viernes, 19 de junio de 2026

CUARTO EN BAURU

 


  

                      Yo, como los pájaros, en viendo lo verde,                                                             deseo cantar o hablar.

                                     Fray Luis de León

 

Decía Flaubert que en provincias la ventana es como el sucedáneo del teatro y del paseo. Claro, pensar en Bauru como una ciudad provinciana, con las referencias de Tostes y Yonville (dicen que la actual Ry) es muy cuestionable. Al parecer, Tostes ni siquiera llega a los quinientos habitantes; Ry apenas tiene seiscientos; mientras que Bauru roza los cuatrocientos mil. Sin embargo, frente a la colosal São Paulo (doce millones de almas), Bauru sigue siendo una modesta ciudad de provincias. Por lo tanto, la mayoría de sus ventanas son, seguro, sustitutas del teatro y del paseo. ¿Y sus cuartos? ¿Acaso los cuartos en Bauru son (como lo fue aquel famoso cuarto en Arlés) espacios para cobijar la introspección (más o menos inocente, más o menos freudiana) de sus ocupantes? ¿Acaso son cuartos con ventanas cerradas, es decir, abiertas, sólo, al drama y a la tragedia interiores de sus dueños o inquilinos? Lo dudo. Las ventanas en Bauru podrán estar enrejadas, pero no creo que estén cerradas al teatro callejero y al paseo mundano. Imagino centenares, miles de niños asomados a ellas, oreando a la luz sus esperanzas de llegar a ser actores principales en esa obra que a diario se representa ante sus ojos. Algunos se creerán el próximo Pelé, y meterán goles mentales por la escuadra a porteros tan corpulentos como lentos, a poder ser, argentinos. Algunas se imaginarán tan guapas y poderosas como Ana Clara Falconi, y mirarán desdeñosamente desde la pasarela a montones de chicos embobados con su desenvuelta hermosura. Algunos, sean cuales sean su sexo o su clase social, se soñarán millonarios, o científicos, empresarios, médicos, ingenieros, maestros, políticos, curas… incluso, por qué no, editores. …¿Y los artistas natos? ¿Qué soñó el niño Francisco dos Santos desde su cuarto-ventana, no en Bauru (“boca” de El Cerrado), sino en El Cerrado profundo? ¿Hay cuartos con ventanas en el Pantanal?

El cuarto en Bauru de Francisco Dos Santos, muy distinto al cuarto de Van Gogh en Arlés, con el que coquetea nominalmente, es todo él una ventana: una ventana abierta de par en par. Pero más que una abertura al teatro y al paseo urbanitas, es una abertura a la naturaleza resuelta en patio. Claro, la visión de la naturaleza de un artista como Francisco, que esta vez se vale de la fotografía para cautivarnos, no implica (es más, no puede implicar) una observación distante o microscópica, técnica o especializada. No puede ser la visión de un botánico, ni la de un biólogo, ni la de un perito-fotógrafo que trabaje con vocación científica. Su visión es la de un niño que no puede evitar ser sorprendido e impresionado por la naturaleza, y que se funde con ella sin cuartos ni ventanas por medio. El cuarto y la ventana son en este caso el marco que se impone el adulto para tener un lugar desde donde saltar hacia la niñez como quien se abisma en sí mismo, es decir, se ensimisma en brazos de sus fantasmas más íntimos que, ya sean astros, fenómenos, elementos o bichos, sólo se explican a medias. La aparición numinosa de los entes y los seres mágicos no se explica, se celebra. Y esto Francisco lo hace poéticamente.

Así que desde la ventana de su cuarto en Bauru (insisto, aquí ventana y cuarto son meros apoyos espaciales, acaso marcos prefabricados para ser trascendidos, acaso la escalera que hay que tirar tras haber escalado hacia no se sabe dónde), Francisco levanta acta de los entes y los seres que llegan a su patio desde el Cerrado para erotizar su memoria: plantas, flores, mariposas, insectos, exoesqueletos de insectos, pájaros, lagartos, satélites… bruma, noche, fuego… Levanta acta, pero no puede ni quiere definir lo listado apuntando a la comprensión facilona que satisface a los mansos. No puede ni quiere des-velarlo. Por eso se revuelve contra la fotografía de Blossfeldt, con la que en ocasiones también coquetea en términos de escala, pero de la que se distancia radicalmente en todo lo demás. Blossfeldt planifica sus impresiones. Francisco se entrega al azar. Blossfeldt mete zoom para des-velar lo mirado y servir a la ciencia, como mucho, a la artesanía. Francisco lo hace para velar de nuevo lo antes des-velado y servir al arte. Francisco mira a la defensiva, como el niño que se protege de revelaciones inoportunas: el nombre de pila de los Reyes Magos, por ejemplo, que tiende fatalmente al de sus progenitores.       

Hace unos cuantos años desenterraron varios moáis en la isla de Pascua. Y yo, que entonces desconocía lo que algunos arqueólogos conocían desde principios del veinte, escribí: 

Aquellas cabezas eran un infinito surtidor de imágenes. Ahora (todo conocimiento profundo es una corriente fría, decía Nietzsche) resulta que no sólo tienen cuerpo, sino que lo protegieron con celo de la erosión, como si en él pudieran guardar lo que realmente importa. Y comienzan a verse flácidos pectorales, distendidos ombligos, dóciles extremidades, espaldas tatuadas… En fin, muy compuestas estampas, síntomas de acomodada y pedregosa carnalidad, donde la imagen había tejido un vacío repleto de insinuaciones […] Donde hubo enigma informe, ahora relamida lava. Donde hubo oscura piedra, geología iluminada. ¿Estamos a punto de escribir Lemuria en el GPS de la historia?… Señores arqueólogos y geólogos que sonríen satisfechos en los fosos que nos legan junto a los cuerpos embarrados de nuestras amadas cabezas; si alcanzan a leer un nombre en esas espaldas tatuadas, qué sé yo: Juanito o Miguelón, por ejemplo, regístrenlo en sus tabletas táctiles, pero, por favor, ante nosotros cállenlo.

Hace muy poco acaban de circunvalar a placer la luna, acaban de hacerle miles de fotografías a su cara oculta, supremo símbolo de lo misterioso. Pues bien, para cada des-velamiento con que nos provoque la ciencia, habrá una respuesta inconformista del arte, que, por un lado, sembrará nuevos misterios donde se hayan cosechado evidencias, y, por el otro, abrirá nuevas vías para que el pensamiento se vea obligado a seguir adelante. El alma del artista compensará con voluntad (voluntariosa imaginación) lo que el alma del científico regale a la razón. Lo hará para que la memoria siga siendo una sugerente montaña de pretérito que tiente, ad infinitum, la terca curiosidad del hombre. Razón, voluntad y memoria; las tres potencias del alma que posee el hombre entero: el siempre-niño (el niño es el padre del hombre, dijo Wordsworth): el artista.      

A esto se dedica Francisco desde su cuarto en Bauru, a velar lo des-velado. (La luna de Francisco, por ejemplo, es o puede ser, además de luna, y según la imagen de que se trate, un faro o una farola, en ocasiones semivelados por una telaraña-nebulosa de connotaciones casi brujeriles). Sí, velar lo des-velado, cosa que ya hicieron los primeros impresionistas como respuesta a la pedante fotografía que llegó al diecinueve, con ínfulas de ilustrada sabelotodo, para dar un puñetazo de luz fría sobre la mesa donde el arte repartía el pan entre la luz y la sombra. Por eso Francisco no retoca sus imágenes (las manipula sin retocarlas), sólo las amplía o no, según el caso, para que se pixelen, se “muevan”, vibren, se desenfoquen… activen un cromatismo acientífico que no puedan resolver ni Newton ni Goethe ni Kandinsky… Francisco llega a primeros planos tan extremos que desembocan en lo abstracto. Sus imágenes remiten a un fuego que no es ni siquiera neolítico, sino paleolítico. Así debieron de operar las imágenes en la caverna preplatónica a la luz de la candela. Así debieron de impresionar el pensamiento mágico de los hombres primitivos. …El arte hará lo que tenga que hacer para arrebatar el hombre a la máquina. Puede que tenga, incluso, que trascender al mero artista en pos del poeta para llegar finalmente al sacerdote (el poeta deviene del sacerdote, el artista del artesano, decía Zilsel) y convencer a Dios de que vale la pena ocuparse de nosotros.    

En todo esto pensaba mientras veía (revisaba / disfrutaba) una y otra vez, una y otra vez las cuarenta y cuatro imágenes de Quarto em Bauru. (¡Qué hermosas!). Y en una de ésas, llegué a la página setenta y leí un grafiti que ponía LSD. Entonces me dije: «Vaya, de esto se trata, ¿el libro es, también, un “viaje” psicodélico, y por eso las imágenes…?… Entonces releí y caí: «no pone LSD, Jorge, sino LHS». …Ah, ¿cómo pude ir inconscientemente de LHS a LSH, para terminar leyendo LSD? No lo sabía. …Escribí a Francisco (donde hay confianza da asco, se dice en Castilla) y le pregunté qué querían decir las siglas LHS. «A sigla está relacionada ao hipercubo latino. LHS sigla para Latin Hypercube Sampling, usado em simulações…», me dijo. «¿Y las siglas FNO?», le pregunté después, porque estas últimas aparecían junto a las otras. «FNO é de uma inscrição anterior e significa 'Francisco não está'. Risos», me respondió. «¿Y dónde está pintado este grafiti?, le pregunté por último. «Então, a pintei ao lado da entrada da casa», me contestó. «¿Quéee?»… 

¡Pandemia, confinamiento y dolor! ¡Juego y humor reconfortantes! ¡Arte! Entonces el libro volvió a mutar ante mí. Otra vez a revisarlo. Después de hacerlo bajo el influjo de los nuevos estímulos, quise ver en él alguna conexión distinta, quizás al margen de las puras sustancia y forma, con la obra de Van Gogh. Se sabe que el genio holandés tomaba digital (digitalis purpurea) para tratarse sus crisis maníaco-depresivas y sus ataques epilépticos, lo que explica su obsesión con el color amarillo. También tomaba grandes cantidades de absenta, bebida que al parecer contiene agentes alucinógenos. Y también tomaba alcanfor y trementina, si no tenía absenta a la mano. En fin, que la obra de Van Gogh no puede disociarse del consumo de sustancias psicoactivas.

Nada de esto tiene que ver con Francisco. ¿O sí? (Río…). Desde luego, tiene que ver en primera instancia conmigo. Fui yo quien leyó LSD donde ponía LHS. El buen arte logra también eso: activa el don de la ebriedad en los más sobrios pardillos.       

 

domingo, 7 de junio de 2026

LA PARTITURA DE CÓRDOBA: EL CONTRAPESO DE LOS SABIOS EN EL ABISMO

 




¡Vaya libro! Pequeño, pero matón. Los cordobeses más ilustres puestos en relación por Alberto Monterroso: Averroes y los grandes sabios de Córdoba. El ensayista renuncia a escribir cuatro ensayos estancos, uno sobre cada genio (Séneca, Osio, Averroes y Maimónides), entrega la batuta a Averroes, y en una partitura que titula “CÓRDOBA”, va enredando notas biobibliográficas de sus cuatro paisanos de una manera orgánica. Estupendo. Esta letra está viva. Me encanta. Cuando menos lo esperas, entra el uno a apoyar al otro, un tercero se entrecruza y escucha sonriente, el cuarto aplaude y pide paso. Y mientras tanto, los cuatro compiten en buena lid por ser el más sabio, el menos religioso (me atrevería a decir el más ateo) y, sobre todo, el más cordobés. En todo esto el pobre Osio parece partir con desventaja, pero…            

Cuando lees el libro de Monterroso, insisto, una red orgánica perfectamente tejida, en cuyos nudos se encuentran estos magnos cordobeses para relativizar el tiempo frente a su contenedor espacial: Córdoba, lo primero que notas es que en aquella maravillosa ciudad la razón-razón varias veces fue capaz de sobrepujar a la razón teológica, a la razón poética, y, si me apuras, a la mismísima razón histórica de la mano de mentes brillantes, que a la decadencia de su tiempo quisieron (y pudieron, sólo en términos intelectuales, claro) oponer una pujanza teórica levantada a punta de inteligencia. Claro, los tres que mejor hicieron esto (Séneca, Averroes y Maimónides) salieron peor parados en términos personales: exilio, condenas a muerte, olvido planificado… porque contra la razón histórica, que tiene mucho que ver con la razón poética… ¿Qué o quién puede contra la razón histórica?, a ver. Nada. Nadie. Séneca, Averroes y Maimónides tuvieron que esperar a que Europa, es decir, Occidente, es decir, la Cristiandad, ya expandida por medio mundo gracias a España, comenzara a decaer definitivamente de la mano de la Ilustración para volver a los primeros planos del Pensamiento normativo, que es ese pensamiento que se loa a sí mismo y acaba siempre rendido a sus propios pies, en una religio unívoca con la Diosa Razón. Es cierto que Occidente, y sobre todo España, en lo que respecta a sus pensadores y literatos ha sido siempre algo senequista y puede que también algo averroísta, porque ha sido siempre algo estoica (ver en Sánchez Albornoz) incluso en épocas pujantes. El propio Monterroso cita con puntería al Dante averroísta (ya gibelino disfrazado de güelfo blanco), rendido al sabio cordobés cuando hacerlo no salía precisamente gratis.

Chesterton, un pensador “anacrónico” a principios del veinte, comparando al poeta con el pensador, decía: El poeta sólo pretende rozar el cielo con la frente. En cambio, el lógico quiere meterse el cielo en la cabeza. Y por eso acaba estallándole. El filósofo quiere meterse el cielo en la cabeza, donde tiene el cerebro, ese sistema refrigerante del corazón (Aristóteles bien citado por Monterroso). ¿Y qué ocurre si el filósofo es estoico y por eso, al igual que el budista, huye del dolor como del diablo? Que cuando su cabeza estalla y deja al corazón sin refrigerante, éste se sobrecalienta y duele. Muchísimo. Entonces el filósofo, acobardado, dicta una pausa indolora que conduce a la inacción. La parálisis fáctica es una opción en la filosofía de salón (estoicismo, escepticismo, cinismo, epicureísmo), pero en la historia implica muerte. Algo que un Nerón, un Constancio, un Almanzor o un Saladino no podrían haber aceptado nunca y que nuestra Unión Europea, sin embargo, reclama a viva voz. Tiempos y tiempos. Los hay para todos los gustos.

Monterroso cae al estoicismo (lo reconozco enseguida, no por vía intelectual, sino vital, porque yo mismo pasé por ahí cuando era ateo, en momentos especialmente duros para mí), y sabe que estoicismo y ateísmo son accidentes de la misma esencia: el humanismo exacerbado, incluso desorejado: la fe ciega en el hombre que apunta al superhombre, al hombre nuevo, al hombre total, al hombre absoluto, ¿al transhombre? Él mismo dice con mucha razón: Los estoicos interpretaron la mitología como una forma poética de hablar del mundo y del cosmos. También pone sobre la mesa la convicción de Averroes y de Maimónides sobre la necesidad de interpretar alegóricamente el relato religioso, y aún el teológico, cuando éstos chocan contra la razón pura, momento en que este relato puede y debe ser sustituido: El filósofo está obligado a elegir la mejor religión de su época… y debe creer que la mejor pueda ser abolida por otra aún mejor, decía Averroes. Religión a la carta, como mero instrumento. Casi nada. ¿Qué podía hacer Abu Yaqub al-Mansur, quien inicialmente lo protegió, cuando la vena integrista y teocrática del islam lo asfixió? ¿Cómo defender en la Córdoba califal a alguien que iba a la mezquita como quien afinase su instrumento musical y luego decía: el vino está prohibido porque existen las enemistades y las querellas, pero como yo estoy preservado de estos excesos por mi sabiduría, lo tomo para avivar mi inteligencia? Esto dicho por Escohotado en la España de Felipe VI cuela, pero en la Córdoba almohade no colaba. El islam es sumisión. Ni puedes tomar su relato por alegórico ni puedes tomar vino por muy sabio que seas.

Monterroso, que es un hombre muy culto y conoce bien los portentos de su ciudad natal, incluidos, claro, los ocurridos en el período hispanomusulmán, cuando la gran “ciudad hereje”, tan alejada geográfica y operativamente de Damasco o Bagdad, produjo sus principales maravillas, cuando de la mano de Toledo inundó Europa de un conocimiento viejo felizmente renovado; carga la culpa de lo acontecido con Averroes en Córdoba a la envidia de sus convecinos, entiéndase de sus colegas: jueces, médicos, políticos, pensadores y teólogos, porque los otros poca influencia tendrían, digo yo. También habla por encima del integrismo religioso, pero hace énfasis en la envidia, algo tan humano y transversal que queda al margen de la religión. Seguramente Monterroso tenga parte de razón. Seguramente la envidia, que se movería en todas direcciones (siempre lo hace), tocaría a Averroes viniendo de sus semejantes. Puesto que la envidia anida en el corazón, no en el cerebro, ningún grado de inteligencia ofrece garantía contra ella, dijo Melville. Sin embargo, la envidia, como toda pulsión humana opera en la historia. Si Averroes hubiera vivido en la corte de Isabel la Católica, la envidia lo habría señalado como judío. Si hubiera vivido en la corte de Carlos III, la envidia lo habría señalado como jesuita. Pero Averroes vivió en territorio islamizado, no arabizado, pero sí islamizado, y entonces la envidia… Fue la cerrazón islamista la que le pasó la cuenta por infiel, o por fiel imperfecto, que es peor todavía. El cainismo es aquí circunstancia, no sustancia.     

La diferencia entre islam y cristianismo en cuanto a la tolerancia frente a los “descarriados”, queda muy clara cuando Monterroso aborda la figura de Osio. Confieso que es lo que más me ha interesado del libro, aunque me interesó mucho todo él, porque Osio es, de los cuatro sabios cordobeses, el que menos conozco. Es tan notoria la forma en que el cristianismo, incluso en su versión más universalista: el catolicismo, supo separar siempre Estado e Iglesia (nada que ver con la estructura teocrática del islam), que me permito transcribir aquí un pasaje de la carta que Osio escribió al emperador Constancio, cuando éste, que se había dejado comer la oreja por Arrio, lo amenazó si no se avenía al arrianismo:

…De ningún modo puedo aprobar la conducta, ni los escritos, ni las amenazas. Deja de escribir semejantes cosas; no pienses como Arrio ni des oídos a los orientales, ni creas a Ursacio y Valente, porque lo que éstos dicen, no lo dicen por favorecer a Atanasio, sino a su herejía. Créeme, Constancio, a mí, que por la edad podría ser tu abuelo […]. Deja de hacer violencia a nadie ni por cartas ni por medio de enviados. Restituye a sus sedes a los desterrados, no sea que quejándote tú de la fuerza, la ejerciten ellos con mayor encono. ¿Por ventura hizo algo parecido tu hermano, el emperador Constante? ¿Qué obispo desterró? ¿Cuándo se mezcló en los juicios eclesiásticos? ¿Qué ministro suyo estrechó a nadie para que suscribiese contra otro, según afirman Valente y los suyos? Desiste pues y acuérdate de que eres mortal. Teme el día del juicio y consérvate puro para él. No te entrometas en asuntos eclesiásticos, ni nos mandes sobre puntos en que debes ser instruido por nosotros. A ti te dio Dios el Imperio, a nosotros nos confió la Iglesia. Y así como el que te robase el Imperio se opondría a la ordenación divina, asimismo guárdate tú de incurrir en el horrendo crimen de adjudicarte lo que toca a la Iglesia. Escrito está: «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Por tanto, ni a nosotros nos es lícito tener el Imperio en la tierra, ni tú, ¡oh rey!, tienes potestad en las cosas sagradas.               

¿Pudo escribir algo con este tono Séneca a Nerón? ¿Pudo escribirlo Averroes a Al-Mustadi en Bagdad, o al propio Abu Yaqub al-Mansur en Córdoba? ¿Pudo escribirlo Maimónides a Saladino? Osio lo escribió a Constancio y siguió vivo.

Este magnífico ensayo de Monterroso, un cordobés de pro, un latinista de primera fila y un estupendo crítico literario, que pone a Averroes a la cabeza de los grandes sabios de Córdoba y se afana contra lo que el propio autor llama La Leyenda Negra que se ha levantado contra ellos durante siglos, no os dejará indiferentes. El ensayo, cargado de erudición, la sobrepasa con creces para apostar por una visión culturalmente ecuménica que temple, a través de la todopoderosa razón, la tormenta histórica que no cesa. Sin embargo, aunque yo creo que la historia es materia poética, que no se puede legislar o enfriar desde la lógica pura y que, desgraciadamente, como dijo el gran Ibn Hazm, otro cordobés enorme: la espada no es más que un peso hasta que deja la vaina, disfruté mucho el libro y aprendí muchas cosas leyéndolo.

En cuanto al papel de los sabios descreídos (sumos lógicos) en el desarrollo de la humanidad, ¿qué podríamos objetar? Nada. Todo lo contrario. Sin la tropa de Sócrates, ¿habrían podido existir san Agustín, santo Tomás y Pascal, por ejemplo?

Me quedo con la imagen tan bien traída por Monterroso sobre el entierro de Averroes: Cuando se colocó sobre una mula el ataúd que encerraba su cuerpo amortajado, se pusieron sus obras en el lado opuesto del animal para que sirvieran de contrapeso. ¿Cuántos hombres podrían propiciar tal equilibrio? La mula de Averroes me recuerda el mulo de Lezama:

Con qué seguro paso el mulo en el abismo.

                             […]

Paso es el paso, cajas de agua, fajado por Dios
el poderoso mulo duerme temblando.
Con sus ojos sentados y acuosos,
al fin el mulo árboles encaja en todo abismo.  

Con las cenizas de las bibliotecas de Alejandría y de Alhakén se hicieron los árboles que encaja en el abismo el mulo de Lezama. Por lo tanto, que obren Averroes y los suyos allí donde no lo pueden hacer Ricardo y Saladino. Y donde tengan que obrar estos últimos, que sangren los mártires dolientes con sus fértiles estigmas. Y antes y después y siempre: que sea lo que Dios quiera.