lunes, 8 de junio de 2015

El castellano en estado de gestación





    La luna nueva salió en Alejandría
    llevando entre los brazos a la vieja.

                                            Seferis


Hace unos días visité de nuevo a mis amigos de la Fundación Jorge Guillén. Allí leí unos poemas y tomé un par de cafés para redondear una charla amena y sustanciosa. Como siempre, pregunté por las novedades de su catálogo. Como casi siempre, resultó haberlas. Pero esta vez me estaban esperando con una sorpresa especial. Noté en sus ojos esa vibración que suele acompañar a la complicidad cuando ocurre pletórica, gozosa. Ellos sabían perfectamente que aquel librito amarillo (Soliloquios y otros apartes, de Willinton Triana, Colección Maravillas Concretas) me interesaría mucho. A ver qué te parece, dijo Antonio, este nuevo descubrimiento, y, sin abundar en datos, leyó dos o tres de sus poemas. Me fui entusiasmado. Llegué a casa. Leí el libro de un tirón, y aquí estoy para darles muy buenas noticias.   

Willinton Triana, poeta de origen colombiano residente en León, tiene sólo diecinueve años. Y sin embargo, cuenta ya con una voz poética muy poderosa. Me atrevería a decir que hasta ahora no tuve la suerte de encontrar algo así en nuestra poesía. No se trata, sólo, de una alegre y bien perspectivada precocidad. Hablo de un poeta en progresión, cómo no, pero con un primer libro que ya quisieran para sí muchos otros que triplican su edad, y son fijos en el palmarés de los concursos más célebres, en sillones de cátedras y academias. Espero no hacerle daño a este muchacho con lo que voy a decir. Si llego a conocerlo personalmente, yo mismo le ofreceré una buena pista de aterrizaje que le evite perniciosos mareos, pero ahora debo ser honesto. Su poesía importa mucho. Y esto a los diecinueve es muy reseñable, cuando menos, por infrecuente.        

Empiezo por el nombre del autor que aquí resulta premonitorio: Willinton Triana. Esta extraña forma de nombrar, tan manida en la América Latina de las últimas décadas, raramente encuentra acomodo en el alma adecuada. El poeta tal vez lleve nombre de futbolista bogotano, de acuerdo, pero en su caso, haberse llamado de otro modo hubiera coartado el acarreo de varios significados adjuntos, porque el Willinton (pueblo de Connecticut, en la costa este de los Estados Unidos) y el Triana (barrio de Sevilla, España) se ajustan perfectamente a una vocación compleja, la suya, que incluye la búsqueda en las vanguardias con origen en el norte de Europa, pero siempre sujeta a la tradición mediterránea, latina, española. Aquí lo Willinton dispara, en la misma medida que lo Triana ampara. Y es que la poesía de este chico, como iremos viendo después, sin renunciar a la indagación fuera de casa, hace el recuento último a los pies de su hoguera, con todos los ángeles y demonios propios en derredor, obrantes, insertos en el caudal de la tradición. Porque este libro es un soplo de aire fresco, sí, pero no llega del cielo. Se procura con un fuelle secular, tan ajado como resistente, tan sobado y puteado como diligente.    

Desde la misma dedicatoria, que es, además, prólogo y primer poema, las cosas quedan muy claras. El posterior desarrollo del libro es hábilmente indexado en ella como una franca declaración de intenciones: renovado barroquismo, sostén dialéctico y metafísico, (también mitológico) chispazo surrealista, desinterés por la moda, agudo sentido del humor…

Leída la dedicatoria, y aunque avisado por ella, las sorpresas se van sucediendo poema a poema. La poesía de Willinton ocurre ajena a la juventud de su autor, a cualquier otra circunstancia que pueda presuponer acotación. Sencillamente se planta en el siglo XXI con la tradición por garante. Y entonces me pregunto: ¿pero de verdad este poeta tuvo tiempo de leer todo lo que aquí aparece avalándolo, o ello le fue regalado en la intuición y el talento? Poco importa. El caso es que lo mejor de nuestra poesía, desde Manrique a Juan Ramón, con toda su complejidad incluida, asoma aquí válidamente renovado. Lean, por ejemplo, estos versos extraídos de diferentes poemas:

Me pidió que quebrara
el verso,
que lo sangrara,
y a cambio me enseñaría
cómo matar a un bardo.

¿Qué cuánto? Qué sé yo, quizá once
como espacios intercostales tengas
donde pueda enredarse un tonto hueso mío.

Ha como veintiocho años que te extraño.
¡Ah!, veintiocho años que siquiera tengo.

Menos mal, Amor, que eres lodo fértil
donde hacer el alborozo para este núbil cerdo.

Mujer, mujer,
esas verdades no se escupen
en un vaso frágil.

Sé la mecha
de una explosión concentrada de azar reprimido.

Willinton no persigue sombras informes en la deconstruida actualidad. Las caza donde pueden integrarse en figura cierta, las in-forma a la luz poderosa de su tradición, y las entrega re-proyectadas por las luces de su siglo. Todo esto hace sin complejo alguno. No viene a España para rebuscar en esa triste acumulación de nada que se llamó Poesía de la Experiencia, ni va a Colombia para hacerlo, por ejemplo, en el autodestructivo Nadaísmo. Willinton toma en ambas orillas del idioma lo que supone su base constituyente, su fiable tuétano, y con esa materia, (insisto, no sé cómo es capaz) levanta una primera obra realmente poderosa.

En el fondo de este libro palpitan desde Manrique a Juan Ramón, pero lo hace especialmente el barroco. Resultan claros, por inconscientes que puedan ser, los apoyos en Quevedo y Góngora, incluso en Gracián o Sor Juana. Si añadimos a los citados versos de Willinton, estos:

Soy gris con tendencia a oscuro
y luzco no mejor la prenda alba.
               
Vivo verano los días todos…

y los ponemos en paralelo con estos otros de Góngora, Quevedo, Sor Juana, o, incluso Cervantes: 

halló hospitalidad donde halló nido
de Júpiter el ave.
Góngora

Sola en ti, Lesbia, vemos ha perdido
el adulterio la vergüenza al Cielo…
Quevedo

Firma Pilatos la que juzga ajena
Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte!
Sor Juana

… es más libre el alma más rendida
a la de amor antigua tiranía.
Cervantes

queda claro lo antes dicho. No quiero hablar sin más de otra vuelta de tuerca al Neobarroco, tan vivo todavía en América Latina, para no someter la poesía de Willinton a semejante horma, pero está claro que aquí las formas no son simplonas. Y no lo son, porque la sustancia que formalizan tampoco lo es. Como ya dije, y explicaré más adelante, la poesía de este muchacho está cargada de dialéctica, metafísica y mitología. Es relativamente compleja (que no complicada) porque es ambiciosa, porque pretende dar forma a temas que importan. Resulta en ocasiones “oscura” (comillas también en letra para que queden acentuadas) porque maneja imagen de alta calidad. Y no es viciosamente sucinta.

En este punto podría extenderme mucho. Ya lo hice en otras ocasiones. Pero prefiero apoyarme en una brillante cita de Mauricio Serrahima para cortar y aclarar camino: “La función de la claridad no es impedir que se digan cosas complejas, sino decirlas claramente, la concisión cuando se substantiva, llega a ser un obstáculo para la precisión, y se juzga entonces la mesura por las dimensiones en lugar de hacerlo por las proporciones…”
                                                          
Willinton no teme a nada que no sea la Nada. Entonces emergen los padres barrocos con su inconfundible bordón, y ocurre el milagro: la poesía parece nueva (acaso lo es, si esto es posible) y al mismo tiempo nos pertenece, porque nos trae la nueva luna en brazos de la vieja. Sí, esta poesía es felizmente nueva y nuestra. Pero si tuviera que elegir entre ambos atributos, optaría por el segundo, porque estamos ante una obra que atiende a los dones asentados en nuestra lírica por la decantación esencial a que fue sometida en su Siglo de Oro, especialmente en la mejor poesía de Góngora. Veamos cómo lo explica Lorca: 

“Góngora huye en su obra característica y definitiva de la tradición caballeresca y de lo medieval para buscar, no superficialmente como Garcilazo, sino de una manera profunda, la gloriosa y vieja tradición latina. Busca en el aire solo de Córdoba las voces de Séneca y Lucano. Y modelando versos castellanos a la luz fría de la lámpara de Roma, lleva a su mayor altura un tipo de arte únicamente español: el barroco. […] Vio el idioma castellano lleno de cojeras y de claros, y con su instinto estético fragante empezó a construir una nueva torre de gemas y piedras inventadas que irritó el orgullo de los castellanos en sus palacios de adobes. […] Y no busca la oscuridad. Hay que repetirlo. Huye de la expresión fácil, no por amor a lo culto, con ser un espíritu cultivadísimo: no por odio al vulgo espeso, con tenerlo en grado sumo, sino por una preocupación de andamiaje que haga la obra resistente al tiempo. Por una preocupación de eternidad.”

Willinton participa a su manera aquella obra de rehabilitación constituyente. Y no sólo en lo formal, sino también, y en la misma medida, en cuanto a la sustancia poética que la sostiene. Porque su poesía, como ya dije, está cargada de argumentos dialécticos, metafísicos, mitológicos… Ah, pero se aleja de lo puramente discursivo con esa pericia que permite reconocer a los buenos poetas. Aquí el pensador jamás devora a su partenaire. Ofrece todas sus armas (de nuevo muchas, para la edad del autor) pero las somete siempre al arbitraje último del poeta: el único que puede desmarcase de los segmentos abstraídos de la realidad con fines cognoscitivos muy particulares, para trabajar en su compleja totalidad. Willinton es un autor que piensa finamente. A estas alturas, ¿cabe suponer otro tipo de poeta, si pretendemos algo más que ritmo y color? Lean, por ejemplo, estos versos:

A propósito de la vida:
vira, como electrón en movimiento,
con prepotente pasmo.

Ser […]
el acto en potencia más fácil de tratar.

“Yo” es sustantivo sin fundamento,
adjetivo adyacente al absurdo.

Excéntrica y, no obstante, ay,
tan fácil de ignorar.                       

Y estos otros:

procurando zanjar el dilema de ser
en calidad de cedro,
en calidad de niña gitana,
en calidad de cuásar con resaca de quimeras y sed de cielos…

Yo cedo existencia a los estorninos…

Así se las gasta este joven poeta, que se mueve, según conviene al poema, de los presocráticos a Platón con pasmosa facilidad; que si es necesario tira de la metempsicosis, con base en el orfismo y en Pitágoras, sí, pero sostenida también en la reminiscencia platónica; que desembarca en Antístenes, Zenón o Epicuro, pero asimismo los evita pavorosamente si pitan “peligro”, y todo ello, con una solidez que sobrecoge.

y tengo, además, los ojos
llenos de denunciaciones,
cansados de tanta vida malgastada.

expirada está la garantía de ataraxia
y estragado el calostro de las ménades.
[…]
soy polilla carcome nadas.

Willinton, además, maneja la mitología bíblica con soltura, (tras este libro está muy presente, por ejemplo, el Cantar de los Cantares) como también hace con la mitología grecolatina. Esto no es ninguna tontería. Su vocación es ecuménica. Y aunque recién comienza a escribir, ya aparecen mezclados, pero también sopesados Oriente y Occidente. Ya se ponen en su sitio a Troya y a Roma, David y Melibea, Edith y Ofelia… buscando tanto sus puntos comunes (el filón genésico en nuestra ecléctica cultura) como sus particularidades en un entramado ético muy específico. Todo ello, en ocasiones filtrado en la mejor tradición de la lengua castellana:    

Lloró Pleberio e insistió en su llanto
–Aye! Melibea has left you–,
aun sabiendo que no habría
más hermoso planto que David
plañendo a Absalón su hijo,
oh traición amada.

A esta precoz solvencia en cuanto a sustancia y forma poéticas, tenemos que añadir otros síntomas de inusitada madurez: el descaro y el sentido del humor, que se dejan ver de muchas maneras y en muchos de los poemas. Lo hacen a través de fructíferos “juegos” con el lenguaje, que, con elegancia y chispa en similares proporciones, llegan incluso a la traza surrealista, siempre inserta en la tradición de la lengua castellana.  

Nos encontramos, por ejemplo, con nombres que asumen una función verbal. Un hallazgo verdaderamente prodigioso en lo formal, que en este caso trae aparejado una altísima capacidad significante. Otra prueba (la mayor quizás) de la increíble madurez de este joven poeta:

…la del amor azorero
que atila y nabucodonosora
la parte y el todo de las almas. 

(Nótese aquí, además, como el pueblo romano y el judío tienen un enemigo común)

Nos encontramos con posibles cacofonías, que, por intencionadas dejan de serlo y funcionan a la perfección en su entorno poemático:

de tez atezada

Vivo en vano verano

Con valentía y acierto se emplean palabras que están en franco desuso, como “azorero”,
“denunciaciones” o “furiente”.

Se llega incluso a romper por sorpresa un soneto, (Resquemor antiguo, se llama) en una operación tan heterodoxa como sugerente.

Se manejan imágenes surrealistas de gran eficacia:

Un proceso parecido me erigió a mí
grano de café colombiano.

En fin, aparecen en este libro una cantidad de recursos loables en cualquier caso, pero muy en especial cuando hablamos de la primera obra de un poeta, no sólo núbil, como él mismo declara, (recuerden: “Menos mal, Amor, que eres lodo fértil / donde hacer el alborozo para este núbil cerdo”) también imberbe. Tal vez el poema que mejor resume todo lo que vengo explicando en los últimos párrafos, sea éste que les copio entero:

SE ANUNCIA…

Púber individuo casi español
–si trascendental le resultara–
de tez atezada, se consagra
a cualquier actividad que comprendiese,
aun si cabe someramente,
la exaltación de la belleza
en las cosas cotidianas
que atestiguan nuestra existencia.
A poder ser con contrato indefinido.
Garantizo experiencia suficiente
en la necesidad de amar que todo
lo soporta, discreción o nivel elemental
de la ironía y la originalidad
–posiblemente–
ya inventada por uno que bien calla.

No debo extenderme más. Seguramente quedó claro el porqué de mi entusiasmo con este libro y su autor. El castellano está en perenne estado de gestación. Su matriz no fue roída del todo. En el “debe” de este feto, algunos problemas formales de tipo menor,  algunas rimas descontroladas, tanto consonantes como asonantes, algunas citas inapropiadas… Tonterías de ese tipo que resultan aquí menos que pacotilla. En el “haber” todo lo dicho, que no es poco.

Parafraseando al mismo Willinton, deseo que las metáforas lo sazonen con ventura. Parafraseando a Pitágoras, le aconsejo: sigue por ahí, poeta, porque si llegaras algún día a formar rebaño, tendrías que soportar a los pastores y los perros. Y citando a Quevedo termino: Tranquilo, me digo, “…tiene la encina en los tizones / más séquito que tuvo en hoja y fruto”. 



  

lunes, 1 de junio de 2015

Fallido proyecto de crónica novelada








I


Su mayor anhelo era conocer Praga. De niña, el abuelo paterno, que siempre llevaba un fajo de billetes azules en su bolsillo derecho, solía mostrárselo y decirle que con ese dinero le regalaría un poni y la llevaría a conocer aquella lejana ciudad. Luego se aficionó a la literatura checa empujada por Adolf, el muchacho con quien comenzó a salir mientras cursaba primero de Arquitectura en La Coruña. No era gallega. Huyendo de su isla, había terminado a los pies del plomizo Finisterre simplemente porque tenía muchos familiares allí. Adolf estaba de paso en Galicia. Hubiera querido estudiar en su cuidad natal, pero debió acompañar a sus padres, exitosos hosteleros checos que a principios de siglo invirtieron en el sector del vino gallego.

Los padres de Adolf comenzaron a hacer dinero regentando una heladería en la Isla de Kampa. Tenían el mejor helado de Praga. Habían conseguido una fórmula secreta para hacerlo. Al parecer, se las dio un alemán que vivía en Einhausen, cerca de Worms. Adolf nunca logró que le mostraran en detalles aquella fórmula, y jamás supo de su origen más que lo ya dicho. Sus padres apenas tardaron una década en hacerse ricos. Cuando viajaron a Galicia, tenían varias heladerías por toda Chequia. Ella, que además y para entonces ya era una entregada admiradora de Holan, (el poeta que vivió y escribió aislado durante tantos años en su casa de Praga, levantada también en Kampa) no disimulaba ante su novio las ganas de conocer de primera mano todo aquello.
           


                                                           II


Conservo la caricatura que me hizo en la Plaza de Wenceslao. Y supongo que los tres euros (unas ochenta coronas) que entonces no me cobró. En el verano de dos mil diez la encontré allí. Durante ocho horas diarias retrataba guiris con cuatro líneas maestras. Vivía con Jorge Luis, un mulato y exboxeador cubano que se ganaba la vida llevando turistas desde aquella misma plaza a un restaurante mexicano (con cocinero japonés, por cierto) implantado en sus inmediaciones. Ella no terminó la carrera. Estuvo presa en las afueras de La Habana junto a Adolf, quien después de que asesinaran a sus padres en La Coruña, decidió llevar la parte más sucia de sus negocios, y más limpia de sus relaciones, a Cuba, alentado por un etarra millonario que vivía en la capital cubana emparejado con una artistilla local.

En aquel momento Adolf seguía preso. El etarra y su mujer se habían trasladado a Caracas. Ella, que logró el perdón del régimen cubano gracias a la mediación de un importante cacique gallego, vivía en Praga repudiada por su familia; amada por Jorge Luis, sin embargo, quien había perdido sólo tres combates de los ochenta y nueve que sostuvo mientras fue boxeador, y seguía dando golpes limpios a la vida, entonces en la capital checa, con aquel enorme sombrero tan extraño a su condición de mulato cubano, y aquel acento tan desenfadado y cantarín con que malamente se expresaba, lo mismo en inglés que en checo.
 

III


Hace un par de meses estuve con Ella en Madrid. Supe que vivía allí porque una amiga común decoró su flamante casa y enseguida llamó para contármelo. Fui hasta Somosierra a pedirle autorización para escribir una crónica novelada de su vida. Me lo negó. Entre risas me recordó que ya me había regalado en Praga una caricatura. Pidió que me conformara. Y añadió que si quería novelar su vida debía introducir en el relato la ficción bastante para que nadie pudiera arrimarlo, ni por asomo, a su persona. Suponiendo que haya existido, ¿a quién interesa el sujeto que inspiró la mutación del oficinista-cucaracha?, me preguntó. ¿Por qué no te dejas de tonterías y escribes un relato-relato? ¿Qué necesidad tienes de joderlo con la crónica?, abundó mientras salía de la sala como desmarcándose.

Jorge Luis se mostró más asequible. Había cambiado mucho su aspecto con relación al que lucía en Praga cuando lo conocí. Llevaba una bata muy parecida a un kimono y unas airosas chanclas de madera. Leía. Después de amagarme con un cómplice jab, dijo que él mismo había pensado “atacar” la historia de su mujer, aun sabiendo que contaba con armas muy rudimentarias, porque antes de publicarla bien podía someterla al oficio de algún escritor necesitado de dinero para que le diera forma. No parecía rácano, en lo absoluto, pero aquella tarde vi en sus ojos que descargado aprobaba la ausencia de ceros a la derecha de mis ganas. Me propuso que escribiera un cuento corto; una primera declaración de intenciones que revisarían con gusto. Toma nota, indicó, mientras Ella daba de comer arándanos a un poni rubio que tenía en el jardín, te doy las claves…

Transcribo lo que apunté aquella tarde:

- Ella siempre quiso ir a Praga.
- Su abuelo gallego prometió llevarla muchas veces.
- Emigró siendo una adolescente. En Galicia conoció a su novio checo, praguense para abundar su
atractivo, quien le enseñó su idioma y la internó en la cultura de su maravillosa ciudad.
- Los padres del novio eran unos hijos de puta. En Alemania robaron una fórmula para hacer helado. Su verdadero dueño era un exnazi que, para satisfacer a sus amos, la compró a un heladero milanés a principio de los cuarenta del siglo pasado, y la conservaba como un tesoro.
- En Galicia, los hosteleros-ladrones se metieron en peligrosos asuntos de droga. Lo del vino fue una tapadera. Los mataron, claro. Se lo habían buscado. El negocio del helado se fue a pique.
- El delfín checo no mejoraba a sus progenitores. Era relativamente culto, pero también un malísimo estudiante, y además, un delincuente torpe.
- Se la llevó de regreso a La Habana, porque estaba en tratos con aquel miserable etarra, prófugo, condenado en España por colaboración en crímenes atroces.
- Cayeron todos. Aunque sólo fueron a la cárcel los pringaos.
- Ella, ya cansada del imbécil que la metió en tales líos, logró salir con la mediación de un pez gordo gallego, metido en política y antiguo amigo se su abuelo.
- Finalmente viajó a Praga. En Galicia ya no podía vivir. Su familia no quería verla ni en pintura. Conoció a Jorge Luis.
               (Éste me pide con socarronería que invente lo que quiera alrededor de su vida en Praga;    
               que si abordo su pasado en Cuba, lo trate bien. Me invita a que recuerde el combate en que
               derribó al más grande.)
- Cuando pensaban que sería imposible recuperar aquella fórmula mágica para hacer helado, Ella conoció a un viejo jardinero que vivía en Kampa, quien a su vez había conocido a Holan en vida, a pesar del severo aislamiento que guardaba el poeta. Gracias a la admiración que ambos sentían por su monumental obra, y a lo bien que la conocían, se hicieron grandes amigos.
- Este señor, de apellido impronunciable, a quien la pareja quiso mucho desde aquel momento y mientras vivió, creía haber escuchado en alguna ocasión que el dueño de la fórmula vivía en Einhausen. Con ciertas cautelas se atrevió a decirlo.
- Viajaron al pequeño pueblo alemán. Encontraron al exnazi hecho una pasa, malviviendo en un edificio viejo. Su apartamento estaba situado justo encima de una heladería decadente.
- Sin tocar el tema tabú, le contaron al anciano lo ocurrido. No tenía herederos. Se moría. Se enamoró perdidamente de Ella. Y un poco de Jorge Luis, cree él. Les dijo que si prometían ponerle su nombre al nuevo negocio, les entregaría la fórmula sin coste alguno. Lo hicieron. Lo hizo.
- Recomenzaron su vida.
- Se mudaron a Madrid porque…

Entonces Ella intervino. Regresó del jardín perseguida por su poni, al que trataba como si fuera un gato, e hizo callar a Jorge Luís. Me dijo que era suficiente. Que no se me ocurriera poner un nombre cierto a ninguno de los personajes. Que ella debía llamarse Ella, o, cuando más, Mía… Me fui con dudas, muchas, pero decidido a comenzar el trabajo.



IV


Con temor comparto este cuento inconcluso. Jorge Luis y Mía desaparecieron sin avisar. No pude mostrárselo. Llegué a destiempo. No responden al teléfono, ni contestan los mensajes de correo. Su casa madrileña está cerrada. La parte visible del jardín, abandonada. Ni rastro del poni…

A través de un amigo que trabaja en La Habana por los derechos humanos, y que por eso tiene más información que la normalmente ofrecida por el régimen sobre la población reclusa del país, supe que Adolf murió de sida en la cárcel. Poco más sé. Apenas que las heladerías “Alfred” comienzan a bogar en España, y son controladas ahora por un holding de bodegueros gallegos.

No podré resolver la historia. Pero les aseguro que Ella (Mía, si prefieren) era guapísima y lista. Una gran dibujante. Una mujer sensible ante el arte y la poesía. Hubiera sido una arquitecta solvente, seguro, de no haber tropezado con aquel chico. Nunca la conocí a fondo, pero de buena gana la habría aceptado como amiga. Jorge Luis era un hombre entrañable. Para nada encajaba en el perfil de púgil violento. Su inteligencia no era simétrica a la de Mía, ni en tipo ni en magnitud alguna, pero cuánto me apetecía sonsacar con más tesón su sabrosa candidez.

Por razones de distinta índole, ambos giraban velozmente y se encontraron en la esquina más comprometida del cuadrilátero. Espero que la vida no les haya propinado el Knockout definitivo. Hice todo lo necesario para que mi cuento no desvelara sus identidades, y con nadie lo compartí hasta ahora. Si no les encuentro de nuevo, algo que parece bastante probable, renunciaré a mi crónica novelada. Así las cosas, aunque no comprendan ustedes mis razones, cualquier final posible me parecería desleal. Y con tales remilgos, las mentiras no alcanzan su punto trémulo. Y si las mentiras no tiemblan, jamás engendran la poderosa Verdad. Y si la Verdad no emerge con poderío suficiente para entramparnos a fondo, qué sentido tiene intentar…

           
Hay destinos
donde lo que carece de temblor no es sólido.

Vladimír Holan


V
(para lectores fieles y juguetones)


Nota de lectura de M.A. (Mía):

Mi personaje es creíble, Jorge, y casi todo el mundo quedó bien disimulado. No entiendo por qué hiciste la excepción con mi ex… Tú sabrás. El caso es que me gusta. ¿Será porque soy la protagonista? Cuando vuelva a España lo celebramos. P. (Jorge Luís) está satisfecho. Se siente bien tratado. Le hizo mucha gracia lo del sombrero mexicano. Me dijo entre risas que debiste añadir un poncho. Ah, y me preguntó quién era Holan. Ya sabes, este hombre no tiene remedio. Veinte años en Praga y no se entera de nada. También sabes cómo es de directo. Cuando le recriminé su ignorancia, dijo: Para mí, lo que no es helado es cuento. Y viceversa. Ese señor vivía del cuento. Yo vivo del helado. ¿Por qué debía conocerlo? Sí, puedes reírte. Lo hago contigo ahora mismo. Y lo de la novela, ¿realmente la descartas? Mira que Edgar la espera en Alemania. El pobre, dice que hasta ahora nadie mencionó Einhausen en una obra seria. Y los demás “personajes”, ¿te comentaron algo? Por cierto, ¿no temes que te lea Adolf? Besos.




viernes, 22 de mayo de 2015

Estatuas vivientes




 

 I


Fue el mejor afinador de pianos del sur de Europa. Aunque oriundo de un pequeño pueblo de Tierra de Campos, en Palencia, España, Diógenes llegó a vivir, casi, en los aviones. Siempre se ocupó de su familia desde el punto de vista económico, pero su cartera de clientes era tan amplia y especial, que le obligaba a una agenda inmisericorde, con frecuentes y largos desplazamientos. Compró viviendas en varias ciudades: Atenas, Zagreb, Milán, Toulouse y San Sebastián, aunque apenas las usaba. También era prolífico en conatos amorosos. Se le relacionó con grandes figuras de la música culta y el mundo empresarial, pero asimismo con putas de lujo o mujeres del más pintoresco famoseo. Leía. Hablaba varios idiomas. A los cuarenta había alcanzado el éxito, sin dudas. Manejaba una pequeña fortuna y contaba con una aceptación social envidiable.

Pessoa nació en Nápoles. Fue modelo. Trabajó con los mejores diseñadores italianos en muchas campañas de ropa y perfumes. Mientras duró su apogeo, en los staff de las mejores revistas de moda se le consideraba el hombre más guapo del planeta. Iba continuamente de un lado a otro, aunque pasaba las temporadas más largas en Florencia y Montreal, donde había comprado sendas casas: contenedores de lujo para guardar lo mejor de sus colecciones de ropa y arte. También era políglota. Vivía solo. O no, porque no sabía separarse de sus perros. Hasta en los camerinos de los espacios donde desfilaba, pedía y obtenía sitio para ellos. En algunos casos, lograba incluso que le asignaran personal para su atención especializada.

Cuando estos hombres disfrutaban la cresta de sus vidas, Jesús no había nacido.



 II


Diógenes y Pessoa se habían visto de lejos en alguna ocasión, pues ambos acabaron malviviendo en los peores antros de Lisboa, donde, además, compartían oficio. Su primer contacto directo tuvo lugar mientras participaban en un concurso de estatuas vivientes que se celebraba en la Praça do Comércio. Para desempañarse con opción al triunfo, a Diógenes faltaban los perros que “sobraban” a su compañero. Así que al descanso de la primera jornada hablaron del asunto. Podían colaborar en pos del premio (que compartirían en cualquier caso, claro) si pulían sus roles y se agenciaban la complicidad de los animales.

Tiempo atrás, Pessoa se habría dejado matar antes de consentir que ataran a una de sus mascotas. Pero éstas debían comer, incluso vacunarse, desparasitarse, tratarse contra pulgas y garrapatas. Tenían más de diez años y precisaban muchas atenciones. Lo que ganaba el poeta en el flamante Parque de las Naciones, sentado sobre su vieja Thonet y ante su destartalada Remington, no le alcanzaba ni para cobijarse decentemente. La oferta de Diógenes era tentadora, más en beneficio de los animales que en el suyo propio. El premio del concurso estaba dotado con tres mil euros.  

Diógenes había conseguido un barril en desuso que molestaba en la trastienda de un bar cutre de la Alfama. Tenía también una vieja lámpara de aceite que encontró a orillas de un contendor de basura, y pudo restaurar hasta poner en uso. Sólo necesitaba perros para completar su aparejo. Se negaba a recrearlos de forma inanimada. De mantenerse muy próximo a Pessoa durante la competición, Fígaro y Cara apenas lo extrañarían. Si por añadidura estuvieran bien comidos, tal vez aceptaran permanecer atados al barril. Entonces dejarían de contaminar la perfecta estampa poética de su dueño y colmarían la del “hippie” griego.

Cuando los extranjeros cerraban su trato para encarar la recta final del certamen, Jesús tenía veinte años, y, sin proponérselo, se vio implicado.



III


Jesús era escultor. Lisboeta de pro. Estaba especializado en piezas de arena. Solía levantarlas entre mayo y septiembre en las playas de Estoril y Cascais. A la sazón había ganado varios premios internacionales en esa categoría: Valladolid, San Diego, Acapulco… Pero en temporada baja para el turismo de mar, cogía una vieja cruz que guardaba desarmada en casa de un amigo, y obraba en su propio cuerpo la figura del Mesías para sobrevivir. Normalmente se crucificaba en las cercanías del Castillo de San Jorge.

Él también participaba en el concurso. En un bar cercano a su sede, donde merendaban las “estatuas” invitadas por la Organización, Jesús escuchó la oferta que hizo Diógenes a Pessoa y puso atención al resto. Hablaban en inglés, pero él podía entenderlos muy bien. Mientras repasaban los detalles de su acuerdo, Jesús se mantuvo callado, aparentemente al margen, espiando. Gracias a ello, pudo escuchar también cómo, una vez superado el impasse negociador, y metidas en escena las primeras cervezas, los hombres se contaban uno al otro las complejas historias de sus vidas.



IV


El jurado debía acometer la última fase de su trabajo. Consistía en evaluar, sobre todo, la vertiente más graciosa de las estatuas: el gesto que hacían para salir de su impavidez cuando recibían una moneda de los espectadores. Pessoa debía teclear en su Remington la palabra gracias. Diógenes debía encender la llama de su lámpara. Jesús, que para entonces se había colocado al lado de los extranjeros, y tenía sus cuatro extremidades comprometidas en la cruz, debía levantar la cabeza, mirar al cielo como implorando al Padre.

El jurado estaba integrado por artistas, políticos y patrocinadores. El principal entre estos últimos era el Banco Espirito Santo. Su director en Lisboa, el señor Costa, fue seleccionado por los restantes miembros para lanzar la moneda en las escudillas de los concursantes. Su nombre, cargo y cometido se anunciaron por megafonía y comenzó la definitiva ronda evaluadora.

Cuando Costa se acercó a Diógenes, Fígaro y Cara, que hasta entonces se mantuvieron mansos y obedientes, comenzaron a ladrar con insistencia arrastrando el tonel del filósofo-mendigo. Uno de los guardias que escoltaba la comitiva sacó su porra en actitud amenazante. Mientras caía la moneda en la escudilla de Diógenes, Pessoa se interpuso al policía para proteger a sus animales. Sin querer tiró al suelo la lámpara de su cómplice y renunció al concurso abrazándose a los perros. Diógenes se llevó las manos a la cabeza. Los jueces, nerviosos, abandonaron los fallidos puestos y se acercaron a Jesús. Éste, aunque muy mermado en su movilidad, había visto de reojo lo ocurrido a sus competidores, con quienes ya tenía un feeling especial, pues las historias que hurtó mientras se sinceraban mutuamente en el bar, lo habían estremecido. En aquel instante Jesús también olvidó que optaba al premio. Se apartó del guión. Mantuvo su rostro inmóvil al recibir la moneda. Dejó caer una lágrima. Ganó.



V


Con la plaza abarrotada de participantes y público, Costa le entregó el cheque al vencedor, todavía Jesús, pero ya Helder, cuyas únicas palabras fueron: “El corazón, si pudiese pensar, se pararía”. La gente aplaudió con verdaderas ganas. Fígaro y Cara no dejaban de ladrar al encorsetado Midas. La policía se mantenía alerta. Pessoa, para entonces Giani, esbozó una leve sonrisa, y contagiado tal vez por el cariz del momento, le dijo a Diógenes: amigo, “la luna es el sol de las estatuas”. Diógenes se mantuvo impasible. Estaba vivo, pero era demasiado viejo. Ninguno de los presentes supo qué nombre gastó en su otra vida. Finalmente resuelto en las calles y plazas de Lisboa, ya no era capaz de afinar su maltrecha fe.



viernes, 15 de mayo de 2015

Nudo rojo








I


Tenía trece años cuando se enamoró de Willy. Vivía con su abuela materna en Párraga desde los seis. Entonces sus padres emigraron y nada más se supo de ellos. O sí, pero indirectamente. Al parecer, recién instalados en New York, fueron baleados por un asunto de drogas. Con Willy, que tenía quince, drenó sus primeros impulsos sexuales. Carmen era una adolescente introvertida, pero ante su novio no sabía negarse. A las pocas semanas de iniciada la tórrida relación, ya compartían cuarto sin disimulo. Aleja era incapaz de controlar a su nieta. Creía aconsejable tenerla en casa, aunque fuera gimiendo de continuo bajo aquel joven que al menos era vecino, hijo de una familia conocida en el barrio, por muchas generaciones asentada en él. Aleja trabajaba en una panadería. Tenía que ausentarse todos los días durante varias horas. Su modesto sueldo era el único ingreso con que contaba el núcleo familiar. Carmen cursaba el octavo grado. Willy, que ya lo había repetido dos veces, también.

En enero del ochenta y siete, la Secundaria Básica de Párraga donde ambos estudiaban, y cuyo nombre prefiero no invocar aquí, albergó a sus alumnos en un campamento construido para tal fin en las afueras de San Antonio de los Baños, pequeño pueblo situado al suroeste de La Habana, a orillas del Ariguanabo, y en aquella época dedicado casi por completo a la actividad agrícola. Entonces todas las escuelas de la capital hacían esto: una vez al año sacaban al alumnado de su entorno (urbano, familiar) y lo llevaban a trabajar al campo durante mes y medio esgrimiendo razones que no vienen a cuento.

Willy era un chico con experiencia sexual. Se había iniciado a los doce años con Cacha, mulata y santera de edad desconocida que, además de prestar valiosos y bien remunerados servicios espirituales en el barrio, ofrecía gratis su otra y placentera cátedra a los adolescentes que quisieran tomar nota en su viejo box spring. Sí, Willy fue uno de sus alumnos aventajados, pero también era un perfecto trajinao, o sea, un mierda que debía obedecer órdenes de los maleantes para evitar daños físicos, sobredaños sicológicos. Cacha, que lo conocía bien y llegó a tenerle cierto cariño, lamentaba que semejantes aptitudes en la cama se asentaran en un carácter tan pusilánime. 

Llegado al campamento aquel invierno, Willy tenía varios caminos para negociar un frágil sosiego. Como había hecho en otras ocasiones, podía lavar la ropa a los jefes, limpiar sus botas, compartir con ellos la comida, hacer parte de su trabajo... Pero esa vez escogió una vía inédita y mucho más efectiva, también más cómoda y morbosa: ofreció a Carmen.

Cada noche, de lunes a sábado, hiciera más o menos frío, Willy llevaba a su novia hasta un bosquecillo que rodeaba al campamento. Cinco compinches la esperaban puntuales para apaciguar a sus peores demonios. Ella sólo ponía una condición: primero, con su amante, después, lo que éste mandara. Cuando Willy terminaba, y Carmen había gozado a piernas sueltas, uno a uno (nunca hubo en acción más de dos a la vez) se la templaban aquellos inútiles. No mediaban caricias, besos, felaciones. Sólo una y la misma postura. Sin palabras. Total, eran cinco minutos. Uno por cabeza. Ninguno aguantaba más. Carmen, que antes había orgasmeado a gusto con su novio, mantenía las piernas abiertas y parecía ida. Willy se mostraba tranquilo mientras charlaba y fumaba con los bienvenidos a su banquete. Ya era un chico popular entre los malos. Un pendejo, sí, pero con su valioso don: era el único que hacía retorcerse a Carmen sobre la yerba, que se la templaba en varias posiciones, que la hacía chillar de gozo; y, además, el único a quien su novia obedecía ciegamente, tanto, que cada noche se aburría pasando frío bajo cinco sudorosos idiotas, recogiendo todos sus fluidos con tal de que su “hombre” no tuviera que lavar ropa ajena.

De poco le valió la entrega, sin embargo. Cuando, a las pocas semanas de regresar al barrio, tuvo que abortar por prescripción médica, habiendo comprobado además que la familia de Willy (él incluido) se desentendía y descargaba todo el peso del penoso trance en Aleja, Carmen dejó a su novio. Sufrió mucho con todo aquello. Abandonó la escuela. Acaso agotó su interés por los varones.



II


Veinte años más tarde Carmen también emigró. Se lió con Amaya, una bilbaína que había enviudado en condiciones raras, (su marido se suicidó por causas y con medios nunca bien determinados) después de que el matrimonio hubiera adoptado a Itziar, niña de origen vietnamita que tenía ocho años cuando despareció su padre adoptivo; doce, cuando se conocieron las dos mujeres. Sucedió en La Habana. Amaya, nutricionista y profesora universitaria, participaba en un congreso organizado por una empresa estatal cubana donde Carmen trabajaba de recepcionista. Seis meses después, Carmen vivía en Bilbao. Se había casado y experimentaba por primera vez algo muy cercano a la maternidad total. Cuando su pareja viajaba por exigencias profesionales, (lo hacía con frecuencia) ella se quedaba al cuidado de Itziar.

En dos mil nueve, Amaya, invitada por una universidad romana a impartir clases en un curso de verano, decidió hacerse acompañar por la familia. Carmen e Itziar podrían conocer la ciudad mientras ella estuviera trabajando. Habría tiempo para todo. Las clases le ocuparían apenas media jornada… Viajaron juntas. Se hospedaron en un viejo hotel cercano a La Rotonda, con el Panteón a tiro. Amaya, que disfrutaba de una economía holgada, muy permisiva, se lo había recetado a sí misma. Allí estuvieron, entre otros, Nietzsche, Sartre y de Beauvoir, por algo será...

El mundo no es tan grande como algunos piensan y otros necesitan. Cada vez lo es menos. La primera mañana que Carmen bajó de la habitación para desayunar con Itziar, (Amaya en clases) mientras se orientaban en el vestíbulo, y en vano pretendían una ventana con vistas a la imponente casa de todos los dioses, la niña, que había aprendido a detectar el acento cubano allí donde asomara, y siempre lo hacía notar con una risita socarrona, le comentó a Carmen que había “cantantes” en la puerta del hotel. Vaya, apenas entrevisto aquel hervidero de almas, aparecía el primer testimonio de la diáspora patria. Carmen dijo a Itziar que lo obviara, que cubanos había en todas partes, que se diera prisa. El premio: Roma.

Salían a la calle, cuando un hombre se les encimó cortándoles el paso. Bajo una calva mal administrada, el pasado encarnó inoportunamente. Para Itziar, otro isleño cantarín. Para Amaya, el peor de los espectros gravitando a su pesar, en su contra. Ni cien panteones con miles de divinidades muertas en sus pétreas panzas, hubieran pesado la mitad que aquella mirada. Obviamente, Willy, (para entonces, y en media Habana, Guillermito-el-trompeta*) con sus “avales” íntegros, a priori no despertaba en Carmen un ápice de lascivia, ni siquiera de su potencial resentimiento, pero tampoco le regalaba la cara indiferencia.

Hubo que detenerse, explicarse un poco, mentir quizás… Él dijo formar parte de una misión diplomática ante el Vaticano. Sin que ella tuviera que preguntar, aclaró que venía de Cuba. Ella dijo que vivía con una (su) mujer en Bilbao. Willy pareció obviarlo. Soltó alguna nimiedad sobre su familia con la intención de parecer emocionalmente simétrico y se interesó en especial por Itziar. Aquella chica púber, en plena eclosión hormonal, que sonreía mientras él hablaba, con sus ojos bien parapetados tras unas escasas hendiduras, le producía gran curiosidad. Poco tardó en entablar con ella una conversación fluida… Compartimos hotel, Carmen. Preséntame a Amaya. Déjame conocer a Itziar. Tratémonos como viejos amigos, dijo al despedirse.

Roma se dejó mirar. Pero un caprichoso velo impedía el añorado tuteo. Carmen sólo veía piedra donde había piedra, gente, donde había gente. El más allá de todo aquello no se espiraba al cielo, ni se posaba en su hija. En vano buscaba resolverse en el hospital habanero donde abortó sin haber cumplido los catorce, en el bosquecillo de San Antonio de los Baños, donde, con la misma edad, pasó cuarenta noches en estado postorgásmico, completamente ausente, mientras la inundaban de semen, quién sabe con qué otro regalito incluido, cinco tipejos con sus tatuajes “reglamentarios”.

Por la tarde habló con Amaya. Valoraron el cambio de hotel. Terminaron, sin embargo, restando importancia al asunto. Carmen podría con ello, seguro. No había que preocupar a Itziar. Además, ¿por qué pensar que volverían a coincidir? Si era diplomático, tendría cosas que hacer. Tal vez bastara con retrasar un poco la hora del desayuno. Ahí lo dejaron. Al menos ahí lo dejó Amaya… en aquel momento.

Carmen no volvió a tropezarse con Willy en los siguientes días. Pensó que todo había pasado, al menos en lo tocante a las incómodas encarnaciones del fulano que tanto escoraba su memoria. Recordar un hachazo puede doler mucho, quién lo duda, pero la presencia misma del hacha siempre anuncia filo, sobreexcita la herida, anula el efecto de los analgésicos… En fin, a pesar de todo, Roma se esponjaba poco a poco. Donde había piedra y gente comenzó a brotar cierto entusiasmo ideal. La niña estaba cada vez más ilusionada con sus vacaciones, aprendía las primeras frases en italiano...



III


Después de doce días de intensa búsqueda, y estando Carmen de regreso en Bilbao, encontraron el cadáver de Willy en un matorral a orillas del Tíber. Ella pareció enterarse cuando Aleja le contó por teléfono y a deshoras (madrugada en Cuba) que Willy había sido asesinado en Roma, que su familia estaba abatida, que todos intuían la mano de la C.I.A. metida en el asunto, pues él era un activo agente de la contrainteligencia isleña y tenía muchos enemigos fuera.

Salvo las implicadas, nadie supo que justo la última tarde que pasaron las tres en Roma, Willy logró distraer a Itziar en una pequeña terraza de la plaza Barberini, aprovechando que sus mayores habían entrado un momento al local que la regentaba: Amaya, para pagar la consumición, Carmen, para ir al baño. Nadie supo que ellas mismas, sin piarla, (cuánto intuyen las madres, por Dios) al notarlo echaron a correr de inmediato en la dirección buena, y encontraron a la niña de vuelta en el hotel Pantheon, pero en la habitación equivocada; a salvo todavía, sí, pero temblorosa, balbuciente, sin sonrisa alguna que dedicar al acento cubano, con la recreación del Huevo de Némesis que debía adornar el tocador entre las manitas frías.

Aquella mañana, desde Bilbao, y aunque todavía en vías de acomodar lo ocurrido en su jodida memoria, Carmen escuchó y habló con normalidad a su abuela, que, aún válida pero muy anciana, resistía bravamente en su ciudad natal. Antes de colgar, sin embargo, le pidió que fuera a su antigua habitación, cogiera una cinta roja con un nudo doble que estaba en la primera gaveta de su mesilla de noche, y se lo llevara a Cacha. Le pidió que, sin más, dijera: Según Carmen, es la hora. Aleja debía esperar a que Cacha le devolviera la cinta ya sin el nudo (sólo la santera estaba autorizada a desatarlo) y entonces la podía tirar donde le diera la gana... La anciana preguntó: Hija, ¿hace poco estuviste en Roma? Carmen enmudeció… Amaya rápidamente le quitó el teléfono y tomó la palabra: Ama, Roma es una ciudad maravillosa. Por segunda vez, estuve yo. 


* En La Habana, vulgarmente se llama (también) “trompeta” a los chivatos que trabajan para el régimen castrista.



sábado, 9 de mayo de 2015

Zepelín danzante







El pasado sábado dos de mayo, mi amigo, el gestor cultural Jesús Pastor, me invitó a  ver un espectáculo de danza contemporánea: la gala-resumen del Certamen Internacional de Coreografía Burgos-New York 2014, que, organizada por el Ballet Contemporáneo de Burgos, aterrizó aquella tarde-noche en Pedrajas de San Esteban, Valladolid, como un maravilloso zepelín que se hubiera extraviado al viajar entre Paris y Viena. Un gran acierto de los programadores, porque si hay algo que puede subir al carro de la alta cultura a quienes orbitan en la periferia de sus “soles”, es el arte a este nivel. ¡Enhorabuena! ¿Acaso no cantó Caruso en Manaos? Bueno, seguramente no, puede que sólo sea una leyenda, pero si en realidad lo hubiera hecho, hasta los más sencillos caucheros, de resultar involucrados, se habrían apuntado al coro.

Casi todo lo que vi en Pedrajas, (muy disfrutado y aplaudido por los asistentes, ahí lo tienen) bien pudiera representarse en el Carnegie Hall o en el Gran Vía, pero interesa, seguro, a cualquier ser humano, pues nadie soporta un espejo adecuadamente colocado ante sí, sin experimentar cierto cosquilleo narcisista; y la danza, ese incontestable universal, aunque sacada de los ámbitos rituales y llevada a los escenarios, sigue siendo, sobre todo, un vehículo de especular humanismo: Bailamos para vosotros, nos dicen los bailarines, si os dejáis, haremos que bailéis a través nuestro: bailaremos todos. ¿Quién pudiera declinar tal invitación?

El zepelín llegó cargado de sorpresas. Traía gente de múltiples Españas, incluso de Cuba, pero también de otros varios países europeos, entre ellos Alemania e Inglaterra. El programa, que recogía los premios del referido certamen en el pasado año, era ecléctico, segmentado en actuaciones cortas que nos dejaron con ganas, pero a la vez abrieron el abanico para que se batieran aires diversos y nadie escapara a su potencial embeleso. Desde la danza más clásica y moderna de la escuela Graham, a la más vanguardista y postmoderna, pasando por la llamada Danza Urbana, que trabaja sobre ritmos populares norteamericanos expandidos ya por medio mundo. Desde la danza más narrativa, que se apoya, incluso, en el discurso del cancionero popular para “explicarse mejor”, hasta la que prescinde de un sólido relato y nos transmite contenidos más esenciales y abstractos. Desde la muy musical, quiero decir, la que se apoya en una música con severa base rítmica, hasta la que prescinde de cualquier música auxiliar, porque la crea o recrea por sus propios medios partiendo de los sonidos corporales que emiten los bailarines. Todo ello puesto en escena con una calidad que no solemos esperar (porque no solemos recibir) en las pequeñas salas de la Castilla profunda. El escenario del auditorio Eloy Arribas es reducido, pero ni siquiera las obras más espaciales, en mi opinión “Anna” y “Par ici!”, ambas bailadas por Jennifer Gohier y Grégory Beaumont, generaron tensiones desfavorables en este sentido.

La estructura dada al programa también resultó muy efectiva. Comenzamos sobrecogidos por “Anna”, de Francesco Vecchione (Alemania), una obra bastante abstracta, hondísima, de un dramatismo intenso, casi matemático, y un gran lirismo; y terminamos con el ritmo cardíaco descompuesto, temblando con la obra “El diablo a sus hijos”, de Jairo Cruz (Cuba), que, prescindiendo de la música, y gracias a una coreografía perfecta, perfectamente bailada por el propio coreógrafo junto a Gabriela Guerra Woo, llenó el escenario de fuerza y color, pero también de un edificante desconcierto, de una angustia esperanzada. Esta obra, y con ella el espectáculo, terminaron ante un patio de butacas entregado, nervioso, me atrevería a decir extático, que ponía la música, eminentemente percusiva, acompañando la respiración y el resoplo de los bailarines con sus propias pulsaciones. 

Todos aceptamos la oferta de los protagonistas. Todos bailamos a su través, porque todos nos asomamos al apetecible espejo. Y claro, les (nos) aplaudimos más de dos minutos. Gracias, Jesús, por tu regalo. Salí de allí creyendo en los milagros. De acuerdo, muchos no renunciaron a su partido de fútbol sabatino para tratar con tan especial tripulación, pero a la vista está que en Pedrajas, como en cualquier otro pueblo castellano, pueden repostar los mejores zepelines si se extravían con suerte. Qué maravilla. Si llego a conseguir la grabación de Caruso en Manaos, con ella te pago.

 

domingo, 3 de mayo de 2015

Canto de inanición




















Canto de inanición I


 A mi madre

 
Sólo puedo darte versos, mamá,
como los niños. Casi. Sin dibujos,
mechones de pelo, corazones o flechas.
Ya ves, qué poco… Nada
como esta embocadura al delirio, sin embargo,
(me encorvo, cimbro, dintelo, atisbo)
para reconocerte toda, una
al fondo del pozo lácteo donde eres.
Turbio zumo. Origen y designio.
Ida y vuelta, mamá.
Yérguete. Mira. Llego.
Enciende el molinillo y acelera.
Bate el mejunje graso. Desmiga.
Espolvorea. Revuelve.
Traigo una sed sin tiempo
que apenas disimulo palabreando.
Enchúfame a tu pecho.
Nuevamente abre. Ahora.
Al filo del vertical recogimiento
agita tu bordón, te lo ruego.
Activa el cascabel y la candela.
Prende. Céntrame… Yo

sólo puedo darte versos, mamá,
como los niños. (Canto de inanición)
Tragón y musiquero.



Canto de inanición II


A mi mujer

 
Sólo puedo darte versos, mujer,
como los niños. Casi. Al alirón de nada
que desarrugue sueños. Música
y anestesia. Descarga. Vértigo.
En el cantil del tiempo, los hijos,
una mancuerna y un lirio.
El pasado vocifera. Memorizo.
Recompongo. Trovo. Pero
lo por venir arrecia con su tonada bruna.
Entonces te concretas. Cierto animal
justo antes que titile el horizonte.
Y después… Desencarnas. (Idea)
Aromas la escena, la sublimas.
No sé si varar o danzar;
si aferrarme a la cuerda
o merodear la flor. Cómo hueles, luces.
Vientre y halo: Entera me sonsacas.
Perfecta fórmula que sin embargo yerro.
No resuelvo. Ensayo
una vía tántrica al tiempo que eyaculo
sobre el enigma. No sacio.
Pido. Imploro. Palabreo… Yo

sólo puedo darte versos, mujer,
como los niños. (Canto de inanición)
Tragón y musiquero.