domingo, 7 de junio de 2026

LA PARTITURA DE CÓRDOBA: EL CONTRAPESO DE LOS SABIOS EN EL ABISMO

 




¡Vaya libro! Pequeño, pero matón. Los cordobeses más ilustres puestos en relación por Alberto Monterroso: Averroes y los grandes sabios de Córdoba. El ensayista renuncia a escribir cuatro ensayos estancos, uno sobre cada genio (Séneca, Osio, Averroes y Maimónides), entrega la batuta a Averroes, y en una partitura que titula “CÓRDOBA”, va enredando notas biobibliográficas de sus cuatro paisanos de una manera orgánica. Estupendo. Esta letra está viva. Me encanta. Cuando menos lo esperas, entra el uno a apoyar al otro, un tercero se entrecruza y escucha sonriente, el cuarto aplaude y pide paso. Y mientras tanto, los cuatro compiten en buena lid por ser el más sabio, el menos religioso (me atrevería a decir el más ateo) y, sobre todo, el más cordobés. En todo esto el pobre Osio parece partir con desventaja, pero…            

Cuando lees el libro de Monterroso, insisto, una red orgánica perfectamente tejida, en cuyos nudos se encuentran estos magnos cordobeses para relativizar el tiempo frente a su contenedor espacial: Córdoba, lo primero que notas es que en aquella maravillosa ciudad la razón-razón varias veces fue capaz de sobrepujar a la razón teológica, a la razón poética, y, si me apuras, a la mismísima razón histórica de la mano de mentes brillantes, que a la decadencia de su tiempo quisieron (y pudieron, sólo en términos intelectuales, claro) oponer una pujanza teórica levantada a punta de inteligencia. Claro, los tres que mejor hicieron esto (Séneca, Averroes y Maimónides) salieron peor parados en términos personales: exilio, condenas a muerte, olvido planificado… porque contra la razón histórica, que tiene mucho que ver con la razón poética… ¿Qué o quién puede contra la razón histórica?, a ver. Nada. Nadie. Séneca, Averroes y Maimónides tuvieron que esperar a que Europa, es decir, Occidente, es decir, la Cristiandad, ya expandida por medio mundo gracias a España, comenzara a decaer definitivamente de la mano de la Ilustración para volver a los primeros planos del Pensamiento normativo, que es ese pensamiento que se loa a sí mismo y acaba siempre rendido a sus propios pies, en una religio unívoca con la Diosa Razón. Es cierto que Occidente, y sobre todo España, en lo que respecta a sus pensadores y literatos ha sido siempre algo senequista y puede que también algo averroísta, porque ha sido siempre algo estoica (ver en Sánchez Albornoz) incluso en épocas pujantes. El propio Monterroso cita con puntería al Dante averroísta (ya gibelino disfrazado de güelfo blanco), rendido al sabio cordobés cuando hacerlo no salía precisamente gratis.

Chesterton, un pensador “anacrónico” a principios del veinte, comparando al poeta con el pensador, decía: El poeta sólo pretende rozar el cielo con la frente. En cambio, el lógico quiere meterse el cielo en la cabeza. Y por eso acaba estallándole. El filósofo quiere meterse el cielo en la cabeza, donde tiene el cerebro, ese sistema refrigerante del corazón (Aristóteles bien citado por Monterroso). Y si el filósofo es estoico, lo que implica que, igual que el budista, huye del dolor como del diablo, el estallido de la cabeza deja sin refrigerante al corazón. Entonces el corazón sobrecalentado duele, muchísimo, y su portador dicta una pausa indolora que conduce a la inacción. La parálisis fáctica es una opción en la filosofía de salón (estoicismo, escepticismo, cinismo, epicureísmo), pero en la historia implica muerte. Algo que un Nerón, un Constancio, un Almanzor o un Saladino no podrían haber aceptado nunca y que nuestra Unión Europea, sin embargo, reclama a viva voz. Tiempos y tiempos. Los hay para todos los gustos.

Monterroso cae al estoicismo (lo reconozco enseguida, no por vía intelectual, sino vital, porque yo mismo pasé por ahí cuando era ateo, en momentos especialmente duros para mí), y sabe que estoicismo y ateísmo son accidentes de la misma esencia: el humanismo exacerbado, incluso desorejado: la fe ciega en el hombre que apunta al superhombre, al hombre nuevo, al hombre total, al hombre absoluto, ¿al transhombre? Él mismo dice con mucha razón: Los estoicos interpretaron la mitología como una forma poética de hablar del mundo y del cosmos. También pone sobre la mesa la convicción de Averroes y de Maimónides sobre la necesidad de interpretar alegóricamente el relato religioso, y aún el teológico, cuando éstos chocan contra la razón pura, momento en que este relato puede y debe ser sustituido: El filósofo está obligado a elegir la mejor religión de su época… y debe creer que la mejor pueda ser abolida por otra aún mejor, decía Averroes. Religión a la carta, como mero instrumento. Casi nada. ¿Qué podía hacer Abu Yaqub al-Mansur, quien inicialmente lo protegió, cuando la vena integrista y teocrática del islam lo asfixió? ¿Cómo defender en la Córdoba califal a alguien que iba a la mezquita como quien afinase su instrumento musical y luego decía: el vino está prohibido porque existen las enemistades y las querellas, pero como yo estoy preservado de estos excesos por mi sabiduría, lo tomo para avivar mi inteligencia? Esto dicho por Escohotado en la España de Felipe VI cuela, pero en la Córdoba almohade no colaba. El islam es sumisión. Ni puedes tomar su relato por alegórico ni puedes tomar vino por muy sabio que seas.

Monterroso, que es un hombre muy culto y conoce bien los portentos de su ciudad natal, incluidos, claro, los ocurridos en el período hispanomusulmán, cuando la gran “ciudad hereje”, tan alejada geográfica y operativamente de Bagdad, produjo sus principales maravillas, cuando de la mano de Toledo inundó Europa de un conocimiento viejo felizmente renovado; carga la culpa de lo acontecido con Averroes en Córdoba a la envidia de sus convecinos, entiéndase de sus colegas: jueces, médicos, políticos, pensadores y teólogos, porque los otros poca influencia tendrían, digo yo. También habla del integrismo religioso, pero hace énfasis en la envidia, algo tan humano y transversal que queda al margen de la religión. Seguramente Monterroso tenga parte de razón. Seguramente la envidia, que se movería en todas direcciones (siempre lo hace), tocaría a Averroes viniendo de sus semejantes. Puesto que la envidia anida en el corazón, no en el cerebro, ningún grado de inteligencia ofrece garantía contra ella, dijo Melville. Sin embargo, la envidia, como toda pulsión humana opera en la historia. Si Averroes hubiera vivido en la corte de Isabel la Católica, la envidia lo habría señalado como judío. Si hubiera vivido en la corte de Carlos III, la envidia lo habría señalado como jesuita. Pero Averroes vivió en territorio islamizado, no arabizado, pero sí islamizado, y entonces la envidia… Fue la cerrazón islamista la que le pasó la cuenta por infiel, o por fiel imperfecto, que es peor todavía. El cainismo es aquí circunstancia, no sustancia.     

La diferencia entre islam y cristianismo en cuanto a la tolerancia frente a los “descarriados”, queda muy clara cuando Monterroso aborda la figura de Osio. Confieso que es lo que más me ha interesado del libro, aunque me interesó mucho todo él, porque Osio es, de los cuatro sabios cordobeses, el que menos conozco. Es tan notoria la forma en que el cristianismo, incluso en su versión más universalista: el catolicismo, supo separar siempre Estado e Iglesia (nada que ver con la estructura teocrática del islam), que me permito transcribir aquí un pasaje de la carta que Osio escribió al emperador Constancio, cuando éste, que se había dejado comer la oreja por Arrio, lo amenazó si no se avenía al arrianismo:

…De ningún modo puedo aprobar la conducta, ni los escritos, ni las amenazas. Deja de escribir semejantes cosas; no pienses como Arrio ni des oídos a los orientales, ni creas a Ursacio y Valente, porque lo que éstos dicen, no lo dicen por favorecer a Atanasio, sino a su herejía. Créeme, Constancio, a mí, que por la edad podría ser tu abuelo […]. Deja de hacer violencia a nadie ni por cartas ni por medio de enviados. Restituye a sus sedes a los desterrados, no sea que quejándote tú de la fuerza, la ejerciten ellos con mayor encono. ¿Por ventura hizo algo parecido tu hermano, el emperador Constante? ¿Qué obispo desterró? ¿Cuándo se mezcló en los juicios eclesiásticos? ¿Qué ministro suyo estrechó a nadie para que suscribiese contra otro, según afirman Valente y los suyos? Desiste pues y acuérdate de que eres mortal. Teme el día del juicio y consérvate puro para él. No te entrometas en asuntos eclesiásticos, ni nos mandes sobre puntos en que debes ser instruido por nosotros. A ti te dio Dios el Imperio, a nosotros nos confió la Iglesia. Y así como el que te robase el Imperio se opondría a la ordenación divina, asimismo guárdate tú de incurrir en el horrendo crimen de adjudicarte lo que toca a la Iglesia. Escrito está: «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Por tanto, ni a nosotros nos es lícito tener el Imperio en la tierra, ni tú, ¡oh rey!, tienes potestad en las cosas sagradas.               

¿Pudo escribir algo con este tono Séneca a Nerón? ¿Pudo escribirlo Averroes a Al-Mustadi en Bagdad, o al propio Abu Yaqub al-Mansur en Córdoba? ¿Pudo escribirlo Maimónides a Saladino? Osio lo escribió a Constancio y siguió vivo.

Este magnífico ensayo de Monterroso, un cordobés de pro, un latinista de primera fila y un estupendo crítico literario, que pone a Averroes a la cabeza de los grandes sabios de Córdoba y se afana contra lo que el propio autor llama La Leyenda Negra que se ha levantado contra ellos durante siglos, no os dejará indiferentes. El ensayo, cargado de erudición, la sobrepasa con creces para apostar por una visión culturalmente ecuménica que temple, a través de la todopoderosa razón, la tormenta histórica que no cesa. Sin embargo, aunque yo creo que la historia es materia poética, que no se puede legislar o enfriar desde la lógica pura y que, desgraciadamente, como dijo el gran Ibn Hazm, otro cordobés enorme: la espada no es más que un peso hasta que deja la vaina, disfruté mucho el libro y aprendí muchas cosas leyéndolo.

En cuanto al papel de los sabios descreídos (sumos lógicos) en el desarrollo de la humanidad, ¿qué podríamos objetar? Nada. Todo lo contrario. Sin la tropa de Sócrates, ¿habrían podido existir san Agustín, santo Tomás y Pascal, por ejemplo?

Me quedo con la imagen tan bien traída por Monterroso sobre el entierro de Averroes: Cuando se colocó sobre una mula el ataúd que encerraba su cuerpo amortajado, se pusieron sus obras en el lado opuesto del animal para que sirvieran de contrapeso. ¿Cuántos hombres podrían propiciar tal equilibrio? La mula de Averroes me recuerda el mulo de Lezama:

Con qué seguro paso el mulo en el abismo.

                             […]

Paso es el paso, cajas de agua, fajado por Dios
el poderoso mulo duerme temblando.
Con sus ojos sentados y acuosos,
al fin el mulo árboles encaja en todo abismo.  

Con las cenizas de las bibliotecas de Alejandría y de Alhakén se hicieron los árboles que encaja en el abismo el mulo de Lezama. Por lo tanto, ¡que obren Averroes y los suyos allí donde no lo pueden hacer Ricardo y Saladino! Y donde tengan que obrar estos últimos, que sangren los mártires dolientes con sus fértiles estigmas. Y antes y después y siempre: que sea lo que Dios quiera.    


jueves, 26 de marzo de 2026

LAS POSESIONES DEL NÓMADA

 



Resulta difícil seleccionar un fragmento en un libro como éste, sobre todo, porque se trata de un poema narrativo de mil versos, en el que todo zoom in, más que enfocar, excluye… resta. Puede que sea en su último acto, teniendo en cuenta la vocación de colmo que casi siempre tiene el final de un libro, donde el fragmento haga más audible la queja del imán que a duras penas lo entrega. El imán protesta, y haciéndolo, desvela su existencia.

 

…Aparecen en mi sueño. Mi castaño centra

la primera escena. Lo sembré

con mi padre. Débiles ambos: él y él. El uno

se muere a destiempo. Cae, quiero decir,

siendo más mío que de la muerte.

(Aún disputo su nombre con ella). El otro,

cepellón y palito que ya se distingue

de la hierba alta. Es mi jardín. ¡Ese castaño

es mío! ¡Lo sembré con mi padre! Ah,

creer que un árbol te pertenece, que padre

y jardín son tuyos, qué delicia. Creí… Sueño

en cama nueva sin embargo; con animales

que nunca he visto. O sí, pero no en obras,

sino rondándome. Una guarnición

de pertenencias noveles, meretrices

deliciosamente azarosas, me cuida. Me avisa:

lo soñado no hace caja en la mañana que alza;

su campaneo no quita la camisola

a la virgen que la inflama; ni la caspa

al cejudo funcionario que la registra.

Sueño. Pellizco al pasado

(bifronte y comodón). El futuro

escucha el ay (entre doloroso y placentero,

o sea, falaz) con que se muestra vivo

quien lo alimenta y lastra. Aparecen

la cabra y el azor. Me cuentan

sus aventuras. La cabra

tuvo un castaño (el mío), un pájaro

y una sombra. Habitó mi jardín (¿el suyo?).

Viene de un sueño largo (el mío, creo). El azor

la acompaña. La tripula. La abordó

a medio camino entre mi jardín y éste.

Tengo otro jardín. Sueño. La cabra

ramonea en él. El azor la monta. Ni árbol,

ni pájaro, ni sombra. Nada. Tampoco piedras.

«¿Qué buscan aquí?». La más casquivana

de mis guardianas corre un telón oliváceo

sobre mis preguntas. ―Sueña, me dice, apura

antes que los dioses decreten el vero ictus.

Sigo el relato. Regreso al pájaro carpintero.

Su pico, susto a susto caído, ya gallo escarbador

resana la raíz de mi castaño. Trabaja

en mi memoria. Primer disparo.

(A mi padre lo mató un meteoro). La cabra

ya ronda el páramo. Aparecen

los actores secundarios. El azor masculla.

Se considera protagonista: medio cabra.

No vuela. Es vegetariano (En mi jardín

pasa hambre. Sólo ácaros come.

No hay flores). El azor es el acento

no caprino que salvó a la cabra

cuando enfrentó la marea de congéneres

que constituyen La cabra endrina de Caronte.

El azor masculla, pero… si no son principales

ni siquiera los dioses… bueno. La cabra

se hace nómada. Aparecen Ellos. Nadie

sabe dónde estuvieron, por qué

tardaron tanto. El purín. Eso es: el purín

no era suficiente para estimular la zozobra

divina… Cada uno a lo suyo. Cada uno

produce en la cabra una hinchazón distinta.

Aquí los escopeteros sobran. ¡Fuera!

Todo sucede en mi jardín (¿aquél?, ¿éste?):

páramo / charco /  holograma / sala de vistas /

abismo / cueva / arroyo… Mi memoria

es jardinera. Qué problemático quid. El sueño

peldañea la inmersión del vividor introverso.

¿La cabra es mía? Si lo fuese, lo fuesen

el azor, el gallo, el potro (ya unicornio, seguro)

que aparece fugazmente en el relato.

Mi memoria vaga entre sus jardines.

El sueño los une. O no. Puede que

haga justo lo contrario. Lo sabré

cuando despierte. El corno suena. Temo

que la cabra y el azor se vayan,

que el sueño lo haga junto a ellos

sin desvelar un final creíble; un final que

parta el pan entre aquel jardín y éste.

El corno sigue sonando. El relato se agota

poco a poco. Está a punto de aparecer

el unicornio. Aparece. Se pierde. La cabra

vuelve al páramo. «¿Cuánto recuerda

su árbol / su pájaro / su sombra (los míos,

quiero decir)?», me pregunto. Un pobre perro cerebral

que sueña. Eso soy, pero sin deudas.

Sólo las deudas de la cabra me incumben.

Y ella no las tiene. Me consta… El azor está nervioso.

Da saltitos. Sabe más de lo que parece.

El corno… Ah, el corno. ¿Me despierta?

¿La cabra ha muerto? No. ¿Y el sueño? Tampoco.

Copa. Mi vodka sabe a leche. Sueñaquetesueña

sigo. Ahora el unicornio viene cabalgado

por el gallo escarbador. Entran al jardín.

No llaman al timbre. Entran a la casa. Entran

a la habitación. Despiertan a mi mujer. (¿Vero ictus?)

―Perdóname, le digo, sueño. ―¿Y estos bichos?,

pregunta ella (los perros no ladran), ¿son nuestros?

Cualquier cosa de la que estemos orgullosos

debe, de alguna manera, pertenecernos.

―¿Lo son? Despierto.


El libro está a la venta en la página de la editorial:

https://lummeeditor.com/catalogo/las-posesiones-del-nomada/ 

info@lummeeditor.com

También se puede solicitar en el siguiente correo electrónico:

vendas@lummeeditor.com


lunes, 9 de marzo de 2026

CUENTOS INCIDENTALES Y OTRAS NARRATIVAS. FRANCISCO DOS SANTOS

 



Estimado homo ludens-lector

(sí, ¿no es la lectura una especie de juego aventurero y riesgoso, como lo son, por ejemplo, las artes marciales, los juegos de azar, las apuestas, la cartomancia…?, ¿acaso la lectura no implica para el lector la posibilidad de crecimiento o de mengua, de goce o de hastío?, ¿acaso el umbral de un libro desconocido no impone cierto temor al adoctrinamiento que pueda vender, o a la banalidad que regale?, ¿acaso no impone cierto temor a que en sus páginas podamos resultar cercados, y en última instancia abrumados por el Todo o por la Nada?, ¿acaso no surge siempre la duda (razonable o no) sobre si con el dicho libro podremos activar y galvanizar la memoria, la inteligencia, la imaginación…?, y eso que tiene la lectura de lúdico, aventurero, azaroso y riesgoso, ¿cuánto pesará en la decisión que tomemos de jugarnos o no el tiempo que se necesita para leer un libro?);   

quiero empezar diciéndote que este libro de Francisco dos Santos que te presento: Contos incidentais e outras narrativas, te exigirá que pongas sobre la mesa lo que tienes de lector y de jugador. Jugador en la doble acepción que podemos dar la palabra: te la tendrás que jugar, es decir, tendrás que arriesgarte porque el libro es novedoso por los cuatro costados, y además tendrás que estar dispuesto a divertirte activando tu curiosidad y tu sentido del humor. «Me la juego dispuesto a jugar». Así, como si fueses un niño (¿lo eres?), deberías entrarle a este libro maravilloso. Digo maravilloso, queriendo decir, de momento, extraordinario. Y digo extraordinario, queriendo decir, de momento, insólito.

Quedas avisado: el libro te desafiará. Pero lo hará de la mejor manera posible, la que otorga gran libertad para responder al desafío: ¿Que te gustan el diseño gráfico y la tipografía, incluso la epigrafía? Bingo. ¿Que te gusta la poesía, especialmente la visual? Bingo. ¿Que te gusta la narrativa corta? Bingo. ¿Que te gustan las fábulas con sus moralejas más o menos explícitas? Bingo. ¿Qué te gustan los cuentos clásicos? Bingo. ¿Que te gustan la filosofía y la ciencia? Bingo. ¿Que te gusta el absurdo productivo en la narrativa? Bingo. ¿Qué eres un poco rarito y te gusta la literatura oscura, con referencias múltiples y retadoras? Bingo. (No te preocupes, yo también lo soy y mírame aquí: nadie es perfecto). ¿Que eres más bien grave, y te gusta la literatura cargada de simbolismo denso y hasta de crítica política? Bingo. ¿Que eres muy curioso (¿lo eres?) y aceptas meterte en todo esto a la vez sin complejos? ¡BINGO! En ese caso serás el lector perfecto para este libro. Más aún, si leyéndolo te das cuenta de que su autor no pretende jugar a costa de tu candidez, o abusar de tu curiosidad. Al contrario. Su autor quiere que leas y juegues con él para, a partir de tu complicidad, dar verdadero sentido a su obra.        

Te dije que este libro es maravilloso, queriendo decir, primero, que es insólito. Lo es, para empezar, en lo que más importa: la forma. Nunca antes leí un libro de cuentos que formalmente fuese tan innovador y a la vez tan temerario. (Lo primero que tendrás que negociar con el autor es si algunas de estas piezas son cuentos o no. Yo lo hice y acepté sus términos. Leí sin la presión de la ortodoxia genérica y me lo pasé muy bien). Y es que, para empezar, la imagen literaria en este libro se funde con la imagen visual. Eso, no sólo se suelda a ella, se funde con ella. Y al hacerlo, al producir esas “roturas” en los textos, esas condensaciones y expansiones en los párrafos y las palabras que colonizan el espacio en pos del símbolo total, se introduce una música a la que no estamos acostumbrados en el género. Si bien la poesía es connotativa (intensa y enfáticamente musical), la prosa, exceptuando la oratoria, suele ser denotativa (más roma en lo musical), y esto incluye, claro, a la narrativa. Sin embargo, en este libro, que llega a coquetear sin complejos con el periodismo y el ensayo, es decir, que pudiera llegar a ser muy prosaico, la prosa resulta siempre musical, y, por esa vía, poética. Te retará para bien en ese sentido. Claro, lo dicho no quita que el autor, sobre todo cuando se pone irónico, no tire de formas muy clásicas para contar sus historias. Por ejemplo, el cuento “Los cuatro cerditos” comienza con el clásico Érase una vez… Tan clásico, que está en uso hace más de cuatro mil años, desde aquel Hubo en tierra de Uz un varón llamado Job… (Libro de Job. Poema didáctico. Viejo Testamento). El libro que tienes en tus manos es muy ecléctico en lo formal. Espero que disfrutes también eso.

Asimismo, el libro te retará en lo sustancial. Porque Francisco dos Santos, que se las ve con la materia amasada por el dadaísmo y el surrealismo (sueño, absurdo, irrespeto por los géneros convencionales, etc.), no se queda donde lo hicieron Lautréamont o Tristan Tzara. No se limita a maldecir contra el ser humano (Maldoror), o a soltar tonterías absurdas por la boca (señor Antipirina). De acuerdo, Francisco, aunque no lo pretenda, es un autor postmoderno (cómo evitarlo en los tiempos que corren), y por eso en este libro aparecen claras señales de ateísmo, relativismo, absurdo, pesimismo, escepticismo, nihilismo… el hombre descendió y ascendió solo […] estamos hechos de vacío, nos dice en el cuento titulado “Sobre la creación de la bomba atómica”. La acción de un hombre es como una piedra arrojada a un pozo, nos dice en el último cuento del libro: “Monstruos hermosos”; y de esa manera conecta con el Sartre más abrasivo: la vida no es más que una pasión inútil. Sí, este libro está atravesado por el escepticismo que nos persigue a los occidentales desde finales del diecisiete. Pero su autor, que no es ni cobarde ni escapista, más o menos inconscientemente se rebela contra él y abre puertas que apuntan a la esperanza. Una esperanza tímida, pero esperanza al fin: En un rincón del laboratorio, en los compartimentos grandes, lentamente, algo que nos recuerda surge una mañana, bajo el arco de una lámpara, nos dice al final de un cuento titulado “El laboratorio”. La esperanza sobreviene por azar o se alza gracias a un desquite justiciero: Entonces, el sonido de una silla cayendo, la gente amontonándose, el grito de una mujer. El sacerdote se transformó en un gran lagarto y salió a la calle, chocando contra los coches, con el gerente entre las fauces, nos dice al final de un cuento titulado “Un sacerdote pide un préstamo”. Y es que no se puede ser escéptico o pesimista en puridad si se es artista, es decir, si se es siervo de la expresión y la representación. En estos casos, cuando el submarino está a la deriva bajo el agua, hasta los recursos kafkianos apuntan a la escotilla. Unamuno, en el ensayo cumbre de su obra, citó a un periodista inglés de esta manera:

Hoy precisamente acabo de leer en The Nation (número de julio 6, 1912) un editorial titulado «Un infierno dramático» (A dramatic Inferno), referente a una traducción inglesa de obras de Strindberg, y en él se empieza con estas juiciosas observaciones: «Si hubiera en el mundo un pesimismo sincero y total, sería por necesidad silencioso. La desesperación que encuentra voz es un modo social, es el grito de angustia que un hermano lanza a otro cuando van ambos tropezando por un valle de sombras que está poblado de camaradas. En su angustia atestigua que hay algo bueno en la vida, porque presume simpatía... La congoja real, la desesperación sincera, es muda y ciega; no escribe libros ni siente impulso alguno a cargar un universo intolerable con un monumento más duradero que el bronce» […] El pesimismo que protesta y se defiende, no puede decirse que sea tal pesimismo.

Además, no se puede ser del todo pesimista y escéptico si se recurre a la moraleja, aunque ello no se haga con un afán moralizante. (La moraleja, aunque sea paródica, irónica o pícara, en algún sentido siempre implica eso: una pulsión moral. Y la moral, no la moralina, hasta para los nihilistas… La moral es una mentira necesaria, dijo el mismísimo Nietzsche). En el primer cuento, titulado “Un caballero alineado nos contó un sueño”, que es un microrrelato del veintiuno, y sin embargo tiene mucho que ver con la fábula clásica, hay una moraleja final que nos viene a decir: «no dejes a tu mujer sola por ir a hacer el bobo». Es uno de los momentos más frescos y graciosos del libro. Por cierto, me recordó aquel relato de Pitas Pajas que contó el Arcipreste de Hita en su “Libro del buen amor”. (Perdóname, por favor. No lo puedo traer aquí. No cabe. Búscalo y léelo, o reléelo, si lo deseas).

En fin, Francisco dos Santos compensa su positivismo escéptico con un vitalismo poético que permea toda su obra. Así que en este libro encontrarás materia negra, pero también encontrarás espíritu luminoso, ambos ofrecidos de una forma suigéneris. Imagen poética / simbolismo / surrealismo / dadaísmo / absurdo / ironía / transfiguración / transmutación / crítica a la forma de gobierno más frecuente en la historia de Occidente: la monarquía… a la vez que un compromiso sin fisuras con su tiempo histórico que se manifiesta en muchos momentos, y que para mí es especialmente loable cuando se opone a la inteligencia artificial mal encauzada (ver en el cuento “Novio perfecto”), en mi opinión, uno de los peligros más grandes que nos acechan ahora mismo. Cuando un ateo como Francisco teme a algo como eso, es que no todo está perdido. Será mejor, digo yo, que a falta de Dios, confiemos el destino del hombre a la evolución natural o al azar cósmico, que no al propio hombre auto divinizado, o auto convertido en súper hombre, hombre nuevo o máquina. Me viene a la cabeza aquella respuesta de un esquimal al que preguntaron si creía en Dios. «Nosotros no creemos, nosotros tenemos miedo», respondió él.

Como pretendo llevarte al huerto, y creo que debo confesar algunas cosas que te inclinen a confiar en mí, no quiero terminar mi presentación sin hablarte por encima de algunos de mis cuentos preferidos entre los recogidos en el libro, que, por cierto, incluye cuentos “revisitados”, esto es, revisados y reescritos a lo largo de veinticinco años. Veinticinco años. Casi nada. Aunque carezca de importancia más allá de lo personal, por lo dicho antes te confieso que mis preferidos son: “Un señor alineado nos contó un sueño”, “La modelo nº 1”, “Un retrato de Helga” y “Monstruos hermosos”. Me detengo con brevedad en dos de ellos porque creo que haciéndolo tendré más posibilidades de animarte a leer este libro tan especial.

“Un retrato de Helga” es un cuento magnífico, y es, a la vez, un poema en prosa de altísimo nivel. La imagen poética tiene tanta fuerza por sí misma, que el autor sabe que debe prescindir de una imagen visual atrevida que compita con ella. Este cuento está presentado en un único párrafo, en-cajado siguiendo la alineación a ambos lados, colmando la caja sin roturas hasta las dos últimas líneas, donde la imagen última remata el texto de manera magistral: La sombra del hombre cubre el rostro de Helga. Qué maravilla. En ese momento te das cuenta de que la verdadera protagonista del cuento no es Helga, sino esa sombra (personaje fantasma hasta el final) que cubre su rostro y explica su alienación. Cuando Alejandro lo saludó y le preguntó si necesitaba algo, «Sí», dijo Diógenes, «apártate un poco, me estas tapando el sol». ¿Habrá sido capaz Helga de decir a aquel hombre lo mismo que dijo el cínico al monarca? Intuyo que no. El cuento, que se desarrolla en un movimiento continuo, como en un plano secuencia, es, al mismo tiempo que muy cinematográfico, propenso a detenerse y congelarse en una imagen como captada para la eternidad por Hopper.    

“Monstruos hermosos” es el cuento más largo del libro, y uno de los más clásicos en cuanto a sustancia y forma, si exceptuamos su inicio y su final. El inicio es inusual porque se trata de un ensayo (breve, pero ensayo) sobre arte, donde se especula finamente con pares dialécticos como belleza / fealdad y virtud / pecado. El final es inusitado, más que nada en lo formal, porque en él se recurre a líneas y letras súper expandidas que dan a la vez peso y ligereza a la imagen que in-forman. (Sí, peso, entendido, no como gravedad, sino como hondura: Lo profundo es el aire, dijo Jorge Guillén). La imagen, que es muy potente, comienza con el verso: La memoria humana es como el agua, y termina con los versos: a la vista / solo el / espejo de agua. Entre su pórtico “ensayado” y su colmo poético, el cuento se desarrolla de manera tal, que bien hubiera podido incluirse en “Las mil y una noches”. No le falta nada: historia, especulación filosófica, disquisiciones morales, crítica social… Todo ello manejado (escrito) de manera excelente, y traído, como por arte de birlibirloque pero no, al siglo veintiuno. A mayores te regalo una clave sobre este cuento, que es, además, una referencia sólida para leer el libro entero. La historia en él contada dialoga con “El gran vidrio”, de Duchamp, aquella obra titulada “La novia desnudada por los solteros”, y también con “El egipcio”, de Waltari.

Leí el libro tres veces para poder presentártelo con conocimiento de causa. Me la jugué. Jugué con el autor, que no se dejó ganar, qué va. Gané porque me entregué sin más. Y ahora el libro me pertenece. Ahora sí puedo decir con la boca llena que se trata de un libro maravilloso, y no sólo por lo insólito, sino maravilloso en todos los órdenes posibles. 

Estimado homo ludens-lector, hasta aquí llego. Te coca a ti. Haz juego.


Aquí os dejo el enlace para adquirir el libro: 

CONTOS INCIDENTAIS E OUTRAS NARRATIVAS – Lumme Editor


viernes, 20 de febrero de 2026

RELATOS Y POEMAS DE JUAN CARLOS GIRAUTA. EL PASO, EL PESO Y EL POSO DE LOS DÍAS

 



El paso, el peso y el poso de los días (ya os diré por qué), bien pudo ser el título de este libro, para mí muy revelador y sorprendente, de Juan Carlos Girauta. Revelación y sorpresa que se extiende al plano editorial, porque el libro inaugura la colección Kykeon de la La Emboscadura que, pilotada por Jorge Escohotado, hasta el momento se había ceñido a la edición y divulgación de la obra ensayística de su padre (casi nada…), y que ahora se abre a otros autores y a la creación literaria. Idea de Jorge que el maestro Escohotado habría aprobado sin cautelas, estoy seguro, siempre que lo que se publique tenga la calidad adecuada, cosa que Jorge vigilará con diligencia, también estoy seguro.     

De Girauta había leído algunos ensayos y muchas columnas periodísticas (todos de magnífica factura), pero este compendio de relatos y poemas lo coloca de golpe entre los poetas y narradores españoles que seguiré con mucho interés a partir de ahora. ¿Sacará tiempo este hombre, que está en primera fila de la política nacional y europea, para dar curso a su talento literario? ¿Se apiadará el político del poeta? Y si lo hace, ¿se apiadará también el escéptico del “enamorado del mar”? Ojalá. Ojalá venga el kykeon (bebida eleusina, órfica) a contrapesar la lucidez demorada, puramente razonante, registradora de problemas y productora de objetivos, que apuntala los párpados del político condenándolo al deslumbramiento, y que a la postre lo ciega, lo frena; con la lucidez-ráfaga alucinada y alucinante, poco afín a la razón y mucho a la imaginación, registradora de misterios y productora de ganas, que no depende en exclusiva de la vigilia, que no deslumbra al poeta, sino que lo convierte en visionario, y desde la oscuridad lo dispara hacia una luz tan divina como humana, una luz que no será infecunda sombra de la nada, sino fecunda pregonera del Todo. Todo esto lo sabe (acaso lo vislumbra) el poeta que, en un poema titulado El futuro es un arma cargada de palabra, escribe: [la palabra poética] ha venido a burlar la luz que nos aturde, / a alterar su fulgor penitenciario. / Bebedla o escupidla; cantad o sed cantados.

Pero dejémonos de deseos y vayamos al libro: éste, concreto y estupendo, que, pase lo que pase después, tengo delante y acabo de leer con tanto gusto.

Relatos y poemas. Tres libros me vinieron de inmediato a la cabeza cuando abrí el de Girauta: La vida nueva, de Dante, Rimas y leyendas, de Bécquer, y Azul, de Darío. El segundo lo leí con catorce o quince años (asignatura de Literatura en el Preuniversitario), cuando las muchachas ardían en blancas cataratas (diría Girauta / rio…). Los otros dos los leí por primera vez, ya por mi cuenta, cuando tenía veinte, más o menos. Poco tiene que ver el libro que reseño con los referidos antecedentes en cuanto a sustancia y forma literarias, pero mucho en cuanto al compendio de poesía y prosa. Y eso es importante, al menos para mí, porque sin referencias de tanto nivel, podría parecer raro un libro que aúna dos géneros literarios con diferente aliento, que obliga al lector a dos registros en teoría muy distintos. En teoría, digo, porque…


LA FORMA:

Los relatos de Girauta están escritos por un poeta. Sean más o menos pretenciosos en cuanto a la forma, estén más o menos pendientes de la vanguardia estilística (no hay mucho de esto último en el libro), todos están cargados de poesía. La carga poética llega a su colmo en El paseante, más que un relato corto, un poema en prosa de altísima calidad que, mediante imágenes de primera línea que podrían envidiar muchos poetas en ejercicio dedicados a la poesía industrial, enfrenta a un hombre perdido y desganado con la tentación del suicidio:

la cal es una muerte condensada que practican los pueblos cenicientos.

el azar desorienta y aturde los umbrales.

las bocacalles oyeron sus canciones cuando caía leche de todos los tejados. Las muchachas ardían en blancas cataratas.

no puede alzar la copa de su muerte, de la hermosura efímera, saltar al otro lado de la nada.

bajo él [el mundo desmontado por el posible suicida] retrocede la existencia, regresa sin dolor de madre en madre.

¿Quién da más? Como se dice vulgarmente en mi tierra, el que pida más no quiere a su madre.

Así que, por encima de las búsquedas estructurales o de la experimentación con técnicas narrativas (en el primer relato, por ejemplo, se experimenta con cambios de plano narrativo, con entradas y salidas a una historia que a la vez se hace película, con la fusión de realidad y fantasía ¿al estilo de Borges?), por encima de la intensidad planificada (el libro tiene relatos largos, relatos cortos y microrrelatos), por encima de las múltiples referencias (Girauta tiene una gran cultura literaria), por encima, incluso, de la calidad del lenguaje y de la amplitud del vocabulario (ambas reseñables), está la poesía impregnándolo todo. Esto hace que la prosa denotativa con frecuencia caiga a la connotativa y alcance un voltaje cercano al que ofrece, o debería ofrecer el poema. Todo ello sin afectar la lectura propia de la prosa, donde la expresión debe estar acotada en los cauces de una comunicación diáfana; más o menos sugerente, más o menos polivalente, pero diáfana. («¿Por qué?», preguntarían los incondicionales de Joyce. «Porque sí», contestaría yo, aunque disfrute a Joyce hasta la saciedad durante un par de meses cada quince o veinte años). En fin, Girauta escribe relatos cargados de poesía que se siguen y se comprenden con facilidad. Serán mejor aprovechados en la medida en que el lector tenga más costra (insisto, el aparato referencial del libro es notable), pero, en cualquier caso, se comprenderán sin dificultad.        

En los poemas tampoco la forma muestra apetencias vanguardistas. Cosa que, por otro lado, en España es bastante común. (En lo formal, sólo en Hispanoamérica la poesía en castellano experimenta hoy en día con fervor). La mayoría de ellos están escritos en verso libre. Versos que pueden moverse entre el pentasílabo y el versículo. Es al final del libro cuando el poeta nos sorprende con dos sonetos, uno en castellano y otro en catalán. Los poemas están bien resueltos desde el punto de vista musical. Tampoco en este sentido aparecen desafíos que apunten a sobresaltos, venturosos o no. Ahora bien, en cuanto a la calidad de las imágenes poéticas este libro es excelente. Y no hablo sólo de imágenes construidas desde el intelecto, que también las hay, claro, como en todos los libros de poesía desde Homero a Celan, pasando por Virgilio, Shakespeare, Dante… y hasta por Ovidio o Lezama), sino también, y en primer lugar, de esas imágenes que el poeta saca de no se sabe dónde, que son las que de verdad dan la medida de su ser-poeta. Y es aquí donde Girauta se sale del mapa. Se desmarca de toda esa bazofia que produjo en su generación la llamada poesía de la experiencia. Se desmarca también de la llamada poesía del silencio, y de la poesía de la bulla, y de la antipoesía, y de cualquier otra poesía que no sea… Girauta se afinca en la tradición, la hace aterrizar en su tiempo histórico y escribe poemas grandes. Los hay mejores y peores, claro, como en todos los libros de poemas, pero no hay ninguno en que no aparezcan imágenes de espaldas anchas y alas prodigiosas. Leed a continuación unos pocos ejemplos:                

…es el aire / que esparce su doctrina por las esferas agrias, / son tenebrosos pájaros de polvo…

…las violetas mienten la muerte interminable.

¿Querrás volver intrépida / a cabalgar las tardes / si congelo la savia voraz que te circunda?

Como cuando las blancas mujercitas / regaron de suicidio las palmeras.

…habitáculo vano del eco / el aire se ha perdido.

Y en el centro, terrosa de incógnitas, / la fértil nada.

Que vengan a vengar su crasa inexistencia / las innúmeras almas / también desde concéntricos pasados.

¿Quién da más? Como se dice vulgarmente en mi tierra…


LA SUSTANCIA:

En este sentido no tengo grandes novedades que contaros. Da lo mismo que hablemos de los relatos o de los poemas (todos ellos, como ya dije, resueltos en clave poética), Girauta es también, como casi todos los poetas de nuestro tiempo, un escéptico. (Poetas, digo, no prosistas palabreros o panfleteros, que a veces cortan en pedazos su prosa para servirla, tercamente prosaica, fría o caliente, da lo mismo, en el plato de quienes no saben qué es la poesía, la coman con palillos o con las manos; los propios autores a la cabeza). Girauta, escriba relatos o poemas, es un escéptico con ramalazos estoicos, cínicos y epicúreos. Hasta aquí, insisto, sin novedades. Entonces, ¿por qué me interesa su poesía más allá de la forma? ¿Por qué me interesan estos poemas atendiendo también a su asunto? ¿Porque soy un cotilla, y quiero hurgar en el motor del autor, paladear su combustible, y por esa vía conocerlo mejor, no sólo como poeta, sino también como persona? Puede. No lo niego. Sin embargo, hay algo más. Quizás haya mucho más.

Este conjunto de relatos y poemas es una suerte de acta, íntima y pública, levantada sobre lo que el poeta llama, con singular acierto, el paso, el peso y el poso de los días: sus días. El hecho de que los textos no se hayan escrito de corrido, sino a lo largo de un tiempo extenso, y de que, aunque estén escritos a corazón abierto, y por ello surjan de muy adentro, no se detengan en los términos del más puro yo poético; el hecho de que trasciendan ese yo para decir o cantar, según el caso, sus afueras, nos permitirá medir y pesar en toda su complejidad los días que ha vivido el poeta. Y aquí, claro, estamos hablando de días que transcurren entre los sesenta del siglo pasado y hoy mismo. Hablamos de un poeta que nace y vive en Barcelona, que debe abandonar su ciudad natal por razones ajenas a su voluntad; de un poeta que salda cuentas con su niñez, con parte de su familia; de un poeta que ama y desama, que goza y sufre, que se planta en su tiempo con todas las consecuencias y no lo ve pasar sin más. Si este poeta no es flojo y tiene buenos argumentos vitales e intelectuales, como es el caso de Girauta, la lectura de sus relatos y poemas nos llevará más allá de las meras anécdotas personales, y nos hundirá en el meollo de un trecho temporal compartido en un espacio determinado, radial, que tiene su centro en Barcelona y su circunferencia en la Cristiandad.  

No desvelaré más detalles sobre el asunto (los asuntos) del libro. Resumo su sustancia temática de la siguiente manera: Partiendo siempre de un escepticismo lúcido, que parece comenzar a quebrarse al final: psicología / nihilismo / puntual rebelión ante la nada en brazos de la tradición / amor-desamor / arraigo-desarraigo-arraigo / búsqueda de la identidad / dudas, dudas hasta de la propia poesía / pequeñas salidas avistadas a través de rendijas luminosas… Sólo comentaré de pasada dos cosas que me resultaron muy llamativas:

Giratuta siente un amor / desamor por el mar muy interesante. El mar está presente en su vida y en su obra de manera dual. Por eso entrecomillé el sintagma enamorado del mar en el segundo párrafo de la reseña. Por un lado, el mar es necesario, ineludible, omnipresente: aparece en muchos textos, incluso contra él se recorta la foto del poeta en la solapa de la portada. Por otro lado, el mar resulta oscuro y desafiante, mucho más mar en su fondo que en la superficie. Leed estos fragmentos:   

El tiempo y los patíbulos / erectos bajo el mar / fantasean mi cuello anacarado.

Está sediento el ostro de cometas.

Desde sus diminutos cráteres / la arena vocifera / que ha de venir la noche a levantar el mármol.

El mar es una cripta que revienta / de almendras y pendientes.

…estelas / nada / sal dirán los besos.

Os debo prevenir de mi palabra, / sirena hambrienta de carne de marino.

Yo sugeriría al poeta, ahora que vive en Castilla, contrapesar esta imagen del mar con la del río. A mí me tocó hacerlo, y ahora soy un hombre enamorado de los ríos. En el poema Loco y cuerdo de amor, Girauta, tal vez sin darse cuenta, parece dar un primer paso en esa dirección: Enderezas las márgenes del río / Y ponen rumbo a ti, presas, las naves.  Rumbo y márgenes. Eso falta al mar y sobra al río.

Lo segundo que me resultó llamativo tiene que ver con el Girauta ateo. Se trata del temblor de su ateísmo (conformista, pero no tanto) que aparece hacia el final del libro, por ejemplo, en el poema El fin del mundo, que comienza con dos versos de un nihilismo lapidario: Habitáculo vano del eco / el aire se ha perdido, y que sin embargo, un poco más adelante, dice: Nos viene a salvar el aliento / de desnudas bacantes. Recemos / para que sus pisadas nos devuelvan el ritmo de las cosas. El poeta pone su esperanza en las bacantes y reza. ¿A quién? El ateo, encabronado con el fin del mundo, de su mundo, se revuelve, no contra Dios, sino contra el sol, y nos regala estos versos impagables: Te fundirás inevitablemente, / reyezuelo de granjas y hortalizas. Ufff… Todo esto, junto a lo escrito en el poema El lugar que existe (El lugar que existe y Los pájaros fatales son para mí los mejores poemas del libro) me hace vislumbrar ese temblor del que hablaba con relación al ateísmo del poeta judeocristiano: Cinco jerusalenes caben / en este valle ignoto, / pero una sola tierra amada y encendida / quiere ser escenario / del pasado que divulgan los olivos del Huerto. […] el mundo se ha llenado de señales. ¿El mundo se ha llenado de señales? ¿De qué señales? Y ¿qué papel juegan en ello los olivos del Huerto? Porque no hablamos aquí del huerto de Melibea u otro por el estilo. ¿A que no? Al menos yo (permitidme la licencia) hablo de otro Huerto, del único que cabe en Jerusalén sin caber en el mundo: Getsemaní. 

Relatos y poemas, de Juan Carlos Girauta, es un libro magnífico y está finamente editado por La Emboscadura en todos los sentidos. (Por cierto, qué bonita portada). Con gran gusto os lo recomiendo. Está a la venta en los diferentes canales comerciales con que cuenta la editorial, también en Amazon. Bebed un buen sorbo de kykeon acabadito de preparar. Entradle y ya me diréis. 

 

Aquí tenéis el enlace para adquirirlo en La Casa del Libro: 

RELATOS Y POEMAS | Juan Carlos Girauta | LA EMBOSCADURA | Casa del Libro México

 

domingo, 11 de enero de 2026

LOS NUDOS DE MAY CRIADO

 



                                                                  Es la formación y no la forma lo misterioso.                                                                                                                               G. Bachelard                                                                                         

 

Ayer estuve en la inauguración de una exposición muy especial. En la sala “Espacio Abierto” de Valladolid (calle Alonso Pesquera, 4), se juntaron las obras de Begoña Pérez (pintura) y May Criado (escultura), que, por raro que parezca en esta época de roturas y flecos, de anécdotas y ripios inconexos, de ocurrencias, disparates y loas a lo insignificante, entablaron un diálogo formal con gran sentido estético. Nudos y Tránsitos se llama la exposición. Nudos y tránsitos que, en dos o tres dimensiones, según el caso, bailan una música parecida, y, sin embargo, entonan letras muy distintas. Diálogo estético sobre similar tema. (¿Hay algún tema que merezca la pena más allá del Tiempo, acaso del espacio atravesado por Él, de la luz con Él dentro?). Nudos y tránsitos en el Tiempo. Recursos formales de alguna manera emparentados, pero respuestas distintas, puede que opuestas: Begoña Pérez lanza al vuelo lo que May Criado apea. Begoña Pérez explora en el aire. May Criado cava. Ambas trabajan con la luz de forma diferente: Begoña Pérez lo hace en el ático de un día nublado. May Criado lo hace en el sótano de un día soleado. Begoña Pérez transita su tiempo explorando las líneas que trazan en el viento las puntas de sus cuerdas. May Criado lo hace tejiendo las suyas, anudándolas. Begoña Pérez danza en el laberinto, busca la salida en sus afueras. May Criado recrea el laberinto, busca la salida en su mismísimo centro. Begoña Pérez relaja su yo, se distrae de sí. May Criado se ensimisma. Hacía mucho que no presenciaba un diálogo tan sugerente sostenido por dos artistas entre las cuatro paredes de un espacio tan pequeño. Magnífico.

Aunque, por razones diferentes, ambas obras me parecen reseñables, necesitaría muchas palabras para abordarlas con detenimiento. Por eso, y tal vez porque mi actual estado de ánimo así me lo pide, aquí y ahora abordaré con brevedad la obra de May Criado. Impactado por su forma, y siguiendo la máxima de Bachelard recogida en el encabezamiento, trataré de husmear en su motor, es decir, en el misterio de su formación. Lo haré sin perforar viciosa y ociosamente. (La obra de May Criado no es diserta, no pretende en primer lugar la disertación discursiva, no se trata de oratoria o prosa, sino de poesía). Aunque algo perforaré, lo haré, o trataré de hacerlo sin un afán semiótico, sabiendo que me enfrento a una obra artística de alta calidad, que debe entenderse como una emergencia expresiva, mucho más poética que significante. Ah, pero resulta tan evocadora, también para las entendederas… Estas esculturas de May Criado me hicieron saltar varias veces del éxtasis al sobresalto y del sobresalto al éxtasis, pasando siempre por la cosquilla inquisidora. Me hirieron por varios flancos y me obligaron a respirar por las brechas.  

Y es que May (permitidme la confianza y la consecuente omisión de su apellido en lo adelante) es tan artista, que sin pretenderlo te somete a un torbellino de preguntas que, como suele suceder frente al arte grande, jamás alcanzan respuesta suficiente. «Limítate a sentir, pesado», me digo una y otra vez, pero… insisto, las piezas resultan tan evocadoras… Caigo en mi fosa analítica. Pataleo. Salgo. Vuelvo a caer, como si nunca hubiese puesto un cirio encendido ante una imagen religiosa. Pataleo. Salgo. Vuelvo a caer, como si me iluminase un sol con talante oficinesco. Pataleo. Salgo. Vuelvo a caer y a salir una y otra vez. ¿Por qué?        

May, como diría Lorenzo García Vega, lleva dentro de sí un saco lleno de gatos furiosos [… sufre] una ardentía constitucional. Y además, es una mujer de su tiempo aferrada al Tiempo. Esto es: trabaja atenta a los latidos de la vanguardia, a la vez que carga con el peso de la tradición. En sus piezas queda claro: se trata de una mujer rebelde que, sin embargo, cuando se pone a trabajar, sin saberlo escucha al ángel bueno; sin saberlo atiende aquella sentencia de Oscar Wilde: en el arte, como en la vida, el estado de rebeldía cierra los canales del alma y no deja entrar los consuelos del cielo. Por eso, porque escucha al ángel y no a la serpiente, su obra trasciende por mucho la maroma pasajera. Por eso sus nudos resultan trascendentes. (Lo son por hermosos, oportunos, sólidos y sugestivos). Por eso no se forman con lacería barata, sino que parten de dobleces humanos que generan pliegues humanos. Pliegues que vuelven sobre sí mismos, que se retuercen como si en ello les fuese la vida, apuntando siempre a la totalidad en movimiento centrípeto. Sí, totalidad centrípeta. No hay en estas piezas de May un ápice de nihilismo centrífugo. Rebeldía ante el hombre viejo y respeto a su obra, a los antecedentes condicionantes que emanan de ella. (¿No terminará nunca el imperio de los viejos?, pregunta Novalis. No. Gracias a Dios, no, respondo yo).

Así que tenemos una artista capaz de generar espirales y nódulos de novísima factura, que se ajustan a una dinámica orgánica, a la vez que esferas aristotélicas con una vocación, claro está, de corte más metafísico. En todos los casos, yendo de la superficie visible donde operan los “accidentes” formales, al centro invisible donde reposa (¿reposa?) la esencia in-formada. (La forma de May nunca es epidérmica). En todos los casos, con imágenes que refieren un movimiento infinito, pero imantado. No se trata de fragmentos inconexos, sino de fragmentos rendidos al nudo-imán. Los nudos de May son espaciales, pero… (en sus mil alveolos, el espacio conserva tiempo comprimido; de nuevo Bachelard) están colmados de tiempo. Se generan y se mueven en él. Pareciera que este tiempo no es lineal y divino, sino circular y titánico. Pero a la vez, pareciera que un renovado Prometeo (medio titán, medio dios, medio humano), ladrón con el fuego en ristre, pudiese de nuevo, y al primer descuido, desequilibrar las cosas a favor del hombre.

Insisto, no se trata de una campanera de campanas mentales (Santayana). May es una artista. Sus campanas no son intelectuales, son poéticas. Sus obras no son pura geometría, no son matemáticas o problemáticas, son enigmáticas y hermosas. En el misterio de su formación, en la fuerza con que parecen actuar sus contrarios durante el proceso generador, tal vez radique su potencia expresiva. Expresividad que, gracias a todo lo antes dicho, cae a lo que Escohotado, refiriéndose a un principio anacreóntico, llamó sobria ebrietas […] armonía de lo apolíneo y lo dionisiaco.

En fin, un mundo de evocaciones que se resuelven finalmente en la belleza. Estas piezas de May son bellísimas. En realidad, no había que decir mucho más. Perdonad mi incontinencia. Si podéis, id a ver la exposición.


domingo, 16 de noviembre de 2025

FILOSOFÍA PARA NO FILÓSOFOS, DE ANTONIO ESCOHOTADO

 

Fotografía sobre la portada: Antonio Escohotado y su hijo Jorge en 2018. Vocento

 

La filosofía resume su tiempo en el pensamiento […] y llega siempre demasiado tarde, cuando la realidad ha cumplido y terminado su proceso de formación. Sólo al comenzar el crepúsculo levanta su vuelo el búho de Atenea.                                                               

                                                                                   Hegel


Hay cosas que sólo la inteligencia es capaz de buscar, pero que no hallará nunca. Esas cosas sólo el instinto las encontraría, pero no las buscará jamás.

                      Bergson

 

No sé si el maestro Antonio Escohotado hubiese visto con buenos ojos que yo introdujese esta reseña con esas citas (precisamente, ésas) de Hegel y Bergson. Creo que habría sonreído con socarronería porque de entrada me habría visto el plumero. Quizás habría pensado: «A ver este pájaro por dónde viene. A ver si viene, equivocado, a cantar gilipolleces donde no toca, como hizo el tal Cinesias en Píopío de las Nubes». «No se preocupe, maestro», habría dicho yo, «es que acabo de zambullirme en su pensamiento, y salgo de la zambullida arbitrando, a duras penas, un vivísimo pugilato entre el poeta y el pensador que se agolpan en mí y me complican la vida a diario, más aún si me sumerjo en tales océanos. Así que busco la forma de que se aplaquen antes de dar noticias de su magnífico libro. Exponer la vena humilde y a la vez poética de Hegel, y reconocer, con Bergson, el limitado alcance que por sí solos tienen la inteligencia y el instinto frente en la epopeya conocedora, me alivia».

Y es que acabo de cerrar Filosofía para no filósofos. Y es que siento la necesidad de invitaros a leerlo. Y es que no sé bien cómo hacerlo, la verdad, porque está claro que debo reprimir a mi poeta y a mi pensador. Ah, qué difícil. Debo reprimir al primero, porque podría intentar diluir con figuras retóricas las aristas más filosas del libro. Y debo reprimir al segundo, porque enrabietado contra el primero podría caer al intelectual y por esa vía a un nuevo tipo de individuo (Escohotado dixit) ―análogo al «ilustrado» del Siglo de las Luces y al «intelectual» moderno―, que es el sofistés, o sofista. (¿Sofista yo? No, por favor. ¿O sí?). El maestro, con la lucidez que siempre lo apremiaba, supo ver que los ilustrados del dieciocho, los intelectuales modernos y los sofistas griegos son más o menos la misma cosa. Que Dios me ampare de.

En fin, ya metidos en sus respectivos huecos, espero, mis dos enemigos íntimos (a ver si el poeta se conforma con barrer cacofonías y retozonas rimas asonantes, y el pensador no desbarra haciéndose el listo), empiezo por dar infinitas gracias a Jorge Escohotado y a Espasa por la preparación y la edición de este gran libro. Jorge, hijo y albacea del maestro, casi nada, escribe con acierto en una nota introductoria: [El libro, que comenzó su andadura con otro nombre, como un compendio de corte pedagógico] Hoy se erige ante el gran público ―aventurando su destino más allá del alcance de un manual académico― como un puente generoso entre el rigor y el asombro, el hallazgo y la duda. Hallazgo y duda. Sí, señor. Quedaos con eso. Jorge metió mano en unas notas escritas por su padre para dictar lecciones de filosofía a estudiantes universitarios (esto es, a no filósofos), y supo redondear a partir de ellas la forma que, manejando una sustancia de primerísima fila, claro está, convierte el libro en un hito dentro de su género. ¿Por qué?

Tengo en mi biblioteca, muy leídos, subrayados y con los márgenes repletos de apuntes, varios libros parecidos a éste en diferentes sentidos. Me vienen a la cabeza, por ejemplo, La filosofía helenística, de Alfonso Reyes, montado a partir de notas escritas para un curso de invierno en la Universidad Nacional de Méjico; Los filósofos presocráticos, de Kirk, Raven y Schofield, que dan un paseo nada ingenuo por los albores de la filosofía occidental; o Las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo, obra coral coordinada y dirigida por Sciacca desde la Universidad de Génova. También me viene a la cabeza, cómo no, el Diccionario Filosófico de Voltaire (éste lo recomiendo con cautela, porque… leed su segunda entrada: ABEJAS. La especie de las abejas es superior a la raza humana en cuanto extrae de su cuerpo una sustancia útil, mientras que todas nuestras secreciones son despreciables y no hay una sola que no haga desagradable al género humano. ¿Hace falta comentarlo?). Y claro, cómo obviar el Diccionario de Filosofía de Ferrater, ése sí muy recomendable y que consulto con frecuencia. Pero ninguno de estos libros iguala a Filosofia para no filósofos, de Escohotado. Los diccionarios, por razones obvias: están para lo que están: recoger lo máximo posible e informar someramente sobre lo recogido. Y los mencionados compendios de historia de la filosofía, porque, aun siendo muy buenos, se refieren a períodos muy específicos de esa Historia.  

Filosofía para no filósofos, que es un libro de consulta pero no, da un recorrido, más o menos demorado en según qué paradas, por la historia completa de la filosofía occidental, desde Pitágoras al neopositivismo contemporáneo. ¡Y en sólo cuatrocientas veinte páginas! ¡Dios mío!, la capacidad del maestro para ir a lo que más importa no tiene parangón, como no lo tienen su erudición y su buen tino a la hora de armar y secuenciar un relato expositivo, esto es, de establecer y seguir el hilo conductor que le permite sentar las bases de su pensamiento a la vez que registra (hurga en y asienta el) ajeno. Porque no se trata aquí de un ejercicio de mera doxografía. Qué va. Claro que la hay (no hay nada malo en ello, al contrario, doxógrafos fueron en alguna medida Platón y Aristóteles, y, por supuesto, Teofrasto, que inauguró formalmente el género), pero el maestro no puede ni quiere detenerse ahí. Escohotado es mucho más que un doxógrafo, es un pensador nato. Y por eso no se corta un pelo a la hora de meter mano donde haga falta para dejar clara su forma de ver algo. El hombre llega a inventarse un diálogo “platónico” (página ochenta y nueve) para sacar de Sócrates lo que necesita. Sí, como lo leéis. Y lo reconoce, sí, con dos… En fin, para el lector atento, aunque no sea un filósofo ni un esmerado estudioso de la materia, se hará evidente cómo se las gasta el autor con el problema fundamental de la filosofía, que para mí queda abarcado en una pregunta que ya formulé otras veces en público: ¿ES DIOS POETA O POEMA?, y que se decanta después, en un sentido u otro, según la “solución” que se dé a pares dialécticos capitales (Escohotado es dialectizante, y no sólo por ser hegeliano, que también, sino porque toca serlo en nuestro tiempo): idea / materia; finitud / infinitud; entusiasmo / asombro; ciencia / religión; ciencia / magia; Prometeo / Epimeteo; Fausto / Margarita; razón / superstición; Occidente / Oriente; democracia / totalitarismo… Sí, también democracia / totalitarismo, porque, ojo, este libro no sólo va de filosofía, si por ello entendemos errónea y únicamente lo tocante a la alta especulación de corte metafísico. Este libro baja sin complejos de ningún tipo al “barro” de la ciencia, la técnica, la historia, la sociología, la economía y la política.

No siempre coincido con el maestro en su forma de arbitrar la pugna entre los pares dialécticos antes referidos. Pero eso, lejos de alejarme de su pensamiento, me desafía en el sentido más positivo posible y me hace seguir indagando en él. Escohotado resuelve: materia / finitud / asombro / ciencia / Prometeo / Fausto / razón / Occidente / democracia… Es cierto que al lector agudo se le harán evidentes algunas de sus sanas y humanas contradicciones, así como las fértiles mellas que fueron dejando en su pensamiento la edad y la sabiduría, que en las personas inteligentes, intuitivas e imaginativas (todo eso era el maestro, aunque ponderase la inteligencia sobre cualquier otro atributo humano) provocan una constante renovación de la duda paridora. Porque Escohotado era un tipo sabio e inteligente, ambas cosas. Y por eso dudó hasta el final. Es obvio que duda, por ejemplo, cuando entra en Bergson. Hablando de él, y casi aprobando su pensamiento, dice: No hay inteligencia sin huellas de instinto, ni instinto que no esté rodeado por un halo de inteligencia. Aquí la razón pura baja las armas. No las entrega, pero las baja. Antes, hablando de Bacon, ya había dicho el maestro: Para Bacon, la razón coincide con la mente específica del hombre, que puede y debe investigarse como el relojero un reloj o el cerrajero una cerradura. Esto es bien sostenible siempre que los experimentos no interroguen a la «mente» misma, pues en tal caso reloj y cerradura podían ponerse a engendrar relojeros y cerrajeros. ¿Qué os parece?

Hace poco escuché una entrevista hecha a Alberto Garín por el pódcast “The Senpai Lab”, creado por David Yaoki (entrevistador) y apoyado por Mario Tamargo. En un momento de la entrevista, toda ella deliciosa, Garín estableció diferencias claras entre la sabiduría y la inteligencia. Vino a decir (no es literal) que se considera a sí mismo un sabio poco inteligente. Relacionó sabiduría con acumulación de conocimientos, es decir, con la capacidad de recibir e incubar memoria. Y relacionó inteligencia con la capacidad para saber qué hacer con la sabiduría, fuese cual fuese su magnitud, en beneficio propio y de los demás. Por supuesto que considero a Garín un tipo sabio e inteligente, por más que él se muestre modesto al respecto. Y por supuesto que considero a Escohotado un ejemplo clarísimo de la máxima confluencia de ambos dones. Eso es, sabiduría e inteligencia. La inteligencia que, según Aristóteles, el mismísimo creador de la lógica formal y uno de los asideros más sólidos del maestro (Escohotado era un aristotélico de libro), es mucho más que pensamiento decantado. Dijo el Estagirita: la vivacidad de la inteligencia es la facultad de descubrir instantáneamente el término medio. “Término medio” que en este contexto no es una virtud ética, sino la síntesis entre la sensibilidad (tesis) y la fantasía (antítesis). De aquí viene la máxima que muchos otros repitieron después: inteligencia es darse cuenta. Inteligente es, pues, quien se da cuenta muy rápido de lo que está pasando. 

Si leéis Filosofía para no filósofos, vuestra inteligencia os permitirá daros cuenta de cuánto merece la pena navegar la historia de la filosofía de la mano de un barquero tan entrenado y elocuente como Escohotado, y así poder desembarcar en nuestro tiempo histórico con el juicio afilado para entender lo que está pasando. Da igual que seáis más o menos liberal o conservador, que seáis ateo, agnóstico o creyente. Este libro os abrirá o renovará, según el caso, el gusto por la filosofía, es decir, el hambre de saber. Y lo hará sin fatigaros, porque está escrito y compendiado (gracias de nuevo, Jorge, por lo que haces con la obra de tu padre) para no filósofos, esto es, para no especialistas en filosofía, porque filósofos somos todos en alguna medida.

También en alguna medida, aún estamos en manos del despotismo ilustrado (lleve o no ropaje democrático) con origen en el diecinueve. El maestro nos previene: [Los ilustrados] desarrollan el despotismo ilustrado […] cuya ventaja según el barón D’Holbach está en sustituir los decretos sanguinarios del déspota preilustrado por una trama de «ataduras tan invisibles como mucho más tenaces». ¿Os suena de algo?… Y cada vez nos ciñe más el absurdo corsé de los especialistas, que hasta para Hegel son meros «animales intelectuales». Y cada vez nos atenazan más el relativismo y el nihilismo: El hombre es una cuerda tendida entre la bestia y el superhombre, una cuerda sobre el abismo. Lo que hay de grande en el hombre es ser un puente y no un término. Lo que se puede amar en el hombre es que sea un tránsito y un ocaso, decía Nietzsche. ¿Eso somos? ¿De verdad eso queremos ser? Y es que, bien mirados, el siglo veinte, y hasta la fecha el veintiuno, son meros epígonos del diecinueve, ese siglo postilustrado, tan pobre de espíritu, que, a pesar de la protesta romántica y de la advertencia de cuatro visionarios, pretendió rebajar al hombre en pos de la “superhombría”. Vaya idea. Ya lo dijo Denis de Rougemont, a quien el maestro quizás habría reprendido por su escaso entusiasmo con relación a lo puramente físico, y yo cito con cabal conciencia de («poeta, ¿de nuevo tú por aquí?; baja de mi chepa, anda, espérame en Píopío de las Nubes»): [El siglo XIX] no es nunca tan feliz como cuando puede remitir lo superior a lo inferior, lo espiritual a lo material, lo significativo a lo insignificante. Y a eso le llama «explicar» […] la conciencia moderna […] zanja siempre el debate a favor de lo más bajo. 

Cuenta Escohotado en su libro que Newton antes de cumplir los quince años ya había inventado […] un pequeño molino movido por una rata que se alimentaba en proporción a su propio trabajo. Algo así habría que inventar para los perezosos, ¿no? Sobre todo para los que padecen la peor de las perezas, la que les hace cerrar los ojos al conocimiento y mantenerse amodorrados, cambiando libertad por seguridad. Son puros “lentejeros”. Sí, decía Mann: me reiría en la cara de una ignorancia humanista que estuviese dispuesta a alimentarme de lentejas hasta el fin natural de mis días. Esos “humanistas” ignorantes y los “beneficiarios” de sus lentejas, fueron el Coco para el maestro que les llamó enemigos del comercio. Pero vosotros, los que habéis llegado hasta aquí, no necesitáis demasiados acicates para acercaros a un buen libro, lo sé. Os sobran fuerzas y ganas para leer Filosofía para no filósofos. ¿Tendréis el tiempo necesario para hacerlo? Ojalá. Os aseguro que vale la pena y quedo satisfecho por haberos invitado a. Gracias por recibir la invitación.

Ahora mi poeta y mi pensador volverán a las andadas. Será inevitable. Escrita la reseña, llevaré los apuntes hechos sobre el libro a mi cuaderno de notas. Releeré su meollo. A ver cómo me las arreglo en privado con estos dos extremistas.