sábado, 15 de septiembre de 2012

Líbrate de la libertad antes de entrar al amor





                                        Para Juan Carlos Quesada  


Líbrate de la libertad antes de entrar en mí.” Sírvanos este magnífico verso de Antonio Gamoneda que parafraseo en el título, como pórtico al tema de esta “entrada”: las ineludibles consecuencias del amor. Al tanto de los episodios que viví en días pasados con relación al embarazo y el parto de nuestra perra Sombra, mi gran amigo Juan Carlos Quesada me pidió que explicara en un texto la identidad y la magnitud de los sentimientos que habían operado en aquel evento. Estuve un día entero hablando de ello con mi también amiga y experta criadora de perros Mercedes Escudero, mientras padecíamos, Marisela, ella y yo, las tensiones vinculadas a una espera preocupante, pero quedé tan exhausto, que dije a Juan Carlos (también lo había dicho antes a Mercedes) que no quería escribir sobre ello, que me lo guardaba todo esta vez. Ya ven, lo reconsideré, por complacer a mis amigos que se lo merecen todo, y porque tal vez pueda verter algo de luz sobre el asunto, una vez atravesado y superado el difícil trance.

Existe hoy en día en Occidente, sobre todo en el llamado “Primer Mundo”, una peligrosa tendencia a evadir el dolor cueste lo que cueste. Desde que nacemos somos “víctimas” de unos padres que pretenden apartarnos de las frustraciones como de la enfermedad o la muerte. Que no nos duela nada, de eso se trata. A cualquier precio, que no nos duela nada… De aquel sufrir en este mundo como vía para ganar el otro, hemos pasado a este no sufrir perdamos lo que perdamos, aunque lleguemos a perder, incluso, la capacidad de amar. Porque claro, ¿cómo se enfrenta el indolente al amor?

Asumiendo que el amor duele (porque es así, digan lo que digan, el amor no nos deja ir “de rositas” por la vida) debemos escoger entre el fértil encontronazo con su testuz, o el estéril e indoloro paseo por su perimundo; entre la levedad de una vida indolora, indolente, sin amor, o la gravedad de una vida militante, gastada jirón a jirón en sucesivos y frecuentes lances amorosos. Suena romántico, lo siento, pero es así. Nadie que no esté (pre) dispuesto al dolor puede experimentar en plenitud el amor, o sea, el ser humano. Sí, el amor en su más amplia acepción nos hace hombres.

Una vida sin amor, sin dolor, no es humana. El amante no escatima el dolor. Enrolado, enviciado en el amor, aunque esté muy lejos de aquella vocación romántica por el abismo redentor, no dice no ante lo amado sea cual sea el precio. El amor es la imagen por excelencia, es el verdadero primer motor; colma de los pies a la cabecera la totalidad del templo humano. El amor carnal por el otro, el amor entre semejantes que se desean, ese tan fácil de reconocer, ha marcado el imaginario y hasta la historia de la humanidad. Recordemos los avatares de Paris y Helena, Aquiles y Patroclo, Edipo y Yocasta, Medea y Jasón, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Don Quijote y Dulcinea… Pero también recordemos las consecuencias de amores tan difíciles como el de Cleopatra y Marco Antonio, o el de Pedro de Portugal e Inés de Castro. Aventura, guerra, muerte, dolor, pérdida de la libertad que cedemos gustosos, pérdida incluso de la vida… Pero no es este amor por el semejante deseado el que más me interesa aquí y ahora. El amor nos obliga a sacrificios aun cuando aterrice (o alunice) en seres o cosas bien distintas a nosotros. Si somos capaces de amar, estaremos siempre a merced de lo amable, esto es de nosotros mismos y también de todo lo OTRO.

Pocas veces percibí la fuerza y el precio del amor actuando tan a fondo en una imagen, como lo hice al ver los cuerpos petrificados de los perros de Pompeya. Aquellos perros que seguro presintieron el desenlace fatal y por amor no abandonaron a sus dueños. Los que pudieron huir y no lo hicieron, y también los que fueron condenados por sus amos a una muerte segura, atados a la puerta de la casa para espantar a posibles ladrones. La fidelidad y el amor tienen siempre un precio, y los perros de Pompeya  pagaron el más alto, que no es, no, la muerte misma, sino la traición que viene del ser amado.

La imagen de estos perros retorcidos, calcinados, doliéndose al pagar el precio del amor, tiene una potencia tremenda y sin dudas puede tocar a todos los amantes del mundo. El perro de Pompeya es el Cristo de los perros. Su imagen vino a redimir su especie ante nosotros, ante nuestros dioses. Opera contra la cuerda que cuelga al galgo del cazador insensible, contra el expositor de cristal donde se muestra al cachorro tempranamente escindido de su camada, contra el dueño del perro abandonado en la carretera, apaleado en las esquinas más sucias de nuestras ciudades…

¿Por qué algunos somos capaces de asumir el dolor que acompaña al amor, también cuando los amados son otros seres vivos, especialmente animales, muy especialmente perros? Ah, “líbrate de la libertad antes de entrar al amor, duélete amando, no hay otra forma de hacerlo”, parece decirnos aquel perro de Pompeya. Sí, amigos, quien puede amar no sabe controlar del todo lo que ama, y quien ama está expuesto inexorablemente al dolor. Cuando amamos a nuestros perros, redimidos todos ellos en el gesto último de aquel ancestro pompeyano, estamos librándonos de la libertad para entrar en el inefable reino del amor, ese del que nunca sabremos ni siquiera el nombre. Y si ya no somos vulgarmente libres por serlo de la manera más humana posible, o sea, por ser amantes, felices dolientes, ¿qué sentido tienen para nosotros las preguntas que pretenden justificar la ejecutoria de los indolentes?

No sigo. No me quiero extender mucho esta vez. Prefiero compartir con ustedes un poema inédito que precisamente habla de estas cosas.       


Dolor
(el amor siempre duele)


Pueden instituir el reino de los analgésicos.
Pueden aislar en el amor las enzimas dolorosas
para aplicarles novísimas terapias génicas.   
Pueden establecer la felicidad por decreto
en un piélago donde el amor derive, integre,
se haga ecuación transparente para escupir aciertos
en los tibios caladeros de lo previsible.
Pueden levantar escuelas para amantes uniformados
que aprendan a levitar sobre endemoniados páramos.
Pueden hacer lo que quieran... Será en vano.
El amor siempre duele. No hay posible asepsia
donde la sangre riega.

Perdonad este discurso decadente
en los ínclitos umbrales de la holografía, pero
el amor es subversivo y anacrónico:
medra en una feliz y dolorosa mezcla
de pasión, compromiso y dependencia.
El amor no conmuta en la razón su precio,
no se entrega en indoloros cuantos.
El amor duele, cuesta.

Atended,
descreídos pimpollos de lo inmune,
el amor no es un protectorado de la ciencia.
El amor tiene un precio y no se regatea.
Escuchad,
hasta en la periferia de lo humano suena. Sí, 
nos lo ladran, hace ya una era,
calcinados, detenidos en su aullido pétreo,
frente al Vesubio exhausto
del que por amor no huyeron
––no quisieron o no pudieron hacerlo––
los perros de Pompeya.





viernes, 7 de septiembre de 2012

Los beocios. Bragas sucias para la lírica




“Al menos 13 personas han sufrido una intoxicación el pasado fin de semana después de asistir a la lectura pública de un poema en mal estado, según han señalado fuentes del Institut Català de la Salut (ICS). De las 13 personas afectadas de ‘pesadumbre vital, dolor del alma y un amor desbocado hacia una persona indeterminada, quizá un ideal’, entre otros síntomas, al menos 6 continuaban la tarde del domingo llorando en el Hospital de Sant Pau y ‘buscando respuestas en el ocaso’ en palabras de los médicos que las atendieron.
 
‘La rosa del desierto’, el local barcelonés en el que tuvo lugar la lectura pública del poema en mal estado, ha sido clausurado esta mañana. ‘La poesía es un arma cargada de futuro, y si cae en malas manos pasa lo que pasa, coño. Por suerte, hay pocos aficionados a la poesía hoy en día y no tenemos que hablar de pandemia’, explica uno de los policías que ha cerrado el establecimiento. El poema, que no se puede reproducir por motivos evidentes, arrancaba con los versos ‘No alabes mi belleza maltrecha’ y terminaba con la expresión ‘pozo sombrío’.
 
El departamento de intoxicaciones alimentarias del ICS ha abierto ya una investigación para determinar, mediante comentarios de texto, cuál de los versos es el que habría sumido en un profundo estado de pesadumbre a los que asistieron a la lectura. El poeta aficionado, autor del poema en cuestión, ya ha pasado a disposición judicial y se verá en la obligación de justificar todos los recursos estilísticos usados en el texto. Se comprobará así si los copió de algún sitio y si el poeta está capacitado para abrir su corazón en locales públicos o debería conformarse con guardar sus versos en un cajón y sentirse incomprendido y eternamente desamparado...”

Mi buen amigo Gregorio, muy preocupado, me envió hace unos días esta rara y triste noticia publicada el pasado febrero en un diario barcelonés. Confieso que me contagió su desazón. Y no sólo por la suerte de los intoxicados, que también, sino porque alrededor de esa fecha entregué a otro amigo unos poemas míos que me pidió para leer precisamente en aquel local de Barcelona, pues quería ver si lo contrataban como lector-mesero, que al parecer así se llama ese nuevo oficio tan en boga de leer poesía en restaurantes y bares. Claro, a pesar de que han pasado varios meses, lo primero que me dije (pregunté) fue: Caray, ¿alguno de mis poemas habrá intoxicado a “la peña”? (Sí, digo “peña” por si acaso soy culpable, para irme congraciando con los afectados) ¿Habrá estado preso Horacio (así se llama mi amigo, el candidato a lector-mesero) por leer mi poesía? Aunque los versos citados en la noticia, créanme, no son míos, rápidamente llamé a Horacio, quien en ese momento, contratado para fines de semana en otro local llamado “Danubio azul”, leía poesía ante un público escéptico y adormilado. ––Luego te llamo, me dijo. En fin, cuando pudimos hablar con tranquilidad, me explicó que todo aquello de “La rosa del desierto” era un bulo más levantado por una secta llamada “Los beocios”. Añadió que algunos de los presentes en aquella lectura donde, entre otras cosas, leyó mis poemillas, se habían mareado un poco, pero que de sobra fue comprobado en el hospital donde los atendieron y trataron, que el mareo se debió al consumo de mala prensa tras una gran ingesta y en un ambiente poco iluminado; pues los señores, después de los postres y mientras Horacio leía, habían abierto un periódico para intentar, a la luz de las velas, cazar imágenes y titulares. Bueno, aunque mucho más tranquilo y aliviado en todos los sentidos (los intoxicados, el pobre Horacio, mi poesía) aquello de “Los beocios” me causó una nueva inquietud. ¿Quiénes son? ¿A qué se dedican realmente? ¿Cuánto nos debemos cuidar de ellos? En fin, desde entonces no hice otra cosa más que indagar al respecto, hallando tanto y tan curioso material, que no puedo sujetar la tentación de compartirlo con ustedes.

Pude averiguar que todo comenzó precisamente en Beocia a finales del siglo VI a. C., cuando en las afueras de Cadmea (Tebas) un extranjero, indigente y medio loco, en un arranque de prepotencia dijo a los campesinos del lugar que, en Samos, su isla, había nacido un iluminado al que llamaban Pitágoras, capaz de lograr que el orfismo, verdadero germen de la poesía, siguiera vigente muchos siglos después de que fuera olvidado Hesiodo. Al parecer los campesinos beocios, que aun analfabetos adoraban a su célebre compatriota, sin tener en cuenta que aquel extranjero era un vulgar provocador, se organizaron para intentar abortar el vaticinio. Así, de esa manera tan insólita, nació la secta “Los beocios”, enfrentada primero a “Los órficos” y después a todo lo que fuera POESÍA, porque increíblemente los campesinos de Beocia no tenían a Hesiodo por poeta (qué disparate), sino por historiador; y su Teogonía era para ellos el Manual de Ciencia por antonomasia, el Libro Universal, vaya, el mismísimo Tratado de la Verdad. Donde Hesiodo sembró esponjada imagen, había prosperado esa leyenda a la que muchos llaman verdad, de tal manera que, cualquier cosa que no hubiera escrito Hesiodo, sencillamente no era, mucho menos si se expresaba con palabras y conceptos que ni ellos ni su ídolo habrían comprendido nunca.

En fin, según pude leer en documentos de muy difícil acceso, cuyo origen todavía no debo revelar, los beocios, movidos por un ideal tan simple y visceral, gracias a su tozudez y mala leche han conseguido llegar hasta nosotros, tan vivos y activos, que pueden plantarse en un local de Barcelona donde se lee poesía, y ofrecer un periódico de dudosa calidad a quienes, después de una comilona, se disponen a escucharla; y no contentos con provocar en ellos la lógica intoxicación, difunden en la prensa que muchas veces controlan, que el daño fue causado por la poesía. Bueno, por lo que llaman poesía en mal estado, una suerte de saco de boca ancha en el que meten a toda poesía (buena o mala) que use formas y palabras que ellos no captan; y del que sacan toda poesía (buena o mala) que use formas y palabras que simplemente les suenan. Los beocios no sólo se dedican a intentar destruir lo que les queda grande, sino que ayudan a construir falsas cimas poéticas para tener leña fácil al alcance de su hoguera. Según parece, tienen una sección que va minando lo grande y animando lo grandilocuente; y otra sección que, en paralelo, ensalza lo trivial. Entonces, al animar lo grandilocuente crean la necesaria confusión con relación a lo grande, y ensalzando lo trivial rematan la faena: lo grandilocuente desplaza a lo grande para que su lugar sea ocupado final y fácilmente por lo trivial. Un lío, pero así funcionan. Lo trivial, innecesario y perecedero es su meta: el fondo perfecto, según ellos, para que sobre él figure la excelente obra de su líder espiritual. Si, kafkiano pero cierto. Le gustará saberlo a Gregorio.

Aunque no puedo en esta entrada contarles todo lo que averigüé al respecto, transcribo unas pocas de las anécdotas que más me llamaron la atención sobre la retorcida actuación de esta secta a lo largo de la historia. Cuentan que regularmente introdujeron espías en la servidumbre de pensadores, poetas, doxógrafos e historiadores para arrimar el ascua a su sardina. (Con el único que no se metieron nunca los beocios fue con Píndaro, pues, aunque fue un poeta rarísimo, era un coterráneo, y además, muy crítico con Homero). Así lograron, por ejemplo, convencer a muchos de que Pitágoras era un líder religioso y un seudocientífico, más que un filósofo o un poeta, y sin éxito intentaron reducir su legado, como mucho, a los hallazgos en geometría. Un adepto a la secta, al servicio de Heráclito, se encargaba diariamente de indisponerlo contra los necios hasta provocar sus salidas de tono, con tal de convertirlo en un apestado. También aplaudía sus tesis aunque no las entendía para inducirlo a una complejidad condenatoria. Este “ayudante”, que lo sobrevivió, llegó incluso a cambiar el sentido de algunos de sus pensamientos. Cuentan que aquello de “no te podrás bañar dos veces en el mismo río” es su versión interesada (hasta los beocios, sin pretenderlo, a veces aportan cosas) de la verdadera y mucho más simple frase heracliteana: “los estúpidos sólo ven agua en el río”. Esta gente manipuló las paradojas de Zenón, metió picapica en el tinajón de Diógenes, penetró el ámbito de Sócrates. Sí, Jantipa (su esposa) debió ser una beocia enmascarada. Convirtieron a Sócrates en un pesado y lo condenaron a muerte después de cargarle el invento de la mayéutica. Dicen que Platón no era más que un pastelero de Epicarmo, pero Epicarmo no era bien visto por los beocios que destruyeron sus obras y auparon a la posteridad las de Platón. Claro, éste, en agradecimiento al servicio que se le prestaba, siendo él mismo un poeta, expulsó a sus colegas de la República que idealizó. A Aristóteles también lo “penetraron”. Lo indujeron a salir de La Academia y comenzaron a enviarle todo tipo de animales vivos al Liceo para obligarlo a la zoología. No entendían nada de lo que dictaba a sus seguidores, pero procuraron que se mantuviera muy entretenido al margen de la poesía y redujera la poética a la simple imitación de la naturaleza. Los beocios también estuvieron muy activos en el período helenista y en Roma antes de plantarse en el medioevo. A Augusto le malmetieron con relación a ese gracioso librillo sobre amoríos de Ovidio, hasta que lograron que el emperador deportara al poeta de por vida al Ponto. A Luciano intentaron dirigirlo hacia la escultura cuando le sabían un genio nacido para la retórica. Sólo la intuición de su madre, que odiaba verlo sudado, pudo salvarlo. A Petrarca no lo soportaban. Lo incitaban a plagiar a Cicerón y a escribirlo todo en latín para después poder desacreditarlo tildándolo de mero y poco original epígono. No lo lograron, claro. A Dante le temían especialmente. Se metieron en su casa, en su obra. No soportaban su sublime aventura con Virgilio y no pararon de aguijarlo hasta que el florentino introdujo a varios de sus vecinos en el Infierno de la Comedia. Pensaban demostrar así su humanidad rasa. Y bien que lo hicieron. Bendita sea. Pero también pensaban cuestionar su intemporalidad. Ah, qué error… En el renacimiento los complejos de la secta encarnaron en un agitador llamado Aretino. Talentoso pero envidioso, pagado por el Duque Urbino (¿otro beocio?), llegó a decir: “La enorme dificultad para ascender al Parnaso es un infundio. Lo cierto es, en cambio, que resulta sumamente fácil precipitarse de él”. En el siglo de oro español los beocios enfrentaron a Quevedo con Góngora para anularlos a ambos. A Góngora le colgaron el sambenito de oscuro para enterrarlo. Lo lograron, pero sólo a medias, porque hace mucho que el cordobés universal se les aparece por las noches y los atraviesa con su lucidez, señalándolos sin remilgos dondequiera que se escondan. A Shakespeare lo avergonzaban para intentar que destruyera sus sonetos, y todavía hoy (literalmente) difunden rumores sobre su posible destinatario: que si una mujer, que si un hombre, que si una puta, todo para distraer la atención que debe prestarse a su altura poética… En el siglo XVIII tuvieron una época aparentemente propicia. Se cuenta que lograron predisponer a Goethe contra Schiller y viceversa, aunque al final fracasaron de nuevo. Se cuenta también que intentaron dinamitar la promisoria poesía francesa previendo lo que pasaría en su enorme diecinueve. En fin, llegado el momento colocaron espías contra Baudelaire, Mallarmé, Verlaine, Rimbaud… Recurrieron a viejas tretas para encasillarlos: que si parnasianos, orfistas, impresionistas, simbolistas… raros y oscuros, peligrosos, vamos. A la Dickinson la acusaron de todo. Lograron mantenerla oculta por un tiempo, y después la tildaron de incoherente, oscura, frágil, infantil, timorata, pacata, mal poeta, rara. A Darío lo persiguieron con especial ahínco. En América del Sur no habían tenido un reto tan importante como éste. Como no podían callarlo, con éxito esta vez, lo reconozco, intentaron conducirlo a un amaneramiento excesivo y acusador. Cuentan que un falso amigo, beocio camuflado, le dictó aquello de “¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa/ quiere ser golondrina, quiere ser mariposa…”. Y luego Juan Ramón, y más tarde Lezama... Pero qué impotencia ante estas dos inmensas torres de la poesía. Cómo se resienten los beocios ante huesos tan duros de roer. Ya saben lo que contestó Juan Ramón en su célebre dedicatoria a quien le pidió (beocio, claro) que reuniera poemas suyos con tal que fueran accesibles a la mayoría. Y aquella anécdota de Lezama que hace poco me recordó mi amigo Luis Enrique Valdés: Un librero habanero, a todas luces pagado por los beocios, en una reunión de la empresa distribuidora que debía “mover” Paradiso, dijo: “Me llegó la novela Paradiso que, según cuentan, es pornográfica. Unos dicen que es buena y que debemos venderla. Otros que la recojamos. ¿Qué hago?” El hombre no sabía que Lezama, su autor, estaba presente (infiltrado órfico) en el conclave beocio. Mas éste tomó la palabra y le dijo al librero: “Usted, se ve, es un hombre joven, pero ¿recuerda los zeppelines?” El librero, nervioso, preguntó: “¿Los zeppelines?” “–dijo Lezama–, aquellos globos dirigidos. ¿Los recuerda?” “Claro que los recuerdo, pero yo era muy pequeño”, atinó a responder el librero. “¿Y qué hacía usted cuando pasaba un zeppelín?”, insistió Lezama. “¿Qué iba a hacer? Nada. Lo veía pasar.” Entonces llegó la conocida sentencia del maestro: “Pues haga lo mismo con Paradiso: véalo pasar.

Los beocios llegaron a penetrar y perturbar al maestro Octavio Paz en los últimos ’80 y primeros ’90 del pasado siglo, haciéndole emitir criterios poéticos facilones que evidenciaban su senil relajación. Obran desde el siglo VI a.C. en todo el planeta. Tengan cuidado, por favor… Están en los periódicos, en los jurados, en las cátedras de lengua, en las instituciones, y hasta en los locales de hostelería. Donde menos se les espera, ahí están. Siempre sospeché que son asiduos, incluso, al jurado del Nóbel, aunque a veces yerren el blanco, porque, si bien muy experimentados y socarrones, son falibles, claro.

No les cuento más porque temo cansarlos, pero si escuchan o leen alguna otra historia sobre poesía tóxica con versos supuestamente engolados, floridos o crípticos, corran el riesgo y pidan leerla, no vaya a ser que detrás del asunto estén una vez más los beocios haciendo de las suyas, tratando de pasar por corrupta a la poesía incorrupta, sólo porque le temen. Claro que existe poesía en mal estado, trasnochada, con versos afectados y vacuos, pretenciosos, regalados, decadentes, cursis… como también existe poesía en mal estado por su precoz y rampante caducidad, por intrascendente, innecesaria, flácida, amante del estéril colegueo, incluso soez, pretendidamente “directa” y presa de una contingencia a la que ruega frutos urgentes aunque resulten espurios. Sin embargo, los beocios no se muestran hostiles con esta última tendencia. Insisto, tratan que la poesía incorrupta, la buena, la que nunca caduca, se confunda con la poesía falsaria y grandilocuente, para que resulte más fácil desplazarla y entronar en su lugar a la trivial, que claro, es la que escriben o avalan, según el caso, los propios beocios. ¿Y todo esto por defender a Hesiodo, un enorme poeta, frente a Orfeo, Homero, Pitágoras… a partir del vaticinio de un provocador? Qué tontería, como si fuera necesario distinguir, en poesía, la divina providencia de la divina gracia, aun a riesgo de perderlas ambas…

Que los dejo, ahora sí. Tengo que llamar a Gregorio para contarle que la intoxicación de “La rosa del desierto” no fue poética. A ver si lo tranquilizo y hasta lo regocijo con esta kafkiana historia. Además, suena el teléfono. Debe ser Horacio, mi otro amigo, el lector-mesero, para pedirme material. Aunque apenas le pagan, hoy lee en un local llamado “La noche ébana”. El muy loco declinó hacerlo en otro bastante mejor pagado llamado “Bragas sucias para la lírica”. Eso sí, antes de cerrar, quede claro que aprecio mucho a Hesiodo. Su obra es para mí un mapa básico. Necesito a Hesiodo. Sólo temo y señalo a “Los beocios”.




















Nota para el policía que cerró “La rosa del desierto”:


Señor… sí, sí, usted, el que declaró a “El Mundo Today” que “la poesía es un arma cargada de futuro, y si cae en malas manos pasa lo que pasa, coño”, y añadió: “por suerte, hay pocos aficionados a la poesía hoy en día y no tenemos que hablar de pandemia”; escuche: la poesía es un arma cargada de futuro, claro, y de pasado, y de presente, o sea, de tiempo. Más que un arma, es un germen de humanidad, pero dejémoslo ahí, no se me vaya a intoxicar… ¿Ve usted el error que ha cometido al cerrar “La rosa del desierto”? Por muy ridículo y demodé que nos resulte el nombre del local, en aquel caso parece demostrado que no fue la poesía en mal estado el agente tóxico, sino la lectura de mala prensa en el momento y el lugar inadecuados, todo ello inducido por los beocios. Le ruego que si ve a la poesía entrar y desplegarse serenamente en locales de pública concurrencia no se asuste, espante los prejuicios y las cautelas. Si observa síntomas de indisposición en sus consumidores, antes de pensar que la poesía está en mal estado (cosa probable, por supuesto, pero sobre la cual, y a juzgar por sus propias declaraciones, usted no tiene argumentos) piense que pueden estar sucediendo muchas otras cosas. Puede, por ejemplo, que los consumidores todavía no estén preparados para ella, o que hayan sido predispuestos en su contra por los beocios a través de los medios de comunicación. Espere un rato, por favor. Si la poesía es buena, discretamente se retirará al comprobar que se encuentra en territorio infértil o enemigo. Sólo una poesía presuntamente corrupta persistirá en tales circunstancias. Si así sucede, podrá usted actuar cautelarmente, pero cuídese de hacer declaraciones rápidas a los periódicos, no vaya a equivocarse de nuevo. En fin, yo le daría un consejo: lea, especialmente poesía. Y otro, por si decide no atender al primero: siempre que pueda, al paso de la poesía sea precavido, haga usted lo que haría ante el zeppelín lezamiano, sencillamente véala pasar.


jueves, 30 de agosto de 2012

Cañonazos neoclásicos contra un barroco irredento




…la ciudad, extrañamente parecida, a esta hora de las reverberaciones y sombras largas, a un gigantesco lampadario barroco, cuyas cristalerías verdes, rojas, anaranjadas, colorearan una confusa rocalla de balcones, arcadas, cimborrios, belvederes y galerías de persianas ––siempre erizada de andamios, maderas aspadas, horcas y cucañas de albañilería, desde que la fiebre de la construcción se había apoderado de sus habitantes enriquecidos por la última guerra de Europa...” 

Así describe La Habana de finales del XVIII Alejo Carpentier en “El siglo de las luces”, novela publicada en 1962, casualmente el año en que nací. Carpentier, en mi opinión, nunca entendió bien el barroco aunque haya pretendido explicarlo y cultivarlo con un afán de tintes fatalistas. Ya dijo Cortázar hablando de Lezama: “…su expresión es de un barroquismo original (de origen, por oposición a un barroquismo lúcidamente ‘mis en page’ como el de un Alejo Carpentier)”. Pero aunque Carpentier confundiera muchas veces al barroco con un mero estilo formal, un gusto por la complicación, el arabesco o el simple pintoresquismo, su descripción de La Habana en el postrero XVIII, entonces recientemente liberada de la ocupación inglesa, puede ser útil a mi propósito que, en este texto, es contestar, en el 250 aniversario de la toma de la ciudad por aquella potencia, algunos juicios de exaltados compatriotas, tan anglofascinados ellos, que se han lamentado “barrocamente” de que el final negociado de tal ocupación haya impedido a Cuba ser hoy (sí, tal lo leen) como Canadá, Nueva Zelandia, Australia, Hong Kong, Malasia… Hace unos días me tocó contestar semejantes desvaríos vertidos en comentarios a un texto de Vicente Echerri publicado en el blog “Penúltimos días”. Hoy pretendo extender, exponer aquella protesta a la consideración de todos mis amigos y lectores. 

Decía que la descripción de La Habana hecha por Carpentier me podía ser útil, pues en ella se solapan, expresa o tácitamente, las dos patas de su dúctil resistencia a la ocupación inglesa: la reverberación cultural y la pujanza civilizadora. Porque si bien es cierto que la pujanza civilizadora se desencadenó definitivamente con la ocupación y, sobre todo, después de ella, también lo es que tal impulso está presente en La Habana desde el temprano XVI, y que siempre estuvo encauzado en esa reverberación cultural que es tal vez su principal seña de identidad. La Habana que se encontraron los ingleses en 1762, era ya un lampadario barroco, sí, pero no en el sentido que le da Carpentier (La Habana jamás fue una ciudad formalmente barroca) sino en el sentido más hondo del término “barroco”; este es el que lúcidamente define Valleriani cuando dice: “La época barroca es una edad de crisis generadora de una profunda inquietud en la cual es central el sentido de la inestabilidad de lo real. Está caracterizada por un ‘metaforismo’ y un ‘metamorfismo’ universales como modos de advertir una realidad de perfil desconocido e insospechado, siempre diverso y mutable. La metáfora aquí quiere convertir en declive una verdad huidiza y en continua metamorfosis. El barroco es un universo cultural tan consciente del fondo trágico de lo real, como del mal y del dolor que lo atraviesan. Expresa tal realidad a través de la metáfora del ‘confuso laberinto’, pero sobre todo del mundo como teatro… 

El mundo como teatro, siempre puesto en escena, esa es la esencia del barroco. En ese sentido La Habana fue barroca desde su nacimiento, y será barroca mientras sea, aunque su urbanismo y su arquitectura nunca lo hayan sido, ni en lo estructural ni en lo formal, más que de pasada, tímidamente. La Habana fue siempre “un teatro” porque siempre fue mediterránea, porque desde su fundación fue un punto de fuga para el reverberante eco del mar eterno. 

¿Y qué podían ofrecer los ingleses en 1762 a tal emporio de la cultísima máscara? Inglaterra, en plena efervescencia industrial, en medio de su revolución, saliendo de su pobre medioevo, de su escaso y tardío renacimiento; liberándose al fin de la brumosa magia, de la brujería, en favor de un protestantismo que convirtió las cenizas del Purgatorio en ruedas dentadas para el imperio. Inglaterra, que en brazos de Newton, Bacon, Hume y Smith entre otros, abría una era positivista para laboratorios donde el barroco y lo barroco serían pura escoria en el fogón neoclásico. ¿Por qué no tuvo Inglaterra un seiscentto, un settecento vigorosamente barrocos? ¿Por qué su barroco es tímido, hasta cierto punto “clásico”, ecléctico, cuando no folclórico o pintoresco…? 

Ah, una ciudad barroca sabe aprovecharlo todo. La Habana supo hacerlo con lo poco que podían ofrecer entonces los ingleses. Dice Weiss: “La conquista de La Habana por los ingleses y su ocupación de la ciudad durante once meses causaron serios quebrantos económicos a la población, tanto en el orden oficial como en el privado; hubo confiscaciones, exacciones, e impuestos gravosos. Se produjo, en consecuencia, malestar y resentimiento contra los conquistadores y contra aquellos ciudadanos que se prestaron a colaborar con su gobierno (ya ven, siempre los hay “adelantados”). Pero estas cosas pasaron a un segundo plano con el regocijo de la reconquista, y hasta se empezó a considerar el valor de algunas iniciativas puestas en práctica durante el dominio inglés. La principal de éstas fue la libertad de comercio, que incrementó el tráfico marítimo en el período de referencia de un modo fabuloso, no sólo aportando artículos para el consumo de la población, sino llevando al exterior los productos de la isla. Con todo, lo importante no fueron precisamente los frutos inmediatos de este tráfico, sino el ejemplo que ofreció a la metrópoli de las ventajas del comercio libre sobre el sistema monopolista español, lo cual contribuyó a que se otorgara eventualmente a la Isla este derecho. Igualmente la Corona se dio cuenta de la importancia que revestía Cuba, por su posición geográfica, para el comercio entre España, de una parte, y Nueva España y Tierra Firme de la otra, y de la necesidad de redoblar sus esfuerzos por conservarla. En suma, junto con el ansia de la población insular de mejores condiciones de vida, se despertó en la metrópoli el deseo de dar a Cuba un nuevo trato”. 

La Habana, aquella barroquísima ciudad-estado, supo aprovechar de la bala inglesa sobre todo el eco. Y otra vez preparada para la esencial función, introdujo en el texto del coro una nueva monserga, le dio al corifeo una nueva máscara. Pero la obra siguió siendo la misma; esa en la que el barroco no es un portón abigarrado para la estancia franciscana, ni un vitral de tres colores para que la luz vibre descompuesta, sino un universo donde la vida misma es teatro, puro teatro para un mágico y útil bolero inmune al himno neoclásico… Lo demás lo escribí ya en aquellos comentarios. Aquí lo reproduzco para ustedes tal y como lo hice entonces. Debo pedir disculpas por mi tono, entonces un tanto exagerado (barroco) y encendido. Puedo parecer sectario, lo sé, pero en aquel contexto me lo pedía el cuerpo, parecía inevitable. En cualquier caso, así las cosas, el mío sería un sectarismo defensivo. Estén seguros.

Bueno, el Caribe nació a la historia con vocación mediterránea. El Mediterráneo se prolongó en él con todas sus resonancias. El Mediterráneo es un mar que resuena. Sí, más que un mar es un prodigio del eco. Claro, en el mar del norte los vikingos no se oían más que a sí mismos. Algo parecido pasó a los celtas (que nunca se asomaron al mar eterno) sobre todo, cuando hicieron isla al norte del mundo. La bahía de La Habana en 1762 era ya un fabuloso germen de Mediterráneo que construía mar hacia el golfo de México, hacia el Caribe todo; era un portento del eco. Es normal que todos quisieran participar aquella gracia, especialmente los vikingos y los celtas que no la tuvieron hasta entonces. Al fin podían hacer pie en el mundo sin haber nadado en su centro. Pero la gracia no se comercia, no se tasa en libras esterlinas, se intercambia en redomas de tiempo, en ánforas de humanidad. Puede que los habaneros hayan aprendido mucho de los ingleses en cuanto a contabilidad y cacharrería, pero ¿cuánto aprendieron los ingleses de los habaneros…? A ver, contables de la historia, ¿dónde está el interruptor que acciona la gracia, que hace audible el eco? Cuando lo descubran, cuéntenlo en La City. Y confiesen allí que, tanto el eco como la gracia, fugan en Main Street y vibran en La Plaza.

Francotirador, ante una diana tan movida y extensa como la tuya, pudieran inhibirse, incluso, Eros y Apolo… En fin, porque lo deseen algunos, la historia no doblará las piernas. La Habana del XVIII era ya un prodigio del eco y de la gracia. En su bahía habrían podido leer mundo todas las flotas posibles. Porque los españoles llevaban el morral mediado de inquisición y contrarreforma, sí, pero en la mitad que más importa llevaban la semilla mediterránea, ésa, tan volandera, que llegó hasta las tierras bárbaras para que ahora presuman de cánones, tratados, “pentateucos” y compendios jurídicos como si fueran de cosecha propia. Esa semilla, la mediterránea, que acarreaba el plancton del Egeo, el Jónico, el Adriático; que había probado sustrato desde Irán a Cartago, desde Egipto a Cádiz; que por obra de Alejandro había incorporado la capacidad ecléctica de fructificar en (para) Oriente y Occidente; esa semilla, digo, fue plantada en La Habana desde el mismo siglo XVI. Y fueron los españoles, sí, pero eso es lo que menos importa, porque ellos sólo eran agentes ocasionales. Las semillas pueden ser tan llevadas por el viento como protegidas en los excrementos vacunos, pero en cualquier caso, su carga germinal es innegable, imparable. Cuando ingleses, franceses, belgas, daneses y holandeses, vieron en América un regalo geográfico para activar libros de cuentas; cuando éstos llegaban, se apropiaban, estructuraban una plantación, nombraban capataz y se marchaban; los españoles completaban su similar avaricia con un esencial cargamento cultural. Los españoles llegaban y se apropiaban, pero después edificaban, urbanizaban, fortificaban, se mezclaban, se quedaban... Insisto, lo de menos es que lo hicieran los españoles, lo importante es que con ellos viajaban el eco y la gracia del mar eterno; ellos llevaban la redoma y el ánfora, y estaban dispuestos (obligados) a destaparlas. Entonces, ante una urbe tan refinada y promisoria como La Habana del postrero XVIII, ante una bahía tan esencial como aquélla, con tanto pasado y presente heredados, condensados, potenciados, la imagen de la flota inglesa con sus cañones disparando (sólo) un futuro de dudoso pedigrí, debió resultar penosa y grotesca. Claro que a todo se le puede (y se le debe) sacar provecho. La Habana lo hizo con aquellos once meses de apertura comercial. Pero el habanero nunca dio el beso definitivo al mago del futuro. Y no lo hizo tal vez, quién sabe, por la engañosa y aburrida asepsia de sus labios, por la falta de peso que traía su palabra. Lo que pasó después podemos cargarlo en cualquier cuenta. Pero si tenemos que llegar a los Castro, cosa que me produce una gran repugnancia y una mayor pereza, habría que hablar de un carácter hispano armado de un pragmatismo puramente anglosajón. Vaya mezcla. Puede que los ingleses se hayan quedado en La Habana más de lo que parece.

Mira, quien-seas, que los españoles llegaban a América y se quedaban en un porcentaje inmensamente mayor que cualquier otro pretendiente a colonizador en el Caribe, no es una opinión, es un dato. Claro, los datos se encuentran en los libros y pueden parecer opiniones para quien no los abre. Que los ingleses se establecían por más tiempo en el Caribe que los españoles, tampoco es una opinión, es una falacia, tan clara, que no merece más contestación. No me interesa en lo absoluto defender aquí a los españoles. España se defiende sola, pues, como nación contemporánea, tiene 543 años de historia; como realidad sociocultural (con su magnífica diversidad) tiene más de 3000 años de historia; como espacio habitado por el hombre, tiene una prehistoria que se pierde en los anales del tiempo… Pero lo que sí pongo en valor, frente a la excluyente fascinación por lo anglosajón que adorna a muchos compatriotas, es la feliz estirpe mediterránea de lo habanero. La Habana fue una suerte de ciudad-estado con ascendencia mediterránea. Una maravilla resultante del impulso civilizador del hombre culto, del hombre que condensa gracia y eco, no regalados, sino ganados en los avatares de la historia. Ese portento de cultura que fue La Habana, ese agraciado lugar donde el poso mediterráneo era más que evidente, habría quebrado si los ingleses hubieran puesto número y artilugio donde había mucho más que eso. La Habana fue un prodigio del eco humano, un sitio donde parecían convenirse y complacerse todos los dioses; un sitio con suficiente linaje para exigir al ábaco industrial la necesaria carta de ciudadanía. Duró hasta que el determinismo, el pragmatismo y el empirismo, que yacían y subyacían en el positivismo europeo decimonónico (nada mediterráneo, por cierto, y sí muy anglo y muy sajón), se mezclaron con el apasionado carácter mediterráneo para doblegarlo en dirección a la más estúpida utopía. Lo español puso su gusto por la hazaña quijotesca, pero el insulso y reducido horizonte lo trazó el pragmatismo integrista, y ése, quieran o no los anglofascinados, es más british que la reina… Entonces, celebremos cada uno lo que nos apetezca. De eso se trata. Yo celebro que aquella joya, aquel portento de civilización que ya era La Habana de finales del XVIII, haya sido canjeada (por cierto, no sin mucho pesar en buena parte de la inteligencia inglesa) por aquellos incultos pantanales del continente. Sí, una jugada maestra de la “torpe” diplomacia española. Celebro que su onda mediterránea se haya ensanchado hasta el siglo XX y me haya tocado, colmado como lo hizo. Eso sí, celebremos lo que celebremos, por favor, leamos. Por que si bien las lecturas enloquecieron a Alonso Quijano, la falta de ellas plantó en el kilómetro cero a Castro. Celebremos lo que nos dé la gana, pero escuchemos a San Agustín: “Toma y lee, toma y lee…

QUANTUMLEAP, con la lectura pasa como con la vida, somos los máximos responsables ante ella. Si le preguntaras eso al santo (Agustín) te remitiría a los textos bíblicos en primera instancia; pero yo, que de santo no tengo nada, sin saber cuánto hay de ironía en tu demanda, te pregunto a ti: ¿Has leído lo que el santo leyó antes de serlo? ¿Te has leído el teatro griego, por ejemplo? Creo que fue Heidegger quien dijo que había que leerlo todo, todo, pero ¡cuidado!, sólo hasta Platón. En fin, siendo cautelosamente pragmático, te digo que, si queremos hablar con propiedad del tema en cuestión, qué menos que, después de leerlo TODO en términos de Heidegger, y claro, sin detenernos donde él dice, leer todo Fernando Ortiz, por ejemplo, y todo Moreno Fraginals; y luego no vendría mal leer a Humboldt, sobre todo a ese Humboldt que llamaba a La Habana “colonia y metrópoli a la vez”, que veía en el Caribe la recreación del Mediterráneo. Hombre, debíamos leer a Irene Wright, claro, y a Weiss… A pesar de Heidegger, es muy importante, creo yo, que leamos todo lo que el TODO preplatónico hizo posible. Desde la filosofía helenística hasta el idealismo alemán. Y claro, haciendo escalas imprescindibles en Virgilio, Ovidio, Horacio, Séneca, Cicerón, Dante, Petrarca, Góngora, Quevedo, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Baudelaire, Dickinson, Lezama… Sí, Lezama… y Homero. No estaría mal empezar por el segundo y terminar por el primero. Ya ves, no pude ofrecerte un título, pero…

Tal vez puedan intuir lo que contestaba, pero si quieren leerlo todo pueden seguir el siguiente enlace:

http://www.penultimosdias.com/2012/08/14/los-ingleses-en-la-habana/




martes, 7 de agosto de 2012

Una milla cuadrada cualquiera de la tierra...





Mentalmente, ya hemos abandonado la tierra… La dejadez hacia nuestro entorno inmediato sólo se puede explicar porque haya una especie de instinto de supervivencia genética que nos permita pensar que podremos salir de la Tierra y colonizar otros planetas, o algo así, porque, si no, no se explica lo que está ocurriendo, no tiene sentido.” 

Hoy leí en la prensa estas declaraciones del fotógrafo Daniel Canogar. Después de haber visto (con el pulso abúlico) saltar de alegría a los miembros de la NASA por la llegada de su último artilugio a Marte, un artista vino a preocuparme seriamente. El exaltado brinco del científico actual, en muchos casos un especialista cuya ignorancia está celosamente cultivada y pagada por el contubernio entre dos artificiales polos del poder: el económico y el político, me deja un sabor de boca raro, incluso me enerva en ocasiones, pero todavía (¿debía hacerlo?) no me preocupa hasta la rebelión total. Sin embargo, cuando los artistas, aun a su pesar comienzan a emitir señales que avalan ese entusiasmo, cuando comienzan a entender y en alguna medida a buscar, a explicar el sentido del pueril júbilo del especialista y de la cómplice pasividad de su público, un sudor corrosivo invade a mi animal para devolverme a la militancia cavernícola; esa donde la mano sigue tocando al bisonte (ambos hechos imagen bermellón en la roca) como símbolo del sometimiento de la bestia al pintor; esa donde el sacerdote sigue interrogando a las volutas de humo de la hoguera con que espanta al oso, para averiguar el designio de los dioses. Entonces una incómoda gravedad, que nada tiene que ver con la física de Newton, me colma irremediablemente… 

Quede claro que Canogar no dijo aquello ni convencido ni vencido, sino con una comprensible amargura. Él no pretende promover nuestra huida, sólo la intuye. Sin embargo, la intuición del artista me inquieta mucho más que la tesis del científico, porque es esa intuición la que suele imantar en la estela de la imagen los fragmentos de una realidad en potencia. ¿No fue el semidiós Heracles quien, en una potente imagen, separó las puntas del mar eterno y plantó sus columnas para que Fernando e Isabel permitieran a Colón hacer el resto, para que Carlos V pusiera título a la demasía geográfica en aquel importante pliegue de la historia? ¿Estaremos ahora a las puertas del superhombre de Nietzsche, ante otras columnas imaginadas… o ante la línea trazada en el suelo que hipnotiza a la gallina? 

Desde mi caverna preplatónica, temo por igual ambos escenarios. El superhombre podrá ser, podrá plantar y trascender sus columnas, pero jamás podrá existir, y esto lo iguala fatalmente a la gallina. Según Heidegger: “Sólo el hombre existe. La roca es pero no existe. El árbol es pero no existe. Dios es pero no existe.” Superhombre y gallina hipnotizada, peligrosamente concurrentes en la misma cosa y ante la misma línea, otean la inexistencia aguijados por sus notables: los científicos que buscan en ella nueva casa para quienes pagan. Entonces, donde Canogar dice “instinto de supervivencia genética”, cariñosamente digo yo todo lo contrario. Porque la pretensión de trascendernos en máquinas con inteligencia artificial que habiten, no sólo otros planetas, sino el Espacio (eso es lo que hay, no nos engañemos, esa es la tesis última del transhumanismo) poco tiene de instinto de supervivencia y mucho de pulsión de muerte, de instinto de autodestrucción, de regreso al polvo en pleno repliegue del tiempo, en pleno paroxismo estelar. Polvo, sí, pero no enamorado. Polvo sin más, sin merecimiento de gracia. De nuevo sustancia informe para tentar al gran alfarero, porque ay, “¡qué sería tu felicidad, radiante astro, si no tuvieses aquellos para los que brillas!

En fin, aunque no pensaba escribir nada en agosto, la imagen conjunta de los científicos eufóricos y del artista lúcido (no, no es el mundo al revés aunque lo parezca, la euforia y la lucidez son muy caprichosas) me acodó a la mesa con cierta desazón. ¿Es este tema adecuado para un agosto olímpico, con hombres que corren cien metros en nueve segundos y chicas que taconean en el agua? Posiblemente no. Discúlpenme. Me inhibiré de tales torpezas en lo que queda de mes, pero no sin antes compartir con ustedes esta feliz frase de Lewis Mumford: "... Una milla cuadrada cualquiera de la tierra tiene más importancia para el futuro del hombre que todos los planetas del sistema solar. No son las fronteras más lejanas del Espacio, sino los rincones más profundos del espíritu del hombre, los que demandan nuestra más intensa exploración y cultivo..." Y además, este poema inédito para cerrar con un tono, aunque enérgicamente crítico, optimista:



El mundo no cierra todavía


 (De tan libres que son,
al socaire de la ciencia quieren reducir la jaula.)


Esos iluminados que nos imaginan circuito y holograma,
ven en la inteligencia artificial un fatal desenlace
y en el Espacio un anchuroso campo
para que el hombre habite trascendido.
Piensan que no podemos, que no queremos
escapar a la máquina, que en su precisión atómica
enterraremos la sempiterna aporía.
Piensan que somos tan únicos, tan capaces,
que podremos pasear nuestro espíritu,
resuelto en puro número, sin riesgo alguno
por las bodegas del Hades.

¿Y quién financia a semejantes cretinos?

A ver, notables de la especie,
ingeniosos mequetrefes y sus mecenas;
la sola contracción de una madre
desdoblada en su chispazo óntico
basta para un jaque a vuestro juicio.

Pero además,
en la cuenca ocular vacía de Demócrito
caben todas las galaxias juntas,
y en la escueta pupila de su rodante ojo,
la razón, aparentemente extraviada,
en tenso duermevela os vigila.

Meteos los engendros humanoides por el culo.
La inteligencia artificial no es un destino.
El mundo no cierra todavía.

 
  Los hombres son aún preliminares.
                                          J. Guillén


domingo, 29 de julio de 2012

Urgente jabalina




Como una fangosa pelota lanzada en una pista de harina”, que diría Lezama, cayeron, Alejandro primero y Roma después, sobre la clásica Olimpia griega y sus Juegos. “Como una piedra caída en una ecuación”, resultó la posterior llegada del cristianismo a la Olimpia romana para resolver sus tímidas variantes y liquidar sus agónicos fulgores. Sí, la angustia del moribundo agon griego apenas expelía ya los lúmenes imprescindibles para un velorio, cuando Teodosio apagó las luces definitivamente y tasó sus haberes con el cero persa. El tiempo ya no transcurriría al asimétrico ritmo de la flauta dionisíaca, ni para regocijo de Zeus se mediría por sus desembarcos en el estadio, sobre los sudorosos pectorales de los atletas, sobre sus genitales expuestos, porque las eras demandan de sus avenidos una filiación sin fisuras, y el tiempo en la nuestra, aun dudado por Agustín (“...el tiempo no es otra cosa que una extensión, pero ¿de qué?”), ya había sido definido por Plotino como “imagen móvil de la eternidad”, por lo que no podía permitirse aquellos terrenos y embarazosos nudos… 

Nada sabía yo de esto cuando, con nueve años cumplidos, frente al televisor y viendo los Juegos de Múnich ’72, fui avisado por primera vez de que los cubanos nos habíamos convertido, bajo la tiranía de Castro, en los mejores deportistas del mundo. Nuestro Milón de Crotona: Teófilo Stevenson, un gigantón de Las Tunas, había obtenido un oro en boxeo, mientras que un grupo de ágiles y revolucionarios jóvenes había llegado al bronce en baloncesto. Y éste era sólo el comienzo, porque en los Juegos posteriores el deporte patrio creció ampliamente en obtención de medallas, aunque también (sonrío amargamente) en continuas cesiones al perverso mundo capitalista de "díscolos" frutos de su excelencia encarnados en "viles desertores". 

Poco a poco, y mientras los Juegos se erguían ante mí como un sucio pendón politiquero (recordemos lo ocurrido en Moscú ’80, Los Ángeles ’84 y Seúl ’88), me fui enterando de su prehistoria, su historia antigua y moderna. Ya más ilustrado, en los Juegos de Barcelona ’92 vibré sinceramente con la precisa y preciosa ceremonia mediterránea que les sirvió de pórtico. Entonces, cumplidos los veintinueve, tenía las maletas hechas para venir a España, y aquellos Juegos, junto con la Exposición Universal de Sevilla, ponían a este país en el mapa de los solventes. ¿Qué más podía pedir? Me encontraría con mi yo mediterráneo, ya no sólo intuido, sino claramente esbozado, en el país de mis abuelos, con unos deportistas modestos entonces (recordemos que los mejores del mundo eran los cubanos, claro) pero capaz ya de semejantes hazañas logísticas y con tan evidente poder de convocatoria… 

Han pasado otros veinte años, y después de haberme perdido la pekinesa, el pasado viernes vi la ceremonia londinense que inauguró los actuales Juegos. Bonito espectáculo. Pero ¿por qué no pude verlo con los ojos “limpios”? ¿Por qué cada gesto, cada símbolo me ponía a la defensiva, como si se estuviera urdiendo sobre mí, sobre nosotros, una nueva trampa? No me pasa eso en un tablao flamenco, ni en un club de jazz. ¿Cómo debo leer ahora, a las puertas de los cincuenta, tales muestras de buena voluntad y vocación mercantil? Ah, la decadencia, este mordaz estado que siente pavor ante las banderas, que se espanta frente al agujero repujado (hasta en la nada) por la palabrería. Si al menos desfilaran desnudos los atletas, especialmente ellas, para hacernos creer que algo cambió desde que Teodosio liquidara en Olimpia toda posibilidad de hecatombe que no fuera apocalíptica. Si al menos se pactara una verdadera tregua o paz olímpica para con-fundirnos en una imagen plenamente humana. Si al menos… 

No, orgías no, que no hay que sucumbir a tales reminiscencias de los olímpicos originales en este tiempo-imagen de la eternidad. Pero y si… Decía Maquiavelo que existen tres clases de cerebros: los primeros entienden las cosas por sí mismos; los segundos entienden solamente lo que otros han demostrado; los terceros no entienden absolutamente nada. Ah, decadencia, sabionda que nos atas, que paradójicamente nos condenas a esta incómoda y estéril terceridad, permítenos siquiera vibrar con los colores que, cuando menos, “son actos de la luz”; permítenos la emoción en el instante dichoso en el que los atletas, ya no cubanos ni españoles, ni rusos ni americanos, ni judíos ni árabes, felizmente desnudados por la imaginación, libres de sus perversos sobrenombres, en la única cúspide posible que es la de la imagen, lancen la jabalina contra el jabalí que, enmascarado, aplaude en la tribuna. Entonces el segundón maquiavélico, ese que sólo entiende lo que otros han demostrado, amenazado por la justiciera lanza, acaso comprenda que los atletas pueden reconducir los símbolos para que los poetas sigan creyendo e invitando al sueño. 

Quién sabe si la pista de harina y la ecuación, mancilladas latan todavía bajo la piedra y la pelota de fango… Ojalá podamos disfrutar los Juegos. Ojalá, ganemos o no, nos divirtamos todos, porque, según decía mi padre: “un juego tiene sentido si todos se divierten.” ¿Podremos dar sentido a estos Juegos? ¿Y si todos lanzamos la urgente jabalina? Intentémoslo. Aquí va la mía, directa al pálido jabalí que, camuflado tras la purpúrea túnica, cual ignorante segundón de jeta y risotada suidos, se regodea en la tribuna áurea. Aquí va la mía, propulsada por la oscura imagen, porque, como dijo el poeta: “sólo el jabalí negro tiene los ojos de oro.





sábado, 21 de julio de 2012

Y SIN EMBARGO EN ELLAS, LAS PALABRAS...




Y sin embargo en ellas, las palabras...


Soy un hombre afortunado. No sólo tengo amigos, grandes amigos, sino que entre ellos los hay que me prestan y regalan libros. Claro, saben que los leo, y eso debe animarlos a gestos de tamaña generosidad. También saben que los devuelvo en caso de préstamo, y que siempre agradezco sentidamente esas muestras de aprecio, pero aun así, soy muy dichoso cada vez que un amigo, de una forma u otra, me brinda la oportunidad de vibrar, de crecer con el impulso dador que comporta todo libro.

Hace algunos meses, mi amigo Hugo Busso me regaló un libro de Teodoro Elías Isaac, titulado “La palabra alterada (Narco)”. Hugo, filósofo y poeta, conoce algunas de mis inquietudes, sobre todo porque las participa, y, en alguna medida, las “padece”. Él sospechaba, acaso sabía que este libro me interesaría, porque es un libro diferente, novedoso y curioso, sobre un tema de inagotable extensión y especial trascendencia: la palabra; ese germen de humanidad, esa otrora vigorosa atleta de la imagen, del conocimiento y la comunicación, tan maltratada hoy por todos, tan desprovista de sus mejores armas en una época donde el lenguaje se mecaniza y empaca en dirección al agujero en que yacen los significados y las metáforas para que medre el más flácido sinsentido, el más integrista nominalismo.

La palabra necesita hoy más que nunca de amantes prestos (“Todo amante es soldado”, decía Ovidio) que, por cualquier vía a su alcance, llamen nuestra atención sobre lo que está pasando y sus posibles consecuencias… La verdad es que el libro citado es diferente, incluso raro. Su autor, médico, psicólogo, lingüista, en fin, humanista y maestro, para mí desconocido hasta ahora, va con total naturalidad de la ciencia a la ocurrencia, del rigor al entusiasmo, del dato a la iluminación, siempre que estos caminos lo ayuden a controlar el timón de su airosa nave. No sé si me gusta más cuando ejerce de científico o de iluminado. En ambos casos se muestra convincente. En el primero, utiliza su saber en los campos de la mitología, la filosofía, la psicología y la lingüística (griego, latín y lenguas semíticas) para, sobre todo apoyado en Grimal, Corominas y Freud, activar ante nosotros toda la potencialidad contenida en el étimo de las palabras como vía de conocimiento. En el segundo, y aunque su decir en lo formal nunca es poético, no duda en “tirar” de la imagen, aunque ésta nazca de intuiciones personales, propias o inducidas por todo tipo de fuente, para, a través de su capacidad de sorpresa y apertura sígnica, llevarnos al mismo terreno: la clave del conocimiento situada en la compresión de las palabras como unidades significantes de un único y mismo libro que él llama, con cartesiano impulso, Gran Enciclopedia o Libro del Universo… Sí, el libro es raro, también porque está compuesto por diez conferencias que han sido llevadas a texto escrito tal y como se dictaron oralmente. Esto “dinamiza” su estructura con un desenfado y una liberalidad que, si bien puede en ocasiones desorientarnos, nos mantiene alerta, siempre en tensión y dispuestos a transgredir la causalidad y la lógica del discurso en aras de una motivación más oblicua y sugerente. Pero lean algunos pasajes del libro:

 “La palabra alterada es una palabra que no tiene en cuenta al objeto que nombra, ni al otro a quien va dirigido el mensaje. Por eso es narco: el diálogo, que es habla de dos está bloqueado y deformado en un vacío monólogo. No dice nada.

Toda palabra guarda un centro, guarda un corazón, un corazón vivo, que únicamente palpita y se despierta si es respetuosamente atendido y tocado. Ese es el núcleo de la palabra, es lo que se llama ‘lo verdadero’, el etimós griego. Y llegar a lo verdadero, a la verdad de la palabra es despertar el sentido etimológico.

… hemos buscado el símbolo más antiguo de la humanidad, el símbolo más universal, que es el símbolo de la rueda, que guarda un centro, una periferia y los rayos que conectan el centro con la parte periférica. Este símbolo de la rueda, que marca y sella todo acontecimiento universal, desde lo más simple a lo más complejo, también sella la estructura de la palabra. Este es su signo.

En-kýklos-paideia. La clave del conocimiento está en la capacidad de la lectura de ese gran libro. Y todos los otros libros son libros en la medida en que se corresponden a este libro, en la medida en que facilitan y estimulan la lectura de ese gran libro, de esta gran enciclopedia.

Hasta aquí queda clara la vocación de unicidad y universalidad con que el autor se acerca a lo esencial de la palabra: significado, étimo, símbolo, centro, periferia… todo condensado en unidades de ese gran y único Libro del Universo. Pero no adelantemos el juicio. Sigamos. Noten el importante giro que da en esta agraciada y feliz definición:

La palabra ‘palabra’ es una abreviación de una palabra más larga, ‘parábola’. Las palabras se llaman palabras porque son parábolas. Cada palabra es una parábola (…) ¿Qué significa parábola? Es la unión de dos palabras griegas: pará-ballo. Pará significa ‘al costado, al lado’; y ballo, es ‘arrojar, pegar o golpear’. Una parábola es lo que pega al costado de algo, no hace centro, circunscribe un espacio, es la metáfora; para que en ese espacio, en el silencio de ese espacio, se manifieste una verdad, que no está en lo que dice. Por eso las palabras son parábolas, porque pegan al costado de algo que no está allí, pero circunscriben el núcleo del silencio donde se manifiesta el etimós, la verdad que cada palabra conlleva. Quien no tenga oído para el silencio de la palabra queda atrapado en la cáscara del sonido. Por eso podemos afirmar y decir, sin equivocarnos, que todas las palabras son huecas, por eso tienen valor de palabras, porque en el hueco, en el silencio del hueco es donde se manifiesta la verdad. Pero tiene que ser circunscrito por la palabra. Las palabras, como los templos, circunscriben el espacio para con-templar.

Sólo por encontrar un pasaje como éste me habría leído el libro entero. Qué cara esta definición de palabra para los poetas, y qué guiño a los arquitectos, a los que construyen edificios en particular y a los que construyen discursos (estructurados) en general… Pero continuemos:

Porque la palabra es la comarca del deseo. Porque la palabra es la expresión del alma, de la psiquis. Toda la vida de la psiquis está dibujada, marcada, en la palabra. La palabra representa la vida psíquica.

…el deseo únicamente puede ser contemplado en signos que lo representan en el espacio de la tierra, en el espacio del hombre, en signos que lo representan pero que deben ser captados, leídos, releídos, entendidos, descifrados en su clave. Ese es el valor de la simbólica, es la esencia del símbolo, contemplar.

…la verdad que duerme en el corazón de la palabra, en el etimós, porque cuando se le hace vibrar abre interrogación, despierta interrogantes.

…¿qué es lo exotérico de la palabra? El sentido semántico, las definiciones que están en el diccionario. ¿Qué es lo esotérico de la palabra? El sentido que duerme en la raíz, la temática que duerme en el núcleo.

…todo símbolo es una cadena, un derrotero designante que nunca llega y nunca toca lo signado…

La palabra es válida como una campana cuando llama al silencio. Las palabras en ese sentido son campanas, llaman al silencio, no al mutismo. Por eso callamos.

Claro, todas estas ideas son muy útiles para comprender en la palabra su dual connotación. Por un lado la palabra es una (¿la única?) vía para llegar a la verdad siempre que se despierte, se haga vibrar su núcleo, su étimo. Pero por otro lado la palabra, en tanto que parábola (metáfora), ahueca su interior para que lo colme un silencio cardinal (lo contrario del “intrascendente” ruido) y entonces se pueda manifestar ahí esa verdad, que ahora, lógicamente, al no estar en lo que dice, se ha convertido en verdad poética. Porque ese hueco que genera la palabra (parábola) al pegar de costado sobre algo que no está allí, sólo puede ser colmado por la imagen. Es la imagen la que dará contenido y sentido a lo esotérico que habita el espacio determinado por la sonora cáscara. Es la imagen la yema de ese huevo, de ese germen de humanidad que es la palabra.

Pero la imagen no obra plena, eficazmente en las afueras del símbolo. Necesita de él, mantiene con él una relación simbiótica. El símbolo de la rueda (cerrada sobre sí y en continuo movimiento) con un núcleo y una periferia que giran titánicamente en un tiempo circular, se me hace un tanto estrecho para la potencialidad real de la palabra, sobre todo si el movimiento es centrípeto y no centrífugo. Así que propongo sustituir la rueda por las aspas de un molino que, también con centro y periferia, “soplen” espirales infinitas de un aire en movimiento centrífugo, donde la palabra-símbolo no se agote en un tiempo circular, cerrado sobre sí, simétrico, sino que resulte inagotable en otro tiempo abierto y asimétrico. Y sí, “…todo símbolo es una cadena, un derrotero designante que nunca llega y nunca toca lo signado…” Según Jung: “Un símbolo pierde su virtud mágica, por decirlo así, o si se quiere, su virtud redentora, tan pronto como su reductibilidad es reconocida. Por eso un símbolo activo ha de tener una hechura inasible.

O sea, que volvemos a necesitar a la imagen re-dimensionando, re-significando continuamente la palabra-símbolo (o el símbolo “apalabrado”), con tal de que aquélla (o éste) no dejen de ser. La palabra como medio activo de conocimiento, como ente vivo cargado de significado, como vía de verdad poética, como motor simbólico… La palabra como bien primero, acaso sumo de la humanidad. ¿No debíamos poner mayor empeño en protegerla de la banalización y el vacío por los que parece seriamente amenazada?

Jorge Larrosa, hablando del lenguaje utilizado actualmente en la enseñanza universitaria (ya ven, casi nada) dice: “Un lenguaje neutro y neutralizado, que no siente nada y que no hace sentir nada, es decir, anestésico y anestesiado, al que no le pasa nada, es decir apático, un lenguaje sin tono o con un solo tono, es decir, átono o monótono, un lenguaje despoblado, sin nadie dentro, una lengua de nadie que tampoco va dirigida a nadie, un lenguaje sin voz, literalmente afónico, una lengua sin sujeto que sólo puede ser la lengua de los que no tienen lengua” (…) “En las aulas se habla cada vez más, se opina cada vez más. Todo el mundo tiene derecho a la palabra, pero a una palabra cada vez más banal, más neutra, más irresponsable, más vacía.” ¿Es esto lo que queremos para nuestros hijos? Cuidemos la palabra, para que a pesar de las maniobras insistentes de la nada, podamos decir con Francisco Pino: “…y sin embargo en ellas, las palabras/ me dispuse inocente a ser eterno.” De él, de Pino, son las imágenes que acompañan este texto. Muchas gracias a todos los amigos que comparten sus libros conmigo. Muchas gracias de nuevo a Hugo por este libro en particular. Si pueden, léanlo. Se lo recomiendo. (Universidad Católica, Córdoba, Argentina, 2010)




Amarga coda:

Al margen del tema central de esta nota, contesto algo que considero una innecesaria excrecencia en el discurso del texto comentado. Mucho medité si sería o no conveniente hacerlo, si sería mejor obviar el “desliz” o tratarlo en otra entrada, pero, aunque no me resulta agradable, no supe evitarlo, pues el asunto me inquieta especialmente. Si, como es el caso, recomiendo un libro, no quedo tranquilo mirando a otro lado en estos espinosos detalles, por colaterales o subsidiarios que puedan parecer.

En la tercera conferencia, el profesor Elías Isaac “patina” regaladamente con tal, creo yo, de resultar confortable al auditorio. Tal vez, si en lugar de oral, el discurso hubiera sido escrito, el autor no habría desbarrado así, quién sabe. Dice en la página 184: “Cuando hablamos de lo ‘árabe’ no estamos hablando de la raza árabe. Cuando hablamos nosotros de la lengua castellana no estamos hablando de los españoles. Yo no tengo ningún motivo para odiar ni rendir homenaje a los españoles, pero sí a la lengua castellana, que si no fuera por ellos no hubiera llegado acá, no me interesa lo que sean, lo que hicieron los españoles, pero sí me interesa la lengua castellana, que llegó gracias a ellos, se les cayó, como dice Neruda, de las botas, de las barbas, de los yelmos, se les cayó, quedó en casa con nosotros. Y cuando se habla de lo árabe con ustedes, me estoy refiriendo a la lengua árabe, no a la raza árabe. Quizás la raza árabe sea la que menos entienda y comprenda la lengua árabe. El profeta Mahoma decía ‘Aquel que habla árabe, la lengua árabe, ese es árabe’. Pone la referencia en una comunión de lenguas, no en una comunión genética o racial.

Vaya joya. Qué comentario tan infeliz... ¿Pero qué necesidad tenía usted, profesor, de soltar ese rosario de incoherencias en medio de un tema tan interesante? No, no lo paso por alto aunque me duela, porque este pasaje, además de provinciano, es peligroso. A ver, ¿qué cautelas ve usted necesarias frente a españoles y árabes? “…no me interesa lo que sean, lo que hicieron los españoles…” Esto ¿qué quiere decir? “…se les cayó (la lengua), como dice Neruda, de las botas, de las barbas, de los yelmos, se les cayó, quedó en casa con nosotros…” ¿Y esto…?

Profesor, no sé si podrá leerme, pero ese “nosotros” incluye (o debía incluir) a españoles y árabes. Las lenguas no se caen, se siembran y fructifican, como usted bien sabe, en lo más profundo de una cultura. ¿O es que a los romanos se les cayó el latín en Hispania? ¡Por Dios! Una tontería, si dicha por Neruda, sigue siendo una tontería, e igualmente cubre con su torpe manto a todo el que la airea.

Ese “nosotros” está también (y necesariamente) integrado por españoles nacidos en los virreinatos del Perú y del Río de la Plata, o en sus intendencias (actual Argentina) según la época de que se trate. Ellos, nuestros ascendientes, fueron los que sembraron el castellano allí. Y ellos, afortunadamente, llevaban con su lengua, no sólo el germen de las lenguas semíticas, sino también la sangre árabe y bereber. Llevaban este germen junto al indoeuropeo, al grecolatino, al celta...

España es (y ya era entonces) un fabuloso crisol de culturas. ¿A qué le teme usted? Usted, cuando habla de lo árabe, lo español, la lengua castellana, ¿piensa en los chinos, en los maoríes, o sólo en los actuales latinoamericanos? ¿Cómo puede leer tanto, profesor, creer tanto en la palabra, en su capacidad de ceñir verdad, de signar realidad, y decir tales cosas tranquilamente? Si según Mahoma (citado por usted) “Aquel que habla árabe, la lengua árabe, ese es árabe”, ¿qué son aquellos que hablan castellano? ¿aymaras?

No sé qué público tuvo en estas conferencias, pero fuera el que fuera, semejante comentario era, cuando menos, ocioso. Según Mahoma (insisto, citado por usted) usted y yo, ambos, somos castellanos por obra y gracia de nuestra comunión lingüística, aunque hayamos nacido en Argentina y Cuba respectivamente. ¿A usted le incomoda? A mí no. Pero no lo creo así. No me siento castellano (sólo) por pensar y hablar en este idioma, porque realmente la única patria chica que no me parece excesivamente provinciana (más allá de la lengua) es la mediterránea. Usted y yo tal vez seamos todavía ciudadanos, incluso súbditos griegos. Todos los occidentales, todos, lo somos en buena medida.

Amplíe, por favor, ese “nosotros” y no haga de su discurso, tan necesario, esbelto y esponjado, merced a estos inoportunos deslices, un retraído bonsái para el acomplejado jardín anterior de una imberbe casita de provincia. Usted sabe (lo cito) que “la palabra es válida como una campana cuando llama al silencio.” Pues hay que tener cuidado no vayan a resultar las palabras, torpemente usadas, cornetas que llaman a rebato… Lo dicho en esta amarga coda no empaña para nada lo sugerente que me resultó el libro, pero a veces, y como bien dice el refrán, “donde se cae el mulo hay que darle los palos”. Lo siento, pero tenía que decirlo aquí y ahora. ¿Demasiado hispano? Puede ser…

     

sábado, 14 de julio de 2012

Pulsión de posesión y cópula canina




Finalmente ayer, gracias a la bondad y la pericia de mi amiga Mercedes, experta criadora de perros que nos ayudó en el lance, fuimos capaces mi hijo Leonardo y yo de “liar” a Sombra (nuestra perra) con Blues (el perro de nuestro vecino Roberto). Llevábamos varios días empujando a los animales a un cortejo infructuoso: Blues, inexperto, y Sombra, “estrecha”, parecían incapaces por sí mismos de conjurar su bestialidad en dirección a los añorados cachorros. Estábamos al borde de la renuncia y la consecuente frustración, cuando apareció la buena de Mercedes que, con mano de santa, puso las cosas en su sitio (nunca mejor dicho) de una vez por todas. No sabemos cuál será el resultado de la cópula y juro no hacerlo público, porque claro, como se podrán imaginar, no es la parte pornográfica, escatológica, anecdótica o sensiblera del asunto la que me inclina a este breve texto. 

En estos últimos días, en los que ejercí a la vez de madame y voyer durante varias horas, no pude evitar preguntarme cómo ha llegado el hombre a ejercer un control tan extremo sobre gran parte del medio que habita; cómo ha llegado a controlar de tal manera los reinos animal, vegetal y mineral de este benévolo planeta; y, especialmente, cómo es capaz de ejercer su dominio hasta la manipulación casi absoluta de la mayoría de los seres vivos que lo acompañan en esta aventura, hasta el punto de decidir, incluso, sobre su más elemental derecho a la supervivencia. 

Blues y Sombra se entregaban tan indefensos a nuestros deseos, al manejo que hacíamos de sus impulsos vitales que, hasta cierto punto, me avergonzaba de ello. ¿Seremos realmente los elegidos de alguna divinidad autocomplaciente? ¿Seremos nosotros mismos piezas en un tablero mayor, simples juguetes en manos de algún jugador igualmente déspota pero a otra escala? ¿O esta sensación de dominio no es más que una ilusión, una jugarreta de la conciencia para apuntalar nuestro yo? Como ven, son preguntas nada originales (ya en el siglo XIX, Herbert George Wells se hacía preguntas parecidas en su novela “La Isla del Doctor Moreau”) pero no por ello pierden filo y ganas de hacer brecha. 

Hace poco leí un ensayo de Ana Ornelas Huitrón, que entre otras cosas hablaba sobre la pulsión de posesión en el hombre. Ella la coloca entre las dos pulsiones freudianas (vida y muerte) y dice: “Esta pulsión se expresa en la tendencia permanente del ser humano de percibir todo lo que le rodea, materialidad, geografía, personas, etc, de su propiedad. No es que quiera apropiárselas e inicie un proceso consecuente con ello, como algunos pensarían, lo que ocurre es que percibe todo su entorno y contenido como algo suyo…” Sí, pero ¿por y para qué? La autora no nos dice demasiado al respecto, mas asegura que “el sentido de posesión antecede al sentido de dominio y poder, pero también antecede al Tánatos de Freud. Tánatos (muerte), poder, dominio y cualquier forma de destrucción de la naturaleza, del planeta, de otras especies y de la suya propia (matar a los de su propia especie) son meras consecuencias del sentido primario de la posesión. En la naturaleza humana esas pulsiones o sentidos quedarían en el siguiente orden: primero: vida; segundo: posesión; tercero: muerte”. 

Ya ven, si convenimos con esta autora en lo tratado, veremos como algo necesario, consustancial a nuestra especie, que nos sintamos dueños de cuanto nos rodea. Se trata de una pulsión básica y primaria contra la que no merece la pena luchar si se pretende eliminar del todo. Al parecer, y según el texto citado, hasta la esencia social del hombre, y también los mecanismos de orden y control que han fijado las distintas sociedades a lo largo de la prehistoria y la historia, surgen y se desarrollan atendiendo a la necesidad de atemperar esta pulsión para que no desemboque en la antropofagia más severa: el canibalismo (literal o metafórico) conducente al exterminio de la propia especie.

Pero aun aceptando que la pulsión de posesión es algo inevitable, ¿no es cierto que la misma no obra con igual intensidad en los europeos y en los guaraníes? Los perros de los guaraníes (estoy seguro) no necesitan ayuda para copular, y sus dueños (imagino que los guaraníes también se sientan en alguna medida propietarios de los perros con los que conviven) seguramente estarán menos interesados que nosotros en controlar su natalidad. ¿No será que nos estamos pasando con la tal pulsión de posesión por muy primaria que sea? Confieso que no sólo me avergonzaba la indefensión de Blues y Sombra frente a nuestros deseos y lucubraciones, sino que hasta cierto punto me atemorizaba. Entonces no lo dije a Leonardo ni a Mercedes, pero realmente cuando los perros quedaron "anudados", las ideas que ahora comparto con ustedes me vinieron a la mente con especial fuerza. 

Qué lentamente bebe el caballo”, observó el poeta ante la inminencia de una gran tragedia. ¿Seremos capaces de controlar nuestra pulsión de posesión antes de que nos devore definitivamente? No preguntaré a los banqueros, ni a los políticos, ni a los grandes empresarios, ni a los científicos más infantiles, pero ustedes, mis amigos, mis lectores, ¿qué piensan al respecto?

A mí me queda el consuelo de que Sombra en casa vive como una reina. ¿Acaso a las reinas no se les exige igualmente descendencia? Más aún: ¿no se les exigía en algunos sitios, hasta hace bien poco, descendencia masculina bajo la amenaza de perder trono y cabeza? Al menos a Sombra no le exigimos nada en relación al sexo de sus cachorros, aunque muy bien nos vendría al menos una hembra. Sí, lo reconozco, aun pesaroso por lo contado, me gustaría quedarme con una de sus crías. Serían tan felices Mario, Leonardo y Marisela… 

¿Ven cómo la pulsión posesiva es irrefrenable? ¿Y qué podemos hacer? Pues, cuando menos, percibirlo, intentar atenuarlo… En fin, con la inquietante imagen de Marlon Brando en su excelente papel de Doctor Moreau (película de John Frankenheimer, 1996) dándome vueltas en la cabeza, insisto, me queda la tranquilidad compensadora de que Sombra en casa vive como una reina, y de que igual viviría cualquiera de sus cachorros. ¿Los tendremos?