viernes, 27 de junio de 2014

Fidelidad





Te engaño cada día con la belleza:
con esa chica del tiempo tan artificiosamente modosita,
con esa actriz morena, la de los labios-pétalo,
con algunos personajes literarios:
con Helena, por ejemplo, con la Maga,
con Ana Karenina, con Cecilia, con Lolita.
Te engaño con mujeres peligrosas:
Lucrecia, Mata Hari, Gala, Frida...
Te engaño con las vecinas que tuve y las que tengo,
con mis amantes idas, naufragadas repetidamente
en la resolutiva fosa de tus brazos.
Te engaño también, cómo evitarlo,
con la primavera; por ella
y porque siempre la persigue, íncubo, el verano
con su morboso comercio de tersuras y de piernas.
Te engaño con el jardín, con la perra,
con esas horas muertas en las que te apartas,
en las que tú ausente puedo amar sin orejeras.
Te engaño con Praga, con La Habana, con Toledo,
ciudades que sé amar aun en tu presencia.
Sabes bien que te engaño con los hijos, con los libros,
con el arte, muy especialmente con la poesía.
Te engaño, por qué no, con semidiosas:
con Circe, con Dafne, con Casandra...
Pero las más de las veces
te engaño con Ariadna, por desinhibida ella
y porque me siento Dioniso poseyéndola.
Te engaño también con Magdalena
––que me perdone Jesús–– y con María,
sobre todo en La Piedad de Ribera.
Te engaño con lo gozosamente imposible,
con todo lo imputable a las imágenes.
Todos los días, todos, te engaño
con la belleza.

La fidelidad es una treta innecesaria. Lo sé,
pero soy fiel incluso si la niego.
Ya ves, sólo te engaño a ti.
A nadie más amo yo
hasta el engaño.


jueves, 19 de junio de 2014

¿La muerte puso huevos en la herida?


  (paráfrasis sobre un verso de Lorca)






Han pasado unos días… ¿Qué decir en aquellas primeras horas que siguieron a la noticia, cuando uno ve que hasta el gobierno chino, en solemne mandarín, lamenta oficialmente la muerte de Gabo? ¿Y qué decir ahora? ¿Para qué? ¿A quién podrá interesar (ya no dentro de un año, sino mañana mismo) esta nota, una más, al margen de la intensa y extensa obra del cuentero colombiano? Es un encargo, claro. Al parecer, al menos una amiga piensa que falta algo por escribir al respecto, y para abundar en mi asombro, piensa que puedo y debo escribirlo yo. ––Dos cuartillas, por favor, me dijo.



El autor y su obra. Lo que importa y place
(media cuartilla)

                                                                  Nada es más real que la imaginación. Lezama.


Hablamos de un gran inventor, de un fabulador empedernido con un oficio de escritor probado. Este “farsante” (¿qué somos, si no, los poetas y narradores según Platón?) hereda un patrimonio enorme: toda la cultura occidental con su semilla mediterránea, su rica tradición lógica y mitológica, su gran acervo narrativo, y una lengua viva que habla una décima parte de la humanidad; una lengua con gran capacidad para ser incubada, intervenida, ensanchada… Hereda además un medio socio-cultural en plena pubertad, donde la historia muestra su más irritado acné. Pero esta realidad es tal, sólo, para los hombres comunes, no para los creadores. Para estos últimos (semidioses o diosecillos, como su nombre indica) se trata de arcilla, nada más. Porque la realidad dada, regalada, ordinaria y grosera, tendrá que ser expuesta de nuevo al estrés humanista, tendrá que “homologarse” para el hombre en su tiempo, y con tal fin, someterse una vez más a los avatares de la madre imaginación... Arcilla, sí, pero no cualquiera. La periferia de una cultura es el sitio ideal para que rebote y resuene el eco de su núcleo. Allí los electrones ganan la libertad necesaria para los movimientos más alocados y sugerentes. Allí fornican y eyaculan con una fértil impudicia, con simétrica impunidad. No dejan de orbitar el núcleo, pero lo hacen con desenfado, como si en ello no les fuera la vida, porque, afortunadamente, no les va. Gabo hereda a Fernando de Rojas, Cervantes, Lope, Tirso de Molina, Pérez Galdós, Baroja… pero también a Rulfo, Arguedas, Asturias, Roa Bastos, Borges, Lezama, Paz, Carpentier… Y especialmente estos últimos han desbrozado el camino. Es en una América traviesa y púber, con las espinillas en plena eclosión, donde pueden nacer y nacen el modernismo, el sencillismo, el indigenismo, el nadaísmo, la antipoesía; donde el surrealismo tiene su ápice de gloria hispana. Es en la América barroca donde, antes de que se hablara sobre el boom y el realismo mágico, se hacía ya sobre lo real maravilloso, de la mano de un afrancesado pero hondamente mulato Mackandal, que un día, machete en mano y sueños en ristre, se presentó en el consejo fundacional de Macondo… ¿Pudieron escribirse en Europa Trilce o Tres tristes tigres? ¿Pudo Lezama escribir como lo hizo, si no en La Habana? No. Mas este tipo de herencia está para todos, y sólo unos pocos la saben asimilar, testar esponjada. Ésos, en ocasiones reciben el Nóbel, y aunque escriban en castellano son despedidos, incluso, en solemne mandarín. ¿Y su obra? El tiempo dirá. ¿Tenía Gabo un gran ingenio? Seguro. ¿Fue un genio? No lo sé, pero qué más da. Como tal reza en la Academia sueca, en los periódicos de medio mundo, en los obituarios desde Aracataca hasta Manchuria… Yo sólo apunto que son dos cosas distintas el genio y el ingenio. Ver, por ejemplo, como lo intuye Gracián, como lo explica Zilsel.



El hombre y sus vicios. Lo que no importa pero debe explicarse
(cuartilla y media)


                                                              Hay que ser un mar para poder recoger
                                                              un río inmundo sin ensuciarse. Nietzsche.



El mismo Ovidio que en Fastos decía: “En mí habita un dios,/ que me anima a inflamarme”, en Las Tristes se quejaba: “¿Por qué reanudo el trato con las Musas, que constituye mi delito y motivó mi falta y mi condena? (…) Quítame la manía de componer versos, y borrarás todos los errores de mi vida. Reconozco que sólo en ellos soy culpable. He aquí el fruto que he recogido de mi numen, mis afanes y mis laboriosas vigilias: el destierro”. Y desplazaba de sitio a su dios: “Si has de suplicar alguna vez, adora el numen de Augusto y eleva humilde tus plegarias al dios cuyo enojo experimentaste…” Entre ambos “discursos” (Fastos y Las Tristes) median el enfado y la represalia de su amo. Ovidio no era un glorificador profesional como en alguna medida lo fueron, aunque no a tiempo completo, Virgilio y Horacio. Así le fue al de Sulmona… Pero esta dependencia de los intelectuales y artistas con relación al poder político no sólo se dio en la antigüedad. En pleno apogeo de los panegíricos y paragones renacentistas y barrocos: Savonarola, Verino, Facius, Volaterranus, Vasari, etcétera; Miguel Ángel, ya recogido en el de Volaterranus como Archangelus Florentinus, prácticamente divinizado por Vasari, se dirigía por carta a Francisco I de Francia de esta manera: “Sacra Majestad, yo no sé qué es mayor, si la gracia o la maravilla de que vuestra Majestad se haya dignado a escribir a alguien como yo…” Y al cardenal Rodolfo Pío Da Capri, de esta otra: “Ilustrísimo y reverendísimo señor y patrón mío respetabilísimo.”

La mayor parte de los pensadores y creadores desde la antigüedad hasta el siglo XVIII, especialmente los literatos, fueron glorificadores a sueldo de sus mecenas. El plan era simple: ––Te llevo a la posteridad, medro, y voy contigo. Aristóteles educó a Alejandro, Virgilio trabajó para Augusto, Séneca para Nerón. ¿Para quién lo hizo Leonardo? ¿Y Velázquez? ¿Y Mozart? ¿Qué le pasó a Tomás Moro por salirse del redil? Esto siempre fue así. A partir del XIX los artistas, con una clientela poderosa y bien asentada en la alta burguesía, que para entonces no en todos los casos detentaba el poder político, al menos directamente, pudieron independizarse un poco de tal influjo. Sin embargo, la relación de los escritores con la política se mantuvo y mantiene viva por diferentes cauces. La lista de poetas y narradores que se desempeñaron como embajadores de sus países es extensa aún en los siglos XIX y XX. Entre aquellos mismos vanguardistas americanos, fueron embajadores o cónsules de sus gobiernos a diferente nivel: Darío, Asturias, Paz, Neruda, Cabrera Infante, Edwards, Carpentier… Otros han sido ministros de gobiernos con muy dudoso pedigrí. Es el caso de Cardenal, por ejemplo. Vargas Llosa llegó a presentarse como candidato a unas presidenciales de Perú. Entonces, si es algo tan común y lo fue siempre ¿por qué desconcierta a muchos cubanos la amistad que mantuvo durante tantos años García Márquez con Castro?

“Fausto y Mefistófeles son una y la misma persona”, dijo Jung. “La amistad sólo se da entre iguales”, dijo Erasmo. ¿Será cierto? Esto último no. Yo creo que la relación amistosa de García Márquez con un asesino como Castro hay que ubicarla dentro de la explicada interacción glorificador-glorificado. Aquí, sin embargo, coexisten dos matices importantes: el glorificador no depende de su par para vivir, y el glorificado ostenta un contrapoder periférico con ciertos rasgos románticos y muy hispanos.

De la misma manera que sólo en Hispanoamerica pudieron surgir ciertas vanguardias con relación a la creación literaria en castellano, es allí donde se pueden producir estos fenómenos hoy día. ¿Algún autor de peso, aun propenso a glorificar tiranuelos, pero con vocación eurocéntrica, trabajaría sin condiciones en pleno siglo XX y durante más de 50 años, para un cacique periférico con la sangrienta trayectoria de Castro? Una vez caído el muro de Berlín, ¿qué tiempo hubiera sostenido su apoyo incondicional al tirano maraquero, Sartre, por ejemplo? Es en "Nuestra América" donde estas cosas ocurren todavía con frecuencia. Puro realismo mágico. Ocurren allí, donde hay margen para que los electrones se meneen en las antípodas del núcleo, donde pasan cosas imprevisibles cada día, donde todo es posible... El americano profundamente hispano (casi todos lo somos en la cuenca del Caribe que habla castellano) carga con una herencia quijotesca enorme. Sí, hablo del gusto por la hazaña a que se refería Ortega. La hazaña por la hazaña, la que no tiene que estar sustentada en ninguna lógica, ni sujeta a ningún resultado práctico. Y esto, unido a los conceptos afines de hombría, honor y firmeza; unido finalmente a la envidia y a los concurrentes complejos, produce personalidades muy especiales. Castro es una perfecta muestra.

Todo ello pudo influir en el temprano acercamiento de García Márquez al tirano caribeño. Tal vez vio en él una suerte de Caupolicán moderno, que, paradójicamente, era también un talibán hispano. De acuerdo. Pero después que entró en contacto con su día a día, después que comprobó cómo encarcelaba y mataba, cómo ejercía un poder absoluto y caprichoso, ¿qué alicientes encontró para sostener aquella relación? Bueno, cualquier novum puede resultar atractivo a un vanguardista de pro. En última instancia, estaba al lado de un tirano de nuevo tipo, el perfecto para el hombre nuevo caribeño, ensayado en Haití doscientos años antes bajo el auspicio del machetero Mackandal. Además, un glorificador, por atípico que sea, se debe a sus funciones y no tiene que hacerse preguntas incómodas. Además, éste disfrutaba en exclusiva una pequeña parcela de poder en aquella “novísima” tiranía: era capaz de promover y lograr la liberación de presos espinosos… colegas suyos, para más señas, encarcelados por ejercer como tales en la nueva Isla Maravilla.

García Márquez no era un hombre íntegro. Era, sencillamente, un buen fabulador. No era un mar, y no podía por tanto recoger un río inmundo sin ensuciarse. Sin embargo, pasado un siglo nadie reparará en cuáles fueron sus amistades. Ya se verá si su “Cien años de soledad” vibra aún en la memoria colectiva para entonces, pero Castro, y su rara amistad con él, serán anécdotas para curiosos e historiadores. Si acaso.

                                                                                 De ser posible, tradúzcase al mandarín.



viernes, 13 de junio de 2014

Ajunten


 































        …temblar siento ya mi entendimiento.
                                        Ausias March



Hace tiempo creo saber que los libros nos hacen más falta mientras menos nos urgen. Resulta paradójico, pero en la lectura, como en el sexo, el apremio impide distinguir y satisfacer las necesidades más hondas. Si leemos un libro con urgente motivación (la urgencia comporta siempre un pathos exagerado) no podremos aprovecharlo con total plenitud; y es por eso que, justo en ese momento, no nos conviene tanto como solemos creer. “Inventario secreto de La Habana”, de Abilio Estévez, es un libro que me urgía hace quince años, cuando aún no estaba escrito, pero es ahora cuando realmente estoy preparado para disfrutarlo en todos los sentidos. Agradezco este regalo del azar. El libro, publicado en 2004, me llega puntualmente.

Abilio, que es un escritor exquisito, y no por primoroso en el sentido más afectado del término, sino porque posee y sabe gobernar la inteligencia, el humor y el oficio necesarios para escribir con exquisitez, nos propone en este libro una operación tan incómoda como deliciosa: tramposa (todo buen creador literario es un adorable patrañero) pero muy eficaz desde el punto de vista proselitista. Sí, proselitista, aunque parezca lo contrario. Abilio nos desmonta La Habana que soñamos, nos describe la que merecemos, y entre tanto nos ofrece la que necesitamos: imposible esta última, claro, como todas las cosas que de verdad importan, si no resulta de un pacto cerrado entre ofrecido y oferente. Fíjense que no hablo de La Habana que vivimos quienes tuvimos esa suerte, porque eso, aquí, no es lo que más importa. La que yo viví, por ejemplo, difiere bastante de la que vivió Abilio, pero es una y la misma esa que ambos soñamos, merecemos, necesitamos… Perfecto. Este libro es un valioso manual para captar y bautizar habaneros, hayan nacido o no en aquel portento de la artimaña, donde la ópera humana mantiene sus varios telones perennemente levantados para los vividores curiosos, como párpados que no pudieran cerrarse, expuestos al resistero del sol, enfrentados de por vida a la inclemente luz.

“… mentir es agotador…”, nos dice Abilio. Cierto, pero es divertidísimo, más aún, es vital. Mentir agota, pero no a todos ni en todos los casos por igual. Cuando el mentiroso es un chapucero, un vicioso que desorienta a los demás en pos del mero beneficio propio, la mentira terminará agotándolo, y su fatiga se extenderá como castigo a cuantos le escuchen o lean. También se agota el mentiroso recto, claro está, porque mentir rectamente es dificilísimo, pero este último, para quien “el río de la verdad por cauces de mentiras”, mientras se fatiga desgrava el cansancio en los demás; es a la vez abrevadero y aliviadero. Estos son los farsantes necesarios, imprescindibles. Abilio es ya uno de ellos. Bendito sea. Es tan listo… y docto, que no nos deja ver su habano-dependencia hasta que no cree haber demolido la nuestra. Después de reducir La Habana, con toda la razón del mundo y toda la pericia que cabe en nuestra lengua, a un montículo historiado donde el aislamiento y la estanqueidad quedaron a merced de la luz y el salitre, ambos inmisericordes; después de “matar todas nuestras ilusiones”, de chapear meticulosamente en nosotros La Habana que se ve, la que se saborea, la que se huele; incluso, y atreviéndose mucho, la que se oye, Abilio nos salva en y para su Habana, la que se toca, la táctil. Sí, nos prepara para que nos toquemos en el velorio de la gran dama. Nos invita a resucitarla tocándonos. Estemos donde estemos, hagamos lo que hagamos, toquémonos para experimentar La Habana posible. Toquémonos con todo, pero, sobre todo, con la mirada. Hablamos de un confeso voyeur, de alguien que declara preferir la lectura a la vida, que vive leyendo, leyéndonos. Alguien que llega a Barcelona (una ciudad sin ojos habano-funcionales) con los ripios de su ciudad en ristre, y descubre que debe imantarlos para recuperar en ellos, ella, lo táctil de su mirada.

Entonces, no son la clave del arco habanero: la insularidad, la luz, el idioma, el acento, la alegría, la musicalidad, el bailoteo (que dirían su madre y la mía), la bulla, el choteo, esa forzada manía de vivir en la calle; ni siquiera su (re)gusto por el ocio, su estoica paciencia… La Habana que con tanto esfuerzo alumbraron artistas, poetas y folcloristas es pura tramoya. La clave de esta ciudad es su expedita tactilidad. La Habana de Abilio es táctil, y está en todo lugar donde la gente sepa tocarse, especialmente con los ojos, o sea, indagarse hasta la más humana promiscuidad. Así que soñamos una Gran Habana, merecemos una inmunda y necesitamos una táctil. ¡Eureka! Esta última es posible… y portátil. La puede llevar el habanero, de origen o no, como eficaz seña de identidad por el mundo. La puede desplegar, esté donde esté, con sólo fijar los apetentes ojos en el otro hasta la caricia o el manotazo.

Pero la mirada habanera de Abilio no escruta sólo por disciplina o higiene ciudadanas. Esta mirada táctil es eminentemente deseante, más aún hedonista, cirenaica, ¿epicúrea? Porque Abilio sabe que “nadie, como el deseoso, conoce la ciudad”. ¿Quién pudo conocer Atenas mejor que el meteco Anacreonte? ¿Quién pudo conocer Venecia como lo hizo el extranjero Byron? La mirada táctil es también una infalible estrategia cognoscente. En La Habana de Abilio, sin embargo, esta mirada sólo podía desplegar sus potencias con plenitud en el crepúsculo, pues la luz deslumbrante de los días, y la extrema oscuridad de las noches sometidas a frecuentes apagones, en gran medida la entorpecían. (Miren qué hallazgo: “de la nada a la nada, existe sólo un instante de crepúsculo”). Pero Europa, por ejemplo, donde las ciudades son más oscuras (o menos claras) y están correctamente iluminadas de noche ¿no es el sitio ideal para la mirada habanera? Y con una mirada como ésta puesta a punto ¿no podríamos habanear sin problemas por estos otros lares? Menos y más oportuna luz. Perfecto. Al fin y al cabo “salimos/ de la oscuridad como del sueño:/ torpemente vivos”, nos dice Gamoneda. Y qué más da que esa mirada táctil no siempre resuene, refracte fertilizada en lo mirado. Si el habanero es un gran mirón (tocón, sobón) si realmente es un profesional del toqueteo óptico, sabrá contentarse (¿qué remedio?) con serlo y parecerlo, aunque sólo halle la simetría esperada en sus paisanos, homologados mirones, que “haberlos haylos” por el mundo entero. 

Hace veintidós años que no estoy en La Habana. Ya no me urgía este libro, o sea, lo necesitaba especialmente. Como por desgracia siempre me sucede con los libros que leo por vez primera, lo comencé a leer como autor, con un espurio interés intelectual. Como afortunadamente siempre me sucede con los buenos libros que recomiendo a todos, lo terminé como lector, humildemente entregado, con el entendimiento en trémula deriva. Se trata de un libro engañosamente fácil, escrito por un hombre de teatro, esto es, un encantador de almas, un farsante de los buenos. Nada parece estar pasando mientras Abilio te echa maíz, te remoja en dirección a su olla. Cuídense, pero léanlo. No es un libro erudito, dice Abilio. Río. Obviamente no le crean. Aquí nada es lo que parece. Si quieren llenarse de él y tener una digestión productiva, asómense al balcón de Occidente, extiendan los brazos y ajunten. Si no tienen dinero para comprarlo, igualmente ajunten (río de nuevo) pero léanlo. Me agradecerán la recomendación, lo sé. Me agradecerán también que no les cuente más, que no entre en detalles. Los detalles Abilio los cuenta mejor que yo… y que tú, lector, seas quien seas, creo. 


     















sábado, 7 de junio de 2014

Imagen y artificio. Lo posible se halla cerca de lo necesario






No hay belleza sin ayuda, ni perfección que no termine en bárbara sin el realce del artificio, pues éste a lo malo socorre y lo bueno perfecciona. La naturaleza comúnmente nos invita a lo mejor, acojámonos al arte. El mejor natural es inculto sin él, y falta la mitad a las perfecciones, si les falta la cultura. El hombre sabe a tosco sin el artificio, y necesita pulirse en todo orden de perfección.

                                                                                    Baltasar Gracián



Me atrevo a interpretar con cierta liberalidad esta sentencia graciana (Ver la original en “Oráculo manual y arte de la prudencia”. XII. Naturaleza y arte, materia y obra.) por aliviar a mis lectores el esfuerzo de hurgar en su compleja sintaxis el sentido preciso que pretendió dar el autor, sobre todo, a su segunda oración. Creo no excederme ni equivocarme gravemente al proponer mi interpretación, porque en cualquier caso está bastante claro lo que quiso decirnos el filósofo jesuita: somos, o debemos ser artífices. Y es el arte el único camino humano hacia la perfección, que no se encuentra regalada en la naturaleza, ni en la mansa imitación aristotélica de la misma, sino en la invención que la completa sustentando el (barroco) teatro de la vida. Aquí la poesía maneja la materia prima de siempre, pero con muy diferentes intención y oficio. La realidad no se imita, se re-crea. La belleza plena sólo es posible para el hombre si por él participada. No sólo como receptor pasivo, sino, y en primer lugar, como creador activo. La cultura y su principal agente, el arte, son las únicas vías para alcanzar la perfección. En fin, se cierra el telón ante la naturaleza llana, tosca, bárbara. Tras él opera el hombre como imaginativo artífice. Se abre el telón y… ¡Zas!: aparece la naturaleza realzada, puesta en escena, bella, perfecta… apta para el consumo humano. Sobrenaturaleza, claro.

Quizás por primera vez un español moderno (no cuentan aquí, es obvio, Séneca, Avempace, Averroes o Maimónides) captó antes que otros la esencia de su época y se la ofreció útil y finamente “reducida” al pensamiento universal. Sí, algo semejante hicieron Cervantes o Lope en sus respectivas obras de creación literaria, pero Gracián lo dejó, además, muy bien estructurado y recogido en textos puramente expositivos. Dice: “Comienzo por la hermosa Naturaleza, paso a la primorosa Arte y termino en la útil Moralidad”. ¿Se puede ser más barroco? ¿Y más listo? Este hombre se dio cuenta como pocos de cuáles eran las claves de su tiempo. Y no sólo se convirtió en uno de sus mejores esgrimistas, también firmó el más completo tratado de alta esgrima para que sus coetáneos pudieran real-izarse en él; para que todos pudiéramos hacerlo en cualquier tiempo, porque la obra de Gracián es universal y atemporal. Yendo hacia atrás, con las lógicas cautelas y salvando las distancias, tendríamos que buscar sus antecedentes en la sofística presocrática (Protágoras, Gorgias, Hipias…), el eclecticismo latino (Cicerón, Virgilio, Ovidio…) y hasta en un renacentista tan contrahecho como Maquiavelo. Yendo hacia delante, la resonancia graciana fue clara en el XIX, especialmente en Schopenhauer y Nietzsche, pero para algunos (me incluyo) llega vivísima hasta nuestros días, pues señalan a Gracián como el primer existencialista por delante de Pascal, incluso como el primer postmoderno.

Pero ¿qué hacen Gracián y su apología del artificio en el presente texto? Es obvio que ni yo ni este formato somos los más indicados para entrar en su obra con hondura. ¿Entonces…? Avancemos… Bien pude llamar “Apología del artificio” a mi cuaderno digital, finalmente llamado de manera más conservadora “Encomio de la imagen”; nombre que pretende abarcar dos impulsos que me son muy caros: el erasmista y el lezamiano. Es cierto que, por esos azares léxico-semánticos que al menos yo no alcanzo a medir, encomio suena hoy menos radical que apología, e imagen anuncia menos doblez que artificio, cuando en realidad encomio y apología vienen a ser lo mismo; y terminan siendo astillas de un mismo palo, imagen y artificio.

Para muchos hoy en día, la imagen denota una actitud relativamente pasiva en el sujeto que la experimenta, porque se entiende como representación en él de sucesos o cosas. Representación elaborada, sí, pero con base perceptiva, sensorial. Sin embargo, el artificio implica una acción más decidida del sujeto sobre “lo real”, entiéndase lo representado, con la clara intención de modificarlo a su conveniencia, en dirección, sobre todo, al logro de la utilidad y la belleza. O sea, podemos decir que, según se entiende comúnmente, la imagen se experimenta, sobreviene, y el artificio se ejerce. Visto así, imagen y artificio son categorías muy diferentes.

Pero en mi opinión, la imagen es mucho más que el resultado aprehensible y comprensible de la molienda de datos percibidos que acontece en el cerebro. Para mí la imagen es tan autosuficiente, que puede generarse como idea al margen de cualquier estímulo perceptivo (Dios es el ejemplo perfecto); y tan artificiosa, que lo hace siempre según convenga a la estrategia cognoscente del ser imaginativo. Visto de esta manera, las ideas "belleza" y "perfección" son imágenes que convienen a quien imagina, y el artificio una herramienta que emplea éste para alcanzarlas, modificando, según demande tal fin, todo aquello susceptible de ser percibido. Modificándolo además, si es preciso, como vía para conocerlo incorporado a una realidad conveniente. Casi nada…

Sólo en épocas de ingenuas y germinales “claridades”, como por ejemplo la Grecia clásica, el Renacimiento, o las décadas del XIX y el XX que estuvieron sometidas al más severo positivismo, los hombres (con la excepción de algunos genios del arte) imaginaron que podían y debían prescindir del artificio en aras de una ética que precisaba la verdad una, entera y simple, colocada al margen de los “devaneos imaginativos”. Pero hoy no vivimos uno de esos momentos. Somos escépticos, existencialistas, postmodernos. Atravesamos un tiempo parecido al que vivió Gracián. Por eso nos resultan tan lúcidas sus ideas, que anteponen la invención creadora a la imitación aristotélica. (Ver en Batllori). También ahora la picaresca sustituye a la fe, y el hombre re-conoce que el mundo es un gran teatro con una función condenada al éxodo. Nada es lo que parece, y en un escenario relativista, la imagen echa mano de su lugarteniente, el arte, para actuar sobre lo percibido con graciano impulso. “El hombre sabe a tosco sin el artificio…”, porque en tiempos como éste (recuerden, hasta el Papa es jesuita) no puede deshacerse de su hombría sin tender a la amenazante máquina. ¿Qué nos conviene entonces? Imagen y hombre sobre todas las cosas: hombre que imagine empedernidamente. Necesitamos humanistas y artistas. Recapitulemos. Imaginemos. “Lo posible se halla cerca de lo necesario”, dijo Pitágoras.























viernes, 30 de mayo de 2014

A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional… Que pare el que tenga frenos







                                                              Para Javier Pérez González y Mario Rodríguez Montero



A to meter, entre cadereos y cubatas, celebramos recientemente el XX aniversario de la apertura del “Malecón de La Habana”: un bar ya cerrado, pero que en los años noventa del pasado siglo fue el más relevante templo dionisíaco de Valladolid; el lugar que mejor convocó y reunió a quienes entonces buscaban rones que sudar en el musical y bailongo pórtico de los cuartos más canallas. Poco disfruté de aquel hueco embrujado, sensualísimo, porque Leonardo era un niño y Mario un bebé cuando el local estaba en pleno apogeo. Lo visité siempre que pude, mas no fue regularmente. Mis noches solían tener entonces un prólogo paternal y un epílogo libresco. De las 21:30 a las 23:00 horas representaba al enemigo de mis pequeños héroes; casi siempre un terrible monstruo que terminaba molido a palos por un muñequito japonés o un ranger enmascarado y escapista. A partir de esas horas, cuando los vencedores de aquellas reyertas de sofá se iban a la cama, y mientras en El Malecón se ejercía y enaltecía el pecado: se bailaba sin medida, se ponía a prueba la capacidad filtrante de las vísceras, se sudaba, se tasaba la pasión y se cerraban los más suculentos negocios carnales, yo leía o escribía. Lo hacía muchas veces hasta las 4:00 de la mañana, con el oído pendiente de toses o llantos infantiles. Esto, claro, después de haberlo “pactado” y “resuelto” con Marisela, la dueña de todos mis malecones, la que mejor lució bajo las farolas que alumbraban el original habanero, bañada literalmente por aquellas olas que acometían a los tratantes de amor y sexo con su equilibrada cargazón de agua y aceite, sal y sueños.

No fui un asiduo al “Malecón” pucelano (ya ven, bajo tierra y seco; resonante y promisorio sin embargo) pero me invitaron a su veinte cumpleaños, porque tengo muchos amigos entre sus incondicionales veteranos. Si se celebra el nacimiento de santos, mártires y difuntos sabios, ¿por qué no celebrar el de los santuarios macarras que eligen o eligieron los pecadores para obviarlos, estén en funciones o no…? Me invitaron a la fiesta donde comprobé, veinte años después, que la amistad, el ron, la música, el baile y la carne en estado de alerta siguen maridando a la perfección en las higiénicas bacanales humanas…

Esta pequeña introducción para contar que, en medio de aquella catarsis liberadora, y por raro que parezca, un buen amigo, “maleconero” de pro, con la mirada intervenida por el ron-cola y la camisa abotonada con dos ojales de desfase; esto es, en un estado muy poco adecuado para tratar asuntos “serios”, se empeñó en abordar mi faceta de escritor. Créanlo. Por ser tan amigo lo escuché con el cariño que merece, mientras morenas, rubias y mulatas “hablaban” de cosas bien distintas bailando “Pedro Navaja”, y mi mujer sonreía segura en su inmutable trono. Pobre de mí… Pues bien, Javi me vino a decir (no es literal, imaginen cuál era mi capacidad para el registro fidedigno en aquellas circunstancias) que yo escribía de puta madre, que me seguía con disciplina, incluso con fervor, pero que hacía tiempo no lloraba con mis textos. ––Soy ñoño, Jorge, quiero que me hagas llorar, dijo. Como creí entender que en ese momento necesitaba reír más que otra cosa, le respondí: ––vete a un urólogo con uñas largas, coño, si no te atreves a experimentos más fuertes, ¿por qué quieres llorar con mis textos? Pero él insistía: ––no es broma, Jorge, créeme, necesito emocionarme, llorar con lo que escribes. Escribe algo que me rompa, por favor. Yo, que seguía sin la menor intención de tomarlo en serio en aquel momento, aquel lugar, le dije a su mujer: ––mira lo que pide tu marido, cariño, tendremos que hacerle daño. Y ella, a la sazón mucho más clara que nosotros y muerta de la risa, respondió: ––haz lo que debas hacer, Jorge, cuenta con mi complicidad… En fin, cubata en mano, y con tanta carne expresándose rítmicamente en aquella lonja pecaminosa, con tanto cariño en torno, no fue difícil encontrar cómo distraer a mi amigo de su extraña preocupación, aunque para lograrlo del todo tuve que asegurarle que algo escribiría al respecto. ––De acuerdo, me dijo, a ver si es verdad.

¿Por qué quiere Javi llorar mientras lee? ¿Por qué quiere llorar leyéndome? Y, sobre todo, ¿por qué no lo hago llorar sin tan propenso parece a ello?

Si yo fuera un autor prepotente, si no tuviera capacidad para la amistad, si pasara de la gente que amablemente me lee; si no tuviera 51 años, y no supiera por ello que todo edificio, por sólido que parezca, está cimentado sobre un planeta que gira alrededor de una estrella que arde y se extingue; resolvería el asunto de un plumazo, nunca mejor dicho, con un par de citas. Me iría al Goethe clásico, por ejemplo, y con él afirmaría “No puede haber oído noble y delicado al que no repugne el sonido de las campanas…”, o, “El goce embrutece”. Pero, como en mí medran todas las dudas del mundo, y aunque me haya autoimpuesto una ingenua misión humanista, me interesa mucho, lo que más, el propio ser humano, especialmente si ama, más especialmente aún si me ama, echo mano a su natural y mayor enemigo, el propio Goethe, pero en versión romántica, y reconozco: “…sólo la gracia es irresistible…”, y “…todo lo destinado a obrar en los corazones debe salir del corazón”. Así que ya sobrio, Javi, te confieso: me importan mucho tus ganas de llorar, por cursi que parezca mi interés y ebrio las hayas confesado. Tal vez no pueda provocar tu llanto, mas no paso del asunto con olímpica soberbia.

Puede que no me comprendas del todo, pero a veces asumo cierta gravedad pensando que con ello ayudaré a que tu hijo y los míos conserven la capacidad de llorar, y, sobre todo, de reír; por ayudar, digo, a que no terminemos en máquinas, víctimas de una pulcra inteligencia artificial, pendientes de claras contabilidades y estúpidos haberes. ¿Ves? Ya deriva mi ánimo tendenciosamente… Sé que resulta facilón pretender la compasión de un amigo, pero intenta conmoverte conmigo si no puedes hacerlo con algunos de mis textos. Piensa que paso mucho tiempo atado a los libros; que mientras otros pulsan la vida alegremente durante dieciséis horas diarias, durmiendo con placidez las restantes, yo apenas duermo cinco, y de las otras diecinueve, dedico más de ocho a levantar castillos en el aire. Compadécete de mí, Javi, y suelta esa lágrima que te pesa, sea negra o de cocodrilo. Si no lo logras ni así, no será culpa tuya, lo sé. Pero no te preocupes, conozco al urólogo con las uñas perfectas… Ríe, por favor, rómpete, pero de risa. Piensa que tal vez haya demasiadas lágrimas batiendo contra el mismo malecón, y que de este lado participamos la contención necesaria cuando reímos, cuando gozamos. ¿Para qué quieres llorar mientras (me) lees, amigo?

Mira, aunque nacido en pleno Valladolid, tienes sobradas razones para considerarte más cubano que muchos que lo son de origen, tal vez nunca te hayan invitado a relajarte como ahora lo hago; con esta frase criollísima que vence a la paradoja con voluntad y gracia: “A bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional”; o, con esta otra que sabe colocar muy bien nuestro común amigo Mario, el artífice del “Malecón” pucelano: “Que pare el que tenga frenos…” Déjate llevar, Javi… Y perdona si hoy tampoco patrocino tu llanto. ¿Sigues esperando fuertes emociones? ¿Quieres visitar al inclemente urólogo? Tengo el teléfono de su manicura. Piénsalo y dime… Quizás ahora que me lees sobrio, con la mirada a plomo y la camisa en forma, te basten para bailar unos violines, y unas cosquillas para creer que lloras... Río… Ríe…



viernes, 23 de mayo de 2014

Cantan los grillos… Hagan juego







                                                                                                                   Para Georgina Sánchez,
                                                                                  excelente compositora e intérprete del chelo,
                                                               estos apuntes nacidos de un feliz extrañamiento musical.



En un magnífico trabajo sobre el cuadro Magdalena Terf (Georges de La Tour, siglo XVII) Jiménez Lozano escribió: “Lo más terrible de nuestra cultura es que no puede acercarse a algo sin ‘desconstruirlo’; es decir, sin destruirlo en su entidad propia y asimilarlo a las categorías superiores, absolutas y definitivas que son las del tiempo presente, culminación y plétora de la historia. De manera que no puede llegarle al hombre de hoy ninguna noticia nueva, ninguna historia, cuyo principio, progreso y fin no sepa ya de antemano, y cuya naturaleza pueda sorprenderle o desconcertarle…” Tan grave como aterradora, esta idea me ronda desde que la leí hace ya unos cuantos años. Y es cierto: al hombre de hoy, desgraciadamente, no le sorprenderían la tercera guerra mundial, una invasión extraterrestre, la apertura de casas para relaciones zoofílicas… No digo que aprobemos estas cosas, que en sentido general nos gusten, pero ¿sorprendernos? Ni siquiera lo hace ya que algunos compren parcelas en la luna. Decaemos bañados en “saberes”. Envejecemos, y las señales son cada vez más tercas pendiente abajo. Además, todo pasa velozmente. En menos de ciento cincuenta años despachamos al hombre nuevo de Marx y al superhombre de Nietzsche. En menos de cincuenta encaneció el hombre preliminar de Guillén (Jorge)… ¿O no? Ah, “no hay más diablo que el que yo admito”, dijo El Bachiller a Mefistófeles. Afortunadamente, la idea de un mundo sin novedades posibles es tan aplastante como frágil, porque el hombre sigue siendo la medida de todas las cosas, y es tan quejica como juguetón, tan cobarde como curioso, tan torpe como loco, tan animal como artista.

Hace unos días en una red social encontré una grabación hecha en 1992 a grillos cantando. Hasta aquí nada especial. Pero ocurre que el músico que los grabó (Jim Wilson) llegó a su Estudio y comenzó a manipular el resultado de su trabajo. ¿Por qué? Porque es un hombre, para más señas, un artista, o sea, un adicto incorregible a la patraña. ¿A qué artista le valen las cosas como son dadas, regaladas…? Bueno, según el propio Wilson, cuando comenzó a ralentizar la reproducción del material grabado, descubrió que aquello no sonaba a grillo, sino a coro celestial. Y tanto… Escuché perplejo el documento (en estos momentos lo hago de nuevo) y decidí creerlo. ¿Realmente lo conocemos todo? ¿Cuán ajenos estuvimos hasta ahora al cante jondo de los grillos? Quiero decir al que se cantan entre ellos, no al que nosotros oímos. Y esas vacas que se deleitan con el jazz ¿serán asiduas oyentes de estos magníficos coros en su variante altamente armónica? Y las gallinas que ahora crían algunos avicultores con música de Bach ¿estarán acostumbradas a complejas armonías? ––Tienen oídos, pero no cerebro suficiente para la música, dirán algunos. Y entonces, estos grillos ¿para quién cantan? ¿Para nosotros? ¿Cómo se escuchan entre ellos?

Bueno, podemos decir que cantan al Señor, y que estuvimos al margen del fraude unos cuantos millones de años. Podemos decir que finalmente, y gracias a la todopoderosa técnica moderna, fueron sorprendidos mientras nos plagiaban para agradar a nuestro dios y robarnos parte de su predilección, con los consecuentes favores divinos. Podemos decir cualquier cosa para encajar en la idea que perfiló Jiménez Lozano en el citado texto. ¿Cómo nos pueden desconcertar a estas alturas unos cuantos grillos farsantes, desfalcadores? Alguna explicación habrá que nos permita reconducir el hallazgo en una dirección que nos empine y esponje. ¿Habrán reencarnado en estos animalillos los eunucos babilonios? ¿Nos estará mintiendo el músico que manipuló la grabación? No estábamos presentes, y… si no lo veo no lo creo, suele decirse. De acuerdo, podemos aducir lo que nos plazca para templar el desasosiego que nos produce ceder rangos en el reino animal, a la vez que disfrutamos aliviados de sus musicales seres. Pero a ver quiénes son los valientes que, después de escuchar esto, vuelven a acercarse a un grillo pensando que lo saben todo sobre él; y asimismo a una cigarra, una luciérnaga… A ver quiénes, escuchado este salmo, se atreven a blasfemar al hilo del canto aparentemente machacón de estos insectos… A ver quiénes, insisto, después de esta especial audición; de viaje por Asia, Hispanoamérica, Oceanía, comen tranquilamente grillos soportando el crujir de sus cuerpos fritos entre los dientes…

Según leí ya traducido en un diario mexicano, Tom Waits, después de escucharlo dijo: “Wilson, él siempre juega con el tiempo. Escuché una grabación reciente de grillos en la que baja la velocidad a una muy lenta. Suena como un coro, suena como el ángel de la música. Algo brillante, celestial con plena armonía y algunas partes de bajo… No lo creerías, es como un coro bajado del cielo, y sólo lo ralentizó, no manipuló la cinta. Así que creo que cuando Wilson le baja la velocidad a la gente, te da la oportunidad de observarlos en movimiento a través del espacio. Y hay mucho que decir sobre ralentizar el mundo”.

Tal vez sea esto lo que nos hace falta: una severa disminución de las revoluciones a que giramos en nuestro tiempo. ¿Adónde vamos con tanta prisa, mientras los grillos entonan su inaudible y enigmático largo? ¿A certificar que lo sabemos todo, que venimos de vuelta, que nada puede sorprendernos ahora mismo? ¿Somos en realidad tan estúpidos, que ya no merecemos experimentar un tiempo acompasado que nos permita percibir las señales de un mundo donde todavía caben los insectos cantores? ¿Hasta cuándo seremos los elegidos de Dios, si incluso los invertebrados le regalan los oídos como ya no lo hacemos nosotros por ir corriendo a ninguna parte? ¿Nos salvarán de nuevo los artistas? Escuchen esta grabación, por favor, y hagan juego.


Comienzo yo:
(Wilson se presenta con su trabajo acabado. ––Sólo lo ralenticé, me dice)

Si no lo veo no lo creo, tocaría decir. Pero digo:

Si no lo creo, no lo veo.
               Si no lo imagino, no lo veo.
                              Si no lo imagino, no creo que lo veo.
                                              Si no creo que lo veo, no lo veo… ni lo merezco… ni lo poseo…

Ganas tú, Wilson. Mío el premio: canto de grillos que lima miedo.


Enlace para escuchar al coro de grillos


jueves, 15 de mayo de 2014

Esto es arte III. Capilla de la Santa Cruz, Sedona


























                                                                                                         Para Rey y Pepe


No estuve en Arizona. Primero un simple decorado para películas de cowboys: aquellos riscos plagados de trampas, aquellos pueblos de mala muerte, los pioneros, los bandidos, su ejemplar contraparte, aquellos líos… Todo en riguroso blanco y negro. Luego, ya rojos, el Cañón del Colorado y la guerra Estados Unidos-México. Más tarde, a todo color, las obras de John Ford en Monument Valley, las de Max Ernst, las de Wright. Magníficas todas. Con qué diligencia se “colorearon” las películas del primero. Y aquella escultura del segundo: “Capricornio”, aunque sólo para verla de frente, qué maravilla. Y aquel cuadro: “Europa después de la lluvia”, qué locura. Y las mansiones del tercero, especialmente “Taliesin”, qué envidia… La lejana Arizona fue para mí una imagen compuesta, en la que, según el momento, fluctuaron las dosis de naturaleza, pionerismo, conflicto y arte. Todo abundante, incluso excesivo, rayando lo extremo… Hace poco la sobrevolé de viaje a Los Ángeles, donde visité a un gran amigo aprovechando una escala hacia México vía San Diego. Desde el avión parecía confirmarse la majestuosa hondura del escenario… Un sitio a visitar, seguro. Pero hoy, aquí, Arizona es sólo una necesaria invitada.

Días atrás, precisamente mientras repasaba la fértil estancia de Max Ernst en Arizona, di con una “obrita” en Sedona que llamó especialmente mi atención. Capilla de la Santa Cruz ¡Qué acierto! No la conocía, aunque al parecer (no lo comprobé) fue premio del Instituto Americano de Arquitectos en 1957. Se trata de una de esas obras que conmueven primero y hacen pensar después. Por la forma en que resuelve ante el par naturaleza-arte, o sea, necesidad-libertad, naturaleza-gracia. Recordemos aquí a Schopenhauer: “La necesidad es el reino de la naturaleza; la libertad es el reino de la gracia”.

Nuestra mitología occidental, si es que podemos llamar así a esa suma amalgamada de relatos egipcios, persas, griegos, nórdicos, celtas y judeo-cristianos, está bien dotada de montes célebres: Ida, Olimpo, Parnaso, Carmelo, Sinaí, Lyfjaberg… Es obvio que los montes son los sitios más cercanos al cielo, ese espacio sin fondo que tradicionalmente hemos sobrecargado de dioses. “Siempre, ¡queridos!, la tierra anda y el cielo aguanta”, decía Hölderlin. La altura, atributo geográfico de origen geológico, ha hecho de los montes perfectos escenarios para nacimientos y parlamentos divinos, importantes pruebas de fe, masivas ejecuciones, severos castigos… Sin embargo, no son estos parajes, ni siquiera los que participan una contrastada realidad geográfica, lugares donde se haya edificado mucho. Con la relativa excepción del Carmelo (vergel, jardín divino) que por su gran extensión y su privilegiada huerta no pudo escapar del todo a los afanes económicos, urbanísticos y turísticos de quienes ejercen los distintos cultos que amontonan pretérito en él, el hombre no abusó de sus montes sagrados, nunca los desbrozó. Desde la cueva de Zeus en el Ida, Creta, hasta la capilla de la Santísima Trinidad en el Sinaí, pasando por el Templo de Apolo en el Parnaso, las actuaciones en los montes que más importan fueron siempre comedidas. Hay que tener cuidado con los dioses. No se deben tabicar ni alicatar sus predios a la ligera. Esto lo sabe el hombre.

El monte donde se levanta la Capilla de la Santa Cruz de Sedona, quedó emparentado con sus célebres ascendentes euroasiáticos, no sólo por empadronar a Dios en una nueva cumbre, sino porque fue tratado con la delicadeza que estas acciones demandan. Es curioso, se trata de una obra arquitectónica pero muy participada por una escultora: Marguerite Brunswig Staude. Un prisma de sección troncocónica, generado como por extrusión, rotundo, pero terso y perfectamente escalado, se incrusta en la roca de la que también parece emerger, cual guiño matemático para la creación de una imagen poética que humanice el “rojizo desorden”: cabal muestra de aquel tiempo sin hombres, cuando, al decir de Benn: “la tierra todavía estaba sola/ acumulando capa tras capa”. Esta roca entró definitivamente en el tiempo histórico, divino. Jamás volverá a experimentar la soledad. La cruz con que Oriente culminó la conquista de Occidente, apuntalando el huraco que abrió Alejandro en los muros del mundo, se planta en la cima navaja con la solvencia de los grandes símbolos universales, pero no contestando el “skyline” de la montaña, como sucede, por ejemplo, en el Valle de los Caídos, Madrid, sino refractando luz cual horcón a la entrada de una gruta. Aquí la vibrante irritación es, sobre todo, eficaz claroscuro. La cruz figura francamente iluminada sobre un fondo acristalado que responde a la luz con un oportuno tono negruzco. La cruz es lo prominente en el rostro de esta capilla. Emerge de la roca, o, por qué no, la penetra cual cuña que se fundiera con la herida que causa, imponiendo la geométrica sutura. Geométrica, sí, pero grácil. La gracia de la libertad actúa de nuevo, cómo no, a través del arte, sobre la titánica naturaleza. El gesto es airoso, resuelto, y sin embargo delicado. Por la forma, la escala, el color; porque cohabita con su natural entorno sin generar tensiones malsanas. La obra está en tensión, claro, pero amablemente… El sitio es ya un Lugar. Como dije en un texto anterior: cantidad espacial significada.

Interiormente la capilla no defrauda. Una suerte de cueva-túnel con dos focos de luz natural. El uno a la espalda, anecdótico por lógico y estrictamente necesario. El otro al frente… ¡Dios, qué retablo! Aquí se invierte el efecto luminoso. La cruz queda en sombra y se recorta sobre la cristalera. Ésta afina su óptica para que la bóveda celeste nos deslumbre con una luz cargada de contenido. Tiene que ser ésa la casa del “Sheriff”. Dejamos abajo la taberna con sus buscavidas y pistoleros, para asomarnos al trascendente balcón donde mejor se intuye el divino aposento. Ya no somos antílopes o zorros. Edificamos en el monte, pero no para guarecernos. Lo hacemos con medida delicadeza para tomar posición en el umbral del cielo. Esto es arte.


jueves, 8 de mayo de 2014

Prosa mulatilla sobre un trozo de negrillo




























 






En casa, estratégicamente colocada, tengo una reliquia muy especial: parte de un cadáver con origen evolutivo en el Devónico de la Era Paleozoica. Una muestra del tronco de un Ulmus minor, eso es. Hablando en cristiano, un pedazo de lo que fue el tocón de un olmo común, también conocido como negrillo. Cuando diga trozo de negrillo, sepan que me refiero a este tipo de pieza… Me lo regaló Florencio Salgado. Vamos, mi amigo Tito, tan enamoradizo él, que se cuela por los negrillos vivos o muertos, enteros o troceados, siempre que tengan una forma sugerente. Tito vive en la ribera toresana del Guareña. Allí tiene unos viñedos y una bodega donde produce el Pico Royo, excelente tinto de Toro. Durante un tiempo vagó por la zona buscando negrillos, pedazos más bien de éstos. Pero no cualesquiera, sino aquellos ya desprendidos, sin raíces en tierra, portátiles y con cualidades escultóricas ganadas en la vida, refrendadas en la muerte. Trozos bellos de cadáveres exquisitos. Eso buscaba Tito. Llenó su patio de tales piezas, y claro, quiso regalarme una. Tuvo, sin embargo, que regalarme otra: la mejor. Entre Fernando (su cuñado, mi cómplice) y yo, preparamos un asalto infalible a lo más granado de su colección. No lo relato en detalles por no ulcerar de nuevo el ánimo de mi amigo, muy capaz de llorar todavía la pérdida de su bienamado trozo de negrillo.

Hace unos días, mi también amigo Miguel Gómez, magnífico fotógrafo gaditano-pucelano, me mostró una foto que hizo a mi reliquia la pasada primavera, mientras en casa compartíamos porche, jardín y buena cerveza. La foto de Miguel es tan buena, que me obligó a repensar mi relación con esta especial escultura. Eso tiene el arte: es capaz de redimensionar y redirigir nuestra manera de interactuar con lo que nos rodea… En fin, a Tito y a Miguel respectivamente, debo la oportunidad y las ganas de escribir aquí algunas de las cosas que mi expresivo trozo de negrillo se empeña en contarme, contarnos.

La naturaleza y su apuesta más arriesgada: la vida imaginativa, inteligente, si actuando juntas sobre un mismo cuerpo, son muy capaces de alcanzar resultados sobrenaturales, artísticos; sobre todo cuando el azar concurre para ayudar a desviar el “proyecto” de lo estrictamente causal, racional o biológico. La extrema violencia con que naturaleza y hombre se aplican en ocasiones sobre sus “víctimas”, matizada o sentenciada, según el caso, por el azar, no siempre desemboca en imágenes desalentadoras, tenebrosas; y nunca lo hace en imágenes mudas. Por fortuna, muchas veces ese “diálogo” a tres bandas (hombre, naturaleza y azar) no es tan sordo ni sórdido como puede parecer. Bajo la mobile tutela del azar, la naturaleza propone y el hombre dispone, o viceversa, en un proceso donde ella, que lleva las de ganar en el terreno físico-químico, aun corrigiéndonos con dureza trabaja para nosotros, porque nos regala verdaderas “joyas defensivas”. Defendiéndose también nos ayuda. Por su ejemplar perseverancia, y porque produce un rosario de formas que pasan de naturales a sobrenaturales, gracias a la capacidad que tiene el hombre para aplicar su imaginación y cargar de humano sentido todo cuanto se trans-forma ante sus ojos, especialmente si en dicho movimiento puso empeño y obra. Entre los tres (hombre, naturaleza y azar, digo) que funcionan como perfectos coautores surrealistas, logran a menudo encomiables cadáveres exquisitos. Quien quiera ver ejemplos claros de lo dicho, vea minas o ciudades abandonadas. Les propongo dos imágenes: Las Médulas en El Bierzo, León, España; y Prípiat, ciudad cercana a Chernóbil, Ucrania. Es cierto que el tiempo transcurrido hace a la primera más amable y digerible que la segunda, pues lejos quedan el látigo romano y el dolor de los mineros esclavizados, mientras el accidente nuclear soviético es muy reciente; el esclavismo clásico parece lejano y superado, mientras el peligro atómico arde en su actualidad. Pero en esencia, ambas imágenes notician lo mismo: la naturaleza propone y el hombre dispone, casi siempre con la imprevisible aportación del azar. Como el hombre yerra muy a menudo, la naturaleza lo enmienda con rigor, se defiende, se rearma titánicamente. El hombre, que hace mucho se apartó de lo titánico y pende de lo divino, lee tal gesto con los recursos de su despensa sígnica. La imagen penetra el evento, tendenciosa, con sus vicios poéticos y discursivos, para inclinarlo todo a nuestro favor. Pues de esta historia participa mi mutilado negrillo, de eso se trata… creo.

Los árboles, que aparecieron en el Devónico hace unos 400 millones de años, gracias a su capacidad para producir oxígeno, fueron tal vez los principales catalizadores en el surgimiento y desarrollo de animales superiores sobre la superficie terrestre. Sí, los árboles están detrás de nuestros orígenes, como hacendosos purificadores del aire que respiramos, como principales suministradores de nuestra otrora dieta vegetariana, como eficientes refugios para burlar a las fieras. Fueron el pórtico de la vida compleja, y la última linde en dirección a lo humano. Puede que por eso nos sobrecojan tanto, tengan ese poder evocador en la conciencia, la inconsciencia. “Rector de los capítulos del cielo”, llamó Vallejo a un tilo. Y Hölderlin dijo a los robles: “Si no me encadenara a vivir entre la gente este corazón/ que no renuncia al amor, ¡con qué gozo viviría entre vosotros!” Los árboles que siempre estuvieron, que patrocinaron nuestra aventura evolutiva: telúricos, magnánimos, discretos, pasivos y compasivos, dueños de una profunda sabiduría estoica… Pero también fueron ellos, entre los seres vivos, los más dóciles cómplices de nuestra pulsión civilizadora. Ni los animales más domesticables los igualan en esto ¿Qué habría sido de la majadería transformadora del hombre sin la madera? Los árboles nos han malcriado, consentido hasta el punto de parecer verdaderos suicidas. “El hacha del leñador pidió su mango al árbol, y el árbol se lo dio”. Dijo Tagore. Entonces, tenemos una relación dual con ellos: Vivos y enteros son un necesario sostén biológico, y obran en la memoria como conservadores agentes de cultura. Sin embargo, muertos o mutilados dotan de recursos a la desmemoria cual temerarios agentes civilizadores. Hay excepciones en esto último, claro, porque mucho tiene que ver el cuerpo sin vida de los árboles con el papel y algunos medicamentos, medios de cultura y sanación, pero la prominencia de la desmedida industria maderera, con sus graves peligros en todos los órdenes, marca la pauta en este sentido.

Puede que mi trozo de negrillo, participando aquella capacidad de la naturaleza para corregirnos, y aprovechando la nuestra para inclinar su corrección en una dirección conveniente, haya resuelto, como obra de arte, el dilema planteado entre un estoico patrocinador vital, cultural, y un blando partícipe de nuestra indolencia desarrollista. Mi trozo de negrillo, antes tocón, antes árbol, ha conocido la grafiosis (esto lo achaquen al hongo que la genera, al escarabajo que la trasmite) el hacha y la sierra. Su forma, de una expresividad desgarradora, es el resultado de haberse defendido durante años, puede que siglos, frente a tales elementos. Retorcidos bultos, apéndices irritados, protuberancias dramáticas que a veces caen a lo antropomórfico, pues recuerdan manos y brazos desesperados; muñones que respondieron a la poda con suturas de formas orgánicas muy disímiles y mezcladas en un discurso tan sugerente como polisémico… Todo ello, combinado además con formas geométricas, cortes drásticos que dejan ver la huella de intervenciones severas, brutales. Mi reliquia debió protegerse ante múltiples ataques fúngicos y humanos. Lo hizo como supo y pudo mientras fue posible, con la inestimable ayuda del azar y una terquedad vegetal. Cada palo o rayo que ofreció al carretero, cada herida, cada cura, devinieron en rasgo distintivo. Todavía hoy parece dolerse de aquellas agresiones. Ni las más caprichosas formas de los expresionistas (abstractos o figurativos) pueden igualar en tensión dramática al caprichoso resultado de este affaire entre naturaleza, hombre y azar. Ni las más esforzadas obras de Bacon, por ejemplo, nos muestran deformaciones más gráciles o desgarradas, (según cómo se miren) más parlantes, en definitiva.

Mi trozo de negrillo, colocado en el porche frente a las jóvenes moreras, los ciruelos y el castaño que tengo en el jardín, no tiene la lozanía de sus vivos congéneres, pero los adelanta sobradamente en capacidad expresiva, discursiva. Él cuenta un relato complejo que va más allá del ciclo: flor/ hoja/ fruto, del milagro de la fotosíntesis. Ya no es un vegetal. Ni tampoco un fósil o una momia. Es otro tipo de naturaleza: una obra de arte que el hombre no pudo hacer solo, y por ello, nos cuenta o sugiere cosas que apenas podemos encauzar y retener en las entendederas. Así pervive. Así mejora mi vida: como poderosa imagen… Dijo Unamuno por boca de aquel perro, Orfeo: “¡Un animal que habla, que se viste y que almacena sus muertos! ¡Pobre hombre!”. Y es cierto. Tanto, que “almacenamos” cuidadosamente, incluso, “despojos” de árboles en apariencia inútiles si no van a la leñera para acabar en el fuego. Porque el animal que somos también es capaz de imaginar, y hasta en la muerte termina encontrando motivos para celebrar la vida. Mi fibrosa escultura está más viva que nunca, y como las buenas obras de arte, me cuenta cosas nuevas cada día. Hace mucho que no es tronco, ni tocón, ni una simple porción extraviada de éstos. Es una referencia justo en la línea que separa casa y jardín. En sus expresivas y felices deformaciones hablan en coro naturaleza, hombre y azar. Su forma presente es un paréntesis por ellos pactado, una escala necesaria para que la imagen reposte. A su lectura me doy… Gracias, querido Miguel, por tu sugestiva foto. Gracias, querido Tito, por dejarme, aunque no muy convencido, tu mejor trozo de negrillo: el mío. A ver si te compenso en alguna medida con esta prosa mulatilla.




miércoles, 30 de abril de 2014

Bang bang, Wilco Wallace… con balas castellanas






Aunque no me reconozco buen lector de novelas, leo la obra de Ángel Vallecillo. No estoy plenamente al tanto de la narrativa actual. La última novela que releí (tercera vez) antes de “Bang bang, Wilco Wallace” fue “Don Quijote de la Mancha”. Antes había leído, todavía inédita, “¡Lagarto, lagarto!”, de mi amiga, la poeta Belkis Cuza Malé; y antes, “Chevengur”, de Andréi Platónov, recomendada por mi amigo, el poeta Antonio Piedra; y antes aún, “Tiempos de silencio”, de Luis Martín Santos, conjuntamente con mi hijo Leonardo. Ahora, aprovechando el regalo de una preciosa edición que me hizo otro amigo y poeta: Luis Enrique Valdés, estoy de nuevo con el “Fausto” de Goethe (tercera vez) para mí una novela, más que una obra para ser representada. Hace poco volví (después de treinta años) al “Doktor Faustus” de Mann, y a “Paradiso”, de Lezama (tercera vez) y a “Rayuela”, de Cortázar (también tercera vez) y a “Historia de dos ciudades”, de Dickens (segunda vez)… En fin, de cada cincuenta o sesenta libros que leo o releo actualmente, uno es de narrativa. Y si es una obra reciente, o para mí desconocida, debe venir recomendada por alguien querido y respetado, o ser enviada directamente por su autor, si es amigo y cree útil mi opinión. Así comencé con la obra de Ángel, porque publica en Difácil y me la propuso César Sanz, gran lector y editor a quien quiero y respeto.

Quede claro que aprecio mucho la buena novela. Leí narrativa con fervor en otros tiempos. Pero tengo todavía tanta lectura por delante, y tan poco tiempo ya para “enfrentarla”, que estoy obligado a ser selectivo. El próximo narrador y dramaturgo vivo al que quiero acercarme con calma es Abilio Estévez, autor coterráneo y coetáneo, consolidado y reconocido, de cuya obra me llegan noticias y señales muy llamativas… Cuento esto para poner en antecedentes a quienes lean mis opiniones sobre la última novela de Ángel. No estoy al día en este género, aviso. Aunque quién sabe si ello pudiera resultar de alguna manera ventajoso para mis lectores. Si reseñara un poemario, o un ensayo sobre pensamiento, arte o historia, deberían cuidarse de mí, de mis vicios y manías, mis resabios incluso, pero en este caso… Va, también. La temeridad no implica inocencia.

Hace unos días, César, quien me prestó una antología poética de Schiller editada en Yunque, 1940 (una joyita) metió en el mismo sobre, de regalo, la mencionada “Bang bang, Wilco Wallace” de Vallecillo. Quienes me conocen, César incluido, claro, saben lo mucho que agradezco este tipo de gesto… A Ángel ya lo sigo, así que su libro lo recibí con especial curiosidad. Lo leí en una mañana, de un alegre tirón. Es la tercera novela suya que leo. Es mi narrador contemporáneo español más leído. Ya he pasado con su obra varios ratos buenos. Le debía unas palabras. También a César.

La diferencia esencial entre narradores y poetas, más allá de que los primeros cuenten y los segundos canten, está en la economía. Aun los narradores muy económicos (pienso, por ejemplo, en los autores de la “generación perdida”, en Hemingway especialmente) tienen que crear escenarios plausibles en tiempo y espacio, donde sus escenas quepan y ocurran, tomen cuerpo. Al decir de Rosa Chacel: “la prosa es una información de la realidad (…) un esfuerzo por conseguir la presencia de la realidad”, y esto, digo yo, conlleva un despliegue de medios que siempre entretiene. Puede hacerlo en dos sentidos: en el bueno inquieta, divierte, relaja; en el malo distrae, enreda, fatiga. En mi opinión, para que una novela entretenga, sólo, en el buen sentido, su autor tiene que tener, en este orden: imaginación, inteligencia, y oficio para disimularlas a la vez que las utiliza para “someter” al lector. Manoseando una idea de Proust: el regalo tiene que tener un precio alto, pero éste no debe quedar pegado a su envoltura, no debe ser visible.

Como quiera que la narrativa tiene que in-formar (crear o recrear y comunicar) una realidad ajustada a su propósito; como quiera que para ello el narrador está condenado a entretener; más le vale hacerlo por la vía buena. Teniendo en cuenta que muchas palabras irán dirigidas a levantar un fondo espacio-temporal necesario para que sobre él figure el meollo de la cuestión; teniendo en cuenta que no hay novela cuya esencia no pueda recogerse en un verso, y que por ello siempre existirá en la narrativa un cierto dilapidar, excederse, sea éste más o menos retórico, discursivo; es muy recomendable que la “demasía” esté cuidada al máximo, que entretenga bien.

“Bang bang, Wilco Wallace” es una novela entretenida. Las obras de Ángel Vallecillo siempre lo son en el buen sentido del término. Ángel es un autor imaginativo, inteligente y dueño de un gran oficio. Sus obras tienen un precio que nunca es descaradamente visible. Ángel sabe escribir… En esta novela, más “clásica” que las anteriores, evita recursos como la marcada experimentación estructural (Colapsos) o el énfasis en el falso realismo (Hay un millón de razas) y se pliega a las exigencias de la trama de una manera más natural, pero no por ello menos efectiva. Su estilo, que no es periodístico, y mucho menos taquigráfico, tampoco es oblicuo ni barroco. Ángel tiene la suerte o la desgracia, según se mire, de ser un autor castellano que ama la prosa anglosajona. Como si fuera poco haber nacido y crecido a los pies de la catedral herreriana de Valladolid comiendo dulces de origen bereber, Ángel se hizo escritor donde todavía resuenan Manrique, san Juan, fray Luis, Cervantes, Lope, Calderón, Gracián, Quevedo, Zorrilla, Baroja o Azorín, leyendo, entre otros, a Faulkner, Dos Passos, Fitzgerald, Eliot, Pound, Capote, McCarthy… De todo ese batiburrillo de influencias emerge una prosa mestiza, pero decididamente “vallecilla”. Poco o nada tiene que ver Ángel con Chacel, Delibes, Umbral, Jiménez Lozano. Ángel es un autor “globalizado”, que, sin embargo, tiene unas constantes latinas innegables: la veta surrealista, el humor y la poesía. Estas son sus tres Gracias. En ellas se apoya para entretenernos con éxito.

“Bang bang, Wilco Wallace”, además de tener una trama bien urdida y resuelta, con la suficiente tensión conflictiva para mantener al lector sujeto a su lectura de principio a fin; además de estar bien escrita y cargar de sentido su “demasía” narrativa, está bien dotada de surrealismo, humor y poesía: perfecta guinda para el cóctel de imaginación, inteligencia y oficio que valida la prosa de Ángel. No se sostiene una obra en este sentido con frases sueltas ni hallazgos puntuales. Las Gracias de Ángel están comprometidas con la novela toda, pero hay ciertos momentos en que resultan especialmente significativas porque asoman desnudas en los promontorios. Veamos algunos de ellos:

- “iris azul cielo sobre un globo rojo: un iceberg flotando en sangre de foca”
- “el cielo estaba azul reventón, pero por el norte amenazaban grandes cúmulos gomosos”
- “Se cruzó en mi camino como una aguja de ferrocarril”
- “hasta encontrar el equilibrio de un dolmen”
- “abrió el mínimo común denominador de una sonrisa”
- “sonrisa mitad flan de caramelo mitad metralla”
- “––Igual te has caído… ––Desde la quinta planta del pasado”

La prosa de Ángel tiene una eficaz carga poética. Y si bien sus temas y formas suelen coquetear con los anglosajones, muchas veces su prosa mestiza, con las obrantes Gracias incluidas, nos regala pasajes que denotan un a-de-ene sin dudas cervantino. ¿Se puede escribir en castellano, bien, quiero decir, completamente al margen de este feliz “pecado”? Lean el siguiente pasaje:

“Las berzas brillaban como caracolas de nácar, y desprendían un halo fosforescente: una huerta de orondas luciérnagas, blancas y verdes, gordas, mansas, circundadas por halos como si la luz de la noche las coronara con tiaras de diamantes. Si fijaba la vista en una sola de las berzas crecía hasta alcanzar dimensiones gigantes y en sus bordes podía distinguir formas artísticas, animales, relieves que capturaban toda mi atención como si las observara con un microscopio, con una mente de lucidez infinita, con capacidad atómica para percibir su calidad artística. ¡Cuánta hermosura en un simple campo de berzas! Se transformaron en cabezas de cabellos verdes, y luego en pequeñas calvas con luz propia… Los surcos del sembrado se retorcían, enredábanse, montábasen, y crujían como si los gusanos gigantes los tunelaran a grandes bocados de tierra (…) Bajo la imponente copa de un nogal, distinguí las siluetas de tres hombres que se acercaban encarrilados en sendos surcos del sembrado. Qué hermoso el contoneo, el vibrar bamboleante y a cámara lenta de sus caderas, el caminar ralentizado, escaso, liviano, como empujados sin esfuerzo ni gravedad, la torsión de sus huesos flexibles. Cerré los ojos y las fosforescencias estallaron como hogueras diminutas, infinitesimales, cada una a una micra de la otra: bastaba pensar en la de al lado, intuirla, para que se retroalimentaran y en sinergia estallaran en fallas multiplicadas y gigantescas que se sumían en profundos abismos de color, con cientos de focos de atención…”

Y como Ángel sabe desconcertarnos cuando es preciso, como es un maestro también en el cambio de ritmo, todo esto continúa con un seco:

“––Quítale la pistola.”

En fin, ¿se puede ser más mulato? La economía anglosajona y la plomada herreriana, ceden aquí ante el desnudo de las Gracias “vallecillas”, barrocas ellas, cómo no, felizmente traidoras. El mejor Cervantes tiende la mano a Ángel y lo invita a ver gigantes en sus molinos, soldados en sus ovejas, para compartir después una internada en la cueva de Montesinos. La función “liberadora” no la ejercen aquí los libros de caballería, sino los estupefacientes, pero el resultado es el mismo, y no está registrado en Oak Park, Illinois, sino en la ribera del Henares, que nace y muere en la vieja meseta castellana. Por esta zona de la novela, la menos “pura”, andan “sueltas” palabras como “zagal” y expresiones como “Enarcó las cejas”. ¿Hacen falta más comentarios?

Los temas y los escenarios en Ángel no son los que tiene (tenemos) más a mano. “Bang bang, Wilco Wallace” es el tipo de novela policíaca, negra, que debe ocurrir y ocurre en Norteamérica. Pareciera que la imaginación del autor necesitara abstraerse de su originario valladar, para real-izarse en un ring global, allí donde cualquier parecido de sus criaturas con la madre realidad castiza sea pura coincidencia; obra de una feliz casualidad, no de una determinada y determinista causalidad. Insisto, la narrativa de Ángel nace globalizada y huye de lo provinciano como del diablo. Sin embargo, cuando se piensa, habla y escribe en un idioma como el castellano, con tales haberes en el zurrón, no hay zagal que pueda evitar del todo al santo canon. Entonces el mestizaje está servido. Afortunadamente. Porque los combates en el ring global no garantizan per se los títulos universales. Los purasangres más fiables son caballos mestizos que pastan en íntimas cuadras. Me gustaría apostar por Ángel, también, en hipódromos más cercanos. Creo en él. Lean su novela. Serán bien entretenidos, bien impactados por sus disparos. Bang bang… Créanlo.