verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

miércoles, 17 de octubre de 2018

GAMONEDA Y KOZER: DISTINTO Y JUNTO







Esta tarde nos acompañan para leer algunos de sus poemas, dos grandes autores, canos, pero todavía en pleno trance creativo, que han dedicado su vida a la esmerada manipulación de la palabra escrita (y dicha) en español. Antonio es, simplemente, nuestro gran maestro; no necesita presentación en esta plaza. José, por ahora, sólo por ahora, puede que sí. Seré muy breve, porque él sabrá presentarse con solvencia a sí mismo. Digamos que es un vanguardista ecuménico. Un vanguardista nacido en La Habana, que sin embargo produce poesía anclado en la tradición: una pata en Occidente, otra en el Medio Oriente, y la tercera (que a tales dominios llega) en el Lejano Oriente. Añadamos que, como ha pasado con la obra de Antonio, la de José ha sido muy difundida y reconocida, aunque en España todavía tenga camino por recorrer en ambos sentidos. 

Antonio y José nos mostrarán dos pulsiones poéticas disímiles, ambas de muy alta calidad, que puestas en paralelo activan un vasto abanico formal, a la vez que revelan los extremos más conseguidos de nuestra poesía, sus ápices más sugerentes. Dos primeros oficiales en la botica del idioma, eso son estos autores. Dos primeros oficiales en esa botica donde se trabaja con esencias, anécdotas, fórmulas, probetas, reverberos… pero también dos expertos en la lonja (reglamentaria o no) donde se negocia con dudas, intuiciones, fracasos, hallazgos y hasta milagros; lícitos o ilícitos, oreados en mostradores o recluidos en lámparas maravillosas. Dos expertos (ambos con nombre de santo y oficio de pecador) en busca de una moneda de curso legal que tener bajo la lengua cuando arda la pira, y también de un óbolo tramposamente acuñado, capaz de confundir a Caronte cuando resulte inevitable emprender el penúltimo paseo. Óbolo tramposamente acuñado, digo, y por ello de curso alternativo entre los díscolos sacerdotes, magos y creyentes que integran la inmensa minoría

Y como aquí, ahora, no están en su laboratorio, sino en pleno mercado (fijaos que digo mercado, no mercadeo), como deben ensayar ante nosotros el engaño que urdieron contra Caronte en busca de la eternidad, (eternidad suena excesivo y hasta rimbombante, lo reconozco, pero qué menos se puede pretender con esta ocupación tan poco ávida en otros órdenes) no vienen a endosarnos tediosas formulaciones o redacciones, que, por otra parte, son incapaces de producir; sino a encantarnos con sus poemas. No vienen como expertos boticarios, que también, un poco; sino, y sobre todo, como gerifaltes que son en el comercio poético. Debemos aceptar su juego. Estamos aquí para ser encantados, ¿no? Doy por hecho que vinimos a por verdad poética, no a por discursos prosaicos con aires canónicos. Pues bien, estamos ante dos escépticos impenitentes, que sin embargo son reconocidos en territorio hispanohablante como peritos en encantamiento. Si yo no fuera hoy su pregonero, tal vez por pudor callaría lo que diré enseguida; pero me toca dar el pregón, y no me corto, pues creo que siendo consecuente con mi papel, debo proceder con una subjetividad honrada; y por ello os digo que Antonio y José son dos de los mejores poetas vivos de nuestra lengua; esto es, dos de los mejores taumaturgos a que podemos echar mano, si es que hemos decidido entregarnos por un rato a la magia de la poesía dicha / escuchada. No entregarnos romántica o patéticamente, qué va, no nos equivoquemos, ellos sólo trafican con emociones inteligentes; sino avenirnos al río de la única verdad verosímil, que como dijo otro gran poeta, y por ello buen fingidor, va por cauces de mentiras

Que nos encanten. (Estamos fuera de peligro. Su palabra nunca contagia humedades retozonas: ni baba, ni llanto. Sus luces y sombras son secas. Persuaden por tensas, no por laxas). Que deslicen ante nosotros su versión de la verdad, esa leyenda, a través de la poesía: único vector infalible de lo legendario. Hoy presenciaremos un acto más de la obra de siempre, la siempre actualizada y representada, la que más importa; cataremos la corriente (rápida o tarda, según se tercie) de la mejor imagen poética. ¿Seremos capaces de fluir en el trecho a que nos conviden estos maestros? Seguro que sí. Vienen a encantarnos, insisto… cantándonos. Porque, preguntémonos: ¿qué, si no música y canto, es en última instancia la poesía, tenga la letra que tenga? Estamos ante dos creadores, que son, además, virtuosos de la interpretación. Antonio y José leen sus propios poemas como pocos saben hacerlo. Sus obras son muy diferentes, sus puestas en escena también (de ahí el título Distinto y junto que para esta lectura pedimos prestado a fray Luis), pero ambos son intérpretes con mucho oficio. Claro, como es de suponer, no escucharéis reguetón, lo que no será un problema, ¿a que no? Intuyo que no fue la devoción por Su Majestad El Trasero, la que llenó esta sala. Apuesto a que fue la inclinación, finamente dramática, que sentís hacia la buena música y la buena mentira, o sea, hacia la VERDAD con mayúsculas y bien entonada. 

No podremos pagarles como merecen, lo sé. La Organización no dispone de cabras o gallinas… No os riais: Sófocles debió recibir una cabra, o una gallina y una cesta de higos, no estoy del todo seguro (los entendidos en bio-gratificación no se ponen de acuerdo al respecto), cuando ganó su primer concurso en Atenas con un drama titulado Triptólemo. (Qué disgusto debió llevarse la mujer de Esquilo). ¿O fue con Edipo Rey, que el de Colono pudo merecer y recibir tan jugosa recompensa?... En fin, hoy Antonio y José no contentarán a sus chicas: María Ángeles y Guadalupe (a quienes desde aquí saludo y compadezco), entregándoles un bicho que meter en la cazuela. Sin embargo, de nuevo frotarán su lámpara ante un público entendido, entregado; y con éste, su paso por Pucela, tierra acostumbrada al roce con poetas eminentes (propios, avecindados o en tránsito), lograrán, no lo dudo, que su moneda de curso legal alcance mayor valor en los bazares olímpicos, y que su óbolo alternativo, acaso más zurdo / bizco / muengo… precisamente por serlo, siga perfilando el arte para engañar al Barquero. 

Os dejo con ellos. No tengo aquí monedas, ni legales, ni trucadas. Sólo podré aplaudir las evoluciones de los maestros. Y para hacerlo me aparto, porque, como decía el padre de un amigo, que era un sagaz tratante de ganado: un hombre sin dinero es un bulto sospechoso. A lo que sumo: si carece de miedo escénico y se pasa con el parloteo, ipso facto deviene culpable.


6 comentarios:

  1. Una presentación de lujo, digna de usted y estoy segura de que también digna de los autores presentados.
    Me estaba preguntando, por otra parte, qué cara se me hubiera quedado a mí si mi galardón hubiera consistido en una cabra o una gallina. Aunque, eso sí, hubiera agradecido la cesta de higos.

    Feliz día

    Bisous

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    1. Muchas gracias, amiga enmascarada. Sí, lo de la cesta de higos sin duda enlaza con su delicadeza. Mi abrazo.

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