martes, 30 de junio de 2020

ENTREVISTA AL ARQUITECTO JORGE TAMARGO



 CONSULTORIO MÉDICO EN LA HABANA VIEJA (1988-1990) / IMAGEN DEL AUTOR (1985)


Hace cinco o seis años, no recuerdo bien, una joven cubana, estudiante de arquitectura, se puso en contacto conmigo a través del correo electrónico para realizarme una entrevista corta por escrito. En aquel momento ella estaba investigando la arquitectura producida en Cuba en los años ochenta, y según dijo, sobre este tema versaba su Tesis de Grado. Le atendí con amabilidad, como es lógico, pero no supe mentirle siquiera piadosamente, siquiera por la complicidad que me inspiró, pues la chica hizo que rememorara mi propia graduación de arquitecto, en 1985, con un trabajo de investigación sobre la Modernidad en la arquitectura cubana (1930-1960).

Yo también tuve que buscar mucha información para hacer aquel trabajo. Pero en mi caso, como la postrera arquitectura republicana estaba todavía muy desatendida (era cosa de burgueses y apátridas), la información no documental resultaba de muy difícil acceso. Tuve que escribir cartas furtivas (si me hubiesen descubierto la habría pasado mal) a algunos de los artífices del Movimiento Moderno cubano que vivían entonces en los Estados Unidos. Sin que el correo postal del Régimen tuviese nada que ver en el asunto, entré en contacto directo con los arquitectos Nicolás Quintana y Manuel Gutiérrez, quienes fueron muy amables conmigo. A ellos los quise mucho. Con ellos construí y mantuve por muchos años una sincera amistad.

Ambos, Nicolás y Manuel, creyeron hasta sus últimos días, con buen criterio, estimo, en lo que habían hecho en Cuba, sobre todo en La Habana, junto a otros colegas de su generación entre 1940 y 1960. Y como creían en ello, vibraban al recordarlo, al recrearlo; se mostraban muy agradecidos al ser preguntados en relación a. Ellos veían a salvo parte de su legado en nuestra curiosidad, en el hecho de que algunos de los arquitectos jóvenes de la isla aprobáramos, apreciáramos y nos sintiéramos influidos por su obra.

Yo, sin embargo, muy pronto dejé de creer en lo que hicimos allí los más inquietos arquitectos del país en los años ochenta. Dejé de creer en ello, incluso antes de emigrar; digo más: incluso antes de que se acabara la década. No reniego de nuestra inquietud, de nuestras ganas de cambiar las cosas. Eso no. Reniego de los resultados concretos de un trabajo que hicimos arquitectos prácticamente recién graduados, víctimas además de la severa ruptura cultural que el Régimen cubano había provocado en el continuo de nuestra tradición arquitectónica, justo por pretender borrar de un plumazo lo que habían logrado colegas tan capaces, o al menos tan sugerentes como los ya mencionados, a los que añado: Eugenio Batista, Emilio del Junco, Mario Romañach, Frank Martínez, Max Borges, Humberto Alonso y Ricardo Porro, entre otros. Incluso parte de la obra que en aquella “época burguesa” construyeron arquitectos en teoría hurtados a la burguesía por el Régimen, como Antonio Quintana, Fernando Salinas o Raúl González Romero, por ejemplo, permanecía encubierta. Salvo en raras excepciones (apuntes ligerísimos y sigilosos en clases de historia, y siempre sobre edificios de cariz público o social), la arquitectura moderna cubana no formaba parte de los currículos académicos en las Escuelas. Era tema tabú, también, porque en muchas de aquellas magníficas residencias burguesas vivían entonces, bien tapaditos, poltrones, apegados al confort burgués, los principales líderes de la revolución proletaria, convertida, según ellos, en dictadura del proletariado. Ay…

Entonces se podía estudiar la arquitectura colonial cubana, que ya se comenzaba a maquillar como a una señorona venida a menos pero de gran abolengo, para llevar hasta sus pechos apuntalados al antes maldito turismo internacional. La arquitectura colonial sí. (Era uno de los arponcillos para pescar encandilados forofos de los belenes ateos). No la republicana. Matizo: si se trataba de obras de las primeras décadas (1900-1930) levantadas por arquitectos extranjeros, o por nacionales que hubiesen muerto o se hubiesen jubilado antes del triunfo de la Revolución, bueno, tenían un pase. Pero obras proyectadas y construidas por los “gusanos desertores”… ¡De eso nada!

La mayoría de los arquitectos inquietos de mi generación creía conocer (subrayo creía) la arquitectura colonial cubana, como también creía estar al tanto (vuelvo a subrayar creía) de lo que pasaba en el mundo, entonces pletórico de postmodernidad. Pero ignoraba de cuajo la arquitectura republicana que proyectaron y levantaron aquellos arquitectos-demonio, entre 1940 y 1960, trabajando insertos en una tradición tan puesta en solfa como era aconsejable, tan atendida como era sano. Insisto, la mayoría de nosotros desconocía la referida arquitectura (lo digo sin paños calientes), por más que algunos estuvieran al tanto de su anecdotario más trivial, y lo sirvieran envuelto en discursos seudo-sociológicos. Con tal déficit trabajábamos.

Creo, sinceramente, que me salvó de creerme, comerme y mal digerir aquel entremés de autoestima, entre otras cosas, el estudio profundo de la arquitectura moderna habanera. Y adjetivo profundo (perdonad la pedantería) porque jamás me interesó el vodevil que aderezaba su superficie: la vertiente chismosa, quiero decir (podría haber dicho historicista, nunca histórica, pero digo chismosa con toda intención: los clientes, sus amoríos, el origen de sus rentas, las anécdotas cliente-arquitecto, el politiqueo alrededor de las obras, las adjudicaciones y sus mecanismos, etc.), sino que me centré en perseguir sus enseñanzas concretas con una vocación disciplinar. Haciéndolo me di cuenta de que no podíamos producir nada de verdadero peso si nos debatíamos de manera estéril entre los cánones soviético, bauhausiano, postmoderno, colonial y colonial-postmoderno, por mucha vehemencia que pusiéramos en el debate, saltándonos a la torera lo filtrado y sedimentado por sesenta años de arquitectura nacional republicana.

Eso nos pasó: no estábamos bien preparados. Teníamos ganas de rebelarnos, y aunque con tibieza, lo hicimos. (Digo con tibieza porque ninguno de nosotros fue a la cárcel, destino inapelable allí para los rebeldes ardientes). Pero nuestras armas eran de pega. Habían sido trucadas por el Régimen. La supuesta rebelión convenía más a ellos, los represores, que a la arquitectura nacional o a nosotros. La cosa se quedó en un pataleo improductivo que apenas disminuyó la presión en la olla. No sé qué pudo pasar después (o sí lo sé, pero me inhibo de entrar en ello aquí, ahora), mas en los ochenta pasó muy poco y de muy poca importancia. Lo siento, pero es la jodida verdad. Se concretó muy poco y de escaso o nulo interés arquitectónico, si nos ceñimos a las obras construidas (pésimamente construidas para más inri), que se apartaban del anodino montón y mostraban ciertas pretensiones formales.

Otra cosa fue el revoloteo de dibujos más o menos arquitectónicos, que como parte de una quimérica apoteosis de los dibujantes otrora reprimidos (porque en los sesenta y los setenta hasta dibujar cosas alejadas del canon oficial era punible), se hizo presente en revistas, conferencias, exposiciones, concursos… Dibujos más o menos contundentes, más o menos graciosos, epatantes, agresivos, abrasivos, ingenuos… ¿Arquitectura? Nones. La arquitectura, nos guste o no, es otra cosa. Es lo que es, qué le vamos a hacer. Se materializa (ojo, se material-iza) y se expresa como cosa visible y tangible en el tiempo y el espacio, colonizándolos a la luz (natural y psicológica, física y hasta metafísica) de los hechos. Afecta directamente al alma y al espíritu, pero entra por los sentidos como entidad material, fenoménica. Se ve y se toca. Se mide y se pesa. Nos rodea y la rodeamos. Se visita. Se penetra. Se ocupa. Se transita. En fin, se goza o se sufre con los sentidos que están a cargo de informar la realidad objetiva. Y cuando, por hache o por be, deja de servir a quienes la usan y juzgan, cuando decae tanto que deja de ser útil hasta como simple construcción y pierde su valor de uso, no se puede desdibujar como por arte de birlibirloque, no, debe demolerse con maquinaria pesada o explosivos. ¿Acaso la ensoñación dibujada precisa ese tipo de agente demoledor? La ensoñación arquitectónica en sí misma no produce arquitectura, no es arquitectura.

Hay que decir, además, que aquellas ensoñaciones eran también muy cuestionables. Algunas (menos mal que no llegaron a concretarse) eran espantosas, producto de lo perdidos que andábamos. Pero ese es otro asunto. Como el sueño del pan no se come, y aquí hablamos de pan comido, el sabor del pan soñado en este texto no viene a cuento. No es que no pueda hablar de ello. No es que a veces no tenga ganas de hacerlo. Es que aquí no toca.

Con lo dicho arriba no pretendo denostar la labor de los buenos dibujantes de la época. Para nada. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, a Rafael Fornés, el mejor de todos desde mi punto de vista, pura gracia él; o a Alejandro Rodríguez, un gran desconocido porque no se mostraba demasiado y murió joven; o a Francisco Bedoya, un dibujante frío y matemático, casi robótico, que nunca me gustó, pero que producía imágenes de gran factura, como hechas con lupa, inéditas en el panorama del dibujo arquitectónico nacional; o a Orestes del Castillo, pleno de fuerza expresionista, todo lo contrario a Bedoya; o a Rolando Paciel, que mezclaba el dibujo arquitectónico con un imaginario más propio de la pintura obteniendo excelentes resultados; o a Eduardo Rubén, ya más pintor que arquitecto, que hacía justo lo contrario también con éxito? No los olvido, no. Los reconozco y valoro, porque las ganas de cambiar las cosas debían ser expresadas por todos los medios posibles. Pero hablábamos de arquitectura, ¿no?  

Como veréis a continuación, no expliqué todo esto a la entrevistadora, a quien no nombro por discreción y prudencia, y quien, estoy casi seguro, no pudo incluir en su trabajo todo lo que dije. (¿Habrá incluido algo?). No se lo expliqué en detalles porque sabía que no tenía mucho sentido hacerlo y que no la ayudaría. Espero que me perdone.

Lo cuento ahora en público, a toro pasado, porque de casualidad di con aquella entrevista buscando datos para actualizar mi página web. ¿Interesará a alguien? No lo sé. Puede que ni a mí me interese demasiado. Pero está bien que la publique con esta introducción aclaratoria, por qué no. Cuando menos, me sirve para honrar a tres arquitectos-profesores, que aun estando en mayor o menor medida implicados en el Régimen (¿quién, entre los que todavía vivíamos en la isla, no lo estaba de algún modo por acción u omisión?), tuvieron la suficiente luz larga para encajar lo que les expresé primero como dudas, y después, en tanto lo iba permitiendo el progresivo aumento de la confianza mutua, como claro desacuerdo con lo que se cocía y cómo se cocía. Ellos, tal vez arriesgándose en alguna medida, quién sabe, confiaron en mí, me ayudaron a crecer sin exigirme que dejara de ser yo mismo. Hablo de Élmer López, Fernando Salinas y Luis Lápidus, de quienes también más de una vez vislumbré el revés tras la fachada, y a quienes también quise mucho. Eran tiempos aquellos de fachadas e interiores falsamente conectados, nada simétricos o recíprocos. Y así siguió siendo allí. Sigue siéndolo hasta hoy. No para mí, claro. Hace casi treinta años que no para mí.   


CUESTIONARIO Y RESPUESTAS:


¿Qué le motivó a estudiar Arquitectura?

Nada en especial. Fue una feliz intuición. Tal vez buscaba algo que tuviera dos venas: la artística y la técnica.


Cuando comenzó a estudiar la especialidad, ¿existían algún o algunos profesionales paradigmáticos para usted?

En aquel momento no conocía a ninguno, ni siquiera por su nombre. O sea, no.


Según los documentos oficiales su formación corresponde al Plan A. ¿Quiénes  fueron  los  profesores  que  más  influyeron  en  su  etapa  de estudiante?

Élmer López, Fernando Salinas y Luis Lápidus, por ese orden.


Tengo conocimiento de que en 1984 recibió el Primer Premio en el Concurso Mundial de Arquitectura El Hábitat del Mañana. Le agradecería refiriera algunos elementos importantes en torno al mismo. ¿Algún profesor lo apoyó en este proyecto?

Fue un trabajo inmenso que realizamos entre cuatro estudiantes: Marisela Niebla, Alberto Rodríguez, Andrés Hernández y yo mismo. Nos asesoramos con muchos arquitectos, profesores o no. El profesor que más al tanto estuvo de lo que hacíamos fue Élmer López. Pero no tuvimos ningún tutor.


¿Qué significaron los cinco años de carrera para su futuro profesional?

La carrera, como siempre ocurre, es, en el mejor de los casos, un agente motivador. Aprendes el abecé de la profesión, poco más. En mi caso (soy muy curioso) me ayudó a ampliar los intereses más allá de la arquitectura, en dirección al humanismo. No puedo medir cuánto marcó la carrera en sí mi futuro profesional, pero los premios que gané mientras estudiaba, sobre todo los internacionales, sí que me ayudaron bastante. Por otro lado, la formación técnica adquirida en la carrera, aunque muy elemental, me sirvió también como acicate para seguir investigando.


Usted fue graduado del ISPJAE en 1985, ¿pudiera comentar sobre su ejercicio de graduación?

Fue un trabajo de investigación sobre el Movimiento Moderno en la arquitectura cubana (1930-1960). Llevaba años trabajando en este tema cuando lo hice. En este trabajo sí que fue muy importante la tutoría de Élmer López.


¿Existieron otras influencias foráneas o nacionales durante su carrera o luego de graduado?

Mientras estudiaba, me influenciaron mucho los grandes maestros del Movimiento Moderno. Cuando me gradué, lo hicieron especialmente los neorracionalistas italianos y españoles.


¿Qué profesionales colaboraron en su desempeño laboral?

En Cuba, sobre todo Luis Lápidus, que me llevó a trabajar al CENCREM (Centro Nacional de Restauración y Museología). Durante toda mi vida: Marisela Niebla, arquitecta de mi graduación con quien comparto la vida en todos los sentidos, también en el profesional.


En mi investigación le otorgo especial atención a los eventos, exposiciones y concursos realizados durante 1982 y 1991, en este sentido, ¿cuáles considera de mayor relevancia?

En mi opinión, el concurso más relevante en la época fue precisamente el que ganamos: “El Hábitat del Mañana” (1984), por su repercusión nacional e internacional. En cuanto a las exposiciones, hubo varias de relativa importancia. Recuerdo, por ejemplo, la exposición de arquitectura en la Bienal de Arte (¿90?, ¿91?) en la fortaleza de La Cabaña. Fue la primera vez que se hizo algo así allí.


¿Cuáles obras o proyectos realizados en este momento ―propios o de sus colegas―, cataloga como significativos?

Ninguno, créeme. La mayor parte de lo que se hizo en la época constituyó un pataleo desorientado. El Régimen había perpetrado una rotura gravísima en el continuo tradicional de la arquitectura. Todos andábamos perdidos. No hay arquitectura (ni ninguna otra cosa) viable si no se inserta en una tradición. Todo aquello fue una divertida majadería. No podía ser de otra forma.


¿Qué opinión le merece el desenvolvimiento arquitectónico suscitado entre el 1982 y el 1991?

Bueno, como se desprende de mi respuesta anterior, mi opinión no es muy buena. Ahora bien, en un período en que todos (o casi todos) esperábamos profundos cambios socio-políticos, estuvo bien que las cosas comenzaran a moverse, quiero decir, a apartarse del inmovilismo empedernido y obediente que caracterizó la década de los setenta. Que sucediera algo, eso era importante. Lo sucedido no tuvo la menor importancia, sin embargo, en términos arquitectónicos o urbanos. Los mayores eran víctimas de un justificado escepticismo. Los jóvenes éramos tan jóvenes… Ni los unos ni los otros estábamos en condiciones de producir obras realmente significativas. No lo hicimos, claro, aunque muchos majaderos vayan por ahí diciendo lo contrario.


Por favor, si considera algún otro aspecto significativo que no se haya abordado durante la entrevista, refiéralo.




8 comentarios:

  1. Amigo me haces recordar una vez que coincidí con un colega en una parada. Estaba visiblemente inquieto. Tanto que tuve que preguntarle por lo que pasaba. "Ese edificio de atrás lo hice yo" .Y? "Es que no soporto verlo"
    Pero una nota: esa imagen que pones es de una obra tuya. Y a mí francamente me parece lograda. Paciel

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    1. Paciel, dejé seis obras terminadas en La Habana Vieja, insertadas en pleno Casco Histórico, y otras seis en ejecución cuando salí del país para no regresar ni de paseo mientras se mantuviera en el poder el innombrable o cualquiera de sus secuaces. Las seis que dejé en proceso debieron terminarse (si es que se terminaron) como le vino en ganas al jefe de obras, que siempre era un neófito en el oficio si construían, como era el caso, las tristemente célebres Microbrigadas. No me responsabilizo de ellas en ningún sentido, porque no creo que en mi ausencia hayan respetado lo proyectado. De las seis cuya ejecución dirigí hasta el final, una la mandaría a demoler ya mismo, me avergüenzo de ella (comprendo al amigo que citas). Otras cuatro… bueno, me las perdono sin pizca de entusiasmo. Podrían no haberse construido sin que pasara nada, pues, entre otras cosas, y como siempre sucedía allí, parecen haberse construido con los dientes. La que muestro en las fotos es la más ambiciosa, y puede que la menos mala. La conservaría. A partir de ella explicaría a los jóvenes arquitectos algunas cosas que se pueden hacer, y muchas otras que no se deben hacer en ningún caso. Es una obra pecaminosa, pero con ciertos hallazgos. Ay, amigo, la juventud es la única enfermedad que se cura con los años.

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  2. Me haces recordar tiempos pasados. Dibujábamos mucho, nos dejaban en ese momento, los hubo en los que el dibujo, principal medio de expresión de la arquitectura, era considerado una frivolidad capitalista. Creo que el dibujo es una de las actividades más irrelevantes socialmente, pero se hizo lo que se pudo. Construir poco, pero esa obra de la que pones fotos, a propósito tuya, no me parece mal. Paciel

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    1. ¿Sabes quién impulsó en los primeros sesenta el desprecio por el dibujo en la Escuela de Arquitectura? Ni más ni menos que Porro. Como él prefería las maquetas, el dibujo al carajo. Quiso quitarlo del currículo académico. Como te lo cuento: el ídolo de los dibujantes ochenteros fue censor de los dibujantes sesenteros. Cosas de la vida. Claro, amigo, el dibujo es imprescindible para anticipar la arquitectura. Hasta ahí llega, que no es poco. No la hace, la anticipa. Me alegra que me perdones esa obrita. Gracias por pasar y comentar. Abrazos.

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  3. Me ha encantado Jorge leer tu introducción a la entrevista, aparte de que es agradable leerte, me ha recordado cuando era joven y siempre me agrada, de vez en cuando, "volver" allí. Coincido contigo en casi todo, en algunas cosas de manera absoluta como la imposibilidad de hacer "arquitectura de papel"... creo también que estábamos perdidos... casi todos lo están cuando recién se gradúan y les interesa, sienten un compromiso con la profesión, más en esa isla donde todo el sistema mediante el cual los edificios se necesitan, se planifican y se construyen estaba atrofiado o era inexistente... también la postmodernidad ayudó a que más de uno anduviera medio perdido durante algún tiempo, o para siempre, en la isla, ya errática, y fuera de ella. Como sabes comenzamos, con Elmer, a hacer los levantamientos y dibujos de una parte de las obras que creo tu desarrollaste posteriormente en tu tesis, me gustó mucho meterme, aunque de manera somera, en esa parte de nuestra arquitectura, creo que pasar por alto 60 años de hacer arquitectónico te hace inculto con toda seguridad.. no estoy en cambio tan seguro que esta sea la razón de más peso para explicar el desorden arquitectónico en el que estábamos....algunos de tus edificios, todos mal construidos, es un hecho, no creo que estaban tan mal... quizás le dimos, le diste, demasiada importancia.. si hubiéramos tenido un proceso continuado, tranquilo, sosegado, algunos hubieran, posiblemente, controlado los excesos...te hubieras acercado con más cuidado al entorno, algunos hubieran hecho alguna obra más importante, como en todas partes, por otra parte. El sistema genera el caos en si mismo, da lo mismo que nos hubiera enseñado con tesón toda la arquitectura republicana.... estábamos perdidos de antemano... por eso nos largamos

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    1. Sí, amigo, estoy completamente de acuerdo contigo. Muy acertado tu comentario. Gracias por pasar, leer y comentar. Abrazos.

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  4. soy julio olmedo... no supe identificarme antes...

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