Don Nadie, explica el gran Higinio Marín a golpe de sentido
común, es quien no puede acreditar su patrimonio, especialmente su genealogía,
su linaje. Esto no siempre representó un problema: vino muy bien, por ejemplo,
a los protocomerciantes del siglo diez que, para huir de la servidumbre in
aeternum, rompían lazos con su señor y se desplazaban centenares, incluso
miles de kilómetros hasta una ciudad ajena; y a la pregunta de las autoridades
lugareñas: «¿eres siervo o señor?», respondían: «ni lo uno ni lo otro». «Pues
al burgo»… Y allí, en el burgo de extramuros, a lo largo de varias generaciones
esforzadas incoaban un nuevo linaje hasta llegar a disputar la preponderancia
del suyo a los mismísimos aristócratas. Sólo la ruptura de la servidumbre
justificaba tal sacrificio. Aparecer de la nada sin patrimonio alguno
representaba, y debería representar todavía, una especie de muerte en vida. ¿Y
qué es el patrimonio? Pues esa posesión trinitaria que explica a todo ser
humano, y cuyas patas son: el linaje cuajado en un nombre, es decir, en una
familia; la tradición que obra en una cultura a la que se pertenece, y los
bienes materiales que se poseen. Si puedes acreditar un patrimonio trino
(familia, tradición y bienes), eres alguien; si te falta alguna de esas cosas…
Durante los treinta años que viví en la Cuba
castrocomunista, fui un Don Nadie porque carecí de bienes materiales para
independizarme del todo, y también porque mi tradición fue pisoteada por
aquellos artífices del hombre nuevo.
(Sí, en ese disparate acaba la secuencia: esclavo / siervo / súbdito /
ciudadano. El hombre nuevo es el
colofón del proceso que recrea y edulcora al esclavo; es alguien que pierde la
capacidad de hablar por sí mismo, que otorga al Estado su representación
plenipotenciaria). Lo único que conservé intacto en mi espíritu irredento
fueron los apellidos: Tamargo González. De ese hilo resonante colgaba mi
humanidad esperanzada. Pensaba que si me resultaba imposible transmitir a mis
hijos una tradición restaurada y suficientes bienes materiales, al menos les
daría los apellidos enteros, a salvo, para que a partir de ellos pudiesen
orientarse hasta salir del hoyo. Cuando llegué a España, aquella perspectiva se
ensanchó y sentí una restauración paulatina de mi persona en su complejidad:
nombre, tradición y bienes. Y sin embargo, hace unos días…
Hace unos días, mi mujer y yo estuvimos de visita en Asturias, acompañados por uno de mis hermanos y su mujer. (Siempre que visito Asturias, tierra de mis abuelos paternos, aprovecho para reafirmarme patrimonialmente: 1. Tradición: en Covadonga, a los pies de la Santina, recuerdo que pertenezco a la Hispanidad cristiana y católica. 2. Bienes: en el hecho mismo de vacacionar, recuerdo que tengo medios para hacerlo; puedo pagarlo, tengo un coche para viajar y una casa en Valladolid a la que regresar. 3. Linaje: recuerdo que mi primer apellido es asturiano y, si puedo, visito la aldea en la que éste nació: «Tamargo», en el concejo de Las Regueras). Qué desagradable sorpresa me llevé cuando llegué a Tamargo y vi que ya no existía. Sí, como lo leéis. El pueblo que dio origen a mi linaje, surgido en la Alta Edad Media, poco después de que San Isidoro de Sevilla escribiese por primera vez la palabra España, perdió su nombre, y con él, el mío. Donde durante más de mil años puso «Tamargo», pone ahora «Tamargu». ¿Y eso? Qué rebote nos cogimos mis acompañantes y yo.
Los talibanes de la llingua aseguran que Tamargo nunca se llamó Tamargo. Es decir, que mis antepasados del siglo diez, por ejemplo, vivían en Tamargu, no en Tamargo. ¿Por qué? Porque les da la gana. No hay evidencia científica o documental alguna que apoye tal cosa, pero como ellos entienden que en Asturias cualquier toponímico terminado en «o» tiene que ser cosa de Castilla… Ah… Son ilustrados asturianos. Y las reglas que fijan los filólogos ilustrados, diz que científicas, no se tienen que ajustar a la realidad, sino a su sueño uniformador con un claro sesgo ideológico. El hombre nuevo asturianu tiene que huir de la «o» como si ésta fuese el cascabel en el rabo (perdón, rabu) del diablo (perdón, diablu).
A mí todo esto me importa un bledo. El habla
asturiana, que recojo cuando debo hacerlo en mis obras literarias, me resulta
amable y graciosa, digo más: entrañable. Pero que vayan contra mi linaje en
forma de norma ilustrada, es decir, de norma sujeta a un sistema predeterminado
que nace de abstracciones ajenas a la realidad, me molesta mucho. ¿Por qué no
cambian el nombre a los tres reyes astures que se llamaron Alfonso? Cuando el
latín dio paso a las lenguas neolatinas, en la escritura de los documentos
notariales del norte peninsular (a partir del siglo once, más o menos), la
evolución del Adefonsus en latín no devino en Alfonsu en el papel
oficial. Los escribanos asturleoneses (no los castellanos, ¿eh?) fijaron los
nombres de los monarcas de la dinastía asturiana bajo las grafías romances de
Alfonso o Alifonso. ¿Entonces?…
En fin, mi hermano, mi cuñada, mi mujer y yo nos
llevamos un buen disgusto cuando comprobamos que habían cambiado el nombre a la
aldea que dio origen a nuestro linaje. No se trata de tamargueo barato,
qué va; se trata de conservar una pata muy importante de nuestro patrimonio: la
que viene dada en la genealogía, la familia, la sangre, para no devenir en un
Don Nadie por obra y gracia de los enemigos de la tradición, que empuñan sus
sistemas ortopédicos para ahormarla a su conveniencia ideológica, lo que
equivale a desmontarla.
Estuvimos recorriendo la aldea y dimos con una
paisanina de unos ochenta años. Nos identificamos como descendientes de
asturianos apellidados Tamargo y le preguntamos por el dichoso cambio de
nombre, haciendo notar nuestra desaprobación al respecto. «Ah, nun sé, esi
cartel puniéronlu hai poco, esto ye Tamargo, a min tampoco me presta lo que
fixeron, a casi naide equí-y presta lo que fixeron». Eso dijo, pronunciando
la «o» de Tamargo con un énfasis militante. Le dimos las gracias y nos
despedimos con una sonrisa cómplice que borró por un momento cualquier malestar
previo. Y pusimos rumbo a Valladolid.
Ya en casa, al reunirnos con el resto de la tribu
para compartir la exclusiva, los ánimos se caldearon. Y tanto. Todos, incluidos
hijos, sobrinos y nietos, comenzaron a pergeñar planes de resistencia. Unos
propusieron arrancar los carteles infames cada vez que los plantaran; otros,
rotular una gloriosa «o» de tamaño mastodóntico sobre cualquier «u» enemiga que
osara mancillar nuestro linaje. Uno de mis hijos, muy puesto él, sugirió querellarse en los tribunales, emulando las heroicas batallas legales de nuestros ancestros por el reconocimiento de su hidalguía entre los siglos quince y dieciocho: primero, ante el Concejo de Oviedo y sus Regidores; luego, ante la Junta General del Principado; y finalmente, ante la Sala de los Hijosdalgo de la Real Chancillería de Valladolid.. «Pero, hijo, si lo hacen bajo el amparo de
la sagrada legalidad vigente, ¿a dónde vas a...», le corté. «¿Y si le
escribimos al Defensor del Pueblo?», replicó con toda su alma. «¿Quéee?…». La risotada unánime retumbó en
las paredes… Bueno, unánime no: los críos, inmunes a semejantes patochadas
institucionales e incapaces de concebir entes abstractos sin peso ni medida, ya
estaban reclutando a sus colegas para una cruzada de guerrilla urbana y
vandalismo patriótico contra las señales de Tamargo. Y luego estaba mi cuñada,
que vive en Miami… Ay, mi querida cuñada… Los conversos son siempre los más radicales.
Resulta que ella, habiendo adoptado el apellido Tamargo por vía matrimonial,
declaró con solemnidad que «Tamargu» le suena tan jodidamente mal, que se
plantearía recuperar el «Izquierdo» paterno. Pero claro, como hoy llevar por
apellido «Izquierdo» carga con unas connotaciones políticas que le provocan
urticaria, concluyó que le escribiría una carta a Marco Rubio para alertarle de
que el apellido de sus ancestros corre el gravísimo peligro de perecer ahogado
en una «u» final. «Cuñada, en Asturias no hay sitio que se llame Rubio»,
le solté para frenar su ímpetu. «¿Que no? ¿Y ese pico en Somiedo? Seguro que
ya le han puesto "Alto del Rubiu"», replicó. «Bueno, y qué.
¿Qué demonios va a hacer Marco Rubio al respecto, querida? ¡Si ése es más anglo
que Churchill!». «Ah, no sé, no sé, yo le escribo por si acaso.
No creas que el tipo pasa de España. ¿Oíste su último discurso en Atenas?».
Lo dicho: los conversos son los más fervorosos.
Aprovechando la primera tregua en este circo
familiar y tamarguero, puse pies en polvorosa hacia el ordenador para hacer lo
único que está en mis manos: desahogarme negro sobre blanco.
Y es que, como diría mi abuelo, nacido en
Somines: ¡Vayan a echar pulgas a otra parte! ¡No nos pasen a los Tamargo por la
criba de su cuadriculada ingeniería social! ¡Váyanse a paseo con la ubicua «u»
y su cartilla de gramática ideológica! ¡Y viva Asturias con sus ancestrales
«oes»! ¡Que los extremos picudos no anulen su redondez materna!
