miércoles, 16 de agosto de 2023

SOFÍA

 






















¿Qué iroqueses te soñaron, negri-

ta mía, junto a tu hermano rubio

(ese godito), en Jackson Heights re-

volviendo mundo?      ¿Acaso vienes

a plantar una hermosura antigua en

el huerto que Helena dejó a Marilyn, y

Marilyn sembró de rizos amarillos

tallados con rulos plásticos?      ¿O

vienes, matriarca en ciernes, a escu-

pir América en la cara fría (y negra 

y blanca y cobriza y amarilla    y triste

y pálida y menguada…) de los ame-

ricanos?      ¿O simplemente te pre-

sentas con tu cargazón hispana (ole

tus breves espaldas) en Queens, New

York, para sostener la pizca de sal

mediterránea en la cresta de la ola

que se abisma (¡ahora sí, ya!) por la

cloaca occidental de Occidente?    Ah,

mi cielo, perdona al viejo preguntón

que quiso ver en el guiño asiático de

tu primer oteo una señal de…      ¿esperanza?

(¿No era oriental aquel niño betlemi-

ta?).     Perdona el calentón. Templa

mis disparates… Un bebé. Eso eres.

Como si fuera poco…      El mundo es

cada día nuevo para los que nacen.     

¿Ves, Sofía, qué nuevos los ojos de

mamá, los de papá? Parecen hechos

hoy mismo con semen de unicornio

y luz de estreno. ¿Y los de Óliver? Pa-

recen proyectos, no de ojos, de estre-

llitas sin órbita tasada en una galaxia

nonata.         Qué nuevos la nana y el

bramido del tren. Y la cincha de amor

a tus costados…            Qué nuevos

el calostro que aroma su rastro: ma-

má, y el tacto de sus hombros: papá,

y la risa del tío, y la voz (así, como la

oyes, mi niña, así de dulce sabe el

arroz con leche) de abuela.            En

un mundo naciente (ocultos, desaseo

y carcoma) todo es primicia a saborear

despacio en el espacio. ¿Qué pinta el

tiempo en tus indagaciones?

                                                        Cero.           

           El tiempo es una avería (La Irre-

parable) para cuando surjan, ay, muy

distintas ganas o desganas. (¿Me lees?

Ya estás en él. De cuajo).      Ahora (el

tiempo es una trampa, bien, pero po-

demos trampear en el poema su lineal

obcecación) toca juego. Juguemos, por

qué no, a imaginar el viaje al día (éste:

hoy) en que lees al abuelo.     

          En el puente de un navío blanco

(cuatro manos tensas al timón), Sofía

desordena los juguetes que Óliver dis-

puso cartesianamente. Ella llora en

inglés y brama en castellano. Él, que

ordena en ambos idiomas, mientras

puede evita la zaragata. Un silencio

monocorde, umbral del estallido, avi-

sa a los timoneles: «Esta niña no vi-

no a templar gaitas. Ni en el puente.

Ni en la cocina. Ni…».    Cuando Óliver

estalla, hace rato los juguetes están

en cubierta bajo un sol achicharran-

te: «Ni de noche ni de día puedo con

ella. ¿Por qué la quiero tanto?»    El

barco apenas sale de la bahía (cabo-

taje / bojeo). El sol se divierte en cu-

bierta. Sofía regresa al puente: «Ma-

má, papá, alejaos de la costa».       La

silueta de la ciudad, que embabelada

pretende rascar (qué bien visto) el

cielo, pierde al contraluz y en la dis-

tancia (todo es espacio) talla y porme-

nores. Llueve. Un albatros, que llega

de no se sabe dónde y huye de no se sa-

be qué (todo es espacio), anuncia

ventisca. Óliver fue siempre de sangre

ágil, especialmente sensible a los re-

lámpagos. Sofía sabe (la sangre, cómo

sabe la sangre) que el meteoro vie-

ne cargado de algo novedoso (todo es

espacio). «¿Qué trae?», se pregunta

sin saber que lo hace.            Cuando

la tormenta muestra su eléctrica den-

tadura, el albatros gira, enfila el cua-

drante menos cierto del horizonte y...

     Óliver... ay, ay, que lo tripula… «¡No!»,

gritan los timoneles. «¡No!», grita Sofía,

ni en inglés ni en español. «¡No. No!»,

grita con las manos, mientras agarra

a Óliver.        «¡Qué trae! ¡Cómo lastra!».

Él tampoco lo sabe. Pero del lomo del

albatros baja con el tiempo a lomos.

(Cinco años ella. Siete él). Tiempo, Sofía,

lo que nadie entiende. ¿La finita fuga del

espacio al infinito? ¿El juego más terri-

ble de los números?...       «Regresad a

la ciudad, mamá, papá. ¿No pesa dema-

siado el tiempo para este velerito?».   

         El paisaje de Queens, ya mordido

por el relojeo, es un catálogo de vivido-

res (santos / santones / inocentes / bobos / ácratas /

golfos / crápulas / currantes / vagos /

lilas…) que funcionan, o no, bajo im-

pulsos colectivos.      Apenas quedan

almas en el cajón de sastre que esca-

pen al asexuado vaivén de los emble-

mas, los eslóganes. Sofía (¿qué hará la

pubescente Sofía en este jolgorio de

los muertos vivos?...     ―jugamos, ¿re-

cuerdas?) se ha hecho lectora. Abre

un librito. Lee: Crotora la cigüeña. El

ciervo… Se detiene. Hojea: ¿Qué iro-

queses te soñaron, negrita mía… «No.

Todavía. ¿En papel?». Lo cierra y de-

vuelve al polvo. Hay polvo en esa bal-

da. Un polvo tal vez demasiado locuaz

para ser polvo. Sofía lee otras cosas. Por

ejemplo, la obra de Stevenson mag-

níficamente digitalizada por una edi-

torial pequeña con sede en su calle; o

la mirada encendida de ese amigo de

Óliver, que tan a menudo tardea en

casa los días de diario…                   Ah,

pero si el tiempo aparece en escena es

para circular, para correr incluso. Y va

cada vez más rápido...     Sofía estudió,

digamos, enología (por qué no enología)  

y ahora vive en la antigua casita de

los abuelos en Boecillo, que Óliver, ar-

quitecto, rediseñó para uso de los primos. El Norte

de Castilla: La enóloga Sofía Tamargo y

el empresario vinatero para quien tra-

baja se casan el próximo sábado por el

rito católico... (Ja… Compréndase que

chilabas, tarbushes, hiyabs y demás com-

plementos de tal guisa, campean en una

España aspada por el islamismo). ...Un

cura robótico, sujeto a la inteligencia

artificial, oficiará la ceremonia, a la que

asistirán… (Negrita mía, qué abuelo tan

loco, ¿no?).             Y de pronto Sofía, la

matriarca atezada que los iroqueses so-

ñaron junto a su hermano rubio (ese

godito), en Jackson Heights revolvien-

do mundo, devuelve a la Meseta su reto-

ño. (―Mamá, papá, cuántas vueltas da

la vida). Entonces, ya madre, un domingo

regresa a su librito: Crotora la cigüeña.

El ciervo… Y esta vez lo acaba:        Yo,

recostado contra el viento y contra el

espacio soleado y contra abril y contra

un mediodía lleno de campanas, en tu

nombre termino con Faulkner… ¿Y tú?

                                  Tuyos son el reino y la última palabra.



4 comentarios:

  1. Oh, Jorge, ¡qué belleza! Cuando tu negrita Sofía lo lea se deshará como un merengue al sol de esta Castilla impenitente.Besos abuelón.

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  2. Wow!, magistral poema amigo mío!
    Una vez más nos haces soñar, volar en el tiempo….
    Te abrazo

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    1. Gracias, querido. Por qué no, volemos. Dime dónde y cuándo y levantamos vuelo. Si es que alguna vez nos hemos posado. Me alegra mucho que te haya gustado. Abrazos

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