sábado, 10 de octubre de 2026

LA MUJERONA: SOBERANÍA DE LA CARNE Y EL ESPÍRITU

 



«En mi caso, no es temor a lo nuevo desconocido, sino a lo viejo conocidísimo.»

 


Intuyo por qué Jorge ha elegido a un amigo cubano para que venga a invitarlos a leer su novela, que tanto he disfrutado en muchísimos aspectos y sentidos. Espero que sea porque cree que uno puede desentrañar los profundos entresijos estéticos de esta obra excepcional; quizás piensa que soy un lector avezado. Pero sé que, en el fondo, me lo ha pedido porque uno ha vivido con la sangre, más que con la percepción, muchos de los durísimos avatares de las mujeres que protagonizan su novela. Y eso, queridos amigos, termina llevando a Roma, porque a nadie se le puede negar lo que ha vivido, ni con ideología alguna, ni con imposición alguna, ni con falsas promesas, ni con moralinas…

Espero molestar lo menos posible si, con su protagonista, embisto con ímpetu una de las más grandes mentiras contemporáneas: el mecanismo autoritario más rancio, mohoso y 'conocidísimo' de la historia.

Los voy a invitar a leerla, procurando no desvelar los acontecimientos, pero sí señalando los altos valores artísticos —noten que no solo digo literarios—, así como aquellos que, doctrinalmente —noten que no solo digo políticamente o ideológicamente—, la convierten en una trinchera y en un templo de la libertad y la autodeterminación.

La Mujerona es una novela ambientada en la costa de Gijón, Asturias, en una casa de citas dirigida por Antonia de las Mercedes, «Nona», en la que convive un grupo de mujeres de distintos orígenes: la asturiana Chelo, la toledana Macarena, la castellana Mariola y la joven cubana Yanai, apodada Liz.

La primera razón que hace de “La Mujerona” una obra de arte extraordinaria es su asombroso y meticuloso diseño estético y formal. Jorge Tamargo no ha escrito una novela convencional, sino que ha construido un artefacto, como si el arquitecto que es se hubiera propuesto levantar una fortaleza inexpugnable, de una altísima precisión sensorial, donde el lenguaje, el color, el paisaje y el símbolo se funden en una sola experiencia artística. Lo diré enseguida: “La Mujerona” no es una novela sobre prostitución, es una novela sobre la soberanía de la carne y el espíritu.

Es una obra donde una prostituta de ochenta y cinco años puede discutir de eugenesia con un comunista bitongo (niño pijo de papá), donde una bióloga se masturba pensando en su compañera mientras le cobra tres mil euros a un político corrupto, y donde el mar Cantábrico ruge al ritmo de los sonetos del Siglo de Oro. Es una novela que, como un candente crisol, demuestra que el estilo literario es el único territorio verdaderamente libre que nos queda.

La novela presenta así una lección aplastante: la verdadera emancipación no viene de un subsidio ni de una consigna partidista, sino de la soberanía absoluta sobre el propio cuerpo y el intelecto.

La sinfonía de las identidades

En Casa Nona todo está regido por un estricto código cromático impuesto por Nona: el color de cada habitación determina también la identidad y la indumentaria de sus habitantes. Maca ocupa la estancia roja; Mariola, la champán; Chelo, la azul acero oscuro, y Liz, la color tabaco. Sábanas, vestidos y calzado deben ajustarse a estos tonos, mientras que el gris queda prohibido por representar la máxima expresión de la mediocridad. Nona ocupa la habitación cárdena, a la que nadie accede, pero de ella hablaremos luego.

Esta sinfonía visual reviste de forma vibrante una de las principales virtudes de la novela: su asombroso mestizaje lingüístico. La obra se niega a adoptar un español neutro o plano; en su lugar, prefiere que el lenguaje sea un personaje físico, sudoroso y vivo, que colisiona y se abraza en el salón de la casa de citas. Lejos de ser un mero recurso de ambientación, el habla de cada personaje funciona como su verdadero pasaporte, su armadura psicológica y el sedimento de su memoria. La casa se convierte así en un fascinante laboratorio filológico donde conviven y se fecundan registros radicalmente opuestos.

En el centro de esta sinfonía se encuentra Nona, una «gallega vieja e incoherente», según su propia definición irónica. Su lenguaje es el resultado de una vida nómada que la llevó por León, Oviedo, La Habana, Madrid, Buenos Aires y Nueva York. En su voz conviven la cultura clásica, la tradición literaria, el refranero y la vulgaridad más pragmática. Puede pasar de una referencia a Heráclito a un dicho popular, mientras incorpora con naturalidad cubanismos como «satear» o «bitongo». Su sintaxis conserva, además, la huella de sus años en el Caribe. La voz de Nona sintetiza así «todo el lenguaje que había respirado» a lo largo de una vida marcada por el desplazamiento y la experiencia.

La voz de Chelo, la bióloga gijonesa reconvertida en prostituta por soberana elección económica, está impregnada del temperamento del Cantábrico. Chelo se define a sí misma con orgullo como una perfecta "culomoyao", el término local para referirse a los nacidos en Gijón. Su léxico está lleno de la humedad de su tierra: habla de sus "piernonas" o "patonas", llama cariñosamente "guaja" o "probina" a la limpiadora, se refiere a los clientes como "pichones" o "guajes con años" y describe las cavidades corporales como "furacos". Su asturiano de Chelo no es folclore; es una lengua física que arrastra el frío de los acantilados. Su geografía es mental: para Chelo, la plenitud consiste en sentarse en cueros en la arena de Peñarrubia, abriendo las piernas al horizonte para "reconectar sexo y cabeza".

En el extremo opuesto irrumpe Yanai, a quien Nona bautiza como Liz para proteger su identidad y borrar la huella de su origen. Su español es el de la Cuba profunda, marcado por la crudeza de la supervivencia en las playas caribeñas y el estigma del jineterismo. Su léxico estalla en la novela con una fuerza indomable a través de verbos como "singar", sustantivos como "temba" (madura) y el uso de "papayúa" como sinónimo de mujer valiente, atrevida o descarada. Liz utiliza la palabra "comemierda" para fustigar la estupidez ajena y tilda con desprecio de "comecandela" a los fanáticos políticos. Su acento desconcierta a los hombres del norte, a quienes observa con una distancia irónica, llamándolos "pichones de celta" o "apróstatas" cuando su vigor decae. En lo íntimo, su lengua recupera el ritmo de la calle cubana mediante sentencias memorables: "el calor de hombre hincha", saber "embarajar" las preguntas incómodas y aplicar la máxima de "el muerto alante y la gritería atrás" para amarrar bien a un hombre antes de parirle.

La palentina Dolores Sánchez, "Mariola", aporta la nota más seca, territorial y defensiva de la casa. Su lenguaje está desprovisto de la sensualidad caribeña de Liz o de la calidez húmeda de Chelo. Su voz se caracteriza por un resentimiento y un pragmatismo feroz, moldeados por su traumático pasado en los prostíbulos de carretera de la Meseta. Ella evoca con pavor nombres como "El Elefante de Oro", "California" o "Jamaica", estaciones de un calvario de alterne entre Zamora, Burgos y Pucela. Su habla es hostil. En su vocabulario abundan expresiones de sospecha como "meter el cuezo", "hacer cizaña" o "hacerse pajas mentales".

Macarena, "Maca", introduce el registro del castellano del centro peninsular. Nona la define como "la más parlanchina, la más locuaz y zalamera", una mujer de una gracia instrumental idónea para esconder las penas. El habla de Maca es coloquial, descarada y afectuosa. Utiliza términos de una familiaridad palpitante como "bombonazo", "viejito larguirucho" o "brujilla". En sus conversaciones informales con Mariola no teme usar el insulto lúdico como muestra de complicidad: "zorra" o "zorrísima". Cuando las tensiones de la casa amenazan con desbordarse, su exclamación de cabecera es un rotundo "¡la repolla!". Sin embargo, la voz de Maca también es la que aporta el tono de ternura final en la novela; es ella quien habla de dar un "cariñín" a Nona cuando está enferma y quien confiesa sentirse "blanducha" ante la inminencia de la tragedia.

La soberanía de la carne: asalto al santuario y falacia de la redención colectivista

La verdadera tensión dramática de “La Mujerona” no radica en el mero suspense de su trama, sino en un choque existencial e ideológico de una lucidez implacable. Sin desvelar los giros que conducen al desenlace, el núcleo central de la obra se estructura en torno a una profanación fundamental: la irrupción de la violencia abstracta, dogmática y moralista en el espacio sagrado de la soberanía individual que Nona ha construido con paciencia de orfebre.

Esta colisión sirve como vehículo para articular una de las críticas más demoledoras de la literatura contemporánea contra la utopía comunista, defendiendo, en el mismo movimiento, la dignidad y el libre albedrío de unas mujeres que se niegan a ser encasilladas como víctimas sumisas.

El asalto al sótano de la Casa —donde los clientes se encuentran en un estado de absoluta desnudez y vulnerabilidad física— funciona como una metáfora perfecta del totalitarismo. Los invasores, liderados por Kique, no entran como individuos, sino como portavoces de una abstracción moral. Vestidos, calzados y blindados por la soberbia de sus consignas, irrumpen en un espacio de paz y comercio consentido para dictar cátedra, insultar y agredir físicamente a quienes consideran "escoria".

El valor literario de este encuentro reside en el contraste estético: la fealdad del discurso dogmático choca con el refinamiento sensitivo de la casa. Kique, un "niño bitongo" financiado por la fortuna de sus padres, encarna la hipocresía de los que juegan a la revolución desde la comodidad de una posición privilegiada. Su violencia verbal no busca liberar a nadie; busca imponer un orden moralizante que niega la capacidad de decisión de las propias mujeres a las que verbalmente dice defender, tildándolas despectivamente de meras alienadas.

Para que la defensa de la libertad que propone la novela sea irrebatible, Jorge Tamargo no recurre a discursos teóricos de salón, sino a la memoria grabada en la piel de Nona. La dueña de la casa posee una autoridad moral forjada en el desengaño. Nona evoca con amargura su juventud en la Cuba de 1956, cuando refugió y protegió en su propio burdel a los jóvenes rebeldes del Movimiento 26 de Julio. En un pasaje de un cinismo magistral, relata cómo uno de aquellos muchachos, tras haber disfrutado de la comida, el cobijo y el sexo gratis ofrecido por las mujeres de la casa, pronunció un mitin matutino prometiendo que, al llegar al poder, erradicarían la prostitución y enviarían a las mujeres a trabajar en las fábricas. La dueña del local los expulsó a patadas con una lógica aplastante: "si no les gustan las putas, qué cojones hacen aquí”.

La conclusión que Nona extrae de esta vivencia es un dardo envenenado contra la ingeniería social del comunismo: aquellos mismos puritanos que prometían la emancipación de la mujer terminaron convirtiendo a toda la isla de Cuba en "el súper burdel de Occidente", destruyendo la economía y limitando la libertad a través de un colectivismo hambreador. Su anticomunismo es, por tanto, un acto de realismo histórico: la denuncia de un sistema de "café para todos" que inexorablemente degenera en un "café para nadie". Frente a los delirios de Kique y su banda de remodelar la sociedad desde el vacío, Nona opone una ley natural e histórica inquebrantable, resumida en su célebre aforismo sobre los límites de la intervención estatal: "Se puede liberar a un tigre de sus barrotes, pero no de las rayas de su pelaje".

Acudimos en “La Mujerona” a la dignificación absoluta de la vida de las protagonistas, quienes destruyen sistemáticamente el estereotipo de la prostituta desvalida que necesita ser salvada por el Estado o por un novio redentor. Estas mujeres no operan desde la sumisión, sino desde una estricta autonomía económica y mental. La novela denuncia con brillantez que el verdadero peligro para estas mujeres no es el comercio de sus cuerpos, sino el afán paternalista de quienes pretenden "reeducarlas".

Kique y la altanera Arancha proponen la abolición del negocio bajo la premisa de que las mujeres están inevitablemente "alienadas" si no comparten sus dogmas. Nona desenmascara esta postura como una "eugenesia socialista", un intento infantil y totalitario de convertir al ser humano en una máquina predecible y dócil. Frente a un Estado y unos activistas que las tratan como sujetos sin rostro ni pasado, las mujeres de Casa Nona reivindican su derecho a pecar, a ganar dinero, a equivocarse y a gobernar sus propias vidas bajo sus propios términos, con una conciencia clara: la peor amenaza para la dignidad humana no es la intemperie del mercado libre, sino las cadenas morales del tirano redentor.

La geografía de la intemperie. El Cantábrico indómito contra la mugre de Teverga

En “La Mujerona”, la geografía física de Asturias se convierte en una geografía moral y existencial. Jorge Tamargo no utiliza los escenarios como meras postales turísticas; la lluvia implacable, la Senda del Oso, el lodo de Teverga y el hormigón militar del Cerro de Santa Catalina son proyecciones del alma de sus personajes y, sobre todo, trincheras desde las cuales estas mujeres resisten el embate de la moralina estatal y el fracaso de las utopías colectivistas.

El viaje que Nona y Chelo emprenden hacia el interior de la región, remontando la Senda del Oso, sirve para contraponer la majestuosidad de la naturaleza frente a la degradación de quienes pretenden salvar el mundo mediante consignas. En el camino, Nona, con una lucidez que desafía sus más de ochenta años, observa las montañas verticales y acuña una definición lírica inolvidable: «este verde es único porque no tiene tiempo bastante para secar. Es un verde enchumbado, un verde que señorea en la humedad».

Este verde vivo, desbordante e indomable representa la esencia misma de las mujeres de la Casa. El contraste literario es soberbio cuando esa luz limpia del norte colisiona con el destino del viaje: un caserón cochambroso en Teverga. En lugar del santuario revolucionario y libre que prometen los jóvenes antisistema, lo que encuentran Nona y Chelo es un antro lúgubre, oscuro y húmedo, con paredes carcomidas, termitas en las vigas y un perenne olor a marihuana.

Este escenario es la representación física de la decadencia colectivista. Aquellas «pepitas de futuro» —como Nona apoda con feroz sarcasmo a los miembros de la banda— viven en la mugre física y moral. Bajo el pretexto de abolir la explotación, lo que han construido en la montaña es un espacio de sospecha y tiranía doméstica donde se intenta anular el nombre, el pasado y la voluntad de Liz. La novela demuestra aquí que la ingeniería social que promete el paraíso en la tierra solo es capaz de producir recintos inhóspitos y mentes adoctrinadas.

La comuna de Teverga es la radiografía perfecta del comunismo en miniatura: promesas grandilocuentes de liberación universal que derivan inexorablemente en suciedad, paranoia, abolición de la privacidad y tiranía doméstica. Los supuestos 'redentores' que pontifican sobre la abolición de la propiedad privada habitan en la carcoma física y mental. Mientras pretenden reeducar a la sociedad, son incapaces de mantener limpia su propia casa o de respetar el libre albedrío de una mujer. Teverga nos deja claro que la utopía colectivista no construye paraísos; solo engendra recintos inhabitables donde la mediocridad se disfraza de virtud militante.

 

La casamata del Cerro de Santa Catalina: el zulo militar convertido en templo de libertad

El contrapeso estético y moral a la decadencia de Teverga se sitúa en Gijón, en el Cerro de Santa Catalina, a los pies del Elogio del Horizonte de Chillida. Allí se encuentra una vieja casamata militar semienterrada, de apenas doce metros cuadrados, con un ventanuco estrecho que enmarca la furia del Cantábrico. En este espacio adusto, frío y hostil se desarrollan los pasajes más arrolladores de la novela en términos de soberanía.

Es en este zulo de hormigón donde Chelo —la bióloga titulada que maneja su carrera y su capital con absoluta independencia— ejecuta una de las negociaciones más implacables y lúcidas de la obra. Frente al deseo torpe y previsible de los hombres con poder, Chelo no actúa como una víctima propiciatoria, sino como una administradora de su propio destino. Mientras el viento del norte azota la roca exterior, Chelo se desnuda de cintura para abajo en las entrañas del búnker y evoca la sentencia clásica de su Celestina tutelar: «¡Oh buena fortuna, cómo ayudas a los osados y a los tímidos eres contraria!». La carne no se degrada; se tasa y se cobra con una dignidad que deja al poderoso temblando de sumisión ante los pies de la mujer.

En resumen, en “La Mujerona”, el paisaje del norte no es decorativo; es el campo de batalla. Frente al lodo moral y la hipocresía de los falsos redentores que viven en la mugre de Teverga, las mujeres de la Casa oponen el hormigón del Cerro de Santa Catalina. Ellas entienden que el dinero ganado soberanamente es la única garantía de libertad frente a un Estado confiscatorio y paternalista. Como bien sentencia Nona: "conciencia en mercaderes es como virgo en cotorrera, que se vende sin haberse". Estas mujeres no necesitan leyes que las tutelen; les basta con su propia audacia, su cultura clásica y la inmensidad del Cantábrico para recordarle al mundo que sus cuerpos y sus vidas les pertenecen únicamente a ellas.

La metaficción: acto de justicia

Lejos de cerrarse como una crónica convencional, “La Mujerona” se repliega sobre sí misma mediante un ejercicio de metaficción de una audacia sobrecogedora. El descubrimiento de un manuscrito inconcluso de Nona, titulado originalmente “La habitación cárdena”, y la decisión de sus pupilas de terminarlo, editarlo y lanzarlo al mundo trascienden el mero homenaje afectivo: se convierten en un acto de legítima defensa, resistencia política y justicia poética.

El valor de la novela se multiplica entonces cuando el lector descubre cómo el texto desafía los límites entre realidad y ficción. Al asumir la tarea de cerrar la obra tras la interrupción brusca de la escritura de Nona, Macarena, Chelo y Liz deciden que el libro debe publicarse bajo el título de “La Mujerona”.

Sin embargo, la verdadera audacia reside en la decisión táctica sobre los nombres de los personajes, tomada de manera unánime por las tres mujeres. En una declaración de guerra literaria sin precedentes, deciden publicar la obra a «pecho descubierto», manteniendo la identidad real de su enemiga interna, Mariola (María Dolores Sánchez Villalón), y del líder de la banda violenta, Kique (Enrique Gorriarán Sarrá). El manuscrito se convierte así en un acta de acusación pública y en un monumento a la ingratitud de quienes intentaron destruirlas.

En contraste, los clientes de confianza, el barman y el personal de servicio reciben nombres ficticios para blindar su intimidad y evitar represalias legales, demostrando que la ética del secreto profesional sobrevive incluso al colapso de la Casa. La literatura se revela aquí como la única justicia viable para estas mujeres: un territorio libre de la burocracia del Estado, donde las víctimas de la hipocresía social asumen la palabra y dictan la sentencia definitiva sobre sus perseguidores.

El testamento íntimo

Ahora voy a hablar como cubano, represaliado del régimen comunista de La Habana. Los fragmentos de las cartas de Nona constituyen una de las críticas más descarnadas, lúcidas e inapelables contra ese régimen escritas en la literatura reciente, fundamentadas en el dolor y la culpa histórica de la propia Nona. Ella asume con amargura haber sido cómplice de la propaganda totalitaria en su juventud: «Claro que vi cómo mataban. Y en cierta medida maté con ellos, porque durante un tiempo ayudé a esparcir su bazofia por el mundo».

Su anticomunismo no nace de una abstracción teórica de derechas, sino de la constatación física de cómo una utopía colectivista destruyó la tierra de su familia, convirtiendo la isla en un presidio de miseria.

Una de las decisiones estéticas más brillantes es el rechazo absoluto a convertir la obra en un relato policíaco o morboso. Aunque la intriga y las investigaciones policiales se complican a su alrededor con la implicación de altos cargos del Estado y grupos extremistas, las protagonistas se niegan a que la memoria de Nona sea secuestrada por la estructura barata de una novela de crímenes.

Prefieren, en su lugar, que el libro sea un canto a la plenitud, la soberanía de la carne y el amor indómito que ha florecido entre ellas. Que Nona termine fundiéndose con el horizonte que contempla la estatua de la Madre del Emigrante la consagra como la verdadera «Muyerona» de la historia: una figura monumental y herida, pero jamás doblegada, que enseñó a sus chicas que la única patria por la que vale la pena luchar es la propia soberanía.

Presentar “La Mujerona” es presentar una insurrección literaria. Jorge Tamargo nos regala una obra donde la literatura no se limita a contemplar la realidad, sino que actúa sobre ella como un escalpelo. Es una novela que desarma las mentiras del colectivismo totalitario a través de la voz de una mujer que conoció sus cárceles y sus promesas rotas, y que se yergue como la defensora última de la libertad del individuo.

Invitar a leer este libro es invitar a descubrir que, frente al frío control del Estado y la hipocresía de los falsos redentores, la belleza, la cultura clásica y el gobierno soberano de la propia vida son las únicas trincheras que nos mantendrán verdaderamente humanos y libres.



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