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"El mundo no cierra todavía" (Jorge Tamargo)

viernes, 20 de marzo de 2020

DESENHOS AMADORES, DE FRANCISCO DOS SANTOS. EROTISMO EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS





                    Si el ángel es terrible, sé terrible.                                                           Jenaro Talens


Hace poco leí en Jared Diamond algo relacionado con aquel raro fenómeno del melanismo industrial en las mariposas nocturnas de Gran Bretaña. Resulta que los ejemplares más oscuros de estas mariposas fueron aumentando en número frente a sus congéneres más pálidas, según el ambiente industrializado del XIX inglés se fue polucionando. Sí, al parecer las mariposas nocturnas más oscuras prosperaron y preponderaron, porque al descansar en los árboles renegridos por la suciedad imperante, tenían mayores probabilidades de despistar y esquivar a los depredadores que otras de la misma especie cuyo color pálido contrastaba con el polvo negro. Moraleja: la mimetización con el ambiente polucionado, aun a costa de arriesgar una porción de brillo, puede ser, no sólo inevitable, también aconsejable, provechosa.

Me ha venido esta historia a la cabeza mientras disfrutaba por enésima vez de la serie de dibujos eróticos Desenhos amadores, de Francisco dos Santos. ¿Por qué? Pues porque esta serie, que debo señalar como un genuino fruto de nuestro siglo XXI (no aludo aquí en exclusiva al obvio tiempo histórico, me refiero sobre todo al tiempo psicológico), es oscura, inquietante, angustiosa, sórdida… y sin embargo, bella. ¿Bella? Sin dudas. Si no lo fuera, no habría podido ni siquiera ojearla; y como ya dije, la he visto muchas veces, a lo que añado: con un interés progresivo. La serie es hermosamente oscura y oscuramente hermosa. Oscura, digo, no sólo porque la luz caiga sobre sus láminas con cierta tacañería, que también, sino porque los dibujos que la componen interpelan a lo profundo del sistema límbico, el más arcaico de nuestro viejo y evolucionado cerebro; el sistema que gestiona, en la oscuridad, instintos o emociones tan disímiles como el placer, el dolor, el miedo, la acritud… entre otros que marcan la personalidad y la conducta.

Estos magníficos dibujos eróticos de Francisco me han agarrado, tanto, que al sano y simple gusto de verlos una y otra vez, se suma ahora un interés morboso en averiguar con qué lazo me cazaron.

No es frecuente que el arte “problemático” me subyugue de entrada. Arte “problemático” llamo, a los solos efectos del presente escrito, al que surte emociones inteligentes caras; emociones que de primeras no abren las piernas al alma penetradora del receptor, y por ello no le resultan cómodas, pudiendo resultarle incluso hurañas. Tengo mucho arte percibido, y puede que me haya vuelto vago para entrarle a todo aquello que se presenta con los colmillos por delante. Así que, siendo ésta una serie muy exigente, algo especial debe tener para haberme cautivado como lo ha hecho. Pediré a mi memoria que pulse el cash en la caja registradora de su imaginario, y me dejaré llevar por ella con la intención añadida de que vosotros me sigáis a ver qué pasa; con la intención última de difundirla acompañada, de invitaros a verla, a disfrutarla una y otra vez… con un placer al alza, espero.

Visto desde Europa, si con una mirada tendente a los tópicos, puede llamar la atención de manera espuria que un artista brasileño produzca una serie de dibujos como ésta. Porque Brasil, aunque sea un país diverso y complejo, es también un país joven, emergente, donde la melancolía heredada de Portugal es contrapesada por la alegría que llegó de África, produciendo una mezcla que apunta a la sensualidad y erotiza la diana. Suma erotización que debía moderar la gravedad, al ser continuamente alimentada y alebrestada por la diversidad biológica, racial, étnica, cultural; por la extensión geográfica, por la sobreabundancia en sentido general. «Lo mucho y mulato es leve por antonomasia», dirían algunos. Yo, que soy caribeño, río con estas suposiciones, estos prejuicios. A la vista está que el tópico no funciona, que es inútil y pernicioso más allá de la publicidad turística, tan (de)pendiente ella de los países-museo. Francisco dos Santos es un gran artista inmerso en la tradición occidental, que vive y trabaja en el siglo XXI, en un medio global donde ningún rincón enrolado en la historia está exento de sus venenos. Por eso no debemos esperar de él, ni de ningún otro artista de su tierra y su talla, así, sin más: samba y voluptuosidad sobre todo, a pesar de los pesares, como si de un funcionario del carnaval nos llegara.

Francisco dos Santos trabaja, como diría Dante: en letrinas humanas cosechando; y como diría Lautréamont (por concitar a un autor de muy distinto signo): en la pocilga del Creador. Desenhos amadores es una muestra cabal de ello. ¿Por qué un erotismo tan oscuro, tan atravesado por la gravedad, por el escepticismo? Él sabrá… O no. Los artistas, por el bien de su obra, no deben saber demasiado sobre lo que hacen. Yo sin embargo soy el mirón, y por eso me lanzo a buscar explicaciones; sin que tenga mucho sentido hacerlo, lo sé, motivado por la inquietud que, repito, me ha insuflado la referida serie. Me lanzo y dejo caer, para empezar, unas cuantas palabras suscitadoras: expresionismo (figurativo y abstracto) / fuerza / miedo / pesimismo / desconcierto / angustia / desgarro / escapismo / hedonismo / cansancio / desasosiego / decadencia / sensualidad / hermosura… Ya veis que algunas pueden parecer contradictorias entre sí. ¿Y qué sería del arte si no fuera la libre manifestación de un contrapunto indómito entre fuerzas de muy diferente madre?... En fin, como mi memoria pulsa el cash en la caja registradora de su imaginario, rápidamente me ofrece una secuencia asequible para acercarme a estos dibujos de Francisco.

La dicha secuencia comienza en Miguel Ángel, en aquellos esclavos que debieron formar parte de la tumba del papa Julio II, muy especialmente en el Esclavo Atlante. Comienza ahí porque creo que, sin pretenderlo, con estas obras inconclusas Miguel Ángel inaugura el arte visual moderno, que entre otras cosas se mueve entre la figuración y la abstracción, y que también da fe de la lucha que libra la forma por deshacerse de la materia informe que la retiene y limita. En muchos de los dibujos de Desenhos amadores son evidentes ambas cosas. Cuando Francisco hace zoom, no lo hace con intenciones microscópicas. Todo lo contrario. Lo hace para ir de lo figurativo a lo abstracto en un viaje lleno de sugerencias y evocaciones, donde la imaginación del que mira debe esmerarse con un afán resolutivo que siempre fracasa. Fracasa porque la forma no acaba de brotar de su semilla, que guarda potencias infinitas. Otra cosa distinta, pero de similar estirpe, ocurre cuando Francisco difumina las imágenes como si las pixelara. Una posible, y acaso intuida figuración tranquila es arrebatada sin piedad al observador. Rostros hermosísimos que huyen de su completa definición, de su entrega bajo una luz franca, provocando en quien los persigue una angustia desoladora. De nuevo la imaginación del observador se ve retada, aguijada. «¿Por qué? ¿Por qué?»... De nuevo la forma renuncia a lo que se estima su meta. Son imágenes en alguna medida corruptas. «Arte degenerado», dirían los acólitos del Führer. La forma que se da y se quita en un movimiento insólito, oscuro, desconcertante… Y entonces, ¿cómo y por qué nos engancha? …Una incertidumbre acompaña siempre a la oscuridad, el esfuerzo que hace la imaginación para completar la idea despierta a los espíritus, y proporciona una fuerza adicional a la pasión, dijo Hume. Tal vez por ahí…

La secuencia incoada en Miguel Ángel continúa con Goya, el verdadero padre del arte visual contemporáneo. (La paternidad del toscano es casual). Goya es origen y causa primera de todo lo que se produjo después de él en el XIX, y también en el XX, en el XXI. Francisco dos Santos cuando dibuja lo hace siempre influenciado, de una manera u otra, por su tocayo, el genial grabador aragonés. En esta serie son evidentes las resonancias de Los Caprichos, y sobre todo de Los Desastres de la guerra: combinación de línea y medios tonos / expresionismo / desgarro / sordidez…

Después de Goya, y en la misma secuencia aclaratoria, estarían en tanto dibujantes o grabadores: Rodin / Klimt / Schiele / Picasso / Feininger / Bellmer / Lucian Freud… En todos estos casos las referencias atañen al asunto: el erotismo; y a la forma, ya afectada por la modernidad en lo que toca a su falta de mansedumbre, su rebeldía ante una posible entrega franca, su lucha por ser y no ser en la medida oportuna y honesta, que es la que marca un tiempo rapidísimo y decadente, carcomido por el escepticismo, el relativismo, el nihilismo… No me extenderé analizando autor por autor, pero sí me detendré mínimamente en Lucian Freud. Porque algunos de los grabados al aguafuerte (blanco y negro) de este autor comparten con los dibujos de Francisco un cierto tenebrismo que de alguna manera también nos arrastra a la angustia. Me refiero, por ejemplo, al Man posing. Hago un paréntesis aquí para aclarar que el posible tenebrismo de Freud y de Francisco nada tiene que ver con el aparecido en el Barroco (italiano y español) del XVII. No es la iluminación violentamente contrastada en una diagonal potente que produce claroscuros impactantes lo determinante aquí. Es justo lo contrario. Tanto en el referido grabado de Freud como en algunos dibujos de Francisco, el uso de una luz poco contrastada, isotrópica, plana, que parece entrar por una ventana norte y resultar de la radiación difusa, no de la directa; produce un efecto, aplanador primero, vigorizante después dado el esfuerzo cómplice que reclama de nuestra imaginación. En el caso de Francisco, de esta racanería con la luz llega a brotar una suciedad que aumenta la angustia y la sordidez. (Suciedad. ¿Y qué? Hace mucho que Atum se masturbó sobre las aguas primordiales para crear la vida. El Nilo: su fruto, baja sucio de historia hace más de cinco mil años). Pero esto no ocurre en todos los dibujos de la serie. Como quien quisiera aliviarnos intermitentemente de tal angustia, Francisco intercala algunas imágenes mucho más luminosas y contratadas entre esas otras donde la falta de contraste nos desasosiega.

Si quisiéramos hacer un paralelo entre la secuencia que acoge y ampara a los Desenhos amadores de Francisco en lo que a arte visual se refiere, y otra secuencia similar en el ámbito literario; secuencia, esta segunda, que también abarque el asunto: lo erótico, y una forma digamos “impura” o “problemática”; tendríamos que empezar por los latinos Ovidio, Catulo y Marcial, detenernos en el primer humanista moderno: Dante; seguir con Becadelli, Aretino, los barrocos españoles, especialmente Diego Hurtado de Mendoza, hasta llegar al verismo decimonónico europeo. Y llegados a este punto, nos encontraríamos de nuevo con Goya, para terminar desembarcando en los albores del siglo XX, donde todos los artistas que pretendieron una excelsitud anclada en su tiempo se volvieron descaradamente conflictivos. En teoría el arte debía ser para todos, pero sólo en teoría; porque como bien dijo Ortega: lo exquisito ¡qué le vamos a hacer!― es socialmente ineficaz. Bastaron poco más de cincuenta años, los que mediaron entre la Revolución Francesa y la aparición en escena de Poe o Baudelaire, para que el hombre-masa se diera de bruces con un arte que debió pertenecerle, y que sin embargo le resultaba absolutamente ajeno. En la segunda década del XX, y como diría mi amigo Fernando del Val, Joyce levantó acta de aquel desaguisado. En el Ulises, entrañado en la oscuridad pecaminosa, desde el coño hundido y gris del mundo le llamó a Jehová recaudador de prepucios. Casi nada. Es cierto que como dijo Michaux: el hombre blanco es poseedor de una cualidad que lo ha hecho hacer camino: el irrespeto, pero tanto irrespeto resulta…  No sigo por aquí porque no toca.

Ahora se trata de que pulséis el enlace que os pongo abajo, y por vuestros propios pies entréis de visita en Desenhos amadores, de Francisco dos Santos. Si os encontráis con mariposas nocturnas de un marcado tono oscuro, deteneos ante ellas, dadle la oportunidad de que desplieguen para vosotros su parda hermosura y disfrutad. Disfrutad. Recordad que las mariposas pálidas o fulgentes no siempre funcionan en los ambientes polutos.

Un erotismo juguetón y ramplón, cargado sólo de sí, puede que no sea bastante en tiempos de coronavirus. ¿Acaso fue suficiente el amor en los tiempos del cólera? No lo sé. Pero está claro que para que el erotismo desembarque en el Amor con mayúsculas tiene que trascenderse en los posibles amantes. No es asunto de flechitas o fluidos profanos. Eros no es un diosecillo. A pesar de lo que haya dicho Diotima en aquella borrachera platónica, Eros nació del huevo original, el engendrado por la Noche, cuyas dos mitades, al separarse, formaron la Tierra y el Cielo. Eros es y seguirá siendo una de las grandes fuerzas que mueve al mundo. ¿Es el arte veraz la mejor vía para honrarlo? Tampoco lo sé. Lo que sí creo saber es que aquí no hablamos únicamente, ni siquiera en primer lugar de sexo. No hace falta. A fin de cuentas, y como dijo Bataille: el sexo está en todas partes menos en el sexo mismo.


 https://www.lummeeditor.com/drive/desenhosamadores/desenhos%20amadores%20-%20pgns.pdf





lunes, 24 de febrero de 2020

LOS ARGUMENTOS DEL TRÁNSITO






El pasado jueves, 20 de febrero (2020.02.20, qué fecha tan… redondita ¿no?), presenté Los argumentos del tránsito en la librería Oletvm de Valladolid. Me acompañaron más de cincuenta amigos: lectores, amigo-lectores y lectores-amigo; sí, porque la lectura coparticipada (autor / lector) es una vía de amistad fortísima. Entre todos ellos, dos estuvieron especialmente cerca, especialmente implicados: César Sanz, el editor de Difácil, la editorial que apostó por el libro; y José Ramón González, quien lo presentó. A ambos reitero un singular agradecimiento.

César es el tipo de editor que mejora los libros que caen en sus manos. Los argumentos del tránsito no está impreso, que también, está editado: e-di-ta-do, quiero decir, sin que las prisas y la chapucería reinantes en el sector tuviesen la menor oportunidad de amargar el saboreado silabeo.

José Ramón es uno de los lectores más agudos que conozco. Es la segunda vez que tengo la suerte de contar con su pregón a favor de un libro mío. Suerte, digo, porque este hombre tiene una lucidez lectora encomiable, y porque sabe comunicar lo que lee con una claridad que envidiarían los más avezados controladores de vuelo; y con un hálito sugestivo a la vez, que envidiarían algunos donjuanes de la literatura. José Ramón siempre “vence” a los libros y convence a sus posibles destinatarios. Es un gran lector y un gran comunicador. No tengo sus palabras por escrito, pero sí grabadas en vídeo. Al final pondré un enlace para que podáis ver y escuchar un fragmento de su intervención si os apetece hacerlo.

Pero a ésta, mi argumentada fiesta, se ha sumado un tercero; alguien también muy especial para mí: Fernando del Val, un joven y gran poeta (gran Escritor, me corrijo, capitalizo la testa del sustantivo y redondeo por exceso sin excederme; creedme quienes no lo conozcáis todavía) que ha leído el libro con un gozo cómplice. Qué suerte voy teniendo. Que después de la lectura comentada de José Ramón, llegue alguien como Fernando y escriba lo que leeréis a continuación es… ¿demasiada ventura? Poco me importa lo que sea. Como le oí decir en una ocasión a Di Stéfano (sí-sí, Di Stéfano, ese mismo, el difunto futbolista hispano-argentino) al recibir un premio: no sé si lo merezco, pero lo trinco. Gracias, poeta. 



LOS ARGUMENTOS DEL TRÁNSITO

Por Fernando del Val


Celebrar la existencia no es conducta evasiva. Los que no sostienen la mirada a la muerte o no afrontan las penalidades de la vida no la celebran. Todos somos incompletos, pero, si acaso, ellos más: parecen incluso nacidos de una costilla. Ni los suicidas vocacionales son felices cuando afrontan el acto que los salvará de sí mismos. Dice Julian Barnes que sólo las palabras viejas sirven: muerte, congoja, tristeza, pesar, sufrimiento. “Nada modernamente evasivo o medicinal”. Pero de la oscuridad de esas palabras nace una luz de asunción que permite, constelada, sobrellevar el día a día, y celebrarlo. En un libro tan gozoso como el de Jorge Tamargo hay mucha consciencia de finitud. Sin ella, no hay celebración: hay espasmo. Los argumentos del tránsito (2020) es un libro celebratorio con el fundamento de la autoconsciencia. Y Jorge celebra la vida midiendo el verso, inserto en la tradición, sin temer el presente y, diría, sin miedo al futuro. Pocos versos hay que leer para advertir su tono dispuesto a la batalla de la vida. “Porque memorizas, piensas y temes, el viaje / no es un paseo”. Es decir, a la imaginación y a la inteligencia se superpone la memoria. Y el olvido ―sin olvido―: “(…) Quise ser todo cuanto / pudo aliviarte. Estoy contigo. Ya no / soy. No existo. Pero en ti todavía canto / para ti”. Jaque a la reina, que es la muerte. Qué más se puede pedir. Tamargo exprime la potencia creadora del idioma y nos ofrece su néctar desconcertante. Da igual si lees: “(…) donde / el trallazo de dios, ya curva matemática, / ensaya la agrimensura del tiempo” y fantaseas con la aparición del personaje de Kafka en mitad del primer segmento del libro: el maravilloso agrimensor de En la colonia penitenciaria, tan condenado y poca cosa que conduce a la sonrisa, casi a la felicidad. Y da igual porque detenerse de forma exclusiva en las resonancias directas, indirectas, o imaginadas, de Tamargo es caminar un sendero fidedigno, pero incompleto. Hacerlo transforma las migas de pan en trampas que desvían del destino. A las sugerencias de Tamargo debemos añadir el reconocimiento de una labor creadora que parecería surgiera de la nada, si no supiéramos ya demasiado, nunca es demasiado, y si no lo supiéramos, a él, a Jorge, inserto en la tradición. Una de las cosas mejores suyas es que nos hace desaprender, olvidar lo leído, y nos permite zambullirnos en el lenguaje sin otro objeto que el lenguaje. Tarea tan inútil como transcendente, ya que, en el mejor de los casos, somos seres para el placer estético. Pero abandonarse a él requiere de esfuerzo receptor y de materia prima sobre la que efectuar el abandono, siendo esto segundo, obvio, lo más complicado. Bien. Pues Jorge Tamargo es un poeta tan musical, o sea tan poeta, que otorga al lector la posibilidad lujosa de despojarse del entendimiento y de abandonarse a la lectura sensitiva. Acunado o zarandeado por un ritmo que no excluye acordes ni sonido melódico. El ritmo significa. Y la forma que deja el sonido en el espacio, también: “(…) aprendes a nombrarlo casi todo. No lo conoces, / pero lo nombras”. Si un poeta no es visionario no es poeta. Pero si sólo es visión, tampoco es poeta. Son la cultura y el pensamiento la inteligencia que ejerce de contrapeso a la imaginación: así, de lejos, el caballo va desbocado, pero, si la cámara gira y mete zoom, observaremos que las manos de Jorge aprietan las riendas. “Es la imaginación / tu último baluarte, el sexo / de tu inteligencia, el verdadero aguijón / de tu memoria”. Los argumentos del tránsito es un libro lleno de palabra vieja ―la que consuela― y de palabra nueva ―la que invita a la esperanza―. Es un libro nuevo que es viejo; y que se convertirá en antiguo. Todos debemos darle las gracias.




Para escuchar en mi voz un acto de Río, que es uno de los poemas del libro, pulsad el siguiente enlace:
Para escuchar parte de las palabras de José Ramón, pulsad el siguiente enlace:



El libro se puede adquirir en la librearía Oletvm. También en cualquier otra librería. También en Amazon. Yo prefiero que lo compréis por esas vías que reconocen y apoyan el esfuerzo de quienes trabajan profesional y duramente en la distribución de libros. Pero si estáis lejos de Valladolid y encontráis alguna dificultad en estos canales de venta (espero y deseo que no os ocurra), por favor, pulsad el enlace correspondiente entre los que siguen:


Compra desde España:



Compra desde Europa: (fuera de España)



Compra desde fuera de Europa







martes, 21 de enero de 2020

PACIEL. PEDRADA PRODIGIOSA Y MUERTE EN EL COLUMPIO







Ante la extensa y variadísima obra de Rolando Paciel, no sé cómo aplicar aquel proverbio que dice: piedra que rueda no cría musgo. Porque ¿qué valor tiene el musgo artístico? El musgo-musgo vale para decorar belenes, para ahumar la malta con que se produce el güisqui, para hacer cataplasmas contra quemaduras y heridas; y también está en la turba, o sea, que sirve como combustible. Pero en el arte, ¿cuánto vale el musgo sobre el canto quieto? No lo sé. Sospecho que su precio se fija, generación tras generación, precisamente por los espíritus pétreos de turno: los amantes de la capa protectora y valedora (¿decorativa? / ¿lucrativa?), que para ellos adquiere la obra detenida en sí misma in aeternum. Parafraseando a Byron, me atrevo a decir que estos tasadores de la plusvalía musgosa se contraen ante la experimentación que pone en solfa sus argumentos, como un monarca ante la poesía.

En cualquier caso, la piedra de Paciel no es capaz de criar musgo porque rueda sin cesar. Comenzó su andadura en La Habana, hace medio siglo, y sigue rodando hoy día como si un niño soplara tempestades para impulsarla. A mí me ha barrido más de una vez. Más de una vez me ha levantado los pies del suelo para involucrarme (tras ella y por un período prodigioso) en las magníficas instantáneas que produce ese rodar sin término. Cuánto lo he agradecido, lo agradezco. Otras veces me ha esquivado, cómo no: Para la piedra que rueda y rueda... rueda y rueda porque en el rodar mismo encuentra la energía motivante; para ésa que debe tomar caminos muy distintos si no quiere detenerse, no todos los paisanos resultamos igual de atractivos en todas las ocasiones. Sin embargo, incluso cuando he salido indemne ante su posible cantazo, el Paciel rodante siempre me ha interesado. Por eso: porque no cría apático musgo, porque siempre genera ajetreo, roce, chispa…

Y ahora estoy aquí, en mi despacho, tratando de sostener durante el mayor tiempo posible el raro placer que me ha producido este nuevo impacto; imaginando cómo contarlo, cómo captar entre vosotros algunas piernas propensas al choque con los cantos rodantes, cómo invitaros a poneros en medio, a dejaros golpear; no golpear, sino acariciar por Paciel. Acariciar, digo bien. Porque de primeras pensé (perdonadme la confianza): «coño, qué clase de pedrada me ha dado este maricón», pero después me di cuenta de que esta vez el golpe no dejaba dolor, qué va, ni siquiera el dolor feliz que acarrea una sobredosis de inquietud. Esta vez, tras la violencia del impacto sobrevino enseguida una relajación que sólo puede regalar y regala la belleza cuando llega cargada de sí misma: belleza y punto.

¿Para qué más? ¿Es que hay más? ¿Debía detenerme, y sin añadir ninguna palabra a la noticia, limitarme a procurar que de alguna manera pudierais ver la serie completa? Puede que sí. Según Croce: el arte se disipa y muere cuando de la idealidad se extraen la reflexión y el juicio. Muere el arte en el artista que se vuelve un crítico de sí mismo, y muere también en el que mira o escucha, porque de arrobado contemplador del arte se transforma en observador penetrante de la vida. De acuerdo. ¿Por qué seguir entonces? «Chss…», podría estar silbando alguno de vosotros con el índice en los labios, no sin parte de razón, para que lo dejara aquí. Pero esperad, esperad… porque según Wilde: para el artista, la expresión es la única forma de comprender la vida. Para él, lo que no habla está muerto. Con esto también estoy de acuerdo. Y claro, si todo lo vivo, que en este contexto quiere decir todo lo que expresa algo, habla para el artista, que a su vez sólo lo comprende y comunica a través de la expresión: hablando, ¿acaso éste no agradecerá que expresemos con palabras, si es que podemos, lo que su obra nos ha dado, lo que ha dicho ante y para nosotros? ¿Y haciéndolo, acaso no podríamos provocar una reacción simpática en otros; esto es: ayudar a que lo que expresa el artista llegue a más gente? Quizás en lugar de «belleza y punto», en el párrafo anterior debí escribir: belleza parlante, punto y seguido… Además, a quién voy a engañar: más allá de lo que enrede alrededor de esto, me gusta hablar y escribir (también) sobre arte, en especial cuando una obra produce en mí un efecto tan… ¿sobrecogedor? Sí, sobrecogedor.            

Paciel hace tiempo que viene trabajando con la misma técnica, pero esta vez, como se dice vulgarmente, se ha salido del mapa. Las láminas que veis en el encabezamiento, y que veréis más y mejor si aceptáis mi proposición última, están realizadas con una técnica que no conozco porque el autor mantiene en secreto. No me preocupa demasiado ignorarla, lo confieso. Aquí la técnica, como en cualquier otra gran obra de arte, importa casi nada. Ni siquiera el asunto importa demasiado. Como se ha dicho tantas veces, en el arte es la forma lo determinante, porque es ella la que tiene capacidad de dar voz a cualquier sustancia (material o inmaterial), de expresar algo a su través, manipulándola, in-formándola. Y muchas veces la forma se expresa a sí misma. Y ni falta que hace otra cosa.

Pero como somos animales parlantes, y estamos inmersos en una tertulia milenaria que por fortuna no sabemos cerrar, ante una obra tan excelente como ésta de Paciel, es normal que, aunque callemos primero, después…

Qué energía, y la vez, qué delicadeza. Estas imágenes contienen el irrespeto activo de Occidente, moderado por el respeto pasivo de Oriente. Tal vez por eso, y por otras cosas que diré después, además de atemporales resultan universales. Es como si un aluvión de impacientes y caóticos cuantos imaginarios se aviniera a un orden totalizador que lo dota de armonía resolutiva. Resolutiva, sí, pero también capaz de deshacerse en cualquier momento. Qué tensión. Y qué equilibrio. Es como si Van Gogh y Hokusai hubiesen pactado un punto medio para abordar la abstracción que quizás intuyeron, y hubieran soplado a Paciel las claves de tal pacto. Van Gogh y Hokusai apuntando al expresionismo abstracto de Pollock, y también renunciando a la parte más individualista de su temperamento, para que la obra, cargada de una extensión y una duración tan humanas como divinas, dijera: «todo / siempre / ubicuo».

Qué giro el de Paciel en esta serie. Él, que ha trabajado muchas veces con un afán deconstructivista, aquí construye como un relojero. Si bien en otras ocasiones su imaginario ha rozado el escepticismo y el nihilismo propios de una visión postatómica, aquí se aferra a un plan casi agustiniano:¡Qué haya variedad en el vestido, pero no roturas!, decía el santo de Hipona. Cada lámina en sí misma es a la vez un evento resuelto (una suerte de minitodo) y una parte inseparable de la totalidad que la incluye trabándola con el resto. Estas láminas pudieran funcionar muy bien de manera aislada. Sin embargo, es bajo la disciplina de la serie donde mejor lo hacen. Porque aunque cada una de ellas exprese un submundo bastante, la serie completa recrea un arjé en el que tierra, aire, fuego, agua, logos y número quedan definitivamente encadenados. Todo. Uno. ¿Dios?... Y esto, tanto si nuestra imaginación flota en un medio estelar, como si se sumerge en otro celular, porque las imágenes tienen la capacidad de sugerir tanto visión telescópica como microscópica. Es más, sugieren ambas cosas a la vez.

Quería hacer estos breves apuntes, pero debo reconducirme a tiempo. Más allá de lo que os puedan sugerir estás láminas que, como cualquier obra de arte (recordad lo que escribí antes apoyándome en Wilde) expresan contenidos: hablan a través de la forma; más allá, digo, de su vertiente discursiva; por favor, disfrutad el magistral uso del color, el magistral uso de los medios tonos cuando no hay color, la perfecta combinación de masas y líneas, el equilibrio de la composición: la hermosura de los motivos, la solvencia de las mallas o tramas que los enlazan, la oportuna aparición de los vacíos… Disfrutad la delicadísima tensión que todo ello genera. Dejaos ir por un rato tras Paciel hacia la totalidad posible, que no podrá prosperar, no acabará de ser cierta, si no como agente y paciente de la belleza. Lo que no es bello, no puede ser verdad, decía (¿exageraba?) el romántico De Musset. Y yo me atrevo ahora contra el verismo barato recurrente en los últimos doscientos años: lo que no es bello, digo, necesita muletas para alzarse, constituirse; y cuando lo logra, necesita mayores muletas aún para no caerse, romperse. Las muletas para lo feo y lo roto las venden hoy (bien caras y envueltas en baba conceptual) muchos mal llamados críticos de arte a los artistas mediocres. No es el caso, claro que no. Ni me tengo por crítico de arte, ni vendo la baba al peso, ni Paciel compraría semejante cosa, ni esta serie suya necesita muleta alguna para empinarse hasta los mismísimos altares de la imaginación.  

Esta serie es arte grande. Ya lo veréis. Después de recibir una pedrada tal, una caricia tal, quizás estemos mejor preparados para prescindir del musgo-costra; para, a pesar de nuestro trasiego razonante, divertirnos llanamente con las cosas hermosas mientras estemos vivos; y para, como decía Verlaine (sin prisa, por favor): morir en el columpio.




Ved y gozad la serie completa pulsando el siguiente enlace:






miércoles, 8 de enero de 2020

ENTRE TORRES Y ESCOMBROS








Amigos, después de dos meses de parada, regreso a este espacio donde quiero imaginar que os encontraré de vez en cuando. Creedme que valoro muchísimo esa perspectiva: la de vuestra hipotética complicidad, quiero decir. Si un año más sucede que os propongo algunas pausas interesadas, esto es: que os demoréis aquí para cavilar y/o disfrutar a partir de un tema que, tanto para vosotros como para mí, merezca cavilación y/o prometa goce; si un año más, digo, damos juntos en la tecla buena, me seguiré considerando un afortunado. No os cuento. No es vuestro número lo que alimenta mi vilo. Es esa posible diana, que en cada uno de vosotros (uno a uno), y en mí mismo, vislumbro: la inquietud compartida.

Como cada año (uno más / ¿un regalo? / ¿hasta cuándo?), durante mi retiro fui capaz de escribir un poema largo y una novela corta. Regreso a mi cita con vosotros (contigo, lector-uno que espero no sé dónde, multiplicado por ti mismo) con el primer acto de ese poema recientísimo, que dediqué a Dante. Ojalá os guste (te guste). ¡Feliz 2020!




                                ENTRE TORRES Y ESCOMBROS


                                Como espigas de
                                piedra (hojas y flores ocultas, atentas al
                                campaneo en el umbral, todavía, de la
                                máquina-reloj) las torres laicas, también
                                vigías de feroz ventalle, irritan, empinan
                                el alzado frailuno de la delfín de Roma: la
                                nieta (una más) medio griega, medio
                                persa, medio fenicia, medio romana de
                                Ausonia. Florencia, quinto elemento dijo
                                el octavo Bonifacio. La Toscana rehija. Sus
                                caballis barban. Puede que intuyan
                                reencarnación. Vuelan sobrepujando la
                                chatura villana en pos de ciudad, de
                                nación, ¿de reino? ¿Reino de Dios, del
                                hijo de Dios? …A la nona de un día de
                                mayo, después de que tres veces trian-
                                gularan los argumentos (ah, el tres: raíz
                                de nueve, cómo trajina para indicar la
                                raja de la mazmorra) a los pies de Santa
                                Margarita (no tumba todavía de Bice
                                Portinari, que connacía; no hucha empu-
                                tecida por los guiris) el esperado descen-
                                diente de Cacciaguida (lo que dicta La
                                comedia, a misa): una criatura prognata,
                                fea, ¿epiléptica?; llegó para musicar el
                                Almagesto, en tanto se habilitaba la vía
                                copérnica. Llegó para renovar… (Todo
                                parto necesita audacia. Toda mañana es, en
                                cierta medida, insensata). Europa /
                                cristiandad / luz / resol / lengua… Dante.
                                Entre torres y escombros (demasiado Uberti /
                                Cerchi / Donati… demasiado Clemente /
                                Felipe) el nacido se acoge, se aferra al
                                viejo edicto de Caracalla… enroma. Roma,
                                pero primero Florencia; las calles oscuras,
                                escombradas de Florencia. Piedras más o
                                menos alemanas, más o menos italianas, que
                                suben y bajan los andamios al son de
                                Las Decretales, mientras en Francia con-
                                trolan (¡hélas!) las apuestas. Primero juego
                                y plaza. Y letra: letra sub ferula. Y or-
                                fandad. Y prima revelación: ah, Bice
                                (Beatriz), esa niña que sueña en la torre
                                vecina… Entre las torres, pasarelas. Bajo
                                las pasarelas prohibidas, piedras. Entre
                                las piedras amontonadas, sueños. …El
                                magnate puja. El noble resiste. El niño
                                sueña. A su manera. Es un florentino: ni
                                agua, ni fuego, ni aire, ni tierra. Sueña
                                en corto como florentino, a cubierto de
                                la materia; y en largo despierta como
                                romano (entiéndase hijo del mundo) como
                                cristiano (entiéndase hermano del hijo del
                                Padre) a cubierto de la intrascendencia, bajo
                                el manto real de todas las techumbres. …La
                                mano de Dios sale de las nubes. Pulsa
                                su forma mentis. ¡Gracia! ¡Hosanna! Le
                                asigna un alma entera: animal / intelectual /
                                divina; predispuesta a la areté: reza /
                                trabaja / combate. Tres operaciones del
                                alma. Tres actividades del hombre. Tres
                                caras tiene el demonio, que dopado
                                aparece en escena. ¿Gambito divino? Un
                                leopardo, un león y una loba, acechan
                                en los escombros. No van solos. No van
                                sueltos. Alguien que habla en latín los con-
                                trola. ¿Los controla? Los mantiene sujetos,
                                olisqueando en la escombrera. ¡Cuidado!
                                De casa de Folco sale Beatriz; de casa de
                                Alighiero, Dante. Nueve años tienen
                                ambos. Ambos bautizados en San Gio-
                                vanni. Ambos, soñadores de torre. Ambos
                                predestinados a imaginar una montaña
                                de seda, donde sólo había… ¡Zas! Beatriz:
                                luz / alcanfor / azagaya… hierofanía. Y él
                                (cadena perpetua) a combatir el taeduim
                                vitae calculando la geometría de un
                                beso. Cartilla. Cartilla. Recordad: letra
                                sub férula. ¿Niñez en el Medioevo?
                                Nueve años de estudio para lograr com-
                                prender el próximo encuentro, para que
                                la razón poética pueda cobrar su presa, y
                                de nuevo a la nona de un día de mayo, Beatriz
                                lo mire, ¡Dios!, lo salude. Letra. Letra ad-
                                ministrada por mendicantes. …El Panteón
                                de Agripa se ha convertido en iglesia, en
                                templo, quiero decir, de Cristo. Dante se
                                vierte a sí mismo por el óculo impuro que
                                Tomás acrisola en Paris, esa invención
                                carolingia que el Magno Alberto arrebata
                                a la barbarie noruega, a la avidez de Nemrod. …Ya
                                estaba el sol disparando el día. En los
                                salones de la historia, por sus ventanales
                                góticos, penetraba la bala sin afectar al
                                vidrio negociador de luz. La luz, esa luz
                                dilecta (ni cirio ni antorcha: pura helio-
                                descarga hecha por El Luminar con su máuser
                                preferida) impactaría… no impactaría, impactó,
                                en la sesera del niño: matemático Casandro
                                a quien fulmina el amor.


           

lunes, 11 de noviembre de 2019

VOLAPIÉ







Como ya sabréis quienes estáis atentos a este espacio (ah, cuánto supongo, ¿habrá alguien que realmente…?, ¿no será suponer ―pedir― demasiado?) hace unos meses que vengo anticipando la próxima edición de Los argumentos del tránsito, libro que cuenta con tres poemas largos: Río, Rueda y Casa.

En las dos ocasiones anteriores que os hablé de esto, lo hice añadiendo un acto de Río y otro de Rueda. Ahora cierro este anticipo sonsacador con el primer acto de Casa. Los espacios del ser, se subtitula. Como en los casos anteriores, se trata de un décimo del poema. 

La próxima noticia que os daré, será la definitiva aparición del libro. (Lo edita Difácil, una editorial a la que tengo especiales cariño y respeto, por su demostrado compromiso con la creación literaria, y por la gran solvencia de su editor: César Sanz). Ojalá que para entonces, estas noticias con carga de prueba hayan cumplido su deseo: ir inclinando a favor del libro, a algunos de los que resulten finalmente sus destinatarios. 

Aprovecho además para despedirme por este año. A partir de ahora, y salvo que una urgencia me obligue a lo contrario (urgencia, por Dios, hoy estoy sobreexcitado) dejaré de aparecer por aquí. Si vosotros podéis y queréis, nos reencontraremos en enero del 2020. 

Feliz salida y entrada de año para todos.          

  


I


Un puñado
de luz y otro de arroz, ensavian
las paredes de la casa. Casa. Teatro
que enmaroma la cuerna al demonio, anuda
su cola, para que Dios, ofrendado
en el rostro de tus padres, bendecido
en el grosor de sus afanes,
cada mañana toque su Stradivarius
sin trompeteo enemigo. Luz y arroz. Y
un rimero de pasiones limpias
que alebresta el violín: Puntual agitación
donde das con tu nombre, eres. Pronto a,
te (re)conoces. Tú, en una casa sin
sótano o desván (todo planta baja
ella) diáfana hasta la inocencia, hasta
la soberbia incluso, que sublima
el espacio entre las playas del cielo
y el patio de la escuela. Tú, nombrado, con
la mollera presta al hisopo, la frente
a la calentura… Niño y casa. Catasueños
en la platea de un mundo en ciernes,
donde las nuevas de puré y cuartana
son traídas por un mismo ángel: el tuyo. Revuela
la biblioteca, la cocina. Sale / entra / sale /
cae / asciende / cae… en súbitos
picados. Goza. Hace cabriolas en torno
a la chimenea. Cabriolas aéreas
                                               (cuando la casa es feliz,
                                   el humo juega suavemente
                                                           sobre el tejado)
que circundan o atraviesan la encina exhalada
por el bofe hestio. Fuelle / casa / niño /
ángel juguetón que respira madera… Sí,
pero también padres. Padres… No te
desnortan la embriaguez del nuncio, su bureo.
(Casa de arroz y luz. Sueños de arroz y luz).
El mercurio apenas halla margen para el
delirio, si éste acarrea miedo. Juegas. No temes.
Todo lo ajeno, expandido en el colegio, se
retrae en el jardín, donde la casita de los abuelos
espalda, lo que la perra flanquea
persiguiendo la pelota. ―Espacio inagotable,
piensas. No piensas. Experimentas
la extensión que dura sin límites que
amenacen, sin pautas o muescas que avisen
de larvadas mutaciones. Extensión
embarazada de ti. Tú al centro. Lo demás
te orbita... Las estaciones peroran
en vano. Cíclicamente tosen paisaje
alrededor de la casa, sin que su tos te
incumba: Luz y arroz. Y padres. Y abuelos. Y
ángel. Y el violinista que cada mañana
interpreta el solo (el mismo solo) que
retiene para ti las cuatro notas (las mismas
cuatro notas) que te harán por siempre
sinfónico. Eso crees. Lo asumes. Compruebas
que la casa no tiene dobleces. Todo es tuyo
o para ti. Cuánto aseo. Apenas
puedes ocultar las liendres que auguran
escozor y desconcierto. Juegas. Eres
tu propio ariete. No lo sabes. Juegas
en un universo pulcro, redondo,
que deberás medir y batir. No lo sabes.
Tu casa no tiene puertas. O sí, pero
apenas separan lo que ya te pertenece
de lo que no te atañe. Tampoco
tiene rincones. Está sobreiluminada. Tiene
lámparas-ojo (todo lo que brilla ve)
que sorben y derraman luz a la carta.
Casa-teatro. Exordio. Escaleta donde
el diablo, inhábiles cuerna y cola,
carece de texto y voz... Tu casa
no tiene bodegas, no tiene torres,
pero sí aras: Ah, la mesa, orquesta
para el himno triple de cada día; y el hogar,
donde arden la leña, el sarmiento,
con igual y sospechosa mansedumbre,
para que el ángel perfore las volutas de humo
y pite ebrio el prólogo al violín. Aras: Bajo
la cama, el cajón. Cobijo para las ansias
que no sabe el coro. Ni luz ni arroz ahí. …No
todo es diáfano en el primo espacio, una vez
que conquistas un cajón. No todo
es lustre al abrigo del somier, donde
la sombra ensancha la duda, la duda
ensancha la gracia, la gracia
ensancha el deseo, la casa… Los bajos
de la cama, ¿el sótano? La copa del castaño,
¿la buhardilla? Entre el cajón y el árbol… Entre
las playas del cielo y el patio la escuela…
Una asonada de preguntas cuece
en lo oscuro, a ras de suelo. Los muñecos
te interpelan en una lengua secreta. Y
donde reina el violín, la per-
cusión dimana sediciosa. Dice tiempo. Grita
¡Tiempo!, cuando la casa, con sus muros
ensaviados de arroz y luz, apenas susurra
e s p a c i o… Llaman a comer. Un pájaro que
canta las cabañuelas, desde el castaño se
lanza al fondo de tu cajón. Volapié.

 

martes, 17 de septiembre de 2019

EN TU MANANTE HOYO






Hace un par de meses publiqué el noveno acto de Río, uno de los tres poemas del libro que tengo en proceso de edición: Los argumentos del tránsito. Hoy publico el primer acto de Rueda, su segundo poema, con la intención de seguir predisponiendo (a favor del libro, espero) a quienes me leen aquí.

En tanto el libro transita su Adviento y apunta a su Pascua (¿soy demasiado optimista?), vaya este segundo ensayo de mi lengua pregonera en pos de vuestra complicidad.   



                                             I

                                    …vuélvete, Muerte. Y
                                    se volvió, quevediano cadáver casi, para
                                    golpear el gong con su muleta y anunciarse
                                    vulnerable. Miente la Negrona, lo sé, pero
                                    se tambalea para la obertura
                                    del poema garañón que la suspende. La
                                    poesía avisa: Ni su Majestad aguanta
                                    mi embestida. Impongo tu presencia y la
                                    descentro. Cómo debe odiarte la muy
                                    terca. La leche que surtes y derramas
                                    en mi cóncavo nadir, la desespera. La
                                    Muerte sólo puede a quienes beben
                                    de su teta la pócima blanquísima: encendidos
                                    animales que pululan, sobrecargados de
                                    biológicas anécdotas. Pero tu leche es
                                    negra. Mejunje prebiótico, uranio, ideal
                                    para un Proteo demente que pasta en las
                                    honduras, no en las cimas. ¿Con qué
                                    sustancia-hembra me sostienes
                                    locamente increpando a la Señora? No
                                    contestes urgida. Gotea la
                                    respuesta. Viviremos mientras viva la
                                    pregunta. En la pústula mortal del
                                    Universo, sólo se apiñan los amores
                                    doctos. Nosotros no sabemos. No
                                    queremos saber. No cabemos enteros en
                                    el infecto grano. De la nada girovagamos
                                    el tracto nutritivo: Tú manas. Yo bebo, te
                                    poetizo y alzo. Cuántas muertes habremos
                                    evitado. Cuántas veces (negro frente a
                                    negro) abriste las piernas contra las
                                    amígdalas de la Gran Garganta. Cuántas
                                    acodalaste su túnel, derramaste a sus
                                    puertas tus fluidos, polinizaste su
                                    úvula... Adelante. Inunda sin cesar
                                    mis fuentes. Déjame rehacerte
                                    poema. Humedécete. Dame tu milagroso
                                    pezón. Su aureola suplante el óbolo
                                    que raudo validaría el desdentado, el
                                    de los remos de apariencia calma. Mira
                                    cómo se dice mortal la Señorona, cómo
                                    da tumbos, cómo disimula para que
                                    confiemos, cejemos, apartemos la
                                    vista, icemos velas… Cuidado. Sigamos
                                    royendo su mancuerna. Entreguémosle, sólo,
                                    desmemoriada fibra. No sé del todo
                                    qué das, pero sigue. Dame. Deja que lo
                                    vean, por qué no, esos perversos. Que
                                    se masturbe Pan. Que Dioniso se haga
                                    penetrar por un rebaño mutante. Que
                                    Apolo ladee el moño y equivoque las
                                    notas. Que enfríen a Caronte. Que
                                    tiemble el viejo cuervo sobre la ardiente
                                    joroba, ante la sed que persevera, se
                                    demora, en tu manante hoyo.