Fotografía sobre la portada: Antonio Escohotado y su hijo Jorge en 2018. Vocento
La filosofía resume su tiempo en el pensamiento […] y llega siempre demasiado tarde, cuando la realidad ha cumplido y terminado su proceso de formación. Sólo al comenzar el crepúsculo levanta su vuelo el búho de Atenea.
Hegel
Hay cosas que
sólo la inteligencia es capaz de buscar, pero que no hallará nunca. Esas cosas
sólo el instinto las encontraría, pero no las buscará jamás.
Bergson
No sé si el maestro Antonio
Escohotado hubiese visto con buenos ojos que yo introdujese esta reseña con
esas citas (precisamente, ésas) de Hegel y Bergson. Creo que habría sonreído con
socarronería porque de entrada me habría visto el plumero. Quizás habría
pensado: «A ver este pájaro por dónde viene. A ver si viene, equivocado, a
cantar gilipolleces donde no toca, como hizo el tal Cinesias en Píopío de las
Nubes». «No se preocupe, maestro», habría dicho yo, «es que acabo de zambullirme
en su pensamiento, y salgo de la zambullida arbitrando, a duras penas, un
vivísimo pugilato entre el poeta y el pensador que se agolpan en mí y me
complican la vida a diario, más aún si me sumerjo en tales océanos. Así que busco
la forma de que se aplaquen antes de dar noticias de su magnífico libro.
Exponer la vena humilde y a la vez poética de Hegel, y reconocer, con Bergson, el
limitado alcance que por sí solos tienen la inteligencia y el instinto frente
en la epopeya conocedora, me alivia».
Y es que acabo de cerrar Filosofía para no filósofos. Y es que
siento la necesidad de invitaros a leerlo. Y es que no sé bien cómo hacerlo, la
verdad, porque está claro que debo reprimir a mi poeta y a mi pensador. Ah, qué
difícil. Debo reprimir al primero, porque podría intentar diluir con figuras
retóricas las aristas más filosas del libro. Y debo reprimir al segundo, porque
enrabietado contra el primero podría caer al intelectual y por esa vía a un nuevo tipo de individuo (Escohotado dixit) ―análogo al «ilustrado» del Siglo de las Luces y al «intelectual»
moderno―, que es el sofistés, o
sofista. (¿Sofista yo? No, por favor. ¿O sí?). El maestro, con la lucidez
que siempre lo apremiaba, supo ver que los ilustrados del dieciocho, los
intelectuales modernos y los sofistas griegos son más o menos la misma cosa. Que
Dios me ampare de.
En fin, ya metidos en sus respectivos
huecos, espero, mis dos enemigos íntimos (a ver si el poeta se conforma con
barrer cacofonías y retozonas rimas asonantes, y el pensador no desbarra
haciéndose el listo), empiezo por dar infinitas gracias a Jorge Escohotado y a
Espasa por la preparación y la edición de este gran libro. Jorge, hijo y
albacea del maestro, casi nada, escribe con acierto en una nota introductoria:
[El libro, que comenzó su andadura con otro nombre, como un compendio de corte
pedagógico] Hoy se erige ante el gran
público ―aventurando su destino más allá del alcance de un manual académico―
como un puente generoso entre el rigor y el asombro, el hallazgo y la duda.
Hallazgo y duda. Sí, señor. Quedaos con eso. Jorge metió mano en unas notas
escritas por su padre para dictar lecciones de filosofía a estudiantes universitarios
(esto es, a no filósofos), y supo redondear a partir de ellas la forma que, manejando
una sustancia de primerísima fila, claro está, convierte el libro en un hito
dentro de su género. ¿Por qué?
Tengo en mi biblioteca, muy
leídos, subrayados y con los márgenes repletos de apuntes, varios libros
parecidos a éste en diferentes sentidos. Me vienen a la cabeza, por ejemplo, La filosofía helenística, de Alfonso
Reyes, montado a partir de notas escritas para un curso de invierno en la Universidad
Nacional de Méjico; Los filósofos
presocráticos, de Kirk, Raven y Schofield, que dan un paseo nada ingenuo
por los albores de la filosofía occidental; o Las grandes corrientes del pensamiento contemporáneo, obra coral
coordinada y dirigida por Sciacca desde la Universidad de Génova. También me
viene a la cabeza, cómo no, el Diccionario
Filosófico de Voltaire (éste lo recomiendo con cautela, porque… leed su
segunda entrada: ABEJAS. La especie de
las abejas es superior a la raza humana en cuanto extrae de su cuerpo una
sustancia útil, mientras que todas nuestras secreciones son despreciables y no
hay una sola que no haga desagradable al género humano. ¿Hace falta
comentarlo?). Y claro, cómo obviar el Diccionario
de Filosofía de Ferrater, ése sí muy recomendable y que consulto con
frecuencia. Pero ninguno de estos libros iguala a Filosofia para no filósofos, de Escohotado. Los diccionarios, por
razones obvias: están para lo que están: recoger lo máximo posible e informar
someramente sobre lo recogido. Y los mencionados compendios de historia de la
filosofía, porque, aun siendo muy buenos, se refieren a períodos muy
específicos de esa Historia.
Filosofía para no filósofos, que es un libro de consulta pero no, da un recorrido, más
o menos demorado en según qué paradas, por la historia completa de la filosofía
occidental, desde Pitágoras al neopositivismo contemporáneo. ¡Y en sólo
cuatrocientas veinte páginas! ¡Dios mío!, la capacidad del maestro para ir a lo
que más importa no tiene parangón, como no lo tienen su erudición y su buen
tino a la hora de armar y secuenciar un relato expositivo, esto es, de establecer
y seguir el hilo conductor que le permite sentar las bases de su pensamiento a
la vez que registra (hurga en y asienta el) ajeno. Porque no se trata aquí de un
ejercicio de mera doxografía. Qué va. Claro que la hay (no hay nada malo en
ello, al contrario, doxógrafos fueron en alguna medida Platón y Aristóteles, y,
por supuesto, Teofrasto, que inauguró formalmente el género), pero el maestro
no puede ni quiere detenerse ahí. Escohotado es mucho más que un doxógrafo, es
un pensador nato. Y por eso no se corta un pelo a la hora de meter mano donde
haga falta para dejar clara su forma de ver algo. El hombre llega a inventarse
un diálogo “platónico” (página ochenta y nueve) para sacar de Sócrates lo que
necesita. Sí, como lo leéis. Y lo reconoce, sí, con dos… En fin, para el lector
atento, aunque no sea un filósofo ni un esmerado estudioso de la materia, se
hará evidente cómo se las gasta el autor con el problema fundamental de la
filosofía, que para mí queda abarcado en una pregunta que ya formulé otras
veces en público: ¿ES DIOS POETA O POEMA?, y que se decanta después, en un
sentido u otro, según la “solución” que se dé a pares dialécticos capitales
(Escohotado es dialectizante, y no sólo por ser hegeliano, que también, sino
porque toca serlo en nuestro tiempo): idea / materia; finitud / infinitud;
entusiasmo / asombro; ciencia / religión; ciencia / magia; Prometeo / Epimeteo;
Fausto / Margarita; razón / superstición; Occidente / Oriente; democracia / totalitarismo…
Sí, también democracia / totalitarismo, porque, ojo, este libro no sólo va de
filosofía, si por ello entendemos errónea y únicamente lo tocante a la alta
especulación de corte metafísico. Este libro baja sin complejos de ningún tipo al
“barro” de la ciencia, la técnica, la historia, la sociología, la economía y la política.
No siempre coincido con el
maestro en su forma de arbitrar la pugna entre los pares dialécticos antes
referidos. Pero eso, lejos de alejarme de su pensamiento, me desafía en el
sentido más positivo posible y me hace seguir indagando en él. Escohotado resuelve:
materia / finitud / asombro / ciencia / Prometeo / Fausto / razón / Occidente /
democracia… Es cierto que al lector agudo se le harán evidentes algunas de sus
sanas y humanas contradicciones, así como las fértiles mellas que fueron
dejando en su pensamiento la edad y la sabiduría, que en las personas
inteligentes, intuitivas e imaginativas (todo eso era el maestro, aunque
ponderase la inteligencia sobre cualquier otro atributo humano) provocan una
constante renovación de la duda paridora. Porque Escohotado era un tipo sabio e
inteligente, ambas cosas. Y por eso dudó hasta el final. Es obvio que duda, por
ejemplo, cuando entra en Bergson. Hablando de él, y casi aprobando su
pensamiento, dice: No hay inteligencia
sin huellas de instinto, ni instinto que no esté rodeado por un halo de
inteligencia. Aquí la razón pura baja las armas. No las entrega, pero las
baja. Antes, hablando de Bacon, ya había dicho el maestro: Para Bacon, la razón coincide con la mente específica del hombre, que
puede y debe investigarse como el relojero un reloj o el cerrajero una
cerradura. Esto es bien sostenible siempre que los experimentos no interroguen
a la «mente» misma, pues en tal caso reloj y cerradura podían ponerse a
engendrar relojeros y cerrajeros. ¿Qué os parece?
Hace poco escuché una entrevista hecha
a Alberto Garín por el pódcast “The Senpai Lab”, creado por David Yaoki (entrevistador)
y apoyado por Mario Tamargo. En un momento de la entrevista, toda ella
deliciosa, Garín estableció diferencias claras entre la sabiduría y la
inteligencia. Vino a decir (no es literal) que se considera a sí mismo un sabio
poco inteligente. Relacionó sabiduría con acumulación de conocimientos, es
decir, con la capacidad de recibir e incubar memoria. Y relacionó inteligencia
con la capacidad para saber qué hacer con la sabiduría, fuese cual fuese su
magnitud, en beneficio propio y de los demás. Por supuesto que considero a
Garín un tipo sabio e inteligente, por más que él se muestre modesto al
respecto. Y por supuesto que considero a Escohotado un ejemplo clarísimo de la máxima
confluencia de ambos dones. Eso es, sabiduría e inteligencia. La inteligencia
que, según Aristóteles, el mismísimo creador de la lógica formal y uno de los
asideros más sólidos del maestro (Escohotado era un aristotélico de libro), es mucho
más que pensamiento decantado. Dijo el Estagirita: la vivacidad de la inteligencia es la facultad de descubrir
instantáneamente el término medio. “Término medio” que en este contexto no es
una virtud ética, sino la síntesis entre la sensibilidad (tesis) y la fantasía
(antítesis). De aquí viene la máxima que muchos otros repitieron después: inteligencia es darse cuenta. Inteligente
es, pues, quien se da cuenta muy rápido de lo que está pasando.
Si leéis Filosofía para no filósofos, vuestra inteligencia os permitirá
daros cuenta de cuánto merece la pena navegar la historia de la filosofía de la
mano de un barquero tan entrenado y elocuente como Escohotado, y así poder desembarcar
en nuestro tiempo histórico con el juicio afilado para entender lo que está
pasando. Da igual que seáis más o menos liberal o conservador, que seáis ateo,
agnóstico o creyente. Este libro os abrirá o renovará, según el caso, el gusto
por la filosofía, es decir, el hambre de saber. Y lo hará sin fatigaros, porque
está escrito y compendiado (gracias de nuevo, Jorge, por lo que haces con la
obra de tu padre) para no filósofos, esto es, para no especialistas en
filosofía, porque filósofos somos todos en alguna medida.
También en alguna medida, aún estamos
en manos del despotismo ilustrado (lleve o no ropaje democrático) con origen en
el diecinueve. El maestro nos previene: [Los ilustrados] desarrollan el despotismo ilustrado […] cuya ventaja según el barón
D’Holbach está en sustituir los decretos sanguinarios del déspota preilustrado
por una trama de «ataduras tan invisibles como mucho más tenaces». ¿Os
suena de algo?… Y cada vez nos ciñe más el absurdo corsé de los especialistas,
que hasta para Hegel son meros «animales intelectuales». Y cada vez nos atenazan más
el relativismo y el nihilismo: El hombre
es una cuerda tendida entre la bestia y el superhombre, una cuerda sobre el
abismo. Lo que hay de grande en el hombre es ser un puente y no un término. Lo
que se puede amar en el hombre es que sea un tránsito y un ocaso, decía Nietzsche.
¿Eso somos? ¿De verdad eso queremos ser? Y es que, bien mirados, el siglo
veinte, y hasta la fecha el veintiuno, son meros epígonos del diecinueve, ese
siglo postilustrado, tan pobre de espíritu, que, a pesar de la protesta
romántica y de la advertencia de cuatro visionarios, pretendió rebajar al
hombre en pos de la “superhombría”. Vaya idea. Ya lo dijo Denis de Rougemont, a
quien el maestro quizás habría reprendido por su escaso entusiasmo con relación
a lo puramente físico, y yo cito con cabal conciencia de («poeta, ¿de nuevo tú
por aquí?; baja de mi chepa, anda, espérame en Píopío de las Nubes»): [El siglo
XIX] no es nunca tan feliz como cuando
puede remitir lo superior a lo inferior, lo espiritual a lo material, lo significativo
a lo insignificante. Y a eso le llama «explicar» […] la conciencia moderna […]
zanja siempre el debate a favor de lo más bajo.
Cuenta Escohotado en su libro que Newton antes de cumplir los quince años ya había inventado […] un pequeño molino movido por una rata que se alimentaba en proporción
a su propio trabajo. Algo así habría que inventar para los perezosos, ¿no? Sobre
todo para los que padecen la peor de las perezas, la que les hace cerrar los
ojos al conocimiento y mantenerse amodorrados, cambiando libertad por seguridad.
Son puros “lentejeros”. Sí, decía Mann: me reiría en la cara de una ignorancia humanista que estuviese
dispuesta a alimentarme de lentejas hasta el fin natural de mis días. Esos “humanistas”
ignorantes y los “beneficiarios” de sus lentejas, fueron el Coco para el
maestro que les llamó enemigos del comercio. Pero vosotros,
los que habéis llegado hasta aquí, no necesitáis demasiados acicates para
acercaros a un buen libro, lo sé. Os sobran fuerzas y ganas para leer Filosofía para no filósofos. ¿Tendréis el
tiempo necesario para hacerlo? Ojalá. Os aseguro que vale la pena y quedo satisfecho
por haberos invitado a. Gracias por recibir la invitación.
Ahora mi poeta y mi pensador volverán
a las andadas. Será inevitable. Escrita la reseña, llevaré los apuntes hechos
sobre el libro a mi cuaderno de notas. Releeré su meollo. A ver cómo me las
arreglo en privado con estos dos extremistas.

Gracias Jorge por este prólogo, diría yo, que invita, para mi ya es apremio, a su lectura.
ResponderEliminarGracias a ti, amigo, por pasar, leer y comentar. Y un abrazo
Eliminar"Dijo el Estagirita: la vivacidad de la inteligencia es la facultad de descubrir instantáneamente el término medio. “Término medio” que en este contexto no es una virtud ética, sino la síntesis entre la sensibilidad (tesis) y la fantasía (antítesis). De aquí viene la máxima que muchos otros repitieron después: inteligencia es darse cuenta. Inteligente es, pues, quien se da cuenta muy rápido de lo que está pasando."
ResponderEliminarQuerido amigo, pero ¿darse cuenta de qué, solo de lo que está pasando? Hay una profunda divergencia en esa comprensión última de lo que pasa, como un relámpago que atraviesa el "cuerpo" físico y espiritual a la vez que deja claro cuán pocas veces "nos damos cuenta de lo que está pasando", y cuando lo hacemos, en qué forma tan limitada conseguimos convertirlo en "término medio", sin ir hacia ningún extremo.
¿ES DIOS POETA O POEMA?, me sigo preguntando. Y me respondo: Si nosotros podemos ser ambos, a veces al mismo tiempo, quizás la respuesta sería otra pregunta: ¿Es Escohotado poeta o poema? Fuera de toda lógica, incluso del reconocimiento de Dios más allá de la filosofía, en tanto hechos a su semejanza, es ambos. Somos ambos.
Seguro no me explico bien, me falta tu lectura de Filosofía para no filósofos y tu solvencia verbal. pero... siempre te leo con gusto y aprendo. Gracias.
Amiga querida, para entender a fondo esa cita aristotélica hay que meterse en un "lío" que no cabe aquí. Escohotado se mueve muy bien en ese telar. Él pudiera resumirlo mucho mejor que yo, claro. Pero te digo algo, así, por arribita: El "término medio" para Aristóteles es una virtud ética. Por ejemplo: ni cobardía (defecto) ni temeridad (exceso), valentía. Pero al margen de la ética, "término medio" para Aristóteles viene a ser, más o menos, la causa de lo que pasa. Es en ese sentido que lo cito en la reseña, porque él viene a decir que la inteligencia es la facultad de darse cuenta rápidamente de cuál es la causa de un fenómeno. Perdona el trazo grueso en esto que te explico, es que sería muy largo ahondar en ello.
EliminarPor otro lado, quede claro que Escohotado es ateo, ni siquiera deísta o teísta, ateo. Él concibe la filosofía a partir del reconocimiento (de origen presocrático, socrático y aristotélico, pero nunca pitagórico ni platónico), de que el mundo físico que percibimos sensorialmente es lo único que debemos intentar conocer y entender. La religión para él es una suerte de superstición con origen en el pensamiento mágico.
Claro, aunque Escohotado no se lo plantea así (Dios, ¿Poeta o Poema?, es una pregunta que formulo yo), para él Dios es un Poema escrito por hombres que se niegan a aceptar la finitud del mundo físico, la inexistencia de un “más allá” de ese mundo. Como yo no soy ateo, pienso que Dios es el POETA. Lo que todavía me pregunto es si el hombre es o no su poema-espejo. Aquí tú me llevas ventaja. Lo solucionaste hace mucho tiempo.
En cualquier caso, leer a Escohotado es siempre una delicia. Es un verdadero maestro, un erudito de primera línea, y, sin embargo, es lo contrario a un pedante, porque es un sabio. Que no esté de acuerdo con todas sus tesis no me impide disfrutarlo y aprender de él en muchos sentidos.
Perdona que no me extienda más. Aunque no lo haga, sabes cuánto agradezco que me leas y me comentes lo que puedan inquietarte mis textos. Es un lujo para mí tener una lectora de tu categoría.
Un gran abrazo. Jorge
Creo que no he conseguido explicarme cuando intento encontrar el sentido de las preguntas que me hago sobre tus preguntas, desde luego sé que Escohotado es ateo y todas esas demás cosas que dices. siempre es un gusto leerte, Jorge.
EliminarAmiga, seguramente soy yo quien no se explica bien. Pero qué suerte que todavía andemos con ganas de preguntarnos cosas, ¿no? Y qué suerte para mí tenerte a la mano. Te dejo una pregunta "pedestre" para que, si te parece, a partir de ella hablemos un rato tan pronto podamos: ¿Quién establece los pesos y las medidas cuando sonríe un nieto? Te quiero.
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