domingo, 11 de enero de 2026

LOS NUDOS DE MAY CRIADO

 



                                                                  Es la formación y no la forma lo misterioso.                                                                                                                               G. Bachelard                                                                                         

 

Ayer estuve en la inauguración de una exposición muy especial. En la sala “Espacio Abierto” de Valladolid (calle Alonso Pesquera, 4), se juntaron las obras de Begoña Pérez (pintura) y May Criado (escultura), que, por raro que parezca en esta época de roturas y flecos, de anécdotas y ripios inconexos, de ocurrencias, disparates y loas a lo insignificante, entablaron un diálogo formal con gran sentido estético. Nudos y Tránsitos se llama la exposición. Nudos y tránsitos que, en dos o tres dimensiones, según el caso, bailan una música parecida, y, sin embargo, entonan letras muy distintas. Diálogo estético sobre similar tema. (¿Hay algún tema que merezca la pena más allá del Tiempo, acaso del espacio atravesado por Él, de la luz con Él dentro?). Nudos y tránsitos en el Tiempo. Recursos formales de alguna manera emparentados, pero respuestas distintas, puede que opuestas: Begoña Pérez lanza al vuelo lo que May Criado apea. Begoña Pérez explora en el aire. May Criado cava. Ambas trabajan con la luz de forma diferente: Begoña Pérez lo hace en el ático de un día nublado. May Criado lo hace en el sótano de un día soleado. Begoña Pérez transita su tiempo explorando las líneas que trazan en el viento las puntas de sus cuerdas. May Criado lo hace tejiendo las suyas, anudándolas. Begoña Pérez danza en el laberinto, busca la salida en sus afueras. May Criado recrea el laberinto, busca la salida en su mismísimo centro. Begoña Pérez relaja su yo, se distrae de sí. May Criado se ensimisma. Hacía mucho que no presenciaba un diálogo tan sugerente sostenido por dos artistas entre las cuatro paredes de un espacio tan pequeño. Magnífico.

Aunque, por razones diferentes, ambas obras me parecen reseñables, necesitaría muchas palabras para abordarlas con detenimiento. Por eso, y tal vez porque mi actual estado de ánimo así me lo pide, aquí y ahora abordaré con brevedad la obra de May Criado. Impactado por su forma, y siguiendo la máxima de Bachelard recogida en el encabezamiento, trataré de husmear en su motor, es decir, en el misterio de su formación. Lo haré sin perforar viciosa y ociosamente. (La obra de May Criado no es diserta, no pretende en primer lugar la disertación discursiva, no se trata de oratoria o prosa, sino de poesía). Aunque algo perforaré, lo haré, o trataré de hacerlo sin un afán semiótico, sabiendo que me enfrento a una obra artística de alta calidad, que debe entenderse como una emergencia expresiva, mucho más poética que significante. Ah, pero resulta tan evocadora, también para las entendederas… Estas esculturas de May Criado me hicieron saltar varias veces del éxtasis al sobresalto y del sobresalto al éxtasis, pasando siempre por la cosquilla inquisidora. Me hirieron por varios flancos y me obligaron a respirar por las brechas.  

Y es que May (permitidme la confianza y la consecuente omisión de su apellido en lo adelante) es tan artista, que sin pretenderlo te somete a un torbellino de preguntas que, como suele suceder frente al arte grande, jamás alcanzan respuesta suficiente. «Limítate a sentir, pesado», me digo una y otra vez, pero… insisto, las piezas resultan tan evocadoras… Caigo en mi fosa analítica. Pataleo. Salgo. Vuelvo a caer, como si nunca hubiese puesto un cirio ante una imagen religiosa. Pataleo. Salgo. Vuelvo a caer, como si me iluminase un sol con talante oficinesco. Pataleo. Salgo. Vuelvo a caer y a salir una y otra vez. ¿Por qué?        

May, como diría Lorenzo García Vega, lleva dentro de sí un saco lleno de gatos furiosos [… sufre] una ardentía constitucional. Y además, es una mujer de su tiempo aferrada al Tiempo. Esto es: trabaja atenta a los latidos de la vanguardia, a la vez que carga con el peso de la tradición. En sus piezas queda claro: se trata de una mujer rebelde que, sin embargo, cuando se pone a trabajar, sin saberlo escucha al ángel bueno; sin saberlo atiende aquella sentencia de Oscar Wilde: en el arte, como en la vida, el estado de rebeldía cierra los canales del alma y no deja entrar los consuelos del cielo. Por eso, porque escucha al ángel y no a la serpiente, su obra trasciende por mucho la maroma pasajera. Por eso sus nudos resultan trascendentes. (Lo son por hermosos, oportunos, sólidos y sugestivos). Por eso no se forman con lacería barata, sino que parten de dobleces humanos que generan pliegues humanos. Pliegues que vuelven sobre sí mismos, que se retuercen como si en ello les fuese la vida, apuntando siempre a la totalidad en movimiento centrípeto. Sí, totalidad centrípeta. No hay en estas piezas de May un ápice de nihilismo centrífugo. Rebeldía ante el hombre viejo y respeto a su obra, a los antecedentes condicionantes que emanan de ella. (¿No terminará nunca el imperio de los viejos?, pregunta Novalis. No. Gracias a Dios, no, respondo yo).

Así que tenemos una artista capaz de generar espirales y nódulos de novísima factura, que se ajustan a una dinámica orgánica, a la vez que esferas aristotélicas con una vocación, claro está, de corte más metafísico. En todos los casos, yendo de la superficie visible donde operan los “accidentes” formales, al centro invisible donde reposa (¿reposa?) la esencia in-formada. (La forma de May nunca es epidérmica). En todos los casos, con imágenes que refieren un movimiento infinito, pero imantado. No se trata de fragmentos inconexos, sino de fragmentos rendidos al nudo-imán. Los nudos de May son espaciales, pero… (en sus mil alveolos, el espacio conserva tiempo comprimido; de nuevo Bachelard) están colmados de tiempo. Se generan y se mueven en él. Pareciera que este tiempo no es lineal y divino, sino circular y titánico. Pero a la vez, pareciera que un renovado Prometeo (medio titán, medio dios, medio humano), ladrón con el fuego en ristre, pudiese de nuevo, y al primer descuido, desequilibrar las cosas a favor del hombre.

Insisto, no se trata de una campanera de campanas mentales (Santayana). May es una artista. Sus campanas no son intelectuales, son poéticas. Sus obras no son pura geometría, no son matemáticas o problemáticas, son enigmáticas y hermosas. En el misterio de su formación, en la fuerza con que parecen actuar sus contrarios durante el proceso generador, tal vez radique su potencia expresiva. Expresividad que, gracias a todo lo antes dicho, cae a lo que Escohotado, refiriéndose a un principio anacreóntico, llamó sobria ebrietas […] armonía de lo apolíneo y lo dionisiaco.

En fin, un mundo de evocaciones que se resuelven finalmente en la belleza. Estas piezas de May son bellísimas. En realidad, no había que decir mucho más. Perdonad mi incontinencia. Si podéis, id a ver la exposición.