En el Libro III de su Geografía,
cuenta Estrabón que los vetones, aquellos ganaderos y escultores de verracos
pétreos, en los albores de su romanización, es decir, de su integración en la historia
de la mano de la cultura hispanorromana, viendo que los centuriones lacios
paseaban de un lado a otro mientras hacían guardia, creyeron que se habían
vuelto locos porque ellos no concebían
otra actitud que la de estar tranquilamente sentados o peleando.
La “rueda lacia” que aplacó a los pueblos peninsulares y
los “enloqueció” hasta ponerlos a pasear durante varios siglos, pinchó cuando
los visigodos entraron en la Península con su nuevo cargamento psicosocial y
sus nuevos ademanes. Las ansias de libertad germánicas debieron de entroncar a
la perfección con la íntima pulsión libertaria que los hispanorromanos aún llevaban
en la sangre. Y si bien éstos ya no sabían sentarse como antaño, porque se
habían hecho agricultores, artesanos, comerciantes, filósofos, juristas, políticos…
y porque ya servían a un Dios que no transigía con la pereza espiritual; sí que
sabían pelear como nadie. Lo demostraron sobradamente al mundo cuando ese
espíritu prerromano, hispanorromano y godo, descabezado en Toledo, encontró en
las indómitas montañas del norte el refugio perfecto para prender la mecha en
el 722. Fue el nacimiento de un impulso imbatible: el mismo y único aliento
vital que detuvo al islam en Asturias, el que cruzó el océano para descubrir y
conquistar América, y el que se desangró en Europa combatiendo las herejías a
la vez que combatía al Gran Turco. Una tensión mística y guerrera que se
mantuvo encendida hasta 1814, cuando el pueblo llano se alzó en armas para
echar a patadas al invasor francés. Mil noventa y dos años de fidelidad a una
misma fe. Casi nada. Un milenio de resistencia férrea que comenzó a claudicar
cuando el veneno de la Ilustración (una ilustración sin filtros) logró
infiltrarse en nuestras venas, entronizando a la Diosa Razón para matar, en
nombre del progreso, la mística que nos había hecho universales.
El pasado sábado estuve por tercera vez en Covadonga.
Fuimos, mi mujer y yo, sobre las tres de la tarde con la intención de evitar el
gentío, porque las dos veces anteriores… ¡Bingo! Hacía mucho calor. Y los
españoles de hoy día, que ya tienen el asiento incorporado a las posaderas,
comen tarde y temen el mediodía. Así que nada de cola para subir a la cueva y
pasar un rato con la Santina. Estábamos prácticamente solos. Un joven oraba en
voz alta. No llovía. Había luz. Y aunque la cueva la dispensaba como es debido,
el contraste entre ella y el hondón que la precede, rematado en montaña y
cielo, resultaba ciertamente sugestivo. Pude contener al esbirro que casi
siempre me obliga a pensar donde no toca, pero cuando salí de allí…
Hace mucho que definí lugar
como cantidad espacial significada.
Sin embargo, la cueva de Covadonga no sólo es un espacio pasivo a interpretar,
un espacio que espera la interpretación que cada visitante acomode a sus
antecedentes personales. La cueva es también un espacio activo que emite por sí
mismo un significado esencial; significado que opera por encima de las
interpretaciones particulares de sus visitantes. Y por eso, como lugar, es
tanto cantidad espacial significada
como cantidad espacial significante. Esta
cueva es, posiblemente, el Lugar por excelencia de la Hispanidad. El lugar
donde Cristo, aunque concede a su Madre un protagonismo notable (¿no es España
el país más mariano de la cristiandad?), habla en perfecto español, esto es: en
un castellano vencedor del latín y de sí mismo, con verdadera vocación
universal. Cristo nos habla, en un idioma que podemos comprender, de cosas que
compartimos por sus dos costados: el divino y el humano. ¿Qué, si no una
infinita tertulia, es nuestra relación con Dios? Decía Sánchez-Albornoz que cabría sospechar que Dios desistió de su
misterioso monologar desde la eternidad y tal vez creó el cosmos y sobre todo
al hombre ―a su imagen y semejanza― para poder, al cabo, dialogar con alguien.
Salimos de la cueva, atravesamos la galería hasta la plaza,
y de ahí a la Basílica de Santa María la Real de Covadonga. Otra cesión
mariana. En el presbiterio, una pequeña cruz sin imagen del crucificado con un
foco de luz artificial, magníficamente dispuesto, que proyecta una sombra sobrecogedora
en el intradós de la cúpula. En el ábside, que carece de girola, una secuencia
de ventanas entre neogóticas y neorrománicas que sustituyen el esperado retablo
y lo inundan de luz natural. Bajo las ventanas, un coro. ¿Y dónde está la
imagen de Jesús? En un absidiolo, el izquierdo. Todo esto podría ofender a los
protestantes, pero a los católicos españoles…
En el siglo VII, poco antes de la invasión musulmana, san
Ildefonso escribió De virginitate perpetua
sanctae Mariae, defendiendo la virginidad de María contra las corrientes
teológicas contrarias a ella. De ahí nace la leyenda de que la propia Virgen
bajó del cielo a la Catedral de Toledo para imponerle al santo una casulla
milagrosa en agradecimiento, lo que provocó un gran impacto en la psicología devota
de los cristianos hispanos. Con la llegada del islam en el 711, los cristianos
del norte utilizaron la devoción mariana como vía de resistencia e identidad religiosa frente a los invasores, quienes,
aunque reconocían y respetaban a María, rechazaban la divinidad de su hijo.
Encomendar las batallas a la protección de la Virgen ayudó a reforzar el
sentido de guerra divinal que caracterizó a la Reconquista.
El apoyo de la Virgen a Pelayo y sus cuatro fieles frente a
los traidores vitizanos, ya entonces en la nómina de Mahoma, y frente a las
tropas de Al Qama, enviado de Munuza para apresarlo vivo o muerto, inclinó
la balanza hacia la España cristiana, hacia la Europa cristiana. ¿Qué habría pasado
en Poitiers si una década antes Pelayo no hubiese podido detener a Munuza en Covadonga?
¿Qué habría sucedido en Lepanto si en Covadonga no se hubiese activado el
germen hispano contra los teócratas bereberes? España, Europa, Occidente, La Cristiandad…
Todo ello palpita condensado en la cueva de la Santina. Allí la Virgen obró y
obra en nombre de su Padre-Hijo. Allí el Espíritu Santo me preguntó en perfecto
castellano: «¿Estás de paseo?». No supe qué contestar. Entonces repreguntó: «¿Estás
sentado o peleando?».
Antes de marcharme del santuario compré un crucifijo y me
lo colgué del cuello. Llegué a casa y me puse a escribir, es decir, a pelear
sentado para agradecer a la Santa el inmenso regalo que me hizo en su Santa Cueva.

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