lunes, 11 de marzo de 2019

DEL NIDO MONTARAZ AL CARTÓN DE HUEVOS: ENCRUCIJADA POÉTICA





Como os dejé caer en el texto anterior, la aparición de Cum Laude y su reciente presentación me han dado motivos bastantes para escribir dos textos: aquel Lo visual en la poesía, y este Del nido montaraz al cartón de huevos: encrucijada poética. Se trata ahora de indagar en el porqué de la selección de autores que hice para el libro. (Antonio Gamoneda / José Kozer / Paul Celan / José Lezama Lima / Vladimir Holan / Yorgos Seferis / Jorge Guillén / César Vallejo / Fernando Pessoa / Gottfried Benn / Ezra Pound / Juan Ramón Jiménez / Rainer Maria Rilke / Emily Dickinson / Charles Baudelaire / J.C. Friedrich Schiller / J.W. Goethe / Francisco Quevedo / William Shakespeare / Luis de Góngora / san Juan de la Cruz / fray Luis de León / Luís Vaz de Camões / santa Teresa de Ávila / Dante Alighieri). No os daré una explicación detallada que aluda a la obra de cada uno de estos poetas en particular (no temáis), sino otra que esboce el marco que los agrupa y sitúa en mi punto de mira. Repito lo que dije en la primera entrega: puede que vuelva sobre alguna idea que haya sido expuesta en otros textos publicados en este espacio, pero en esta ocasión intentaré abordar el asunto con mayor énfasis.
      

DEL NIDO MONTARAZ AL CARTÓN DE HUEVOS 

Para empezar, convengamos (cuento con vosotros) que al hombre le han interesado siempre las mismas cosas. ¿Cosas? Hablando en platónico: las mismas ideas. Hablando en platónico comentado: las ideas primarias, arquetípicas, paradigmáticas… en fin, universales; ¿que son…? Sigamos conviniendo: En primer plano, las menos asibles: los dioses / Dios / el porqué de la vida, su para qué, su génesis, su más allá / la muerte / nuestra posición en el universo / el tiempo / el espacio / el espacio-tiempo / el infinito / la eternidad / el todo / la nada… esas ideas que se avienen malamente al concepto. En segundo plano, también huidizas, pero algo más dóciles ante nuestra trajinada vocación conceptual: el amor / la verdad / la belleza / la bondad / la justicia… 

Convengamos ahora (sigo contando con vosotros) que estas ideas son doce. Y hechas una docena, terminemos por equipararlas a huevos para seguir el relato que os propongo a continuación. Recordad el símil: ideas y huevos: doce ideas-huevo. Juguemos… 

Pues bien, para intentar comprender la evolución de estas ideas-huevo, que como hemos convenido (¿lo hicimos?) de cara al hombre son universales y atemporales, actuemos en el escenario donde van manifestándose, desde la prehistoria hasta la actualidad. Sólo podemos mover la puesta en escena que las fue condicionando formalmente en nuestra memoria y nuestro imaginario, porque, al carecer de traza material (no han intimado con la materia y están soldadas al espíritu) son en sí mismas inalterables sin la complicidad de nuestra tramoya imaginativa y especulativa, tan sujeta al paso del tiempo, sobre todo, a su correcorre histórico. En este caso lo ovoideo, amén la cáscara, la yema y la clara metafóricas, no quita lo ideal. 

Para un hombre en estado natural o salvaje (titánico, prehistórico, nómada, que vive en pequeñas tribus u hordas), los doce huevos están, sí o sí, en pleno monte. No podemos hablar todavía de huevos de gallina (que allí vamos), y muy a duras penas de nido. Las ideas (perdón, los huevos) son montaraces y más bien de lagarto. Convengamos que son de caimán (la gallina evolucionó a partir del dinosaurio, no del pájaro) y que están cerca de las charcas. El hombre, cazador-recolector, no controla ni vela su producción, qué va, los recolecta si tropieza con ellos cuando va a por agua. Los pequeños clanes, que ni siquiera atisban todavía la historia, no necesitan más que eso. No existen condicionantes éticas o morales que justifiquen otra cosa. Los huevos son los de siempre, pero están en un nido que escapa a su control. El hombre no los busca, los encuentra gracias a los dioses (que no son dioses, o sí, pero hechos rayo, mogote o nube). Y ello sucede cuando se acerca a los sitios de puesta, en la vigilia; pero también cuando sueña. Sobre todo cuando sueña, porque estos huevos tienen que ver, creo yo, más que con la inteligencia vigilante, con ese don que la sostiene y empuja, y que va distanciando al hombre de la bestia: la imaginación. 

Para un hombre en estado bárbaro (divino, sedentario y asomado a la historia, aunque todavía débilmente socializado en pequeñas aldeas), los doce huevos ya son de gallina. El nido aparece cerca de sus asentamientos. Él sabe dónde buscarlo. Lo hace en plena consciencia. Las gallinas aún no se han domesticado, pero ya se acercan a la empalizada. Se acercan como hacen los primeros lobos de camino al perro, los primeros gatos tras las primeras ratas que gozan el primer granero. El hombre ve los huevos, los sueña… Ah, pero en la vigilia ya los cuenta y comienza a calcular su aparición según conviene a la comunidad. Bajo exigencias que caen cada vez más a lo ético y lo moral, comienza a formular su reparto, y para repartirlos (¿nació la burocracia?) tiene que intentar objetivarlos de alguna manera. Los que sueña no son comestibles. Los dioses están en el origen de todos los huevos, pero aquellos que se comen, se cuentan y se reparten, sirven además para atenuar las discordias y evitar las riñas. Son los huevos de siempre, insisto, pero ya valen para afianzar cosas importantes al margen de la simple manutención. 

Para un hombre en estado civil primario (divino, histórico, que construye pequeñas villas, que las defiende y fortifica frente al enemigo), los doce huevos carecen de una función relevante si no están en un nido intramuros. Este hombre necesita un gallinero controlado: gallinas y huevos propios sometidos a una producción bien calculada, fiable. Huevos que pueden comercializarse en tiempo de paz, y hurtarse o imponerse a los vencidos en tiempo de guerra. La calidad última de los huevos, que son los doce de siempre (un huevo es un huevo, y una docena, una docena), sigue estando en manos de los dioses, pero entonces se trata de dioses cada vez más dados al cálculo y al comercio humanos; esto es, a un orden social que se torna complejo, donde la ética y la moral resultan imprescindibles; tanto, que van apuntando a la granja avícola. 

La granja avícola fue inventada finalmente por el hombre en estado ético, con creciente tendencia al estado moral y estético (divino, claro está; histórico hasta la médula, sin vuelta posible a la Edad de Oro, que ya vive en la polis: un asentamiento que puede llegar a tener cinco o diez mil habitantes; quince mil, contando extranjeros y esclavos). Para este hombre los doce huevos de siempre… 

Si convenimos ahora que somos occidentales (¿es fácil, no?), estaremos en Grecia. Sí, otra vez, qué le vamos a hacer… 

(Antes de continuar, debo decir que desde que el hombre vive en estado natural, hasta que llegó al estado ético, los doce huevos de siempre fueron recolectados, vigilados, cuidados, contados o intercambiados, según el caso, por los sacerdotes; que como todos sabéis, casi siempre también eran los jefes, los médiums, los curanderos, los artistas, los directores artísticos… los poetas. En la medida que las comunidades fueron haciéndose mayores y más complejas, estos sacerdotes-poeta fueron ganando poder y sabiduría; fueron acercándose al casi-sabio: el filósofo). 

… En Grecia, el poeta-filósofo se fue especializando poco a poco. Llegó a manipular los doce huevos que nos traemos entre manos bajo el influjo de disciplinas muy disímiles: la magia, la religión, la matemática, la geometría, la física, la metafísica, la dialéctica, la retórica, la historia, el teatro, la política… Con semejantes tráfico y tortilla a la vista, el griego, en su período clásico, temió el desmedido compadreo poético en la huevería y necesitó poner orden en toda la granja. El lío montado con aquellos huevos en los amplios márgenes que ofrecía el pensamiento mitológico y relativo, atentaba contra la convivencia en la polis. Entonces el griego pensó que si no se fijaban reglas meridianas para manipularlos, si éstos no se medían, se pesaban, si no se simplificaba su espectro significante y se establecían con rigor sus funciones, de manera tal que se adaptaran convenientemente a un orden social tan complejo como el suyo; resultarían tóxicos, y la sociedad, en pleno apogeo cultural y civilizador, se indigestaría con ellos. La operación fue de índole ético-moral, es obvio. Aparecieron, cada uno con su medicina, los militares y los filósofos a secas, los especialistas en filosofía, quiero decir. Los militares cortaron por lo sano: ¡Lacedemonia!, dijeron. ¡Licurgo!, dijeron. Los filósofos, que jamás lograron equipararse a los militares en efectividad, intentaron echar a los poetas (esos patrañeros) de la granja, incautaron el nido, inventaron el cartón de huevos. Acomodaron la vieja docena en una estructura recién calculada, precisa, pura geometría ella, pensando de manera novedosa: donde reinaba el pensamiento mitológico y relativo, se impuso el abstracto y absoluto. ¡Lógica! Dios tenía las puertas abiertas para entrar en la despensa comunal, y bajo su indiscutible preeminencia, los huevos jamás podrían escapar de su cartón. Eso creyeron: ¡Fe! / ¡Ciencia! / ¡Fe en la ciencia! 


ENCRUCIJADA POÉTICA 

¿Y qué hicieron los poetas ante tal usurpación de funciones? Mutar. Adaptarse cuanto fue posible. Los unos, convencidísimos. Los otros, a regañadientes. Los unos jugaron a recolocar los huevos en el cartón de maneras imprevistas por los filósofos. Los otros, rebeldes que se arriesgaban a la marginalidad, jugaron a sacarlos, a esconderlos; trataron de vulnerar la estructuración matemática de su flamante depósito, con la memoria y el imaginario anclados en el pasado, donde perseveraban (perseveran) incluso la recolección fortuita y el nido del caimán. 

Y en esas andamos todavía… 

Los poetas llevan dos mil quinientos años ante esta encrucijada. Desposeídos de mando en plaza, condenados a una función pública cada vez más prescindible, con el reconocimiento social por los suelos; los unos se adaptaron como pudieron a las nuevas reglas; los otros prefirieron contestarlas. Claro, los buenos, estén en el primer o en el segundo grupo, nunca han dejado de trabajar con los huevos de siempre. Esto marca una diferencia esencial entre ellos (la inmensa minoría) y un tercer grupo que no sabe si mata o espanta. 

Cuando la poesía abandona las ideas-huevo para hablar de sí misma, o para cuchichear alrededor de la moda: bisutería temporal que aparenta auparla añadiendo gomina a su tupé; cuando se limita a recoger los suspirillos del propio poeta, o de los lectores (¿lectores?) que la consumen, sólo, si pueden suspirar o vociferar junto a ella sin ton ni son; cuando esto sucede, digo, se convierte en mera palabrería para usar y tirar. Los poetas que trabajan este género no me interesan. Pueden llegar a entretenerme y en ciertos momentos son de agradecer (gracias), pero no me interesan. En la presentación de Cum Laude empleé una idea que leí en Carpentier y apruebo sin cautelas. La cito al vuelo. Puede que no resulte literal: Los pueblos se divierten con sus antihéroes, pero nunca se identifican con ellos. Añado que esto también pasa a los individuos, no sólo a los pueblos; y que las limitaciones de los antihéroes son extensibles a los poetas prêt-à-porter, quienes, de los huevos que importan, apenas aprovechan las breves y dulzonas irradiaciones del merengue. Estos poetas merengueros resultan prescindibles cuando andamos extraviados y necesitamos buscarnos cueste lo que cueste, porque, insisto, nuestra memoria y nuestro imaginario profundos penden y dependen de las ideas-huevo como el fruto del árbol. 

Los poetas reunidos en Cum Laude, hayan trabajado o trabajen, según el caso, para el cartón o en su contra, son (no han sido, son) como perros hueveros: jamás apartan su hocico del rastro que dejan los huevos buenos. Y cuando dan con ellos (casi siempre), no se limitan a mover la cola con gracia, que también, sino que además fijan su posición y actualizan su aroma añadiendo un toque de la suya propia (orín maestro) para orientar a los perros venideros. Ah, y lo más importante: todo esto lo hacen hermosamente. Hermosamente. De ahí la nómina de. De ahí. 



Para comprar Cum Laude existen tres vías posibles: Se puede solicitar por correo electrónico, escribiendo al editor (Francisco dos Santos). Se puede comprar en la página de Livralia Cultura, y también se puede comprar pagándolo a través de PayPal:

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lunes, 4 de marzo de 2019

LO VISUAL EN LA POESÍA








El pasado 26 de febrero presenté en Valladolid, junto a mi amiga Carmen Morán, Cum Laude: un cuaderno poético que publiqué el año pasado en Lumme Editor. Después de escuchar a Carmen compartir con el público algunas de las claves (claves o llaves, dijo ella) que manejó para “hacerse” con el libro (en esto Carmen es, sencillamente, magnífica), quise sustituir la lectura de poemas que suele rematar estos actos, por una breve explicación sobre lo visual en la poesía, y sobre el porqué de la selección de autores. Aclaro, para quienes no estéis al tanto, que Cum Laude es un compendio de poemas y gráficos, escritos y diseñados en alusión a la vida y la obra de veinticinco poetas (desde Gamoneda a Dante) para mí esenciales.

Puede que en otros textos publicados en este espacio me haya acercado a estos temas; pero quiero aprovechar la ocasión que me ofrece la aparición de Cum Laude, para pronunciarme al respecto con mayor énfasis. Me sabréis excusar, seguro, quienes hayáis asistido a la presentación (de nuevo, muchas gracias), y podréis enteraros de lo que allí dije, quienes no estuvisteis. En esta primera entrega (habrá otra con explicaciones sobre la nómina de poetas) me centro en: 


LO VISUAL EN LA POESÍA

Nunca escribí un poema visual. Nunca, claro, si por ello se entiende lo que ahora suele entenderse... ¿o sea…? ¿Hay alguna definición potable al respecto? Por favor, si la hubiese y alguno de vosotros (lectores) la conociese, ilustradme. Digo esto, porque la poesía escrita y leída, la pobre, con sus grilletes caligráficos a cuestas, no puede eludir lo visual. Y por eso pienso que todos mis poemas son necesariamente visuales. Ya veis, así resultan sin que tenga que hacer más que escribirlos, y, una vez escritos (letra y soporte donde ésta fija), compartirlos con quienes, para participarlos, precisan leerlos; esto es, en primera instancia: mirarlos, verlos. Como nunca fui traducido al braille, y como mis poemas inéditos no andan en boca de juglares videntes o invidentes, me temo que debo declararme, me guste o no, poeta visual. Lo siento.

Lo siento. Porque si, en la medida que sea, devengo un poeta visual sin pretenderlo, sin esforzarme especialmente en tal sentido, ¿qué son, además, los autodenominados poetas visuales; esos que tanto se esfuerzan para trascender los medios gráficos que usamos los poetas visuales del montón? No lo sé. ¿Qué otro adjetivo merecerán para quedar diferenciados del resto?: ¿Visualísimos? ¿Supervisuales? ¿Hiperópticos? ¿O sencillamente calígrafos, grabadores, dibujantes, diseñadores, pintores… plásticos? Poeta-pintor / poeta-grabador / poeta-… ¿Por qué no? En una época tan relativista y líquida, donde a la mentira se le llama postverdad, y a la verdad… ¿Verdad?... Me gustaría leer un poema visual escrito (o dibujado, o pintado, o grabado) por alguno de estos poeta-plásticos, y dedicado a la verdad en nuestro tiempo… En fin, en La Habana teníamos un declamador de poesía afro (Luis Carbonell, se llamaba) conocido como el acuarelista de la poesía antillana. Si nos acomodamos detrás de definiciones rumbosas y comerciales, ¿por qué no dar crédito a un título poético como por ejemplo: poetizante de la acuarela hispana? Si las disciplinas artísticas terminan con-fundiéndose como todo lo demás, ¿por qué íbamos a andarnos con remilgos?: Un paisaje puede ser un poema; y un poema, un paisaje. ¿Por qué no? Si todo vale…

Pero no quiero demorarme en lo anterior. Todo poema es visual, cierto, si escapa a la pura oralidad, casi extinta en estos momentos. Y no es raro que así sea, porque el hombre de hoy (incluidos poetas y lectores, por supuesto) es también eminentemente visual. Uno de sus lemas más caros, reza: si no lo veo, no lo creo. Muy distintas eran las cosas para el hombre primitivo, ahistórico o prehistórico, quiero decir, cuyo lema bien podría haber sido: si no lo toco, no lo creo. El hombre primitivo estaba (o está, que aún pervive en algunas zonas ¿vip? del planeta) sujeto a unas representaciones mentales colmadas de magia, donde las imágenes sobrevenidas en el sueño, tanto las agradables como las terribles, tenían una carga de objetividad parecida a la que tenían las percibidas en la vigilia. Para un hombre cuyas representaciones mentales fuesen de origen sensorial, o se alzasen al margen de los sentidos, gravaban y grababan su imaginario de forma parecida; para ese hombre, digo, que tan lejos nos queda, la vista y el oído debieron resultar menos fiables que el tacto. Sí, el hombre histórico devino un animal visual. Para conocer o reconocer, apenas huele, escucha, degusta o toca, porque no lo necesita. En la presentación de Cum Laude utilicé un vídeo (vídeo, ya veis, quería resultar convincente a toda costa) que pone de manifiesto esta particularidad del contemporáneo frente al primitivo. Somos cada vez más tributarios de la vista, y esto, aquí está la tesis que defiendo: merma severamente nuestra imaginación.

En aquel intervalo prodigioso: la Grecia Nuestra, venida al mundo entre Pitágoras y Epicuro, el hombre occidental, que dos o tres siglos antes había sido apercibido por Homero contra su oído externo (recordad que por ahí penetraba el veneno de Parténope), sufrió un revolcón, el más grande de su historia hasta la fecha, en favor de la vista y detrimento de los demás sentidos. ¿Cómo? Con el trasvase de validez que, por condicionantes éticas y morales, hicieron, sobre todo Sócrates, Platón y Aristóteles, del pensamiento mitológico y relativo, al abstracto y absoluto. La Razón, convertida en argumento primero de nuestro ser por este trío de genios, y armada hasta los dientes frente a sus detractores, se impuso la luz y la claridad como medio y fin de sí misma. La Razón operando en la luz, hecha una con ella, terminó desplazando a la sinrazón, definitivamente identificada desde entonces con la oscuridad, la ceguera.

Ay, si Odiseo, atado al mástil de su barco, se hubiera tapado los oídos y no los ojos… A salvo de los cantos de sirena, de los poetas y de los sofistas, el occidental post-socrático, y sobre todo el post-aristotélico, con el germen científico inyectado en vena, sabría cuidarse de cualquier cosa que no pudiera resolverse conceptualmente. Si la oscuridad y el oído habían propiciado, bajo el ala del pensamiento mitológico y relativo, el tráfico de ideas con fines no del todo controlados; la claridad y la vista garantizarían, en los rediles del pensamiento abstracto y absoluto, la fijación de conceptos destilados de la suma abstracción con un fin último: el perfecto orden social en aras de la convivencia en la polis. Orden social, donde la verdad, la belleza, la bondad, el amor y la justicia, sometidos a la razón, y por tanto, debidamente conceptualizados, no dieran cabida a las fuerzas oscuras, tan ajenas ellas al cálculo… La vista es a la razón, lo que la ceguera a la sinrazón. Sólo Eros, Tique y Tánatos (Amor, Fortuna y Muerte), esos poderes irracionales que hacen bailar a la humanidad al ritmo de sus antojos, se representarían ciegos. Ciegos, o con los ojos vendados, por traviesos e imprevisibles. A partir de Platón, expresiones tales como: dar a luz, sacar a la luz, examinar a plena luz, etcétera, se hicieron sinónimos de actividad razonable, productora de bienes; bienes personales, sociales y universales, con tanta fuerza genitora, que incluyen a la civilización misma. Mirad lo que dice el filósofo ateniense en su Protágoras:

Como Epimeteo no era del todo sabio, gastó, sin darse cuenta, todas las facultades en los brutos. Pero quedaba aún sin equipar la especie humana y no sabía qué hacer. Hallándose en este trance, llega Prometeo para supervisar la distribución. Ve a todos los animales armoniosamente equipados, y al hombre, en cambio, desnudo, sin calzado, sin abrigo e inerme. Y ya era inminente el día señalado por el destino en el que el hombre debía salir de la tierra a la luz.

Platón no pone este fragmento en boca de Sócrates, el más grande de los sofistas, y, sin embargo, un renegado de tal condición, sino en boca de Protágoras, un sofista convencido y militante. Pero qué duda cabe de que es él, el autor del diálogo, quien habla con su propio vocabulario puesto a punto.

En tanto el relato judeo-cristiano no llegó a remover y a complicar las cosas, los poetas, o sea: los poetas, los pensadores, los dramaturgos, los retóricos, los historiadores, y hasta los políticos (¿quién no era poeta entonces?), prácticamente todos, menos los geómetras puros, corrieron el peligro de quedar fuera de juego, y para sortearlo, debieron llevar a los ojos el peso de su memoria, de su antiquísimo imaginario; debieron filtrarlo a la luz del nuevo tiempo: si no lo veo, no lo creo… Sin embargo, el paso del hombre auditivo al visual no saldría barato. Porque lo cierto es que la representación visual post-socrática, hija de la luz y del concepto, tiende a cerrar el marco significante de la imagen, cuanto la representación poética, hija de la oscuridad y la idea, tiende a abrirlo. Entre la imagen visual y la poética, se establece un cierto contrapunteo, como el que existe entre el concepto y la idea. El concepto que reduce y cierra / La idea que multiplica y abre. El concepto que asienta, que se deja poseer / La idea que fuga, que resulta irreductible. El concepto que resuelve y mata al símbolo donde posa / La idea que nutre ad infinitum lo simbólico.

Dicho esto, parece obvio que la poesía debe ser sobre todo auditiva, no visual. Oscar Wilde pensaba que los griegos “cegaron” a Homero para significar eso: el carácter auditivo de la misma. Pareciera que es la oral la que menos riesgo corre de dejar de ser poesía. Lo que escapa a la impresión sobre un soporte material, regatea su precio a la memoria. Lo que se imprime y se puede leer tantas veces como se quiera, cuando menos pierde la gracia que hay en la epifanía, y puede terminar siendo pasto de la sobrexposición. Sólo la gran poesía resiste la palabra impresa. Mejor, mientras menos visual, porque mientras menos visual sea, menos atentará contra la imaginación. Si ya es penoso ver cómo redunda la imagen visual sobre la literaria en la narrativa ilustrada (ver, por ejemplo, y con perdón de los ilustradores, el flaco favor que hace el dibujo detallado de un perro, a un cuento que habla de un perro), cuando esta imagen aparece explicando a la poética resulta insoportable, porque le corta las alas, porque fija formas y significados donde se necesita justo lo contrario.

Insisto, lo visual, tan deudor de la luz y la razón, resulta problemático para el desarrollo de la imaginación. Siempre digo a los jóvenes que jamás el cine o la televisión podrán sustituir a la lectura. La imagen visual asociada a un relato nos conmina a la comodidad, más aún, nos hace cómodos; porque con-forma todos los escenarios que sustentan la historia, nos los entrega resueltos, finiquitados, y con ello impide que los imaginemos, que los construyamos en la mente según nuestras propias necesidades y preferencias, a partir de lo que sugieran el autor y su obra. Cuando leemos, levantamos el vuelo. Cuando visualizamos, nos apoltronamos. Puede que en ambos casos nos divirtamos, pero…

Y si tengo tantas cautelas con relación a lo visual en la poesía, ¿por qué en Cum Laude diseño a la par que escribo? ¿Porque soy incoherente? ¿Porque, además de poeta, soy arquitecto y diseñador gráfico? ¿Porque quiero ponerme a prueba? ¿Porque considero que hay maneras de aminorar el peligro? Puede que haya un poco de todo esto detrás de mi decisión, que, como toda decisión que compete al arte, se gestó al margen de mi conciencia. Lo confieso: no sé bien por qué comencé a hacerlo. Sin embargo, después de comenzado el trabajo, sí supe, o creí saber, lo que estaba haciendo. 

La abstracción, cuando es afortunada, obra un milagro sobre el lenguaje visual. Abstracción, digo, en el sentido de restar grasa, discurso, retórica… en fin, fondo, a la idea que se pretende representar para que sea aprehendida. El camino que lleva de lo llanamente figurativo hasta lo abstracto está lleno de peligros y puede desembocar en un erial. Puede, porque es un recorrido tendente a dotar de imagen visual al concepto puro y duro, para fijarlo a la memoria como una lapa; pero con suerte no lo hace. Con suerte el camino se complica antes de llegar al ojo de luz que propiciaría su resolución total, y que lo tornaría definitivo, inmóvil e imbatible. Con suerte ofrece alguna vía de escape, alguna imperfección aprovechable en su trazado para enfilar nuevas y no previstas rutas. ¿Hacia dónde? Con suerte desemboca finalmente en una especie de limbo donde el concepto visualizado, ese tipo de pocas palabras, puede resultar lo mismo un cateto que un semidiós. ¿Qué hay detrás de tanto silencio? Es como si en una primera cita nos topáramos con alguien que, por esconder las cartas, nos hiciera creer que las posee todas. Hablamos del símbolo: la manifestación más escueta del lenguaje gráfico. Hablamos de un camino que nos lleva, por ejemplo, de una manzana de Zurbarán, o de Caravaggio, a la de Rob Janoff (Apple) en su versión mancha-negra; pasando por otra de Cézanne. El símbolo visual puede nacer muerto o resultar inmortal. Pero si además es inoculado con el virus del logotipo, cuya letra, que no sabe callar, debe en este caso adaptar el parloteo a las reglas que impone su acompañante, el resultado puede ser… No sé, no sé…

Los ejercicios gráficos y poéticos que agrupé en Cum Laude, y que por ambos frentes tienen un nivel medio-alto de abstracción, pretenden un lenguaje de doble aliento, con garantías de que pueda abrirse por un lado, lo que por el otro tienda a cerrarse. Un lenguaje múltiple, mediante el cual, tanto el diseño como el texto se propongan la unidad; pero no quieta y resuelta, sino en intenso ir y venir bajo el paraguas de la fantasía creadora. No son poemas visuales, no; insisto, si por poema visual entendemos lo que se espera que entendamos hoy. Se trata de poemas y diseños gráficos (¿símbolos, logos, ideogramas, una combinación de ellos?, no lo sé), que en incesante interacción, persiguen la mayor polisemia posible, con el propósito de liberar imágenes; no, de capturar conceptos. Poesía, a fin de cuentas. Articulada, espero. Con dos patas sincronizadas, espero. No con muletas. Vosotros diréis.



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viernes, 15 de febrero de 2019

IMAGO MUNDI. KOZER



                                                                                    Fotografía de Eduardo Montes Bradley



Leed este nuevo pliegue (inédito) del Imago Mundi de Kozer: Un garbeo oriental: no pensar, no aturdirse, no contestar… escribir, escribir, escribir sometido a una costumbre que pauta la existencia. Dar fe de ella, y, si acaso (por qué no), apostarlo todo al banquete final: tres platos isleños. La soledad en su perfecta pureza, entre aplausos a un caminante que nada escribió… Ah, insularidad. ¿Colmo de? Ni Utopía, ni Atlántida, ni Barataria. ¿Qué?    

                                                                                                                        Jorge Tamargo



IMAGO MUNDI


En Engaku-ji (Kamakura) pasó un mes practicando
            zazen, otro mes en
            Ryutaku-ji con Soen
            Nakagawa: de satori
            en satori concibió la
            figura real caminando
            hacia dónde con
            quiénes de Buda,
            andaba, no se
            sentaba ya en la
            postura media o
            completa del loto,
            no meditaba, carecía
            de preguntas, pasó
            dos meses en Yoshino,
            esta vez leyendo poemas
            de Saigyo, no pensar, no
            escribir, no aturdirse.
            Releyó los libros de
            Basho. No reflexionar
            sino escribir, nada que
            contestar (se cayó una
            vez del caballo y se
            echó a reír): buscó
            casa, nada del otro
            mundo, brasero,
            lavadero para orear
            sus dos taparrabos,
            tendedero, en la
            alacena conservas,
            té, yerbas de
            condimento y
            medicinales. Basho
            tuvo casa, Soen una
            celda monástica, Buda
            era recibido en las
            mansiones, agasajado
            (no era en detrimento
            propio sino para bien
            del anfitrión) su familia
            de un día, todos los días:
            se echó al hombro un
            zurrón de tela verde
            estampado con su
            nuevo nombre budista,
            nombre anterior a la
            defunción: todo a pie,
            y todo entre dos o tres
            ciudades de provincias
            al pie de las cordilleras,
            subir, detenerse,
            pernoctar: en qué
            consiste residir. Bajaba, 
            recuperaba la casa de
            chillas y tablones
            construida sin clavos
            ni tornillos (arandelas)
            se duerme sobre el
            suelo de tablas como
            un lirón, ¿no es todo
            costumbre, práctica?.
            La práctica interioriza
            la costumbre, vuelve
            la actividad natural,
            sale, da cuatro pasos,
            el recuerdo del zazen,
            Soen, Yoshino, lo dejan 
            frío. Su nombre en la
            tablilla de defunción le
            importa un pito, le hace
            la higa a las Himalayas,
            Potala, Bhután. La política
            del día otra higa (de higas)
            vive de espaldas a las
            tiendas del buen vestir
            (ungüentos, potingues):
            desayuna de madrugada
            un hilo silencioso de leche
            de almendra hirviendo en
            taza de hojalata, gachas
            de cebada, almuerza del
            pez la ventrecha y el
            opérculo: sorbe las
            espinas, mastica los
            ojos, todo lo baja con
            un poco de saké tras
            la ensalada de lechuga
            y espinaca de propia
            cosecha, y las plantas
            silvestres que recoge
            el día anterior. Llenar
            la panza, esa condición.
            Una clavellina. Una
            chicharra. La regadera
            para su terreno de cuatro
            surcos, dos cosechas al
            año, mirar riendo avanzar
            la lombriz de tierra, la
            yerba agostar, oír el
            eco de la compraventa
            en ciudades lejanas
            asaltadas de fantasía:
            casa y coz que le dio
            una vez una burra, y
            qué duda cabe, para
            nacer tienen que
            suceder ciertos
            acontecimientos:
            penetración, reposo,
            nuevo jadeo
            (ayuntamiento) cópula
            en segundas, gestación,
            rotura del saco de aguas,
            el calostro primero del
            pecho entumecido de
            la madre y helo aquí
            de bombachos, sandalias,
            un casquete que semeja
            una boina, capa de hule
            o cañamazo: su barba
            estropajo, nada que
            calcular, poco que
            corroborar, espadañas
            a lo lejos: un islote en
            mitad de la laguna, sin
            duda lleva nombre
            como lo lleva el ave
            que levanta vuelo
            obliga un momento
            a alzar la cabeza,
            en la cabeza nada.
            Sólo la sucesión de
            islote, espadañas,
            grulla que acaba de
            alzar vuelo, ya puede
            regresar. Prenderá el
            brasero (no exagerar
            ateniéndose demasiado
            a lo exiguo) se preparará
            un banquete a la caída
            de la tarde, Apolodoro,
            Fedro, Agatón: en el
            florero un arreglo
            esmerado, la taza
            de té al terminar la
            ceremonia, sutras
            cantadas: tres platos,
            el de platino contiene
            boniato rojo rociado
            de aceite con chatinos;
            el de plata la
            configuración del
            lenguado con un
            ojo dirigido en
            diagonal al cielo
            raso; en el plato
            dorado de qué
            quilate no lo
            podría aseverar
            pétalos de rosa,
            caléndulas en la
            boca donde mordiera
            el pez, aplaudir, a
            Buda remitirse
            pegándose un
            atracón de lechón
            antes de decidirse
            a sucumbir.




lunes, 4 de febrero de 2019

CENTRO Y PERIFERIA DEL CASTELLANO




                  Quien haya hecho este mapa, se olvidó de Canarias. Yo no. 

                                                                           

                                                                              Vuestro claro esplendor árbitro sea,
                                                                              Príncipe de la lengua castellana,
                                                                              que si goda nació, vive tebana,
                                                                              y siendo esfinge, morirá guinea.

                                                                                                                     Lope



Cuando Lope dedicó los versos del encabezamiento a Francisco de Borja (el Príncipe de Esquilache, quien entonces ya era, además de un conocido poeta, lo que hoy pudiéramos llamar un hombre de mundo: había pasado seis años como virrey en Lima), cargaba las tintas contra los vates eruditos, malos imitadores de los clásicos: …gente vana, / que por lo trajinado se pasea; y se quejaba de que la obsesión de estos autores por lo fijado en las polianteas, estaba causando una degradación trepidante en la lengua. Trepidante, digo, ateniéndome a la letra del propio soneto, pues como en él se lee, Lope esperaba que de Borja pudiera percibir el fenómeno, con sólo haberse ausentado de Madrid poco más de un lustro.

El gran poeta y dramaturgo madrileño no pudo imaginar, seguro, que el idioma castellano, a pesar de las vicisitudes que desde el XVII (recién vestirse de largo ante el mundo) enfrentó y enfrenta; en lugar de morir guineo, viviría hispano, mestizo y américo; para sobrevivir, quién sabe, si hasta al mismísimo mandarín.

De Borja llegó a Lima sólo un año antes de que murieran Guamán Poma de Ayala y el Inca Garcilaso de la Vega (el primero, allá; el segundo, aquí: escribo desde España). Era un poeta anticulterano, y además puede que haya experimentado en directo el nacimiento de la admirable Periferia que todavía conserva su lengua. Quizás por ambas cosas: su querencia y su experiencia, resultaba idóneo para entender a Lope, y también para relativizar sus temores y profecías. Desconozco cómo pudo recibir aquel poema, pero quiero pensar, que al menos en lo tocante al ocaso guineo del español, no se haya preocupado demasiado.


CENTRO Y PERIFERIA DEL CASTELLANO

No sé a ciencia cierta si pasa en otras culturas, otras lenguas, pero el castellano (hablado y escrito), a partir del XVI, y, sobre todo, del XVII, conforma su Centro y su Periferia tal y como han llegado hasta nuestros días: ambos muy complejos, pero claramente discernibles en su complejidad. Intuyo que en algún momento haya ocurrido algo semejante con el francés y el inglés, por ejemplo. Intuyo que no se hable o se escriba de la misma manera en Paris y en Martinica, en Londres y Jamaica; incluso puede que no sólo lo intuya (sonrío); sin embargo, no soy capaz de evaluar con solvencia cuánto bien haya hecho, o haga, esa supuesta doble vía en aquellas lenguas. Sí creo saberlo en nuestro caso, y por eso soltaré algunas ideas al respecto, aunque a priori el tema parezca poco novedoso. Llamadme Perogrullo, pero escribo desde la relativa confianza que me da el haber compartido mi experiencia vital e intelectual entre Castilla y La Habana: veintiséis años aquí, allá treinta; viviendo, leyendo, obrando… Tal vez tenga algo que decir en relación a, que no resulte tan obvio. Pido perdón de antemano si me equivoco. Eso sí, lo que diré carece de vocación catequista, y es fruto de muchos ires y venires alrededor del asunto: A lo largo de mi vida, he pasado de venerar primero la referida segregación Centro-Periferia, a combatirla después, a tolerarla más tarde, a ponderarla finalmente sin mayores sobresaltos.

Entre Unamuno, Ortega y Marías (Julián), desde el Centro han cocido o recocido, según el caso, dos ideas que me incomodaban hace treinta años, y que ahora… bueno, ahora puedo abordar con tranquilidad. La una define a Hispanoamérica como la España extramuros, y la otra define a España como la Plaza Mayor de Hispanoamérica. Insisto, estas imágenes, u otras similares, me molestaban cuando escribía mis primeros poemas y estudiaba o hacía arquitectura en La Habana. Ahora me resultan curiosas, sugerentes, sobre todo si limito su alcance al ámbito lingüístico. Eso haré. Muy sugerente es en especial la primera, porque lo de Plaza Mayor implica una vocación centrípeta in aeternum, que refiriéndose al mundo hispano y su lengua no creo justa ni provechosa. La Plaza Mayor de la Hispanidad puede haber estado en Valladolid, sí, o en Toledo, o en Madrid… y por momentos también en Cádiz, en Sevilla, en Barcelona, en Buenos Aires, en Ciudad México, en La Habana, ¿en Nueva York?, ¿en Paris? La Plaza Mayor del castellano es por fortuna tan imprecisa, tan portátil, tan mobile, que se disuelve en miles de vivísimas plazuelas abiertas en el extenso, pero apretado, cuadrante occidental del Orbe. (Aceptemos que en Filipinas la cosa no progresó). Sin embargo, lo de la España extramuros…

Desde el punto de vista lingüístico, la imagen de Hispanoamérica como España extramuros es magnífica. Magnífica, claro, si la matizamos convenientemente respondiendo a la siguiente pregunta: ¿Cómo está la muralla, en pie, o absorbida por una polis total que colonizó el terreno dejado por su demolición? No tengo dudas en el caso de la lengua castellana: la muralla dejó hace mucho de ser empinada piedra, para ser un gen más en su a-de-ene, una traza vibrante en su memoria. Entonces, sí.

Cuando una ciudad demolía su muralla, lo hacía porque la misma había dejado de funcionar militarmente, y porque su extramuros era tan poderoso, que la convertía en barrera (amiga, pero barrera); esto es, en un obstáculo para el desarrollo de ambos entornos: in y ex. La demolición de la muralla consagraba una realidad innegable: la piedra no podía separar lo que a sus lados palpitaba en imbatible vínculo. Sólo la obsesión de trasnochados alguaciles y cancerberos pudiera pretender una muralla cierta en tales condiciones. Demolida ésta, el Centro y la Periferia, que ya lo eran con relación a un mismo organismo, que ya intimaban en casi todos los órdenes, podían besarse, entenderse de la forma en que lo hacen dos amantes liberados. Colonizado por ambas partes el lote donde se levantaba el lienzo que pretendía segregarlos, dado el definitivo beso, Centro y Periferia podían finalmente ir del corazón a los asuntos sin traumas ni demasías patéticas. ¿Esto implicaba que desaparecieran, que se fundieran hasta la uniformidad amoladora? ¿Podían hacerlo? ¿Debían? ¿Sucedió con el castellano?

La primera barrera a desmontar en nuestra lengua no fue la peninsular, sino la castellana. Desde Manrique (Palencia, 1440-1479) a Gracián (Calatayud, 1601-1658) mediaron casi dos siglos de ensanche, lo que implicó la demolición del “viejo” muro y la construcción de uno nuevo, a la vez que la propia España iba tomando forma, re-limitándose. Pero antes de que fuera concluida esta necesaria ampliación, ya el inestable perímetro peninsular hacía aguas, nunca mejor dicho: naufragaba en pleno Atlántico. …De nuevo, manos a la obra. A partir del XVII, aquella primera comunión lingüística con centro castellano y periferia ibérica (portugueses, sabed que os quiero, amén mi trazo grueso), debió constituirse en nuevo Centro frente a una Periferia enorme y complejísima que compartía límites con el Imperio. 

Desde entonces, la lengua castellana (quien se sienta más cómodo leyendo española, que lo haga contando con mi comprensión y mi complicidad; yo mismo alterno el uso de estos términos sin complejos, aunque sé que aluden a realidades distintas), el castellano, decía, conserva desde el XVII su Centro y su Periferia intactos; en viva y cambiante trabazón, pero intactos. Ambos entornos son internamente muy complejos, pero de cara al marco lingüístico común, cumplieron y siguen cumpliendo sus higiénicas funciones. Quienes no hayáis experimentado en vida y obra dos ámbitos relacionados con una y otra realidades, quizás abaratéis lo que su coexistencia y su especialización implican para la lengua. Debo deciros, sin embargo, a quienes así penséis, que tales extremos no sólo me parecen hoy oportunos y necesarios, sino imprescindibles. 

Por lo regular, en el Centro predominan los iconodulas; en la Periferia, los iconoclastas. En el Centro asientan y vigilan lo alcanzado; en la Periferia lo agitan sin cesar. En el Centro guardan la semilla; en la Periferia soplan el polen. Todo esto, insisto, por lo regular, con las excepciones que se suponen, y hasta se necesitan en cualquier regla… ¿Y bien? Pues no puedo imaginar ahora mismo, en una lengua viva y sana, lo uno sin lo otro: Sin iconodulas, ¿qué sentido tendrían los iconoclastas? ¿Y viceversa? Ambos se posicionan alrededor de los iconos para darle sentido finalmente. ¿Y qué se puede agitar, si no lo que se posee? ¿Y qué sentido tiene poseer lo que no se agita? ¿Y qué se puede cosechar sin semilla? ¿Y qué resulta la semilla sin el viento que poliniza?

Los autores que obran en el Centro, desde el Centro, suelen cargar con una plomada, un nivel, un metro y una balanza: Aplomado, nivelación, medición y pesaje, para certificar la pertenencia a, la permanencia en: la denominación de origen, el linaje. Lo nuevo, en este caso, debe someterse al encaje último en un negocio donde la memoria controla el marchamo legitimador. Los autores periféricos (ay, cuánto pueden los ratones lejos del gato) son capaces de un descaro impensable en el Centro, un descaro que apunta al continuo cuestionamiento de todo lo que se pretenda dotado de un valor canónico. Los autores del Centro salvaguardan el canon, cuanto los de la Periferia avivan el agon. Esto no quiere decir que los unos sean por sistema reacios a la innovación, y los otros reacios a la conservación. No. Los unos innovan con el rabillo del ojo pendiente de la despensa. Los otros conservan justo aquello que les garantiza el apetito. La despensa para estos últimos comporta el peligro de la adoración improductiva a falsos nutrientes… Los autores del Centro cuidan el cuño de las monedas. Los de la Periferia juegan con ellas. Sí, juegan, pero como decía Marías poniendo en relación a nuestra lengua con el latín: el español juega libremente con monedas bien acuñadas. Algo parecido pasa, o debería pasar, entre su Centro y su Periferia: Las monedas han de estar bien acuñadas para que el juego con ellas sea provechoso. Y cuando lo es, cuando las jugadas más atrevidas se revelan ganadoras, el cuño debe actualizarse (y así lo hace, caiga quien caiga) contando con su impronta higiénica, vivificante.

Ambas pulsiones, decía, me parecen imprescindibles para la salud y el futuro de la lengua. Volviendo a la imagen urbana, cuando el Centro y la Periferia por fin se han encontrado, justo donde antes lo impedía la muralla, cuando se han penetrado y fertilizado mutuamente; el Centro conservará el germen de su traza (¿la esencia?), mientras que la Periferia, partiendo del propio germen, lo multiplicará y enriquecerá con nuevos fenómenos en los que la traza resuene lo justo y necesario para mantenerse viva. Insisto, esto no es matemático. En ambos entornos pueden obrar autores que me contradigan. En ambos entornos habrá, por fuerza, vestigios de la pulsión contraria. Sin embargo, los ejemplos vienen en mi ayuda. Citaré algunos muy representativos en forma de pares, sin pretender inducir a valoraciones que no tengan que ver, sólo, con lo que aquí venimos tratando: santa Teresa de Ávila y sor Juana Inés de la Cruz / Machado y Darío / Juan Ramón y Vallejo / Jorge Guillén y Lezama / Gamoneda y Kozer… Para quienes los hayan leído, ¿hace falta algo más que citarlos emparejados? ¿Pudiera el castellano ser el mismo, si no hubiera contado con autores de esa talla, obrando cada uno de ellos con sujeción a la pulsión que predominaba en su entorno?

En aquel par que tanto valoraban los clásicos: sal y lepos (picante y elegancia), puede que los autores de la Periferia antepongan lo primero, y los del Centro, lo segundo. Puede que en general así sea, aunque los mejores de ambos entornos buscarán siempre el equilibrio perfecto entre dichos “aderezos”. El caso es que los extremos elegantes o picantosos no hacen más que ensanchar el terreno de juego, y hasta por eso, merece la pena que obren a la vez y por separado; juntos, pero no revueltos, ¿buscándose las cosquillas?… Por cierto, se me ocurre ahora proponeros otro ejemplo de clara manifestación de las diferencias entre Centro y Periferia, esta vez con relación al latín escrito en Roma. No puedo profundizar en esto, porque necesitaría mucho tiempo para estudiarlo a fondo, y también mucho espacio para explicarlo una vez estudiado, pero ¿acaso no es obvia la desemejanza entre autores italianos como Catulo, Virgilio, Horacio, Propercio, Tibulo, Ovidio, a pesar de que ellos mismos no fuesen homogéneos ni mucho menos; y un autor como Marcial, nacido en Calatayud (Calatayud: Marcial y Gracián, no está mal), que llegó a Roma con veinticuatro años? Ni Catulo ni Ovidio fueron autores pacatos o graves, está claro, pero incluso éstos ¿hubieran podido escribir lo que escribió Marcial, como lo escribió Marcial? Y regresando al castellano, ¿sería el mismo que hoy conocemos y usamos, sin el precedente y la influencia de ambas formas de decir y de escribir? Ahí lo dejo…

La grandeza hispano-judaica ha hecho posible el drama nuestro, una espantosa delicia que no cambio por nada, dijo Américo Castro en una carta dirigida a Jorge Guillén. Ese drama, espantosamente delicioso, en buena parte se ha montado sobre la interacción de un Centro y una Periferia vivísimos, en ebullición y transformación desde el siglo XI (en lo político, lo social, lo cultural: lo lingüístico), que han estado siempre, también a partir de su último gran ajuste, en dialéctico, pugnaz y fértil amorío. Precisamente el último gran ajuste del drama hispano, que en apariencia tuvo un cariz reduccionista, pero que donde deshizo difíciles equilibrios políticos y sociales, mantuvo, cómo no, los culturales; dejó intacta la capacidad obrante del Centro y la Periferia de nuestra lengua.

Ahora (¿me tocará reconsiderar de nuevo mi punto de vista, pasado un tiempo?), creo estar seguro de que la búsqueda… la búsqueda no, el uso de un lenguaje más o menos panhispánico, sólo tiene sentido como una opción personal de quienes, acaso como yo, no lo pueden evitar dadas sus circunstancias vitales e intelectuales. Pienso que tanto el Centro como la Periferia del castellano deben seguir manteniendo ileso el cuerpo de sus funciones, sin atender a lo que puedan opinar sobre ello los talibanes que desconocen la utilidad de su contraparte.

En un medio que se globaliza a la vez que se atomiza (a ver quién le pone el cascabel al gato), donde la mayoría de los idiomas van cediendo terreno frente a las lenguas habladas por los últimos pueblos que dominaron (o están en vías de dominar) al mundo: españoles, ingleses, crías de ingleses y chinos; el castellano está llamado a jugar un papel determinante. Aun así, no parece descabellado suponer, y hasta vaticinar, que futuros movimientos en su polis (una megalópolis ya) reformarán, o incluso redefinirán una vez más su Centro y su Periferia. De acuerdo. Pero mientras el campo de juego siga siendo el que es, y como primera medida para la competición en torneos venideros, es imprescindible que Centro y Periferia sigan a lo suyo. Ese tira y encoge entre lo uno y lo otro: despensa y fuego / semilla y viento / guardianes y agitadores… es vital para el castellano actual y el por venir.


CENTRO Y PERIFERIA, SÍ… DEL CASTELLANO

Enrique de la Fuente Ferrari, en el prólogo a la edición española de Estudios sobre iconología, de Panofsky, define a España como un país de pícaros y madrugadores, donde lo importante es situarse pronto y hallar un cobijo en el que vegetar ya tranquilo. ¿Acaso no podríamos, siendo tan agrios como sinceros, extender su “piropo” a toda la Hispanidad? Con relación a la lengua, esta actitud es especialmente terrible. Por ahí andan algunos poetas, narradores, ensayistas y académicos, buscando ese cobijo perpetuo donde echarse a dormir, desde donde pontificar sobre lo que incumbe a su parcelita. No, no. Esto no. Y tampoco aquello que implique la negación barata de lo que se es, de lo que se posee en buena lid, para, amparados en lenguas ajenas, o en pretendidas fórmulas universales, como se dice en La Habana en referencia a algo que se hace sin provecho propio: trabajar para el inglés. Centro y Periferia, sí… del castellano. Cada uno a su aparejo, porque la somnolencia y la impostura, aquí, son iguales de… 


                                                                                ¡Ay de aquel alma a padecer dispuesta,
                                                                                que espera su Raquel en la otra vida,
                                                                                y tiene a Lía para siempre en ésta!

                                                                                                                                 Lope



viernes, 18 de enero de 2019

CUM LAUDE






Acabo de publicar en Lumme (Brasil), de la mano del editor, poeta y artista plástico Francisco dos Santos, un cuaderno de poemas titulado Cum Laude. En él reúno imágenes y versos que diseñé y escribí alrededor de la obra de veinticinco poetas que me importan mucho: Antonio Gamoneda / José Kozer / Paul Celan / José Lezama Lima / Vladimir Holan / Yorgos Seferis / Jorge Guillén / César Vallejo / Fernando Pessoa / Gottfried Benn / Ezra Pound / Juan Ramón Jiménez / Rainer Maria Rilke / Emily Dickinson / Charles Baudelaire / J.C. Friedrich Schiller / J.W. Goethe / Francisco Quevedo / William Shakespeare / Luis de Góngora / san Juan de la Cruz / fray Luis de León / Luís Vaz de CamÕes / santa Teresa de Ávila / Dante Alighieri.

Muchas veces toqué a la puerta de estos maestros (también toqué y toco a la de otros tantos que con suerte aparecerán en próximos cuadernos) con un éxito desigual. Algunos me la abrieron de primeras, otros me hicieron regresar y llamar varias veces, hasta que mis nudillos y su golpeo les parecieron suficientemente maduros (¿mansos?). Lo cierto es que llevo muchos años dialogando con ellos. Cada poema, cada cuento, cada novela, incluso cada artículo o ensayo que escribo, de alguna manera están insertos en esa conversación. Sí, son mis novios o novias aunque no lo sepan. Río… Bueno, cuando digo que converso con estos autores, peco de pretencioso. En realidad escucho su tertulia con mucha atención, y al comentarla conmigo mismo, o con vosotros, imagino que me escuchan.

Me pregunté: ¿les habría gustado (¿les gustará?, en el caso de los vivos) saber cómo son leídos por alguien tan atrevido como yo? Y luego me pregunté: si sostengo en público un breve segmento de esa (mi) conversación imaginada, uno que aluda directa y escuetamente a sus obras, ¿podré animar a otros para que toquen con insistencia a sus puertas; a otros, quiero decir, que no lo hayan hecho todavía con la fe o la fortuna bastantes? Y por último me pregunté: ¿seré capaz de comprender mejor por qué me importan de manera especial estos autores, si soy capaz de llevar a imagen poética las inquietudes que me suscitan? ¿Estaré listo para hacerlo? (El conocimiento de por qué Shakespeare, Dante o Sófocles ocupan el lugar que ocupan, sólo muy lentamente se alcanza en el transcurso de la vida. Eliot.). Y si lo logro, ¿estaré más cerca de poder explicar qué es para mí la poesía?

Puede que explicar y comprender resulten verbos poco afortunados en un contexto poético, si no se les mitiga con la adecuada muleta adverbial; sin embargo… La primera respuesta que encontré a tales preguntas fue Cum Laude. No sé muy bien por qué me dio por ello en las etapas iniciales del trabajo, pero en esta ocasión diseñé unas imágenes que combinan dos escalas del diseño gráfico (logotipo y símbolo) para sugerir, también visualmente, y con un nivel medio-alto de abstracción, algunos de los argumentos que sostienen la obra de cada uno de los poetas escogidos. Después uní las imágenes a diez versos (o líneas, en el caso de la prosa) que fui escribiendo mientras diseñaba. Arrimé la imagen poética a la visual, y viceversa, para “atacar” por varios flancos a estos grandes autores; y proponer un número, complejo pero posible, aunque diferente para cada caso, que viniera bien a sus umbrales. Sí, en Cum Laude, entre otras cosas, os propongo un camino para llegar a estos poetas. Modestamente os ofrezco una de sus direcciones. (Viven en muchos sitios a la vez). Os ofrezco la que mejor me llevó a ellos: la dirección de cada una de las cabañas donde yo les encontré. En este cuaderno os invito a que os rompáis los nudillos contra sus puertas. Os digo: tocad las veces que sean necesarias, vale la pena.

Pero además, además de ofreceros una posible dirección para que deis con cada uno de ellos en su soledad neta, os propongo una vía para llegar a la Sala capitular donde ocurre su asamblea. Quizás vosotros podáis hallar, incluso mejor que yo, la veta consonante, y hasta sinfónica, (si tal veta existiese, claro) en el conjunto de estos ejercicios aparentemente resueltos en sí mismos. A pesar del eclecticismo gráfico (no pude abarcar tanto de otro modo), y a pesar de las importantes diferencias que existen entre las vidas y obras de algunos de los poetas implicados, Cum Laude es también un compendio de cabos que buscan nudo. En este cuaderno apunto a la Gran Tertulia Universal de todos los tiempos. ¿Acierto? ¿Fallo? No lo sé (soy el oferente: no pueden tener buen olfato quienes están metidos en la cocina, Petronio dixit), pero he disfrutado mucho escribiéndolo, diseñándolo.

Ah, si los lectores que pudierais estar interesados en semejante viaje, decidierais acompañarme… Si aceptarais mi invitación a embarcaros, mi esfuerzo habría duplicado su sentido. Y si el viaje os resultara ameno… Y si su crónica tuviera un balance positivo; quiero decir, si con los nudillos avisados y predispuestos, dierais con alguna de las puertas que abrieron para mí estos maestros… Y si además (perdón: cuánto imagino, cuánto pretendo), en alguna medida apoyados en este cuadernillo, os pudierais asomar a su Cónclave por una ventana nueva, múltiple; entonces… Ah, si ocurriese y me enterase, qué añadida satisfacción obtendría.

En fin, invitados quedáis. Aquí os dejo una pequeña muestra:






Para comprar el libro existen tres vías posibles: Se puede solicitar por correo electrónico, escribiendo directamente al editor (Francisco dos Santos). Se puede comprar en la página de Livralia Cultura, y también se puede comprar pagándolo a través de PayPal:


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