miércoles, 8 de mayo de 2013

Breve elogio a la lectura



Pasó el 23 de abril, día de san Jorge (mi santo) y también Día del Libro según la UNESCO, sin que haya podido disfrutarlo en ningún sentido especial. El trabajo en esos días me mantuvo alejado de los libros. Hoy tengo una pequeña oportunidad para resarcirme y dedicar a la lectura, ese placer enorme que últimamente se me torna bastante esquivo, esta pequeña nota. En ocasiones cambiaría hasta el último óbolo, el más solemne y ruin, el que guardo para poner a prueba los sentidos del áspero barquero, por un poco de tiempo para leer. Qué inútil, dirán unos; qué pedante, otros. Así se cotiza en los predios de lo opinable un hábito tan peregrino. Y qué importa. A la lectura, va…

Quiero exponer brevemente algunas ideas sobre el tándem lectura-conocimiento. Para ello parto de dos citas especialmente sugerentes. Decía Lévinas: “…leer es mantenerse por encima del realismo (o de la política), del cuidado de nosotros mismos...” Y Gadda: “Conocer es mudar y desordenar lo que hay en el mundo.” Levitación, descuido y desorden; ¿eso es? ¿De tales consideraciones brota el miedo que despiertan los lectores en algunas mentes “equilibradas” y “graves”? Bueno, si conocer es desordenar, y leyendo se conoce a la vez que al descuido se levita, es normal que la lectura tenga sus detractores. ¿Y quiénes encajan en este último grupo? Pues claro está: quienes temen mudar y desordenar; quienes temen descuidarse de sí para colocarse por encima, fuera de sí mismos; quienes no saben que la imagen de la felicidad sólo se valida en un ámbito ajeno al imperio de lo real, donde se nos intenta acotar, sujetar a una animalidad simplona.

La lectura es una incontestable vía de conocimiento, una oportunidad para trastocar, subvertir interesadamente el mundo, para colocarnos al margen del canon que pretende reducirnos a tediosos agentes del realismo. Pero la lectura es también albacea de la memoria, de una memoria compleja y activa que se apropia de lo que imagina. Leyendo imaginamos, conocemos, memorizamos… activamos los canales de humanidad que nos caracterizan y distinguen. ¿Qué más se puede pedir? Pues que se lean preferentemente los textos que enciendan esos canales; que en lo posible se eviten aquellos que los apagan hasta convertir la lectura en una vana costumbre de engullir palabras muertas, (des) estructuradas en pos de una calistenia visual incapaz de conectar al nervio óptico con el motor de la imagen. Sí, entre la Odisea y el Manual de Instrucciones, entre la Biblia y el Programa del Partido media un abismo. A él se asoman valientemente los "cuatro" que leen algo.

Cuídense esos "cuatro". Acérquense a las fuentes. Seleccionen con cuidado a sus comentaristas. Los demás, como no se embarcan, no se marean. No saben cuánto se pierden. A ellos no puedo dirigirme. Pero a ustedes, amables lectores, cómplice les digo: me voy a leer. Esta noche, treinta años después, comienzo la relectura de un libro que leí cuando tenía veinte: “Doktor Faustus” de Thomas Mann. Estoy excitado. A ver…

sábado, 20 de abril de 2013

¿Alunizaje forzado del B 612?




Nuestro desatino pretende tocar el cielo.
         Horacio

Se hunde quien levanta grandes piedras.
 Yorgos Seferis


“…Pero lo más llamativo es la partida de 78 millones para construir un robot que sería enviado al espacio para capturar un pequeño asteroide a partir de 2017. Ese asteroide sería luego arrastrado hacia la Luna para que un grupo de astronautas comenzara a tomar muestras y a estudiarlo a partir de 2021. "Esa misión nos dará una valiosa experiencia" que será necesaria "para enviar humanos a destinos más distantes en el Sistema Solar, incluyendo Marte", indicó en un comunicado el responsable del Directorio de Operaciones y Exploración Humana de la NASA, Bill Gerstenmaier. Según John Grunsfeld, administrador asociado de la NASA para el Directorio de Misiones Científicas, el primer paso será encontrar asteroides "adecuados para la captura". Obama ha marcado como próximos objetivos para la exploración espacial estadounidense un asteroide para 2025 y llegar a Marte en 2030…”

El extracto anterior corresponde a una noticia que apareció hace unos días en la prensa. Pensé escribir a la NASA para pedirle que pusiera el ojo en el B 612, asteroide del que no supimos más cuando se esfumó El Principito, pero no me atreví. Mi inglés es rudimentario, y mi castellano tan dado a la imagen… Sí señor, enlazar al legendario asteroide y posarlo en la luna. Mirar en sus volcanes, saber acaso qué fue de la rosa, de los baobabs, del cuerpo sin vida de su único y pequeño habitante… Pero cómo lograrlo. Bueno, para empezar contamos con 78 millones de dólares y el prometido robot en que se gastarán. Ya, pero si el asteroide se resiste (parece lógico que así sea) ¿cómo forzar entonces el alunizaje? En fin, he pensado mucho en esto sin éxito, pues no encuentro la imagen que resuelva el enfrentamiento del robot millonario con el tranquilo pero tal vez indócil asteroide. Un cuerpo que conoce la rosa, no se dejará engatusar por otro de ajena inteligencia y llano espíritu mineral, por muy pulcra y fulgente que este último exhiba su metálica carcasa. ¿Cómo insuflar a ese robot un alma? ¿Cómo hacerlo atractivo ante una roca que sabe de vida, más aún, de poesía? El presupuesto de la NASA para su artefacto se me antoja exiguo. Un alma es cosa muy seria, y sin ella…

En cualquier caso (pensaba yo estos días) si el apresado fuera el B 612, cuán a gusto iría a la luna. Estaría dispuesto a mancillar su cara oculta, a ofenderla no sólo de palabra, sino de pisada, por curiosear en el mágico asteroide. Siempre sospeché que sabemos muy poco sobre él, que El Principito apenas nos dejó cifradas claves. He llegado a pensar, incluso, que puede ser un sitio de paso para algunas almas que esperan un cuerpo nuevo, o para otras que ansían un reacomodo tan ventajoso como imposible en el escalafón celeste. Pero además, sospecho que las semillas y la vida de las que hubo noticia, tuvieron que contar con un agente corpóreo para llegar al referido asteroide. ¿Adónde fueron a parar las plumas no ardidas en las alas de Ícaro? ¿Todas cayeron para naufragar en Icaria? ¿Dónde excretaba el águila que incansable devoraba el hígado a Prometeo? Puede que el B 612 guarde muchos secretos. Tal vez valdría la pena sacarlo de su órbita para profanarlo. ¿O no?

No sé... Hace un tiempo lamenté ver al desnudo, desenterrados, los rechonchos cuerpos que completan las otrora enigmáticas cabezas de los moáis de Rapa Nui. Poder dar así, de pronto, si se confirmaran mis sospechas, por ejemplo, con el alma de Sócrates o el ADN de Jápeto, me intimida. Tal vez sea mejor dejar las cosas como están. Los robots en su sitio, los asteroides también.

Pero ¿y si éstos (quiero decir los asteroides, pues los robots ya lo hacen) se vuelven contra nosotros? No creo que lo hiciera el B 612, pero ¿y si otro descarriado nos pone en su mirilla? ¿No sería mejor apresar a uno cuyo estudio nos pueda defender de todos?... Yo, al menos de momento, y después de mucho pensar en el asunto, opto porque se mantenga el statu quo. Aunque me pese, renuncio a indagar en el B 612. Gastemos esos 78 millones de dólares en apresar, no cuerpos celestes, sino humanidad. Dejemos a los asteroides que orbiten tranquilos. ¿Dónde? Perdonen que me ocurezca, pero ahora sólo se me ocurre decir con Lezama: “Allí, en la más intocable lejanía, donde los pitagóricos le situaron un alma a las estrellas”. Si, allí, donde el B 612 será siempre un enigma.




 

sábado, 13 de abril de 2013

Hombre y orangután ante caballo que bebe




Yo a mi hija ya le he dicho que se haga cantaora o algo, que canta muy bien. Sal en la tele. El que habla es Mané, que tiene un bar donde, a veces, por las tardes, se juntan unos amigos a tocar flamenco. Yo esos de los libros, a los que van de culturales, me descojono, dice. Llevo diez años con el negocio y no he visto ni uno que tenga para pagarse los cafés. ¿Qué le dices a tu gente? ¿Qué sean como ellos? Venga hombre. Mucha facha y nada más. A mí, esos de los libros, negocio me hacen poco.

El extracto anterior (me costó trabajo escoger uno, y con pudor lo incluyo) pertenece a un artículo que me envió hace unos días mi amigo Carlos Negrín. Fue publicado en “El Confidencial” y se titula “Sí, soy un inculto, pero gano mucho más que tú. ¿Qué pasa? ¿Eh?”. El artículo es malo, no pude leerlo entero, lo confieso, sólo le pasé por encima. Suficiente. ¿Para qué? Pues para esbozar una pequeña pero amarga mueca y escribir algo al respecto. Por cierto, mi amigo Carlos me dijo que tampoco lo había leído completo. Me lo envió entre asombrado y contrariado.

¿Qué es eso de ser culto? ¿Tiene utilidad? ¿Cuál? Qué manía de preguntarse cosas tiene el hombre, madre mía. Cómo gusta incordiarse a sí mismo persiguiendo razones huidizas cuando no hostiles…
Para muchos autores supuestamente cultos, serlo radica única y exclusivamente en la capacidad de comprender el presente y pre-ver el futuro a partir del conocimiento profundo del pasado. O sea, para un supuesto vidente, ser culto sería tal vez un ocioso exceso. Si alguien es capaz de pre-ver el futuro en base a dones sobrehumanos, no necesita conocer al hombre. ¿O sí?... Lo que parece claro es que para quien no tenga el poder de la adivinación, puede resultar interesante, incluso útil, saber a qué atenerse frente al emotivo, pero en última instancia previsible, comportamiento de tan raro animalito.

La cultura, vista así, es un providencial saco de memoria, una suerte de almacén de datos para una videncia casi científica. Miren por dónde, los cultos, los videntes y los científicos terminan encontrándose… Sí, un hombre culto es, sobre todo, un visionario, aunque limitado, pues sólo funciona si conserva la memoria y tiene a mano su chuleta histórica. Cómo no citar aquí a Ortega. Decía éste: “… el chimpancé y el orangután no se diferencian del hombre por lo que hablando rigurosamente llamamos inteligencia, sino porque tienen mucha menos memoria que nosotros. Las pobres bestias se encuentran cada mañana con que han olvidado casi todo lo que han vivido el día anterior, y su intelecto tiene que trabajar sobre un mínimo material de experiencias. Parejamente el tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno. El hombre, en cambio, merced a su poder de recordar, acumula su propio pasado, lo posee y lo aprovecha. El hombre no es nunca un primer hombre; comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado. Este es el tesoro único del hombre, su privilegio y su señal. Y la riqueza menor de ese tesoro consiste en lo que de él parezca acertado y digno de conservarse: lo importante es la memoria de los errores, que nos permite no cometer los mismos siempre.” Y ahora la célebre frase del pensador: Romper la continuidad con el pasado, querer comenzar de nuevo, es aspirar a descender y plagiar al orangután.

Me he permitido esta larga cita porque resulta demoledora para quienes menosprecian la cultura; ese “pretérito amontonado” que poseemos, y que, especialmente si se acomoda en la imagen (la memoria es, sobre todo, un selectivo imaginario) nos permite ser hombres frente a las bestias. Si ser culto es realmente estar en posesión de un ventilado montón de memoria, y por ello no tener que empezar cada día a cimentar humanismo sobre el vacío; entonces, señores, ser culto no es un lujo, es una pesada pero necesaria sobrecarga. La cultura es continente y transmisor de memoria. La cultura recibe humanidad, la incuba, la testa. Casi nada…

Dicho esto, debo continuar diciendo que el primer síntoma que denota un déficit de cultura en el citado artículo, radica en que su autor pretende adjudicar a nuestro tiempo un especial rechazo a la misma. ¿Somos ahora singularmente apáticos frente a ella? El tema no se puede agotar, ni siquiera despachar en dos párrafos, pero ateniéndome a las exigencias de este formato, intentaré explicar lo que creo al respecto: en esencia somos los mismos, también frente a la cultura, al menos desde que vivimos rigurosamente socializados, ayuntados en la polis o su remedo, y sometidos al devenir en un tiempo lineal e histórico.

Los impulsos civilizador y cultural de la humanidad se encontraron frente a frente, por primera vez con toda su potencia, en la polis, en la historia, donde se trasciende el tiempo circular sujeto a cíclicas e invariables vueltas. Lo que el impulso civilizador necesitaba hacer entonces, el cultural debía someterlo al riguroso decantador de la memoria precipitada, sedimentada, poseída. La solución equilibrada a las tensiones que generó tal correlato, permitió al protohombre pasar de la prehistoria a la historia en dirección a sí mismo. Pero para un animal en principio tan económico, calculador, cauteloso y cobarde, este equilibrio no podía construirse si las fuerzas descritas resultaban simétricas.

La civilización necesita la ceguera que le es extraña a la cultura. La civilización es atrevida, la cultura es prudente. La cultura estaba condenada a ser minoritaria en los inquietos predios de la historia, ese escenario donde lo actual no sólo es medio sino fin. La cultura, afortunadamente, siempre fue cosa de pocos, y pocas veces armó el brazo ejecutor de la historia. ¿Adónde nos habría llevado, por ejemplo, la sociedad pretendida por Platón? La cantinela de la cultura frente a la civilización y viceversa tiene milenios de existencia y se puede rastrear desde la Grecia preclásica hasta el día de hoy sin grandes esfuerzos. Es cierto que sobre todo a partir del siglo XIII, donde se comienza a gestar el último gran cambio de episteme, de la religión al capitalismo, se hicieron más visibles, que no más reales, estas fértiles contradicciones. Es cierto también que hoy en día, en pleno apogeo del hombre-masa, que dispone de importantes medios para expandir su credo, la irreverencia de la incultura se hace más notoria y escandalosa, pero este asunto no es nuevo, y tratarlo como tal denota desmemoria, incultura.

Claro, que sepamos que estos contrarios obran desde siempre en la historia, no quiere decir que no debamos controlar, hasta donde sea posible, el necesario equilibrio entre ellos. Tal equilibrio siempre será asimétrico, pero no podemos prescindir de él. Hoy, en un escenario global, la incultura, que también lo es, parece campear, rampar incluso por doquier. Puede que el hombre-masa capitaneado por el científico-ignorante, suponga ahora un riesgo algo mayor en tanto posee mejores medios para expandir su credo. Pero similares medios poseen sus contrarios. La cultura, ese saco de memoria, ese “pretérito amontonado” seguirá contrapesando la ceguera civilizadora, la barbarie. Para hacerlo necesita soldados especiales, individuos con mucha memoria, especial sensibilidad, gran capacidad para el esfuerzo y la comunicación. Sin embargo, la resistencia ante la barbarie debe ejercerse sin despotismo, porque si bien la incultura resulta hoy visiblemente descarada, la cultura puede ser muy insolente cuando se adorna y se encumbra, que es, en la casi totalidad de los casos, cuando resultada impostada, impostora.  

¿Qué hacer entonces con esos “cultos” lectores de best sellers y consumidores de todo tipo de cine que, al parecer, etiquetaban su afición para tener éxito social, incluso para ligar; y que ahora se rinden ante la inoperancia de su táctica, la rápida degradación de su marca? Pues consolarlos e invitarlos a que hagan verdadera memoria. Sólo apilando y penetrando pasado seriamente podrán entender qué les pasa, y, quién sabe, tal vez encontrar vías de auténtica plenitud. Al resto, los que se jactan de su desmemoria, agradecerles que nos mantengan vivos, que opongan a nuestro decadente impulso su irreverente temeridad. Del tal manera funciona el “negocio”: los unos a recordar y los otros a ejercer su derecho al olvido, a la ignorancia; los unos a medir y pesar lo que los otros deciden desconocer. Siempre fue así. Sin las crecidas del Nilo, no habría existido ni agricultura ni agrimensura en Egipto.

La violencia, el exceso y el descaro son tan vitales al hombre como sus contrarios. Y si encima ahora (dice el citado artículo) regodeándose en ellos se gana más y se liga mejor ¿qué podemos objetar? Eso sí, cuidado la desmemoria no llegue a su peor extremo y nos convierta en máquinas. Con esa única línea roja bien marcada en suelo y horizonte, digo sin ambages: ¡que (sobre) vivan los incultos! ¡que sigan haciendo juego, operando en la historia con los ojos vendados! No permitan que la cultura se empache de memoria y termine vomitando puro nihilismo. Pero, por favor, ¿podrían empujar y colorear la civilización sin excretar en sus podios?¿podrían atender las señales de los decadentes cultos, cuando éstos, recordando la figura de su mutante silueta, avisten al maligno? Ay, cuántas almas, cultas, incultas, habrían podido esperar tranquilamente su natural hora para transmigrar o viajar a Dios, si los grandes civilizadores hubieran escuchado y atendido a Holan cuando pre-dijo: “Habrá de nuevo guerra…/ Qué silenciosamente bebe el caballo…” 


domingo, 7 de abril de 2013

Gracias, Colorao




                                
                                                         A María y Fernando, que nos invitaron

 

En La Habana llamábamos “coloraos” a las personas de piel rojiza, como encendida, pero también a los de piel muy blanca, que estaban como perennemente “ruborizadas”, y que tenían el pelo entre amarillo y rojo. Sí, del colorao al albino en ocasiones había una tenue frontera. No era un matiz muy apreciado éste. ¿Los coloraos están enfermos? nos preguntábamos algunos niños. En la Ciénaga de Zapata, sin embargo, donde vivía mi abuelo canario, el término se usaba más bien para los animales, especialmente para los gallos finos, es decir, los de pelea. Si éstos tenían el plumaje con dominante rojiza, se les llamaba coloraos o indios. Y también se usaba para adjetivar a cierto bejuco de aplicación “paramédica” o “religiosa”. En la Regla de Ocha el colorao es el tono de Changó, un orisha dual ciertamente peligroso cuando arde en su rojo. Coloraos eran los labios (bembas) y las mejillas (cachetes) pintados de rojo estridente, y coloraos solían ser también los vestidos ceñidos de las más exuberantes y peligrosas “hembras”. En fin, no era el colorao, ese rojo canalla o desvaído, según el caso, un tono muy bien visto, la verdad.

Hoy, cuando fui a escuchar en concierto a Domingo Rodríguez Oramas, El Colorao, timplista de Fuerteventura que comparte apellidos con Arsenio y El Guayabero, todas aquellas acepciones del referido matiz debieron pasearse por mi inconsciente. –– Colorao y timple, qué sugerente par. Música fácil, seguro. ¡Vaya error! En una pequeña sala que tiene y programa Paco Díez en Mucientes, unas 100 personas nos citamos con este gran músico, y todos nos caímos de culo (en el buen sentido de la frase, claro está) nada más comenzó a tocar. Alí Babá se había colado en el Metropolitan Opera House, y no para robar, sino para mostrar allí el tesoro que, fallidamente sustraído de la célebre cueva por su malvado hermano, se ha ido agrandando con músicas, que de camino entre Persia y el Nuevo Egeo, entre Damasco y Nueva York o La Habana, han hecho escala en Canarias. Este Colorao viene de pleno Atlántico, pero lleva en su timple el Mediterráneo entero. Con él recrea desde la lira hasta el banyo, y viaja desde Bagdad a Chicago, desde Asunción a Lisboa, como quien lo hiciera de su jardín a su patio. Música canaria, vale, qué maravilla, como si fuera poco, pero aquí hay mucho más que eso. Primero, porque la música canaria es el resultado de un incansable ir y venir, quedarse y recoger de todas partes. Segundo, porque El Colorao es un músico ambicioso que no se atiene a pueriles lindes. Su sensibilidad es enorme, y su fraseo, aunque con base canaria, se mueve desde el sirtaki al jazz, pasando por todos los géneros de origen árabe y latino, desde el fado o el flamenco al tango, con especial inclinación a la música cubana.

Qué regalo este concierto, Colorao. Qué falta me hacía escucharte para constatar una vez más que no hay instrumento pequeño, ni estilo, color o mote que mermen la feliz epifanía cuando la música abre una puerta buena y entra en un corazón propicio. Timplea de esa manera, Colorao, y estarás poniendo el necesario tapón al sumidero por el que pierde su cargado caldo el Mediterráneo. No entregues el tesoro de la magnífica cueva en ninguna aduana; no lo condenes a ninguna caja fuerte. Muéstralo en todas partes. Canarias, quién lo sabe, puede ser un vestigio de la Atlántida, o simplemente una socorrida escala para músicas peregrinas. Qué más da. Hoy has hollado las almas isleñas, pero también las continentales, las esteparias… desde tu isla, sí, mas con la música de medio mundo vibrando en tus impares cuerdas… Sigue intuyendo lo que necesitamos de ti, Colorao, sigue trabajando para nosotros. Perdona mi egoísmo, pero evita las comilonas, no fumes, duerme bien, no bebas demasiado. No enfermes, Colorao. Mira que ese mote en La Habana aconsejaba cautela… Nosotros a bendecirte, maestro. Tú timplea.

Aquí les indico un enlace para que lo escuchen:
http://www.youtube.com/watch?v=-oPCvoYBeLY

 

viernes, 29 de marzo de 2013

Memorioso calzo





Tenía unos quince años, y muchas ganas de saber lo que no estaba permitido averiguar, cuando escuché hablar por primera vez de “Caballón”. Fue en casa de mi amigo Rolando Varela. Reinaldo, su padre, al detectar mi creciente interés por la buena música cubana, especialmente por aquella que “lindaba” con el jazz, me dijo: “Debías escuchar al padre de Chucho, Caballón Valdés”. ¿Dónde puedo hacerlo? Pregunté yo. “No lo sé, está prohibido, pero debías buscarlo”, me contestó. Por increíble que parezca, me era más fácil entonces escuchar el Long Play completo “Let it be” de los Beatles, (cosa que también hacía semiclandestinamente) que una sola interpretación de Bebo al piano.

No escuché a Bebo hasta que emigré. Pero su repertorio y su forma de tocar fueron desde entonces un utilísimo calzo para La Habana que me traje a Castilla, que me colma todavía, y que, sin la impronta de gente como Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Moreno Fraginals, Lezama Lima, Alicia Alonso, Leo Brouwer, Bola de Nieve, Chucho Valdés y su padre, entre otros, habría enfermado de cojera en mi memoria, cuando no roto definitivamente en ella: leña húmeda para una malograda y transparente misa negra.

La música que más interesaba a Bebo, y que tan bien componía, arreglaba y ejecutaba, es una suerte de mágica sutura en ese maravilloso ensayo de patchwork socio-cultural e histórico, que fue y está dejando de ser La Habana. Porque La Habana, que gracias a su urbanismo, arquitectura, pintura, teatro, danza, poesía y música, se extendía radialmente desde la tina donde más y mejor se bañaba San Cristóbal, hasta cada rincón de cristiano impulso, está hoy retrayéndose en pos de su bonsái, peor aún, de su simplona caricatura. Pero claro, ¿qué puede esperar para sí una ciudad que, sometida a la barbarie, depone el refinamiento ante el ruido de las tribunas?...

Las fabulosas hebras que tejían a Bebo: esa que nació en la contradanza inglesa y emigró a Francia/ Haití/ Cuba, que nos llegó también desde España; aquella otra, que con parecido origen, se acomodó en Nueva Orleáns, Luisiana; ambas acompasadas por esa última que puso música a las oscuras bodegas de la trata negrera, que en ellas empinó la humanidad entre sucios fluidos y graves vuelcos; tales hebras, digo, hoy se destejen para no molestar en el feliz imperio del Reggaeton. 

Su majestad El Culo rampa en La Habana que hoy se alivia de finuras y complejidades. San Cristóbal enferma entre cuajarones de aceite, y los matones cortan cabezas de gallo para rubiales de fácil dólar… Bebo no está. No estuvo en los últimos cincuenta años. Su música, la mía, la tuya, la nuestra, que unió el teatro isabelino con el solar habanero, que sentó a Shakespeare junto a Malanga para que juntos ejecutaran finalmente los más raros caprichos de Hathor, hoy cuenta con uno menos. ¿Habrá en el futuro una Habana posible, más allá de la memoria calzada, para su huella?


  

domingo, 3 de marzo de 2013

Ritornelo heráclida



Hoy leí en un periódico el siguiente titular: “España tendrá 10 años más de crisis”.
(El presidente de un prestigioso instituto económico alemán aconseja a Rajoy que siga el modelo de su país.)

Unos mil cien años antes del nacimiento de Yeshua, los heráclidas (dorios) llegaron a Grecia desde el norte de Europa para hacer valer sus “derechos”. Los heráclidas (descendientes de Hércules) habían sido expulsados por los protogriegos (pelasgos y aqueos) durante cincuenta años a causa de sus numerosas tropelías, y los dorios, oportunamente enterados de que espiraba tal castigo, decidieron usurpar su identidad y presentarse en el Peloponeso, hierro en mano, para “recuperar lo suyo”. En fin, los dorios lo ocuparon todo menos Arcadia, y como eran especialmente racistas, decidieron no mezclarse con los indígenas que, acosados y diezmados, se fueron aislando en las cimas de algunas colinas en lo que fue el germen de la polis, gloria y desgracia del mundo griego, causa principal de que jamás lograra fundar una verdadera nación. 

Los dorios, dueños del hierro, bárbaros y espartanos, sin ningún interés en el mestizaje, se vieron sin embargo superados por los indígenas en dos cosas esenciales: la lengua y la vocación religiosa, ambas frutos y a la vez vehículos de la imagen. Gracias al griego y al panteón olímpico, (pues al final todos, los dorios a la cabeza, se sometieron al mismo Zeus y a su cohorte de dioses celestes) aquellas tribus, muchas veces condenadas al aislamiento en las colinas, tejieron una identidad cultural que desde el siglo IX hasta el VI, siempre antes de Yeshua, constituyó el germen de Occidente. 

Occidente, que fructificó sobre todo en el siglo V, y que también en este siglo fue preparando su declive en la obra de sus grandes pensadores, hasta que finalmente Alejandro se inventara el primer proceso “globalizador” conocido por el hombre y lo convirtiera en otra cosa, ésta… “Todo lo que llega a su apogeo comienza a declinar”, dijo Abd Allâh poco antes de entregar Granada a los almorávides. Los griegos dejaron de creer con fervor en sus dioses y se perdieron. En fin, varios siglos bastaron para que impulsados por la imagen (lengua y religión) aquellas gentes, amén las frecuentes guerras tenidas entre sí y con el oriental enemigo común, se prepararan para dar a Occidente un sentido, una altísima cultura humanista, que aún después del tótum revolútum alejandrino, conserva buena parte de su identidad. 

Pero ¿cómo lo hicieron?¿viviendo exclusivamente para trabajar, para hacer dinero? Gracias a Dios (a los dioses) los griegos, en vías de prepararse para “colonizarnos” a todos por los siglos de los siglos, amén, jamás tuvieron interés alguno en el trabajo, quiero decir, en hacerlo ellos. Para el arquetípico ciudadano griego, trabajar, sobre todo físicamente y con el mero objetivo de hacer dinero, era sencillamente una pérdida de tiempo y un descrédito. Todo lo que no fuera trabajar ejercitando la mente, todo lo que no fuera jugar a ser semidioses, fabular y comunicar, era tenido por vano cuando no por estúpido. Más allá de la poesía, la filosofía, el teatro, la música, la geometría y la retórica, nada interesaba de veras, (oficios aparte) como no fuera la gimnasia y la carrera militar. Incluso artes como la arquitectura, la escultura y la pintura eran tenidas en la mayoría de los casos por actividades de segundo orden. Gracias, digo, a esa vocación de sus élites por la imagen y el pensamiento, a ese desinterés por el trabajo estrictamente productivo, al contrapuesto interés por el mythos y el logos, los griegos, que jamás pudieron constituir una nación para sí mismos, conquistaron la eternidad para Occidente. Hoy todavía todos somos en gran medida "griegos". Los alemanes también, sobre todo ellos.

Tal estado de holgazanería selectiva permitió a los griegos inventarlo todo, quiero decir todo lo que importa, o sea, TODO. Pues ¿qué de lo después (re) pensado en Occidente no lo fue ya en los siglos que separan a Tales de Epicuro, especialmente en esos irrepetibles años que median entre Esquilo y Aristóteles?... ¿Y los dorios que no emigraron? ¿Cómo se encontraron los romanos a sus descendientes y vecinos en las actuales Alemania, Austria, Inglaterra? Pero ¿dónde se creó la democracia que esos países hoy blanden y cacarean como suya? ¿Y gracias a qué? ¿Acaso a que sus creadores vivían sólo para trabajar? Pues no. Pero ¿adónde fueron a beber, aun en plena ilustración, los grandes intelectuales alemanes: Kant, Fichte, Schelling, Hegel, Hörderlin, Schiller y Goethe, entre otros, para consolidar su cultura y su nación? ¿De dónde salieron el idealismo alemán del XIX, el marxismo, el nihilismo; de dónde su neoclásico y su romántico? ¿Quién ha seguido el modelo de quién para llegar hasta aquí?

Señores expertos alemanes, ya llevaba Alonso Quijano unos doscientos años de aventuras cuando el Fausto de Goethe se encontró con el famoso perro. Y qué decir de Jasón, Ulises, Eneas, Dante… El sur no necesita nuevos heráclidas. Hace tres mil años que hacemos pie en la sagrada charca. Ahí, donde ustedes bebieron en aquel supuesto “retorno” usurpando la identidad a la descendencia de Heracles para destronar a los Atridas, donde bebieron después todos esos germánicos e ilustrados prohombres que ahora veneran, donde se bañó Nietzsche, tan lúcidamente loco, donde encontró Benn su elitista lira… 

Señores, ya vimos caer a Eretria, ya se perdió Constantinopla, ¿con qué prolongada crisis nos amenazan ahora? Toda ciencia trascendiendo, el sur escribió el poema que torpemente sobreafinados ustedes declaman. En su gran charco, el sur vio nacer y crecer a la historia, más aún, la acunó, la amamantó... Ahora sonríe al verlos planificar con minuciosa solemnidad su muerte, sus exequias. Son como niños, pero no por fabuladores, sino por inmaduros. Ya sabemos que nuestros gobernantes no leen, que andan detrás de su hierro para escamarse a sí mismos. Qué pena. Pero poco nos importan sus carencias e imposturas cuando hablamos de cosas verdaderamente serias. Agiten su férreo ábaco ante semejantes acólitos, pero no esperen que nos asustemos con tan poca cosa. Miren, el sur sólo caerá de un falso pedestal que le es ajeno. 

Estén ustedes tranquilos, el sur conservará el cardinal ónfalo, ese que no cabe en sus museos… Pero si un día lo vieran cayendo realmente de sí mismo, entonces, señores, preocúpense los primeros, porque no bastará con volver a usurpar la identidad semidivina para empezar de nuevo. ¡Sí, niños que siempre aprendisteis en nuestras escuelas, jugad con vuestra maquinita monetaria todo lo que queráis, amenazad, meted miedo, pero si el padre Meridión peligra ante Bóreas, si cae ––digo, es un decir–– dejad el juego, corred, salid, niños del norte, por la cuenta que os trae, id a buscarlo!...




domingo, 24 de febrero de 2013

Remedio a la escuadra





Como todos mis lectores habrán notado, llevo un tiempo menos activo en este formato. El trabajo me impide escribir, y lo que es peor, limita mis horas de lectura, tanto, que estoy leyendo únicamente en las madrugadas, en la cama. No estoy contento con ello, pero por ahora no puedo hacer otra cosa. Hoy domingo (que me perdone Dios) me levanté a trabajar, y lo estaba haciendo cuando recibí una llamada de mi buen amigo, el poeta Fernando del Val. Suficiente. Después de quejarme un rato ante él (perdóname tú también, Fernando), me rebelé, me dije que dedicaría al menos lo que restaba de la jornada a leer, y ¿por qué no? a escribir.

Aquí estoy, después de un trecho de lectura, antes de otro, haciendo un breve paréntesis para escribir mi “entrada” número 33. Acaso el texto para tan señalada ocasión debió ser más meditado, lo sé, pero sentí ganas de escribirlo, y bien merezco, después de tanta renuncia, un autocomplaciente desliz… (Puesto a pedir perdón, que me lo otorguen también, por favor, los numerólogos). Claro, lectores y amigos no llevan culpa alguna en mis frustraciones. Nunca los invitaría a leerme si no tuviera algo que decir, por muy grande que fuera la palabrera urgencia.

Hace un tiempo que releo a los poetas de “Orígenes”. Comencé con la obra completa de Lezama a partir de un magnífico regalo de mi querido Luís Enrique Valdés. Seguí con Gastón, Cintio, Virgilio, Eliseo; y ahora estoy con Fina García Marruz. En el 2010, centenario de Lezama, la editorial Pre-textos publicó, con antelación a los sonoros premios que la autora obtuvo después, una magnifica antología sobre la obra de Fina al cuidado de Milena Rodríguez: “El instante raro”. Es ése el libro que tengo ahora en mi mesilla de noche. Algo dije ya en este blog sobre “Orígenes” y varios de sus miembros. No hablaré ahora sobre la obra de Fina (eso ya lo hacen otros muy bien) sino desde ella.

La relectura de esta enorme poeta, como la de cualquier otro de los integrantes de ese grupo, es un verdadero aguijón para los amantes de la poesía, especialmente para quienes la escribimos. Cada una de las últimas cuatro o cinco noches, cansadísimo, después de muchas horas de extenuante trabajo en las antípodas de la poesía, me he reconciliado conmigo leyendo a esta mujer. En su poesía me reconcilio con quien ahora no soy más que a deshoras, porque muchos de sus versos, especialmente entre aquellos escritos en los años ’40 y ’50 del pasado siglo, cuando era un “pajarito contemplón”, antes de haberse integrado en el organigrama de la Federación de Mujeres Cubanas y el Comité de Defensa de la Revolución, son surcos en la perenne obra de la imagen; surcos abiertos por finísimos bueyes de casta resistencia que escancian la sombra con sus vientres. Y claro, una lectura así me resulta carísima en estos momentos . Leer, cuando trabajo día y noche al margen de mí, cosas como éstas:

No mira Dios al que tú sabes que eres
––la luz es ilusión, también locura––
sino la imagen tuya que prefieres,

que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.

Leer estas cosas, digo, basta para transitar la madrugada tranquilo. Porque Dios, ese poema enorme, estará poniendo sus oscurísimos ojos, no en lo que soy o lo que hago, sino en lo que amo y quiero ser, hacer. Y esto ¿para qué vale? No lo sé bien, pero me tranquiliza. Ah, la escuadra sólo puede medir lo que le es parecido, lo demás escapa a sus férreas coordenadas… No me tienen. No me pueden acotar en la hipoteca, o en una decadente berlina. Les di ciertas ventajas, sí, pero no me tienen. La imagen, siempre redentora, se posa también en mi texto 33; viene en mi auxilio, en el de todos ustedes. Lean a Fina. Lean a los poetas de “Orígenes”. Lean poesía. No calcen mansos en la urgida escuadra. 

Eso tengo que decirles. Y acaso no sea poco ni siquiera para una “entrada” con tan especial número. La imagen, siempre la imagen… ¿No reinó David 33 años en Jerusalem? ¿No murió Jesús a los 33 años? ¿No tiene el rosario islámico 33 cuentas? La gran imagen y la sagrada cifra llevan milenios de feliz maridaje. El 33 tiende al poema, al gran poema… Gracias Fina. Esta nota tenía que volver sobre la Imagen. Ahora sólo queda pedir a la Señora que deslíe su inmenso poder actual: “Acto, príncipe oscuro, realízame”.


  

jueves, 7 de febrero de 2013

Cuidado con el ladrón del frío





"Tiene corazón, sangre, nariz, piernas, boca y ojos como cualquier ser humano. Pero no lo es. Su nombre es Rex y todos sus órganos han sido construidos en un laboratorio. Se trata del hombre biónico más completo construido hasta ahora. Su propósito en esta vida: mostrar cómo la tecnología es capaz de reemplazar ciertas partes del cuerpo humano.”

Así comienza la noticia que leí recientemente en la prensa sobre el último logro de la ciencia en dirección al “hombre biónico”. ¿Y quién, en su sano juicio, puede oponerse a que la biónica, o cualquier otra rama de la ciencia, actúen en el cuerpo humano para prolongar su vida o mejorar la calidad de la misma? ¿Cuánto hace que los marcapasos obran en este sentido? (Para quienes pueden pagárselo, claro). ¿Y qué mal nos han hecho los marcapasos? Sólo “puristas” como los Amish o los Testigos de Jehová, sujetos a férreas doctrinas religiosas, pueden temer al ingenio del hombre hasta llegar al absurdo de pretender detener su vocación de servirse a sí mismo en la vida que trabajosamente cursa, en tanto llegan (si es que lo hacen) esas otras que sueña y espera… 

Yo no. No me opongo a la biónica. Sin embargo, no podemos negar que tal rama científica opera en la periferia de otra mucho más temible, dirigida al logro final de la inteligencia artificial absoluta. La biónica crea órganos que todavía son dirigidos desde el cerebro humano, pero el transhumanismo no se conformará con ello. No les bastará a sus fieles que dejemos de ser puras máquinas biológicas, porque buscan la “perfección”, y para estos hijos de la cópula entre la ciencia experimental y la economía de mercado (los ignorantes de Ortega) la perfección no es humana… ni divina; es titánica. ¿No es el tiempo lineal y asimétrico, totalmente divino, el que nos enfrenta sin remedio a la muerte? Y un tiempo machacón, circular, cíclico, en fin, titánico, sin devenir a la vista, ¿no nos salvaría de ella?

Cuidado. Aunque Prometeo nos haya puesto en la agenda divina, no podemos olvidar que él mismo es un titán, y que nada molesta más a los dioses que lo titánico del hombre. Decía Jünger: “Siempre el mundo prometeico es a la vez un mundo del trabajo; en ningún lugar su titanismo salta tanto a la vista como cuando está activo en un trabajo infatigable de invención, en el ámbito de los pensamientos ingeniosos, de los talleres.” Cuidado. Los dioses nos pueden castigar si tendemos al “eterno círculo”, pero también pueden hacerlo los propios titanes, si, redimidos por nosotros mismos, abandonan sus castigos y retoman las riendas del tiempo. ¿Cuánto no querrían cobrar a estos locos, que ayudados por el perfecto traidor, se entregaron a Zeus, Pan, Apolo, y lo que es peor, a Dionisos para burlar al tiempo-bucle, y escapar a su indolente imperio hasta llegar a creerse verdaderos creadores? Cuidado. Si regresan los titanes, no habrá más que cacharrería. ¿Eterna? Y qué más da.

(Existirá una máquina purísima
copia perfecta de sí misma
y tendrá los ojos verdes
y mil labios escarlata
no servirá para nada
pero tendrá tu nombre
oh eternidad

              Jorge Eduardo Eielson)

Cuidado. Mientras sea la oscura y todopoderosa imagen quien, desde el cerebro humano, dirija los aparatos, estaremos al salvo. Pero si la cacharrería se convierte en el fin mismo de nuestro ser, si nuestro tirón prometeico nos devuelve al titanismo más infantil y torpe, estaremos perdidos. Dejaremos de ser hombres… Ya, ¿y no dejaremos de serlo en cualquier caso? Bueno, si ha de vaciarse el ser, que se haga imaginando, porque sería una imperdonable estupidez haber llegado hasta aquí para entregarnos mansos; para, como diría Montesquiou (Robert de), expiar una extraña fechoría junto a un dócil Prometeo que pena encadenado a su roca, esta vez por haber robado el frío.

Hoy no puedo extenderme más, pero como ven, no pude evitar comentar esta noticia.




domingo, 20 de enero de 2013

Un pliegue para buscarme




  A Carmen Morán, Eugenio Maqueda,
  Judith Dato y demás “adarvianos.”
                                                     

 Cuando me apetece divertirme con un necio,
 pienso en mí mismo, y ahí lo tengo.                          
                                              Séneca

Bueno, después de treinta publicaciones en el blog que indagan en la imagen por distintas vías, no sin cierto rubor abro un paréntesis para permitir que se hable en esta ocasión sobre mi poesía. Cuando estructuré este espacio, digo bien: cuando lo hizo Marisela, mi mujer, ya “colgué” (“colgó”) algunas de las críticas hechas a mis libros por José Ramón González y Antonio Piedra en el apartado de libros publicados. Con motivo de sus respectivas publicaciones, José Ramón escribió sobre “Radiografía de la inocencia”, y Antonio lo hizo sobre “Penúltima espira”; en ambos casos con la pericia y el rigor a que estos autores nos tienen acostumbrados. Pero ahora comparto con ustedes un artículo más amplio que, sobre mi obra en general, ha escrito Carmen Morán, filóloga y profesora del Departamento de Literatura Española de la Universidad de Valladolid, para la revista “Adarve”. No tengo nada que decir aquí y ahora sobre mi obra poética. Los que lean el artículo de Carmen, cuyo “enlace” pongo al pie de este párrafo, comprenderán que calle y deje que sea ella quien lo haga. Estén más o menos de acuerdo con sus puntos de vista (yo, por cierto, los suscribo y agradezco todos) comprobarán que es una mujer especialmente dotada para la crítica, muy capaz de entrar en la imagen poética con un aparato analítico en perfecta puesta a punto. Insisto, confío a Carmen lo que no podría hacer como ella. Sin embargo, quiero aprovechar que esta vez se habla de mi obra, para exponer al margen, de manera secundaria, sucinta y directa (indirectamente, como es lógico, lo hago siempre) algunas pinceladas sobre lo que pienso hoy, ya no con relación a la imagen en general, sino a la poesía, el poema y el poeta en particular. ¿Servirá para algo? No lo sé, pero intuyo que puede ser un momento oportuno para hacerlo. Tengo que ser muy escueto en este formato, pero me atrevo. Les propongo leer ahora el artículo de Carmen, (página 101) y luego, si pueden, volver sobre mis apuntes.



¡Oh humano corazón, ¿por qué te vuelcas
 en bienes que no admiten compañía?
                                                 Dante

Solo. El poeta trabaja rotundamente solo. En el horizonte un poema, una oportunidad para creer que la nada puede ser inseminada con la esperma de la verdad, que la oscuridad puede ser seriamente herida con la luz. Horizonte y soledad. Sombra, deseo, voluntad, inocencia… El poeta está solo. El poema que avista y pretende está abierto, han trabajado en él muchos poetas que, igualmente solos, fueron tan incapaces de evitarlo como de cerrarlo. Ya parece algo. ¿Merece la pena continuarlo…? El poeta “se condena” a sí mismo, quiere añadir una imagen a esa enorme obra; una estrofa, un verso, un hemistiquio, una palabra, un nombre… Memoriosos sema y fonema. Tentador andamio. El poeta cae en la trampa. Escalará su Babel rodeado de sombras. Para colocar una imagen en ese poema universal, atemporal y único, tendrá que trepar solo la tremenda torre. Pero qué difícil: toda la vida escalando. En el suelo, un campamento-base donde se advierten los peligros que conlleva la peregrina aventura: soledades, frustraciones, casi siempre aparente fracaso. En ese campamento se montan numerosas y pragmáticas escuelas para los que son apercibidos y reconducidos a tiempo. Quienes no pretendan sumar algo al Gran Poema inconcluso, tendrán compañía en una fiesta diaria. Obtendrán diplomas y cerrarán obras. Cantarán arropados y serán prontamente aplaudidos. Y entonces ¿para qué intentarlo con el Poema-Uno? ¿Qué sumar a lo que nunca se acaba y vuelve sobre sí con titánico afán? Bueno, al tiempo lineal, asimétrico y voraz, hay que ponerle sucesivas trampas. Hay que hacerlo pasar por ciertas angosturas, tenderle ciertas emboscadas, obligarlo a trazar convenientes bucles para posibles y cíclicos neumas. Gracias a su peso, el Gran Poema es el único que no puede ser barrido por la crónica carrera; es el único que grava la MEMORIA DEL HOMBRE. Sí, para barrer el Gran Poema habría que barrer la MEMORIA DEL HOMBRE, esto es barrer al hombre. Ojo, no a los poetas, al hombre. Pero si, como dice Heidegger, “el hombre es el pastor del ser”, para acabar con el Gran Poema habría que hacerlo con el ser mismo. Esa cardinal e inconclusa obra es la fabulada y sempiterna columna que parece sostener el frontis de la humana tienda de campaña.


Una idea carece de interés únicamente cuando, además de ser una falsedad, es una mentira, o dicho de otro modo, cuando es subjetivamente falsa.
    Ortega y Gasset

El poeta que trabaja para el Gran Poema es un fabulador, pero no un mentiroso. Quiere asentar su verdad poética donde ésta puede serlo más, donde mejor ayuda a sostener la carpa. Como todos los poetas es un farsante, pero, insisto, no un mentiroso. Su verdad poética jamás carece de interés, porque aunque sea una objetiva falsedad (¿y qué no lo es?), jamás resulta una mentira, jamás es subjetivamente falsa. Es más, esa verdad poética es el único asidero para la razón, cuando avocada a la cripta que habita su contrario, no encuentra la llave entre su pacotilla. Sólo tal verdad opera en las múltiples cerraduras del miedo… La soledad en que trabaja este poeta, y su desprecio por los regalos que brillan y se ofrecen en el campamento-base, evitarán que se sienta tentado a mentir. Pocas veces llegará a la pretendida imagen, esa que pueda sumarse a la importante obra, pero aun en tal caso su gesta será un acicate para los que creen en la poesía, para los que buscan en ella el mismísimo a-de-ene del ser humano, de su pertinaz ardor. Si el poeta no miente, su verdad poética siempre tendrá interés. Podrá alcanzar o no la pretendida cima, pero no irá directamente al remolino de su evacuatorio.


                  La noche fue un día antes que el día
                                                    Tales de Mileto

Solo y en lo oscuro. El poeta amasa harina negra para un pan imposible, áureo, que únicamente se podrá comer con la venia de los dioses. El Gran Poema tiene la médula mate. Sólo en sus abalorios la luz refracta simulados hallazgos. Pero esos abalorios apenas son la demasía que la imagen excreta cuando se asienta en la inconclusa obra. Entonces un ejército de obreras luciérnagas trata de disimular que la imagen misma es en esencia noche; esa noche que aún se adelanta un día a todos los días posibles. El poeta araña la oscuridad, pretende heridas de luz, pero el poema, generoso, le devuelve suturas negras. Mientras tanto, en la festinada campa, quienes evitaron la peregrina escalada viven deslumbrados por sentencias hialinas. Desayunan pan blanco, fresco, y en un ara esquinada ofrecen a las risueñas hienas los nombres de los escaladores. Claro, el poeta que persigue el Gran Poema no les teme. Entiende que “la luz es sombra de la nada”. Termina diciendo: “Ah, oscuridad, mi luz” y adormece a sus dulces y obedientes lazarillos para dejar que su bestia preferida lo guíe en la espesura, porque bien sabe que "sólo el jabalí negro tiene los ojos de oro." 


martes, 15 de enero de 2013

Mentira de mono: pecado original


Un mono mentiroso… El positivismo más radical y activo, ese que subido a la ciencia (sonrío) y por raro que parezca, se afilia cada vez más a la ficción (ahora río) para fijar meta y rumbo, nos está dejando poco a poco sin dones únicamente humanos. No bastó con demostrar que hasta las iguanas se masturban, que las vacas se suicidan. Ahora nos “avergüenzan” demostrando que ni siquiera la mentira es patrimonio exclusivo de la humanidad. 

Acabo de ver un documental que habla de la inteligencia de los monos, expresada en su capacidad de usar herramientas, de manejar un lenguaje y comprender varios, de organizarse en complejas sociedades, de estresarse, acomplejarse, deprimirse, de sostener un severo duelo por la muerte de un congénere… pero ojo, también de mentir, de utilizar la simulación y el engaño como estrategias para vivir en sociedad. Sí, el mono miente. El citado documental nos muestra cómo los individuos menos dotados para ocupar posiciones relevantes en su clan, pueden desarrollar su imaginación hasta el engaño para compensar sus debilidades. Resulta que un mono puede aullar ¡serpiente!, sin que exista noticia alguna de ésta, con tal de que el resto de su grupo escape del lugar y lo deje disfrutar a solas de un manjar que no puede obtener o defender por otros medios. Y claro, ¿qué es la mentira, sino una consecuencia directa de la imaginación? 

Entonces ¿los monos imaginan? ¿Ni siquiera la imagen es propiedad exclusiva del hombre? Pero si los monos imaginan hasta ser capaces de mentir, ¿llegarán a fabular? ¿Es realmente ése el camino que recorrimos hasta la poesía? ¿Nos están explicando los actuales monos cómo evolucionamos de veraces animales a mentirosos hijos de Dios? Porque supongo que estaremos de acuerdo en que para simular la idea de serpiente sin rastro de ésta, hay que tener una capacidad nada despreciable para abstraerse de la realidad, para imaginarla. ¿Así, y por tales razones, comenzamos a mentir en origen? ¿Así llegamos a convertirnos en este portento de imaginación que somos? ¿Será cierto (creíble ya era) aquello que dijo Lezama: “La primera flauta se hizo de una rama robada.”, o aquello otro que dijo Jünger: “La razón desarrolla, la imaginación transforma”? ¿Habrá sido la imaginación la guinda que necesitaba la inteligencia para traernos hasta nosotros? ¿O habrá sido la inteligencia la guinda de la imaginación? ¿Qué pasó desde que aquellos monos africanos que fuimos comenzaron a mentir descaradamente hace millones de años, hasta que Ovidio escribió: “Un pez sorprende en lo alto de un olmo”, y se quedó tan ancho, más aún, nos convenció de que los peces podían coronar los olmos? 

No lo sé en detalles, pero como puedo imaginar tanto o más que los monos, les propongo una respuesta: Los monos empezaron mintiendo, simulando, y terminaron fabulando, creando. Los monos se hicieron poetas “víctimas” de su gran habilidad: la imaginación. Puede que el mono-poeta, una mañana cualquiera, mientras recogía frutos secos en la vieja llanura, haya visto unos peces nadando en la superficie de una charca, donde además, y en el mismo momento, se reflejaba un olmo; pero esta rara y casual concurrencia pudo sorprenderlo sólo una vez, la primera. Sin embargo, el pez que corona el olmo allí en su aérea copa, ese con agallas a prueba de cualquier oxígeno, lo sorprenderá siempre. Esos son el pez y el olmo imprescindibles, los que no se sostienen ni siquiera en fortuitos y sensibles reflejos, los que, ajenos a toda casualidad y causalidad, arriban al símbolo por la puerta de la imagen. Por esa puerta entró el mono a la poesía. Y tanto se adentró en ella, que llegó el momento en que pretendió trascenderla hasta desembarcar en la más cara de todas las mentiras: la verdad. ¿Cómo, si no, se hubiera podido detener al mono mentiroso-aprovechado ladrón? 

En tanto que todos los monos mentían, pero no todos lo hacían oportunamente, es decir en beneficio de la mayoría, los más fuertes, capaces y responsables tuvieron que reconducir la situación. Necesitaron convenir la verdad: la mentira conveniente. Decía Nietzsche: “¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente, y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes. Las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino como metal.” 

Señores, el mono-poeta llegó a la cúspide de la imaginación: la mentira que conviene, o sea, la verdad, comenzando por aullar ¡serpiente!, sólo por comer en paz, cuando el peligroso ofidio no era más que una temida posibilidad, quién sabe si reducida ya a torpe idea. El mono-poeta creó la sobrenaturaleza imaginando la serpiente desde su hambre. Pero no se quedó ahí, porque cuando la serpiente fue real, entonces imaginó el hambre que ésta provocaría si mordía a los más dotados para encontrar comida. Y el hambre imaginada, esa que pudo pre-sentirse y temerse, terminó divinizando a la odiada serpiente. 

Ya ven, un animal que no estuvo en el escenario de la primera mentira, ahora baja emplumada por las matemáticas gradas de la pirámide de Kukulcán en Chichén Itzá, se aparea para que Tiresias obre sus metamorfosis y adquiera el don de la profecía, medra en el manzano paradisíaco para hacernos a todos pecadores en origen amén los esfuerzos de Pelagio. La ausencia de la serpiente en aquel riachuelo prehumano, debidamente mentida merced a la insipiente imaginación del embustero mono, se hizo al final constante presencia, fábula, símbolo de peligrosa trampa en todos los tiempos y espacios del hombre. Qué maravilla, ¿no?

Aquí les dejo el vídeo que recrea el “verdadero” pecado original. A ver quién viene a salvarnos de éste para alejarnos definitivamente de nosotros.
 



lunes, 7 de enero de 2013

Regreso y poema




Queridos lectores, amigos todos, ¿estáis todavía por ahí? Después de dos meses de pausa (aunque con una imprevista y breve incursión) regreso a este espacio, donde espero reencontrarme con vosotros. Por razones personales, no pude dedicar a la poesía todo el tiempo que pretendí en un inicio, pero sí el necesario para volver sobre un libro que me esperaba hace mucho, y que gira alrededor del deseo. Sobre ello indagué mientras estuve “ausente”. Como siempre, tengo dudas en cuanto a lo logrado, pero alcancé a trabajar en 25 poemas (unos nuevos y otros no) que por ahora no destruiría. Sí, un poemario en ciernes, o sea, un milagro más que, quién sabe, tal vez algún día pueda compartir con los que creen en tales cosas. Regreso al formato en busca de vuestra complicidad, compartiendo con vosotros uno de los poemas del referido libro. Ojalá os agrade. Con mis mejores deseos para el nuevo año,


  Encrucijada

El deseo, qué será,
si no la insoportable inconsistencia de lo ardido.
                                                 José Mármol

  ... y llegamos a la encrucijada
  que se despliega en la vertical del miedo.
  ¿Acaso sujetar lo que tenemos
  andado y visto por caminos ciertos,
  o seguir asediando lo inasible
  con las redes maltrechas del deseo?
(A un lado del hito nos espera
una serpiente de hielo.
Al otro lado serpea
su simétrica de fuego.)
  Cuidado.
  Cualquier error aquí se paga caro.
(Ambos umbrales notician
un adusto laberinto:
ni ardiente princesa al quite,
ni cómplice hilo al suelo.)

  Cuidado, cuidado, pero continuemos…

  Ah, el deseo, qué será,
  si no la duda genitora que en cada encrucijada se solventa:
  mordida-una de la serpiente dual
  en la manzana perfecta.