lunes, 6 de julio de 2026

COVADONGA: ¿SENTADOS O PELEANDO?

 


                                                                          

En el Libro III de su Geografía, cuenta Estrabón que los vetones, aquellos ganaderos y escultores de verracos pétreos, en los albores de su romanización, es decir, de su integración en la historia de la mano de la cultura hispanorromana, viendo que los centuriones lacios paseaban de un lado a otro mientras hacían guardia, creyeron que se habían vuelto locos porque ellos no concebían otra actitud que la de estar tranquilamente sentados o peleando.

La “rueda lacia” que aplacó a los pueblos peninsulares y los “enloqueció” hasta ponerlos a pasear durante varios siglos, pinchó cuando los visigodos entraron en la Península con su nuevo cargamento psicosocial y sus nuevos ademanes. Las ansias de libertad germánicas debieron de entroncar a la perfección con la íntima pulsión libertaria que los hispanorromanos aún llevaban en la sangre. Y si bien éstos ya no sabían sentarse como antaño, porque se habían hecho agricultores, artesanos, comerciantes, filósofos, juristas, políticos… y porque ya servían a un Dios que no transigía con la pereza espiritual; sí que sabían pelear como nadie. Lo demostraron sobradamente al mundo cuando ese espíritu prerromano, hispanorromano y godo, descabezado en Toledo, encontró en las indómitas montañas del norte el refugio perfecto para prender la mecha en el 722. Fue el nacimiento de un impulso imbatible: el mismo y único aliento vital que detuvo al islam en Asturias, el que cruzó el océano para descubrir y conquistar América, y el que se desangró en Europa combatiendo las herejías a la vez que combatía al Gran Turco. Una tensión mística y guerrera que se mantuvo encendida hasta 1814, cuando el pueblo llano se alzó en armas para echar a patadas al invasor francés. Mil noventa y dos años de fidelidad a una misma fe. Casi nada. Un milenio de resistencia férrea que comenzó a claudicar cuando el veneno de la Ilustración (una ilustración sin filtros) logró infiltrarse en nuestras venas, entronizando a la Diosa Razón para matar, en nombre del progreso, la mística que nos había hecho universales.

El pasado sábado estuve por tercera vez en Covadonga. Fuimos, mi mujer y yo, sobre las tres de la tarde con la intención de evitar el gentío, porque las dos veces anteriores… ¡Bingo! Hacía mucho calor. Y los españoles de hoy día, que ya tienen el asiento incorporado a las posaderas, comen tarde y temen el mediodía. Así que nada de cola para subir a la cueva y pasar un rato con la Santina. Estábamos prácticamente solos. Un joven oraba en voz alta. No llovía. Había luz. Y aunque la cueva la dispensaba como es debido, el contraste entre ella y el hondón que la precede, rematado en montaña y cielo, resultaba ciertamente sugestivo. Pude contener al esbirro que casi siempre me obliga a pensar donde no toca, pero cuando salí de allí… 

Hace mucho que definí lugar como cantidad espacial significada. Sin embargo, la cueva de Covadonga no sólo es un espacio pasivo a interpretar, un espacio que espera la interpretación que cada visitante acomode a sus antecedentes personales. La cueva es también un espacio activo que emite por sí mismo un significado esencial; significado que opera por encima de las interpretaciones particulares de sus visitantes. Y por eso, como lugar, es tanto cantidad espacial significada como cantidad espacial significante. Esta cueva es, posiblemente, el Lugar por excelencia de la Hispanidad. El lugar donde Cristo, aunque concede a su Madre un protagonismo notable (¿no es España el país más mariano de la cristiandad?), habla en perfecto español, esto es: en un castellano vencedor del latín y de sí mismo, con verdadera vocación universal. Cristo nos habla, en un idioma que podemos comprender, de cosas que compartimos por sus dos costados: el divino y el humano. ¿Qué, si no una infinita tertulia, es nuestra relación con Dios? Decía Sánchez-Albornoz que cabría sospechar que Dios desistió de su misterioso monologar desde la eternidad y tal vez creó el cosmos y sobre todo al hombre ―a su imagen y semejanza― para poder, al cabo, dialogar con alguien.

Salimos de la cueva, atravesamos la galería hasta la plaza, y de ahí a la Basílica de Santa María la Real de Covadonga. Otra cesión mariana. En el presbiterio, una pequeña cruz sin imagen del crucificado con un foco de luz artificial, magníficamente dispuesto, que proyecta una sombra sobrecogedora en el intradós de la cúpula. En el ábside, que carece de girola, una secuencia de ventanas entre neogóticas y neorrománicas que sustituyen el esperado retablo y lo inundan de luz natural. Bajo las ventanas, un coro. ¿Y dónde está la imagen de Jesús? En un absidiolo, el izquierdo. Todo esto podría ofender a los protestantes, pero a los católicos españoles…         

En el siglo VII, poco antes de la invasión musulmana, san Ildefonso escribió De virginitate perpetua sanctae Mariae, defendiendo la virginidad de María contra las corrientes teológicas contrarias a ella. De ahí nace la leyenda de que la propia Virgen bajó del cielo a la Catedral de Toledo para imponerle al santo una casulla milagrosa en agradecimiento, lo que provocó un gran impacto en la psicología devota de los cristianos hispanos. Con la llegada del islam en el 711, los cristianos del norte utilizaron la devoción mariana como vía de resistencia e identidad religiosa frente a los invasores, quienes, aunque reconocían y respetaban a María, rechazaban la divinidad de su hijo. Encomendar las batallas a la protección de la Virgen ayudó a reforzar el sentido de guerra divinal que caracterizó a la Reconquista.

El apoyo de la Virgen a Pelayo y sus cuatro fieles frente a los traidores vitizanos, ya entonces en la nómina de Mahoma, y frente a las tropas de Al Qama, enviado de Munuza para apresarlo vivo o muerto, inclinó la balanza hacia la España cristiana, hacia la Europa cristiana. ¿Qué habría pasado en Poitiers si una década antes Pelayo no hubiese podido detener a Munuza en Covadonga? ¿Qué habría sucedido en Lepanto si en Covadonga no se hubiese activado el germen hispano contra los teócratas bereberes? España, Europa, Occidente, La Cristiandad… Todo ello palpita condensado en la cueva de la Santina. Allí la Virgen obró y obra en nombre de su Padre-Hijo. Allí el Espíritu Santo me preguntó en perfecto castellano: «¿Estás de paseo?». No supe qué contestar. Entonces repreguntó: «¿Estás sentado o peleando?».

Antes de marcharme del santuario compré un crucifijo y me lo colgué del cuello. Llegué a casa y me puse a escribir, es decir, a pelear sentado para agradecer a la Santa el inmenso regalo que me hizo en su Santa Cueva.



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