miércoles, 15 de octubre de 2014

Bernardo de Claraval, por Antonio Piedra






Acabo de leer LA SANTA ESPINA. UNA MORADA LUMINOSA, escrito por el poeta y ensayista Antonio Piedra, con la participación del arquitecto Alberto Martínez-Peña (fotos, planimetría y comentarios a éstas) y de José Jiménez Lozano (prólogo). Se trata del mejor ensayo que leí en los últimos tiempos, y lo quiero recomendar en voz alta, sin cautelas ni medias tintas, porque lo considero de especial interés para todos, de vital importancia para los intelectuales y artistas, de obligado estudio para los arquitectos. Este ensayo, que, como es norma en las obras de su autor, está magníficamente estructurado, escrito y resuelto, me sorprendió felizmente en dos sentidos fundamentales: Por una parte, la revelación de la figura de Bernardo de Claraval en su doble (¿doble?, ya veremos) condición de humanista adelantado a su tiempo y arquitecto de vanguardia; y por otra, la especial vigencia de su legado, lo oportuno de su reivindicación en los tiempos que corren, sobre todo, de cara al ejercicio de la arquitectura. Me explico:


BERNARDO DE CLARAVAL. PRECURSOR DEL HUMANISMO MODERNO. LA EDAD MEDIA Y SUS FRECUENTES “SORPRESAS”

Otro Bernardo (Accolti), el poeta renacentista romano, pensaba que “la denigrada Edad Media había realizado, tanto en la guerra como en la paz, proezas tan grandes como la Antigüedad, sólo que los historiadores no hablaban de ellas porque no recibían retribución alguna. A la ausencia de retribuciones literarias (opinaba) se suma tal vez el hecho de que (entonces) defender la fe parecía más importante que escribir la historia”. Cada vez doy más crédito a su idea; esto es, a que un posible déficit en el relato histórico del Medioevo haya estado y esté detrás de su postergación, porque cada vez me sorprende más el descubrimiento de las potencias y logros concretos que el saber moderno (desde el renacentista hasta el actual) ha escamoteado a ese “oscuro” tramo de la historia. El propio prologuista del ensayo, indirectamente y en un texto anterior, nos da otra posible clave para entender la mencionada falta de aprecio. Lo hace cuando apunta al ombliguismo cegador de nuestra época, que en muchos sentidos se parece al experimentado en el Renacimiento bajo el alboroto retro-clasicista. Dice Jiménez Lozano: “Lo más terrible de nuestra cultura es que no puede acercarse a algo sin desconstruirlo; es decir, sin destruirlo en su entidad propia y asimilarlo a las categorías superiores, absolutas y definitivas que son las del tiempo presente, culminación y plétora de la historia." Tal festinada sobreestimación del presente, aun con su anclaje-coartada en la Antigüedad, fue participada por el Renacimiento, y pudo obrar en contra del “atávico” Medioevo, ayudando a prolongar hasta hoy su menosprecio.

Muchos reconocen que en la Baja Edad Media se gestan los primeros movimientos socioeconómicos y culturales que darán al traste con el Feudalismo a favor del Capitalismo. Pero nadie, que yo haya leído al menos, ubica este motor para el cambio de Episteme antes del siglo XIII. Unos señalan a Petrarca (1304-1374) como el primer humanista. Otros a Roger Bacon (1241-1294) como el primer pragmático. Otros a Eckhart (1260-1328) como el primer hereje que enfila hacia el futuro humanismo. Está muy claro lo que pasa a partir del XIII. Nótese, por ejemplo, cómo se “negocia” el asunto entre Petrarca y san Agustín en el XIV. El de Arezzo se defiende ante el africano (De contemptu mundi) dejando ver su conflicto entre humildad cristiana y deseo de gloria. Cuando san Agustín lo recrimina, Petrarca aduce: “¡Ah!, ¡ojalá me hubieras dicho esto antes!”, a lo que el santo responde: “Claro que te lo dije, mas tus oídos estaban demasiado llenos de las voces del pueblo que detestas, pero que has terminado escuchando”. Insisto, están claras las fuerzas que actúan a partir del XIII, pero nadie que yo sepa (perdonen mi ignorancia, si es el caso) adelanta este caldo de cultivo a los siglos XI y XII.

Pues bien, lo que nos viene a demostrar Piedra en el referido ensayo, aunque no lo diga con la contundencia que lo hago ahora, porque él para estas cosas me supera en inteligencia, moderación y sutileza, es que Bernardo de Claraval posiblemente sea el primer humanista de la modernidad. A lo que yo, con mi incorregible temeridad, añado: Es posible que Bernardo y Abelardo estén en el verdadero origen de todo esto. Simplificando mucho, digo: Abelardo, pionero en un racionalismo con tintes modernos, y Bernardo, pionero en un empirismo de igual tono, aunque aderezado con las más raras y disímiles cualidades, no sólo debatían sobre los universales, o sobre corrección teológica (tampoco Bernardo fue un ortodoxo, como veremos), sino que en cierta medida adelantaban 500 años el guión de un debate que bien pudieron sostener Francis Bacon (1561-1626) y Descartes (1596-1650) en pleno XVII.

En aquel temprano y complejo pugilato, cuyo clímax acontece en 1141, Abelardo sale ganador a los ojos de casi todos, entre otras cosas, por su silencio inesperado y pillo, estratégico, y porque es el heterodoxo, el más elocuente, el díscolo, el enamorado, el castrado, en fin, el “débil”. Pero leyendo el ensayo de Antonio, yo, que no tengo bien leído a Bernardo (voy a corregirlo pronto, claro) entiendo que éste representa para la cultura occidental un giro tan importante, que hace completamente anecdótico el resultado de aquella morbosa disputa. Y es que Bernardo, adelantado al humanismo renacentista, asoma en el trabajo que recomiendo como teólogo, filósofo (empirista, y precursor de la semiótica tal y como se entiende hoy), empresario, economista, diplomático, estadista, ecologista, utópico, místico, constructor, esteta, arquitecto, y, sobre todo, poeta. Casi nada… Un hombre que se adelanta a su tiempo, sin dudas, que se define a sí mismo (nos dice Jiménez Lozano en su prólogo) como “la quimera del siglo”.

Pero de esta polifacética y genial personalidad, sobre todo me interesan aquí aquellos síntomas que con mayor claridad lo abstraen de su época, lo señalan como un vanguardista radical, y lo proyectan a la actualidad con una fuerza increíble. Hablo de los rasgos que evidencian su condición de humanista total y moderno, que lo señalan como místico empírico, constructor-civilizador, esteta, arquitecto y poeta.

Bernardo de Claraval es un místico, no hay dudas (por un lado habla de “paraíso claustral”, y por otro dice que “este mundo tiene sus noches y no pocas”), sin embargo, su misticismo aparece siempre contaminado de intención actual, de un tempranísimo empirismo que lo empuja a construir obsesivamente, a colonizar para dotar de casa apropiada a la heredad. Aquí el impulso cultural aparece siempre acompañado de su contrario dialéctico, el civilizador. Sí, construye mirando a la Ciudad de Dios agustiniana, pero también atendiendo a su experiencia sensorial, con el cincel en una mano y la plomada en la otra. Tanto la forma de vida que escoge para sus monjes, como los lugares donde enclava sus monasterios, están impregnados de pragmatismo porque “la fuente no sube al lugar que sea más alto que el sitio donde nace”. Esta dualidad místico-pragmática es algo muy novedoso para su época, para todas las épocas, diría yo. Pero la cosa se complica aún más cuando el santo nos avanza una visión que está en el origen de la actual semiótica (entendida como ciencia de los signos), que bien pudo impulsar los hallazgos de un Pierce, un Jung, un Eco. Nos dice Bernardo: “dase el anillo sencillamente por ser anillo, y entonces no tiene significación alguna; dase para indicar la investidura de alguna heredad, y en este caso es signo, de suerte que puede decir el que lo recibe: El anillo no vale nada, la herencia era lo que yo quería”. Alrededor del signo se mueve aquí el sabio con una claridad expositiva también sui géneris para su tiempo.

En cuanto al Bernardo esteta, el ensayo de Antonio ha sido para mí una sorprendente revelación. Porque muy lejos de lo que se suele creer, el santo se desmarca de la norma de su época, y nos deja ver preocupaciones que rozan la herejía, que lo sitúan de pleno derecho en los siglos XV y XVI, pues para él la belleza que sustenta al hombre no cabe ya en lo puramente ideal, discursivo, sino que aterriza en la naturaleza, más aún en lo antropomórfico. Recuerden que hablamos de los siglos XI y XII. Nos dice Antonio, hablando de la heredad como base primera del proyecto bernardiano: “una heredad que, en el caso concreto de Bernardo de Claraval, pretende que sea perfecta: maravillosamente simple como una utopía e insoportablemente bella hasta el desasimiento”. Abunda el santo: “¿Qué falta ya para la perfecta bienaventuranza de los cuerpos? Sólo una cosa: la hermosura. La poseeremos no como quiera, sino perfectísisma”. Y habla de la belleza como “una dulce violencia que oprime halagando y halaga oprimiendo”. Y la refiere a cánones corporales cuando habla de una belleza “en forma de cruz”, adelantándose al Hombre de Vitruvio leonardino; cuando habla de “la más espléndida hermosura corporal en tránsito” y se refiere al “cuello alabastrino”, y a “los encantos de un rostro blanco y sonrosado”, y a “los vestidos más preciosos que se gastan con el tiempo”. Pero alcanza extremos prácticamente heréticos, cuando, en palabras de Antonio que suscribo: “llega incluso a un planteamiento intratable en un reformador, en un profeta y en un santo como él: «de acuerdo que no se tenga respeto a la santidad de estas imágenes, pero por lo menos se debería tener atención a la belleza de los colores». Auténtica sugerencia estética de gran modernidad y plagada de teología moral”, que no deja, digo yo, de impactarnos por su extemporánea aparición. El Bernardo esteta poco tiene que ver con lo que es norma en su tiempo, y aparece aquí en su versión más heterodoxa, rayando la provocación.

Cosas parecidas podemos decir del Bernardo poeta. Su obra toda es una catedral a la imagen. En lo que nos ha citado Antonio del santo, no hay una línea que no sea pura poesía. Pero aquí también sorprenden sus cavilaciones metafísicas y sus hallazgos teóricos. Lean este pasaje del ensayo de Antonio (la expresión escrita o hablada) “que no siempre, por imposibilidad, encuentra la figura adecuada o lógica que la explique. Entonces surge, dice, (el santo) «esta novedad» como prodigio transgresor y audaz que hace «la longitud breve, la latitud angosta, la altura abatida, la profundidad llana (…) Verás, en fin, a Dios mamando y alimentando a los ángeles; llorando y consolando a los miserables. Verás (…) entristecerse la alegría, asustarse la confianza, la salud padecer, la vida morir, la fortaleza desmayar…» Ahí tienen, una perfecta declaración sobre las potencias de la imagen en poesía. Porque “esta novedad” es la imagen, qué duda cabe, y su dualidad tiene dos fuentes. Por un lado, la incapacidad de la razón para atrapar la idea. Nos dice Kierkegaard: “La dialéctica despeja el terreno de todo lo que sea irrelevante e intenta entonces trepar hasta la idea; cuando esto, por su parte, fracasa, la imaginación reacciona. Cansada del trabajo dialéctico, la imaginación se pone a soñar, y de ahí resulta lo mítico (…) lo mítico es entonces el fructífero abrazo de la idea. La idea desciende y flota sobre el individuo como una nube de bendición”. Por otro lado, la incapacidad de la palabra para apresar su étimo en un único nivel significante. Nos dice Teodoro Elías Isaac: “La palabra «palabra» es una abreviación de una palabra más larga, «parábola». Las palabras se llaman palabras porque son parábolas. Cada palabra es una parábola (…) ¿Qué significa parábola? Es la unión de dos palabras griegas: pará-ballo. Pará significa «al costado, al lado»; y ballo, es «arrojar, pegar o golpear». Una parábola es lo que pega al costado de algo, no hace centro, circunscribe un espacio, es la metáfora; para que en ese espacio, en el silencio de ese espacio, se manifieste una verdad, que no está en lo que dice. Por eso las palabras son parábolas, porque pegan al costado de algo que no está allí, pero circunscriben el núcleo del silencio donde se manifiesta el étimo, la verdad que cada palabra conlleva.” Pues todo esto parecía saberlo, o al menos intuirlo Bernardo de Claraval en el siglo XII.
  

BERNARDO DE CLARAVAL. LA LECCIÓN ARQUITECTÓNICA

Como venimos hablando de un vanguardista de pro, de un humanista adelantado a su tiempo, no debe sorprendernos a estas alturas que Bernardo nos hable en el XII de “la grandeza de la materia”, ni que intente supeditarla a las necesidades del hombre. Nos dice Antonio: “El primer sillar básico de este marco humanista consiste para Bernardo en instalar arquitectónicamente «la mole corpórea» del hombre biológico, según propia expresión, en su misma naturaleza: exactamente «en la forma humana» sin otros aditamentos que, aunque salida del barro para poblar una «vasta soledad» que es la tierra, sea pura fenomenología no «sólo perceptible al oído, sino también visible a los ojos, palpable a las manos, fácil de llevar en mis hombros». Ya lo dijimos, Bernardo es la conjunción perfecta entre el místico y el empírico: como un “místico constructor” que “renueva la cimentación del humanismo trascendente”, lo define el ensayista.

Además, también dijimos que se trata de un hombre total, de un teólogo que obra, de un culto que civiliza, de alguien que, como buen empirista, no se detiene en el pensamiento teórico o contemplativo. Bernardo de Claraval es un constructor obsesivo. Quiere edificar la Ciudad de Dios, si bien con su testa en Jerusalem, con los miembros extendidos por toda la cristiandad: la venida, la por venir. ¿Mas cómo se lanza el santo a semejante empresa? Todo el ensayo de Antonio lo aborda de una forma u otra, pero hay tres capítulos esenciales para entenderlo: “Un proyecto para el hombre”, “La elección del lugar”, y “La construcción de la casa”. Lean las siguientes citas del autor, que se refieren al trasfondo rigurosamente humanista que tiene la arquitectura del artífice del Císter:

“La vanguardia bernardiana se identifica con la de un hombre constructivo –en sentido arquitectónico y espiritual– que tiene unas convicciones antropológicas, teologales, sociales y metafísicas hasta el exceso más futurista, pero sin devolver las tornas a una tierra que los hombres, y sólo ellos, habían hecho inhabitable”

“Sin este pulso vivificador y trascendente de la religiosidad humana, las edificaciones del hombre pasarían como los estilos y se cargarían hasta su última teja de límites comodones, de embellecidas minucias, o de caprichos placenteros.”

“Sirve de muy poco, por tanto, erigir una casa con los ojos del cuerpo sólo para satisfacer las necesidades corporales más perentorias y lucrativas. Para este intercambio de apariencias no merece la pena, en términos bernardianos, levantar fábricas a la imaginación y derroches sin grandeza para el espíritu. Para esto ya está la naturaleza como prodigio intacto sin necesidades constructivas”

“Belleza como síntesis, grandeza como recurso, idealidad como práctica, austeridad básica en las fórmulas, y equidistancia entre una morada circunstancial y otra permanente. El resto es cuestión de adaptarse al lugar, a los materiales que ofrece el entorno, o incluso a las peculiaridades arquitectónicas vigentes en un pueblo o región. Actitud cabal y modesta frente a la prepotencia actual donde los materiales, usos y costumbres son exportados por cualquiera, y de cualquier lugar del mundo, para rematar un simple rodapié”.

Llevo muchos años hablando de esto a los arquitectos que han querido escucharme o leerme. Ahora vienen Bernardo y Antonio a darme el más dulce espaldarazo. Porque Bernardo es un arquitecto en el sentido más cabal del término, y Antonio supo estructurar su pensamiento (supra) arquitectónico para que todos pudiéramos recibirlo de la manera más eficaz posible. Aquí La Santa Espina (un fenómeno, a fin de cuentas, y ni siquiera demasiado arquetípico por todos los avatares que ha vivido) es poco más que una vía para hablar de algo esencial: una arquitectura vacía de pensamiento, sin un humanismo al fondo, sin una conceptualización profunda que la dote de sentido, tiende vertiginosamente a mera construcción, a anécdota constructiva.

Alentado por el ensayo de Antonio, me repito una vez más: La arquitectura es, o debía ser, una disciplina humanista. Aquella visión de Vitruvio sobre el arquitecto: “Será instruido en la Buenas Letras, diestro en el Dibuxo, hábil en la Geometría, inteligente en la Óptica, instruido en la Aritmética, versado en la Historia, Filósofo, Médico, Jurisconsulto, y Astrólogo”, con algunos matices obvios, forzados por la importante progresión que ha tenido el conocimiento desde su época a la nuestra, tiene total vigencia en su fondo. Sí, el arquitecto debe ser un humanista. Como cualquier otro artista, debe poner su lenguaje y su vocabulario al servicio de una intención con un ascendente claramente cultural en el sentido más amplio del término. Para ello cuenta con muchos y variados medios: la luz, la gravedad, el propio lenguaje arquitectónico, el sitio, la ciencia, la técnica, los materiales de construcción, el dinero, etc. Pero el fin: aquella poética aristotélica, que si me permiten trasciende ahora, para nosotros, la simple imitación de la naturaleza, y aborda la realidad demandando también su interpretación, la lectura de sus múltiples planos, sus infinitas traducciones para hacerla más potable a los “consumidores”; no se puede definir si no en y desde el más profundo humanismo. Aunque suene a cuento, dada la triste realidad en la que se desarrolla nuestra actividad cotidiana las más de las veces, la aspiración de Vitruvio mantiene sus fundamentos en la actualidad. Claro, la ilustración y la revolución industrial la han convertido en una quimera. Tal vez sea totalmente imposible que un arquitecto pueda hoy día reunir en sí un saber tan enciclopédico. Pero aún aceptando como irremediables la especialización y la división del trabajo actuales, un arquitecto no debería prescindir jamás de tal aspiración: la que ha de inclinarlo hacia el conocimiento humanista, ése que le impedirá confundir los medios con los fines. No se puede enfrentar la obra de arquitectura partiendo sin más de un análisis técnico-económico-normativo, un programa funcional y un levantamiento topográfico. Eso podrán hacerlo la ingeniería, la construcción, pero nunca la arquitectura. Insisto, si sabemos o intuimos que la arquitectura es un arte, debemos saber que el arte no puede ceñirse a semejantes supuestos. Sencillamente no cabe en ellos. La arquitectura debe nacer de premisas humanistas, y para ello, antes de entrar en su fase de anticipación pura y dura (diseño) debe ser ideada, (imaginada) a un nivel superior. Más aún, debe ser dotada de la fuerza germinal de la imagen en toda su potencia. Y esto no necesariamente tiene que dibujarse, porque el dibujo tiene una servidumbre frente a la forma que puede ser muy comprometedora en estas instancias primeras. La arquitectura tiene que ser ideada antes de ser anticipada en un proyecto, mucho más, claro está, antes de ser concretada, o sea, construida.

Pues de esto nos habla el ensayo de referencia. Hay que ver con qué trascendente humanismo, Bernardo, que no traza una línea sobre plano alguno, ni replantea una obra in situ, lo proyecta todo hasta el último detalle, partiendo de ideas perfectamente concebidas en función del hombre para quien trabaja, al que conoce a la perfección, pues también lo ha ideado, lo ha invitado a calzar en su modelo, lo ha sumado a su causa. Hay que ver cómo escoge el lugar, por ejemplo. Qué viva lección. El lugar como “situación ventajosa”. Antonio nos pasea por este concepto de la mano de varios pensadores, desde Aristóteles a Plinio (locum tenens/ locus mayor/ lugar santo/ locus regit actum/ locus sensibilis…) En fin, un lugar anclado en “una naturaleza en la que, en tropel, fructifique el tiempo con sus ganancias hasta «alborotar tu fantasía» (…) y hasta que se multipliquen las ganas de una paz relacionante”, porque “no soy yo solo ni usted sin mí, ni este otro sin nosotros ambos, sino que todos juntos somos esta Ropa” y (añade Antonio) “que habitamos y construimos en este lugar concreto”. Un Lugar, eso es. El Lugar que he llamado en otras ocasiones cantidad espacial significada, y que, precisamente en el plano semiótico, trasciende al sitio y al enclave. En el caso que nos ocupa, un lugar en el valle, porque “en los valles está lo sustancioso de la tierra”. Un lugar que convence tardíamente al arquitecto porque se encuentra en “la tierra del austro” (España) desaconsejable por caliente y seca, desde el punto de vista físico-ambiental, por licenciosa, desde el punto de vista moral… Ah, si Bernardo hubiera podido visitar La Santa Espina se habría encantado, porque hubiera visto que el enclave respondía perfectamente a su ideal. Y quién sabe si entonces hubiera dicho antes que Schiller: “Más ricamente que nosotros los norteños/ vive el mendigo en Castillo de Santángelo”.

¿Y la luz? Hay que ver con qué pulsión tan actual distingue Bernardo entre los diferentes tipos de luces para acomodar su lectura, aprehensión y uso según interese. En esto también es un absoluto vanguardista, porque si bien no aborda el fenómeno luminoso desde un ángulo eminentemente científico, como lo hicieron siglos después Newton y Goethe, capta todas las calidades poéticas de la luz, y entonces la sirve a la ciencia resuelta en lo esencial, para que pueda ser debidamente estudiada como fenómeno. Pero lo más importante: es la luz el eje principal de su método arquitectónico, el motor que genera y conforma sus espacios, y esto, bien lo sabemos, no es algo común a lo largo de la historia de la arquitectura. Para que la luz genitora y garante de la espacialidad arquitectónica llegara, manipulada como en el Panteón de Roma, o como en las catedrales góticas, por ejemplo, a edificios menos singulares, tuvimos que esperar al XIX. Y este saber, aún hoy, no es ni mucho menos patrimonio de todos.

No me extiendo más. Quiero pedirles de nuevo, en especial a los intelectuales y artistas, muy en especial a los arquitectos, que lean LA SANTA ESPINA. UNA MORADA LUMINOSA. Es un libro magnífico, revelador, de una vigencia enorme; tan enorme como su necesidad. Libros como éste, poco frecuentes en nuestro tiempo, nos ayudan a entendernos y valorarnos como seres humanos, porque por encima de cuestiones ideológicas, políticas o históricas, somos hombres. Y queremos seguir siéndolo. Decía Ortega: “Cuando el pájaro abandona la rama en que ha cantado deja en ella un estremecimiento”. El canto de Bernardo de Claraval todavía me estremece. (Gracias, Antonio, por agitarlo). Con obras como ésta, caigo en un impasse redentor, donde, por suerte, no me veo girovagando el Espacio.





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