Lo leí ayer por la noche y de
nuevo hoy. Ha llegado un punto en el que no puedo leer nada tuyo sin
escuchar tu voz midiendo el verso, acentuándolo, poniendo matices entre
determinantes y nombres… Ya leo con tu voz dentro. El tono me parece similar al
que habita en otros libros tuyos. Tienes una voz y no te puedes desprender de
ella fácilmente. Es decir, tienes lo que más cuesta. No creo que ésa sea
una limitación; ahora bien, seguramente tiene algo de dique e impide aventuras
léxicas, que precisarían de un esforzado trabajo deconstructivo para llevarlas
a cabo. No sé si merece la pena trabajar sobre la voz; sobre la inspiración,
desde luego, no. Y esa voz llega al canto deseoso de vida que proyectas sobre
tu nieto y a la patada sistémica que rodea esta queja del nómada. ¿Hay temas
mayores y temas menores? Lo ignoro. Está claro que la muerte, la culpa, la
traición, el amor... son Los Temas. Y no está menos claro que, para llegar a lo
general, nos servimos de lo particular. Cuando hablamos de una
casuística concreta, el verso toma tierra, cuando nos despegamos, la
reflexión se hace más abstracta. Yo veo que el tema y cierta estrategia
expositiva llevan a este poema a un registro fabulador que limita con la
periferia del relato. También de eso hay en Lezama. ¿Quiere decir que es menos
verso? ¡En absoluto! Yo veo que éste es un poema fuerte, con grandes imágenes,
con alta expresión literaria, con un ritmo que envuelve. Es decir, es un poema
tuyo. Formalmente, si despojamos a las palabras de su significado más profundo,
no veo diferencia entre éste y otros trabajos. ¿Más directo? En apariencia. Hay
en tus libros una lucha entre las reacciones físicas y terrenales y las ideas
que las provocan o la naturaleza en que se engloban. Te podría poner muchos
ejemplos de versos evocadores, envidiables, pero creo que me preguntabas otra
cosa, a la que he intentado responder.
Fernando del Val
VIII
a cielo roto con paredes de antracita
(en su color
obrando) el poso era endrino. Todas
iguales.
Apiñadas. Preñadas. Sin salida. La cabra
se detiene. «¿Qué comen? ¿Qué esperan?
¿Dónde
evacúan? (Apenas olían) ¿Y los machos?
(Ningún pestazo cabrío) ¿Y las
crías?
¿Por qué se me parecen tanto?». Tocada
por el azor era ella. El azor, únicamente
él
la distinguía cabra entre las cabras.
Alteridad que redime por frágil que sea:
un renegado del aire, comeflores,
incapaz de poner huevos azules… La
cabra
perdió su pájaro / su árbol / su sombra.
Pasaba de sus deudas. No las tenía.
(Lo sentenció Pan en el páramo
con su enorme chorro céreo. ¿Unicornio?)
Pero en aquel trombo de congéneres
que taponaba el camino, se perdería
a sí misma si el azor diese un mal paso
(salto)
entre los lomos igual de peludos y tintos;
si se apoyase en cualquiera de las
cabezas
con que Aix se le ofrecía. (Entre
Amaltea y Aix
media un abismo que sólo quien mama
resuelve…). Ah, ¿cómo la encontraría
Pan? ¿Cómo
sabría el niño-dios regresar a sus
ubres? ¿Cuántos
unicornios caben en el mundo?
Qué pensamiento tan cabra.
Todas eran nodrizas. Todas eran
amantes del Contrahecho. Después de ser
poseídas
caían a la fosa como moscas; entiéndase
cabras con similares manto / ubres /
vulva: Una.
El azor. Sólo el azor (un milagro)
con su plumaje entre canela y cenizo
la señalaba. El corno en pausa.
El berreo, infernal. Las pezuñas, sordas.
La cabra asume su propio gobierno.
El
peligro sobrepuja a la esperanza, pero
debe avanzar, cortar el sedimento vivo.
Va.
No ve. El azor, su periscopio. «¿Quién
tuviese una jáquima?». Va. El azor
comerá flores, pero es fiel. Se a-garra
como nunca. Todos los ojos le parecen óbolos
para Caronte. Todos los cuernos, remos
de Caronte. No todos los ríos hacen
gracia,
porque no todos perdonan la furia
de Aquiles, o mutan para el diario baño
de Heráclito. Ni asomo de corno.
Berreo.
Pan persigue cabras en el páramo. Así
de duro. No
interviene el día a día de su harén
gestante.
Son semidiosas. Se las arreglen solas.
¿Cuántos
unicornios caben en el mundo?
La cabra sigue. A contra cabra va. El
azor
no la tripula, la integra y modifica.
Sólo la forma-azor conforma cabra, la
separa
(bendito cisma) de la amorfa masa
que cabrea al unísono. Atravesándola
no pasa el tiempo para la cabra azorada.
Ocurre
pero no pasa. Se atraganta, como
el cañón de antracita. El azor sin
embargo nota
que se mueve. Las paredes plomizas
y los lomos endrinos no terminan
en sí mismos. Embudan (o desembudan,
según se mire) hacia lo otro. El azor
es miope pero
no sordo. Hace mucho escucha las
señales divinas.
Por encima del berreo surge una
musiquilla.
Reverbera. ¿Un cubículo temporal
en las hoces de lo eterno? Oasis.
Aulós y cueva. Crono se tragó una
piedra. Tiene
una hernia. La cabra enfila hacia ella.
El azor la guía.
Sin noticias del corno. Entonces el
aulós.
Una cueva poblada por cabras distintas.
Parecían ebrias. Estaban ebrias.
Fornicaban
entre ellas como humanos: a un continuo
estral sometidas. Puro vicio. (…) Fornicaban.
Danzaban alrededor de una peana, (¿la
piedra
de Zeus?) donde obraba un ser rarísimo
y no siempre
animado: ora muchacha, ora egipán /
murciélago / serpiente / simple cagarruta
áurea…
Purín y sangre: señal inequívoca
de que los dioses conocen el sitio. La
cabra
todavía espera a su macho. No lo ve. Tampoco
al mutante compinche. El azor sí.
No empolla. Tiene los sentidos a punto.
A tal estado de cosas llama Pan. Y
Dionisos.
Especialmente Dionisos, que prepara y
señala
las bestias para el Contrahecho… La
cabra
comienza a cambiar el color de su pelaje.
El azor revisa sus plumas preocupado.
Es el único extraño en la fiesta. O no.
No es extraño el término. Es el único
que todavía piensa. No habrá
escopeteros en la cueva,
pero tampoco aire que empuje. No
sabrá qué picará si pica una culebra.
Tal vez su cueva no sea ésta. Su cabra
sí.
Ya tiene el manto ruano: canela y
cenizo.
El azor espera camuflarse en ella, comer
ácaros
hasta tanto su montura permanezca a
expensas
de Dionisos. La cabra olfatea la peana.
Salió de un gran atoro. Que se
divierta.
IX
Ciento cincuenta días de embarazo. No
puede parir en esa cueva. El propio
Dionisos
confiscaría su cría (¿de Unicornio?), la
enrolaría
en su séquito. La cabra copuló con
todos,
pero tiene las ubres impolutas. El azor
obtuvo
protección para ellas. Su camuflaje
falló.
Lo detectaron, pero hizo de bufón
espantando a los murciélagos, reduciendo
a las culebras que pretendían calostro
a cambio de nada. Los bufones
tienen su caché más elevado en el
limbo, donde
el
tiempo con tiempo se repara (sean
cuales sean el motivo, los medios), donde
se reposta a sí mismo para templar el
relato… Pan
les muestra la puerta (hendija). No la
que conecta
con las hoces de lo eterno, sino la que
devuelve
al páramo a las bestias viejas si
fornican con los dioses y no reconocen
deudas
a terceros. Habrá tiradores. Pero son
quienes disparan al aire y retroceden
ante el abismo, quienes no escuchan el
corno.
No hay peligro… Arroyo / luz / berros.
Al páramo se llega por la ribera. La
cabra
se entretiene. Es un sitio ideal
para parir. El azor se apea. De nuevo
olisquea como perro. (Sus bulbos
olfatorios
ya mejoran los ollares de su protegida).
No busca comida. Busca
un sitio no meado por las fieras para
el inminente parto… Un potro. Viene un
potro.
Asoma la cabeza. Llega sin cuerno.
Trae barbilla de cabra. Cae. Se
incorpora.
Tiene pezuñas de antílope. Mama.
Entonces el calostro es azul.
Azulea el potro que llegó blanco. Casi.
De nuevo aparecen las chicas con sus
teléfonos.
Son las que huyeron cuando la flor
amarilla
sustituyó al cadáver del onanista
en sus pantallas oscuras. De nuevo fotografías.
De nuevo
viaje a los satélites. De nuevo
rebote, devolución a la Historia. Un
paquidermo
herido. Eso queda. Sólo. Ni potro,
ni cabra, ni azor. Las chicas huyen de
nuevo.
Dejan sus pertenencias, pavorosas.
Reaparecen los buitres. Pretenden la placenta.
Suena un disparo. El potro se espanta.
Corre.
(¡Mamó una vez y ya corre!). El azor va
tras él.
No puede alcanzarlo. Intenta volar.
Lo hace malamente. Lo pierde… El corno
trashumante suena. Cuando regresa el
azor,
el niño-dios mama de nuevo. Sopla el instrumento.
La cabra anda con él a cuestas. Donde
se detienen (páramo reseco ya) brotan
cundeamores. El azor sabe que puede
comerlos
siempre que señale las piedras buenas.
El dios
otra vez mapea. ¿Cada parto modifica
la cartografía de la pedrera? ¿Cada potro
descoloca sus unidades? El azor no
sabe.
Escucha el corno que no cesa.
No pondrá huevos azules. Excretará
semillas.
Quién sabe si mientras viva. Los
tiradores
vigilan. Se disfrazan. Van con sus
engañosos
cuévanos como a por setas. La cabra los
conoce
sin embargo. Los obvia. Registra
paisaje
con las pezuñas. Por las ubres lo da al
niño.
¿Qué hizo con la piedra de la anterior
vuelta?
¿Una hernia al Tiempo? ¿Una caverna
al fondo de lo eterno donde las bestias
fornican como humanos, y los
escopeteros
huelgan? El periplo recomienza. Más
una diferencia esencial le atañe. La
cabra
es madre. De un gallo escarbador
por vía digestiva, de un potro
que apunta a unicornio claramente
por vía pánica. A su memoria levantina
(pájaro / árbol / sombra) le caben
sus contrarios. A la raíz del árbol
le cabe el gallo; a la sombra, el
páramo,
al pájaro, el escopetazo: artero
pero necesario. O no, pero conveniente.
O no,
pero memorable. Quien no es disparado
mientras vuela no encarece el aire. Vaga
en él sin merecerlo. El azor lo sabe.
Es andariego y vegetariano. No volaría
de nuevo ni tras un topo que merodee
un patio… El potro no regresa.
Su destino es lírico. El corno dice
menos
a ese tipo de bestia, órfica. La cabra
ramonea. Memoriosa pero estoica.
Su vida es episódica desde que salió de
casa,
pero ya sabe qué agentes calzan en
ella,
qué otros resbalan. El gallo prometeico
y el potro órfico (sus hijos) no
atenderán a la soga… ni a la sombra
que progrese para cobijarla. Eso
espera. El azor
persigue cundeamores. Marca piedras. El
niño-dios
entre corno y mamadera. La cabra aguarda
los hitos de esta vuelta. ¿Regresará
Pan? La vulva
y las ubres al punto. El corno, lento.
Mientras,
el Tiempo, remolón, bachillerea.

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