¡Vaya libro! Pequeño, pero matón. Los cordobeses más
ilustres puestos en relación por Alberto Monterroso: Averroes y los grandes sabios de Córdoba. El ensayista renuncia a
escribir cuatro ensayos estancos, uno sobre cada genio (Séneca, Osio, Averroes
y Maimónides), entrega la batuta a Averroes, y en una partitura que titula
“CÓRDOBA”, va enredando notas biobibliográficas de sus cuatro paisanos de una
manera orgánica. Estupendo. Esta letra está viva. Me encanta. Cuando menos lo
esperas, entra el uno a apoyar al otro, un tercero se entrecruza y escucha
sonriente, el cuarto aplaude y pide paso. Y mientras tanto, los cuatro compiten
en buena lid por ser el más sabio, el menos religioso (me atrevería a decir el más ateo) y, sobre todo, el más
cordobés. En todo esto el pobre Osio parece partir con desventaja, pero…
Cuando lees el libro de Monterroso, insisto, una red
orgánica perfectamente tejida, en cuyos nudos se encuentran estos magnos
cordobeses para relativizar el tiempo frente a su contenedor espacial: Córdoba,
lo primero que notas es que en aquella maravillosa ciudad la razón-razón varias
veces fue capaz de sobrepujar a la razón teológica, a la razón poética, y, si
me apuras, a la mismísima razón histórica de la mano de mentes brillantes, que
a la decadencia de su tiempo quisieron (y pudieron, sólo en términos intelectuales,
claro) oponer una pujanza teórica levantada a punta de inteligencia. Claro, los
tres que mejor hicieron esto (Séneca, Averroes y Maimónides) salieron peor
parados en términos personales: exilio, condenas a muerte, olvido planificado…
porque contra la razón histórica, que tiene mucho que ver con la razón poética…
¿Qué o quién puede contra la razón histórica?, a ver. Nada. Nadie. Séneca,
Averroes y Maimónides tuvieron que esperar a que Europa, es decir, Occidente,
es decir, la Cristiandad, ya expandida por medio mundo gracias a España,
comenzara a decaer definitivamente de la mano de la Ilustración para volver a
los primeros planos del Pensamiento normativo, que es ese pensamiento que se
loa a sí mismo y acaba siempre rendido a sus propios pies, en una religio unívoca con la Diosa Razón. Es
cierto que Occidente, y sobre todo España, en lo que respecta a sus pensadores
y literatos ha sido siempre algo senequista y puede que también algo averroísta,
porque ha sido siempre algo estoica (ver en Sánchez Albornoz) incluso en épocas
pujantes. El propio Monterroso cita con puntería al Dante averroísta (ya
gibelino disfrazado de güelfo blanco), rendido al sabio cordobés cuando hacerlo
no salía precisamente gratis.
Chesterton, un pensador “anacrónico” a principios del
veinte, comparando al poeta con el pensador, decía: El poeta sólo pretende rozar el cielo con la frente. En cambio, el
lógico quiere meterse el cielo en la cabeza. Y por eso acaba estallándole. El
filósofo quiere meterse el cielo en la cabeza, donde tiene el cerebro, ese sistema refrigerante del corazón
(Aristóteles bien citado por Monterroso). Y si el filósofo es estoico, lo que
implica que, igual que el budista, huye del dolor como del diablo, el estallido
de la cabeza deja sin refrigerante al corazón. Entonces el corazón
sobrecalentado duele, muchísimo, y su portador dicta una pausa indolora que
conduce a la inacción. La parálisis fáctica es una opción en la filosofía de
salón (estoicismo, escepticismo, cinismo, epicureísmo), pero en la historia
implica muerte. Algo que un Nerón, un Constancio, un Almanzor o un Saladino no
podrían haber aceptado nunca; y que nuestra Unión Europea, sin embargo, reclama
a viva voz. Tiempos y tiempos. Los hay para todos los gustos.
Monterroso cae al estoicismo (lo reconozco enseguida, no
por vía intelectual, sino vital, porque yo mismo pasé por ahí cuando era ateo,
en momentos especialmente duros para mí), y sabe que estoicismo y ateísmo son
accidentes de la misma esencia: el humanismo exacerbado, incluso desorejado: la
fe ciega en el hombre que apunta al superhombre, al hombre nuevo, al hombre
total, al hombre absoluto, ¿al transhombre? Él mismo dice con mucha razón: Los estoicos interpretaron la mitología como
una forma poética de hablar del mundo y del cosmos. También pone sobre la
mesa la convicción de Averroes y de Maimónides sobre la necesidad de
interpretar alegóricamente el relato religioso, y aún el teológico, cuando éstos
chocan contra la razón pura, momento en que este relato puede y debe ser
sustituido: El filósofo está obligado a
elegir la mejor religión de su época… y debe creer que la mejor pueda ser
abolida por otra aún mejor, decía Averroes. Religión a la carta, como mero
instrumento. Casi nada. ¿Qué podía hacer Abu Yaqub al-Mansur, quien
inicialmente lo protegió, cuando la vena integrista y teocrática del islam lo asfixió?
¿Cómo defender en la Córdoba califal a alguien que iba a la mezquita como quien
afinase su instrumento musical y luego decía: el vino está prohibido porque existen las enemistades y las querellas,
pero como yo estoy preservado de estos excesos por mi sabiduría, lo tomo para
avivar mi inteligencia? Esto dicho
por Escohotado en la España de Felipe VI cuela, pero en la Córdoba almohade no
colaba. El islam es sumisión. Ni puedes tomar su relato por alegórico ni puedes
tomar vino por muy sabio que seas.
Monterroso, que es un hombre muy culto y conoce bien los portentos
de su ciudad natal, incluidos, claro, los ocurridos en el período
hispanomusulmán, cuando la gran “ciudad hereje”, tan alejada geográfica y
operativamente de Bagdad, produjo sus principales maravillas, cuando de la mano
de Toledo inundó Europa de un conocimiento viejo felizmente renovado; carga la
culpa de lo acontecido con Averroes en Córdoba a la envidia de sus convecinos,
entiéndase de sus colegas: jueces, médicos, políticos, pensadores y teólogos,
porque los otros poca influencia tendrían, digo yo. También habla del
integrismo religioso, pero hace énfasis en la envidia, algo tan humano y
transversal que queda al margen de la religión. Seguramente Monterroso tenga
parte de razón. Seguramente la envidia, que se movería en todas direcciones
(siempre lo hace), tocaría a Averroes viniendo de sus semejantes. Puesto que la envidia anida en el corazón,
no en el cerebro, ningún grado de inteligencia ofrece garantía contra ella,
dijo Melville. Sin embargo, la envidia, como toda pulsión humana opera en la historia.
Si Averroes hubiera vivido en la corte de Isabel la Católica, la envidia lo
habría señalado como judío. Si hubiera vivido en la corte de Carlos III, la
envidia lo habría señalado como jesuita. Pero Averroes vivió en territorio
islamizado, no arabizado, pero sí islamizado, y entonces la envidia… Fue la
cerrazón islamista la que le pasó la cuenta por infiel, o por fiel imperfecto,
que es peor todavía. El cainismo es aquí circunstancia, no sustancia.
La diferencia entre islam y cristianismo en cuanto a la
tolerancia frente a los “descarriados”, queda muy clara cuando Monterroso
aborda la figura de Osio. Confieso que es lo que más me ha interesado del
libro, aunque me interesó mucho todo él, porque Osio es, de los cuatro sabios
cordobeses, el que menos conozco. Es tan notoria la forma en que el
cristianismo, incluso en su versión más universalista: el catolicismo, supo
separar siempre Estado e Iglesia (nada que ver con la estructura teocrática del
islam), que me permito transcribir aquí un pasaje de la carta que Osio escribió
al emperador Constancio, cuando éste, que se había dejado comer la oreja
por Arrio, lo amenazó si no se avenía al arrianismo:
…De ningún
modo puedo aprobar la conducta, ni los escritos, ni las amenazas. Deja de
escribir semejantes cosas; no pienses como Arrio ni des oídos a los orientales,
ni creas a Ursacio y Valente, porque lo que éstos dicen, no lo dicen por
favorecer a Atanasio, sino a su herejía. Créeme, Constancio, a mí, que por la
edad podría ser tu abuelo […]. Deja de hacer violencia a nadie ni por cartas ni
por medio de enviados. Restituye a sus sedes a los desterrados, no sea que
quejándote tú de la fuerza, la ejerciten ellos con mayor encono. ¿Por ventura
hizo algo parecido tu hermano, el emperador Constante? ¿Qué obispo desterró?
¿Cuándo se mezcló en los juicios eclesiásticos? ¿Qué ministro suyo estrechó a
nadie para que suscribiese contra otro, según afirman Valente y los suyos?
Desiste pues y acuérdate de que eres mortal. Teme el día del juicio y
consérvate puro para él. No te entrometas en asuntos eclesiásticos, ni nos
mandes sobre puntos en que debes ser instruido por nosotros. A ti te dio Dios
el Imperio, a nosotros nos confió la Iglesia. Y así como el que te robase el
Imperio se opondría a la ordenación divina, asimismo guárdate tú de incurrir en
el horrendo crimen de adjudicarte lo que toca a la Iglesia. Escrito está: «dad
al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Por tanto, ni a
nosotros nos es lícito tener el Imperio en la tierra, ni tú, ¡oh rey!, tienes
potestad en las cosas sagradas.
¿Pudo escribir algo con este tono Séneca a Nerón? ¿Pudo
escribirlo Averroes a Al-Mustadi en Bagdad, o al propio Abu Yaqub al-Mansur en
Córdoba? ¿Pudo escribirlo Maimónides a Saladino? Osio lo escribió a Constancio
y siguió vivo.
Este magnífico ensayo de Monterroso, un cordobés de pro, un
latinista de primera fila y un estupendo crítico literario, que pone a Averroes
a la cabeza de los grandes sabios de Córdoba y se afana contra lo que el propio
autor llama La Leyenda Negra que se
ha levantado contra ellos durante siglos, no os dejará indiferentes. El ensayo,
cargado de erudición, la sobrepasa con creces para apostar por una visión
culturalmente ecuménica que temple, a través de la todopoderosa razón, la
tormenta histórica que no cesa. Sin embargo, aunque yo creo que la historia es
materia poética, que no se puede legislar o enfriar desde la lógica pura y que,
desgraciadamente, como dijo el gran Ibn Hazm, otro cordobés enorme: la espada no es más que un peso hasta que
deja la vaina, disfruté mucho el libro y aprendí muchas cosas leyéndolo.
En cuanto al papel de los sabios descreídos (sumos lógicos)
en el desarrollo de la humanidad, ¿qué podríamos objetar? Nada. Todo lo
contrario. Sin la tropa de Sócrates, ¿habrían podido existir san Agustín, santo
Tomás y Pascal, por ejemplo?
Me quedo con la imagen tan bien traída por Monterroso sobre
el entierro de Averroes: Cuando se colocó
sobre una mula el ataúd que encerraba su cuerpo amortajado, se pusieron sus
obras en el lado opuesto del animal para que sirvieran de contrapeso. ¿Cuántos
hombres podrían propiciar tal equilibrio? La mula de Averroes me recuerda el
mulo de Lezama:
Con qué seguro paso el mulo en el abismo.
[…]
Paso es el paso, cajas de agua, fajado por Dios
el poderoso mulo duerme temblando.
Con sus ojos sentados y acuosos,
al fin el mulo árboles encaja en todo abismo.
Con las cenizas de las bibliotecas de Alejandría y de Alhakén
se hicieron los árboles que encaja en el abismo el mulo de Lezama. Por lo
tanto, ¡que obren Averroes y los suyos allí donde no lo pueden hacer Ricardo y
Saladino! Y donde tengan que obrar estos últimos, sangren los mártires
dolientes con sus fértiles estigmas. Y antes y después y siempre: que sea lo
que Dios quiera.
