jueves, 26 de marzo de 2026

LAS POSESIONES DEL NÓMADA

 



Resulta difícil seleccionar un fragmento en un libro como éste, sobre todo, porque se trata de un poema narrativo de mil versos, en el que todo zoom in, más que enfocar, excluye… resta. Puede que sea en su último acto, teniendo en cuenta la vocación de colmo que casi siempre tiene el final de un libro, donde el fragmento haga más audible la queja del imán que a duras penas lo entrega. El imán protesta, y haciéndolo, desvela su existencia.

 

…Aparecen en mi sueño. Mi castaño centra

la primera escena. Lo sembré

con mi padre. Débiles ambos: él y él. El uno

se muere a destiempo. Cae, quiero decir,

siendo más mío que de la muerte.

(Aún disputo su nombre con ella). El otro,

cepellón y palito que ya se distingue

de la hierba alta. Es mi jardín. ¡Ese castaño

es mío! ¡Lo sembré con mi padre! Ah,

creer que un árbol te pertenece, que padre

y jardín son tuyos, qué delicia. Creí… Sueño

en cama nueva sin embargo; con animales

que nunca he visto. O sí, pero no en obras,

sino rondándome. Una guarnición

de pertenencias noveles, meretrices

deliciosamente azarosas, me cuida. Me avisa:

lo soñado no hace caja en la mañana que alza;

su campaneo no quita la camisola

a la virgen que la inflama; ni la caspa

al cejudo funcionario que la registra.

Sueño. Pellizco al pasado

(bifronte y comodón). El futuro

escucha el ay (entre doloroso y placentero,

o sea, falaz) con que se muestra vivo

quien lo alimenta y lastra. Aparecen

la cabra y el azor. Me cuentan

sus aventuras. La cabra

tuvo un castaño (el mío), un pájaro

y una sombra. Habitó mi jardín (¿el suyo?).

Viene de un sueño largo (el mío, creo). El azor

la acompaña. La tripula. La abordó

a medio camino entre mi jardín y éste.

Tengo otro jardín. Sueño. La cabra

ramonea en él. El azor la monta. Ni árbol,

ni pájaro, ni sombra. Nada. Tampoco piedras.

«¿Qué buscan aquí?». La más casquivana

de mis guardianas corre un telón oliváceo

sobre mis preguntas. ―Sueña, me dice, apura

antes que los dioses decreten el vero ictus.

Sigo el relato. Regreso al pájaro carpintero.

Su pico, susto a susto caído, ya gallo escarbador

resana la raíz de mi castaño. Trabaja

en mi memoria. Primer disparo.

(A mi padre lo mató un meteoro). La cabra

ya ronda el páramo. Aparecen

los actores secundarios. El azor masculla.

Se considera protagonista: medio cabra.

No vuela. Es vegetariano (En mi jardín

pasa hambre. Sólo ácaros come.

No hay flores). El azor es el acento

no caprino que salvó a la cabra

cuando enfrentó la marea de congéneres

que constituyen La cabra endrina de Caronte.

El azor masculla, pero… si no son principales

ni siquiera los dioses… bueno. La cabra

se hace nómada. Aparecen Ellos. Nadie

sabe dónde estuvieron, por qué

tardaron tanto. El purín. Eso es: el purín

no era suficiente para estimular la zozobra

divina… Cada uno a lo suyo. Cada uno

produce en la cabra una hinchazón distinta.

Aquí los escopeteros sobran. ¡Fuera!

Todo sucede en mi jardín (¿aquél?, ¿éste?):

páramo / charco /  holograma / sala de vistas /

abismo / cueva / arroyo… Mi memoria

es jardinera. Qué problemático quid. El sueño

peldañea la inmersión del vividor introverso.

¿La cabra es mía? Si lo fuese, lo fuesen

el azor, el gallo, el potro (ya unicornio, seguro)

que aparece fugazmente en el relato.

Mi memoria vaga entre sus jardines.

El sueño los une. O no. Puede que

haga justo lo contrario. Lo sabré

cuando despierte. El corno suena. Temo

que la cabra y el azor se vayan,

que el sueño lo haga junto a ellos

sin desvelar un final creíble; un final que

parta el pan entre aquel jardín y éste.

El corno sigue sonando. El relato se agota

poco a poco. Está a punto de aparecer

el unicornio. Aparece. Se pierde. La cabra

vuelve al páramo. «¿Cuánto recuerda

su árbol / su pájaro / su sombra (los míos,

quiero decir)?», me pregunto. Un pobre perro cerebral

que sueña. Eso soy, pero sin deudas.

Sólo las deudas de la cabra me incumben.

Y ella no las tiene. Me consta… El azor está nervioso.

Da saltitos. Sabe más de lo que parece.

El corno… Ah, el corno. ¿Me despierta?

¿La cabra ha muerto? No. ¿Y el sueño? Tampoco.

Copa. Mi vodka sabe a leche. Sueñaquetesueña

sigo. Ahora el unicornio viene cabalgado

por el gallo escarbador. Entran al jardín.

No llaman al timbre. Entran a la casa. Entran

a la habitación. Despiertan a mi mujer. (¿Vero ictus?)

―Perdóname, le digo, sueño. ―¿Y estos bichos?,

pregunta ella (los perros no ladran), ¿son nuestros?

Cualquier cosa de la que estemos orgullosos

debe, de alguna manera, pertenecernos.

―¿Lo son? Despierto.


El libro está a la venta en la página de la editorial:

https://lummeeditor.com/catalogo/las-posesiones-del-nomada/ 

info@lummeeditor.com

También se puede solicitar en el siguiente correo electrónico:

vendas@lummeeditor.com


2 comentarios:

  1. Precioso esto que leido amigo, delicioso y vicioso desde el comienzo con lo del Castaño, el padre, la dualidad que siempre va con uno, los "alter ego" ya entrando en el mensaje de las pertenencias que a veces por intangibles no se tienen pero se sienten... De donde te salen esas ideas ? Ya el titulo subyuga. Me vienen a la mente Grandes como Juan Ramon Jimenez, Borges, o Tagore, aquellas viejas lecturas de juventud que poseiamos, o nos poseian, o ambas cosas, con fruicion, cuando no sentiamos ser nomadas aun, ni sabiamos siquiera lo que ibamos a ser, estas a la altura de esos Grandes,que ya es decir y claro está, con tu imprompta. Muy original y bella la edicion.

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    1. Gracias, querido amigo, por tu lectura y tus generosas palabras. Cuánto me alegra que te haya gustado. Me sobreestimas, pero no importa. Lo importante es que sigamos dejándonos llevar por estas locuras, que a su manera miden la verdadera eficacia de la cordura. Las ideas salen de la experiencia vivida, experiencia que en mi caso ya hace montón. Es un montón de pretérito que se nutre día a día, y que apunta a un futuro más escuálido, a veces desesperadamente, a veces con dudoso sosiego. En cualquier caso, en ese montón estás tú, distinguido como alguien que no es del montón, del otro, quiero decir. Abrazos.

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