jueves, 25 de junio de 2020

ENEMIGOS DE LAS ESTATUAS



                                                                                                                           GETTY IMAGES
                                          
                             
                            De errores en errores resbalando.
                                                  Lucrecio


                                                           
De errores en errores resbalando (qué poco entendimiento retengo), después de mucho sopesar si tendría o no sentido hacerlo, me planto ante vosotros decidido finalmente a dedicar unas palabras a los enemigos de las estatuas que han brotado como setas en nuestras rubias sociedades. Porque… qué rubias, qué altas, qué guapas, qué pulcras y puras y perfectas resultan estas multitudes europeas y norteamericanas, precisamente por pretender no serlo, ¿no? Qué bien encaran el futuro del hombre nuevo. Qué preparadas llegan a la cima de la historia para resolverla de una vez por todas a su imagen y semejanza. Cuán cargado traen el abazón de pepitas extraídas de la imbatible fruta-trina: libertad-igualdad-fraternidad. Qué cargamento, Dios, qué maravilla de Trinidad renovada. No entiendo, la verdad, por qué me dan tanta pena, tanto… Sí, está claro, encarnan el futuro mismo de la especie que al fin activa su golden-gólem. 

¿Estatuas? ¿Para qué? Son un viejo despropósito helenista llevado al extremo por Miguel Ángel (racista / esclavista / papista / artista… bah) que incomoda al hombre nuevo, sólo, si no alude a su gesta. En una plaza pública de Leganés, por ejemplo, hay un busto de Ernesto Guevara (―vaya, hijo de puta, al fin, después de tantos años, te mencioné en un texto, espero que no te acostumbres porque lo más seguro es que no vuelva a hacerlo jamás) que parece encararse con los que esperan por su bala de plomo y odio ante el paredón de fusilamiento. Este busto, sin embargo, está libre de zozobras (rei)vindicativas. Y mira que el tipo fusiló a contrarios políticos, incluso a simples desafectos, y mira que dijo en la mismísima ONU, urbe et orbi, que lo hacía con plena convicción, sin arrepentimiento, y mira que escribió barbaridades contra los negros de África y los “indios” de Latinoamérica… Pero este pistolero conecta con el hombre nuevo por una de sus venas cava. Está a salvo. Es la cava que lo conecta también con la momia de Lenin. Mas de momias no hablamos hoy. Hablamos de estatuas. Al menos de refilón, hablamos de ellas. 

Estos chicos que desestatuan nuestras ciudades, que las limpian de reminiscencias racistas y esclavistas apuntando a un futuro que tiene que ser por fuerza magnífico, son nuestros hijos, y muchos de ellos estudian en nuestras universidades. No entiendo cómo, con semejante lastre, pueden ser tan listos y elevados, tan justos, tan intrépidos, tan valientes… El caso es que levantándose por encima de nuestras ruinas, tienen un pie y medio metido en la Gloria. Por fin consumarán su destino, esto es, colmarán la humanidad. Porque como bien dice Nona, una puta retirada de la que soy amigo: esta gente piensa que la historia entera de la humanidad ha tenido un sentido último muy concreto y simple: resultar un mero camino que se colma en el presente. Creen (sí, lo creen, aunque no sean conscientes de ello) que el momento en que viven no es ni más ni menos que la plétora de la historia. La historia, que claro, tiene sentido, insisto, si es para colmarse en su propio tiempo, al calor de sus inquietudes y pretensiones. Nona está segura de que estos genios creen haber venido al mundo para zanjarlo de una vez y para siempre. Son los reyes del positivismo, verdaderos diosecillos de pulgar oponible. Van a redefinir todos los conceptos, incluso los de hombre y mujer, incluso yendo contra la reaccionaria biología y la más reaccionaria aún psicología humana. Nona, que es una triste vieja leída, en una ocasión, delante de mí, dijo a Kique, uno de estos majaderos tumba-estatuas: «Ustedes son el fruto esenciado de la Gran Revolución Francesa, es decir, del brazo armado de la Ilustración, que como decía un pensador americano (se refería, creo, a Lovejoy), asumió que la naturaleza humana era simplona, como también lo eran los problemas políticos y sociales. Ya saben: dejemos de lado unos pocos errores antiguos, eliminemos las complejidades que suponen los sistemas metafísicos y los dogmas teológicos, restauremos la sencillez del estado natural, y… ¡zas!: la humanidad vivirá feliz como una perdiz en lo adelante. Así, como quien resuelve una regla de tres, acabaran ustedes con la explotación del hombre por el hombre, con la propiedad privada, con la sociedad de clases, con las diferencias de todo tipo entre los seres humanos, con el patriarcado, con las naciones tal y como están constituidas, con las religiones… y, cómo no, con la prostitución: la femenina y la masculina. Porque ustedes, al fin y al cabo, vinieron a resolver y a sellar al ser humano, a convertirlo en máquina». 

Pobre Nona, qué vieja está. No entiende a estos muchachones que también se completan a sí mismos como números de una gloriosa multitud. Pero, ¿realmente saben lo que hacen, son conscientes de ello, coherentes con su ideario? Un muy otro Guevara: fray Antonio de, franciscano del lejano XVI, escribió:

Yo veo que todos abominan de la soberbia, y ninguno sigue la mansedumbre; todos condenan el adulterio, y ninguno veo continente; todos loan la paciencia, y a ninguno veo sufrido; todos reniegan de la pereza, y a todos veo que huelgan…; que con la lengua todos blasonan de las virtudes, y después con todos sus miembros sirven a los vicios.
   
Sobre esto, José Corts Grau, un erudito español del también lejano XX (que el tiempo va que se mata, oye, en favor de la suma edificación humana), lector de Unamuno, ese viejísimo y trasnochado autor que tan bien conoce Amenábar, dijo:

¡Qué trecho entre ciertas verdades admitidas, puestas en circulación, y la verdad profesada, entre el asentimiento pasivo y la auténtica veracidad! […] El porqué lo sabe cualquier psicólogo: porque la pasión nos impide discernir en el caso particular los principios que reconocemos por modo universal. De ahí lo inocuo de tantas conversaciones y declaraciones y protestas. Allí hay acuerdo; donde fallamos es en el paso de la afirmación general al trance particular. Y frecuentemente el interés, la minuciosidad escrupulosa con que solemos entregarnos al estudio de los principios, no es más que pánico a encararnos con su aplicación concreta.

Puede que justo por eso, estos chicos, que cuando se juntan en multitudes, ¡hala!, van en pos de grandiosos principios sociales, y entonces destrozan estatuas (¿templos de la memoria?), después de haber hecho lo mismo con los templos del comercio; en su más estricta intimidad sean consumidores empedernidos y adoradores de momias. ¡Vivan Lenin y Amazon! Porque claro, estos chicos saben tanto, que se dan el lujo de ignorar cosas baladíes, como por ejemplo que son el producto más genuino de una sociedad con economía crediticia, cuya Espisteme, la Tecnología, hace más de doscientos años que se confabuló con el mercado y la democracia para hacer posible que surgieran y hasta triunfaran seres tan incoherentes. Que no son personas que forman parte una comunidad (qué va, cómo van a ser una cosa tan vieja), son números que engrosan una multitud. Las multitudes son siempre enajenadas, decía Horacio. Y cuando uno se enajena, que es lo contrario de ensimismarse; o sea, cuando sale de sí para integrarse en un organismo (mecanismo, más bien) que no lo tiene en cuenta como ser individual de viva intimidad que se desarrolla y sublima en un entorno social, sino como medio para alcanzar un ser común plenipotenciario, estructural y general, frío y lejano como la razón misma, que zampa y defeca frases bien sonantes sin haberlas ni rozado con la duda; cuando esto sucede, digo, hay poco que hacer, al menos para los viejos como Nona o yo. 

¿Colón? Bah, un racista, un esclavista… Lo dicen estos genios californianos, parisinos o madrileños que creen tener la historia resumida, hecha pelotilla de tiempo muerto en las palmas de sus manos, lista para ser pasada por el tamiz de sus rimbombantes títulos universitarios; repasada, repesada, decretada finita y finiquitada bajo su acción resolutiva: pim, pam, pum. 

Y ahí van, demoliendo estatuas. ¿De quiénes? Y qué más da. Por listos que ellos sean y tontos que seamos nosotros, no vamos a tragarnos eso de que las demuelen porque éstas loan a personajes que fueron racistas. (¿Estoy de verdad dando bola a este argumento, siquiera mencionándolo? De arte ni una palabra, por favor, Jorge). Demuelen estatuas, no porque sean bárbaros, no, todo lo contrario. Lo hacen porque son bestialmente decadentes, y vienen (eso creen, los muy…) a señorear en la desmemoria de nuestros escombros. Son una multitud aspirante (ni siquiera de aspirantes) a la cúspide de la escombrera desde donde no se podrán ver las estrellas de siempre. Son puro golden-gólem, puro extracto de hombre nuevo, puras heces del hombre-hombre casi vencido. Como diría Emerson: Es la lenta pero segura reclinación del hombre / que estrella tras estrella abandona su mundo. Emerson y yo hablamos aquí de Europa y sus otrora estupendas emanaciones. Es triste, pero por suerte hay más mundo, incluso en este mundo. Y quién sabe si allí la estatua de Dios siga siendo intocable por intangible.
      

4 comentarios:

  1. jorge te agradezco este tiempo que le has dedicado a intentar descifrar ...entender ? a estos frágiles hombrecillos- illas tan sonoros y abundantes

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    1. Sí, tristemente sonantes y abundoros. Río por no llorar. Gracias, amigo, por pasar, leer y comentar. Abrazos.

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  2. "Para que una nivelación real exista, hay que crear primero un fantasma, el espíritu de la nivelación, una abstracción monstruosa, un algo total que esnada, un espejismo - y ese fantasma es el público. Sólo en una época reflectiva y sin pasión se puede desarrollar ese fantasma con la ayuda de la prensa, que ha devenido también en un fantasma."
    Kierkegaard, 1846

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    1. Qué bien traído, amigo, Kierkegaard a esta "fiesta". Gracias. Mira, me sumo con dos citas de este autor que son reveladoras: 1. "Huidos los dioses y, con ellos, el contenido, queda el hombre como forma, como aquello que debe acoger en sí mismo el contenido." 2. "Nuestro tiempo (1841), en efecto, exige más; a falta de altura, exige un pathos altisonante, exige resultados a falta de especulación, convicción a falta de verdad, garantías de nobleza a falta de nobleza, minuciosidad en los sentimientos a falta de sentimientos." En el XIX, epílogo perseverante de la Revolución Francesa y su descarga "ilustrada", a pesar del pataleo romántico, digo más: apoyado también en él, el hombre-masa creó las bases para lo que pasó en el XX y sigue pasando ahora. Cada vez estoy más convencido de que el principio del fin no está en la Revolución de Octubre, sino en la francesa. Gracias por pasar, leer y comentar. Mi abrazo para ti.

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