Fray Luis de León
Decía Flaubert que en provincias la ventana es como el
sucedáneo del teatro y del paseo. Claro, pensar en Bauru como una ciudad
provinciana, con las referencias de Tostes y Yonville (dicen que la actual Ry)
es muy cuestionable. Al parecer, Tostes ni siquiera llega a los quinientos
habitantes; Ry apenas tiene seiscientos; mientras que Bauru roza los
cuatrocientos mil. Sin embargo, frente a la colosal São Paulo (doce millones de
almas), Bauru sigue siendo una modesta ciudad de provincias. Por lo tanto, la
mayoría de sus ventanas son, seguro, sustitutas del teatro y del paseo. ¿Y sus
cuartos? ¿Acaso los cuartos en Bauru son (como lo fue aquel famoso cuarto en
Arlés) espacios para cobijar la introspección (más o menos inocente, más o
menos freudiana) de sus ocupantes? ¿Acaso son cuartos con ventanas cerradas, es
decir, abiertas, sólo, al drama y a la tragedia interiores de sus dueños o
inquilinos? Lo dudo. Las ventanas en Bauru podrán estar enrejadas, pero no creo
que estén cerradas al teatro callejero y al paseo mundano. Imagino centenares,
miles de niños asomados a ellas, oreando a la luz sus esperanzas de llegar a
ser actores principales en esa obra que a diario se representa ante sus ojos.
Algunos se creerán el próximo Pelé, y meterán goles mentales por la escuadra a
porteros tan corpulentos como lentos, a poder ser, argentinos. Algunas se
imaginarán tan guapas y poderosas como Ana Clara Falconi, y mirarán
desdeñosamente desde la pasarela a montones de chicos embobados con su desenvuelta
hermosura. Algunos, sean cuales sean su sexo o su clase social, se soñarán
millonarios, o científicos, empresarios, médicos, ingenieros, maestros,
políticos, curas… incluso, por qué no, editores. …¿Y los artistas natos? ¿Qué
soñó el niño Francisco dos Santos desde su cuarto-ventana, no en Bauru (“boca”
de El Cerrado), sino en El Cerrado profundo? ¿Hay cuartos con ventanas en el
Pantanal?
El cuarto en Bauru de Francisco Dos Santos, muy distinto al
cuarto de Van Gogh en Arlés, con el que coquetea nominalmente, es todo él una ventana:
una ventana abierta de par en par. Pero más que una abertura al teatro y al
paseo urbanitas, es una abertura a la naturaleza resuelta en patio. Claro, la
visión de la naturaleza de un artista como Francisco, que esta vez se vale de
la fotografía para cautivarnos, no implica (es más, no puede implicar) una
observación distante o microscópica, técnica o especializada. No puede ser la
visión de un botánico, ni la de un biólogo, ni la de un perito-fotógrafo que
trabaje con vocación científica. Su visión es la de un niño que no puede evitar
ser sorprendido e impresionado por la naturaleza, y que se funde con ella sin
cuartos ni ventanas por medio. El cuarto y la ventana son en este caso el marco
que se impone el adulto para tener un lugar desde donde saltar hacia la niñez
como quien se abisma en sí mismo, es decir, se ensimisma en brazos de sus
fantasmas más íntimos que, ya sean astros, fenómenos, elementos o bichos, sólo
se explican a medias. La aparición numinosa de los entes y los seres mágicos no
se explica, se celebra. Y esto Francisco lo hace poéticamente.
Así que desde la ventana de su cuarto en Bauru (insisto,
aquí ventana y cuarto son meros apoyos espaciales, acaso marcos prefabricados para
ser trascendidos, acaso la escalera que hay que tirar tras haber escalado hacia
no se sabe dónde), Francisco levanta acta de los entes y los seres que llegan a
su patio desde el Cerrado para erotizar su memoria: plantas, flores, mariposas,
insectos, exoesqueletos de insectos, pájaros, lagartos, satélites… bruma,
noche, fuego… Levanta acta, pero no puede ni quiere definir lo listado apuntando
a la comprensión facilona que satisface a los mansos. No puede ni quiere des-velarlo.
Por eso se revuelve contra la fotografía de Blossfeldt, con la que en ocasiones
también coquetea en términos de escala, pero de la que se distancia
radicalmente en todo lo demás. Blossfeldt planifica sus impresiones. Francisco
se entrega al azar. Blossfeldt mete zoom para des-velar lo mirado y servir a la
ciencia, como mucho, a la artesanía. Francisco lo hace para velar de nuevo lo antes
des-velado y servir al arte. Francisco mira a la defensiva, como el niño que se
protege de revelaciones inoportunas: el nombre de pila de los Reyes Magos, por
ejemplo, que tiende fatalmente al de sus progenitores.
Hace unos cuantos años desenterraron varios moáis en la
isla de Pascua. Y yo, que entonces desconocía lo que algunos arqueólogos conocían
desde principios del veinte, escribí:
Aquellas
cabezas eran un infinito surtidor de imágenes. Ahora (todo conocimiento profundo es una corriente fría, decía Nietzsche)
resulta que no sólo tienen cuerpo, sino que lo protegieron con celo de la
erosión, como si en él pudieran guardar lo que realmente importa. Y comienzan a
verse flácidos pectorales, distendidos ombligos, dóciles extremidades, espaldas
tatuadas… En fin, muy compuestas estampas, síntomas de acomodada y pedregosa
carnalidad, donde la imagen había tejido un vacío repleto de insinuaciones […]
Donde hubo enigma informe, ahora relamida lava. Donde hubo oscura piedra,
geología iluminada. ¿Estamos a punto de escribir Lemuria en el GPS de la historia?… Señores arqueólogos y geólogos
que sonríen satisfechos en los fosos que nos legan junto a los cuerpos embarrados
de nuestras amadas cabezas; si alcanzan a leer un nombre en esas espaldas
tatuadas, qué sé yo: Juanito o Miguelón, por ejemplo, regístrenlo en sus
tabletas táctiles, pero, por favor, ante nosotros cállenlo.
Hace muy poco acaban de circunvalar a placer la luna, acaban
de hacerle miles de fotografías a su cara oculta, supremo símbolo de lo
misterioso. Pues bien, para cada des-velamiento con que nos provoque la
ciencia, habrá una respuesta inconformista del arte, que, por un lado, sembrará
nuevos misterios donde se hayan cosechado evidencias, y, por el otro, abrirá
nuevas vías para que el pensamiento se vea obligado a seguir adelante. El alma
del artista compensará con voluntad (voluntariosa imaginación) lo que el alma
del científico regale a la razón. Lo hará para que la memoria siga siendo una
sugerente montaña de pretérito que tiente, ad
infinitum, la terca curiosidad del hombre. Razón, voluntad y memoria; las
tres potencias del alma que posee el hombre entero: el siempre-niño (el niño es el padre del hombre, dijo
Wordsworth): el artista.
A esto se dedica Francisco desde su cuarto en Bauru, a
velar lo des-velado. (La luna de Francisco, por ejemplo, es o puede ser, además
de luna, y según la imagen de que se trate, un faro o una farola, en ocasiones
semivelados por una telaraña-nebulosa de connotaciones casi brujeriles). Sí,
velar lo des-velado, cosa que ya hicieron los primeros impresionistas como
respuesta a la pedante fotografía que llegó al diecinueve, con ínfulas de
ilustrada sabelotodo, para dar un puñetazo de luz fría sobre la mesa donde el
arte repartía el pan entre la luz y la sombra. Por eso Francisco no retoca sus imágenes
(las manipula sin retocarlas), sólo las amplía o no, según el caso, para que se
pixelen, se “muevan”, vibren, se desenfoquen… activen un cromatismo acientífico
que no puedan resolver ni Newton ni Goethe ni Kandinsky… Francisco llega a
primeros planos tan extremos que desembocan en lo abstracto. Sus imágenes
remiten a un fuego que no es ni siquiera neolítico, sino paleolítico. Así
debieron de operar las imágenes en la caverna preplatónica a la luz de la candela.
Así debieron de impresionar el pensamiento mágico de los hombres primitivos. …El
arte hará lo que tenga que hacer para arrebatar el hombre a la máquina. Puede
que tenga, incluso, que trascender al mero artista en pos del poeta para llegar
finalmente al sacerdote (el poeta deviene
del sacerdote, el artista del artesano, decía Zilsel) y convencer a Dios de
que vale la pena ocuparse de nosotros.
En todo esto pensaba mientras
veía (revisaba / disfrutaba) una y otra vez, una y otra vez las cuarenta y
cuatro imágenes de Quarto em Bauru. (¡Qué
hermosas!). Y en una de ésas, llegué a la página setenta y leí un grafiti que
ponía LSD. Entonces me dije: «Vaya, de esto se trata, ¿el libro es, también, un
“viaje” psicodélico, y por eso las imágenes…?… Entonces releí y caí: «no pone
LSD, Jorge, sino LHS». …Ah, ¿cómo pude ir inconscientemente de LHS a LSH, para
terminar leyendo LSD? No lo sabía. …Escribí a Francisco (donde hay confianza da
asco, se dice en Castilla) y le pregunté qué querían decir las siglas LHS. «A sigla está relacionada ao hipercubo
latino. LHS sigla para Latin Hypercube Sampling, usado em simulações…»,
me dijo. «¿Y las siglas FNO?», le pregunté después, porque estas últimas
aparecían junto a las otras. «FNO é de
uma inscrição anterior e significa 'Francisco não está'. Risos», me respondió. «¿Y dónde está pintado
este grafiti?, le pregunté por último. «Então,
a pintei ao lado da entrada da casa», me contestó. «¿Quéee?»…
¡Pandemia, confinamiento y dolor! ¡Juego y humor
reconfortantes! ¡Arte! Entonces el libro volvió a mutar ante mí. Otra vez a
revisarlo. Después de hacerlo bajo el influjo de los nuevos estímulos, quise
ver en él alguna conexión distinta, quizás al margen de las puras sustancia y forma,
con la obra de Van Gogh. Se sabe que el genio holandés tomaba digital (digitalis
purpurea) para tratarse sus crisis maníaco-depresivas y sus ataques
epilépticos, lo que explica su obsesión con el color amarillo. También tomaba
grandes cantidades de absenta, bebida que al parecer contiene agentes
alucinógenos. Y también tomaba alcanfor y trementina, si no tenía absenta a la
mano. En fin, que la obra de Van Gogh no puede disociarse del consumo de
sustancias psicoactivas.
Nada de esto tiene que ver con Francisco. ¿O sí? (Río…). Desde
luego, tiene que ver en primera instancia conmigo. Fui yo quien leyó LSD donde ponía
LHS. El buen arte logra también eso: activa el don de la ebriedad en los más
sobrios pardillos.






