verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

martes, 21 de enero de 2020

PACIEL. PEDRADA PRODIGIOSA Y MUERTE EN EL COLUMPIO







Ante la extensa y variadísima obra de Rolando Paciel, no sé cómo aplicar aquel proverbio que dice: piedra que rueda no cría musgo. Porque ¿qué valor tiene el musgo artístico? El musgo-musgo vale para decorar belenes, para ahumar la malta con que se produce el güisqui, para hacer cataplasmas contra quemaduras y heridas; y también está en la turba, o sea, que sirve como combustible. Pero en el arte, ¿cuánto vale el musgo sobre el canto quieto? No lo sé. Sospecho que su precio se fija, generación tras generación, precisamente por los espíritus pétreos de turno: los amantes de la capa protectora y valedora (¿decorativa? / ¿lucrativa?), que para ellos adquiere la obra detenida en sí misma in aeternum. Parafraseando a Byron, me atrevo a decir que estos tasadores de la plusvalía musgosa se contraen ante la experimentación que pone en solfa sus argumentos, como un monarca ante la poesía.

En cualquier caso, la piedra de Paciel no es capaz de criar musgo porque rueda sin cesar. Comenzó su andadura en La Habana, hace medio siglo, y sigue rodando hoy día como si un niño soplara tempestades para impulsarla. A mí me ha barrido más de una vez. Más de una vez me ha levantado los pies del suelo para involucrarme (tras ella y por un período prodigioso) en las magníficas instantáneas que produce ese rodar sin término. Cuánto lo he agradecido, lo agradezco. Otras veces me ha esquivado, cómo no: Para la piedra que rueda y rueda... rueda y rueda porque en el rodar mismo encuentra la energía motivante; para ésa que debe tomar caminos muy distintos si no quiere detenerse, no todos los paisanos resultamos igual de atractivos en todas las ocasiones. Sin embargo, incluso cuando he salido indemne ante su posible cantazo, el Paciel rodante siempre me ha interesado. Por eso: porque no cría apático musgo, porque siempre genera ajetreo, roce, chispa…

Y ahora estoy aquí, en mi despacho, tratando de sostener durante el mayor tiempo posible el raro placer que me ha producido este nuevo impacto; imaginando cómo contarlo, cómo captar entre vosotros algunas piernas propensas al choque con los cantos rodantes, cómo invitaros a poneros en medio, a dejaros golpear; no golpear, sino acariciar por Paciel. Acariciar, digo bien. Porque de primeras pensé (perdonadme la confianza): «coño, qué clase de pedrada me ha dado este maricón», pero después me di cuenta de que esta vez el golpe no dejaba dolor, qué va, ni siquiera el dolor feliz que acarrea una sobredosis de inquietud. Esta vez, tras la violencia del impacto sobrevino enseguida una relajación que sólo puede regalar y regala la belleza cuando llega cargada de sí misma: belleza y punto.

¿Para qué más? ¿Es que hay más? ¿Debía detenerme, y sin añadir ninguna palabra a la noticia, limitarme a procurar que de alguna manera pudierais ver la serie completa? Puede que sí. Según Croce: el arte se disipa y muere cuando de la idealidad se extraen la reflexión y el juicio. Muere el arte en el artista que se vuelve un crítico de sí mismo, y muere también en el que mira o escucha, porque de arrobado contemplador del arte se transforma en observador penetrante de la vida. De acuerdo. ¿Por qué seguir entonces? «Chss…», podría estar silbando alguno de vosotros con el índice en los labios, no sin parte de razón, para que lo dejara aquí. Pero esperad, esperad… porque según Wilde: para el artista, la expresión es la única forma de comprender la vida. Para él, lo que no habla está muerto. Con esto también estoy de acuerdo. Y claro, si todo lo vivo, que en este contexto quiere decir todo lo que expresa algo, habla para el artista, que a su vez sólo lo comprende y comunica a través de la expresión: hablando, ¿acaso éste no agradecerá que expresemos con palabras, si es que podemos, lo que su obra nos ha dado, lo que ha dicho ante y para nosotros? ¿Y haciéndolo, acaso no podríamos provocar una reacción simpática en otros; esto es: ayudar a que lo que expresa el artista llegue a más gente? Quizás en lugar de «belleza y punto», en el párrafo anterior debí escribir: belleza parlante, punto y seguido… Además, a quién voy a engañar: más allá de lo que enrede alrededor de esto, me gusta hablar y escribir (también) sobre arte, en especial cuando una obra produce en mí un efecto tan… ¿sobrecogedor? Sí, sobrecogedor.            

Paciel hace tiempo que viene trabajando con la misma técnica, pero esta vez, como se dice vulgarmente, se ha salido del mapa. Las láminas que veis en el encabezamiento, y que veréis más y mejor si aceptáis mi proposición última, están realizadas con una técnica que no conozco porque el autor mantiene en secreto. No me preocupa demasiado ignorarla, lo confieso. Aquí la técnica, como en cualquier otra gran obra de arte, importa casi nada. Ni siquiera el asunto importa demasiado. Como se ha dicho tantas veces, en el arte es la forma lo determinante, porque es ella la que tiene capacidad de dar voz a cualquier sustancia (material o inmaterial), de expresar algo a su través, manipulándola, in-formándola. Y muchas veces la forma se expresa a sí misma. Y ni falta que hace otra cosa.

Pero como somos animales parlantes, y estamos inmersos en una tertulia milenaria que por fortuna no sabemos cerrar, ante una obra tan excelente como ésta de Paciel, es normal que, aunque callemos primero, después…

Qué energía, y la vez, qué delicadeza. Estas imágenes contienen el irrespeto activo de Occidente, moderado por el respeto pasivo de Oriente. Tal vez por eso, y por otras cosas que diré después, además de atemporales resultan universales. Es como si un aluvión de impacientes y caóticos cuantos imaginarios se aviniera a un orden totalizador que lo dota de armonía resolutiva. Resolutiva, sí, pero también capaz de deshacerse en cualquier momento. Qué tensión. Y qué equilibrio. Es como si Van Gogh y Hokusai hubiesen pactado un punto medio para abordar la abstracción que quizás intuyeron, y hubieran soplado a Paciel las claves de tal pacto. Van Gogh y Hokusai apuntando al expresionismo abstracto de Pollock, y también renunciando a la parte más individualista de su temperamento, para que la obra, cargada de una extensión y una duración tan humanas como divinas, dijera: «todo / siempre / ubicuo».

Qué giro el de Paciel en esta serie. Él, que ha trabajado muchas veces con un afán deconstructivista, aquí construye como un relojero. Si bien en otras ocasiones su imaginario ha rozado el escepticismo y el nihilismo propios de una visión postatómica, aquí se aferra a un plan casi agustiniano:¡Qué haya variedad en el vestido, pero no roturas!, decía el santo de Hipona. Cada lámina en sí misma es a la vez un evento resuelto (una suerte de minitodo) y una parte inseparable de la totalidad que la incluye trabándola con el resto. Estas láminas pudieran funcionar muy bien de manera aislada. Sin embargo, es bajo la disciplina de la serie donde mejor lo hacen. Porque aunque cada una de ellas exprese un submundo bastante, la serie completa recrea un arjé en el que tierra, aire, fuego, agua, logos y número quedan definitivamente encadenados. Todo. Uno. ¿Dios?... Y esto, tanto si nuestra imaginación flota en un medio estelar, como si se sumerge en otro celular, porque las imágenes tienen la capacidad de sugerir tanto visión telescópica como microscópica. Es más, sugieren ambas cosas a la vez.

Quería hacer estos breves apuntes, pero debo reconducirme a tiempo. Más allá de lo que os puedan sugerir estás láminas que, como cualquier obra de arte (recordad lo que escribí antes apoyándome en Wilde) expresan contenidos: hablan a través de la forma; más allá, digo, de su vertiente discursiva; por favor, disfrutad el magistral uso del color, el magistral uso de los medios tonos cuando no hay color, la perfecta combinación de masas y líneas, el equilibrio de la composición: la hermosura de los motivos, la solvencia de las mallas o tramas que los enlazan, la oportuna aparición de los vacíos… Disfrutad la delicadísima tensión que todo ello genera. Dejaos ir por un rato tras Paciel hacia la totalidad posible, que no podrá prosperar, no acabará de ser cierta, si no como agente y paciente de la belleza. Lo que no es bello, no puede ser verdad, decía (¿exageraba?) el romántico De Musset. Y yo me atrevo ahora contra el verismo barato recurrente en los últimos doscientos años: lo que no es bello, digo, necesita muletas para alzarse, constituirse; y cuando lo logra, necesita mayores muletas aún para no caerse, romperse. Las muletas para lo feo y lo roto las venden hoy (bien caras y envueltas en baba conceptual) muchos mal llamados críticos de arte a los artistas mediocres. No es el caso, claro que no. Ni me tengo por crítico de arte, ni vendo la baba al peso, ni Paciel compraría semejante cosa, ni esta serie suya necesita muleta alguna para empinarse hasta los mismísimos altares de la imaginación.  

Esta serie es arte grande. Ya lo veréis. Después de recibir una pedrada tal, una caricia tal, quizás estemos mejor preparados para prescindir del musgo-costra; para, a pesar de nuestro trasiego razonante, divertirnos llanamente con las cosas hermosas mientras estemos vivos; y para, como decía Verlaine (sin prisa, por favor): morir en el columpio.




Ved y gozad la serie completa pulsando el siguiente enlace:






miércoles, 8 de enero de 2020

ENTRE TORRES Y ESCOMBROS








Amigos, después de dos meses de parada, regreso a este espacio donde quiero imaginar que os encontraré de vez en cuando. Creedme que valoro muchísimo esa perspectiva: la de vuestra hipotética complicidad, quiero decir. Si un año más sucede que os propongo algunas pausas interesadas, esto es: que os demoréis aquí para cavilar y/o disfrutar a partir de un tema que, tanto para vosotros como para mí, merezca cavilación y/o prometa goce; si un año más, digo, damos juntos en la tecla buena, me seguiré considerando un afortunado. No os cuento. No es vuestro número lo que alimenta mi vilo. Es esa posible diana, que en cada uno de vosotros (uno a uno), y en mí mismo, vislumbro: la inquietud compartida.

Como cada año (uno más / ¿un regalo? / ¿hasta cuándo?), durante mi retiro fui capaz de escribir un poema largo y una novela corta. Regreso a mi cita con vosotros (contigo, lector-uno que espero no sé dónde, multiplicado por ti mismo) con el primer acto de ese poema recientísimo, que dediqué a Dante. Ojalá os guste (te guste). ¡Feliz 2020!




                                ENTRE TORRES Y ESCOMBROS


                                Como espigas de
                                piedra (hojas y flores ocultas, atentas al
                                campaneo en el umbral, todavía, de la
                                máquina-reloj) las torres laicas, también
                                vigías de feroz ventalle, irritan, empinan
                                el alzado frailuno de la delfín de Roma: la
                                nieta (una más) medio griega, medio
                                persa, medio fenicia, medio romana de
                                Ausonia. Florencia, quinto elemento dijo
                                el octavo Bonifacio. La Toscana rehija. Sus
                                caballis barban. Puede que intuyan
                                reencarnación. Vuelan sobrepujando la
                                chatura villana en pos de ciudad, de
                                nación, ¿de reino? ¿Reino de Dios, del
                                hijo de Dios? …A la nona de un día de
                                mayo, después de que tres veces trian-
                                gularan los argumentos (ah, el tres: raíz
                                de nueve, cómo trajina para indicar la
                                raja de la mazmorra) a los pies de Santa
                                Margarita (no tumba todavía de Bice
                                Portinari, que connacía; no hucha empu-
                                tecida por los guiris) el esperado descen-
                                diente de Cacciaguida (lo que dicta La
                                comedia, a misa): una criatura prognata,
                                fea, ¿epiléptica?; llegó para musicar el
                                Almagesto, en tanto se habilitaba la vía
                                copérnica. Llegó para renovar… (Todo
                                parto necesita audacia. Toda mañana es, en
                                cierta medida, insensata). Europa /
                                cristiandad / luz / resol / lengua… Dante.
                                Entre torres y escombros (demasiado Uberti /
                                Cerchi / Donati… demasiado Clemente /
                                Felipe) el nacido se acoge, se aferra al
                                viejo edicto de Caracalla… enroma. Roma,
                                pero primero Florencia; las calles oscuras,
                                escombradas de Florencia. Piedras más o
                                menos alemanas, más o menos italianas, que
                                suben y bajan los andamios al son de
                                Las Decretales, mientras en Francia con-
                                trolan (¡hélas!) las apuestas. Primero juego
                                y plaza. Y letra: letra sub ferula. Y or-
                                fandad. Y prima revelación: ah, Bice
                                (Beatriz), esa niña que sueña en la torre
                                vecina… Entre las torres, pasarelas. Bajo
                                las pasarelas prohibidas, piedras. Entre
                                las piedras amontonadas, sueños. …El
                                magnate puja. El noble resiste. El niño
                                sueña. A su manera. Es un florentino: ni
                                agua, ni fuego, ni aire, ni tierra. Sueña
                                en corto como florentino, a cubierto de
                                la materia; y en largo despierta como
                                romano (entiéndase hijo del mundo) como
                                cristiano (entiéndase hermano del hijo del
                                Padre) a cubierto de la intrascendencia, bajo
                                el manto real de todas las techumbres. …La
                                mano de Dios sale de las nubes. Pulsa
                                su forma mentis. ¡Gracia! ¡Hosanna! Le
                                asigna un alma entera: animal / intelectual /
                                divina; predispuesta a la areté: reza /
                                trabaja / combate. Tres operaciones del
                                alma. Tres actividades del hombre. Tres
                                caras tiene el demonio, que dopado
                                aparece en escena. ¿Gambito divino? Un
                                leopardo, un león y una loba, acechan
                                en los escombros. No van solos. No van
                                sueltos. Alguien que habla en latín los con-
                                trola. ¿Los controla? Los mantiene sujetos,
                                olisqueando en la escombrera. ¡Cuidado!
                                De casa de Folco sale Beatriz; de casa de
                                Alighiero, Dante. Nueve años tienen
                                ambos. Ambos bautizados en San Gio-
                                vanni. Ambos, soñadores de torre. Ambos
                                predestinados a imaginar una montaña
                                de seda, donde sólo había… ¡Zas! Beatriz:
                                luz / alcanfor / azagaya… hierofanía. Y él
                                (cadena perpetua) a combatir el taeduim
                                vitae calculando la geometría de un
                                beso. Cartilla. Cartilla. Recordad: letra
                                sub férula. ¿Niñez en el Medioevo?
                                Nueve años de estudio para lograr com-
                                prender el próximo encuentro, para que
                                la razón poética pueda cobrar su presa, y
                                de nuevo a la nona de un día de mayo, Beatriz
                                lo mire, ¡Dios!, lo salude. Letra. Letra ad-
                                ministrada por mendicantes. …El Panteón
                                de Agripa se ha convertido en iglesia, en
                                templo, quiero decir, de Cristo. Dante se
                                vierte a sí mismo por el óculo impuro que
                                Tomás acrisola en Paris, esa invención
                                carolingia que el Magno Alberto arrebata
                                a la barbarie noruega, a la avidez de Nemrod. …Ya
                                estaba el sol disparando el día. En los
                                salones de la historia, por sus ventanales
                                góticos, penetraba la bala sin afectar al
                                vidrio negociador de luz. La luz, esa luz
                                dilecta (ni cirio ni antorcha: pura helio-
                                descarga hecha por El Luminar con su máuser
                                preferida) impactaría… no impactaría, impactó,
                                en la sesera del niño: matemático Casandro
                                a quien fulmina el amor.


           

lunes, 11 de noviembre de 2019

VOLAPIÉ







Como ya sabréis quienes estáis atentos a este espacio (ah, cuánto supongo, ¿habrá alguien que realmente…?, ¿no será suponer ―pedir― demasiado?) hace unos meses que vengo anticipando la próxima edición de Los argumentos del tránsito, libro que cuenta con tres poemas largos: Río, Rueda y Casa.

En las dos ocasiones anteriores que os hablé de esto, lo hice añadiendo un acto de Río y otro de Rueda. Ahora cierro este anticipo sonsacador con el primer acto de Casa. Los espacios del ser, se subtitula. Como en los casos anteriores, se trata de un décimo del poema. 

La próxima noticia que os daré, será la definitiva aparición del libro. (Lo edita Difácil, una editorial a la que tengo especiales cariño y respeto, por su demostrado compromiso con la creación literaria, y por la gran solvencia de su editor: César Sanz). Ojalá que para entonces, estas noticias con carga de prueba hayan cumplido su deseo: ir inclinando a favor del libro, a algunos de los que resulten finalmente sus destinatarios. 

Aprovecho además para despedirme por este año. A partir de ahora, y salvo que una urgencia me obligue a lo contrario (urgencia, por Dios, hoy estoy sobreexcitado) dejaré de aparecer por aquí. Si vosotros podéis y queréis, nos reencontraremos en enero del 2020. 

Feliz salida y entrada de año para todos.          

  


I


Un puñado
de luz y otro de arroz, ensavian
las paredes de la casa. Casa. Teatro
que enmaroma la cuerna al demonio, anuda
su cola, para que Dios, ofrendado
en el rostro de tus padres, bendecido
en el grosor de sus afanes,
cada mañana toque su Stradivarius
sin trompeteo enemigo. Luz y arroz. Y
un rimero de pasiones limpias
que alebresta el violín: Puntual agitación
donde das con tu nombre, eres. Pronto a,
te (re)conoces. Tú, en una casa sin
sótano o desván (todo planta baja
ella) diáfana hasta la inocencia, hasta
la soberbia incluso, que sublima
el espacio entre las playas del cielo
y el patio de la escuela. Tú, nombrado, con
la mollera presta al hisopo, la frente
a la calentura… Niño y casa. Catasueños
en la platea de un mundo en ciernes,
donde las nuevas de puré y cuartana
son traídas por un mismo ángel: el tuyo. Revuela
la biblioteca, la cocina. Sale / entra / sale /
cae / asciende / cae… en súbitos
picados. Goza. Hace cabriolas en torno
a la chimenea. Cabriolas aéreas
                                               (cuando la casa es feliz,
                                   el humo juega suavemente
                                                           sobre el tejado)
que circundan o atraviesan la encina exhalada
por el bofe hestio. Fuelle / casa / niño /
ángel juguetón que respira madera… Sí,
pero también padres. Padres… No te
desnortan la embriaguez del nuncio, su bureo.
(Casa de arroz y luz. Sueños de arroz y luz).
El mercurio apenas halla margen para el
delirio, si éste acarrea miedo. Juegas. No temes.
Todo lo ajeno, expandido en el colegio, se
retrae en el jardín, donde la casita de los abuelos
espalda, lo que la perra flanquea
persiguiendo la pelota. ―Espacio inagotable,
piensas. No piensas. Experimentas
la extensión que dura sin límites que
amenacen, sin pautas o muescas que avisen
de larvadas mutaciones. Extensión
embarazada de ti. Tú al centro. Lo demás
te orbita... Las estaciones peroran
en vano. Cíclicamente tosen paisaje
alrededor de la casa, sin que su tos te
incumba: Luz y arroz. Y padres. Y abuelos. Y
ángel. Y el violinista que cada mañana
interpreta el solo (el mismo solo) que
retiene para ti las cuatro notas (las mismas
cuatro notas) que te harán por siempre
sinfónico. Eso crees. Lo asumes. Compruebas
que la casa no tiene dobleces. Todo es tuyo
o para ti. Cuánto aseo. Apenas
puedes ocultar las liendres que auguran
escozor y desconcierto. Juegas. Eres
tu propio ariete. No lo sabes. Juegas
en un universo pulcro, redondo,
que deberás medir y batir. No lo sabes.
Tu casa no tiene puertas. O sí, pero
apenas separan lo que ya te pertenece
de lo que no te atañe. Tampoco
tiene rincones. Está sobreiluminada. Tiene
lámparas-ojo (todo lo que brilla ve)
que sorben y derraman luz a la carta.
Casa-teatro. Exordio. Escaleta donde
el diablo, inhábiles cuerna y cola,
carece de texto y voz... Tu casa
no tiene bodegas, no tiene torres,
pero sí aras: Ah, la mesa, orquesta
para el himno triple de cada día; y el hogar,
donde arden la leña, el sarmiento,
con igual y sospechosa mansedumbre,
para que el ángel perfore las volutas de humo
y pite ebrio el prólogo al violín. Aras: Bajo
la cama, el cajón. Cobijo para las ansias
que no sabe el coro. Ni luz ni arroz ahí. …No
todo es diáfano en el primo espacio, una vez
que conquistas un cajón. No todo
es lustre al abrigo del somier, donde
la sombra ensancha la duda, la duda
ensancha la gracia, la gracia
ensancha el deseo, la casa… Los bajos
de la cama, ¿el sótano? La copa del castaño,
¿la buhardilla? Entre el cajón y el árbol… Entre
las playas del cielo y el patio la escuela…
Una asonada de preguntas cuece
en lo oscuro, a ras de suelo. Los muñecos
te interpelan en una lengua secreta. Y
donde reina el violín, la per-
cusión dimana sediciosa. Dice tiempo. Grita
¡Tiempo!, cuando la casa, con sus muros
ensaviados de arroz y luz, apenas susurra
e s p a c i o… Llaman a comer. Un pájaro que
canta las cabañuelas, desde el castaño se
lanza al fondo de tu cajón. Volapié.

 

martes, 17 de septiembre de 2019

EN TU MANANTE HOYO






Hace un par de meses publiqué el noveno acto de Río, uno de los tres poemas del libro que tengo en proceso de edición: Los argumentos del tránsito. Hoy publico el primer acto de Rueda, su segundo poema, con la intención de seguir predisponiendo (a favor del libro, espero) a quienes me leen aquí.

En tanto el libro transita su Adviento y apunta a su Pascua (¿soy demasiado optimista?), vaya este segundo ensayo de mi lengua pregonera en pos de vuestra complicidad.   



                                             I

                                    …vuélvete, Muerte. Y
                                    se volvió, quevediano cadáver casi, para
                                    golpear el gong con su muleta y anunciarse
                                    vulnerable. Miente la Negrona, lo sé, pero
                                    se tambalea para la obertura
                                    del poema garañón que la suspende. La
                                    poesía avisa: Ni su Majestad aguanta
                                    mi embestida. Impongo tu presencia y la
                                    descentro. Cómo debe odiarte la muy
                                    terca. La leche que surtes y derramas
                                    en mi cóncavo nadir, la desespera. La
                                    Muerte sólo puede a quienes beben
                                    de su teta la pócima blanquísima: encendidos
                                    animales que pululan, sobrecargados de
                                    biológicas anécdotas. Pero tu leche es
                                    negra. Mejunje prebiótico, uranio, ideal
                                    para un Proteo demente que pasta en las
                                    honduras, no en las cimas. ¿Con qué
                                    sustancia-hembra me sostienes
                                    locamente increpando a la Señora? No
                                    contestes urgida. Gotea la
                                    respuesta. Viviremos mientras viva la
                                    pregunta. En la pústula mortal del
                                    Universo, sólo se apiñan los amores
                                    doctos. Nosotros no sabemos. No
                                    queremos saber. No cabemos enteros en
                                    el infecto grano. De la nada girovagamos
                                    el tracto nutritivo: Tú manas. Yo bebo, te
                                    poetizo y alzo. Cuántas muertes habremos
                                    evitado. Cuántas veces (negro frente a
                                    negro) abriste las piernas contra las
                                    amígdalas de la Gran Garganta. Cuántas
                                    acodalaste su túnel, derramaste a sus
                                    puertas tus fluidos, polinizaste su
                                    úvula... Adelante. Inunda sin cesar
                                    mis fuentes. Déjame rehacerte
                                    poema. Humedécete. Dame tu milagroso
                                    pezón. Su aureola suplante el óbolo
                                    que raudo validaría el desdentado, el
                                    de los remos de apariencia calma. Mira
                                    cómo se dice mortal la Señorona, cómo
                                    da tumbos, cómo disimula para que
                                    confiemos, cejemos, apartemos la
                                    vista, icemos velas… Cuidado. Sigamos
                                    royendo su mancuerna. Entreguémosle, sólo,
                                    desmemoriada fibra. No sé del todo
                                    qué das, pero sigue. Dame. Deja que lo
                                    vean, por qué no, esos perversos. Que
                                    se masturbe Pan. Que Dioniso se haga
                                    penetrar por un rebaño mutante. Que
                                    Apolo ladee el moño y equivoque las
                                    notas. Que enfríen a Caronte. Que
                                    tiemble el viejo cuervo sobre la ardiente
                                    joroba, ante la sed que persevera, se
                                    demora, en tu manante hoyo.


viernes, 2 de agosto de 2019

RESEÑA SOBRE CUM LAUDE, POR CRISTIÁN GÓMEZ OLIVARES






Si alguien preguntase a una planta cuál es su máxima aspiración en la vida, y ésta pudiera responder, con toda seguridad respondería: «la luz». Obvio, por mucho viento o insecto que pretendan ayudar a polinizarla, por mucha flor que prometa la primavera, por mucha clorofila que de partida se ofrezca, sin luz no hay fotosíntesis, y sin fotosíntesis… Pero si la misma pregunta la hiciéramos a un poeta, tal vez la respuesta no resultase tan previsible, porque dependería de quién fuese el poeta preguntado. Anda que no hay diversidad en la fauna poética… Se me ocurre un rosario de respuestas imaginables: «luz» (sin duda existen poetas-planta) / «oscuridad» (sin duda existen poetas-murciélago) / «editores» / «buenas críticas» / «un grupo al que pertenecer» / «un Ministerio de Cultura que me avale» / «un seudónimo rumboso» / «una cátedra» / «un buen premio» / «jubilación garantizada» / «fama» / «gloria eterna» / «dinero» / «lectores, muchos lectores» / «lectores, buenos lectores»… Incluso alguno, por qué no, pudiera responder preguntando: «¿mi máxima aspiración en la vida...? », y quedarse sin palabras.

Confieso que en determinados momentos de mi carrera literaria pude responder a la pregunta en cuestión con alguna de las respuestas recogidas en el párrafo anterior. Hubiera mentido en cualquier caso, porque los poetas somos seres humanos, y los seres humanos, por mucho que nos pese, jamás sabemos con absoluta certeza lo que queremos. Sin embargo, no sé por qué me siento inclinado a responder esa pregunta aquí y ahora. Retocándola, claro, porque como máxima aspiración vital, la poesía, o cualquier otra cosa que tenga que ver en exclusiva con ella, rimbombaría demasiado, ¿o no? 

Entonces, ante la pregunta: ¿cuál es tu mayor aspiración en el terreno literario?, pensaría en mis posibles agentes “fotosintéticos” y respondería: «que no me abandone la imaginación». Y si el demandante exigiera una respuesta más… digamos concreta o pedestre, entonces diría: «lo que más necesito es llegar algún día a poder leerme con cierta tranquilidad; quiero decir, con la menor autocensura posible; quiero decir, con cierto grado de aceptación». Pero como esa parte de la respuesta, por pedante, pudiera condenarme definitivamente al ostracismo si no fuera matizada; de seguido añadiría, siendo muy sincero: «también necesito ser leído por buenos lectores. Dan igual el dónde, el cuándo y el cuántos, sólo que sean buenos lectores». 

Cum Laude (qué suerte voy teniendo) ha sido ya leído por muy buenos lectores. (¿Lo será en el futuro?). Dos de ellos, Carmen Morán y Cristián Gómez Olivares, han dado noticia pública de su lectura. Carmen, en la presentación del libro en Valladolid; Cristián, en la reseña que ahora comparto con quienes me leen aquí. Ojalá esta reseña también sirva para que a Cum Laude le caiga algún otro buen lector. 

Gracias, Cristián. Gracias de nuevo, Francisco, por editar tan finamente este libro en Lumme Editor.




CUM LAUDE, de Jorge Tamargo (Lumme Editor, Brasil, 2018)



           Jorge Tamargo es un poeta cubano afincado desde hace más de veinte años en Valladolid, España. Forma, por lo tanto, parte de esa diáspora caribeña que ha poblado una larga lista de países donde las y los autores de la isla han entrado en ubérrimo contacto con otras hablas y otras culturas. Creemos que, en buena medida, el libro que ahora comentamos se debe a ese ingreso en una zona de contacto enriquecedora como le ha correspondido a este poeta. 

La poesía de Cum laude honra, de principio a fin, el título de esta entrega: todos los poemas del volumen, recogen el nombre de algún autor de la tradición poética occidental, para darle un aire particular a cada uno de ellos. Este “aire particular” quiere ser una toma, una instantánea de la poética de tales autores, es un intento de replicarla pero ―y este no es un pero menor― sin perder esa identidad que Tamargo sabe darle a sus propios poemas. Combinación difícil, sobra decirlo, aunque nos parece que el autor sale aquí airoso de tal batalla.

Aunque el libro es breve, Tamargo se da maña para cubrir un sector importante de esas figuras canónicas sobre las que él vuelve. Es un viaje, el suyo, peculiar: va desde dos poetas vivos y en plena producción, como son Antonio Gamoneda y José Kozer, hasta un medieval Dante Alighieri, pasando por figuras propias de la vanguardia como César Vallejo y Ezra Pound y otras de los siglos que cubren todo ese arco: Emily Dickinson, Goethe, Quevedo, Fray Luis de León, entre otros. Esta pléyade nos pone en el lugar del que atiende a un largo homenaje, pero también a un (intento de) diálogo. Porque no se trata aquí de un mero listado de personalidades, sino de cómo estas voces siguen cobrando vigencia en la medida en que se las sigue leyendo y, por ende, re-contextualizando. De hecho, el orden en que están dispuestos los poemas, desembocan en una tradición “viva”, por así decirlo, hasta llegar a aquella más fuertemente enraizada en el canon, cubriendo ese diálogo feraz con los muertos que es la verdadera tradición.

Nos quedaríamos cortos, sin embargo, si no nos detuviéramos también en el rol que juegan aquí los diseños gráficos incluidos tanto en la portada como en el interior del libro, especialmente cuando acompañan a, si es que no forman parte de, los poemas mismos. En un texto con el que no estamos del todo de acuerdo, pero que sin embargo vale mucho la pena traer aquí a colación, el mismo Tamargo se explaya en torno a la presencia de estos “dibujos”, a falta de un nombre mejor, al interior de un libro de poesía como el suyo.

Dice allí el autor, para empezar, que todo poema es “visual”, en la medida que para leerlo necesitamos previamente verlo (excepción hecha, claro, de los poemas escritos en Braille). Si esto es así, sus poemas serían propiamente visuales, en tanto que los estamos viendo impresos en la página. Tamargo hace esta salvedad para distanciarse de lo que él estima es la insuficiencia de lo que comúnmente se conoce como poesía visual, ya que, siempre según el autor de Cum laude, lo visual no sería un acicate sino un estorbo para la imaginación, sobre todo cuando va asociada a cualquier tipo de relato. Pese a ello, cuando esta visualidad abunda en lo abstracto y es capaz de impulsar la polisemia y no impedirla, sí estaríamos entonces en un escenario fructífero para este poeta, lo cual justificaría el uso de estas imágenes que acompañan a los poemas de su autoría.

No nos queda sino agregar que, desde nuestra perspectiva, se trata de una feliz reunión, ya que muchos de estos diseños otorgan una nueva lectura, una nueva capa de sentido a los poemas. Y éstos, los más felices de ellos, logran chispazos verbales que son lejos lo mejor de este libro. Porque estamos ante una poesía sumamente acotada: veinticinco textos de diez líneas cada uno, estos homenajes que son también reflexiones en torno al oficio poético encuentran sus mejores momentos en esas imágenes donde lo inesperado de la fricción verbal, la impertinencia predicativa de la que hablara Jean Cohen, logra finalmente concretarse en ese cuerpo extraño que calificamos de poema. A veces se trata de una disyunción ya sea en la lógica o en la sintaxis de esa cadena de significantes y significados que se adentran en lo poético, otras de una escritura alegórica como en el caso del poema que se titula “Fernando Pessoa”. 

Como sea, Cum laude logra en la brevedad de sus páginas reflexionar con agudeza en torno a lo lírico. Aunque sus méritos no se reducen a ello, sería sin embargo suficiente con eso para estar agradecidos por la oportunidad de leer un libro como este.



Cristián Gómez O.







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martes, 9 de julio de 2019

LA HOZ






Pronto (pronto, digo, pero a la vez aclaro que el tiempo en poesía es muy suyo y no acepta acelerones) publicaré un libro llamado Los argumentos del tránsito. Este libro contiene tres poemas de mil versos cada uno: Río, Rueda y Casa.  

A modo de aperitivo, y en tanto el libro va preparándose para la edición, me propongo publicar en este espacio un décimo de cada tercio. Comienzo con el noveno acto (tiene diez) de Río, poema en el que intento construir una metáfora de La Vida entrelazando tres cabos: un río, un poema y una vida concreta. Tres cabos que discurren integrados (espero / quiero creer) en espacio y tiempo, para poner letra y música a uno de los argumentos de mi tránsito: Mario, el pequeño de mis hijos.

Sé que el noveno pliegue de este poema (cien versos de mil) puede dejaros con alguna duda en cuanto a hilo narrativo se refiere. Aun así… Os doy una pequeña clave: Se trata del penúltimo accidente de la referida vida: El río llega a la hoz, un riguroso ajuste que preludia su definitivo (¿definitivo?) desparrame en el mar.  
  



IX



Curvas y paredones. Abra. Hoz. Silencio…
Si el diablo disparara, si su trabuco
tuviera mirilla, fuera ésta. Qué fuerza
la del viejo río para imponerse a la roca,
para propinarle semejante tajo. Qué embrujo
ejerce el salitre sobre el animal,
que aunque reniegue serpea
buscando el ara salada. Para ti sangra
el ombligo de Venus. Su caldo
espesa el agua donde hundes las piernas.
Tus ojos, ahora sí, entre paredes ciclópeas
se ajustan a una vertical purísima: Los unos,
firmes en sus extremos. Los otros,
en espirales cerradas, como recreando
un fuste salomónico alrededor del figurado
mástil. No hay escaque posible cuando se llega
al tojo. El río aún controla su esfínter, pero
sabe que este grave trecho anuncia
el desparrame final. La totora, redorada
en los meandros, pardea. Tu balsa
apenas progresa. Apenas se desvía
del mismísimo eje. Estás solo (siempre
estuviste solo) pero sospechas
que enrocados en esas paredes, o fluyendo
en el agua negruzca, estamos todos (―son
la comparsa de mi soledad, recuerdas)
participando tu silente danza. Lo sospechas
porque en el fondo sabes que este paraje
carecería de sentido sin testigos otros; que el diablo
jamás dispararía sobre una presa, si terceros
no pudieran verlo; que Dios jamás acallaría
su tralla (el silencio también es meridiano)
si no actuara para un público entendido. Y tú
no eres el público. Eres el protagonista.
…Nosotros, quienes aplaudimos
en la primera curva, ahora sosegamos
el espíritu para reconfortarte. Puede
que no tengamos otra cosa, puede que
fuguemos como espectros entre las rocas y
tu memoria, pero no te abandonamos.
…De truchas, ninguna señal. Aquí, ni siquiera
la muerte gesticula. Los salmones
remontan este tramo en procesión
callada. No saltan. No desovarían en él,
está claro, pero tampoco lo harían sin transmitir
a sus huevos, la soberbia gravedad
de estas montañas. Tú, al fin puedes
pensar, imaginar y ver en un único acto. Sólo
el ruido te impedía hacerlo. Tienes los ojos enfermos
de tanta cavilación, pero algo ves. Buscas
al onagro en los cantiles, ramoneando
en la ombliguera. No está. Decides
no imaginarlo (todavía) porque
cae la tarde, decantada en los paredones,
sobre el agua lenta. Esta es la Noche;
ésta: la madura, no la pintona.
Ni la barragana del cielo (o fanal de Dios,
qué más da) alcanza para menguarla. La luz
que emite, azulea. Es un azul ancilar,
metaoscuro. Nada es más negro que lo azul,
cuando repica sobre lo negro para morir
en él. Otoñea en blanco y negro. El blanco,
en la cuenca de tus ojos móviles, sólo.
…La noche, al margen de cualquier divismo,
levanta el penúltimo telón: recrea
el concentrado astral que dio paso
al engrudo lácteo donde la luz, pegajosa,
oscila. (La noche fue un día antes que el día.
La luz seca y limpia, cortesía de tu Luminar,
es una licencia poética que otorga la Negrona
a las estrellas jóvenes). Todo esto lo sabes
ahora; ahora, cuando se detienen
tus cuatro ojos para regalarte
la esencia de su inventario; justo antes
de que suene (―escúchalo) un nuevo trallazo
en las espaldas del cero: Uno. Otro.
Y otro. Y otro... La tralla trae la mañana.
La desnuda para su último baño, que es
el inicial, quizás, en la boca del otero.
La mirilla del diablo agota su diana.
Hasta en la hoz amanece. Entonces
ves al onagro. Sí, ramonea en la ombliguera, y
gira su testa cuando afloran las notas
de tu flauta. La perspectiva embuda
hacia un horizonte terso. Esa es
la horizontal perfecta: una vibrante cuerda
en la base de los farallones. Ya no huye. Encima,
pero sin prisa. ¡EVOHÉ!, ¡EVOHÉ!, gritan
desde una orilla cuando el río se descorcha
finalmente. ¡HURRA!, desde la otra.
No tienes tiempo para detenerte, ahora no,
en voces destempladas. Estás a las puertas
de Getsemaní. Tienes que preparar (acaso
improvisar) la última oración, y debes
repasar los dones que agradecerás.  
No vienen los soldados a buscarte. Vas
con el río a contaminar La Sal. Flor y sangre.
Rojiroja singladura que acaba en
banderilla: ápice de color que pica y parte
sobre la blanca geografía del final.