verso

"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

miércoles, 17 de octubre de 2018

GAMONEDA Y KOZER: DISTINTO Y JUNTO







Esta tarde nos acompañan para leer algunos de sus poemas, dos grandes autores, canos, pero todavía en pleno trance creativo, que han dedicado su vida a la esmerada manipulación de la palabra escrita (y dicha) en español. Antonio es, simplemente, nuestro gran maestro; no necesita presentación en esta plaza. José, por ahora, sólo por ahora, puede que sí. Seré muy breve, porque él sabrá presentarse con solvencia a sí mismo. Digamos que es un vanguardista ecuménico. Un vanguardista nacido en La Habana, que sin embargo produce poesía anclado en la tradición: una pata en Occidente, otra en el Medio Oriente, y la tercera (que a tales dominios llega) en el Lejano Oriente. Añadamos que, como ha pasado con la obra de Antonio, la de José ha sido muy difundida y reconocida, aunque en España todavía tenga camino por recorrer en ambos sentidos. 

Antonio y José nos mostrarán dos pulsiones poéticas disímiles, ambas de muy alta calidad, que puestas en paralelo activan un vasto abanico formal, a la vez que revelan los extremos más conseguidos de nuestra poesía, sus ápices más sugerentes. Dos primeros oficiales en la botica del idioma, eso son estos autores. Dos primeros oficiales en esa botica donde se trabaja con esencias, anécdotas, fórmulas, probetas, reverberos… pero también dos expertos en la lonja (reglamentaria o no) donde se negocia con dudas, intuiciones, fracasos, hallazgos y hasta milagros; lícitos o ilícitos, oreados en mostradores o recluidos en lámparas maravillosas. Dos expertos (ambos con nombre de santo y oficio de pecador) en busca de una moneda de curso legal que tener bajo la lengua cuando arda la pira, y también de un óbolo tramposamente acuñado, capaz de confundir a Caronte cuando resulte inevitable emprender el penúltimo paseo. Óbolo tramposamente acuñado, digo, y por ello de curso alternativo entre los díscolos sacerdotes, magos y creyentes que integran la inmensa minoría

Y como aquí, ahora, no están en su laboratorio, sino en pleno mercado (fijaos que digo mercado, no mercadeo), como deben ensayar ante nosotros el engaño que urdieron contra Caronte en busca de la eternidad, (eternidad suena excesivo y hasta rimbombante, lo reconozco, pero qué menos se puede pretender con esta ocupación tan poco ávida en otros órdenes) no vienen a endosarnos tediosas formulaciones o redacciones, que, por otra parte, son incapaces de producir; sino a encantarnos con sus poemas. No vienen como expertos boticarios, que también, un poco; sino, y sobre todo, como gerifaltes que son en el comercio poético. Debemos aceptar su juego. Estamos aquí para ser encantados, ¿no? Doy por hecho que vinimos a por verdad poética, no a por discursos prosaicos con aires canónicos. Pues bien, estamos ante dos escépticos impenitentes, que sin embargo son reconocidos en territorio hispanohablante como peritos en encantamiento. Si yo no fuera hoy su pregonero, tal vez por pudor callaría lo que diré enseguida; pero me toca dar el pregón, y no me corto, pues creo que siendo consecuente con mi papel, debo proceder con una subjetividad honrada; y por ello os digo que Antonio y José son dos de los mejores poetas vivos de nuestra lengua; esto es, dos de los mejores taumaturgos a que podemos echar mano, si es que hemos decidido entregarnos por un rato a la magia de la poesía dicha / escuchada. No entregarnos romántica o patéticamente, qué va, no nos equivoquemos, ellos sólo trafican con emociones inteligentes; sino avenirnos al río de la única verdad verosímil, que como dijo otro gran poeta, y por ello buen fingidor, va por cauces de mentiras

Que nos encanten. (Estamos fuera de peligro. Su palabra nunca contagia humedades retozonas: ni baba, ni llanto. Sus luces y sombras son secas. Persuaden por tensas, no por laxas). Que deslicen ante nosotros su versión de la verdad, esa leyenda, a través de la poesía: único vector infalible de lo legendario. Hoy presenciaremos un acto más de la obra de siempre, la siempre actualizada y representada, la que más importa; cataremos la corriente (rápida o tarda, según se tercie) de la mejor imagen poética. ¿Seremos capaces de fluir en el trecho a que nos conviden estos maestros? Seguro que sí. Vienen a encantarnos, insisto… cantándonos. Porque, preguntémonos: ¿qué, si no música y canto, es en última instancia la poesía, tenga la letra que tenga? Estamos ante dos creadores, que son, además, virtuosos de la interpretación. Antonio y José leen sus propios poemas como pocos saben hacerlo. Sus obras son muy diferentes, sus puestas en escena también (de ahí el título Distinto y junto que para esta lectura pedimos prestado a fray Luis), pero ambos son intérpretes con mucho oficio. Claro, como es de suponer, no escucharéis reguetón, lo que no será un problema, ¿a que no? Intuyo que no fue la devoción por Su Majestad El Trasero, la que llenó esta sala. Apuesto a que fue la inclinación, finamente dramática, que sentís hacia la buena música y la buena mentira, o sea, hacia la VERDAD con mayúsculas y bien entonada. 

No podremos pagarles como merecen, lo sé. La Organización no dispone de cabras o gallinas… No os riais: Sófocles debió recibir una cabra, o una gallina y una cesta de higos, no estoy del todo seguro (los entendidos en bio-gratificación no se ponen de acuerdo al respecto), cuando ganó su primer concurso en Atenas con un drama titulado Triptólemo. (Qué disgusto debió llevarse la mujer de Esquilo). ¿O fue con Edipo Rey, que el de Colono pudo merecer y recibir tan jugosa recompensa?... En fin, hoy Antonio y José no contentarán a sus chicas: María Ángeles y Guadalupe (a quienes desde aquí saludo y compadezco), entregándoles un bicho que meter en la cazuela. Sin embargo, de nuevo frotarán su lámpara ante un público entendido, entregado; y con éste, su paso por Pucela, tierra acostumbrada al roce con poetas eminentes (propios, avecindados o en tránsito), lograrán, no lo dudo, que su moneda de curso legal alcance mayor valor en los bazares olímpicos, y que su óbolo alternativo, acaso más zurdo / bizco / muengo… precisamente por serlo, siga perfilando el arte para engañar al Barquero. 

Os dejo con ellos. No tengo aquí monedas, ni legales, ni trucadas. Sólo podré aplaudir las evoluciones de los maestros. Y para hacerlo me aparto, porque, como decía el padre de un amigo, que era un sagaz tratante de ganado: un hombre sin dinero es un bulto sospechoso. A lo que sumo: si carece de miedo escénico y se pasa con el parloteo, ipso facto deviene culpable.


lunes, 1 de octubre de 2018

POESÍA Y MÚSICA




Al parecer, desde siempre supimos que los dioses no nos hacen ni puñetero caso si pretendemos llamar su atención con discursos ordinarios; vamos, que pasan olímpicamente de nosotros cuando nos limitamos a conversar o a in-formar la realidad reduciéndola a meros inventario y relato. Puede que desde siempre sospecháramos que les importamos bien poco, si no nada, y por eso insistiéramos en agitar nuestra flaca humanidad cantando y bailando para ellos. Lo cierto es que si atendemos al testimonio de quienes han contactado con grupos humanos que permanecen en estado natural, o sea, al margen de la historia, convendremos en que esta gente cree sobre-vivir porque baila y canta para sus dioses. En tales grupos el jefe, el sacerdote, el mago, el maestro de ceremonia, el director de escena, el coreógrafo, el poeta, el Kantor y el Director Chori Musici, suelen concurrir en un mismo sujeto: el que posee la imaginación más poderosa y contrastada, el más capacitado interlocutor frente a la divinidad. El nombre-compendio que mejor le viene a este ser polivalente es el de Poeta. Y en esta ocasión me interesa enfatizar que el Poeta no es sólo el clavero del imaginario colectivo, sino también, y necesariamente, el responsable de los asuntos relacionados con la música y la danza en el grupo donde vive y oficia.  

La necesidad de dotar a nuestra pulsión vital más pedestre: la biológica, de una otra forma que mereciera ser conocida y reconocida por los dioses, nos hizo artistas, músicos, bailadores… poetas. No bastó que nuestra respiración, nuestra presión sanguínea, nuestro andar, y hasta nuestro fornicio, estuvieran sometidos a un ritmo y un tempo rigurosísimos; no bastó que percibiéramos la realidad bajo el rigor de sus ritmos consonantes, que fuéramos seres intrínsecamente musicales; hizo falta además que lo hiciéramos notar dando forma musical al producto de nuestra imaginación: cantando y bailando cuando pretendiéramos dirigirnos a los dioses para implorar ayuda o clemencia. Si el cazador contaba los accidentes y sus detalles a quienes no habían participado en la partida de caza, el poeta cantaba a los dioses sus plegarias y su gratitud. El cazador podía equivocarse. El poeta no. La imaginación no se equivoca nunca, porque la imaginación no tiene que confrontar una imagen con la realidad objetiva, decía Bachelard.

La poesía y la música fueron uña y carne, carne y uña en el nacimiento del hombre. Y hasta el siglo XIX, que yo sepa, nadie se propuso mutilarlas, enfrentarlas en dirección a un divorcio imposible. Juntas, la poesía y la música llegaron hasta nosotros atravesando vicisitudes matemáticas, geométricas, filosóficas… Juntas, cargaron con la metafísica, el teatro, la mitología, la historia, la teología, la retórica… La poesía y la música fueron hasta hace muy poco, sencillamente, inseparables; sobrevolaron la imaginación y la razón del hombre en sus cumbres más altas. ¿Fue Pitágoras un poeta? ¿Lo fue Heráclito? ¿Lo fue, a su pesar, Platón? ¿Lo fueron Heródoto, Esquilo, Boecio y Ortega…? Sí a todo. ¿Sigue siendo hoy la poesía música y canto? Pues claro, aunque algunos “poetas” novísimos lo ignoren. Qué pena. ¿Serán la reencarnación de la juventud gramaticanda que señalaba Lope? ¿Constituirán la avanzadilla del imago maquinal que nos vocea?

Cada vez con mayor frecuencia, tropiezo con “poemas” pretendidamente a-musicales, anti-musicales, ¿contra-musicales? Y suelo preguntarme entonces: ¿por qué este hombre, o esta mujer, habrá partido su parrafito para generar con ello la ilusión de versos? Si el pasaje hubiera podido resultar correcto, y hasta gracioso, ofrecido en su forma natural, ¿por qué lo habrá tronchado artificiosamente para someterlo a una horma que no le va? Algún motivo que se me escapa (¿se me escapa?), (dejemos al margen la pura ignorancia) empuja a estos “poetas” a presentar sus redacciones en forma de versos. Y lo más triste, lo más peligroso tal vez, es que semejante “innovación” recibe en muchas ocasiones las loas de propios y extraños: legos que no saben tararear una nana, y que pudieran leer el discurso inaugural de un congreso de medicina, como si de un poema se tratara, siempre que así se lo sugiriese un editor con alma de mercader, o un columnista de moda.

Estimados “poetas” (sí, estimados: la mera inclinación hacia la poesía merece estima), no hay vida humana posible si apartada de la música. Ni siquiera pretendiéndolo con el mayor ahínco posible, el hombre puede ir contra natura. Cuando vivimos, somos inevitablemente musicales. Cuando hablamos, hacemos música. Cuando escribimos en prosa, hacemos música. (Hay música en todo, si los hombres quieren oírla: / la tierra es sólo el eco de las esferas. Byron). Pero la poesía, que es canto, es una de las formas más excelsas de concretarla y ofrecerla: una de las formas que sirve para elevar la música, y con ella la imaginación, hasta la cima de lo humano: el lugar donde hacemos gala de la sobrevida y resultamos creadores, donde un poco nos divinizamos. Estimados “poetas”, cuando escribís prosa presentada en “versos”, seguís siendo musicales, por supuesto; sólo que resultáis ridículos: Ni queriendo, podréis apartaros de la música, pero ocurre que la prosa tiene la suya propia, y no puede llevarse a versos sin que el tráfico chirríe. No hay en poesía vanguardia o modernidad que valgan, si no se entiende que ésta es, primero, música; después, música; y por último, muy poco que no sea música. La poesía es canto, no cuento. Ni siquiera la poesía en prosa, o prosa poética, puede limitarse a contar y salir indemne del lance. En poesía, o cantáis o no sois. Da igual lo que cantéis, cómo lo hagáis. Da igual si os hacéis acompañar por una bandurria, una tumbadora o un arpa imaginarios. Insisto, o cantáis o…

¿Pero por qué nos pasa esto? ¿Cuáles son los agentes de la confusión que nos hace llamar poetas a semejantes redactores? Ah, se trata de una historia larga y compleja, creo yo. Ensayaré su resumen para avenirla a este formato. Espero que me perdonéis el trazo grueso.

El intento de racionalizar la música también nos viene de lejos. Ya Pitágoras, en los albores del el siglo V antes de Cristo, descubrió sus fundamentos matemáticos. En esa línea trabajaron después muchos hombres sabios, como Boecio y Guido de Arezzo, por ejemplo. Durante el siglo XIII, la llamada Escuela de Notre Dame en Paris, fijó la notación musical casi como ha llegado a nuestros días. A partir de ese momento, los intentos de llevar la música (reducirla quizás) a esquemas donde la estructura matemática preponderara sobre la mera expresión, se suceden con frecuencia. La música no sólo se compone y se interpreta, también se escribe y se lee. Puede trasmitirse a través de la vista, no sólo del oído: ese sentido tan perturbador y poco fiable. La música monódica, que se sostiene en pie hasta el Bajo Medioevo, cede paulatinamente ante la polifónica, que desde la aparición de los contrapuntistas flamencos en el XV, hasta el último Bach en el XVIII, obtiene logros insuperables en armonía. Y así llegamos a los compositores dodecafónicos del XX, que tomando tales premisas como excusa, convierten la música en algo ajeno al público, en materia gremial: ¿pura razón vertida en notas musicales?

A pesar de todos estos avatares filo-lógicos, la música occidental, que renace en el Medioevo a partir de lo conservado del período tardo clásico, jamás se separa radicalmente del canto hasta el siglo XVIII, y raras veces da la espalda a la danza hasta superada la misma fecha. La música cantada, que persevera desde la prehistoria hasta el cristianismo (liturgias católica, ortodoxa, luterana…) mantiene su fuerza hasta la fecha antedicha, como también lo hace la música que se danza. ¿Qué son la Allemande, la Sarabanda, la Giga, la Ciaccona, la Polonaise… sino danzas más o menos populares que asume como propias la música elaborada? Una parte de la música de Vivaldi fue bailable. También lo fue parte de la de Bach… Es en el XVIII cuando la música se hace cada vez más abstracta y se escinde progresivamente del canto y la danza, respondiendo a lo que algunos ven como el paso de una mentalidad cualitativa a otra cuantitativa, el salto definitivo de la Edad Media a la Moderna. Pero aun en este proceso de abstracción creciente, la música toma de la poesía importantes recursos. Ante las nuevas perspectivas que abrió la notación musical, los más grandes compositores dirigieron la mirada a la retórica, por ejemplo. Mirad cómo lo dice Daniel Basomba:                          

De hecho, la repetición es el recurso generador de forma por excelencia. La repetición del tema o del sujeto configuran el tejido de las formas contrapuntísticas y, en especial, de la fuga. Tal y como define Gallo, la repetitio es el color musical que consiste en la reexposición de un motivo musical ya precedentemente expuesto y no es sino una traslación del color retórico que consiste en la reposición sistemática de la misma palabra, frase o verso. El oído obtiene placer al reconocer lo que le era ya conocido. Así, en un sentido general, parece innegable la relación entre forma musical y discurso retórico. También, a gran escala, la división en partes de la sonata con su exposición, desarrollo y reexposición; o de la fuga, con su exposición, modulaciones del sujeto-respuesta, divertimentos, strettos y coda final, responden a un programa de lógica retórica basado en principios de desarrollo, repetición, concentración temática y conclusión…

La poesía, que había tomado de la música su propio ser, le estaba prestando a ésta algunos de sus recursos formales en un momento crucial. Crucial, porque el aparente (subrayo aparente) distanciamiento entre música y poesía, generaba entonces las bases de lo que hoy podemos reconocer como el intento de producir una música no poética, una poesía no musical. Y detrás de esto (nada es del todo fortuito en el Universo) operaba un proceso, que nacido en el Bajo Medioevo, se colmó en pleno apogeo luterano. Fue el puritanismo protestante lo que empujó a los compositores, primero a los alemanes, luego a los ingleses y a casi todos los del centro y norte de Europa, contra el papismo musical (tan teatral, tan operístico); esto es, al entendimiento de la música como un ejercicio de compromiso sagrado con Dios, muy por encima de cualquier compromiso vulgar con el público.

Pero el puritanismo luterano no sólo obraba en la música abstrayéndola cada vez más, y por ello separándola del canto y de la danza, tan terrenales y corporales ellos; su obsesión por el trabajo, la disciplina, el esfuerzo, el deber, el orden, la justicia, la gravedad y la seriedad, preparaban el terreno para que la ciencia experimental, apoyada en un empirismo integrista, se liara con la insipiente economía de mercado en pos de la nueva Episteme, todavía la nuestra: La Tecnología. Y aquí aparece otra vez la madre del cordero: A la música hecha para el homo tecnológico (¿una simple techne?), que se aparta del encantamiento poético en busca de fenómenos racionales y tangibles, ¿acaso no corresponde una poesía cada vez menos comprometida con la propia música? El siglo XIX, con su escala en el idealismo y el romanticismo, propició un impasse retardante en este sentido, pero, ¿y el XX…? En el XX se dieron las condiciones propicias para que poetas y músicos ahondaran en el cisma. Y en esas andamos. Sospecho.

Aun así, y como dice una conocida frase popular: lo que no puede ser, no puede ser, y además, es imposible. Ni los más anglosajones entre los poetas anglosajones, ni los más anglosajones, ay, entre los poetas latinos, pueden escribir poesía sin cantar, sin hacer música, quiero decir, sin hacer música-música. Quienes escribís prosa en falsos versos, estimados “poetas” (con lo digno que pudiera quedaros el asunto en forma de teletipo o ensayo, según el caso), viváis en Boston o en Santiago de Chile, simplemente no entendéis nada de este negocio, y por eso (qué casualidad) sois los mismos que renegáis alegremente de la imagen, de la retórica (en el más inexacto sentido del término), de la metáfora… Repito: no tenéis ni idea de por qué rompéis vuestros párrafos para presentarlos en forma de versos, porque no sois cantores, porque tenéis alma de periodista o de cuentacuentos. Cuando os asomáis a la poesía, se os hace de noche. La poesía os queda como el manto de un gigante / sobre un ladrón enano. 



domingo, 9 de septiembre de 2018

ARAQUETEARA, MALIKIAN




                                                        Fotografía de Begoña Rivas publicada en El País




Un titular astuto (aunque gramaticalmente mejorable) me llevó a leer en El País la entrevista que hizo Álvaro Corazón a Ara Malikian: Si Mozart hubiera nacido ahora sería músico de rock, rezaba aquello. «¿Cómo…?», me pregunté enseguida. Debí suponer que encontraría lo que encontré, y aun así…

Algo me alejó siempre de los conciertos de Malikian. Mi chica me tentó un par de veces a, y me hice el loco. Ella lo sabe, pero es una bendita, creo que me ha perdonado. Y mira que me gusta complacerla. Y mira que ese hombre luce una sonrisa amable. Y mira que puede ejecutar ¿cuántas?, ¿ocho, diez, doce… quince notas por segundo? Sin embargo, su música no me atrae, incluso me fatiga, me aburre. Ni siquiera la aprecio grabada. Mucho menos intervenida por su forma de presentarla en el escenario. Claro, he visto algunos de sus vídeos. Cómo si no…

Este violinista se nos presenta como una versión oriental del hombre Pan-dionisíaco. Quiero decir: el hombre que vive un perenne jolgorio (Dionisos) en estado natural (Pan). Raro. (Según cuenta él mismo, su base musical no puede ser más apolínea: tiene una amplia formación clásica, léase alemana, puede que también semita, pero en el fondo alemana). Raro, sí, ma non tropo. Porque lo que hace Malikian, es lo que debe hacer cualquiera que pretenda hoy, en primera instancia y por encima de todo, acercarse al gran público tocando el violín como solista. ¿Cuántos conocen, fuera de los circuitos de la música clásica, por ejemplo, a Hilary Hahn; o a Vanesa Mae, que no es precisamente el summum de la ortodoxia? Pregunto más: ¿Cuántos conocen a Anne Sophie Mutter, o a Itzhak Perlman? Y más aún: ¿Cuántos conocen a Samuel Yervinyan, que va en la onda del propio Malikian, si se compara con lo que se conoce a éste último? Pocos, ya os lo digo. Y es que Malikian combina un virtuosismo leve (no por escaso, sino por sobreabundante, poco grave, ligero) con una imagen de iconoclasta empedernido que hace mucha gracia al homus demócrata.       

Se trata de mover emociones primarias, no inteligentes; emociones fáciles de parir y criar, que sean comunes al ingeniero, el toxicómano y el sindicalista. Emociones parecidas a las que se experimentan si se asiste a un concierto de rock, o a una carrera de cien metros planos. Entonces aparece este hombre con ese pelo, esa barba, esos tatuajes, esa ropa… y también esos movimientos exagerados, no siempre bien acompasados con la música (que para bailar hace falta una gracia muy específica), y como si de un deportista de alto nivel se tratara, ejecuta sus piruetas, auditivas y visuales, de manera tal que el ingeniero, el toxicómano y el sindicalista se fundan en un aplauso consentidor, romántico. Romántico por descontrolado y excesivo, por patético… ¿Y por erótico? Quién sabe. Puede que Malikian erotice a los espíritus menos sosegados; esos que ventilan en partidos de fútbol, “botellones” (maratones callejeros donde se consume alcohol, apunto, para los que no estén familiarizados con el lenguaje español en boga) o mítines incendiarios.

La referida entrevista está llena de perlas malikianas. Voy a detenerme en tres, aunque sin obligarme a reproducirlas literalmente:

1. En la música todo es expresión, emoción. / Me encanta Bach.
Bueno, todos estamos llenos de contradicciones. Muy en especial lo están, gracias a Dios, los artistas. Pero coño, ésta es tan grosera, que no puede pasar desapercibida. Vamos, que no cuela. A ver, ¿cómo alguien que se declara amante de Bach, puede decir que en la música todo es expresión, emoción? Como si la idea o el tema, el proyecto, la estructura, el cálculo, la geometría, no formaran parte esencial en la obra del gran maestro alemán. Es como si alguien se declarase fan de Rowan Atkinson (Míster Bean), y a reglón seguido dijese que repudia las interpretaciones con marcado acento histriónico. Bach representa el perfecto equilibrio ratio-sensus. Es decir, su obra es la magnífica resultante de combinar, con talento y maestría: estructura y expresión, orden y elocuencia, cálculo y magia. Bach es criticado por algunos músicos y melómanos, precisamente, por no ser expresionista. Sobre todo parte de sus últimas obras: Las variaciones Goldberg, La ofrenda musical y El arte de la fuga, por ejemplo, están consideradas por muchos (no por mí, quede claro) como música para el ojo, o lo que es o lo mismo: música para ser admirada en la partitura por una minoría de entendidos, no para ser interpretada ante un público ignorante cargado de emotividad. Ese Bach postrero, fue canonizado por los músicos dodecafónicos, en plena cruzada contra el romanticismo, justo por matemático y frío. ¿Cómo puede Malikian exponer esta contradicción de manera tan frívola? Al parecer, a este hombre le gustan igualmente el pan, el chocolate y las especias. Su música es especiada, puede que tenga un toque achocolatado, ¿pero pan? En fin, si ama a Bach, que es ante todo pan, ¿por qué no amasa, en lugar de centrarse en los condimentos?

2. Cuando compongo sólo pienso en el escenario / No me interesa la crítica, sólo la opinión del público.
¿Compositor? Ay, Dios mío, como si no supiéramos los creadores, quienes lo reconocemos abiertamente, y quienes no lo hacen, que cuando más se respeta al público, cuando más se le tiene en cuenta, es cuando se le obvia (pude decir se le huye) en el trance de la creación. No seamos flojos y permisivos con nosotros mismos. A la postre, quien se miente, miente; quien se engaña, engaña. Claro, si lo que se busca es el aplauso de todos o casi todos ya mismo… una chilena concluida en gol, en una final de La Copa del Mundo de Fútbol, ese es el camino. Hace poco leí en Julián Marías: Cada uno de nosotros, allá en el fondo de su alma, sabe quién es. ¿No lo va a saber Malikian? Lo dudo. Lo sabe, seguro. ¿Y acaso es aquello que un público poco dado a la música elaborada, no educado para apreciarla a fondo, quiere que sea? Puede. Allá él. En tal caso, espero que no le extrañe que lo repugnemos, quienes, como yo, buscamos en el arte y los artistas, no un reflejo exacto de nuestro yo más constreñido, sino una proyección de nuestro yo inflamado, imaginante e imaginado hasta lo inalcanzable. Aquí termino con Pound, ese poeta tan democráticamente antidemócrata: La chusma se siente halagada cuando se le dice que su importancia es tan grande, que el solaz de los hombres solitarios, y la más señorial de las artes, fue creada para su esparcimiento. Si donde dice la chusma, me dejasen poner el hombre-masa, lo firmaría sin cautela alguna. Vaya pan tan especiado el de Pound, ese poeta loco, dissonante, ad libitum; y, sin embargo, siempre obbligato. Escucha, Malikian, escucha.

3. Si hay tanta gente aficionada al reguetón, algo tendrá. / Estoy grabando un reguetón:
Sin comentarios.
  
Coda:
No amo especialmente la música de Haydn, ni la de Mozart. Pero suponer que este último hubiese tirado al rock si nacido en el Salzburgo actual, no deja de ser llamativo. En fin, como todo vale cuando de hacerse el gracioso se trata, digo yo que a un Mozart postmoderno, lo imagino componiendo canciones armenias (otomanas) para el violín de Malikian. ¿Qué os parece?

Codetta:
Por cierto, y para resultar definitivamente pedante a los infalibles oídos democráticos de los admiradores de Malikian (no lo disfruto, pero tampoco lo evito si hace falta), añado:

Decía el titular:
Si Mozart hubiera nacido ahora sería músico de rock.

Estas opciones me parecen mejores:
Si Mozart hubiera nacido en esta época, sería músico de rock.
Si Mozart hubiera nacido en esta época, hubiera sido músico de rock.
Si Mozart naciera ahora, fuera músico de rock.
Si Mozart naciera ahora, sería músico de rock.

¿Ves, Malikian? Ni en los titulares periodísticos, la aceptación de una frase por la mayoría, implica excelencia. Y tú detrás del aplauso mayoritario: araqueteara en pleno pantano; con dedos de platino que evaporan peuvecé sobre diapasón y arco.  


Aquí el enlace para leer la citada entrevista:

https://www.jotdown.es/2018/09/ara-malikian-si-mozart-hubiera-nacido-ahora-seria-musico-de-rock/


martes, 24 de julio de 2018

UN PLIEGUE EN LA CONVULSA FIEBRE DE LA VIDA






En este verano tan raro (lo es al menos aquí, en el sureste del cuadrante noroeste), tan raro que ni el huerto consuela lo bastante (pobre, no puede tramitar tanta agua endemoniada) y las tardes se someten a las tormentas con demasiada mansedumbre; en estos días, digo, apenas tengo ganas de escribir. Leo. Leo. Leo… En las entrelineas del verano y de los libros, persigo indicios para el trabajo de fin de año, mientras pienso en un gran amigo que está despidiendo a su madre, un poco mía también.

Por eso no estoy muy activo en este formato. Hoy me lo han dicho. Más bien me han preguntado: «¿Qué pasa, por qué tanto silencio?»

Me asomo brevemente para saludaros, con el sexto acto del poema que escribí a finales de 2016: una metáfora alrededor de la existencia humana, hilada con tres cabos: una vida concreta, un poema y un río. Tres cabos que fluyen (¿anudarán?) al unísono con afán pitagórico: pretenden enlazar el principio con el fin. Casi nada… El acto que os presento sucede en la zona media del camino que traza y recorre lo que podríamos llamar, con Shakespeare, la convulsa fiebre de la vida. Es el que me apetece compartir ahora.
  

VI

Caen el cordero, el caballo. Caes…
La trampa ingeniera se consuma en el embalse.
Un paredón. Sus compuertas abiertas. Y
este ruido, como de moscones (millones de)
que se arremolinaran contra un celaje
cementoso, antes de penetrar, embudados,
su aparente espinilla: el agujero negro. Ruido.
Espuma. Nada, para los ojos meridianos. Nada,
para los satélites, incapaces de orbitarte
en la picada marabunta. Ceguera. Ni barca
ni remos. Dios guarda la tralla y pota
al vacío. La caída, vertiginosa, dura
sin embargo lo que tardarías en dejar atrás
mil puentes mansos. No sólo duele: mata.
Llegarás abajo, otro. Y mientras caes, mientras
mutas anestesiado, invidente, (llámalo
resurrección si quieres regalarte los oídos)
imaginas otra oportunidad de puros
río y paisaje: ―Señor,
enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato… Caes.
Los moscones zumban. Su tónico maremagno
mengua tus sentidos. La saetera de la memoria
vibra cuando los ojos yerran. ―Ah,
el trallazo paterno / el tremedal / la risotada
del picudo que cubre a la silbante víbora /
la primera curva / el primer palenque / el palacio
con su pata-palo / la cuerda / la playa / el rodal /
el estro de las flores; incluso la trucha brincando
hacia la muerte… La memoria filtra
su imaginario. Filtrado lo proyecta, una y otra vez,
sobre la tachada partitura de las chimeneas.
                                                           Tú cayendo…
La artificiosa torrentera
que enciende las bombillas del Éxodo,
puede que apague en ti, Uno, todo lo que sobra en
Unodenosotros. Con suerte rechazarás
el aeroplano, y verás caer las lágrimas
de los ángeles mientras braceas, o, sin más,
te dejas llevar por la corriente
sobre una balsa… Sueñas. Memorizas y
sueñas. Pero en realidad caes. Te deshaces
paredón abajo, en medio de un chorro que suena
como si una millonada de moscones urgidos
pagara el precio de su multitud. Caes.
¿Adónde? (Nunca antes lo hiciste: flotaste /
nadaste / remaste.) No sabes. La vertical, tocada
por el cielo, anclada en… El horcón, el horcón
del palafito hincado en el río. Con qué
firmeza penetraba la pez, (llanto del alerce:
trementina que obtura los sumideros
del cauce) para llegar ¿adónde? El río
tiene bajos. Brota de aguas subterráneas. La caída
no puede ser innúmera. Rebotarás, seguro,
o calarás la apretada negrura hasta volverte
fósil (tizne de falena u olmo) y renacer en pasto
para manatíes. Rebotar o penetrar, pero dejar de
caer en el enorme caño. Acaso enrolarte,
por qué no, en una corriente renovada, resuelta
en cordial perspectiva; que incluya, por qué no,
riberas temperadas, con playas y rodales
donde la trucha boquee bajo una luz asaz
para platear su lomo, medir su cuerpo, su tiempo,
su sino, (todo animal es un fin en sí mismo) y
deje de intimidarte… Llegarás, mas el
aguaje vertical parece eterno. Por momentos
crees saldar algunas deudas. ¿Acaso debes
pagar al río, al paseo, al poema; tu fascinación
por el ingenio pontificio? ¿Acaso debes
pagar a la pata-palo de aquel palacio primero,
tu pronta partida? ¿Acaso el sauce te cobra
su rama: la flauta que tiraste para cantar
el humo de las chimeneas? ¿Acaso
debes redimir los pecados de tu estirpe,
que cometiste y gozaste, Unodenosotros,
en obra y sueño? ―Ah, haber imaginado
sobrevolar el río, lejos de la pez y la trucha;
seco, bien vestido, con la visión total
de su curso, barriendo de tus lunetas
las lágrimas de los ángeles, para que vertieran
amargura en cauces otros. ¿Acaso debes
pagar tu impulso, entre dócil y tropero?
…La respuesta a todas tus preguntas,
el impacto. La chorrera te expulsa
finalmente. Poco a poco recobras
los sentidos: torbellino / fango / noche /
luces. Luces que alfombran, escalan y
coronan las colinas. Luces. Luces. Demasiadas
tal vez para alguien que sale de un apagón
perceptivo, sin una sola respuesta para
consolarse… Miras atrás: Nada. La enorme
pared que bajaste, desaparece. Luces y
más luces para decorar la noche que madura;
para competir con el dosel astral que sólo techa
los ríos párvulos. ―¿Y la barragana del cielo?
El coro de luces la apabulla. Bombillas nutridas
por el vómito de Dios, tan brillantes y
biliares… tan cándidas como potrancas
que fuesen al matadero trotando,
con las crines perfumadas.


lunes, 28 de mayo de 2018

CUIDADO, PROTEO, QUE TE DISPARAN





Hace unos días alguien me increpó porque (según dijo) estoy cambiando demasiado para su gusto. No se refería, quede claro, a las arrugas, las canas, los juanetes o las lorzas. La amonestación aludía a cambios ¿más graves? Y no llegó subida, sin más, a la lengua alegre del increpante. No surgió de una simple percepción suya de magnitudes o signos físicos. Surgió de otro sitio: quizás de la caverna donde apenas una vela da curso a la sombra, a través de los ojos de quien, cómodamente instalado en su fondo, mira, remira, y vea lo que vea, increpa.

Pero, ¿estoy cambiando? ¡Sí, lo hago!

Mi padre, que como es lógico tuvo que improvisar con sus tres hijos, por desconocer un arte para el que no existe posible manual o vademécum; cuando éramos adolescentes nos instaba a conseguir una ética, una moral, una vestimenta, un corte de pelo y hasta una firma, que confluyeran para esculpir en piedra una personalidad redonda, propia, inmutable. Cualquier gesto que insinuara verruga en aquella esfera ideal, que se suponía debíamos tener cincelada y pulida a los quince años, cualquiera, insisto, por pequeño o liviano que fuese, le parecía una peligrosa excentricidad: ―Quienes se cambian el peinado con frecuencia, decía, o quienes se cambian el corte del bigote día sí y día no, buscándose con afán ante el espejo, demuestran que no están seguros de sí mismos, que andan perdidos tras su sombra. Yo tenía quince, él cuarenta. Qué joven era. Qué joven es. (―Viejo, ¡qué jóvenes sois los muertos!)… El caso es que nunca asimilé aquella máxima del bueno de mi padre. Al menos nunca la asimilé lo bastante como para pretender concluirme tan temprano a golpe de seguridades pétreas. De la adolescencia conservo… No sé, puede que la firma (vaya suerte que tienen los grafólogos forenses, río…) y los amores, algunos amores importantes. (―Viejo, todavía te amo, ya ves, a pesar de ser ese otro que no llegaste a conocer, ¿especialmente por serlo?). Ay, de aquella época, qué buenos amigos tengo…

En fin, cambio. Y no sólo cambio porque me dejo llevar, qué va. La verdad es que huyo de mí. (…huye, que sólo aquel que huye escapa. Fray Luis). Huyo de ese yo-carcelero que puja por definirme y acotarme: por reducirme a un escueto molde. Huyo aferrado a una sola cosa: el amor; que también cambia, claro (no es una invariante, ¿algo lo es?), pero que intento meter siempre entre los factores de mi fórmula, a la izquierda del ondulante signo de aproximación que prologa el resultado inexacto, tercamente provisional.

Cada persona que conozco y trato a fondo, cada experiencia que vivo, cada obra de arte que veo o escucho, cada libro que leo, me cambian. ¿Qué sentido y qué interés tendría lo contrario? No es que los potentes estímulos que me circundan actúen barriendo mi personalidad, no, es que según sea su signo, pueden llegar a nombrar dictador eventual a uno u otro entre los integrantes de mi íntima asamblea, modificando por un tiempo equis, la dominante psíquica de esta última. Tengo un libro inédito (Los colores de Psique) donde abordo esto. Somos la mezcla inestable de un montón de sujetos psicológicos, en la que, con un poco de suerte, se suceden constantes cambios, y con otro poco, nunca queda fuera de juego el amante. ¿Acaso puedo ser el mismo, cuando en mi convención psicológica manda el poeta, y cuando lo hace, digamos, el juez? No.

Hay continuos cambios de liderazgo en mi parlamento interno, pero también el parlamento en su total complejidad se mueve, porque algunas de sus unidades van perdiendo fuerza, mientras que otras la van ganando. No se producen y atienden iguales reglas en un hemiciclo donde, por ejemplo, el vividor está siempre somnoliento, y en otro donde ese liante opera, como se dice en mi tierra: suelto y sin vacunar. Cuando un grupo de asamblearios decae en favor de otro que puja, la asamblea no sólo rota con relación a su eje, batiendo a sus integrantes, también se traslada con relación a las almas y los espíritus ajenos. Esos movimientos más bruscos, que son los más llamativos, en mí responden casi siempre a experiencias vitales e intelectuales de cierta intensidad.

A ver, ¿para qué sirve un libro, si no cambia al lector en algún sentido? Para entretenerlo, sólo para eso. Y no está mal, claro que no, pero los grandes libros no se limitan a entretener; entretienen y además penetran el cónclave psíquico del lector como un tornado, tumbando a quienes, por pereza o por miedo, contestan la metamorfosis en ciernes. Sólo leo ese tipo de libros, y cada vez que termino uno, siento que salgo de mí (la felicidad es estar fuera de sí, Erasmo) para regresar después a otro más complejo, ¿más pleno? Lo mismo me pasa cuando veo una gran obra de arte, y, sobre todo, cuando trato a una persona con aptitudes notables: a mí me hacen cambiar especialmente los inteligentes, los talentosos y los benévolos, pero también los hijos de puta, que me adiestran para sortear el dolor, y para aguantar el que resulte inevitable.

La vida es (o debía ser) un continuo prepararse para su final. ¿Y cómo podríamos ir preparándonos en tal sentido, si nos aferramos a los patrones de comportamiento que adquirimos en sus albores? ¿Cómo podríamos vivir sin fluctuar en la corriente, sin rotar y trasladarnos para acomodar nuestro propio mejunje psíquico a los avatares del tiempo: de ese pequeño segmento de tiempo, quiero decir, en que nuestro continente biológico hospeda a su proteica inquilina? ¿Cómo vivir petrificados frente al tentador vilo? No, me niego al inmovilismo. Planifico mi coherencia (¿la planifico?) desde la vida misma: Cambio, claro que cambio. Cambio porque vivo. Y cambiaré mientras vaya, como diría Juan Ramón: solo y otro al amor grande: / a la obra, al desnudo y a la muerte.

Cambio, cambio, cambio… Tanto, que si no me equivoco, ya no soy el mismo que comenzó a escribir esta nota. Quien se alarme por ello, no debió leerla. Lo siento.



lunes, 30 de abril de 2018

LOS TREINTA Y NUEVE PELDAÑOS DE BARUQUE






Tenían los atenienses necesidad de escoger entre dos arquitectos para construir un gran edificio; el primero de ellos, más arrogante, se presentó con un pomposo discurso premeditado sobre el asunto en cuestión, y se procuró con él los aplausos del pueblo; mas el segundo remató su oración en tres palabras, diciendo: Señores atenienses; todo lo que éste ha dicho, lo haré yo.

                           Anécdota leída en Montaigne



Acababa de leer (o releer, según el caso) todo Camões; y, os lo juro, acababa de repasar a Brossa, cuando cayó en mis manos (gracias, César) Treinta y nueve peldaños, de Javier Hernández Baruque. Aquí la rara y feliz coincidencia es que, tanto Camões como Brossa, esos dos vanguardistas ignífugos, utilizaron la sextina en sus respectivas obras; y que esta escalera de Javier también se sube a un ritmo-sexto, con un toque-tercio intercalado donde corresponde. Sextinas, ahí está, con dos cojones (perdonadme, por favor, el entusiasmo con la consecuente relajación de las formas), amén lo que puedan opinar quienes jamás sextearían, pero sestean al margen de la poesía, mal parapetados en la supuesta vanguardia. Sí, lo confieso, lo primero que me vino a la mente fue la variante quijotesca de la empresa. Quijotesca, quiero decir, en el sentido en que lo apunta Ortega, que achaca al Loco de La Mancha, y a todos sus paisanos: nosotros, una inclinación poco racional hacia la hazaña. La hazaña por la hazaña misma, por lo lucida que nos resulta, vamos… Imaginemos a Javier en el umbral del esfuerzo: «¿Sextinas? ¿Por qué? ¿Para qué? Pues porque nadie lo hace, porque tengo que demostrar (me) que puedo escribirlas sin que me venza el formato. Para eso. ¿Qué más hace falta…?» Ya, pero no… 

La vertiente quijotesca del asunto (no niego que pueda existir en alguna medida, Javier también es hispano) es aquí anecdótica, porque la poesía aparece o no (que es muy suya la Doña) donde le da la reverenda gana, y no anda pendiente de imposiciones o sugerencias métricas. La sextina, como cualquier otra plantilla clásica (¿clásica?), no quita ni garantiza nada. Es cierto que, para bien y para mal, pre-fija cierta música, pero hasta ahí. A esa música, nacida en origen para cantar al amor cortés en el Medioevo, hay que ponerle letra contemporánea, ¿existencial, postmoderna…? Casi nada. Además, tanto la letra como la música son, en poesía, agentes de la sustancia y la forma; agentes (permitidme ahora un paralelo con el vino) que se ahogan en el mosto, que jamás resuelven y corren el peligro de terminar en meros pacientes, si no aparece a tiempo el bicho; esto es, la levadura; sí, Ella, la imagen poética. Entonces la pregunta pertinente sería: en quintillas, redondillas o décimas; en sextinas, sonetos u octavas reales; en verso blanco, libre, avenido a la prosa; o en cualquier otra forma imaginable en que se puedan ripiar o putear los versos, ¿estamos ante mosto, vinagre o vino? 

Hay que ser valiente para escribir en endecasílabos hoy día. Javier, que creció en un pueblo de Valladolid, seguro que pastoreando lana de nube entre ovejas churras y castellanas, por raro que parezca debió mamar leche de tigre; pero ahí no está la clave. La clave está en que es un poeta hecho y derecho. Sencillamente es capaz de producir imagen poética y hacerla aterrizar en el poema. Javier es valiente porque puede serlo. La sextina le garantiza (y exige) una determinada música, pero a él eso no le basta. Podía (¿debía?) bastar a otros que no saben por qué rompen los párrafos para crear una falsa ilusión de versos, pero a Javier no. Él entiende, claro está, que la poesía es, sobre todo, música; pero también entiende que no es su rama matemática (ritmo / tempo) la que hace danzar a los espíritus más refinados. En poesía, ni la marimba o la pandereta, ni la lira o la bandurria producen por sí mismas más que color. Y el color está muy bien, por supuesto, pero no es bastante. Como dejé caer en un poema que escribí hace poco para celebrar la obra del poeta José Kozer, no es el “pi” seco de los números, sino el pío resonante de la imagen, lo que nos hace danzar (¿temblar?) en el mejor sentido posible. 

Así que lo de la sextina me la trae al pairo. En este libro hay poesía, buena poesía. Hablamos de vino, no de mosto o de vinagre. Este libro está hecho. Este poeta está hecho. Ambos están, además, en su punto. Aquí no tengo que quejarme con Lope: siempre mañana y nunca mañanamos. Aquí puedo decir con Juan Ramón: ¡Con qué segura frente / se piensa lo sentido! ¿Y hay que pensar este libro? No, por Dios. El pensamiento ciega, ya lo sabemos; y más aún en poesía. Yo lo leí de punta a cabo muy a gusto, como lector, no como autor o crítico. Sólo en una segunda lectura, lo estudié un poco para poder invitaros a él con el ánimo relativamente templado. Encontré por ahí alguna sílaba de más; pero como después encontré también alguna de menos, decidí dar el asunto por resuelto. Eso sí, topé con muchos versos de primera línea. Con qué tranquilidad os invito a leer este libro. 

En un magnífico verso de cierta estirpe vallejiana, nuestro poeta dice: ¡Estrellas, recogedme, que me caigo! Primero me conmuevo. Luego sonrío… No te entregues tan pronto, Javier. De este libro no te caerás, te lo aseguro. Ni temas a la mar ni esperes puerto (otra vez, Lope), ¿pero caerte…? No, desde luego, de semejante escalera. Espero los próximos peldaños con una sana expectativa de placer. Aliento a mi amigo César (editor de Difácil) a seguir demostrando (esa) puntería. Y para que así conste, lo firmo hoy, a treinta de noticia y regocijo, objetando lo callado por otros, aquel veinte de bochorno y de silencio.

Iba a seguir el hilo de la anécdota que os conté al inicio, pero no creo que haga falta decir mucho más. Imaginemos que el edificio lo construyó el segundo arquitecto; y, justo por eso, andando el tiempo nos enteramos.

  

lunes, 9 de abril de 2018

VALLARNA. MÚSICA Y GOCE






  
El goce embrutece, dijo Fausto a Mefistófeles, rematando un arranque apolíneo contra el hedonismo de los gobernantes. Embrutecerá, no digo que no, pero…



Ayer gocé sin miedo a embrutecer, sin pensar en ello un instante. Lo hice como la vez que comí tierra con una vieja cuchara de alpaca (dizque tenía dos añitos, pobre) convencido de que era chocolate; porque al margen de lo que dijera mi madre (qué bronca me cayó, Dios), aquella tierra sabía mejor, os lo aseguro, que cualquiera de sus posibles frutos o sucedáneos… Ayer gocé sin paliativos inteligentes, a lo alto, ancho y largo del descuido, durante el concierto que ofreció Vallarna en la sede pucelana del Teatro Corsario.

En una salita apretada y llena hasta las trancas, a una hora inmisericorde, por cierto, (la decimotercera del domingo) Vallarna reunió a más de ciento veinte gozadores alrededor de su música. ¿Folclórica? Música popular castellana, que justamente por serlo con veracidad y hondura, no teme introducir su cuchara de plata en el tiempo áureo: el presente, y en el espacio óptimo: todas las tierras afines. ¿Y esto cómo se come? Pues como si fuera chocolate, claro, con la fe del gozador por bandera.

Vallarna sabe que ancha es Castilla, pero asimismo sabe que sus fronteras musicales ni comienzan ni acaban en ella, y para abonarlas con tierra fértil, la van a buscar (también) allende. Tiran sobre todo al norte, es cierto, pero no sólo; con más o menos apetito, trastean en los cuatro puntos cardinales. Así que a la música popular castellana, que ya reúne y resuelve sonidos provenientes de desiertos y landas, valles y páramos, cuevas y picos, eventos civiles, bárbaros y salvajes; Vallarna la sonsaca con versiones que mezclan su meollo con aires en apariencia foráneos: rondas, jotas, coplas y charradas, con muñeiras, polcas, boleros, habaneras y pregones. Sí, por raro que parezca, incluso el bolero, la habanera y el pregón se cuelan aquí por rendijas pícaras o sensuales. Escuchen con atención, por ejemplo, El carretero, de su disco Pimentón puro, que fue el presentado en el concierto de ayer, y contradíganme después… si pueden. Insisto, los chicos de Vallarna meten muchos y varios ingredientes en su receta para la llamada música tradicional; y aunque casi siempre predomina el toque celta (bretón, irlandés, escocés, gallego, astur), lo administran muy atentos al presente y apuntando al futuro. Por eso la música celta, pasando por Castilla, cómo no, mezclándose con rondas y jotas, cómo no, también con este grupo completa su viaje: bluegrass, country, rocanrol, rock… Sí, todo eso. Escuchen, por ejemplo, Charrada de Alaraz, del referido disco, y contradíganme después… si pueden.

Lo cierto es que cualquiera que sea la diversidad de hierbas de que se componga, el conjunto se comprende siempre bajo el nombre de ensalada. (Montaigne). Y la ensalada de Vallarna, amén la amalgama de acentos, y sin ninguna duda, resulta castellana. ¿Tiene sentido este afán por la actualización de lo propio, en un entorno globalizado que coquetea con un futuro maquinal? Tal vez no lo tuviese si resultase aburrido. Pero los gozadores convocados ayer, que teníamos entre uno y ochenta años, podemos asegurar lo contrario. Salimos de la sala felizmente embrutecidos. Y mientras haya brutos contentos como nosotros, hay esperanzas.

Gracias, Carlos, Jesús, Javier, Arturo. Os deseo un éxito rotundo dondequiera que repartáis semejante goce. Éxito musical. ¿Y económico? También, por supuesto. Aunque debéis tener en cuenta que sólo el mercader acaricia sus telas y recibe lo esperado. (Lezama). Que vuestra música siga embruteciendo a quienes gozamos apegados a nuestro ser-humano. Porque embrutecer a las máquinas (ay, no me pidas, cariño mío, lo que no te puedo dar) es imposible, por muy bien pagado que resulte el intento. Las máquinas nunca comerían tierra por chocolate. Porque no les sabría a nada en cualquier caso, y porque antes de lanzarse filtrarían y pesarían el grano con un talante fáustico. Seguid alegrando el oído a Mefistófeles. Que por lo menos haya música veraz y divertida en los caminos que no puede arrasar, para los gozadores que embrutecen sin complejos, la pisada universal de la miseria.


jueves, 29 de marzo de 2018

LA BABILONIA DEL HUDSON





  
                                    Para Leo y Bea



…no puede decirse que las cosas son hermosas o feas, ni que están ordenadas o confundidas, a no ser en relación con nuestra imaginación.             
                                                                                                         Spinoza

…la imaginación comienza por mirar a los sentidos para ver y representarse las formas; pero pronto los deja para examinar todo lo sensible mediante un conocimiento que no procede de los sentidos, sino de la propia imaginación.
                                                                                                          Boecio



Las citas que encabezan esta breve reseña son un parapeto. Hablaré de Nueva York, y quiero tener (dejar) claro, que lo hago como curioso, o como padre agradecido, no como arquitecto… ni como escritor. Es cierto (ahora parafraseo a Innerarity) que resulta imposible escribir nada sin que todo se entrometa; que ni siquiera una anécdota es el resultado exacto de una acción o reacción determinada, sino también, y puede que especialmente, de la historia que la sustenta y mece; pero intentaré que sea mi imaginación, y no mi aparato razonante, quien me guíe a través del montón de formas que dejó en mis sentidos aquella extraordinaria ciudad.

Ni las incontables imágenes que me hicieron tragar durante años y años en conferencias, libros, revistas, películas, obras de teatro, fotos o diapositivas; ni el entusiasmo de los amigos que la visitaron o vivieron antes; ni siquiera los poemas de Lorca, Juan Ramón o Hierro, lograron que me decidiera a viajar a Nueva York. Muchos otros lugares me reclamaban con más hondura o salero, según el caso. Y tal vez no hubiese ido nunca, lo confieso, si afectos impostergables no me hubiesen urgido a hacerlo. 

Nueva York es una gran ciudad europea, pero sin una gran historia detrás que la proyecte y acote al mismo tiempo. ¿Una ventaja? Sobre todo Manhattan, que fue lo que pateé con cierta disciplina, tiene una planta baja reconocible para cualquiera que haya experimentado el urbanismo grecolatino, en alguna de las múltiples versiones con que desembarcó en el XIX de la mano del neoclasicismo, la revolución industrial, el modelo de ciudad que ésta trajo consigo, y su contestación en los llamados Ensanches y en la ciudad ajardinada; esto es: importantes ejes urbanos, plazas, parques, grandes aceras, comercios, comercios, comercios, bares, cafeterías, restaurantes, terrazas; vestíbulos de hoteles, cines, museos, teatros, edificios administrativos, académicos… Además de su planta baja, la ciudad tiene un sótano dedicado sobre todo al transporte urbano, como tantas otras ciudades en Europa, y un nivel superior eminentemente residencial y oficinesco. Hasta aquí sin grandes novedades. Si a esto le sumamos el río, su delta o estuario, y el mar; seguimos moviéndonos en una ciudad europea del XIX casi canónica; una vez disculpada, claro, la ausencia de un centro histórico anclado en el Medioevo o en La Antigüedad. ¿Y entonces?

Lo primero que hace a Nueva York especial, y puede que única dentro de las ciudades con claro ascendente europeo, es la suma cantidad. ¿De qué? De todo. Cantidad que en sí misma indica cierta inclinación a lo bárbaro, incluso a lo salvaje (los adjetivos de magnitud huelen a barbarie. Pound); y que se manifiesta en su escala general, en la extensión, en la altura de su meollo, en el variopinto catálogo de formas arquitectónicas, en la diversidad geométrica de su skyline (silueta que contrasta con la bóveda celeste, y que en este caso funciona como una montaña rusa, muy rusa), en su carácter cosmopolita (número de razas y etnias que la habitan y/o visitan) etc. Lo segundo que la caracteriza y distingue es sin duda la velocidad. Velocidad de los medios de transporte, de la gente que corre, trabaja, usa los servicios urbanos o pasea; de los turistas, de los mensajes publicitarios, de los servicios en bares y restaurantes, de los recorridos en los museos… Cantidad y velocidad: Lo mucho moviéndose a un ritmo trepidante. Eso es lo que hace de Nueva York una ciudad distinta. La saca del mazo en que están acomodadas las grandes ciudades europeas y la sitúa en un aparte ¿fundacional?

Dice Baricco que en la historia de los mamíferos, el delfín es un excéntrico. En la de los peces, un padre fundador. ¿Es Nueva York, más que una derivada rara, el germen de una ciudad-otra, donde mudaremos la piel por última vez y emergeremos, no como seres humanos, sino como entes de inteligencia artificial? ¿Podrá mover la inteligencia artificial tanta extensión y tanta masa a una velocidad cuántica? ¿O quedará la ciudad como vestigio de la muda definitiva, como piedra donde la serpiente se rascó por última vez, antes de quedar expuesta del todo y comerse su propia manzana? 

Según Heródoto, Babilonia tenía, antes de ser conquistada por Ciro, unos quinientos ochenta kilómetros cuadrados de superficie. (Qué barbaridad. No acabo de creérmelo). Pero, ¿tendría un promedio de tres o cuatro metros de altura? Según Google, Nueva York tiene hoy unos ochocientos kilómetros cuadrados de superficie; pero, ¿con unos veinte metros de altura como promedio? Nueva York debe pesar siete veces lo que pesaba Babilonia. Puede que el peso psicológico que tuvo y tiene una y otra urbe frente a sus respectivos habitantes, no resulte tan dispar, porque en un caso todo estaba construido con barro, cocido o no; y en el otro hay mucho vidrio por medio. Pero en lo que Nueva York gana de calle a Babilonia, seguro, es en la velocidad. La velocidad física (rotación y traslación) arrastrada de la Tierra, es una para ambos casos, pero la psicológica no. Nueva York se mueve a una velocidad psicológica muy superior a la velocidad del mismo tipo con que debió moverse Babilonia. Y en esto el vidrio y la altura son agravantes, no atenuantes. Es decir, que si los babilonios podían vivir en una suerte de batea atada al fondo del Eufrates; los neoyorquinos viven en una coctelera hiperactiva que muy poco tiene que ver con las corrientes caseras del Hudson.        

Los turistas y los paisanos no se mueven en Nueva York como conejuelos, que, el viento consultado, salen retozando a pisar flores (Góngora), se mueven como cubos de hielo, o bolitas de fuego, según se tercie, disparados sin cesar contra las paredes de un recipiente accidentado, complejo. El ápice de ese remolino lo experimenté en Times Square. ¿Una plaza? Bueno, aceptemos que sea una plaza, ensanchemos el concepto plaza hasta que quepa en él un sitio donde se reúnen muchas personas para ser batidos. Batidos y batidos, quiero decir: zarandeados y vencidos. Hablamos de una plaza cuyo espacio es inapresable a causa del baile frenético que, los usuarios y los elementos determinantes del recinto, todos a una y en el mismo maremágnum, ejecutan sin cesar al son de un tempo inmisericorde. En Times Square el barman que agita la coctelera tiene línea directa con el diablo. Todos debíamos experimentar eso al menos una vez en la vida. No soporté más de cinco minutos. Me sacaron de allí directo al Lincoln Center. Sí, por suerte Manhattan también tiene sus oasis calmos. Lincoln Center es uno de ellos, y también lo son algunos de los parques ribereños, y el Parque Central más recóndito, donde único es creíble que obre el polen sin espantarse.

El espacio y el tiempo en Manhattan no están segmentados y determinados como en Europa, por más que New York sea, en esencia, una ciudad europea. El espacio y el tiempo allí no se tejen y arrumban de la misma forma. Debe ser la velocidad con que se mueve lo mucho, y la verticalidad extrema, presente o acechante, que generan un movimiento en continua espiral muy difícil de cazar. Si realmente el movimiento es la síntesis del espacio (tesis) y del tiempo (antítesis), y esa síntesis resulta huidiza… ¿O será todo un simple espectáculo? Está claro que se trata de una ciudad efectista, como también lo fue Babilonia. Y ya se sabe que el efectismo, que es un síntoma inequívoco (aunque no exclusivo) de nuestro tiempo decadente, se alimenta a sí mismo sin parar. Ya lo hacía en pleno Siglo de las Luces, imaginemos ahora. Decía Goethe: [los antiguos] representaban la existencia, y nosotros el efecto; ellos pintaban lo terrible, nosotros pintamos terriblemente; ellos lo agradable, nosotros agradablemente…; de donde se deriva toda la exageración, todo el amaneramiento, toda la falsa gracia, toda la timidez; porque cuando se trabaja el efecto, y sólo el efecto, nunca se cree que se le hace sentir bastante. ¿Qué opinan de esto y sobre Nueva York, quienes la conocen, quienes todavía sólo la imaginan?      

El efectismo de Nueva York puede desembocar también en cierto escapismo. Tal vez no para sus habitantes, pero sí para los turistas. Por eso la próxima vez que la visite llevaré pipa y lupa. Dejaré de mirar hacia arriba y me centraré en el trasiego bajero. Tengo que determinar, por ejemplo, su sexo. ¿Qué sexo tiene esta ciudad? Moscú, ya sabemos, es un señor obeso de unos ochenta años, que vive con sus hermanas solteronas. Lisboa es una señora de apariencia melancólica, pero de intimidad portentosa, que tiene unos cuarenta años y es pretendida por jóvenes maduros. ¿Y Nueva York? ¿Quiénes podrían conocer mejor su sexo, su edad exacta, sus sueños?: ¿quienes limpian las estaciones del Metro, o quienes limpian las paredes-cortina de los rascacielos? ¿Las crías de Godzilla o las de Spiderman?

En cualquier caso, hay que ir. Ya lo dije a varios escépticos. Hay que ir sin prejuicios ni fáciles encantamientos a la mano. Es una ciudad que merece ser visitada. ¿Y vivida? Mmm, no lo sé… ¿Ciudad de ciudades? Mmm, no lo sé… ¡La más íntima naturaleza de todo grano quiere decir trigo, de todo metal oro, de todo nacimiento el hombre! (Eckart). Y de toda ciudad _______________. A ver quién es el valiente (o la valienta, aclaro, no vaya a ser que me regañen por tendencioso) que se atreve a poner en el espacio vacío un nombre que no contenga pura sal mediterránea: sal de su agua centrípeta, digamos por ejemplo Atenas; sal de su agua efluente, digamos por ejemplo La Habana; o sal de su aire unánime, digamos, sin remedio, Nefelococigia.