domingo, 6 de octubre de 2013

El oro de los pobres



 

A la memoria de mis abuelos.
A la de todos los emigrantes que fueron
a remendar el descosido imperial con su
hambre de luz y su hambre-hambre.


¿Será acaso el amor
el oro de los pobres?

          Antonio Colinas



Hace pocos días di con estos excelentes versos de Colinas en un librito titulado El soñador de espigas lejanas, editado por la Fundación Jorge Guillén en la colección Maravillas concretas. Su lectura me enfrentó una vez más a los recuerdos que mis abuelos españoles (asturianos y canario) me regalaron de su experiencia migratoria; recuerdos que baten desdichas y bendiciones, alivios y frustraciones, para una mezcla vital que macera o fermenta, según el caso, con inagotable vigor evocativo. Todavía latente la ulcerilla provocada por la poética púa, hoy escuché por primera vez en la voz de Liuba María Hevia, la canción Con los hilos de la luna, dedicada precisamente a su abuelo asturiano. Vaya revolcón… No se debe escribir en este estado emocional, lo sé, (decía Benn aludiendo a ello, aunque de cara a la creación poética: Si usted le quita a lo que ha rimado todo lo que tenga que ver con sus sensaciones y sentimientos, lo que queda, si es que queda algo, eso quizás sea un poema. ) pero no puedo evitarlo. Mis abuelos ahora mismo baldean lo que ensucia en mí la compostura, y arrastrado por la canción de Liuba María, cedo al tirón de la sangre sin contemplaciones espurias.

No supe o no recuerdo con precisión en qué años llegaron a Cuba mis abuelos. El materno (Vicente) alrededor de 1904; el paterno (Balbino) puede que en 1919. En ambos casos, son fechas muy cercanas a la obtención de la independencia de España, y a la proclamación de la República. Se ha hablado bastante sobre la anomalía o particularidad histórica que supone el hecho de que muchos de los propios soldados del ejército español derrotado decidieran quedarse a vivir en la isla perdida para el imperio. No participo tal extrañeza, pues comprendo las causas del fenómeno, pero en cualquier caso, de existir la supuesta irregularidad, habría que extenderla a los enormes flujos migratorios que, en el mismo sentido (España-Cuba), tuvieron lugar en las dos primeras décadas del XX. Mas hoy no me interesa esto como asunto de orden sociológico a estudiar sesudamente, porque hoy hablo de mis abuelos. Punto. Con lo que diga sobre ellos, que los lectores hilvanen las teorías que necesiten o gusten. Espero, sin embargo, alcanzar el alma de algún nieto agradecido, cuya similar experiencia y consecuente complicidad, hagan que al leer este texto las teorías importen un bledo.

Vicente, que nació en 1890 en una casa-cueva cercana a Valleseco, en Gran Canaria, con catorce años logró llegar a Cuba acompañado por su padre, que en un viaje anterior había dejado en la isla de acogida a tres de sus hermanos varones. No sé cómo mi bisabuelo pudo llevar a buen término su hazaña migratoria, porque era pobrísimo, literalmente un troglodita; pero su hijo Vicente, después de un breve paso por La Habana (entonces una de las grandes capitales del Nuevo Mundo), donde trabajó en una lechería, se instaló en el centro-sur de la isla, en una de sus zonas más exigentes: la Ciénaga de Zapata, duro ecosistema con pantanos, manglares, mosquitos y cocodrilos, que de entrada novelaba mal para los “invasores”; más bien los obligaba a sudores muy terrenales y concretos vinculados con arrozales, cañaverales, puercos y cebúes. Vicente, a pesar de apellidarse González Pérez, lo que denota una estirpe de origen castellano, nunca se sintió español. En Cuba los canarios se hacían llamar isleños y vivían su insularidad a rajatabla. Muy pronto “se hacían” emocionalmente cubanos (comillas, porque en alguna medida lo eran de cuna, en tanto que españoles y mediterráneos, aunque no lo supieran y hubieran nacido en pleno Atlántico) y podían sentirse incómodos frente a los paisanos de origen peninsular. Pero esto es una anécdota, porque Vicente era un buen hombre, y como tal, no sólo dio de comer a sus doce hijos, sino también a otros tantos hijos ajenos. Y hubiera dado de comer al mismísimo Alfonso XIII de haberlo encontrado hambriento. Eso sí, le habría explicado en la sobremesa cuán leales y hábiles eran sus perros de caza, y le habría contado múltiples episodios de la rica mitología lugareña, a la que se había aficionado sin cautelas. La vida de Vicente eran su familia, su finca, su trabajo, sus animales, sus cacerías, sus recuerdos, sus cuentos, pero muy especialmente sus nietos; más de veinte que a su lado aprendimos a querer… y a poder. Vaya maestro. Un currante. Un amante... ¿Puede haberlo mejor?

Balbino, nacido en 1900, en Somines, una pequeña aldea del Concejo de Grado, Asturias, llegó a La Habana con unos diecinueve años huyendo del servicio militar, que entonces lo hubiera situado en el peligroso frente del norte de África. Ya habían tomado con éxito el camino habanero tres de sus hermanos mayores, por lo que su destino parecía claro, pero no se decidió finalmente hasta que el olor a plomo le sacudió las entendederas y le hizo temblar las piernas. En la capital de la flamante República se partió el lomo en los pequeños comercios de sus hermanos hasta que fue capaz de montar el suyo propio: una primera bodega (así se llama en Cuba a los establecimientos comerciales donde se venden productos comestibles) en la barriada de El Cerro. Ya bien situado, regresó de visita a su Asturias natal en el año 1935 (mal momento) y muy enamorado se casó con una sobrina (mi abuela) a la que llevaba 17 años y sólo conocía por referencias epistolares. Regresó a Cuba con el corazón inflamado por su joven esposa, pero también roto por la situación que atravesaba su patria. Balbino, que se apellidaba Tamargo García, lo que no obliga a origen castellano alguno, siempre se sintió español. Jamás tuvo ninguna duda en este sentido. En el 35, su patria ponía el mantel para la sangre; se envenenaba, y con ella lo hacía toda posibilidad de regreso por lejana que fuera. Otra vez el plomo, entonces fratricida, sentenciaba el camino. A partir de entonces, para él España fue una amarga y definitiva pérdida, aunque supo captar su resonante prolongación en la isla que había aprendido a amar. Mi abuelo paterno era también un esforzado amante. En este caso, un amante con quien conviví a diario desde que nací, y por quien fui muy amado. Sólo una severa demencia senil primero, y la muerte después, pudieron alejarlo de mí, pero nunca lo hicieron de mi memoria, donde su descomunal humanidad se yergue por encima de sus pequeños defectos para repetirme: ama, ama, ama…     

Esta sucinta historia de la aventura migratoria de mis abuelos, no es más que una vía para reconocer su enorme calidad humana. En una época convulsa, con un imperio cuyos estertores coloniales malamente disimulaban la gélida temperatura de sus pies, supieron hacer valer su vitalidad y su capacidad para la aventura, asumiendo un destino que los alejaba de sus hogares, pero a cambio les regalaba una vida más plena. Quienes entonces emigraron fueron, como en todo proceso de este tipo, los más inquietos, los más capaces de cambio y empresa. Quienes más habría necesitado España en los fuegos de la casa, se asfixiaban en ella y salían a respirar a su patio. Siempre ocurre así: emigran los más necesarios. Los procesos migratorios, dadas las especiales cualidades humanas que implica la condición de emigrante, perjudican a las sociedades emisoras para beneficiar a las receptoras. Unos pierden a los más activos y atrevidos, mientras otros los ganan. Entonces Cuba, y muy especialmente La Habana, ofrecían a peninsulares e isleños un viaje de amables resonancias. El cisma político-jurídico-administrativo nada pudo contra el torrente afectivo que había generado la cultura. Cuba seguía siendo España, como lo sigue siendo en buena medida ahora; como España sigue siendo esa diversa y maravillosa Idea, donde, a pesar de todo, manda el griego. Aun así no fue fácil para ellos. Los emigrantes transatlánticos de principios del siglo pasado, si eran pobres, aunque fueran de casa eran tratados como parias. En La Habana eran sometidos a una estricta cuarentena para “desinfectarlos” y vacunarlos; y no tenían nada fácil adquirir la nueva carta de ciudadanía. ¿Acaso no nos pasa ahora más o menos lo mismo en el sentido contrario? En fin, no fue fácil, pero lo hicieron. Y todo ese aval de esfuerzo, valentía y amor, lo transmitieron a sus herederos, que cuando necesitaron mudarse de habitación en su propia casa, se cagaron literalmente en lo que decían o pretendían carceleros y aduaneros. Ah, nuestra estirpe mediterránea (fenicia, egea, etrusca, romana, cartaginense, bereber…) ¿Quién puede contenerla ante el umbral del futuro, si ni siquiera frenó ante las mismísimas Columnas de Heracles? Puede que a mis hijos les toque patear, hacer girar de nuevo el afanoso aro. Si así es, lo harán, porque sus padres les han transmitido el a-de-ene del hámster mediterráneo que muscula y ríe sobre la ciega rueda. Ese, que aun escalando en pos del vellocino áureo, lleva siempre el saquito donde guarda el amor... Sí, Antonio, el oro de los pobres.


Aquí les dejo el “enlace” por si quieren escuchar la canción de Liuba María, y un ya viejo poema hoy más sano y vivo que nunca.

https://www.youtube.com/watch?v=AEhFonHjyAA&feature=youtube_gdata_player

 

Brindemos.

                              El viaje no acaba
                              donde reposa el viajero.
                              Brindemos.         

Mi abuelo asturiano se bebió La Habana
detrás de un mostrador atrincherado.

Mi abuelo canario se bebió la ciénaga
asido a la montura de un caballo.

Yo me bebo a mis abuelos diariamente
enrolado en la aventura que iniciaron.

Trajinando los caminos que supieron,
doblegando al dolor que no mostraron,

aunque lejos
de La Habana, de la ciénaga;
en un cáliz de orgullo
tinto en sangre,

me los bebo. 


 



martes, 1 de octubre de 2013

La oportunidad de leer “La necesidad de escribir”





Mi amigo, el poeta y editor Felipe Lázaro (Betania) me envió hace unos días el libro “La necesidad de escribir”, de Julio Pino Miyar, con una encarecida invitación a leerlo. Agradecido, lo hice tan pronto pude, de continuo y con sostenido interés, pues se trata de un magnífico compendio de ensayos sobre temas que me importan mucho, y que aparecen perfectamente pensados y escritos. Ahora me toca extender a ustedes la invitación de Felipe, cosa que hago convencido y gustoso, animándome incluso a escribir una pequeña reseña sobre libro y autor, con la esperanza de que ésta los incline a su lectura. Para ello, con toda intención no haré análisis enjundiosos que puedan polarizar de antemano a los posibles lectores creándoles prejuicios infranqueables, sino que advertiré sobre algunos aspectos que (perdónenme el recurso) creo pueden crear un apetito en cierta medida morboso por estos ensayos.

Tras un exilio de veinticinco años aún sin resolver, Julio, que es un pensador finísimo y un buen comunicador, se muestra atravesado por varios dilemas que enriquecen su obra. El “exilio que no cesa” aquí también es rayo, pero además se “complica” con la fidelidad a postulados que, tras una (re) formulación esencialmente decimonónica, bullen en la primera mitad del XX para caer de súbito frente a la postmodernidad de sus postrimerías; hasta tal punto, que su retorno a “las aulas del saber” parece imposible a comienzos del XXI. Julio es positivista, pragmático, determinista, marxista… Y claro, en un mundo cada vez más relativista y escéptico, esta fórmula pensante, si, como es el caso, ocupa una mente lúcida y bien (in) formada, puede resultar de mucho interés.

Julio conserva del marxismo, sobre todo, la fascinación por la historia y la convicción de que la economía y el trabajo son sus principales motores. Es ahí donde se producen los más interesantes conflictos con la postmodernidad, la modernidad líquida, la muerte de la historia, o la consideración de la cultura como su aguijón principal y su salvación posible. Tales desencuentros son evidentes cuando se habla de lo clásico, la verdad, la realidad, la fantasía, la poética, la imagen; pero también cuando se “aterriza” en la obra de Freud, Vitier, Carpentier o Lezama. En este último caso, el conflicto se agudiza porque Julio no puede aceptar de ninguna manera que “la imagen sea la causa secreta de la historia”. Entonces, el irresuelto y melancólico exilio, junto al amor por la gran poesía, sin remedio chocan con el marxismo y su consecuente determinismo. Parece que se acarician dos gatos, pero se muerden dos tigres. Y lo hacen ante nosotros que, si sabemos aprovechar el lance y evitamos posicionarnos de manera extrema, nos divertiremos y sacaremos provecho hurgando en las entrelíneas de las falsas caricias, pues el árbitro, que es fino, inteligente, buen esgrimista, da mucho margen para ello. Sí, el enmascarado pugilato ambienta un intento más de cuadrar el círculo. Y aunque no vaticinamos puerto para tal empeño, como el geómetra y espadachín es habilidoso, si estamos atentos aprenderemos geometría… y esgrima.

Mis lectores saben que no soy marxista. Aunque el método marxista para estudiar la historia me sigue interesando, no tanto por la validez de sus tesis como por lo sugerente de sus hipótesis, yo afirmo con Lezama que la imagen es la causa (ya nada secreta) de la historia, más aún, de todo avatar humano, sea éste histórico o prehistórico. Y esta certeza ya no puedo "enfriarla" con la excusa poética. No llegó Lezama a tal conclusión por ser poeta, sino por ser un gran pensador. Pero, ¿acaso no es la poesía el mayor ejercicio de pensamiento posible? ¿Acaso no es la verdad poética la única digna de ser tenida en cuenta? Es obvio que no soy determinista, ni pragmático, ni sólidamente positivista. Sin embargo, leí “La necesidad de escribir” con verdaderos interés y placer. Porque la inteligencia y la pulcritud me atraen siempre, especialmente si unidas al hábito de pensar, y a la capacidad de transmitir lo pensado de manera coherente y fértil. Julio es un ensayista de primer nivel. No conozco a muchos otros que en castellano puedan desempeñarse en el género como él. Sabe pensar y escribir. Y lo hace, permítanme la expresión, preso de enormes contradicciones y pasiones (qué buen pensador no lo está), lo que garantiza un resultado entretenido y provechoso. Léanlo.

El enlace para descargarse gratuitamente el libro es:
 



viernes, 20 de septiembre de 2013

A ver cómo cerramos la obra sin demoler el teatro





Este espacio para la cultura, especialmente para la literatura y el pensamiento, con toda intención se inhibe del anecdotario con que la actualidad trata de imponer, y muchas veces impone, su dictadura de humo. Cuando aquí “toqué” o “rocé” actualidad pura y dura, siempre fue porque el asunto no me pareció anecdótico, y siempre traté de situarlo en el marco de un análisis que ofreciera perspectivas amplias, perspectivas que desbordaran el corsé espacio-temporal con que la anécdota suele ceñirnos en busca del mareo que nos nuble la vista, y la memoria, y el entendimiento. He recibido ya algunos “toques de atención” por ello, incluso de grandes intelectuales y muy queridos amigos. Uno de ellos me dijo: ––“Estás en Arcadia, en Batuecas”. A lo que cariñosamente respondí:  ––“Hermano, en mi modesta opinión, no hay nada que sea más político ahora mismo que retraerse ante el juego que nos proponen. Todo lo que está pasando es fruto de la ignorancia más supina. Decir NO a eso, es algo muy político. Imagínate que todos leyéramos y estudiáramos lo necesario para saber esto. ¿Con quién jugarían? Mi opción no pasa por vivir en Arcadia, créeme, sino por participar la actualidad de manera distinta de la que conviene a quienes toman y suministran esa perfecta droga: la ignorancia. El estéril debate actual entre derechas e izquierdas formales, no hace más que rentabilizar tal droga a favor de sí misma. Estamos en crisis, sí, en una crisis más cultural y cívica que económica, en una crisis esencial que, por resonante, augura importantes cambios en la humanidad. El dilema fundamental (aquí me refería a la realidad europea) ya no es que mande éste o aquél, el dilema es ahora: hombre sí u hombre no, planeta sí o planeta no, inteligencia artificial, ¿sí o no? Yo trabajo porque el mundo no cierre todavía, por hacer bueno aquello que dijo Jorge (Guillén):‘Los hombres son aún preliminares’. Trabajo modestamente contra el hombre nuevo de Marx, el superhombre de Nietzsche, el hombre ahistórico de Fukuyama, la máquina transhumana de Kurzweil. Hombre, hombre, hombre… Mi estrategia: la imagen. Mi táctica: inocularla en todos los frentes posibles. Vamos, no vivo en Arcadia, pero si para ayudar a mantener abierto el chiringuito, tengo que dejar caer en la Bolsa una dosis de orina de Pan, lo haré…” Con tales premisas trabajé hasta ahora en este formato. Espero poder hacerlo también en esta ocasión, pero reconozco que me resultará más difícil, y por ello quise escribir esta pequeña introducción ¿exculpatoria? Créanme, si no lo logro, no será porque no lo intente.

Hace unos días, un músico popular cubano llamado Roberto Carcassés se atrevió a pronunciar públicamente un breve discurso político, sencillo, pero muy espinoso para el régimen de Castro. Nada especial, si no fuera porque lo hizo como improvisación sonera, en medio de una actuación televisada por los medios oficiales de la tiranía, y en una de sus tribunas preferidas: esa suerte de decorado para el tórrido sainete que se ha montado frente a la sede de la representación de Estados Unidos en la capital del país, y a la que ellos llaman “tribuna antiimperialista”. No se extrañen. En Cuba, una isla de grandísimos poetas, hemos desarrollado sin embargo una especial capacidad para maltratar el idioma. Habría que estudiar en qué medida le debemos a ese dudoso don el último tramo de nuestras desventuras. Hablo del sitio donde se acuñaron desde el gobierno términos como “plan java”, “punto de leche”, “oficoda” (no me pidan, por favor, que explique esto); y donde los niños hace mucho que se llaman “Jeiyu” (libre interpretación del título de una conocida canción pop) Yanalai, Yunielsis, Yunisleski… En fin, la contestación interna y pública al régimen por medio de la música popular, viene ocurriendo en Cuba hace ya treinta años. Desde los ochenta del siglo pasado se suceden episodios en este sentido, más o menos interesantes, con mayor o menor calidad artística. Carlos Varela y Pedro Luís Ferrer fueron tal vez quienes primero se atrevieron a ello, y luego hubo otros hasta llegar a este último caso, que, insisto, tiene de diferente el lugar donde ocurre, y también que lo hace en la época de Internet, de las redes sociales, con un dictador en paro, chocho, moribundo, un “regente” que renquea, y un país en franco proceso de “haitianización”… No quiero centrarme en analizar críticamente el hecho musical, ni la calidad del discurso, ni siquiera sus evidentes contradicciones. (Debemos respetar y agradecer a cualquiera que, por sus medios, sean éstos los que sean, asuma una actitud cívica y aporte su esfuerzo al necesario cambio político en la isla. Además, en ese otro Haití para el nuevo-hombre-nuevo, llamar héroe a un vulgar espía es cosa normalísima, no debe extrañarnos. Tampoco debe hacerlo que en el mismo discurso en que se pide la liberación de los supuestos héroes, se demande similar suerte para el consumo de marihuana. Vivimos en un mundo postmoderno, decadente. Qué podemos esperar de la sufrida Habana, si hoy leí en la prensa que un multimillonario anda vendiendo teléfonos en París disfrazado de Guevara, el pistolero argentino que administró el plomo en los paredones que flanquearon el umbral de la última borrachera isleña.) Quiero centrarme esta vez en algo que ha pasado inadvertido en los comentarios y análisis que hasta ahora me han llegado sobre el asunto: el público. ¿Cuánta gente fue a ese concierto? ¿A qué fue? ¿Por qué? ¿Cómo reaccionaron al imprevisto contramitin? ¿Cómo maneja el régimen este tipo de actividad “cultural”, y cómo la rentabiliza? Aquí, mucho más que en otros aspectos del fenómeno, debíamos buscar sus claves. Vamos…

Yo, cuando en este texto digo héroe o tiranía, lo hago en un sentido nada metafórico. Para el término “héroe” me remito, en primer lugar, al concepto homérico-hesiódico recogido, por ejemplo, en Jünger; y para “tiranía” a “La república” de Platón. En segundo lugar me remito al diccionario de la R.A.E. Porque claro, tenemos que fijar estos conceptos para no caer en la palabrería con que el régimen cubano, como cualquier otra tiranía, trata de confundir y confunde a sus ignorantes víctimas. Entonces ¿cómo evaluar al público que asistió al referido concierto? Resulta que se reúnen miles de personas a bailar y beber (no me creo que en tales convocatorias de alguna manera no esté el alcohol por medio en su peor versión), mientras piden que se excarcele en los Estados Unidos a unos espías cubanos, llamándoles héroes porque así son llamados por los voceros del castrismo. Ante el decorado propagandístico de los opresores, y para que el sainete nacional continúe, se citan títeres y palmeros. Estos últimos, cuando no “obligados” (comillas, porque nadie puede obligar a tal cosa a quien realmente no quiere) por el aparato represor del régimen, atraídos por su cantinela, o, tal vez lo peor de todo, por la percusión y la chabacanería aderezados con el aguardiente y los navajazos. No digo que no se hayan programado allí a buenos artistas, que no se hayan dado buenos conciertos musicalmente hablando, digo que también, y especialmente, se trata de un escenario para el panfleto más cursi, el chovinismo más ciego y vulgar. Ante ese público actuaba Carcassés cuando salió del guión. Porque lo hizo, es cierto, aunque llamara héroes y hermanos a los espías del tirano que no le da lo que él quiere: ni la libertad de expresión, ni el derecho al voto directo, ni el salvoconducto para consumir libremente marihuana, ni el carro, ni… Allí estaban escuchándole los policías formales, y los informales, que son todos o casi todos los que asisten a esas “fiestas”; estaban quienes quieren sostener un cargo en la burocracia de la tiranía, quines buscan “pasarla bien” bajo cualquier circunstancia (¡a bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional!, que se decía en mi época), quienes sostienen el imperio de su majestad El Culo a ritmo de reggaeton, los bebedores de “huesoetrigre”, “saltapatrá” y “chispaetrén”, los negros curros (véase Ortiz) del siglo XXI que buscan carne hermana donde hundir acero; pero, sobre todo, los sumos vigilantes, quienes controlan incluso a los policías. Aunque éstos bien pudieran haber estado no sólo entre el público, sino también agazapados en la propia orquesta del díscolo, para desde lo alto, y con su carroñera vista, tomar oportuna nota de todo lo que se meneara en escenario y suelo.

¿Qué mensaje puede calar en tal público? ¿Éste? Si ni siquiera fue aplaudido. Más de uno habrá huido de allí con verdadero pavor. Por suerte el tibio resbalón (sí, tibio. Cómo cojones llama héroe a semejante gentuza: culones al servicio del tirano que disfrutaban de importantes prebendas; justo esas que ayudaban a negar a sus iguales. ¿Acaso trabajaban en el “Imperio” para servir y defender a su sátrapa sin comulgar con sus abusos internos? Perdónenme la grosera digresión, pero hay cosas que deben ser dichas como se piensan) sucedió, el tibio resbalón, digo, ante las cámaras de televisión y vídeo, y por ello puede, precisamente a través de esos medios de comunicación que el tirano hurta a sus súbditos, andar por medio mundo tratando de con-mover y mover a otros públicos. Claro, buena parte de los otros posibles y pretendidos públicos se preguntará: ––“¿Y yo qué pinto aquí?”. Un sainete es un sainete, y sólo puede cerrarlo en condiciones su autor. Ah, el autor… El problema es que aquí el autor, que en origen tuvo varias caras pero una sola cruz (el dinero) y que nació entre la poderosa sacarocracia hispano-cubana hace más de ciento cincuenta años, se encuentra en retirada, más aún, en estampida. El conflicto se ha descafeinado tanto que está a punto de esfumarse. Ya no hay imperio decadente que abandonar, ni imperio emergente al que subirse, ni enfrentamiento entre imperios donde amodorrarse para vivir sin esfuerzo. Ya no hay enemigos íntimos de consideración. Sin conflicto no hay obra, tampoco sainete. ¿Y quién conviene el final si el autor se ha esfumado? ¿El público de siempre? ¿Ese que desde el gallinero palmeó todo lo que le echaron, y que ahora lleva sesenta años sometido a un severo espulgo en busca de su esencia más insulsa, inocua y maraquera?

Mira, Carcassés, te respeto, te felicito incluso. Finalmente, y hecha la mitigante catarsis, ni siquiera tendré en cuenta que hayas llamado héroes a esos burdos funcionarios de la represión. No hay que darle mayor importancia. En Cuba, de todo lo dicho en los últimos sesenta años, quedarán en pie unas pocas frases de Lezama. Pero todo esto lo hago porque arrastro parte de tu pena. No esperes complicidad como la mía en otras almas. Todos tenemos que hacernos responsables de nosotros mismos. Si quieres algo, tómalo. Cantarlo improvisado está muy bien, pero no basta, sobre todo, porque lo jodidamente amolador es que no tienes un público fiable, y que el verdadero autor de la tragedia ya no existe. Maldito éxodo para un corifeo que chilla su monserga en babélica lengua. Tanta palabrería termina siempre en funcional sordera. A ver cómo cerramos la obra sin demoler el teatro. ¿Podremos? ¿Quién lo sabe? Todo es posible. Al parecer el arado que trazó el surco fundador de Roma estaba tirado por bestias tan dispares como un buey y una yegua… ambos etruscos, para hacerlo más complejo. Eso sí, estaban dirigidos por dioses, y seguían un círculo hipnótico trazado por ellos en el cielo, no en el suelo. Tenemos más de tres mil años de historia y unos ciento cincuenta de engañoso relato, de reductora ceguera. Mas ya no hay templo a cuya puerta pedir limosna. Se acaba el tiempo para los apaños. Dejémonos de “quiero, quiero, quiero…” Y démonos prisa, que mientras la otrora refinada Habana, muy fatigada se desploma ante su hombre nuevo, Pòtoprens se relame con sus muñecos pinchados al contraluz de las velas. No sea. 

 http://www.youtube.com/watch?v=WuYW__EBVkA


 

      

domingo, 15 de septiembre de 2013

Tenemos tanto que ganar…





La extensa estela del romanticismo que, incluso en su versión más potable, nos ponía (y pone) muchas veces en un trance emocional último (entre la vida y la muerte, entre el amor y el desamor más teatreros, entre una belleza que alela y otra por la que se muere o mata) marca aún la visión que muchos tienen de lo poético. Aquella respuesta de Bécquer a la pregunta ¿qué es poesía? sigue vibrando hoy entre lectores y no lectores, más o menos conscientemente: ––¿Poesía? ni los poetas saben qué es eso, para qué sirve… ¿Para ligar? ¿Para ir de raritos por el mundo? ¿Para consolarse? ¿Para negar la esencia animal y pragmática de la vida? ¿Para evadirse de lo real, huir de uno mismo?... Incluso notables pensadores como Santayana, por citar sólo un ejemplo, desde un estrecho pragmatismo positivista, indirectamente han ayudado a limitar en los lectores la necesidad y el deseo de la poesía. Dijo éste: “…entenderse a sí mismo es la forma clásica de consolación; huir de sí mismo es la romántica.” Sin entrar a contestar esta frase, muy contestable ella, (anda que no huyen de sí los clásicos para consolarse) está claro que tales pareceres, que asocian el romanticismo con una simple huída, confluyendo con la persistente asociación de lo poético y lo romántico, propician un resultado caricaturesco que aparta de la poesía a muchos desorientados, como también atrae hacia ella a otros que lo están mal.

“Encomio de la imagen” es un espacio para cuestionar, incluso combatir (por muy romántico que suene el término) esta errónea visión que, a la vez que nos aleja de la poesía, nos pone en bandeja para el más integrista cientificismo, ese que ya nos sueña perfectas máquinas libres de todo “oscurantismo” poético. La inminencia de la “entrada” número cincuenta fue un buen acicate en este sentido. Quinquaginta… ¿No huían de sí Virgilio, Horacio, Ovidio?  Sí, también lo hacían, clásica-mente. Con frecuencia huían de los hombres que eran, buscando encontrar a los hombres que fuimos, somos y seremos; trascendían al hombre-límite-fenómeno, para dar con lo humano, con la Idea Hombre, porque, ¿quién lo sabe?, tal vez sólo en esa búsqueda hallaban consolación. Buscaban (aquí “enredo” una frase leída recientemente en Badosa) acompasar el tiempo histórico en que pasamos, con el “tempo” poético en que existimos, para encontrar el binomio tiempo-“tempo” en que esencialmente somos, ya trascendidos en una suerte de pre-eternidad. Y gracias a ellos… Lo dejo, que me enzarzo con Santayana... Claro, este espacio precisa de mensajes escuetos, pero no renuncia a defender sus fueros. La número cincuenta va de poesía.

¿Por qué leerla?

Nuestro genotipo nos permite participar la más sofisticada aventura animal del planeta: la vida imaginativa, inteligente; pero tal participación será más plena, cuanto mejor dotados estemos para heredar, incubar y testar su esencia. ¿Y cuál es la esencia de la humana aventura? Pues que se lleva a cabo por un animal que imagina, conoce y crea en sociedad. La capacidad de imaginar es vital en esta trinidad que nos define, y aunque como toda capacidad se recibe genéticamente, si se quiere aprovechar ha de cultivarse. El hombre, animal y ser social, se mueve en medio de complejas dualidades (ahora “enredo” unas ideas de Fernando Ortiz) sometido al difícil equilibrio de muchos pares dialécticos: natura y hechura/ natura y cultura/ herencia y adherencia/ soma y psiquis/ substancia y circunstancia… Y en ese “lío” sólo podemos “resolver” imaginando. Sobre todo las segundas categorías de los referidos pares: hechura, cultura, adherencia, psiquis y circunstancia, especialmente esas que nos dieron el fuego y el notario para expulsar de la caverna al oso y ponerla a nuestro nombre, son absolutas deudoras de la imaginación. Imaginando conocemos y creamos, pero también “nos defendemos” de lo incognoscible, lo inalcanzable. Imaginando afrontamos las primeras fases del conocimiento con base sensorial, y todo el conocimiento suprasensorial. La capacidad para recibir, digerir y transmitir imagen, no es sólo imprescindible en los artistas, sino necesaria en todo ser humano. Una persona que no ejercite tal capacidad, estará reduciendo su experiencia en un sentido animal. La aptitud para la imagen, insisto, no es cosa de poetas o artistas, es cosa de mujeres y hombres. Los poetas, los artistas son aquí una vanguardia importante; han de imaginar como todos, memorizar como todos, comunicar como todos, pero podrán hacerlo, gracias a su alta capacidad para trabajar con imágenes, hasta unos niveles inalcanzables para los demás. Entonces, estos “visionarios”, que no son más que individuos especialmente imaginativos y curiosos, deberán “traducir” para los otros lo que haya de humanamente aprovechable en los muchos planos que de la realidad (sensorial o suprasensorial) puede obtener y obtiene una imaginación aguda. Y una vez que esto ocurre, una vez que el poeta, por ejemplo, ha captado, creado o recreado una imagen válida para el conocimiento, sobre todo si esta imagen no se cierra en sentencia, sino que se abre en símbolo, sus lectores podrán participarla, y en ella crecer como seres humanos. Entonces, repito la pregunta y contesto resumidamente:       
           
¿Por qué leer poesía?

  1. Porque la poesía es la mayor y mejor expresión de la capacidad de imaginar que tiene el hombre. No hay nada más humano que la poesía.
  2. Porque la imagen poética, como ninguna otra, es una vía de conocimiento que llega a la esencia de las cosas, donde jamás podrá hacerlo, por ejemplo, la ciencia, en última instancia, tan pobre y fatalmente sujeta al fenómeno.
  3. Porque permite un alto ejercicio de humanidad, al ofrecernos realidades creadas o recreadas más allá de las percibidas por vía sensorial.
  4. Porque aumenta en el lector la capacidad para recibir, memorizar y transmitir conocimiento a través de la imagen.
  5. Porque la capacidad para “entendérselas” con la imagen, que la poesía ensancha y afina, es imprescindible para actuar en cualquier ámbito, sea éste artístico, científico o técnico. Una mente abierta a la “comprensión” de la imagen, o sea, a sacar provecho de su multiplicidad significante, de su capacidad evocativa, estará mejor preparada para actuar en cualquier área del quehacer humano.
¿Quiénes deben leerla entonces?

Obviamente todos. La poesía, si es buena (la mala es muy dañina) es un vector de humanidad inigualable. El apogeo de lo humano ocurre en la imagen; y el apogeo de la imagen, en la poesía. Si devaluamos la imagen en nuestra estrategia de conocimiento, además de forzar una anomalía, pagaremos un alto precio por hacerlo. Si estamos preparados para la imagen (no quiere decir esto que todos podamos crearla, recrearla o transmitirla ensanchada, sino simplemente que podamos captarla y procesarla) seremos mejores aprendices de hombre, y claro, mejores lectores, amantes, deportistas, médicos, ingenieros, zapateros, maestros, economistas… menos animales, vaya, más humanos… Cierto que una sociedad donde todos sean poetas o buenos lectores de poesía, sería tan peligrosa como aquella república platónica sin poetas y gobernada por los filósofos. Pero no debemos temer ese escenario, pues el hombre siempre supo evitar incluso sus inmediaciones.

¿Y cómo convencer de que se equivocan, a quienes viven y piensan tan al margen de todo esto? ¿Merece la pena intentarlo?

No lo sé. Y tampoco tengo espacio aquí para ello, mucho más allá de las escuetas explicaciones ya dadas. Mas hagamos un último esfuerzo y traigamos un ejemplo sencillo. Veamos unos versos de Lorca, poeta fácil que resulta cercano a mucha gente. Tomemos unos versos de alta poesía en este poeta (también los tiene, por supuesto). Pero antes imaginemos que un niño dice a su madre que la muerte lo espanta, que quiere ser inmortal, y además, que no quiere crecer, envejecer; en fin, que no entiende ni asume el final y quiere ser especial, distinto a los demás. ¿Cómo contestaría a esto una madre “normal”? Se podrían suponer miles de respuestas más o menos "lógicas", aunque partan de ópticas muy distintas, con dispares niveles de imaginación. Habrá  madres que evadan la respuesta. Habrá otras que no quieran que su hijo coquetee con la idea de la muerte, y propongan salidas muy imaginativas. Las habrá que lo enfrenten sin tapujos a una realidad finita y unívoca, como “cura” a cualquier indicio de idealización trascendente. Habrá las que prometan a su hijo una vida singular, llena de éxitos, sin penalidades. Habrá otras que hagan justo lo contrario. Habrá de todo. Pero veamos cómo recoge Lorca una situación de este tipo:

Mamá.
Yo quiero ser de plata.
Hijo,
tendrás mucho frío.

¿Se puede hacer mejor? Después de conocer estos magníficos versos, en los que caben todas las demandas y las advertencias posibles, ¿se precisa añadir algo? Tanto en el deseo del niño como en la visión de la madre se abren infinitud de potencias. Nada queda del todo resuelto, pero a la vez todo parece predicho, dicho, entredicho, sobredicho… Ahí está el asunto, servido en alta tensión poética, esperando a que los lectores tomen uno o varios de los múltiples caminos que se abren para incorporar la imagen a su experiencia, a su memoria. Y la economía de medios con que madre e hijo se nos meten dentro, nos sacuden y estremecen, nos resuelven un montón de urgentes dudas, a la vez que nos abren otro montón de ellas, ¿es fruto de la pereza, de la apatía? Para nada. En este caso decir algo más habría significado decir mucho menos. En esos versos está todo lo necesario… Es sólo un ejemplo. Como es lógico, no se pretende, al menos yo no lo hago, que entre hijos y madres se produzca este tipo de diálogo poético, pero si todos tuviéramos acceso siquiera a esta sencilla y primaria dimensión de la imagen, seríamos más plenos como hombres... Leamos poesía...

¿Y qué pudo responder Bécquer a la célebre pregunta, para aliviarnos del “peso romántico” que tiene su ingrávida salida? No lo sé, pero al menos me tranquiliza que ya nadie más pueda tomar el ocurrente y exaltado atajo sin caer en un espantoso ridículo. Ya ven, Barnet, cien años después de Bécquer, dijo algo parecido a Guevara: “…el poeta eres tú”, madre mía, al ritmo de las ametralladoras… qué cínica cursilada. Pero no sigo por ahí, pues no se lo merece la “entrada” número cincuenta. Bécquer tal vez pudo regalar a la chica una edición de la Divina Comedia, diciéndole: ––toma, amiga, ahora métete en mi cama, regálame, íntegro, ese curioso azul, y luego, pasadas las ardentías, averígualo tú misma... No, lo hizo bien Bécquer. Lo hace mal quien no entiende aquellas circunstancias. No siempre se puede ser un gran poeta ante determinadas urgencias, frente a ciertos estímulos... Río. ¿Y cómo no compartir el poético resbalón, si con ello se puede tentar a todo el azul que embeleza al mundo? Río de nuevo. Leamos poesía, amigos, buena poesía. Tenemos tanto que ganar… Siento repetirme. De una u otra forma, lo dije aquí cincuenta veces ya. Sólo por ésta, y hasta la próxima, me disculpo. 

          

sábado, 7 de septiembre de 2013

¿Contracandela?






¿Acaso hubo alguna vez un fuego que no
encendiera un niño, Oh Eróstrato?
                                    
                                     Yorgos Seferis


Llevo un tiempo entre libros, discos, comidas y veladas que son como aceite virgen para la vieja antorcha de mi niño: un saco de yute apretadamente enrollado con la punta tiznada, y un raro pero tentador olor a queroseno y miel. Mi niño, descamisado, castraba con ella en los panales de su tiempo sin haber sido alcanzado por las amenazantes abejas de lo por venir. Sin embargo, apagada la antorcha y trascendida la temeraria apicultura, el escenario quedó a cargo de un superviviente zángano que, aun sin aguijón ni cosecha propios, vivía de la memoria y copulaba con cualquier bicho capaz de avivarla hasta la más insana quemazón. Tuve que poner remedio. Mi niño lo lamentó, pero el zángano fue reducido. La antorcha es un peligroso resto de aquellas ardentías. Tramposamente apagada, que no extinta, lo mismo puede resultar barrita de incienso en las manos del niño, que hierro para cebú en las del zángano. Peligro.

Lo cierto es que no sé distinguir quién empuña la antorcha en estos días. Lo sabré cuando compruebe si el lance queda en sugerente aroma, o se resuelve en úlcera. Las ganas de averiguarlo impiden que me detenga. Sería inteligente hacerlo (¿qué falta hace llegar al final?) pero en la génesis de estos procesos no estamos al mando. Habrá que avanzar, torpe-mente. En el camino aparecerán viejos conocidos: unos vendrán subidos en libélulas, otros en caballitos del diablo. Tendré que escucharlos a todos, que intentar poner orden en el sumo guirigay. Homero, Heráclito, Eurípides, Dante, Miguel, William, Friedrich, Julián, Juan Ramón, Joseíto,1 Gastón, Eliseo, Fernando, Lydia… uno a uno, por favor, primero quien traiga las claves para responder a Yorgos. ––¿Claves? ¿Cuáles? ¿Dónde? ¿En los arcos béticos, en la ibérica vihuela, o en los palitos de Chano?2

En fin, así de complejo es… Según Joseíto: “somos el recuerdo de una imagen” y “todo lo que se puede imaginar gravita”. En la memoria pesa cuanto imaginamos. Cabalgo un penco nervioso. A un lado de la alforja mamoncillos, al otro pienso para unicornios. A la cintura, cual machete paraguayo de romo pero presto filo, la vieja antorcha del niño. A las ancas, pegado y vigilante, el prominente ojo del zángano. Avanzo. Contesto a la pregunta introductoria: no hubo fuego que no encendiera un niño, que no viciara un zángano, que en vano no intentara sofocar un pobre sabio… Mas el pirómano pastor jonio que fue directamente preguntado, no puede responder al vate esmírneo. Artemisa lo condenó: Será recordado siempre, pero jamás podrá volver a hablar su lengua… Mis días disponen sus trampas, tienen su libre albedrío. Avanzo como puedo... ¡Soooo!... Parece que el niño toma la antorcha. No hay abejas, sin embargo el zángano yergue su pene. Si el yute finalmente enciende (cándido bombero, habías preterido tus artes) el agua no será bastante, puede que tenga que dar contracandela. Espero no correr tu suerte, oh Eróstrato.




1. Joseíto: Así llamaban en familia a José Lezama Lima
2. Chano: Chano Pozo, célebre rumbero cubano. Uno de los padres del jazz latino



jueves, 29 de agosto de 2013

Con permiso de María, hablo de María Salgado


 


Días atrás, motivado por un sugerente comentario de mi amiga María Victoria Martínez, estuve escuchando y viendo en varias actuaciones a Ivette Cepeda, estupenda cantante cubana, de la que tuve primera noticia hace un par de años gracias a mi querido Luis Enrique Valdés. En la “entrada” anterior escribí sobre Gema Corredera, a quien escuché mucho últimamente, y la voz de Ivette Cepeda encajaba a la perfección en aquel sostenido y reparador placer. Sin embargo, así, porque sí, en una de las interpretaciones de Ivette, esa magnífica versión que hace de “Tú eres la música que tengo que cantar”, de Pablo Milanés, una fugaz frase de un chelo, por un instante caprichosamente solo en medio de un complejo y magnífico arreglo, me llevó de golpe a otra queridísima voz. De pronto, aquel chelo me sacó de la balada-son y me “catapultó” a la música sefardí cantada por María Salgado. ¿Por qué? No lo sé, pero intuyo que ese chelo transitoriamente devino zanfona, y que el feliz recuerdo del último trabajo de la Salgado con César Díez en un formato de voz y bajo, terminó la faena. Lo cierto es que Ivette dio paso a María, y desde entonces siento la necesidad de explicarme una vez más por qué la voz de esta mujer ejerce sobre mí tan raro poder. Confieso que María es una de mis debilidades más tercas. Es una gran amiga, pero en lo artístico, sobre todo cuando se desempeña en el folclore, su influjo sobre mí trasciende con mucho el plano personal. Es difícil hablar de la artista sin pensar en la amiga, pues María y Fernando, su marido, son ya parte de mi familia, pero puedo hacerlo porque los caminos de su voz son tan poderosos, que aun en la emotiva maraña de ardores que teje una amistad grande, se distinguen suficientemente. Aquí la artista llegó antes que la amiga, y aunque ahora son una y la misma cima, todavía puedo disfrutarla ascendiendo por distintas caras. Hoy, con permiso de María, aunque en ocasiones omita el apellido, hablo de María Salgado.

Para “hacer pupa” a un melómano como yo, una voz del cancionero popular tiene varias vías, pero mientras menos claras sean éstas, más eficaces resultarán. Si la voz debe atravesar las escamadas costras de una vida ya larga y accidentada, a golpe, sólo, de técnica y excelencia, con un salvoconducto gestionado en la cabeza, lo tendrá difícil, porque otras, oportunistas ellas, me habrán invadido, rendido y ocupado expeditamente, a través de los poros. Así lo hizo María. No la primera vez que la escuché en una grabación de habaneras, sino la segunda, mortero de cocina en mano, cantando a la cigüeña. A cuántos temperamentos “frágiles” habrá vencido esta mujer con ese escaso pero óptimo instrumental: el percutir de un mortero de madera y una voz poliédrica que acomete por todos lados sin detenerse en asuntos de permisos o credenciales, sin aspirar torpemente a los sentidos más comunes, sino revoloteando y haciendo espacio en los poros hasta penetrarlos e insuflarse en vena. Ah, como dijo el poeta: “el cerebro es un camino equivocado”. María lo sabe. ¿Y esto quiere decir que ella es técnicamente floja? No, por Dios, todo lo contrario. Doy lo que me pida a quien pueda demostrar que la escuchó desafinar una vez, cometer el más mínimo desliz musical. María es técnicamente perfecta, musicalmente infalible, pero al mismo tiempo, y eso es lo que más importa, es vocalmente compleja. Tiene una voz limpísima, como se espera de un alma mesetaria, pero también dúctil, camaleónica: seca/ húmeda, fría/ cálida, blanca/ negra, ubicua, oportuna… y oportunista, claro. Es una voz envolvente, “liante”, sedosa, nunca áspera, pero llena de “peligrosos” pliegues; no por abismales, escarpados o sucios (sería tal vez el caso de una voz flamenca) sino por sinuosos, laberínticos, seductores, fatales…

Una herramienta con estos dones no necesita (ni debe) pretender todos los destinos. Aun inserta en la música popular, la voz de María no es cosa para mayorías, para calmar apetitos ávidos de comida rápida. María canta para gente con digestión más lenta, compleja; para gente necesitada de un sustento más inclusivo. Por eso tal vez, cuando la escuché mortero en mano y cigüeña al aire, caí rendido. Luchaba yo por resolver una ecuación vital donde el desarraigo y el deseado nuevo arraigo parecían eternas invariables, cuando asomó la cigüeña de María, portando en su pico buena parte del mediterráneo apaño. Sí, la voz de María es mediterránea, puede portar y porta (resuelta) la cargazón "polifónica" de sus múltiples corrientes, desde el recogido Egeo hasta la ambición atlántica. Sin embargo, aun sobrecargada de sur, también está muy bien dotada de Ecuador, de norte. Por eso María puede cantar, con el mismo éxito, en Praga o Lisboa, Israel o La Habana. No en estadios de fútbol, claro está, María juega a otra cosa, en otros predios, buscando otras victorias muy lejos de la banal hazaña… Si ella se acerca no ladrarán los perros, ni moverán desesperadamente la cola; se echarán y escucharán, presas de un babeo inteligente, relajado… Si bien es inigualable cuando se desempeña en el folclore, especialmente en el sefardí y el castellano-leonés, María puede abordar todos los géneros latinos y otros que no lo son tanto. He flipado escuchándola cantar coplas, boleros, sones, tangos, fados; pero también canciones gallegas con ascendente celta, y vascas, y asturianas… Es eso lo que me pudo, lo que me puede: una voz tramposamente limpia, medida pero compleja, con un centro claro, pero también una inmensa periferia, capaz de inquietar a los espíritus más diversos y oblicuos, que son muchas veces los más exigentes; y a la vez calmarlos, colmarlos con una porción ajustada, delicadísima, redonda del medicamento más indicado para su excéntrica y asimétrica "afección". La voz de María Salgado es un compendio ideal para musicalizar la muda del relambido majá en su camino a matemática o hipnótica serpiente. ¿Dónde me encuentro ahora? María, por favor, dilo tú… cántalo. Completa el aviso de aquel chelo que ladeaba entre el despellejado ofidio y yo... buscándote.  
       
Concluyo repitiendo aquí algo que le escribí para presentar su disco “Abrecamino”. Entonces dije: “En tu voz se amalgaman y se distinguen a la vez, esas venas imprescindibles que riegan tu tierra: la mediterránea (greco-latina y árabe), la celta, la americana María, y en sus brazos, la africana. Porque con tus viajes de ida y vuelta a la sonoridad ultramarina, no te alejas María de ti, sino te adentras en lo que eres, en lo que somos, en lo que esperamos seguir siendo con tu ayuda: el hombre de siempre que se agarra a su raíz, para desde su rincón global, atender a lo realmente universal: ese latido propio, que en la gran convención cósmica del tiempo y el espacio, nos une en la diferencia que no en la uniformidad. Sigue, María, por favor, acarreando nuestro pasado hacia nosotros de esa manera que tan bien conoces. No con una mera vocación arqueológica que nos avoque a un espejo en el que no sepamos reconocernos, sino con tu frescura de siempre: la que indaga en todos los caminos posibles con la esperanza de que se abran y nos conduzcan de nuevo al caudal de la historia, para desde allí, mejor comprender, digerir, y en algunos sentidos evitar, la rabiosa actualidad que nos envuelve. ¿Qué es la historia, María, si no ese sitio de donde salir nosotros cuando hemos entrado idos? ¡Ole por entrar! Tu amigo.”

Y como cuando se trata de María Salgado, me desgobierno con facilidad, sobreabudante yo (espero que me perdonen) un poema escrito hace varios años con la cantante y su “Canto de siega” al fondo.



Todo lo vence el amor

 
Para María Salgado.


Como cada día
abrí la puerta
y escruté el canto de los pájaros
buscando el mío, el para mí.
Como cada día
sacudí la memoria en la ventana sur
de esta mazmorra levantada con años
para aliviarla de distancia y despiste.
Como cada día
entoné una plegaria por los sentidos
y ventilé el pasado para merecer de la mañana
el milagro de su misa diaria.
Como cada día
rebañé los sueños al amparo del sol
y dispuse la nulidad del dolor
frente al sabor del empeño...

Pero hoy fue más fácil hacerlo.
Inesperadamente,
mientras seguía el sonoro trajín de los pájaros
como cada día, 
una voz desnuda,
sin dimensión, ni peso, ni tiempo conocidos,
con la verdad anudada a la cintura
––su única defensa frente al miedo––
colonizó mis poros uno a uno.
Y una vez me tuvo a su merced
desenvainó su espiga
para herirme de posibles
la alegría. 

Y cantó como salida de su propio cuento:

                                   Todo lo cría la tierra.
                                   Todo se lo come el sol.
                                   Todo lo puede el dinero.
                                   Todo lo vence el amor...



 

sábado, 17 de agosto de 2013

Cada vez más grande…




Recién llegado a Valladolid, pero ya con la familia de este lado, o sea, listo para comenzar a revivir, un sábado de 1993 (o quizás 94) bajé con mi mujer, mi hermano Omar y unos amigos, a un pequeño y ruidoso sótano de la calle Cebadería. San Satirio, creo recordar que se llamaba el local, con agujero incluido, donde por primera vez me (re) encontré plenamente conmigo en el exilio. Bajamos, pedimos una copa, y nos pusimos a charlar mientras esperábamos la actuación de la noche. Había en aquel hoyo una pequeñísima tarima donde actuaban cantantes y músicos, no sé con qué frecuencia, porque sólo volví una vez, sin más aliciente que la nueva compañía, la nueva copa y el entrañable recuerdo de la primera visita: …Allí estábamos purgando las dificultades iniciales de todo proceso migratorio, cuando aparecieron, sobre el poco elevado suelo del rinconcillo reservado a los músicos, Gema y Pavel, dueto cubano que justo comenzaba a “sonar” en La Habana cuando me alejé de ella. Me parece recordar que en Cuba pude escucharlos en radio y verlos en televisión (los conocía de lejos) pero no me había detenido suficientemente en ellos. Aquella noche, sin embargo, me conmovieron a fondo. En la pequeña gruta castellana, y por primera vez en el exilio, La Habana se me encimaba hecha música y humanidad, sí, metafórica y literalmente, porque podía inhalar sin esfuerzo el humo que exhalaba Gema de sus cigarrillos, dado el poco espacio que mediaba entre su taburete y mi silla. Estaba muy cerca de ella, y su voz me entraba esta vez, como se diría en Cuba: hasta la cocina. Qué revelación. Un diminuto espacio en el subsuelo de la meseta-madre donde cabía toda la “habanidad” (¡ah, vanidad!) que me define, gracias a una voz portentosa y sabia, que ya entonces tenía un poso de habanera sustancia presta a la más subversiva salmodia. Pavel a la guitarra, créanme, parecía cumplir diferentes pero bien avenidas órdenes de Obatalá y Dioniso. Y Gema, guapísima, tocada con aquel gorrito de colorines varios, y al mando de una sonrisa amplia, perenne, pulsaba todos los registros imprescindibles para cantar La Habana. Su voz esa noche parecía decirme:

Déjate llevar, torpe peregrino. Saborea la extraviada fruta ibero-yoruba de semilla egea, que chorrea alto Caribe por todos los flancos. Mánchate como nunca las manos, la boca, para que aproveches bien la reparadora siesta. Agradece el regalo a este sonoro Cristóbal, ya no santo, sino cíclope que cruza el Atlántico con tu bienquerida en brazos para devolverte bahía, plazas, amplias avenidas, crípticas y angostas bocacalles; en fin, sus signos más caros hechos bocado sacramental para la larga digestión sustentadora. Muerde, mastica, chupa esta porción de insólita pulpa, y no escupas en las próximas diez vidas. Guarda este sabor para tus hijos, vueltos al ordenado nido. Guárdalo, eso sí, vivo. Poco más podrás ofrecerles para calmar sus ansias de extravío, cuando el mesetario y esencial dolmen arroje una sombra soberbia y vertical a sus ombligos…  

Esto, si cantado por Gema, lo puedo asegurar, queda grabado en la memoria para siempre. La habanera medicina que su voz aplica es remedio de santo (santa) para todo aquel que deba llevar a cuestas su porción de distante Habana por la vida. Aquella noche, en el castellano agujero, Gema entró en la mía. Su voz, reconfortante caricia y vivísimo amuleto, me acompaña desde entonces vaya donde vaya. Cada vez más madura, diversa, compleja; pero más suya… y más mía. Qué swing. Qué “filin”. Qué gracia… Gema participa, y en buena medida capitanea, la vertiente de la música popular cubana que se sostiene y renueva sin hacer concesiones al mal gusto. Su exquisita formación musical y su gran talento la protegen de tales tentaciones. Gema puede entrar y salir de todos los géneros que se le antojen sin patinar en ningún caso. Todo lo contrario: donde entra, ensancha, enriquece, actualiza… Siempre con un marcado equilibrio entre tradición y modernidad. Siempre con un afán de perfección que impresiona, asusta incluso, a quienes la hemos visto trabajar de cerca. En una muy selecta nómina de voces femeninas vinculadas a la canción popular cubana, donde aparecen Freddy, Elena, Moraima, Omara y muy pocas otras, está Gema por derecho propio hace mucho tiempo ya. En fin, las nóminas de este tipo poco importan, pero cuando se hacen tan obvias a golpe de talento y verdad, sirven para potenciar útiles referencias. En lo que a la canción popular se refiere, La Habana que obra entre Freddy y Gema, especialmente ésa, es la mía.      

Aquel primer encuentro en el temprano bajo rasante del exilio, propició que surgiera entre nosotros una amistad que valoro mucho, porque Gema, además de grandísima artista, es muy buena persona. Tal amistad desgraciadamente no puede avivarse con continuos contactos personales, pero tiene otras vías para hacerlo. Hace un par de años, después de muchos sin vernos, Gema estuvo por aquí con nosotros. Esta vez en la superficie, a plena luna, pero no de Valladolid, sino de la Castilla profunda. Vino, además, con dos grandes amigos comunes y estupendos músicos: Rubén Aguiar y Judith Rodés. Vaya lujo. Actuó en nuestro pueblo y compartió con nosotros unas veladas inolvidables. Desde entonces no nos vemos. De vez en cuando intercambiamos correos, y siempre, siempre la sigo, la escucho, la propongo a quienes no la conocen…

Hace unos días me envió un mensaje con un “enlace” para que viera una entrevista que le hicieron con relación a su último disco “Derramando luz”. Salvando las distancias, su efecto sobre mí fue parecido al de aquel primer encuentro en el sótano pucelano. Mi ánimo actualmente no es óptimo, y Gema le viene como anillo al dedo. Vi su entrevista varias veces, y seguidamente me aferré a su voz una vez más. Gema tiene una capacidad sanadora increíble. ¿Cómo agradecerlo de nuevo? Bueno, esta nota modestamente pretende hacerlo. La acompaño con un poema que le escribí en su última visita a mi casa. Vayan ambos, nota y poema, a reconocer y compensar a una gran señora, artista y persona, armada con una infalible herramienta para combatir olvido y despiste: su muy personal y habanera voz, compendio de talento, formación y experiencia, cada vez más rica, más sucia de vida, más canalla y honda, más perfecta y grande, grande, grande…                


Bacanal de perfección
              
                                
                                  Para Gema Corredera


        ... la gran exclamación con que todos los días
    comienza el mundo.
                                         Octavio Paz

En las bisagras del aire,
esas que gobiernan sus etéreas puertas,
cualquier sonido no perfecto fuera
un desliz imperdonable.

Ciertos días
de los que vale la pena ser testigos,
el aire abate ante nosotros
las hojas del silencio
para mostrarnos acaso el infinito,
y no puede permitirse ruidos
en semejante trance.

Sólo los dioses pueden cantar
cuando el aire decide desplegarse
hacia lo eterno abriendo.
Sólo sus protegidos saben pautar
el sonido que anuncia la búsqueda
de la gema más cara:  
la medida canción con que ciertos días
comienza el mundo. 

... Yo estuve allí.
El aire activó sus afinados goznes,
abrió las puertas hacia lo insondable
y encontró una diva predispuesta al canto.
Ella cantó, dio con la gema perfecta
para el renovado acto inaugural
y ante todos los presentes
la ungió:

––Para iniciados y legos en sonidos primigenios,
    empiece otra vez el mundo.
                 Celébrese en una fausta  
      bacanal de perfección… con ron.