Estimado homo ludens-lector
(sí, ¿no es la lectura una especie de juego aventurero y riesgoso,
como lo son, por ejemplo, las artes marciales, los juegos de azar, las
apuestas, la cartomancia…?, ¿acaso la lectura no implica para el lector la posibilidad
de crecimiento o de mengua, de goce o de hastío?, ¿acaso el umbral de un libro
desconocido no impone cierto temor al adoctrinamiento que pueda vender, o a la
banalidad que regale?, ¿acaso no impone cierto temor a que en sus páginas
podamos resultar cercados, y en última instancia abrumados por el Todo o por la
Nada?, ¿acaso no surge siempre la duda (razonable o no) sobre si con el dicho
libro podremos activar y galvanizar la memoria, la inteligencia, la imaginación…?,
y eso que tiene la lectura de lúdico, aventurero, azaroso y riesgoso, ¿cuánto pesará
en la decisión que tomemos de jugarnos o no el tiempo que se necesita para leer
un libro?);
quiero empezar diciéndote que este libro de Francisco dos
Santos que te presento: Contos
incidentais e outras narrativas, te exigirá que pongas sobre la mesa lo que
tienes de lector y de jugador. Jugador
en la doble acepción que podemos dar la palabra: te la tendrás que jugar, es
decir, tendrás que arriesgarte porque el libro es novedoso por los cuatro
costados, y además tendrás que estar dispuesto a divertirte activando tu
curiosidad y tu sentido del humor. «Me la juego dispuesto a jugar». Así, como
si fueses un niño (¿lo eres?), deberías entrarle a este libro maravilloso. Digo
maravilloso, queriendo decir, de
momento, extraordinario. Y digo extraordinario,
queriendo decir, de momento, insólito.
Quedas avisado: el libro te desafiará. Pero lo hará de la
mejor manera posible, la que otorga gran libertad para responder al desafío: ¿Que
te gustan el diseño gráfico y la tipografía, incluso la epigrafía? Bingo. ¿Que
te gusta la poesía, especialmente la visual? Bingo. ¿Que te gusta la narrativa
corta? Bingo. ¿Que te gustan las fábulas con sus moralejas más o menos explícitas?
Bingo. ¿Qué te gustan los cuentos clásicos? Bingo. ¿Que te gustan la filosofía
y la ciencia? Bingo. ¿Que te gusta el absurdo productivo en la narrativa?
Bingo. ¿Qué eres un poco rarito y te gusta la literatura oscura, con
referencias múltiples y retadoras? Bingo. (No te preocupes, yo también lo soy y
mírame aquí: nadie es perfecto). ¿Que eres más bien grave, y te gusta la
literatura cargada de simbolismo denso y hasta de crítica política? Bingo. ¿Que
eres muy curioso (¿lo eres?) y aceptas meterte en todo esto a la vez sin complejos?
¡BINGO! En ese caso serás el lector perfecto para este libro. Más aún, si
leyéndolo te das cuenta de que su autor no pretende jugar a costa de tu
candidez, o abusar de tu curiosidad. Al contrario. Su autor quiere que leas y
juegues con él para, a partir de tu complicidad, dar verdadero sentido a su obra.
Te dije que este libro es maravilloso, queriendo decir,
primero, que es insólito. Lo es, para empezar, en lo que más importa: la forma.
Nunca antes leí un libro de cuentos que formalmente fuese tan innovador y a la
vez tan temerario. (Lo primero que tendrás que negociar con el autor es si algunas
de estas piezas son cuentos o no. Yo lo hice y acepté sus términos. Leí sin la
presión de la ortodoxia genérica y me lo pasé muy bien). Y es que, para
empezar, la imagen literaria en este libro se funde con la imagen visual. Eso,
no sólo se suelda a ella, se funde con ella. Y al hacerlo, al producir esas
“roturas” en los textos, esas condensaciones y expansiones en los párrafos y las
palabras que colonizan el espacio en pos del símbolo total, se introduce una
música a la que no estamos acostumbrados en el género. Si bien la poesía es
connotativa (intensa y enfáticamente musical), la prosa, exceptuando la
oratoria, suele ser denotativa (más roma en lo musical), y esto incluye, claro,
a la narrativa. Sin embargo, en este libro, que llega a coquetear sin complejos
con el periodismo y el ensayo, es decir, que pudiera llegar a ser muy prosaico,
la prosa resulta siempre musical, y, por esa vía, poética. Te retará para bien en
ese sentido. Claro, lo dicho no quita que el autor, sobre todo cuando se pone
irónico, no tire de formas muy clásicas para contar sus historias. Por ejemplo,
el cuento “Los cuatro cerditos” comienza con el clásico Érase una vez… Tan clásico, que está en uso hace más de cuatro mil
años, desde aquel Hubo en tierra de Uz un
varón llamado Job… (Libro de Job. Poema didáctico. Viejo Testamento). El
libro que tienes en tus manos es muy ecléctico en lo formal. Espero que
disfrutes también eso.
Asimismo, el libro te retará en lo sustancial. Porque
Francisco dos Santos, que se las ve con la materia amasada por el dadaísmo y el
surrealismo (sueño, absurdo, irrespeto por los géneros convencionales, etc.), no
se queda donde lo hicieron Lautréamont o
Tristan Tzara. No se limita a maldecir contra el ser humano (Maldoror), o a
soltar tonterías absurdas por la boca (señor Antipirina). De acuerdo, Francisco,
aunque no lo pretenda, es un autor postmoderno (cómo evitarlo en los tiempos
que corren), y por eso en este libro aparecen claras señales de ateísmo,
relativismo, absurdo, pesimismo, escepticismo, nihilismo… el hombre descendió y ascendió solo […] estamos hechos de vacío, nos dice en el cuento titulado “Sobre la
creación de la bomba atómica”. La acción
de un hombre es como una piedra arrojada a un pozo, nos dice en el último
cuento del libro: “Monstruos hermosos”; y de esa manera conecta con el Sartre
más abrasivo: la vida no es más que una
pasión inútil. Sí, este libro está atravesado por el escepticismo que nos persigue
a los occidentales desde finales del diecisiete. Pero su autor, que no es ni
cobarde ni escapista, más o menos inconscientemente se rebela contra él y abre
puertas que apuntan a la esperanza. Una esperanza tímida, pero esperanza al
fin: En un rincón del laboratorio, en los
compartimentos grandes, lentamente, algo que nos recuerda surge una mañana,
bajo el arco de una lámpara, nos dice al final de un cuento titulado “El
laboratorio”. La esperanza sobreviene por azar o se alza gracias a un desquite
justiciero: Entonces, el sonido de una
silla cayendo, la gente amontonándose, el grito de una mujer. El sacerdote se
transformó en un gran lagarto y salió a la calle, chocando contra los coches,
con el gerente entre las fauces, nos dice al final de un cuento titulado
“Un sacerdote pide un préstamo”. Y es que no se puede ser escéptico o pesimista
en puridad si se es artista, es decir, si se es siervo de la expresión y la
representación. En estos casos, cuando el submarino está a la deriva bajo el
agua, hasta los recursos kafkianos apuntan a la escotilla. Unamuno, en el
ensayo cumbre de su obra, citó a un periodista inglés de esta manera:
Hoy
precisamente acabo de leer en The Nation
(número de julio 6, 1912) un editorial titulado «Un infierno dramático» (A dramatic Inferno), referente a una
traducción inglesa de obras de Strindberg, y en él se empieza con estas
juiciosas observaciones: «Si hubiera en el mundo un pesimismo sincero y total,
sería por necesidad silencioso. La desesperación que encuentra voz es un modo
social, es el grito de angustia que un hermano lanza a otro cuando van ambos
tropezando por un valle de sombras que está poblado de camaradas. En su
angustia atestigua que hay algo bueno en la vida, porque presume simpatía... La
congoja real, la desesperación sincera, es muda y ciega; no escribe libros ni
siente impulso alguno a cargar un universo intolerable con un monumento más
duradero que el bronce» […] El pesimismo que protesta y se defiende, no puede
decirse que sea tal pesimismo.
Además, no se puede ser del todo pesimista y escéptico si
se recurre a la moraleja, aunque ello no se haga con un afán moralizante. (La
moraleja, aunque sea paródica, irónica o pícara, en algún sentido siempre implica
eso: una pulsión moral. Y la moral, no la moralina, hasta para los nihilistas… La moral es una mentira necesaria, dijo
el mismísimo Nietzsche). En el primer cuento, titulado “Un caballero alineado
nos contó un sueño”, que es un microrrelato del veintiuno, y sin embargo tiene
mucho que ver con la fábula clásica, hay una moraleja final que nos viene a
decir: «no dejes a tu mujer sola por ir a hacer el bobo». Es uno de los
momentos más frescos y graciosos del libro. Por cierto, me recordó aquel relato
de Pitas Pajas que contó el Arcipreste de Hita en su “Libro del buen amor”. (Perdóname,
por favor. No lo puedo traer aquí. No cabe. Búscalo y léelo, o reléelo, si lo
deseas).
En fin, Francisco dos Santos compensa su positivismo escéptico
con un vitalismo poético que permea toda su obra. Así que en este libro
encontrarás materia negra, pero también encontrarás espíritu luminoso, ambos
ofrecidos de una forma suigéneris. Imagen poética / simbolismo / surrealismo /
dadaísmo / absurdo / ironía / transfiguración / transmutación / crítica a la
forma de gobierno más frecuente en la historia de Occidente: la monarquía… a la
vez que un compromiso sin fisuras con su tiempo histórico que se manifiesta en
muchos momentos, y que para mí es especialmente loable cuando se opone a la
inteligencia artificial mal encauzada (ver en el cuento “Novio perfecto”), en
mi opinión, uno de los peligros más grandes que nos acechan ahora mismo. Cuando
un ateo como Francisco teme a algo como eso, es que no todo está perdido. Será
mejor, digo yo, que a falta de Dios, confiemos el destino del hombre a la evolución
natural o al azar cósmico, que no al propio hombre auto divinizado, o auto
convertido en súper hombre, hombre nuevo o máquina. Me viene a la cabeza
aquella respuesta de un esquimal al que preguntaron si creía en Dios. «Nosotros
no creemos, nosotros tenemos miedo», respondió él.
Como pretendo llevarte al huerto, y creo que debo confesar
algunas cosas que te inclinen a confiar en mí, no quiero terminar mi
presentación sin hablarte por encima de algunos de mis cuentos preferidos entre
los recogidos en el libro, que, por cierto, incluye cuentos “revisitados”, esto
es, revisados y reescritos a lo largo de veinticinco años. Veinticinco años.
Casi nada. Aunque carezca de importancia más allá de lo personal, por lo dicho
antes te confieso que mis preferidos son: “Un señor alineado nos contó un sueño”,
“La modelo nº 1”, “Un retrato de Helga” y “Monstruos hermosos”. Me detengo con
brevedad en dos de ellos porque creo que haciéndolo tendré más posibilidades de
animarte a leer este libro tan especial.
“Un retrato de Helga” es un cuento magnífico, y es, a la
vez, un poema en prosa de altísimo nivel. La imagen poética tiene tanta fuerza
por sí misma, que el autor sabe que debe prescindir de una imagen visual atrevida
que compita con ella. Este cuento está presentado en un único párrafo, en-cajado
siguiendo la alineación a ambos lados, colmando la caja sin roturas hasta las
dos últimas líneas, donde la imagen última remata el texto de manera magistral:
La sombra del hombre cubre el rostro de
Helga. Qué maravilla. En ese momento te das cuenta de que la verdadera
protagonista del cuento no es Helga, sino esa sombra (personaje fantasma hasta
el final) que cubre su rostro y explica su alienación. Cuando Alejandro lo saludó y le preguntó si necesitaba algo, «Sí», dijo Diógenes, «apártate un poco,
me estas tapando el sol». ¿Habrá sido capaz Helga de decir a aquel hombre lo
mismo que dijo el cínico al monarca? Intuyo que no. El cuento, que se
desarrolla en un movimiento continuo, como en un plano secuencia, es, al mismo
tiempo que muy cinematográfico, propenso a detenerse y congelarse en una imagen
como captada para la eternidad por Hopper.
“Monstruos hermosos” es el cuento más largo del libro, y
uno de los más clásicos en cuanto a sustancia y forma, si exceptuamos su inicio
y su final. El inicio es inusual porque se trata de un ensayo (breve, pero ensayo)
sobre arte, donde se especula finamente con pares dialécticos como belleza /
fealdad y virtud / pecado. El final es inusitado, más que nada en lo formal,
porque en él se recurre a líneas y letras súper expandidas que dan a la vez
peso y ligereza a la imagen que in-forman. (Sí, peso, entendido, no como
gravedad, sino como hondura: Lo profundo
es el aire, dijo Jorge Guillén). La imagen, que es muy potente, comienza
con el verso: La memoria humana es como
el agua, y termina con los versos: a
la vista / solo el / espejo de agua. Entre su pórtico “ensayado” y su colmo
poético, el cuento se desarrolla de manera tal, que bien hubiera podido
incluirse en “Las mil y una noches”. No le falta nada: historia, especulación
filosófica, disquisiciones morales, crítica social… Todo ello manejado
(escrito) de manera excelente, y traído, como por arte de birlibirloque pero
no, al siglo veintiuno. A mayores te regalo una clave sobre este cuento, que
es, además, una referencia sólida para leer el libro entero. La historia en él
contada dialoga con “El gran vidrio”, de Duchamp, aquella obra titulada “La
novia desnudada por los solteros”, y también con “El egipcio”, de Waltari.
Leí el libro tres veces para poder presentártelo con
conocimiento de causa. Me la jugué. Jugué con el autor, que no se dejó ganar,
qué va. Gané porque me entregué sin más. Y ahora el libro me pertenece. Ahora
sí puedo decir con la boca llena que se trata de un libro maravilloso, y no
sólo por lo insólito, sino maravilloso en todos los órdenes posibles.
Estimado homo ludens-lector,
hasta aquí llego. Te coca a ti. Haz juego.
CONTOS INCIDENTAIS E OUTRAS NARRATIVAS – Lumme Editor







