domingo, 24 de febrero de 2013

Remedio a la escuadra





Como todos mis lectores habrán notado, llevo un tiempo menos activo en este formato. El trabajo me impide escribir, y lo que es peor, limita mis horas de lectura, tanto, que estoy leyendo únicamente en las madrugadas, en la cama. No estoy contento con ello, pero por ahora no puedo hacer otra cosa. Hoy domingo (que me perdone Dios) me levanté a trabajar, y lo estaba haciendo cuando recibí una llamada de mi buen amigo, el poeta Fernando del Val. Suficiente. Después de quejarme un rato ante él (perdóname tú también, Fernando), me rebelé, me dije que dedicaría al menos lo que restaba de la jornada a leer, y ¿por qué no? a escribir.

Aquí estoy, después de un trecho de lectura, antes de otro, haciendo un breve paréntesis para escribir mi “entrada” número 33. Acaso el texto para tan señalada ocasión debió ser más meditado, lo sé, pero sentí ganas de escribirlo, y bien merezco, después de tanta renuncia, un autocomplaciente desliz… (Puesto a pedir perdón, que me lo otorguen también, por favor, los numerólogos). Claro, lectores y amigos no llevan culpa alguna en mis frustraciones. Nunca los invitaría a leerme si no tuviera algo que decir, por muy grande que fuera la palabrera urgencia.

Hace un tiempo que releo a los poetas de “Orígenes”. Comencé con la obra completa de Lezama a partir de un magnífico regalo de mi querido Luís Enrique Valdés. Seguí con Gastón, Cintio, Virgilio, Eliseo; y ahora estoy con Fina García Marruz. En el 2010, centenario de Lezama, la editorial Pre-textos publicó, con antelación a los sonoros premios que la autora obtuvo después, una magnifica antología sobre la obra de Fina al cuidado de Milena Rodríguez: “El instante raro”. Es ése el libro que tengo ahora en mi mesilla de noche. Algo dije ya en este blog sobre “Orígenes” y varios de sus miembros. No hablaré ahora sobre la obra de Fina (eso ya lo hacen otros muy bien) sino desde ella.

La relectura de esta enorme poeta, como la de cualquier otro de los integrantes de ese grupo, es un verdadero aguijón para los amantes de la poesía, especialmente para quienes la escribimos. Cada una de las últimas cuatro o cinco noches, cansadísimo, después de muchas horas de extenuante trabajo en las antípodas de la poesía, me he reconciliado conmigo leyendo a esta mujer. En su poesía me reconcilio con quien ahora no soy más que a deshoras, porque muchos de sus versos, especialmente entre aquellos escritos en los años ’40 y ’50 del pasado siglo, cuando era un “pajarito contemplón”, antes de haberse integrado en el organigrama de la Federación de Mujeres Cubanas y el Comité de Defensa de la Revolución, son surcos en la perenne obra de la imagen; surcos abiertos por finísimos bueyes de casta resistencia que escancian la sombra con sus vientres. Y claro, una lectura así me resulta carísima en estos momentos . Leer, cuando trabajo día y noche al margen de mí, cosas como éstas:

No mira Dios al que tú sabes que eres
––la luz es ilusión, también locura––
sino la imagen tuya que prefieres,

que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.

Leer estas cosas, digo, basta para transitar la madrugada tranquilo. Porque Dios, ese poema enorme, estará poniendo sus oscurísimos ojos, no en lo que soy o lo que hago, sino en lo que amo y quiero ser, hacer. Y esto ¿para qué vale? No lo sé bien, pero me tranquiliza. Ah, la escuadra sólo puede medir lo que le es parecido, lo demás escapa a sus férreas coordenadas… No me tienen. No me pueden acotar en la hipoteca, o en una decadente berlina. Les di ciertas ventajas, sí, pero no me tienen. La imagen, siempre redentora, se posa también en mi texto 33; viene en mi auxilio, en el de todos ustedes. Lean a Fina. Lean a los poetas de “Orígenes”. Lean poesía. No calcen mansos en la urgida escuadra. 

Eso tengo que decirles. Y acaso no sea poco ni siquiera para una “entrada” con tan especial número. La imagen, siempre la imagen… ¿No reinó David 33 años en Jerusalem? ¿No murió Jesús a los 33 años? ¿No tiene el rosario islámico 33 cuentas? La gran imagen y la sagrada cifra llevan milenios de feliz maridaje. El 33 tiende al poema, al gran poema… Gracias Fina. Esta nota tenía que volver sobre la Imagen. Ahora sólo queda pedir a la Señora que deslíe su inmenso poder actual: “Acto, príncipe oscuro, realízame”.


  

jueves, 7 de febrero de 2013

Cuidado con el ladrón del frío





"Tiene corazón, sangre, nariz, piernas, boca y ojos como cualquier ser humano. Pero no lo es. Su nombre es Rex y todos sus órganos han sido construidos en un laboratorio. Se trata del hombre biónico más completo construido hasta ahora. Su propósito en esta vida: mostrar cómo la tecnología es capaz de reemplazar ciertas partes del cuerpo humano.”

Así comienza la noticia que leí recientemente en la prensa sobre el último logro de la ciencia en dirección al “hombre biónico”. ¿Y quién, en su sano juicio, puede oponerse a que la biónica, o cualquier otra rama de la ciencia, actúen en el cuerpo humano para prolongar su vida o mejorar la calidad de la misma? ¿Cuánto hace que los marcapasos obran en este sentido? (Para quienes pueden pagárselo, claro). ¿Y qué mal nos han hecho los marcapasos? Sólo “puristas” como los Amish o los Testigos de Jehová, sujetos a férreas doctrinas religiosas, pueden temer al ingenio del hombre hasta llegar al absurdo de pretender detener su vocación de servirse a sí mismo en la vida que trabajosamente cursa, en tanto llegan (si es que lo hacen) esas otras que sueña y espera… 

Yo no. No me opongo a la biónica. Sin embargo, no podemos negar que tal rama científica opera en la periferia de otra mucho más temible, dirigida al logro final de la inteligencia artificial absoluta. La biónica crea órganos que todavía son dirigidos desde el cerebro humano, pero el transhumanismo no se conformará con ello. No les bastará a sus fieles que dejemos de ser puras máquinas biológicas, porque buscan la “perfección”, y para estos hijos de la cópula entre la ciencia experimental y la economía de mercado (los ignorantes de Ortega) la perfección no es humana… ni divina; es titánica. ¿No es el tiempo lineal y asimétrico, totalmente divino, el que nos enfrenta sin remedio a la muerte? Y un tiempo machacón, circular, cíclico, en fin, titánico, sin devenir a la vista, ¿no nos salvaría de ella?

Cuidado. Aunque Prometeo nos haya puesto en la agenda divina, no podemos olvidar que él mismo es un titán, y que nada molesta más a los dioses que lo titánico del hombre. Decía Jünger: “Siempre el mundo prometeico es a la vez un mundo del trabajo; en ningún lugar su titanismo salta tanto a la vista como cuando está activo en un trabajo infatigable de invención, en el ámbito de los pensamientos ingeniosos, de los talleres.” Cuidado. Los dioses nos pueden castigar si tendemos al “eterno círculo”, pero también pueden hacerlo los propios titanes, si, redimidos por nosotros mismos, abandonan sus castigos y retoman las riendas del tiempo. ¿Cuánto no querrían cobrar a estos locos, que ayudados por el perfecto traidor, se entregaron a Zeus, Pan, Apolo, y lo que es peor, a Dionisos para burlar al tiempo-bucle, y escapar a su indolente imperio hasta llegar a creerse verdaderos creadores? Cuidado. Si regresan los titanes, no habrá más que cacharrería. ¿Eterna? Y qué más da.

(Existirá una máquina purísima
copia perfecta de sí misma
y tendrá los ojos verdes
y mil labios escarlata
no servirá para nada
pero tendrá tu nombre
oh eternidad

              Jorge Eduardo Eielson)

Cuidado. Mientras sea la oscura y todopoderosa imagen quien, desde el cerebro humano, dirija los aparatos, estaremos al salvo. Pero si la cacharrería se convierte en el fin mismo de nuestro ser, si nuestro tirón prometeico nos devuelve al titanismo más infantil y torpe, estaremos perdidos. Dejaremos de ser hombres… Ya, ¿y no dejaremos de serlo en cualquier caso? Bueno, si ha de vaciarse el ser, que se haga imaginando, porque sería una imperdonable estupidez haber llegado hasta aquí para entregarnos mansos; para, como diría Montesquiou (Robert de), expiar una extraña fechoría junto a un dócil Prometeo que pena encadenado a su roca, esta vez por haber robado el frío.

Hoy no puedo extenderme más, pero como ven, no pude evitar comentar esta noticia.




domingo, 20 de enero de 2013

Un pliegue para buscarme




  A Carmen Morán, Eugenio Maqueda,
  Judith Dato y demás “adarvianos.”
                                                     

 Cuando me apetece divertirme con un necio,
 pienso en mí mismo, y ahí lo tengo.                          
                                              Séneca

Bueno, después de treinta publicaciones en el blog que indagan en la imagen por distintas vías, no sin cierto rubor abro un paréntesis para permitir que se hable en esta ocasión sobre mi poesía. Cuando estructuré este espacio, digo bien: cuando lo hizo Marisela, mi mujer, ya “colgué” (“colgó”) algunas de las críticas hechas a mis libros por José Ramón González y Antonio Piedra en el apartado de libros publicados. Con motivo de sus respectivas publicaciones, José Ramón escribió sobre “Radiografía de la inocencia”, y Antonio lo hizo sobre “Penúltima espira”; en ambos casos con la pericia y el rigor a que estos autores nos tienen acostumbrados. Pero ahora comparto con ustedes un artículo más amplio que, sobre mi obra en general, ha escrito Carmen Morán, filóloga y profesora del Departamento de Literatura Española de la Universidad de Valladolid, para la revista “Adarve”. No tengo nada que decir aquí y ahora sobre mi obra poética. Los que lean el artículo de Carmen, cuyo “enlace” pongo al pie de este párrafo, comprenderán que calle y deje que sea ella quien lo haga. Estén más o menos de acuerdo con sus puntos de vista (yo, por cierto, los suscribo y agradezco todos) comprobarán que es una mujer especialmente dotada para la crítica, muy capaz de entrar en la imagen poética con un aparato analítico en perfecta puesta a punto. Insisto, confío a Carmen lo que no podría hacer como ella. Sin embargo, quiero aprovechar que esta vez se habla de mi obra, para exponer al margen, de manera secundaria, sucinta y directa (indirectamente, como es lógico, lo hago siempre) algunas pinceladas sobre lo que pienso hoy, ya no con relación a la imagen en general, sino a la poesía, el poema y el poeta en particular. ¿Servirá para algo? No lo sé, pero intuyo que puede ser un momento oportuno para hacerlo. Tengo que ser muy escueto en este formato, pero me atrevo. Les propongo leer ahora el artículo de Carmen, (página 101) y luego, si pueden, volver sobre mis apuntes.



¡Oh humano corazón, ¿por qué te vuelcas
 en bienes que no admiten compañía?
                                                 Dante

Solo. El poeta trabaja rotundamente solo. En el horizonte un poema, una oportunidad para creer que la nada puede ser inseminada con la esperma de la verdad, que la oscuridad puede ser seriamente herida con la luz. Horizonte y soledad. Sombra, deseo, voluntad, inocencia… El poeta está solo. El poema que avista y pretende está abierto, han trabajado en él muchos poetas que, igualmente solos, fueron tan incapaces de evitarlo como de cerrarlo. Ya parece algo. ¿Merece la pena continuarlo…? El poeta “se condena” a sí mismo, quiere añadir una imagen a esa enorme obra; una estrofa, un verso, un hemistiquio, una palabra, un nombre… Memoriosos sema y fonema. Tentador andamio. El poeta cae en la trampa. Escalará su Babel rodeado de sombras. Para colocar una imagen en ese poema universal, atemporal y único, tendrá que trepar solo la tremenda torre. Pero qué difícil: toda la vida escalando. En el suelo, un campamento-base donde se advierten los peligros que conlleva la peregrina aventura: soledades, frustraciones, casi siempre aparente fracaso. En ese campamento se montan numerosas y pragmáticas escuelas para los que son apercibidos y reconducidos a tiempo. Quienes no pretendan sumar algo al Gran Poema inconcluso, tendrán compañía en una fiesta diaria. Obtendrán diplomas y cerrarán obras. Cantarán arropados y serán prontamente aplaudidos. Y entonces ¿para qué intentarlo con el Poema-Uno? ¿Qué sumar a lo que nunca se acaba y vuelve sobre sí con titánico afán? Bueno, al tiempo lineal, asimétrico y voraz, hay que ponerle sucesivas trampas. Hay que hacerlo pasar por ciertas angosturas, tenderle ciertas emboscadas, obligarlo a trazar convenientes bucles para posibles y cíclicos neumas. Gracias a su peso, el Gran Poema es el único que no puede ser barrido por la crónica carrera; es el único que grava la MEMORIA DEL HOMBRE. Sí, para barrer el Gran Poema habría que barrer la MEMORIA DEL HOMBRE, esto es barrer al hombre. Ojo, no a los poetas, al hombre. Pero si, como dice Heidegger, “el hombre es el pastor del ser”, para acabar con el Gran Poema habría que hacerlo con el ser mismo. Esa cardinal e inconclusa obra es la fabulada y sempiterna columna que parece sostener el frontis de la humana tienda de campaña.


Una idea carece de interés únicamente cuando, además de ser una falsedad, es una mentira, o dicho de otro modo, cuando es subjetivamente falsa.
    Ortega y Gasset

El poeta que trabaja para el Gran Poema es un fabulador, pero no un mentiroso. Quiere asentar su verdad poética donde ésta puede serlo más, donde mejor ayuda a sostener la carpa. Como todos los poetas es un farsante, pero, insisto, no un mentiroso. Su verdad poética jamás carece de interés, porque aunque sea una objetiva falsedad (¿y qué no lo es?), jamás resulta una mentira, jamás es subjetivamente falsa. Es más, esa verdad poética es el único asidero para la razón, cuando avocada a la cripta que habita su contrario, no encuentra la llave entre su pacotilla. Sólo tal verdad opera en las múltiples cerraduras del miedo… La soledad en que trabaja este poeta, y su desprecio por los regalos que brillan y se ofrecen en el campamento-base, evitarán que se sienta tentado a mentir. Pocas veces llegará a la pretendida imagen, esa que pueda sumarse a la importante obra, pero aun en tal caso su gesta será un acicate para los que creen en la poesía, para los que buscan en ella el mismísimo a-de-ene del ser humano, de su pertinaz ardor. Si el poeta no miente, su verdad poética siempre tendrá interés. Podrá alcanzar o no la pretendida cima, pero no irá directamente al remolino de su evacuatorio.


                  La noche fue un día antes que el día
                                                    Tales de Mileto

Solo y en lo oscuro. El poeta amasa harina negra para un pan imposible, áureo, que únicamente se podrá comer con la venia de los dioses. El Gran Poema tiene la médula mate. Sólo en sus abalorios la luz refracta simulados hallazgos. Pero esos abalorios apenas son la demasía que la imagen excreta cuando se asienta en la inconclusa obra. Entonces un ejército de obreras luciérnagas trata de disimular que la imagen misma es en esencia noche; esa noche que aún se adelanta un día a todos los días posibles. El poeta araña la oscuridad, pretende heridas de luz, pero el poema, generoso, le devuelve suturas negras. Mientras tanto, en la festinada campa, quienes evitaron la peregrina escalada viven deslumbrados por sentencias hialinas. Desayunan pan blanco, fresco, y en un ara esquinada ofrecen a las risueñas hienas los nombres de los escaladores. Claro, el poeta que persigue el Gran Poema no les teme. Entiende que “la luz es sombra de la nada”. Termina diciendo: “Ah, oscuridad, mi luz” y adormece a sus dulces y obedientes lazarillos para dejar que su bestia preferida lo guíe en la espesura, porque bien sabe que "sólo el jabalí negro tiene los ojos de oro." 


martes, 15 de enero de 2013

Mentira de mono: pecado original


Un mono mentiroso… El positivismo más radical y activo, ese que subido a la ciencia (sonrío) y por raro que parezca, se afilia cada vez más a la ficción (ahora río) para fijar meta y rumbo, nos está dejando poco a poco sin dones únicamente humanos. No bastó con demostrar que hasta las iguanas se masturban, que las vacas se suicidan. Ahora nos “avergüenzan” demostrando que ni siquiera la mentira es patrimonio exclusivo de la humanidad. 

Acabo de ver un documental que habla de la inteligencia de los monos, expresada en su capacidad de usar herramientas, de manejar un lenguaje y comprender varios, de organizarse en complejas sociedades, de estresarse, acomplejarse, deprimirse, de sostener un severo duelo por la muerte de un congénere… pero ojo, también de mentir, de utilizar la simulación y el engaño como estrategias para vivir en sociedad. Sí, el mono miente. El citado documental nos muestra cómo los individuos menos dotados para ocupar posiciones relevantes en su clan, pueden desarrollar su imaginación hasta el engaño para compensar sus debilidades. Resulta que un mono puede aullar ¡serpiente!, sin que exista noticia alguna de ésta, con tal de que el resto de su grupo escape del lugar y lo deje disfrutar a solas de un manjar que no puede obtener o defender por otros medios. Y claro, ¿qué es la mentira, sino una consecuencia directa de la imaginación? 

Entonces ¿los monos imaginan? ¿Ni siquiera la imagen es propiedad exclusiva del hombre? Pero si los monos imaginan hasta ser capaces de mentir, ¿llegarán a fabular? ¿Es realmente ése el camino que recorrimos hasta la poesía? ¿Nos están explicando los actuales monos cómo evolucionamos de veraces animales a mentirosos hijos de Dios? Porque supongo que estaremos de acuerdo en que para simular la idea de serpiente sin rastro de ésta, hay que tener una capacidad nada despreciable para abstraerse de la realidad, para imaginarla. ¿Así, y por tales razones, comenzamos a mentir en origen? ¿Así llegamos a convertirnos en este portento de imaginación que somos? ¿Será cierto (creíble ya era) aquello que dijo Lezama: “La primera flauta se hizo de una rama robada.”, o aquello otro que dijo Jünger: “La razón desarrolla, la imaginación transforma”? ¿Habrá sido la imaginación la guinda que necesitaba la inteligencia para traernos hasta nosotros? ¿O habrá sido la inteligencia la guinda de la imaginación? ¿Qué pasó desde que aquellos monos africanos que fuimos comenzaron a mentir descaradamente hace millones de años, hasta que Ovidio escribió: “Un pez sorprende en lo alto de un olmo”, y se quedó tan ancho, más aún, nos convenció de que los peces podían coronar los olmos? 

No lo sé en detalles, pero como puedo imaginar tanto o más que los monos, les propongo una respuesta: Los monos empezaron mintiendo, simulando, y terminaron fabulando, creando. Los monos se hicieron poetas “víctimas” de su gran habilidad: la imaginación. Puede que el mono-poeta, una mañana cualquiera, mientras recogía frutos secos en la vieja llanura, haya visto unos peces nadando en la superficie de una charca, donde además, y en el mismo momento, se reflejaba un olmo; pero esta rara y casual concurrencia pudo sorprenderlo sólo una vez, la primera. Sin embargo, el pez que corona el olmo allí en su aérea copa, ese con agallas a prueba de cualquier oxígeno, lo sorprenderá siempre. Esos son el pez y el olmo imprescindibles, los que no se sostienen ni siquiera en fortuitos y sensibles reflejos, los que, ajenos a toda casualidad y causalidad, arriban al símbolo por la puerta de la imagen. Por esa puerta entró el mono a la poesía. Y tanto se adentró en ella, que llegó el momento en que pretendió trascenderla hasta desembarcar en la más cara de todas las mentiras: la verdad. ¿Cómo, si no, se hubiera podido detener al mono mentiroso-aprovechado ladrón? 

En tanto que todos los monos mentían, pero no todos lo hacían oportunamente, es decir en beneficio de la mayoría, los más fuertes, capaces y responsables tuvieron que reconducir la situación. Necesitaron convenir la verdad: la mentira conveniente. Decía Nietzsche: “¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente, y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.” 

Señores, el mono-poeta llegó a la cúspide de la imaginación: la mentira que conviene, o sea, la verdad, comenzando por aullar ¡serpiente!, sólo por comer en paz, cuando el peligroso ofidio no era más que una temida posibilidad, quién sabe si reducida ya a torpe idea. El mono-poeta creó la sobrenaturaleza imaginando la serpiente desde su hambre. Pero no se quedó ahí, porque cuando la serpiente fue real, entonces imaginó el hambre que ésta provocaría si mordía a los más dotados para encontrar comida. Y el hambre imaginada, esa que pudo pre-sentirse y temerse, terminó divinizando a la odiada serpiente. 

Ya ven, un animal que no estuvo en el escenario de la primera mentira, ahora baja emplumada por las matemáticas gradas de la pirámide de Kukulcán en Chichén Itzá, se aparea para que Tiresias obre sus metamorfosis y adquiera el don de la profecía, medra en el manzano paradisíaco para hacernos a todos pecadores en origen amén los esfuerzos de Pelagio. La ausencia de la serpiente en aquel riachuelo prehumano, debidamente mentida merced a la insipiente imaginación del embustero mono, se hizo al final constante presencia, fábula, símbolo de peligrosa trampa en todos los tiempos y espacios del hombre. Qué maravilla, ¿no?

Aquí les dejo el vídeo que recrea el “verdadero” pecado original. A ver quién viene a salvarnos de éste para alejarnos definitivamente de nosotros.
 



lunes, 7 de enero de 2013

Regreso y poema




Queridos lectores, amigos todos, ¿estáis todavía por ahí? Después de dos meses de pausa (aunque con una imprevista y breve incursión) regreso a este espacio, donde espero reencontrarme con vosotros. Por razones personales, no pude dedicar a la poesía todo el tiempo que pretendí en un inicio, pero sí el necesario para volver sobre un libro que me esperaba hace mucho, y que gira alrededor del deseo. Sobre ello indagué mientras estuve “ausente”. Como siempre, tengo dudas en cuanto a lo logrado, pero alcancé a trabajar en 25 poemas (unos nuevos y otros no) que por ahora no destruiría. Sí, un poemario en ciernes, o sea, un milagro más que, quién sabe, tal vez algún día pueda compartir con los que creen en tales cosas. Regreso al formato en busca de vuestra complicidad, compartiendo con vosotros uno de los poemas del referido libro. Ojalá os agrade. Con mis mejores deseos para el nuevo año,


  Encrucijada

El deseo, qué será,
si no la insoportable inconsistencia de lo ardido.
                                                 José Mármol

  ... y llegamos a la encrucijada
  que se despliega en la vertical del miedo.
  ¿Acaso sujetar lo que tenemos
  andado y visto por caminos ciertos,
  o seguir asediando lo inasible
  con las redes maltrechas del deseo?
(A un lado del hito nos espera
una serpiente de hielo.
Al otro lado serpea
su simétrica de fuego.)
  Cuidado.
  Cualquier error aquí se paga caro.
(Ambos umbrales notician
un adusto laberinto:
ni ardiente princesa al quite,
ni cómplice hilo al suelo.)

  Cuidado, cuidado, pero continuemos…

  Ah, el deseo, qué será,
  si no la duda genitora que en cada encrucijada se solventa:
  mordida-una de la serpiente dual
  en la manzana perfecta.


jueves, 22 de noviembre de 2012

En este abismado limbo




(Había cerrado este blog hasta enero, pero la actualidad, esa insaciable pizpireta…)

  
                                                                      La realidad no me necesita.
      Pessoa  


       La actualidad me traga, pero no me digiere,
       me vomita.
                J. Tamargo


Todos debíamos sabernos necesarios. Todos lo somos en alguna medida. Puede que la realidad no nos necesite, que la actualidad nos vomite, pero ¿qué sería de la Imagen sin nosotros? ¿Y de Dios, su costilla favorita? “…de que Dios sea Dios soy yo una de las causas”, decía Eckhart. “¡Qué sería tu felicidad, radiante astro, si no tuvieses aquellos para los que brillas!”, decía Nietzsche. Todos somos necesarios, seguro, aunque sólo sea para que la Imagen disponga de una diversa y memoriosa incubadora, para que pueda seguir practicando la milagrera acupuntura en el seboso cuerpo que la sustenta y despide, para que calme la sed en la sucia garganta que la dice. Sí, todos somos necesarios, pero es recomendable que representemos en la Obra un papel que nos creamos. Si confundimos nuestro papel, si no atinamos a elegir bien entre actor, coro, corifeo o público, si practicamos un perenne transfuguismo entre estos roles, podemos resultar no sólo innecesarios, sino también inconvenientes, nocivos. ¿Y dónde deben colocarse los intelectuales? ¿Deben pagar la entrada al magnífico espectáculo? Ah, ¿quién le pone el cascabel al gato? No lo sé. Si supiera cosas como ésas, qué digo, si sólo pretendiera saberlas resultaría peligroso. No conozco el lugar idóneo para tan complicada curia. Tampoco sé si deben o no pagar la entrada. Pero si sé dónde me coloco yo, y, de momento, nunca pagué nada por un sitio tan mío. Tras la escena, en un rincón oculto y posterior, huroneando en la tramoya, observando el trasiego de las máscaras, leyendo el registro de éxitos y tomatadas, trabajando para que el arconte que lo representa no pueda arrebatar a Dionisos su tirso y reducirlo a vara, para que el público sepa que no tiene más que teatro donde ejercer su condición humana, para que los fabuladores entiendan que son un vehículo de humanidad imprescindible, para que cada discurso del corifeo, cierre tragedia o "comedia", no termine siendo una simple y sonora enmienda al simulacro, en pos de una verdad acolchada, cual cómodo cojín para las pomposas nalgas del acechante y come-bolas magistrado; trabajando, sí, para que cada aplauso reclame su eco, y cada eco alcance su intangible pero gallarda sustancia, su asible forma.                                     

Pero claro, en este cubículo se trabaja solo. No hay aquí ni una luz cegadora ni una amable penumbra. En este sitio, el único por el que no se paga, cada hallazgo es un trozo de oscuridad violentada, un flash que desnuda al numen para nombrarlo y, a cambio de nada, entregarlo descifrado al respetable. Ah, cómo fulgen en la orquesta las túnicas, cómo suenan los altavoces de esos pavos reales que se colocaron entre los actores y se inclinan ante el arconte; cómo emocionan en el graderío la indumentaria embarrada y el abundante manoteo de aquellos simuladores que, con guión alternativo, penetraron al público para solazarse entre desnortados y ruidosos olifantes. Qué lugares tan preciados, qué caros. En ellos, cada representación es aval, caricia, ovacionado arribo a una gloria minutada. Desde mi cubículo los veo. Aprendí a aceptarlos. Tiene que haber de todo, todos somos necesarios, me repito… Pero no resulto cómodo para ellos. En todas las Dionisíacas tocan a mi puerta con la misma cantinela: “A vivir que son dos días y uno está lloviendo... Si das tu donativo a nuestra causa, te hacemos un hueco en la actualidad, para que cantes o manotees, para que seas”. Pero si no les hago falta para nada. ¿Qué puede aportar a tan urgentes empeños, alguien que persigue sedimentos de historia en los archivos más recónditos del teatro, para buscar las causas profundas que explican la programación de cada temporada?  Si a mi la actualidad me traga, pero no me digiere, me vomita, les digo. Si habito un limbo inmune a las urgencias, ajeno a las autopistas y sus peajes, añado. Se enfadan. Los limbos son ámbitos de difícil comprensión para quienes pretenden cielos de usar y tirar, que duren escasamente lo que reverbera una leve palmadita. Mas ya se sabe, tiene que haber de todo. También limbos para aquellos vomitados por la actualidad. También algunos despistados que no se (con) centren en lo que todavía no ha precipitado, y mucho menos sedimentado hasta crear una costra sugerente, con solera bastante para exigir al tiempo una imaginaria, higiénica y compasiva pausa.

Y dirán algunos: “Ah, qué falta de compromiso con el corre-corre, con lo que tienes delante urgido de un título que valide su fuga, su paso por la nada”. Pero si ya hay muchos que lo hacen, que además poseen una notoriedad suficientemente inductiva como para influir en escena y graderío, para satisfacer a unos y otros con su comida rápida, con su “menú del día”. ¿Por qué íbamos todos a ocuparnos de lo mismo? No. Creo sinceramente en lo que hago. Son míos el limbo y el cubículo, y desde ellos, aunque pocos me atiendan, para todos trabajo. Alguien tiene que sugerir, al margen del guión, el posible origen de la trama, la posible explicación de su sostenido ardor. Alguien tiene que intentar unir el éxodo del estreno con el prólogo de la última función. Alguien tiene que alejarse de la contingente bulla que acompaña a la versión albricia, para escuchar el eco sereno de sus antecesoras… Eso hacemos algunos descarriados en cubículos muchas veces ignotos, en limbos casi siempre abismados, rodeados de tercos peligros. Por eso, amigos y lectores, si leen mi nombre en el pórtico o la trasera de alguna caravana que acarree festinadas urgencias, si leen mi nombre en alguna pancarta esgrimida alegremente en la grada o en la escena de la obra que hoy se representa, pregúntense qué pudo suceder, porque seguramente la actualidad, en casos como ése, pudo haberme digerido por error, no haberme devuelto equivocada. Y aunque el mismo poeta citado al inicio escribió “...no precisan de fieles/ quienes de sí lo han sido”, espero que los “cuatro” que me siguen, que me creen, sólo lean mi nombre donde conmigo se lee. 


         
 

lunes, 5 de noviembre de 2012

Un pliegue para la pausa y un poema





Queridos lectores, debo cerrar el blog hasta enero de 2013. Cada año utilizo el tiempo libre que puedo arrancar a su recta final para escribir. Así que en noviembre y diciembre estaré muy ocupado con un poemario. A lo largo de 2012 me sentí muy bien compartiendo algunos textos en este formato. Estoy cada vez más cómodo haciéndolo y lo encuentro cada vez más útil. Por un lado, me permite intercambiar ideas con ustedes, y por otro, me mantiene más cercano a la escritura en períodos en los que normalmente no lo estaba tanto. Así que, si lo desean, nos volvemos a encontrar aquí el próximo enero. Que pasen felices días. Que Dionisos no los olvide, que los bendiga con su indómito tirso y los ilumine para la fiesta. Que los mantenga vivos y alejados del tedio, ese monstruo exquisito que tanto deploraba Baudelaire. ¿Recuerdan aquellos versos suyos?

¡Es el Hastío! ––El ojo lleno de involuntario
llanto, sueña cadalsos, mientras fuma su pipa.
Lector, tú ya conoces a ese monstruo exquisito,
¡Mi semejante, ––hipócrita lector,–– hermano mío!
             
Lo dicho, que pasen buen fin de año, que nos reencontremos aquí en enero. Me despido con un poema. Ojalá les agrade. La imagen del encabezamiento la diseñé especialmente para esta entrada.

  

El mundo no es tan grande


Patriarcas de los muros,
sigilosos albaceas de los cultos,
sumos sacerdotes del latín, el árabe,
el yoruba, el sánscrito, el hebreo;
¿cómo creen que podrán abatir
la humedad de un beso trasatlántico?
¿dónde esconderán la momia inmaculada
para que escape a la avidez del gusano
que infecta el ojo insomne del satélite
y la lente avara del microscopio atómico?
¿cómo evitarán que muérdago y orquídea
fundan su hambre en los ahítos capilares
del único tronco que admite parásito?
¿qué mascarillas antepondrán
a la rabiosa fuerza contaminante
del todopoderoso a-de-ene?
¿cómo parcelarán el aire y enlatarán la luz
para un consumo selectivo y controlado?
Y finalmente ¿cómo explicarán a sus dioses
que empeñaron su palabra para nada?

Patriarcas de los muros,
entre sus súbditos, tomen el pulso a los niños, relean
las imágenes menos espumosas de los poetas,
las agendas secretas de los embajadores,
los ajados pasaportes de sus amantes,
las declaraciones fiscales de los deportistas,
los historiales médicos de las meretrices,
las listas de contactos de las azafatas,
las oraciones diarias de los mercaderes... y después,
estudien de nuevo el mapa de sus dioses.
Podrán comprobar entonces lo pueril
de tanto deslinde sacro.

De todas formas, y a pesar de ustedes,
algunos ya sabemos que el eco de un abrazo
viaja más rápido y tiene más alcance
que el retumbar de un tsunami;
y que, también a pesar de ustedes,
el mundo no es tan grande.


domingo, 21 de octubre de 2012

Nada hiede peor que el lirio enfermo





Aunque este blog se interesa especialmente por la imagen en literatura, más aún en poesía, no renuncia (¿por qué iba a hacerlo?) a detenerse en otras manifestaciones artísticas donde la imagen obra igualmente poderosa más allá de las obvias particularidades que, en cuanto a lenguaje, existan en cada caso. Hoy hablaré un poco sobre la imagen en arquitectura, mientras hago una crítica al edificio construido hace unos años en el centro histórico de Zamora para albergar el Consejo Consultivo de Castilla y León. Dos cosas debo adelantar: 1. Me presenté en equipo con otros tres arquitectos al concurso que se convocó en su momento para proyectar este edificio. 2. Aprecio mucho la trayectoria del arquitecto Alberto Campo Baeza, autor del proyecto ganador del citado concurso. Espero que pasados varios años de aquel evento, y dado mi respeto por el grueso de la obra del referido arquitecto, sea capaz de hacer una crítica medianamente objetiva, si es que esto es posible, claro, porque pocas cosas hay más subjetivas que la crítica. ¿Y por qué ahora? Pues por eso, porque ha pasado tiempo suficiente para templar el juicio, y porque ayer uno de los arquitectos que participó conmigo en el referido concurso, José María Canteli, me envió un artículo firmado por Elena Minguela que se muestra muy generoso con la obra en cuestión. Leyendo ese artículo y sopesando sus argumentos, que por supuesto no apruebo, entendí que debía compartir con mis lectores unos criterios bien distintos dirigidos a verter algo de luz sobre la más elemental lectura de la imagen en la obra arquitectónica.

Pocas manifestaciones artísticas suponen un soporte tan “eficaz” para la imagen como la arquitectura, porque pocas tienen una capacidad tan grande para sustanciar símbolo. Buena parte de la prehistoria del hombre, y también de su historia, nos llegan escritas en piedra, simbólicamente sujetas al lenguaje arquitectónico, sea éste vernáculo o académico. Desde la caverna hasta el templo, todos los espacios del hombre, y claro, los elementos que los determinan y caracterizan, han funcionado como eficaces "pergaminos" para explicarlo, como soportes ideales para consolidar imagen, para construir humanidad. En una entrada anterior hablé de las diferencias que existen entre la imagen en arquitectura y la imagen en poesía o música. Entonces explicaba, entre otras cosas, que la imagen arquitectónica en general necesita cerrar sobre sí misma, concretarse en acto mucho más que las otras. Ciertamente así es. No sólo por la obvia y estricta dependencia que tiene la arquitectura con relación a la materia, sino porque además es un vehículo ideal para prolongar en el tiempo una idea supuestamente alcanzada, “petrificada”, elevada a la categoría de símbolo. Si sumamos esto a la absoluta imposibilidad que tenemos de evitar la arquitectura, (porque podemos evitar la música, la poesía, el teatro, etc, pero no la arquitectura que nos acompaña, nos envuelve estemos donde estemos) entenderemos la importancia que tiene saber leerla, descodificarla, ya no sólo en lo que respecta a los detalles de su lenguaje o vocabulario, que también, sino, y especialmente, en lo que respecta al ineludible poderío simbólico de su discurso, sea éste más o menos transparente o críptico. 

Pero vayamos al edifico de Campo Baeza para el Consejo Consultivo de Castilla y León en Zamora, cuyas fotos encabezan este texto. Les propongo hacer ahora, en la medida de lo posible, un ejercicio de análisis que evite la tiranía del gusto. Les propongo que intentemos olvidar ahora si somos más o menos tradicionales, más o menos propensos a las vanguardias; olvidar, por ejemplo, si preferimos que los centros históricos de las ciudades sean o no conservados desde una óptica más o menos abierta a nuevas inserciones, a discursos arquitectónicos innovadores. Este texto no pretende ir por ahí. Centrémonos en analizar el edificio desde el ángulo que más importa, su propuesta simbólica, la capacidad que tiene la imagen en él para emitir, condensados y purgados, graves “mensajes pétreos”.

Resulta que en pleno centro de Zamora, junto a su catedral, en una parcela ocupada anteriormente por un edificio residencial-religioso que se abría directamente a tres calles distintas, e indirectamente, a través de un jardín privado, hacia la propia plaza de la catedral, Campo Baeza levanta un nuevo edificio para el Consejo Consultivo de Castilla y León, que se cierra a cal y canto en todo su perímetro con un muro aplacado en piedra, totalmente ciego y con más de seis metros de altura. Levanta una suerte de muralla para abstraer sin medias tintas el interior del exterior y viceversa. Luego, dentro de ese espacio abstraído del entorno urbano, construye una caja de cristal que alberga las funciones necesarias. El edificio nos dice alto y claro varias cosas:

-          No me interesa dialogar con la ciudad. No estoy en ella… o sí, pero accidentalmente.

-          Este espacio delimitado ya no es de la ciudad, alberga una función que precisa abstraerse del entorno urbano, más aún, tal entorno le es ajeno, extraño.

-          No quiero que se pueda ni siquiera intuir qué pasa adentro.

-          Desde adentro no es necesario estar al tanto de lo que ocurre afuera. Es contraproducente hacerlo.

-          Desde adentro se participa de un ámbito exterior cerrado que genero exclusivamente para esta función, con una condición limitante: evitar la contaminación, incluso visual, con lo otro, con lo ajeno a este ámbito, a la función aislada.

El arquitecto “hurta” a la ciudad un carísimo trozo y hace isla en él. Claro, todos estaremos pensando ya en la arquitectura militar (el castro amurallado) o en la clausura (el convento). Pero aquí se trata de una función muy distinta, aunque también con gran capacidad para generar símbolo. El Consejo Consultivo supuestamente es, entre otras cosas, la institución que asesora al parlamento y al gobierno regionales en temas de importante calado jurídico, una suerte de apoyo para los poderes legislativo y administrativo, una especie de “garante” de la constitucionalidad de sus leyes, de su funcionamiento democrático. ¿Debe tal función asumir la carga simbólica que le “obsequia” un edifico como éste? 

Envenenado regalo, porque si alguna función debía estar alejada de referencias tales como muralla o tapia monacal, esa es la que en teoría ejerce el Consejo Consultivo. Entonces, con el lenguaje más anatémico y lapidario posible, el arquitecto escribe en piedra, a los zamoranos en particular, y a los castellano-leoneses en general: “Aquí pasa algo que no les atañe, se trabaja en asuntos que no les incumben. Este predio no les pertenece”. Pero algo igualmente peligroso dice a los miembros del Consejo Consultivo: “Ustedes son elegidos. Eviten contaminarse de ciudad. La fluidez espacial que, entre interior y exterior garantiza esta pulcra caja acristalada, debe acabar contra los muros que la aíslan de la peligrosa urbe”. 

Ya se puede decir después que la piedra utilizada en el muro es la que se utilizó en la catedral, que los muros recrean otros preexistentes (no es cierto), que el gesto tiene la fuerza que precisa un entorno monumental… Da lo mismo, porque en arquitectura las palabras jamás podrán suplantar al lenguaje arquitectónico. Lo que dice un edificio con su propio lenguaje, con su clarísimo vocabulario, no puede ser desdicho con palabras. Este edificio es un error. Un error capital, de esos que de entrada invalidan cualquier otro acierto parcial o anecdótico. Este edificio está mal. Es pedante, engreído, nada contextual, escupe a la cara de quienes lo pagan. ¿Y cómo un arquitecto de la talla de Campo Baeza, por quien, insisto, siento respeto, incluso admiración, comete semejante error? Bueno, esto es lo que menos importa, todos cometemos errores, pero nos ayudará a entender lo que pasa. Pienso que al arquitecto, tal vez poco acostumbrado a temas eminentemente urbanos, le pueden en este caso sus obsesiones formales. Quiere hacer esa caja acristalada caiga quien caiga, porque espera subir con ella un escalón más en su carrera hacia la quintaesencia de la caja. 

La caja, aunque va quebrándose con la geometría de la parcela, es “quidista”, es muy pulcra, es bella, pero sencillamente no va ahí; por lo ya explicado, y porque las tensiones que genera en gran parte de su perímetro, cuando se enfrenta a la inminente presencia del árido murallón que se le encima amenazante sin que medie el aire necesario entre ambos, produce una angustia capaz de inquietar negativamente al carácter más ermitaño que podamos imaginar. Se trata de un ejercicio introvertido y egocéntrico que despeja todas las variables incómodas para que la ecuación dé “arquetípica caja de cristal”. ¿Merece la pena el violento despeje por alcanzar la cima de la etérea caja? No. Rotundamente no, porque la bofetada a Zamora, a todos los que visitan su centro histórico, a todos los que demandan de los creadores símbolos "potables" para poder “apropiarse”, también y especialmente en el plano simbólico, las calves del imperfecto y complejo sistema socio-político en que viven, no se compensa con ningún anecdótico hallazgo formal.

Pero entre todas las loas que alegremente regala Elena Minguela en su artículo a esta obra, una de las que más llama la atención es la de “arquitectura sostenible”, aunque en este caso se apoye en la nominación del edificio para un premio regional en tal sentido. Qué nuevo despropósito. Perdonen aquí un escueto paréntesis algo más técnico. 

A ver, empiezo por aclarar que ni un hipotético acierto de cara a lo sostenible puede salvar a este edificio de su cardinal pecado. Pero es que tampoco existe tal atenuante en este caso, sino todo lo contrario. No hay que ser arquitecto para saber que en Zamora, una caja de cristal expuesta a todas las orientaciones posibles, que además huye de la radiación directa, que se parapeta frente a ella tras semejantes murallones, no puede ser sostenible por definición. Ya pueden argüir que se utilizan sistemas más o menos ingeniosos desde el punto de vista físico-ambiental, qué se yo: biomasa, geotermia, fachadas “inteligentes”… lo que quieran. Una caja de cristal en Zamora evitando al sol de esa manera jamás será sostenible en términos bioclimáticos, porque aun cuando incluya algunas medidas activas en esa dirección, éstas valdrán, como mucho, para encubrir y compensar el desacierto que, también en lo concerniente a la física ambiental, significa un edificio con esa tipología en este sitio.

En fin, espero que aquellos lectores que comúnmente no miran la arquitectura con ojos críticos, compartan o no conmigo los criterios aquí expuestos, se den cuenta de que la imagen, y su extremo más rotundo: el símbolo, nos “acechan” en todas partes, sobre todo en soporte arquitectónico. Y que no está mal saberlo, estar preparados para verlo y contestarlo. De lo contrario, muchas veces financiaremos mansamente carísimos edificios que funcionan como enemigos íntimos, incapaces de alejarse, de esfumarse, y muy capaces, sin embargo, de inocularnos su droga hasta hacernos agradable su mordida, hasta que estemos dispuestos a aplaudirlos alelados. 

"Pero el edificio es bello, es finísimo", dirán algunos. Imagino que así habrán pensado también los miembros del jurado que lo premió en proyecto. (Vaya carga. Cada palo que aguante su vela). Sin embargo, nada es más contraproducente que una acción pretenciosa erguida sobre un error conceptual insalvable. Nada lo es más que una obra en apariencia bella, si por serlo resulta nociva. Como diría Shakespeare: “Nada hiede peor que el lirio enfermo”.

Aquí les dejo una imagen compuesta del edificio que se levantaba en la parcela antes de la intervención criticada.


     

sábado, 13 de octubre de 2012

Poesía: mythos y logos, espuma y arena…





Canción, di al pensamiento
que corra la cortina,
y vuelva al desdichado que camina.


¿De quién me quejo con tan grande extremo,
si ayudo yo a mi daño con mi remo?
                                        
                                                        Góngora


Días atrás se celebró en Córdoba una nueva edición de Cosmopoética, festival de poesía que resulta oportuno y alentador, especialmente ahora, porque parece hacer la cruz (esperemos que no se arrepienta) en la casilla invisible del esencial tablero. Esa casilla, velada con toda intención por jugadores de ojos saltones, culos grandes y barrigas flácidas, que, sin interés alguno en acertar cruces sobre tableros espirituales, colocan falsas monedas a los pies del jamonero con que tientan, y muchas veces consiguen, al entusiasta público. Córdoba de nuevo al quite. Sí, la ciudad de Séneca, Averroes, Maimónides, Góngora… Casualmente releí hace muy poco la obra completa de este último autor. Así que la feliz concurrencia del referido festival cordobés (no participe directamente, pero lo seguí cuanto pude en prensa y radio), y la relectura del también cordobés y gran poeta barroco, me animaron a escribir y a compartir este breve texto sobre poesía y pensamiento.

¿De quién me quejo con tan grande extremo, / si ayudo yo a mi daño con mi remo?… A la insignificante presencia de la imagen poética, aun en los más humanos pliegues de la vida (o sobrevida) que llevamos (o sobrellevamos) en nuestro tiempo, hay que sumar su creciente banalización. La poesía, no sólo arrastra el estigma de lujosa locura, peligrosa excrescencia del pensamiento, desvarío del lenguaje que en vano nos aleja de la realidad; sino que malamente puede defenderse de él, cuando incluso muchos de sus actores, los poetas, toman el atajo más fácil para llegar a su cima: el poema. Porque la cima de la poesía es el poema. ¿O no? Podemos encontrar poesía a granel, lista para ser adquirida al peso en cualquier parte, pues si tenemos buenas tragaderas, basta con que así lo pretendamos; pero toda sustancia es tentada a su formalización por un horizonte sublime, y si preguntáramos a la sustancia poética cuál es su máxima aspiración en términos formales, sin dudas contestaría: el poema, el poema…

Claro que hay poesía en todas partes, al menos en potencia; claro que la hay, o debía haberla, en toda obra de arte (la poiesis es el fin último de cualquier lenguaje artístico), pero es en el poema donde la sustancia poética puede alcanzar la máxima perfección posible, porque es en él donde mejor puede hacer una escala en la forma, un voluptuoso gesto de concreción, sin tener que renunciar por ello a su esencia inaprensible. Y aunque precisamente por ser ésta su esencia, dijo el poeta: La poesía no resiste la escritura, hoy día es en el poema donde la sustancia poética, en pos de la imagen perfecta, mejor se defiende de vocaciones reductoras, diciendo también con el poeta: si me descifras en el río, te muerdo en la serpiente…

Dije que muchos poetas toman el atajo más fácil para llegar al poema, perdiéndose, claro, en el camino, o sucumbiendo ante su pórtico menos cierto. Mal asunto, porque difícilmente podremos librar a la poesía de su legendario estigma, sin la comprometida complicidad de los poetas primero, y su acierto de camino al poema, después, su buen arribo al mismo. Pero resulta que los poetas cargan con una enorme losa sobre sí desde que Sócrates, Platón y Aristóteles intentaron poner orden en la disputa mythos-logos, en pos de un andamiaje ético sustentador de la vida en la polis.

Repasemos someramente el caso de Platón, él mismo un gran poeta, y también un sofista que, para cavar la tumba de éstos, creyó que debía prescindir de aquellos. Erró. La ecuación platónica es una pesada y perenne losa, pero únicamente para poetas que no sepan despejar sus variables, que no sepan discernir cal y arena en la dual argamasa con que esa losa se asienta. Platón, lejos de poder separar poesía y razón, desembarcó una y otra vez en la razón poética, que vista desde la mayéutica socrática puede confundirse con pura dialéctica, pero no así vista desde el complejo idealismo platónico. Dice Antonio Piedra, en un excelente ensayo donde aborda este tema:

Advertía Quevedo que de lo escrito a lo sentido hay mucha diferencia. Y la hay, efectivamente, entre el proceso racional ––que no es la causa de la expulsión de la República–– y la ambición platónica por hacer del filósofo ––sublimación de Sócrates–– un poeta superlativo y dialéctico. Quiere formalizar lo imposible. Por esta razón, el suyo es un paso suicida y, a la vez, racional. Una racionalidad poética, pues al sustituir al poeta por el filósofo erotiza toda actividad, reinventa el mito e intoxica de poesía las estructuras del nuevo estado. 

Y todo esto viene a decirnos ¿qué? Pues que ni siquiera en el reino del pensamiento más abstracto, donde hace dos mil quinientos años pretende medrar Occidente en brazos del logos, poesía y razón pudieron escindirse más que en intentonas espurias y fallidas. Ni la poesía puede ser ajena al pensamiento, ni el pensamiento resuelve por sí solo ante la boca del lobo; ese sitio tomado por la nada donde la razón incapaz se paraliza. Entonces, ¿por qué muchos poetas parecen querer trabajar al margen, incluso en contra del pensamiento? ¿Por incapacidad? ¿Por cómoda renuncia? Canción, di al pensamiento/ que corra la cortina, / y vuelva al desdichado que camina. Cantar para no pensar, ¿es ésa la solución? No. El poema desgravado, limpio de pensamiento, es uno de los remos que brega contra la POESÍA, que la banaliza hasta el punto de ponerla en serio peligro de acabar en ocioso bojeo a una isla con tesoro pero sin puertos. El poema flojo, aun cuando aporte música, color, ingenio u oficio, nos dejará siempre con las ganas de pesar y medir sus renuncias y manquedades. Y esto conduce a una angustia que nos desasosiega, nos fatiga y frustra. El poema flojo no sustancia poesía, es una puerta falsa en dirección a ella. Al renunciar a la razón poética, también lo hace en buena medida a la verdad poética. El poema flojo es, cuando mucho, un pequeño Babel para el condenado laboreo de la palabrería…

¿Quiere esto decir que deba la poesía acotarse en el pensamiento, construirse sólo desde él? Por supuesto que no. Decía Proust: Una obra en la que hay teorías (a la vista, entiendo yo) es como un objeto al que se le deja el precio. Y dice Juan Ramón hablando de Valéry:

Su pesada filosofía con mayúsculas, es lo que lastra de impureza su poesía. Ha buscado siempre la poesía pura, mágica, inefable, y no la ha encontrado nunca; la ha cargado siempre de arena discursiva.” (…) “La poesía se desenvuelve adquiriendo intempestivamente las leyes de los cuerpos o las almas disímiles, que la lógica conceptual rechaza. La poesía tiene su lógica maravillosa, que aparece sólo como el halo que se desprende de la virtud adquirida por el logro, por la perfección del cuerpo poemático.

Entonces, ni espuma meramente sensitiva, descriptiva o mágica, ni grave arena discursiva. La poesía se consuma en el milagroso instante en que tales espuma y arena fraguan en el poema logrando una imagen viva y creíble; una imagen en la que mythos y logos se hayan desplegado en paralelo para levantar sus hombros: la verdad poética, trampolín que necesita la propia imagen, siempre perentoriamente apresada, para dar, desde sí misma, su próximo y redentor salto.

Incluso en Cosmopoética, insisto, festival muy de agradecer en el tibio panorama poético español (aunque el nombre ciertamente no me gusta; me recuerda al engendro que inventó alguien en México, y al que llamó pomposamente “Poesía Cósmica”), escuché o leí, y no sólo dicho o escrito por periodistas, sino también por poetas, conceptos tales como: poesía culturalista, poesía directa y poesía social. Mal vamos si el asunto de un poema, o conjunto de poemas, pone apellido a la poesía. Pero no sigo por ahí, al menos en esta nota. Aquí únicamente aviso que detrás de estas categorías se parapeta muchas veces la poesía floja, banal, innecesaria. El llamado culturalismo, por sí sólo, puede resultar un pernicioso gigante con pies de barro que añada (menuda sobrecarga) pedantería y confusión a la poesía nula. Lo directo o lo social, por sí solos, son una etiqueta donde no se lee más que la inminente y rampante fecha de caducidad. Todos estos temas pueden y deben catar imagen poética, por supuesto, pero ellos han de hacerse a ella y no al revés. La imagen, especialmente en poesía, debe detenerse en el asunto sin dejar de serlo, y para ello, debe contener siempre las dosis precisas de tensión, razón y verdad poéticas, generadas, claro está, a partir de su propia lógica maravillosa, que excluye sin complejos la estricta causalidad, y poco o nada se aviene a la sentencia.


Sólo en tales circunstancias la imagen poética resultará necesaria, imprescindible. Y en ese momento, cuando la espuma mágica (mythos) y la arena discursiva (logos) encuentren su justo punto, el esponjado merengue poético devendrá poema, esencial guinda para el divino pastel, magnífico colmo de un templo indestructible. Entonces podrá ser ofrecido con garantía a los dioses, en una playa terrena pero infinita, como perfecta emulsión de solares componentes. Sí, cada poema, trate de lo que trate, sea un trozo de sol emulsionado que provoque el saliveo de los dioses. Y entonces ellos, adelantada, claro, la cobranza, agradecidos nos regalarán preguntas rabiosamente vírgenes para que, buscando sus penetrantes respuestas en la más fértil oscuridad, sigamos moviéndonos / divirtiéndonos / divirtiéndolos... Como un modesto homenaje a Córdoba y a su festival de poesía, comencé con Góngora. Con él casi termino: Cada sol repetido es un cometa. Y digo yo prendido al veloz y gongorino astro: cada poema logrado es un milagro, un pequeño sol que reverbera… quema… vuela…