Uff… Lloré como un gilipollas esta mañana. Tú, ya lo
sé, Superman, no lloras, o al menos no solías llorar. Recuerdo que un día en
casa de Carmen, la cantante, le dijiste a un compatriota, puede que a Juanma o
a Toni, no estoy seguro, que tú jamás en la vida te habías deprimido, que no
sabías qué era la depresión. Dios mío, qué estupidez. Qué propio de ti. También
recuerdo la mirada que te clavó Inma. «¿Que nunca te has deprimido, dices?», te
preguntó delante de todos poniéndolo en dudas, como es lógico, y dejándote en
ridículo. Me viene a la memoria aquel lema que nos hacían repetir a diario en
la escuela por las mañanas: sólo los
cristales se rajan, los hombres mueren de pie. Qué mal gusto, Dios mío. Qué
horteras, los muy hijos de puta. De pie, sí, colocados por orden de tamaño en filas
de aprendices a formar filas como corderos o soldados (¿no son la misma cosa en
última instancia?), éramos adoctrinados en los actos matutinos, muy temprano
por la mañana, nada más entrar en aquella especie de pre-madrasa leninista: el
colegio cubano. Nunca fuiste un comecandela, Pepe, ya lo sé. Eras
anticastrista, lo sé. Pero te dejaste calar, quién no, por… No sé, no sé…
doscientos años de ilustración positivista son demasiados. Hacen mella en
cualquiera. Aquello (lo de tu entusiasta comentario en casa de Carmen y la
reacción de Inma) sucedió unos meses antes del accidente. Y lo peor es que
hasta entonces puede que en realidad no te hubieses deprimido muchas veces. Tú,
un ganador, una máquina infalible de pensar, un imán para él éxito… ¿te ibas a
deprimir? ¿Por qué? Esa noche yo empecé a preocuparme por nosotros. De veras,
Pepe, no creo que la hubiésemos retenido por mucho tiempo. Por tu culpa, claro.
Una mujer como ella no podía pasar toda su vida junto a un mequetrefe como tú. ¿Hijos?
No sé, no sé… Ella quería tenerlos, sí, quería tres. ¿Quería tenerlos contigo?
Y tú, ¿de veras los querías? No me extrañaría que cuando dijiste aquella memez
en casa de Carmen, Inma ya tuviese algún amante. ¿Qué crees, que sólo nosotros
podíamos tener amantes? Yo no, tú, imbécil, que no sabías contener a tu animal,
ni siquiera navegando al amor de una mujer como ella. Qué podía hacer yo, coño,
si es que me tenías postergado, reprimido. Tú llevabas dinero a casa, no yo. (Aunque
ella cobraba más que nosotros, no sé cómo te las arreglabas, oye, para que
pareciese que lo proveías todo). Tú ganabas los casos y el dinero. Tú soltabas
discursos por doquier. Tú sabías de todo. Tú te ibas de fiesta con ella. (Yo
estaba, pero no). Tú, ah, el gran follador, te la follabas. (Yo estaba, pero
no). Yo, ¿qué hacía, a ver, qué hacía yo?... Veía venir el golpe y me acojonaba
sin ser capaz de decírtelo. (¿Cómo hablarle a un sordo, o, peor aún, a alguien
que no quiere oír?). Inma comenzaba a aburrirse de nosotros por culpa tuya. Sí-sí,
por tu culpa. A mí, por triste que me resulte decirlo, apenas me conocía. Lo
reconozco. Y si me hubiese conocido en aquella época, habría notado que, en el
fondo, bien en el fondo, yo estaba mucho más enamorado de ti que de ella. Cómo
me avergüenza. No confesártelo, qué va. Me avergüenza no haberme dado cuenta,
darme cuenta cuando ya… Te lo digo ahora porque estoy tan lejos de aquel
embobamiento contigo, como de poder recuperar la juventud para deshacerte y
rehacerme minuciosa, pulcramente. Ella tendría que saberlo. Tendría que
conocerme y sentir cuánto la amo. Tendría que saber incluso cuánto la amaba entonces,
aunque estuviese enamorado de ti, enredado en tu inconsciente: mi viva imagen: yo
mismo. Aquél. Otro. Ahora tendría que sentirse amada por alguien como yo, alguien
que se ha liberado y vive en tus antípodas… Me importa un pito si sigues siendo
tan fanfarrón y comemierda. Me importas un pito, José. Un ser humano que no
llore, que no se deprima, es una caricatura de quien podría y debería ser; es apenas
una máquina biológica. Una máquina de cojo, si no de nulo rendimiento
emocional. Alguien así no puede amar, no puede amarse más allá de lo poco que consiguiese
en un vulgar patinazo narcisista. Alguien así ni siquiera es en plenitud un
organismo. (Los organismos, aun los irracionales, tienden al amor del Creador
que todo lo imanta y colma). Alguien como tú es un simple mecanismo aunque sepa
reír. Si no eres capaz de llorar, tu risa no tiene sentido. Si no eres capaz de
sentir la tragedia, la comedia no es un lenitivo, es el mero baile de la Nada ante
sí misma para sí misma. ¿Cómo no se va a deprimir una persona, a ver, fenómeno,
con sólo saber (no hace falta más) que su vida es finita y su trascendencia
está en juego? Únicamente las máquinas pueden funcionar como tú, desalmado. Insisto,
a estas alturas del partido me importa un rábano lo que pienses. Yo siempre fui
un llorón. Y hoy por la mañana… Coño, enterré a una niña de dos años. Hoy, si
pudiese, aplacaría a mis huestes, les diría: «comérosla despacio, por favor, con
todo el cariño del que seáis capaces, sin arrebatos, sin olvidar que es una inocente
hija de Dios». Eso les diría. ¿Qué será de esa alma que no ha catado consciencia
ni tiempo, que sólo ha vivido inconscientemente en el espacio, que no tuvo oportunidad
de enfrentarse a la muerte con todos sus argumentos a punto, de intuirla o medio
conocerla antes de experimentarla? Al menos no pecó. Pero qué cojones hago. No,
a ti no te cuento más. No te lo mereces. Y no es por no mostrarte mi revés, mi soberana
debilidad. Yo soy de cristal. Y hace rato que me rompí ante la vista unánime de
los hombres. No moriré de pie, sino postrado ante Él, clamando por
reencontrarla. No me importa que sepan que lloro, y que en el entierro de hoy…
No. Hasta aquí. Por este camino, contigo, llego hasta aquí. No mereces más.
Punto. Ahora bien, no vayas a creer que se me escapa, Joseíto, que por más que
alardees de ser un antidepresivo andante, en realidad eres más débil que yo. Te
conozco muy bien. Sé que no soportas la soledad. No hay nadie más frágil que el
que no sabe lidiar ese toro. Como eres ateo (ah, se siente) y sólo hay hombre y
finitud en tu horizonte, o sea, bien poco, la soledad frente al resto de los
hombres te espanta. Jódete. He hablado mucho con el cura sobre la soledad. (Por
cierto, hoy vino a verme después del rito funerario a pie de tumba. Sobre eso
sí que te contaré algo. Ten paciencia). Él y yo podemos hablar sobre la soledad
con fundamento, podríamos hasta pontificar sobre ella, pues la hemos
experimentado y la experimentamos. (Más yo que él, porque… en fin, él tiene que
oficiar y dar los sacramentos en público). En alguna medida nos aliviamos la
soledad mutuamente. Tal vez por eso… Cuando se fueron los últimos deudos, el
cura vino a mi local, y tras él, de nuevo la señora Eulalia. Yo estaba
llorando. Lloro, claro, sin escandalizar. Lloro para mis adentros. Pero puede
que alguna lágrima se me escapase, no sé, que escapada a mi control se
exteriorizase, e infundiese un tono más grave del común en mí a lo que hiciese
o dijese. «Usted manténgase en silencio absoluto, o por primera vez desde que
nos conocemos pasaré de lo que diga sin contemplaciones», dije a la señora
Eulalia. El cura ni fue al médico para tratarse el mentón ni me denunció. Al
revés, se disculpó conmigo. Y yo con él, claro. Me consoló como pudo porque vio
que el entierro de la niña me había afectado mucho. ¿Ves?, tenías que tener y
perder un hijo para comprobar si eres o no capaz de deprimirte, bocón de mierda.
Tendrías que haber visto cómo estaban esos padres. Ya, ya, no tienes hijos, y cómo
bien decías antes y supongo seguirás diciendo: quien no se embarca no se marea.
Típico de ti. El cura me dijo que debía tener cuidado de no repetir ciertas
cosas por mucho que me las hubiesen contado almas amigas. No sé, Pepe, porque
este hombre sabe esconder muy bien sus sentimientos cuando quiere, si lo dijo
dándome por perdido (por loco, quiero decir) de una puñetera vez, o dando
verdadero crédito a mi intercambio con esas almas. (La señora Eulalia, como
siempre que del cura se trata, estaba muy nerviosa, pero mantuvo la boca
cerrada). Yo no estaba muy hablador. Él sí. Lo dejé que… «Es cierto, Palas, que
en el pueblo se está comentando demasiado sobre ti. Estás en el candelero. No.
No fui yo quien dio pie a que ocurriese, créeme. O mucho me equivoco, o el Maki,
que es un Tirilla (lo sabias ¿no?, es un Tirilla) (cómo se revolvía la señora
Eulalia, hay silencios más elocuentes que discurso de senador), debió poner
sobre aviso a su familia en relación a tu supuesto cabildeo con los cadáveres. Quizás
en su momento sospechó que la urna que le encargaste… No creo que sepa nada
sobre las cenizas de Inmaculada. Eso no. Sus sospechas, sin embargo… ¿Seguro
que no anduviste en la tumba del Yonki? (Silencio). Ya te dije que estos
Tirillas… ¿Viste que no había ninguno en el entierro de hoy? (Silencio). Por favor,
Palas, dime algo, hombre». «Sí, lo vi, sí… ¿Cabildeo con los cadáveres, dices?».
«Claro, ¿qué les podría importar una niña boliviana de dos años? Los otros son
más calculadores. Los dos Morancos que vinieron… (Por cierto, ¿viste que hoy
estaban vestidos en plan occidental? / Sí, lo vi, sí). Ésos son más listos. La
niña muerta les importa un bledo, pero los bolivianos tienen dos chavales de
once o doce años que sí les interesan. Por eso estaban aquí, por eso, por los potenciales
clientes, o agentes del tráfico, o ambas cosas; por ir limando la más que posible
resistencia de sus padres a que, llegado el momento, se acerquen a sus hijos. Se
estaban anticipando. Calculaban. ¿Me sigues? (Yo, callado). Palas, si el Maki y
Pascualillo te señalan, estás en peligro. Esa gente primero señala, después
apunta y termina disparando». El cura casi siempre habla como cura. Yo no sé
hablar como él. No puedo transmitirte su verdadera forma de hacerlo. Tiene ese compás
que dota a los curas de cierta superioridad disfrazada de modestia. Sí, ese
hablar cadencioso, tardo, espacioso, dulce, afeminado, con un tempo que parece
desconocer el tiempo, con un cariz atemporal… Es algo que han aprendido durante
siglos y les funciona todavía hoy. A mí el cura me relaja cuando está en plan
cura. Y tal vez por eso me exaspera una barbaridad cuando abandona la música
artificiosa de su discurso y entra en frecuencia macarra. A la señora Eulalia siempre
le molesta el cura, hable como hable. Seguro es verdad que fueron amantes. Este
tipo de resentimiento suele tener casi siempre un fondo patético, rigurosamente
pasional, quiero decir. Del alma del Yonki no se sabe nada. A la señora Eulalia
le pasa con su hijo mayor algo parecido a lo que a mí con Inma, salvando las
diferencias de todo tipo (líbreme Dios de no hacerlo) que hay entre Inma y el Yonki.
Diferencias abismales. La pobre señora Eulalia lo tenía todo preparado para
recibirlo, pero… En el sotocielo no está. En caso contrario, ya tendría que
haberse presentado. No lo achaco a que sea un Tirilla. (Hay por aquí varias
almas de sus familiares. Tirillas que, por cierto, no fueron santos). No es
eso. Aunque soy nulo en teología, pienso que el Yonki en vida vació su alma de
cualquier contenido rescatable. Un alma así tiene que ser restaurada a fondo si
no eliminada. ¿Qué creías, Pepe, que las almas son inmortales per se? Pues no.
Ya sé que no crees ni eso ni lo contrario, ya lo sé, mentecato, puto descreído,
es una forma de hablar. ¿Cuánto hace que no lees la Biblia, que ni siquiera la
consultas por encima, la hojeas? Porque
todas las almas son mías; como es mía el alma del padre, lo es también la del
hijo: el alma que pecare, esa morirá. Ezequiel, 18:4. Cierto que cuando Ezequiel
lanzó sus profecías Jesús todavía no… Sí, me da pena su madre, no lo niego, pero
el Yonki… Qué quieres que te diga, Pepe… No es que fuese yonqui o ladrón, que
lo era, es que era quien más y mejor repartía el veneno entre los jóvenes.
Cuando murió Anselmo, su padre, el primer Tirilla y esposo de la señora
Eulalia, el Yonki heredó su reino y lo elevó al cuadrado, o al cubo. Todos los camellos
y consumidores de Fuenterrabal (y también de los pueblos cercanos) que hoy tienen
entre veinte y treinta años son obra suya. Él era el puto amo del asunto. Él
trajo a los Morancos al pueblo. Cuando se cansó de traficar en directo, pactó
con ellos para apartarse a mejor consumir, para ejercer como el gurú local del
negocio, su gran inspirador, sin tener que tocar más droga que la que se
metiese él mismo. Entonces comenzó a pasarse el día entero colocado, sin
interesarse en nada que no fuese fiesta. Ah, el Yonki, qué gran fiestero, qué
gran animador del cotarro… El cura me dijo que la próxima semana ya tendrá su propia
plazoleta. Plaza Héctor Paniagua Suárez. Con placa conmemorativa y todo. A esta
comunidad (recua, debía decir, no comunidad) le falta muy poco (créeme, Pepe, muy
poco) para estar en condiciones de exigir que cambien ese nombre por el de Plaza
El Yonki. Para qué andar con disimulos. Tiempo al tiempo. No sé si el Maki,
otro drogata de mierda, otro Tirilla de mierda, fue capaz de sospechar que la
urna que le encargué era para lo que era. Tampoco sé si Pascualillo, que está
en modo Yonki hace años, y que apenas es capaz de contarse los doce dedos de
las manos, daría importancia a una supuesta sospecha del Maki con relación a
mí. Todos piensan que estoy loco. Qué puedo importarles. Cojones, Pepe, cómo me
duele la boca. Hoy tengo el día flojo, muy flojo. Ese entierro… Hace un rato me
pareció ver a mami sentada junto al estanque. Estaba con un vestido verde que
no recuerdo haberle visto puesto en vida. Recordé cómo nos echábamos la siesta
a su lado, cómo hacíamos sortijas en su pelo con el índice de la mano derecha.
Recordé cómo la pobre mujer evitó que nos extirpasen las amígdalas cuando
parecía imposible salvarlas. ¿Recuerdas? Se nos escarranchaba encima (no sé
cómo podía, porque pesábamos casi lo mismo que ella), y con un brazo lograba
inmovilizarnos, mientras con la mano contraria vaciaba el gotero repleto de
argirol en nuestras narices. (¿Recuerdas aquel regusto amargo? ¡Aj!, qué
asqueroso). Y no nos soltaba. Qué va. De debajo de la manga (qué bien lo
escondía hasta que…) sacaba aquel depresor convertido en hisopillo con cabeza
de algodón, untado con miel y quién sabe cuántas cosas más, para dejar su
cargamento allí, en el fondo, donde más dolía y falta hacía, adherido a las
mismísimas amígdalas. ¡Ajjj! Toque.
¿Recuerdas? Aquel tratamiento se llamaba toque:
dar un toque de. ¡Dios! Cuando fui al
estanque desapareció. Me senté en el murete de piedras a esperarla por si acaso
decidía comparecer otra vez. No lo hizo. Pasado un rato, metí la mano en el
agua, y con el mismo dedo que usábamos para ensortijar su pelo, la moví de un
lado a otro para ver si la goldfish… Estoy flojo. Mucho. Te parecerá una
majadería de mi parte, claro, Caupolicán. Ayer soñé que perdía los dientes que
me quedan. Esta noche… ¿con qué soñaré esta noche? Esa niña. Esa niña… Cómo me
duele la boca, coño. Debía sacarme todas las piezas que no se me han caído
todavía. Creo que iré a pegarme una ducha. Tengo una casita en Algarabía-nueve.
¿Te lo dije? Sí, te lo dije. «¿Y a mí que?», te preguntarás. No debías
reaccionar así, pero eres como eres. No te das cuenta del daño que me has hecho.
¿Te parezco flojo? Siempre te lo parecí ¿no? «Palas, hay dos Tirillas y un Sancho
muy graves por coronavirus. Se comenta que mañana o pasado mañana…», me acaba
de decir Alberto. ¿Tampoco conoces a los Sancho? En fin. Alberto también murió
de SIDA, como la Chunga. En su caso, no por promiscuo o heroinómano. Lo mataron
en el hospital con una transfusión de sangre contaminada. Eran los ochenta. Ay,
los ochenta, los ochenta… A principios todavía estábamos en La Habana. Todavía
no habíamos emigrado. Todavía no la conocíamos. (Hoy, mi amor, cuánto te
necesito hoy). ―No sé si sentirlo, Alberto. Es la vida. Es trabajo. ―¿Qué te
pasa? ―No sé qué hago entre los vivos. ¿Es verdad que follaste con ella?
―Palas, ¿de nuevo con eso? Déjalo, hombre, por favor, déjalo… Fuimos novios en
la edad del pavo, nada más. Tonterías… ―Ella tuvo que pedírtelo. ¿Qué edad
teníais? ―Yo, quince. Ella, catorce. ―¿Y entonces, qué? ―Palas, duerme un poco,
hombre. Mañana puede que tengas faena. ―Sí, voy a darme una ducha. ―Adelante.
No lo pienses más. Ve. ―Nunca me has contado en detalles cómo fue tu trance,
qué sentiste, qué pasó cuando abrí tu tumba, por qué decidiste venir y quedarte
en el sotocielo. ―Para qué explicártelo, amigo. No lo entenderías. ―¿Crees que
podré encontrarla cuando…? ―Anda, anda, ve a ducharte. Y aféitate, tío. ¿Cuánto
hace que no…? ―Cómo me duele la boca, Alberto. No la boca, toda la cara. ―Anda,
ve. Y si mañana las circunstancias no demandan tus esfuerzos desde muy
temprano, duerme hasta tarde y ve al médico. ―¿Al médico? ―O ibuprofeno o maría,
escoge. ―Alberto, ¿puedes oír a las ranas en el estanque? ―Sí, las oigo, no soy
sordo. Anda, ve, anda… ―Cuando las ranas croan, me ducho. Sí o sí. Ja.
martes, 1 de agosto de 2023
FRAGMENTO DE LA NOVELA "A CONTRATIEMPO"
lunes, 24 de julio de 2023
LA TERESA DE ANTONIO PIEDRA. POÉTICA EN VENA
Únicamente los pies de barro dan valor al oro de la
estatua.
O. Wilde
Acabo de leer UNA HERMOSURA EXTRAÑA. La construcción poética en Teresa de Jesús, de Antonio Piedra. Un ensayo que ha provocado en mí múltiples estremecimientos: racionales, no racionales, ¿irracionales?, poéticos… Este magnífico libro, que deberíamos leer todos y leeremos “cuatro”, es un contundente tratado de retórica, sobre todo de retórica poética, cocinado con los ingredientes que constituyen el centro de la disciplina, y sazonado con las especias que rondan su periferia. Pero no es un tratado levantado en el aire con teorías leves, ni cavado en la roca con teorías graves, sino que se sustenta en un pragmatismo incontestable y luminoso, porque se extrae directamente de la obra de una poeta tan inmensa como irrepetible: santa Teresa de Jesús. Piedra, con mayor o menor éxito (con mucho en cualquier caso, teniendo en cuenta lo difícil del propósito), intenta emular a la santa en aquello que él define como una de sus intenciones primarias: bordear todos los planteamientos teóricos, doctrinales, conceptuales, y hasta los verbales, para llegar incólumes al prodigio que se encuentra en las profundidades del alma […] remover lo dificultoso y pesado para elevar el espíritu. Es imposible ceñirse a tal guion cuando se analiza críticamente una obra literaria en nuestro tiempo, pero Piedra lo intenta y debemos agradecerlo. En su libro (unas 330 páginas) hace y deshace con-fundiéndose con la santa hasta el punto en que ambos discursos, el del ensayista y el de la poeta ensayada, en ocasiones se dan a una ósmosis que a duras penas dirimen las comillas tipográficas. La simetría en ambos discursos no se basa en el uso del lenguaje o de la sintaxis (que también, un poco), se basa, sobre todo, en simétricas ironías, agudezas e “inteligencias retractiles”, esto es, inteligencias que saben cuándo saltar y cuándo agazaparse. Que entre bichos va la cosa. La una, santa. El otro, no. Pero… Teresa tiene tres o cuatro cerebros y dos o tres manos izquierdas, dice Jiménez Lozano citado en el ensayo. Yo podría decir algo parecido de Antonio Piedra y explicarlo, aunque éste no es el lugar para hacerlo. (Por cierto, no se echen atrás cuando vean la imagen de Teresa incluida en la portada del libro. Este ensayo no va de espiritualidad, y mucho menos de pura contemplación. La Teresa súper extática y medio ida que aparece en la imagen no es la que opera aquí). Piedra usa centenares de citas de la santa. Todo lo que escribe no hace más que respaldar (y ser respaldado por) lo escrito por ella. Claro, reordenado (¡vaya trabajazo!) e interpretado por él. Por él traído al siglo XXI. Esa es la cosa. Prologamos un libro cuya existencia se esperaba desde hace siglo y medio, dice Carvajal en el prólogo. Y tanto. Es cierto que lo esperaban “cuatro gatos”, pero ¿cuántos leyeron a Teresa en los últimos cuatrocientos años? Y sobre todo, ¿cuántos la leyeron como lo hizo Piedra?... Lo que hace el ensayista, en primerísimo lugar, es agitar el arponcillo y la carnada desde un andamio verticalmente contemporáneo para que los “cuatro gatos” de su tiempo maúllen, muerdan, traguen, digieran… y excreten lo que excreten, retengan el sustento esencial. Así perviven escritores como Teresa en el consciente colectivo de todos los tiempos: atravesándolo, con la ayuda de autores como Piedra, y afincándose en los “cuatro gatos” de cada pliegue: aquellos palillos de romero seco (los seres humanos para la santa) propensos, sin embargo, al justo riego, y capaces de convertirlo en fértiles ondas vibratorias, o en florecillas perennes, que diría Teresa. Digo en el consciente colectivo, porque los autores como ella, que guardan la llave de la lengua, trabajan en el inconsciente de los hispanohablantes a jornada completa. La santa, como se deduce de lo que explica Piedra, tiene la patente de una forma muy especial de manejar el romance. Se apartó (o la apartaron) del latín, pero a fin de cuentas, como cualquier otro escritor en lengua neolatina, jugó con ventaja, pues lo hizo libremente con monedas bien acuñadas, digo con Javier Marías. Su obra, unida a la de otros grandes autores coetáneos y contemporáneos suyos, trajo el castellano en volandas hasta donde está hoy. Pero ya en el siglo XVII, también gracias a ellos, que estuvieron a la altura de la mejor España, la lengua española estaba tan difundida en Italia (y en Francia, y en Alemania, y en Inglaterra), que los embajadores empleaban intérpretes para hablar ante el Senado veneciano y los españoles no. Todo el mundo se había hecho pueblo español, y el castellano era la lengua más necesaria entre todas las que se hablaban entonces. (Croce). Conocer y entender la poética teresiana, y sostenerla, vivísima, en el siglo XXI, es una forma de agarrarse a lo mejor de la lengua en un momento clave para lo que debía ser, y por desgracia no es su natural desarrollo, a causa de la perniciosa intervención de la ideología que, también en este campo, padecemos en España, en Occidente.
Los peajes
Para traer a la poeta Teresa de Jesús al primer plano en el siglo XXI, Piedra tiene que vivir y obrar en él. Y esto implica que, esté más o menos de acuerdo con sus paradigmas no pueda (y no deba) evitarlos. Sólo si habla desde este podio podrá alcanzarnos a quienes, estemos más o menos de acuerdo con él (el podio) lo sustentamos y padecemos. La presencia operativa de tres de estos paradigmas se hace evidente desde el primer capítulo del libro. Hablo de lo que Higinio Marín llama la vocación dialectizante de nuestro tiempo, y de lo que podemos llamar, en consonancia con esa forma de decir, sus vocaciones victimizante y democratizante.
Higinio Marín explica que, a partir de la reforma luterana, la lógica de síntesis que predominó en Occidente durante muchos siglos para resolver los problemas que suponía la normal evolución de nuestra cultura es desbancada por una lógica de confrontación dialéctica entre contrarios irreconciliables. Explica también que este paradigma se colma con la revolución francesa, y que por eso en los siglos sucesivos se refuerza una suerte de obsesión por negar desde postulados dialécticos (demasiado dialécticos, tal vez) todo antecedente condicionante en la conformación de lo nuevo. Bajo ese ímpetu dialéctico entiendo que Piedra oponga la retórica teresiana a la retórica del tomo. (Hasta que lean el libro, y simplificando mucho, entiendan por tomo el academicismo petulante y excluyente). Ímpetu dialéctico al que no es ajena del todo la propia Teresa (téngase en cuenta que vive buena parte de su vida en plena Contrarreforma), quien llega a decir: Guerra ha de haber en esta vida, porque con tantos enemigos, no es posible dejarnos estar mano sobre mano, sino que siempre ha de haber cuidado y traerle de cómo andamos en lo interior y exterior.
En este ensayo se pone en valor la obra de Teresa (su forma y sustancia poéticas, pero sobre todo su forma) oponiéndola a la obra de los llamados autores del tomo: desde Manrique hasta Dámaso Alonso. Prácticamente todos, claro, porque colocados frente a la especialísima obra de Teresa, ¿quién puede escapar de integrar el tomo en alguna medida? ¿Los no poetas o los antipoetas de los siglos XX y XXI? Yo no consigo obviar aquí aquella sentencia de Petronio: No pueden tener buen olfato los que están metidos en la cocina, y aquella otra de Calderón: Juez que ha sido delincuente, / ¡qué fácilmente perdona! Tal vez por eso, estando totalmente de acuerdo con el fondo de la cuestión que trata Piedra, disculpo el tomo a los sanjuanes, los frayluises y sus epígonos. Imagino (no imagino, sé) que Piedra también lo hace a su manera, aunque en este libro opte por la dialéctica dura para explicar y defender a Teresa, porque él mismo, como todos, carga con su porción de tomo. Sí, con algo de tomo cargamos todos, la verdad, qué le vamos a hacer. Habría que ser santa Teresa para evitarlo, y eso… Tomo, digo, sea éste gongorino, quevediano, italiano, francés, inglés, alemán, soviético o posmoderno. Lean algunas citas de Piedra en el sentido antes dicho:
[algo que no podía hacer fray Luis de León y sí
santa Teresa] hablar con la misma propiedad de registros lingüísticos que sus
ayos le habían enseñado.
[sobre Quevedo] un amor de mesa y tiralíneas
que nada tiene que ver con el amor vulcánico de Teresa que distingue
perfectamente dónde acaba la retórica de la rueca y dónde empieza la realidad
trascendente.
¿Qué sabemos, sinceramente, del yo de Garcilaso
de la Vega, de fray Luis de León, o del propio san Juan de la Cruz? Lo que nos
dicen sus biógrafos que muchas veces forman parte interesada de la nómina del tomo, lo que intuimos por sus obras, y
por lo que se les escapa en sus versos tan cuidadosos y exquisitos trazados en
la oficina del platonismo. De Teresa, prácticamente y de forma directa, lo
sabemos todo.
Ya sabemos que la santa no compuso liras como
san Juan de la Cruz. No lo hizo porque su estética no consumía formas
italianizantes, sino los acordes populares, pues es preciso que alguien “guise
la comida” como Marta.
Romance en la santa equivale a una opción
perfectamente pensada y elegida a conciencia: la forma lingüística del pueblo
llano para entenderse. Lo que de paso quiere decir también algo muy importante:
que adrede no está en la tradición italianizante, culta, clerical, literaria.
Ella está en la vanguardia del siglo XVI.
Una persona que solo hilvana endecasílabos con
acento en la sexta es muy distinta de quien hace octosílabos como ocurre en el
caso de la santa. Son respiraciones, pausas, atropellos, brevedades,
solemnidades y precepciones muy distintas.
Piedra, sin embargo, pasa la mano a algunos autores que, o
son más de su agrado, o en su momento hicieron una crítica a Teresa más
ajustada a lo que él considera justo (y yo también, por cierto), o simplemente
se inhibieron de juzgarla a la ligera. Por ejemplo, Unamuno, Juan Ramón
Jiménez, Jorge Guillén o Federico García Lorca. A Lorca lo cita diciendo sobre
Teresa en 1933: flamenquísima y
enduendada [como] el puente sutil que
une los cinco sentidos con ese centro en carne viva, en nube viva, en mar viva,
del amor libertado del tiempo. Vaya poeta, Lorca. Claro, en 1926 había
dicho esto otro:
[Góngora] Ya no podía crear poemas que supieran
al viejo gusto castellano; ya no gustaba la sencillez heroica del romance.
Cuando para no trabajar miraba el espectáculo lírico contemporáneo, lo
encontraba lleno de defectos, de imperfecciones, de sentimientos vulgares. Todo
el polvo de Castilla le llenaba el alma y la sotana de racionero. Sentía que
los poemas de los otros eran imperfectos, descuidados, como hechos al desgaire.
Y cansado de castellanos y de "color local", leía su Virgilio con una
fruición de hombre sediento de elegancia. Su sensibilidad le puso un
microscopio en las pupilas. Vio el idioma castellano lleno de cojeras y de claros,
y con su instinto estético fragante empezó a construir una nueva torre de gemas
y piedras inventadas que irritó el orgullo de los castellanos en sus palacios
de adobes.
Uff…
En el repaso que da sobre la crítica a la obra de Teresa en los siglos XVIII y XIX, Piedra nos deja unas líneas que no tienen desperdicio:
[en el XVIII] Las formas empezaron a disociarse de la metafísica, los
nuevos poetas se desentendieron de los viejos, la mundanidad que adoptan
destierra a la antigua e inmediata religiosidad, y la nueva forma de escribir,
sometida a la dictadura del buen gusto y de las academias sostenidas, se alejan
como distintivo de los significantes simbólicos, de las paradojas eternas, de
las realidades históricas, y hasta de las palabras mágicas al considerarlas un
puro anacronismo.
[en el XIX] Como en la peor pesadilla de los sueños, un tonelaje de
consideraciones neurológicas interviene en los fenómenos espirituales
reduciéndolo todo a sexo sublimado o sobreentendido, a histeria colectiva, a
neurastenias tipificadas, a misantropías monásticas, a un manojo de neurosis
obsesivas, y a melancolías perpetuas entre otros fenómenos de perturbaciones
psíquicas.
Qué bien visto. ¿No encaja esto a la perfección con las
ideas de Higinio Marín antes citadas? En el llamado Siglo de las Luces la
Ilustración desbocada, que había sido sobrealimentada con reformismo durante
más de un siglo, vestía de largo la vocación
dialectizante de la que hablaba Marín, para llevarla finalmente al altar
con el Estado absoluto de Luis XVI (antes acunado por el cardenal Richelieu y sentenciado
por Luis XIV), y celebrar su matrimonio con la revolución francesa.
¿Antecedentes condicionantes? ¿Para estos prohombres inventores de los derechos
humanos? Qué va. El desprecio o menosprecio de una obra como la de santa Teresa
de Jesús en estos dos siglos (previo y post revolución francesa) está más que
justificado. Lo contrario hubiera sido raro. De hecho sigue siendo raro que
alguien se detenga en esta obra como lo hace Piedra en pleno siglo XXI. Cosa de
lectores y escritores aristócratas, como se verá más adelante.
Con relación a la vocación victimizante de nuestro tiempo, Piedra es también condescendiente. Lo es en este ensayo y con un objetivo muy preciso, quiero decir, porque, como lo fue Teresa, que de víctima nunca tuvo nada, él es un escritor fuerte, incluso duro; puestos a escoger, casi siempre más victimario que víctima. Pero aquí, manejando sus varios cerebros como lo hacía la santa, a ratos la presenta como damnificada, y haciéndolo entronca con el discurso victimista de nuestra época, en la que ser víctima y débil está mucho mejor visto que lo contario. A nadie se le escapa que Teresa, si es puesta frente a los hombres del tomo (hijos de Adán, les llamaba ella con una ironía de altos quilates) como una mujer que tuvo que hacer mil maniobras en la vida y en la literatura para no ser mal entendida, para no ser, incluso, llevada a la hoguera, entrará mejor a los posibles lectores de hoy. ¿Esto lo habría hecho así algún autor del siglo XVIII? Pues no. Ni se le habría pasado por la cabeza. Aunque en el fondo, por muchos cerebros que Piedra haya puesto en funcionamiento, puede que no lo haya premeditado, puede que, simplemente, no haya podido evitarlo. Eso quise decir cuando aludí a la meridiana contemporaneidad de su ensayo. Lean estas citas:
No podía ser escritora porque no era letrada,
no podía ser letrada porque era mujer, no podía ser mujer en plenitud porque
era una monja, y tampoco, ay, no podía ser poeta porque, sencillamente, es lo que
le faltaba a una iletrada, a una mujer, y a una monja.
¿cómo llamar a la compositora de versos y de
prosa lírica si no se consideraba poeta ni quería pasar por tal? […] una simple
“romera”. Es decir, una peregrina de la palabra.
Claro que esto era así. Claro que supuso grandes dificultades
para Teresa. Pero como el mismo Piedra explica o deja caer, según el caso, ella
nunca se paró en varas: no querría yo,
hijas mías, lo fueseis en nada [seres débiles y mujeriles], sino que parecieses varones, que si ellas
hacen lo que es en sí, el señor las hará tan varoniles que espanten a los
hombres. Esto es lo que en mi tierra se llama una mujer de pelo en pecho.
Teresa se rio de todos los hombres que le pusieron trabas. Lo hizo con una
inteligencia y una ironía sin pares. Piedra lo sabe mejor que nadie, lo cuenta
mejor que nadie. Puede que sea precisamente eso lo que más le atraiga de la
santa: su feminismo raigal y hondo, valiente y medido, nada victimista, que
puesto al lado del histérico feminismo actual, parece cosa de otro mundo. Lo
es.
En cuanto a la vocación democratizante de nuestro tiempo pasa algo parecido. Ahí está y no se puede obviar por muy aristócrata que se sea. Teresa era una lectora aristocrática (esto Piedra lo explica muy bien en su texto, aunque no lo diga literalmente), y es también una escritora aristocrática, por mucho que haya huido del tomo. Lo mismo pasa con Piedra, que forma parte de la más alta aristocracia lectora y escritora de nuestro tiempo. No hay más que leer este ensayo para comprobarlo. ¿Cuántos pueden leer a Teresa como él lo hace? ¿Cuántos pueden escribir sobre ello como él? Léanlo y ya me dirán. Sin embargo, los tiempos mandan. Aparentemente se relaciona la aristocracia con el tomo, cosa que no siempre es así, y se le opone una Teresa “democrática”, que escribe para todos con el leguaje de los pobres: Un discurso que, sociológicamente hablando ―y de aquí su modernidad―, se identifique con el estilo de los pobres del momento que solo entienden “la llaneza en el hablar”. Pero en Piedra pasa como en Teresa, que trabajaba con palabras como si fueran hechos y que, además, pesaran exactamente como las onzas en una romana. No se puede leer a la ligera. Y no se puede dar por entendido todo antes de tiempo. Si se lee bien, aparecerán la Teresa y el Piedra aristócratas:
La verdadera aristocracia en el arte no sufre las multitudes curiosas y tampoco admite, como razón selecta, que el ruido del claustro genere una batahola parecida a la del mundo.
La ignorancia teresiana, a la que tanto acude
en su obra, no es una disculpa, sino más bien una concesión retórica […] La
ignorancia en la escritura teresiana emerge como un personaje casi alegórico
que, paralela y estratégicamente, salta siempre que la argumentación no tiene
vuelta de hoja como mujer, o cuando la experiencia mística no tiene recambio en
el pensamiento formal del XVI.
La aristocracia de Teresa se manifiesta, además, en su
hondo individualismo. Lo real para la
santa sería todo aquello que circunda al ser y es atribuible a su
individualidad, nos dice Piedra, que dedica un capítulo que no tiene
desperdicio al yo teresiano y a su forma de representarse. Y también se
manifiesta en su vocación trascendente aplicable a la vida y la obra: Porque serán cosas de mucho gusto algún día
[…] Calla, que vos veréis el provecho que
ha de hacer esto que escribo, después que yo muera. Y ¿acaso no es
profundamente aristocrático el espanto ante cualquier forma de colectivismo,
tanto en la vida como en la obra? ¿Acaso no es aristocrática la vocación de
conocerse a fondo, de primar el alma una y sola que se suelda a Dios como único
merecedor de tal cosa? ¿Acaso no es aristocrático un yo consciente de sí, que
sólo se preocupa por su Criador (yo en
Dios, dice la santa), por más que este yo vaya siempre en zapatillas, por muy en
ruinas que aparente estar? Ayn Rand, una atea, pero que construyó contra su
tiempo un gran sanatorio para tratar el individualismo moribundo del hombre actual,
dijo: El único conocimiento directo e introspectivo
del hombre que posee cualquiera es el que cada uno tiene sobre sí mismo. / El alma noble se reverencia a sí misma.
/ Para decir “yo te amo”, primero hay que
saber decir “yo”. Esto es pura aristocracia. Y nadie es más aristócrata que
Teresa. Por muy autodidacta que haya sido, por muy a ras de suelo que vuele su retórica.
El destino
alcanzado
Hechas las consideraciones oportunas sobre algunos de los peajes que debe pagar el ensayo a su tiempo; muy por encima, porque no se le debe mirar el diente a un caballo alado, decía Chesterton, debemos entrar de lleno, también por encima, que esto es una reseña y nada más, en lo que pretende, y con éxito alcanza Piedra, que es, sencilla y llanamente encontrar, fijar y comunicar las claves de la construcción poética en Teresa de Jesús. Casi nada. Y esto, nos dice él, poniendo de manifiesto una cuestión capital en Teresa de Jesús como escritora: lo que ella entiende por discurso de mi vida y discurso del entendimiento, a través de los cuales […] planifica una construcción poética personalísima. Más que unos demorados comentarios de texto, se trata en primer lugar de un venturoso trabajo de exégesis y hermenéutica. Exégesis, por su parte expositiva y explicativa. Hermenéutica, por su parte interpretativa y sacra. Porque todo esto, al margen de que el investigador sea agnóstico, se hace en territorio sagrado. Dios, Criador y destinatario del alma de la santa, es para ella EL POETA, por más que para otros, especialmente en nuestros días, pueda ser el poema por excelencia, un poema más, o incluso nada. Por encima de la honrilla de la escritura, de los juegos florales del entendimiento, y de las impresiones amorosas tan cómplices, está la honra y el honor de Dios como razón suprema, nos dice Piedra.
Así que el ensayista relee la obra de la santa renglón a renglón, verso a verso, y de la misma manera lee o relee casi todo lo que han escrito sobre ella los autores de peso, o sea, los del tomo. Pero esa lectura, especialmente la hecha del corpus scriptorum teresiano, está guiada por el objeto de su trabajo con una determinación (cuando lean el ensayo verán qué importante es el término determinación para la santa) y una puntería también teresianas, que realmente impresionan. Leí la obra completa de Teresa, publicada por la editorial Monte Carmelo en formato digital al cuidado de Tomás Álvarez, hace cinco o seis años, más o menos, y confieso que, después de leer UNA HERMOSURA EXTRAÑA, tendré que releerla lo antes posible porque no la leí como Dios y Teresa mandan, aun cuando mi lectura iba dirigida en la misma dirección que la de Piedra. La manera en que él registra esta obra y extrae de ella los datos que necesita para armar su relato no es nada común, está al alcance de muy pocos. Porque no se trata sólo de buscar y encontrar, que ya es mucho teniendo en cuenta la forma discontinua y dispersa en que la santa escribió, sino también de bien interpretar y reordenar en función de. Este ensayo no se aparta en ningún momento de su objeto de estudio. Teresa ofrece innumerables motivos tentadores para hacerlo (otros cedieron ante ellos), pero Piedra no pica. Aquí: construcción poética, construcción poética, construcción poética… Y claro, muy pronto aparecen los hallazgos, las sorpresas… La lectura que hace Piedra está dirigida, además, a encontrar la forma de no escribir palabra que no se corresponda con lo escrito por la santa. Esto no se puede lograr del todo, ya se sabe: la vertiente hermenéutica del trabajo exige interpretación, pero Piedra lo logra en buena medida, en la mayor posible. Por eso puede estar muy tranquilo. Por eso puede decir ante cualquier señalamiento: «ah, no lo digo yo, lo dice ella», y quedarse tan pancho.
Siempre con la diana bien fijada, Piedra comienza por señalar y analizar los antecedentes que explican a la Teresa escritora: niñez / lecturas / crianza…
(Hago aquí un breve paréntesis para remarcar una magnífica sutileza que nos regala el Piedra más teresiano con relación al término Criador, que la santa emplea en lugar de Creador cuando se refiere a Dios. Nos dice él: La santa usa adrede el término «Criador» ―en más de medio centenar de ocasiones―, y no el de «Creador», tan de moda en su tiempo, con la misma intención poética de siempre: buscando la entraña que transfiere la imagen del criador que, amorosamente, da el ser y amamanta a sus criaturas. Cosa ésta no baladí en Teresa. Creo yo que es capital, porque ella fue creada por Dios, pero también criada por Él. Y esto quiere decir que por encima de la educación y la instrucción ―en todos los casos, en todos, mecanismos de adoctrinamiento que ella evitó experimentar fuera de casa―, está la crianza, que es la que transmite a la criatura criada todos los valores esenciales de su cultura. Ella tuvo una crianza cuidadosa en casa, aunque muy pronto quedó huérfana de madre, pero por encima de todo, estuvo siempre a los pechos de su Criador. O sea, que trascendido el Dios platónico, esa Idea que emana ―no crea― ideas o ideíllas, también se trasciende el Dios Creador para llegar al Dios Creador-Criador. Una delicia de resonancias y consecuencias trascendentes. En Teresa y en cualquier otro que haya sido creado-criado por Él).
Expuestos los antecedentes que explican a la Teresa escritora, Piedra comienza a desgranar las maravillas concretas que se arrumban para desembarcar en la canción más larga, compleja y elaborada, tanto en verso como en prosa o a la vez, compuesta en el siglo XVI. Como el ensayo va, sobre todo, de retórica y de poética, voy a centrarme en ello.
Piedra nos presenta a una escritora apartada de la producción industrial de su tiempo […] que nunca pretendió con su escritura hacer el verso más original de la historia, y mucho menos conferir estructura poética a la mística. (Me había prometido no traer la palabra mística a esta reseña, pero hacerlo aquí vale la pena). Una escritora que comienza a escribir rondando los 40 años, bajo expreso mandato de hacerlo, cuando ya acumulaba una enorme experiencia como mujer, como monja y como madre fundadora de una Orden religiosa. Piedra explica muy bien cómo entra Teresa en la escritura, basándose, sobre todo, en lo escrito por ella misma en el Libro de la Vida. Recoge sus miedos, sus dudas, y también sus más firmes determinaciones (determinación en Teresa es sinónimo de voluntad, nos aclara Piedra), entre ellas: no apartarse nunca de lo que le dictaba su experiencia. No diré cosa que no haya experimentado mucho, diría la santa. Esto evidencia las sospechas que provocaban en Teresa la filosofía en general y la teología clásica (cosas del tomo), y claro, en tanto que ramas de la filosofía, la dialéctica y la metafísica. Y evidencia también su desprecio por los fondos y las formas en la escritura que no estuviesen transidos por la verdad. Todo ello lo explica Piedra con maestría a lo largo de su ensayo. Sin embargo, quienes en nuestro tiempo no quieran o no sean capaces de leer bien a la Teresa de Piedra, pueden sentirse tentados a confundir la poesía de la santa con lo que se dio en llamar hace unos años en España poesía de la experiencia. Esa bazofia. Ya en la presentación del libro en Valladolid escuché a alguien apuntando en tal dirección. Y claro, el asunto demanda una aclaración urgente, porque confundir estas cosas sería más injusto y ofensivo para la obra de Teresa que todo el desprecio que padeció en los siglos XVIII y XIX juntos. La experiencia que sustenta la obra de Teresa nada tiene que ver con aquella que, sin ser antecedida por la imaginación ni pasar los filtros de la inteligencia, se posa como una ocurrencia más en la mente del poeta fácil, regalado y palabrero. No podemos imaginar a Teresa escribiendo: entré en la cocina y me encontré a sor Esperanza / hacía frío y le dije / compañera, qué frío hace en enero, / ¿viste la nieve en el patio? ¿A que no? La experiencia en Teresa es cosa muy distinta. Dejemos que nos lo explique el propio Piedra: sería ingenuo hablar […] de la experiencia como de un encontronazo o hallazgo casual, o como dice la propia santa […] como un repique de campanas. Se trata de una determinación racional concreta que ―por verificaciones sucesivas, y no pocas― apuntala cualquier realidad vital, pensamiento, aprehensión, sentido, vivencia interior, o idea, y que en su caso pasan al discurso como una explicación irrebatible. Queda claro.
Al calor de una escritura veraz, con un yo que no admite desdoblamientos, y basada en la más honda experiencia, sensual o no, que huye de las formas convencionales porque no le sirven para captar y comunicar lo que quiere, nace lo que Piedra llama una concepción […] de la obra literaria al natural o a cielo abierto. Y a esta concepción, como es lógico, sólo puede corresponder una retórica particular, completamente novedosa para su tiempo; una retórica que, según Piedra, demanda poca industria, como dice ella, y mucha fuerza. Bien pudo rogar Teresa a este respecto: coloca, Señor, un guardia en mi boca, y un centinela a las puertas de mis labios… (Salmo 140). De esta retórica (no rácana, pero sí medidísima), que está en la base esencial de la poética teresiana en cuanto a su forma, va este ensayo, por más que se refiera a muchas otras cosas también importantes.
El ensayo comienza mostrando a una Teresa que huye de la retórica, que se coloca casi al margen de la misma, en oposición a lo que hacían los autores del tomo. Entonces Piedra se ve obligado a adjetivar: escritura natural / poesía a ras de suelo / acordes populares / retórica al alcance de la mano / retórica cordial / retórica desenfadada / estilo sencillo / palabra sonora, popular, semiautomática y atrapadora / discurso para pobres… En fin, que como la cosa al final tiene que acabar donde debe, porque Piedra de estas cosas sabe mucho, acaba así:
¿Retórica? Claro, cómo no, pero tan bellísima como un proceso alimenticio
y tan auténtica que pasó de Teresa directamente a la modernidad poética en
cantidad de casos.
Retóricamente no hay quien la pille en descubierto. Para escribir solo
necesita comunicar lo que siente y que, además, lo comprendan desde la primera
de sus monjas a la última “esclavilla” del monasterio.
Lo que pretende es materializar su propio discurso y hacerlo visible, por
la vía más elemental, y a través de la experiencia que tiene de Dios. Lo que,
implícitamente, y como tal discurso, desemboca en los mismos o parecidos
recursos retóricos que rechaza.
Para llegar a destino (el viaje en este caso tiene múltiples acicates), Piedra ha explicado quién fue Teresa, cuáles fueron los antecedentes que la hicieron escritora, por qué escribió, cómo lo hizo y por qué lo hizo como lo hizo; cuáles fueron sus razones, sus ambiciones, sus limitaciones, sus vacilaciones y sus determinaciones. Piedra se ha empeñado en demostrar que en Teresa se cumple la sentencia de Wilde colocada en el encabezamiento de esta reseña: los pies de barro dan valor al oro de la estatua. Demostrado queda, sin dudas, aunque en el caso de la santa, los pies de barro pesaron lo justo (poco) en su alma voladora, impulsada por un amor imbatible y por una poética en vena. El ensayo no tiene desperdicio de principio a fin. Lo recomiendo sin ninguna cautela. La obra de Teresa (en verso o en prosa) queda perfectamente encuadrada como obra poética, y colocada donde siempre debió estar, al menos, donde debe quedar instalada para los “cuatro” lectores que le corresponden en el siglo XXI. Para mí la lectura de UNA HERMOSURA EXTRAÑA ha sido una magistral lección de poesía. Y mientras la poesía siga siendo lo que siempre fue (que la cosa va mal en este sentido, como en tantos otros), seguiré leyendo los discursos de la vida y del entendimiento teresianos como una de las expresiones poéticas más altas de todos los tiempos. Creeré en ellos con la misma ingenuidad militante que mostraba Ángel Crespo con relación a La Comedia: Seguiré creyendo en el sistema astronómico de Ptolomeo hasta que el de Copernico inspire una obra poética como el Paraíso de Dante. En cuanto a Piedra, de nuevo le doy las gracias. ¡Bárbaro, poeta! Que sepas que imagino a la santa leyendo tu ensayo, esbozando una sonrisilla socarrona y sentenciando: Porque es verdad lo firmo. Teresa de Jesús.
viernes, 7 de abril de 2023
HOLA, SOFÍA
I
Crotora la cigüeña. El ciervo, mariscal
del salto (y del sobresalto), tensa las
ancas. La luz se apronta sobre los
varales donde holgaba. La tarde, ta-
quicárdica. La noche a punto de do-
blarse sobre ella, sobre sí misma, como
si esperase un salivazo de la Suma
Lámpara. Bonitamente abarquillados
sobre el horizonte, los siete rabos de
mi pensamiento intentan camelarme,
arrastrarme, quizás, a una calma in-
genua dado el escenario. No. La luna,
esa piruja… «Algo pasa». La luna sale
con su risa hembra. El ciervo salta. «¡Quién
va!». Un llanto innegociable abre,
blasona un tiempo para su imperio.
II
Hola, Sofía. Por una de las puertas
blancas que tiene el corazón de la no-
che, por ésa (qué tino, mi niña, qué
tino) de goznes obviamente azules, ce-
rrada a la duda cartesiana como se
cierra el nido al caviloso lagarto apare-
ciste. ¡Eres! En el pupitre de Dios tu
nombre rompe. Satán arruga la nariz
y un sinnúmero de nociones oblicuas
desatan la baraja. Juguemos, novia
de nadie todavía, a las adivinanzas. Yo:
Adivina, cielo (esperaré tu respuesta
los siglos que haga falta), en el justo
momento de tu arribo, detrás de tus
ojos alunados (los míos al loro), qué
hacía el esquimal con la gardenia.
lunes, 14 de noviembre de 2022
TANTAS RAZONES PARA ODIAR A EMILIA. FERNÁNDEZ PEQUEÑO Y SU RISTRA DE OJOS
TANTAS RAZONES PARA ODIAR A EMILIA. FERNÁNDEZ PEQUEÑO Y SU RISTRA DE
OJOS
Se cuenta que en la Grecia
clásica (¿dónde leí esto?, ahora no lo recuerdo, ¿en Plutarco?), dos
arquitectos que optaban a la ejecución de un monumento muy importante (¿sería
en Atenas?) se presentaron ante las autoridades encargadas de adjudicar el trabajo.
El primero agotó a los oyentes, pues empleó mucho tiempo en explicar su proyecto:
contó cómo lo llevaría a cabo, y dio todo tipo de detalles en relación a. El
segundo se limitó a decir: «todo eso que dijo mi colega, lo haré
yo».
Y así fue, claro.
La reciente lectura de “Tantas
razones para odiar a Emilia”, de Pepe Fernández Pequeño, me recordó esa
anécdota, quizás porque comprobé una vez más que este escribidor superdotado pasa
de todas las teorías (las conoce, cómo no, por supuesto que las conoce) que pueden
afectar su trabajo, para poder trabajar con éxito. Pepe escribe como sabe, esto
es, espléndidamente, sin dejar que el teórico que lo ronda lo atice o lo frene.
¡Bingo! Pero para poder hacer esto, o sea, para aplacar al dios de la compostura (Virginia Woolf), hay que obrar
desde la tradición. Puede que por eso la misma Virginia, y en la misma obra en
que escribió lo antes citado, haya dicho en voz alta: ¡Benditas son todas las tradiciones, todas las salvaguardas, todas las
limitaciones! Así que este arquitecto
del desparpajo, como lo llama Evelio Traba en el magnífico prólogo (más
adelante matizaré esto) que escribió para la edición de la novela, no escribe
en el aire o desde el aire, sino muy bien afincado (sea más o menos consciente
de ello) en la mejor tradición de la lengua castellana. De esta manera, su
desparpajo, que tiene garantizada la ligereza (es fácil ser pesado, difícil ser ligero. Satán cayó por la fuerza de
gravedad, dijo Chesterton), tiene garantizado también el más caro de
los órdenes, el que nace, no de las teorías impuestas por la instrucción, sino
del conocimiento profundo de su lengua, ganado en la crianza y retenido por el
mayor de los talentos posibles: el sentido común del hombre talentoso que vive
más que piensa. No acude Pepe, como hacen otros muchos con mayor o menor
suerte, a Joyce o a Kafka (por más que haya referencias al segundo en su obra)
para resultar formalmente creíble en su tiempo. Es más, no acude a nadie. Se
limita a no impedir que la veracidad de su lengua brote cual un manantial tan
eterno como mañanero. Y este manantial viene del dieciséis y el diecisiete
españoles. ¿De dónde, si no? ¿Puede alguien superar en desparpajo, en
cachondeo, en picardía a Cervantes / Quevedo / Lope / Diego Hurtado de Mendoza
/ Gracián…? ¿Puede alguien acercarse siquiera a Santa Teresa en cuanto a fina y
sutil ironía se refiere? No. Pero no importa. Simplemente hay que dejar que las
claves y llaves del idioma, que ellos guardan, se acomoden en nuestros
bolsillos después de penetrar el presente y de embarrarse en él hasta los
huesos. Punto. Ni vanguardias espurias ni romanticismo barato. Para resultar
sabroso, y no ya sabroso, sino medianamente digerible, hay que huir tanto del
medievalismo lírico de los románticos y postrománticos (destetados con leche de gárgola, dijo de ellos José Corts Grau),
cuanto del academicismo antilírico, reseco y gramaticando (Lope) de los modernos, destetados con leche de
máquina, digo yo.
Por todo lo antes dicho, leer a Pepe
es siempre un enorme placer. Porque su desparpajo, su desenfado y su soltura, bien
engranados y aceitados, perfectamente medidos, además; son correctísimos, y,
sobre todo, son verdaderos. Son verdad sintáctica y poética. Son verdad en
términos de habla y de lenguaje; y claro, también en términos de escritura, de
literatura. No hace falta que suelte más adjetivos, que me esfuerce a este respecto.
Que Pepe resulta veraz es verdad simple
que requiere tropo escaso (Byron). Leedlo y ya me diréis. Esta novela, que
me llega después de haber leído con fruición “El arma secreta” y “Bredo, el
pez”, no es una rareza, es la confirmación de que en la obra de Pepe las
virtudes referidas son una constante. En este caso, sin embargo, quiero hacer
énfasis en la poesía presente en la obra.
Latente en toda su extensión, dispersa (y concentrada a la vez) en sus
entrelíneas; y patente en unas imágenes poéticas que ya pueden (podemos)
envidiar muchos poetas en ejercicio. Comparto aquí algunas de ellas:
Hasta donde el horizonte niega la mirada.
La tarde sangraba una
luz púrpura.
Los ángeles de la
devastación han comenzado su ascenso desde las entrañas de la mesa.
Lamió el aire con el
tono de su voz.
La palabra muerto
hacía gimnasia entre sus atolondradas neuronas.
Las constelaciones
desprecian a las palomas.
Santo Domingo: un
lugar donde el viento hace magia.
Una ristra de ojos.
Todos los mares son, a
fin de cuentas, un mismo mar de tiempo.
¿Quién da más? Ahí lo dejo… Pero
también quiero sobresaltar la sabiduría presente en la obra, precisamente esa
que arraiga en el sentido común filtrada por la inteligencia; y, potenciada por
la ironía, la agudeza y el humor, acaso coqueteando con la poesía, nos
estremece tanto como ésta. La novela entera está transida de esa virtud, de esa
gracia. Para no ser cansino, os traeré sólo tres frases como ejemplo:
Viendo que su ceja
izquierda no desciende ni la derecha sube a buscarla.
Todo el mundo tiene
una ambición que lo hace gobernable.
Como Sherezade en la
noche mil dos.
Ahora, y con permiso del autor,
resumiré muy brevemente el asunto de la obra: Dos hombres de muy distinta
procedencia social, y entre ellos, una mujer: Emilia o Reina, según el caso.
Esta última es un personaje casi fantasma, pues sólo encarna en las
postrimerías de la novela para coser una trama que por momentos se descose (en
la estructura sí que Pepe rinde un tributo tibio a algunos vanguardistas del
veinte y del veintiuno, pues, como lo somos todos hoy día en mayor o menor medida,
qué remedio, es postmoderno), dejando entrar en ella varios cuentos más o menos
constituyentes. Sí, Pepe es un cuentista irredento. (Río). Las tripas de su
novela incorporan algunos cuentos medio camuflados. Sólo viéndolo así nos
explicamos bien la solución formal de varios subtemas (los subtemas, tan
propios de la novela actual) que no siempre apuntan, al menos directamente y
con la misma eficacia, a la trama dominante. Estos son, por ejemplo, la
identidad cultural del Caribe (ay, qué fatiga me produce eso), el arte, la
crítica del arte, los problemas sociales presentes en aquellos (nuestros)
países, etc, etc, etc… Marcos (el millonario) y Osvaldo (el artista), junto a
otro artista colombiano, una profesora cubana y tres muertos-vivos (¿un guiño a
la Comala de Rulfo?), dan voz a los contrarios que agitan los subtemas de la
novela. En este punto debo confesar que Osvaldo, el artista (para más señas,
cubano), el artista colombiano y la profesora, también cubana, me resultan del
todo insoportables. No culpo a Pepe de esto. Para nada. Una vez que decides dar
entrada en la novela a los mencionados subtemas, debes ser coherente y veraz;
debes recoger los paradigmas de cada una de las posiciones, tan simples o
complejos como estos sean. Y aquí, en este preciso sentido, el pensamiento de los
personajes que mencioné antes resulta simplón, palabrero,
panfletario… Por eso me producen urticaria. No puedo identificarme con ellos.
No me cabe duda de que están sacados de la realidad. No son personajes-idea.
Qué va. Sus posicionamientos son el testimonio de que el victimismo sigue
campeando a sus anchas en el Caribe, en toda Hispanoamérica. Vean algunas
frases de estos súper americanos. Incluso noten la contradicción en que caen la
segunda y la última:
Añejos críticos
europeos y cetrinos galeristas yanquis.
Frágiles críticos
europeos y biliosos galeristas yanquis, sostenidos por los más curtidos
artistas y críticos caribeños.
Ese ron ya está pago.
Lo pagaron nuestros abuelos trabajando como unos esclavos para el señor
Brevión.
El galerista de
Connecticut, en cuyos ojos azules creo detectar una sutil y malvada sombra
alienígena.
Una peste a europeo
rancio que le desgracia el apetito a cualquiera.
La esquina del saber (donde
están los profesores europeos) versus la esquina del sabor (donde están los
mestizos americanos, quiero decir, los
no yanquis).
Así se las gastan esos personajes
que, tan sin tapujos o trampantojos, nos ha mostrado Pepe, a quien debemos
agradecerlo por más que nos incomoden. Así son. Así piensan. Así hablan. Así vamos…
¿Cuántos de nosotros queremos mirarnos todavía en semejante espejo? Y ¿cuántos de
nosotros pensamos todavía que el Bayamo de 1953, donde nació Pepe era, como nos
dice Traba en el prólogo (insisto, el prólogo es magnífico, está brillantemente
escrito, pero…), semicolonial? ¿Semicolonial?
Este término parece sacado de un manual chavista, a su vez sacado de uno castrista, a su vez sacado de uno soviético, a su vez sacado de uno jacobino, a su vez sacado de otro (acaso el pionero) francoilustrado… Y ¿cuántos de nosotros
afirmaríamos con Traba que el Caribe
esgrime un pensamiento postcolonial, cuyas prácticas culturales siguen siendo profundamente coloniales?
Ay, qué cómodo y qué barato resulta el victimismo; y qué limitante, qué
paralizante, qué destructivo. Qué fácil se lo ponemos a veces a los demagogos…
a los tiranos. Me voy con Cervantes y Espronceda:
Cabecita, cabecita,
tente en ti, no te resbales,
y apareja dos puntales
de la paciencia bendita.
Cervantes
Aquí, para vivir en santa calma,
o sobra la materia, o sobra el
alma.
Espronceda
lunes, 25 de abril de 2022
A CONTRATIEMPO
El cementerio lleva
tres días patas arriba. Desde que enterré al Yonki (¿lo conociste?, ¿lo
recuerdas?) en la N-017, encima de su madre, la señora Eulalia, mis huestes
están desorbitadas, van muy locas. Son en realidad las Suyas, las huestes de
Dios que ayudan a desenmarañar y liberar las almas exhaustas o entretenidas. Fauna
cadavérica le llaman los sabiondos. ¿Qué te parece? Ja. Son un ejército divino.
Tragones de cuello negro: ácaros, hormigas, larvas, gusanos, escarabajos… Un
tropel de esforzados animales, de telúricos obreros inspirados y sufragados por
el Cielo, que compiten por la aprobación del Altísimo. Desalojar al alma de su
choza, si es que el alma, en un ataque de querencia, remolonea, o, por estar
muy apaleada, flaquea. Esto no ocurre a menudo. Las almas casi siempre ahuecan
a su hora, créeme, pero… Bueno, a veces hay que ayudarlas. Consumir la choza.
Digerirla. Excretarla hecha engrudo, antesala del fango. Y después, con suerte,
del fango al polvo: orgánico, alado, celestial (sí, por qué no, también enamorado), cósmico. De eso se trata. Y de hacerlo con eficacia, demostrando al
Señor que su harén espiritual no necesita de la cremación para volar hacia Él
en pos de juicio y sentencia con la velocidad que parece demandar la época. Qué
prisa para todo, coño… Han bajado del monte y subido de la ribera, seguro,
porque la rapidez con que están dando cuenta de la chola y el hígado del Yonki
no es normal…
Así arranca la novela que acabo de publicar en Difácil: A contratiempo. Y esto que escribo a
continuación es lo que pone en la contraportada del libro:
Palas, el protagonista de A contratiempo, es un abogado de éxito que tras tener un accidente automovilístico, en el que fallece su mujer, y pasar un largo período en estado de coma, deviene sepulturero de un pequeño pueblo, porque así pretende contactar con el alma de la difunta, Inma, enterrada allí.
Ferozmente enfrentado a las incineraciones, al margen de la sociedad y
acompañado por las almas que cree rescatar, y que moran en un singular sotocielo, Palas enfrenta su pasado; y al hacerlo, a
la vez que experimenta un íntimo y muy agudo conflicto psíquico, se posiciona
frente a muchos de los problemas que aquejan a la sociedad actual, mostrando
cómo inciden en su pueblo, su país ―ambos de acogida― y
su cultura: hispana, europea, occidental…
Con una prosa arrebatadora, un ritmo trepidante y poblada de tipos
absolutamente extraordinarios, esta novela nos ofrece una radiografía del
hombre de hoy a partir de un personaje que no encaja en los paradigmas mejor
aceptados por la sociedad. Cargada de humor y políticamente incorrecta, pondrá
al lector ante un espejo del que no podrá apartar la mirada. Unas horas de
lectura. Una montaña de preguntas. Y al final, a pesar de la persistencia de
las pérdidas, cuando ya no lo esperas…
Y esto otro añado yo:
Os prometo brevedad (unas 130 páginas) e intensidad. Además,
espero sacaros alguna que otra sonrisa socarrona a quienes leáis la novela. La
edición, como todas las que salen de Difácil, exquisita. La portada, perfecta,
ajustadísima al asunto tratado. Os confieso que envidio a su autor. Estaría muy
orgulloso de ella si la hubiese diseñado yo. Estoy orgulloso de ella en
cualquier caso. El libro es bonito. ¿Qué más?... Ah, el precio: considerado, indoloro.
Eso, indoloro. Invitados quedáis.
Si queréis comprarlo, podéis pedirlo en cualquier librería.
Además, tenéis otras múltiples opciones para hacerlo. Os listo algunas de
ellas:
Desde España:
https://www.difacil.com/tienda/a-contratiempo/
A Contratiempo de Tamargo, Jorge 978-84-92476-94-7 (todostuslibros.com)
Desde Estados Unidos:
En otros países de habla hispana,
no sé qué Amazon funcione mejor, si el propio del país, el de España, o el de
U.S.A. Por si acaso, también os doy el enlace para Amazon-España:
viernes, 18 de febrero de 2022
LOS COLORES DE PSIQUE
viernes, 14 de enero de 2022
LOS COLORES DE PSIQUE. EL MEMORIOSO
MEMORIOSO (TAMBIÉN CONOCIDO COMO CULTO)
(AMARILLO ÁMBAR)




