Resulta difícil seleccionar un fragmento en un libro como
éste, sobre todo, porque se trata de un poema narrativo de mil versos, en el
que todo zoom in, más que enfocar, excluye… resta. Puede que sea
en su último acto, teniendo en cuenta la vocación de colmo que casi siempre tiene
el final de un libro, donde el fragmento haga más audible la queja del imán que
a duras penas lo entrega. El imán protesta, y haciéndolo, desvela su existencia.
…Aparecen en mi sueño. Mi castaño centra
la primera escena. Lo sembré
con mi padre. Débiles ambos: él y él. El
uno
se muere a destiempo. Cae, quiero
decir,
siendo más mío que de la muerte.
(Aún disputo su nombre con ella). El
otro,
cepellón y palito que ya se distingue
de la hierba alta. Es mi jardín. ¡Ese
castaño
es mío! ¡Lo sembré con mi padre! Ah,
creer que un árbol te pertenece, que
padre
y jardín son tuyos, qué delicia. Creí…
Sueño
en cama nueva sin embargo; con animales
que nunca he visto. O sí, pero no en
obras,
sino rondándome. Una guarnición
de pertenencias noveles, meretrices
deliciosamente azarosas, me cuida. Me
avisa:
lo soñado no hace caja en la mañana que
alza;
su campaneo no quita la camisola
a la virgen que la inflama; ni la caspa
al cejudo funcionario que la registra.
Sueño. Pellizco al pasado
(bifronte y comodón). El futuro
escucha el ay (entre doloroso y placentero,
o sea, falaz) con que se muestra vivo
quien lo alimenta y lastra. Aparecen
la cabra y el azor. Me cuentan
sus aventuras. La cabra
tuvo un castaño (el mío), un pájaro
y una sombra. Habitó mi jardín (¿el
suyo?).
Viene de un sueño largo (el mío, creo).
El azor
la acompaña. La tripula. La abordó
a medio camino entre mi jardín y éste.
Tengo otro jardín. Sueño. La cabra
ramonea en él. El azor la monta. Ni
árbol,
ni pájaro, ni sombra. Nada. Tampoco
piedras.
«¿Qué buscan aquí?». La más casquivana
de mis guardianas corre un telón
oliváceo
sobre mis preguntas. ―Sueña, me dice,
apura
antes que los dioses decreten el vero
ictus.
Sigo el relato. Regreso al pájaro
carpintero.
Su pico, susto a susto caído, ya gallo escarbador
resana la raíz de mi castaño. Trabaja
en mi memoria. Primer disparo.
(A mi padre lo mató un meteoro). La
cabra
ya ronda el páramo. Aparecen
los actores secundarios. El azor
masculla.
Se considera protagonista: medio cabra.
No vuela. Es vegetariano (En mi jardín
pasa hambre. Sólo ácaros come.
No hay flores). El azor es el acento
no caprino que salvó a la cabra
cuando enfrentó la marea de congéneres
que constituyen La cabra endrina de Caronte.
El azor masculla, pero… si no son
principales
ni siquiera los dioses… bueno. La cabra
se hace nómada. Aparecen Ellos. Nadie
sabe dónde estuvieron, por qué
tardaron tanto. El purín. Eso es: el
purín
no era suficiente para estimular la zozobra
divina… Cada uno a lo suyo. Cada uno
produce en la cabra una hinchazón distinta.
Aquí los escopeteros sobran. ¡Fuera!
Todo sucede en mi jardín (¿aquél?, ¿éste?):
páramo / charco / holograma / sala de vistas /
abismo / cueva / arroyo… Mi memoria
es jardinera. Qué problemático quid. El
sueño
peldañea la inmersión del vividor
introverso.
¿La cabra es mía? Si lo fuese, lo fuesen
el azor, el gallo, el potro (ya unicornio,
seguro)
que aparece fugazmente en el relato.
Mi memoria vaga entre sus jardines.
El sueño los une. O no. Puede que
haga justo lo contrario. Lo sabré
cuando despierte. El corno suena. Temo
que la cabra y el azor se vayan,
que el sueño lo haga junto a ellos
sin desvelar un final creíble; un final
que
parta el pan entre aquel jardín y éste.
El corno sigue sonando. El relato se agota
poco a poco. Está a punto de aparecer
el unicornio. Aparece. Se pierde. La
cabra
vuelve al páramo. «¿Cuánto recuerda
su árbol / su pájaro / su sombra (los
míos,
quiero decir)?», me pregunto. Un pobre perro cerebral
que sueña. Eso soy, pero sin deudas.
Sólo las deudas de la cabra me incumben.
Y ella no las tiene. Me consta… El azor
está nervioso.
Da saltitos. Sabe más de lo que parece.
El corno… Ah, el corno. ¿Me despierta?
¿La cabra ha muerto? No. ¿Y el sueño? Tampoco.
Copa. Mi vodka sabe a leche. Sueñaquetesueña
sigo. Ahora el unicornio viene
cabalgado
por el gallo escarbador. Entran al
jardín.
No llaman al timbre. Entran a la casa.
Entran
a la habitación. Despiertan a mi mujer.
(¿Vero ictus?)
―Perdóname, le digo, sueño. ―¿Y estos
bichos?,
pregunta ella (los perros no ladran), ¿son
nuestros?
Cualquier
cosa de la que estemos orgullosos
debe,
de alguna manera, pertenecernos.
―¿Lo son? Despierto.
El libro está a la venta en la página de la editorial:
https://lummeeditor.com/catalogo/las-posesiones-del-nomada/
También se puede solicitar en el siguiente correo electrónico:
vendas@lummeeditor.com

Precioso esto que leido amigo, delicioso y vicioso desde el comienzo con lo del Castaño, el padre, la dualidad que siempre va con uno, los "alter ego" ya entrando en el mensaje de las pertenencias que a veces por intangibles no se tienen pero se sienten... De donde te salen esas ideas ? Ya el titulo subyuga. Me vienen a la mente Grandes como Juan Ramon Jimenez, Borges, o Tagore, aquellas viejas lecturas de juventud que poseiamos, o nos poseian, o ambas cosas, con fruicion, cuando no sentiamos ser nomadas aun, ni sabiamos siquiera lo que ibamos a ser, estas a la altura de esos Grandes,que ya es decir y claro está, con tu imprompta. Muy original y bella la edicion.
ResponderEliminarGracias, querido amigo, por tu lectura y tus generosas palabras. Cuánto me alegra que te haya gustado. Me sobreestimas, pero no importa. Lo importante es que sigamos dejándonos llevar por estas locuras, que a su manera miden la verdadera eficacia de la cordura. Las ideas salen de la experiencia vivida, experiencia que en mi caso ya hace montón. Es un montón de pretérito que se nutre día a día, y que apunta a un futuro más escuálido, a veces desesperadamente, a veces con dudoso sosiego. En cualquier caso, en ese montón estás tú, distinguido como alguien que no es del montón, del otro, quiero decir. Abrazos.
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