verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

viernes, 2 de agosto de 2019

RESEÑA SOBRE CUM LAUDE, POR CRISTIÁN GÓMEZ OLIVARES






Si alguien preguntase a una planta cuál es su máxima aspiración en la vida, y ésta pudiera responder, con toda seguridad respondería: «la luz». Obvio, por mucho viento o insecto que pretendan ayudar a polinizarla, por mucha flor que prometa la primavera, por mucha clorofila que de partida se ofrezca, sin luz no hay fotosíntesis, y sin fotosíntesis… Pero si la misma pregunta la hiciéramos a un poeta, tal vez la respuesta no resultase tan previsible, porque dependería de quién fuese el poeta preguntado. Anda que no hay diversidad en la fauna poética… Se me ocurre un rosario de respuestas imaginables: «luz» (sin duda existen poetas-planta) / «oscuridad» (sin duda existen poetas-murciélago) / «editores» / «buenas críticas» / «un grupo al que pertenecer» / «un Ministerio de Cultura que me avale» / «un seudónimo rumboso» / «una cátedra» / «un buen premio» / «jubilación garantizada» / «fama» / «gloria eterna» / «dinero» / «lectores, muchos lectores» / «lectores, buenos lectores»… Incluso alguno, por qué no, pudiera responder preguntando: «¿mi máxima aspiración en la vida...? », y quedarse sin palabras.

Confieso que en determinados momentos de mi carrera literaria pude responder a la pregunta en cuestión con alguna de las respuestas recogidas en el párrafo anterior. Hubiera mentido en cualquier caso, porque los poetas somos seres humanos, y los seres humanos, por mucho que nos pese, jamás sabemos con absoluta certeza lo que queremos. Sin embargo, no sé por qué me siento inclinado a responder esa pregunta aquí y ahora. Retocándola, claro, porque como máxima aspiración vital, la poesía, o cualquier otra cosa que tenga que ver en exclusiva con ella, rimbombaría demasiado, ¿o no? 

Entonces, ante la pregunta: ¿cuál es tu mayor aspiración en el terreno literario?, pensaría en mis posibles agentes “fotosintéticos” y respondería: «que no me abandone la imaginación». Y si el demandante exigiera una respuesta más… digamos concreta o pedestre, entonces diría: «lo que más necesito es llegar algún día a poder leerme con cierta tranquilidad; quiero decir, con la menor autocensura posible; quiero decir, con cierto grado de aceptación». Pero como esa parte de la respuesta, por pedante, pudiera condenarme definitivamente al ostracismo si no fuera matizada; de seguido añadiría, siendo muy sincero: «también necesito ser leído por buenos lectores. Dan igual el dónde, el cuándo y el cuántos, sólo que sean buenos lectores». 

Cum Laude (qué suerte voy teniendo) ha sido ya leído por muy buenos lectores. (¿Lo será en el futuro?). Dos de ellos, Carmen Morán y Cristián Gómez Olivares, han dado noticia pública de su lectura. Carmen, en la presentación del libro en Valladolid; Cristián, en la reseña que ahora comparto con quienes me leen aquí. Ojalá esta reseña también sirva para que a Cum Laude le caiga algún otro buen lector. 

Gracias, Cristián. Gracias de nuevo, Francisco, por editar tan finamente este libro en Lumme Editor.




CUM LAUDE, de Jorge Tamargo (Lumme Editor, Brasil, 2018)



           Jorge Tamargo es un poeta cubano afincado desde hace más de veinte años en Valladolid, España. Forma, por lo tanto, parte de esa diáspora caribeña que ha poblado una larga lista de países donde las y los autores de la isla han entrado en ubérrimo contacto con otras hablas y otras culturas. Creemos que, en buena medida, el libro que ahora comentamos se debe a ese ingreso en una zona de contacto enriquecedora como le ha correspondido a este poeta. 

La poesía de Cum laude honra, de principio a fin, el título de esta entrega: todos los poemas del volumen, recogen el nombre de algún autor de la tradición poética occidental, para darle un aire particular a cada uno de ellos. Este “aire particular” quiere ser una toma, una instantánea de la poética de tales autores, es un intento de replicarla pero ―y este no es un pero menor― sin perder esa identidad que Tamargo sabe darle a sus propios poemas. Combinación difícil, sobra decirlo, aunque nos parece que el autor sale aquí airoso de tal batalla.

Aunque el libro es breve, Tamargo se da maña para cubrir un sector importante de esas figuras canónicas sobre las que él vuelve. Es un viaje, el suyo, peculiar: va desde dos poetas vivos y en plena producción, como son Antonio Gamoneda y José Kozer, hasta un medieval Dante Alighieri, pasando por figuras propias de la vanguardia como César Vallejo y Ezra Pound y otras de los siglos que cubren todo ese arco: Emily Dickinson, Goethe, Quevedo, Fray Luis de León, entre otros. Esta pléyade nos pone en el lugar del que atiende a un largo homenaje, pero también a un (intento de) diálogo. Porque no se trata aquí de un mero listado de personalidades, sino de cómo estas voces siguen cobrando vigencia en la medida en que se las sigue leyendo y, por ende, re-contextualizando. De hecho, el orden en que están dispuestos los poemas, desembocan en una tradición “viva”, por así decirlo, hasta llegar a aquella más fuertemente enraizada en el canon, cubriendo ese diálogo feraz con los muertos que es la verdadera tradición.

Nos quedaríamos cortos, sin embargo, si no nos detuviéramos también en el rol que juegan aquí los diseños gráficos incluidos tanto en la portada como en el interior del libro, especialmente cuando acompañan a, si es que no forman parte de, los poemas mismos. En un texto con el que no estamos del todo de acuerdo, pero que sin embargo vale mucho la pena traer aquí a colación, el mismo Tamargo se explaya en torno a la presencia de estos “dibujos”, a falta de un nombre mejor, al interior de un libro de poesía como el suyo.

Dice allí el autor, para empezar, que todo poema es “visual”, en la medida que para leerlo necesitamos previamente verlo (excepción hecha, claro, de los poemas escritos en Braille). Si esto es así, sus poemas serían propiamente visuales, en tanto que los estamos viendo impresos en la página. Tamargo hace esta salvedad para distanciarse de lo que él estima es la insuficiencia de lo que comúnmente se conoce como poesía visual, ya que, siempre según el autor de Cum laude, lo visual no sería un acicate sino un estorbo para la imaginación, sobre todo cuando va asociada a cualquier tipo de relato. Pese a ello, cuando esta visualidad abunda en lo abstracto y es capaz de impulsar la polisemia y no impedirla, sí estaríamos entonces en un escenario fructífero para este poeta, lo cual justificaría el uso de estas imágenes que acompañan a los poemas de su autoría.

No nos queda sino agregar que, desde nuestra perspectiva, se trata de una feliz reunión, ya que muchos de estos diseños otorgan una nueva lectura, una nueva capa de sentido a los poemas. Y éstos, los más felices de ellos, logran chispazos verbales que son lejos lo mejor de este libro. Porque estamos ante una poesía sumamente acotada: veinticinco textos de diez líneas cada uno, estos homenajes que son también reflexiones en torno al oficio poético encuentran sus mejores momentos en esas imágenes donde lo inesperado de la fricción verbal, la impertinencia predicativa de la que hablara Jean Cohen, logra finalmente concretarse en ese cuerpo extraño que calificamos de poema. A veces se trata de una disyunción ya sea en la lógica o en la sintaxis de esa cadena de significantes y significados que se adentran en lo poético, otras de una escritura alegórica como en el caso del poema que se titula “Fernando Pessoa”. 

Como sea, Cum laude logra en la brevedad de sus páginas reflexionar con agudeza en torno a lo lírico. Aunque sus méritos no se reducen a ello, sería sin embargo suficiente con eso para estar agradecidos por la oportunidad de leer un libro como este.



Cristián Gómez O.







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martes, 9 de julio de 2019

LA HOZ






Pronto (pronto, digo, pero a la vez aclaro que el tiempo en poesía es muy suyo y no acepta acelerones) publicaré un libro llamado Los argumentos del tránsito. Este libro contiene tres poemas de mil versos cada uno: Río, Rueda y Casa.  

A modo de aperitivo, y en tanto el libro va preparándose para la edición, me propongo publicar en este espacio un décimo de cada tercio. Comienzo con el noveno acto (tiene diez) de Río, poema en el que intento construir una metáfora de La Vida entrelazando tres cabos: un río, un poema y una vida concreta. Tres cabos que discurren integrados (espero / quiero creer) en espacio y tiempo, para poner letra y música a uno de los argumentos de mi tránsito: Mario, el pequeño de mis hijos.

Sé que el noveno pliegue de este poema (cien versos de mil) puede dejaros con alguna duda en cuanto a hilo narrativo se refiere. Aun así… Os doy una pequeña clave: Se trata del penúltimo accidente de la referida vida: El río llega a la hoz, un riguroso ajuste que preludia su definitivo (¿definitivo?) desparrame en el mar.  
  



IX



Curvas y paredones. Abra. Hoz. Silencio…
Si el diablo disparara, si su trabuco
tuviera mirilla, fuera ésta. Qué fuerza
la del viejo río para imponerse a la roca,
para propinarle semejante tajo. Qué embrujo
ejerce el salitre sobre el animal,
que aunque reniegue serpea
buscando el ara salada. Para ti sangra
el ombligo de Venus. Su caldo
espesa el agua donde hundes las piernas.
Tus ojos, ahora sí, entre paredes ciclópeas
se ajustan a una vertical purísima: Los unos,
firmes en sus extremos. Los otros,
en espirales cerradas, como recreando
un fuste salomónico alrededor del figurado
mástil. No hay escaque posible cuando se llega
al tojo. El río aún controla su esfínter, pero
sabe que este grave trecho anuncia
el desparrame final. La totora, redorada
en los meandros, pardea. Tu balsa
apenas progresa. Apenas se desvía
del mismísimo eje. Estás solo (siempre
estuviste solo) pero sospechas
que enrocados en esas paredes, o fluyendo
en el agua negruzca, estamos todos (―son
la comparsa de mi soledad, recuerdas)
participando tu silente danza. Lo sospechas
porque en el fondo sabes que este paraje
carecería de sentido sin testigos otros; que el diablo
jamás dispararía sobre una presa, si terceros
no pudieran verlo; que Dios jamás acallaría
su tralla (el silencio también es meridiano)
si no actuara para un público entendido. Y tú
no eres el público. Eres el protagonista.
…Nosotros, quienes aplaudimos
en la primera curva, ahora sosegamos
el espíritu para reconfortarte. Puede
que no tengamos otra cosa, puede que
fuguemos como espectros entre las rocas y
tu memoria, pero no te abandonamos.
…De truchas, ninguna señal. Aquí, ni siquiera
la muerte gesticula. Los salmones
remontan este tramo en procesión
callada. No saltan. No desovarían en él,
está claro, pero tampoco lo harían sin transmitir
a sus huevos, la soberbia gravedad
de estas montañas. Tú, al fin puedes
pensar, imaginar y ver en un único acto. Sólo
el ruido te impedía hacerlo. Tienes los ojos enfermos
de tanta cavilación, pero algo ves. Buscas
al onagro en los cantiles, ramoneando
en la ombliguera. No está. Decides
no imaginarlo (todavía) porque
cae la tarde, decantada en los paredones,
sobre el agua lenta. Esta es la Noche;
ésta: la madura, no la pintona.
Ni la barragana del cielo (o fanal de Dios,
qué más da) alcanza para menguarla. La luz
que emite, azulea. Es un azul ancilar,
metaoscuro. Nada es más negro que lo azul,
cuando repica sobre lo negro para morir
en él. Otoñea en blanco y negro. El blanco,
en la cuenca de tus ojos móviles, sólo.
…La noche, al margen de cualquier divismo,
levanta el penúltimo telón: recrea
el concentrado astral que dio paso
al engrudo lácteo donde la luz, pegajosa,
oscila. (La noche fue un día antes que el día.
La luz seca y limpia, cortesía de tu Luminar,
es una licencia poética que otorga la Negrona
a las estrellas jóvenes). Todo esto lo sabes
ahora; ahora, cuando se detienen
tus cuatro ojos para regalarte
la esencia de su inventario; justo antes
de que suene (―escúchalo) un nuevo trallazo
en las espaldas del cero: Uno. Otro.
Y otro. Y otro... La tralla trae la mañana.
La desnuda para su último baño, que es
el inicial, quizás, en la boca del otero.
La mirilla del diablo agota su diana.
Hasta en la hoz amanece. Entonces
ves al onagro. Sí, ramonea en la ombliguera, y
gira su testa cuando afloran las notas
de tu flauta. La perspectiva embuda
hacia un horizonte terso. Esa es
la horizontal perfecta: una vibrante cuerda
en la base de los farallones. Ya no huye. Encima,
pero sin prisa. ¡EVOHÉ!, ¡EVOHÉ!, gritan
desde una orilla cuando el río se descorcha
finalmente. ¡HURRA!, desde la otra.
No tienes tiempo para detenerte, ahora no,
en voces destempladas. Estás a las puertas
de Getsemaní. Tienes que preparar (acaso
improvisar) la última oración, y debes
repasar los dones que agradecerás.  
No vienen los soldados a buscarte. Vas
con el río a contaminar La Sal. Flor y sangre.
Rojiroja singladura que acaba en
banderilla: ápice de color que pica y parte
sobre la blanca geografía del final.





martes, 7 de mayo de 2019

FUEGO GRIEGO





En nombre del Dios misericordioso, Harún al-Rashid, jefe de los fieles, a Nicéforo, perro romano: He recibido tu carta, hijo de infiel, y no escucharás mi réplica, sino que la verás.          

Siglo IX. Harún, califa iraní, responde
a Nicéforo, emperador bizantino.


A través de mi amiga Margarita García Alonso, que vive en Francia pero parece estar más atenta a la prensa española que yo (gracias, Marga), me llega una noticia publicada en el ABC sobre el repliegue (uno más) del arte occidental ante las exigencias (sí, exigencias) de los musulmanes radicales que viven entre nosotros, cuyo sensible aparato censor resulta más irritable que un grano con su pústula a punto en la entrepierna de un cojo… Estas criaturas temerosas de Dios, ya no sólo burlan nuestros fielatos, sino que además se arrogan el derecho de hacer valer “su gusto” en nuestras playas, nuestros cines, nuestras escuelas, nuestras galerías de arte… El titular rezaba: La galería Saatchi cubre dos obras de arte ante las quejas de los musulmanes por blasfemas.

Varias cosas me sorprenden (es un decir) en la noticia. La primera, como es lógico, el atrevimiento bravucón y malagradecido de la minoría islamista-islamista que medra en Europa; y cómo no, el hecho de que patrullen hasta en las exposiciones. Porque patrullan. ¿O acaso les interesa la deriva iconodula de los infieles, más allá de lo que en ella puedan encontrar de censurable? ¿Acaso visitan las galerías de arte europeas en busca de imágenes adorables, en busca de una belleza con a-de-ene papista? Esto, lo que les achaco a ellos. Pero también me sorprende (es un decir, insisto) la actitud del artista, que a las primeras de cambio decide someterse a los escrúpulos del cero coma cinco por ciento de su público. Y la postura de la Galería, claro, que después de un primer gesto para la galería (valga la redundancia), con discursillo liberto-expresivo incluido, decide “cubrir a su invitado” en la cobarde retirada. Y por último, aunque para nada me sorprenda, sigue causándome gran pena que la mayoría de los artistas contemporáneos continúen produciendo esas obras feas, prescindibles, tóxicas (si no nos jugáramos tanto, debíamos agradecer que las tapasen), y que los espacios de mayor pegada comercial los sigan programando. Todo esto: la grosera descortesía de la extrema minoría, la falta de coraje y entereza de quienes representan a la extrema mayoría, y la penosa deriva de muchos de sus artistas, consuena como un golpe de gong en mi sesera: ¡Decadencia!


                                                                     

Quienquiera que menosprecie su propia vida, se hará dueño siempre de la del prójimo.

Montaigne



Qué incontestable sentencia… En tanto el ateísmo reinante en Occidente (pude decir en el mundo), que dejando al margen las células radicales, afecta a los deudos de los tres cultos con Libro: el judío, el cristiano y el islámico; en tanto, digo, ese ateísmo epidémico no cesa de prosperar en nuestras sociedades, como también lo hace la adicción enfermiza a la longevidad; los cuatro que todavía creen: un judío y tres musulmanes; esos que creen de verdad, más allá de la mera observancia de un ritual normado, y que por ello están dispuestos a morir en acto de fe; esos cuatro se han apropiado de nuestras vidas. El judío mártir y matón no atenta en Europa o América, pero sí que lo hacen sus homólogos musulmanes. El superjudío no ambiciona una teocracia fuera de su tierra prometida, pero los tres supermusulmanes quieren imponerla urbi et orbi, y a diario trabajan para ello.

¿Qué podemos hacer nosotros, muertos vivientes que aspiramos a mantener tal estatus durante más de cien años, ciento veinte si es posible, sumergidos en un flácido taedium vitae; nosotros, incapaces ya de creer, de defendernos, de reproducirnos… frente a esos adolescentes dispuestos a entregar su púber existencia, o sea, a vivir con la intensidad que su Dios exige a quienes buscan una otra oportunidad de inextinguible vigor al margen de la Reina del Tiempo? Nosotros, que sabemos tanto, diosecillos engreídos que ya estamos redactando las capitulaciones para ceder ante la máquina creada para sucedernos; infieles, sí, incrédulos; ¿cómo vamos a defendernos de esa horda pujante y fidelísima? La primera vez que una serpiente ve una mangosta, siente que es un encuentro fatal para ella, dijo Michaux. Pues claro. La hemos visto. Percibimos la fatalidad del lance. Pero a diferencia de la serpiente, no nos defendemos con ganas… ¿Ah, resulta que en nuestra casa hemos producido y expuesto alguna escoria discursiva que os molesta?… Perdón, perdón, la retiramos enseguida. Total, si tampoco creíamos en ella. ¿Qué más da una lámina más o menos en esa logia dada al pasquín mitinero? ¿Para qué tratar como arte lo que está lejos de serlo, si ello puede mermar nuestra esperanza de “vida”? Un pedestal puede ser una cosa irreal; la picota, en cambio, es una realidad terrible. (O. Wilde). Ay, ay, Saatchi, ¿habrías podido tú, jerarca de la escombrera, negar la sábana vergonzante a esas impúdicas escenas? ¿Escenas?

                                                               

El arte que depende de la moral, del placer o de la filosofía, será filosofía, placer o moral, 
pero no arte.

Croce



A cuestas con el dichoso arte conceptual… ¿Es tan difícil entender y aceptar que quien quiera componer y expresar un discurso seudo-metafísico / ontológico / psicológico, o simplemente político, debía meterse a ensayista, orador, periodista o coach, pero nunca a creador artístico? Los patrulleros coránicos lo tienen fácil. Si se personan en museos y galerías de arte, encontrarán tela donde cortar. Porque la mayoría de los “artistas” occidentales contemporáneos andan discurseando en los predios de la fealdad y la complicación gratuita. Y como la virtud es ajena a su discurso, y el talento ajeno a su voluntad; el pecado aflorará sin remedio: Primero, contra la virtud misma. Segundo, contra la belleza. Tercero, contra cualquier sistema que pretenda codificarla. En esa baba discursiva que no se somete a ninguna ley de la simetría (por supuesto que no me refiero a la simetría especular, sino a la simetría en su sentido más amplio), que tampoco se somete a ninguna teoría del color, a ningún parámetro compositivo que responda y complazca al ojo humano; en esa bazofia visual, donde la ocurrencia, pretextando un supuesto trasfondo conceptual, dicta el asunto y la forma; pueden aparecer David, Jesús o Mahoma, lo mismo que Fulano, Mengano o Esperancejo; negociando el precio de una fajina de belladona. ¿Qué más da? Cuando a uno de estos iluminados se le ocurre algo, todo, menos lo hermoso, vale para contarlo. Contarlo, sí, de eso se trata; contarlo de la manera más rara y complicada posible. Ay, pecadores, pecadores… Repito, si no fuera por lo mucho que nos jugamos en la partida, alentaría a los patrulleros a perseguiros... Medid, por favor, vuestras propias aptitudes. Si queréis poner en solfa a los herederos de Nestorio y no sabéis pintar, escribid columnas de opinión o id a las tertulias televisivas.

                                                                       

Las enfermedades [comunes] no se interesan por quienes tienen ganas de morir.

Lawrence Durrell



¿Y cuánto durará esto? Sólo un cáncer terminal se ocupa de nosotros. Mientras se expande, sin embargo, mientras se acerca a su fase aguda, erróneamente nos creemos inmunes al catarro. Dadas las circunstancias, el trance puede alargarse, alargarse… ¿cuánto? El juego puede hacerse cansino. Pero no todos estamos dispuestos a apartar la mirada de la arena. Seremos molestados y molestaremos. Puede que perdamos. Casi seguro que al final perdamos. Pero la sola victoria verdadera es la que fuerza al enemigo a declararse vencido. (Claudiano). Y esa declaración; artistas y galeristas, políticos y periodistas; tendrá que ser unánime, o casi unánime, para que surta efecto. Amén las sábanas que deba tender la Saatchi sobre su mierda (quien anhela una máscara, no tiene más remedio que llevarla), en las pinacotecas de la resistencia habrá jaleo; y sobre las aguas del Bósforo, fuego griego.




viernes, 5 de abril de 2019

TRAPICHEO POÉTICO





En días pasados, a raíz de un intercambio de caricias virtuales que sostuve con mi colega Manuel Iglesias (llegados a los cincuenta nos ponemos ñoños), y empujado por una oportuna intervención de mi querida Aleisa Ribalta, recordé una anécdota que quiero recrear para mis lectores, especialmente para aquellos que leen poemas como poseídos por un inclemente demonio que los fuerza a semejante deriva. Mi com-pasión con vosotros es enorme, amigos. Aceptadme este cuento en prosa que pretende aliviaros de imagen musical, aunque su asunto precisamente ronde la producción, exposición, venta y consumo de poesía.

Manolo y yo comenzamos hace unos años una gira mundial que nos llevó a numerosos escenarios con un espectáculo que combinaba canciones y poemas, titulado (el nombre fue cosa suya; río…) Tierra, mujer y guitarra. Nos habíamos conocido cenando en casa de la cantante María Salgado y el poeta Fernando Escudero, su marido. A los postres, María, una gran amiga, sabedora de que Fernando detesta leer su obra en ocasiones tales, me pidió que leyera algo de la mía. En fin, ante María, que es un ángel, no puedo negarme a nada, así que abrí uno de mis libros (ella, que los tiene todos, ya me los había acercado sin que apenas se notara) y comencé a leer. Me pareció raro, pues no considero que una alegre sobremesa sea ocasión ideal para la poesía, y siempre se me enreda la lengua cuando leo después de unos cuantos vinos, pero lo cierto es que Manolo mostró un especial interés por mis poemas. Yo, que en casa de músicos trato de resultar lo más musical posible, estaba leyendo los más bailongos, y él apenas se sujetaba separado de su guitarra. Está claro que aquella parte de mi obra lo inducía al musiqueo. El caso es que apenas habían pasado dos meses de nuestro primer encuentro “mariano”, y ya el bueno de Manolo tenía tres poemas míos musicalizados; ya había ideado nuestra gran gira.

A veces solos, a veces acompañados por C.M. (un hombre muy formal y serio que seguramente no querrá verse involucrado en esto), actuamos en muchas plazas: sedes consistoriales / bibliotecas / casas de cultura / librerías / salas de teatro... En fin, nunca reunimos a más de doscientas personas, ni cobramos más de ochocientos euros en total, pero sus canciones y mis poemas estuvieron intimando durante un par de años con el público de lugares tan lejanos entre sí como Valoria la Buena / Boecillo / Portillo / Urueña / Valladolid / Salamanca / Zamora / León… León, tierra de grandes poetas. En esta ciudad tuvimos la experiencia más memorable, esa que pretendo contar a mis amigos y lectores, especialmente a los adictos a la poesía.

Resulta que Manolo, un traficante incorregible de cualquier cosa, también de libros, incluso de poemarios, a quien se le metió en la cabeza trabajar en paralelo por mi Premio Cervantes y su consagración musical, conocía a don Alfredo, un buen hombre y cabal funcionario que dirigía y dirige la Biblioteca Pública de León. No debió costarle mucho trabajo convencerlo de que la ciudad y su Biblioteca necesitaban nuestra actuación, porque don Alfredo le dejó claro que no podía pagarla, y de lo que no cuesta (se dice por aquí) lléname la cesta. Así que el Director puso fecha rápidamente al estreno leonés. Y como experimentado gestor cultural, conocedor de la curia que solía participar de tales eventos, pensó en enero. No es baladí esta elección, porque como todos (ahora, incluso yo) saben (sé), durante el invierno los ancianos persiguen las actuaciones que se ofrecen en sitos cerrados y con calefacción para ausentarse de casa por dos o tres horas, y en ese intervalo no gastar energía calentándola. Supuestamente, en invierno la asistencia de público a estos actos está garantizada.

Casi todo estaba preparado cuando Manolo pidió a César (mi editor, Difácil) dos cajas de uno de mis libros (Penúltima espira) que contenían cada una alrededor de cien ejemplares. A esto sumamos otro buen número de ejemplares de tres títulos más que ya tenía publicados entonces, y que metimos en elegantes bolsas de plástico para el affaire leonés. Aparecimos en la Biblioteca Pública de León una fría tarde de enero, con un recital perfectamente ensayado y unos trescientos libros por vender. Manolo me había asegurado que triunfaríamos, que lo venderíamos todo, pues la prensa local se había hecho eco de la actuación, y la Biblioteca tenía un programa cultural muy seguido en la ciudad.

Llegamos y tuvimos que aparcar en un callejón contiguo al edificio, situado entre éste y un solar yermo deficientemente vallado. Unos cincuenta metros había entre aquel improvisado aparcamiento y la entrada a la Biblioteca. Claro, el cantautor y el poeta tuvieron que acarrear a hombros los instrumentos musicales, el equipo de sonido y, lo que es peor, el pesado cargamento de libros destinados a la venta. El frío atemperó el esfuerzo físico, pero la imagen de aquel ambicioso tráfico de cajas y bolsas no resultaba demasiado halagüeña. La salita donde actuaríamos (vaya sorpresa), con capacidad para unas sesenta personas, presagiaba lo peor: cada asistente, en el supuesto caso de aforo completo, al final de la actuación debía comprar unos cinco libros para descargarnos y compensar la gratuidad del recital. En fin, no podrían llegar ni siquiera a sesenta personas, al menos satisfechas, porque en medio de aquel reducido espacio, el arquitecto (qué pena de colega, Dios lo perdone) había dejado un enorme pilar de hormigón armado que prácticamente inutilizaba un cuarto de las butacas posibles. Qué trabajo para colocarnos en el escenario calculando los mejores ángulos, para disponer las mesas de apoyo en que situaríamos el equipo de sonido y el cargamento poético. Tal vez por todo ello, Manolo, que confiaba a ciegas en el éxito de aquel recital, cometió el peor fallo imaginable: colocó los libros sobre una mesa situada detrás de nosotros, en el fondo del escenario, dejando la única puerta de la sala libre de reclamos comerciales y comprometedora presencia poética.

Antes de comenzar la actuación, Manolo, como siempre hace, recordó al público que teníamos libros a la venta con los poemas que se leerían, que podrían comprarlos a un precio módico. Unas treinta personas lo escuchaban. Su promedio de edad rondaba los setenta años, y su exagerada puntualidad (llegaron media hora antes de lo necesario) venía a demostrar la dicha teoría del imán calefactor.

La actuación fue un éxito. Cada canción y cada poema fueron generosamente aplaudidos. Nos pareció a ambos que la gente se la pasó muy bien. En ese sentido resultó realmente reconfortante. Pero habiendo terminado, aun cuando todos se acercaban a felicitarnos y agradecernos, y en tanto nosotros estábamos entre ellos y los libros, les fue muy fácil escapar sin hacer el esperado desembolso. Les había encantado el recital, pero nadie habló de llevárselo impreso y encuadernado. Cuando Manolo quiso darse cuenta (yo en esos trances soy nulo) el multitudinario público había desaparecido sin llevar libros consigo.

Hasta aquí todo más o menos normal. Nunca he vendido más de veinte ejemplares de mis libros en ningún recital, y en más de uno he vendido menos de cinco. Don Alfredo se mostraba apenado por lo sucedido (lo hacía sinceramente, creo yo), a la vez que lamentaba que no se hubiera llenado la sala para disfrutar de lo que él consideraba una actuación muy especial. Doné varios libros a la Biblioteca. El Director lo agradeció amablemente antes de invitarnos a picar algo en un bar cercano. Comenzamos a recoger los andariveles. Aquella vez se nos hizo especialmente pesado al tener que desandar los más de cincuenta metros que había entre la sala y el mal llamado aparcamiento con todas las cajas de libros, íntegras, a hombros. Lo hicimos dignamente; sin alegría, pero sin excesiva amargura. Hasta aquí todo más o menos normal, insisto.

Pero durante el último paseo que di entre coche y escenario, cuando subía la pequeña escalinata que da acceso a la Biblioteca, se me acercó una mujer de unos cuarenta años que había escuchado el recital; la única persona que no alcanzaba los sesenta, seguro. Estaba aparentemente entusiasmada, incluso excitada, y me regaló elogios de todo tipo. Sin embargo, su despiste era tal, que hizo un comentario para ella desafortunado, pues dijo: «qué pena que no tuvieras tus libros aquí para poder comprarlos, me habría encantado hacerlo». Madre mía, a la sazón Manolo pasaba por allí. Venía de cerrar el maletero del coche que ya guardaba de nuevo todas las cajas. Era de noche. Hacía un frío atroz, pero mi partenaire acometió a aquella chica con unas ganas tremendas y un oficio implacable: «¿Qué dices? ¿No viste las cajas que estaban encima de la mesa? ¿No me escuchaste…? Estás de suerte. Tenemos libros para ti. Sígueme».

La mujer palideció, pues se había metido ella sola en un pequeño lío, pero resignada siguió a Manolo callejón abajo hasta el coche. Por suerte, una farola cercana evitaba que la zona fuera del todo impenetrable y permitía intuir la cerradura del maletero. Manolo lo abrió en el acto y comenzó su agresiva labor comercial. En seguida me llamó: «Jorge, ven, que tendrás que firmar libros». Yo me sentía, lo juro, poco menos que un atracador. La escena era completamente surrealista, porque el sitio era el menos indicado para firmar y vender un libro, y porque la otrora entusiasta señora no mostraba ninguna determinación ante la posible compra. Manolo no cejaba. Finalmente la clienta accedió a llevarse uno. No recuerdo cuál, pero sí que debí firmarlo apoyado en el techo del coche y bajo una farola de luz amarilla, en medio de una niebla que progresaba amenazante. Parecía que todo había acabado, pero Manolo no soltaba presa: «¿Cómo que uno solo?, Jorge será reconocido no tardando como uno de los grandes poetas del XXI», le decía insistentemente a su víctima mientras yo moría de vergüenza. «Déjalo, Manolo», iba a interrumpirle, cuando lo escucho citar a Marvell: Si Mundo y Tiempo hubiéramos bastante, no fuera esta esquivez, Señora, crimen. Dios mío, pensé, hasta dónde puede llegar este hombre. Yo conocía su gusto por la poesía inglesa del siglo diecisiete, sabía que lee religiosamente a Done y a Herbert, que prefiere la poesía metafísica del barroco inglés, antes, incluso, que la conceptista del Siglo de Oro, pero atreverse a utilizar tales recursos frente a una desarmada señora, que ya para entonces había confesado que ni siquiera era de León, que estaba de vacaciones en casa de unos familiares y se había acercado a la Biblioteca a pasar un rato…

Manolo le vendió dos libros más. No sé cómo pude firmarlos. No veía. Tenía las manos heladas. Estaba avergonzado. Y don Alfredo comenzaba a llamarnos desde la acera, detenido a unos veinte metros callejón arriba. Apenas puse firma y fecha. En ese momento fui incapaz de coger el dinero. Lo hizo Manolo (luego me lo dio, por supuesto, es un tío muy legal) que había “salvado” la jornada. Algo es algo. No nos íbamos con las manos vacías. Teníamos para gastos.

Partimos con don Alfredo al bar, y cuando tomamos consciencia de lo que había pasado comenzamos a reír a carcajadas. Riendo comimos y bebimos con el Director de la Biblioteca, a quien no contamos todos los detalles del episodio, claro. Allí estuvimos hasta entrada la madrugada. El buen hombre pagó la cuenta. Nos despidió descargado al comprobar nuestra simpática alegría. Se dio por disculpado ante el fiasco comercial del recital y nos repitió lo bueno que le había parecido. Manolo, que vende libros profesionalmente, y visita con frecuencia a don Alfredo, dice que éste siempre le pregunta por mí, que más de una vez le ha dicho que espera tener algún día presupuesto para invitarnos de nuevo y pagarnos lo que merecemos.

Ya en el coche de regreso a casa (conducía Manolo, lo aclaro por si acaso no ha prescrito el delito, pues habíamos bebido) no parábamos de reír. Manolo literalmente asaltó a la vacante señora por haber cometido el sano error de presentarse a un recital poético-musical, e impostar su interés ante un depredador de sangre nabatea. Dios mío, cómo pude firmar aquellos libros. Sólo el agitado diafragma me salvaba de pensar seriamente en todo lo acontecido desde que llegamos a la Biblioteca aquella tarde. Reímos sin parar hasta que nos detuvimos en una gasolinera. Mientras Manolo llenaba el depósito de gasóleo con el dinero que a duras penas habíamos sacado de la última operación poética, yo fui al baño de un pequeño bar cercano. Ante su puerta, medio impidiendo el acceso, estaba sentado un anciano borracho y mal vestido, a todas luces dedicado a la mendicidad. Le pedí permiso. Me preguntó: «¿me das algo, por favor?», y añadió: «aunque me veas así, soy poeta». Lo miré demoradamente. El hombre debió entender que no le creía. Entonces, señalando una farola muy parecida a la que iluminaba el callejón del “atraco” leonés, y bajo la cual descansaba amodorrado un gato pardo, dijo con una dicción y un tempo perfectos: «Siempre que veo un gato al sol me recuerda a la humanidad».

Amanecía. Le di al viejo poeta cinco euros y le apreté la mano. Entré al baño. Salí. Regresé al coche. Abrí el maletero. Tomé un ejemplar de cada uno de mis libros y se los dediqué todos: «Al poeta, su gato, su sol y su humanidad, de…». Pero cuando regresé al bar para entregárselos, el mendigo se había esfumado. Conté a Manolo lo ocurrido. Me preguntó: «¿será suya la frase?». «No, es de Pessoa», le contesté. Y no reímos más aquella madrugada.

Pero lo hemos vuelto a hacer en estos días al recordar el pasado trapicheo poético…

Oye, Manolo, y la pobre vacante, nuestra única clienta leonesa, ¿cómo se llamaba? ¿Habrá leído aquellos libros alevosamente vendidos, nerviosamente firmados? Y estos otros dedicados al viejo poeta-mendigo, que conservo con una mezcla de respeto y compasión, ¿cuánto valdrán ahora?


enero, 2015 





martes, 26 de marzo de 2019

PERDÓN, MÉJICO, PERDÓN







Hoy leí en la prensa que el señor presidente de Méjico, don Andrés Manuel López Obrador, exigió a España que pidiera perdón por los avatares de la conquista (sí, sí, la del XVI); subordinando las relaciones futuras entre ambos Estados, a la entonación del dicho mea culpa imperialista, y a una absolución que… ¿se considera otorgada de antemano? Hablo de mea culpa y absolución porque López Obrador, ni corto ni perezoso, metió al Papa en el ajo. ¡Dios mío!… Quienes me seguís aquí, sabéis que casi nunca hablo de política directamente, que sólo lo hago en las poquísimas ocasiones en que soy incapaz de evitarlo, amén los esfuerzos a que me obligo en tal sentido. Ésta es una de ellas.

A comienzos del XIX, Lord Byron dijo: la sociedad es ahora una horda educada e integrada / por dos tribus poderosas, los molestos y los molestones. Seguramente el vate inglés no pudo imaginar que, doscientos años más tarde, la casta stalinista de América Latina produciría una tercera tribu que integra a farsantes de rango superior: esos que a un tiempo fingen estar molestos y ejercen de molestones. Resultarían cómicos, si no fueran tan peligrosos. Sólo por eso, por peligrosos, merece la pena reírse en público de algunas de sus estupideces.
     
¿Pudiera López Obrador ser tan idiota como para creerse lo que dice, como para estimar pertinente lo que pide? Pues claro. Conozco la escasa sabiduría de la clase política universal en estos momentos, y mejor aún conozco, os lo aseguro, la ignorancia mayúscula con que cargan los tiranos, o pretendientes a, que tras la estela del holguinero nuestro (Castro), y siguiendo sus instrucciones, que no su ejemplo; tratan ahora de agotar la vía democrática en América Latina para cumplir sus más íntimos anhelos de poder absoluto. Este hombre puede ser idiota (que viene de idio: propio; que sólo se ocupa de sí mismo; que evita los asuntos públicos) aunque se dedique a la política. ¿Y cómo se come esto? Muy fácil: Se dedica a la política fingiendo interés en lo público, pero en realidad trata de que lo público termine aviniéndose a su interés personal. Interés que en este caso, insisto, calza en la horma ideológica que ha puesto a punto el stalinismo holguinero para hacerse con el mando en el continente. Por todo lo dicho, pudiera ser un idiota, sí, pero sin dudas es también un oportunista y un farsante.     

Un gran mejicano: Alfonso Reyes, antes de que en Holguín, Cuba, se actualizara la retórica marxista pasada por Asia (qué disparate sobre disparate) para adaptarla a los estómagos hispanoamericanos, escribió: La lagartija se deja arrancar la cola y sigue viviendo; pero al hombre se le puede matar con algo tan inasible como una idea. ¿Y cuál es la idea mortífera que repite como un papagayo López Obrador? Ésta: Queridas lagartijas, para que nadie más pueda cortar vuestra cola, tendréis que sacaros los ojos y cortaros las patas; tendréis que venir a mi jaula, donde os alimentaréis sólo de cola, de vuestra propia cola, pero tiernamente cortada por vuestros semejantes. ¿Y quiénes son las lagartijas en este caso, quiénes sus semejantes? Los mejicanos, por supuesto. ¿Y quiénes son los mejicanos?... Ah, un pueblo étnicamente muy diverso, que, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía del propio país, está compuesto de la siguiente manera:

            . 22 % de indígenas
            . 2% de afrodescendientes
            . 47 % de eurodescendientes, y 
 . 29 % cuyo origen no se aclara. ¿Serán mestizos?

A partir de estos datos, se puede llegar a la conclusión de que López Obrador, cuyos apellidos lo delatan (López significa hijo de Lope, es castellano hasta la médula; y Obrador es de origen aragonés; lo que sitúa al presidente mejicano en la incómoda órbita sanguínea de los vasallos de los Reyes Católicos, tan imperialistas ellos), decía que sus apellidos lo delatan, y que este hombre queda incluido en el 76 % (47 + 29) de la población mejicana que es eurodescendiente o mestiza.

Si nos ponemos tontos, ¿no serían esos propios mejicanos, los descendientes de aquellos “genocidas” (López Obrador incluido, claro), quienes tendrían que disculparse en nombre de sus mayores ante los indígenas? ¿Qué es eso de echar balones fuera y cargar a los demás con su propia culpa?... Ah, nunca hubo mujer bella que hiciera muecas al espejo, dijo Shakespeare.

Méjico lindo y querido, ese gran país con un Estado fallido, lo que menos necesita es que venga un farsante a rentabilizar en beneficio propio sus ripios. Un farsante que habla a los mejicanos como si todos fueran mexicas y estuvieran libres de culpa (si es que hay culpa, lleguemos al final), con un discurso cocido en la Gran Alemania del XIX por un determinista empedernido (¿existe algo más eurocéntrico que eso?); recocido en la Rusia euroasiática y en la China por algunos de los carniceros más despiadados del XX, y recalentado finalmente en el subtrópico hispano, por unos maleantes sin otra vocación que reventar lo edificado por sus ancestros, para ejercer in aeternum la jefatura sobre los escombros.

Una escombrera para lagartijas ciegas y mutiladas que se alimentan, si es que lo hacen, de las colas por las que perdieron la capacidad de vivir y ejercer como lagartijas. Eso quedaría a Méjico si se deja llevar por su presidente hasta el colmo de la estupidez y la ignorancia. Cuidado con el cebo. Del mismo modo que los animales son atraídos por un cebo, así los hombres no serían cogidos si no picaran en alguna esperanza, dijo Petronio hace más de dos mil años. Y también dijo: oh, Fortuna […] ¿es que te sientes vencida por el peso de Roma, y que no puedes sostener por más tiempo esta grandeza perecedera? Méjico es un gran país. Pasa por enormes dificultades, pero tiene todo lo necesario para intentar rehacerse. No es el odio a los fantasmas del pasado el que traerá la solución. Es eso lo que agita López Obrador: fantasmas y odio. Y lo hace tratando de pescar en la actual desgracia mejicana con un viejo arponcillo hecho de la peor retórica euroasiática.

Si creyera capaz a López Obrador de leer algo que se aparte de su catecismo, lo invitaría a leer “Armas, gérmenes y acero”, de Jared Diamond; libro cuya lectura agradezco a mi amigo Rolando Paciel, y que os recomiendo encarecidamente. Mejicanos queridos, familiares y amigos, leed este libro, por favor. Se puede descargar en versión digital de Internet. Verán que la historia de las civilizaciones responde, en origen, sobre todo a factores físico-ambientales. Resumiendo mucho, los españoles llegaron a Méjico y lo conquistaron, en lugar de que los mejicanos llegaran a España y la conquistaran, porque cuando ambas civilizaciones se encontraron; en Eurasia llevaban varios milenios de ventaja con relación a América en cuanto a la producción de alimentos y la domesticación de animales. La expansión de la cultura y de su fuerza civilizadora, que partió del Creciente Fértil, y que halló una verdadera alameda en el eje Este-Oeste (desde la península ibérica al Japón), dadas las similitudes de latitud y clima; no fue capaz de sortear los océanos con verdadera posibilidad de influencia intercontinental, hasta que Colón, auspiciado por Castilla, pudo cruzar el Atlántico, llevando consigo todo el acervo tecnológico de Eurasia. Llegó con las armas, con la más alta tecnología, pero también con los gérmenes, que fueron sus mayores cómplices sin que se lo hubiese propuesto siquiera. Gérmenes que el sistema inmunológico de los euroasiáticos había aprendido a combatir, desde que estos fueron contagiados con ellos por los grandes mamíferos que habían domesticado. En América, en Méjico, no hubo grandes mamíferos que domesticar, y por eso los mejicanos no eran inmunes a los gérmenes de los europeos, sus principales soldados. Ahora mismo en esto hay poco misterio, creedme. Y nada tiene que ver lo que pasó con factores raciales o referentes a la inteligencia. Geografía. Todo tiene una causa profunda de raíz geográfica. Insisto, leed sobre esto, por favor, en lugar de escuchar a los ignorantes, falsamente molestos y expertos molestones, que agitando la ignorancia pretenden reinar sobre ella.

Está de más decir que esto de que los conquistadores pidan perdón a los pueblos conquistados, pondría a Méjico en una situación incómoda frente a las minorías étnicas que fueron brutalmente sojuzgadas por los olmecas y los aztecas. Está de más decir que España tendría que exigir que le pidieran perdón los fenicios, etruscos, griegos, romanos, visigodos, celtas, árabes, bereberes, franceses… y hasta los alemanes y rusos, verdaderos promotores y artífices de su última guerra civil. Pero España no puede exigir perdón, tendrían que exigirlo los españoles. ¿Y a quiénes iban a exigirlo?, si los españoles son el resultado venturoso de las cuitas interraciales y culturales que propiciaron todas esas conquistas, ¿acaso a sí mismos? Igual sucede con los mejicanos, que en gran medida tendrían que pedirse perdón a sí mismos. Porque Méjico integra minorías cuyo posible gen conquistador se ha perdido en el silencio de la prehistoria, pero también integra minorías y mayorías que son el fruto del mestizaje producido por el afán conquistador de olmecas, aztecas, españoles... y en menor medida, de franceses, ingleses, estadounidenses… 

López Obrador sabe perfectamente que España no puede pedir perdón, y que los españoles, que son los que pudieran pedirlo, no están para semejantes chorradas (perro viejo non ladra a tocón, dijo Juan Ruíz). Lo sabe, pero le importa un pito. Esa demanda de perdón, que, insisto, debía hacerla a sus propios mayores, no a los míos, es como una semilla de ignorancia que busca tierra fértil. No se la deis, mejicanos. Si necesitáis que os pidan perdón, lo hago yo. No como español, como cubano. Fue en mi tierra natal donde se generó toda esta mierda que ahora os asecha. Somos los hispanocubanos quienes deberíamos pedir perdón por haber soportado el régimen que entrenó a tipejos como López Obrador. Perdón, Méjico, perdón.


lunes, 11 de marzo de 2019

DEL NIDO MONTARAZ AL CARTÓN DE HUEVOS: ENCRUCIJADA POÉTICA





Como os dejé caer en el texto anterior, la aparición de Cum Laude y su reciente presentación me han dado motivos bastantes para escribir dos textos: aquel Lo visual en la poesía, y este Del nido montaraz al cartón de huevos: encrucijada poética. Se trata ahora de indagar en el porqué de la selección de autores que hice para el libro. (Antonio Gamoneda / José Kozer / Paul Celan / José Lezama Lima / Vladimir Holan / Yorgos Seferis / Jorge Guillén / César Vallejo / Fernando Pessoa / Gottfried Benn / Ezra Pound / Juan Ramón Jiménez / Rainer Maria Rilke / Emily Dickinson / Charles Baudelaire / J.C. Friedrich Schiller / J.W. Goethe / Francisco Quevedo / William Shakespeare / Luis de Góngora / san Juan de la Cruz / fray Luis de León / Luís Vaz de Camões / santa Teresa de Ávila / Dante Alighieri). No os daré una explicación detallada que aluda a la obra de cada uno de estos poetas en particular (no temáis), sino otra que esboce el marco que los agrupa y sitúa en mi punto de mira. Repito lo que dije en la primera entrega: puede que vuelva sobre alguna idea que haya sido expuesta en otros textos publicados en este espacio, pero en esta ocasión intentaré abordar el asunto con mayor énfasis.
      

DEL NIDO MONTARAZ AL CARTÓN DE HUEVOS 

Para empezar, convengamos (cuento con vosotros) que al hombre le han interesado siempre las mismas cosas. ¿Cosas? Hablando en platónico: las mismas ideas. Hablando en platónico comentado: las ideas primarias, arquetípicas, paradigmáticas… en fin, universales; ¿que son…? Sigamos conviniendo: En primer plano, las menos asibles: los dioses / Dios / el porqué de la vida, su para qué, su génesis, su más allá / la muerte / nuestra posición en el universo / el tiempo / el espacio / el espacio-tiempo / el infinito / la eternidad / el todo / la nada… esas ideas que se avienen malamente al concepto. En segundo plano, también huidizas, pero algo más dóciles ante nuestra trajinada vocación conceptual: el amor / la verdad / la belleza / la bondad / la justicia… 

Convengamos ahora (sigo contando con vosotros) que estas ideas son doce. Y hechas una docena, terminemos por equipararlas a huevos para seguir el relato que os propongo a continuación. Recordad el símil: ideas y huevos: doce ideas-huevo. Juguemos… 

Pues bien, para intentar comprender la evolución de estas ideas-huevo, que como hemos convenido (¿lo hicimos?) de cara al hombre son universales y atemporales, actuemos en el escenario donde van manifestándose, desde la prehistoria hasta la actualidad. Sólo podemos mover la puesta en escena que las fue condicionando formalmente en nuestra memoria y nuestro imaginario, porque, al carecer de traza material (no han intimado con la materia y están soldadas al espíritu) son en sí mismas inalterables sin la complicidad de nuestra tramoya imaginativa y especulativa, tan sujeta al paso del tiempo, sobre todo, a su correcorre histórico. En este caso lo ovoideo, amén la cáscara, la yema y la clara metafóricas, no quita lo ideal. 

Para un hombre en estado natural o salvaje (titánico, prehistórico, nómada, que vive en pequeñas tribus u hordas), los doce huevos están, sí o sí, en pleno monte. No podemos hablar todavía de huevos de gallina (que allí vamos), y muy a duras penas de nido. Las ideas (perdón, los huevos) son montaraces y más bien de lagarto. Convengamos que son de caimán (la gallina evolucionó a partir del dinosaurio, no del pájaro) y que están cerca de las charcas. El hombre, cazador-recolector, no controla ni vela su producción, qué va, los recolecta si tropieza con ellos cuando va a por agua. Los pequeños clanes, que ni siquiera atisban todavía la historia, no necesitan más que eso. No existen condicionantes éticas o morales que justifiquen otra cosa. Los huevos son los de siempre, pero están en un nido que escapa a su control. El hombre no los busca, los encuentra gracias a los dioses (que no son dioses, o sí, pero hechos rayo, mogote o nube). Y ello sucede cuando se acerca a los sitios de puesta, en la vigilia; pero también cuando sueña. Sobre todo cuando sueña, porque estos huevos tienen que ver, creo yo, más que con la inteligencia vigilante, con ese don que la sostiene y empuja, y que va distanciando al hombre de la bestia: la imaginación. 

Para un hombre en estado bárbaro (divino, sedentario y asomado a la historia, aunque todavía débilmente socializado en pequeñas aldeas), los doce huevos ya son de gallina. El nido aparece cerca de sus asentamientos. Él sabe dónde buscarlo. Lo hace en plena consciencia. Las gallinas aún no se han domesticado, pero ya se acercan a la empalizada. Se acercan como hacen los primeros lobos de camino al perro, los primeros gatos tras las primeras ratas que gozan el primer granero. El hombre ve los huevos, los sueña… Ah, pero en la vigilia ya los cuenta y comienza a calcular su aparición según conviene a la comunidad. Bajo exigencias que caen cada vez más a lo ético y lo moral, comienza a formular su reparto, y para repartirlos (¿nació la burocracia?) tiene que intentar objetivarlos de alguna manera. Los que sueña no son comestibles. Los dioses están en el origen de todos los huevos, pero aquellos que se comen, se cuentan y se reparten, sirven además para atenuar las discordias y evitar las riñas. Son los huevos de siempre, insisto, pero ya valen para afianzar cosas importantes al margen de la simple manutención. 

Para un hombre en estado civil primario (divino, histórico, que construye pequeñas villas, que las defiende y fortifica frente al enemigo), los doce huevos carecen de una función relevante si no están en un nido intramuros. Este hombre necesita un gallinero controlado: gallinas y huevos propios sometidos a una producción bien calculada, fiable. Huevos que pueden comercializarse en tiempo de paz, y hurtarse o imponerse a los vencidos en tiempo de guerra. La calidad última de los huevos, que son los doce de siempre (un huevo es un huevo, y una docena, una docena), sigue estando en manos de los dioses, pero entonces se trata de dioses cada vez más dados al cálculo y al comercio humanos; esto es, a un orden social que se torna complejo, donde la ética y la moral resultan imprescindibles; tanto, que van apuntando a la granja avícola. 

La granja avícola fue inventada finalmente por el hombre en estado ético, con creciente tendencia al estado moral y estético (divino, claro está; histórico hasta la médula, sin vuelta posible a la Edad de Oro, que ya vive en la polis: un asentamiento que puede llegar a tener cinco o diez mil habitantes; quince mil, contando extranjeros y esclavos). Para este hombre los doce huevos de siempre… 

Si convenimos ahora que somos occidentales (¿es fácil, no?), estaremos en Grecia. Sí, otra vez, qué le vamos a hacer… 

(Antes de continuar, debo decir que desde que el hombre vive en estado natural, hasta que llegó al estado ético, los doce huevos de siempre fueron recolectados, vigilados, cuidados, contados o intercambiados, según el caso, por los sacerdotes; que como todos sabéis, casi siempre también eran los jefes, los médiums, los curanderos, los artistas, los directores artísticos… los poetas. En la medida que las comunidades fueron haciéndose mayores y más complejas, estos sacerdotes-poeta fueron ganando poder y sabiduría; fueron acercándose al casi-sabio: el filósofo). 

… En Grecia, el poeta-filósofo se fue especializando poco a poco. Llegó a manipular los doce huevos que nos traemos entre manos bajo el influjo de disciplinas muy disímiles: la magia, la religión, la matemática, la geometría, la física, la metafísica, la dialéctica, la retórica, la historia, el teatro, la política… Con semejantes tráfico y tortilla a la vista, el griego, en su período clásico, temió el desmedido compadreo poético en la huevería y necesitó poner orden en toda la granja. El lío montado con aquellos huevos en los amplios márgenes que ofrecía el pensamiento mitológico y relativo, atentaba contra la convivencia en la polis. Entonces el griego pensó que si no se fijaban reglas meridianas para manipularlos, si éstos no se medían, se pesaban, si no se simplificaba su espectro significante y se establecían con rigor sus funciones, de manera tal que se adaptaran convenientemente a un orden social tan complejo como el suyo; resultarían tóxicos, y la sociedad, en pleno apogeo cultural y civilizador, se indigestaría con ellos. La operación fue de índole ético-moral, es obvio. Aparecieron, cada uno con su medicina, los militares y los filósofos a secas, los especialistas en filosofía, quiero decir. Los militares cortaron por lo sano: ¡Lacedemonia!, dijeron. ¡Licurgo!, dijeron. Los filósofos, que jamás lograron equipararse a los militares en efectividad, intentaron echar a los poetas (esos patrañeros) de la granja, incautaron el nido, inventaron el cartón de huevos. Acomodaron la vieja docena en una estructura recién calculada, precisa, pura geometría ella, pensando de manera novedosa: donde reinaba el pensamiento mitológico y relativo, se impuso el abstracto y absoluto. ¡Lógica! Dios tenía las puertas abiertas para entrar en la despensa comunal, y bajo su indiscutible preeminencia, los huevos jamás podrían escapar de su cartón. Eso creyeron: ¡Fe! / ¡Ciencia! / ¡Fe en la ciencia! 


ENCRUCIJADA POÉTICA 

¿Y qué hicieron los poetas ante tal usurpación de funciones? Mutar. Adaptarse cuanto fue posible. Los unos, convencidísimos. Los otros, a regañadientes. Los unos jugaron a recolocar los huevos en el cartón de maneras imprevistas por los filósofos. Los otros, rebeldes que se arriesgaban a la marginalidad, jugaron a sacarlos, a esconderlos; trataron de vulnerar la estructuración matemática de su flamante depósito, con la memoria y el imaginario anclados en el pasado, donde perseveraban (perseveran) incluso la recolección fortuita y el nido del caimán. 

Y en esas andamos todavía… 

Los poetas llevan dos mil quinientos años ante esta encrucijada. Desposeídos de mando en plaza, condenados a una función pública cada vez más prescindible, con el reconocimiento social por los suelos; los unos se adaptaron como pudieron a las nuevas reglas; los otros prefirieron contestarlas. Claro, los buenos, estén en el primer o en el segundo grupo, nunca han dejado de trabajar con los huevos de siempre. Esto marca una diferencia esencial entre ellos (la inmensa minoría) y un tercer grupo que no sabe si mata o espanta. 

Cuando la poesía abandona las ideas-huevo para hablar de sí misma, o para cuchichear alrededor de la moda: bisutería temporal que aparenta auparla añadiendo gomina a su tupé; cuando se limita a recoger los suspirillos del propio poeta, o de los lectores (¿lectores?) que la consumen, sólo, si pueden suspirar o vociferar junto a ella sin ton ni son; cuando esto sucede, digo, se convierte en mera palabrería para usar y tirar. Los poetas que trabajan este género no me interesan. Pueden llegar a entretenerme y en ciertos momentos son de agradecer (gracias), pero no me interesan. En la presentación de Cum Laude empleé una idea que leí en Carpentier y apruebo sin cautelas. La cito al vuelo. Puede que no resulte literal: Los pueblos se divierten con sus antihéroes, pero nunca se identifican con ellos. Añado que esto también pasa a los individuos, no sólo a los pueblos; y que las limitaciones de los antihéroes son extensibles a los poetas prêt-à-porter, quienes, de los huevos que importan, apenas aprovechan las breves y dulzonas irradiaciones del merengue. Estos poetas merengueros resultan prescindibles cuando andamos extraviados y necesitamos buscarnos cueste lo que cueste, porque, insisto, nuestra memoria y nuestro imaginario profundos penden y dependen de las ideas-huevo como el fruto del árbol. 

Los poetas reunidos en Cum Laude, hayan trabajado o trabajen, según el caso, para el cartón o en su contra, son (no han sido, son) como perros hueveros: jamás apartan su hocico del rastro que dejan los huevos buenos. Y cuando dan con ellos (casi siempre), no se limitan a mover la cola con gracia, que también, sino que además fijan su posición y actualizan su aroma añadiendo un toque de la suya propia (orín maestro) para orientar a los perros venideros. Ah, y lo más importante: todo esto lo hacen hermosamente. Hermosamente. De ahí la nómina de. De ahí. 



Para comprar Cum Laude existen tres vías posibles: Se puede solicitar por correo electrónico, escribiendo al editor (Francisco dos Santos). Se puede comprar en la página de Livralia Cultura, y también se puede comprar pagándolo a través de PayPal:

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lunes, 4 de marzo de 2019

LO VISUAL EN LA POESÍA








El pasado 26 de febrero presenté en Valladolid, junto a mi amiga Carmen Morán, Cum Laude: un cuaderno poético que publiqué el año pasado en Lumme Editor. Después de escuchar a Carmen compartir con el público algunas de las claves (claves o llaves, dijo ella) que manejó para “hacerse” con el libro (en esto Carmen es, sencillamente, magnífica), quise sustituir la lectura de poemas que suele rematar estos actos, por una breve explicación sobre lo visual en la poesía, y sobre el porqué de la selección de autores. Aclaro, para quienes no estéis al tanto, que Cum Laude es un compendio de poemas y gráficos, escritos y diseñados en alusión a la vida y la obra de veinticinco poetas (desde Gamoneda a Dante) para mí esenciales.

Puede que en otros textos publicados en este espacio me haya acercado a estos temas; pero quiero aprovechar la ocasión que me ofrece la aparición de Cum Laude, para pronunciarme al respecto con mayor énfasis. Me sabréis excusar, seguro, quienes hayáis asistido a la presentación (de nuevo, muchas gracias), y podréis enteraros de lo que allí dije, quienes no estuvisteis. En esta primera entrega (habrá otra con explicaciones sobre la nómina de poetas) me centro en: 


LO VISUAL EN LA POESÍA

Nunca escribí un poema visual. Nunca, claro, si por ello se entiende lo que ahora suele entenderse... ¿o sea…? ¿Hay alguna definición potable al respecto? Por favor, si la hubiese y alguno de vosotros (lectores) la conociese, ilustradme. Digo esto, porque la poesía escrita y leída, la pobre, con sus grilletes caligráficos a cuestas, no puede eludir lo visual. Y por eso pienso que todos mis poemas son necesariamente visuales. Ya veis, así resultan sin que tenga que hacer más que escribirlos, y, una vez escritos (letra y soporte donde ésta fija), compartirlos con quienes, para participarlos, precisan leerlos; esto es, en primera instancia: mirarlos, verlos. Como nunca fui traducido al braille, y como mis poemas inéditos no andan en boca de juglares videntes o invidentes, me temo que debo declararme, me guste o no, poeta visual. Lo siento.

Lo siento. Porque si, en la medida que sea, devengo un poeta visual sin pretenderlo, sin esforzarme especialmente en tal sentido, ¿qué son, además, los autodenominados poetas visuales; esos que tanto se esfuerzan para trascender los medios gráficos que usamos los poetas visuales del montón? No lo sé. ¿Qué otro adjetivo merecerán para quedar diferenciados del resto?: ¿Visualísimos? ¿Supervisuales? ¿Hiperópticos? ¿O sencillamente calígrafos, grabadores, dibujantes, diseñadores, pintores… plásticos? Poeta-pintor / poeta-grabador / poeta-… ¿Por qué no? En una época tan relativista y líquida, donde a la mentira se le llama postverdad, y a la verdad… ¿Verdad?... Me gustaría leer un poema visual escrito (o dibujado, o pintado, o grabado) por alguno de estos poeta-plásticos, y dedicado a la verdad en nuestro tiempo… En fin, en La Habana teníamos un declamador de poesía afro (Luis Carbonell, se llamaba) conocido como el acuarelista de la poesía antillana. Si nos acomodamos detrás de definiciones rumbosas y comerciales, ¿por qué no dar crédito a un título poético como por ejemplo: poetizante de la acuarela hispana? Si las disciplinas artísticas terminan con-fundiéndose como todo lo demás, ¿por qué íbamos a andarnos con remilgos?: Un paisaje puede ser un poema; y un poema, un paisaje. ¿Por qué no? Si todo vale…

Pero no quiero demorarme en lo anterior. Todo poema es visual, cierto, si escapa a la pura oralidad, casi extinta en estos momentos. Y no es raro que así sea, porque el hombre de hoy (incluidos poetas y lectores, por supuesto) es también eminentemente visual. Uno de sus lemas más caros, reza: si no lo veo, no lo creo. Muy distintas eran las cosas para el hombre primitivo, ahistórico o prehistórico, quiero decir, cuyo lema bien podría haber sido: si no lo toco, no lo creo. El hombre primitivo estaba (o está, que aún pervive en algunas zonas ¿vip? del planeta) sujeto a unas representaciones mentales colmadas de magia, donde las imágenes sobrevenidas en el sueño, tanto las agradables como las terribles, tenían una carga de objetividad parecida a la que tenían las percibidas en la vigilia. Para un hombre cuyas representaciones mentales, fuesen de origen sensorial, o se alzasen al margen de los sentidos, gravaban y grababan su imaginario de forma parecida; para ese hombre, digo, que tan lejos nos queda, la vista y el oído debieron resultar menos fiables que el tacto. Sí, el hombre histórico devino un animal visual. Para conocer o reconocer, apenas huele, escucha, degusta o toca, porque no lo necesita. En la presentación de Cum Laude utilicé un vídeo (vídeo, ya veis, quería resultar convincente a toda costa) que pone de manifiesto esta particularidad del contemporáneo frente al primitivo: Somos cada vez más tributarios de la vista, y esto, aquí está la tesis que defiendo: merma severamente nuestra imaginación.

En aquel intervalo prodigioso: la Grecia Nuestra, venida al mundo entre Pitágoras y Epicuro, el hombre occidental, que dos o tres siglos antes había sido apercibido por Homero contra su oído externo (recordad que por ahí penetraba el veneno de Parténope), sufrió un revolcón, el más grande de su historia hasta la fecha, en favor de la vista y detrimento de los demás sentidos. ¿Cómo? Con el trasvase de validez que, por condicionantes éticas y morales, hicieron, sobre todo Sócrates, Platón y Aristóteles, del pensamiento mitológico y relativo, al abstracto y absoluto. La Razón, convertida en argumento primero de nuestro ser por este trío de genios, y armada hasta los dientes frente a sus detractores, se impuso la luz y la claridad como medio y fin de sí misma. La Razón operando en la luz, hecha una con ella, terminó desplazando a la sinrazón, definitivamente identificada desde entonces con la oscuridad, la ceguera.

Ay, si Odiseo, atado al mástil de su barco, se hubiera tapado los oídos y no los ojos… A salvo de los cantos de sirena, de los poetas y de los sofistas, el occidental post-socrático, y sobre todo el post-aristotélico, con el germen científico inyectado en vena, sabría cuidarse de cualquier cosa que no pudiera resolverse conceptualmente. Si la oscuridad y el oído habían propiciado, bajo el ala del pensamiento mitológico y relativo, el tráfico de ideas con fines no del todo controlados; la claridad y la vista garantizarían, en los rediles del pensamiento abstracto y absoluto, la fijación de conceptos destilados de la suma abstracción con un fin último: el perfecto orden social en aras de la convivencia en la polis. Orden social, donde la verdad, la belleza, la bondad, el amor y la justicia, sometidos a la razón, y por tanto, debidamente conceptualizados, no dieran cabida a las fuerzas oscuras, tan ajenas ellas al cálculo… La vista es a la razón, lo que la ceguera a la sinrazón. Sólo Eros, Tique y Tánatos (Amor, Fortuna y Muerte), esos poderes irracionales que hacen bailar a la humanidad al ritmo de sus antojos, se representarían ciegos. Ciegos, o con los ojos vendados, por traviesos e imprevisibles. A partir de Platón, expresiones tales como: dar a luz, sacar a la luz, examinar a plena luz, etcétera, se hicieron sinónimos de actividad razonable, productora de bienes; bienes personales, sociales y universales, con tanta fuerza genitora, que incluyen a la civilización misma. Mirad lo que dice el filósofo ateniense en su Protágoras:

Como Epimeteo no era del todo sabio, gastó, sin darse cuenta, todas las facultades en los brutos. Pero quedaba aún sin equipar la especie humana y no sabía qué hacer. Hallándose en este trance, llega Prometeo para supervisar la distribución. Ve a todos los animales armoniosamente equipados, y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo e inerme. Y ya era inminente el día señalado por el destino en el que el hombre debía salir de la tierra a la luz.

Platón no pone este fragmento en boca de Sócrates, el más grande de los sofistas, y, sin embargo, un renegado de tal condición, sino en boca de Protágoras, un sofista convencido y militante. Pero qué duda cabe de que es él, el autor del diálogo, quien habla con su propio vocabulario puesto a punto.

En tanto el relato judeo-cristiano no llegó a remover y a complicar las cosas, los poetas, o sea: los poetas, los pensadores, los dramaturgos, los retóricos, los historiadores, y hasta los políticos (¿quién no era poeta entonces?), prácticamente todos, menos los geómetras puros, corrieron el peligro de quedar fuera de juego, y para sortearlo, debieron llevar a los ojos el peso de su memoria, de su antiquísimo imaginario; debieron filtrarlo a la luz del nuevo tiempo: si no lo veo, no lo creo… Sin embargo, el paso del hombre auditivo al visual no saldría barato. Porque lo cierto es que la representación visual post-socrática, hija de la luz y del concepto, tiende a cerrar el marco significante de la imagen, cuanto la representación poética, hija de la oscuridad y la idea, tiende a abrirlo. Entre la imagen visual y la poética, se establece un cierto contrapunteo, como el que existe entre el concepto y la idea. El concepto que reduce y cierra / La idea que multiplica y abre. El concepto que asienta, que se deja poseer / La idea que fuga, que resulta irreductible. El concepto que resuelve y mata al símbolo donde posa / La idea que nutre ad infinitum lo simbólico.

Dicho esto, parece obvio que la poesía debe ser sobre todo auditiva, no visual. Oscar Wilde pensaba que los griegos “cegaron” a Homero para significar eso: el carácter auditivo de la misma. Pareciera que es la oral la que menos riesgo corre de dejar de ser poesía. Lo que escapa a la impresión sobre un soporte material, regatea su precio a la memoria. Lo que se imprime y se puede leer tantas veces como se quiera, cuando menos pierde la gracia que hay en la epifanía, y puede terminar siendo pasto de la sobrexposición. Sólo la gran poesía resiste la palabra impresa. Mejor, mientras menos visual, porque mientras menos visual sea, menos atentará contra la imaginación. Si ya es penoso ver cómo redunda la imagen visual sobre la literaria en la narrativa ilustrada (ver, por ejemplo, y con perdón de los ilustradores, el flaco favor que hace el dibujo detallado de un perro, a un cuento que habla de un perro), cuando esta imagen aparece explicando a la poética resulta insoportable, porque le corta las alas, porque fija formas y significados donde se necesita justo lo contrario.

Insisto, lo visual, tan deudor de la luz y la razón, resulta problemático para el desarrollo de la imaginación. Siempre digo a los jóvenes que jamás el cine o la televisión podrán sustituir a la lectura. La imagen visual asociada a un relato nos conmina a la comodidad, más aún, nos hace cómodos; porque con-forma todos los escenarios que sustentan la historia, nos los entrega resueltos, finiquitados, y con ello impide que los imaginemos, que los construyamos en la mente según nuestras propias necesidades y preferencias, a partir de lo que sugieran el autor y su obra. Cuando leemos, levantamos el vuelo. Cuando visualizamos, nos apoltronamos. Puede que en ambos casos nos divirtamos, pero…

Y si tengo tantas cautelas con relación a lo visual en la poesía, ¿por qué en Cum Laude diseño a la par que escribo? ¿Porque soy incoherente? ¿Porque, además de poeta, soy arquitecto y diseñador gráfico? ¿Porque quiero ponerme a prueba? ¿Porque considero que hay maneras de aminorar el peligro? Puede que haya un poco de todo esto detrás de mi decisión, que, como toda decisión que compete al arte, se gestó al margen de mi conciencia. Lo confieso: no sé bien por qué comencé a hacerlo. Sin embargo, después de comenzado el trabajo, sí supe, o creí saber, lo que estaba haciendo. 

La abstracción, cuando es afortunada, obra un milagro sobre el lenguaje visual. Abstracción, digo, en el sentido de restar grasa, discurso, retórica… en fin, fondo, a la idea que se pretende representar para que sea aprehendida. El camino que lleva de lo llanamente figurativo hasta lo abstracto, está lleno de peligros y puede desembocar en un erial. Puede, porque es un recorrido tendente a dotar de imagen visual al concepto puro y duro, para fijarlo a la memoria como una lapa; pero con suerte no lo hace. Con suerte el camino se complica antes de llegar al ojo de luz que propiciaría su resolución total, y que lo tornaría definitivo, inmóvil e imbatible. Con suerte ofrece alguna vía de escape, alguna imperfección aprovechable en su trazado para enfilar nuevas y no previstas rutas. ¿Hacia dónde? Con suerte desemboca finalmente en una especie de limbo donde el concepto visualizado, ese tipo de pocas palabras, puede resultar lo mismo un cateto que un semidiós. ¿Qué hay detrás de tanto silencio? Es como si en una primera cita nos topáramos con alguien, que, por esconder las cartas, nos hiciera creer que las posee todas. Hablamos del símbolo: la manifestación más escueta del lenguaje gráfico. Hablamos de un camino que nos lleva, por ejemplo, de una manzana de Zurbarán, o de Caravaggio, a la de Rob Janoff (Apple) en su versión mancha-negra; pasando por otra de Cezanne. El símbolo visual puede nacer muerto o resultar inmortal. Pero si además es inoculado con el virus del logotipo, cuya letra, que no sabe callar, debe en este caso adaptar el parloteo a las reglas que impone su acompañante, el resultado puede ser… No sé, no sé…

Los ejercicios gráficos y poéticos que agrupé en Cum Laude, y que por ambos frentes tienen un nivel medio-alto de abstracción, pretenden un lenguaje de doble aliento, con garantías de que pueda abrirse por un lado, lo que por el otro tienda a cerrarse. Un lenguaje múltiple, mediante el cual, tanto el diseño como el texto se propongan la unidad; pero no quieta y resuelta, sino en intenso ir y venir bajo el paraguas de la fantasía creadora. No son poemas visuales, no; insisto, si por poema visual entendemos lo que se espera que entendamos hoy. Se trata de poemas y diseños gráficos (¿símbolos, logos, ideogramas, una combinación de ellos?, no lo sé), que en incesante interacción, persiguen la mayor polisemia posible, con el propósito de liberar imágenes; no, de capturar conceptos. Poesía, a fin de cuentas. Articulada, espero. Con dos patas sincronizadas, espero. No con muletas. Vosotros diréis.



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