martes, 30 de junio de 2020

ENTREVISTA AL ARQUITECTO JORGE TAMARGO



 CONSULTORIO MÉDICO EN LA HABANA VIEJA (1988-1990) / IMAGEN DEL AUTOR (1985)


Hace cinco o seis años, no recuerdo bien, una joven cubana, estudiante de arquitectura, se puso en contacto conmigo a través del correo electrónico para realizarme una entrevista corta por escrito. En aquel momento ella estaba investigando la arquitectura producida en Cuba en los años ochenta, y según dijo, sobre este tema versaba su Tesis de Grado. Le atendí con amabilidad, como es lógico, pero no supe mentirle siquiera piadosamente, siquiera por la complicidad que me inspiró, pues la chica hizo que rememorara mi propia graduación de arquitecto, en 1985, con un trabajo de investigación sobre la Modernidad en la arquitectura cubana (1930-1960).

Yo también tuve que buscar mucha información para hacer aquel trabajo. Pero en mi caso, como la postrera arquitectura republicana estaba todavía muy desatendida (era cosa de burgueses y apátridas), la información no documental resultaba de muy difícil acceso. Tuve que escribir cartas furtivas (si me hubiesen descubierto la habría pasado mal) a algunos de los artífices del Movimiento Moderno cubano que vivían entonces en los Estados Unidos. Sin que el correo postal del Régimen tuviese nada que ver en el asunto, entré en contacto directo con los arquitectos Nicolás Quintana y Manuel Gutiérrez, quienes fueron muy amables conmigo. A ellos los quise mucho. Con ellos construí y mantuve por muchos años una sincera amistad.

Ambos, Nicolás y Manuel, creyeron hasta sus últimos días, con buen criterio, estimo, en lo que habían hecho en Cuba, sobre todo en La Habana, junto a otros colegas de su generación entre 1940 y 1960. Y como creían en ello, vibraban al recordarlo, al recrearlo; se mostraban muy agradecidos al ser preguntados en relación a. Ellos veían a salvo parte de su legado en nuestra curiosidad, en el hecho de que algunos de los arquitectos jóvenes de la isla aprobáramos, apreciáramos y nos sintiéramos influidos por su obra.

Yo, sin embargo, muy pronto dejé de creer en lo que hicimos allí los más inquietos arquitectos del país en los años ochenta. Dejé de creer en ello, incluso antes de emigrar; digo más: incluso antes de que se acabara la década. No reniego de nuestra inquietud, de nuestras ganas de cambiar las cosas. Eso no. Reniego de los resultados concretos de un trabajo que hicimos arquitectos prácticamente recién graduados, víctimas además de la severa ruptura cultural que el Régimen cubano había provocado en el continuo de nuestra tradición arquitectónica, justo por pretender borrar de un plumazo lo que habían logrado colegas tan capaces, o al menos tan sugerentes como los ya mencionados, a los que añado: Eugenio Batista, Emilio del Junco, Mario Romañach, Frank Martínez, Max Borges, Humberto Alonso y Ricardo Porro, entre otros. Incluso parte de la obra que en aquella “época burguesa” construyeron arquitectos en teoría hurtados a la burguesía por el Régimen, como Antonio Quintana, Fernando Salinas o Raúl González Romero, por ejemplo, permanecía encubierta. Salvo en raras excepciones (apuntes ligerísimos y sigilosos en clases de historia, y siempre sobre edificios de cariz público o social), la arquitectura moderna cubana no formaba parte de los currículos académicos en las Escuelas. Era tema tabú, también, porque en muchas de aquellas magníficas residencias burguesas vivían entonces, bien tapaditos, poltrones, apegados al confort burgués, los principales líderes de la revolución proletaria, convertida, según ellos, en dictadura del proletariado. Ay…

Entonces se podía estudiar la arquitectura colonial cubana, que ya se comenzaba a maquillar como a una señorona venida a menos pero de gran abolengo, para llevar hasta sus pechos apuntalados al antes maldito turismo internacional. La arquitectura colonial sí. (Era uno de los arponcillos para pescar encandilados forofos de los belenes ateos). No la republicana. Matizo: si se trataba de obras de las primeras décadas (1900-1930) levantadas por arquitectos extranjeros, o por nacionales que hubiesen muerto o se hubiesen jubilado antes del triunfo de la Revolución, bueno, tenían un pase. Pero obras proyectadas y construidas por los “gusanos desertores”… ¡De eso nada!

La mayoría de los arquitectos inquietos de mi generación creía conocer (subrayo creía) la arquitectura colonial cubana, como también creía estar al tanto (vuelvo a subrayar creía) de lo que pasaba en el mundo, entonces pletórico de postmodernidad. Pero ignoraba de cuajo la arquitectura republicana que proyectaron y levantaron aquellos arquitectos-demonio, entre 1940 y 1960, trabajando insertos en una tradición tan puesta en solfa como era aconsejable, tan atendida como era sano. Insisto, la mayoría de nosotros desconocía la referida arquitectura (lo digo sin paños calientes), por más que algunos estuvieran al tanto de su anecdotario más trivial, y lo sirvieran envuelto en discursos seudo-sociológicos. Con tal déficit trabajábamos.

Creo, sinceramente, que me salvó de creerme, comerme y mal digerir aquel entremés de autoestima, entre otras cosas, el estudio profundo de la arquitectura moderna habanera. Y adjetivo profundo (perdonad la pedantería) porque jamás me interesó el vodevil que aderezaba su superficie: la vertiente chismosa, quiero decir (podría haber dicho historicista, nunca histórica, pero digo chismosa con toda intención: los clientes, sus amoríos, el origen de sus rentas, las anécdotas cliente-arquitecto, el politiqueo alrededor de las obras, las adjudicaciones y sus mecanismos, etc.), sino que me centré en perseguir sus enseñanzas concretas con una vocación disciplinar. Haciéndolo me di cuenta de que no podíamos producir nada de verdadero peso si nos debatíamos de manera estéril entre los cánones soviético, bauhausiano, postmoderno, colonial y colonial-postmoderno, por mucha vehemencia que pusiéramos en el debate, saltándonos a la torera lo filtrado y sedimentado por sesenta años de arquitectura nacional republicana.

Eso nos pasó: no estábamos bien preparados. Teníamos ganas de rebelarnos, y aunque con tibieza, lo hicimos. (Digo con tibieza porque ninguno de nosotros fue a la cárcel, destino inapelable allí para los rebeldes ardientes). Pero nuestras armas eran de pega. Habían sido trucadas por el Régimen. La supuesta rebelión convenía más a ellos, los represores, que a la arquitectura nacional o a nosotros. La cosa se quedó en un pataleo improductivo que apenas disminuyó la presión en la olla. No sé qué pudo pasar después (o sí lo sé, pero me inhibo de entrar en ello aquí, ahora), mas en los ochenta pasó muy poco y de muy poca importancia. Lo siento, pero es la jodida verdad. Se concretó muy poco y de escaso o nulo interés arquitectónico, si nos ceñimos a las obras construidas (pésimamente construidas para más inri), que se apartaban del anodino montón y mostraban ciertas pretensiones formales.

Otra cosa fue el revoloteo de dibujos más o menos arquitectónicos, que como parte de una quimérica apoteosis de los dibujantes otrora reprimidos (porque en los sesenta y los setenta hasta dibujar cosas alejadas del canon oficial era punible), se hizo presente en revistas, conferencias, exposiciones, concursos… Dibujos más o menos contundentes, más o menos graciosos, epatantes, agresivos, abrasivos, ingenuos… ¿Arquitectura? Nones. La arquitectura, nos guste o no, es otra cosa. Es lo que es, qué le vamos a hacer. Se materializa (ojo, se material-iza) y se expresa como cosa visible y tangible en el tiempo y el espacio, colonizándolos a la luz (natural y psicológica, física y hasta metafísica) de los hechos. Afecta directamente al alma y al espíritu, pero entra por los sentidos como entidad material, fenoménica. Se ve y se toca. Se mide y se pesa. Nos rodea y la rodeamos. Se visita. Se penetra. Se ocupa. Se transita. En fin, se goza o se sufre con los sentidos que están a cargo de informar la realidad objetiva. Y cuando, por hache o por be, deja de servir a quienes la usan y juzgan, cuando decae tanto que deja de ser útil hasta como simple construcción y pierde su valor de uso, no se puede desdibujar como por arte de birlibirloque, no, debe demolerse con maquinaria pesada o explosivos. ¿Acaso la ensoñación dibujada precisa ese tipo de agente demoledor? La ensoñación arquitectónica en sí misma no produce arquitectura, no es arquitectura.

Hay que decir, además, que aquellas ensoñaciones eran también muy cuestionables. Algunas (menos mal que no llegaron a concretarse) eran espantosas, producto de lo perdidos que andábamos. Pero ese es otro asunto. Como el sueño del pan no se come, y aquí hablamos de pan comido, el sabor del pan soñado en este texto no viene a cuento. No es que no pueda hablar de ello. No es que a veces no tenga ganas de hacerlo. Es que aquí no toca.

Con lo dicho arriba no pretendo denostar la labor de los buenos dibujantes de la época. Para nada. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, a Rafael Fornés, el mejor de todos desde mi punto de vista, pura gracia él; o a Alejandro Rodríguez, un gran desconocido porque no se mostraba demasiado y murió joven; o a Francisco Bedoya, un dibujante frío y matemático, casi robótico, que nunca me gustó, pero que producía imágenes de gran factura, como hechas con lupa, inéditas en el panorama del dibujo arquitectónico nacional; o a Orestes del Castillo, pleno de fuerza expresionista, todo lo contrario a Bedoya; o a Rolando Paciel, que mezclaba el dibujo arquitectónico con un imaginario más propio de la pintura obteniendo excelentes resultados; o a Eduardo Rubén, ya más pintor que arquitecto, que hacía justo lo contrario también con éxito? No los olvido, no. Los reconozco y valoro, porque las ganas de cambiar las cosas debían ser expresadas por todos los medios posibles. Pero hablábamos de arquitectura, ¿no?  

Como veréis a continuación, no expliqué todo esto a la entrevistadora, a quien no nombro por discreción y prudencia, y quien, estoy casi seguro, no pudo incluir en su trabajo todo lo que dije. (¿Habrá incluido algo?). No se lo expliqué en detalles porque sabía que no tenía mucho sentido hacerlo y que no la ayudaría. Espero que me perdone.

Lo cuento ahora en público, a toro pasado, porque de casualidad di con aquella entrevista buscando datos para actualizar mi página web. ¿Interesará a alguien? No lo sé. Puede que ni a mí me interese demasiado. Pero está bien que la publique con esta introducción aclaratoria, por qué no. Cuando menos, me sirve para honrar a tres arquitectos-profesores, que aun estando en mayor o menor medida implicados en el Régimen (¿quién, entre los que todavía vivíamos en la isla, no lo estaba de algún modo por acción u omisión?), tuvieron la suficiente luz larga para encajar lo que les expresé primero como dudas, y después, en tanto lo iba permitiendo el progresivo aumento de la confianza mutua, como claro desacuerdo con lo que se cocía y cómo se cocía. Ellos, tal vez arriesgándose en alguna medida, quién sabe, confiaron en mí, me ayudaron a crecer sin exigirme que dejara de ser yo mismo. Hablo de Élmer López, Fernando Salinas y Luis Lápidus, de quienes también más de una vez vislumbré el revés tras la fachada, y a quienes también quise mucho. Eran tiempos aquellos de fachadas e interiores falsamente conectados, nada simétricos o recíprocos. Y así siguió siendo allí. Sigue siéndolo hasta hoy. No para mí, claro. Hace casi treinta años que no para mí.   


CUESTIONARIO Y RESPUESTAS:


¿Qué le motivó a estudiar Arquitectura?

Nada en especial. Fue una feliz intuición. Tal vez buscaba algo que tuviera dos venas: la artística y la técnica.


Cuando comenzó a estudiar la especialidad, ¿existían algún o algunos profesionales paradigmáticos para usted?

En aquel momento no conocía a ninguno, ni siquiera por su nombre. O sea, no.


Según los documentos oficiales su formación corresponde al Plan A. ¿Quiénes  fueron  los  profesores  que  más  influyeron  en  su  etapa  de estudiante?

Élmer López, Fernando Salinas y Luis Lápidus, por ese orden.


Tengo conocimiento de que en 1984 recibió el Primer Premio en el Concurso Mundial de Arquitectura El Hábitat del Mañana. Le agradecería refiriera algunos elementos importantes en torno al mismo. ¿Algún profesor lo apoyó en este proyecto?

Fue un trabajo inmenso que realizamos entre cuatro estudiantes: Marisela Niebla, Alberto Rodríguez, Andrés Hernández y yo mismo. Nos asesoramos con muchos arquitectos, profesores o no. El profesor que más al tanto estuvo de lo que hacíamos fue Élmer López. Pero no tuvimos ningún tutor.


¿Qué significaron los cinco años de carrera para su futuro profesional?

La carrera, como siempre ocurre, es, en el mejor de los casos, un agente motivador. Aprendes el abecé de la profesión, poco más. En mi caso (soy muy curioso) me ayudó a ampliar los intereses más allá de la arquitectura, en dirección al humanismo. No puedo medir cuánto marcó la carrera en sí mi futuro profesional, pero los premios que gané mientras estudiaba, sobre todo los internacionales, sí que me ayudaron bastante. Por otro lado, la formación técnica adquirida en la carrera, aunque muy elemental, me sirvió también como acicate para seguir investigando.


Usted fue graduado del ISPJAE en 1985, ¿pudiera comentar sobre su ejercicio de graduación?

Fue un trabajo de investigación sobre el Movimiento Moderno en la arquitectura cubana (1930-1960). Llevaba años trabajando en este tema cuando lo hice. En este trabajo sí que fue muy importante la tutoría de Élmer López.


¿Existieron otras influencias foráneas o nacionales durante su carrera o luego de graduado?

Mientras estudiaba, me influenciaron mucho los grandes maestros del Movimiento Moderno. Cuando me gradué, lo hicieron especialmente los neorracionalistas italianos y españoles.


¿Qué profesionales colaboraron en su desempeño laboral?

En Cuba, sobre todo Luis Lápidus, que me llevó a trabajar al CENCREM (Centro Nacional de Restauración y Museología). Durante toda mi vida: Marisela Niebla, arquitecta de mi graduación con quien comparto la vida en todos los sentidos, también en el profesional.


En mi investigación le otorgo especial atención a los eventos, exposiciones y concursos realizados durante 1982 y 1991, en este sentido, ¿cuáles considera de mayor relevancia?

En mi opinión, el concurso más relevante en la época fue precisamente el que ganamos: “El Hábitat del Mañana” (1984), por su repercusión nacional e internacional. En cuanto a las exposiciones, hubo varias de relativa importancia. Recuerdo, por ejemplo, la exposición de arquitectura en la Bienal de Arte (¿90?, ¿91?) en la fortaleza de La Cabaña. Fue la primera vez que se hizo algo así allí.


¿Cuáles obras o proyectos realizados en este momento ―propios o de sus colegas―, cataloga como significativos?

Ninguno, créeme. La mayor parte de lo que se hizo en la época constituyó un pataleo desorientado. El Régimen había perpetrado una rotura gravísima en el continuo tradicional de la arquitectura. Todos andábamos perdidos. No hay arquitectura (ni ninguna otra cosa) viable si no se inserta en una tradición. Todo aquello fue una divertida majadería. No podía ser de otra forma.


¿Qué opinión le merece el desenvolvimiento arquitectónico suscitado entre el 1982 y el 1991?

Bueno, como se desprende de mi respuesta anterior, mi opinión no es muy buena. Ahora bien, en un período en que todos (o casi todos) esperábamos profundos cambios socio-políticos, estuvo bien que las cosas comenzaran a moverse, quiero decir, a apartarse del inmovilismo empedernido y obediente que caracterizó la década de los setenta. Que sucediera algo, eso era importante. Lo sucedido no tuvo la menor importancia, sin embargo, en términos arquitectónicos o urbanos. Los mayores eran víctimas de un justificado escepticismo. Los jóvenes éramos tan jóvenes… Ni los unos ni los otros estábamos en condiciones de producir obras realmente significativas. No lo hicimos, claro, aunque muchos majaderos vayan por ahí diciendo lo contrario.


Por favor, si considera algún otro aspecto significativo que no se haya abordado durante la entrevista, refiéralo.




jueves, 25 de junio de 2020

ENEMIGOS DE LAS ESTATUAS



                                                                                                                           GETTY IMAGES
                                          
                             
                            De errores en errores resbalando.
                                                  Lucrecio


                                                           
De errores en errores resbalando (qué poco entendimiento retengo), después de mucho sopesar si tendría o no sentido hacerlo, me planto ante vosotros decidido finalmente a dedicar unas palabras a los enemigos de las estatuas que han brotado como setas en nuestras rubias sociedades. Porque… qué rubias, qué altas, qué guapas, qué pulcras y puras y perfectas resultan estas multitudes europeas y norteamericanas, precisamente por pretender no serlo, ¿no? Qué bien encaran el futuro del hombre nuevo. Qué preparadas llegan a la cima de la historia para resolverla de una vez por todas a su imagen y semejanza. Cuán cargado traen el abazón de pepitas extraídas de la imbatible fruta-trina: libertad-igualdad-fraternidad. Qué cargamento, Dios, qué maravilla de Trinidad renovada. No entiendo, la verdad, por qué me dan tanta pena, tanto… Sí, está claro, encarnan el futuro mismo de la especie que al fin activa su golden-gólem. 

¿Estatuas? ¿Para qué? Son un viejo despropósito helenista llevado al extremo por Miguel Ángel (racista / esclavista / papista / artista… bah) que incomoda al hombre nuevo, sólo, si no alude a su gesta. En una plaza pública de Leganés, por ejemplo, hay un busto de Ernesto Guevara (―vaya, hijo de puta, al fin, después de tantos años, te mencioné en un texto, espero que no te acostumbres porque lo más seguro es que no vuelva a hacerlo jamás) que parece encararse con los que esperan por su bala de plomo y odio ante el paredón de fusilamiento. Este busto, sin embargo, está libre de zozobras (rei)vindicativas. Y mira que el tipo fusiló a contrarios políticos, incluso a simples desafectos, y mira que dijo en la mismísima ONU, urbe et orbi, que lo hacía con plena convicción, sin arrepentimiento, y mira que escribió barbaridades contra los negros de África y los “indios” de Latinoamérica… Pero este pistolero conecta con el hombre nuevo por una de sus venas cava. Está a salvo. Es la cava que lo conecta también con la momia de Lenin. Mas de momias no hablamos hoy. Hablamos de estatuas. Al menos de refilón, hablamos de ellas. 

Estos chicos que desestatuan nuestras ciudades, que las limpian de reminiscencias racistas y esclavistas apuntando a un futuro que tiene que ser por fuerza magnífico, son nuestros hijos, y muchos de ellos estudian en nuestras universidades. No entiendo cómo, con semejante lastre, pueden ser tan listos y elevados, tan justos, tan intrépidos, tan valientes… El caso es que levantándose por encima de nuestras ruinas, tienen un pie y medio metido en la Gloria. Por fin consumarán su destino, esto es, colmarán la humanidad. Porque como bien dice Nona, una puta retirada de la que soy amigo: esta gente piensa que la historia entera de la humanidad ha tenido un sentido último muy concreto y simple: resultar un mero camino que se colma en el presente. Creen (sí, lo creen, aunque no sean conscientes de ello) que el momento en que viven no es ni más ni menos que la plétora de la historia. La historia, que claro, tiene sentido, insisto, si es para colmarse en su propio tiempo, al calor de sus inquietudes y pretensiones. Nona está segura de que estos genios creen haber venido al mundo para zanjarlo de una vez y para siempre. Son los reyes del positivismo, verdaderos diosecillos de pulgar oponible. Van a redefinir todos los conceptos, incluso los de hombre y mujer, incluso yendo contra la reaccionaria biología y la más reaccionaria aún psicología humana. Nona, que es una triste vieja leída, en una ocasión, delante de mí, dijo a Kique, uno de estos majaderos tumba-estatuas: «Ustedes son el fruto esenciado de la Gran Revolución Francesa, es decir, del brazo armado de la Ilustración, que como decía un pensador americano (se refería, creo, a Lovejoy), asumió que la naturaleza humana era simplona, como también lo eran los problemas políticos y sociales. Ya saben: dejemos de lado unos pocos errores antiguos, eliminemos las complejidades que suponen los sistemas metafísicos y los dogmas teológicos, restauremos la sencillez del estado natural, y… ¡zas!: la humanidad vivirá feliz como una perdiz en lo adelante. Así, como quien resuelve una regla de tres, acabaran ustedes con la explotación del hombre por el hombre, con la propiedad privada, con la sociedad de clases, con las diferencias de todo tipo entre los seres humanos, con el patriarcado, con las naciones tal y como están constituidas, con las religiones… y, cómo no, con la prostitución: la femenina y la masculina. Porque ustedes, al fin y al cabo, vinieron a resolver y a sellar al ser humano, a convertirlo en máquina». 

Pobre Nona, qué vieja está. No entiende a estos muchachones que también se completan a sí mismos como números de una gloriosa multitud. Pero, ¿realmente saben lo que hacen, son conscientes de ello, coherentes con su ideario? Un muy otro Guevara: fray Antonio de, franciscano del lejano XVI, escribió:

Yo veo que todos abominan de la soberbia, y ninguno sigue la mansedumbre; todos condenan el adulterio, y ninguno veo continente; todos loan la paciencia, y a ninguno veo sufrido; todos reniegan de la pereza, y a todos veo que huelgan…; que con la lengua todos blasonan de las virtudes, y después con todos sus miembros sirven a los vicios.
   
Sobre esto, José Corts Grau, un erudito español del también lejano XX (que el tiempo va que se mata, oye, en favor de la suma edificación humana), lector de Unamuno, ese viejísimo y trasnochado autor que tan bien conoce Amenábar, dijo:

¡Qué trecho entre ciertas verdades admitidas, puestas en circulación, y la verdad profesada, entre el asentimiento pasivo y la auténtica veracidad! […] El porqué lo sabe cualquier psicólogo: porque la pasión nos impide discernir en el caso particular los principios que reconocemos por modo universal. De ahí lo inocuo de tantas conversaciones y declaraciones y protestas. Allí hay acuerdo; donde fallamos es en el paso de la afirmación general al trance particular. Y frecuentemente el interés, la minuciosidad escrupulosa con que solemos entregarnos al estudio de los principios, no es más que pánico a encararnos con su aplicación concreta.

Puede que justo por eso, estos chicos, que cuando se juntan en multitudes, ¡hala!, van en pos de grandiosos principios sociales, y entonces destrozan estatuas (¿templos de la memoria?), después de haber hecho lo mismo con los templos del comercio; en su más estricta intimidad sean consumidores empedernidos y adoradores de momias. ¡Vivan Lenin y Amazon! Porque claro, estos chicos saben tanto, que se dan el lujo de ignorar cosas baladíes, como por ejemplo que son el producto más genuino de una sociedad con economía crediticia, cuya Espisteme, la Tecnología, hace más de doscientos años que se confabuló con el mercado y la democracia para hacer posible que surgieran y hasta triunfaran seres tan incoherentes. Que no son personas que forman parte una comunidad (qué va, cómo van a ser una cosa tan vieja), son números que engrosan una multitud. Las multitudes son siempre enajenadas, decía Horacio. Y cuando uno se enajena, que es lo contrario de ensimismarse; o sea, cuando sale de sí para integrarse en un organismo (mecanismo, más bien) que no lo tiene en cuenta como ser individual de viva intimidad que se desarrolla y sublima en un entorno social, sino como medio para alcanzar un ser común plenipotenciario, estructural y general, frío y lejano como la razón misma, que zampa y defeca frases bien sonantes sin haberlas ni rozado con la duda; cuando esto sucede, digo, hay poco que hacer, al menos para los viejos como Nona o yo. 

¿Colón? Bah, un racista, un esclavista… Lo dicen estos genios californianos, parisinos o madrileños que creen tener la historia resumida, hecha pelotilla de tiempo muerto en las palmas de sus manos, lista para ser pasada por el tamiz de sus rimbombantes títulos universitarios; repasada, repesada, decretada finita y finiquitada bajo su acción resolutiva: pim, pam, pum. 

Y ahí van, demoliendo estatuas. ¿De quiénes? Y qué más da. Por listos que ellos sean y tontos que seamos nosotros, no vamos a tragarnos eso de que las demuelen porque éstas loan a personajes que fueron racistas. (¿Estoy de verdad dando bola a este argumento, siquiera mencionándolo? De arte ni una palabra, por favor, Jorge). Demuelen estatuas, no porque sean bárbaros, no, todo lo contrario. Lo hacen porque son bestialmente decadentes, y vienen (eso creen, los muy…) a señorear en la desmemoria de nuestros escombros. Son una multitud aspirante (ni siquiera de aspirantes) a la cúspide de la escombrera desde donde no se podrán ver las estrellas de siempre. Son puro golden-gólem, puro extracto de hombre nuevo, puras heces del hombre-hombre casi vencido. Como diría Emerson: Es la lenta pero segura reclinación del hombre / que estrella tras estrella abandona su mundo. Emerson y yo hablamos aquí de Europa y sus otrora estupendas emanaciones. Es triste, pero por suerte hay más mundo, incluso en este mundo. Y quién sabe si allí la estatua de Dios siga siendo intocable por intangible.