La semana pasada escribí una nota sobre la amistad especialmente dedicada a un gran amigo, espoleado por un gesto suyo muy amigable: el envío de dos libros de regalo desde muy lejos. La amistad es una variación del amor. El amor es una imagen arquetípica. Tal vez por eso nos interese en la amistad, no sólo sentirla, vivirla intensamente, sino indagarla, que es una forma más de celebrarla. Escribí mucho sobre la amistad, lo hago muy a menudo. Aunque conservo anclajes poderosísimos en ella, pues encarnó para mí en seres maravillosos, y en ellos medra con feliz terquedad, reconozco mi temor a que se pueda animar algún día a explorar el carrusel de mis pérdidas. Escribimos, seguro, para recordar, recordamos para tener. ¿Se puede poseer lo que se olvida? ¿Hay Registro de Propiedad en la desmemoria…?
Unas semanas antes escribí sobre la poesía en castellano. Primero denuncié el sectarismo reductor que la afecta hace ya cuatrocientos años; después celebré una parte de su cantidad resistente en la obra de un poeta grande: José Kozer. Hoy quiero unir amistad y poesía de la mano de Gastón Baquero, uno de los mejores poetas que ha dado nuestra lengua. Entre los poemarios que me atrevería a compartir públicamente, tengo uno dedicado todo él a la amistad. En su primera parte, donde especulo sobre ella, inserto un poema escrito en diálogo con la obra de Gastón. Gastón murió en Madrid (1997) en condiciones muy lamentables. Cuarenta años antes, en un ambiente insano, patológico (sí, con un pathos desmesurado que pretendió sacudir y suplantar la poesía con sentencias, peor aún, con sentencias enlatadas, muertas, o sea, consignas y contraconsignas) Gastón había perdido a muchos entre quienes creyó sus amigos, y los que se acercaron amablemente a su sabia y magistral vejez, apenas paliaron la soledad de aquel desordenado cuarto madrileño donde pasó sus últimos días. La imagen, por todos conocida, del gran poeta cubano, íntegro, digno, solo en su raída poltrona, rodeado de un maremagno de polvo y libros, donde la verticalidad parece huir, incluso, de los abalorios, pues ni la vieja corbata está “en su sitio”, y sólo sus ojos se aferran a una simetría imposible; esa imagen, digo, con-mueve y mueve como pocas otras hacia la indagación en el par resistencia poética / amistad.
Pero ocurre, además, que este año celebramos el primer centenario del nacimiento del gran poeta holguinero (sí, holguinero, ¿qué pasa? ¿no fueron igualmente florentinos Dante, Francisco de Pazzi y Maquiavelo?). Por todo ello: centenario y poderosa imagen con relación a la alta poesía en resistente soledad, comparto hoy con ustedes este poema en cuatro actos. Acaso ceda un importante ápice de su sentido al ser abstraído de su libro, pero seguramente sabrán perdonarlo.
Indagaciones
(con maestro al fondo)
I
Yo no termino en
mí, en mí comienzo.
Gastón Baquero
Memoria recibida, incubada, acaso
ensanchada y cedida...
Desde aquí todo parece indicar,
maestro,
que ni comenzamos ni terminamos en
nosotros.
Perdóname la pedante objeción, pero
aunque ya tú alcanzaste en lo Uno la
forma necesaria
para participar de la sustancia que
ni comienza ni acaba,
la que ocurre en el tiempo que nos devolvió
Plotino
como imagen móvil de la eternidad; y
claro,
ya puedes terminar o comenzar a tu
antojo
––quiero decir, convenirte sin
problemas para la poesía––
integrado en un Ser memorioso que no
deviene;
los que aquí seguimos adelante con dificultad,
consustanciales también con lo Uno
pero informes todavía, tan
pendientes de lo Otro,
contenidos, consumidos en potencias
vanas,
tan alejados de tu perfecto y
merecido estado,
nos enredamos aún en naderías
y precisamos fijar ciertos
conceptos.
Si tu sentencia tendiera a la otredad…
Pero hablabas de la muerte; esa
grosera pirueta
que carga en la coma todas las
tintas
para llevarte a un yo que persiste
en las ruinas celestiales de la Academia.
…Ah, es tan bueno ese verso,
maestro,
que no puedo resistirme a la
paráfrasis.
Pongo, digamos:
Yo
no termino en mí, en ti comienzo.
Y entonces el predicado abre, expande,
se irisa en un cielo opalino
y pone a los pies de mis hijos
la hoguera útil para mis restos…
¿Y si pudieran mis restos arder
también para amigos, lectores?
Sí, la alteridad redentora, la trascendencia
posible:
la inmanencia que salta de yo en yo
como lo hiciera una liebre asustadiza
con su memoria de liebre entre los
dientes
para llevarla a su madriguera, añadirla
a la Memoria Grande de las liebres
y hacerse trascendente…
Te decía ––perdona la digresión––
que necesitamos aclarar ciertas cosas:
La amistad, por ejemplo ¿qué piensas?
Ahora, cerca de tu Dios y el mío
––el Poeta y el Poema––
con la pineal hecha mundo; ahora
que ya viste la clave de esta
trampa,
que ya no girovagas la nada
ni cavas túneles en su techo,
que ya no tienes que llamarte en
vano
Gastón o cosa parecida, dime,
¿te parece la amistad lo que
intuiste?
¿Dónde comienza? ¿Dónde termina?
Estoy liado, maestro, en este tema,
y al margen de la objeción primera
––perdona
también mi ateísmo defensivo–– tú,
que por recitar a Mallarmé quedaste
sin “amigos”,
que ciertamente conociste entonces
la retardada tarde amoladora, dime,
¿cómo ves el asunto con la visión celeste
y el legendario aplomo del elegido?
La amistad,
¿comienza en el espulgo del primate
para acabar en el primate aseado,
para hacerlo en la inteligencia, o
dilata en la imagen su sino?
Lástima no haber llegado a tiempo
para hablar contigo sobre esto
en aquel cuartucho madrileño,
testigo último
de tu decadencia física, tu soledad
sumaria,
el salto de tu alma migratoria
a esa unicidad magnífica
donde integrada vibra.
Lástima no haber entonado,
ante el augusto laurel que verdeaba
recóndito en tu gris estampa,
un salmo blanco de palmarias dudas
y un sostenido y amigable
¡Gracias!
En cualquier caso, estés donde
estés,
te escucharé mientras escribo.
Y aunque no entendí del todo
aquello que inocente gravaste en la
arena:
El
pez vencerá al arquitecto,
me haré pez, y como tú jugaré, por
qué no,
con el gato del Conde Cagliostro:
Tamerlán, del que no sabemos el
color
pero sí que, como bien viste,
sólo comía melodías de Schubert
y versos de la Dickinson.
II
(La amistad,
¿comienza en el espulgo del primate
para acabar en el primate aseado?)
…¿no es ésta la medida exacta de
tu cuerpo?
Gastón
Baquero
… la mañana debió ser homologada.
Debieron abstraerse
el jaramago y el oso hasta lo Otro
para que el avispado
primate, casi sujeto ya,
quisiera y pudiera
conocerlos… conocerse.
Es cierto que el
emergente Yo,
frente al frío que asolaba
sus afueras,
debió proyectar
simetrías sin cautelas o remilgos.
El espulgo inicial
fue básico, fruto
de las primeras inclemencias
del miedo
en el imperio del
hambre.
Pero el primate
aseado,
ya con los sesos y
las manos libres
de escozores
contingentes,
comenzó a imaginar
que aquélla,
pautada por el
rigor insecticida,
no era la medida
exacta de su cuerpo.
Explorador primero en lo otro-semejante,
hábil espulgador en el espejo
pero poseído por su imaginación frenética,
proyectó su párvula inteligencia
hacia lo otro-Otro
y quedó desamparado ante el abismo.
Ya no bastaba un igual que lo
rascara,
debían juntos comulgar ante su
invento.
Entonces el otrora primate, con la
conciencia estanca,
mas de la conciencia universal apercibido,
intuyó la dimensión de su tragedia.
Ya no precisaba un ayudante, precisaba
un amigo.
Alguien que rascándolo supiera
––por sentirlo también–– paliar su
miedo;
que ya no acababa en la pulga,
ni en el tigre, ni en la hiena,
sino en el cielo.
No sé si apruebas mi relato,
maestro,
pero sabrás apreciar que me lo
creo.
La amistad no acaba en el primate
aseado.
Y no nace en su asueto, su escozor,
su hambre,
––aquello era útil y simple compañía––
nace en la necesidad indeclinable
de articular una imagen poderosa
que anteponer a las temibles fauces
de la imagen suprema que había colocado
como espada de Damocles
sobre su álter ego.
III
(¿Acabará en la inteligencia?)
… la llave del corazón está en
los ojos,
como
está en la raíz la figuración del árbol.
Gastón
Baquero
… tal vez nació a la par que la
inteligencia,
noticiando el frenesí de su sexo:
la imaginación.
O quién sabe si a la par que la
imaginación,
noticiando su instinto suicida: la inteligencia.
Pero la amistad no es otra cosa que
amor,
y el amor puede fornicar con la razón
sin darle jamás un beso.
La amistad acabará en la
inteligencia
sólo si en ella acaban el amor y el
hombre.
Pero el amor, sucio, ácrata, que no
besa
a la fría dama de rutilante vulva,
aun como tu mendigo vienés,
maestro,
con la mano tendida hacia la nada,
sabrá perseverar entre las piedras
para inclinar el coito, por estelar
que sea
hacia la vida.
Sí, la llave del corazón está en
los ojos
protegida del bedel y del contable.
La amistad no acabará en la
inteligencia
mientras ésta conserve en su
entrepierna
un (re) celo animal para el amor.
Sólo si la inteligencia encumbrara
su imagen
sobre aquella mano tendida hacia la
nada
hasta de Nada colmarla; sólo
si la imaginación consumara su
instinto suicida
tornándose inteligente; sólo
si la inteligencia renunciara a su
sexo mejor
en arrebato onanista,
la amistad se rendiría al artificio.
La inteligencia, sólo si artificial
pudiera
––en falsa castidad representada––
penetrar el cubil de la amistad
a tiro limpio.
Entonces, maestro,
––en esto sé que estamos muy de
acuerdo––
jaque mate.
No habría cataplasma bastante
para el huraco ciego.
IV
(¿En la imagen dilatará su sino?)
… si un ruiseñor perece tú
resuenas…
Gastón Baquero
…¿y quién duda que se trata de una
imagen?
La amistad es una imagen perfecta,
tiene las dosis precisas de razón y
de locura.
Tanto nos acostumbramos a ella
––chalados razonantes––
que seríamos incapaces de extinguirla
por mucho que limpiemos la
trastienda.
Si la ética a que torcimos
finalmente
en el tótum revolútum de Alejandro,
nos condujo a una bondad juzgada
con la amistad en el escaparate;
la imagen que perduró atrincherada
en el sujeto conciente-que imagina
enfrentado a su rampante perimundo
de cielos y seres multiformes,
nos condujo a la amistad más honda,
la menos descifrable, la que resulta
en la razón tierra de nadie.
Ésa, la oscura, la parda,
como el amor va con el hombre
resuelta en una imagen invencible:
Soy, pero estoy
solo
frente a mi ser
y su inmensa periferia.
Y esta soledad
me desampara, me agota.
Si pudiera
refugiarme, extenderme en ti
seríamos
nosotros: pequeña infinitud
que nos
trasciende, nos reescala,
de lo inmenso
incognoscible
nos defiende.
Lo dijo el gigantón argentino, maestro,
un
hombre es siempre más que un hombre
(aunque) siempre menos que un hombre… Pero
dos, tres, cuatro… varios hombres
que reescalen su pequeña infinitud,
¿no podrían, juntos,
hombrear sobre sus límites?
Claro, resonar si perece el
ruiseñor;
yacer prestos en el nido de Júpiter.
La imagen nos guardará, seguro.
Todos fuimos redimidos en Aquiles.
Todos ganamos en él
un muy distinto talón.
Toca mi corazón su decir.
ResponderEliminarLa amistad es más difícil que el amor, según lo persivo yo.
Es que tienes tu corazón en el tocador, amiga, muy vivo. El mérito mayor del toque está en ti... Bueno, en las relaciones humanas todo es difícil, y por eso estimulante. Un abrazo grande. Jorge
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