jueves, 9 de julio de 2015

Somos el recuerdo de una imagen






Hace unos días, un lector, recién llegado a mi cuaderno digital, me preguntó por su nombre. Lo hizo porque dudaba sobre el concepto de “imagen” que en él introduzco. Otras veces me ha pasado. Me pasó, por ejemplo, con mi amigo G., ya difunto, con quien conversé mucho sobre esto, y cuyo nombre íntegro de momento no expongo por discreción y respeto. Entonces pensé que si publicaba parte de mi intercambio de correos con G. podía homenajear (aunque sea íntimamente) su memoria, y, a la vez, ofrecer algunas explicaciones a mi nuevo lector sin tener que remitirlo a textos anteriores.

(G. era un hombre bondadoso e inteligente, muy interesado en temas de filosofía, psicología y teología, con quien entré en contacto gracias a mi querida Thais Pujol.)

Ojalá con esta serie de notas logre aclarar siquiera un poco lo que entiendo por “imagen”. Me disculpo por adelantado si sucede lo contrario. Las trascribo sin retoques sustanciales, como las compartí en su día con mi amigo G., con quien no estuve plenamente de acuerdo en varias ocasiones, sin que ello mermara mi aprecio y mi respeto hacia él. Seguramente detectarán lo mal que me muevo entre ciertos asuntos escabrosos, pero no me importa exponer tales carencias, si con eso logro que algunos de mis lectores se estimulen hacía la indagación en ellos, y terminen por entenderme (aunque tal vez para aborrecerme) más y mejor. Y no porque me entiendan a mí, claro está, mucho menos porque convengan conmigo en estas cosas, sino porque acercándose a ellas aumentarán la distancia existente entre los seres humanos que son y las máquinas que se proyectan para suplantarlos.

Aunque seleccioné las notas con cuidado, nunca hice en este espacio un ejercicio de "destape" como éste, que implica la publicación de correos concebidos en origen para un ámbito privado muy concreto. Espero que sepan perdonarme lo que requiera perdón, y puedan deslindar entre lo meramente personal y aquello que ofrezca recorrido bastante para trascenderlo con utilidad.


I


Querido G., cuando Protágoras, hace dos mil quinientos años, dijo: “El hombre es la medida de todas las cosas” nos hizo la putada más grande que se nos podía hacer. Para mí es una de las sentencias más sabias y demoledoras que ha parido el hombre. Pero ¿cómo se avanza a partir de ella? Entonces ya sabíamos que nos teníamos sólo a nosotros mismos. Todo (o casi todo) el pensamiento posterior ha sido una operación de trasfondo ético dirigida a destruir aquella idea. Porque entonces entendimos, y todavía lo hacemos en gran medida, que con semejante relativismo no podíamos sostener la vida en la polis. Hubo que poner pensamiento absoluto donde lo había relativo, y pensamiento racional donde lo había mitológico. Hubo que hacerlo para que la vida en sociedad fuera viable. La realidad, la verdad, y todas esas categorías se caen solas ante la máxima de Protágoras. Lo debieron saber Sócrates (vaya sofista), Platón (a su pesar, un poeta), Aristóteles (un genial y eterno adolescente), y todos los demás que les siguieron; pero si el hombre quería “progresar”, debía buscar solución al abismo que tenía ante sí. Ya se estaba cocinando en Oriente esa solución. Zoroastro (el mazdeísmo), el judaísmo, en fin, el monoteísmo traía el apaño, y Alejandro abrió la redoma para que el mundo de entonces se globalizara. Occidente cedió sus abismales descubrimientos y sus infantiles maneras, y Oriente puso a un Dios iranio de moral irreprochable donde reinó el dorio Zeus con los más humanos vicios. Si se sabe todo esto, se está en peligro. No hay nada más peligroso que el saber. Pero si además se entiende que el hombre es hombre merced a su capacidad para generar imagen, que incluso conoce a través de esta capacidad, la cosa cambia. Es la imagen lo que nos salva. Siempre lo hizo. Pero esto es muy largo de tratar en profundidad por esta vía. Yo, claro, por desgracia soy relativista y ateo. Sin embargo, necesito a los dioses como el comer, porque en ellos está condensada nuestra más fina y alta capacidad para la imagen. Ah, dioses míos: “el mundo es mi representación”, a ustedes la confío. No está mal esta frase que se me acaba de ocurrir (a partir de la idea de Schopenhauer) para escribir algo al respecto. No descarto hacerlo. A ver cuándo podemos quedar para hablar un rato. Abrazos.


II


Hola, amigo mío. Espero tus cuentos. Gracias. Bueno, todos tenemos que "montarnos una película" para poder vivir. Hay que creer en algo. Yo lo hago en el potencial de la imagen. El cerebro, en sí mismo, no es santo de mi devoción. Estoy muy lejos del positivismo científico que tanto se fija en él. Esto hace mucha falta en el plano médico, pero en otros planos... Hablamos de un soporte biológico, poco más. A través de su análisis nunca podremos conocernos del todo, afortunadamente. Lo peligroso es que mucho antes de acercarnos a la fantasmagórica meta, y dada la enorme frustración implícita en su estudio, combinada con la infantilidad que padecemos, habremos tomado el desgraciado desvío hacia la inteligencia artificial. Lo inteligente y artificioso llevado a mínimos, eso sí podríamos controlarlo reducidos ya a lo infrahumano. Entonces... No sé si conoces a Gottfried Benn. Es un grandísimo poeta un tanto proscrito porque, desgraciadamente, tuvo su época de coqueteo con los nazis. Luego rectificó, pero... En fin, una de las mejores voces del siglo XX, sin dudas. Este hombre dijo: "El cerebro es un camino equivocado". La frase de Krishnamurti que refieres es un refrito cientificista del acusmata pitagórico "Conócete a ti mismo", convertido en aforismo y adjudicado después a mucha gente, entre ellas a Heráclito. Pitágoras había aprendido esto de los egipcios, y aquéllos de... El conocimiento, amigo, tiene contadas fuentes. Los comentaristas apenas pueden salirse de ellas sin desbarrar. El hombre no ha inventado casi nada totalmente nuevo y realmente poderoso en el plano metafísico en los últimos dos mil quinientos años. Estamos muy liados con la física, pera ir con verdaderas ganas más allá de ella. Yo, con Ortega pienso que la ciencia experimental en cópula frenética con la economía de mercado nos está devastando... El cerebro, como lo estudia la neurolingüística y la neurología, no me pone. Lo que no es cerebro, pero en él se gesta y potencia, eso somos. El cerebro es naturaleza, el hombre-hombre es sobrenaturaleza. El cerebro humano evolucionó para crear algo que jamás podrá comprender ni abarcar. Esa demasía inabarcable: la imagen, es la clave, al menos para mí. Voy a escribir algo con relación al ateísmo a partir del comentario anterior que me hiciste. El fin de semana lo publico. Abrazos.

 

III


Hola, G. Ya me las vi con tus dragones. No los leí como cuentos, sino como textos didácticos con ascendente oriental. Temas muy interesantes. Gracias. "Fobia a la inseguridad y miedo al dolor". Me interesan ambos. Manejas dos categorías de manera que no me quedan muy claras en todos los casos: sabiduría y conocimiento. Cuando "caes" a su vertiente científica, me atraen menos. Sofía y gnosis son cosas bien distintas, que poco o nada tienen que ver en origen con la ciencia, algo de mucho menos pedigrí y amplitud. Mi abrazo.


IV


G., leídos... Las mismas sensaciones. Totalmente de acuerdo contigo en la valoración del Amor, pero por razones distintas. Buen colmo a los cuatro textos. Hablamos... En el último de ellos se esencian los análisis y aparecen más claras, si cabe, sus fuentes. Mis objeciones primeras:

No creo que haya mente o cerebro capaz de mirar la realidad (¿qué es, además, la realidad?) sin falsearla, sesgarla o enmascararla. Eso hacen lo lobos, que no pueden sobrepasar el conocimiento que se les da por vía sensorial. El hombre resulta hombre, justo, por hacer lo contrario. La realidad y la verdad son convenciones tan mobiles como la donna de Verdi. ¿Qué es una mente libre? Parafraseando a Seferis, te pregunto: ¿Qué es la realidad, qué no lo es, qué hay entre lo uno y lo otro?

                                            Es un perfecto loco quien ve falto de locura (Ausias March)

                                            Sólo en la ilusión de libertad, la libertad existe. (Pessoa)

Por otro lado, la mente humana no puede mirar al margen de la memoria. Eso nos devolvería a lo bestial. Ni siquiera en un mundo híbrido (homo-maquinal) se puede prever ese escenario. El hombre, si es algo, es memoria. “Percibir acaba siendo sólo una ocasión de recordar”. (Bergson) ¿Una ocasión de imaginar? La memoria es un imaginario selectivo… Cuidado con la soledad, amigo. Está bien, con sus matices, claro. “El hombre sólo es hombre entre los hombres”. (Octavio Paz)

Está bien, G., todo eso que propones, siempre que lo veamos como un juego, y no pretendamos pontificar en dirección a la "verdad y la realidad". Hay que dotar de sentido al sinsentido, mas lo importante es jugar, si ello ayuda a vivir. Importa el camino, tercamente desdibujado... y su búsqueda: ¿Qué camino tomará el camino? (Ortega) “... y mientras busca se busca, y al par enciende y arde”. (Ovidio)

Encender y arder. No hay otra. Y hacerlo lo más humanamente posible. ¿Se puede de otra manera? Abrazos.


V


G., amigo, no te preocupe corregirme. En lo absoluto me molesta... ¿"En un encuentro personal"?. Sí, sólo en ese terreno nada objetivo, se puede hablar de verdad y realidad. A mí no me divierte hacerlo, pero si acotado de esa manera, no lo hallo pernicioso. Si la verdad y la realidad ocurren en un terreno personal, entonces la mente que no las falsee tiene que actuar necesariamente en el mismo terreno. En ese plano, completamente subjetivo, esto es sano, como también lo distinto y lo contrario. Si se trata de caminos personales, todo vale, siempre que no limite a otros caminos del mismo tipo. "Un arduo camino existencial" (en mi opinión, siempre recomendable) nos lleva a representarnos el mundo de una manera subjetiva, que a priori es válida, sólo, para el caminante. Si es así, de nuevo de acuerdo. Como ya te dije, se trata de "montarse una película" para dotar de sentido al sinsentido. Si esto se contiene en el terreno personal, me parece perfecto. Me interesan y gustan desde el buen retórico, hasta el místico o el hermético santón, si actúan con buena fe, y se mueven en el terreno de la imagen sin pretender obligar en su dirección a nadie más.

Sé que tú sólo pretendes compartir las cosas buenas que has creído encontrar, o sea, que has encontrado. Esto me parece loable, muy loable. Nada que objetar. Pero todos somos deudores de nuestra experiencia vital (existencial, si quieres) y de nuestras lecturas, que forman parte importante de ellas. En mi caso, tal experiencia (lecturas incluidas, claro) lejos de cerrarme, me abren. Me cierran a determinadas cosas que considero señuelos sin mucho peso, pero me abren a muchas otras que conforman un horizonte de infinita extensión. Tal "res extensa" es totalmente incompatible con el hallazgo definitivo, determinado y finito. Para mí, ahora mismo, lo que más se acerca a eso que llamas "hallazgo posible" es el descubrimiento de la primacía que tiene la imagen en la esencia de lo humano. Pero ni siquiera en ello veo un remedio universal, o un “sendero” válido para todos. Yo trabajo porque el hombre retenga humanidad frente a los infantiles ataques de cientificismo que lo están llevando a su propia negación. En este afán, la imagen en todas sus formas es mi principal aliada: ¿Dios? Perfecto. ¿Dioses? Bienvenidos sean. ¿Santones? Vale. ¿Iluminados? De acuerdo. Todo lo que demuestre que el hombre no cabe en su bestia, me vale, siempre que no tenga pretensiones más allá de lo personal. Me vale todo como aliado, pero no todo me convence en profundidad. El pensamiento tiene niveles de gravedad e intensidad. Estoy acostumbrado a hurgar en el más grave e intenso, aunque tampoco lo considero suficiente si no tamizado seriamente por la imagen. El pensamiento de baja intensidad no me divierte... Ahora bien, si eso que debemos hallar es el Amor (racionalizado), bienvenida la búsqueda. El Amor es para mí la imagen primaria por excelencia. Racionalizarlo es innecesario e imposible, pero cómo entretiene y humaniza tal esfuerzo. He escrito libros enteros en este sentido. El último de ellos se llama "Los nombres del amor". Es una especie de tratado ontológico sobre el amor, pero fíjate cómo termina:


                                                      Los nombres del amor


                                                                                              ¿Quién vendrá de lo alto
                                                                                              con fragmentos de viento
                                                                                              a darte nombres?
                                                                                                                 J. A. Valente


                                                        Dije, entre otros muchos nombres:
                                                        neuma/ oscuridad/ motor/ alteridad/ convenio/
                                                        temeridad/ dolor/ redondez/ codicia/ fidelidad/
                                                        dependencia/ reposo/ fatalidad/ grieta/ narcisismo/
                                                        arraigo/ epifanía/ inocencia/ camuflaje/ miedo/
                                                        erotismo/ aislamiento/ dominio/ ilusión...

                                                        Muchas veces intenté alcanzarlo, siquiera rozarlo.
                                                        No con su nombre más abstracto, ése, sonoro,
                                                        que a falta de otras dimensiones
                                                        arracima como puede en el turbión emocional de quienes aman;
                                                        sino con esos otros, hijos mimados de la imagen,
                                                        que bajo su silente y sugestiva saya
                                                        tan bien se nos esconden.

                                                        Los busqué en tantas voces...
                                                        Los invoqué de tantas y distintas formas...
                                                        Acaso los dije sin poder con ello
                                                        ni atisbar su karma.

                                                        Este libro exhibe mi halagüeño fiasco:

                                                        Relincha lo inefable en su asteroide.
                                                        No tintan a la luz los nombres del amor.
                                                        Todavía quedan nombres que buscar
                                                                                                                                      entre las sombras.

                                                        Todavía quedan sombras en el reino de
                                                                                                                                      los nombres.

Decía fray Luis de León: “...no es posible que llegue la palabra adonde el entendimiento no llega.” El Amor no se puede racionalizar, ni siquiera nombrar con precisión. Es la prima imagen, el poema perfecto. Donde dice Dios, debía decir Amor. ¿Buscarlo? Está bien. ¿Qué podemos objetar? Buscar el Amor es intentar cada día ser más hombre; es buscar luz imaginaria en la oscuridad más rotunda. (“Ay oscuridad, mi luz”, decía Lezama) Eso siempre es positivo y edificante… Pero no hay un solo camino para hacerlo. Hay muchos, por suerte. Todos comienzan y acaban en la imagen. El Amor es verdad… poética, como toda la verdad que importa.


                                                        “… y el Amor estuvo en medio del
                                                        remolino, todas las cosas convinieron en la
                                                        unidad bajo su acción.”
                                                                                                     Empédocles

Mañana publicaré una pequeña nota sobre el ateísmo. Abrazos.


VI


Sí, G., este texto ya lo había leído en tu blog. Como podrás imaginar, mi relativismo me aleja de tu posición. La verdad, para mí, es una imagen convenida por conveniente. La única verdad que doy por buena es la poética, y siempre es resultado de una operación cognitiva limitada y "resuelta" en la imagen, pero con un sentido práctico indudable. Pocos lo han sabido decir como Tagore: "El río de la verdad va por cauces de mentiras". Claro, “la verdad no está en las palabras”. No está. No es. No existe. Es una invención más del hombre. Por eso tiene un pedigrí tan dudoso y un talante tan pizpireto. Pero nos hace falta. Es una necesidad ética. Y seguiremos tras ella por esos cauces de mentiras. La verdad no cabe en las palabras, claro, porque la imagen no cabe en ellas, mucho menos si es primaria. El amor, la verdad, la belleza, la bondad... son imágenes primarias, arquetípicas, muy útiles. Entonces, para mí, la verdad es una mentira más que, por oportuna, se ha hecho imprescindible para un grupo determinado en un momento determinado. Así se ha pactado por ese grupo, y vale para ellos en tanto no pacten cosa distinta o contraria. Amén. (Provisional también, claro). Abrazos.


VII


G., amigo, esto que dices me parece perfecto. Lo apruebo. No creas que fijo posición más que relativamente. Como mucho, podría decir con Comte, aunque no me guste: "Todo es relativo, he aquí el único principio absoluto". Desde este ángulo, comprenderás que no es fácil fijar posición. Por eso, en el final de mi anterior mensaje te pongo: "Entonces para mí, la verdad es una mentira más que, por necesaria, se ha hecho imprescindible para un grupo determinado en un momento determinado. Así se ha pactado por ese grupo, y vale para ellos en tanto no pacten cosa distinta o contraria. Amén. (Provisional también, claro)" Ahora bien, en ese proceso abierto que sigues, colmado de positivismo, das por cierta la existencia de la realidad y la verdad. Aquí pareces haber ya descubierto algo. En ese descubrimiento no puedo acompañarte en plenitud, aunque me apeteciera hacerlo. Pero lo hago oblicuamente. Me real-izo en la verdad poética... y voy dando fe de la aventura, incubando y testando memoria, que no es poco. Abrazos.


VIII


Muy bien, G. En los predios de la mística (todo imagen ellos) los estados de ataraxia o de nirvana son perfectamente concebibles. El "no se qué" de san Juan, que coquetea con el Todo y la Nada al mismo tiempo, es un parabán perfecto para dimensionar ad infinitum la (i)realidad que se considera habitable. La mística es territorio excelso de la imagen, de la poesía. Pero claro, se trata de un camino muy personal, tal vez el más personal de todos. Cuando san Juan explicaba a sus monjitas lo que escribía, cuando ponía el corsé didáctico y dogmático a sus imágenes, las reducía penosamente, aunque para algunas mentes incapaces de captar y asimilar imagen, tales explicaciones sean la única vía de acceder al santo. Entonces, si tu camino es místico (paréntesis, porque no es Dios la cara fuente de tu luz), tal vez debía quedar más explícito en tus textos. La mística y la ciencia (neurolingüística, neurología, etc) no se llevan nada bien. Asumiendo que me permites un consejo, y que me perdonas lo pedante de creerme capacitado para dártelo, te digo: ten en consideración que la mística abre lo que su racionalización cierra. La mística, por definición, es incompatible con la ciencia. Efectivamente se produce: "toda ciencia trascendiendo", muy lejos, pero muy lejos del "erróneo camino del cerebro". Abrazos.


IX


No te encasillo, G. Al menos no pretendo hacerlo, créeme. Lo que sucede es que para mí cada palabra tiene un peso (sema y fonema) y un sobrepeso (imagen pura). Entonces, cuando leo algo, no puedo dejar de pesar en ambos sentidos. Es un defecto, ya lo sé, pero es así. Perdóname, no lo puedo evitar... O sí, pero lo evito cuando no me interesa el interlocutor, y no es tu caso. Tu discurso, sobre todo cuando cae a la ciencia y a lo oriental, tiene unas fuentes que conozco (o creo conocer, aunque no en detalles, sí) en lo esencial. Realmente estimo que estos "pensadores", que van, salvando las distancias, desde Krishnamurti, a De Bono, pasando por Maharshi, Tolle, etc; en fin, quienes en el fondo sustentan desde la programación neurolingüística y el pensamiento emocional, hasta el pensamiento eficaz de cara a la empresa pura y dura, son, en mi modesta opinión, ideólogos de quinta fila que, sobre todo con la intención de vender, mezclan pensamiento occidental con oriental, ciencia con iluminación, imagen con razón, o sea, todo, sin saber en muchos casos si matan o espantan. Yo ahora mismo estoy releyendo a Schopenhauer, Nietzsche, Heidegger, Wittgenstein y Ortega, con vistas a un trabajo que tengo que presentar en septiembre en la Universidad de Granada. Claro, cuando te hundes en el pensamiento de primera línea, estés o no de acuerdo con el pensador en cuestión, te haces muy exigente. 

Pero yo sé, o creo saber, lo que tú pretendes, y en eso tienes toda mi complicidad y admiración. Sólo pienso, y así lo digo a todos los que se mueven desde el cientificismo al chamanismo buscando salidas en las fronteras o las antípodas del pensamiento occidental, que todo lo que necesitamos está en nosotros. Y que ese nosotros ya tiene incorporado su buena porción de Oriente, porque, sobre todo después de Alejandro, no existe Occidente en puridad. De Oriente nos vinieron prácticamente dados, incluso, Yahveh y Jesús (¿quieres algo más oriental?) cuando generamos la necesidad de un dios-Uno. Todos o casi todos nuestros grandes pensadores llevan en sí su porción de Oriente por una u otra vía. Desde Pitágoras a la actualidad esto es un hecho. Nosotros, antes de ser racionalistas fuimos chamanes, experimentamos lo mitológico, lo numinoso, fuimos (y somos) idealistas... Pero también participamos, y de qué manera, el monoteísmo oriental con todo lo que ello implica. Todo lo tenemos ahí, en nosotros mismos, a la mano. Cuesta, porque el pensamiento hondo es muy árido. En un mundo como el actual, el "pensamiento duro" es, como la buena poesía, una molestia, casi una excrescencia del espíritu. ¿Espíritu? ¿Qué espíritu? Sus carencias son aprovechadas por comentaristas de bajo nivel para hacer el agosto y vender libros de seudopensamiento como best sellers. No digo que no tengan ningún interés estos autores y sus libros, no. Todo en potencia lo tiene. Pero su interés decae si conoces bien las verdaderas fuentes. Por eso me alegra cuando te veo girar a Occidente y tirar de san Juan, por ejemplo. 

Te equivocas, al menos para mí, no hay nada malo en la mística. Es mucho más "lícito" este camino, que, por ejemplo, el marcado por gente iluminada como David Wilcock, que se planta frente a miles de alelados incultos con su cantinela ecléctica, mezclando teorías heracliteanas u órficas con otras de Descartes, como si nada. Me quedo con san Juan, claro... mil veces. Por otro lado, no creas que soy un hombre tan culto. Esto de la cultura es como todo, depende de con quién compares a quien parece tenerla. Si me comparas con Wilcock, creo que puedo serlo, si lo haces con Reyes, Borges o Lezama, soy muy inculto. En cualquier caso, considérame tu amigo y discúlpame si crees que te encasillo, porque no lo hago para nada con intención. Es más, creo que no lo hago. Abrazos.


X


Ay, amigo, la cultura, el pensamiento, las ideologías, el éxito material, profesional o económico... y también los afanes de vida y felicidad... Todas son estrategias para llenar ese vacío existencial tan tercamente prendido a la consciencia. Yo, como tú, creo por encima de todo en la fuerza del Amor, sólo que lo entiendo como una imagen primaria, tan real como eso. "Nada es más real que la imaginación", decía Lezama. La felicidad... bueno, coincido con Erasmus y Ortega: "es estar fuera de sí"; y también con Robert de Montesquiou: "no es otra cosa que esperarla". Así que soy feliz cuando espero salir de mí, imaginando... Sólo que, como para mí la imaginación es algo consustancial al hombre, soy casi siempre infelizmente feliz. Algo que se espera, nunca se alcanza, pero si justo en ese esperarlo y no alcanzarlo está lo buscado... Cuentan que Rimbaud, a quien un amigo le dijo: "soy muy feliz", le contestó preguntando: "¿Y cómo has podido caer tan bajo?" Río... Si el pobre hombre le hubiera dicho: "soy infelizmente feliz" Rimbaud, que tal vez se consideraba entonces felizmente infeliz, hubiera tenido que detenerse y considerarlo... En fin, ni Freud ni Jung fueron científicos. Lo pretendieron en vano. El psicoanálisis tiene de científico lo que yo de piloto de aviación. A mí Freud no me divierte tanto, pero Jung sí. Al final todo lo resuelve con la sombra y la fantasía creadora. ¿Y cómo no...? Terminas diciendo que el Amor es un misterio. El término misterio suele ser un cajón de sastre que utiliza el hombre cuando abocado a los límites de la razón, no puede resolver, se paraliza si no tira de la imagen. Pero sí, el Amor es un misterio porque es una imagen, es la Imagen. Ya no es un misterio ni siquiera la cara oculta de la luna, y el Amor lo sigue siendo. Es una gran imagen que jamás caerá al concepto aprensible, porque es primaria, irreducible. Por eso no se puede siquiera nombrar en condiciones, y hay que irlo apodando y apodando sin éxito. Pero acepto la palabra Amor, para entendernos, y la tengo tan valorada como tú. Abrazos.


XI


Bueno, G., para mí la imagen pudiera ser algo tan sencillo como el resultado de la capacidad de imaginar. Simplemente lo que nos hace hombres. En especial la capacidad de "inventar" realidades "habitables" que no llegan por vía sensorial, para oponer a las hurañas realidades que nos llegan por esa vía. Claro, si todo fuera tan sencillo... No, no lo es. Mi modesta "investigación" al respecto, que sobre todo se recoge en mi poesía, me ha llevado a creer que dependemos tanto de la imagen, que incluso conocemos a través de ella. Y esto complica mucho las cosas. Aunque mi concepción de la imagen tiene base poética, se contamina necesariamente con el pensamiento puro y duro, y entonces entran ahí la gnoseología, la ontología, la metafísica, la psicología... En fin, complejo. Yo creo que nos hicimos hombres justo gracias a la imagen, al resultado de esa capacidad para no aceptar medir el mundo (ni medirnos en él) sólo a través de los sentidos. Claro que la imagen es una representación mental, pero no sólo de la realidad sensorial, sino también (y especialmente) de la suprasensorial. Ahí es donde la cosa se pone interesante. Creo que nos separamos y distinguimos de la bestia cuando no nos bastó lo que rastreábamos, olfateábamos, palpábamos, escuchábamos y veíamos para comprender el mundo y relacionarnos con él; cuando, para redimensionar esa relación, creamos imágenes que no cabían en aquellos límites ni provenían de sus predios. Pienso que esa capacidad y sus resultados son nuestras señas de identidad como especie. En esto soy integrista, porque no creo que tal capacidad tenga su base siempre y necesariamente en la experiencia previa. Pudimos imaginar cosas al margen de (incluso antes de) experimentar sus posibles referencias por vía sensorial. Todo esto es complejo. A mí no me hace falta para nada avanzar más por caminos reductores, porque sé que si lograra definir a la perfección algo así, perdería gran parte de su fuerza (como dices tú: de su misterio), pero sí que lo he intentado para complacer a mi hijo mayor que se interesa también por todas estas cosas. Claro, por suerte no he podido, pero te paso la última intentona:

Imagen:

Resultado significante de un proceso cognoscitivo que puede tener dominante mágica, onírica, artística, experimental o racional. Representación mental de una parte de la realidad, sea ésta sensible o suprasensible. No necesariamente figurada, ni siquiera siempre inteligible. Dios, por ejemplo, es la imagen por excelencia.

Insisto, no vale de mucho intentar reducir a concepto una cosa como ésta. Y pudiéramos estar hablando de ello durante varias vidas. Pero para qué, si un solo verso, una sola frase de alguien brillante, te puede “aclarar” mucho las cosas, dejándolas para siempre en su fértil oscuridad. Mira, mis bases con relación a esto tienen fuentes que van desde el pensamiento presocrático a Lezama, pasando por unos cuantos pensadores y poetas que considero esenciales. La lista sería muy extensa. Pero te voy a escribir unas citas del gran poeta habanero, que, desde un rarísimo humanismo cristiano con base órfica, ya recogen muy bien antecedentes claros como Pitágoras, los órficos, Heráclito, Empédocles, los místicos españoles, Vico, Bergson, Baudelaire, Mallarmé, entre otros muchos "descarriados"...


                                                       Nada es más real que la imaginación.

                                                       La imagen es la causa secreta de la historia.

                                                       La hipótesis de la imagen es la posibilidad.

                                                       Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en 
                                                       la infinidad. Ya la imagen ha causado una causalidad...

                                                       Ahora, ya sabemos que la única certeza se engendra en lo
                                                       que nos rebasa.

                                                       Lo imposible moviéndose en la infinitud engendra un potens que es
                                                       la imagen posible.

                                                       Cualquier participación en lo imposible convierte al hombre en un
                                                       ser imposible, pero táctil en esa dimensión.

                                                       La penetración de la imagen en la naturaleza engendra la 
                                                       sobrenaturaleza.

                                                       En esa conciencia de ser imagen, habitada de una esencia y una 
                                                       universal, surge el ser.

                                                       Somos el recuerdo de una imagen.

                                                       Todo lo que se puede imaginar gravita.

                                                       Si me descifras en el río, te muerdo en la serpiente.

Créeme, G., te ofrezco doce, pero te podría ofrecer cien más. Es en la poesía donde todo esto alcanza su real fuerza. Es en la poesía, esa sobrenaturaleza, o sea, esa naturaleza penetrada por la imagen, donde es y existe el hombre como tal. Puede habitar otros ámbitos, pero como un pobre animal. ¿Pudieras, por favor, enviarme algunas muestras esenciales del pensamiento de Krishnamurti que no se puedan encontrar en mejor estado en otros sitios, y que me animen a entrar a fondo en su obra? Abrazos.


XII


Investigo, amigo, investigo... ¿"Fuera del devenir"? ¿"Sin siquiera desear"? Bueno, es ése un "campo existencial" ahora mismo no humano. El hombre trascendente, divino, histórico, no puede evitar el devenir. Sólo el hombre inmanente, titánico, ahistórico, pudo y puede hacerlo. Lo que es y no deviene (si hay algo que cumpla esto: Dios, la Nada, qué se yo) es lo que no somos nosotros, o sea, lo que hemos inventado, creado, imaginado para tener con qué medirnos. Cualquier cosa que sea la IDEA emanante platónica o la "cosa en sí" kantiana, sólo eso es y no deviene. Nosotros estamos en el tiempo. Puede que no sepamos bien qué es el tiempo (Decía san Agustín: "el tiempo es una extensión, ¿pero de qué?”) mas no podemos escapar a él. El devenir incluye el "Ahora". En él, como en sus distintos o contrarios (Ayer, Mañana) el hombre sólo puede meter imagen... ¿"Sin memoria ni deseo"? Fíjate, no me cuesta creer que en una operación volitiva un tanto extrema, cualquier santón pueda llegar a evitar gran parte del deseo y el temor, pero no de la memoria. La memoria es un imaginario selectivo, puede soportar operaciones de espulgo, pero ¿anularla? No digo que no pueda hacerse por momentos, pero ¿sostenidamente? La memoria es algo muy traicionero, amigo, y pertinaz... Es un veleidoso archivo de imágenes. Eso somos, y, ni siquiera el transhumanismo más severo y estúpido, puede prescindir de tal archivo en su viaje hacia la máquina artificialmente inteligente. Además, ¿"en silencio y sin memoria"? ¿Cómo se manifestarían ante ti tus hijos, después del acto mismo del nacimiento (Ahora)? ¿Olvidarías que lo son continuamente y no podrían recordártelo con palabras? Ese "Ahora" tendría que ser secuencial por fuerza, estar compuesto por muchos "ahoritas". Ah, amigo, estamos, somos, existimos en el tiempo. Las operaciones que nos sacan de él, nos sacan de nosotros mismos, por eso nos hacen pasajeramente felices. Tal misión tenía Dioniso entre los griegos, pero hasta éstos sabían que sólo el tiempo puede dar al hombre histórico algo de sí mismo para que crea que no está en él. Abrazos.


lunes, 29 de junio de 2015

El hombre nuevo, la rana toro y el pez gato




 Esquina que conforman las calles 490-A y 5ª. Guanabo. La Habana. Cuba



Mi primo Juan Manuel acaba de regresar de unas vacaciones en Cuba. Estuvo en Guanabo, apéndice playero de La Habana; localidad que cuenta con quince mil habitantes, y está situada a unos treinta kilómetros del centro capitalino; al norte, asomada al Estrecho de la Florida. Allí todavía vive parte de su familia. Allí viví con la mía los últimos diez años que estuve en mi isla.

Juanma, como todos los que visitan Cuba, viene cargado de noticias sobre el hombre nuevo y sus peripecias caribeñas. Como ya comenté en otras ocasiones, el hombre nuevo desembarcó en esa región paradisíaca a través de Haití, a finales del siglo XVIII, como producto estrella de su revolución, réplica sui géneris de la francesa. Había sido brutalmente apresado en África por sus convecinos, para ser vendido después a los esclavistas europeos que lo llevarían a América. En este continente se vio abocado a un medio extraño en todas sus facetas, pero no pudo resultar nuevo-nuevo, hasta que, integrado en una clase social de inspiración jacobina, alentado por el mago François Mackandal, y dirigido entre otros por Toussaint-Louverture, cortó la cabeza a todo blanco que se encontró en su camino, y fundó la primera república libre de la América no anglófona: Haití.

Sí, el haitiano fue sin dudas el primer hombre nuevo en la tierra de lo real maravilloso. Aunque mantuvo el grueso de sus tradiciones culturales, en puridad ya no era africano, y mucho menos resultaba europeo. Era nuevo y americano. Claro, su excepcional condición no fue pensada ni diseñada en el viejo mundo. Sobrevino por la brusca segregación sociocultural y geográfica que le impuso el esclavismo, y por las lógicas ansias de libertad que ello le produjo. Este hombre pasó de la prehistoria a la historia en unas décadas. Y no porque quisiera, sino porque se encontró, sin beberla ni comerla, en el eje espaciotemporal donde la historia tomaba carrerilla para el acelerón de los últimos siglos.

El cubano castrista es el segundo hombre nuevo de América. Pero éste sí que nació concienzudamente marcado por el hierro metropolitano (euroasiático). Se pensó en Londres. Se creó en Moscú. Se aderezó en Pekín. Pasados ciento cincuenta años del casual novum haitiano, en los “cultísimos” círculos terratenientes de Birán, (Mayarí, Holguín) y estudiantiles de Santiago de Cuba, se cocía su razonada prolongación caribeña. El habanero, que había heredado toda la cultura mediterránea, y había logrado levantar una suerte de ciudad-estado en la bocana del Golfo de México, (aquella maravillosa réplica egea que a principios del XIX dejó boquiabierto a Humbolt) tuvo que asumir su rol histórico: capitanear la continuidad de la obra del haitiano, y de una vez por todas regalarle al mundo civilizado el primer hombre nuevo periférico completamente resuelto.

Hice esta pequeña introducción para contextualizar la anécdota que les contaré ahora: una entre las tantas que nos trajo Juanma de aquel emporio de chispa y originalidad. Podrán comprobar una vez más cómo el hombre nuevo enfrenta las dificultades, cómo se crece ante ellas.

Resulta que las calles de Guanabo, que fueron magníficas mientras el hombre viejo dio importancia a tales bobadas, se han convertido en extensas y permanentes balsas de agua retenida, porque, al parecer, el hombre nuevo caribeño no necesita calzadas para hacer rodar sus ideas, tampoco sus cuerpos o mercancías. (Sus ideas, sencillamente planean, y las demás menudencias, reposan). Sin embargo, estas pistas de agua putrefacta hasta ahora no se estaban aprovechando como es debido, o eso pensaban las autoridades locales,  porque ni siquiera los perros beben en ellas, que son la playa de los mosquitos y el spa de las ranas toro. También son el aliviadero de las aguas sucias de uso doméstico, porque la mayoría de los vecinos de Guanabo no cuenta con red de alcantarillado para tales menesteres. Sus casas tienen viejas fosas sépticas colmatadas que rebosan sin parar, y por gravedad colonizan las cotas más bajas del predio, o sea, las antiguas calles.

El hedor no tanto, (la membrana pituitaria del hombre nuevo no es nada quisquillosa) pero los mosquitos y jejenes, que son unos cabrones, molestan bastante, especialmente a los escasos turistas que se hospedan en diez kilómetros a la redonda, lo que obliga a realizar costosas campañas de fumigación. Por otra parte, las ranas toro croan, tan alto, que estorban a los vigilantes de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR) cuando, de ronda para salvaguardar los logros, deberes y derechos del hombre nuevo, necesitan escuchar con claridad lo que se habla en sus casas.

Los mosquitos perduran a pesar de la fumigación veraniega, (sólo se lleva a cabo en zonas y temporadas turísticas) pero las ranas toro han ido despareciendo por la razón dicha: su exagerada vocalización. Los vigilantes de los CDR se las fueron comiendo poco a poco y ya rozan la extinción.

Hace unos meses, el gobierno central del país creyó haberse equivocado al permitir la desmedida captura urbana del gran anfibio isleño, (cada vez hay más mosquitos y menos insecticida para combatirlos; también han proliferado los roedores) y se propuso repoblar las otrora calles de Guanabo con nuevas ranas toro. Pues bien, los funcionarios del Ministerio de la Industria Pesquera se dirigieron al lugar donde esta especie debió estar siempre: los ríos y sus inmediaciones, para capturar individuos sanos en edad reproductiva, y llevarlos a las pozas callejeras por mucho que croaran… Ah, pero no los encontraron. ¿Por qué?

Años atrás, la élite holguinera que manda en el país hace más de medio siglo, decidió que a sus paisanos les vendría bien comer algo más de pescado. Adquirió en Tailandia unas cuantas parejas de pez gato (clarias) y las soltó en los ríos de media isla. El clarias es un pez que el cubano odia, entre otras cosas, por feo, y porque ni siquiera el hombre nuevo (todavía supersticioso, por raro que parezca) puede fiarse de un pez que respira fuera del agua. ¡Solavaya! Por añadidura, este engendro acuático es enorme y voraz. Dondequiera que habita se zampa a todo otro bicho viviente. En los ríos cercanos a Guanabo no queda una rana toro. Sólo hay clarias.

Al comprobarlo, el gobierno pensó que cada guanabero bien podría criar clarias en la bañera de su propia casa para que los ríos volvieran a llenarse de ranas toro. Pero allí casi nadie cuenta ya con bañera en el cuarto de baño, y los pocos que la conservan suelen ocuparla con cerdos y otros animales menos sospechosos y repudiados que los peces gato. Entonces el gobierno decidió repoblar de ranas las pozas callejeras por otras vías. Aunque parezca increíble, la solución pasará de nuevo por África y Haití.

La rana toro, esquilmada por el clarias en los ríos locales, pudiera traerse de otros países cercanos a un precio razonable. Pero los vigilantes de los CDR, que espían a placer y sin interferencias sonoras desde que ésta desapareció de las pozas de su barrio, prefieren una especie de rana que no vocalice… Si la solución debe importarse, ¿por qué no pretender que sea perfecta?   

En fin, y para resumir, el gobierno importará de las calles de Puerto Príncipe, Haití, una especie también enorme llamada rana goliat. Según se cuenta en los mentideros de Guanabo, la tal rana llegó a Haití desde Guinea Ecuatorial no se sabe cómo ni cuándo. Al parecer, habita los charcos urbanos en la capital del país vecino a salvo de los hambrientos porque debe ser muy socorrida para los ritos vudú, lo que, dicho sea de paso, le otorga a la especie un valor añadido para el hombre nuevo de Cuba (no del todo ateo, créanme) en el terreno religioso. Se trata de una rana muda, que puede comer hasta un kilogramo de mosquitos o jejenes diario. Eso, en caso de que no entretenga el hambre con alguna rata. Sí, la rana goliat puede comer hasta ratas. Queda por ver cuál de estas especies termina dominando las pozas callejeras de mi antiguo barrio.

Pero no duden que el hombre nuevo cubano, sea cual sea el resultado de esta ingeniosa idea de su vanguardia, sabrá sacarle provecho aunque sea a largo plazo. Las calles (pozas) de Guanabo están vivas. Eso es lo importante. ¿Por qué añadir alquitrán a un mejunje biótico tan prometedor? Si hablamos de heces, ¿por qué consagrar las minerales en los caminos del hombre? Además, ¿quién puede estar interesado en andar por esas viejas calles como lo hacían por las suyas los cónsules romanos? El día que Dios decida volver a pasar por Guanabo, preocupado, claro está, por los mosquitos, las ranas y las ratas, mire usted, que se olvide de sus sandalias áureas, que se remangue la túnica y se calce botas de agua.


                                               Peces gato capturados en ríos de La Habana



lunes, 22 de junio de 2015

Vera fantasía




                                        Portada diseñada por Francisco dos Santos




Cuando Francisco dos Santos me pidió un texto para presentar esta magnífica edición del Cantar de Mío Cid, incluida en la Colección Clássicos de la Editorial Lumme, supe que podría hacerlo, sólo, si era capaz de entender y refrendar su utilidad. Las dos únicas preguntas que me hice en aquel momento fueron: ¿realmente hace falta reeditar esta obra?, ¿por qué? No tardé mucho en responder afirmativamente a la primera; tampoco en decidir que mis esfuerzos debían dirigirse a ensayar una respuesta a la segunda para ofrecerla a los lectores. Entonces, ¿por qué una edición más de este poema? Y una razonable coletilla a la pregunta: ¿por qué leerlo o releerlo, según el caso, ahora? Todo lo que escribiré aquí buscará responder a esto ante quienes me acompañen con una mano en la falleba. Ojalá sea capaz de inquietarlos lo suficiente, de estimular sus muñecas hasta que abran o reabran la milenaria puerta, entren. Mi modo no será el filológico ni el histórico, sino el poético. No podré evitar molestas y necesarias contaminaciones, pues vivo y escribo concretamente en este planeta, en este tiempo histórico; mas intentaré cavar en el poema y su periferia como si lo hiciera en una mina de verdad poética. No hay mina exenta de grietas o filtraciones, lo sé, pero la veta es la veta. 

Nada nos hace más falta en estos momentos que encontrar vías adecuadas para activar nuestro anquilosado pensamiento mítico. Para ello, y a falta de mitos contemporáneos con suficiente músculo, es muy aconsejable visitar de vez en cuando la despensa. No con una vocación netamente arqueológica, que poco nuevo nos aportaría, y mucho menos con la peregrina intención de hacer aterrizar los mitos, según convenga, en la actualidad histórica, algo tan humano como enfermizo, y a la larga condenado al fracaso, sino con verdadero interés en movilizar nuestra imaginación. La operación es difícil, primero, porque para el hombre postmoderno, relativista y escéptico, ni siquiera los intereses propios resultan fiables del todo, y después, porque tal ejercicio demanda una asepsia casi sobrehumana en los terrenos ideológico y político. Aun así, creo que merece la pena intentarlo. Claro, llevamos tanto tiempo bajo el imperio excluyente de la razón, que desmontar su colmo positivista parece imposible. Sin embargo, hasta la artrosis más severa e incurable puede aliviarse con el tratamiento adecuado. Tengamos fe. Avancemos.

El Cantar de Mío Cid es una epopeya, esto es, un surtidor mitológico. Todavía tiene gran capacidad, si bien leído, (como poema, no como crónica) para estimular nuestras ganas de alta verdad poética. Sólo esto bastaría para recomendar su lectura. Ah, pero la carga mitológica del Cid Campeador se ha contaminado con la historia, (murió para quienes cayeron en esa trampa) y en sus complejos brazos prende o apaga tendenciosamente. Esto último aconseja, cuando menos, otras dos operaciones: el deslinde entre mito y acontecimiento, la actualización de ambos. Porque un buen mito, si vivo y sano en el imaginario colectivo, puede ayudarnos mucho a (re) conocernos, a reponer las ganas de mitificar, a mejorar como seres humanos, social e individualmente; pero el mismo mito convertido en pornográfica momia o fantasmal correcaminos, expuesto a la impostura y el politiqueo, puede ser muy peligroso. Entonces la lectura o relectura de este extraordinario poema conviene, tanto por el incentivo mitificante que comporta, como por lo recomendable que es, aunque resulte árida, su revisión actualizada. Todo ello con el fin de que la carga simbólica que late en él no se dé a la mala vida, y, mucho menos, a la mala muerte. Dijo Ortega: “los hechos deben ser el final de la educación: primero mitos, sobre todo, mitos (…) El mito es la hormona psíquica”. Totalmente de acuerdo. Siempre creí que detrás de este pensador apenas se escondía uno de los mejores poetas de su generación. Sin embargo, en otro texto el mismo autor se refirió al sumo cantar castellano (cosa rara en alguien tan escéptico) en estos sonantes términos: “Cuando llevamos dentro sus recios versos heroicos, nuestro peso moral aumenta”. Bueno, hasta aquí podemos llegar a regañadientes. Pero si Darío, en apariencia impelido por un encantamiento de similar estirpe, nos dice: “Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda”, deberíamos activar las alarmas.


Mío Cid, cantar de gesta castellano

Como es sabido, los cantares de gesta medievales tienen su origen entre los pueblos germánicos, en el período de sus grandes migraciones. De linaje vikingo, son hijos de la barbarie, ese estado tan propenso al heroísmo y la valoración del alma individual del héroe por encima del espíritu de su época. Debo aclarar que cuando hable aquí de lo bárbaro, lo haré siempre en el sentido más grecolatino posible, sin atender a modernas derivadas ideológicas. Sin embargo, (perdónenme la contradicción) obviaré el origen puramente lingüístico del término (bárbaros: los que balbucean, los que no saben hablar), y, por supuesto, prescindiré del cariz peyorativo con que éste nació en aquel entorno político.

No podemos hablar con propiedad de un cantar de gesta medieval, si no entendemos que este tipo de poema nace completamente ajeno a la política en su acepción más honda y primigenia, o sea, entendida como el entramado normativo que rige la vida en la polis. Para griegos y romanos, los bárbaros eran justamente aquellos que vivían al margen del enorme y afinado aparato jurídico-administrativo que exigía la convivencia en la polis. Se trataba en muchos casos de grupos nómadas, que operaban bajo una ética y una moral nada simétricas a las que se hacen imprescindibles en las sociedades urbanas de ascendencia mediterránea. La barbarie, así entendida, como estadio intermedio entre el salvajismo y la civilización, donde los conceptos de libertad y justicia pocas veces trascienden el marco personal, y que, como mucho, se extienden al clan y la tribu, está detrás del tipo de heroísmo recogido en los cantares de gesta, sobre todo en los que dieron origen al género.

Hecha la anterior aclaración, vale decir que el héroe, frente a cualquier tiempo histórico y orden social, lo es precisamente por apartarse de cuanto resulta norma en su entorno, por alumbrar un ethos propio, sui géneris y heterodoxo, que interesa por resultar extra-ordinario. El héroe verdadero, sin embargo, como todo símbolo, pierde eficacia cuando se racionaliza, cuando se involucra en la historia. Decía Jünguer: “El héroe pertenece al ámbito mítico y no sale de él, no entra en la historia. Esto sucederá únicamente en aquellos raros momentos en los que las fuerzas míticas pasan a ser históricas”. Pero es que en puridad las fuerzas míticas dejan de serlo justo en ese trance, que suele terminar, además, con un gran poema épico. Abundaba Jünguer: “El poema épico evidencia el sellado de una época a partir de la cual ya no surgirán nuevos héroes; la edad heroica llegó a su fin”. El Cantar del Mío Cid, como veremos después con más detalle, se inserta perfectamente en lo antes explicado. Hablamos de un poema, no de una crónica; de un protagonista que asienta su heroísmo en la verdad poética, no en la correspondencia de su ejecutoria con la verdad histórica. Hablamos además de un poema que cierra un período con ciertos rasgos bárbaro-épicos. Y todo esto es así, por mucho que haya pesado a Menéndez Pidal, y pese a quienes, todavía hoy, dan por buenas sus románticas conclusiones.

Camila Henríquez Ureña, en su ensayo “Edad Media europea”, nos recuerda que el cantar de gesta en su origen “era arte aristocrático: trataba de los hechos y aventuras de una nobleza guerrera, reflejaba su afán de gloria, su orgullo de casta y los conceptos morales que esa clase exaltaba”. Y como corresponde a una autora marxista, abunda: “Pero la boga de los cantares de gesta entre la nobleza decayó, porque esa poesía épico-heroica dejó de satisfacer los gustos de la clase dominante a medida que la vida de los antiguos guerreros se transformaba en la de la caballería cortesana, más sedentaria y palaciega (…) Perdido el favor de las cortes, los cantores tuvieron que ir en busca de un público más amplio, en calles y plazas, posadas y ferias, lugares de reunión populares, o seguir la ruta de los peregrinos que se dirigían a algunos lugares venerados”. Está muy dicho que el cantar de gesta desembarca en el Condado de Castilla, luego Reino de Castilla, León, Asturias y Galicia, proveniente del norte y centro de Europa, después de una escala fructífera en el Reino Franco. Parece que a Castilla llegó esta manifestación sintomática de la barbarie heroica habiendo dejado atrás su primera etapa, insertada de pleno en la segunda, o sea, dirigida a un público relativamente amplio, en alguna medida ya “democratizada”. Y parece que lo hizo en un corto período de tiempo; de un tiempo que se cantaba y cerraba a la vez.

Pero ¿por qué en la Castilla de los siglos XI y XII? Bueno, si se observa en el mapa de la península ibérica la correlación de fuerzas entre islam y cristianismo del VIII al XI, se podrá ver una evolución que comienza con la aparición al norte de un pequeño Reino Astur completamente aislado en las montañas y contra el mar, bajo la relativa amenaza de un fuerte Califato Omeya, continúa con el surgimiento de la Marca Hispánica de cara al Imperio Carolingio, y llega a la proliferación de varios y pequeños reinos o condados (Pamplona, Navarra, Portugal, Galicia, León, Castilla, Aragón, Barcelona) enfrentados al Emirato de Córdova. Llegados al siglo XI, mientras el islam descompone su gran emirato a favor de los decadentes Reinos de Taifas, el cristianismo, que tuvo sus propias “Taifas”, evoluciona hacia reinos mayores y más fuertes. O sea, ambos mundos se mueven en dirección contraria. El cristianismo puja hacia la concentración de poder. El islam hace justo lo contrario: se divide y debilita. En este proceso, Castilla pasa de ser un simple condado vasallo de León, a ser el más pujante de los reinos; ese que ya en el siglo XIV (Castilla y León) domina el cincuenta por ciento de la superficie peninsular.

El Cantar de Mío Cid al parecer se escribe en el siglo XII, cuando Castilla está enfrascada en la Reconquista, cuando supera su despoblación endémica y se repuebla en dirección a las futuras ciudades (del castrum, la civitas y la villae, a la villa de las Plena y Baja Edad Media) con la mirada apuntando al Mediterráneo y el Atlántico; cuando ya tiene una lengua (el ahora llamado español medieval) en uso y expansión. Y, según bien nos dice Henríquez Ureña, la obra es un canto a “esta clase inferior de nobles, los hidalgos infanzones, a quienes va dirigida la intención encomiástica del poema”. Estos hombres duros y sus seguidores jugarán un papel importante en la Castilla de los siglos (entonces) venideros y necesitan sus mitos. No sólo el Cid Campeador calza en tal urgencia heroica con sus Colada, Tizona y Babieca, también lo hacen, por ejemplo, Fernán González o el muy famoso Bernardo del Carpio que llega a arrebatarle a Roldan su Durandarte. Estamos a punto de desembarcar en las Novelas de Caballería. Ya se adivina, al fondo, a Cervantes. Y aunque la Novela Picaresca nos haya mitificado posteriormente al antihéroe español, bien nos dice Carpentier que “un pueblo puede divertirse largamente con sus antihéroes, pero no se reconoce en ellos”.

Nos encontramos, pues, ante un mito necesario. Surge en el momento y el lugar adecuados, cuando se precisan estremecimientos de este tipo, en los que el pathos se demasíe y ponga en movimiento a las fuerzas más sordas, pero también más potentes y creativas de la sociedad. Según nos dice Goethe por boca de su Fausto: “Lo que más hace estremecer al hombre es casi siempre lo que más le conviene”. Pero insisto, el Cid Campeador vale como mito en tanto no meta su pie en el convulso estanque de la historia, en tanto no se exponga a su terrible sumidero. Repito ahora con Kierkegaard: “Cualquier intento de considerar el mito de manera histórica muestra ya que la reflexión ha despertado, y mata al mito”.


Mío Cid, ¿poema o crónica?

Ya respondí esta pregunta, pero debo explicarme. Como buen lezamiano, creo sinceramente que la imagen es la causa de todo asunto humano que trascienda lo meramente biológico. También es, por supuesto, “la causa secreta de la historia”. No tan secreta ya, para quienes entramos en las catacumbas de la verdad poética de la mano del maestro habanero, pero sí para la mayoría de quienes viven, ajenos, sobre su rasante. Y no sólo Lezama nos regala este hallazgo en un siglo (el XX) de modesto vuelo poético en lengua castellana, (sí, ya sé, fue su siglo de plata; sonrío) también Castoriadis se atreve a formularlo en estos términos: “el imaginario es el principio creador y no el reflejo, ni la representación de algo. Lo imaginario es la facultad originaria de plantearse o representarse algo que aún no es, que nunca estuvo ni estará en la percepción (...) el imaginario crea la realidad”. Si el imaginario crea la realidad, es obvio, también crea la historia. Pero una cosa es entender que el mito tiene un factor esencial como chispa desencadenante y combustible de la historia, que es lo que nos quería decir Jünguer que pasa en ciertos “períodos raros”, y otra muy distinta que pueda sobrevivir a su inmersión en ella. Esto último es imposible. 

El Poema de Mío Cid debió estar muy vivo en los siglos XII y XIII. (Las últimas investigaciones sugieren que posiblemente fue escrito a finales del uno o principios del otro) Debió circular por la península, también referenciado en otras obras, hasta el siglo XVI. Todavía Cervantes menciona al héroe en algunos pasajes de su Quijote (principios del XVII). A partir de entonces, caen en un profundo olvido el poema y su protagonista hasta que, en 1779, Tomás Antonio Sánchez los lleva a la imprenta por primera vez. Sin embargo, no es el siglo de las luces el momento idóneo para que luzca este tipo de mito. El poema pasó un tanto desapercibido hasta que los espíritus románticos del XIX pusieron sus ojos en él. Algunos de ellos con verdadero entusiasmo poético, otros con un interés más documental que literario. Hubo entonces afectos y desafectos. Pero los mayores desacuerdos surgieron en el terreno histórico, porque por muy romántico que fuera el siglo XIX, fue también un siglo positivista, donde la ciencia en ocasiones pretendía resolver, incluso, en el terreno de la poesía.

En 1763 se identifica a Pompeya emergida del subsuelo, fruto de las excavaciones que se habían comenzado unos años antes. Este descubrimiento, que corona de gloria al neoclasicismo entonces imperante en Europa, dispara también el romanticismo que vendría a sucederlo con base en el gran poder sugestivo que tenían aquellas ruinas. En 1789 estalla la revolución francesa. Diez años después accede al poder Napoleón. Pocos años más tarde, en 1807, se produce la invasión napoleónica a la península ibérica. En 1808 comienza la guerra de independencia española. En 1810 se declaran en guerra contra la Metrópoli las primeras provincias americanas. En 1812 se aprueba la Constitución de Cádiz. En fin, el tránsito del XVIII al XIX fue para España un período muy convulso que marcó el declive definitivo del Imperio. Fue el siglo XIX, por su cariz romántico, y por el hundimiento del proyecto imperial que en él alcanza su clímax, un momento tan propicio como delicado para que apareciera en escena el mito del Cid Campeador.

Tal vez por todo ello, Menéndez Pidal, perteneciente a la sufrida Generación del 98, a finales del XIX y principios del XX se vio tentado a rescatarlo, pero no sólo como héroe mitológico, sino, y especialmente, como relevante figura histórica, decisiva en la Reconquista y el consecuente logro de una gran España. Con tal fin, indagó con detenimiento el lado histórico del personaje y llegó a escribir varias obras sobre el asunto, entre ellas, “La España del Cid” y unas extensas notas para acompañar la reedición del poema en 1913. Menéndez Pidal quería demostrar a toda costa que el cantar, además de poseer una considerable calidad literaria, era prácticamente una crónica, pues se basaba en hechos históricos protagonizados por personajes del mismo tipo. En cuanto a la excepcionalidad literaria de la obra, encontró el investigador español menos problemas que en lo relativo a su ortodoxia histórica y a la altura (romántica) del espíritu de su protagonista. Menéndez Pidal se apoyó en los antecedentes creados por hispanistas muy destacados como Southey, Hallan, Ticknor, Schlegel y Wolf, pero asimismo se dio de bruces con las opiniones contrarias de otros especialistas tan célebres como los anteriores: Curtius, Spitzer, Madeu, Dozy y Van Praag. Para responder a este último, que defendía a Dozy, llegó a escribir una “Postdata a la España del Cid”. Sus tesis tuvieron gran influencia entre los estudiosos hispanohablantes de la época. Incluso la ya citada Henríquez Ureña, una autora dominicano-cubana y marxista, acepta como inamovibles las ideas del sabio peninsular.

Pero los mitos, como ya vimos, se malogran en la historia, que, según Benn, muchas veces “sobrevive al Niágara/ y se ahoga en la bañera”. Hoy sabemos que Menéndez Pidal se equivocó en varias cosas. Se ha escrito con amplitud sobre ello, mas debo recomendar a quien se interese en este asunto, un ensayo de Luis Rubio titulado “De nuevo sobre el Cid”, que se opone con firmeza a las tesis de Menéndez Pidal. El recientemente desaparecido historiador y profesor de la Universidad de Murcia, apoyado en las investigaciones de varios estudiosos y en la suya propia, viene a demostrar que el Cid, en lugar de ser una figura histórica de crucial importancia para su tiempo, “mal que nos pese decirlo, no constituye más que un mero episodio, un personaje marginal, en la historia del siglo XI y de España”. Pero además, queda bastante claro que el infanzón castellano, lejos de apoyar sin fisuras la Reconquista que lideraba con éxito Alfonso VI, la dificulta, retrasándola en varios de sus frentes. Rubio se extraña además ante la ausencia del Cid en las principales fuentes árabes de la época: “La elocuencia evidenciadora de la gran calamidad”, de Ben Alcama, “Tesoro de las excelencias de los españoles”, de Ben Bassam, y las “Memorias” de Abd Allah, último rey zirí de Granada. También critica la mansa obediencia con que Menéndez Pidal atiende a las fuentes cristianas: “Historia Roderici”, “Carmen Campidoctoris”, y el propio “Poema de Mío Cid” para dibujar románticamente la figura histórica de Rodrigo Díaz de Vivar.

Si atendiéramos al poema como posible crónica, cosa que desaconsejo sin titubeos, no dependeríamos de ningún comentarista para entender que el Cid era, también, un buscavidas tramposo, en tratos con el mejor postor para salvar el pellejo y acumular riquezas: “fer lo he amidos, de grado non avrié nada”, dijo el héroe pícaro a Martín Antolínez, antes de pedirle que preparara las dos arcas con arena para engañar a sus acreedores judíos. “Por lanças e por espadas avemos de guarir”, le dice a Minaya en una de las ocasiones que lo envía de mensajero a Castilla. Sin embargo, quien asentó el mito en su poema, fuera juglar o culto literato, afortunadamente no pudo interponer escrúpulo alguno a estos rasgos, hoy reprochables en nuestro marco ético, pero no entonces y referidos a alguien que discutía a la alta nobleza los dones regalados en la sangre, para poner en valor aquellos ganados con el esfuerzo y el talento individual. Como ya dijimos, el Poema de Mío Cid canta a una época con vestigios bárbaro-heroicos, que además cierra. Su protagonista, como todo héroe se comporta según una ética heterodoxa, que precisamente por serlo, resulta atractiva para quienes deben recibir el reconfortante mensaje de clase. Pero también da señales que permiten atisbar la distensión del talante autónomo que en origen lo mueve, sobre todo, cuando acude al Rey para resolver un asunto de honor, en lugar de cortar la cabeza sin miramientos a quienes lo deshonran. Aquí el alma individualista y heroica va cayendo, cribada, hacia el espíritu de una época por venir. A lo largo de todo el poema es visible la dicha evolución. Su protagonista se debate entre una rabiosa autonomía y una progresiva adhesión al marco normativo de su época, que apunta hacia otros formatos más ambiciosos con destino último en la monarquía absoluta.

Pasados apenas trescientos años, en el siglo XV, y en una Castilla muy diferente ya a la del Cid, un gran poeta como Manrique parece añorar aquel heroísmo casi bárbaro como algo positivo de un pasado que a sus ojos empequeñece a su tiempo. Nos dice el poeta en una de las coplas que dedica a la muerte de su padre, hablando del vivir perdurable, o sea, de la gloria: “no se gana con estados/ mundanales,/ ni con vida delectable/ donde moran los pecados/ infernales; (…) gánanlo (…) los caballeros famosos,/ con trabajos y aflicciones/ contra moros”. El Cid no se ganó la gloria luchando sólo contra moros, pues también lo hizo a favor de éstos contra los cristianos; se la ganó en tanto héroe mítico de una Castilla en pujante expansión, donde el pícaro, el guerrero y el forajido, si con talento y coraje, disputaban a la más alta aristocracia el papel predominante como motor de la historia.

Pero de nuevo insisto, aunque pueda resultar ineludible a estas alturas, no es la vertiente histórica del personaje lo que más debe interesarnos aquí. En eso se equivocaron los románticos que la realzaron en el XIX, los trasnochados que lo hicieron, incluso, durante buena parte del XX. No asuman tal error. En este poema, aunque se haga la conveniente revisión actualizada, teniendo en cuenta la compleja entrada en la historia del protagonista, interesa atender, sobre todo, a su poder mitológico como vía para estimular nuestra imaginación. Sé que pido mucho a quienes participan de lleno la cultura hispana, porque les resultará muy difícil abstraer al mito de su pantanal histórico para reponerlo pletórico de verdad poética donde debe estar. Creo que en estos momentos podrían leer con menos riesgo esta obra en La India que en México; que de partida estarían en mejor disposición para acceder limpiamente a su poesía en Madagascar que en España o Perú.

Ciertamente los mitos de este tipo, sean cuales sean las circunstancias de su nacimiento, a la postre necesitan grupos humanos que los sostengan. Hoy son las naciones quienes pueden y suelen hacerlo, con todo el peligro que ello conlleva. Ahí tienen la paradoja: el mito, sobre todo si comparte espacio y tiempo con el personaje histórico, necesita para vivir de un sostén nacional donde seguramente morirá a manos de la historia, pues sus avalistas y detractores le demandarán más y más en este terreno hasta matarlo. Ningún español cree hoy, como seguramente muchos creyeron en el siglo XIII, que el Cid pudiera intuir el futuro en los agüeros, pero la mayoría sin embargo cree saber que Rodrigo Díaz de Vivar tuvo un papel relevante, para bien o para mal, en el proyecto medieval de España. Y ¿de quién habla este poema, del uno o del otro?

A mi juicio es obvio que el poema nos habla del Cid Campeador. Como vemos una película de ciencia ficción, como asistimos a un espectáculo de magia, como leemos La Odisea, La Eneida, Las metamorfosis o La Comedia, como leemos el Cantar de los nibelungos o el de Roldán, con la misma redentora ingenuidad, debemos leer el Poema de Mío Cid. Puede que su poética verista y sus escasos recursos mágicos, obren a favor de su parecido a la crónica, pero no debemos caer en esa trampa. En sus albores, la poesía épica castellana y en castellano se caracterizó por una imagen viril y contenida frente a otra mucho más fantasiosa que utilizaban las poéticas de otros reinos europeos, especialmente la francesa. Ello se ve, por ejemplo, cuando se compara el Cantar de Roldán con el de Mío Cid. En este último, los recursos marcadamente fantasiosos se limitan a la contenida aparición del arcángel Gabriel, y de un león con alma de gato que parece el ibérico precedente de aquel otro cervantino, manso, que se inhibió de libertad y carne ante el temerario Caballero de los Leones.

Y es que la vera fantasía no se nos da en esta obra a través de gesticulantes apariciones, sino con medidas intensidad dramática y tensión poética, a lo largo de toda ella. Sí, definitivamente hablamos de un poema, no de un relato histórico. Disfrútenlo como tal. Giren la falleba. Abran la puerta. Entren. Y entonces agradecerán a Lumme, que, con esta excelente reedición, ponga de nuevo el acento mitológico y poético en un mundo cacharrero que tanto lo necesita si quiere compensar su aridez maquinal y su afán deconstructivista, si quiere recomponer, poco a poco, sin necesidad de reales episodios violentos, un equilibrio humanista para hacer posible la secreta y compleja Armonía que nos arrime a lo que fray Luis llamó: “pío universal de todas las cosas”.



martes, 16 de junio de 2015

Parlante ojiva






Hace unos meses escribí un poema para celebrar el setenta y cinco cumpleaños de mi amigo, el gran poeta José Kozer. A esta celebración se sumó rápidamente el diseñador, editor y también amigo Francisco dos Santos. Francisco creó unos dibujos alrededor de mi poema, y con ellos diseñó una exquisita plaquette que pronto será editada en papel por Lumme Editor.

Porque sé que esta alegría que nos regalamos el homenajeado, Francisco y yo será compartida por otros buenos amigos que me leen en este formato; porque quiero que disfruten desde ya el trabajo de diseño que triangula mi gesto laudatorio; pero, sobre todo, porque espero que el poema y los comentarios sobre las obras de José y Francisco ayuden a resaltar ante un público afín y entendido su enorme valor, me atrevo a publicarlos aquí con antelación a su salida en papel bajo el cuidado de Lumme. Me atrevo, además, a compartir algunas apreciaciones no escritas en origen para ser publicadas. Tengo el permiso de poeta y editor.



Parlante ojiva



Para José Kozer,
celebrando su setenta y cinco aniversario



El castellano, ahorcajado sobre sus orillas,
(muslamen atlántico, pubis mediterráneo,
huevada rodia y nalgas asirias)
escucha una rara canción sefardí, caderea.
Mulato. Romance y semita. Se mece.
Se abunda. Suda… Lava
su entrepierna con la suprema ola;
la del salitre onfálico,
cuya memoria, unánime, le trae
la sustancia-una con muy diferentes formas:  
del norte, el mendrugo de centeno,
del este, el idolillo de jaspe,
del oeste, la balsa de totora,
del sur, el cuero cabrío, terso
y afinado, perfecto colmo
en el sobado yembe.

Todo quiere.    
Se incorpora.
Y en un arranque de inclusiva derechura,
arquea sobre sus impostas.
No en curva suave y unívoca. No
en medio punto académico. Ojiva:
vertical intersección de impulsos
en el arco. En la bala,
tendido apetito, impacto seguro,
fértil huraco en esa cinta de tul
que tibiamente remeda
al horizonte.


Comentarios hechos a los dibujos de Francisco:


Querido, amigo, créeme, me sorprendes mucho. Primero, por la rapidez. Segundo, por la gran capacidad que tienes para la abstracción, para introducir en ella altas dosis de poesía. Toda abstracción es un acto de deslinde, una suerte de viaje a la esencia de la cosa que se quiere conocer a fondo, no en su expresión fenoménica, sino en su esencia última y genitora: desencadenante. Lo que has diseñado para el poema es, sencillamente, muy bueno. Fíjate que en primer lugar no digo muy bonito (aunque también lo es) sino muy bueno.

“Parlante ojiva” es un poema que maneja el tiempo (todo poema lo hace) pautándolo, modulándolo con un tempo muy específico, que acepta la música rápida y vivaz (compleja, por qué no decirlo) presente en la poesía del homenajeado. También atraviesa un tiempo prehistórico e histórico (por tierra, mar o aire) perteneciente a muy distintas culturas, haciendo pequeños guiños a las diversas fuentes que surten lo kozeriano. Pero este poema pretende ser, además, muy espacial. La poesía de JK es esencialmente ecuménica. Todo eso de su supuesta cubanía es para mí secundario, casi inoportuno. Se trata de un poeta universal que trabaja con un tiempo vastísimo en un espacio inabarcable con herramientas comunes. Pues bien, desde un inicio, el poema va tratando de determinar ese espacio en sus dimensiones físicas y metafísicas, discursivas y simbólicas: Atlántico, Mediterráneo, Asiria, Sefarad… Norte, este (oriente), oeste (occidente), sur… Ola (horizontal), derechura (vertical) ónfalo (centro), arco, imposta, intersección, ojiva, horizonte… Todos son elementos determinantes del espacio.

Porque la poesía de JK se mueve en un ámbito espaciotemporal muy avaro. Aquí se puede repetir bien aquello que dijo Sartre en un arranque de lucidez: “un escritor sólo tiene un tema: el mundo”, para después parafrasearlo así: un poeta sólo tiene un tema: el universo. Porque el mundo, según Ortega, “es lo que queda del universo cuando le hemos extirpado todo lo fundamental”, y en la poesía de JK nada se extirpa, todo lo contrario.

Digo esto, para terminar diciendo que tu diseño es tremendamente espacial. Y en esto es acertadísimo. Una sabia abstracción de motivos que tejen una red espaciotemporal para pautar el caos, abarcador y totalitario, ecuménico y avaro. Pero como hiciera Calder, (estos dibujos recuerdan a sus esculturas) en esa red nada es inamovible, porque la perfecta síntesis entre espacio (tesis) y tiempo (antítesis) es precisamente el movimiento.

Entonces tus dibujos asumen toda la diversidad que yo pretendí recoger en el poema, y la decantan en una forma que, inteligentemente abstracta, nos pone ante su esencia sin restar un ápice a su lógica última: Todo orden es un intento de formalizar el caos, sometiéndolo a una horma espaciotemporal que fija ante nosotros siempre de manera provisional, porque siempre, siempre se mueve.

Tus dibujos son perfectos, precisos y preciosos: muy  kozerianos.