El mundo no cierra todavía. J. Tamargo

El mundo no cierra todavía. J. Tamargo

lunes, 25 de mayo de 2020

ARQUITECTURA Y MÍSTICA


Capilla del Hermano Klaus. Arquitecto Peter Zumthor. 
Fotografía descargada de Pinterest. Autora: Hélène Binet 



A los espíritus eminentemente visuales, aquellos que alimentan su imaginario sobre todo con estímulos regalados al ojo, un par de buenas fotografías de la Capilla del Hermano Klaus, de Zumthor, podría bastarles para dar por resuelto el complejo tema que plantea este trabajo: arquitectura y mística. Puede que no precisaran ni siquiera visitar el lugar. Lo resolverían, además, de forma contundente, a través de un estupendo ejemplo. «Es esto. Lo veo, ergo lo creo», se dirían a sí mismos. (Pienso, claro, en espíritus visuales de sobreentendida inclinación empírica, y sin embargo finos). Y en este caso no andarían mal encaminados, porque la dicha capilla es lo más oportuno de cuanto conozco en la arquitectura occidental de todos los tiempos (aceptemos aquí, de momento, el término arquitectura sin matices que aludan a tipo o escala) para ejemplificar la posible ligazón entre un ejercicio tan complejo como el arquitectónico, y un impulso religioso, teológico, tan especial como el místico. Resulta muy raro que este pequeño edificio haya sido creado a comienzos del siglo XXI, por ahora obediente epígono del XIX y el XX, esos siglos casi nulos, por no decir nefastos de cara a la espiritualidad humana. Pero ahí están la capilla y su autor, Zumthor, un tipo del XX que parece venido del Alto Medioevo, si no de los albores del Creciente Fértil con una imaginación vedada al hombre ilustrado. Una imaginación, que, quizás por anacrónica, logra imponerse al enorme cargamento técnico y discursivo con que atravesamos nuestro tiempo. Cargamento, sin embargo, tan enfadoso como leve, porque lejos de lastrarnos para bien, nos empuja a ir como pollos sin cabeza y de propulsión a chorro, como correcaminos insatisfechos que tripulasen un asteroide ciego.
           
A los espíritus visuales puede que les bastara con lo dicho en el primer párrafo, pero no a los demás. Los auditivos, que en este texto identificaré toscamente con los no visuales, es decir, con los que nutren su imaginario también, y en primer lugar, con otras percepciones, sean éstas sensoriales (oído, tacto, gusto, olfato) o no; esos espíritus no visuales, digo, se quedarían inconformes con un par de fotos; acaso querrían visitar la capilla para sentir in situ sus verdaderas potencias antes de homologarla como arquitectura nacida de una experiencia cuasi mística, capaz de provocar, o de ayudar a provocar por sí misma otras experiencias de igual índole; querrían visitarla, qué menos; querrían conocerla, seguro, acuciados por las dudas y las preguntas.
    
Y es que la arquitectura, a priori, resulta demasiado visual y material para sostener, incluso para albergar una actividad espiritual que reniega expresamente de su posible explicación y de un trato cercano con la materia. Basten aquí de momento, y como anticipo, una anécdota atribuida a San Juan de la Cruz, y unas palabras atribuidas a Santa Teresa de Ávila. En ambos casos digo atribuidas, porque no constan en el cuerpo cierto de lo escrito por los santos. Puede que hayan llegado a nosotros a través de la tradición oral, o como parte de los relatos asociados a los procesos de beatificación y canonización de ambos, o quién sabe si a lomos del falso realismo narrativo a que nos tiene acostumbrados José Jiménez Lozano, mi fuente en este caso. De cualquier manera, y habiendo hecho la pertinente advertencia, las reproduzco porque no son extrañas a la vocación mística en general, y sí muy expresivas de la dificultad que encierra hablar de arquitectura y misticismo. Jiménez Lozano pone en boca del santo de Fontiveros aquella recomendación […] hecha a los frailes que habían acudido a ver con curiosidad un hermoso edificio: «No hemos venido a ver, sino a no ver». El mismo autor refiere que en una ocasión dijo la santa carmelita y descalza: Tenemos un cielo en el patio, mucha cosa. Casi nada… Si el impulso místico en apariencia huye de la experimentación arquitectónica común, y estima excesiva la propia bóveda celeste como techo de un patio conventual, ¿qué relación podemos imputarle con la arquitectura? Dije que bastarían por ahora estas dos muestras de conflicto, pero… Es que aunque parezca suficiente y resolutivo, interesa no ceñirse a los propios místicos y sus incondicionales para poner en duda la amistad arquitectura-misticismo; interesa hacerlo además desde el talento opuesto, desde sus nada extáticas antípodas. Metamos entonces en el ajo a dos neoclásicos pre-ilustrados: La geometría deja al espíritu como lo encuentra, dijo Voltaire. El matemático aprecia el valor y la utilidad del triángulo, el místico le rinde culto, dijo Goethe. ¿Entonces?...

Confieso que dudé si atender o declinar la amable invitación que me hizo a escribir sobre esto, la colega y amiga, doctora en arquitectura y profesora de la UMNAM, María Elena Hernández. Dudé porque de primeras el asunto parece muy complejo, y porque no vislumbraba con claridad si tendría sentido traspasar el punto en que estamos ahora: la aparente colisión entre arquitectura y mística. Claro, explicar una colisión sin más es una tarea de muy escasa carga positiva para mi gusto. Pero entonces me vinieron a la cabeza algunos casos concretos que apuntan a la superación del dicho conflicto: la propia Capilla de Zumthor en primer lugar, y después los patios de Barragán, el cementerio judío de Praga, la cabaña de Thoreau, la celda teresiana, la estancia cisterciense, la columna de Simón Estilita… entre muchos otros. También recordé ejemplos motivadores al margen de la tradición mística judeocristiana: los palacios nazaríes de La Alhambra, por ejemplo, el Palacio Imperial Katsura… Como mi espíritu no es ahora mismo demasiado visual, esos fenómenos que de alguna manera ofrecen forma arquitectónica a la esencia mística o tendente a, no son bastantes para que dé por resuelto el asunto, pero sí para que lo investigue. No soy tan pragmático como para pensar con James que a la verdad la hacen verdadera los acontecimientos, pero tampoco tan diletante, como para obviar los acontecimientos si no se avienen a un sistema previo que los explique y acoja sin demasiadas tensiones.
  
Para comenzar la pretendida investigación debíamos convenir qué entenderemos aquí por mística, y qué por arquitectura. Ah, pero entonces surge otro problema no menor. Creo saber qué es la arquitectura (soy arquitecto). La ejerzo, gozo y sufro a diario, después de haberla estudiado durante muchos años; pero no tengo ni idea de qué es la mística. Y a esta noticia, ya mala en sí misma viniendo de quien pretende hablar de la materia que desconoce, le surge un tumor súper maligno: nadie sabe con mediana solvencia qué es la mística. No lo supieron ni siquiera ellos, los místicos, quienes experimentaron sin entender, ni poder expresar cabalmente, aquello que los teólogos, los lingüistas y demás teorizantes, llamaron a posteriori experiencias místicas. ¿Y cómo investigar un par en supuesta interacción si una de sus dos entidades resulta ininteligible? ¿Cómo relacionar algo que se puede medir y pesar en sus aspectos cuantitativos, que se puede definir y explicar en sus aspectos cualitativos; con algo ajeno… no sólo ajeno, sino contrario a la definición y la medida? No queda más remedio que ir pensando en voz alta, escribiendo al dictado de las dudas, agarrando y fijando en la pantalla del ordenador cualquier migaja que precipite de tal experimento, a ver si al final, con suerte, podemos sacar algo en limpio. No queda más remedio que hacerlo, pero advierto que cada vez que le endose una preposición a la mística estaré caminando sobre tembladeras.
     

ARQUITECTURA Y MÍSTICA. RELACIÓN POSIBLE

La RAE dice que la arquitectura es el arte de proyectar y construir edificios. Estoy de acuerdo. Y podemos precisar: es el arte que resuelve (concreta en un edificio o cosa de tipo parecido) una anticipación venturosa (el proyecto). Porque puede haber arquitectura levemente anticipada en la imaginación sin que medie un proyecto formal, o anticipada en el canon vernáculo que establece la tradición; pero la arquitectura sin anticipación alguna, sea ésta más o menos compleja, más o menos picajosa, se distanciaría tanto de la vocación edificante de la humanidad, que demandaría una nueva definición. La ausencia de un plan previo, como diría Fernando Salinas (no es literal): nos igualaría a la abeja y la hormiga, simples constructoras que no necesitan anticipar nada para crear el panal y el hormiguero, pues proceden por mero instinto con un infalible y matemático resultado donde señorea la invariante. Por otro lado, el hecho arquitectónico no puede concluirse a sí mismo en el proyecto, que siempre es un medio, nunca un fin; porque si lo hiciera, la propia arquitectura, nonata, claudicaría en favor del dibujo, la pintura, el collage, la fotografía, la escultura… Y en tal caso estaríamos hablando de otra cosa, claro; como mucho, de un escapista y engañoso sucedáneo.

Entonces tenemos un objeto, el arquitectónico, que se fragua en dos fases: anticipación y concreción. En la primera fase hay bastante margen para que la imaginación pugne con la inteligencia, para que defienda a la idea cuanto sea posible de su inevitable caída al concepto. En los primeros estadios de esta fase, que son los más intuitivos y creativos, el arquitecto, sobre todo cuando aborda temas sacros o de marcado carácter simbólico, pudiera (y debiera) sentirse impelido por un espíritu renuente a los movimientos estrictamente razonantes y calculadores; un espíritu abierto, digo, que permita la aparición de una actividad más apegada a la parte irracional (que no sólo sensorial) del alma. Si el arquitecto tuviese tendencia a lo místico, la idea generatriz de su proyecto pudiera quedar marcada por ello. Y aun si no la tuviera, pero de oídas se acercara a lo que se entiende por mística, tal vez fuera capaz, por qué no, de impregnar algo de su inefable no-sustancia en esa primera idea informe. Informe, digo, porque no hablo de imágenes visuales que llegan in-formadas, es decir, con el certificado de defunción redactado, a falta, sólo, de que firme el forense. Hablo de imágenes-idea que llegan de no se sabe dónde en busca de forma mental primero, de airosa representación luego. Claro, cualquier impulso de este tipo que implique a la mística, muy poco frecuente en la historia de la arquitectura occidental, quedará en última instancia mediatizado por la fatal reducción de las ideas a los conceptos. Porque la arquitectura es una disciplina de marcado carácter conceptual, donde lo material, lo útil y lo económico siempre tienen voz y voto, y por eso, aunque nos pese a algunos arquitectos, el resultado de nuestro trabajo nunca se podrá considerar como arte puro. El Schiller esteta dijo en este sentido:

Decimos que un edificio es perfecto, cuando todas sus partes se rigen según el concepto y la finalidad del conjunto, y su forma ha sido determinada puramente por su idea. Decimos, sin embargo, que es bello, cuando no necesitamos la ayuda de esa idea para reconocer la forma, cuando parece que ésta surge, espontáneamente y sin intención, de sí misma, y que todas las partes se delimitan a sí mismas. Por ello un edificio (dicho sea de paso) no podrá ser jamás una obra de arte completamente libre, ni alcanzar nunca un ideal de belleza, porque es materialmente imposible en el caso de un edificio, que necesita de escaleras, puertas, chimeneas, ventanas y calefacción, pasarse sin la ayuda de un concepto y, por lo tanto, ocultar la heteronomía.
Si nos atuviésemos, sólo, a lo dicho hasta aquí, mucho nos costaría creer que la mística pueda tener plena cabida en la concepción arquitectónica; y mucho menos creeríamos que pueda tenerla en la concreción de la cosa arquitectónica, donde el margen para ello es muy menor; donde, por enconado que haya sido y sea el pugilato entre la inteligencia y la imaginación, las cartas están echadas. La inteligencia pretenderá racionalizar al máximo un proceso intervenido por cálculos y mediciones de todo tipo. La imaginación hará lo contario: defenderá la idea genitora (que como es lógico, ansía una representación fiel, por cándida) de una muerte segura a manos del concepto-asesino-de símbolos. Podrá haber desencuentros y hasta bronca entre ambas, pero insisto, en arquitectura, si exceptuamos algunos tipos de ejercicio muy concretos que la hacen caer a la escultura, la balanza se inclinará siempre a favor de la inteligencia; que si es fina, podrá suscitar, cuando más y en el mejor de los casos, emociones inteligentes, nunca emociones ingenuas y libres del todo que surjan de un completo desasimiento del alma frente lo que no sea en puridad Amor.
    
Así que tenemos una arquitectura con suerte imaginada en sus inicios, pero en última instancia razonada, limitada a sí misma en sí misma, hecha cosa, y más o menos cargada de cosas que facilitan su aprehensión y su uso; frente a una actividad espiritual que desprecia las cosas. El alma de San Juan de la Cruz pide a Dios que aparte sus semblantes plateados: las cosas y sus representaciones, para que le sea posible volar hacia Él: ¡Apártalos, amado, / que voy de vuelo!, le dice. Este místico no quiere cosas que medien (estorben) en su movimiento ascendente de estirpe contemplativa, amorosa y volitiva. Para su ímpetu trascendente, las cosas pueden ser medios, pero siempre son obstáculos. Y cuando son medios, lo son en los limitados términos que establece Wittgenstein incluso para las palabras en mística. Para el pensador vienés, lo místico es lo indecible, pues aquello que no se puede hablar hay que silenciarlo. Quizás las palabras carezcan aquí de sentido, quizás constituyan, como mucho, una escalera que hay que tirar tras haberla escalado. Es la escalera que hecha cosa nos devuelve a San Juan de la Cruz, a su secreta escala disfrazada; y que hecha palabra nos aboca a la gran frustración del santo frente a los mensajeros: no saben decirme lo que quiero, se queja.  ¿Será la arquitectura cuando toca la tecla buena, o sea, cuando desaparece en el trance crucial y definitivo, eso, una suerte de escalera por la que sólo se sube, uno de los medios para? Ah…

El caso es que cuando el místico logra unir su alma individual con el principio divino, se supone que se encuentra fuera del tiempo y el espacio, que se funde con la divinidad, y haciéndolo, participa de lo eterno y ubicuo. ¿Cómo podría aceptar entonces el coserío humano plagado de limitaciones? Volvamos a Schiller:

Para determinar una forma en el espacio, hemos de poner límites al espacio infinito; para imaginarnos una variación en el tiempo hemos de fraccionar la totalidad del tiempo. Así pues, llegamos a la realidad sólo mediante limitaciones, a la posición o situación real, sólo mediante negación o exclusión, y a la determinación, únicamente suprimiendo nuestra libre determinabilidad.
En un espacio arquitectónico determinado y determinante, que de alguna manera pauta el tiempo (porque la arquitectura no es sólo espacio, sino también tiempo comprimido, que diría Bachelard; tiempo invitado a la pausa, sometido al tempo espacial, digo yo), la mística puede encontrar serias dificultades para desarrollar en plenitud sus potencias, si no logra el desasimiento total que anule a la propia arquitectura que le sirve de escenario terrenal, por mucho que se haya valido de ella en un sentido u otro. La arquitectura determina un lote espacio-temporal que el místico debe amortizar o saldar, si no batir, en su huida del espectáculo mundano en aras de alcanzar el objetivo último: conocer, aunque sea incapaz de expresar, la esencia y la existencia (el ser) de la realidad divina. A esa lucha contra el espacio y el tiempo humanos (históricos o psicológicos) que de alguna manera acota, también, la arquitectura, se refiere Silesius cuando dice: 1. No eres tú quien está en el espacio, el espacio está en ti: recházalo, he aquí ya la eternidad. 2. Tú mismo haces el tiempo: su reloj son los sentidos; detén la inquietud y se acabó el tiempo.

Todo lo dicho hasta el momento nos invita a relacionar mística con ascetismo, y por esa vía nos invita también a relacionar mística con arquitectura de gran espiritualidad y mínima materialidad. Repito, sé lo que son la arquitectura y el ascetismo, pero no sé lo que es la mística, empotrada toda ella en el más oscuro misterio, por más que el alma que experimenta con éxito el trance místico, soldada finalmente a la divinidad, logre iluminar la oscuridad, transfigurarla. Porque esa oscuridad iluminada y transfigurada queda presa en un inteligible íntimo (cosa de Dios y del alma que entra en contacto directo con Él), que al resultar inefable, se convierte en ininteligible para los demás. No sé nada sobre misticismo, pero resulta obvio que donde la pulsión mística es contenido principal, el continente arquitectónico que le atañe apunta siempre al logro de una alta tensión espiritual con la menor cantidad de materia posible. ¿Por qué? Puede que la contención material de la arquitectura propicia y propensa a la mística, su levedad y su distanciamiento de las cosas, dificulte su propia cosificación; y de esa manera facilite que el alma que en ella mora, si en pleno movimiento trascendente, llegue al desasimiento total necesario de las cosas con menor esfuerzo. Con relación a esto nos dice Jiménez Lozano utilizando a San Juan de la Cruz como ejemplo:

Es obvio que Juan de la Cruz está fascinado por la belleza, y lleno de temor a la vez de que esta belleza de las formas embeba los sentidos y cautive la memoria y el amor de la Belleza infinita. Es el mismo drama de Bernardo de Claraval […] agravado si cabe. Dice Juan de la Cruz: «Mucho derogan a la fe las cosas que se experimentan con los sentidos», y pone esta cautela para el hombre espiritual: «En todas las cosas que oyere, viere, oliere, gustare o tocare, no haga archivo ni presa de ellas en la memoria, sino que las deje luego olvidar, y lo procure con eficacia […]; de manera que no le quede en la memoria alguna noticia ni figura de ellas, como si en el mundo no fuesen».      
Si como dije al comienzo, la mística y la arquitectura parecen colisionar a priori, tal vez sea porque la radical vena contemplativa y poética de algunos místicos así lo sugiere. Es el caso de San Juan de la Cruz, sin dudas. Pero hay otros místicos más complejos (o acaso más simples, no sé bien) que asientan la contemplación sobre una actividad fundante, edificante, incluso constructora. Ahí están, por ejemplo, Santa Teresa de Ávila y, sobre todo, Bernardo de Claraval.

Antonio Piedra, en un magnífico ensayo titulado La Santa Espina, una morada luminosa, que recomiendo con ganas a todo el que quiera profundizar en el tema que aquí se trata, dice que Bernardo de Claraval es un místico constructor. Ya no sólo un arquitecto, sino también un constructor. Vaya golpe a la mística puramente contemplativa; golpe, sí, que Santa Teresa apoya cuando dice: Dios me libre de gente tan espiritual que todo lo quiere hacer contemplación perfecta. En un texto que escribí para celebrar lo que descubrí en el referido ensayo de Piedra, dije (las cursivas señalan citas del autor recogidas por mí, y las comillas tipográficas señalan citas del propio san Bernardo recogidas por él):

Bernardo de Claraval es un místico, no hay dudas (por un lado habla de «paraíso claustral», y por otro dice que «este mundo tiene sus noches y no pocas»), sin embargo, su misticismo aparece siempre contaminado de intención actual, de un tempranísimo empirismo que lo empuja a construir obsesivamente, a colonizar para dotar de casa apropiada a la común heredad. Aquí el impulso cultural aparece siempre acompañado de su contrario dialéctico, el civilizador. Sí, construye mirando a la Ciudad de Dios agustiniana, pero también atendiendo a su experiencia sensorial, con el cincel en una mano y la plomada en la otra. Tanto la forma de vida que escoge para sus monjes, como los lugares donde enclava sus monasterios, están impregnados de pragmatismo porque «la fuente no sube al lugar que sea más alto que el sitio donde nace». Esta dualidad místico-pragmática es algo muy novedoso para su época, para todas las épocas, diría yo.
[…]
Como venimos hablando de un vanguardista de pro, de un humanista adelantado a su tiempo, no debe sorprendernos a estas alturas que Bernardo nos hable en el XII de «la grandeza de la materia», ni que intente supeditarla a las necesidades del hombre. Nos dice Antonio: El primer sillar básico de este marco humanista consiste para Bernardo en instalar arquitectónicamente «la mole corpórea» del hombre biológico, según propia expresión, en su misma naturaleza: exactamente «en la forma humana» sin otros aditamentos que, aunque salida del barro para poblar una «vasta soledad» que es la tierra, sea pura fenomenología no «sólo perceptible al oído, sino también visible a los ojos, palpable a las manos, fácil de llevar en mis hombros». Ya lo dijimos, Bernardo es la conjunción perfecta entre el místico y el empírico: como un místico constructor que renueva la cimentación del humanismo trascendente, lo define Piedra.
Desde esta nueva perspectiva las cosas mejoran. La investigación cambia de signo y adquiere carga positiva. En nuestra ayuda llegan los místicos fundadores y constructores. Ellos nos permiten perseguir una posible relación entre su aliento trascendental y la arquitectura, sin tanto riesgo como el que encierra hacerlo a través de los místicos puramente contemplativos.

La vocación mística colisiona de entrada con la arquitectura obesa, adiposa, fofa, y más aún con la amanerada; pero no toda la una (la mística, sea lo que sea ésta) tropieza en toda la otra (la arquitectura). Como he dicho varias veces: para mí el lugar, incluido el arquitectónico, es cantidad espacial significada, también por el tiempo. El lugar así entendido es un concepto que trasciende en el plano semiótico a los conceptos de espacio, local, sitio y enclave. El alma mística necesita un Lugar donde su movimiento trascendente no encuentre trabas añadidas a la Gran Traba: el difícil acceso a la divinidad para poder participar de ella. Ese Lugar no puede ser grosero, ni siquiera ordinario. Debe ser capaz de acompañar a la potente imaginación del místico; debe ser un medio más en apoyo de su trasiego espiritual, debe poder ser primero captado y después batido por el alma en vuelo, sin interferencias nocivas. Y como bien dijo Bachelard: el espacio captado por la imaginación no puede seguir siendo el espacio indiferente entregado a la medida y a la reflexión del geómetra. Es vivido. Y es vivido, no en su positividad, sino con todas las parcialidades de la imaginación.

Claro, el espacio arquitectónico adecuado para el místico en acción, no podría ser el mismo si hablamos de San Juan de la Cruz y Angelus Silesius, que si hablamos de San Bernardo y Santa Teresa. (No sé por qué me asalta ahora aquella observación tan aguda de Ortega: un mismo edificio sobre la larga estepa manchega presenta a Don Quijote rostro de castillo y hace a Sancho una mueca de venta). Pero en cualquiera de los casos, el espacio donde ejerce el místico tiene que ser… ¿qué?, ¿cómo?... Puede que la mejor forma de ensayar una respuesta sucinta esté en la reinterpretación interesada de dos versos contenidos en el Salmo 117. Donde el salmista hace una alusión alegórica a Israel, hagámosla nosotros a la imaginación del místico, y de paso, aguijemos la nuestra: La piedra que desecharon los arquitectos / es ahora la piedra angular.



martes, 5 de mayo de 2020

¿CHULETAS DE DESTINO?





Amigos, no sé si es buen momento para demandar vuestra atención. Lo hago sin pleno convencimiento porque el tiempo está emperrado en plegarse caprichosamente y someternos a una prueba de… No sé, no sé… ¿Estamos para poemas, para poetas?... En cualquier caso, los escritores (al menos los que conozco y yo mismo) hemos pasado lo que va de encierro currando. Qué poco podemos daros más allá de nuestro trabajo en un momento en que tanto exigimos de otros: los sanitarios, por ejemplo. Podemos poco, es verdad, pero hacemos bien en aferrarnos a ese poco si encontramos fuerzas para ello. Porque el virus acabará cediendo. Y hará falta más que pan y circo cuando eso ocurra. Vendrá de perlas un apogeo de la imaginación para que el golpe no siga rompiendo humanidad cuando cesen los esfuerzos y las despedidas; para que no se impongan, sólo, la lógica económica y el mamoneo político. Aquí (también aquí) los escritores podemos poco, insisto, pero… Quizás (me cito, me parafraseo y de paso tiro de Pessoa) podamos ayudar a hacer con chuletas de destino un plato eterno que reconcilie a Dios con el mundo. Es demasiado pretender, lo sé… Bueno, Boccaccio estuvo más de dos años escribiendo el Decamerón en plena pandemia de peste bubónica. Mientras Europa perdía unos cincuenta millones de personas (ojo, tenía unos ochenta, quedaron treinta), y en su propia ciudad (Florencia) la Pelona hacía de las suyas a diestra y siniestra, él levantaba acta y ponía buena cara al futuro. Su obra resultó imprescindible, incluso, para dar noticias a la posteridad de aquel terrible chapeo. Yo no puedo tanto como Boccaccio, pero aproveché el encierro para terminar un libro en el que llevo trabajando intermitentemente también más de dos años. Raíz de nueve, se llama, y carga tres poemas largos: Bach, Miguel Ángel y Dante. Comparto un acto del poema escrito en estos últimos meses: Miguel Ángel. Ojalá podáis disfrutarlo quienes tengáis ganas de esto.


DE CAPRESE AL JARDÍN DE LORENZO

Caprese. Un clamor
cisalpino molifica la piedra (pietra
alpestra e dura que finta al Po y res-
bala por los Apeninos) para que Dios
emprenda. Donde Francisco recibió los
estigmas, donde concomitan el siglo y sus
ayeres, un polvillo blanco, blancamente
blanco, sube al Cielo de Fuego y nada
el Arno. «¡Padre!»… Dios no hiñe, ni
escoda, ni damasquina el tiempo. Dios
con su bastón voltaico lo crea, y en él
ahíta lotes con nacimientos: Miguel
Ángel. La sombra que pecó contra la
luz busca cobijo ígneo. Las picas y las
cuñas siguen su rastro. Y las grietas en
la cantera, verticalísimas, ahuecan el
refugio de la pecadora, surten lascas al
comistrajo del diablo. El diablo siesta. Ojo.
El niño juega. Juega en el raro joyel del
universo, en aquel mientras, hasta que
la piedra endurece de nuevo, parte. No
al son de los golpes de sus manitas, al
«¡ahora!» de la Madrastra unánime.
                        ¡Zas!
Huérfano a los seis. Qué pronto prueba
el Señor a su julo. Donde pone la gracia
exige pena y esfuerzo. Miguel Ángel niño
en Settignano. El polvillo blanco en su
testa. Sus ojos tras el tetamen, quizás, de
la mona Picapiedras. Leche. Leche que
nutre lo mismo al cordero de Dios que
a la hiena pensante. Leche. Risotadas.
Cuentos de pedregal que esculpen la
noche-tea cuando los hombres, lavados
con sangre de sol, vuelven a casa. Un
año, dos… siete, ocho… Y entonces
Florencia: piedra cargada de espíritu que
Lorenzo magnifica poniendo un aldabón
platónico a las Puertas del Paraíso. En
su Jardín, el mundo. No hay un hueco
que no llene el hombre. Los mistagogos
arrastran ábacos y cuerdas, quieren re-
medir la Tierra, quieren…      Miguel
Ángel estudia gramática. Ludovico
no lo ve artista. Ah… Va a clases de
pintura. Rompe su nariz en una pelea.
(No es cosa baladí ésta: si la nariz de
Cleopatra hubiera sido más corta, la
faz del mundo hubiera sido otra). Ronda
el Jardín de Lorenzo hasta que… ¿Y
Constantinopla? Aún rechinan los goznes
de la Kerkaporta. Una corriente helada
pasma el Mediterráneo. Ni especias ni
oro. Colón esconde el moquero en los
salones de Portugal. En Castilla niega
tres veces (Judas) a Eratóstenes para
conseguir dinero. El capo Tiempo se
gusta. Dios bendice la gustadura. Miguel
Ángel llega. Colón también. América.
El siglo alimenta su lechigada. El Jardín
de Lorenzo, tumescente, tiene un pasa-
dizo subterráneo que desemboca en
Atenas. Pasa por Roma. Roma: lisonjera
aduana. Jesús atravesó su piquera
cargadito de oriente. Ficino pasea con
Bertoldo. Una ninfa inmortal: Belleza,
la novia de Nadie, en los campos del
cielo estrellas pace. Pero ni siquiera allí
hay un hueco que no llene el hombre:
unidad cuerpo-alma, y también envoltura
de tierra milagrosamente unida a la
siempreánima. …Miguel Ángel intuye la
poesía en los caprichos geológicos. Las
intuiciones potrean en el patio de los
conceptos. Los centauros olvidan su
mitad-caballo, batallan sujetos al furor
poético sin poder zafarse de su sino. La
Virgen carga al Hijo a los pies de una
escalera galilea. Sus manos son enor-
mes. No son manos de virgen. El niño
que la mama (¿lleno de Ares?) tiene
unos dorsales hercúleos. No son dorsales
de niño. Un fauno con dentadura postiza
parece reírse de ellos. Las fuerzas sub-
lunares, transidas de materia, pugnan (qué
intrépidas) con las celestiales por el
imperio de las formas, que sólo podrá
tomar (Miguel Ángel ya lo sabe) quien
conozca la intimidad de la piedra. Luz.
Sombra. Piedra… Petrificar la carne con
ayuda del intelecto divino. Hacer con
chuletas de destino un plato eterno que
reconcilie a Dios con el mundo… Muere
Lorenzo.       Segunda orfandad. Nadie
quita las escamas al diablo. Hay que
sindicarlas con los dientes del dragón para
que después… El nuevo papa, de España.
El hijo de Lorenzo medicea en falso. O
no. Los Pazzi frotan sus manos. Ja. Miguel
Ángel se ata los alamares. Savonarola.




viernes, 20 de marzo de 2020

DESENHOS AMADORES, DE FRANCISCO DOS SANTOS. EROTISMO EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS





                    Si el ángel es terrible, sé terrible.                                                           Jenaro Talens


Hace poco leí en Jared Diamond algo relacionado con aquel raro fenómeno del melanismo industrial en las mariposas nocturnas de Gran Bretaña. Resulta que los ejemplares más oscuros de estas mariposas fueron aumentando en número frente a sus congéneres más pálidas, según el ambiente industrializado del XIX inglés se fue polucionando. Sí, al parecer las mariposas nocturnas más oscuras prosperaron y preponderaron, porque al descansar en los árboles renegridos por la suciedad imperante, tenían mayores probabilidades de despistar y esquivar a los depredadores que otras de la misma especie cuyo color pálido contrastaba con el polvo negro. Moraleja: la mimetización con el ambiente polucionado, aun a costa de arriesgar una porción de brillo, puede ser, no sólo inevitable, también aconsejable, provechosa.

Me ha venido esta historia a la cabeza mientras disfrutaba por enésima vez de la serie de dibujos eróticos Desenhos amadores, de Francisco dos Santos. ¿Por qué? Pues porque esta serie, que debo señalar como un genuino fruto de nuestro siglo XXI (no aludo aquí en exclusiva al obvio tiempo histórico, me refiero sobre todo al tiempo psicológico), es oscura, inquietante, angustiosa, sórdida… y sin embargo, bella. ¿Bella? Sin dudas. Si no lo fuera, no habría podido ni siquiera ojearla; y como ya dije, la he visto muchas veces, a lo que añado: con un interés progresivo. La serie es hermosamente oscura y oscuramente hermosa. Oscura, digo, no sólo porque la luz caiga sobre sus láminas con cierta tacañería, que también, sino porque los dibujos que la componen interpelan a lo profundo del sistema límbico, el más arcaico de nuestro viejo y evolucionado cerebro; el sistema que gestiona, en la oscuridad, instintos o emociones tan disímiles como el placer, el dolor, el miedo, la acritud… entre otros que marcan la personalidad y la conducta.

Estos magníficos dibujos eróticos de Francisco me han agarrado, tanto, que al sano y simple gusto de verlos una y otra vez, se suma ahora un interés morboso en averiguar con qué lazo me cazaron.

No es frecuente que el arte “problemático” me subyugue de entrada. Arte “problemático” llamo, a los solos efectos del presente escrito, al que surte emociones inteligentes caras; emociones que de primeras no abren las piernas al alma penetradora del receptor, y por ello no le resultan cómodas, pudiendo resultarle incluso hurañas. Tengo mucho arte percibido, y puede que me haya vuelto vago para entrarle a todo aquello que se presenta con los colmillos por delante. Así que, siendo ésta una serie muy exigente, algo especial debe tener para haberme cautivado como lo ha hecho. Pediré a mi memoria que pulse el cash en la caja registradora de su imaginario, y me dejaré llevar por ella con la intención añadida de que vosotros me sigáis a ver qué pasa; con la intención última de difundirla acompañada, de invitaros a verla, a disfrutarla una y otra vez… con un placer al alza, espero.

Visto desde Europa, si con una mirada tendente a los tópicos, puede llamar la atención de manera espuria que un artista brasileño produzca una serie de dibujos como ésta. Porque Brasil, aunque sea un país diverso y complejo, es también un país joven, emergente, donde la melancolía heredada de Portugal es contrapesada por la alegría que llegó de África, produciendo una mezcla que apunta a la sensualidad y erotiza la diana. Suma erotización que debía moderar la gravedad, al ser continuamente alimentada y alebrestada por la diversidad biológica, racial, étnica, cultural; por la extensión geográfica, por la sobreabundancia en sentido general. «Lo mucho y mulato es leve por antonomasia», dirían algunos. Yo, que soy caribeño, río con estas suposiciones, estos prejuicios. A la vista está que el tópico no funciona, que es inútil y pernicioso más allá de la publicidad turística, tan (de)pendiente ella de los países-museo. Francisco dos Santos es un gran artista inmerso en la tradición occidental, que vive y trabaja en el siglo XXI, en un medio global donde ningún rincón enrolado en la historia está exento de sus venenos. Por eso no debemos esperar de él, ni de ningún otro artista de su tierra y su talla, así, sin más: samba y voluptuosidad sobre todo, a pesar de los pesares, como si de un funcionario del carnaval nos llegara.

Francisco dos Santos trabaja, como diría Dante: en letrinas humanas cosechando; y como diría Lautréamont (por concitar a un autor de muy distinto signo): en la pocilga del Creador. Desenhos amadores es una muestra cabal de ello. ¿Por qué un erotismo tan oscuro, tan atravesado por la gravedad, por el escepticismo? Él sabrá… O no. Los artistas, por el bien de su obra, no deben saber demasiado sobre lo que hacen. Yo sin embargo soy el mirón, y por eso me lanzo a buscar explicaciones; sin que tenga mucho sentido hacerlo, lo sé, motivado por la inquietud que, repito, me ha insuflado la referida serie. Me lanzo y dejo caer, para empezar, unas cuantas palabras suscitadoras: expresionismo (figurativo y abstracto) / fuerza / miedo / pesimismo / desconcierto / angustia / desgarro / escapismo / hedonismo / cansancio / desasosiego / decadencia / sensualidad / hermosura… Ya veis que algunas pueden parecer contradictorias entre sí. ¿Y qué sería del arte si no fuera la libre manifestación de un contrapunto indómito entre fuerzas de muy diferente madre?... En fin, como mi memoria pulsa el cash en la caja registradora de su imaginario, rápidamente me ofrece una secuencia asequible para acercarme a estos dibujos de Francisco.

La dicha secuencia comienza en Miguel Ángel, en aquellos esclavos que debieron formar parte de la tumba del papa Julio II, muy especialmente en el Esclavo Atlante. Comienza ahí porque creo que, sin pretenderlo, con estas obras inconclusas Miguel Ángel inaugura el arte visual moderno, que entre otras cosas se mueve entre la figuración y la abstracción, y que también da fe de la lucha que libra la forma por deshacerse de la materia informe que la retiene y limita. En muchos de los dibujos de Desenhos amadores son evidentes ambas cosas. Cuando Francisco hace zoom, no lo hace con intenciones microscópicas. Todo lo contrario. Lo hace para ir de lo figurativo a lo abstracto en un viaje lleno de sugerencias y evocaciones, donde la imaginación del que mira debe esmerarse con un afán resolutivo que siempre fracasa. Fracasa porque la forma no acaba de brotar de su semilla, que guarda potencias infinitas. Otra cosa distinta, pero de similar estirpe, ocurre cuando Francisco difumina las imágenes como si las pixelara. Una posible, y acaso intuida figuración tranquila es arrebatada sin piedad al observador. Rostros hermosísimos que huyen de su completa definición, de su entrega bajo una luz franca, provocando en quien los persigue una angustia desoladora. De nuevo la imaginación del observador se ve retada, aguijada. «¿Por qué? ¿Por qué?»... De nuevo la forma renuncia a lo que se estima su meta. Son imágenes en alguna medida corruptas. «Arte degenerado», dirían los acólitos del Führer. La forma que se da y se quita en un movimiento insólito, oscuro, desconcertante… Y entonces, ¿cómo y por qué nos engancha? …Una incertidumbre acompaña siempre a la oscuridad, el esfuerzo que hace la imaginación para completar la idea despierta a los espíritus, y proporciona una fuerza adicional a la pasión, dijo Hume. Tal vez por ahí…

La secuencia incoada en Miguel Ángel continúa con Goya, el verdadero padre del arte visual contemporáneo. (La paternidad del toscano es casual). Goya es origen y causa primera de todo lo que se produjo después de él en el XIX, y también en el XX, en el XXI. Francisco dos Santos cuando dibuja lo hace siempre influenciado, de una manera u otra, por su tocayo, el genial grabador aragonés. En esta serie son evidentes las resonancias de Los Caprichos, y sobre todo de Los Desastres de la guerra: combinación de línea y medios tonos / expresionismo / desgarro / sordidez…

Después de Goya, y en la misma secuencia aclaratoria, estarían en tanto dibujantes o grabadores: Rodin / Klimt / Schiele / Picasso / Feininger / Bellmer / Lucian Freud… En todos estos casos las referencias atañen al asunto: el erotismo; y a la forma, ya afectada por la modernidad en lo que toca a su falta de mansedumbre, su rebeldía ante una posible entrega franca, su lucha por ser y no ser en la medida oportuna y honesta, que es la que marca un tiempo rapidísimo y decadente, carcomido por el escepticismo, el relativismo, el nihilismo… No me extenderé analizando autor por autor, pero sí me detendré mínimamente en Lucian Freud. Porque algunos de los grabados al aguafuerte (blanco y negro) de este autor comparten con los dibujos de Francisco un cierto tenebrismo que de alguna manera también nos arrastra a la angustia. Me refiero, por ejemplo, al Man posing. Hago un paréntesis aquí para aclarar que el posible tenebrismo de Freud y de Francisco nada tiene que ver con el aparecido en el Barroco (italiano y español) del XVII. No es la iluminación violentamente contrastada en una diagonal potente que produce claroscuros impactantes lo determinante aquí. Es justo lo contrario. Tanto en el referido grabado de Freud como en algunos dibujos de Francisco, el uso de una luz poco contrastada, isotrópica, plana, que parece entrar por una ventana norte y resultar de la radiación difusa, no de la directa; produce un efecto, aplanador primero, vigorizante después dado el esfuerzo cómplice que reclama de nuestra imaginación. En el caso de Francisco, de esta racanería con la luz llega a brotar una suciedad que aumenta la angustia y la sordidez. (Suciedad. ¿Y qué? Hace mucho que Atum se masturbó sobre las aguas primordiales para crear la vida. El Nilo: su fruto, baja sucio de historia hace más de cinco mil años). Pero esto no ocurre en todos los dibujos de la serie. Como quien quisiera aliviarnos intermitentemente de tal angustia, Francisco intercala algunas imágenes mucho más luminosas y contratadas entre esas otras donde la falta de contraste nos desasosiega.

Si quisiéramos hacer un paralelo entre la secuencia que acoge y ampara a los Desenhos amadores de Francisco en lo que a arte visual se refiere, y otra secuencia similar en el ámbito literario; secuencia, esta segunda, que también abarque el asunto: lo erótico, y una forma digamos “impura” o “problemática”; tendríamos que empezar por los latinos Ovidio, Catulo y Marcial, detenernos en el primer humanista moderno: Dante; seguir con Becadelli, Aretino, los barrocos españoles, especialmente Diego Hurtado de Mendoza, hasta llegar al verismo decimonónico europeo. Y llegados a este punto, nos encontraríamos de nuevo con Goya, para terminar desembarcando en los albores del siglo XX, donde todos los artistas que pretendieron una excelsitud anclada en su tiempo se volvieron descaradamente conflictivos. En teoría el arte debía ser para todos, pero sólo en teoría; porque como bien dijo Ortega: lo exquisito ¡qué le vamos a hacer!― es socialmente ineficaz. Bastaron poco más de cincuenta años, los que mediaron entre la Revolución Francesa y la aparición en escena de Poe o Baudelaire, para que el hombre-masa se diera de bruces con un arte que debió pertenecerle, y que sin embargo le resultaba absolutamente ajeno. En la segunda década del XX, y como diría mi amigo Fernando del Val, Joyce levantó acta de aquel desaguisado. En el Ulises, entrañado en la oscuridad pecaminosa, desde el coño hundido y gris del mundo le llamó a Jehová recaudador de prepucios. Casi nada. Es cierto que como dijo Michaux: el hombre blanco es poseedor de una cualidad que lo ha hecho hacer camino: el irrespeto, pero tanto irrespeto resulta…  No sigo por aquí porque no toca.

Ahora se trata de que pulséis el enlace que os pongo abajo, y por vuestros propios pies entréis de visita en Desenhos amadores, de Francisco dos Santos. Si os encontráis con mariposas nocturnas de un marcado tono oscuro, deteneos ante ellas, dadle la oportunidad de que desplieguen para vosotros su parda hermosura y disfrutad. Disfrutad. Recordad que las mariposas pálidas o fulgentes no siempre funcionan en los ambientes polutos.

Un erotismo juguetón y ramplón, cargado sólo de sí, puede que no sea bastante en tiempos de coronavirus. ¿Acaso fue suficiente el amor en los tiempos del cólera? No lo sé. Pero está claro que para que el erotismo desembarque en el Amor con mayúsculas tiene que trascenderse en los posibles amantes. No es asunto de flechitas o fluidos profanos. Eros no es un diosecillo. A pesar de lo que haya dicho Diotima en aquella borrachera platónica, Eros nació del huevo original, el engendrado por la Noche, cuyas dos mitades, al separarse, formaron la Tierra y el Cielo. Eros es y seguirá siendo una de las grandes fuerzas que mueve al mundo. ¿Es el arte veraz la mejor vía para honrarlo? Tampoco lo sé. Lo que sí creo saber es que aquí no hablamos únicamente, ni siquiera en primer lugar de sexo. No hace falta. A fin de cuentas, y como dijo Bataille: el sexo está en todas partes menos en el sexo mismo.


 https://www.lummeeditor.com/drive/desenhosamadores/desenhos%20amadores%20-%20pgns.pdf





lunes, 24 de febrero de 2020

LOS ARGUMENTOS DEL TRÁNSITO






El pasado jueves, 20 de febrero (2020.02.20, qué fecha tan… redondita ¿no?), presenté Los argumentos del tránsito en la librería Oletvm de Valladolid. Me acompañaron más de cincuenta amigos: lectores, amigo-lectores y lectores-amigo; sí, porque la lectura coparticipada (autor / lector) es una vía de amistad fortísima. Entre todos ellos, dos estuvieron especialmente cerca, especialmente implicados: César Sanz, el editor de Difácil, la editorial que apostó por el libro; y José Ramón González, quien lo presentó. A ambos reitero un singular agradecimiento.

César es el tipo de editor que mejora los libros que caen en sus manos. Los argumentos del tránsito no está impreso, que también, está editado: e-di-ta-do, quiero decir, sin que las prisas y la chapucería reinantes en el sector tuviesen la menor oportunidad de amargar el saboreado silabeo.

José Ramón es uno de los lectores más agudos que conozco. Es la segunda vez que tengo la suerte de contar con su pregón a favor de un libro mío. Suerte, digo, porque este hombre tiene una lucidez lectora encomiable, y porque sabe comunicar lo que lee con una claridad que envidiarían los más avezados controladores de vuelo; y con un hálito sugestivo a la vez, que envidiarían algunos donjuanes de la literatura. José Ramón siempre “vence” a los libros y convence a sus posibles destinatarios. Es un gran lector y un gran comunicador. No tengo sus palabras por escrito, pero sí grabadas en vídeo. Al final pondré un enlace para que podáis ver y escuchar un fragmento de su intervención si os apetece hacerlo.

Pero a ésta, mi argumentada fiesta, se ha sumado un tercero; alguien también muy especial para mí: Fernando del Val, un joven y gran poeta (gran Escritor, me corrijo, capitalizo la testa del sustantivo y redondeo por exceso sin excederme; creedme quienes no lo conozcáis todavía) que ha leído el libro con un gozo cómplice. Qué suerte voy teniendo. Que después de la lectura comentada de José Ramón, llegue alguien como Fernando y escriba lo que leeréis a continuación es… ¿demasiada ventura? Poco me importa lo que sea. Como le oí decir en una ocasión a Di Stéfano (sí-sí, Di Stéfano, ese mismo, el difunto futbolista hispano-argentino) al recibir un premio: no sé si lo merezco, pero lo trinco. Gracias, poeta. 



LOS ARGUMENTOS DEL TRÁNSITO

Por Fernando del Val


Celebrar la existencia no es conducta evasiva. Los que no sostienen la mirada a la muerte o no afrontan las penalidades de la vida no la celebran. Todos somos incompletos, pero, si acaso, ellos más: parecen incluso nacidos de una costilla. Ni los suicidas vocacionales son felices cuando afrontan el acto que los salvará de sí mismos. Dice Julian Barnes que sólo las palabras viejas sirven: muerte, congoja, tristeza, pesar, sufrimiento. “Nada modernamente evasivo o medicinal”. Pero de la oscuridad de esas palabras nace una luz de asunción que permite, constelada, sobrellevar el día a día, y celebrarlo. En un libro tan gozoso como el de Jorge Tamargo hay mucha consciencia de finitud. Sin ella, no hay celebración: hay espasmo. Los argumentos del tránsito (2020) es un libro celebratorio con el fundamento de la autoconsciencia. Y Jorge celebra la vida midiendo el verso, inserto en la tradición, sin temer el presente y, diría, sin miedo al futuro. Pocos versos hay que leer para advertir su tono dispuesto a la batalla de la vida. “Porque memorizas, piensas y temes, el viaje / no es un paseo”. Es decir, a la imaginación y a la inteligencia se superpone la memoria. Y el olvido ―sin olvido―: “(…) Quise ser todo cuanto / pudo aliviarte. Estoy contigo. Ya no / soy. No existo. Pero en ti todavía canto / para ti”. Jaque a la reina, que es la muerte. Qué más se puede pedir. Tamargo exprime la potencia creadora del idioma y nos ofrece su néctar desconcertante. Da igual si lees: “(…) donde / el trallazo de dios, ya curva matemática, / ensaya la agrimensura del tiempo” y fantaseas con la aparición del personaje de Kafka en mitad del primer segmento del libro: el maravilloso agrimensor de En la colonia penitenciaria, tan condenado y poca cosa que conduce a la sonrisa, casi a la felicidad. Y da igual porque detenerse de forma exclusiva en las resonancias directas, indirectas, o imaginadas, de Tamargo es caminar un sendero fidedigno, pero incompleto. Hacerlo transforma las migas de pan en trampas que desvían del destino. A las sugerencias de Tamargo debemos añadir el reconocimiento de una labor creadora que parecería surgiera de la nada, si no supiéramos ya demasiado, nunca es demasiado, y si no lo supiéramos, a él, a Jorge, inserto en la tradición. Una de las cosas mejores suyas es que nos hace desaprender, olvidar lo leído, y nos permite zambullirnos en el lenguaje sin otro objeto que el lenguaje. Tarea tan inútil como transcendente, ya que, en el mejor de los casos, somos seres para el placer estético. Pero abandonarse a él requiere de esfuerzo receptor y de materia prima sobre la que efectuar el abandono, siendo esto segundo, obvio, lo más complicado. Bien. Pues Jorge Tamargo es un poeta tan musical, o sea tan poeta, que otorga al lector la posibilidad lujosa de despojarse del entendimiento y de abandonarse a la lectura sensitiva. Acunado o zarandeado por un ritmo que no excluye acordes ni sonido melódico. El ritmo significa. Y la forma que deja el sonido en el espacio, también: “(…) aprendes a nombrarlo casi todo. No lo conoces, / pero lo nombras”. Si un poeta no es visionario no es poeta. Pero si sólo es visión, tampoco es poeta. Son la cultura y el pensamiento la inteligencia que ejerce de contrapeso a la imaginación: así, de lejos, el caballo va desbocado, pero, si la cámara gira y mete zoom, observaremos que las manos de Jorge aprietan las riendas. “Es la imaginación / tu último baluarte, el sexo / de tu inteligencia, el verdadero aguijón / de tu memoria”. Los argumentos del tránsito es un libro lleno de palabra vieja ―la que consuela― y de palabra nueva ―la que invita a la esperanza―. Es un libro nuevo que es viejo; y que se convertirá en antiguo. Todos debemos darle las gracias.




Para escuchar en mi voz un acto de Río, que es uno de los poemas del libro, pulsad el siguiente enlace:

https://www.youtube.com/watch?v=1JiCtk1ORPs&fbclid=IwAR3gOOaYuin4wBVbg2kQkNcyMR20lxishyxJQeI-1pHiURFwTAe6WLZg59c


Para escuchar parte de las palabras de José Ramón, pulsad el siguiente enlace:



El libro se puede adquirir en la librearía Oletvm. También en cualquier otra librería. También en Amazon. Yo prefiero que lo compréis por esas vías que reconocen y apoyan el esfuerzo de quienes trabajan profesional y duramente en la distribución de libros. Pero si estáis lejos de Valladolid y encontráis alguna dificultad en estos canales de venta (espero y deseo que no os ocurra), por favor, pulsad el enlace correspondiente entre los que siguen:


Compra desde España:



Compra desde Europa: (fuera de España)



Compra desde fuera de Europa







martes, 21 de enero de 2020

PACIEL. PEDRADA PRODIGIOSA Y MUERTE EN EL COLUMPIO







Ante la extensa y variadísima obra de Rolando Paciel, no sé cómo aplicar aquel proverbio que dice: piedra que rueda no cría musgo. Porque ¿qué valor tiene el musgo artístico? El musgo-musgo vale para decorar belenes, para ahumar la malta con que se produce el güisqui, para hacer cataplasmas contra quemaduras y heridas; y también está en la turba, o sea, que sirve como combustible. Pero en el arte, ¿cuánto vale el musgo sobre el canto quieto? No lo sé. Sospecho que su precio se fija, generación tras generación, precisamente por los espíritus pétreos de turno: los amantes de la capa protectora y valedora (¿decorativa? / ¿lucrativa?), que para ellos adquiere la obra detenida en sí misma in aeternum. Parafraseando a Byron, me atrevo a decir que estos tasadores de la plusvalía musgosa se contraen ante la experimentación que pone en solfa sus argumentos, como un monarca ante la poesía.

En cualquier caso, la piedra de Paciel no es capaz de criar musgo porque rueda sin cesar. Comenzó su andadura en La Habana, hace medio siglo, y sigue rodando hoy día como si un niño soplara tempestades para impulsarla. A mí me ha barrido más de una vez. Más de una vez me ha levantado los pies del suelo para involucrarme (tras ella y por un período prodigioso) en las magníficas instantáneas que produce ese rodar sin término. Cuánto lo he agradecido, lo agradezco. Otras veces me ha esquivado, cómo no: Para la piedra que rueda y rueda... rueda y rueda porque en el rodar mismo encuentra la energía motivante; para ésa que debe tomar caminos muy distintos si no quiere detenerse, no todos los paisanos resultamos igual de atractivos en todas las ocasiones. Sin embargo, incluso cuando he salido indemne ante su posible cantazo, el Paciel rodante siempre me ha interesado. Por eso: porque no cría apático musgo, porque siempre genera ajetreo, roce, chispa…

Y ahora estoy aquí, en mi despacho, tratando de sostener durante el mayor tiempo posible el raro placer que me ha producido este nuevo impacto; imaginando cómo contarlo, cómo captar entre vosotros algunas piernas propensas al choque con los cantos rodantes, cómo invitaros a poneros en medio, a dejaros golpear; no golpear, sino acariciar por Paciel. Acariciar, digo bien. Porque de primeras pensé (perdonadme la confianza): «coño, qué clase de pedrada me ha dado este maricón», pero después me di cuenta de que esta vez el golpe no dejaba dolor, qué va, ni siquiera el dolor feliz que acarrea una sobredosis de inquietud. Esta vez, tras la violencia del impacto sobrevino enseguida una relajación que sólo puede regalar y regala la belleza cuando llega cargada de sí misma: belleza y punto.

¿Para qué más? ¿Es que hay más? ¿Debía detenerme, y sin añadir ninguna palabra a la noticia, limitarme a procurar que de alguna manera pudierais ver la serie completa? Puede que sí. Según Croce: el arte se disipa y muere cuando de la idealidad se extraen la reflexión y el juicio. Muere el arte en el artista que se vuelve un crítico de sí mismo, y muere también en el que mira o escucha, porque de arrobado contemplador del arte se transforma en observador penetrante de la vida. De acuerdo. ¿Por qué seguir entonces? «Chss…», podría estar silbando alguno de vosotros con el índice en los labios, no sin parte de razón, para que lo dejara aquí. Pero esperad, esperad… porque según Wilde: para el artista, la expresión es la única forma de comprender la vida. Para él, lo que no habla está muerto. Con esto también estoy de acuerdo. Y claro, si todo lo vivo, que en este contexto quiere decir todo lo que expresa algo, habla para el artista, que a su vez sólo lo comprende y comunica a través de la expresión: hablando, ¿acaso éste no agradecerá que expresemos con palabras, si es que podemos, lo que su obra nos ha dado, lo que ha dicho ante y para nosotros? ¿Y haciéndolo, acaso no podríamos provocar una reacción simpática en otros; esto es: ayudar a que lo que expresa el artista llegue a más gente? Quizás en lugar de «belleza y punto», en el párrafo anterior debí escribir: belleza parlante, punto y seguido… Además, a quién voy a engañar: más allá de lo que enrede alrededor de esto, me gusta hablar y escribir (también) sobre arte, en especial cuando una obra produce en mí un efecto tan… ¿sobrecogedor? Sí, sobrecogedor.            

Paciel hace tiempo que viene trabajando con la misma técnica, pero esta vez, como se dice vulgarmente, se ha salido del mapa. Las láminas que veis en el encabezamiento, y que veréis más y mejor si aceptáis mi proposición última, están realizadas con una técnica que no conozco porque el autor mantiene en secreto. No me preocupa demasiado ignorarla, lo confieso. Aquí la técnica, como en cualquier otra gran obra de arte, importa casi nada. Ni siquiera el asunto importa demasiado. Como se ha dicho tantas veces, en el arte es la forma lo determinante, porque es ella la que tiene capacidad de dar voz a cualquier sustancia (material o inmaterial), de expresar algo a su través, manipulándola, in-formándola. Y muchas veces la forma se expresa a sí misma. Y ni falta que hace otra cosa.

Pero como somos animales parlantes, y estamos inmersos en una tertulia milenaria que por fortuna no sabemos cerrar, ante una obra tan excelente como ésta de Paciel, es normal que, aunque callemos primero, después…

Qué energía, y la vez, qué delicadeza. Estas imágenes contienen el irrespeto activo de Occidente, moderado por el respeto pasivo de Oriente. Tal vez por eso, y por otras cosas que diré después, además de atemporales resultan universales. Es como si un aluvión de impacientes y caóticos cuantos imaginarios se aviniera a un orden totalizador que lo dota de armonía resolutiva. Resolutiva, sí, pero también capaz de deshacerse en cualquier momento. Qué tensión. Y qué equilibrio. Es como si Van Gogh y Hokusai hubiesen pactado un punto medio para abordar la abstracción que quizás intuyeron, y hubieran soplado a Paciel las claves de tal pacto. Van Gogh y Hokusai apuntando al expresionismo abstracto de Pollock, y también renunciando a la parte más individualista de su temperamento, para que la obra, cargada de una extensión y una duración tan humanas como divinas, dijera: «todo / siempre / ubicuo».

Qué giro el de Paciel en esta serie. Él, que ha trabajado muchas veces con un afán deconstructivista, aquí construye como un relojero. Si bien en otras ocasiones su imaginario ha rozado el escepticismo y el nihilismo propios de una visión postatómica, aquí se aferra a un plan casi agustiniano:¡Qué haya variedad en el vestido, pero no roturas!, decía el santo de Hipona. Cada lámina en sí misma es a la vez un evento resuelto (una suerte de minitodo) y una parte inseparable de la totalidad que la incluye trabándola con el resto. Estas láminas pudieran funcionar muy bien de manera aislada. Sin embargo, es bajo la disciplina de la serie donde mejor lo hacen. Porque aunque cada una de ellas exprese un submundo bastante, la serie completa recrea un arjé en el que tierra, aire, fuego, agua, logos y número quedan definitivamente encadenados. Todo. Uno. ¿Dios?... Y esto, tanto si nuestra imaginación flota en un medio estelar, como si se sumerge en otro celular, porque las imágenes tienen la capacidad de sugerir tanto visión telescópica como microscópica. Es más, sugieren ambas cosas a la vez.

Quería hacer estos breves apuntes, pero debo reconducirme a tiempo. Más allá de lo que os puedan sugerir estás láminas que, como cualquier obra de arte (recordad lo que escribí antes apoyándome en Wilde) expresan contenidos: hablan a través de la forma; más allá, digo, de su vertiente discursiva; por favor, disfrutad el magistral uso del color, el magistral uso de los medios tonos cuando no hay color, la perfecta combinación de masas y líneas, el equilibrio de la composición: la hermosura de los motivos, la solvencia de las mallas o tramas que los enlazan, la oportuna aparición de los vacíos… Disfrutad la delicadísima tensión que todo ello genera. Dejaos ir por un rato tras Paciel hacia la totalidad posible, que no podrá prosperar, no acabará de ser cierta, si no como agente y paciente de la belleza. Lo que no es bello, no puede ser verdad, decía (¿exageraba?) el romántico De Musset. Y yo me atrevo ahora contra el verismo barato recurrente en los últimos doscientos años: lo que no es bello, digo, necesita muletas para alzarse, constituirse; y cuando lo logra, necesita mayores muletas aún para no caerse, romperse. Las muletas para lo feo y lo roto las venden hoy (bien caras y envueltas en baba conceptual) muchos mal llamados críticos de arte a los artistas mediocres. No es el caso, claro que no. Ni me tengo por crítico de arte, ni vendo la baba al peso, ni Paciel compraría semejante cosa, ni esta serie suya necesita muleta alguna para empinarse hasta los mismísimos altares de la imaginación.  

Esta serie es arte grande. Ya lo veréis. Después de recibir una pedrada tal, una caricia tal, quizás estemos mejor preparados para prescindir del musgo-costra; para, a pesar de nuestro trasiego razonante, divertirnos llanamente con las cosas hermosas mientras estemos vivos; y para, como decía Verlaine (sin prisa, por favor): morir en el columpio.




Ved y gozad la serie completa pulsando el siguiente enlace:






miércoles, 8 de enero de 2020

ENTRE TORRES Y ESCOMBROS








Amigos, después de dos meses de parada, regreso a este espacio donde quiero imaginar que os encontraré de vez en cuando. Creedme que valoro muchísimo esa perspectiva: la de vuestra hipotética complicidad, quiero decir. Si un año más sucede que os propongo algunas pausas interesadas, esto es: que os demoréis aquí para cavilar y/o disfrutar a partir de un tema que, tanto para vosotros como para mí, merezca cavilación y/o prometa goce; si un año más, digo, damos juntos en la tecla buena, me seguiré considerando un afortunado. No os cuento. No es vuestro número lo que alimenta mi vilo. Es esa posible diana, que en cada uno de vosotros (uno a uno), y en mí mismo, vislumbro: la inquietud compartida.

Como cada año (uno más / ¿un regalo? / ¿hasta cuándo?), durante mi retiro fui capaz de escribir un poema largo y una novela corta. Regreso a mi cita con vosotros (contigo, lector-uno que espero no sé dónde, multiplicado por ti mismo) con el primer acto de ese poema recientísimo, que dediqué a Dante. Ojalá os guste (te guste). ¡Feliz 2020!




                                ENTRE TORRES Y ESCOMBROS


                                Como espigas de
                                piedra (hojas y flores ocultas, atentas al
                                campaneo en el umbral, todavía, de la
                                máquina-reloj) las torres laicas, también
                                vigías de feroz ventalle, irritan, empinan
                                el alzado frailuno de la delfín de Roma: la
                                nieta (una más) medio griega, medio
                                persa, medio fenicia, medio romana de
                                Ausonia. Florencia, quinto elemento dijo
                                el octavo Bonifacio. La Toscana rehija. Sus
                                caballis barban. Puede que intuyan
                                reencarnación. Vuelan sobrepujando la
                                chatura villana en pos de ciudad, de
                                nación, ¿de reino? ¿Reino de Dios, del
                                hijo de Dios? …A la nona de un día de
                                mayo, después de que tres veces trian-
                                gularan los argumentos (ah, el tres: raíz
                                de nueve, cómo trajina para indicar la
                                raja de la mazmorra) a los pies de Santa
                                Margarita (no tumba todavía de Bice
                                Portinari, que connacía; no hucha empu-
                                tecida por los guiris) el esperado descen-
                                diente de Cacciaguida (lo que dicta La
                                comedia, a misa): una criatura prognata,
                                fea, ¿epiléptica?; llegó para musicar el
                                Almagesto, en tanto se habilitaba la vía
                                copérnica. Llegó para renovar… (Todo
                                parto necesita audacia. Toda mañana es, en
                                cierta medida, insensata). Europa /
                                cristiandad / luz / resol / lengua… Dante.
                                Entre torres y escombros (demasiado Uberti /
                                Cerchi / Donati… demasiado Clemente /
                                Felipe) el nacido se acoge, se aferra al
                                viejo edicto de Caracalla… enroma. Roma,
                                pero primero Florencia; las calles oscuras,
                                escombradas de Florencia. Piedras más o
                                menos alemanas, más o menos italianas, que
                                suben y bajan los andamios al son de
                                Las Decretales, mientras en Francia con-
                                trolan (¡hélas!) las apuestas. Primero juego
                                y plaza. Y letra: letra sub ferula. Y or-
                                fandad. Y prima revelación: ah, Bice
                                (Beatriz), esa niña que sueña en la torre
                                vecina… Entre las torres, pasarelas. Bajo
                                las pasarelas prohibidas, piedras. Entre
                                las piedras amontonadas, sueños. …El
                                magnate puja. El noble resiste. El niño
                                sueña. A su manera. Es un florentino: ni
                                agua, ni fuego, ni aire, ni tierra. Sueña
                                en corto como florentino, a cubierto de
                                la materia; y en largo despierta como
                                romano (entiéndase hijo del mundo) como
                                cristiano (entiéndase hermano del hijo del
                                Padre) a cubierto de la intrascendencia, bajo
                                el manto real de todas las techumbres. …La
                                mano de Dios sale de las nubes. Pulsa
                                su forma mentis. ¡Gracia! ¡Hosanna! Le
                                asigna un alma entera: animal / intelectual /
                                divina; predispuesta a la areté: reza /
                                trabaja / combate. Tres operaciones del
                                alma. Tres actividades del hombre. Tres
                                caras tiene el demonio, que dopado
                                aparece en escena. ¿Gambito divino? Un
                                leopardo, un león y una loba, acechan
                                en los escombros. No van solos. No van
                                sueltos. Alguien que habla en latín los con-
                                trola. ¿Los controla? Los mantiene sujetos,
                                olisqueando en la escombrera. ¡Cuidado!
                                De casa de Folco sale Beatriz; de casa de
                                Alighiero, Dante. Nueve años tienen
                                ambos. Ambos bautizados en San Gio-
                                vanni. Ambos, soñadores de torre. Ambos
                                predestinados a imaginar una montaña
                                de seda, donde sólo había… ¡Zas! Beatriz:
                                luz / alcanfor / azagaya… hierofanía. Y él
                                (cadena perpetua) a combatir el taeduim
                                vitae calculando la geometría de un
                                beso. Cartilla. Cartilla. Recordad: letra
                                sub férula. ¿Niñez en el Medioevo?
                                Nueve años de estudio para lograr com-
                                prender el próximo encuentro, para que
                                la razón poética pueda cobrar su presa, y
                                de nuevo a la nona de un día de mayo, Beatriz
                                lo mire, ¡Dios!, lo salude. Letra. Letra ad-
                                ministrada por mendicantes. …El Panteón
                                de Agripa se ha convertido en iglesia, en
                                templo, quiero decir, de Cristo. Dante se
                                vierte a sí mismo por el óculo impuro que
                                Tomás acrisola en Paris, esa invención
                                carolingia que el Magno Alberto arrebata
                                a la barbarie noruega, a la avidez de Nemrod. …Ya
                                estaba el sol disparando el día. En los
                                salones de la historia, por sus ventanales
                                góticos, penetraba la bala sin afectar al
                                vidrio negociador de luz. La luz, esa luz
                                dilecta (ni cirio ni antorcha: pura helio-
                                descarga hecha por El Luminar con su máuser
                                preferida) impactaría… no impactaría, impactó,
                                en la sesera del niño: matemático Casandro
                                a quien fulmina el amor.