viernes, 7 de febrero de 2014

Antojos del azar en el “cosetodo” de la memoria





No sé si Dios usa seudónimos, ni si El azar es uno de ellos como creyó Anatole France. No sé qué pensar sobre la concepción aristotélica del azar, entendida como una colisión de cadenas causales independientes; ni de la lezamiana, que en última instancia deja su azar concurrente también en manos de Dios. Pero ¿cómo dudar que el azar obra de continuo en nuestras vidas? Aunque lo reduzcamos, con Bersong, a algo que sólo tiene sentido para el expectante ser humano, siempre que estemos vivos, por más que evitemos vivir azarosamente, en alguna medida estaremos expuestos al azar. Y menos mal que así es, porque una vida en ausencia de este incontrolado agente del futuro, entraría en vía determinista y nos condenaría al tedio. Pues para el hombre no hay nada más ajeno a la esencia misma de lo por venir, que la proyección lógica, estrictamente causal, y entonces predecible, de lo ya experimentado y sabido. Pasamos la vida protegiéndonos del azar, digo mejor: de sus posibles efectos negativos, pero logramos muy poco. Y muchas veces pagamos por ello un alto precio sin demasiado sentido, porque el azar siempre, siempre aparece en el camino para bien y para mal. Quien no se embarca no se marea, como dice el refrán, y mucho menos naufraga, pero ¿acaso no estamos embarcados en la travesía más peligrosa posible desde que asomamos al Ser ceñidos a un posesivo y pegajoso Yo?

Hoy pienso una vez más en esto con alegría, porque llevo un par de días disfrutando los efectos de azares placenteros. Resulta que anteayer leí en “Diario de Cuba” un texto de Abilio Estévez titulado “¿Por qué escribo?”. El texto es magnífico todo él, muy recomendable para todos, pero para mí cobró un especial sentido cuando Abilio contó que, en los años ’70, visitaba con Virgilio Piñera la casa de los Gómez en las afueras de La Habana. Rápidamente intuí que se refería a la quinta que tenía Juan Gualberto Gómez, un personaje histórico relevante en la lucha por la independencia de Cuba, en la Calzada de Managua, a la altura de “La Lira”, mi barrio, donde entonces vivían, ya mayores, sus descendientes. Así fue. Entre los años 75 y 77, Abilio acompañó todos los sábados a Virgilio en su visita a los Gómez de mi barrio. Nada especial, si no fuera porque en esos mismos años yo, entonces un adolescente (nací en diciembre del 62) noviaba con una chica de la familia, y justo frente a la verja de acceso que tenía la pequeña quinta, pasé muchas horas esperándola, como también las pasé esperando las guaguas de las rutas 4, 25 y 68 que hacían una parada exactamente allí. Y es que nací a pocos metros de este lugar, donde además viví durante 20 años. Un sitio misterioso aquella casa, con su arboleda incluida. Los descendientes de Juan Gualberto eran muy introvertidos, vivían en su microcosmos completamente ajenos al mundo exterior. Apenas salían a la calle. Apenas saludaban, y yo, ni siquiera por tener durante un tiempo especial relación con una de sus sobrinas, crucé nunca aquel enrejado umbral… De pronto aparecen en escena Virgilio y su amistad (para mí insospechada) con esa familia. Sí, Virgilio la visitaba en el mismo momento en que yo más tuve que ver con ella. Al misterio sostenido en el aislamiento físico y social de los Gómez, se suma entonces la presencia de un maduro Virgilio y de un joven Abilio (la rima, como podrán comprender, no es mía; río…) en tan especial ámbito. Tuve que cruzarme con ellos, seguro, pero eso es lo que menos importa. La anécdota para mí es amable porque sitúa a Virgilio, un autor que aprecio especialmente, y a Abilio, otro gran escritor cubano, en un espacio vital compartido, pero, sobre todo, porque abre vías de muy distinto orden en mi memoria. A través de esta anécdota regresé a mi barrio, recordé a Machado, su eterno limpiabotas, quien tenía el sillón en un soportal enfrentado por un flanco a aquella quinta, que claro, también repasé minuciosamente, con sus altas tapias, su pequeña casita al fondo, su tupida arboleda y sus enigmáticos moradores. Recordé mi temprano noviazgo con aquella chica (M.) cuyo nombre completo callo por no tener su expresa conformidad para lo contrario...

Pero estas cosas seguramente no habrían bastado por sí mismas para que escribiera sobre ellas, y mucho menos para que los invitara a leerme. Resulta que mis recuerdos, abundantes en rostros, escenas cotidianas, arquitectura, paisaje, luz, ruidos, etc, por alguna razón no tenían todavía música. La imagen de Virgilio, preterido por el oficialismo, cercano al final de su vida, frecuentando una casa habitada por gente que vivía totalmente al margen del medio que los rodeaba en todos los sentidos, (créanme, aquella quinta era una perfecta ínsula extraña) tuvo la suficiente fuerza como para retenerme en los predios de la poesía, la dramaturgia y la política, por encima, incluso, de mi “hormonada” relación con M. Ni siquiera la música cupo inicialmente aquí, hasta que ayer José Miguel López compartió en Facebook un enlace con un vídeo en el que Ann y Nancy Wilson versionan “Escaleras al cielo”, de Led Zeppelin. El azar obró de nuevo, y esta vez para redondear mis recuerdos y cargarlos de potencial poético.

Resulta que M. y yo, como casi todos los chicos de entonces, escuchábamos rock con un entusiasmo casi delictivo. Pero además, Led Zeppeling era uno de nuestros grupos preferidos de rock puro (el mío, desde luego; lo sigue siendo) y “Escaleras al cielo” era entonces uno de nuestros himnos. La versión de las Wilson es muy buena. Allí aparecen, escuchándola, John Paul Jones, Jimmy Page y Robert Plant, distinguidos en el 2012 con el Premio Kennedy. Muy emocionante todo. Lo vi y escuché varias veces. Se lo recomiendo. Pero para mí, un incondicional de este grupo y esta pieza, el vídeo tuvo un interés que va más allá de ellos. Insisto, ayer puse la música precisa a la anécdota que comencé a gozar anteayer, y entonces ésta redondeó su sinsentido, o, si lo prefieren, su complejo y contradictorio sentido para mayor goce aún. En un país donde estaba mal visto, cuando no prohibido, casi todo lo que no implicara la adhesión incondicional y mansa a la propaganda del régimen, donde por épocas no se difundieron, y hasta se prohibieron el jazz o el rock, dos jóvenes que, como otros muchos no aceptaban tales estupideces, escuchaban música popular “del enemigo”, entonces de actualidad en todo el mundo. Escuchaban por ejemplo “Escaleras al cielo”, de Led Zeppelín, sin entender para nada su críptica letra, justo a las afueras de un microcosmos perfecto, anacrónico y extraño, donde los herederos de una figura histórica manipulada a su favor por la dictadura, se inhibían de participarla, se protegían de ella anclados en gustos y usos del pasado… En esta tensionada escena, aparece un gran intelectual proscrito con uno de sus jóvenes discípulos, para penetrar, validar y cargar de múltiples resonancias aquel nido de anacoretas… Así quedan las cosas:

Juan Gualberto Gómez, mulato criollo, descendiente de esclavos africanos que lograron comprar la libertad de su hijo antes de que naciera; figura importante en el proceso histórico que concluyó con la independencia de Cuba, periodista y político, hombre culto, compra o construye (no lo sé) una quinta en "La Lira", barrio habanero donde nací. Sus nietos, aun cuando el régimen castrista manipula a su conveniencia la importante figura del abuelo, viven absolutamente al margen del mismo. Se aíslan del medio social encerrados en la casa familiar. Para nada participan de la dinámica doctrinal y represiva que el gobierno impone a afectos y desafectos. Gracias al pedigrí independentista de la familia, y a su avanzada edad, son soportados, que no aceptados, por el aparato represor del castrismo. En su marginado universo, según cuenta Abilio, pues en el barrio poco o nada se sabía sobre ellos, (apenas se les veía) observaban su propio horario: sueño diurno y vigilia nocturna. Allí, en noches y madrugadas (quién lo habría sospechado) se escuchaba música y se hablaba de literatura. Seguramente también de historia y política, cómo no. Entonces aparece Virgilio, un gran poeta y dramaturgo, que por serlo con todas las consecuencias, y por ser además homosexual, también con todas las consecuencias, vive un largo y riguroso ostracismo intelectual, apartado de los foros y mentideros oficiales donde entonces se levantaba el flamante realismo socialista. Virgilio se hace acompañar por un joven escritor, Abilio. Un adolescente del barrio, yo, a la sazón rondaba aquella casa detrás de una chica, pues ésta, aunque no vivía allí, visitaba frecuentemente a su familia. Nunca entré. Confieso que entonces mis impresiones sobre aquella gente eran muy contradictorias. Sabía que eran anticastristas, y no sólo por su actitud, que habría sido más que suficiente para llegar a tal conclusión, sino porque su sobrina lo dejaba entrever, al menos ante mí que también lo era, lo soy. Pero por otra parte, su extrema introversión, que a ojos de los demás rozaba la misantropía, hacía imposible cualquier intento de acercamiento… Aunque no hablé de ello con Abilio, supongo que la música que se escuchaba en aquellas tertulias casi “conspirativas”, en aquel reducto forzadamente antisocial, era clásica, o al menos no era rock, como la que escuchábamos al otro lado de la tapia los adolescentes y jóvenes que vivíamos en el barrio, incluidos M. y yo… Cuba y aquella quinta: dos islas perfectas, una dentro de otra. Dos esferas superpuestas, estancas, penetradas sin embargo por la música y la literatura… el azar.

Con el tiempo, Abilio, quien tuvo el privilegio de entrar con su maestro en aquel “apartadero” para espíritus no adocenados, me da las claves con que hilvano esta anécdota en el inclusivo “cosetodo” de la memoria. Y la referida versión de “Escaleras al cielo”, de mis amados Led Zeppelin, llega justo a tiempo para demostrarme una vez más que el azar tiene antojos como las mujeres preñadas, y propicia partos muy raros.

Ahora, sereno y contemplando la vida a la distancia exacta, veo una dama segura de que todo lo que brilla es oro, que está comprando una escalera al cielo… Lleva más de 150 años intentando la compra, probando el producto con su isla en peso a las espaldas, sin notar que la escalera apoya en el susurrante viento…  Ay, ¡País mío, tan joven, no sabes definir!

Muchas gracias, Abilio. Tu texto, exquisito. Tus motivos para la escritura, poderosos, convincentes… Te perdono que hayas dicho que mi barrio está en las afueras de La Habana. Ya ves, ni siquiera Barcelona o Valladolid están del todo a las afueras de aquella réplica, resonante y azarosa, de la suma maravilla ática. 




 

sábado, 1 de febrero de 2014

La diferencia es lo inefable… Absurdo duelo entre poesía y prosa.




En los departamentos de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada los géneros literarios siempre han sido motivo de disputa. Ahora bien, nunca nadie había llegado tan lejos como un exprofesor de los Urales (Rusia) que ha sido detenido por matar a un compañero que defendía la narrativa por encima de todos los demás géneros literarios. 

Según ha informado la agencia de noticias Rianovosti, el suceso se produjo la pasada semana. Los dos hombres discutían ebrios sobre qué era más importante: si la lírica o la prosa. La víctima de 67 años y miembro del Comité de Investigación de la Región de Sverdlovsk defendía a capa y espada que solo a la narrativa se le podía considerar «verdadera literatura». Se cargaba con este razonamiento de un plumazo toda la lírica y la dramaturgia, algo que su compañero de debate no soportó. La discusión se caldeó y llegó a las manos con el trágico desenlace ya conocido: el partidario de la poesía mató al defensor de la prosa. El presunto homicida ha sido arrestado y ahora se enfrenta a quince años de prisión…

Hace algunos días leí esta noticia en la prensa. El suceso me inquietó en varios sentidos: la causa, su efecto y las circunstancias en que ocurren ambos… ¿Un duelo trágico entre dos borrachos? ¿Dos víctimas de pasiones románticas, agónicas, cuyo encontronazo tiene el final más “honorable” posible: el uno a la tumba y el otro a la cárcel? ¿Un incidente sin relevancia, más allá del daño concreto ocasionado a los implicados y sus allegados, y que, sin embargo, sabemos en todo el mundo “gracias” a la prensa amarilla? Pero ¿en Rusia todavía matan y mueren por estas cosas…?  La noticia acaba apuntando: Esta no es la primera vez que un debate intelectual termina manchado por un reguero de sangre en Rusia. En septiembre de 2013, un hombre disparó a sus compañeros de tertulia en una cervecería de la ciudad en Rostov por su desacuerdo en la interpretación que hacían del legado filosófico de Immanuel Kant. Madre mía, qué cuidado han de tener allí quienes todavía creen ciegamente en tales asuntos... Sí, algo positivo tal vez haya en todo esto: donde se quita y se pierde la vida en semejantes disputas, el escepticismo aún no hizo su agosto. ¿O se trata de un romanticismo estéril, sin más, agravado por el consumo desmedido de alcohol?

Los rusos son apasionados y románticos. Fueron (¿todavía son?) grandes duelistas entre los siglos XVII y XIX. Algunos de los más grandes poetas rusos de todos los tiempos participaron con desigual suerte en numerosos duelos. Pushkin y Lérmontov murieron batiéndose por razones de honor, Griboyédov perdió una mano en similar trance, Gumiliov y Voloshin también tenían fama de “echados para alante”, debieron participar en varios duelos. Pero ¿en pleno siglo XXI, una disputa intelectual puede llevarse a estos extremos?

Bueno, hasta hace “dos días” en el mundo hispano eran frecuentes los “lances entre caballeros”. Tal vez no debía resultarnos tan raro lo acontecido en Rusia. En 1952, hace sólo 62 años, Salvador Allende, senador y futuro presidente de Chile, sostuvo un duelo a pistolas con el también senador chileno Raúl Rettig. Vale, dispararon al aire, pero lo hicieron. En España, hasta bien entrado el siglo XX, los duelos eran cosa normalísima. En duelos de honor se batieron, por sólo citar algunos ejemplos significativos, Vicente Blasco Ibáñez, por asuntos políticos, y Valle Inclán, por discrepancias en tertulias literarias. En Cuba, hasta los años ’40 del siglo pasado, los eventos de este tipo también eran comunes. Ramón Grau San Martín, ya presidente de la República, retó a duelo al periodista y director de la célebre revista “Bohemia”: Miguel Ángel Quevedo. Si lo hacía el primer mandatario… Todavía en épocas muy recientes, el hispano, como el ruso, apasionado y romántico, quijotesco para empeorar las cosas, era capaz de matar y morir “con honor” a causa de mal llevadas diferencias artísticas o intelectuales.

A comienzos del siglo pasado (1916) en La Habana ocurrió un suceso de este tipo realmente trágico. El escultor italiano Doménico Boni, que unos años antes había ganado el concurso internacional para levantar un conjunto escultórico alegórico la figura del general mambí Antonio Maceo en un relevante enclave de la ciudad, murió en duelo con un periodista habanero por no saber encajar sus malintencionadas críticas. Del hecho escuché varias versiones, pero la más creíble es ésta: Boni, que, aunque italiano, a la sazón vivía en Madrid, entonces uno de los principales centros del arte escultórico europeo, se presentó al referido concurso en 1911 y lo ganó. El fallo del jurado fue muy contestado, porque participaron figuras de alto relieve internacional, y Boni era un desconocido; estuvo a punto de ser revocado, pero finalmente el joven escultor recibió el encargo. La importante obra se ejecutó en España, y en 1916, ya concluida, se trasladó a La Habana para su implantación definitiva. Con ella viajó Boni, como es lógico, para dirigir su fase final y participar en la inauguración.

Al parecer, antes de ser definitivamente montada la estatua ecuestre que corona el conjunto, un periodista habanero (no sé su nombre, ¿acaso sería el famoso Antonio Iraizoz, renombrado y exitoso duelista patrio?) publicó una crítica mordaz sobre la obra que, entre otras cosas, ponía en duda hasta su mera viabilidad estática. Ciertamente la escultura, con el caballo rampante apoyado sólo en sus cascos traseros, era (es) atrevida, y el poco entendido periodista, según cuentan, la atacó sin miramientos. Pues bien, Boni, convencido de que su obra era viable, pidió explicaciones al periodista y le exigió que se retractara. Pero éste se negó, y no satisfecho con ello, provocó a Boni hasta que el escultor se vio forzado a proponer un duelo. Entonces los periodistas, obligados por su “peligroso” oficio, eran todos expertos en esgrima y armas de fuego, estaban muy acostumbrados a estos lances. Boni, tal vez no había empuñado nunca antes un arma, y únicamente contaba con su orgullo, con la fe que el artista suele tener en su obra. Por defenderla se batió en duelo y murió. Estaba condenado. Sin embargo, el conjuto escultórico fue inaugurado según lo previsto, y la estatua no sólo se sostuvo sobre sus escasos puntos de apoyo, sino que allí se mantiene, frente a ciclones de todo tipo, desde entonces y hasta ahora en perfecto estado de equilibrio estático, de gracia aérea… Las convicciones y el honor mal entendidos han matado siempre, a veces a los mejores, los menos prescindibles. En esta historia murió el poeta a manos del prosista.

Mas regresemos a la noticia que nos ocupa. Aun extrañado por el desenlace de la disputa entre los profesores rusos, especialmente por el cariz romántico que subyace en él (sí, lo confieso, feliz porque haya gente que crea en lo que creo, pero en la misma medida que sobrecogido por su trasnochada y mal encauzada gallardía) no pude evitar tomar partido en el debate, y claro, sentí especialmente que fuera el defensor de la poesía el asesino. Es cierto que debe resultar difícil escuchar a un colega, profesor universitario para mayor culpa, decir semejantes tonterías, pero, si alguien debe estar seguro en un debate de este tipo, es quien está del lado de la poesía, en cuyo nombre, es obvio, no se ha de morir a estas alturas, pero mucho menos se ha de matar…

Algo no me cuadra aquí, o estaba muy borracho el homicida, o de poesía entiende muy poco y por ello se sintió inseguro. Porque la reacción normal de un conocedor de la materia que escuche a otro decir, por ejemplo: solo a la narrativa se le puede considerar verdadera literatura, es evitar cualquier posibilidad de discusión con él. Tal afirmación descalifica automáticamente a quien la hace. Resulta absurdo debatir sobre esto partiendo de tal necedad en la contraparte. En su “Dialéctica erística” (capítulo final "Sobre la controversia") Schopenhauer cita a Goethe: Nunca, incauto, te dejes arrastrar/ a discusiones;/ que el sabio que discute con ignaros/ expónese a perder también su norte. También en la "Estratagema final" cita a Aristóteles: no discutir con el primero que salga al paso, sino sólo con aquéllos a quienes conocemos y de los cuales sabemos que poseen la inteligencia suficiente como para no comportarse absurdamente, y que se avergonzarían si así lo hiciesen… Entonces, ¿cómo un verdadero amante y conocedor de la poesía puede matar a un idiota porque haga gala de su condición y diga tales disparates? ¿Y esto entre profesores universitarios? Bueno, en el librito citado, Schopenhauer, que es muy radical, también dice: …el que enseña una materia raramente la conoce en profundidad, pues, precisamente, a aquél que la estudia con amplitud le sobra poco tiempo para la enseñanza.  

En fin, el incidente es infeliz y raro por varias vías: la incompetencia de los actores, su carácter romántico y pendenciero, el consumo de alcohol que lo agrava... Fuera incluso cómico si no hubiera acabado tan mal. Es una lástima, porque alguien capaz de matar o morir por la literatura debe estar realmente interesado en ella… Con lo fácil que habría sido evitar el trágico desenlace. El principal culpable es el defensor de la poesía, está claro, y no sólo por asesino. Debió retirarse del debate ante la primera aseveración estúpida de su colega. La poesía no necesita defensa alguna ante tales desvaríos. La poesía señorea en la imaginación y la inteligencia desde que éstas enfilaron hacia el hombre, está en la base misma de su consecución. Quien se vea empujado a defenderla ante ataques tan básicos, mal anda… Acabo. Y mal haría yo también si lo hiciera desgranando ejemplos que validen lo que he dicho. Insisto, no hace falta, sería un esfuerzo ocioso, sobre todo teniendo en cuenta el tipo de lector que me supongo. Pero quisiera terminar con un pequeño fragmento de una entrevista que leí hace poco, hecha por una poeta a una narradora. Clara Janés (poeta) conversa con Rosa Chacel (narradora):

CLARA: ¿En qué se diferencia la poesía de la prosa?

ROSA:    La prosa es una información de la realidad, hay un procurar simplemente,    
                aunque detesto la idea de relato (y la de observación no digamos, eso para mí
                es intolerable); la prosa es un esfuerzo por conseguir la presencia de la  
                realidad.  

CLARA: ¿La poesía entonces no tiene que ver con la presencia de la realidad?

ROSA:    Sí, también, pero de la realidad poética. La diferencia es muy grande, la
                poesía es lo inefable. ¿Cómo puede alguien pretender definirlo?, sería
                absurdo, la diferencia es lo inefable, únicamente.

CLARA: ¿Es por ello un riesgo mayor escribir poesía?

ROSA:     Sí, claro, un riesgo mucho mayor, por supuesto. La prosa es mucho más fácil,
                 qué duda cabe. Lo difícil es meter algo de poesía, toda la más posible, en la
                 prosa, y esto no se consigue siempre, esa es una de las ambiciones. 




martes, 21 de enero de 2014

Por Sow, que tristemente se va, para mis hijos, que tristemente lo pierden





Este espacio dedicado a la cultura, en especial a lo más sublimado en ella: las artes y el pensamiento, hoy gira buscando el núcleo de todo cuanto importa: el hombre mismo, que, ya sea pastor u oveja en el Ser, es su principal receptor, su incubadora. Debo hacer el urgente paréntesis, porque en ciertas ocasiones, (y ésta es una de ellas) aun cuando estemos en vías de acorralar ventajosamente a la Imagen preñada de verdad poética, la vulgar realidad se empeña en escupirnos el sinsentido a la cara. ¿A qué levantar pirámides, sin rey que las sueñe, las viva, las muera… las colme de necesidad?  

Bien, teniendo a la mano tanta causa universal posible, tanto ardor uniformado, tanta pasión amontonada en el “almario” del convulso presente histórico, hoy me detengo en alguien concreto, que conozco, que conocen mis hijos, mis vecinos, para conducir la rabia adonde mejor pueda, por el bien de todos, levantar su nombre. Hoy debo hablarles de Sow, para también hacerlo de nosotros. Apercibido como estoy de que “toda multitud es enajenada”, en la soledad de mi despacho me pregunto: ¿por qué rayos nos obligamos a normas tan estúpidas, si tan estúpidos somos, que no sabemos vadearlas, domarlas, ponerlas a nuestro real servicio? Me lo pregunto solo, pero inmediatamente me obligo a levantar la voz, lo bastante como para que la pregunta percuta en otras seseras, otras almas; por Sow, y por nosotros. Porque el confinamiento y la expulsión de un chico como éste nos mide, pesa, fotografía… nos mengua a todos.

Sí, ayer supe que Sow fue detenido el sábado, y confinado en un Centro de Internamiento para Extranjeros en Madrid. Sow es un joven negro, senegalés, que lleva más de dos años viviendo en mi pueblo, Valoria la Buena. Cuando llegó, lo hizo apadrinado por un cura y con posibilidad de vivir y trabajar en la localidad. Aquí trabajó desde el primer día, jugó al fútbol, se relacionó con los valorianos derrochando una alegría y una bondad que todos le reconocen y agradecen. Ese “todos” excluye, claro está, a quien lo haya denunciado si tal ha sido el caso, pero sigue siendo un “todos” válido, porque no hay grupo humano sin un Judas que lo niegue y justifique a la vez.              

Sow es un joven alegre y servicial. No sé cuánto trabajo le haya costado llegar hasta aquí, pero no le costó mucho integrarse en nuestra vida como uno más. ¿Por qué una persona útil, bondadosa, querida, totalmente arraigada, ni siquiera contando con los avales necesarios, puede hacerlos valer para evitar una norma lerda, incapaz de distinguir el grano de la paja en una cosecha tan sensible como la humana? Porque resulta fácil y cómodo. Ya está. ¿Qué necesidad tenemos de liarnos incoando expedientes para casos especiales? Para que una siesta sea plena, no debe tener sobresaltos. Ni siquiera la noticia de un premio en la lotería debe interrumpirla. Así vamos: cabra coja y aficionada a la siesta… Recuerden el refrán: “cabra coja no quiere siesta, y si la tiene, caro le cuesta”.

¿Puede España asimilar la llegada de media África negra, por mucho que resulte su deseo de venir perfectamente comprensible? No. ¿Debe España asimilar a los individuos que, vengan de donde vengan, demuestren su especial valía, su capacidad de integración y su determinación en este sentido? Por supuesto que sí. Una ley que impida discernir en estos casos, no nos sirve, nos perjudica. El daño que hacemos a Sow palidece ante el que nos hacemos a nosotros mismos prescindiendo de personas como él. Ninguna sociedad sana, equilibrada, debe permitirse este dudoso lujo. La España que vomite a gente como Sow, será cada vez más vulnerable a la mediocridad, la intolerancia, la corrupción, el compadreo y la ceguera racial… Mientras más leyes de este tipo nos impongamos, más débiles seremos y atados estaremos frente a quienes pescan en río revuelto… Necesitamos leyes migratorias, claro está, pero que nos beneficien, así como gobernantes y jueces que las apliquen en nuestro beneficio.

El pasado 18 de enero, los jóvenes de Valoria que conocieron a Sow, que jugaron y charlaron con él, que lo vieron sonreír ancha y llanamente sin motivos al uso, fueron timados. Lo fueron, sí, aunque no lo sepan todavía. ¿Por quiénes? Pues por los vendedores de miedo; en realidad cobardes que se espantan ante el poder redentor de una risa planetaria, sin riendas otras que el amor y la bondad. Fueron timados por ellos, y más que lo serán si no señalamos y contestamos sus actos, dando claramente sus señas: legisladores que nos creen tan tontos, como para no saber discernir entre pincelada y brochazo; jueces, que interpretando las leyes cómoda y tibiamente, nos invitan a la modorra cívica; gobernantes, que con nuestros votos compran, plantan y cuidan el bonsái que nos reduce, nos aguanta y enfría, para mantenernos tiernos y repeinados en sus jardines… ah, y los chivatos, que al fin y al cabo son parte importante del público necesario. Porque, parafraseando a Holan, me pregunto: ¿todos estos “prohombres” serían tan imbéciles, si no tuvieran testigos?

Sow, tal vez no puedas leerme. Lo siento, pero sospecharlo no me puede, no me calla. Debes comprender, vecino. Desde una impotencia que enerva, escribo sobre ti, que tristemente te vas, para mis hijos, que tristemente te pierden.

 

sábado, 18 de enero de 2014

Flechazo





El pasado jueves me presentaron a José Luis Alonso de Santos, importante dramaturgo vallisoletano, a quien en estos momentos se rinde homenaje en su ciudad natal con una exposición retrospectiva en el Teatro Zorrilla: “José Luis Alonso de Santos. 50 años de vida teatral (1964-2014)”. Asistí a la inauguración, escuché su breve y ameno discurso durante el acto que la prologó, y finalmente estuve conversando con él acompañado de muy buenos amigos. Estaba avisado, pero aun así me llamaron la atención su carácter amable, su sentido del humor, su agudeza, su sencillez… en fin, la grácil proyección de persona y personaje; tanto, que retengo la sensación de haber participado una prueba más de lo bien que están el talento y el saber si sustentados en una feliz hombría, entendida ésta como la capacidad de, antes y por encima de todo, ser humano. Se trata de un autor que “pisa tierra” continuamente. Sus obras sin duda lo demuestran. Bastaría repasar los títulos de algunas de ellas: “Bajarse al moro”, “La estanquera de Vallecas”, “El álbum familiar”, para comprender que José Luis, aunque muy capaz de poner en escena a los clásicos con todo rigor, no se anda por la ramas a la hora de tragar, digerir, y devolver ensanchada la realidad que su tiempo le impone. Sin embargo, en su conversación emergen citas de grandes figuras de la historia, el arte y el pensamiento con absoluto desenfado, sin la menor afectación. Es un hombre de teatro, claro, un encantador de almas, pero el óptimo par de que les hablo: humanismo y humanidad en perfecto equilibrio, es muy difícil de impostar sostenidamente en escenarios distintos y no del todo controlados, aun para personas con tales “competencias”. No es un impostor, José Luis, por supuesto, es un hombre inteligente, talentoso y divertido.

Igual de agradable sorpresa tuve hace unos meses, cuando vi el documental: “Entre el esplendor y el caos”, sobre la vida y la obra del gran poeta cubano Delfín Prats. Un hombre que ha escrito poemas excelentes, un gran pensador como todo buen poeta, que, sin embargo, se conduce con una naturalidad y una sencillez que sobrecogen. Es Delfín otro vivísimo ejemplo de intelectual valioso, capaz de penetrar al mismo tiempo los sesos y el corazón de quienes lo escuchan, sin necesidad de simular comportamiento alguno, con una alegría realmente contagiosa. Ya verán, si atienden mi sugerencia final, a un hombre capaz de trepar un árbol ante las cámaras que lo filman para coger y comer una fruta, como si fuera un niño, a la vez que escribe versos como éstos: “un cuerpo fijo que entre juncos escapa/ si Heráclito parcela las sucesivas aguas…” Hay seres que pueden contener y acarrear estas virtudes, aparentemente tan contradictorias, sin romperse ni agobiar a nadie. Delfín es uno de ellos.      

Pero este texto no pretende abundar en José Luis y Delfín como personas o autores, sino en las reflexiones que en mí avivan conductas como las suyas… Llevo quizás demasiados años moviéndome entre el tesón y la seriedad que a veces demandan determinados trabajos o estudios complejos, y la necesidad de aliviarlos con pura vida. Trato de ser intenso y grave cuando la situación así lo aconseja; y también intenso, pero leve, en el resto de los casos. Una gravedad alegre, que diría Lezama, sería el objetivo, pero no siempre puedo alcanzarlo, lo confieso… Leo, escucho, conozco a tanta gente con similares problemas…       
    
Cuenta Heródoto, a quien me acerco una vez más en estos días, que Amasis, el último faraón que tuvo Egipto antes de caer en manos persas, en el 525 a. C., era un perfecto vivales. Hombre dado a placeres y vicios de todo tipo, como los que suelen aparecer a menudo a la vanguardia de las sociedades decadentes en vísperas del cataclismo resolutivo que las convierte en fértil ceniza. Copio el referido pasaje: El orden que guardaba en sus asuntos (Amasis) era el siguiente: por la mañana, hasta la hora en que se llena el mercado, despachaba con tesón los negocios que le presentaban; pero desde esa hora lo pasaba bebiendo y burlando de sus convidados, y se mostraba frívolo y chocarrero. Pesarosos sus amigos, le reconvinieron en estos términos: ‘Rey, no te gobiernas bien precipitándote a tanta truhanería. Tú, majestuosamente sentado en majestuoso trono, debías despachar todo el día los negocios, y así sabrían los egipcios que están gobernados por un gran hombre y tú tendrías mejor fama. Lo que ahora haces es muy impropio de un rey’. Amasis les replicó: ‘Los que poseen un arco, lo tienden cuando precisan emplearlo, porque si lo tuvieran tendido todo el tiempo, se rompería y no podrían usarlo en el momento necesario. Tal es la condición del hombre; si quisiera estar siempre en una ocupación seria sin entregarse a ratos a la holganza, se volvería loco o mentecato, sin darse cuenta. Y por saber esto, doy parte de mi tiempo al trabajo y parte al descanso’. Así respondió a sus amigos”.

Cierto. Quien mantiene su arco tendido todo el tiempo, no sólo corre el peligro de romperlo, sino que pierde la noción de la flecha, más aún, de la diana, y más aún del movimiento que sintetiza espacio y tiempo en el flechazo. Porque en el arte, la tensión de la cuerda no significa nada, si no termina en flechazo. Y el músculo, si engarrotado, ensimismado en el gobierno de la herramienta motora, es incapaz de liberar la energía en el vector que justifica su esfuerzo: la flecha grácil, la que rompe el aire garbosa y esconde sus avales. Claro, debo citar aquí a Tagore, que escribe con toda razón: El arco dice bajito a la flecha, al despedirla:/ Tu libertad es mía”. Pero los versos del poeta no contradicen o niegan el buen juicio del rey. Porque aunque el arco tendido le recuerde a la flecha que su libertad le pertenece, lo hace en voz baja, sin que nadie más lo escuche, y únicamente en el momento previo a la liberación, cuando parece entender que la flecha no apercibida puede abusar de su libertad para instalarse en la desmemoria. La grave advertencia no tiene que ser pública, ni mucho menos constante, como bien dejaba ver en su imagen el “díscolo” faraón. Debe quedar entre el arco y la flecha, y pronunciarse, sólo, en el momento oportuno, cuando se tensa la cuerda para el feliz disparo, ni antes ni después.   

Seguramente Amasis y Tagore, cada uno a su manera, lo hayan explicado mejor que yo. Seguramente lo explicarían de forma inmejorable si sentados a la mesa con José Luis y Delfín. Entonces ¿qué hago metido aquí? Bueno, pongo el mantel, los invito, los reúno ante ustedes… Acaso distiendo mi arco en el preciso instante en que ellos me disparan, y, celebrando el flechazo, me cobran, mientras en medio de una cuádruple y acorde sonrisa, obvian mis notas y beben mi café.




Sugerencias:

Aunque lo más relevante en José Luis y Delfín es, lógicamente, la obra, como en el texto apunté a su conducta frente a la creación y sus fundamentos: la humanidad y el humanismo, sugiero que, además de buscarlos donde más importan, vean los vídeos cuyos “enlaces” indico a continuación. En el caso de José Luis, se trata de parte de una entrevista que le hizo mi buena amiga Charo Vergaz. Siento no tener a mano ningún vídeo donde el dramaturgo se muestre más distendido, pero éste seguro servirá para abrirles el apetito… El vídeo sobre Delfín es más largo, pero su visión, estoy convencido, no los dejará indiferentes. Si tienen tiempo, no lo duden, véanlo hasta el final. 



        

viernes, 10 de enero de 2014

Poema cojo






Este año mi vuelta al blog fue atípica, urgida por el descubrimiento de una gran compositora e intérprete del violonchelo: Georgina Sánchez. Hoy retomo la "normalidad" y comparto un poema trabajado durante mi "retiro". Se trata de la última versión de "Poema cojo", inserto en "Poética de la libertad", poemario que estuve manoseando una vez más. ¿Por qué este poema? No lo sé bien, créanme, pero lo decidí al ver en un periódico la imagen de un viejo dictador ("el mío") encorvado y baboso. Si tiene sentido o no, a ustedes encomiendo decidirlo.


Poema cojo
(preguntas, pocas y fáciles, para Benedetti)


Supongo, Mario, que podemos tutearnos.
Soy aquel joven que leyó tus poemas en la escuela,
––no en todas estuviste prohibido––
que te oyó hecho canción en los conciertos,
que siguió tus cuentos en la tele...
Quise preguntarte antes, pero ya sabes,
las preguntas no siempre eclosionan al punto.
En cualquier caso, especialmente para nosotros,
vida y muerte son orillas parecidas.
Estamos al mismo lado de un Aqueronte tibio,
dispuestos, como Orfeo, a confundir al barquero.
Tu obra responderá, seguro.
La muerte en poesía es redundante…

En ese próspero negocio de la lírica fácil,
directa, comprometida, social…¿el mal es asimétrico?
Dime, ¿la imagen padece tortícolis?
El color de los ojos o el prepucio ¿desgravan en el crimen?
Dos más dos, Mario, en esa catequesis poética,
¿suman según sean los sumandos
linces o anacondas?
¿No calzan todos los asesinos, ah, zurdo vate,
en los inventarios…? Y

––perdona que ahora me oscurezca un poco,
ando sobrado de dudas, de consignas y sentencias, corto––
¿qué rodilla rompen quienes huyen en Lepanto?
                                                                                    Y la muleta,
¿a qué lado, si el maléfico arreando?

 


jueves, 2 de enero de 2014

Me besó un chelo




Después de una pausa de dos meses para la poesía, higiénica, entiendo que necesaria también para quienes me leen aquí, vuelvo con las ganas nuevas. Suelo regresar a comienzos de cada año con un poema inserto en el libro trabajado durante mi “retiro”, pero esta vez hago un pequeño quiebro para hablarles de un descubrimiento, tan feliz, que no sólo me obligó a su poema, sino a escribirlo cuando ya estaba completamente metido en mi último poemario, interrumpiéndolo.

A finales de noviembre, mi buena amiga Marta Valsero me hizo llegar un vídeo de la violonchelista vallisoletana Georgina Sánchez. Vaya regalo. En el vídeo Georgina toca “Después de un beso”, pieza compuesta por ella misma que me conmovió especialmente. Me gusta mucho el chelo. Es un instrumento magnífico, de un espectro tímbrico muy amplio, y una gran capacidad para andar con similar éxito en muy distintos estados de ánimo, para “desordenar” en todos ellos. Suelo escuchar con cierta frecuencia a intérpretes muy conocidos como Casals, Rostropovich, Jacqueline du Pré, Mischa Maisky, Yo-Yo Ma, etc, incluso a gente muy apartada del repertorio clásico como “2Cellos”, pero Georgina, a quien no conocía hasta ahora (culpa mía por no estar atento; gracias, Marta, por avisarme) me ha llegado de manera muy especial. Tanto, que su música ha sido la mía durante todo el tránsito de 2013 a 2014. La he escuchado con avaricia (ahora mismo lo hago) y lo seguiré haciendo, porque se trata de una intérprete exquisita y una gran compositora. 

Su “Después de un beso” es una pieza excelente. Y lo es por varias razones. Las dos que más me importa destacar aquí son la capacidad para activar en el chelo todo su potencial expresivo, y la capacidad para hacernos partícipes de su beso, mejor dicho, de lo que una vez extinguido éste, encendió su eco: gracia, temblor, alegría, miedo… ¿Quién no sabe lo que inaugura y prorroga un beso importante? ¿Quién no ha experimentado su poderoso después? ¿Quién no ha temido su falta, su vacío? ¿A quién no ha sobrecogido su vibrante perseverancia, tanto en los salones como en los rincones del espíritu…? 

Madura, muy madura aunque muy joven, esta compositora e intérprete. He besado con su música. He vuelto a sentir con ella la temblorosa gracia de mis besos extintos. Su música y su chelo suenan con una profundidad tremenda. A mí me han envuelto y atravesado. Cómo acierta con el tempo, cómo administra las tensiones, qué dominio del silencio, de su periferia, qué afinación, qué elegancia, qué capacidad para “trabar” el sonido en una melodía armada sobre varios y disímiles planos que articulan y/o solapan notas altas, hialinas, y bajas, desgarradas; como si se besaran sonoramente, con la celestina mediación de Bach, Armstrong y Callas... 

Aunque sabemos que los besos suelen tener una componente barroca y otra romántica, esta música no tiene edad. Brinca por encima de las convenciones académicas, de las vocaciones clasificatorias, de la moda, para instalarse en un siempre que incluye, claro está, ese momento trascendental y universalmente compartido que sigue a un beso grande. Si algún “agente reductor” noto aquí, es la feliz carga femenina, nada más… y nada menos. Cómo reconforta esa forma de componer e interpretar. Muchas gracias, Georgina. Aquí todavía es ahora (larghissimo) para tu beso musical. En él quedo… Todo lo demás lo digo en el poema que te dedico.



Después de un beso


                              Para Georgina Sánchez


A las troneras del alma
vienen a morir los insectos más fieros.
Sus cuerpecillos negros
velan la luz, desgravan en los sentidos
las ansias de embajada ante la corte astral.
Deseo. Vibrante y nuevo deseo
de un viaje al centro del animado engendro
para hurgar en su despensa
hasta dar con las claves que permitieron
andar y desandar, con los ojos cerrados,
la húmeda y encinta geografía
del paladar… Ah,
un raro dulzor desenreda lo conocido,
y con sus doctas hebras extraviadas,
ensaya un pentagrama que musique vibraciones,
que mida y paute en las crestas de la saliva
el rumor con que rompieron en la dicha.
Un avaro silencio, sin embargo,
forma a sus castrados cascabeles
para que nada (re)suene cuando la memoria,
que ya mide un larguísimo instante,
desfile victoriosa por el barrido archivo
con su séquito de ceros imperfectos,
trazados todos con el pintalabios
que gasta para pedir sus caprichos
el olvido… Hecha
la necesaria noche en las altas troneras,
entre el dulzor que invita a musical rumor
y el memorioso silencio que lo aplaca,
un árbitro sin nombre abre la puerta
del recóndito cuarto.
Allí un ejército de nocturnas arañas
para cada beso que merece la pena
construye un podio imaginario.
Cimentado con los cadáveres
de los insectos caídos, ha terminado
el último trabajo… Ara
donde el temblor al fin resuelve
pautando el rumor en la memoria
con una imagen de humedad incesante.
En esa imagen se renuevan las claves
que activan trillos en el placer.
El resto es miedo:
a que el paladar se torne infértil,
a que lo conocido se rehaga,
a que la memoria se ensanche
inútil, jodidamente… Miedo…
Después de un beso hondo, de uno
que nuble la bóveda del alma
y embude a sus actores hacia dentro,
aun en la apariencia de redonda euforia
queda sobre todo miedo:
perturbador pero bendito sileno.
Es en su costal donde mejor operan
las cuerdas de un chelo.


Aquí les dejo un enlace para el vídeo de Georgina interpretando "Después de un beso", y aun a riesgo de resultar redundante, les recomiendo encarecidamente escucharlo con calma.

http://www.youtube.com/watch?v=hxrB31s_0p0




domingo, 10 de noviembre de 2013

Pausa, crónica y poema




   
Queridos amigos, lectores, como cada fin de año debo “recluirme” para la poesía. Cerraré este espacio hasta enero, y dedicaré todo el tiempo que pueda acopiar a tal fin. En esta última “entrada” de 2013, a modo de jocunda celebración, comento una reciente lectura de poemas que hice en el restaurante vallisoletano “Las viandas con letras entran”, en lo adelante “Las viandas”. Hace unos días me llamó Charo Vergaz para invitarme a inaugurar poéticamente el espacio que este restaurante pretende abrir a la creación literaria. Aunque no sé negarme a Charo, que es una gran activista de la cultura y una amiga queridísima, confieso que en un inicio dudé sobre la capacidad de un restaurante para ofrecer un ámbito adecuado a la poesía. Así se lo dije a Charo, que me respondió con rotundidad: “No te preocupes, Jorge, las condiciones son óptimas para hacerlo”. Bien, confiando en mi amiga, asistí… Y me sentí muy bien haciéndolo. Kiko de la Rosa y su equipo mostraron una complicidad exquisita, lo organizaron todo muy bien, propiciaron las condiciones perfectas para un acto como éste. ¿Por qué? Pues porque:

-        el acto no tuvo lugar en la sala de mesas y durante la cena, sino en la cafetería y antes de la misma.
-        el maridaje con el vino y el jamón no interrumpió en ningún momento la lectura de poesía, que tuvo una pausa para propiciar que el público pudiera reponer sus consumiciones sin que ambas actividades se entorpecieran. El silencio y la atención fueron superiores a los que he observado en muchos otros ámbitos teóricamente mejor preparados para este tipo de acto.   
-        el vino y el jamón, por cierto, eran de primera calidad.
-        el público convocado y reunido mostró educación y complicidad. Se mantuvo en silencio, escuchó, disfrutó y me hizo disfrutar con todo ello. El público había asistido a escuchar poesía.   
-        el salón estaba bien ambientado. Se permitió al público “desordenar” las sillas y dirigirlas convenientemente para que se pudiera volcar con el poeta, y así generar un espacio informal muy bien tensionado.

Si “Las viandas” continua observando estas prácticas, habrá nacido en Valladolid un nuevo marco para el disfrute y la difusión de la literatura. En tales condiciones de cómplice respeto, estoy seguro de que muchos autores estarán dispuestos a apoyar a Kiko en una aventura novedosa y excitante. El arte en general, y la poesía en particular, pueden maridar con actividades de diverso tipo siempre que se observen premisas adecuadas para ello. Por esta razón me atrevo a dar un cariñoso consejo a “Las viandas”: Aunque puedan encontrar autores dispuestos a leer su obra en condiciones menos óptimas, no permitan que suceda. La falta de exigencia de un autor en este sentido no es una ventaja, sino todo lo contrario; perjudicará al evento, al autor, a la literatura, al público y al restaurante. Les deseo toda la suerte que merecen, y les reitero que pueden contar con mi apoyo para esta nueva empresa.

Me despido hasta enero deseándoles a todos un buen fin de año, y les dejo aquí uno de los poemas que leí el viernes pasado en “Las viandas”.


Comezón y puntería



Ciego que apuntas y atinas.
                       Góngora


Poema, hazte sobre tu nombre comezón y puntería.
No te resuelvas vanamente ahora. Apunta.
Obvia esta caterva de inútiles certezas,
que como pisoteado confeti de los dioses,
apenas disimula con desvaídos tonos
la abúlica resaca que la luz provoca
en el cansado suelo de la feria. Apunta.
Acierta en la sombra que ronda sobre los cuerpos ebrios.
Apunta con tu ojo mate. Dispárale tu flecha negra…

Cuando hayas liberado la cuerda;
cuando hayas impactado una vez más en la sombra de la nada
y parezca algo lo que tu nombre ciña,
no me hagas creer que te poseo. Ladea, fuga, escóndete,
recarga y apunta de nuevo… Ah,

no quiero las coordenadas de la gruta
donde en potencia medras.
Mantén tu oscura hegemonía
en mis manidas ganas.
No te resuelvas.





sábado, 2 de noviembre de 2013

Contemplar, pensar, actuar…


 

                                                                                                      Para Fernando del Val


Hace unos días hablaba con un amigo sobre el signo escéptico de nuestro tiempo, (¿postmoderno, líquido? Ea, ¡vivan los impulsos nominales!) y como pasa casi siempre en estos casos, no avanzábamos con facilidad, nos deteníamos una y otra vez ante varias dudas que en el fondo disimulan un mismo y único dilema: ¿contemplar y pensar, o actuar? Claro, en un bar de Valladolid, tomando un café distendidamente, absortos en asuntos de neto corte intelectual, tal dilema parece agotarse en su propia formulación, pues quien se real-iza de continuo en puros actos, raramente se verá ante una encrucijada metafísica, donde sólo nos detenemos con gravedad si somos, cuando menos, propensos a la parálisis cogito-contemplativa. ¿Lo soy? Es obvio, pero no mansamente, y por ello me dispongo a darle una vuelta más al asunto, ahora ante quienes quieran acompañarme leyendo estos apuntes. ¿Tiene sentido hacerlo? Sí, la contemplación y el pensamiento comportan una potencia actual enorme, negativa y positiva. Que ésta se desarrolle y se concrete en acto, adquiriendo un signo u otro, depende de que la imagen alumbrada mientras se contempla y piensa adquiera fuerza suficiente para provocar ceguera, y de que tal “estado de gracia” se produzca en la trastienda del ser, por falta de luz, o en su portal, por deslumbramiento. Pero, ¿no tratan ya sobre esto muchos otros autores? Seguro. Mas intentaré “resolver” en los predios de la imagen, y ese quiebro puede que no sea tan frecuente. Lo haré con vocación positiva. Re-moveré imagen para una ceguera constructiva con el deseo de propiciar un invidente pero humano impasse en la retina memoriosa de los lectores. ¿Y si por esa vía (convenidos y moderados el logos, el ethos) damos con la clave para un pathos edificante? Quién sabe… “La pasión no es ciega, es visionaria”, decía Stendhal.

El XIX en Occidente fue un siglo decisivo. Marcado por las revoluciones, en términos históricos fue extraordinariamente largo, duró ciento veintiocho años, desde 1789 hasta 1917. Es un siglo que conviene estudiar porque en él se consolidó el último cambio de episteme: de la religión al capitalismo, que se había comenzado a fraguar seiscientos años antes. Y como necesariamente “lo que llega a su apogeo comienza a decaer”, el XIX, a la par que colmó el ideal burgués de una sociedad industrial capitalista (pragmatismo, positivismo), sobó la semilla de su destrucción (materialismo, determinismo, nihilismo, existencialismo) hasta hacerla fructificar. Para apoyar este texto pude basarme en ideas de varios pensadores decimonónicos. Sin embargo, creo que pocas parejas pueden ejemplificar, como lo hacen Kierkegaard y Marx, la polarizada y extrema complejidad de la partida que se jugaba en el Ochocientos europeo. Apoyémonos en ellos, pero antes, situémonos mejor para hacerlo:

Con gran ironía recrea Montanelli las cautelas con que la inteligencia tradicional romana veía llegar a la Urbe la influencia del helenismo. Hablando de Catón, dice: “Hubiese preferido una guerra defensiva contra diez Aníbales a una ofensiva contra la Hélade. Y cuando vio a los cónsules Marcelo, Fulvio y Emilio Paulo volver de allí con carros cargados de estatuas, pinturas, copas de metal, espejos, muebles caros y telas recamadas, y al pueblo apiñarse ante aquellas maravillas y discutir de modas, de estilos, de sombreritos, de sandalias, de vajilla y de cosméticos, debió llevarse, desesperado, las manos a la cabeza”. Lo cierto es que los griegos inoculaban en Roma su ilustrada decadencia, que se sustentaba, sobre todo, en equiparables exceso de saber y falta de fe. Esos simétricos agentes de destrucción, que en las postrimerías de la Grecia clásica dieron al traste con el núcleo duro de la cultura occidental, constituían una suerte de “venganza helena” a su colonización, y cándidamente se importaban entonces a Roma, que recorrería un largo pero parecido camino autodestructivo. Dice Montanelli: “La Urbe fue caput mundi, capital del mundo, mientras sus habitantes supieron pocas cosas y fueron lo bastante ingenuos para creer en aquéllas, legendarias, que les habían enseñado papas y magistri; mientras estuvieron convencidos de ser descendientes de Eneas, de que corría por sus venas sangre divina y de ser “ungidos de Señor”, aunque en aquellos tiempos se llamase Júpiter. Fue cuando comenzaron a dudar de ello cuando su imperio se hizo añicos y el caput mundi se convirtió en colonia”. La situación ya pintaba mal desde el temprano siglo I, pues dice Plutarco en tono irónico: “En otros tiempos sólo había siete sabios, ahora apenas se puede encontrar el mismo número de necios…”; y Petronio se queja del frívolo eclecticismo presente en la teogonía romana: “…nuestro país está tan lleno de espíritus deificados, de almas divinas, que es más fácil encontrar entre nosotros a un dios que a un hombre.” La falta de fe en los dioses ha sido siempre el primer síntoma de descomposición en una sociedad con estructura compleja. La inercia de las pulsiones cultural y civilizadora puede alargar la agonía, pero una sociedad que convierta la fe en pura y fría tradición, sostenida únicamente en pilares ético-morales, habrá iniciado una carrera sin retorno hacia la decadencia. En Grecia no alcanzó la operación socrático-platónico-aristotélica para frenar el descalabro sustentado en el materialismo, el ateísmo, el relativismo, el sofismo…; en Roma no fue suficiente la tardía operación cristiana para contener el ateísmo latente (ya en Virgilio hay claros rastros de Epicuro) bajo el formal pero vacío manto de un extenso y variopinto panteón divino. En ninguno de los dos casos el cataplasma oriental monoteísta fue cura suficiente. Cuando estos procesos destructivos se desencadenan, son imparables. Kierkegaard apunta: “Huidos los dioses y, con ellos, el contenido, queda el hombre como forma, como aquello que debe acoger en sí mismo el contenido…” Sólo que ese contenido nacido en lo sobrehumano, lo sobrenatural, no calza bien, como es lógico, en el aparato biológico de Darwin: infrahumano, simplonamente animal.

El XIX reproducía en Occidente, para los herederos más directos del mundo greco-latino, un escenario resonante de triste y fácil recuerdo. La sociedad post-industrial, que aupó definitivamente al capitalismo, era además el principal escaparate de sus miserias. Se convirtió en foco de atracción para grandes y desposeídos grupos sociales que, a la vez que pedían y lograban mayores cuotas de participación en todos los órdenes, participaban animosos la nueva y cacharrera religión: nacer, producir, consumir, morir… El hombre-masa entraba en sociedad, y con él regresaban viejos vicios. De nuevo aparecieron estatuas, pinturas, copas de metal, espejos, muebles caros y telas recamadas, pero ya no las traían los cónsules, sino los arqueólogos, los contrabandistas, que ahora debían recolocar el viejo y descreído humanismo en los salones y los museos de la poderosa burguesía, donde otra vez se hablaba de modas, estilos, sombreritos, sandalias, vajillas, cosméticos... Y reaparecieron a gran escala y en primera línea la retórica, la gramática, la filosofía. Y se independizó Grecia del turco, y asomó Pompeya entre ruinas. Y la vieja pugna entre empirismo y racionalismo, entre luteranismo y papismo se fue resolviendo a favor de los primeros en las ruedas dentadas de las fábricas, los reverberos de los laboratorios. Y hechos a tal marea, la ciencia experimental y la técnica se aliaron con la economía de mercado como nunca antes. Igual credo: nacer, producir, consumir, morir… Aunque en este caso se añade el saber, en especial el empírico. Todo menos creer. Porque el hombre occidental, post-industrial y euro-céntrico del XIX tampoco cree en su dios con verdadera hondura. La fe comienza a ser una corriente fría que utiliza el pudiente y acepta el podido como parte de un convenio social de muy frágil equilibrio por asimétrico. Y surgen el movimiento obrero, y el anarquismo, que junto al liberalismo, su perfecta contraparte, se vuelve a cuestionar el gran Estado como lo hicieran los bárbaros con Roma en el siglo IV. Ni el idealismo con todos sus apellidos, ni el existencialismo en su versión más pía, ambos de altísimo nivel especulativo, alcanzan a contener la creciente falta de fe que desemboca finalmente en el nihilismo. Es el pragmatismo más radical de James el que parece mejor posicionado para calar en la masa, que en el sentido que nos importa aquí, incluye a burguesía y proletariado: como Dios es útil y funciona, existe. En este contexto, también el hombre nuevo de Marx y el superhombre de Nietzsche tienen las puertas abiertas. Occidente descree. Resuenan trompetas de cambio…

En el XIX, Europa afina su pensamiento para enfrentar las exigencias de un tiempo muy complejo. Mientras pensadores como Schopenhauer o Kierkegaard reaccionan desde una incómoda madurez, pues se han asomado al abismo y sus obras, aunque no exentas de un profundo humanismo, están cargadas de cierto pesimismo, Marx reacciona puerilmente. Idealiza al hombre como mero ser social, lo desposee de todo sentido individual y espera que proceda según su infantil modelo, siempre con un excluyente sentido práctico e inmerso en un relato histórico sujeto a férreas leyes. Dice: “El ser humano no es una abstracción inherente al individuo aislado. En su realidad, el ser humano es el conjunto de las relaciones sociales”. Marx ni siquiera permite que el hombre se agote individualmente. Dice: “La muerte parece una dura victoria de la especie sobre el individuo y parece contradecir su unidad; pero el individuo determinado no es más que un ser genérico determinado, y como tal, mortal”. Su nivel de abstracción es tan severo y prepotente que lo hace decir: “La humanidad sólo se plantea a sí misma problemas que puede resolver”. Es la humanidad el limitado sujeto que, para moverse en sociedad, plagia al hormiguero… Marx, cuando piensa, esencialmente actúa, porque su pensamiento no tiene sentido alguno si no se concreta y comprueba en acto, si no finaliza en una acción positiva sujeta a un estricto determinismo… Kierkegaard, sin embargo, ante todo contempla y piensa. Cuando dice: “Perder la razón para ganar a Dios, en esto consiste el acto de creer (…) renunciar al propio entendimiento y mantener el alma fija en el absurdo”, está reconociendo que el cristianismo debe ser para el hombre de su tiempo una mera, pero imprescindible cuestión de fe, verificada en la “crucifixión de la inteligencia”. Insiste: “Declaro incrédulo a quien defienda el cristianismo (…) si alguien imagina que lo comprende, puede estar seguro de que se equivoca”. Kierkegaard entiende y acepta la esencia inaprensible de la gran imagen, y aun partiendo de cierta angustia existencial, la carga de validez. Dice: “…una vez que la conciencia ha despertado, la imaginación añora por su parte retornar a esos sueños, lo mítico se presenta bajo una nueva forma, a saber, como imagen. Se ha producido, pues, una alteración según la cual la conciencia asume que lo mítico no es la idea, sino un reflejo de la idea.” Kierkegaard también parece conocer y entender las claves motoras de su tiempo histórico, cuando dice: “Nuestro tiempo, en efecto, exige más; a falta de altura, exige un pathos altisonante, exige resultados a falta de especulación, convicción a falta de verdad, garantía de nobleza a falta de nobleza, minuciosidad en los sentimientos a falta de sentimientos”. Todo esto lo aporta Marx, un lógico producto del pensamiento decimonónico más expedito, de baja intensidad especulativa, pero con una gran capacidad para obrar románticamente en su tiempo histórico; porque ¿no es la historia el sitio ideal para que operen el pathos altisonante, la falta de especulación, la convicción y la falsa garantía de nobleza?

Entre todas las corrientes y subcorrientes de pensamiento del XIX, que son muchas y muy ricas, tal vez son las capitaneadas por Kierkegaard y Marx las que más influyeron en el XX. Un siglo corto, de ochenta y cuatro años (1917-2001) pero muy intenso, porque en él se concreta en buena medida el potencial destructivo que incubó el XIX. El existencialismo y el materialismo dialéctico e histórico se extendieron en el siglo pasado y, en mayor o menor medida, aún lo hacen en el presente. El XIX golpeó la fe hasta dejarla renqueante, y el hombre occidental, descreído, ya único titular del patrimonio existencial, en el XX sopesó sobre todo dos opciones para pagar el precio de sus carencias y haberes: o avanzaba en su propio desmontaje con los ojos vendados, desde un humanismo maduro, ovillado y absorto en un subyugante saber, o lo hacía con orejeras, desde un humanismo temerario, capaz de plantearse sólo los problemas que creía poder resolver, suelto, bravucón y libre de todo conocimiento que pudiera entorpecer su temeridad. ¿Acaso lo haría debatiéndose entre ambas opciones? Por qué no. El hombre, aunque es un animal muy económico, carga con una memoria compleja, de gran inercia, y raramente toma caminos sencillos, mucho menos para levantarse y sacudirse el suelo, devastarse, partir de cero... La primera mitad del XX pareció propicia para la segunda vía; su segunda mitad, para la primera. En cualquier caso, el hombre ya se había condenado, preso en la nueva episteme, al vigente credo de dual apariencia: anverso humanista sobrecargado de derechos, y reverso antihumano marcado por un único y absoluto deber: consumir. El deber antes, claro, los derechos después, en los estrechos márgenes del primero… Jano mantiene sus dos cabezas, pero sólo como un vestigio formal, porque en realidad las mueve al unísono, cuando así lo requiere (o sea, siempre) el tintineo de las monedas que inventó para abandonar la aburrida Edad de Oro y ejercer en plenitud su dualidad. Qué triste paradoja…

Y ahí estábamos, mi amigo y yo, dando vueltas a un asunto que, insisto, comienza y termina ante el dilema: ¿contemplar y pensar, o actuar? Si piensas que yerras cuando te ovillas en la parálisis sabionda, pero que también yerras cuando te sueltas para la inculta acción temeraria, ¿qué hacer? Honestamente, no lo sé. La estructural falta de fe en una sociedad compleja se ha resuelto históricamente con cambios radicales y violentos que son especialmente temidos por quienes los hemos estudiado con cierto detenimiento. ¿Seremos capaces ahora de re-crearnos sin pasar por una demoledora purga? Lo dudo. Es obvio que Occidente se autodestruye una vez más, pero para que no lo parezca tanto, contamos con la inestimable ayuda de al menos dos serias amenazas: la inviabilidad del planeta ante nuestro apetito consumista, y la agresiva fe que conserva, con todo su poderío simbólico-fáctico, el Islam, cultura que en estos momentos atraviesa su “medioevo espiritual”. Los procesos “globalizadores” que vivió Occidente en el pasado, se manifestaron siempre en épocas de decadencia espiritual, y siempre se resolvieron a favor de una fe reconstituyente, contra la pulsión civilizadora “laica” y la cultura más humanista. Pero ahora la cosa se complica aún más en un planeta sobrehabitado, sobreexplotado, sobreexpuesto a la tremenda capacidad destructiva del hombre. Y se complica también a la vista de una nada ingenua tendencia transhumanista que quiere hacer borrón y cuenta nueva en el hombre “autotrascendido”, vuelto omnipotente maquina merced a la inteligencia artificial. Vaya agravantes… ¿Y si pudiéramos defendernos todavía quebrando ante el dilema, bordeando la encrucijada sin vendas ni orejeras espurias, sujetos al principal rasgo que caracteriza y determina lo humano frente a los reinos, mineral, vegetal, e, incluso, animal? ¿Si comenzáramos por entender y aceptar que es el tremendo poder de la imaginación lo que nos mueve individual y socialmente, para después evitar que una Imagen (Idea) inconveniente ocupe el ara que, levantada para lo divino, desocupó y desoló la falta de fe? Tampoco sé si esto funcionaría, porque parte de un impulso netamente racional. Evitar la Idea del hombre-máquina artificialmente inteligente que habita el Espacio, o la del apasionado y exaltado talibán que nos devuelve al castro fortificado, no garantiza que volvamos a creer. Pero como todavía me resisto a la terrible sentencia de Sartre: “…el hombre es una pasión inútil”, pues conservo un íntimo impulso positivo, espoleado, para empezar, por mi vocación paternal, lo seguiré intentando. Seguiré trabajando por ese pathos edificante, ni altisonante ni tenebrista, que me permita ver en los hijos un proyecto viable y cargado de sentido.   

Ante las vías que proponen, por una parte el existencialismo (piadoso o impío, racionalista o pragmático) con sus cuotas de angustia y desamparo, que muchas veces desemboca en puro escepticismo; y por la otra el determinismo (materialista o idealista, histórico o ahistórico), que suele acabar en despotismo absolutista; ambos ahora “diluidos” en tendencias con otros y sonoros nombres, pero vivos y obrantes en su fondo, no me decido. Sí, soy un hombre decadente, pero que huye hacia delante, porque contra el hombre-máquina y el hombre-integrista que nos amenazan, frente al hombre nuevo, al superhombre, o al hombre inmanente, “chamánico”, que nos quieren vender como antídoto al veneno de tales abstracciones, abogo sencillamente por el Hombre, sin adjetivos que distraigan. En el pedestal que ocupó un Dios creíble y creído (fenómeno), pongo ahora la humana capacidad que lo encumbró: la Imaginación (esencia). Es un “idealismo invertido” con rasgos existenciales, lo sé, pero se me antoja oportuno y humano. Puede que no haya POETA más allá de nosotros mismos; puede que el POEMA esté cambiando otra vez de signo, pero sobrevive, íntegra, la capacidad de poetizar. Esta es la que no podemos perder. Seremos removidos. Sucumbiremos a la falta de “fenoménica fe”, pero si mantenemos la capacidad esencial de seguir imaginando, y no equivocamos la Imagen adecuada para el “sacro” podio, resurgiremos, seguro, y lo haremos como hombres, no como máquinas.

Los siglos XIX y XX también dieron algunos pensadores "raros" que reabrieron la puerta a la Imagen Redentora, cuando parecía cerrada a cal y canto por el signo de los tiempos. Uno de ellos, Lezama, puede considerarse en cierta medida heredero de Kierkegaard, aunque, con base en similar humanismo cristiano, da un importante giro al colocar en la subbase el pensamiento órfico-pitagórico, desde el que cuestiona la lógica formal aristotélica en tanto canon intocable. Lezama, siendo en cierta medida su heredero, como lo es por diferentes vías de Vico, Pascal y Bergson, matiza el existencialismo con un gusto incontestable por la vida, que lejos de un angustioso absurdo, considera como una suerte de gran oportunidad para participar un continuo y genitor imaginario. Otro de ellos, Castoriadis, parte de un ideario marxista, para abandonarlo después hasta llegar a definir el “imaginario social” que antepone con firmeza al determinismo como motor de la historia. Llega a decir Castoriadis: “el imaginario es el principio creador y no el reflejo, ni la representación de algo. Lo imaginario es la facultad originaria de plantearse o representarse algo que aún no es, que nunca estuvo ni estará en la percepción” (...) “el imaginario crea la realidad”…

No debo extenderme más. No es éste el medio idóneo para hacerlo y temo abusar de vuestra paciencia. Sólo insistir en que, aún en momentos de franco declive, donde las vías suelen bifurcarse polarizadas y demandarnos meridianas militancias; aun en situaciones de radical falta de fe en “poemas antiguos”, es muy importante que conservemos la capacidad para la poesía, para hacerla y creerla. En la imagen, como ocurrió hasta ahora, está impresa la eventual respuesta. La imagen es nuestra, la respuesta también. ¿Y si pudiéramos anticipar su lectura, para modificarla convenientemente antes de verla hecha sangre en la historia, escozor en la memoria, píxel en la pantalla, tinta en el papel?