lunes, 8 de noviembre de 2021

LAS POSESIONES DEL NÓMADA

 



Seis años atrás me vi obligado a mudarme. Lo hice estoicamente. Sí, sí, todo lo estoicamente que pude, pero… Dejé mi antigua casa en el verano del 2015, y en el invierno (2015-2016), arrinconado ya en mi nuevo despacho, escribí “Las posesiones del nómada”. Se trata de un poema… Iba a decir raro, pero me corrijo a tiempo. Los adjetivos filosos, aquí, no me competen. Es un poema largo (mil versos en diez actos de cien versos cada uno / ¿veis?, largo, en este caso, es un adjetivo romo) que protagonizan una cabra y un azor. Hace poco comencé a releer este poema y pude llegar hasta el final sin excesivo desasosiego, cosa que no siempre me pasa con lo que escribo. No descarto ofrecerlo en algún momento a un editor capaz de acreditar un nivel de cordura igual o inferior al mío: muy modesto, quiero decir. De momento, se me ha ocurrido publicar un acto (el cuarto). En las aventuras de esta cabra y este azor, que son muchas, se incluye el encuentro con un Narciso del veintiuno. Qué cosas tan extravagantes produce el nomadismo ¿no?: en las cabras, en los azores... en los poetas.

                      IV

La lengua de la cabra revolvía el charco.

Lo penetraba. Las ondas rompían

la tersura de la lámina, agitaban las entretelas del barro.

Cada lengüetazo de la bestia, una convulsión

en el reflejo del joven, que rodilla en tierra, 

se masturbaba sin goce aparente. Era hermoso, perfecto.

No había árbol ni pájaro a la vista (el azor no cuenta,

ya no volaba) ni tiradores, ni fauces al acecho

en los bajos de aquel caldo para gusarapos.

Sólo el joven erotizaba la escena. Su muñeca

aceleraba cuando su reflejo perdía nitidez

sobre el manto líquido que había elegido

para el trámite onanista. Mientras

la lengua de la cabra batía el agua, el azor

complicaba las cosas: se bañaba.

El joven, desesperado, se buscaba sin fortuna

en lo que ya era un potingue biótico, revuelto,

con nula capacidad reflectante.

Su muñeca aceleraba sin éxito.

La esperma se resistía. La cabra, saciada la sed,

no comprendía su empeño. Era perfecto. Parecía

venir de otro tiempo. ¿Qué procuraba?

La cabra no lo comprendía, pero intuyó

que debía intervenir. Se acercó.

Se interpuso entre el joven y el charco.

Le mostró las ancas, la vulva, las ubres,

que después de mucho tiempo sin ser exigidas,

comenzaban a inflamarse. Nada.

El joven no la miraba. Seguía persiguiéndose

en el agua (aquel mejunje, digamos agua).

El azor secaba sus plumas.

Estaba al margen (de momento)

aunque algo le anunciaba paritorio. El chico

no era común. Tenía un halo desencadenante.

La cabra dejó de escuchar el corno. (Paréntesis).

El joven cotizaba al alza en su interés.

Nunca supo de nadie que se masturbase

viendo su propio reflejo en el agua estancada, putrefacta.

La cabra se insinuaba. Tal vez

el Tiempo estuviese preparando nuevos estatutos

contra los tiradores. Estatutos pajareros. Sueña.

Las pezuñas enterradas no evitan la deriva.

El chorro espermático de aquel solitario

podría llegar a fecundar el charco. Ni charco

ni joven eran comunes. La cabra berreaba.

Su ubre en progresión inflamatoria. El azor

buscaba cundeamores. Estaba nervioso.

El joven se perdió a sí mismo. No se veía reflejado

en aquel ojo de agua, pardo. La cabra

siguió insinuándose. Sus mamas negras

goteaban. Su trasera, toda ubres y vulva.

El joven detuvo la mano, y quién sabe

si la Historia por un rato. El corno, parentético.

La cabra, espasmódica. Sonó un disparo.

No había pájaros. ¿Entonces?

El chico como si nada. Su pene se distendía.

Sólo miraba al charco. Se esperaba en él.

La cabra supo que había llegado el momento.

El corno dio una nota altísima

que por primera vez captó el azor. Éste

daba saltitos. Quería su lomo-cabra.

La cabra lo evitó. Rampó sobre el charco.

Descorchó sus mamas. Un chorro doble de calostro

brotó veloz. Impactó en el mísero hoyo

que comenzó a espejear. Una suerte de atolón,

blanquísimo, emergió en el centro,

repuso al joven (su imagen / la de su rostro)

frente a su vista. El joven, de rodillas,

otra vez se masturba. El corno en pausa.

(…) La escena se dilata…

El azor ya trepó al lomo de la cabra, exhausta.

Pero se baja. De nuevo intuye paritorio.

(Voy a tener un hijo, dijo la muerte)

El joven acelera. Entonces sus ojos

se alocan ante el espejo lácteo. Sigue.

La cabra desea que el muchacho eyacule, tanto,

como quiso que disparasen al pájaro sin pico

que hacía espirales alrededor del árbol

donde estuvo atada media vida. Ocurre.

La pausa cede. El corno arrecia.

El joven se desvanece. Un grupo de chicas,

que nadie había visto, graba la escena con sus teléfonos.

Al instante la imagen impacta los satélites,

que la devuelven, puntuales, a la Historia.

Es una flor amarilla. Eso queda. Sólo.

Ni joven, ni cabra, ni azor. Las chicas huyen.

Dejan sus pertenencias, pavorosas.

La cabra quiere que el azor limpie la escena,

que peche la situación. (El corno suena).

Pero el azor es vegetariano. Picotea la flor

que únicamente captan las pantallas de los artefactos.  

Un grupo de buitres caracolea, saltando.

La muerte ajena los apeó. A ellos nadie dispara.

Los teléfonos vibran, vibran… Se apaga la flor

en sus frontales negros. Pronto llegarán

los sumos registradores, los buitres del acotejo.  

No entenderán. Son narcisistas de oficio. Amén.

…Los animales drenan su narcosis. Parten. Nada queda,

sino diana y perdigón. Y decomiso de la flor que deja

la perfección que muere de rodillas.  

 

                       


2 comentarios:

  1. concho, qué bueno, Jorge, excelente, un placer leerte. Abrazos

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    1. Gracias, amiga. Mi locura no tiene la perenne y soberbia fertilidad que tiene la tuya, pero a veces... Un poco loco sí que... En fin. Como poeta y como loco, me pongo a tus pies, reina mía. Besos

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