Y COBARDES, DE ÁNGEL VALLECILLO


                                                             

                                                           No hinchazón, sino fruto. Dante


Aseguraba Jacques Rivière que si en el siglo diecisiete se hubiese preguntado a Molière o a Racine para qué escribían, sin duda no hubieran encontrado más que una respuesta: «para distraer a las gentes de bien»; y que sólo con el advenimiento del Romanticismo empieza a considerarse el acto literario como una especie de incursión en lo absoluto, y su resultado, como una revelación. No sé bien qué pensar sobre esta frase. De veras. No sé, por ejemplo, si Tartufo o Fedra se escribieron y representaron sólo para entretener a las buenas gentes, o si además, y dando por amortizado el fofo adjetivo: buenas, pretendían horadar sus cabezas con un punzón tragicómico o secamente trágico, según el caso, que las preparase para lidiar a la madre de todas las revelaciones: la que regala el espejo.

No sé. No sé tanto como sabía Rivière, es obvio, sobre literatura francesa del diecisiete, pero lo que sí os puedo asegurar es que en Hambrientos y cobardes (editorial Pez de Plata, Oviedo, dos mil veinte / magnífica edición, por cierto) Ángel Vallecillo entretiene y punza; y que haciéndolo colma las expectativas de cualquier lector postromántico: pensar, soñar, padecer, gozar y reír a lo grande, sin derecho al bostezo, mientras pizca en lo absoluto hasta dar con la suma revelación en el espejo (¿roto?) de lo concreto: seguimos siendo los mismos, seguimos siendo nosotros. ¿Quiénes? Acaso meras reminiscencias platónicas, meros vehículos al servicio de una idea, de la Idea; acaso más que presuntos culpables hijos de Adán y Eva, rehijos de un Dios vivo, no ideal, y por eso candidatos a la redención Jesús mediante; acaso monos-naturaleza a lo Darwin, o monos-historia a lo Spengler, o monos-gramática a lo Landero; o un poco de todo eso a la vez, quién sabe, pero nosotros.

¿Y qué queremos conseguir nosotros cuando leemos una novela?  Lo mismo que cuando hacemos cualquier otra cosa de nula utilidad para producir alimentos u otros bienes dirigidos a la supervivencia biológica: aparcar el cálculo y la medida, dar descanso a los sentidos que in-forman la realidad objetiva, reactivar la parte no racional del alma, mitigar la mordida del tiempo insobornable que nos conduce a desaparecer como individuos, imaginando un espacio cómodo donde sernos mientras sea posible. Un espacio natural, social, histórico… sido, siendo, por ser, da lo mismo. Un espacio en el que la realidad se torne habitable. Y como todos sabemos, o deberíamos saber, un espacio que el tiempo no atraviese una y otra vez cual amargo proyectil, que el tiempo no indetermine o borre de continuo, sólo puede generarse y sostenerse en una imaginación sana.

Mantener a punto la máquina de imaginar, eso queremos. Queremos que nos mientan, pero que lo hagan bien para que la verdad, la sospechosa (hemos definido la literatura: «La verdad sospechosa», Alfonso Reyes), la verdad poética a fin de cuentas (¿hay otra que valga la pena?), brote de la mentira como un tornado o un río lento, da igual, y la suplante con credibilidad y solvencia. Queremos tenernos y entretenernos, esto es: imaginar, pensar, hacernos preguntas de todo tipo, compadecernos con otros, con nosotros mismos… Ah, y si además pudiésemos llegar a reír… si el novelista nos mintiese bien y a la vez nos hiciese reír… (Gracias, Ángel). No hay nada más caro para los monos gramáticos que la mentira y la risa. De hecho, pocas cosas nos divierten tanto como ver a los monos otros mentir o reír. Bueno… ¿nos divierte, nos desconcierta, o nos intimida? Que los monos no gramáticos rían y mientan (lo hacen, claro que lo hacen a su manera) los sitúa en la estela, casi al rebufo de los gramáticos, a las puertas del mono novelista y lector de novelas. Uff, qué peligrosa persecución ¿no? Dios me perdone, pero pensándolo mejor, puede que de la Alta Edad Mona prefiera los individuos serios y veraces, o sea, los más idiotas, aunque no me hagan reír. Que evolucionen sin prisa, oye. No así de la Baja Edad Mona: la humana, la divina, la histórica, la que todavía atravesamos (los hombres son aún preliminares, J. Guillén), la nuestra… En ésta, aquí y ahora, el gusto por la buena mentira y la risa distinguen, señalan a los mejores.

Ser engañados amenamente mientras forzamos un paréntesis en el tiempo. Esa es la meta. Y en esta novela Ángel la alcanza con creces. Qué ágil su escritura, su lectura. Cuánto oficio y cuánta gracia derrocha. Cuánta imaginación tiene. De cuánta poesía es capaz. Vaya mono gramático (nada gramaticando, por cierto) está hecho este tío. Qué bien va justo por delante del lector, sin distanciarse demasiado de él, guiándolo sin que éste se dé cuenta merced a una estructura y un lenguaje impecables. Malla. Malla, no confusa telaraña. Agilidad e intensidad. (Me vienen a la mente ahora aquellas anécdotas que implican a Proust y Joyce, a Víctor Hugo y Macedonio Fernández. Joyce, que leyó y conoció a Proust en persona, dejó escrita una impresión tendenciosa y sentenciosa sobre su colega ―puede que no sea literal―: Proust, un bodegón analítico, el lector termina la frase antes que él. No os imagináis cómo río ahora mismo. Perdón. Sigo: Macedonio Fernández bromeaba ácidamente con el padre de Borges sobre Víctor Hugo: Víctor, decía el cabronazo, ese gallego insoportable, el lector ya se ha ido y él sigue hablando. Para empezar con el mazo en alto, gallego lo llamaba el muy… Borges, a quien escuché la anécdota, reía como un niño al recordarla. Ojalá vosotros podáis reír conmigo por más que améis a esos colosos franceses). Ángel no tiene nada que ver con el tempo francés del diecinueve. Qué va. Todo lo contrario. Agilidad e intensidad, dije. Y crudeza. Y sentido del humor a espuertas. Y poesía viva. Su voz sale ensuciada por el tiempo que lleva vivido, escrito; si acaso salpicada por la Norteamérica del veinte. Ángel es un autor maduro con una voz propia inconfundible. Después de la serie de adverbios de cantidad que solté antes, no colocaré ningún otro adjetivo que califique al alza la voz de este autor (los adjetivos de magnitud huelen a barbarie. Pound), sino que… Ah… ¡cuidado!, ¡cuidado!, que se me caen: ambiciosa / intrépida / ardiente / ácida / precisa / inteligente (inteligencia significa presteza en ver las cosas tal como son. Santayana), y, a pesar de todo, amable.

Luego está lo que nos cuenta el libro. Una trama policíaca muy bien urdida, con tantas patas como la Tarántula Rango (ver en el propio libro): ciencia / política / arte / dinero / amor / sexo / drogas / perversión / asesinatos / criminalística / ¿prognosis social? …Hambrientos y cobardes apunta a la totalidad de los dones y las miserias que nos señalan y señalaron siempre. Y lo hace con una puntería tremenda, sin impostar ninguna diana para ello. Ningún pimpollo barato de virtud, o montón gratuito de mierda, abaratan esta obra. Se trata de una suerte de vodevil psico-sociológico, sí, pero de alto vuelo, que gira alrededor de un cerebro portentoso y de un algoritmo por él creado. Un personaje fantasma (el cerebro) que sólo en las postrimerías de la novela muestra su carnosidad en versión semimaquinal. Un cerebro que es como el Arca de la Alianza en la prehistoria de la trama, como el Santo Grial en su historia, como un tétrico juguete roto en su… Hay silencios en los que cabe una vaca.

Alrededor de este cerebro superdotado para la matemática y el sexo (dos cosas en apariencia no relacionadas, pero…), se hilan un montón de tramas secundarias. Desde la que hace evolucionar a un político corrupto y millonario a partir de un pobre minero (encofrador del infierno, le llama Ángel), hasta la que libera a una gitana de sus atávicos lazos de sangre merced a su lengua parlante y amante y lamedora. De todo como en botica, que se diría en mi tierra. Y todo bajo un orden boticario: laboratorio en la trastienda y exposición de resultados cara al público, laboriosa investigación y hallazgo prometedor. El mostrador repleto de curiosidades ciertas y provechosas. No hinchazón, sino fruto.

De las referencias que podéis encontrar en el libro (decenas, centenares, más o menos directas o indirectas, explícitas o encriptadas, que aluden a los mundos de la literatura, la política, el deporte, la Antigüedad, la actualidad, etc.) no hablo esta vez. Os dejo solos ante al peligro. Una única alusión me permito en este sentido: si yo fuera el magnate George Soros, y leyese esta novela, me sentiría incómodo, muy incómodo. Ahí queda.

En fin, si alguien como yo, que no ama especialmente la novela policíaca, os recomienda ésta con tanta pasión, por algo será. Pasión de lector la mía, que no de esteta. Pasión un tanto cerrera que no es simétrica con la de su autor, muy bien domada contra la razón pura y dura para ir en pos de la vida. La pasión que consume al diletante se pone al servicio del verdadero artista; el artista no es vencido por la bestia: la doma, decía Fischer.

Nadie es lo último que hace, dice con razón Ángel en la página 211 del libro. Pero ésta, su última novela publicada, es pura esencia vallecilla. Hacedme caso: entradle.




jueves, 13 de agosto de 2020

FOODIE LOVE, DE ISABEL COIXET. ...EPPUR SI MUOVE



                                                           LAIA COSTA Y GUILLERMO PFENING EN FOODIE LOVE, DE ISABEL COIXET


Al actual maremágnum de series hechas para televisión (televisión, digo, pero aunque os pique a algunos, entiéndase también ordenador portátil, tableta, teléfono móvil…) han acabado apuntándose (por qué no / cómo no) los jornaleros, los capataces y los aristócratas de la industria cinematográfica. Se comprende. El cine, industrial o no, se hace con dinero, y no queda más remedio que allanarse ante los vicios y resabios de tan orquestadora Majestad. El cine se hace, sobre todo, para un público contemporáneo que tiene el bolsillo obrante (remolón para el propio cine, pero obrante), al que se debe convocar, esperar, emboscar si es necesario en las encrucijadas vivas, no en las muertas. Y las encrucijadas vivas están colonizadas hoy día por un aislamiento feroz que se disimula muy bien en Internet… ¿La gran pantalla? ¿Acaso un lugar de culto, casi de lujo, para que se encuentren furtivamente en él y se conduelan los patricios de la cultura de masas? Puede. Qué pena… Ni apoltronando en salas apijotadas a los “atolondrados” que todavía insisten en ver cine a lo grande, ni atiborrándolos de palomitas de maíz, los demás se dan por enterados, por sonsacados. No hay nada que hacer al respecto. Estos últimos parecen haber sido mordidos por una tsé-tsé robótica. Han emperezado a conciencia. Duermen su profundo sueño a la luz de pantallitas intervenidas por emoticones. Qué pena…

Sea como sea, el caso es que quienes vemos, además de cine-cine en las salas de cine, series televisivas en casa, agradecemos que la alta aristocracia del negocio finja democratizarse; esto es: se plante en nuestro salón, nos conmine a. Isabel Coixet, quién puede negarlo a estas alturas, es una de estos aristócratas del oficio. ¿Casan los términos aristócrata y oficio? Aquí sí. El talento sublima al buen artesano, lo eleva al sitio donde gobiernan los mejores para que ejerza su poder sobre quienes lo necesitan (y cuánto), lo aguardan, lo imploran. Isabel es una cineasta total, ahora mismo en plena madurez, capaz de moverse en cualquier dimensión cinematográfica con una solvencia casi apabullante. Foodie Love (Amor Gourmet) es el mejor ejemplo de lo que afirmo:

Alta calidad literaria y fotográfica. Gracia y rigor. Eclecticismo visual que sólo pueden arrumbar con éxito los grandes creadores. Un tropel de técnicas narrativas y cinematográficas empujando un único carro en una única dirección: la buena. Magnífico apoyo en las locaciones y la comida. Actuaciones de primer nivel. Buenos, buenísimos actores bien dirigidos… En fin, una otra obra maestra de la cineasta catalana.

Pero para decir esto, sólo esto, aun cuando sea lo más importante, no me habría sentado ante el ordenador. Esta serie no es una más. Su sustancia y su forma nos invitan al disfrute pleno: el que se sustenta en el súbito advenimiento de emociones inteligentes. Y una vez así disfrutada, la serie continúa operando sobre su “víctima”, excitando su imaginación y haciéndole preguntas incómodas. Y como en este caso la “víctima” soy yo (la terminé ayer / cuatro sesiones de dos capítulos cada una), voy a intentar formular en abierto las preguntas que más me duelen. ¿Por qué? No lo sé. ¿Será porque no soy tan escéptico y pesimista como creo? Ahora digo con aquel periodista inglés citado por Unamuno: si hubiera en el mundo un pesimismo sincero y total, sería por necesidad silencioso. Y esto vale para mí, y también para Isabel. Porque su Foodie Love lleva el marchamo unánime de nuestro tiempo occidental: la decadencia. Y la decadencia es por definición escéptica y pesimista ¿no?; debía ser callada ¿no? (¿para qué decir algo si nada tiene sentido?). Sin embargo, Isabel sigue hablando, como yo. ¿Será que no somos tan escépticos? Ella, seguro que no. Yo…

Foodie Love está construida sobre dos personajes-idea. Tan personajes-idea son, que prescinden de “nimiedades” tales como un nombre. No sabemos cómo se llaman. Ni falta que hace. Cada uno de ellos bien pudiera llamarse Unodenosotros, o sea, identificarse sin más con quienes pretenden ser algo así como los últimos hijos de la Historia, y sin embargo no saben de dónde vienen ni a dónde van. El retrato que Isabel les hace es el perfecto retrato de una época y su correspondiente civilización. A través de ellos Isabel refiere tiempo y lugar con claridad meridiana: Occidente y principios del XXI. Él y Ella son abanderados de un doblete civilizado y civilizador que espuma en la gran urbe europea: el homo faber y el homo viator en su versión más epicúrea, más cirenaica, más hedonista en fin. Él, un matemático perdido (en la matemática y en la vida), que gracias a un hallazgo casual en forma de algoritmo, vive nada matemática, ni esforzada, ni juguetonamente. ¿Vive? Ella, lectora de narrativa para una editorial, no sabemos si vinculada a la selección, corrección o traducción de textos, que no es capaz de cargar con un fracaso emocional, y da bandazos tan noveleros como antisociales. Que se sepa, ninguno de los dos tiene amigos. Ninguno participa en redes sociales. Ninguno mantiene relaciones familiares. Viven solos, claro. Ambos, sin embargo, son grandes viajeros, grandes comedores (¿comidistas? / ¿gourmets?), grandes sibaritas. Ambos tienen bastante información cultural. Ambos conocen medio mundo. Ambos hablan varios idiomas. Ella es políglota. Él y Ella (Guillermo Pfening y Laia Costa / qué bien actúan, madre mía / os los recomiendo enteros) son dos perfectos egoístas y egotistas. Dos ciudadanos que avistan la madurez, que hasta la fecha sólo y apenas han sabido cuidar de sí mismos, y que se proponen hacerlo mejor apoyándose uno en el otro. Él se enamora, o cree que se enamora (no sé qué pensar). Ella no puede enamorarse (¿lo hará allende la serie?), no es capaz; el miedo y la debilidad de carácter la paralizan. Él tiene un potente lado femenino. Ella, un cuidado, pulido lado masculino. Ambos son psicológicamente complejos, tirando a complicados. No, no, me desdigo: son complicados de cuajo, casi se ufanan de serlo. Son unos eternos inconformes. Los inconvenientes de la civilización consisten en que no puede uno nunca complacer ni ser complacido, diría Byron. Ambos son sofisticados y tienen un alto poder adquisitivo. Ambos visten muy bien. Ambos son guapos, buenos folladores y malos amadores.

A dos personas como éstas, ¿qué les puede salvar sino el amor? El amor a otro, quiero decir, que en este caso tiene que subir una cuesta enorme: el desmesurado amor a sí mismos que profesan, por escaso que sea su amor propio. Porque la falta de amor propio, no es, qué va, falta de amor a uno mismo. La falta de amor propio puede ser el resultado, precisamente, de un narcisismo galopante.

Entonces Isabel cuenta con dos personajes-idea (ni héroes, ni antihéroes) sujetos al guion dominante de su época; dos personajes que creó con un acierto tremendo porque ella tiene unas antenas envidiables orientadas al hombre de su tiempo (el espíritu creador juega con los objetos que ama, nos dice Jung), a punto para enfrentarse a su mayor reto, el Amor, como si de alondras prisioneras en rectángulos (Gamoneda) se tratara. ¿Romanticismo? No, por Dios, si entendido como juego banal y artificioso entre tortolitas. Sí, si entendido como exacerbación de lo individual, lo raro, lo pretendidamente atípico y complejo, lo excesivo; aunque tal exceso refiera a planos psicológicos, especialmente por eso. Todos los hijos, nietos, bisnietos y tataranietos del XIX somos románticos o postrománticos, qué le vamos a hacer.

Enfrentados al amor, o más bien al anhelo y la posibilidad de, estos personajes nos muestran todas sus flaquezas y grandezas. Sus flaquezas tienen que ver con su cobardía (¡qué ingeniosa sabe ser la cobardía!, dice de Bury) que afila la sagacidad y templa el disimulo bajo el manto de la agudeza y la esgrima dialéctica. Sus grandezas tienen que ver justo con la aceptación íntima de sus flaquezas. La serie los enreda en mil ires y venires dialécticos, en mil trampas psicológicas que deberán sortear casi como atletas que aspirasen al podio del amor. Ah, pero ellos deben primero reconocer cada uno su propia nadería, la nadería última a que se enfrentan los decadentes, sobre todo si son egoístas; para más tarde reconocerla en el otro, y así poder compadecerse mutuamente, después de haberse auto-compadecido, claro, y con suerte poder alcanzar entonces el umbral del amor. En este caso no se trata de una lucha agonal, limpia, sino de otra casi teatral, rebuscada, cargada de guarismos histriónicos en apariencia indescifrables, improductivos.  

A mí todo esto me desespera (no le habría aguantado a Ella ni el primer asalto por muy hermosa y lectora que fuese) y a la vez me engancha. Sé lo que está pasando, pero tengo que obviarlo. Me obligo a obviarlo en la medida de lo posible. ¿Para qué? Para poder disfrutar con lo que pareciera el intento de levantar ante mí una catedral de adobe. Es eso lo que intentan los personajes de Foodie Love. Y tal vez no lo hagan en vano. Tal vez no se equivoquen de diana. Tal vez tampoco se equivoque Isabel. Tal vez sea eso lo mejor que puedan hacer creadora y criaturas. Me permitiré aquí una cita larga de Spengler para después explicarme mejor:

¿Qué nos importan los que prefieren, ante una mina de oro agotada, que les digan: «mañana se descubrirá aquí un nuevo filón» como hace ahora el arte con la creación de insinceros estilos en lugar de que les enseñen los ricos yacimientos de arcilla que están al lado sin explotar? Considero esta doctrina [la de la arcilla viable y redentora, entiendo yo] como un gran beneficio para las generaciones venideras, porque les enseñará a discernir entre lo que es posible, y, por lo tanto, necesario, y lo que no cuenta entre las posibilidades internas de la época […] Si bajo la influencia de este libro [La decadencia de Occidente], algunos hombres se dedican a la técnica en vez de al lirismo, a la marina en vez de a la pintura, a la política en vez de a la lógica, harían lo que yo deseo, y nada mejor, en efecto, puede deseárseles […] Quien no comprenda que hay que amar ese sino o desesperar del futuro y de la vida; quien […] no sienta esa lucha con los más fríos y abstractos medios; quien se entretenga en idealismos provincianos y busque para la vida estilos de tiempos pretéritos, ése… que renuncie a comprender la historia, a vivir la historia, a crear la historia.

Dije que me explicaría mejor al hilo de esta cita. No sé si seré capaz, pero lo intentaré. Cuando pienso que los personajes de Isabel e Isabel misma hacen bien en apuntar a su catedral de adobe, de alguna manera me alineo con Spengler; bajo protesta, pero lo hago. Yo sufro íntimamente la pérdida de un mundo con dominante apolínea en aras de otro fáustico, y por fáustico en exceso, devenido dionisíaco; dionisíaco a jornada completa, quiero decir. Pero nací en este tiempo, el mío, el nuestro. Tratar de enmendarlo a fondo me colocaría en el papel de aquel aldeano empeñado en poner emplastos a un puerco espín. Quizás por eso, aunque a veces me conduzca como un triste graeculus histro provinciano, sea capaz de disfrutar una obra de arte de mis contemporáneos cuando es tan jodidamente buena. Eso hago siempre que puedo. La cosa no debería moverse, lo sé, eppur si muove. 

Foodie Love es una joya de serie. Es un sincero canto a la posmodernidad decadente. ¿Que no te gusta esta postmodernidad, Jorge? ¿Que tampoco os gusta a algunos de vosotros? Ah, se siente, haber nacido argonauta. ¿Que una serie como ésta no ayuda a contestar la decadencia rampante en nuestra sociedad? Pues claro. No lo pretende, al contario. Y tal vez, quién sabe, hace bien en no pretenderlo. Además, hablamos de una serie exquisita, exquisita en su forma que es lo que más importa; y ya sabemos con Ortega que todo lo exquisito ―¡qué le vamos a hacer!― es socialmente ineficaz. Así que… Ved la serie si no la habéis visto. Disfrutadla. Olvidad lo que aquí escribí, por supuesto, mientras la veis. Y como dice aquella versión fatalista del carpe diem horaciano (entre decadentes anda hoy la cosa): la primavera termina, daos prisa en ser felices.   


Adenda para Isabel:
Gracias, artista, por librarnos en Foodie Love de una Barcelona cargada de signos y símbolos caseros; por presentárnosla más como era y debía seguir siendo que como es. Tu Barcelona es también ahora mismo una ciudad-Idea. Bendita sea. Decía Marías (Julián) que el mundo, cubierto de carteles, traducido en signos, va siendo cambiado cada vez más por esos signos, suplantado por ellos. Los signos, presentes o ausentes, importan mucho aquí y ahora. En tu serie me quedé con la ola (que adjudico a Hokusai, sí o sí, a pesar de Fukushima), y con ese cartel corpóreo y luminoso (te dispenso el ramalazo kitsch) que plantaste tras la cama de Laia: Eres lo que lees, sí señor. Si no eres un niño o un primitivo, si vives enrolado en la historia, como parte de la masa que colma las grandes urbes, y no lees, casi no eres. Podrás existir, pero ser, lo que se dice ser...




martes, 30 de junio de 2020

ENTREVISTA AL ARQUITECTO JORGE TAMARGO



 CONSULTORIO MÉDICO EN LA HABANA VIEJA (1988-1990) / IMAGEN DEL AUTOR (1985)


Hace cinco o seis años, no recuerdo bien, una joven cubana, estudiante de arquitectura, se puso en contacto conmigo a través del correo electrónico para realizarme una entrevista corta por escrito. En aquel momento ella estaba investigando la arquitectura producida en Cuba en los años ochenta, y según dijo, sobre este tema versaba su Tesis de Grado. Le atendí con amabilidad, como es lógico, pero no supe mentirle siquiera piadosamente, siquiera por la complicidad que me inspiró, pues la chica hizo que rememorara mi propia graduación de arquitecto, en 1985, con un trabajo de investigación sobre la Modernidad en la arquitectura cubana (1930-1960).

Yo también tuve que buscar mucha información para hacer aquel trabajo. Pero en mi caso, como la postrera arquitectura republicana estaba todavía muy desatendida (era cosa de burgueses y apátridas), la información no documental resultaba de muy difícil acceso. Tuve que escribir cartas furtivas (si me hubiesen descubierto la habría pasado mal) a algunos de los artífices del Movimiento Moderno cubano que vivían entonces en los Estados Unidos. Sin que el correo postal del Régimen tuviese nada que ver en el asunto, entré en contacto directo con los arquitectos Nicolás Quintana y Manuel Gutiérrez, quienes fueron muy amables conmigo. A ellos los quise mucho. Con ellos construí y mantuve por muchos años una sincera amistad.

Ambos, Nicolás y Manuel, creyeron hasta sus últimos días, con buen criterio, estimo, en lo que habían hecho en Cuba, sobre todo en La Habana, junto a otros colegas de su generación entre 1940 y 1960. Y como creían en ello, vibraban al recordarlo, al recrearlo; se mostraban muy agradecidos al ser preguntados en relación a. Ellos veían a salvo parte de su legado en nuestra curiosidad, en el hecho de que algunos de los arquitectos jóvenes de la isla aprobáramos, apreciáramos y nos sintiéramos influidos por su obra.

Yo, sin embargo, muy pronto dejé de creer en lo que hicimos allí los más inquietos arquitectos del país en los años ochenta. Dejé de creer en ello, incluso antes de emigrar; digo más: incluso antes de que se acabara la década. No reniego de nuestra inquietud, de nuestras ganas de cambiar las cosas. Eso no. Reniego de los resultados concretos de un trabajo que hicimos arquitectos prácticamente recién graduados, víctimas además de la severa ruptura cultural que el Régimen cubano había provocado en el continuo de nuestra tradición arquitectónica, justo por pretender borrar de un plumazo lo que habían logrado colegas tan capaces, o al menos tan sugerentes como los ya mencionados, a los que añado: Eugenio Batista, Emilio del Junco, Mario Romañach, Frank Martínez, Max Borges, Humberto Alonso y Ricardo Porro, entre otros. Incluso parte de la obra que en aquella “época burguesa” construyeron arquitectos en teoría hurtados a la burguesía por el Régimen, como Antonio Quintana, Fernando Salinas o Raúl González Romero, por ejemplo, permanecía encubierta. Salvo en raras excepciones (apuntes ligerísimos y sigilosos en clases de historia, y siempre sobre edificios de cariz público o social), la arquitectura moderna cubana no formaba parte de los currículos académicos en las Escuelas. Era tema tabú, también, porque en muchas de aquellas magníficas residencias burguesas vivían entonces, bien tapaditos, poltrones, apegados al confort burgués, los principales líderes de la revolución proletaria, convertida, según ellos, en dictadura del proletariado. Ay…

Entonces se podía estudiar la arquitectura colonial cubana, que ya se comenzaba a maquillar como a una señorona venida a menos pero de gran abolengo, para llevar hasta sus pechos apuntalados al antes maldito turismo internacional. La arquitectura colonial sí. (Era uno de los arponcillos para pescar encandilados forofos de los belenes ateos). No la republicana. Matizo: si se trataba de obras de las primeras décadas (1900-1930) levantadas por arquitectos extranjeros, o por nacionales que hubiesen muerto o se hubiesen jubilado antes del triunfo de la Revolución, bueno, tenían un pase. Pero obras proyectadas y construidas por los “gusanos desertores”… ¡De eso nada!

La mayoría de los arquitectos inquietos de mi generación creía conocer (subrayo creía) la arquitectura colonial cubana, como también creía estar al tanto (vuelvo a subrayar creía) de lo que pasaba en el mundo, entonces pletórico de postmodernidad. Pero ignoraba de cuajo la arquitectura republicana que proyectaron y levantaron aquellos arquitectos-demonio, entre 1940 y 1960, trabajando insertos en una tradición tan puesta en solfa como era aconsejable, tan atendida como era sano. Insisto, la mayoría de nosotros desconocía la referida arquitectura (lo digo sin paños calientes), por más que algunos estuvieran al tanto de su anecdotario más trivial, y lo sirvieran envuelto en discursos seudo-sociológicos. Con tal déficit trabajábamos.

Creo, sinceramente, que me salvó de creerme, comerme y mal digerir aquel entremés de autoestima, entre otras cosas, el estudio profundo de la arquitectura moderna habanera. Y adjetivo profundo (perdonad la pedantería) porque jamás me interesó el vodevil que aderezaba su superficie: la vertiente chismosa, quiero decir (podría haber dicho historicista, nunca histórica, pero digo chismosa con toda intención: los clientes, sus amoríos, el origen de sus rentas, las anécdotas cliente-arquitecto, el politiqueo alrededor de las obras, las adjudicaciones y sus mecanismos, etc.), sino que me centré en perseguir sus enseñanzas concretas con una vocación disciplinar. Haciéndolo me di cuenta de que no podíamos producir nada de verdadero peso si nos debatíamos de manera estéril entre los cánones soviético, bauhausiano, postmoderno, colonial y colonial-postmoderno, por mucha vehemencia que pusiéramos en el debate, saltándonos a la torera lo filtrado y sedimentado por sesenta años de arquitectura nacional republicana.

Eso nos pasó: no estábamos bien preparados. Teníamos ganas de rebelarnos, y aunque con tibieza, lo hicimos. (Digo con tibieza porque ninguno de nosotros fue a la cárcel, destino inapelable allí para los rebeldes ardientes). Pero nuestras armas eran de pega. Habían sido trucadas por el Régimen. La supuesta rebelión convenía más a ellos, los represores, que a la arquitectura nacional o a nosotros. La cosa se quedó en un pataleo improductivo que apenas disminuyó la presión en la olla. No sé qué pudo pasar después (o sí lo sé, pero me inhibo de entrar en ello aquí, ahora), mas en los ochenta pasó muy poco y de muy poca importancia. Lo siento, pero es la jodida verdad. Se concretó muy poco y de escaso o nulo interés arquitectónico, si nos ceñimos a las obras construidas (pésimamente construidas para más inri), que se apartaban del anodino montón y mostraban ciertas pretensiones formales.

Otra cosa fue el revoloteo de dibujos más o menos arquitectónicos, que como parte de una quimérica apoteosis de los dibujantes otrora reprimidos (porque en los sesenta y los setenta hasta dibujar cosas alejadas del canon oficial era punible), se hizo presente en revistas, conferencias, exposiciones, concursos… Dibujos más o menos contundentes, más o menos graciosos, epatantes, agresivos, abrasivos, ingenuos… ¿Arquitectura? Nones. La arquitectura, nos guste o no, es otra cosa. Es lo que es, qué le vamos a hacer. Se materializa (ojo, se material-iza) y se expresa como cosa visible y tangible en el tiempo y el espacio, colonizándolos a la luz (natural y psicológica, física y hasta metafísica) de los hechos. Afecta directamente al alma y al espíritu, pero entra por los sentidos como entidad material, fenoménica. Se ve y se toca. Se mide y se pesa. Nos rodea y la rodeamos. Se visita. Se penetra. Se ocupa. Se transita. En fin, se goza o se sufre con los sentidos que están a cargo de informar la realidad objetiva. Y cuando, por hache o por be, deja de servir a quienes la usan y juzgan, cuando decae tanto que deja de ser útil hasta como simple construcción y pierde su valor de uso, no se puede desdibujar como por arte de birlibirloque, no, debe demolerse con maquinaria pesada o explosivos. ¿Acaso la ensoñación dibujada precisa ese tipo de agente demoledor? La ensoñación arquitectónica en sí misma no produce arquitectura, no es arquitectura.

Hay que decir, además, que aquellas ensoñaciones eran también muy cuestionables. Algunas (menos mal que no llegaron a concretarse) eran espantosas, producto de lo perdidos que andábamos. Pero ese es otro asunto. Como el sueño del pan no se come, y aquí hablamos de pan comido, el sabor del pan soñado en este texto no viene a cuento. No es que no pueda hablar de ello. No es que a veces no tenga ganas de hacerlo. Es que aquí no toca.

Con lo dicho arriba no pretendo denostar la labor de los buenos dibujantes de la época. Para nada. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, a Rafael Fornés, el mejor de todos desde mi punto de vista, pura gracia él; o a Alejandro Rodríguez, un gran desconocido porque no se mostraba demasiado y murió joven; o a Francisco Bedoya, un dibujante frío y matemático, casi robótico, que nunca me gustó, pero que producía imágenes de gran factura, como hechas con lupa, inéditas en el panorama del dibujo arquitectónico nacional; o a Orestes del Castillo, pleno de fuerza expresionista, todo lo contrario a Bedoya; o a Rolando Paciel, que mezclaba el dibujo arquitectónico con un imaginario más propio de la pintura obteniendo excelentes resultados; o a Eduardo Rubén, ya más pintor que arquitecto, que hacía justo lo contrario también con éxito? No los olvido, no. Los reconozco y valoro, porque las ganas de cambiar las cosas debían ser expresadas por todos los medios posibles. Pero hablábamos de arquitectura, ¿no?  

Como veréis a continuación, no expliqué todo esto a la entrevistadora, a quien no nombro por discreción y prudencia, y quien, estoy casi seguro, no pudo incluir en su trabajo todo lo que dije. (¿Habrá incluido algo?). No se lo expliqué en detalles porque sabía que no tenía mucho sentido hacerlo y que no la ayudaría. Espero que me perdone.

Lo cuento ahora en público, a toro pasado, porque de casualidad di con aquella entrevista buscando datos para actualizar mi página web. ¿Interesará a alguien? No lo sé. Puede que ni a mí me interese demasiado. Pero está bien que la publique con esta introducción aclaratoria, por qué no. Cuando menos, me sirve para honrar a tres arquitectos-profesores, que aun estando en mayor o menor medida implicados en el Régimen (¿quién, entre los que todavía vivíamos en la isla, no lo estaba de algún modo por acción u omisión?), tuvieron la suficiente luz larga para encajar lo que les expresé primero como dudas, y después, en tanto lo iba permitiendo el progresivo aumento de la confianza mutua, como claro desacuerdo con lo que se cocía y cómo se cocía. Ellos, tal vez arriesgándose en alguna medida, quién sabe, confiaron en mí, me ayudaron a crecer sin exigirme que dejara de ser yo mismo. Hablo de Élmer López, Fernando Salinas y Luis Lápidus, de quienes también más de una vez vislumbré el revés tras la fachada, y a quienes también quise mucho. Eran tiempos aquellos de fachadas e interiores falsamente conectados, nada simétricos o recíprocos. Y así siguió siendo allí. Sigue siéndolo hasta hoy. No para mí, claro. Hace casi treinta años que no para mí.   


CUESTIONARIO Y RESPUESTAS:


¿Qué le motivó a estudiar Arquitectura?

Nada en especial. Fue una feliz intuición. Tal vez buscaba algo que tuviera dos venas: la artística y la técnica.


Cuando comenzó a estudiar la especialidad, ¿existían algún o algunos profesionales paradigmáticos para usted?

En aquel momento no conocía a ninguno, ni siquiera por su nombre. O sea, no.


Según los documentos oficiales su formación corresponde al Plan A. ¿Quiénes  fueron  los  profesores  que  más  influyeron  en  su  etapa  de estudiante?

Élmer López, Fernando Salinas y Luis Lápidus, por ese orden.


Tengo conocimiento de que en 1984 recibió el Primer Premio en el Concurso Mundial de Arquitectura El Hábitat del Mañana. Le agradecería refiriera algunos elementos importantes en torno al mismo. ¿Algún profesor lo apoyó en este proyecto?

Fue un trabajo inmenso que realizamos entre cuatro estudiantes: Marisela Niebla, Alberto Rodríguez, Andrés Hernández y yo mismo. Nos asesoramos con muchos arquitectos, profesores o no. El profesor que más al tanto estuvo de lo que hacíamos fue Élmer López. Pero no tuvimos ningún tutor.


¿Qué significaron los cinco años de carrera para su futuro profesional?

La carrera, como siempre ocurre, es, en el mejor de los casos, un agente motivador. Aprendes el abecé de la profesión, poco más. En mi caso (soy muy curioso) me ayudó a ampliar los intereses más allá de la arquitectura, en dirección al humanismo. No puedo medir cuánto marcó la carrera en sí mi futuro profesional, pero los premios que gané mientras estudiaba, sobre todo los internacionales, sí que me ayudaron bastante. Por otro lado, la formación técnica adquirida en la carrera, aunque muy elemental, me sirvió también como acicate para seguir investigando.


Usted fue graduado del ISPJAE en 1985, ¿pudiera comentar sobre su ejercicio de graduación?

Fue un trabajo de investigación sobre el Movimiento Moderno en la arquitectura cubana (1930-1960). Llevaba años trabajando en este tema cuando lo hice. En este trabajo sí que fue muy importante la tutoría de Élmer López.


¿Existieron otras influencias foráneas o nacionales durante su carrera o luego de graduado?

Mientras estudiaba, me influenciaron mucho los grandes maestros del Movimiento Moderno. Cuando me gradué, lo hicieron especialmente los neorracionalistas italianos y españoles.


¿Qué profesionales colaboraron en su desempeño laboral?

En Cuba, sobre todo Luis Lápidus, que me llevó a trabajar al CENCREM (Centro Nacional de Restauración y Museología). Durante toda mi vida: Marisela Niebla, arquitecta de mi graduación con quien comparto la vida en todos los sentidos, también en el profesional.


En mi investigación le otorgo especial atención a los eventos, exposiciones y concursos realizados durante 1982 y 1991, en este sentido, ¿cuáles considera de mayor relevancia?

En mi opinión, el concurso más relevante en la época fue precisamente el que ganamos: “El Hábitat del Mañana” (1984), por su repercusión nacional e internacional. En cuanto a las exposiciones, hubo varias de relativa importancia. Recuerdo, por ejemplo, la exposición de arquitectura en la Bienal de Arte (¿90?, ¿91?) en la fortaleza de La Cabaña. Fue la primera vez que se hizo algo así allí.


¿Cuáles obras o proyectos realizados en este momento ―propios o de sus colegas―, cataloga como significativos?

Ninguno, créeme. La mayor parte de lo que se hizo en la época constituyó un pataleo desorientado. El Régimen había perpetrado una rotura gravísima en el continuo tradicional de la arquitectura. Todos andábamos perdidos. No hay arquitectura (ni ninguna otra cosa) viable si no se inserta en una tradición. Todo aquello fue una divertida majadería. No podía ser de otra forma.


¿Qué opinión le merece el desenvolvimiento arquitectónico suscitado entre el 1982 y el 1991?

Bueno, como se desprende de mi respuesta anterior, mi opinión no es muy buena. Ahora bien, en un período en que todos (o casi todos) esperábamos profundos cambios socio-políticos, estuvo bien que las cosas comenzaran a moverse, quiero decir, a apartarse del inmovilismo empedernido y obediente que caracterizó la década de los setenta. Que sucediera algo, eso era importante. Lo sucedido no tuvo la menor importancia, sin embargo, en términos arquitectónicos o urbanos. Los mayores eran víctimas de un justificado escepticismo. Los jóvenes éramos tan jóvenes… Ni los unos ni los otros estábamos en condiciones de producir obras realmente significativas. No lo hicimos, claro, aunque muchos majaderos vayan por ahí diciendo lo contrario.


Por favor, si considera algún otro aspecto significativo que no se haya abordado durante la entrevista, refiéralo.