lunes, 8 de febrero de 2021

TRES LIBROS-LENITIVO (O NO) PARA UNA ESPAÑA ENFERMA

 



En épocas como la actual o la de los Gracos, hay dos clases de idealismo, ambos fatales: el reaccionario y el democrático. El primero cree en la reversibilidad de la historia; el segundo en el fin de la historia. Pero para el inevitable fracaso que ambos vierten sobre la nación en cuyo sino tienen poder, es indiferente que haya sido sacrificado el país a un recuerdo o a un concepto.

                              Oswald Spengler

 

Uno de los más graves errores del pensamiento «moderno», cuyas salpicaduras aún padecemos, ha sido confundir la sociedad con la asociación, que es, aproximadamente, lo contrario de aquélla. Una sociedad no se constituye por acuerdo de voluntades. Al revés, todo acuerdo de voluntades presupone la existencia de una sociedad, de gentes que conviven, y el acuerdo no puede consistir sino en precisar una u otra forma de esa convivencia, de esa sociedad preexistente. La idea de la sociedad como reunión contractual, por tanto, jurídica, es el más insensato ensayo que se ha hecho de poner la carreta delante de los bueyes.

                                      José Ortega y Gasset

 

 

Hoy me propongo “manosear” un poco la idea de España. (“Manosear” su idea, digo, porque su penosa realidad la padezco a diario). Quiero hacerlo con especial cariño y reseñando tres libros excelentes. Los tres de autores francófonos. Los tres traducidos por Máximo Higuera. Los tres publicados entre 2008 y 2018 por la editorial Trifaldi. Cómo me gustaría que llegasen a un público amplio, sobre todo joven, sobre todo español. En fin, es cierto que los buenos libros, incluso los de crónicas son (y menos mal que lo son), además de un inventario de hechos “objetivos”, un reverbero de conceptos y también de pasiones subjetivas; pero los que voy a recomendaros ahora tienen en común algo muy especial: recogen tres miradas foráneas (detenidas, incisivas) sobre una España decadente que se busca a sí misma debatiéndose entre el alma y el espíritu, entre el corazón y la cabeza; aquella España que, entre 1808 y 1902, se asoma en varias ocasiones al vecindario para ver qué se cuece de puertas afuera, sin atreverse todavía a abandonar del todo la casa: un enorme y magnífico palacio venido a menos. Los libros de que os hablo son: “Un boticario francés en la guerra de España”, de Sabastien Blaze de Bury, “A través de las Españas”, de Auguste Meylan, y “La coronación de Alfonso XIII”, de Gaston Routier. El primero, una crónica novelada sobre la Guerra de Independencia (1808-1814), escrita por un boticario castrense francés (¿republicano y napoleónico? / ah…), que participa en ella desde la retaguardia, o desde la prisión, según se tercie. El segundo, una crónica sobre la Tercera Guerra Carlista y la Primera República, escrita por un periodista suizo, republicano de pro, que entonces trabajaba como corresponsal de guerra para un diario francés. El tercero, una minuciosa semblanza sobre la España de finales de XIX y principios del XX, escrita, con la excusa de “cubrir” la coronación de Alfonso XIII, por un periodista y erudito también francés, hispanófilo y monárquico. Os podéis imaginar, seguro, qué plato se puede cocer con estos tres ingredientes. No digo que no puedan leerse estos libros por separado, sin que lleguen a conectarse sus lecturas, pero juntos constituyen una terna de valor incalculable.

La puerta por la que se asoma España en 1808 no abre al oeste, al Atlántico, a lo que quedaba de una hispanidad totalizadora, tan ensanchada como destartalada e inviable; abre al este, esto es, a una Europa “ilustrada” y todavía hostil que había decretado el comienzo de la civilización occidental sobre las fértiles heces de su alta cultura, y que para hacerlo había acuñado y agitado (urbe et orbi) una palabra mágica: revolución, y otra: ilustración, y otra: democracia. La dicha puerta levantina no fue abierta por un amo de llaves, entiéndase un verdadero hombre de Estado, ni por un conserje nacional, ni siquiera por un aventurero con licencia para hacer tal cosa, y mucho menos por una mano comunal de orgánicas vibraciones. De la puerta, que no abatía hacia dentro, sino hacia afuera, tiró Napoléon mientras empujaba Godoy, el picha-dulce en la corte bufa de una monarquía de broma, un traidor sin aparentes cartas para jugar en el trile histórico, que, sin embargo… España, que en Trento había dicho: ¡NO!, se asomó entonces a un paisaje nuevo, a su insinuante perspectiva, como lo haría una demente milenaria a un dios recién nacido: asustada y esperanzada, medio presta medio reacia a la promesa rejuvenecedora. Ah, España, retuerzo el sentido de lo que dijo Lope a “su Juana”, e introduzco la duda razonable: ¡Oh, pinturas del cielo milagrosas! / ¿Quién vio jamás transformaciones tales: / beber cristales y volverse rosas? Claro, a toro pasado, todos somos Manolete.


UN BOTICARIO FRANCÉS EN LA GUERRA DE ESPAÑA, DE 

SABASTIEN BLAZE DE BURY

Como ya dije, este libro es una crónica novelada sobre la España de principios del XIX, inmersa en su guerra de independencia frente a las tropas napoleónicas. Blaze de Bury tiene diecinueve años cuando llega al país, en enero de 1808, como oficial de farmacia al servicio del ejército francés. Es un chico cultísimo, botánico de vocación y amante de las artes, especialmente de la música y el teatro, pero también de la literatura, que está al tanto de todo lo que las vanguardias europeas están produciendo en su momento. Es un ilustrado antimonárquico. Su libro bosqueja, y en ocasiones pinta con todo detalle, la vida rural y ciudadana en España, especialmente en Madrid y Cádiz, muy especialmente en Sevilla: costumbrismo, cultura, religión, política, economía, ocio… Lo hace, claro, desde la poco ingenua perspectiva de un joven que abraza las ideas de la Ilustración, cargado (puede que sobrecargado) con todas las “luces” del siglo en el que nació. Llega a una España anacrónica, si mirada desde su óptica y medida con el rasero del tiempo histórico francés, que le produce un fructífero desconcierto, y decide escribir lo que ve, lo que vive. Durante seis años de aventuras y penurias (recorrió el país de punta a cabo como militar, como prisionero, incluso como donjuán) recogió cuanto experimentó en este libro, que, según se intuye a partir de sus propias quejas, fue su único “botín de guerra”, pues, aunque regresó pobre y sin gloria alguna a su país, debió venderlo muy bien allí en múltiples ediciones. Su obra encaja a la perfección en el típico libro de viajes tan socorrido y famoso en el XIX entre los turistas europeos, sobre todo ingleses, y las agencias que los ponían en circulación.

Blaze de Bury a su manera desvela las claves que desencadenaron y resolvieron aquella guerra. Se detiene en el Madrid de 1808, del que recoge múltiples impresiones más allá de lo puramente político-militar. Cuenta con detalles la llamada “Revolución de Aranjuez”, en la que cae Godoy y sube al trono Fernando VII. Cuenta las múltiples tretas que urdió Napoleón para engañar al incauto rey de España y hacerlo llegar a Bayona. Y también cuenta lo que sucedió en la revuelta del dos de mayo en la capital. Explica cómo y por qué el pueblo español, que según él recibió a los franceses como amigos y héroes (ya que les agradecía la caída de Godoy, en la que, sin embargo, poco tuvieron que ver de forma directa), termina odiándolos a muerte. ¿Amigos y héroes? No sé, no sé… La primera vez que una serpiente ve a una mangosta, siente que es un encuentro fatal para ella. (Michaux). ¿Primera vez? No sé, no sé… Recordad aquello que dijo el rey de Francia cuando tuvo noticias del Tratado de Tordesillas: antes de aceptar ese reparto, quiero que el papa me muestre en qué cláusula del testamento de Adán se dispone que el mundo pertenezca a españoles y portugueses. Tenía razones el monarca galo para dudar de aquel reparto. Como también las tiene la mangosta para atacar a la serpiente, y esta última, para defenderse.

En fin, de Bury cae prisionero, y en tal condición recorre media España hasta llegar a Cádiz, donde, incluso desde su precaria situación, comienza a destacar (creámosle) como donjuán. Relata todo lo que vive en aquella peripecia: desde las escalas del viaje hasta su hospitalización en la ciudad, y, por supuesto, los pormenores de su encarcelamiento en los pontones de Cádiz, incluidos sus varios intentos fallidos de huida, y también el que finalmente resultó exitoso. No tiene desperdicio su relato por todos los datos que recoge sobre el día a día en Cádiz y los pormenores de la guerra, sobre la vida militar, tanto en el ejército español como en el francés, sobre la influencia de la intervención inglesa en la contienda… Pero tampoco tiene desperdicio la vertiente novelada de su trabajo, que se hace especialmente notable a partir de su llegada a Sevilla, ciudad en la que vive varios años, estando ya en libertad, y que abandona apesadumbrado cuando las tropas francesas tienen que retirarse, porque, según confiesa él mismo, se siente medio francés medio sevillano.     

Blaze de Bury va soltando juicios sobre los españoles que encajan a la perfección en su visión de “ilustrado” y romántico francés. Los españoles son celosos / encubiertos / vengativos / orgullosos / vanos / sobrios / recios / amantes del contrabando / arrogantes / audaces / desconfiados / indolentes / silenciosos / imprevisores… y, sin embargo, también son valientes y honestos, pues tienen un gran sentido del honor. Eso sí, creen que el trabajo es motivo de vergüenza y están contra la industria y el espíritu mercantil. Es curioso, porque tales faltas las endosa en exclusiva a los varones. Las mujeres, sobre todo las andaluzas, son maravillosas. El autor no se explica cómo esos hombres pueden llegar a merecer tales mujeres. Vaya… Los españoles tienen un teatro espantoso, y en música apenas pasan de la ubicua guitarra y la impertinente zambomba. No tienen apenas útiles domésticos. Carecen hasta de platos y vasos en sus mal dotadas casas. Su dieta, una verdadera desgracia: pobrísima en variedad y en calidad. Su cocina, súper básica. Y si esto dice de los españoles, esperad a leer lo que dice de los portugueses, pobres. Ellos, los franceses, claro…

Se puede incluso afirmar que los españoles de estas regiones deben su progreso y civilización al contacto con los militares franceses. Sin dejarme arrastrar demasiado por el amor propio nacional, diría que los españoles tienen un buen concepto de los franceses y que adoptan rápidamente nuestras costumbres y usos. Esta sola razón bastaría para civilizar a una horda de salvajes.

¿Qué os parece?... En el libro hay que saber distinguir la crónica de la novela. No es difícil para un lector atento y preparado, porque el autor es un narrador ingenuo en cuanto a técnicas literarias se refiere; pero puede serlo (difícil, digo, y añado: peligroso) para otro lector que no lo sea. Hay que saber digerir todo lo que tiene que ver con el discurso meramente político, y para ello conviene tener cierto fondo de lectura. En cualquier caso, el discurso imperial francés que despliega de Bury no tiene desperdicio, sobre todo si puesto en boca de don Cayetano, un cura andaluz, inquisidor y francmasón a la vez (ay, Dios), propietario y esmerado lector de libros prohibidos por el Santo Oficio para el que trabaja (ay, Dios), y que, por cierto, de retirada con las tropas invasoras anda por España como si del patio de su casa se tratase, presto a encontrarse con el autor en cualquier arriate para decirle justo lo que éste necesita oír en cada momento. Leed algunas de las cosas que le dice don Cayetano a de Bury:

Los franceses han querido ir demasiado aprisa. Vuestra estancia en España ha sido demasiado larga y demasiado corta; habéis tenido tiempo de destruir, y no habéis tenido tiempo de reconstruir.

Estoy de acuerdo. En lo de la prisa, digo. De hecho las prisas vienen marcando las disputas entre afrancesados y no afrancesados (hunos y hotros / serpiente y mangosta) desde que Napoleón puso su ojo pleno de cesarismo en España. Doscientos años ya de correcorre, sobre todo de la mangosta, que apenas lee en el horizonte: razón, ilustración, ¡REVOLUCIÓN!  Ah, las prisas, las prisas… Cuidado con ellas. Mirad que después… Los hombres aman deprisa y odian muy lentamente. (Byron).

España dejaría de ser un imperio, el Imperio, pero no tocaba a Francia sustituirla en tal rol. Qué le vamos a hacer. Lo harían los ingleses y sus “crías”, para los que Napoleón trabajó minuciosamente sin saberlo. Y después llegarían los rusos. Ya veis, las ensoñaciones imperiales francesas tendrían su corrección precisamente en dos de los países menos “ilustrados” de Europa: España y Rusia. Ah, franceses: pecadores, imperiosos, imperialistas, estatistas, centralistas y eurocéntricos los que más, sembraron su prisa en los afrancesados del patio. Y ahí andamos todavía… «¡So, soooo!…», habría que repetirles una y otra vez, pero no escuchan. Porque la Ilustración y sus luces pretendieron (y lograron) que lo abstracto sorbiera el alma a lo concreto; pretendieron (y lograron) que una idea simplona echase su manto sobre la realidad. Pero la realidad no es simple porque está colmada de hechos y de memoria, está transida de humanidad. Así que la Idea, su Idea, hija en origen del racionalismo puro y duro, enraizado y entronizado chez Descartes, acabará con Europa; mientras chinos, rusos y demás falsos concomitantes, la tuercen y retuercen a su antojo y se ríen de sus incondicionales: los afrancesados: nosotros.

Insisto, este libro es una joya. Y digo más: es de una actualidad rabiosa. Lo es para un lector español, para otro francés, para cualquier lector europeo, para cualquier americano. A partir de él, podría impartirse un curso avanzado sobre las bondades y los pecados de una revolución como la francesa, y de un imperio decadente como era entonces el español. ¿Su encontronazo? Duro, cómo no. Y también irresuelto. Lo pagamos durante el XIX y el XX. Y lo estamos pagando todavía.

Aconsejaría acompañar su lectura con la de los otros dos libros que os recomiendo hoy, pero también, por ejemplo, con Ortega (un afrancesado cauteloso), con Unamuno (un vitalista cristiano nada racionalista y español hasta el tuétano), y con Croce (un neoidealista y vitalista muy lúcido que tenía a España bien calada). Añado que estaría bien acompañarlo asimismo con la lectura del propio Bergson, por incluir a un francés ¿renegado?, que partiendo del positivismo, tan de su casa, llega a ajustarlo severamente, tanto, que lo desmonta.

Los franceses nos han impuesto el imperio de la razón ¿A qué precio? Bueno, tan razonantes ellos, tan hechos al núcleo franco-alemán que parece entender el resto de Europa como mera periferia, no pudieron evitar las derrotas de Napoleón, las dos guerras mundiales del XX. Necesitaron que en la segunda de estas guerras, rusos, ingleses y norteamericanos, todos “periféricos”, les devolviesen la patrie que habían entregado vergonzosamente a sus socios y deudores de pensamiento. Ah, y tampoco pudieron evitar, se siente, que fuesen el castellano y el inglés los idiomas llamados a comerse el mundo.

 

A TRAVÉS DE LAS ESPAÑAS, DE AUGUSTE MEYLAN

Auguste Meylan, periodista y escritor suizo, viaja dos veces a España (1873 y 1874) enviado por el periódico francés Le Siècle para informar sobre la guerra civil en el país: la tercera guerra carlista. Sus viajes coinciden, además, con la Primera República, la llamada Revolución del petróleo y la Rebelión cantonal, esto es, con el encarnizado enfrentamiento entre federales moderados y radicales, entre ambos y conservadores. La semilla francesa, que desde 1808 germina por toda España; sí, aquélla, la revolucionaria, la de las prisas, entonces florece y frutece a tutiplén. España, que ya no es un gran imperio, que ya no es esclavista, espera (¿ruega?) el permiso de los ilustrados y los industriosos del mundo para acceder a la modernidad. España tiene la cara jana. Medio país ya es civilizado, progresista, europeo, democrático, romántico… (ser diverso, ser indefinido e inacabado es algo esencial a la vida romántica, dijo Santayana); ya camina con ciega firmeza hacia el anarquismo y el socialismo, batiéndose a muerte contra la Iglesia y la monarquía, donde se apertrecha y defiende el otro medio país, el conservador, el reaccionario. España es republicana. Como diría Joyce: una manzana encunada en una tembladera. Un país con nuevas leyes. Leyes que son verdaderas, pero ya no son reales (Spengler).

A lo largo de su transformación hasta la fecha de marras, la oruga sufrió tres guerras civiles: la propia guerra de independencia (que en alguna medida lo fue, por aquello del afrancesamiento contagioso) y las dos primeras carlistas. Cuando llega Meylan, la oruga está inmersa en otras dos guerras civiles a un tiempo: la tercera carlista y la de Cuba. Y todo por llegar a mariposa, por ingresar como miembro de pleno derecho en el mariposario europeo y atlántico. (Ah, ¿cuánto tiempo viven las mariposas?). Meylan llega a un país que él no comprende bien (nadie lo comprende del todo, tampoco los nacionales), siendo un republicano convencido, alguien que no se explica cómo media España no ve las obvias ventajas que ofrece la República, cómo se aferra a su religión y su monarquía, cuando la una y la otra son también banderizas, meras caricaturas de sí mismas. Se encuentra con un país que cuenta con los tres principales agentes de modernización y “progreso”: 1. La masa “sindicada”, que ya no integra a hombres y mujeres bien criados, sino a “elementos” tendenciosamente instruidos; que ya no es orgánica, sino que pretende ser y estar organizada. 2. Un sistema partidista. 3. La prensa que lo sustenta a la vez que lo pudre. ¿Cómo es que no funciona todavía la maquinaria democrática? Como él es un republicano centralista, tampoco comprende bien el lío territorial, que en el País Vasco, Navarra y Cataluña, se mezcla perniciosamente con el enfrentamiento general entre afrancesados y no afrancesados. Meylan no comprende bien estas cosas, pero las vive en directo. Y como es un hombre culto e inteligente, no sólo las vive, también las investiga y describe con especial eficacia. No es un hombre imparcial. Es un republicano. Sin embargo, es asimismo un periodista serio y avezado, y curioso, y de fina puntería. Fijaos que el título de su libro-crónica ya no se refiere como el de Blaze de Bury a España, sino a las Españas. Ah. Ay.

Su crónica es impagable. Como la de Blaze de Bury y la de Routier, de la que os hablaré más adelante. No se conforma con los asuntos políticos y militares, sino que atiende al costumbrismo, el arte, el ocio, las fiestas patronales…, o sea, en mayor o menor medida, según el caso, a la forma de vida de cada región o ciudad que visita, entre otras: Cataluña (Barcelona, Mataró, Arenys, Manresa, Martorell…), Valencia, Madrid, Burgos, País Vasco (Vitoria, Bergara, Zumárraga, Tolosa, San Sebastián, Irún, Mondragón, Fuenterrabía…), Navarra (Pamplona, Vera…), Zaragoza, Guadalajara, Andalucía (Córdoba, Sevilla, Cádiz…), Cartagena, Tánger, Tetuán (sí, incluso Marruecos), Alicante, Santander, y, claro, Bilbao, con la batalla de Somorrostro como plato fuerte, de la que Meylan es testigo directísimo.

Meylan es también un negociador hábil y astuto. Por eso consigue cartas de recomendación del mismísimo Castelar, con quien se entrevista personalmente en Madrid, para moverse en territorio republicano, a la vez que obtiene, de fuentes muy distintas, un salvoconducto carlista para moverse con garantías (las garantías posibles en un escenario de guerra de guerrillas, claro) a lo largo del territorio controlado por las tropas del pretendiente, don Carlos. Esto le permite acceder a sitios donde se maneja la información crucial, aquellos donde se conocen de primera mano las tribulaciones de actores protagonistas como el propio Castelar, Asensi, Sagasta, Pi y Maragall, Salmerón, Martínez Campos, Pavía, Primo de Rivera o Serrano; y también a sitios donde los soldados simplemente viajan en tren, leen los periódicos (que son falsos partes de guerra y soflamas a la vez), y se disparan unos a otros sin saber muy bien lo que hacen, o, mejor dicho, por qué lo hacen. Imaginaos: deslumbrados y manipulados por la prensa, qué iban a saber, los pobres.          

El libro está repleto de magníficas anécdotas y semblanzas. Semblanzas tan dispares en cuanto a los personajes que describen, que van desde la que hace sobre Castelar, hasta la que hace sobre el cura y general Santa Cruz, eminente bandolero del bando carlista. No tengo espacio aquí para hacerle justicia a esta crónica. Lo confieso. Me limitaré a añadir una serie de citas “sueltas” extraídas de ella, que espero sean lo suficientemente sugerentes como para avalar lo que digo y abrir vuestro apetito lector:    

[Cataluña]. Buen pueblo, industrioso, valiente y animoso, que se siente superior y que mira con ojo burlón a sus compatriotas de otras provincias.

[En La Mancha]. Esta España es un país de contrastes: virtud y vicio, sombra y luz, fertilidad y esterilidad, inteligencia y embrutecimiento.

España no ha querido tener más reyes inútiles que gastaran en fiestas el tesoro del país, ha expropiado a los reyes, pero en cambio la Federal ha querido extirpar hasta el más mínimo recuerdo de estos reyes y ha despojado completamente los palacios se Aranjuez de los muebles suntuosos que contenían. Los excesos son siempre abominables. (¿Excesos abominables? No, qué va, para nada. Recordad lo que decía Robespierre: el gobierno de la revolución es el despotismo de la libertad contra la tiranía).

[España]. ¡Buen pueblo!, pensé yo, si pusiera tanta paciencia en su organización como pone en suicidarse, no dejaría de convertirse en la primera nación del globo.

Los vascos tienen en general una expresión del rostro seca y dura que coincide con su carácter; son duros, egoístas, y la experiencia de la guerra prueba que son crueles, pero de una valentía ejemplar.

[En el País Vasco]. Las personas para quienes la vida militar es un honor se enrolan con entusiasmo bajo la bandera blanca de don Carlos, por amor a su país y por el odio hacia los castellanos, andaluces u otros españoles, a los que detestan cordialmente.

El clero en esta insurrección ha desempeñado el mismo papel que en 1808, en 1820 y en 1833: fanatiza a las masas y aprovecha su enorme influencia para empujar al país hacia nuevas complicaciones de las que nadie puede prever el fin.

[Los montañeses vascos]. Don Carlos es para ellos el único y verdadero rey regular, los otros son impostores; la república es para ellos una triste broma.

[Habla un mendigo aristócrata]. En mi familia, señor, nadie ha trabajado jamás.

Los marroquíes desenterraban a sus antepasados para vender los huesos a las refinerías de azúcar en Málaga.

[Telegrama del alcalde socialista de un pueblo andaluz]. “Al ministerio del interior, Madrid. La partición de tierras ha tenido lugar hoy, sin provocar el menor incidente. Tenemos la intención de sacar a subasta las tierras propiedad del duque de Wellington” […] ¡Adorable ingenuidad! ¡Que las tierras habían sido repartidas sin el menor incidente! Sólo habían olvidado una cosa estas buenas gentes, y era convocar a los propietarios.  

[Batalla de Somorrostro]. “Negros guiris”, gritaban los carlistas, y los republicanos les contestaban: “¡Carcas!”.

 

LA CORONACIÓN DE ALFONSO XIII, DE GASTON ROUTIER

Gaston Routier era tal vez el más culto y erudito de los tres cronistas que reúno en esta reseña múltiple. Al parecer era economista, además de periodista y diplomático. Incluso puede que haya sido espía, según cuenta Pío Baroja que le contaron a él. El caso es que, con razón o sin ella, durante la Primera Guerra Mundial fue condenado a muerte en Francia por traición a la patria en favor de Alemania. Era germanófilo, y lo que más importa aquí y ahora: hispanófilo y monárquico. Casi nada. Routier era un gran conocedor de la historia de España, y del papel que jugaron en ella las diferentes dinastías a partir de los Trastámara. 

Cuando llega al país en 1902, con la excusa de “cubrir” la coronación del joven Alfonso XIII, España llevaba un siglo de odio y guerra entre los hunos y los hotros: la serpiente y la mangosta. Definitivamente se había contraído, perdiendo las últimas provincias de ultramar. Y los que nunca navegaron honestamente con el imperio, ni siquiera al amor del imperio, sobre todo catalanes y vascos, llevaban décadas forcejeando para evadirse de su naufragio, aunque fuese a través de alguna anexión, tan “oportuna” como estrambótica y espuria, de algunas de sus provincias a los Estados Unidos. Sí, hasta esa posibilidad cupo en algunas de las cabezas más pragmáticas, y a la vez más fantasiosas, por increíble que parezca.

Las prisas genitoras, aquéllas que incoó Pepe Botella arrinconando a la Iglesia y la monarquía borbónica en nombre de la Ilustración cesarista, se habían hecho mayores de edad y habían aumentado considerablemente su capacidad de aceleración. Además, los afrancesados habían recibido otro chute de abstracción proveniente de Alemania y de la Rusia pre-soviética, en cuanto a la concepción de un posible Estado ideal y de un posible no Estado. Ya los programas de Bakunin y Marx (anarcocolectivismo y comunismo científico) campeaban por toda Europa, incluida España. Ya Nietzsche había enterrado a Dios y pronosticado al superhombre, que junto al hombre nuevo y al hombre masa, este último, concretísimo y operativo, conformaban un ejército imbatible que marchaba en pos de colmar la civilización occidental, de colmarla y rematarla, quiero decir. Y no era ya la democracia la única forma moderna viable para el Estado occidental sistemáticamente razonado, ni siquiera era ya la mejor opción para una parte de la ciudadanía de muchos de los países europeos, pues esa prerrogativa debía compartirla con la Dictadura del Proletariado. Tampoco era la economía liberal burguesa la única receta para llevar riqueza y bienestar a la mayoría, pues la Dictadura del Proletariado traía en brazos una economía estatal, centralista y planificada que, en última instancia, abogaba por la desaparición del comercio y de la economía capitalista, no sólo de la crediticia, también de la dineraria. Dicho simple y groseramente: abogaba por el trueque, los grandes almacenes comunales, los vales de cambio y las mansas colas para hacerlos valer. De la Rusia que Pedro el Grande (vaya loco, no por gusto algunos lo consideran el abuelo del bolchevismo) “occidentalizó” sin miramientos a finales del XVII y principios del XVIII a través de su Gran Embajada y lo que resultó de ella, llegaban entonces señales de probable concreción de aquella invención marxista (no pura invención, pues ya Platón, Moro, Burton, Bacon, Campanella y Fourier, por ejemplo, habían husmeado en el mismo laboratorio) que tan bien encajaba con la idiosincrasia de una parte del pueblo español. Recordad lo que detectó de Bury un siglo antes: creen que el trabajo es motivo de vergüenza y están contra la industria y el espíritu mercantil.   

Routier llega a una España que ama a pesar de todo. Realza su grandeza. Gusta de sus costumbres y de su sistema político: la monarquía, a la vez que señala preocupado los que considera sus peores vicios y peligros. En el haber español, una vida urbanita plena y moderna que identifica sobre todo con Madrid: En Madrid se vive, mi querida prima, como en todos los países civilizados, asegún los medios y los gustos de cada cual, un poco como se quiere, y mucho como se puede […] Estamos en una ciudad más bien de ocio, placer y lujo, antes que en una villa comercial o en un hormiguero industrial. También en su haber, una monarquía que él cree capaz de renovarse para asumir el control y fijar el rumbo de una sociedad extraviada, con enormes retos por delante: España atraviesa un período crítico; que se abre a las ideas modernas de progreso y libertad; nada sería más negativo que lo hiciera a ciegas y sin discernimiento. En su despegue debe ser conducida con mesura y ponderación; el progreso no debe confundirse con la relajación de costumbres ni la corrupción de las almas, la libertad no debe convertirse en libertinaje. Mucho esperaba Routier de aquella monarquía que encabezaría un adolescente educado finamente, pero a fin de cuentas criado con mamá, por mamá. La regente debió ser una mujer válida en varios sentidos (Andrés Mellado llegó a decir sobre ella: es una madre antigua, comparable a la madre de los Gracos; podríamos decir que en el gobierno actual sólo hay un hombre, y es ella), pero como estadista resultó ser muy cándida. El mismo Routier dice de ella: La Reina, además, esperaba que un país como Estados Unidos tuviese algún miramiento por ella misma, por una madre que defiende los derechos de su hijo, por un trono sobre el que se encuentra un niño protegido por una mujer. ¿Lloramos?... En su debe, el de España, digo, los problemas regionales, el socialismo rampante (no hablamos aquí de social democracia, sino de marxismo militante, de antesala del comunismo), el anarquismo terrorista, y el carlismo enfrentado al alfonsismo. Routier está al tanto del peligro de ruptura total que enfrenta España, peligro que en aquel justo momento viene, sobre todo, de Cataluña:

Madrid, ciudad menos poblada y por así decir nada manufacturera ni industrial, paga más impuestos que Barcelona, que cuenta un mayor número de habitantes y muchísimas más industrias grandes y pequeñas […] Cataluña ha sido hasta el día de hoy tratada como la niña mimada de España; se le ha dado todo y se le ha pedido poco. Comprendo la indignación de todos los españoles cuando ven que los catalanes silban la bandera de la patria […] ¡Quieren alentar el separatismo, el particularismo, en nuestra época, en la que todos los pueblos de la misma raza deben, por el contrario, unirse y fundirse los unos con los otros, es una aberración!

También está al tanto de lo que piensan y hacen los anarquistas y socialistas españoles. Dice de los segundos: Persiguen, nada menos, que la destrucción del gobierno y de la Constitución (la de 1876), sin decir por qué régimen serían sustituidos […] «Bebed y bailad, amigos», debían pensar los feroces líderes; tal vez repetían la frase de Joseph Prudomme: «Bailan sobre un volcán». En un mitin socialista al que asiste, celebrado el primero de mayo de 1902, escucha decir a Pablo Iglesias: Los socialistas combaten los republicanos porque se equivocan [ellos, los republicanos] en las cuestiones económicas y porque no han acometido la educación de las masas. Reseñando lo ocurrido en ese mismo mitin, el dos de mayo de 1902 publica El Liberal: El compañero Jaime Vera, en un breve y elocuente discurso, aconsejó que se luchara utilizando los medios pacíficos para conseguir el triunfo de los ideales del proletariado, hasta que llegara la ocasión de emplear los medios violentos. Así estaban las cosas. Sin embargo, a pesar de todos los problemas que detecta y los peligros que intuye Routier, su amor por el país le lleva a decir: España es una nación que despierta a la vida moderna, que se transforma y que no tardará en ocupar brillantemente su lugar entre las naciones que viven, no de sueños y leyendas, sino del trabajo, la industria, el comercio, de las ciencias y las artes. Ya se sabe que el amor es ciego (y cegador), que ciega, incluso, a los amantes más lúcidos.

Aunque yo haya cargado las tintas en su parte más política, este magnífico libro es, además, y tal vez en primer lugar, un retrato hiperrealista de la España de 1902 en su complejidad, muy especialmente de su capital: costumbrismo, artes, sociedad, educación pública, fiestas, comercio… Os lo recomiendo sin ninguna cautela, con verdadero entusiasmo. Como os recomiendo la lectura de los otros dos aquí reseñados.

Propongo los tres libros nada inocentemente. Lo hago con la esperanza de que quienes los leáis podáis seguir pistas y extraer conclusiones útiles de ellos, por más que éstas puedan resultar diferentes o contrarias a las mías. Los tres son de una actualidad escandalosa, porque los principales problemas que atenazan hoy a España son los mismos que la han atenazado en los últimos doscientos años. Volviendo a las palabras de Spengler que aparecen en el encabezamiento del presente texto, los problemas vienen dados porque los hunos pretenden sacrificar el país a un recuerdo, y los hotros, a un concepto. Son los mismos enfrentados a los mismos, quienes tienen hoy sumida a España en un ambiente prebélico. La serpiente ve que se acerca el momento decisivo y sabe que tiene poco que hacer ante la mangosta. La mangosta, que lleva dos siglos musculando y ya tiene talla de elefante, rabia por no haber sido capaz de resolver del todo su disputa después de tanto pugilato (la serpiente era mucha serpiente), y quiere desencadenar el final con la prisa de siempre. Qué animal tan estúpido y arrogante. «¡So, soooo!…». Occidente se balancea al borde del precipicio y España con él. Yo, claro, puedo hacer muy poco, pero lo poco que puedo, hago. Vivo. Estudio. Agradezco. Por eso, por agradecido, a pesar de los pesares, acabo diciendo con Américo Castro: a Dios le salieron mal las cuentas al crear su mundo. La grandeza hispano-judaica ha hecho posible el drama nuestro, una espantosa delicia que no cambio por nada.


lunes, 4 de enero de 2021

NON FINITO

 



Amigos, regreso de mis dos meses de reclusión literaria con la esperanza de que, a pesar de los pesares, algunos de vosotros todavía tengáis ganas de jugar, y, lo que sería todavía más reconfortante, de jugar conmigo. Jugar, sí, sobre un tablero donde las imágenes y las ideas (¿no son lo mismo?) nos lleven como en una güija loca (o sea, cuerda) a hablar, no con los muertos, sino con nosotros mismos. Nosotros mismos, que por ventura somos jugadores ¿no?, y mientras sigamos siéndolo, nos libraremos de acabar muertos en vida. 

Durante noviembre y diciembre estuve jugando solo. Escribí una novela. Pero no regreso para dar vueltas alrededor de. Llego con el último acto de mi último poema largo: Miguel Ángel, uno de los tres que integran mi penúltimo libro (aún inédito, claro): Raíz de nueve. El referido poema (Miguel Ángel) es narrativo, aborda la vida y la obra de este gran artista inserta en su contexto vital: histórico. Por ello, un único acto no os ofrecerá más que una pincelada del asunto, pero… Miguel Ángel ha vivido y obrado, ha muerto, y desde el cielo… 

De nuevo seréis bienvenidos, quienes entre vosotros decidáis bien venir. Os espero. 



CIELO

 

Un ave de metal el
aire estrena. Suenan las trompetas para
el elegido en un segmento del cielo
que inaugura. En efecto, los ángeles
no tienen alas, ni carga otra que no sea
nombre. La Inteligencia no formaliza
en soporte mineral; en ningún otro que
ande en chanchullos con la materia. Y
mucho menos lo hace la Imaginación.
Miguel Ángel busca ideas (¿dónde?)
que anclen su memoria, mas sólo
halla palabras que solapar con las
imágenes; que tienen orden expresa de
no cosificar. Dios puso paisaje en su
torno. Él quiere percibirlo, acaso idea-
lizarlo ojos mediante, pero descubre
que no, que no puede. Dios le impone
(es un regalo gracioso) un paro. Sólo
ve si cierra las ventanas al blancor y
vuelve su luz a lo negro. Lo hace. Su
alma ve (digamos ve) lo que no ve. Lleva
cuatrocientos años, más (las plegaduras
del tiempo astronómico son asunto
nuestro, allí no cuentan), con los ojos
(digamos ojos) vueltos. La Inteligencia
y la Imaginación universales se abren
al mundo especialmente a través de
los genios. Ah, Su protegido Miguel
Ángel es el médium perfecto (Dios lo
sabe) para que la memoria occidental
chispee, y hasta un poeta del Caribe
(Colón, cuánto llevaste y trajiste) se
dé por enterado. Dios da la luz negra.
Inyecta deseo. El deseo inmortal que
alza y modera los demás pensamientos 
del junco que piensa. Miguel Ángel
cierra (abre) los ojos. Lo primero que
siente es el aroma de la Tierra. Aroma
que levanta la imagen-recuerdo de
mona Picapiedras / mona Margarita /
Urbino / Lorenzo / Tommaso / Vittoria…
Vittoria… qué bien luce, Dios, en el
cuarto oscuro. (Mujeres y estrellas des-
tellan mejor de noche, sin dudas). La
tierra huele a hombre. Él  h u e l e  y
mantiene los ojos encendidos, o sea
vueltos, para echar un vistazo. «¡Hostias!»…
Agamenón y su porquero en la Plaza
de la Señoría. Emparejados en el homo
ludens-aequalis, dan vueltas al David
como moscas alrededor de la herida.
«Piedra y fama». Sólo leen piedra y
fama. El aguerrido tumulto que los en-
vuelve la pifia como ellos. ¿Pueden
disfrutarlo? David sufrió una catalepsia
histórica que terminó («¡joder, es falso,
¿dónde está el mío?!») en perlesía cró-
nica. Incapaz de moverse, apenas se
defiende de ese Goliat muchedumbro
de coito conejero, que zanquivano en-
fila San Lorenzo: «Piedra y fama». Pues a
Roma. Agamenón y su porquero, entre
un montón de japoneses en San Pietro
in Vincoli (casa Della Rovere). Ahí
está Moisés, su mejor piedra. La mejor
piedra. (Fidias y Polidoro hace mucho
que lo admitieron). Ni los telamones se
dan por enterados. Esta gente no comu-
nica, no devuelve porque no capta:
«Piedra y fama»… Corren impíos al
Vaticano para ver La Piedad. Lo mismo:
nada. A la Sixtina, sanctasanctórum de
los cegatos. «¡Dios, ¿qué es esto? ¿Dónde
está Dios?!» Ni Jehová ni Zeus asoman.
Sólo Miguel Ángel, descubre Miguel
Ángel, les suena. «¡Guau, qué colorido!»… Y
después que si Blas estaba untando a
Catalina, que si braghettone sí o 
braghettone no. ¿Para qué aquella ma-
ratón teológica? …El maestro no los
acompaña a la Paulina. Abre los ojos
para interrumpir la secuencia. Los cierra
para reiniciarla justo donde Vittoria…
Ah, el amor que heroicamente dilata
una vena, se contrae con la aplicación
de paños calientes. ―¿Para qué sirvió,
Señor, todo aquello? ―Aquí, hijo, ya
hicimos cuentas… Mira lo que pasa en
el Castillo-Sforza. El maestro acata. Par-
padea. Reinicia la sesión perceptiva:
Mantegna / Leonardo / Tiepolo / Tiziano /
Tintoretto… Y él: su última Piedad sola
en la sala. No. Una niña habla por telé-
fono: ―Resbala, pero María lo aguanta.
Los dos están malos, abuelo. Jesús
estuvo en la cruz. Parece que perdió un
brazo, no sé. ¿Ella lo cura? […] ―Están
muy tristes, abu. Dan ganas de llorar…
Miguel Ángel abre los ojos: ―¿Y?, pre-
gunta Él. ―Lo pillo, Señor:
                                                      non finito.



miércoles, 18 de noviembre de 2020

DEBATE SOBRE POESÍA. HASTA PRONTO

Queridos amigos, como cada año, debo cerrar este espacio durante un par de meses para dedicarme plenamente a la creación literaria. Regresaré en enero con la ilusión de que todavía los más resistentes de vosotros optéis por acompañarme. Gracias de antemano.

Pero cómo despedir un 2020 tan extravagante, tan marrano. Podría hacerlo como de costumbre: con un poema (o trozo de) escrito en las postrimerías del año anterior; o con algo de lo escrito entre marzo y mayo, durante el recogimiento forzado por la pandemia; o con un capítulo de El apartadero, la novela que acabo de publicar; o incluso con un poema escrito para mi recién nacido nieto… Sí, podría ponerme en plan abuelo, único plan que… No temáis (río), podría hacerlo, pero no lo haré.

Un curso tan jodido en lo sanitario, lo político, lo económico, lo literario… demanda algo diferente ¿no? ¿Quizás una travesura? Opto por sorprender, incluso desconcertar a quienes me conocen, con uno de esos llamados poemas visuales. ¿Poema visual? Bueno, este “debate sobre poesía” que tienen en la imagen al pie, lo compuse a medias con Juan Ramón hace ya varios años, seguramente en un momento en que debí sentirme abrumado por la tanta elucubración poética que nos regalan los tiempos. (Río de nuevo). Si no podéis leerlo a pelo en este formato, y no tenéis una lupa a mano, y todavía confiáis en mi cordura (es mucho pedir, lo sé, pero…), descargáoslo y ampliadlo.

Pasad el mejor fin de año posible. Y esperadme, por favor. Mi domadora y mi psicólogo aseguran que en enero estaré de nuevo listo. Con la venia del virus, claro. ¡Vade retro!





lunes, 28 de septiembre de 2020

EL APARTADERO

 



Las ratas obraban con especial afán. Roían y raían como endemoniadas, como si pretendieran derribar el techo. La última ocasión en que se habían conducido de tal forma, Bruno creyó que actuaban en venganza, debido a un ineficaz veneno que antes había mandado a colocar Laura bajo las tejas para eliminarlas. Hacía mucho tiempo que Bruno estaba al margen de los impulsos de su exmujer, de todos, también de los raticidas; pero sospechó que los roedores estaban enfadados por su causa. Se levantó de la cama, y aunque nunca lo hacía antes de desayunar, puso en marcha el ordenador y seleccionó a Bach interpretado por Maisky. Durante varios años de convivencia con las ratas, pudo comprobar que en lo musical preferían la obra para violonchelo del genio sajón. Creyó que tal vez el regalo las calmaría, les haría comprender su inocencia ante el presunto intento exterminador, y pondría de nuevo en valor su estoica transigencia…


AMOR, MUERTE Y LITERATURA

Bruno, un personaje solitario y estrambótico, divorciado de Laura, vive aislado en una parte de la casa familiar, que incluye una sala modesta y una enigmática biblioteca. Aquel hombre, que parece un erudito en su torre de cristal, extraño y asocial, se revela a la joven Rosario primero como un enigma. A medida que consigue recibir clases de él y comienza a tratarlo, se le va descubriendo como un ser excepcional que le provoca una irresistible seducción intelectual. Rosario, que no siente urgencias sexuales y menos por el mundo masculino, queda absorta al comprobar la profundidad asombrosa de aquel ser, que la enamora de una forma única, insólita, que conmoverá nuestros conceptos del amor y la amistad, el sexo y el erotismo. La joven, desde su portentosa madurez e inteligencia, quedará seducida por la imponente e irresistible potencia sexual que emana del intelecto y personalidad de aquel desvencijado profesor.

Entre conversaciones magníficas, llenas de lirismo y profundidad humana, de gran calidad literaria, corre la filosofía, la literatura, el amor y la muerte, de modo que el profesor que, en un principio, parece encarnar el mito de Pigmalión, será a su vez seducido, lentamente, por el poder salvador de aquella joven, que se enamora primero de su alma y luego de la intimidad de su biblioteca.

Bruno se va redondeando como personaje a través de los ojos de Rosario, de la simplicidad en la venganza de su ex y de un escritor que aparece en escena y que se propone narrar la increíble y apasionada historia, intelectual, moral, humana, sexual, que flota en la atmósfera de aquella biblioteca y de los personajes que le dan vida. Al entrar en contacto con Rosario y Bruno, aquel escritor primerizo se dará cuenta de que en ellos se encuentra la esencia de la literatura y de la vida. Se enamorará, infructuosamente de Rosario, contactará por carta con Bruno y, a partir de ese momento, el escritor se convertirá en un personaje más de la historia, que no es sino trasunto del verdadero autor. Entonces Bruno le dirá al propio escritor cómo debe escribir la novela. Desde ese momento se mezcla con maestría la propia obra con la acción que cuenta, desdoblando en un principio los dos planos para fundirlos después en un momento en que el escritor consigue una complicidad con la propia novela, con los personajes que en ella habitan y con el propio lector, a quien habla, consulta y finalmente, con quien construye e imagina el propio relato.

Jorge Tamargo (La Habana, 1962) reside y trabaja en Valladolid. Ha publicado once libros de poesía en España, México y Brasil. Ha escrito ensayos, artículos, cuentos y ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Fray Luis de León. El apartadero, publicada por Trifaldi, es su primera novela, enigmática y deslumbrante, profunda y sobrecogedora, con unos personajes muy poderosos y un estilo verdaderamente lírico y profundo. La acción en torno a una biblioteca, que es símbolo de la más honda intimidad del ser humano y de su construcción desde la cultura, ofrece el marco perfecto para que cuatro personajes poderosos nos ilustren, desde la buena literatura, sobre el individualismo y los problemas de nuestro tiempo. En menos de ciento cuarenta páginas llegaremos a mirar el mundo con ojos diferentes, a contemplar la muerte, el erotismo, la cultura y el dolor desde una elevación a la que solo nos podrá conducir el amor más puro.

Alberto Monterroso


JORGE QUERIDO: anoche terminé de leer tu EL APARTADERO, y de entrada te comento que me parece una novela (corta) de primera fila. El caso es que comencé con ella y enganchado seguía adelante mi lectura, inmerso en los personajes, los juegos de lenguaje muy sutiles, tales que apenas buscan desplegarse, más bien replegarse, riesgos a la vez en la manifestación expresiva y un juego muy tuyo y muy difícil de sostener (he ahí en parte el riesgo o los riesgos) entre una escritura que tiende al distanciamiento, a intelectualizar lo vivo y amado por el autor y de ahí pasa sin retenerse demasiado a un lenguaje otro y en apariencia opuesto (en el fondo no lo es) en que se dice y desdice con naturalidad casi que diría corriqueira, ligeramente desfachatado, ese así llamado lenguaje cotidiano, transparente, transparencia que crea en tu novela ambigüedad, complejidad, y una alternancia de voces que no son sólo las de los distintos personajes, Bruno en sus silencios y hondones, Rosario en su doble función de cuerpo y mente, incluso cuerpo en doble función en el sentido novelístico a repartirse entre Bruno y el narrador / autor. En fin, salgo (salí) de la lectura contento de haber transitado por su materialidad, su materia inasible, festiva y seria, culta y luminosamente normativa o común y corriente, amalgama y entreverado que lleva a desear que la novela corta no sea tan corta y que continúe… y añadir que el párrafo final de la novela es de lo mejor que encuentro como remate a una obra, sea poema o sea prosa (ficción) en mucho tiempo.

José Kozer


Cuando mi amigo Jorge Tamargo me envió aquella primera copia de El apartadero, preguntándome si lo podía leer, debo reconocer que fui a ello con cierto prurito, conocía su obra poética, de un nivel muy alto, y quizás pensé: otro poeta que escribe novelas..., pero para mi sorpresa, y regocijo (lo reconozco), me encontré con una novela solvente, de personajes extraordinarios, un trasfondo de cultura y de técnica que convirtieron aquella novela breve en una lectura fascinante, en una historia llena de gavetas, puertas sorprendentes, estanterías donde no sólo se guardaba un tesoro de reminiscencias y transgresiones, intertextualidades múltiples que componían una vida que por cerrarse hacia fuera, se había hecho infinita hacia dentro. Si tuviera que recomendar una novela para que lean en agosto de este año raro, les diría que se pasen por Trifaldi, por Amazon, por La Casa del Libro, y busquen El apartadero, para que lo disfruten como hice yo. La economía de recursos, la síntesis, se vuelven defensores de un individualismo a ultranza, que la mayor parte del tiempo acaba convenciéndonos de su eficacia, hasta que el amor, en términos nada convencionales, aparece como otra plaga, de las muchas de ese mundo.

Sonia Díaz Corrales

 

Jorge, la novela me ha gustado mucho. Confieso que comencé a leer con un poco de miedo por aquello de un poeta narrando, pero el lenguaje narrativo es de una madurez y una picardía excelsas, dignas de un oficio narrativo muy decantado. Cuando iba por el primer cuarto me preocupó el narrador. Me parecía una pena que, con ese nivel de lenguaje, terminara siendo un narrador impropio, falso. Pero no, el narrador es un acierto que permite escapar al corsé de la perspectiva y mover el punto de vista con espectacular eficacia. Siendo un narrador en primera persona, puede acercarse o alejarse de lo narrado cuando quiere y como quiere. La historia es de una sutileza ejemplar, y para mí no hay virtud narrativa tan grande como lo sutil. El tipo de historia, su pulcro minimalismo y la intertextualidad sutil, que no deviene pedante cita de erudición, ponen la novela en una línea bastante frecuente en la narrativa publicada en los últimos tiempos por algunas grandes editoriales. Una prueba de cuánto me gustó la novela es que el final me molestó. Cuando una novela me agarra, siempre me molesta su final, quizás porque no quiero que se acabe…

José Fernández Pequeño

                                                                                                                                       (primera nota)

 

Si es una decisión personal, leo siempre por placer y eso me hace muy prejuicioso: antes de comenzar, agoto las pistas posibles que me garanticen o nieguen la posibilidad del disfrute. Así, cuando "El apartadero" se atravesó en mi camino, tuve una ardua sesión de prelectura pues el texto en Word me negaba las señales editoriales de rigor y apenas me dejaba muy subjetivas pistas de origen. Considerando que el autor, Jorge Tamargo, es un poeta con una larga trayectoria, los pronósticos no daban muchas esperanzas para alguien que, como yo, comulga poco con las narrativas construidas alrededor del culto a la palabra, aunque (me dije entonces) esto bien podía ser compensado por la fructífera trayectoria del autor en los afanes arquitectónicos, útiles (como también los cinematográficos) al construir entramados de voces y planos narrativos interconectados.

Y, debo confesarlo, el texto se apropió del lector que soy. "El apartadero" es una novela de foco maduro, desarrollada a través de una narración que preña cada detalle y cuaja un pequeño grupo de personajes memorables, no solo convincentes sino sobre todo vivos, contemporáneos con nuestras inquietudes y problemas. Ciertamente minimalista en su acercamiento a la realidad ficcional, la poesía que emana de la novela rebasa a las palabras y se alimenta del registro psicológico de esos personajes siempre auténticos, sobre todo en sus debilidades, manías y errores. En el accionar de un muy reducido número de personajes, en acciones más bien concentradas, "El apartadero" se (nos) plantea algunos de los asuntos más importantes en esta contemporaneidad nuestra repleta de gesticulaciones que amplifican las muletas tecnológicas: la soledad, el aislamiento, los valores de la verdadera erudición, el arte esencial frente al arte para ser aplaudido, el amor...

Ahora El apartadero es (a su manera mínima y concentrada) un bello libro que recorre los mundos de Amazon y, viéndolo así, con esas vestiduras de mostrarse, me explico por qué su original me produjo tanto impacto. Jorge Tamargo ha conseguido en su novela lo que, tras años de leer y escribir, he terminado por asumir como el latido más íntimo y veraz de la creación narrativa: la sutileza, que en este caso se despliega en elegancia, respeto por la inteligencia del lector y trascendencia humana.


José Fernández Pequeño

                                                                                                                                      (segunda nota)

 


Jorge Tamargo propone con su primera novela, El apartadero, una enigmática y deslumbrante, profunda y sobrecogedora historia, cuyo escenario se concreta en un espacio tan cerrado como asfixiante, un relato que protagonizan unos personajes de curiosas características que ejercerán un peculiar poder sobre los lectores.

Un cuidado tono lírico amplía y engrandece la brevedad de un argumento que irá proponiendo no menos curiosas y variadas reflexiones científicas, filosóficas o de una disposición y método comunes. El apartadero, un espacio reducido, alberga un garaje y el sótano, dos estancias para asegurar la integridad de la biblioteca, la más preciada propiedad del protagonista, Bruno, una vez que, de común acuerdo, y tras muchos años de insoportable convivencia se divorcia de Laura; será entonces cuando un Bruno solitario y estrambótico decide aislarse y sobrevivir con sus experimentos en el apartadero, una vez dividido el patrimonio común; convivirá la exclusiva compañía de las ratas que, siempre, han obrando con especial afán, royendo y rayendo como endemoniadas, porque Bruno siempre había sido consciente que actuaban en venganza frente a un ineficaz veneno que les había colocado Laura para eliminarlas.

Este hombre, que se siente un erudito en su torre de marfil, tan extraño como asocial, se muestra ante su vecina Rosario como un enigma, pero cuando la joven empieza su relación y recibe las primeras clases, ayudará y compartirá ensayos científicos, se deja aconsejar lecturas de la biblioteca, y entonces descubrirá que Bruno es alguien excepcional que le provoca una irresistible seducción intelectual porque la joven, desde su portentosa madurez e inteligencia, quedará seducida por la irresistible potencia sexual que emana del intelecto y de la personalidad de este destartalado profesor, porque el sexo para Rosario queda en un segundo plano, incluso cuando, de alguna manera, se vea asediada por un joven escritor, amante de la ex de Bruno, obsesionado por unos evidentes conceptos de amor y de amistad, que incluirían el sexo y el erotismo para a través de este acercamiento entrevistarse con Bruno, y sobre todo acceder a su enigmática biblioteca.

La novela, pese a su brevedad, avanza entre exposiciones y declaraciones de una calculada profundidad científica y didáctica, conversaciones cargadas de un lirismo expresivo sorprendente y una profundidad humana que se completa con un texto de calidad literaria que alterna con otros relacionados con la filosofía, la literatura, o los conceptos más humanos del amor y de la muerte, y así este personaje que recuerda a ese mito conocido de Pigmalión se convertirá en víctima y será seducido, lentamente, por el poder salvador de esa joven que se enamora primero de su alma, y luego de la intimidad de su biblioteca.

El narrador Tamargo nos mostrará a un Bruno que, como personaje, se irá moldeando con las continuadas presencias y actuaciones de Rosario, y aún más con las actitudes malignas que se convierten en esa venganza constante que llevará a cabo su ex y, todo se salvaguarda, con la inteligente aparición en escena de un joven escritor que, una vez conoce la situación, se propone narrar la increíble y apasionada historia de esos dos actores, Rosario y Bruno, desde una perspectiva intelectual, moral, humana, incluso desde un deseable deseo sexual que flota en la atmósfera de aquel extraño apartadero, y mucho más de la biblioteca, un espacio al que los personajes le otorgan vida.

El escritor, no debemos dejar de pensar en la voz del alter ego del propio Tamargo, percibirá que una vez se ha relacionado con Rosario y Bruno los va conociendo y desentrañando sus actitudes vitales porque en sus vidas se encuentra la esencia de la literatura, y por añadidura una buena novela. Se enamora, de manera incondicional, de Rosario, y pretende acercarse a Bruno a través de una carta y, a partir de ese momento, el escritor se convierte en un personaje más de la historia, mezclará su ficción con la vivida por Bruno, protagonista indiscutible, que le dirá al joven escritor cómo debe desarrollar y escribir su relato. La novela cobra fuerza desde ese momento, se mezcla con una habilidad singular la propia obra con la acción que se va desarrollando, y el lector percibe ese desdoblamiento en dos planos que más tarde, y a medida que avanza en su lectura, convergerán en uno cuando el escritor consiga esa ansiada complicidad con su propia historia, con los personajes que en ella habitan y con el propio lector, a quien a lo largo de sus páginas interpela, habla, consulta y, finalmente, con quien va construyendo e imaginando el propio relato que se titula, El apartadero, un original que formará parte de la nueva biblioteca, de un no menos brillante y enigmática joven.

Las ratas que desde siempre obraron con especial afán en el lugar, sobreviven a Bruno y su biblioteca, y cuando Laura ordena demoler el tejado del apartadero se comprobaría que habían logrado hacer una vigorosa colonia que subsistía sobre un mar de excrementos, y la pestilencia era insoportable, se encontraron más de cuarenta ejemplares adultos, vivían en una sociedad próspera y organizada sobre la cabeza de un tipo que se había aislado voluntariamente porque no encontraba acomodo entre sus semejantes hasta que había aparecido una joven, Rosario.

Pedro M. Domene


Leída la novela. Interesante el juego de esas dobles parejas en el entorno siempre amenazante de las ratas. “Ratas de biblioteca”, que aquí son más que una expresión. Tiene intensidad y no decae el interés. Buen planteamiento del problema creado, e intriga por saber cómo se resolverá. Hay un buen manejo y control de las situaciones y del avance del relato. El capítulo de la despedida del año en familia, como punto de reunión de todos los personajes, creo que es representativo de esto, y uno de los mejores, según mi opinión. Los personajes de Bruno y Rosario, como los fuertes, creo que están muy bien delineados, especialmente el primero, como epicentro en torno al que gira toda la historia. Me encantaron las citas de la Divina Comedia y de Shakespeare, colocadas muy oportunamente…  


Máximo Higuera

(editor / Trifaldi)



Para comprar “El apartadero” tenéis varias opciones: la podéis pedir en cualquier librería (se distribuye en toda España); y también en:

 

1. AMAZON:

https://www.amazon.es/El-Apartadero-narrativa-Jorge-Tamargo/dp/8494978357/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&crid=2IHV6YDV24GHL&dchild=1&keywords=el+apartadero&qid=1599461632&sprefix=EL+APARTADERO%2Caps%2C170&sr=8-1

 

2. DISTRIFORMA:

 https://www.distriforma.es/Consulta-el%20apartadero-Buscar_Por-Todos

 

3. PANOPLIA DE LIBROS:

https://lapanoplia.com/

e-mail: secretaria@panopliadelibros.com a la atención de Sonia.

 

4. EDITORIAL TRIFALDI:

http://www.trifaldi.com/buscar?controller=search&orderby=position&orderway=desc&search_query=EL+APARTADERO

e-mail: info@trifaldi.com a la atención de Máximo.




viernes, 4 de septiembre de 2020

ÓLIVER



































¡Luz! El instante sublevado desorbita
los datos. El mundo tiene una erección,
Óliver, hijo de mi hijo. Una erección
no de palmas, de torres empalmadas
que la sangre ensavia. Apretazón. Ah,
se aprietan los anillos cautivos en la
magna circularidad. Giran. Triscan luz
y aire para acelerar. Aceleran para
grapar tu rostro a mi… Es mediodía
en mi viejo cajón de sueños. Un
boggie woogie dilata los muros que
atiranta Bach (oído de patagón / ojos
de topo). Es mediodía y río. El diablo
tiene un puñado de agujas oxidadas
en la boca. Esputa robín. Robín en-
diablado. No lo mires, Óliver, no. Son
cosas mías. O tuyas (vaya rejón le
clavaste), pero no lo mires. Detenta la
luz arrebatada a la Noche, a la pla-
teada chusma que la galvaniza, que la
renueva sin término (ay, impotencia
estelar colaborante). Esta es tu luz. Este
flash que te hurta los límites, que el
obturador del universo te regala, es
esencia de espacio, puro espacio. Este
es tu tiempo sin tiempo, Óliver, tu
ápice de gloria en el Trile. Pizca la
eternidad, cielo. Abre los ojos a Dios, a
las pupilas ebrias de tus padres… 
¡L                         u                          z!      
¡Luz! El instante sublevado desorbita
los datos. El mundo. Su erección. Ésta:
Long Island esfuerza, esfuerza para que
New York City inflame sus venas. Una
civilización desportillada se resiste a
caer. (¿Se resiste?). Las piedras anquilo-
san sus riñones, pero cada conato de
alumbramiento… Tú, Óliver. Tus párpados
abren al espectáculo que la inocencia
peina, acomoda para ti. El Mare Nostrum
sin embargo espuma en los lindes del
Tenebrosum. Lo penetra finalmente.
Dios abre dos ojos negros: dos ventanas
blancas en la frente de la verdad. «Esto
es verdad», digo. Digo porque asomo
por ellos-ellas y te veo, te distingo, te
ciño a ti. Eres.           Eres bajo los cielos
de la decrepitud, sobre las calles decré-
pitas de la decrepitud: nafta / betún /
puños / botas / son de palabras huecas
que danzan el postillón, los corredores:
turba hundida en la turba cementosa.
(«¡Luz, por Dios, más luz! ¡No luz-razón
narcisista. Luz-gracia. Luz divina!»). Eres.
¿Lacras mi sobre a la posteridad?... Ma-
ñaneo, Óliver, en tus ojos, mientras
tu madre les insufla la memoria-madre
del mundo; tu padre, la memoria-padre.
El boggie woogie no para. Tampoco el
añoso órgano del sajón. Los datos, de-
sorbitados… Bailo. Bailo… Mi torpe
oído entremedias capta la chanza de
los simples, la ira de los asesinos, sus
resabios. Capto el nerviosismo de las
multitudes. «¿Hombre o número?», se
preguntan. «Hombre, seguro, mas-
cullo».           Ah, Óliver, la vida, oficio y
ejercicio para vivos, desagua en el
tiempo. Pero este fogonazo lucífero
no está en él, no en la historia; abre
puertas que todavía no saben los Idus
de marzo, los dieciocho-brumarios. Al
tuntún has de beber esta luz: calostro
para inocentes, hijo. Bébela. Es luz a
estrenar, luz tuya.          Y liberto de la
oscuridad, mientras no te aprese el
devenir, mírame. Mírame aunque
no me veas (soy un aglomerado de
tiempo en fuga). Mírame mientras no
me pienses (soy la tercera dimensión
que no te incumbe, sólo profundidad,
dirección, aviso de finitud: fin). Mí-
rame bailar redimido de mí mismo, in-
surrecto de la duración, en brazos del
azar que estrenas. Que tus ojos bailen
con los míos, Óliver, que inocenten la
valla entrometida, que la transparen-
ten, la batan. Quede entre nos ese de-
rrumbe-prodigio. ¡Luz y amor! Amor a
la luz que tomas, ensanchas, lanzas
contra mis sienes confusas.           Medio
kilo de corazón innúmero (viejo, pero
innúmero) te ofrezco. No lo vacío
en bronce para que lo admires. No
lo doy al cirujano para que lo zurza, lo
componga, lo temple: sedicente bom-
bita de afectos bobos. Lo doy a los
tiburones (graves mensajeros entre
los mares) para que rasgado, bien ras-
gado, lo escupan a tus pies. Medio kilo
de corazón todoterreno: hecho al dolor,
hecho pedazos; entero por amante,
listo para bombear amor, también,
especialmente, cuando el instante a-
quiete, expanda, y los datos retomen su
órbita, y el mundo relaje su erección, y
Long Island, fatigada, deje de enviar
magma sanguíneo a su quiste urbano,
envaine sus erectos cuchillos. Amor
cuando este boggie woogie se haga
insoportable, y un violín matemático
(medio matemático medio loco) lo
deponga con chacona no bailable.
Amor. Allí, en New York City. Aquí, en
Pucela. Dondequiera que surja el más
mínimo alboroto para que un corazón,
todo perplejidad él, te adivine.           Esculpiré
esta jornada en la memoria, Óliver,
hijo primerísimo de mi hijo: tu primer
parpadeo, tu primer bostezo… Esta
secuencia innombrable de emociones,
este temblor piadoso, impío a ratos,
este apogeo inédito.           La distancia
tiene un espolón de hierro, cielo, está
hecha de besos muertos, de caricias
truncas, de tacto pensado. Sé que
estoy lejos. Una inquietud metódica,
militante en el tiempo, no cae porque
se desdeñe. No bastan un instante
cerril, una insurrección severa, a quien,
abroquelado en los sentidos… Estoy
lejos, lo sé. Pero también imagino,
Óliver, imagino y amo. Te amo.           Todavía
el boggie woogie dilata los muros que
atiranta Bach (oído de patagón / ojos
de topo). Es mediodía y río. Todavía
bailo este mareo sabroso. Deslum-
brado me columpio, ¡ea!, al bies de tu
foto. Luz: pan que partimos, com-
partimos. Saldo al alza. Promiscuidad
luminosa a pesar de. ¿Besos muertos,
caricias truncas, tacto pensado? Sí. Y
también una plenitud que abrasa. Esto
es verdad, Óliver. Asómate. Conecta
tu alma de hombre a esta marea in-
fecta de humanidad. Distíngueme antes
de verme, de pensarme. Soy el abuelo
bailongo: un aglomerado de tiempo en
fuga con medio kilo de corazón des-
pedazado, entero para el amor, que

              (I wanna squeeze him but I'm
                                      way too low.
                    I would be runnin' but my
                              feet's too slow…)

baila. Un poetón viejo, experto en
oscuridad, aspirante a promiscuo de-
predador de luz.           Ah, Óliver, qué 
puntual y cargado de ti mismo llegas 
donde puedo imaginarme prolon-
gado. Mañana. Pan y sangre.           ¡Luz!