sábado, 15 de abril de 2017

EL NEGOCIO DE LA POESÍA EN SIETE FÁBULAS DE ESOPO






EL BUEY Y EL MOSQUITO


1

En el cuerno de un buey se posó un mosquito.
Luego de permanecer allí largo rato, al iniciar el vuelo preguntó al buey si se alegraba de que por fin se marchase.
El buey le respondió:
Ni supe que habías venido. Tampoco notaré cuando te vayas.

El buey y el mosquito. Esopo


Hace unos días leí un artículo de David Torres en el periódico digital Cuartopoder (el enlace para leerlo, al pie). Lo presentaba bajo un título sugerente y sonoro: La nueva poesía de mierda; y claro, no pude evitar entrarle. En aquel momento pensé escribir sobre el asunto para apoyar algunas de las cosas que decía David, para matizar otras. Me alegra haberlo descartado. Mi posible aportación, en caliente, hubiera sufrido una sobrecarga de gravedad. Me di un tiempo que hoy agoto. Hoy, cuando ya puedo hablar al respecto con tranquilidad, sin sacar de quicio los temas a tratar, sonriendo más que nada. Estoy de acuerdo con el grueso de lo dicho allí por David, pero quiero abundar en ello desde una perspectiva más leve, con el cabreo condenado a su hueco, vigilado por el estoico que en ocasiones me auxilia. Como dijo Séneca coincidiendo con una idea de Safo: Que nada te esté permitido mientras estás encolerizado.

Y es que pocas cosas hay más inútiles que teorizar sobre poesía. La poesía, como el buey-nuestro de Esopo, pasta tranquilamente sin percatarse siquiera del aterrizaje o el despegue de los mosquitos que llegan y van, para, desde sus cuernos, tener mejor perspectiva sobre suelo y cielo; para, sobre su lomo, picar y chupar sangre con la que después, si hay suerte, infectar una ínfima porción de la enorme montonera de heces discursivas donde se ahoga el hombre.

Es inútil, pero lo hacemos, porque nunca somos más humanos que cuando roturamos el desierto o el mar. Los poetas-mosquito nos posamos en el buey-madre una y otra vez, y no dejamos de preguntarle si nos nota, si nos quiere; no dejamos de preguntarnos si habremos gravado su memoria. ¿Por qué lo hacemos? No lo sé. Imagino que sin la ilusión de obtener la suma aprobación bovina después de alguna graciosa volada, no sabemos continuar.        

Aquí estoy. Seguramente un incorregible gagá para los mosquitos que señala David en su artículo. Seguramente un loco sin nada que añadir para otros congéneres menos gesticulantes tal vez, pero aún más creídos que los primeros. Me refiero a esos que buscan sitio en el pabellón auricular del buey para regalarle los oídos. Jejenes. Aquí estoy, digo, preguntando de nuevo al impertérrito animal, qué zumbidos lo inquietan en mayor medida, cuáles lo invitan con mejor artimaña al potro y al herraje. El buey ni chista. Lo más que me dice es: ―Déjate de tonterías y escribe poesía a ver qué pasa. Los mosquitos, mosquitos son. Me alimentan sus preguntas si están bien hechas, pero sobre todo, si no van dirigidas a mí.

Ah, este buey de paso lento… Su desdeñosa actitud ante las filias y las fobias de los insectos, siempre me recuerda aquella idea de Hume: Un perro y un caballo pueden ser de la misma talla, y mientras que uno es admirado por su grandeza de tamaño, el otro lo es por su pequeñez.




FÁCIL, DIRECTA, SENCILLA, TRANSPARENTE… 


2
                  
Entraron unos ladrones en una casa y sólo encontraron un gallo; se apoderaron de él y se marcharon.
A punto de ser asesinado por sus captores, el gallo rogó que le perdonaran, alegando que era útil a los hombres despertándolos por la noche para ir a sus trabajos.
Mayor razón para matarte, (exclamaron los ladrones) puesto que despertando a los hombres nos impides robar.

Los ladrones y el gallo. Esopo


David hablaba en su artículo de cantautores que se consideran poetas, de algunos de ellos que finalmente dejaron la guitarra a un lado para leer en seco sus versos al público. Hablaba (no sé, él sabrá) de poetas rentables económicamente, con decenas de miles de seguidores en las redes sociales. Mencionó a un tal Robertico Dylan que ganó no sé qué premio literario de relumbrón (buey mío, ¿cómo te mantienes al margen de estas noticias que tanto te incumben?). Decía David que muchos de estos juglares superventas se enorgullecen de practicar una poesía clara, sencilla, transparente, que llega a todo el mundo. (Pero mi buey, ¿pastas ya en todos los potreros, o estas falsas nuevas vienen de los ladrones de casas, asesinos de gallos?)

Ciertamente esto de la poesía fácil, directa, sencilla, con la encendida negación de la que se considera su opuesta (lo he dicho otras veces con más ganas; ver, por ejemplo, en http://encomiodelaimagen.blogspot.com.es/2016/10/un-rabion-en-el-rio-y-una-cabra.html) parece ser un mantra inducido por una deidad irresponsable. O no, quizás sea (permítanme hoy, que estoy en plan ligero, pensar con mayor malicia) obra de meros cacos. Claro, si entrando a robar en una casa te encuentras un gallo, lo recomendable es matarlo de inmediato para que no avise a los vecinos. Estos directísimos están en contra de cualquier poesía que implique la aceptación de la complejidad con que la realidad, qué terca, sea de origen sensorial o suprasensorial, nos circunda a diario. Huyen, como del diablo, de la secante que traza el continuo poético donde se escribe el Gran-Poema-Uno. Viven en la playa. ¿Pretenden la adulación de todos los bañistas? ¿Se sienten incapaces de soportar el frío en las cercanías de la excelencia? No sé. El caso es que no sólo se bañan y asolean perezosamente cuando no roban, sino que se esmeran en cortar la cabeza a los gallos que encuentran cuando lo hacen. ¿Bajo qué cargos? Dicen que su canto es repipi, que los gallos se dedican a la farfulla y la greguería; intentan que los jueces confundan el cante inclusivo con el grandilocuente para poder atacarlo mejor; pero en realidad, y salvo honrosas excepciones, los matan para que no avisen a los vecinos. ―¿A qué vecinos, si no existen?, se pregunta nuestro buey soltando una carcajada mitad olímpica, mitad parnasiana.

En esto no me extiendo demasiado. Me fatiga. Haciéndolo en otras ocasiones, expuse muchas pruebas ociosas. Jamás el buey me hizo caso. ―Déjate de tonterías y escribe poesía, dijo siempre. No me extiendo, pero por si acaso entre los sencillísimos que me lean (¿leerme éstos a mí?, río…) hay alguno que no sea cantautor, bachiller, notario o periodista, les regalo una idea de Pessoa y un poemilla de Antón de Montoro (Córdoba, siglo XV)     

Aquí va la idea del portugués, gallito duro de pelar: “…decir lo que siente exactamente como se siente claramente, si es claro; oscuramente, si es oscuro; confusamente, si es confuso; comprender que la gramática es un instrumento y no una ley.”  

El poemilla del cordobés, muy gracioso y cachondo, podía haber sido dedicado a la poesía que corre y corre tras su caricatura sin detenerse; no ya vestida de seda o terciopelo, como tal vez lo hizo buena parte de la que se escribía en época del poeta, sino como lo hace ahora la “nuestra”, con una escueta tanguita de poliéster metida en el culo. Ah, esta poesía “nuestra”, que ya no pretende engañar a una minoría remilgada y esnobista, sino a una mayoría esnobista y vulgar, funcionalmente analfabeta, que todos los domingos va a la playa. Esta poesía “nuestra”, que veloz, sencilla, directa y transparentemente, pretende engañar a su mayoría con la sana y democrática intención de que todos los bañistas que la integran puedan disfrutar el magro de sus nalgas, y sin ningún esfuerzo de imaginación, la nula entretela de su tanguita:   

                                                         Gentil dama singular, (…)
                                                         mesuráos en vuestro amblar,
                                                         que por mucho madrugar
                                                         no amanece más aína.
                                                         Las nalgas baxas, terreras,
                                                         mecedlas por lindo modo,
                                                         poco a poco y no del todo
                                                         el traer de las caderas;
                                                         y al tiempo de desgranar
                                                         que el hombre se desatina,
                                                         mesuráos en vuestro amblar
                                                         que por mucho madrugar…




NADA HIEDE PEOR QUE EL LIRIO ENFERMO


3
                  
Rendían unos hacheros a un pino y lo hacían con gran facilidad gracias a las cuñas que habían fabricado con su propia madera.
Y el pino les dijo:
No odio tanto al hacha que me corta como a las cuñas nacidas de mí mismo.

Los leñadores y el pino. Esopo.


El buey ignora a los mosquitos, pero tiene pesadillas con un árbol. Se trata de un pino que es cortado con la ayuda de cuñas sacadas de su tronco, de hachas encabadas con partes de su cuerpo. ―Pero si jamás me subo a los árboles, si piso tan seguro sobre esta ciénaga, al margen de lo que digan los mosquitos, ¿por qué tengo sueños tan incómodos?, se pregunta el animal de vez en cuando.

Claro, qué más da lo que puedan decir o hacer los bachilleres y los periodistas, pero lo que digan los poetas… Qué más dan las maromas de los saltimbanquis, pero la impostura de los mosquitos con capacidad para ser ganaderos… Realmente los colegas que escriben buenos poemas, y a la vez participan la monserga nadaísta (no me refiero a la corriente homónima) que aspira a una poesía tan de todos, que pueda y deba dársenos entera en Twitter, ¿lo harán sin conflictos íntimos? No aludo a esos aspirantes a poeta, que como aquel célebre vivalavirgen, pudieran pensar: si sale con barba, San Antón, y si no, la Purísima Concepción; sino a poetas hechos y derechos, que a juzgar por su propia obra, debieran planificar su coherencia con mayor tino, y, sin embargo, se suman a los baños dominicales, batiendo palmas al paso de los culos que bailan el reggaetón, o el rezo de haikus impostados (aquí y ahora, tanto monta lo uno como lo otro) con su mínima tanga. ¿Por qué lo hacen? Quién pudiera adivinarlo. Al buey nuestro le importan un bledo mientras pasta, pero algunas noches tiene pesadillas con el pino que cae talado por la herramienta de casa.

No hay peor cuña que la del mismo palo, y nada hiede peor que el lirio enfermo. (Shakespeare). Flaco favor le hacen a la poesía, quienes por ir en brazos de los velocistas, por ganar una cátedra en su ignorancia, se comportan como virgo de cantonera (Quevedo), como “enteradas” putas al servicio de los bárbaros.

Ya ven, vuelvo a equivocarme. Trato de colocar mis inquietudes en la testa de nuestro buey. Y es que a la poesía le afecta un comino lo que hagan o deshagan sus números más allá de los poemas que escriben. Todos estos farsantes que se maquillan para los satélites, que buscan el aplauso unánime cueste lo que cueste, quedarán en la memoria del buey, si es que quedan, incluso cuando ayuden a fabricar su narigón, si a la vez producen alguna sustancia que active el estro de las flores, ése, capaz de obviar las argollas y penetrar lo profundo de sus ventanas nasales. Como dijo un poeta estalinista a otro poeta estalinista, este último, de boquilla (qué par): No importas tú, ¡importa tu impostura! Aun así, y teniendo en cuenta que nuestro buey, si despierto, pasa de ellos, por mucho que hiedan, que les den…
    



¿ESTADIOS DE FÚTBOL PARA LA POESÍA?


4
          
Dándose cuenta de que era perseguido por un lobo, un pequeño corderito decidió refugiarse en un templo cercano.
Lo llamó el lobo y le dijo que si el sacrificador lo encontraba allí dentro, lo inmolaría a su dios.
¡Mejor así! (replicó el cordero) prefiero ser
víctima para un dios a tener que perecer en tus colmillos.

El lobo y el cordero en el templo. Esopo.


Cuenta David en su artículo, que algunos de los nuevos poetas, además de triunfar en las redes sociales, dan recitales multitudinarios, incluso, cobrando la entrada. Parece temer que se haya cumplido, dice él, aquella profecía que le oí a una poetisa en los años noventa: “Llegará un día en que la poesía llenará estadios de fútbol”. ¿Será cierto? Yo sé de otros poetas que apenas… en fin, que parecen corderitos escondidos de semejante lobo.

―¿Qué opinas, mi buey? ¿Quiénes estarán más claros? ―No quiero saber nada de estas cosas. Con tu colega Arriaza, digo:

                Junto a un negro buey cantaban
                un ruiseñor y un canario,
                y en lo gracioso y lo vario
                iguales los dos quedaban.
                “Decide la cuestión tú”,
                dijo al buey el ruiseñor.
                Y metiéndose a censor
                habló el buey y dijo “mu”.

―¿Pero cómo te haces el sueco? ¿Y la fábula de Esopo, esa del lobo y el cordero en el templo…? ¿No crees que el segundo hizo bien refugiándose ante la amenaza del primero, aun a riesgo de…? ―Mu, dice de nuevo el buey.

Heródoto cuenta que Ciro, aquel famoso rey persa, refiriéndose a los griegos, dijo: Nunca temí a unos hombres que tienen en medio de sus ciudades un lugar donde se reúnen para engañarse unos a otros. Se refería al mercado, pero bien pudo referirse también al teatro, donde aquellos locos se reunían en masa para decirse las mayores y más bellas mentiras que se hayan dicho los hombres hasta hoy. Algo parecido contó Pitágoras a su regreso de un viaje a Egipto. Al parecer, los sabios de aquel imperio le confesaron que veían a los griegos como eternos niños, incapaces de crecer por culpa de su desmedida imaginación, de su propensión compulsiva al juego y la mentira, ejercidos ambos comunalmente, en grandes espacios abiertos, ante grandes aglomeraciones de personas. ¿Será que los nuevos poetas, esos que escriben poesía directa para todos, nos están llevando a un nuevo renacer del clasicismo? ¿Nos volveremos a reunir de forma multitudinaria para atender a los grandes autores? ¿Pero cómo van a juntarse para escuchar una clase de alta cocina, quienes desayunan, comen y cenan donuts?

Qué poca confianza tengo en este renacer poético. Los comelones de donuts no pagarán por ver ejecutar alta cocina sin exigir nada a cambio. ¿Acaso certificar su muerte y congratularse por haberla propiciado, presenciado? Que Dios me perdone, pero si tiene orejas puntiagudas, hocico prominente y pelo grueso; es lobo o algo parecido, tal y como discurrió el ciego de la última fábula que traigo a este texto. Yo haría como el corderito: correría al Templo, porque como él prefiero ser víctima para un dios a tener que perecer en… La poesía en ese partido no llegaría al segundo asalto… El buey mueve la cabeza. Se ríe de mí. Seguramente ya sabe que no tengo remedio… ―Está bien, ríete, pero mira a Neruda y a Benedetti lo que tuvieron que hacer para entrar en los libros de texto de la educación secundaria. Ríete, buey, pero yo, por si acaso, y diga lo que diga el lobo, al Templo. ―Mu.




CISNES Y GANSOS


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Un hombre muy rico alimentaba a un ganso y a un cisne juntos, aunque con diferente fin según el caso: uno era para el canto y el otro para la mesa.
Cuando llegó la hora para la cual fue alimentado el ganso, era de noche, y la oscuridad no permitía distinguir entre las dos aves.
Capturado el cisne en lugar del ganso, entonó su bello canto preludio de muerte. Al oír su voz, el amo lo reconoció y su canto lo salvó.

El cisne tomado por ganso. Esopo


El buey se ríe, pero lo hace porque cree que tiene el futuro garantizado. Puede que así sea, aunque su futuro está ligado al nuestro, y esto de las máquinas con inteligencia artificial… En fin, mientras el hombre sea una incubadora de memoria, el buey puede seguir riendo tranquilo ante las pataletas de los insectos. Su lenta rumia producirá sangre para los mosquitos-cisne y heces para los mosquitos-ganso, filtrado alimento para ambos.

El buey y nosotros estamos condenados a nuestra múltiple condición. La poesía, como siempre, se nos dará en su forma-cisne y en su forma-gansa, porque necesitamos carne y canto, porque nuestra memoria está hecha de ambas sustancias, y necesita que ambas formalicen en todos los pliegues históricos que la van constituyendo.

Para atracarnos de carne y producir excrementos, el ganso. Pero claro, cuando nos perdamos en la montonera, cuando para enfilar el futuro a partir de nosotros mismos y hacia nosotros mismos, necesitemos rebuscarnos en la Gran Memoria Nuestra, esa que responde al continuo donde cada tiempo deja su impronta y guarda su grano; cada vez que esto suceda, digo, no precisaremos en primer lugar la carne, sino el canto. La prehistoria del hombre se ha sudado y excretado, se nos da en el sílex y los coprolitos, pero su historia… su historia se ha edificado, pintado, esculpido, contado y cantado. El canto es el denominador común de todos los lenguajes que nos cuentan y explican, es en él donde está impresa nuestra Memoria.

Por eso, llegado el momento crucial, siempre salvaremos al cisne. Al cisne de nuestro tiempo, quiero decir, que tiene el cuello deforme de tantos retorcijones, pero aun así mantiene el canto perfectamente sincronizado con un reloj que sigue funcionando con arena enamorada, esto es, con limadura de astros hecha poesía; un reloj que sigue funcionado como siempre, a pesar de cuánto pese a los ingenieros y los contables, que no paran de graznar para negarlo. No hablo de un cisne bitongo, que sólo cante en salones acompañado de liras y de castrati, hablo, sencillamente, del único animal que sabe cantar a la vida, el amor y la muerte; que sabe hacerlo, además, de día y de noche… De noche, qué milagro, para engañar a la oscura glotis de la Oscuridad, para impregnarla de futuribles.          

Se entiende entonces la decisión del ricachón de Esopo. A la hora de los mameyes, (permítanme aquí esta expresión cubanísima que alude a la hora decisiva) todos respondemos a lo que somos: no ricos o pobres, no blancos o negros, no liberales o conservadores, no chicas o chicos, sino deudores de la imaginación, hijos del canto: hombres.




CANTORES IMPENITENTES


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El hijo de un labrador se hallaba tostando unos caracoles. 
Oyéndoles crepitar dijo:
¡Ah, miserables animalejos, están sus casas ardiendo, y aún cantan!

   Los caracoles. Esopo


El artículo de David está atravesado, más o menos veladamente, por la amargura y la impotencia. Amargura, por el desaguisado que el marketing y la banalidad pudieran provocar en la poesía. Impotencia, por la falta de soluciones que parece haber al respecto, sobre todo, porque estos poetas-taquígrafos-periodistas, en tanto dirigen su producto prêt-à-porter al hombre-masa, cuentan con el apoyo del mercado (el dinero), que en la literatura significa apoyo de las grandes editoriales, que hoy día son, sólo, grandes empresas: máquinas de generar beneficios (cuán dispuesta leña es plata y oro / para encender un corazón de nieve. B. del Alcázar). David deja vislumbrar un escepticismo latente y espinoso… El buey, sin embargo, se ríe a pata suelta. ―¿Qué tiene que ver el corazón con la llovizna?, seguro se pregunta. ―¿Qué tienen que ver las editoriales y el dinero con la poesía? 

Nada. Después de que el trío formado por Sócatres, Platón y Aristóteles, señalaran a la poesía como la cueva del pensamiento mitológico y relativo; especialmente después de que Platón, él mismo un poeta renegado, cargara sobre sus colegas, menos razonantes y más lúcidos, la culpa de todos los males que atravesaba la polis, la poesía occidental cayó en desgracia. Ni siquiera el gran poema oriental que sin querer nos contagió Alejandro, me refiero al poema judaico que siglos después devino para nosotros cristiano, pudo recomponer lo que un logos con base ético-moral había roto en nuestras seseras. En Occidente, después de Platón, y salvo muy contadas excepciones, la verdad poética no pudo constituirse sin la mediación de su tutora, la razón poética. Aquellos niños griegos, empedernidos mentirosos, de los que hablaban asombrados e incrédulos los persas y los egipcios, tuvieron que madurar a toda prisa en las calderas del pensamiento abstracto y absoluto.

Casi toda la poesía occidental después de Aristóteles: la helenista, la cristiana (incluyo los Evangelios) y la laica (aceptemos este término para no complicarnos demasiado) ha sido escrita con luz y taquígrafos, es decir, pretendiendo la claridad de una luz razonante y razonada, bajo la vigilancia del todopoderoso Logos. Así la mitología se ha convertido en teología, y la poesía, de hija de la oscuridad y deudora del numen y las Musas, pasó a ser entenada de la luz y claro aviso del ángel. 

Esto explica por qué algunos poetas han tenido que escribir a contracorriente en los últimos dos mil quinientos años. Y aunque ni siquiera los más rebeldes entre ellos pudieron escapar del todo a su era lógica, jamás se rindieron. Entonces, ¿por qué temer ahora?, quiero decir, (preguntar) ¿por qué sentir una angustia especial en nuestro tiempo?             

En Occidente, la casa de los poetas está en llamas hace dos milenios y medio, y ni esto ha podido acallarlos del todo, convertirlos en lo que no son. Somos como los caracoles que quemaba aquel pobrecillo aprendiz de labrador: miserables animalejos a los que ni el mayor incendio provocado nos puede desahuciar, porque incluso con la casa ardiendo, crepitamos, cantamos.

David, lo que puedan hacer editoriales como Visor, por ejemplo, o como Planeta, (madre mía, ¿ahora publica voluminosos libros de poemas a las periodistas guapas que presentan programas de televisión?) con la nueva poesía de mierda, al viejo buey lo trae sin cuidado.     




HASTA UN CIEGO… SOBRETODO UN CIEGO


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Érase una vez un ciego muy hábil para reconocer al tacto cualquier animal al alcance de su mano, diciendo de qué especie era. Le presentaron un día un lobezno, lo palpó y quedó indeciso.
No acierto, dijo, si es hijo de una loba, de una zorra o de otro animal de su misma cualidad; pero lo que sí sé es que no ha nacido para vivir en un rebaño de corderos.

El ciego. Esopo


David, por más que las grandes editoriales (grandes, por el número de sus operaciones, no por el resultado poético de las mismas) estén plegadas a los caprichos del hombre-masa, y apalancadas en las carencias de sus acólitos; entre los que sabemos algo de este negocio, hasta un ciego distinguiría lobo de cordero. Por más que nos echen ceniza a los ojos, que pongan el ventilador a los pies de sus imprentas, no lograrán colarnos presa por cazador.

Comprendo tu inquietud, la comparto incluso. Por eso, todavía a mis años, escupo ideas inútiles ante la sosegada rumia de nuestro buey. Pero asimismo, te exhorto a la tranquilidad: cada época tiene su Gran Hermano y su Tiresias. Y te puedo asegurar que es el segundo, por adivino, pero sobre todo por ciego, (la materia oscura mal se aviene a las pupilas deslumbradas) quien clasifica y califica a los mentirosos. Los buenos, los que convierten la mentira en leyenda, los que con ella edifican la verdad poética, la lengendaria, la única capaz de hacer una muesca en el Gran Poema de todos y visualizar su horizonte; esos, David, jamás vivirán en un rebaño de corderos.


Enlace para leer La nueva poesía de mierda, de David Torres 





lunes, 3 de abril de 2017

NO ECHÉIS PIEDRAS A LA FUENTE





Debe ser que el proyecto maquinal que se nos viene encima, parte de un concienzudo barrido de cualquier escurridura no matemática que pueda erotizar nuestra memoria. Debe ser, porque de otra manera, no se entiende que el Sumo Proyectista (¿don Dinero?; no creo que podamos implicar también en esto al viejo Dios mesopotámico) ponga en manos de los técnicos hasta el último detalle de su obra.

El caso es que el pasado enero tuve que dedicar una nota al alegre diseñador de un robot-poeta; y apenas tres meses después, me topo en la radio, en una emisora queridísima, por cierto, con otro de estos iluminados hablando de sonificación. Sí, como lo leen: sonificación, así, con ese a la cabeza; esto es, y simplificando mucho: el arte de convertir datos no sonantes, o al menos no audibles por nosotros, en sonidos... y en música, porque el profesor de la Universidad de Zaragoza, José Ramón Beltrán, no sólo dijo una serie de tonterías sobre la sonificación que no pretende arribar a la música, sino que se centró en la que sí lo hace. Claro, la ciencia experimental tiene el mismo problema que los alopécicos: no saben dónde parar cuando se lavan la cara.

¿Dónde parar? ¿Alguien imagina cómo podríamos introducir las nociones de prudencia y sosiego en las mentes de estas irresponsables criaturas?

Tendrían que haberlo escuchado. Resulta que este hombre, y con él los periodistas que conducen el programa Longitud de Onda, de Radio Clásica, ven en la sonificación la herramienta perfecta para que, maquinalmente, se conviertan en música las catedrales, el cuerpo de los animales… no sé, cualquier fenómeno físico-químico no audible. ¿Y esto, cómo? Ah, según el ingeniero Beltrán, es muy fácil. El proceso tiene tres fases:

     1. consulta con un experto en la materia que se quiere sonificar (un arquitecto, un biólogo, un bioquímico, un especialista al fin y al cabo) que seguramente, y como buen especialista, no sabrá nada de música, y muy poco de cualquier otra cosa; para que explique al ingeniero, que no sabe un comino, ni de música, ni de aquello que pretende sonificar, cuáles son las potencias musicales de su objeto de deseo. 

2. trabajo en el ordenador para, a través de un programa informático, llevar a notas musicales más o menos relacionadas entre sí, los entresijos del asunto explicado (qué peligro) por el especialista. Y finalmente, agárrense bien,

3. intervención de un músico que dé sentido (sentido musical, por supuesto) al galimatías que sale del ordenador, o sea, que en lugar de componer música partiendo directamente del modelo, lo haga a partir del lío sonoro que escupen el técnico y su máquina.      

Todos los que ya se estén riendo a carcajadas están disculpados. Resulta que el trío integrado por el especialista, el informático y el músico-edecán, con la siempre inestimable ayuda de la máquina, serán los futuros compositores de piezas que traduzcan a música fenómenos no audibles para los seres humanos. Se trata, simplemente, de sustituir la composición inspirada por la maquinal. ¿Por qué? ¿Para qué? Ah… quien pueda saberlo o suponerlo, por favor, que me lo explique. Les doy el enlace preciso por si quieren escuchar el referido programa. A ver si le encuentran algún sentido al trabajo del ingeniero Beltrán. Los invito a detenerse, sobre todo, a partir del minuto 30 de la grabación.

http://www.rtve.es/alacarta/audios/longitud-de-onda/longitud-onda-sonificacion-27-03-17/3958408/

Porque eso de sonificar las nanopartículas o los pilares de átomos, cosas que escapan a nuestra natural capacidad sensorial, no sé, puede que tenga alguna utilidad científica, pero ¿sonificar un edificio? Ay, Dios… Ahora mismo escucho Recuerdos de La Alambra, de Francisco Tárrega, interpretado por Francisco Yepes, y claro, no puedo concebir aquel magnífico conjunto arquitectónico reducido a una suerte de beltraneja musical.

Podemos reírnos, sí, de primeras, qué íbamos a hacer si no; pero la cosa preocupa, y mucho. Porque como dijo Esquilo en Los suplicantes: El arrastre no respeta los rizos. Esta gente es el producto de la ignorancia sembrada en dos siglos de positivismo barato, de connivencia entre el ingenio y el dinero. No se pueden sujetar. No saben ni quieren aprender a hacerlo. Si no tomamos medidas al respecto, arrastrarán todo lo que encuentren a su paso; hasta la música, posiblemente el rizo más sublime que guardamos del ángel caído en las calderas de la locomotora de vapor, esa que pretende intimidarnos a fotutazo limpio. Así que debemos reírnos, también, en su cara. Que sepan que no a todos nos cuelan estas estupideces.

No digo que la llamada sonificación carezca de utilidad en determinados campos. Puede que nos ayude en procesos donde la conversión a sonidos de datos que normalmente se representan de manera visual o numérica, aporte ventajas a la hora de interpretarlos, usarlos, o incluso almacenarlos. Esta disciplina pudiera ser de gran utilidad, (dicen y lo creo) en la medicina, la astrofísica, o en cualquier otra rama científica. Y por qué no, también pudiera serlo en el terreno artístico, incluso en el musical; pero por favor, siempre que no vulgarice lo que el hombre ha hecho, hace, y esperemos que haga mientras exista, mejor que ninguna máquina: dar oportuna forma al más fino producto de su imaginación.

Todos sabemos, o debíamos saber, que una catedral puede contener y casi siempre contiene su propia música, como su propia poesía, su propia secuencia fotográfica, su película… Las catedrales fueron concebidas con medios que la arquitectura comparte con otras disciplinas artísticas, también con la música: estructura, ritmo, armonía, adornos, proporciones, tempo… en resumen, recursos para in-formar, o sea, ordenar y presentar ordenadas, las magnitudes con que se trabaja en pos del equilibrio, o de su nervioso escudero: el desequilibrio controlado. La poética que late en cualquier obra de arte es susceptible de ser traducida a varios lenguajes. Pero esto sólo lo puede hacer el hombre, jamás la máquina, ni siquiera apoyada en el delirio de los idiotas. Decía Valéry: Sin duda el ojo de un perro ve los astros, pero el ser del perro no da ningún curso a esa visión. Eso es. El curso de la visión, sea ésta más o menos racional, más o menos alucinada, siempre compete al hombre. ¿Por qué entonces deponer nuestra competencia a favor de un medio incompetente que nosotros mismos creamos? ¿Por qué confiar a un aparato la génesis de lo que sólo nosotros podemos hacer con solvencia; si además, y como es lógico, debemos ejercer en todo momento su tutela? Porque lo cierto es que debemos instruirlo, darle la orden, las coordenadas; vigilarlo durante el proceso, y finalmente corregir su trabajo. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Es ya la máquina en sí, el fin último de todas nuestras inquietudes?

Incluso un integrista del positivismo como Bertrand Russell, se dio cuenta de que hasta en el reino más puramente lógico es la lucidez la primera en llegar a lo nuevo. Lucidez entendida, no como la perenne y cansina capacidad de razonar, sino como el prodigioso instante en que la intuición ilumina la idea. ¿Y qué tiene que ver en esto la matemática? Los genes dominantes de toda idea potente que conduzca a un verdadero novum, deben más a la ráfaga luminosa que al baño de luz que enfría el continuo de la razón. ¿Alguien imagina una máquina dotada para el trance místico? Sí, claro, la imaginan estos ingenieros. Tal vez cuando se pueda comprobar la capacidad actual de su sueño, no existan árbitros capaces de hacerlo. Tal vez ni las catedrales ni la música tengan entonces clientes con la pústula madura para el lúcido alboroto.

¿Quién cogió fruto que sembrase en piedra?, se preguntaba Baltasar del Alcázar aludiendo al amor, para prevenirnos después de que, sembrada en piedra, aunque la planta con regalo medra, / da la espiga sin grano. Esto de la sonificación aplicada para convertir maquinalmente en música la obra visual de la naturaleza y el arte, confiando a un aparato el proceso creador, (supongamos que fuera posible, que la máquina no precisara de un ingeniero, ni éste a su vez de un especialista y un músico) es como sembrar en piedra. En la actualidad lo es por inútil (ya ven cómo Beltrán necesita muletas para obtener algo que justifique su majadería); y bajo cualquier otra circunstancia futura lo sería, además, por inconveniente. Porque el fruto de la piedra es siempre pétreo, y puede que a la postre no sepamos qué hacer con él. Puede que con su peso a cuestas nos aturdamos todavía más y obviemos todos los avisos. ¿Estamos a tiempo de evitarlo? Si así lo creemos, contestemos la obra de estos majaderos con puro sentido común; repitamos en voz alta el famoso acusmata pitagórico: No echéis piedras a la fuente… necios, añadiría yo.


      

viernes, 24 de marzo de 2017

MIL PALABRAS PARA MARÍA SALGADO Y SU ABRAZO-ABRAÇO




Acabo de escuchar en concierto a María Salgado. Presentó en la sala Concha Velasco de Valladolid su trabajo Abrazo-Abraço. Un disco que ya tiene varios años de grabado, y que por razones que no alcanzo a comprender del todo, no había sido puesto de largo ante el público de la cuidad donde vive la cantante.

Estoy muy familiarizado con este disco. Lo diseñé gráficamente. Lo vi nacer y crecer. Lo escuché una cantidad de veces que callaré por pudor, y, sin embargo, hace unas horas me sacudió de nuevo, hasta el punto de empujarme a la escritura de esta breve nota de agradecimiento, bien entrada ya la madrugada.

Y es que este trabajo me regala una y otra vez, finamente batidas, (batidas por revueltas, y también por agitadas) algunas cosas que aprecio mucho: la voz de la Salgado, que recoge como ninguna otra, y muy bien puestas al día, las pulsiones culturales más veraces y diáfanas de Castilla y León; la música folklórica de calidad, una de mis preferidas cuando necesito aliviar el espíritu de maleza discursiva; y el eco de una zona que me trae embelezado hace muchos años: Los Arribes del Duero, donde España y Portugal, ante el árbitro más propicio y generoso posible, miden su hondura y trenzan la pena con el gozo por la vida. Amo estas cosas. Y como según Ovidio, todo amante es soldado, me alisto en su defensa contra nadie, simplemente a favor de lo que soy, o, para decirlo mejor, de lo que quiero ser.

Abrazo-Abraço es un homenaje a la música popular de La Raya o da Raia, que es así como llaman españoles y portugueses a ese ámbito geográfico y socio-cultural tan marcado por el Duero, sus riberas, (digamos riberas, por escarpadas que resulten allí) su microclima, su fauna y su flora; y también, por qué no, sus viejos y abandonados puestos fronterizos, sus embalses y sus puentes… Ah, esos puentes, cada vez más oportunos entre dos países de cultura tan próxima y reconocible, pero sobre todo, entre dos riberas que se lavan la cara en el mismo cauce, lidiando los mismos demonios, cantando las mismas canciones.

Quienes no conozcan Los Arribes del Duero, tal vez no me comprendan a fondo. Hablo de un sitio muy especial, del sitio donde el mar pierde su control sobre mí, donde menos lo extraño y necesito. Es el mar-adentro de mi no-playa, el lugar donde quisiera perderme cuando vociferan los moros en mi costa… Y claro, este lugar tiene dos orillas, ambas maravillosas y queridísimas. Dos orillas que nunca se besaron, pero que, de edad en edad, fueron tejiendo el ajuar para un enlace nupcial siempre preterido en las notarias regias; siempre recreado, sin embargo, en los bailes y los cantares de sus paisanos. Es el río el tercero en esta cuita: la frontera, La Raya, la que separa y une, la que debe ser pontificada, y no sólo, ni siquiera especialmente, con piedra o acero.

María y los excelentes músicos (españoles y portugueses) que con ella crearon este sonante abrazo, pontifican sobre el Duero con la herramienta más eficaz posible: la música tradicional actualizada. ¿Actualizada? Sí, estas canciones así arregladas, así interpretadas, guiñan pasado a la vez que trafican con futuro. No tienen ninguna vocación arqueológica. Han sido puestas al día en todos los sentidos que cabe imaginar, para apuntar a un mañana que con suerte involucre y aguije a quienes deberán dilucidar sobre la conveniencia de llevar a término el beso postergado.

No son las antenas parabólicas ni los satélites, tampoco el trasiego de toallas o puestos de trabajo entre ambas orillas, los accidentes que pudieran provocar, en última instancia, tal apetito; son las tradiciones y las creencias compartidas. Porque los hechos guían y marcan el transcurso de la historia, de acuerdo, pero poco pueden en un terreno que no le compete únicamente a ésta. Dijo Proust: Los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias, y como no les dieron vida, no las pueden matar. Y también dijo Sciacca: Un pueblo, como un individuo, no tiene la impresión de renunciar a algo de su propiedad real si acepta un método científico, un grado de progreso técnico. Pero siente que ya no es el mismo si se ve obligado a renunciar a su religión, a su arte, a sus tradiciones. Las dos orillas del Duero, como fue dicho, en Los Arribes comparten eventos naturales y técnicos, pero aquí lo realmente promisorio es que comparten memoria, creencias y tradiciones. Esto es lo que pone en valor María con su Abrazo-Abraço. Esto es lo que de verdad importa.

El concierto me llevó en volandas a La Raya. María estuvo impecable. Como siempre, afinadísima; y como siempre al timón de todas las emociones en liza. Ella es toresana, pero interpreta a la perfección la música y la letra de su frontera más querida. Ella sabe perfectamente con qué sustancia intangible se comercia allí, qué forma debe dársele para rematar el lote. Nos engatusó a todos. También lo hicieron Amadeu, Quiné y César, los músicos que la acompañaron… Cuando salí de la sala, sabía que tendría que escribir sobre ello. No sé por qué de primeras pensé en Pessoa para inspirar mi nota; o sí lo sé, pero no cuajó. Tampoco sé por qué no cuajó; o sí, pero no viene a cuento que me demore en ello. Ni la saudade, ni el desasosiego me mueven ahora. Es Quevedo quien me pide paso. Con él aplaco a mi esgrimista urbanita, y descansadas de los altos templos, vuelven a ser riberas, las riberas. Gracias, María, por la conmovedora pausa, por cimentar mi puente sobre tu abrazo.




Les dejo el enlace para que escuchen Lágrima en la versión de María. Es un fado hábilmente manipulado, o sea, una canción marinera, no ribereña; pero es tan bonita… Las treinta palabras que les debo… Ay, si pudiera cantarlas como ella.      






domingo, 12 de marzo de 2017

ANTONIO GAMONEDA. LA PRISIÓN TRANSPARENTE





Ayer escuché a Gamoneda en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid. Leyó algunos pasajes de su último libro publicado: La prisión transparente. Resultó tan persuasivo como de costumbre. Su medida lentitud no impide que las imágenes se desmanden en las prisiones ajenas. Gamoneda jamás me aburre, porque escuchándolo recibo siempre, y en mi lengua (qué privilegio), las últimas noticias del único acontecimiento que bajo cualquier circunstancia considero noticiable: el avatar psicológico que marca el paso del hombre histórico por la garita de su tiempo. Y si vienen de Antonio, como si lo hacen de cualquier otro gran poeta, no recibo estas noticias sobrecargadas de leves anécdotas o graves sentencias, sino igualmente alimentadas por la inteligencia y la imaginación; así, toda ciencia trascendiendo, catapultadas en pos de la verdad poética, la legendaria, la única verdad que se sostiene más allá de su primer altercado con la palabra. La palabra común y perezosa, quiero decir, cuyos dudosos padrinos, o escuderos, según se mire: los sentidos y los conceptos, tan remisos ellos a negociar francamente con el sumo enredo que afecta al hombre, lo empujan más y más a la solución perecedera, al alivio engañoso y eventual; ese que tanto sirve para construir máquinas y carreteras, y tan poco, sin embargo, para insuflar ganas en los espíritus y las almas apetentes. Apetentes no sólo de obras, sino también, y en primer lugar, del combustible idóneo para su motor obrante.      

Ayer lo escuché y hoy lo leí. Sobre ello quiero hablarles. La lectura de este libro, de estos tres libros reunidos, para ser preciso, es uno de esos placeres que los amantes de la poesía no debemos callar. Leer a Gamoneda es leer una vez más, abriendo sus mejores páginas recientes, el Gran Poema que venimos escribiendo a miles y miles de manos, desde que, a través del lenguaje, nos comunicamos los unos con los otros en la historia. Él mismo rescribe una y otra vez, con un afán de perfección innegociable, la misma “estrofa” para ese Poema-Uno. Lo hace desde que dio con el terrible agujero de nuestro tiempo, taladrado, sobre todo, por el nihilismo y el existencialismo. Esto ocurrió, al menos de cara a sus lectores, a mediados de los años setenta del siglo pasado, y fue incoado poéticamente en Descripción de la mentira, uno de los libros que mejor reflejaron en nuestra lengua aquella angustia existencial que entonces alcanzaba su colmo en Occidente, y por ello sentenciaba el fin de un ciclo ascendente (digamos moderno, sólo para simplificar), y el comienzo de otro decadente (digamos postmoderno, con igual licencia). Desde Descripción de la mentira, libro en que pudiéramos decir, con Lorca, y manipulando la intención de su enorme verso para que nos venga bien aquí: la muerte puso huevos en la herida; desde aquel libro, digo, hasta el momento, y con una relativa (relativa, subrayo) excepción en Cecilia, el poemario que dedicó a su nieta, Antonio da vueltas a varios pares dialécticos que en su caso adquieren una doble dimensión metafísica y psicológica: todo y nada / lleno y vacío / existencia e inexistencia / memoria y olvido; pares que distingo para seguir su discurso poético, pero que en el fondo son uno y apuntan a las mismas y últimas preguntas, esas que no se formulan abiertamente, pero que, en mi opinión, provocan en Antonio la verdadera chispa desencadenante: ¿Tiene sentido la vida? ¿Cuál es su sentido si lo tiene? Y la poesía, ¿qué pinta en todo esto? ¿Es ella el vehículo idóneo para que nos preguntemos tales cosas, para que las indaguemos y las  presentemos a los demás envueltas en un fardo memorioso?

Pero si se trata de una vuelta más a la misma tuerca (ahora me adelanto a la pregunta que pudieran hacerse ustedes): ¿qué interés tienen estos tres libros? Para responder a ello escribo esta breve reseña. Especialmente en los dos primeros, La prisión transparente y No sé, ambos constituidos por poemas unigénitos que internamente se estructuran en actos intitulados, Gamoneda demuestra que sus demonios arrecian. En su caso, la vejez no parece otorgar la tregua que tal vez pretendiera atisbar con el rabillo del ojo, aunque en voz alta dijera hace ya muchos años, en Arden las pérdidas, otro libro cardinal para la poesía contemporánea en castellano: Así es la vejez, claridad sin descanso. Sí, La prisión transparente comienza con el verso: Estoy cansado. Pero a mi juicio, detrás de este verso, o delante, aunque se omita su expresión caligráfica, se puede leer también: Estoy cabreado. Antonio es cada vez más reo del feroz pugilato que libran, entre su frontal y su parietal, la consciencia y la inconsciencia, la claridad y la oscuridad, la memoria y el olvido. Antonio sabe demasiado, aunque todo lo sepa socráticamente. La claridad no le permite descansar y lo empuja a visualizar el vacío desde una distancia inhumana por humanísima. El color blanco que antes se asociaba al final: heridas blancas, animales blancos, geografía blanca… ahora amarillea. El amarillo, presente también en toda su obra, en este libro (estos libros) trasmuta para denunciar el cabreo y la confusión ante ese final y los recursos disponibles para cantarlo (¿ahuyentarlo?): nubes amarillas, estética amarilla, hipérbaton amarillo. Sí, la herida blanca destila un pus color azufre, y en algunos giros, salvando las distancias, claro, Antonio puede recordarnos levemente, quién lo iba a decir, a Lautréamont con su recelo ante lo demasiado poético. Antonio no es uruguayo, no escribe en francés, no es romántico ni surrealista, pero detecta amarillez en sitios aparentemente destinados a la blancura. Sin dudas ya maduró del todo la angustia que se nos presentó púber en Descripción de la mentira.

Pero Antonio sigue en forma. Ante tales evidencias, sabedor de que nada es verdad y todo es cierto, de que todo es / certidumbre vacía, de que el pensamiento / es inútil por mucho que en Pascal leamos que es lo que dignifica al hombre; sabedor también de que en ciertos casos, / la verdad se excede a sí misma, el poeta promulga, pues, ineludible la fábula. La caña pensante arquea hacia un relativismo radical (¿cómo evitarlo?) donde sólo la fantasía, el juego, la inocencia y el amor ¿insensato?, parecen capaces de apaciguar el dolor de una vida perversa con su inclemente y progresiva transparencia. Entonces Antonio juega. Juega, por ejemplo, a correr la cortina que separa, dicen, la vida y la eternidad. Él sabe que no hay tal cortina, pero juega con su posibilidad imaginada. Y Antonio ama… yo / amo. / No / lo comprendo y / no necesito / comprenderlo: / sucede. / Insensatamente. El poeta ama atenido a lo platónico y a lo concreto. Posa su amor, por ejemplo, en la memoria de María de los Ángeles, a quien dice: pronuncia suavemente / tu espantoso hiato, / pero ven, / ven infinitivamente / hasta que adviertas que ya descanso, no sé, que ya descanso / ajeno / a la sintaxis. El homúnculo pipiante de Celan parece decirle a su amada: La muerte que me quedaste debiendo / la llevo a término. Antonio ama a María de los Ángeles, pero con Góngora sabe que sólo del amor queda el veneno… Y es que todas las mariposas pardean y gastan aguijones cuando la nada acecha.

Antonio juega y ama, pero sobre todo escribe, habla. Nos dice Corine Enaudeau, que el espíritu vive por hablar, no por encarnarse. No es forma, sino soplo. No tiene la plenitud de un don, sino la resonancia de un hueco. El espíritu es voz. Y también nos dice que la memoria y la imaginación son las obreras de todos los delirios. Antonio desencarna poco a poco, pero no deja de escribir. Su espíritu anda sobrado de vitalidad y testarudez. Aunque dice saber que todos los étimos / están / vacíos, el poeta insiste en acorralar con palabras a las preguntas de siempre. Ya sea bajo la amenaza de las multitudes pónticas o de las concertinas del Danubio (¿amarillas ambas?) su memoria y su imaginación, enfrascadas en un agudísimo conflicto psicológico, urden delirios a destajo, y, gracias a ello, cunde / la extrañeza. Y donde cunde la extrañeza, cunde también su estela: la esperanza. ¿Esperanza de qué? Para él, no sé. Antonio nunca estuvo más preso de la transparencia. Intuyo que ahora está cabreado porque la geografía del final no es tan blanca como parecía de lejos. Intuyo que íntimamente repetirá a menudo: Madre: / dame tus manos, lava / mi corazón, haz algo, mientras los sofistas presocráticos, y Kierkegaard, y Nietzsche, y Heidegger, y Sartre, estallan en una risotada consonante.

No sé si tenga remedio la angustia de Antonio. Pero para los lectores de su poesía, para mí, por ejemplo, que lo reconozco como el mayor maestro vivo del castellano, la única esperanza pasa porque, a pesar de todo, no pierda la memoria (ni tampoco las fértiles ganas de perderla, de acuerdo); pasa porque siga atravesando olvido sin éxito, porque su estoy olvidando no llegue a puerto hasta que… Que me perdone el aludido. Soy egoísta en esto. No seré yo quien demande su apagón intelectual antes de que sea un hecho su apagón biológico. No seré yo quien me relaje o fatigue a destiempo, porque sé que su poesía, amen el daño que le haya ocasionado al poeta la excesiva claridad, está cargada de oscuras victorias. Victorias pasadas y por venir. Victorias que lo situarán junto a los grandes de todos los tiempos y todas las lenguas. Victorias que tienen que ver, no con el registro meticuloso de una zozobra existencial, qué va, esto ya lo hacen otros muchos, sino con el placer que tanto buscan los poetas y los amantes de la poesía, por muy razonantes que sean, y que, según Valéry, excita la inteligencia, la desafía, y le hace amar su derrota. Cada derrota que Antonio le endosa a su soberbia inteligencia vía su exquisita imaginación, nos place, nos abre un poro vivificador. Y según Ortega, (no es literal) ese poro de ignorancia que dejamos abierto en el área pulimentada de nuestro espíritu, nos salvará.

Con relación a la muerte… Bueno, ya sabemos que es patrimonio común de platónicos, cirenaicos, epicúreos, tomistas y nihilistas… de todos. Pero también sabemos, que si el mundo no hace agua, es porque la muerte no es grieta. (Tagore).

Antonio, no habrá grieta bastante para sumir tu obra mientras en nosotros también bulla la imaginación. Porque a pesar de las calamidades que recoge, destila poesía finamente; esto es: imagen, fábula, inocencia, juego y amor. Finamente. He ahí la clave. Porque en la creación literaria, como en cualquier otra manifestación de la fantasía creadora, la forma es lo único terminante. Que se rían los guardianes del cero. En tu nada, y a pesar de ellos, a pesar, por qué no, de ti mismo, relincha el caballo de Odiseo con la panza repleta de memoria incubada. Larga vida a tu condena, a tu prisión, pase lo que pase con las nuestras. Larga vida, maestro.

Busquen el libro. Léanlo. Verán que en esta reseña no hice más que asomarme, por un ventanuco muy estrecho, a sus enormes bodegas. 


     

viernes, 24 de febrero de 2017

STEVE JOBS MUERDE LA MANZANA DE CALIFORNIA





                                                     Sabed que a la diestra mano de las Indias existe una isla llamada                                                              California muy cerca de un costado del Paraíso Terrenal; y                                                                        estaba poblada por mujeres negras, sin que existiera allí un                                                                        hombre, pues vivían a la manera de las amazonas
                                                             
                                                               Las sergas de Esplandián. Garci Rodríguez de Montalvo



Hace algo más de quinientos años que el bueno de Garci, un paisano de Medina del Campo, célebre ciudad castellana que tengo muy cerca, imaginó los aledaños del Paraíso Terrenal en una isla llamada California. Este nombre cruzó el Atlántico a tiempo para posarse sobre una península mexicana, que como si fuera el coxis de la vieja Pangea, desafía al Pacífico desde tiempos inhumanos, y que a la sazón era “recuperada” para el Señorío de Jehová por las huestes de Cristo.

Sospecho (estaría feo decir que estoy seguro de ello, ¿no?) que Steve Jobs no sabía nada de esto cuando de segundas decidió relacionar su sociedad mercantil con la imagen de una manzana mordida. Pero en este mundo nada queda al margen de un guión que nos trasciende como individuos: El ingeniero californiano, ignorando lo que hacía, simbólicamente recreó la aventura culposa de nuestros padres, y en el casi Paraíso de California, mordió el fruto del árbol del bien y del mal. Al parecer, no lo hizo desnudo, sonsacado por una mujer que antes hubiese sido sonsacada por una serpiente; no tuvo que esconderse, ni fue reprendido a viva voz por el Creador. Pero a pesar de su trayectoria, digna del protagonista de un Cantar de Gesta para robots japoneses, él también fue apartado (por Él) del fruto de aquel otro árbol tan caro a todos nosotros, los pecadores: el de la vida. Como diría Rilke: no somos más que pequeños cementerios adornados con las flores de nuestros gestos fútiles.

Aquella primera mordida de Steve, recorrió el mundo en pocos años. Lo hizo a caballo de una imagen propia de nuestro tiempo: una mancha plana y casi siempre negra que se resolvía (resuelve) en su abstracta silueta. Pero la imagen no voló sola, sino por delante de una empresa de éxito que colocó sus ideas y sus aparatos en el corazón (¿corazón?) de media (¿media?) humanidad. Sí, en una época como la nuestra, donde el ingenio sacrifica al genio y ofrenda sus vísceras al contable, casi todos tenemos, como la Condesa Arese que tanto decepcionó a Fóscolo: un pedazo de cerebro [¿cerebro?] en el sitio del corazón… Aquella mancha-manzana negra y menguada, que no menguante, creció y crece sin parar. Actualmente tiene un nicho de mercado (vean qué vocabulario tan moderno tengo) que linda con la estratosfera; qué digo, linda con el más allá del sistema solar. Sin embargo, todos sabemos, o debíamos saber, que por muy desarticulado que corran nuestro mundo y su tiempo, los grandes hombres en el fondo siguen teniendo un ideal egipcio, al menos en lo que toca al sueño de una impronta propia inmune a la caducidad. Y una impronta de este tipo, sobre todo en un orbe tan mobile como el actual, no se puede confiar a una mancha de tinta, o de píxeles, o de vectores, por muy sugerente que ésta resulte. Steve necesitaba una “Pirámide”, esto es: una obra de arquitectura capaz de dar a su mordida un buen salvoconducto que presentarle al futuro.

Claro, Steve era un ingeniero, un empresario. Es cierto que tenía y tiene una prensa muy especial (para muchos era el bueno en aquel binomio de Galileos supuestamente emergidos del garaje de una vivienda unifamiliar, para otros era un visionario que devino santón; para algunos era un líder del mundo tecnológico felizmente atrapado en el alma de un diseñador, para los más afectos era, incluso, un gran artista) pero en realidad era un ingeniero, un empresario, no más. No podía imaginar su “Pirámide” con los presupuestos de un filósofo, un sacerdote, un teólogo… en fin, un humanista. Steve concibió un edificio de planta circular que remedara un ovni, o una nave espacial extraterrestre, cacharros alegremente imaginados a lo largo del último siglo, que, no sé muy bien por qué, la gente relaciona con formas circulares. Así que su “Pirámide” voladora, muy achatada en los polos, muy abultada en el Ecuador, y además, hueca en su centro, tendría que avenirse a esa forma. Este círculo, no fabulemos, nada tiene que ver con el círculo titánico que representa un eterno movimiento temporal sobre sí mismo; ni con el círculo pitagórico que pretende unir el principio con el fin buscando también la eternidad; ni con el círculo vicioso que representa la idea que se funda una y otra vez sobre sí misma; ni con el complejo concepto del círculo-imagen de Dios, de san Buenaventura, para quien Dios es como un círculo cuyo centro está dondequiera y la circunferencia en ninguna parte; ni tampoco con los círculos dantescos, que determinan estratos morales en una sociedad bien estructurada bajo normas de ese tipo… No, el círculo de Steve es, sencilla y llanamente, la recreación de una imagen fantasiosa recogida en la literatura y el cine de ciencia ficción, que como mucho pretende generar, en el aspecto más práctico y empresarial posible, un ámbito para intensas y convenientes relaciones sociolaborales. En este sentido Steve entronca más con Ford que con Aristóteles, por supuesto. Su círculo anillado es una forma tan válida o inválida, según se mire, y tan intrascendente desde el punto de vista sígnico-simbólico, como lo puede ser la forma también circular de la galleta María, o la forma anillada del donuts. De esto no lo salva ni Foster, arquitecto pulcro, sí, y también capaz, pero con un alma tan ingeniera, que muchas veces confunde poesía con alta tecnología.

Hasta aquí, todo relativamente aceptable. ¿Por qué íbamos a pedir a Steve que pensara como lo que no fue? ¿Cuántas obras de este tipo, y con menor ambición aún, merecen ahora el interés de la prensa, y de quienes, siguiéndola, son incapaces de desplegar el pensamiento crítico? Sucede, sin embargo, que el sueño arquitectónico de Steve, su heterodoxa “Pirámide”, no se quedó en un edificio de dimensiones comunes. Al parecer, el símbolo de su mordida debía ser visible desde las fronteras mismas de su mercado: el más allá del sistema solar, recuerden; porque lo que están a punto de inaugurar en Cupertino pudiera competir ante la vista de los satélites con la Gran Muralla China. Les ofrezco algunos datos:     

- El anillo que contiene el edificio principal ocupa 26 hectáreas; tiene un diámetro de casi 600 metros.   En su interior cabría tumbado cómodamente el Empire State; cabría el mismísimo Pentágono.
- El conjunto al completo ocupa 70 hectáreas
- Dará cabida a un colectivo de entre 12.000 y 14.000 trabajadores
- La obra cuesta 5 billones de dólares

Busqué en mis alrededores un ejemplo con el que poder comparar esta locura. Encontré la cuidad de Ávila. Vean:

Ávila, que aprovecho para presentar groseramente a quienes no la conozcan, tiene un centro urbano amurallado que ocupa 33 hectáreas, sólo siete hectáreas más que el anillo de Steve. En este centro amurallado viven unos 15.000 abulenses, cifra que se acerca a la cantidad de trabajadores que se pretenden reunir en el conjunto de Apple. Ávila entera ocupa, más o menos, las mismas 70 hectáreas que el llamado Apple Park. Ávila tiene 56.000 habitantes, los mismos que Cupertino completo, que quedará reducido por el sueño arquitectónico de Steve a mera textura de tejados sobre el terreno. Claro, Ávila, con todos mis respetos, no es Cupertino, es una ciudad fundada como castro fortificado por los romanos, por la que han pasado, y en la que de alguna manera han convivido a lo largo de más de 2.000 años, además de los propios fundadores: primero, sus coetáneos y coterráneos en la península ibérica: indoeuropeos, íberos, celtas; y después: visigodos, judíos, musulmanes y cristianos. Apple Park se ha levantado de golpe, en muy pocos años, remedando a una nave extraterrestre. Esa es la gran diferencia. Ávila es una ciudad hecha con tiempo y cultura, una huella perfecta de compleja humanidad. Apple Park es una maquinaria simplona para producir ideas que conducen a la cacharrería, (sí, los cacharros pueden ser sofisticados, quién dice que no) una mole de cemento y acero (no se dejen engañar por las imágenes de su elegante piel, su osamenta y su musculatura son puro hormigón armado) hecha, sobre todo, con prisa y dinero.


  

En esta obra la escala no sólo resulta cuestionable, (digo cuestionable para ser cortés) sino también contradictoria, muy contradictoria. Podría extenderme mucho en este punto, pero intentaré ser breve para ceñirme a la lógica de un cuaderno digital, y no abusar de los posibles lectores.

El talante egipcio, que, en cuanto a la impronta pretendida, demuestra tener el Apple Park, y que debemos relacionar: en primer lugar, con la idea de perseverancia en el tiempo por encima del costo, o de cualquier otra consideración posible; y en segundo lugar: con la idea de un reposo equilibrado, casi zen; esta idea de un descomunal anillo centrípeto, delicada y serenamente posado en una vasta extensión de tierra, inserto en un bosquecillo artificial very british, digo, entra en franca contradicción con la idea paradigmática de nuestra época, que tiene que ver con la expansión centrífuga de conceptos inconexos y perecederos que tienden al corre-corre desestructurado, a la autofagia. Ya a mediados del siglo anterior, muchos pensadores nos avisaban de ello (¿qué dirían ahora, madre mía?). Jules Chaix-Ruy, por sólo citar un ejemplo, apuntaba entonces: Todo parece desvertebrarse, dispersarse en la búsqueda de una intimidad huidiza; ya no hay estructura, ya no hay realidad, sólo un juego de apariencias en espejos deformantes. Incluso en décadas anteriores, (me estiro y cito a otro) vean lo que dijo Benjamín a la vista del cuadro Angelus Novus de Klee: Esta tempestad le arrastra [al hombre] inexorablemente hacia el futuro que tiene a su espalda, mientras el montón de ruinas crece ante él, hasta tocar el cielo. Esta tempestad es lo que llamamos progreso.

¿Pero acaso Apple no es una empresa puntera entre las causantes de esta debacle? ¿Acaso no es un adalid del tempestuoso progreso, y también del juego de apariencias en espejos deformantes? Si Apple lleva el pendón en la carrera desbocada a que nos vemos sometidos por una ciencia (experimental, sobre todo) que en contubernio con la economía de mercado, no nos deja respirar de sobresalto en sobresalto, licuando el tiempo, más aún, gasificándolo en aras de la tecnología por la tecnología, ¿cómo casar su ejecutoria con la imagen atemporal, sosegada y bien estructurada de su Templo? ¿No debiera ser este conjunto un símbolo de lo efímero, progresivo y cambiante? ¿No debía estar constituido quizás por un grupo de unidades precariamente implantadas en el terreno, débilmente articuladas entre sí, sometidas a una estructura flexible y abierta que permitiera la constante mutación, y no sólo en sus espacios interiores, sino también en lo referido a su relación con el entorno? Está claro que vivimos una época de grandes confusiones. ¿Es ésta la arquitectura adecuada para albergar una mano de obra robótica con carta de ciudadanía interestelar? ¿Acaso este enorme edificio circular se podrá librar del envejecimiento implacable al que parece estar sometida toda obra humana en esta época transhumanista? ¿Qué será de él en el imperio de la inteligencia artificial huída de una Tierra estéril, deshabitada? ¿Cómo soportaría esta mole los dictados del holograma? A pesar de aparentar lo contrario, ¿tiene la obsolescencia programada? Pero si se acaba de descubrir un nuevo sistema “solar” a cuarenta años-luz de nosotros, y ya muchos babean porque se encuentre agua en él para poder incoar el pionerismo interplanetario, ¿por qué Apple parece construir para tanto tiempo en nuestro planeta? Por cierto, permítanme un pequeño paréntesis sobre el nuevo sistema “solar” descubierto.

Abro: Resulta que su “sol”, una suerte de estrella-bebé, ha sido nombrado con un acróstico: Trappist-1, en referencia al Telescopio Pequeño para Planetas en Tránsito y Planetesimales, que deben tener en función de este tipo de investigación los observatorios robóticos de la Universidad de Lieja, en Bélgica. ¿Pero a quién pudo ocurrírsele esto? ¿Es una broma? Todos los amantes de la cerveza sabemos que el verdadero Authentic Trappist Product es el sello de calidad para las cervezas fabricadas desde tiempos inmemoriales en los monasterios trapenses, sobre todo belgas… Bueno, tal vez sólo desde una perspectiva cervecera, (río) se pueda entender que el Apple Park, un conjunto que formalmente muestra tantas ansias de un futuro terrestre, sea compatible con el mundo que ayuda a construir la propia empresa en cuestión, tan condenado a sus antípodas. Cierro y sigo:
     
La jerigonza de la tecnocracia jamás se detendrá seriamente en las preguntas que hice antes del paréntesis. Steve Jobs será loado, también, por aterrizar su problemático sueño, al costo de cinco mil millones de dólares, en su propio Paraíso Terrenal, que nada tiene que ver con la isla que imaginó Garci Rodríguez de Montalvo, ni con la California real, ni mucho menos con Cupertino. Sí, los nuevos gerifaltes del mundo tienen licencia para contradecir con sus obras, el discurso en que se apoyan éstas.

Pero muchos dirán que este conjunto es ejemplar frente a la naturaleza, que es energéticamente autosuficiente, o casi; que a través de la alta tecnología logra un impacto ambiental moderado… Mentira. Está muy bien que una actuación tan invasiva intente atenuar su perniciosa repercusión en el medio urbano y natural, por supuesto. Pudo ser peor en este sentido, lo reconozco. Sin embargo, no debemos hacer de palmeros acríticos ante semejante distracción.         

Un conjunto como éste, por mucho bosque que recree, por mucha energía solar que utilice, por mucha climatización activa que evite, jamás podrá ser ambientalmente positivo. Primero, porque su implantación mastodóntica supone una modificación brutal del entorno, y va en contra de una colonización urbana tan cercana a la Cuidad Jardín residencial, como la que tiene Cupertino. Así que la primera contaminación que introduce, vía escala y vía tipología, es la visual, la netamente cultural. Segundo, porque la concentración de personal que supone implicará unos flujos humanos diarios enormes, con la consecuente necesidad de una infraestructura de transporte intensa y concentrada, y los consecuentes desplazamientos de vehículos, también intensos y concentrados. Tercero, porque la construcción de un conjunto como éste, supone en sí misma un gasto energético descomunal. Sólo hay que mirar el movimiento de tierras que ha sido necesario, y a ello sumar que posiblemente haya requerido más hormigón armado que muchas de las presas que conocemos, y que los materiales empleados no se encuentran en los bosques y las playas de California; han debido llevarse hasta allí procedentes de medio mundo a un costo altísimo, también en cuanto a lo que contamina el transporte internacional. Cuarto, porque la plantación de los árboles, la mayoría de ellos adultos y moteados, (en este mundo veloz, no sería precisamente Apple quien tuviera paciencia para que los árboles nacieran y prosperaran con naturalidad) implica un gasto inmenso; además, de algún lugar habrán sido sustraídos para generar esa especie de artificioso micromundo. ¿No hacían falta allí donde estaban? Y quinto, porque ese conjunto, con sus jardines incluidos, demanda una enorme cantidad de agua, y como todos sabemos, en California no llueve demasiado. Claro que es bueno, insisto, que se emplee al máximo la energía solar, que se prescinda de aire acondicionado, que se aporten zonas verdes, pero esto no es suficiente para declarar libre de culpa medioambiental a semejante mastodonte de hormigón.        

Confieso que nunca tuve hasta ahora un aparato de la marca Apple. De momento, no lo he necesitado. Pero también confieso, que amén todo lo dicho hasta aquí, Steve Jobs, a quien sólo conozco a través de la prensa, siempre me pareció brillante y amable, un buen tipo en el fondo, vaya. No lo imagino sacrificando niños a Moloc. Nada tengo en contra de su marca, que no tenga en contra de otras que participan de igual manera, pero sin tanto éxito comercial quizás, la demasía del mundo tecnológico actual que nos aboca a negarnos como seres humanos; que, por ejemplo, nos ofrece infinitas vías de comunicación, y sin embargo, en buena medida nos incomunica cada vez más, nos aleja progresivamente de todo lo que no implique consumo.

El gran anillo que Apple acaba de plantar en Cupertino, es un símbolo de todas las contradicciones que suponen los dilemas entre nuestras pulsiones cultural y civilizadora, entre el humanismo y el progreso tecnológico, entre la desestructuración creciente de los marcos éticos tradicionales y la sincronizada globalización mercantil, entre la preocupación por el cuidado de nuestro entorno habitable y la concentración del poder económico, entre un tempo humano y otro pautado por un consumo desmedido… Muchos babearán ante esta obra, lo sé. Por eso me esfuerzo en reunir algunas pruebas en su contra. Este conjunto es una verdadera mordida a la manzana de California. Tal vez no sea California la isla próxima al Paraíso Terrenal que imaginó Garci Rodríguez de Montalvo en Las sergas de Esplandián, donde vivían mujeres negras y solas al modo amazónico. Tal vez aquel libro mintiera, y por esa razón el cura, que pretendía liberar de demonios la biblioteca de Alonso Quijano, lo condenara a la hoguera con la aprobación de la sobrina del loco y del barbero. Porque Cupertino no está  a la vera del Paraíso, precisamente por eso, ahora mismo en sus arrabales orugan los tanques (Celan). Debemos ser conscientes de ello, y aunque parezcamos trasnochados, aunque sólo sea por contrapesar el delirio prometeico que sin cesar nos corroe, debemos poner en valor los sedimentos de una implantación humana como la de Ávila, frente a otra como la de Apple Park. No vendrían mal un poco de cordura y otro de humildad. Como diría un cómico del cine y la televisión españoles: un poquito de por favor.

En tal dirección, termino con un par de ideas de la abulense más afamada: Santa Teresa de Jesús, quien se consideraba a sí misma como una torre de viento, o sea, como algo muy poco consistente y pasajero frente a lo eterno-infinito. Y quizás por ese motivo, tenía una relación muy distinta de la que tienen tecnócratas y mercaderes con las posesiones, y con el supuesto poder que éstas otorgan a los idiotas… Tenemos un cielo en el patio, mucha cosa, decía a sus monjitas. La hubiera aplaudido Steve Jobs, estoy casi seguro, de haberla escuchado en las graves inmediaciones de la meta.



viernes, 10 de febrero de 2017

EVO, EL AIMARA: CAMARADA POSTMODERNO





Hace tiempo que no hago crítica arquitectónica. Se construye tanto, y sin embargo hay tan poco que apreciar… En fin, me hice a un lado. Bastante tengo con cubrirme nariz y boca, ante la polvareda que emana de la enorme pila de escombros que levantamos bajo un desacreditado salvoconducto disciplinar: el título de arquitecto. Ah, la arquitectura, como siempre nos enuncia y explica a la perfección. Así que padezco una modorra que anestesia mi temperamento analítico, y que rara vez salta disparada por el descubrimiento de una obra poco difundida, o por el “desvarío” de un artesano anacrónico, Zumthor, por ejemplo. Estoy al margen, al menos como agente palabrero. Pero coño, hay cosas que espabilarían al más perezoso entre los perezosos: ¿Han visto el Museo de la Revolución Democrática y Cultural que levantó Evo Morales en Orinoca?     

Alfonso Reyes recogió a principios del XX un chiste finísimo de un humorista cuyo nombre no conozco. Aquel cómico se mostraba convencido de que si diez millones de monos tecleasen durante diez millones de años en diez millones de máquinas de escribir, alguno de ellos terminaría por readactar el Discurso del Método. Puedo aceptar esta hipótesis, aun con toda la ironía que encierra. Diez millones es un número muy elevado para monos, máquinas de escribir y años que operasen a expensas de las probabilidades. Sin embargo, dudo sinceramente que los mismos diez millones de monos, puestos a levantar paredes y techos durante el tiempo dicho, lograsen dar con un edificio como el que se regaló a sí mismo el “hermano Evo” en su pueblo natal. Lo dudo, porque tuvieran que ser monos muy afortunados, pero también muy locos, víctimas de un cacao mental impropio de estos animales, que necesariamente los conduciría a la locura o el suicidio antes de que pudieran dar con su carambola.

Para producir un edificio como éste, sin que sean necesarios diez millones de artífices trabajando durante la misma cantidad de años en su búsqueda, y mucha, pero mucha suerte; se debe ser un aimara iniciado en el marxismo y el maoísmo por un holguinero. Con el marxismo, tendría el aimara que haber recibido, filtrados por su mentor, como mínimo a Demócrito, Leucipo, Epicuro, Hegel y Feuerbach; insisto, filtrados por el holguinero, que de todo esto no tiene ni puta idea. Con el maoísmo, tendrían que haberse inoculado al susodicho por la susodicha vía: el leninismo, el trotskismo, el estalinismo y el Tridemocratismo de Sun-Yat-sen. Pero además, añadidas al marxismo y al maoísmo, el aimara tendría que haber obtenido del ignorante holguinero dos propinas de gran interés: el pragmatismo y el positivismo, más aún, el positivismo lógico; y también el eclecticismo oportunista en lo filosófico y lo teológico de los jesuitas. Si con todo ello el aimara no hubiese llegado a enloquecer, lo habría hecho sin escapatoria, cuando a su natural inmanencia, chamánica y animista, se le hubiese añadido la trascendente jerigonza bolivariana, que donde dice Napoleón, tacha para poner, por ejemplo: Jesús de Nazaret, o incluso Chávez.      

¿No comparten mi compasión? ¿Cómo podría asimilar todo lo regalado por su mentor esa pobre cabecita? ¿Y cómo podría trasmitirlo a su arquitecto?, a quien supongo un ignorante lameculos, que mientras su cacique intenta digerir semejante cóctel sin que se le note achispado, sólo visualiza formas postmodernas… ¿Pero cómo llegó el postmodernismo a Orinoca, madre mía, con tal contundencia? Qué desgracia. Qué lío para ese pequeño asentamiento donde habitan unas seiscientas cuarenta almas que apenas pretenden, seguro, vivir en paz; vivir más y mejor, por supuesto, como todos, pero en paz. Porque algunos de ellos, los más tardos tal vez, sólo verán inminentes ventajas, (turismo trasnochado, traficantes de coca…) pero otros ya estarán lamentando que el iluminado Katari (Ibo Katari, que es como decir Evaristo el víbora, debe ser el verdadero nombre del “hermano Evo”, y esto es un dato, no una broma) haya venido a nacer en su Orinoca: ¿pecado bastante para merecer ese escupitajo de La Pachamama?

Una indigestión enorme hace falta para vomitar de tal manera, a cuatrocientos cuarenta kilómetros de la capital, en una zona semidesértica, pobrísima y casi deshabitada, pagando además siete millones de dólares; ese montón de cajitas o cilindros mal articulados y decorados con pegotes zoomórficos. Sí, miren bien, el engendro tiene múltiples cuerpos, pero pretende que distingamos tres zonas: la central, alegórica a la llama, y las dos laterales alegóricas, al armadillo la una, y al puma la otra. Sí, esa máscara orejuda debe representar a una llama humanoide; y esa suerte de cuerpo telescópico busca recrear a un armadillo; y al otro lado, como si estuviera patrocinada por la casa Lego, aparece una abstracción colorista y geométrica de media jeta de un puma empotrada no se sabe dónde. Todos los animales con sus orejas en pie; miren bien, como muy atentos ellos, como pendientes de cualquiera que pueda reírse de su lamentable trance. ¡Cuidado con la risa! Estas figuras degeneradas, producidas por un Occidente juguetón en lo formal y fatigado en el fondo, aquí pretenden resultar alegóricas con relación a tres bestias sagradas para los aimaras: el puma, emblema del pastoreo; el armadillo, emblema del comercio; y la llama, ¿emblema de lo doméstico? Sí, el sujeto en la era del karaoke no es necesariamente una fuente de originalidad creativa, que diría Daniel Innerarity. Mucho menos, si opera tan perdido, que se caga en los símbolos que pretende poner en valor. Porque ¿podrá gustar a los habitantes de la zona este museo levantado en aras del camarada Evo? ¿Podrá activar en ellos los resortes de la identidad? ¿Podrá llegar a sintetizar formalmente sus necesidades y aspiraciones culturales?

Los aimaras siempre fueron acosados por las etnias del norte, (guaraníes, arahuacos, incas, etc) pero ellos, y las culturas que le son más afines, tuvieron tiempos mejores. Vean la selección de piezas que expongo, extraídas de la arquitectura y la cerámica de Tiahuanaco, también de la cerámica mochica. Esta gente tuvo una gran imaginación, y un no menor oficio para formalizar sus visiones más caras. Claro que usaban y mezclaban motivos antropomórficos y zoomórficos, pero con mucha gracia. ¿O no? Y además, su imaginario no era casual, tenía mucho que ver con los ritos de fertilidad. ¿Es que el “hermano Evo”, quien ya se puede considerar reincidente (recuerden el regalo del crucifijo-hoz-martillo que le endosó a Francisco Primero) no conoce las tradiciones de su propio pueblo? ¿Acaso su mentor holguinero logró suplantar la coca en su rumia y el Titicaca en su chola, con aquel mejunje ideológico que apenas le deja espacio para el chándal, el fútbol y la patética tribuna del “Socialismo del Siglo XXI”, desde donde discursea a escala faraónica con formas ajenas al (y enemigas del) indígena que dice defender y representar?      




Bueno, algunos se preguntarán: ¿Por qué contestar al “hermano Evo”, lo que se ensalza en otros reyes y emperadores? Por ejemplo: ¿por qué no puede el iluminado Katari hacer lo que hicieron los atenienses en el Erecteón con aquellas mujeres de Caria castigadas a trabajar como columnas de por vida? ¿Por qué no se critica de igual manera a los faraones que combinaban formas antropomórficas y zoomórficas en sus esfinges? ¿Por qué no puede el adalid de los aimaras, emular a las arquitecturas románica y gótica que reproducían los relatos bíblicos en gárgolas, frisos, cornisas, capiteles y pórticos, con aquellas figuras petrificadas, a veces tan dramáticas y hasta pornográficas? ¿Por qué no aceptamos las máscaras de su engendro, y sí los lagartos y dragones en las costosas ensoñaciones de Gaudí? ¿Por qué no nos molesta de igual manera la extravagancia de Juan O’Gorman en la Biblioteca Central de la UNAM, que (im) puso un historiado traje regional a una simple caja de zapatos que apenas admitía un corsé minimalista? Bueno, miren bien el edificio de Evo, comparen y respóndanse. 

Lo cierto es que la iconografía moralista (o katarista, no se me ofendan los cántabros, porque el apellido Morales es en origen suyo) carece del más mínimo atisbo de espiritualidad. Esa llama, ese armadillo y ese puma están vacíos de sí mismos. Parafraseando a Benn: guiñan altiplano y echan Holguín por la boca, que es como decir: escupen a la cara de quienes pretenden honrarlos. Aquí, el insulso postmodernismo de las formas canta a la decadencia de Occidente, (que hace propia) y está mucho más cerca de la arquitectura doméstica más comercial y banal de los años ochenta del pasado siglo, que de cualquier otra arquitectura con pretensiones identitarias, didácticas o sacras.
              



Otros se preguntarán: Si Akenatón, apoyado en Nefertiti, se cargó las bases del imperio egipcio y fundó una ciudad homónima en pleno desierto para adorar a Atón; si Kubitschek fue capaz de levantar Brasilia en un descampado contra viento y marea, ¿por qué Evo no puede hacer lo mismo en Orinoca, comenzando por un museo donde la llama, el armadillo y el puma se agolpen para mayor gloria de su propia figura histórica?

Ah, como diría Juan Ruíz: anda devaneando el pez con la ballena, aunque en este caso, el pez sea tan estúpido, que no lo sepa, o tan oportunista, que lo pretenda a sabiendas de cuál será el resultado de sus devaneos... Aimaras, el Museo de la Revolución Democrática y Cultural (¿se puede ser más rimbombante y ridículo?) les cuenta a gritos justo lo contrario de lo que quiere que lean su valedor. De entrada, deja claro cuán grande es su menosprecio por la gente a quien dice representar: ustedes. Ya lo dije en un artículo anterior: tienen al enemigo en casa. El iluminado katari lleva en su mochila el norte más rústico y soberbio. Y ese norte, portador de la semilla imperial que dice repeler, ya puso a sus diez millones de siervos a imitar a los monos. Si de esa manera es capaz de producir un edificio como éste, ¿qué no podrá hacer cuando hasta la llama, el armadillo y el puma sólo sean parte de su séquito?

Aimaras, quizás sea el momento de abrazarse a las estatuas, no lo sé, pero cuidado: en Orinoca les han plantado un Caballo de Troya. Es feo, muy feo, y además malo, muy malo. Si lo alimentan, pudiera desembuchar a los peores demonios. Ustedes verán. No me extrañaría escucharlos decir en unos años lo que aquel esquimal, que preguntado por sus creencias religiosas, dijo: Nosotros no creemos, nosotros tememos

Cuentan que una dama inglesa del XIX, enterada de las teorías de Darwin, preguntó a su marido: ―ah, ¿pero entonces es cierto que todos somos iguales y provenimos de los monos? Cuando el hombre le respondió que así era, la dama rogó: ―por favor, que no se entere la servidumbre… Entérense, aimaras, entérense. Ni siquiera Castro, el mismísimo mentor holguinero del “hermano Evo”, fue capaz de levantar un museo como éste. Y eso que lleva sesenta años aguijando a sus diez millones de monos, hombres nuevos, quise decir. Por primera vez en los últimos cinco siglos de vil explotación occidental (o de ausencia de la candorosa protección inca, según cómo se mire) un burdo remedo de Aquiles vive camuflado entre ustedes. Corre contra la tortuga con la camiseta local, sin más meta a la vista que su propia divinización. ¿Eso quieren?