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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

domingo, 9 de septiembre de 2018

ARAQUETEARA, MALIKIAN




                                                        Fotografía de Begoña Rivas publicada en El País




Un titular astuto (aunque gramaticalmente mejorable) me llevó a leer en El País la entrevista que hizo Álvaro Corazón a Ara Malikian: Si Mozart hubiera nacido ahora sería músico de rock, rezaba aquello. «¿Cómo…?», me pregunté enseguida. Debí suponer que encontraría lo que encontré, y aun así…

Algo me alejó siempre de los conciertos de Malikian. Mi chica me tentó un par de veces a, y me hice el loco. Ella lo sabe, pero es una bendita, creo que me ha perdonado. Y mira que me gusta complacerla. Y mira que ese hombre luce una sonrisa amable. Y mira que puede ejecutar ¿cuántas?, ¿ocho, diez, doce… quince notas por segundo? Sin embargo, su música no me atrae, incluso me fatiga, me aburre. Ni siquiera la aprecio grabada. Mucho menos intervenida por su forma de presentarla en el escenario. Claro, he visto algunos de sus vídeos. Cómo si no…

Este violinista se nos presenta como una versión oriental del hombre Pan-dionisíaco. Quiero decir: el hombre que vive un perenne jolgorio (Dionisos) en estado natural (Pan). Raro. (Según cuenta él mismo, su base musical no puede ser más apolínea: tiene una amplia formación clásica, léase alemana, puede que también semita, pero en el fondo alemana). Raro, sí, ma non tropo. Porque lo que hace Malikian, es lo que debe hacer cualquiera que pretenda hoy, en primera instancia y por encima de todo, acercarse al gran público tocando el violín como solista. ¿Cuántos conocen, fuera de los circuitos de la música clásica, por ejemplo, a Hilary Hahn; o a Vanesa Mae, que no es precisamente el summum de la ortodoxia? Pregunto más: ¿Cuántos conocen a Anne Sophie Mutter, o a Itzhak Perlman? Y más aún: ¿Cuántos conocen a Samuel Yervinyan, que va en la onda del propio Malikian, si se compara con lo que se conoce a éste último? Pocos, ya os lo digo. Y es que Malikian combina un virtuosismo leve (no por escaso, sino por sobreabundante, poco grave, ligero) con una imagen de iconoclasta empedernido que hace mucha gracia al homus demócrata.       

Se trata de mover emociones primarias, no inteligentes; emociones fáciles de parir y criar, que sean comunes al ingeniero, el toxicómano y el sindicalista. Emociones parecidas a las que se experimentan si se asiste a un concierto de rock, o a una carrera de cien metros planos. Entonces aparece este hombre con ese pelo, esa barba, esos tatuajes, esa ropa… y también esos movimientos exagerados, no siempre bien acompasados con la música (que para bailar hace falta una gracia muy específica), y como si de un deportista de alto nivel se tratara, ejecuta sus piruetas, auditivas y visuales, de manera tal que el ingeniero, el toxicómano y el sindicalista se fundan en un aplauso consentidor, romántico. Romántico por descontrolado y excesivo, por patético… ¿Y por erótico? Quién sabe. Puede que Malikian erotice a los espíritus menos sosegados; esos que ventilan en partidos de fútbol, “botellones” (maratones callejeros donde se consume alcohol, apunto, para los que no estén familiarizados con el lenguaje español en boga) o mítines incendiarios.

La referida entrevista está llena de perlas malikianas. Voy a detenerme en tres, aunque sin obligarme a reproducirlas literalmente:

1. En la música todo es expresión, emoción. / Me encanta Bach.
Bueno, todos estamos llenos de contradicciones. Muy en especial lo están, gracias a Dios, los artistas. Pero coño, ésta es tan grosera, que no puede pasar desapercibida. Vamos, que no cuela. A ver, ¿cómo alguien que se declara amante de Bach, puede decir que en la música todo es expresión, emoción? Como si la idea o el tema, el proyecto, la estructura, el cálculo, la geometría, no formaran parte esencial en la obra del gran maestro alemán. Es como si alguien se declarase fan de Rowan Atkinson (Míster Bean), y a reglón seguido dijese que repudia las interpretaciones con marcado acento histriónico. Bach representa el perfecto equilibrio ratio-sensus. Es decir, su obra es la magnífica resultante de combinar, con talento y maestría: estructura y expresión, orden y elocuencia, cálculo y magia. Bach es criticado por algunos músicos y melómanos, precisamente, por no ser expresionista. Sobre todo parte de sus últimas obras: Las variaciones Goldberg, La ofrenda musical y El arte de la fuga, por ejemplo, están consideradas por muchos (no por mí, quede claro) como música para el ojo, o lo que es o lo mismo: música para ser admirada en la partitura por una minoría de entendidos, no para ser interpretada ante un público ignorante cargado de emotividad. Ese Bach postrero, fue canonizado por los músicos dodecafónicos, en plena cruzada contra el romanticismo, justo por matemático y frío. ¿Cómo puede Malikian exponer esta contradicción de manera tan frívola? Al parecer, a este hombre le gustan igualmente el pan, el chocolate y las especias. Su música es especiada, puede que tenga un toque achocolatado, ¿pero pan? En fin, si ama a Bach, que es ante todo pan, ¿por qué no amasa, en lugar de centrarse en los condimentos?

2. Cuando compongo sólo pienso en el escenario / No me interesa la crítica, sólo la opinión del público.
¿Compositor? Ay, Dios mío, como si no supiéramos los creadores, quienes lo reconocemos abiertamente, y quienes no lo hacen, que cuando más se respeta al público, cuando más se le tiene en cuenta, es cuando se le obvia (pude decir se le huye) en el trance de la creación. No seamos flojos y permisivos con nosotros mismos. A la postre, quien se miente, miente; quien se engaña, engaña. Claro, si lo que se busca es el aplauso de todos o casi todos ya mismo… una chilena concluida en gol, en una final de La Copa del Mundo de Fútbol, ese es el camino. Hace poco leí en Julián Marías: Cada uno de nosotros, allá en el fondo de su alma, sabe quién es. ¿No lo va a saber Malikian? Lo dudo. Lo sabe, seguro. ¿Y acaso es aquello que un público poco dado a la música elaborada, no educado para apreciarla a fondo, quiere que sea? Puede. Allá él. En tal caso, espero que no le extrañe que lo repugnemos, quienes, como yo, buscamos en el arte y los artistas, no un reflejo exacto de nuestro yo más constreñido, sino una proyección de nuestro yo inflamado, imaginante e imaginado hasta lo inalcanzable. Aquí termino con Pound, ese poeta tan democráticamente antidemócrata: La chusma se siente halagada cuando se le dice que su importancia es tan grande, que el solaz de los hombres solitarios, y la más señorial de las artes, fue creada para su esparcimiento. Si donde dice la chusma, me dejasen poner el hombre-masa, lo firmaría sin cautela alguna. Vaya pan tan especiado el de Pound, ese poeta loco, dissonante, ad libitum; y, sin embargo, siempre obbligato. Escucha, Malikian, escucha.

3. Si hay tanta gente aficionada al reguetón, algo tendrá. / Estoy grabando un reguetón:
Sin comentarios.
  
Coda:
No amo especialmente la música de Haydn, ni la de Mozart. Pero suponer que este último hubiese tirado al rock si nacido en el Salzburgo actual, no deja de ser llamativo. En fin, como todo vale cuando de hacerse el gracioso se trata, digo yo que a un Mozart postmoderno, lo imagino componiendo canciones armenias (otomanas) para el violín de Malikian. ¿Qué os parece?

Codetta:
Por cierto, y para resultar definitivamente pedante a los infalibles oídos democráticos de los admiradores de Malikian (no lo disfruto, pero tampoco lo evito si hace falta), añado:

Decía el titular:
Si Mozart hubiera nacido ahora sería músico de rock.

Estas opciones me parecen mejores:
Si Mozart hubiera nacido en esta época, sería músico de rock.
Si Mozart hubiera nacido en esta época, hubiera sido músico de rock.
Si Mozart naciera ahora, fuera músico de rock.
Si Mozart naciera ahora, sería músico de rock.

¿Ves, Malikian? Ni en los titulares periodísticos, la aceptación de una frase por la mayoría, implica excelencia. Y tú detrás del aplauso mayoritario: araqueteara en pleno pantano; con dedos de platino que evaporan peuvecé sobre diapasón y arco.  


Aquí el enlace para leer la citada entrevista:

https://www.jotdown.es/2018/09/ara-malikian-si-mozart-hubiera-nacido-ahora-seria-musico-de-rock/


martes, 24 de julio de 2018

UN PLIEGUE EN LA CONVULSA FIEBRE DE LA VIDA






En este verano tan raro (lo es al menos aquí, en el sureste del cuadrante noroeste), tan raro que ni el huerto consuela lo bastante (pobre, no puede tramitar tanta agua endemoniada) y las tardes se someten a las tormentas con demasiada mansedumbre; en estos días, digo, apenas tengo ganas de escribir. Leo. Leo. Leo… En las entrelineas del verano y de los libros, persigo indicios para el trabajo de fin de año, mientras pienso en un gran amigo que está despidiendo a su madre, un poco mía también.

Por eso no estoy muy activo en este formato. Hoy me lo han dicho. Más bien me han preguntado: «¿Qué pasa, por qué tanto silencio?»

Me asomo brevemente para saludaros, con el sexto acto del poema que escribí a finales de 2016: una metáfora alrededor de la existencia humana, hilada con tres cabos: una vida concreta, un poema y un río. Tres cabos que fluyen (¿anudarán?) al unísono con afán pitagórico: pretenden enlazar el principio con el fin. Casi nada… El acto que os presento sucede en la zona media del camino que traza y recorre lo que podríamos llamar, con Shakespeare, la convulsa fiebre de la vida. Es el que me apetece compartir ahora.
  

VI

Caen el cordero, el caballo. Caes…
La trampa ingeniera se consuma en el embalse.
Un paredón. Sus compuertas abiertas. Y
este ruido, como de moscones (millones de)
que se arremolinaran contra un celaje
cementoso, antes de penetrar, embudados,
su aparente espinilla: el agujero negro. Ruido.
Espuma. Nada, para los ojos meridianos. Nada,
para los satélites, incapaces de orbitarte
en la picada marabunta. Ceguera. Ni barca
ni remos. Dios guarda la tralla y pota
al vacío. La caída, vertiginosa, dura
sin embargo lo que tardarías en dejar atrás
mil puentes mansos. No sólo duele: mata.
Llegarás abajo, otro. Y mientras caes, mientras
mutas anestesiado, invidente, (llámalo
resurrección si quieres regalarte los oídos)
imaginas otra oportunidad de puros
río y paisaje: ―Señor,
enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato… Caes.
Los moscones zumban. Su tónico maremagno
mengua tus sentidos. La saetera de la memoria
vibra cuando los ojos yerran. ―Ah,
el trallazo paterno / el tremedal / la risotada
del picudo que cubre a la silbante víbora /
la primera curva / el primer palenque / el palacio
con su pata-palo / la cuerda / la playa / el rodal /
el estro de las flores; incluso la trucha brincando
hacia la muerte… La memoria filtra
su imaginario. Filtrado lo proyecta, una y otra vez,
sobre la tachada partitura de las chimeneas.
                                                           Tú cayendo…
La artificiosa torrentera
que enciende las bombillas del Éxodo,
puede que apague en ti, Uno, todo lo que sobra en
Unodenosotros. Con suerte rechazarás
el aeroplano, y verás caer las lágrimas
de los ángeles mientras braceas, o, sin más,
te dejas llevar por la corriente
sobre una balsa… Sueñas. Memorizas y
sueñas. Pero en realidad caes. Te deshaces
paredón abajo, en medio de un chorro que suena
como si una millonada de moscones urgidos
pagara el precio de su multitud. Caes.
¿Adónde? (Nunca antes lo hiciste: flotaste /
nadaste / remaste.) No sabes. La vertical, tocada
por el cielo, anclada en… El horcón, el horcón
del palafito hincado en el río. Con qué
firmeza penetraba la pez, (llanto del alerce:
trementina que obtura los sumideros
del cauce) para llegar ¿adónde? El río
tiene bajos. Brota de aguas subterráneas. La caída
no puede ser innúmera. Rebotarás, seguro,
o calarás la apretada negrura hasta volverte
fósil (tizne de falena u olmo) y renacer en pasto
para manatíes. Rebotar o penetrar, pero dejar de
caer en el enorme caño. Acaso enrolarte,
por qué no, en una corriente renovada, resuelta
en cordial perspectiva; que incluya, por qué no,
riberas temperadas, con playas y rodales
donde la trucha boquee bajo una luz asaz
para platear su lomo, medir su cuerpo, su tiempo,
su sino, (todo animal es un fin en sí mismo) y
deje de intimidarte… Llegarás, mas el
aguaje vertical parece eterno. Por momentos
crees saldar algunas deudas. ¿Acaso debes
pagar al río, al paseo, al poema; tu fascinación
por el ingenio pontificio? ¿Acaso debes
pagar a la pata-palo de aquel palacio primero,
tu pronta partida? ¿Acaso el sauce te cobra
su rama: la flauta que tiraste para cantar
el humo de las chimeneas? ¿Acaso
debes redimir los pecados de tu estirpe,
que cometiste y gozaste, Unodenosotros,
en obra y sueño? ―Ah, haber imaginado
sobrevolar el río, lejos de la pez y la trucha;
seco, bien vestido, con la visión total
de su curso, barriendo de tus lunetas
las lágrimas de los ángeles, para que vertieran
amargura en cauces otros. ¿Acaso debes
pagar tu impulso, entre dócil y tropero?
…La respuesta a todas tus preguntas,
el impacto. La chorrera te expulsa
finalmente. Poco a poco recobras
los sentidos: torbellino / fango / noche /
luces. Luces que alfombran, escalan y
coronan las colinas. Luces. Luces. Demasiadas
tal vez para alguien que sale de un apagón
perceptivo, sin una sola respuesta para
consolarse… Miras atrás: Nada. La enorme
pared que bajaste, desaparece. Luces y
más luces para decorar la noche que madura;
para competir con el dosel astral que sólo techa
los ríos párvulos. ―¿Y la barragana del cielo?
El coro de luces la apabulla. Bombillas nutridas
por el vómito de Dios, tan brillantes y
biliares… tan cándidas como potrancas
que fuesen al matadero trotando,
con las crines perfumadas.


lunes, 28 de mayo de 2018

CUIDADO, PROTEO, QUE TE DISPARAN





Hace unos días alguien me increpó porque (según dijo) estoy cambiando demasiado para su gusto. No se refería, quede claro, a las arrugas, las canas, los juanetes o las lorzas. La amonestación aludía a cambios ¿más graves? Y no llegó subida, sin más, a la lengua alegre del increpante. No surgió de una simple percepción suya de magnitudes o signos físicos. Surgió de otro sitio: quizás de la caverna donde apenas una vela da curso a la sombra, a través de los ojos de quien, cómodamente instalado en su fondo, mira, remira, y vea lo que vea, increpa.

Pero, ¿estoy cambiando? ¡Sí, lo hago!

Mi padre, que como es lógico tuvo que improvisar con sus tres hijos, por desconocer un arte para el que no existe posible manual o vademécum; cuando éramos adolescentes nos instaba a conseguir una ética, una moral, una vestimenta, un corte de pelo y hasta una firma, que confluyeran para esculpir en piedra una personalidad redonda, propia, inmutable. Cualquier gesto que insinuara verruga en aquella esfera ideal, que se suponía debíamos tener cincelada y pulida a los quince años, cualquiera, insisto, por pequeño o liviano que fuese, le parecía una peligrosa excentricidad: ―Quienes se cambian el peinado con frecuencia, decía, o quienes se cambian el corte del bigote día sí y día no, buscándose con afán ante el espejo, demuestran que no están seguros de sí mismos, que andan perdidos tras su sombra. Yo tenía quince, él cuarenta. Qué joven era. Qué joven es. (―Viejo, ¡qué jóvenes sois los muertos!)… El caso es que nunca asimilé aquella máxima del bueno de mi padre. Al menos nunca la asimilé lo bastante como para pretender concluirme tan temprano a golpe de seguridades pétreas. De la adolescencia conservo… No sé, puede que la firma (vaya suerte que tienen los grafólogos forenses, río…) y los amores, algunos amores importantes. (―Viejo, todavía te amo, ya ves, a pesar de ser ese otro que no llegaste a conocer, ¿especialmente por serlo?). Ay, de aquella época, qué buenos amigos tengo…

En fin, cambio. Y no sólo cambio porque me dejo llevar, qué va. La verdad es que huyo de mí. (…huye, que sólo aquel que huye escapa. Fray Luis). Huyo de ese yo-carcelero que puja por definirme y acotarme: por reducirme a un escueto molde. Huyo aferrado a una sola cosa: el amor; que también cambia, claro (no es una invariante, ¿algo lo es?), pero que intento meter siempre entre los factores de mi fórmula, a la izquierda del ondulante signo de aproximación que prologa el resultado inexacto, tercamente provisional.

Cada persona que conozco y trato a fondo, cada experiencia que vivo, cada obra de arte que veo o escucho, cada libro que leo, me cambian. ¿Qué sentido y qué interés tendría lo contrario? No es que los potentes estímulos que me circundan actúen barriendo mi personalidad, no, es que según sea su signo, pueden llegar a nombrar dictador eventual a uno u otro entre los integrantes de mi íntima asamblea, modificando por un tiempo equis, la dominante psíquica de esta última. Tengo un libro inédito (Los colores de Psique) donde abordo esto. Somos la mezcla inestable de un montón de sujetos psicológicos, en la que, con un poco de suerte, se suceden constantes cambios, y con otro poco, nunca queda fuera de juego el amante. ¿Acaso puedo ser el mismo, cuando en mi convención psicológica manda el poeta, y cuando lo hace, digamos, el juez? No.

Hay continuos cambios de liderazgo en mi parlamento interno, pero también el parlamento en su total complejidad se mueve, porque algunas de sus unidades van perdiendo fuerza, mientras que otras la van ganando. No se producen y atienden iguales reglas en un hemiciclo donde, por ejemplo, el vividor está siempre somnoliento, y en otro donde ese liante opera, como se dice en mi tierra: suelto y sin vacunar. Cuando un grupo de asamblearios decae en favor de otro que puja, la asamblea no sólo rota con relación a su eje, batiendo a sus integrantes, también se traslada con relación a las almas y los espíritus ajenos. Esos movimientos más bruscos, que son los más llamativos, en mí responden casi siempre a experiencias vitales e intelectuales de cierta intensidad.

A ver, ¿para qué sirve un libro, si no cambia al lector en algún sentido? Para entretenerlo, sólo para eso. Y no está mal, claro que no, pero los grandes libros no se limitan a entretener; entretienen y además penetran el cónclave psíquico del lector como un tornado, tumbando a quienes, por pereza o por miedo, contestan la metamorfosis en ciernes. Sólo leo ese tipo de libros, y cada vez que termino uno, siento que salgo de mí (la felicidad es estar fuera de sí, Erasmo) para regresar después a otro más complejo, ¿más pleno? Lo mismo me pasa cuando veo una gran obra de arte, y, sobre todo, cuando trato a una persona con aptitudes notables: a mí me hacen cambiar especialmente los inteligentes, los talentosos y los benévolos, pero también los hijos de puta, que me adiestran para sortear el dolor, y para aguantar el que resulte inevitable.

La vida es (o debía ser) un continuo prepararse para su final. ¿Y cómo podríamos ir preparándonos en tal sentido, si nos aferramos a los patrones de comportamiento que adquirimos en sus albores? ¿Cómo podríamos vivir sin fluctuar en la corriente, sin rotar y trasladarnos para acomodar nuestro propio mejunje psíquico a los avatares del tiempo: de ese pequeño segmento de tiempo, quiero decir, en que nuestro continente biológico hospeda a su proteica inquilina? ¿Cómo vivir petrificados frente al tentador vilo? No, me niego al inmovilismo. Planifico mi coherencia (¿la planifico?) desde la vida misma: Cambio, claro que cambio. Cambio porque vivo. Y cambiaré mientras vaya, como diría Juan Ramón: solo y otro al amor grande: / a la obra, al desnudo y a la muerte.

Cambio, cambio, cambio… Tanto, que si no me equivoco, ya no soy el mismo que comenzó a escribir esta nota. Quien se alarme por ello, no debió leerla. Lo siento.



lunes, 30 de abril de 2018

LOS TREINTA Y NUEVE PELDAÑOS DE BARUQUE






Tenían los atenienses necesidad de escoger entre dos arquitectos para construir un gran edificio; el primero de ellos, más arrogante, se presentó con un pomposo discurso premeditado sobre el asunto en cuestión, y se procuró con él los aplausos del pueblo; mas el segundo remató su oración en tres palabras, diciendo: Señores atenienses; todo lo que éste ha dicho, lo haré yo.

                           Anécdota leída en Montaigne



Acababa de leer (o releer, según el caso) todo Camões; y, os lo juro, acababa de repasar a Brossa, cuando cayó en mis manos (gracias, César) Treinta y nueve peldaños, de Javier Hernández Baruque. Aquí la rara y feliz coincidencia es que, tanto Camões como Brossa, esos dos vanguardistas ignífugos, utilizaron la sextina en sus respectivas obras; y que esta escalera de Javier también se sube a un ritmo-sexto, con un toque-tercio intercalado donde corresponde. Sextinas, ahí está, con dos cojones (perdonadme, por favor, el entusiasmo con la consecuente relajación de las formas), amén lo que puedan opinar quienes jamás sextearían, pero sestean al margen de la poesía, mal parapetados en la supuesta vanguardia. Sí, lo confieso, lo primero que me vino a la mente fue la variante quijotesca de la empresa. Quijotesca, quiero decir, en el sentido en que lo apunta Ortega, que achaca al Loco de La Mancha, y a todos sus paisanos: nosotros, una inclinación poco racional hacia la hazaña. La hazaña por la hazaña misma, por lo lucida que nos resulta, vamos… Imaginemos a Javier en el umbral del esfuerzo: «¿Sextinas? ¿Por qué? ¿Para qué? Pues porque nadie lo hace, porque tengo que demostrar (me) que puedo escribirlas sin que me venza el formato. Para eso. ¿Qué más hace falta…?» Ya, pero no… 

La vertiente quijotesca del asunto (no niego que pueda existir en alguna medida, Javier también es hispano) es aquí anecdótica, porque la poesía aparece o no (que es muy suya la Doña) donde le da la reverenda gana, y no anda pendiente de imposiciones o sugerencias métricas. La sextina, como cualquier otra plantilla clásica (¿clásica?), no quita ni garantiza nada. Es cierto que, para bien y para mal, pre-fija cierta música, pero hasta ahí. A esa música, nacida en origen para cantar al amor cortés en el Medioevo, hay que ponerle letra contemporánea, ¿existencial, postmoderna…? Casi nada. Además, tanto la letra como la música son, en poesía, agentes de la sustancia y la forma; agentes (permitidme ahora un paralelo con el vino) que se ahogan en el mosto, que jamás resuelven y corren el peligro de terminar en meros pacientes, si no aparece a tiempo el bicho; esto es, la levadura; sí, Ella, la imagen poética. Entonces la pregunta pertinente sería: en quintillas, redondillas o décimas; en sextinas, sonetos u octavas reales; en verso blanco, libre, avenido a la prosa; o en cualquier otra forma imaginable en que se puedan ripiar o putear los versos, ¿estamos ante mosto, vinagre o vino? 

Hay que ser valiente para escribir en endecasílabos hoy día. Javier, que creció en un pueblo de Valladolid, seguro que pastoreando lana de nube entre ovejas churras y castellanas, por raro que parezca debió mamar leche de tigre; pero ahí no está la clave. La clave está en que es un poeta hecho y derecho. Sencillamente es capaz de producir imagen poética y hacerla aterrizar en el poema. Javier es valiente porque puede serlo. La sextina le garantiza (y exige) una determinada música, pero a él eso no le basta. Podía (¿debía?) bastar a otros que no saben por qué rompen los párrafos para crear una falsa ilusión de versos, pero a Javier no. Él entiende, claro está, que la poesía es, sobre todo, música; pero también entiende que no es su rama matemática (ritmo / tempo) la que hace danzar a los espíritus más refinados. En poesía, ni la marimba o la pandereta, ni la lira o la bandurria producen por sí mismas más que color. Y el color está muy bien, por supuesto, pero no es bastante. Como dejé caer en un poema que escribí hace poco para celebrar la obra del poeta José Kozer, no es el “pi” seco de los números, sino el pío resonante de la imagen, lo que nos hace danzar (¿temblar?) en el mejor sentido posible. 

Así que lo de la sextina me la trae al pairo. En este libro hay poesía, buena poesía. Hablamos de vino, no de mosto o de vinagre. Este libro está hecho. Este poeta está hecho. Ambos están, además, en su punto. Aquí no tengo que quejarme con Lope: siempre mañana y nunca mañanamos. Aquí puedo decir con Juan Ramón: ¡Con qué segura frente / se piensa lo sentido! ¿Y hay que pensar este libro? No, por Dios. El pensamiento ciega, ya lo sabemos; y más aún en poesía. Yo lo leí de punta a cabo muy a gusto, como lector, no como autor o crítico. Sólo en una segunda lectura, lo estudié un poco para poder invitaros a él con el ánimo relativamente templado. Encontré por ahí alguna sílaba de más; pero como después encontré también alguna de menos, decidí dar el asunto por resuelto. Eso sí, topé con muchos versos de primera línea. Con qué tranquilidad os invito a leer este libro. 

En un magnífico verso de cierta estirpe vallejiana, nuestro poeta dice: ¡Estrellas, recogedme, que me caigo! Primero me conmuevo. Luego sonrío… No te entregues tan pronto, Javier. De este libro no te caerás, te lo aseguro. Ni temas a la mar ni esperes puerto (otra vez, Lope), ¿pero caerte…? No, desde luego, de semejante escalera. Espero los próximos peldaños con una sana expectativa de placer. Aliento a mi amigo César (editor de Difácil) a seguir demostrando (esa) puntería. Y para que así conste, lo firmo hoy, a treinta de noticia y regocijo, objetando lo callado por otros, aquel veinte de bochorno y de silencio.

Iba a seguir el hilo de la anécdota que os conté al inicio, pero no creo que haga falta decir mucho más. Imaginemos que el edificio lo construyó el segundo arquitecto; y, justo por eso, andando el tiempo nos enteramos.

  

lunes, 9 de abril de 2018

VALLARNA. MÚSICA Y GOCE






  
El goce embrutece, dijo Fausto a Mefistófeles, rematando un arranque apolíneo contra el hedonismo de los gobernantes. Embrutecerá, no digo que no, pero…



Ayer gocé sin miedo a embrutecer, sin pensar en ello un instante. Lo hice como la vez que comí tierra con una vieja cuchara de alpaca (dizque tenía dos añitos, pobre) convencido de que era chocolate; porque al margen de lo que dijera mi madre (qué bronca me cayó, Dios), aquella tierra sabía mejor, os lo aseguro, que cualquiera de sus posibles frutos o sucedáneos… Ayer gocé sin paliativos inteligentes, a lo alto, ancho y largo del descuido, durante el concierto que ofreció Vallarna en la sede pucelana del Teatro Corsario.

En una salita apretada y llena hasta las trancas, a una hora inmisericorde, por cierto, (la decimotercera del domingo) Vallarna reunió a más de ciento veinte gozadores alrededor de su música. ¿Folclórica? Música popular castellana, que justamente por serlo con veracidad y hondura, no teme introducir su cuchara de plata en el tiempo áureo: el presente, y en el espacio óptimo: todas las tierras afines. ¿Y esto cómo se come? Pues como si fuera chocolate, claro, con la fe del gozador por bandera.

Vallarna sabe que ancha es Castilla, pero asimismo sabe que sus fronteras musicales ni comienzan ni acaban en ella, y para abonarlas con tierra fértil, la van a buscar (también) allende. Tiran sobre todo al norte, es cierto, pero no sólo; con más o menos apetito, trastean en los cuatro puntos cardinales. Así que a la música popular castellana, que ya reúne y resuelve sonidos provenientes de desiertos y landas, valles y páramos, cuevas y picos, eventos civiles, bárbaros y salvajes; Vallarna la sonsaca con versiones que mezclan su meollo con aires en apariencia foráneos: rondas, jotas, coplas y charradas, con muñeiras, polcas, boleros, habaneras y pregones. Sí, por raro que parezca, incluso el bolero, la habanera y el pregón se cuelan aquí por rendijas pícaras o sensuales. Escuchen con atención, por ejemplo, El carretero, de su disco Pimentón puro, que fue el presentado en el concierto de ayer, y contradíganme después… si pueden. Insisto, los chicos de Vallarna meten muchos y varios ingredientes en su receta para la llamada música tradicional; y aunque casi siempre predomina el toque celta (bretón, irlandés, escocés, gallego, astur), lo administran muy atentos al presente y apuntando al futuro. Por eso la música celta, pasando por Castilla, cómo no, mezclándose con rondas y jotas, cómo no, también con este grupo completa su viaje: bluegrass, country, rocanrol, rock… Sí, todo eso. Escuchen, por ejemplo, Charrada de Alaraz, del referido disco, y contradíganme después… si pueden.

Lo cierto es que cualquiera que sea la diversidad de hierbas de que se componga, el conjunto se comprende siempre bajo el nombre de ensalada. (Montaigne). Y la ensalada de Vallarna, amén la amalgama de acentos, y sin ninguna duda, resulta castellana. ¿Tiene sentido este afán por la actualización de lo propio, en un entorno globalizado que coquetea con un futuro maquinal? Tal vez no lo tuviese si resultase aburrido. Pero los gozadores convocados ayer, que teníamos entre uno y ochenta años, podemos asegurar lo contrario. Salimos de la sala felizmente embrutecidos. Y mientras haya brutos contentos como nosotros, hay esperanzas.

Gracias, Carlos, Jesús, Javier, Arturo. Os deseo un éxito rotundo dondequiera que repartáis semejante goce. Éxito musical. ¿Y económico? También, por supuesto. Aunque debéis tener en cuenta que sólo el mercader acaricia sus telas y recibe lo esperado. (Lezama). Que vuestra música siga embruteciendo a quienes gozamos apegados a nuestro ser-humano. Porque embrutecer a las máquinas (ay, no me pidas, cariño mío, lo que no te puedo dar) es imposible, por muy bien pagado que resulte el intento. Las máquinas nunca comerían tierra por chocolate. Porque no les sabría a nada en cualquier caso, y porque antes de lanzarse filtrarían y pesarían el grano con un talante fáustico. Seguid alegrando el oído a Mefistófeles. Que por lo menos haya música veraz y divertida en los caminos que no puede arrasar, para los gozadores que embrutecen sin complejos, la pisada universal de la miseria.


jueves, 29 de marzo de 2018

LA BABILONIA DEL HUDSON





  
                                    Para Leo y Bea



…no puede decirse que las cosas son hermosas o feas, ni que están ordenadas o confundidas, a no ser en relación con nuestra imaginación.             
                                                                                                         Spinoza

…la imaginación comienza por mirar a los sentidos para ver y representarse las formas; pero pronto los deja para examinar todo lo sensible mediante un conocimiento que no procede de los sentidos, sino de la propia imaginación.
                                                                                                          Boecio



Las citas que encabezan esta breve reseña son un parapeto. Hablaré de Nueva York, y quiero tener (dejar) claro, que lo hago como curioso, o como padre agradecido, no como arquitecto… ni como escritor. Es cierto (ahora parafraseo a Innerarity) que resulta imposible escribir nada sin que todo se entrometa; que ni siquiera una anécdota es el resultado exacto de una acción o reacción determinada, sino también, y puede que especialmente, de la historia que la sustenta y mece; pero intentaré que sea mi imaginación, y no mi aparato razonante, quien me guíe a través del montón de formas que dejó en mis sentidos aquella extraordinaria ciudad.

Ni las incontables imágenes que me hicieron tragar durante años y años en conferencias, libros, revistas, películas, obras de teatro, fotos o diapositivas; ni el entusiasmo de los amigos que la visitaron o vivieron antes; ni siquiera los poemas de Lorca, Juan Ramón o Hierro, lograron que me decidiera a viajar a Nueva York. Muchos otros lugares me reclamaban con más hondura o salero, según el caso. Y tal vez no hubiese ido nunca, lo confieso, si afectos impostergables no me hubiesen urgido a hacerlo. 

Nueva York es una gran ciudad europea, pero sin una gran historia detrás que la proyecte y acote al mismo tiempo. ¿Una ventaja? Sobre todo Manhattan, que fue lo que pateé con cierta disciplina, tiene una planta baja reconocible para cualquiera que haya experimentado el urbanismo grecolatino, en alguna de las múltiples versiones con que desembarcó en el XIX de la mano del neoclasicismo, la revolución industrial, el modelo de ciudad que ésta trajo consigo, y su contestación en los llamados Ensanches y en la ciudad ajardinada; esto es: importantes ejes urbanos, plazas, parques, grandes aceras, comercios, comercios, comercios, bares, cafeterías, restaurantes, terrazas; vestíbulos de hoteles, cines, museos, teatros, edificios administrativos, académicos… Además de su planta baja, la ciudad tiene un sótano dedicado sobre todo al transporte urbano, como tantas otras ciudades en Europa, y un nivel superior eminentemente residencial y oficinesco. Hasta aquí sin grandes novedades. Si a esto le sumamos el río, su delta o estuario, y el mar; seguimos moviéndonos en una ciudad europea del XIX casi canónica; una vez disculpada, claro, la ausencia de un centro histórico anclado en el Medioevo o en La Antigüedad. ¿Y entonces?

Lo primero que hace a Nueva York especial, y puede que única dentro de las ciudades con claro ascendente europeo, es la suma cantidad. ¿De qué? De todo. Cantidad que en sí misma indica cierta inclinación a lo bárbaro, incluso a lo salvaje (los adjetivos de magnitud huelen a barbarie. Pound); y que se manifiesta en su escala general, en la extensión, en la altura de su meollo, en el variopinto catálogo de formas arquitectónicas, en la diversidad geométrica de su skyline (silueta que contrasta con la bóveda celeste, y que en este caso funciona como una montaña rusa, muy rusa), en su carácter cosmopolita (número de razas y etnias que la habitan y/o visitan) etc. Lo segundo que la caracteriza y distingue es sin duda la velocidad. Velocidad de los medios de transporte, de la gente que corre, trabaja, usa los servicios urbanos o pasea; de los turistas, de los mensajes publicitarios, de los servicios en bares y restaurantes, de los recorridos en los museos… Cantidad y velocidad: Lo mucho moviéndose a un ritmo trepidante. Eso es lo que hace de Nueva York una ciudad distinta. La saca del mazo en que están acomodadas las grandes ciudades europeas y la sitúa en un aparte ¿fundacional?

Dice Baricco que en la historia de los mamíferos, el delfín es un excéntrico. En la de los peces, un padre fundador. ¿Es Nueva York, más que una derivada rara, el germen de una ciudad-otra, donde mudaremos la piel por última vez y emergeremos, no como seres humanos, sino como entes de inteligencia artificial? ¿Podrá mover la inteligencia artificial tanta extensión y tanta masa a una velocidad cuántica? ¿O quedará la ciudad como vestigio de la muda definitiva, como piedra donde la serpiente se rascó por última vez, antes de quedar expuesta del todo y comerse su propia manzana? 

Según Heródoto, Babilonia tenía, antes de ser conquistada por Ciro, unos quinientos ochenta kilómetros cuadrados de superficie. (Qué barbaridad. No acabo de creérmelo). Pero, ¿tendría un promedio de tres o cuatro metros de altura? Según Google, Nueva York tiene hoy unos ochocientos kilómetros cuadrados de superficie; pero, ¿con unos veinte metros de altura como promedio? Nueva York debe pesar siete veces lo que pesaba Babilonia. Puede que el peso psicológico que tuvo y tiene una y otra urbe frente a sus respectivos habitantes, no resulte tan dispar, porque en un caso todo estaba construido con barro, cocido o no; y en el otro hay mucho vidrio por medio. Pero en lo que Nueva York gana de calle a Babilonia, seguro, es en la velocidad. La velocidad física (rotación y traslación) arrastrada de la Tierra, es una para ambos casos, pero la psicológica no. Nueva York se mueve a una velocidad psicológica muy superior a la velocidad del mismo tipo con que debió moverse Babilonia. Y en esto el vidrio y la altura son agravantes, no atenuantes. Es decir, que si los babilonios podían vivir en una suerte de batea atada al fondo del Eufrates; los neoyorquinos viven en una coctelera hiperactiva que muy poco tiene que ver con las corrientes caseras del Hudson.        

Los turistas y los paisanos no se mueven en Nueva York como conejuelos, que, el viento consultado, salen retozando a pisar flores (Góngora), se mueven como cubos de hielo, o bolitas de fuego, según se tercie, disparados sin cesar contra las paredes de un recipiente accidentado, complejo. El ápice de ese remolino lo experimenté en Times Square. ¿Una plaza? Bueno, aceptemos que sea una plaza, ensanchemos el concepto plaza hasta que quepa en él un sitio donde se reúnen muchas personas para ser batidos. Batidos y batidos, quiero decir: zarandeados y vencidos. Hablamos de una plaza cuyo espacio es inapresable a causa del baile frenético que, los usuarios y los elementos determinantes del recinto, todos a una y en el mismo maremágnum, ejecutan sin cesar al son de un tempo inmisericorde. En Times Square el barman que agita la coctelera tiene línea directa con el diablo. Todos debíamos experimentar eso al menos una vez en la vida. No soporté más de cinco minutos. Me sacaron de allí directo al Lincoln Center. Sí, por suerte Manhattan también tiene sus oasis calmos. Lincoln Center es uno de ellos, y también lo son algunos de los parques ribereños, y el Parque Central más recóndito, donde único es creíble que obre el polen sin espantarse.

El espacio y el tiempo en Manhattan no están segmentados y determinados como en Europa, por más que New York sea, en esencia, una ciudad europea. El espacio y el tiempo allí no se tejen y arrumban de la misma forma. Debe ser la velocidad con que se mueve lo mucho, y la verticalidad extrema, presente o acechante, que generan un movimiento en continua espiral muy difícil de cazar. Si realmente el movimiento es la síntesis del espacio (tesis) y del tiempo (antítesis), y esa síntesis resulta huidiza… ¿O será todo un simple espectáculo? Está claro que se trata de una ciudad efectista, como también lo fue Babilonia. Y ya se sabe que el efectismo, que es un síntoma inequívoco (aunque no exclusivo) de nuestro tiempo decadente, se alimenta a sí mismo sin parar. Ya lo hacía en pleno Siglo de las Luces, imaginemos ahora. Decía Goethe: [los antiguos] representaban la existencia, y nosotros el efecto; ellos pintaban lo terrible, nosotros pintamos terriblemente; ellos lo agradable, nosotros agradablemente…; de donde se deriva toda la exageración, todo el amaneramiento, toda la falsa gracia, toda la timidez; porque cuando se trabaja el efecto, y sólo el efecto, nunca se cree que se le hace sentir bastante. ¿Qué opinan de esto y sobre Nueva York, quienes la conocen, quienes todavía sólo la imaginan?      

El efectismo de Nueva York puede desembocar también en cierto escapismo. Tal vez no para sus habitantes, pero sí para los turistas. Por eso la próxima vez que la visite llevaré pipa y lupa. Dejaré de mirar hacia arriba y me centraré en el trasiego bajero. Tengo que determinar, por ejemplo, su sexo. ¿Qué sexo tiene esta ciudad? Moscú, ya sabemos, es un señor obeso de unos ochenta años, que vive con sus hermanas solteronas. Lisboa es una señora de apariencia melancólica, pero de intimidad portentosa, que tiene unos cuarenta años y es pretendida por jóvenes maduros. ¿Y Nueva York? ¿Quiénes podrían conocer mejor su sexo, su edad exacta, sus sueños?: ¿quienes limpian las estaciones del Metro, o quienes limpian las paredes-cortina de los rascacielos? ¿Las crías de Godzilla o las de Spiderman?

En cualquier caso, hay que ir. Ya lo dije a varios escépticos. Hay que ir sin prejuicios ni fáciles encantamientos a la mano. Es una ciudad que merece ser visitada. ¿Y vivida? Mmm, no lo sé… ¿Ciudad de ciudades? Mmm, no lo sé… ¡La más íntima naturaleza de todo grano quiere decir trigo, de todo metal oro, de todo nacimiento el hombre! (Eckart). Y de toda ciudad _______________. A ver quién es el valiente (o la valienta, aclaro, no vaya a ser que me regañen por tendencioso) que se atreve a poner en el espacio vacío un nombre que no contenga pura sal mediterránea: sal de su agua centrípeta, digamos por ejemplo Atenas; sal de su agua efluente, digamos por ejemplo La Habana; o sal de su aire unánime, digamos, sin remedio, Nefelococigia.




lunes, 12 de marzo de 2018

EL ARMA SECRETA DE FERNÁNDEZ PEQUEÑO


(NORAYAGU CONTRA LUCIO CORNELIO / ÑEÑECO MELEO CONTRA BILLY EL NIÑO)





En los alrededores de la finca donde nació mi madre, allá en Cuba, en una esquina de la linde norte de la Ciénaga de Zapata, Ñeñeco Meleo capitanea (espero que todavía opere en la zona) la tropa de espectros nocturnos que agitó mis veranos infantiles y guajiros. Se trata de un fantasma que arrastra varias cadenas, y que aprovecha las ancas desocupadas de cualquier caballo montado, para, sin ser visto, pero firmemente asido a la cintura de su jinete, viajar de un lado a otro de su particular Calvario, a la vez que canturrea con un ritmo (aunque machacón) dulce: ñeñeco meleo, ñeñeco meleo, ñeñeco meleo… Varios amigos y familiares míos, mientras volvían a casa de noche, después de ver a su novia, parrandear con los colegas o patrullar un campo sembrado, sufrieron el referido abordaje. Todos sabían que debían mantenerse tranquilos, que Ñeñeco era (¿seguirá siendo?) inofensivo si el jinete se mostraba cómplice: Llegado el fin de su trayecto, soltaba la cintura de su benefactor, se tiraba de la bestia sin más, y seguía con su canturreo a la espera de la próxima cabalgadura nocturna cuya dirección le viniera bien… Nunca nadie dijo algo que me hiciera suponer una posible reacción violenta del espectro encadenado, cantor y viajero… Esta noche, sin embargo, me vino a la memoria de una manera rara: mientras soñaba, (yo / soñaba, creo, pues no sé ahora mismo qué parte de la memoria erguida debo adjudicar al sueño o a la vigilia espoleada) Ñeñeco Meleo abordó las ancas de un caballo negro que montaba…



Me siento bien. Acabo de leer El arma secreta, de Fernández Pequeño. Nueve cuentos de diferente extensión, que obedecen sin embargo a una misma y única máxima: parva propia magna; magna aliena parva, que diría Lope; y que podemos traducir como: lo pequeño, siendo propio, es grande; lo grande, siendo ajeno, es pequeño. Y créanme: toda esta “pequeñez” redundante, y puede que alborotada, no responde aquí a un mero juego de palabras.

El arma secreta es un libro que recomiendo sin cautelas. Es un libro desigual, como lo es todo compendio de cuentos, poemas, ensayos, artículos, discursos… (Lo es El Decamerón. ¿No lo va a ser éste, en plena resaca postmoderna?). Pero es un libro desigual que parte de un nivel envidiable: tiene cuentos buenos, muy buenos y excelentes; y que a la postre resulta igualado por arriba, gracias a un agente importantísimo: el estilo del autor. Sí, el estilo. Sólo los no enterados (de primeras pude decir idiotas) pueden creerse eso de que en el arte el fondo importa tanto o más que la forma.

El poderoso estilo que lo amalgama, y la propia arquitectura del libro (no digo estructura con toda intención) lo salvan con creces de quedar en una sumatoria de historias contadas con simpatía y corrección. El estilo de Fernández Pequeño, su verdadera “arma secreta”, es completamente personal, y contiene dosis parecidas, si no iguales, de talento y oficio, intuición y experiencia, desparpajo y medida. Esto es raro de encontrar en un autor postmoderno. Y cuando se encuentra; cuando un escritor actual, gracias a su estilo propio y redondo, es capaz de arrumbar hacia una obra sólida, los ripios que, (re)vestidos de altos códigos, le ofrece la sociedad en que vive y trabaja; cuando esto ocurre, digo, debemos felicitarnos. Podemos ir del rigor al desatino (A. Piedra) y viceversa con suficiente garantía: garantía, sobre todo, de útil entretenimiento, de elevada diversión… vaya, me atrevo y digo más: de humana expansión, de hinchazón humanista. 

El magnífico estilo de Pepe, (Pepe, te llamo Pepe, donde hay confianza da asco, dicen por aquí) merced a esa mezcla óptima de atributos contradictorios que mencioné en el párrafo anterior, y también a que se apoya en una sabia articulación de los contenidos (otra dimensión de la forma, claro, a la que antes llamé arquitectura) logra que un libro con historias tan disímiles, se convierta en un viaje cargado de sentido: el sentido que dan a cualquier obra literaria, por postmoderna que sea, la unidad, el equilibrio, la poesía y la gracia. Unidad y equilibrio, que no deben (¿porque no pueden lograrlo hoy día?) pretender lo esférico para funcionar. Poesía, que es algo consustancial a cualquier esfuerzo creador en la literatura y el arte, y que supone tener a esbirros, como el metafísico y el lógico, sometidos a su fértil rincón. Y gracia, no sólo como manifestación airosa del humor, que también, sino como aparición milagrosa de una dimensión divina: esa que nos coloca por debajo de lo leído para que, libres entonces de tentaciones teorizantes, y felizmente “derrotados”, podamos disfrutarlo en plenitud.

Es su estilo lo que permite a Pepe imantar, redondear y resolver con éxito, historias que a ratos parecen entrelazarse caprichosamente, que culebrean y fingen fugar sin aparente destino común, sin avenirse a la estricta lógica formal, para terminar estallando o diluyéndose, según el caso, en una perspectiva que se construye a trozos, pero acaba resultando incontestable. El buen manejo del absurdo, diría él. Pero yo no soy tan rácano. El absurdo es algo común a toda obra de creación literaria. Donde no hay absurdo, florean (no necesariamente florecen o fructifican) la filosofía, la historia, la psicología, y demás disciplinas de esa estirpe. Quien no quiera lidiar con el absurdo que se meta a… ¿a qué? Ni siquiera los periodistas… Claro, cuando el absurdo es contrapesado con la cantidad exacta de sensatez que precisa, cuando la mentira está llena de verdad poética; cuando a esas sustancias tan huidizas se les sabe dar forma… Pepe.

Los cuentos que más me gustan son El cíclope, Pongamos por caso y El ombligo de María B. Pero debo mencionar también el primero: Los conquistadores; y el último: El arma secreta. Ambos funcionan bien separados, y sin embargo, son partes del mismo cuento: uno tal vez más “pretencioso”, que, desdoblándose, genera el paréntesis necesario para que el estilo-Pequeño aparezca en todo su esplendor. Estos “dos cuentos” son como la alfombra y la ovación de un acto donde cada pieza obedece a un guion también secreto, también muy eficaz. Los conquistadores genera el pórtico poético perfecto para el libro. El arma secreta, que le da título, baja el telón con cierta (sólo cierta) solemnidad. Es un cuento de trasfondo histórico, en el que Pepe se ríe de quienes leemos a Plutarco con disciplina doria. Aquí Pompeyo el Grande carga con un montón de hijos, y uno de ellos, llamado nada más y nada menos que Lucio Cornelio (debe haber más de diez Lucios Cornelios famosos en las postrimerías de la República; por ejemplo, Lucio Cornelio Sila, o sea, Sila, fue el primer gran avalista político-militar de Pompeyo) se enfrenta (dialécticamente) a Norayagu, un esclavo que vivía en Arkenia. ¿Arkenia…? En fin, el aparente rigor histórico, que por supuesto existe, desemboca en un falso realismo que inquieta, desconcierta y divierte. Ni cuando parece serio, depone Pepe su afinadísimo sentido del humor.

Lucio Cornelio supo frente a Norayagu, que haber emprendido la expedición de conquista, alejándose de todo cuanto en verdad amaba, suponía, ya, una derrota. Antes de morir lo susurró a Ainerka, la hija del esclavo; tal vez pensando, como el protagonista de Pongamos por caso, en el culo de su mujer:

“…dormía desnuda y bocabajo, inmune a la frialdad que tan catastrófica ha resultado en los últimos tiempos para su migraña, mientras ofrecía a la vida un culo levantadito y orondo. Me detuve un momento, apreciándola desde atrás, tratando de seguir la quebrada de sus nalgas, que iba a perderse abajo, rumbo a un destino que desde esa perspectiva se presentía oscuro y misterioso. Era el mismo culo que estoy viendo desde hace quince años, de caderas un poco estrechas y nalgas proyectadas, que el tiempo comienza a puntear de celulitis por los lados. Pero a la vez había en su posición algo distinto, una actitud de reto que obligaba a reparar en el brillo de la piel, el delicado erizamiento de sus poros, los huequitos que flanquean la planicie de su baja espalda. No sé por qué te describo un paisaje que conoces bien, quizás solo para decir que esa mañana aquel culo me confrontaba con una arrogancia nueva, capaz de desafiar hasta a la mismísima muerte.”

Por haberse reído de mí como lo hizo, y porque soy un pesado; aunque fui muy feliz leyendo este libro, riéndome con él de punta a cabo, no voy a dejar de apuntar a Pepe, que en algunos momentos me han molestado ciertas piruetas gramaticales. Pero qué puede importar eso, si no a quienes, como yo, leen a Plutarco sin la debida prudencia…



…El caballo negro lo montaba Billy el Niño, que como buen cachorro irlandés crecido en el oeste de los Estados Unidos, tenía sus dos pistolas prestas al asalto. ¿Qué haría por allí…? Ñeñeco Meleo se montó a sus ancas, y cuando yo terminé de leer a Pepe, (no sé si lo soñé, lo imaginé, o lo vi mientras comía un plato de arroz congrí, vaca frita y frituras de malanga) el espectro sacó su arma secreta (nunca lo había hecho, insisto) y derribó al pistolero. ¿Cómo? Y qué más da. Lo derribó. No porque fuera a dispararle, qué va, Ñeñeco Meleo es infalible y lo sabe; sino porque Billy el Niño se mostró grosero y arrogante cuando le pidió que dejara de cantar: ñeñeco meleo, ñeñeco meleo, ñeñeco meleo…       


jueves, 15 de febrero de 2018

PLEGARIAS DE UN MEMO





  
I

Con la intención de ayudar a machihembrar los hemisferios de su aparato crítico, hace unos días hablaba con un joven que me importa mucho, sobre la última destemplanza (fijaos que digo destemplanza, no fiebre) de Occidente. Me refiero a la deriva sexista: la vorágine hembrista contra el machismo. No sé bien por qué expongo (ahora / aquí) mi estupor y mi desasosiego ante la estupidez y el oportunismo con que muchos se han sumado a esta ¿tendencia? Debe ser la ilusión de libertad, que también nos calienta a quienes, sin ser demasiado inteligentes, hemos llegado de azar en azar hasta los cincuenta y pico. Debe ser eso, porque sé que es muy posible que haya un ejército de astutos destemplados esperando, con ganas de lío, a quienes pretendamos enfriar la situación con un poco de candidez y otro de quijotería. Sin embargo, como haría cualquier memo, apuesto por mí en este lance. Tal vez porque, como también suele ocurrir a los memos, me importan los más jóvenes, creo en ellos. No en todos, lo reconozco, pero sí en los que padecen la memez suficiente, como para atreverse a apostar por un caballo perdedor, sin antes tener que haber dilapidado media vida haciéndolo por los que corren y ganan dopados. (Perdón porque haya escrito jóvenes y no jóvenas, caballo y no caballa o llegua. Son cosas de viejo). Mira que mi abuelita me advertía siempre: hijo, porfía, pero no apuestes; lo que en este caso se me antoja trasladar a: habla en privado si quieres, pero calla en público; no lleves las cosas al límite. Mira que lo han dicho muchos sabios… Por ejemplo, el pobre Boecio: No vayáis a buscar violetas al prado teñido de púrpura, cuando en la estremecida llanura sopla el furioso aquilón. Mira que…

En fin, hace mucho que digo a quienes quiero, que desconfíen de los periodistas, que por simple higiene mental no crean la mitad de lo que dicen, que por la misma razón pongan en duda la mitad otra, sobre todo si hay juicios de valor entre medias. Avempace decía que en la ciudad perfecta no pueden existir ni médicos ni jueces, [que] es la falta de amor y paz lo que produce litigios y enfermedades. Éste era más cándido que yo, que dudo y matizo: ¿Sin médicos…? ¡Sin periodistas de opinión, por Dios! Pero la ciudad perfecta de Avempace no era una megalópolis democrática, claro. En una democracia, sobre todo en una que atraviese su fase última, (decadente, cómo no: veloz y consumidora) los médicos, los jueces y los abogados son imprescindibles, como también lo son los cartománticos y los periodistas opinantes. ¿Quién inflamaría, si no estos últimos, la maleable sesera del consumista-elector? Los periodistas pueden votar, y a cambio deben consumir como todo hijo de vecino; y como todo hijo de vecino, para poder consumir deben vender. ¿Y qué venden? Noticias. (Noticia: Información sobre algo que se considera interesante divulgar. R.A.E.) Algo interesante, vendible… Como ellos mismos repiten siguiendo la máxima de uno de sus adalides: noticia no es que el perro haya mordido al niño, sino que el niño haya mordido al perro. ¿Y qué vender cuando a los niños les da por acariciar a los perros…? No queráis caer en manos de un periodista que se esté haciendo semejante pregunta, porque entonces seréis vosotros mismos los niños mansos, y estaréis preparados para ser mordidos por ellos: los periodistas; y estaréis dispuestos a sacaros los dientes en previsión de que un día se os pudiese ocurrir morder al perro que os estuviera despedazando, o al periodista que os estuviera magreando.


II

Cómo no estar en contra de la violencia. Todo el aparato jurídico-administrativo de la polis, ese que arropa y ahorma al hombre cuando vive en estado civil, está, o debe estar dirigido a garantizar que los individuos resulten previsibles los unos con relación a los otros, que como actores que son de un entorno civilizado, respondan a los patrones éticos y morales previamente convenidos por la sociedad a la que pertenecen. Para vivir en plenitud, formando parte de comunidades complejas, debemos poder confiar, sobre todo, en que no nos van a matar en nuestra propia casa, o a la vuelta de la esquina, en que no nos alcanzará el supuesto fuego amigo. En las democracias europeas, parece que debemos poder confiar, incluso, en que no nos matarán, aun cuando hayamos matado consciente y organizadamente a muchos otros. Así están las cosas. Nos guste o no. Y entonces, ¿cómo no estar en contra, también, de la violencia extrema (con riesgo para la vida misma) que se pueda dar entre individuos de diferente género? Pregunto más: ¿cómo no estar especialmente en contra de la violencia ejercida por un individuo fuerte sobre otro que lo sea menos, sin importar el género al que ambos pertenezcan? Sólo quienes se enajenan pasiva o activamente del convenio que deben asumir los individuos para vivir en sociedad, pueden aprobar la violencia o ejercerla, sea del tipo que sea, tenga la intensidad que tenga. Porque, ¿alguien que no sea un verdadero antisocial, podrá sentirse cómodo ante la violencia ejercida entre sus conciudadanos? Claro que no. Pero esto es una cosa, y otra bien distinta es aprobar que se exacerben con fines espurios los actos violentos. Da igual que hablemos de violencia de género, de violencia dentro un grupo social determinado, de violencia filial, o de violencia entre maestros y alumnos… Y es aquí donde aparecen los periodistas amarillos, los de mayor olfato comercial, que serán seguidos primero, y aguijados después por los políticos, quienes harán lo que haga falta para atraer la atención de los que tienen un espíritu más gregario y menos crítico entre los potenciales votantes. Y entonces la bola irá creciendo: periodistas, políticos, agentes sociales, artistas, intelectuales, público… Todos irán creando lo que llaman un estado de opinión. ¿Y hay algo más fructífero en el Estado de las Opiniones: la democracia, que un estado de opinión bien tejido? ¿Quién se atreve a toserle a una tendencia firmemente implantada en los medios de difusión, los mítines políticos, las redes sociales, los programas de estudio, los eventos culturales, las instituciones de cualquier tipo…? Sólo nosotros: los memos.

Todos los actos violentos en tiempos de paz son repudiables. También lo son aquellos que ocurren entre individuos de distinto género. Y está bien que la prensa los airee, por supuesto. Pero no que exagere y magnifique su puesta en escena, buscando generar una espiral patética que absorba los ánimos más sensibles y menos críticos, con fines comerciales o políticos. Porque la dicha espiral, una vez erguida, no cesará de crecer hasta que otra de igual o mayor fuerza la sustituya. Y para cuando eso ocurra, puede que los daños sean irreparables sin que un cambio social verdaderamente radical y violento cree nuevas vías de reparación. En una sociedad decadente como la nuestra, que apenas tiene medios para defenderse de sí misma, es peligrosísimo que se activen mecanismos tan potentes de confusión… Hoy en día, la lucha contra la violencia de género, aunque completamente justificada, está encontrando el sustrato social idóneo para mezclarse y confundirse con la deseada igualdad entre hombres y mujeres, el cambio de paradigmas sexuales, el cuestionamiento de la familia o de cualquier otra estrategia reproductiva de la especie… Si seguimos como vamos, llegará el momento en que un simple flirteo que parta del varón, podrá ser interpretado, juzgado y condenado como un acto violento contra la mujer. Así están las cosas: En Occidente se produce un trasvase de poder que deberá poner a la mujer en una posición social mucho más justa que la que ha ocupado en los últimos diez mil años de historia. Eso está muy bien, siempre que su horizonte no resulte la comba que apenas puedan saltar las máquinas. Y el asunto no tiene por qué acabar así. Claro que no.

El sexo ha sido (y es) un instrumento de poder incontestable. Hace poco puse en boca de uno de mis personajes de ficción las siguientes palabras:

…―Por ejemplo, en Roma: Has oído que eran promiscuos, ¿no?, que practicaban la homosexualidad entre los hombres con total desenfado, ¿no? ―He visto películas donde sale esto, sí. ―Pues nada de eso, amigo. La identidad sexual romana estaba ceñida a un esquema binario de poder social muy claro: De un lado, los penetradores, que eran los hombres libres; del otro, los penetrados, que eran los demás: mujeres, muchachos y esclavos. Si un hombre nacido libre era sorprendido dejándose penetrar por un esclavo, por ejemplo, podía ser sancionado con pena de cárcel o de trabajo forzado, incluso condenado a muerte. Te cuento esto como un ejemplo, para que entiendas que en el sexo casi todo es juego de poder. La función receptiva está asociada con el sometido, y la invasiva con el que somete. ¿Y cómo las mujeres que tienen un lado masculino muy fuerte, compensan esto? Pues juegan a subvertirlo psicológicamente. ¿Cómo el ser penetrado: el receptivo, llega a someter al penetrador: el invasivo? Ahí está el asunto. Las mujeres lo han resuelto de muchas maneras distintas a lo largo de la historia…               

La mujer occidental, ayudada por toda la sociedad en que vive, debería ser capaz de cambiar el signo de los tiempos, sin necesidad de pasar de dominada a dominante, sin necesidad de poner en riesgo las estrategias reproductivas de la especie. Lo contrario implicaría acelerar un proceso de destrucción que tiene dos mechas: la que viene de culturas y/o civilizaciones menos fatigadas y nada decadentes, marcadamente patriarcales y capaces de actos violentos extremos; y la que viene de la inteligencia artificial, que parece condenarnos a un futuro maquinal donde los conflictos de género no tendrían cabida.

No será fácil un cambio que no implique graves cesiones a la barbarie o la máquina, porque una operación de semejante magnitud en la psicología individual, genérica y social, demandaría un tiempo y un celo que tal vez parezcan excesivos para este tiempo hiperacelerado, pero debíamos ser ambiciosos. Aunque lo tienen más fácil en el Oriente no adánico, (hace dos milenios y medio que Lao-Tsé dijo: La hembra vence siempre al macho por la receptividad) en Occidente el equilibrio de poder entre los géneros no tendría por qué implicar necesariamente un suicidio. Y sin embargo… El lío de géneros que tenemos montado, con la “inestimable” ayuda de periodistas, políticos y demás fuerzas “parlantes” de la sociedad, aparece como un síntoma más de insalvable decadencia. ¿Es así? ¿No vale la pena oponerse a los idiotas (mujeres y hombres) que por doquier repiten eslóganes sexistas facilones para no parecer trasnochados o anacrónicos?  



III

Somos tan antiviolentos, que nos exponemos a los bárbaros sin cautelas; tan estúpidos, que todo lo que nos negamos como sociedad en cuanto a la quiebra del contrato que hemos suscrito, y que actualizamos continua, casi enfermizamente, lo concedemos a los ajenos sin inmutarnos. ¿Por qué digo sin inmutarnos? No. Digo mejor: felicitándonos por ello. Así de buenos somos, así de empáticos, de modernos. Muchas veces son los más “vanguardistas” entre nosotros, esos que abogan a grito limpio, por ejemplo, por la total igualdad entre los géneros desde ya, cueste lo que cueste, caiga quien caiga, quienes justifican que en nuestra propia sociedad medren individuos y grupos sociales de otras culturas, ejerciendo ante (y contra) nosotros, prácticas de extrema desigualdad entre hombres y mujeres, de sórdida violencia de género. Que vengan, sí, que vengan, aunque cada viernes den una paliza a sus mujeres, aunque las obliguen a caminar rezagadas por nuestras aceras, a dos metros de distancia de sus amos, aunque las obliguen a cubrirse parcial o totalmente el rostro… A la rueda-rueda de pan y canela. / Dame un besito y vete a la escuela. / Si no quieres ir, acuéstate a dormir… Ah, la decadencia, qué facha tan guay tiene… Y los políticos, periodistas, artistas, intelectuales… todos y todas (se dice así, ¿no?) miembros y miembras, portavoces y portavozas de esta sociedad tan belígera consigo misma, tan permisiva sin embargo con sus verdugos, qué bien nos soliviantan, ¿no?; cómo despiertan nuestras consciencias… Votemos, compremos, chillemos, hablemos como nos venga en ganas. ¡Viva la democracia! Y envejezcamos como Dios manda, con buenas pensiones que soporten los hijos de… ¿Hijos? ¿Cómo producen los robots sus descendientes? ¿Emanan o crean?

Le pregunté al joven con quien hablaba sobre estas cosas, la edad que tenía (veinte). Le pregunté si alguna vez había visto en su entorno familiar, social, escolar o laboral, un acto de flagrante violencia de género (no). Le pregunté si algún familiar, amigo o conocido suyo lo había visto (no, que él supiera). Le pregunté entonces por qué estaba tan nervioso con ese tema (Ah, los periodistas… Si lo dicen por la tele…). No quise frivolizar sobre una cosa tan seria, pero tuve que decirle: Igual España, a pesar de todo, no es un país tan violento. ¿No crees? (Silencio). Luego le pregunté si sentía que debía tener más cuidado en estos momentos cuando trataba de ligar con una chica, después del follón noticioso que se ha montado en el mundo entero al calor de las denuncias de violencia sexista que surgieron en Hollywood (sí). Por último le pregunté si tendría hijos (¿…?). Entonces le conté lo que le pasó al general espartano Dercílidas: Aun en Laconia, donde se respetaba a los militares hasta la veneración, donde los mayores de edad eran ídolos para los jóvenes, Dercílidas, que era célibe y no tenía hijos, fue tratado irrespetuosamente por un adolescente. En una ocasión, entrando el general a un recinto con los asientos ocupados, el dicho adolescente no le cedió el suyo. Dercílidas debió demandar una explicación. Porque tú no dejas un hijo que me lo ceda a mí, dijo el muchacho. Las cosas que se ven en las sociedades de signo ascendente, eh.

¡Que vivan las mujeres!, digo yo. Que alcancen las mismas oportunidades que los hombres en todos los sentidos posibles. (Subrayo posibles. No hace falta que corran los cien metros en nueve segundos, de veras que no). Que retengan su gran privilegio: la capacidad de gestar vida otra. Que cese la violencia en tiempo de paz. Que cese la manipulación de la masa votante y consumidora. Que periodistas, políticos, artistas e intelectuales, se avengan a un guion más honrado. Que la ignorancia no sea tan insolente. Si puede ser, que se lea un poco más. Que se machihembren los hemisferios en el aparato crítico de los jóvenes. Que cese la idiotez, por Dios... ¿Veis cuántas cosas pedimos los memos? Ah, y que ellas no pierdan de vista, ni a Dioniso ni a Eros. Sólo Dioniso las eximió y eximirá del supuesto designio machista de su sexo. (Las vías pánica y apolínea ofrecen más dudas). Sólo ante Eros merece la pena rendir el pudor:
     
Cuando Zeus modeló al hombre, lo dotó en el acto con todas las inclinaciones, pero olvidó inocularle el pudor.

No sabiendo por dónde introducirlo, le ordenó que entrara sin que se notara su llegada. El pudor se revolvió contra la orden del dios, pero finalmente, ante sus ruegos apremiantes, dijo:

Está bien, entraré; pero a condición de que Eros no entre donde yo esté; si entra él, saldré enseguida.