lunes, 5 de enero de 2015

Poesía y arquitectura. La imagen entre la fuga y la estancia. El acorde posible






                                                  Cuando la imagen se abstiene de ráfagas figuradas,
                                                  cuando inaprensible huye de las cadenas causales
                                                  en pos de la fantasía y de la magia supremas,
                                                  (pura sustancia poética que a la forma se le escapa)
                                                  sabe que a su regreso, puesta a salvo de la nada,
                                                  el arquitecto, con su segura pátina,
                                                  brindando con el poeta, el pensador, el artista,
                                                  sereno mas diligente la esperará en la estoa,
                                                  para en acto de justa concreción reparadora,
                                                  llevarla (ah, madonna fatigada)
                                                  a casa.


Soy poeta y arquitecto. También (¿cómo no?) lector de libros y ciudades. Lo que puedo aportar aquí, como doble actor y espectador, tendrá necesariamente su carga teórica, pero no debe limitarse a ella. ¿Y qué es? Pues la visión de alguien que trabaja en ambas disciplinas con un afán humanista. Los muchos años que llevo escribiendo, diseñando, construyendo y leyendo, me dan la posibilidad de hacerlo desde una perspectiva no muy común. Esta visión tiene varios ángulos: el teórico, el empírico y el poético. En esta ocasión me centraré en el último. No hablaré sólo de poesía en detrimento de la arquitectura, no, sino de la poética como fin último de ambas disciplinas, de las particularidades con que actúa la imagen en cada una de ellas, y de los ámbitos en que la imagen poética y la arquitectónica pueden y deben arrumbarse para alcanzar un ambiente construido lo más adecuado posible al espíritu del hombre.

Doy por sentado que sabemos, o al menos intuimos, que la poesía y la arquitectura son artes, que por ello aspiran ambas a una poética, o sea, comparten un fin que trasciende en términos éticos y estéticos su campo meramente disciplinar; un fin que les exige ir mucho más allá del objeto concreto de su producción artística: el poema y el edificio. Ese más allá, esa demasía imprescindible radica y opera en la imagen que, con sus particularidades, gesta, caracteriza y mide la poética en ambas artes.


La imagen entre la fuga y la estancia

En un texto reciente, donde también analizaba la imagen en poesía y arquitectura, comparé: “…lo inaprensible que en términos figurativos puede llegar a ser la imagen poética o musical, con la mayor tendencia a la figuración que, aun en obras pretendidamente abstractas, suele haber en la imagen ligada a la obra de arte visual…” No hablaba entonces de forma sólo como figura externa, sino también y de manera especial como figura interna, esa que es captada con la mente, es decir, como idea. En aquel texto situaba “…en un extremo la imagen poética y en el otro la imagen arquitectónica. La imagen poética de alta calidad, que aun siendo decididamente metafísica, se resiste a ser apresada en una forma definitiva, burlando una y otra vez las cadenas causales que la pretenden, huyendo de todo intento de concreción reduccionista; frente a la imagen arquitectónica, tan necesitada ella de ese estadio de concreción que, aunque con un germen más o menos imaginativo, termina siendo fruto de una causalidad severa que la obliga a su forma en un espacio que no podrá trascender, y en un tiempo que sólo trascenderá como memoria figurada, como proyección de una idea alcanzada…” Entonces ya sugería cuáles son las principales diferencias entre la imagen poética y la arquitectónica, pero ahora quiero profundizar en ello.


La imagen poética

“Si me descifras en el río, te muerdo en la serpiente”. Esta frase de Lezama recoge a la perfección la esencia inaprensible de la imagen, especialmente la poética. La imagen poética, cuando es buena, huye de la solución definitiva, de la sentencia meridiana y razonada como si en ello le fuera el ser. Una imagen resuelta abandona el amplio territorio de la idea para entrar en el acotado predio del concepto. La verdad y la razón poéticas resuelven abriendo, no cerrando. La sustancia poética nunca formaliza definitivamente, porque si lo hace en buena medida deja de serlo. La poesía, que es o debía ser siempre un ejercicio (el principal) de alta reflexión, no maneja sin embargo respuestas unívocas, sino vías para que las preguntas puedan contaminarse de tiempo, y en esa temporal mácula renueven su simbólica fertilidad. La poesía amasa harina negra, y quienes la experimentan extraen de ella temporales y dorados panecillos para el sustento diario. Pero estos bocados, afortunadamente, alivian sólo el hambre provisional, no el eterno apetito. La imagen poética que busca la sentencia, y para su mal la alcanza, abandona lo simbólico en pos de una verdad y una razón ya no poéticas, sino conveniente y convenidamente ciertas, o sea, enfermas, cuando no muertas. La poesía resuelta es matemática leyenda, ciencia. No se puede encontrar a la poesía cómodamente instalada en una cadena causal, sujeta a un relato determinista, despejando incógnitas y resolviendo ecuaciones. La imagen poética no soporta las operaciones que la reducen a lo meramente conceptual. Decía Schopenhauer:

“…el concepto se asemeja a un recipiente muerto en el que se encuentra realmente todo lo que se ha introducido pero del que no se puede sacar (mediante juicios analíticos) más de lo que se ha introducido (mediante reflexión sintética); la idea, en cambio, desarrolla en aquel que la ha captado representaciones que son nuevas respecto de su concepto homónimo: se parece a un organismo vivo, en desarrollo, con capacidad procreadora, que produce lo que no estaba incluido en él […] el paso de la idea al concepto es siempre una caída…”

Tal capacidad procreadora es la que tiene la imagen, especialmente la poética. ¿Acaso las ideas no son imágenes? La imagen poética es siempre potencia, no agotado acto; es idea viva, no del todo resuelta.

Especial interés tiene en la poesía, sobre todo si se compara con la arquitectura, su relación con la luz. En poesía la luz (su imagen, claro, la que más ilumina) es siempre parpadeo, siempre un logro transitorio, algo que se arranca trabajosamente a la oscuridad para matar el hambre urgente con uno de aquellos dorados panecillos. La mejor imagen poética, aunque se nos presente iluminada, en el fondo padece una severa fotofobia. El poeta no trabaja con luz, en la luz. El poeta trabaja a plena oscuridad. Todo parpadeo que le es sustraído a la Señora, tiene por necesidad su negra e inmensa contraparte. Aquí no hay simetría posible. Una temporal ráfaga de luz sólo es posible si emergiendo de un continuo oscuro del que se ofrece una noticia carísima: la poética, la única que puede aspirar a un ápice de veracidad. Cuando el poeta sale de la oscuridad con su esplendente bolsita del todo abierta, esperemos deslumbrada y regalada pacotilla; porque es en cofres con cierto recato de luz donde lucen las verdaderas pepitas. Estas son las “migajas” esenciales. Todo lo hace el poeta por ellas, por su capacidad para meter sentido donde no lo hay, aunque sabe, que, como dijo Gamoneda: “Salimos/ de la oscuridad como del sueño:/ torpemente vivos.”


La imagen arquitectónica

Para explicar las características de la imagen arquitectónica, especialmente en contraposición a la poética, buscaré apoyo, no en arquitectos, sino en poetas y pensadores. Los arquitectos solemos estar, sobre todo en los tiempos que corren, inmersos en un quehacer que nos aparta vertiginosamente del humanismo. Somos “técnicos”. Cada vez nos alejamos más del ideal vitruviano y nos colocamos orejeras más agudas y rotundas. Regresamos a un estadio arquitectónico primitivo pero mucho más reducido que aquél. Sí, por ejemplo en Grecia, la arquitectura era una mera tecné, estaba dirigida a producir bienes materiales, sin embargo, al no haberse “democratizado”, extendido y distendido, al no haberse divorciado del pensamiento mitológico que la sustentaba, ni apartado de los programas “divinos”, la imagen operaba allí de una manera muy viva. De acuerdo, una simple técnica que propiciaba cobijo, pero a los dioses… En fin, que me perdonen los colegas arquitectos, pero nos movemos hace bastante tiempo en el reducido y penoso campo de una tecné sumamente empobrecida, y así… Decía Schopenhauer:

“La arquitectura se distingue de las artes plásticas y la poesía en que no ofrece una copia sino la cosa misma: no reproduce, como aquellas, la idea conocida, prestándole el artista sus ojos al espectador, sino que aquí el artista simplemente dispone el objeto para el espectador, le facilita la captación de la idea llevando el objeto individual real a una clara y completa expresión de su esencia.” […] “…el arte arquitectónico, cuyo fin en cuanto tal es explicitar la objetivación de la voluntad en el grado inferior de su visibilidad, en el que se muestra como un afán sordo, inconsciente y regular de la masa…”

Con algunos importantes matices, así es. Como ya dije en una ocasión, “…la sustancia arquitectónica sólo es si reducida a forma, sólo puede ocurrir y ocurre en un espacio y un tiempo concretos, hacia una idea que tiende a cerrar sobre sí misma...” Y comparaba: “…el poema y la pieza musical que escapan a la causal forma-idea, con el edificio que la concreta. El poema y la pieza musical que, aun ‘terminados’, se abren en múltiples potencias, frente el edificio que, concluido, se cierra en acto…” La arquitectura ocurre de un ámbito de concreción reductora de la imagen, menor, si hablamos de un mausoleo, mayor, si lo hacemos de un hospital, pero considerable en cualquier caso si la comparamos con la poesía. ¿Y a qué se debe esto? Existen varias causas:


La componente material:

La arquitectura es algo bien diferente a su dibujo, su proyecto. Tenemos una capacidad cada vez mayor de anticiparnos a ella, de simularla y prever su resultado, pero no vemos una película cuando leemos su sinopsis en prensa, nos la cuentan, o sacamos la entrada en taquilla; ni escuchamos una pieza musical cuando hojeamos su partitura. La arquitectura no es construcción, pero al menos hasta hoy, debe ser construida. La arquitectura ocurre físicamente en un espacio determinado, durante un tiempo también determinado. Es esta dependencia de lo material una de las causas que explican que la imagen arquitectónica tenga las alas más cortas que la poética. Como la materia no puede ser amorfa, y mucho menos puede serlo la manipulada por el hombre, su esencia material obliga a la arquitectura en dirección a la figuración, y la imagen arquitectónica debe figurar dentro de los límites de su materialidad. En adición, no lo hace por un instante, sino que busca una forma adecuada para una obra que necesita, cuando menos, un equilibrio estático perdurable, más en un templo que en una feria, pero siempre en alguna medida perdurable. La forma en arquitectura no lo es todo, pero es imprescindible para que ésta se pueda considerar como tal. Entonces la idea, esto es la imagen arquitectónica, no puede escapar a un importante factor de concreción formal, ligado a un espacio y un tiempo finitos y mesurables. Y además, se nos da principalmente mediante la visión, un simple sentido, con todas las limitaciones que ello implica, incluidas la propensión a la figuración resuelta, y las carencias o limitaciones frente a la evocación. La materialidad implícita en la arquitectura es para la imagen arquitectónica una reductora carga.


La componente utilitaria:

Pero la arquitectura, en la gran mayoría de los casos, tiene también una misión utilitaria. Se construye para albergar y proteger de la intemperie actividades que el hombre no puede o no debe desarrollar a campo abierto. Y este utilitarismo se extiende también a lo urbano. Observen cómo lo explica (¿lo cuenta?) Ortega:

“La urbe no está hecha, como la cabaña o el domus, para cobijarse de la intemperie y engendrar, que son menesteres privados y familiares, sino para discutir sobre la cosa pública.” […] “¿Cómo puede el hombre retraerse del campo? ¿Dónde irá, si el campo es toda la tierra, si es lo ilimitado? Muy sencillo: limitando un trozo de campo mediante unos muros que opongan el espacio incluso y finito al espacio amorfo y sin fin. He aquí la plaza. No es, como la casa, un ‘interior’ cerrado por arriba, igual que las cuevas que existen en el campo, sino que es pura y simplemente la negación del campo. La plaza, merced a los muros que la acotan, es un pedazo de campo que se vuelve de espaldas al resto, que prescinde del resto y se opone a él.”

Sí, ya sea en el ámbito privado o público, y salvo en escalas en las que la arquitectura linda con la escultura u otras artes visuales, la obra arquitectónica, y por extensión la urbana, siempre conllevan un fin utilitario. Ello condiciona y complica el papel de la imagen en la arquitectura, porque ésta debe jugar su simbólico rol, no sólo concretamente figurada, sino además sometida a la molesta convivencia con procesos de medida y cálculo que a priori le son ajenos. Entonces ya tenemos una imagen que no puede escapar a su figuración, ni quedar dispensada en ella de cohabitar un objeto sometido a necesidades “espurias” que poco o nada tienen que ver con su esencia.


La componente técnico-económica:

Las componentes material y utilitaria de la arquitectura, que la obligan a construirse, la someten también a procesos netamente técnicos. Y no me refiero aquí a los que tienen que ver con el control del propio discurso arquitectónico, sino a los vinculados con esa “vulgar” y doble necesidad que tiene la arquitectura de materializarse “perennemente” figurada, siendo, además, útil. Decía el propio Ortega: “…la técnica es mera forma hueca (como la lógica más formalista); es incapaz de determinar el contenido de la vida…” Y si la técnica no puede siquiera determinar el contenido de la vida, cómo esperamos que opere en la sobrevida; si es incapaz de dar un sentido humano a la relación del hombre con la naturaleza, qué podrá hacer frente a la sobrenaturaleza. Eso es la imagen: sobrenaturaleza. Y ya se encontró en su camino hacia la arquitectura con una materialidad figurada, una exigencia utilitaria, y la necesaria medicación de la técnica para alcanzar ambas. Pero entonces aparece la economía. Porque todo ello debe equilibrarlo la arquitectura en dirección a obtener una relación óptima entre el esfuerzo invertido y el resultado obtenido. Claro que esto también depende del programa arquitectónico en cuestión, pero en todos ellos, en mayor o menor medida, intervienen limitaciones económicas. Siguen añadiéndose procesos de medición y cálculo que en principio son ajenos a la esencia de la imagen.


La componente espacio-temporal:

La servidumbre ante un espacio y un tiempo concretos y finitos es también una condicionante severa para la imagen arquitectónica. Decía Schiller: “Lo que nunca y en ninguna parte ha sucedido,/ Sólo eso no envejece nunca.” Si la imagen logra escapar a las apetencias de la forma y mantenerse siempre en potencia, si no se concreta en acto, figurando, dejándose medir, pesar, desentrañar del todo; es decir, si no aparece más que como posibilidad, no envejecerá. Pero si por el contrario se cierra en acto, ocurriendo formalmente en el tiempo y el espacio, estableciendo con ellos una dependencia total, no sólo envejecerá, sino que dejará de funcionar como imagen viva, pasando a ser idea alcanzada. Eso es la imagen arquitectónica, una idea que necesita concretarse, “petrificarse”, y, sin poder prescindir de lo espacio-temporal, busca entonces convertir el espacio colonizado en referencia de sí misma durante el mayor tiempo posible. Hablamos aquí de pretensiones propias de la arquitectura, no de la construcción, o de otras disciplinas que a veces intentan suplantarla. Entonces la imagen arquitectónica llama, como ninguna otra, a la puerta de la memoria. Porque es en la memoria donde puede seguir operando, esta vez como noticia de los condicionantes que la hicieron precipitar y sedimentar cual fenómeno en la obra de arquitectura. Es tan grande el esfuerzo invertido por el hombre para fijar con éxito a su tiempo-espacio la idea o imagen arquitectónica válida, que no puede permitirse el lujo de olvidarlo. En la memoria, la arquitectura se redimensiona. Su fertilidad es cuestionable en términos creativos, pero mantiene otro tipo de interés… Aún así, el templo griego ya nos dijo todo lo que importa, mientras que el acusmata pitagórico se mantiene inagotable. El uno habla del griego y sus circunstancias. El otro, del hombre, de lo sobrehumano. El uno está en el tiempo y el espacio, en los suyos. El otro no está en el espacio; sí en el tiempo, pero en todo el tiempo del hombre, y siempre con la misma y rabiosa juventud. El uno se puede medir y pesar, ocurrió. El otro es inaprensible, no ocurre más que a ráfagas y siempre fuga. El uno es luz franca. El otro, oscuridad, con apariciones oblicuas de una luz escapista. Ahí están las diferencias esenciales.


La componente simbólica:

La arquitectura fue (¿todavía es?) el más eficaz soporte simbólico con que cuenta el hombre. Pero en ella se produce una paradoja interesante: es la mejor vía para fijar símbolo. Sin embargo, el símbolo fijado puede tender a explicarse, y si lo hace, morirá. Nos dice Jung: “Un símbolo pierde su virtud mágica, por decirlo así, o si se quiere su virtud redentora, tan pronto como su reductibilidad es reconocida. Por eso un símbolo activo ha de tener una hechura inasible”. La imagen arquitectónica, sometida a sus componentes material, utilitaria, técnico-económica y espacio-temporal, tiene que ajustar el símbolo a un discurso concreto, incluso retórico que, aun cuando se haga muy abstracto, inevitablemente tomará forma y cerrará en acto. Si Atenea hace en el Ática una aparición numinosa en el crujido de una rama que parte en su árbol, no habrá comprometido su potencial simbólico en medida alguna; la idea “Atenea” quedará intacta. Pero si la diosa se hace escultura y adquiere casa en la Acrópolis, su potencial simbólico se habrá comprometido con una forma, un discurso, un vocabulario, unos procesos de cálculo y medida... Aquí el símbolo se va reduciendo, y la idea, ya figurada “para siempre”, va cayendo progresivamente hacia el concepto. La arquitectura fue, especialmente antes del “siglo de las luces” y su revolución industrial, el arte escogido por las clases sociales dominantes para dar cabida formal a sus símbolos, y proyectarlos, hábilmente sometidos a la figura, sobre el presente y hacia el futuro; en cierta medida con su propio lenguaje abstracto, y en mayor medida aún con el lenguaje figurado de otras artes visuales a las que ofreció un soporte óptimo para sus fines. La imagen arquitectónica, no sólo tuvo las limitaciones ya expuestas con anterioridad para mantenerse inasible del todo, abierta en potencia, sino que fue requerida para gestar símbolo; no mágico, irreducible, para eso ya estaba la poesía, sino pétreo y matemático. Claro, el símbolo en arquitectura es muy visible, mientras funciona es apabullante, pero está siempre cercado por su tiempo, por su espacio, por la necesidad de concreción formal. Sin embargo, la imagen arquitectónica, también por quedar fijada, “petrificada” a la vista de todos, aun con un valor simbólico nulo si nos referimos al concebido en origen, es muy capaz de operar en la memoria colectiva redirigiendo el símbolo original por derroteros muy diferentes al que en inicio tuvo. La imagen arquitectónica nace reducida, pero su poética no sólo opera en su tiempo y por una vía, es capaz de perdurar asida a la memoria con una nada despreciable vocación “arqueológica”. Mas por aquí nos vamos desviando, así que regresemos.


La dependencia de la gravedad y la luz:

La imagen arquitectónica está siempre “presa” en la gravedad y la luz. Claro que tiene capacidad evocativa, pero toda ella pasa por estas razones físicas que condicionan su metafísica y su poética. Se cuenta que san Juan de la Cruz, en medio de una visita que hizo con algunos discípulos a un bello edificio recién construido, al notar el desmedido entusiasmo de ellos ante la obra, les dijo: “Recuerden que no hemos venido a ver, sino a no ver”. Bueno, el místico podrá abstraerse del hecho arquitectónico para trascender sus límites a plena oscuridad, pero la arquitectura hay que verla… y a la luz. Decía Shakespeare: “Si cierro más los ojos, mejor veo”, y Goethe: “Al conjuro de nuestra imaginación podemos producir en la oscuridad las imágenes más claras”. Bien, lo que pueden mejor “ver” o producir los poetas con los ojos cerrados es, sobre todo, imagen poética, pero la imagen arquitectónica, una vez que lo es, o sea, que ocurrió definitivamente en el edificio, sólo puede ser experimentada con los ojos abiertos. Con ellos cerrados se podrá recordar, incluso recrear lo antes visto, pero no se podrá tener la primera y necesaria impresión. Si bien para la imagen poética la oscuridad es fundamental, para la arquitectónica lo es la luz. Esta es una diferencia esencial. Contra la omnipresencia de la gravedad y la luz, para medirlas, controlarlas y dirigirlas interesadamente manipuladas en un sentido favorable a lo que la obra demanda, trabajamos los arquitectos incansablemente, pero nunca podremos, al menos en la tierra, lograr una obra ingrávida o puramente etérea, como tampoco una que se pueda experimentar a plena oscuridad.


El acorde posible

Hasta ahora, y aceptando de partida que tanto la poesía como la arquitectura son artes cuyo principal afán debe ser la poética, hemos visto resumidamente cuáles son algunos de los factores que diferencian a la imagen cuando obra en ambas disciplinas. Pero de poco nos valdría haberlo hecho si nos detenemos aquí. Avancemos para examinar en qué medida confluyen ambas artes y sus respectivas poéticas, y cómo pueden apoyarse mutuamente en pos de un acorde que beneficie especialmente a la arquitectura y al ambiente habitado por el hombre.

Aunque pueda parecer lo contrario, varios autores, desde clásicos a contemporáneos, se han acercado a este tema desde muy diferentes perspectivas. Hay numerosos ejemplos de artistas que han cultivado ambas disciplinas, y de estudiosos que, de manera más o menos directa, se han preguntado lo que ahora nos preguntamos: ¿Qué relación existe entre ambas artes? Pues bien, después de haberlas ejercido durante algunos años, y de haber leído al respecto varias obras de distinta índole; creo que entre la arquitectura y la poesía existe una obvia relación disciplinar, si bien ésta se hizo más o menos intensa, más o menos evidente, según la época de que se tratara. Pero también creo que ambas disciplinas comparten fines más acá y más allá del objeto concreto de su producción artística: el poema y el edificio; ya que comparten varias herramientas de trabajo, o sea, varios medios para alcanzar, tanto sus obras concretas, como, en última instancia, los fines que las trascienden en términos éticos y estéticos. Hagamos un poco de historia:

En la antigüedad clásica, sobre todo en Grecia, la poesía y la arquitectura estaban consideradas de manera bien distinta: la arquitectura era sólo una tecné dirigida a producir bienes materiales. Junto a la pintura, la escultura y la orfebrería, se consideraba la arquitectura como un arte mecánica en la que tenían una indeseable incidencia asuntos tan prosaicos como el esfuerzo físico y el consecuente sudor. La arquitectura estaba peor valorada que la geometría o la retórica, por ejemplo. Mientras tanto, la poesía era considerada por casi todos como una disciplina excelsa, ajena a la producción de bien material alguno. Era una actividad propia de verdaderos elegidos que obraban por inspiración divina, bajo el amparo interesado de Apolo y de las Musas, quienes podían otorgarle, incluso, dones sobrehumanos.

En el medioevo, a la lumbre del cristianismo, bajo una Episteme marcada por la religión, ambas disciplinas estaban también desigualmente consideradas. La poesía dejó de ser vista como un don especial desde el punto de vista estrictamente humanista, y se convirtió progresivamente en un vehículo de acercamiento a Dios, en una suerte de vía para la oración, la devoción y el misticismo. Mientras tanto, la arquitectura, aun siendo la vía para conseguir los grandes espacios rituales y doctrinales, aun haciendo resonar en ellos el contrapunto entre cielo y tierra, aun soportando y ofreciendo con su vocabulario los mensajes religiosos dirigidos a feligreses incapaces de leerlos en otro lenguaje, por lo general mantuvo su consideración de arte menor destinado a la producción de bienes materiales.

Es con el impulso humanista del renacimiento, finalmente superado el concepto clásico y medieval de “artes liberales” (Trivium: Gramática, Retórica y Dialéctica; Quadrivium: Aritmética, Geometría, Astronomía y Música) que la poesía y la arquitectura van a avanzar en su relación y equiparación disciplinar, hasta llegar a ser consideradas ambas, junto a la pintura y la escultura, como nuevas artes liberales. La figura de Alberti, por citar el caso tal vez más llamativo, es una muestra ejemplar del ejercicio equiparable y equiparado de la arquitectura y la poesía a un mismo tiempo y por un mismo artista. Aunque todavía en esta época autores como Cellini, por ejemplo, siendo él mismo orfebre y escultor, se permitía el lujo de referirse con cierto desprecio a los escultores, porque se ganaban la vida con ese sudoroso oficio.

La ilustración primero, y después el romanticismo (siglos XVIII y XIX), trajeron nuevas segregaciones semánticas y conceptuales que afectaron a todas las artes, también a la poesía y a la arquitectura. Estas dos últimas, ya más equiparadas desde el XVI, siguieron distinguiéndose por su objeto y su alcance. Ambas pretendían la belleza, pero la lograda por la poesía seguía escapando a lo estrictamente sensorial, no se veía, ni se tocaba; mientras que la lograda por la arquitectura, sí. La arquitectura, la pintura y la escultura pasaron a integrar las Bellas Artes, y se fueron democratizando poco a poco bajo las exigencias del emergente “hombre-masa”. Por su parte la poesía, para los neoclásicos, y sobre todo para los románticos, volvió a ser considerada como la manifestación suprema de la inspiración y el genio.

En el siglo pasado, colmo de los procesos socio-culturales y político-económicos que se iniciaron en el tardío medioevo, cuando el paradigma religioso comenzó a ceder terreno ante el moderno: la “sacra” comunión de la ciencia experimental con la economía de mercado, la arquitectura y la poesía mantuvieron diferencias disciplinares en cuanto a valoración social y destinatarios. Aunque en ámbitos académicos la arquitectura se incluyó, junto con las llamadas artes plásticas, dentro de las artes visuales, el arquitecto se fue alejando progresivamente del artista, derivando hacia el técnico, apartándose por ese camino de su modelo post-napoleónico y decimonónico. El poeta, aunque también condicionado por su tiempo, se movió menos. Ambas disciplinas afinaron su vocación “democrática”, pero con desigual rotundidad. Mientras el discurso arquitectónico dominante abandonaba sus afanes elitistas a lo “Beaux Arts” para atender a la mayoría, y cedió a las exigencias de una voraz industria de los materiales, de las ingenierías técnicas y las financieras, confundido ya muchas veces con el propio de la construcción, el discurso poético no siempre lo hizo. Porque junto a tendencias más o menos veristas, más o menos mayoritarias o rebeldes frente a las élites de todo tipo, siguieron existiendo voluntades más “clásicas”, importantes espacios poéticos para la “imagen de alcurnia”, que situaba todavía a muchos autores entre los genios incomprendidos, incomprensibles. Recordemos, por ejemplo, que Juan Ramón Jiménez dedicaba su “poesía pura” “A la inmensa minoría”.

Claro, aunque como hemos visto, la arquitectura y la poesía tuvieron más o menos relación disciplinar según la época de que se tratara, ambas compartieron siempre lo que llamó Aristóteles la Poética. Si convenimos con el pensador estagirita en que todo proceso artístico parte de la mímesis, de la capacidad del ser humano para imitar a la naturaleza, y de su necesidad irrefrenable de hacerlo; si convenimos, digo, con Aristóteles, en que el grado de excelencia en ese proceso de imitación (que yo quiero ahora llamar también interpretación) de la naturaleza, de la realidad, conduce a la poética; tendremos que aceptar que la poética no sólo está al alcance de cualquier arte, sino que debe ser su máxima aspiración. Entonces la arquitectura y la poesía están relacionadas, no sólo desde el punto de vista disciplinar, sino también por su meta común: la poética. El arquitecto, como el poeta, el pintor, el escultor, o cualquier otro artista, imita la naturaleza. Creo yo que además, y en primer lugar, la interpreta, traduce, reinventa en busca de su poética.

Pero ¿dónde confluyen ambas artes y sus respectivas poéticas? ¿Cómo pueden apoyarse?

En primer lugar aparece un punto de encuentro bastante obvio. No es lo que más importa, pero la poesía y la arquitectura son artes que comparten varias estrategias y herramientas de producción, cuyo conocimiento en una de ellas, puede ayudar para el ejercicio en la otra. Por ejemplo, ambas disciplinas necesitan de una vocación estructural, en muchos casos buscan la misma economía de medios, la misma eficacia comunicativa, tienen parecidas concepciones del ritmo, similar necesidad de administrar tensiones, y de introducir momentos o períodos de feliz desconcierto en sus obras. Esto hace que cualquier poeta que haga arquitectura, o la experimente guiado por un conocimiento amplio de sus reglas, así como cualquier arquitecto que escriba poesía, o la lea dotado con la capacidad de disfrutarla en toda su complejidad, estén mejor preparados para ejercer sus respectivas artes que aquellos de sus colegas que carezcan de tales apoyos. Pero como ya dije, esto no es lo más relevante, y además, no es exclusivo de la poesía y la arquitectura. Cualquier artista estará mejor preparado para ejercer su arte, mientras mejor conozca, como actor o espectador, las otras. Es en otro terreno donde encuentro el mayor margen de apoyo entre la poesía y la arquitectura. Y ese apoyo se me hace más esencial cuando va de la primera a la segunda.

Vimos que la imagen arquitectónica, en el proceso de producción de la obra de arquitectura, cae de la idea al concepto involucrada en una cadena causal donde intervienen condicionantes de muy diverso tipo. En tal proceso, la imagen que, atención, puede partir de su máxima potencia (ahí está el detalle que importa) va cerrándose en acto en la medida que el edificio va configurándose (diseño y construcción) hasta quedar definitivamente conformada en él. Concibo el hecho arquitectónico dividido en tres grandes fases o etapas: conceptualización inicial, anticipación y concreción. En las tres opera la imagen arquitectónica que, en proceso de formalización, va de su mayor potencia (conceptualización inicial) hasta su reducción actual (concreción) pasando por la anticipación (diseño). Una vez superada la primera fase, de ocurrir ésta, pues muchos arquitectos la obvian, la imagen arquitectónica que ya entró de pleno en su cadena causal, así condicionada, y sujeta además a un entramado conceptual más o menos cerrado, será cada vez más ella misma y admitirá menos apoyos de cualquier tipo. Es en la conceptualización inicial, especialmente en el comienzo de esta fase, donde la imagen arquitectónica, en gestación aún, admite y necesita ayuda. Es aquí donde la imagen poética puede aportar mucho a la arquitectónica.


Conceptualización inicial en la arquitectura. El margen poético

La arquitectura es, o debía ser, una disciplina humanista. Aquella visión de Vitruvio sobre el arquitecto: “Será instruido en la Buenas Letras, diestro en el Dibuxo, hábil en la Geometría, inteligente en la Óptica, instruido en la Aritmética, versado en la Historia, Filósofo, Médico, Jurisconsulto, y Astrólogo”, con algunos matices obvios, forzados por la importante progresión que ha tenido el conocimiento desde su época a la nuestra, tiene total vigencia en su fondo. Sí, el arquitecto debe ser un humanista. Como cualquier otro artista, debe poner su lenguaje y su vocabulario al servicio de una intención con un ascendente claramente cultural en el sentido más amplio del término. Para ello cuenta con muchos y variados medios: la luz, la gravedad, el propio lenguaje arquitectónico, el sitio, la ciencia, la técnica, los materiales de construcción, el dinero, etc. Pero el fin: aquella poética aristotélica, que si me permiten trasciende ahora, para nosotros, la simple imitación de la naturaleza, y aborda la realidad demandando también su interpretación, la lectura de sus múltiples planos, sus infinitas traducciones para hacerla más potable a los “consumidores”; no se puede definir si no en y desde el más profundo humanismo. Aunque suene a cuento, dada la triste realidad en la que se desarrolla nuestra actividad cotidiana las más de las veces, la aspiración de Vitruvio mantiene sus fundamentos en la actualidad. Claro, la ilustración y la revolución industrial la han convertido en una quimera. Tal vez sea totalmente imposible que un arquitecto pueda hoy día reunir en sí un saber tan enciclopédico. Pero aún aceptando como irremediables la especialización y la división del trabajo actuales, un arquitecto no debería prescindir jamás de tal aspiración: la que ha de inclinarlo hacia el conocimiento humanista, ése que le impedirá confundir los medios con los fines. No se puede enfrentar la obra de arquitectura partiendo sin más de un análisis técnico-económico-normativo, un programa funcional y un levantamiento topográfico. Eso podrán hacerlo la ingeniería, la construcción, pero nunca la arquitectura. Insisto, si estamos aquí, es porque sabemos o intuimos que la arquitectura es un arte. Y el arte no puede ceñirse a semejantes supuestos. Sencillamente no cabe en ellos. La arquitectura debe nacer de premisas humanistas, y para ello, antes de entrar en su fase de anticipación pura y dura (diseño) debe ser ideada, (imaginada) a un nivel superior. Más aún, debe ser dotada de la fuerza germinal de la imagen en toda su potencia. Y esto no necesariamente tiene que dibujarse, porque el dibujo tiene una servidumbre frente a la forma que puede ser muy comprometedora en estas instancias primeras. La arquitectura tiene que ser ideada antes de ser anticipada. Y es en tal etapa de conceptualización inicial, mientras la imagen conserva toda su fuerza y su carga sugestiva, justo antes de que la imagen arquitectónica comience a consolidarse, cuando la poética puede servirnos de mucho. Recordemos la tendencia de la imagen arquitectónica a reducirse a concepto. Ayudemos entonces a que lo haga de la manera más abierta, amplia y fértil posible. Aun a riesgo de cometer “culpa” de idealismo, recuperemos aquí y ahora a Schopenhauer poniendo en paralelo idea (imagen) y concepto:

“El concepto es abstracto, discursivo, totalmente indeterminado dentro de su esfera, definido solo en sus límites, accesible y comprensible para cualquiera que simplemente esté dotado de razón, transmisible en palabras (o signos arquitectónicos, digo yo) sin ulterior mediación y susceptible de agotarse en su definición. Por el contrario, la idea, que ha de definirse siempre como representante adecuada del concepto, es plenamente intuitiva y, aunque representa una cantidad infinita de cosas individuales, está completamente determinada…” […] “La idea es la unidad disgregada en la pluralidad en virtud de la forma espacio-temporal de nuestra aprehensión intuitiva: en cambio, el concepto es la unidad restablecida desde la pluralidad a través de la abstracción de nuestra razón…” […] “Según todo lo dicho, el concepto, por muy provechoso que sea para la vida y por muy útil, necesario y productivo que resulte para la ciencia, para el arte es estéril a perpetuidad. En cambio, la idea concebida es la única y verdadera fuente de toda obra de arte auténtica…”

Aunque no suscribamos tal discurso en su totalidad, (al menos yo no lo hago) este gran pensador nos ayuda a entender por qué la imagen poética puede obrar provechosamente en los inicios del proceso gestor de la arquitectura. Justo antes de que la imagen arquitectónica comience a “cerrarse” para caer al concepto, la poética puede y debe intervenir para ensancharla lo máximo posible. Por eso, después de haberlo experimentado en múltiples ocasiones, recomiendo acudir a la poesía, y, buscando en ella la enorme capacidad sugestiva que tiene la imagen poética, introducirla en los primeros estadios del proceso de conceptualización que debe inaugurar todo intento de arquitectura. Antes de los primeros bocetos. Es ahí, en el fuego primigenio de una caldera netamente humanista, donde la imagen poética puede mejor arder para ayudar a la arquitectónica. Si esto sucede en ese momento, el camino que recorrerá la imagen arquitectónica hasta su figuración definitiva será más poderoso. Ojo, no más claro, sino poderoso…

Pero además, lo inaprensible de la imagen poética no está reñido con su capacidad para la ráfaga figurada. Todo lo contrario. Demandada por la conceptualización inicial del proceso gestor de la arquitectura, la poesía también puede hacer escala en la forma para abrir la puerta rápidamente a la imagen arquitectónica hacia su necesaria reducción conceptual. La imagen poética, si requerida en tal sentido, puede ser un surtidor de conceptos. En estos estadios iniciales, donde más acude el arquitecto a su “caja negra” dejando en un segundo plano su “caja de cristal”, la ayuda de la imagen poética puede ocurrir de muchas maneras. ¿Quiere esto decir que la imagen arquitectónica será necesariamente otra y distinta en esencia, si se ha gestado con tales premisas, que puede tender a lo literario? Para nada. La arquitectura sólo puede alcanzar su poética por medios propios. No hay arquitectura posible fuera del discurso arquitectónico. No es la carga literaria de los textos coránicos insertos en la yesería de La Alhambra, lo que le otorga la poética a sus espacios. Es la idea, la imagen de Dios (ese enorme poema) hecha arquitectura. Dios, imagen poética inaprensible, La Alhambra, imagen y poética arquitectónicas de ella resultantes. Ahí tienen un ejemplo notable del acorde posible.



jueves, 20 de noviembre de 2014

Inventario anual, pausa y poema







Queridos amigos, como cada año llegada esta fecha, debo aparcar mi cuaderno digital y encerrarme para la poesía. A partir de ahora y hasta el próximo enero, emplearé todo el tiempo que pueda arrebatarle al trabajo “alimentario” para escribir y corregir poemas. Espero poder con un libro que me pide paso. Deséenme suerte. Durante todo el “curso” estuve activo en este medio. Publiqué unos cuarenta textos de diferente tipo y extensión. Me divertí, contacté (y quién sabe si conseguí) nuevos lectores, hice nuevos amigos, obtuve pruebas de una complicidad en progresión, sobre todo en las redes sociales, pero también a través de los correos electrónicos, las llamadas telefónicas y los mensajes privados con que muchos se hacen presente. Gracias, muchas gracias. Cada vez me siento más cómodo sosteniendo este espacio donde suelo citarme con ustedes (“la inmensa minoría”) para contestar el imperio de la “realidad”. Me obliga pero me place. Además me mantiene a la temperatura óptima para escribir. Y, quizás lo más importante, me hace creer que todavía hay tiempo y espacio para hablar de las cosas que aquí nos importan (permítanme ahora utilizar el plural, realmente escribo para hablar con ustedes). Este año lo hicimos con más o menos profundidad sobre muchos temas: música, teatro, narrativa, poesía, escultura, pintura, arquitectura, historia y pensamiento; publiqué artículos, ensayos, reseñas, notas, poemas y hasta un cuento; les hablé sobre artistas de muy diverso tipo: Georgina Sánchez, Tadao Ando, José Luis Alonso, Delfín Prats, Paco de Lucía, Rolando Paciel, May Criado, Javier Bustelo, Ángel Vallecillo, Abilio Estévez, Gabriel García Márquez, José Kozer, Gastón Baquero, Pentti Saarikoski, Antonio Piedra, Joaquín Badajoz, Francisco dos Santos y Margarita García Alonso. Espero haber ayudado, aunque sea un ápice, a la difusión de sus importantes obras. Con esa intención trabajo. Intento coser y recoser memoria, propiciar necesarias conexiones entre las terminales de sus incubadoras. Lo hago con la certeza de que el mundo no cierra todavía. Muchas gracias, insisto, por darme las pruebas pertinentes en tal sentido. Los espero en enero. Hasta entonces me despido con un abrazo y un poema de mi libro inédito “En las hoces del deseo”.

               

Los pliegues del deseo



Primero todo apremio.
Deseo animal del pudridero
donde validar el eco de un gemido
y el linaje alentador de una presencia.
Valen ahí la salazón del miedo,
el pedigrí de la antesala del verbo  
para lograr de la tribu salvoconducto y vía   
hacia las heces del tiempo.

Después conocimiento.
Deseo de apurar en los sentidos  
el esférico vibrar de la materia
que se esponja y retrae en el vaivén de los siglos.
Acotado de un predio donde las ganas tienen
su contrario y su réplica; polos necesarios
para engendrar posibles: clan,
límite, identidad, conciencia...  

Más tarde el sexo
en su naciente balbuceo de incógnitas.
Deseo de atravesar lo otro en remolino.
Alteridad torpemente ultrajada
con febriles quillas de inocencia y culpa.
En todo caso frustración primera
tras la quiebra del horizonte gayo
que incauto equivocó la estiba.

Luego la libertad.
Esa joven medio enfundada en su túnica
a la que todos miran el busto matutino
para soñar finalmente su entrepierna. Sí,
puede ser un cuadro, un mito, un sueño,
una lágrima detenida en el umbral del beso
que cada noche recibes de tu madre. Libertad:
deseo de volar, ala, vértigo…

Después de nuevo el sexo.
(Entonces ya cuestión de vida o muerte)
Punzante obsesión de vulnerar lo otro,
de gotear sobre ello y renacer al tiempo
desdoblado, devuelto al animal que siempre
te salva de lo eterno... Como el oso,
que guarda al salmón de la caída libre
hacía su río incierto.

Le sigue el éxito:
Deseo de trepar a las esfinges
para izar en ellas tu bandera.
Urgencia de sonar, de resultar visible 
sobre el montículo romo en que yace la inocencia,
isla de escarcha que al filo de la noche
se sabe ya cadáver de un fiero mediodía. El éxito, ah,
gentil negociado de fiascos y abortivos.   

Y finalmente este plácido remanso...

¿Adónde vamos, Deseo,
como zombis?



miércoles, 12 de noviembre de 2014

Bendito Maldicionario
































Leí recientemente la obra poética de Margarita García Alonso. Lo esencial de ella, quiero decir, en una compilación preparada por la propia autora con poemas seleccionados de nueve de sus libros. Sé que esta obra no me necesita como comentarista (ya se explica y justifica a la perfección por sí misma) pero debo comentarla para vosotros. Primero, y perdonad el abuso, porque lo necesito yo. Segundo, porque cualquier obra poética, incluso (especialmente) si llega a este altísimo nivel de calidad, precisa voceros militantes que ayuden a su difusión. Entonces froto la lámpara, y, con vuestro permiso, pito.

Llegué con tardanza a la poesía de Margarita. Apenas la había leído en algunas antologías, y antes de esta zambullida en su obra, sólo leí íntegramente “El centeno que corta el aire”, gracias a la gentileza de nuestro común amigo, el poeta y editor de Betania, Felipe Lázaro, que me lo envió con una entusiasta llamada de atención. Ya veis, leo y releo, también poesía, y todavía me permito el “lujo” de tales carencias… Bueno, llego tarde pero aquí estoy. Me abruman la obra y su extensión, así que en este primer pitido convocante me abstengo de entrar en toda ella para centrarme en uno de sus pliegues. Pude hacerlo en otros, pues todos tienen similar interés, pero escojo Maldicionario.           

Si Margarita hubiera estado en casa de Agatón aquel día, a los postres de la célebre comida que tan brillantemente reprodujo para nosotros Platón, y en la que algunas de las principales cabezas de Grecia especulaban sobre Eros (es mucho suponer, claro, ella no hubiera sido invitada; para su suerte, pues un animal poético tan hembra nunca es proclive a la mayéutica masculina, pero supongámoslo); si hubiera estado allí, digo, y no en alguna Casa de Hetairas, espantando con todas las poéticas posibles el cáustico aburrimiento a que estaban condenadas las canónicas Nikés de Atenas; en el momento exacto en que Diótima, por boca de Sócrates dijo que Eros “es siempre pobre, y lejos de ser delicado y bello, como cree la mayoría, es más bien duro y seco, descalzo y sin casa, duerme siempre en el suelo y descubierto, se acuesta a la intemperie en las puertas y al borde de los caminos”; en ese mismo momento, estén seguros, Margarita habría esbozado una sonrisa cómplice y habría abandonado la sala para escribir Maldicionario. Pero si a pesar de su empeño hubiera sido retenida bajo cualquier pretexto por un Adonis pensante, llegado el momento en que Diótima (Sócrates/ Platón) dijo que Eros por encima de todo resulta un “impulso creador”, Margarita hubiera roto el dominó, y ya sin poder aguantarse, se habría encaminado a su libro exclamando: “toda ecuación del mundo está en el sexo”. Así de segura, y a la vez de femenina la imagino en aquel trance, porque de tales materias está construido su libro: Amor y erotismo (suponiendo que no sean uno, sino palo y astilla respectivamente) como base de un tremendo impulso creador.

Maldicionario es un poemario de amor donde, además, se ajustan cuentas con el pasado. Del pasado emerge un escepticismo amargo, pero Margarita no lo acepta mansamente. Su capacidad de amar y su inspirada locura le permiten pretender una redención que, aunque se ve postergada de continuo, jamás se da por imposible. Margarita cae y se levanta engallada una y otra vez. Siempre que es “violada por un hombre sin rostro” (qué terrible episodio) “navega su miedo” y rehace su himen poético para seguir adelante. “Yo menstruaba por el ojo de la desolación”, dice la poeta. “Aans te «vaginaré» demencias”, se rehace lúcida y esperanzada, con una confianza en sí misma que paraliza, que nos contagia y abduce porque está cargada de verdad poética.

No hay en este libro un solo verso falto de poesía. Su nivel es altísimo y homogéneo. Margarita, que se me antoja una síntesis perfecta (aunque isleña) de la Pizarnik y la mejor Andreu (Blanca), maneja un verso ambicioso y canalla a la vez. Pero su ambición es siempre femenina, tiene la gravedad justa, y su decir canallezco nunca es académico. Sí, cuántos supuestos antipoetas, que vendieron y venden bisutería a fotutazo limpio, se acartonaron, se hicieron catedráticos escondiendo su flojera tras un colegueo pueril, volátil y estéril… En Margarita, sin embargo, todo es verdad, o sea, mentira de la buena buena. Su verso, aunque sagaz y nada encopetado, tiene tal vuelo poético, que nos engancha estemos donde estemos, seamos quienes seamos, para catapultarnos después a su personal universo. Pues, aunque “el sol se [haya ido] a putear al fondo de las nubes/ después de hacerse nulo en los acantilados”, “es triste renunciar a un putillo, si es Madrid y enero”. Putillo el sol que se olvida de los caribeños cuando no a-islan, y putillos de la mejor estirpe los versos de Margarita; para todos los Madriles, para todos los eneros. Putillos que te placen sin saciarte, que te sacuden las entendederas y te penetran las tripas.

No hay nada solemnemente resuelto en esta poesía. Nada está cerrado a cal y canto. Cero sentencias. La imagen abre en ella sin cesar. Cuando creemos estar llegando a un oasis para remolonear un poco, Margarita nos aguijonea, nos desampara de nuevo para que sigamos buscando. “Encuentro el horizonte terno”, nos dice. Y vuelven a caer sobre nosotros todas las preguntas, vírgenes y libidinosas: fértiles. Otra vez a bregar, a esperar la santa penetración, venga de donde venga, porque “da igual el santo que te penetre si trae yerba”. Todo vale, incluso la marihuana, la cocaína, si cohabita el espacio donde señorea la Gran Jerarca (su poesía), si se pliega a ella para encantarnos.

Hembrísima esta autora. Con una fuerza endiablada. Pura verdad poética. Ya quisieran muchos biendecir como maldice ella… Ahora, bueno, tocaría ponerme serio y señalar algunas tonterías formales, algunos despistes irrelevantes. ¿Qué libro no los tiene? Pero callo porque debo hacerlo, porque la poesía cuando tiene esta dimensión áurea ha de celebrarse por encima de todo. Así que escucho el acusmata pitagórico y con él repito: “No interrumpas a una mujer cuando danza para darle un consejo”.

Maldicionario, recuerden, de Margarita García Alonso.







jueves, 6 de noviembre de 2014

El tiempo en arquitectura. Thorncrown Chapel







                                      El tiempo no es otra cosa que una extensión, pero ¿de qué?
                                                                                                                   San Agustín



Hace unos meses, mi hijo Leonardo, que escribió un estupendo artículo sobre la Thorncrown Chapel, de Euine Fay Jones, [1] provocó que me detuviera en esta singular obra, construida en Arkansas, Estados Unidos, en 1980. En aquel texto, que sin dudas recomiendo, Leo hizo un análisis muy detallado y acertado sobre los mecanismos arquitectónicos que utilizó Jones para insertar de manera orgánica su pequeña-gran-obra en el entorno natural donde se levanta. Las palabras de mi hijo y las imágenes del edificio quedaron vibrando en mí hasta hoy, que, después de cierto merodeo, decido finalmente “entrar” a la referida Capilla, aunque por otra puerta (semioculta, lateral y oblicua) como es de esperar en alguien que viene de lejos y busca una vía para el ajuste poético. Y no sólo pretendo entrar en la obra de tal manera, sino dejar entreabierta para ustedes la puerta del tiempo en la arquitectura.

En la teoría y la crítica arquitectónicas de todas las épocas el tiempo es el gran ausente. Pareciera que en arquitectura todo es cuestión de espacio, pues las obras duran en el plano físico en la medida que sostienen su colonización, y en los planos metafísico o poético, en la medida que convierten el espacio colonizado en un vehículo discursivo capaz de arribar al símbolo. Para la mayoría de los teóricos y los críticos, el tiempo en la arquitectura parece tener dos destinos igualmente secundarios: De un lado, es el enemigo a vencer por la obra que porta un mensaje trascendente, y del otro, es el escurridizo huésped que debe ser indagado, descrito y retratado para resultar potable a la memoria. En fin, la arquitectura que se sostiene en el tiempo y que nos habla de aquél (prehistórico o histórico) donde se gestó. Los títulos de algunos libros pueden ser engañosos en este sentido. Ahí tienen, por ejemplo, el “Espacio, tiempo y arquitectura” de Giedion, que se limita a explicarnos, con un ánimo cercano a la sociología, cómo y cuánto es la arquitectura un portavoz fiable de su tiempo histórico. Lo mismo hacen Benévolo, Argan… casi todos. Es cierto que hay teóricos que estudian el tiempo como subalterno del espacio arquitectónico, en tanto elemento generador y estructurante del mismo, pautado y medido a través del ritmo; pero a mi juicio faltan los estudios que nos expliquen el trabajo de la arquitectura con el espacio-tiempo, en puridad, al margen del tiempo histórico, liberada de su función arqueológica o narrativa con relación a éste, y también al margen del tiempo (tempo) como recurso compositivo, eventual y finito, que comienza y termina en ese rol.

Un estudio del tipo demandado, que sería de gran utilidad para el ejercicio de la arquitectura, y también para elevar el nivel de exigencia de sus usuarios, como se dice vulgarmente, no es moco de pavo. Es imposible que lo ensaye yo, aquí y ahora. Pero esta “obrita” de Jones me motivó lo bastante para comenzar a esbozarlo. Insisto, en este caso no se trata de saber de qué tiempo desencadenante nos trae noticias la obra, ni que tempo compositivo generó su estructura geométrico-espacial, o pautó el diseño de los elementos que determinan sus espacios (esto ya se hace comúnmente); hablo de cómo leemos el tiempo en la obra, a qué tempo nos conmina como usuarios, cómo la aprehendemos y disfrutamos en este sentido a lo largo de su vida útil.  

Toda obra arquitectónica trabaja con el espacio-tiempo, lo manipula. El espacio se determina. El tiempo también, porque su determinación viene impresa en la espacial, y marca el tempo con que nos apropiaremos del espacio en cuestión. Diríamos que cada espacio nos propone un tiempo, el suyo, a la vez que nos impone el tempo para hacerlo nuestro. El tempo es algo esencial en la vida del hombre. Enrique Badosa lo explica con brillantez: “En el tiempo, pasamos. En el tempo, existimos. En ambos, somos”. Entre pasar, existir y ser hay grandes diferencias (ver en Heidegger, por ejemplo) que resultan de vital importancia para todo hombre, pero, si me apuran, más aún para uno existencialista y postmoderno. Si no somos capaces de exigir (nos) una arquitectura que sepa lo que hace en este sentido, seguramente no lo haremos tampoco en otros órdenes, y entonces apenas pasaremos en un tiempo, cuando menos, desaprensivo, incluso hostil.

La arquitectura, en tanto trabaja para el hombre con el espacio-tiempo, no debe eludir su responsabilidad en este sentido. Qué menos que hacerse las preguntas más básicas al respecto: ¿El tempo que conviene al uso de la obra es el que se corresponde con un tiempo ilusorio (Oriente) que no existe, estancial, que no pasa y se limita a evocar una presencia; o con otro que existe (Occidente) viril y móvil, que siempre pasa, ya sea leve o gravemente: “líquido”, a lo Bauman, o como “imagen móvil de la eternidad”, a lo Platón? ¿Será alcanzado a partir de un tiempo absoluto (Newton); o de otro relativo, considerado como intervalo subjetivo entre un pasado que recordamos y un futuro que esperamos, en un presente al que estamos atentos? La obra final nunca estará al margen de estas cosas, hayamos pensado en ellas o no, pues le es vedada la mudez en tal sentido. Si su autor las obvia, como pasa tan a menudo, los destinatarios probablemente serán impactados por un tempo advenedizo, cerril o pasota, dictado al tum tum por la historia, y tendrán tan poca capacidad para disfrutarlo como para contestarlo.

Pondré un par de ejemplos que me ayuden a explicar esto antes de entrar definitivamente por la puerta temporal en la Thorncrown Chapel. Analicemos desde el punto de vista que vengo proponiendo dos obras contemporáneas y, de paso, la postura de sus autores.




Observen a qué tempo somos conminados por la Biblioteca que construye en Viena Zaha Hadid. Pareciera que en este espacio-tiempo apenas tendremos oportunidad de leer una viñeta. Aquí todo participa del corre-corre y el consumo veloz. Lectura rápida nos propone la arquitecta en un prestísimo incontestable. Aquí el tiempo no sólo pasa, acelera, vuela. Somos abarcados por un espacio envolvente (en todos los sentidos posibles de la palabra) el instante necesario para zarandearnos, leernos la cartilla y expulsarnos. Su tempo no parece coincidir con ése a que nos debiera invitar la lectura. ¿A que no? El tiempo occidental que existe y deviene agitado, inconsciente de sí mismo…

Observen ahora las Termas de Zumthor en Vals. Aquí el tiempo aparece dilatado. El tempo es largo. El baño en él adquiere una importancia enorme. El agua no sólo aparece estancada, cae de múltiples gárgolas, se mueve, incluso se agita artificialmente si es necesario (vean otras fotos), sin embargo, participamos un baño extenso, que importa; y el espacio queda impreso primero en la retina, después en la memoria, asociado a esa suerte de “tempo estancial”. En este sentido la obra tiene visos de Levante. En ella el tiempo no parece interesado en devenir, resulta una presencia detenida, amable. Tal vez una ilusión que nos empuja a la impermanencia budista; pero a la nuestra, claro, porque sólo nosotros parecemos impermanentes frente a un tiempo que por contra tiende al infinito merced a su bajo metabolismo.

Con independencia del tipo de obra que prefiramos (yo, es obvio, considero la obra de Zumthor mejor que la de Hadid, no para el baño o la lectura, que también, sino para la mayoría de los usos posibles) lo importante es que seamos conscientes de que en arquitectura no sólo importa lo espacial. El tiempo y el tempo son cruciales. Aparecen invariablemente asociados al espacio. Lo habitan, lo pautan y explican; lo hacen más o menos apropiado para su aprehensión y uso, más o menos nuestro: humano.

Pero entremos ya en la Capilla de Jones. Leo destacó en su artículo dos de los recursos que hábilmente utilizó el arquitecto para llevar a buen fin su vocación orgánica: la mimesis de la naturaleza (intervenida, claro, con el adecuado nivel de abstracción) y la disolución inteligente de los límites espaciales entre la obra y el bosque donde ésta se levanta. Estoy totalmente de acuerdo con lo dicho por él en ese sentido, pero examinemos ahora cómo gestiona el tiempo este pequeño y sabio edificio, cómo el tempo en que nos damos a experimentarlo refuerza y refrenda la intención del arquitecto.

Dijo Goethe: “el matemático aprecia el valor y la utilidad del triángulo, el místico le rinde culto”. Bien, ¿y qué hará entonces el buen arquitecto, mitad matemático, mitad místico, pero siempre artista que obra, con este primer capricho de la geometría? Es obvio: intentará dotarlo de un sentido complejo, útil y parlante. Eso hace Jones en esta delicada “obrita”. Apoyado en el programa religioso, pone todos sus recursos científico-técnicos en función de un edificio con alta capacidad simbólica. Enfrentado al medio natural, el arquitecto decide crear un edificio que dialogue con él. Sabe cómo hacerlo en términos espaciales, pero también en términos temporales. Un diálogo de este tipo no puede llevarse a cabo en cualquier tempo. No vale aquí un “tiempo líquido” como tutor o avalista. Hasta cierto punto puede “licuarse” el espacio, que fluye y disuelve sus límites para una mutua resonancia interior-exterior, pero no el tiempo. Para llamar la atención de un Dios oriental único, omnipotente y eterno como el judeocristiano, no vale un tiempo que se disuelva, que fluya sujeto al cambio perenne y la desmemoria. No vale, claro está, un tiempo urgido por el devenir. El arquitecto lo sabe, al menos lo intuye. El tiempo debe dilatarse, detenerse en la Capilla, por más que el espacio fluya desdibujando con inteligencia sus elementos determinantes.

¿Y cómo lo hace Jones? ¿Cómo invita al tiempo a detenerse? Pues queda con él en un espacio simple, cuyo eje longitudinal dominante resulta atemperado por el abrazo total de un medio marcado por la isotropía, y también por la irrupción de un eje vertical elaborado que invita a un movimiento ascendente, no en dirección a la historia, sino al cielo. Jones se cita con el tiempo en un espacio con cierta inclinación a lo vertical, inserto en un medio abarcante y sin líneas claras que indiquen movimiento horizontal. No es un espacio de planta circular que proponga al tiempo un giro ensimismado y cíclico, tendente al reposo por esta vía (no podría proceder así un tiempo divino) pero tampoco es un espacio claramente histórico que lo invite a devenir sin pausa. El tiempo se comporta aquí en clave oriental: mora, se hace presente, pero no se dispara. No existen motivos para que lo haga, porque no hay un horizonte histórico a la vista que alborote la percepción. Es cierto que el vocabulario arquitectónico, donde tienen un considerable peso gramatical los recursos técnicos, nos indica un momento en el devenir, pero aparece tan subordinado al lenguaje rector de la naturaleza, que no pasa de ser un sano asidero para evitar el despiste total. La arquitectura es siempre obra humana de su tiempo. Quede claro. Pero esto no está reñido con lo antes dicho.

Finalmente quiero poner en evidencia lo importante que resulta aquí, de cara a la manipulación del espacio-tiempo, la forma en que se pliega el edificio ante el bosque: cómo se funde con él, cómo recrea su dosel, en fin, cómo se mimetiza sin perder su esencia tectónica… Pues ¿qué indica devenir histórico en este medio natural? ¿En qué otro lugar se detendría el tiempo más a gusto, apenas sujeto a las exigencias de muda que imponen las estaciones, cíclicas y pausadas, tan titánicas ellas? Ni siquiera en las visiones más dramáticas relacionadas con el bosque, en las interpretaciones más “violentas” acerca de su generación (Lorca, por ejemplo, llega a ver los árboles como “flechas caídas del azul”) se puede vislumbrar en él un horizonte de severa fuga temporal. La Thorncrown Chapel es un hito arquitectónico sólo en relación con su bosque, donde el tiempo histórico bien podría llegar a carenar, y, parafraseando a Hörderlin, decir a los árboles: desde las ciudades y sus jardines llego hasta vosotros, hijos de las montañas… para calmarme.





1. “Naturaleza, arquitectura y signo”. Leonardo Tamargo Niebla. Texto presentado en el Congreso Internacional “Espacios simbólicos de la Modernidad”. Facultad de Arquitectura de la Universidad de Valladolid. Octubre de 2014.



jueves, 30 de octubre de 2014

Francisco dos Santos. Líneas para el hombre






                                                                               “… una línea, es decir, un punto que vuela”
                 José Lezama Lima



Llevo varios días dilatando un feliz descubrimiento: la obra plástica de Francisco dos Santos, pintor, dibujante, poeta y editor brasileño. Las múltiples dotes de este artista y promotor cultural me llegaron de manera escalonada. Primero tuve noticias, a través de mi amigo y maestro José Kozer, de su magnífica labor al frente de Lumme, una pequeña pero exquisita editorial que (milagrosa-mente) sostiene unos niveles de calidad nada comunes en tiempos tan poco propicios para la industria del libro. Después apareció el artista plástico, que además de emplearse con gran acierto en el diseño y cuidado de los libros que edita, crea los dibujos que suelen acompañar sus textos. Más tarde apareció el poeta, a quien debí “perseguir” y encontrar en Internet dadas su modestia y prudencia. Finalmente, todos estos prodigiosos seres trenzaron ante mí encarnando en un humanista entero. Francisco posee un espíritu, y, lo que es más importante, un alma a salvo de las contingencias y estanqueidades que generan las virutas del tiempo, cuando es cepillado burdamente por los artesanos del corre-corre para, previa inflamación con pasajero botox, ser subastado a la baja en los sótanos de la historia.

Descubrí un ser polifacético, incluyente, y me felicito por ello. Pero ahora quiero abstraerme de sus múltiples aristas para referirme en concreto a una parte de su obra plástica. Tengo ante mí cuatro series de dibujos firmadas por el artista. Insisto, llevo varios días paladeándolas y no puedo contener el deseo de escribir sobre ellas. Las series se titulan “Topografía de un hombre urbano y otros diseños”, “Exergo”, “Allá lejos no hay Manhattan” y “Diálogo con Goya”. Una vocación las une y sobresale por encima de otras igualmente constantes: el uso inteligente y camaleónico de la línea. Y en esto me quiero detener. Preparemos el terreno para hacerlo.

La línea tiene un pedigrí muy sólido en las artes visuales. A comienzos del siglo pasado, Kandinsky, en su afán por combatir el ruidoso imperio de lo natural sobre la obra artística (recordemos que para los impresionistas no había más teoría del arte que la propia naturaleza), y recuperar un punto de silencio introspectivo mediante la abstracción, logró explicarse y explicarnos algunas de las claves que motivan la persistencia de la línea en la prehistoria y la historia del arte. No pretendo repetir aquí lo dicho por el genio ruso, pero conviene recordar que casi todas las manifestaciones pictóricas del hombre, desde la pintura rupestre hasta el arte pop, con muy contadas excepciones, usaron la línea como uno de sus principales motores compositivos. Detrás de ello está su capacidad para generar planos, determinar espacios, administrar tensiones, dramatismo, lirismo; pero sobre todo su capacidad para indicar movimiento, y, por esa vía, sintetizar a la perfección espacio y tiempo. Aquí me acojo a una de las categorías dialécticas estudiadas por Hamelin en el Essai sur les éléments principaux de la représentation: “Tesis: el tiempo, antítesis: el espacio, síntesis: el movimiento”. El movimiento como síntesis del espacio-tiempo. El movimiento (o cambio) como la cosa misma (Bergson). El movimiento como fuente discursiva frente al silencio implícito en el reposo… Para Kandinsky el punto indica el silencio perfecto, es la mínima forma temporal, el tiempo detenido, el reposo. La línea, sin embargo, esa sucesión intencionada de puntos, se mueve, suena, (nos) habla… pero sin gritarnos o abrumarnos. Kandinsky repudiaba el ruido exterior a que nos someten las excesivas formas de la naturaleza, y abogaba por un remanso de abstracción que nos reconciliara con nosotros mismos. Decía: “hoy en día, el hombre se ve requerido sin pausas por el exterior, y lo interior está muerto para él. Éste es el último grado en el descenso, el último paso en un callejón sin salida. […] El hombre moderno busca paz interior, ensordecido como está por el exterior”. Entonces el punto, la línea, el plano, el color, como fundamentos básicos de la obra plástica, a las órdenes del artista debían actuar en ese sentido.

Las características descritas de la línea, especialmente su capacidad para generar movimiento, y así sintetizar espacio-tiempo, están detrás de su recurrente uso en la creación y transmisión de signos y símbolos. Son lineales, desde el hilo que Ariadna desplegó en el laberinto cretense para socorrer a Teseo, hasta los “garabatos” de aquel famoso dibujo de Steinberg: “Posibles trayectorias de la vida”; desde las señales con que nos inquietan las figuras de Nazca, hasta algunos de los elementos utilizados por Calder para contestar el espacio congelado. La línea es motor en el arte prehistórico, armazón en el arte clásico y medieval. Se convierte en herramienta auxiliar en el Renacimiento (sobre todo a partir de que Leonardo descubriera y formulara el sfumato), también en el Barroco y el Neoclásico, pero reaparece con fuerza en el XIX, especialmente en la obra gráfica, y, si bien es negada de plano por el Impresionismo, muy poco dura su postergación, pues prácticamente todas las tendencias artísticas que le suceden hasta nuestros días (exceptuemos, por ejemplo, el Hiperrealismo) la recuperan en mayor o menor medida.

Las voluntades más realistas, tengan base racionalista o empírica, suelen ser poco proclives a los elementos que nos ayudan a abstraernos de la realidad a través de la fantasía. Sin embargo, nos dice Jung: “realidad es lo que actúa en un alma humana y no lo que ciertas personas consideran efectivo y generalizan premeditadamente”. Y añade: “la psique crea la realidad cotidianamente. Sólo una expresión encuentro para designar esta actividad: fantasía”. En mi opinión, la línea puede ser tan abstracta como fantasiosa, y ahí radica su gran capacidad semiótica. A través de la línea el hombre crea planos y espacios discursivos, pero también, especialmente, planos y espacios poéticos. La estricta realidad física que percibimos sujetos a los intervalos lumínicos que capta la retina, no está aparentemente generada por líneas, contenida entre ellas, pero, según Schiller: “quien no se arriesga allende la realidad no conquistará la verdad nunca”. La línea en la historia del arte ha sido fuente inagotable de verdad, más aún, de verdad poética.

¿Y cómo utiliza nuestro artista este maravilloso recurso? Francisco es un humanista en el sentido más amplio del término, pero su humanismo no es trasnochado, sino decididamente actual. Hablamos de un creador postmoderno (¿quién entre nosotros en puridad no lo es?) que tiene una despensa cargada de víveres y un apetito tan fino como diverso. Sí, es postmoderno, y aunque en el pecado le va la penitencia (no hay un Francisco, sino varios) a nosotros esto nos viene de perlas, porque gobernando una única sensibilidad, y siempre con el mismo talento, el artista se desdobla para responder a cada estímulo con el recurso que mejor conviene. Así podemos disfrutar, según el caso, de una línea abstracta y otra figurativa, de una limpia y otra sucia, de una contenida y otra expresiva, de una sometida a las leyes de la simetría y otra rabiosamente libre, casi libertina. Pero además, podemos ver cómo estas líneas interactúan. Unas veces en la misma serie, y otras, incluso, en la misma obra. Eso sí, siempre bajo control y mando del artista, sujetas a su gran sensibilidad.

En “Allá lejos no hay Manhattan”, nos encontramos dibujos con un alto nivel de abstracción, junto a otros con elementos figurativos; líneas suaves y limpias que ejecutan un lento, junto a otras mucho más expresivas, rotas y vibrantes, que nos llegan en presto. En “Exergo”, predominan el expresionismo y el erotismo. La línea, también muy dúctil, llega a insinuar o generar la mancha, haciendo uso de su gran capacidad para crear, contener y retener el plano. En “Topografía de un hombre urbano y otros diseños”, magnífica serie de dibujos que fusionan con gran acierto las formas arquitectónicas y las anatómicas, la línea se libera del todo en pos de un acentuado expresionismo figurativo donde predomina lo antropomórfico. Así debe ser, pues en esta serie el artista se enfrenta a una ruidosa realidad urbana que nos desaloja progresivamente de nuestro yo, peor aún, de nuestro ser humano, hasta convertirnos en seres alienados y vacilantes que miran a la inteligencia artificial como única “salvación”. Aquí la naturaleza ya es histórica y urbanita, y sólo la sobrenaturaleza, esto es, la imagen a través del arte honestamente ejercido, puede brindar el necesario contrapunto, articulando denuncia y vías de reparación.

Mención aparte merece “Diálogo con Goya”. Qué maravilla. ¿Por qué Goya? Francisco sabrá, pero yo especulo para ustedes y de paso me divierto. Es Goya sin dudas el primer pintor contemporáneo; quien primero trasciende el neoclasicismo en sustancia y forma para apuntar al futuro sentando las bases de cuanto sucedió en la pintura tras su obra. Y no sólo en la pintura, pues Goya es también el padre de las artes gráficas modernas. Es un gran innovador en el grabado. Maneja y combina a la perfección muchas técnicas: aguafuerte, aguatinta, aguada, punta seca, escoplo, rascador, bruñidor, etcétera; y, observen, es uno de los que recuperan la línea para la obra gráfica, que se manifiesta en ella no sólo ya como elemento auxiliar, sino determinante, dotándola de una expresividad y una tensión dramática muy poco vistas hasta entonces. Pero es Goya asimismo quien da la estocada definitiva a lo relamido o políticamente correcto en los asuntos de la pintura. Adelantado al posterior verismo decimonónico, llega al extremo de incluir en algunas de sus obras lo antropomórfico como un accidente (a veces desgraciado) de lo bestial. Debió temer por ello ante una moribunda Inquisición, pues sus temas removían las bases del status quo, y anunciaban un porvenir mucho más “democrático” para la pintura y el arte en general, que, conquistada ya la burguesía, iría a por su siguiente objetivo: el hombre-masa.

Francisco dialoga con Goya (también nos dice Jung: “el espíritu creador juega con los objetos que ama”) en una serie de láminas de una calidad que está al alcance de pocos artistas en estos momentos, merced a la sensibilidad y el oficio desplegados. ¿Y cómo lo hace? Pues con un expresionismo goyesco, sí, pero puesto al día, “globalizado” a tenor de su vocación universal. Francisco se dirige a Goya en un idioma común a todos, pues éste no comprendería otro localista, provinciano. Y claro, con acento del XXI, pues el genio aragonés se reiría del artista brasileño si pretendiera reclamar su atención con formas del Ochocientos. Estas láminas combinan magistralmente expresionismo abstracto y figurativo. ¿Los temas? La bestia, el tiempo y el espacio (vacío). De nuevo la línea con su función sintética, pero esta vez articulando un discurso especialmente sugerente. La bestia no tiene (o no muestra su) rostro. ¿Un cánido? ¿Un félido? Una bestia que aparece y desaparece, nos acomete y evita. No nos pertenece. ¿Dónde estamos? ¿Qué se espera de nosotros? ¿Debemos huir o ya lo hicimos? ¿Debemos presentarnos y ceder nuestro rostro al animal? ¿Debemos fundirnos con él como lo hacían los personajes de Goya con aquellos burros? No lo sé. No tengo resuelto el enigma…

Lo cierto es que Francisco, con un vocabulario de líneas, o sea, de puntos voladores, y una gramática camaleónica, logra un discurso muy personal y sugerente. Algunas de sus otras invariantes, al menos en las series comentadas, son la sensualidad (más o menos explícita), el predominio del espacio no usado (aquí nunca se abusa el espacio), el color contenido, y una elegancia a prueba de balas. Francisco interviene en el espacio con cautelosa gracia, y a la vez que pondera el vacío, dilata el tiempo en pos de un tempo humanizado. Sus líneas guardan muchos secretos. Y si bien “los secretos del mar se olvidan en la orilla” (Seferis), en este caso la orilla, finamente trazada, resuena incesante para activar una memoria poética que, por mucho que se empeñen aguafiestas y agoreros, jamás alcanzarán las máquinas.




miércoles, 22 de octubre de 2014

Los pájaros de Joaquín Badajoz







                                              

























                                         

                                          El ignorante duda poco, el tonto aún menos, el loco jamás.

 Charles Renouvier


    El oficio de las islas es
    permanecer después de los ciclones.
             
                  Joaquín Badajoz



Acabo de releer con gran placer el último compendio poético publicado por Joaquín Badajoz, titulado “Passar Páxaros, Casa Obscura, Aldea Sumergida” (Colección Pulso Herido, Editorial ANLE). Se trata de un libro que reúne poemas de diferentes épocas, aunque todos escritos hace más de una década, pues el Cajón de Joaquín es tan recoleto y prudente como el de Horacio, cosa muy poco vista en estos tiempos. La introducción al libro, firmada por el propio autor y titulada “Les entrego el más peligroso de los bienes”, una suerte de sucinto memorándum poético, nos da la medida de cuán delicadas, incluso graves, resultan para el vate pinareño la escritura y la publicación en  poesía. Joaquín es un poeta cargado de argumentos, al mando de una sustancia poética extensa, varia; y, como no es ignorante, tonto o loco, sino todo lo contrario, duda… En esa duda capital, cuyos veneros se hunden igualmente en la ética y la estética, está la garantía de una poesía que no cejará en indagar sus límites, y por ello importará siempre. Dijo Wittgenstein, trascendiendo como pocos otros el ethos aristotélico, “este arremeter contra los límites del lenguaje es la ética”. Y sabiendo que para el pensador austriaco, ética y estética vienen a ser lo mismo, o al menos astillas de un mismo palo: lo indecible (qué fértil territorio para la imagen), añado: si el poeta, como es el caso de Joaquín, posee y gobierna un hondo impulso ético-estético, que lejos de complacerlo con la cosecha agraz, lo enfrenta sin cesar a los límites de la poesía, a sus propios límites; si además está dotado para gestar y gestionar grácilmente la imagen, la verdad poética emergerá sin dudas; aunque recatada, poderosa.

Las dudas de Joaquín frente a su poesía, frente al importante poeta que ya es, quedan claramente expresadas a lo largo de la referida introducción, pero emergen con especial rotundidad en dos momentos muy distintos del libro que evidencian un dilema sustentador, garante de vitalidad poética. Primero nos dice: “el poeta debe ser, como el hombre religioso, una criatura escrupulosa, que busca la perfección trascendente”. Sin embargo, después señala en tono acusatorio al mismo poeta como un “animal domesticado, lobo reducido a perro/ que aúlla cuando pasa un escorpión”. En Joaquín se debaten internamente muchos “invitados”. De un lado los graves. Del otro los gráciles. Yendo tras la “gravedad alegre” enunciada por Lezama, tiene mucho trabajo con los unos, que miden y pesan “la imagen y su reverso, la palabra”; pero también con los otros, que son como “caballos rabiosos que muerden las amarras”. Vaya pugna. Cómo nos enriquece a los lectores. Cómo debe doler al autor. Tras él, insisto, faenan varios poetas igualmente potentes: el cantante, el erudito, el culto, el pensador, el inteligente, el inocente… Y claro, lo difícil es ponerlos de acuerdo a todos para que sea siempre el mismo quien recoja, pondere, filtre y traslade al poema lo que dictan los demás, que han de ceder su protagonismo, aplacarse, amalgamarse en aras de la perfección. Ah, ni que esto fuera fácil… La poesía de Joaquín es ambiciosa y compleja; son muchos sus “demonios”. Quienes escribimos poemas, sabemos cuánto se padece persiguiendo al necesario exorcista. ¿Cómo encauzar, formalizar tanta sustancia? ¿Cómo hacer el regalo sin dejar el precio a la vista? Son éstas algunas de las obsesiones que seguramente abrumen al poeta. Es duro, muy duro. Su poesía está cargada de pensamiento, de referencias, de música; y tiene además dos fuentes igualmente ricas: la vital y la libresca. Es compleja, sí, pero, afortunadamente, nunca resulta complicada (aquí me acojo a la excelente distinción lezamiana entre lo uno y lo otro. Recuerden: “está el complejo en sobreaviso para las órdenes del ángel; se adormece el complicado entregándose a las insinuaciones de la serpiente”). En adición, se trata de una poesía que jamás desatiende la imagen. Su tono lírico es alto, y se sostiene uniforme amén esas apariciones esporádicas y ligeramente sobradas de algunos de los “aforados” del poeta.

Bueno, dicho todo lo anterior, podrán intuir que estoy encantado con la poesía de Joaquín. La suya es una voz auténtica, perfectamente distinguible, que saldó deudas con los maestros y viaja con sobrepeso (el propio; qué bien, estamos rodeados de tantas poéticas deficitarias) pagando el precio que haga falta por ello en las agencias low cost. Es una poesía actual, que, sin embargo, tiene vocación universal, atemporal, clásica, y a su través gravita para entrampar al tiempo, forzarlo a detenerse y tomar nota de lo que ocurre en esta curva rápida, tramposamente desangelada. Una poesía que equilibra tradición y vanguardia, que nos ensancha y place, que nos explica. Sin dudas opuesta a esa otra, tan frecuente hoy en castellano, donde la levedad, pueril coartada para lo trivial y sobrante, campea sin rubor; más aún, pretende aislar y desconocer lo que excede su magra palabrería.

“Sostengo la nada como una esfera fría,/ hundido en su espesor tirito”, nos dice Joaquín, sabedor de que sólo la tiritona y la duda lo mantendrán vivo, útil para los demás frente a la oscura boca del lobo. Temblando, con una fértil destemplanza frente al fuego que alumbra y quema; dando fe de que el lance tiene sentido, de que precisamente por ello, aunque “una casa nunca fue más que una hoguera/ […] nos empeñamos en levantar paredes, en poner un techo”. Todavía poco conocido, especialmente en España, incluso a-islado con relación a los más “doctos” bisuteros de la poesía actual en castellano, Joaquín y su obra serán cada vez más necesarios. Y quedarán, seguro, porque como dice el propio poeta, “el oficio de las islas es/ permanecer después de los ciclones”. También, digo yo, después de la calma chicha (a su pesar, en su contra) anunciando una escala propicia para brisas reparadoras; las que impelen a los pájaros que pasan, pero asimismo a los que posan; y aunque excreten, picoteen la fruta, mermen el grano y partan, para nosotros cantan.