miércoles, 25 de marzo de 2015

A los políticos...







 Mercurio, en el Prólogo de Anfitrión (Plauto):


“Vosotros queréis que os sea propicio y os proporcione ganancias en vuestros negocios […] queréis también éxito para vuestras empresas dentro y fuera de la patria, prosperidad y provecho sostenido en los negocios emprendidos y por emprender, queréis que os comunique buenas noticias […] lo mismo os pido yo ahora que guardéis silencio durante esta representación y que seáis para ella jueces justos y equitativos […] vengo en son de paz: lo que yo quiero de vosotros es algo justo y nada problemático; he recibido el encargo de venir como embajador para hacer una petición justa a gente que también lo es; y es que no está bien pedir cosas injustas a gente justa… (continúa al final)



––¿Dónde estáis, qué hacéis?, preguntaba un político a los intelectuales hace algunos días, en un mitin vinculado con la campaña para las pasadas elecciones andaluzas, ensayo de las regionales y municipales que se celebrarán próximamente en toda España. Lo escuché prácticamente en duermevela (todavía pongo el telediario mientras me levanto) y por un instante me sentí aludido. En la trastienda de su pregunta formal (simple y dramático petardeo) latía la informe, pero corrosiva, la que “debía” formalizar en la conciencia, o, mejor aún, en la subconsciencia de gente como yo: ¿No veis, desalmados juguetones, que el mundo se acaba, y que, para evitarlo, debéis atraer votantes a mi opción política?

En realidad ¿a quiénes se dirigía este hombre? ¿Por qué me sentí fugazmente aludido? ¿Por qué siento la necesidad de escribir algo sobre un asunto tan manido y abusado? ¿Cuáles son los intelectuales emplazados, y por qué lo son especialmente en épocas de movimientos políticos más o menos aparatosos, ya sea durante períodos electorales en timoratas democracias que intentan sacudirse, o durante virulentos cambios de régimen? Llevamos más de dos milenios y medio hablando de esto, y todavía me animo. Hago hueco en la cansina tertulia. Levanto la mano: ––Perdón…

Caimán no come caimán, se decía en mi tierra, cuando las fuerzas entre dos contendientes estaban parejas, pero también cuando los partisanos de alguna causa, sobre todo de dudoso provecho para el común, se protegían mutuamente en horas bajas, hacían valer su complicidad frente a terceros. Mas en este caso un intelectual, rodeado de intelectuales por los cuatro costados, con grave retintín preguntaba a sus homólogos: ––¿dónde estáis, qué hacéis? Él, al margen, como si se dirigiera a extraños… casi traidores. Pero ¿no son la mayoría de los políticos, intelectuales ellos mismos? ¿No cuentan ya con sus aparatos de prensa? ¿No son los periodistas que aparecen en la nómina de los grandes medios, por lo regular cojos de uno u otro lado, intelectuales; y no lo son los llamados analistas políticos, profesionales del debate que prácticamente viven en la radio y la televisión? Sí, claro, todos estos son intelectuales, pero no basta. Su maltrecha credibilidad los invalida para “cosas serias”. En tales casos se necesita que apoyen los que no están emplantillados, al menos formalmente, sean del tipo que sean. Da igual orgánicos o tradicionales (Gramsci), verdaderos o falsos (Sartre), ideólogos o expertos (Bobbio). Todo vale, previo acto de fe, especialmente si se trata de gente con un rostro televisivo, tan capaz de miserere como de zambra. Sin embargo, ¿ni estos últimos se acercan ya voluntariamente? ¿Tan infecto está el charco que espanta hasta los patos? Bueno, todavía los hay que se dejan caer, nadan desgarbados, pero no basta, insisto. Cuando la historia acelera en los circuitos cerrados, algunos es poco para empujar el carro.

Aquel hombre, intelectual él mismo, nacido a la política en el fragor de la modernidad tardía, tan hecho al Partido, que, según Gramsci, “procura la soldadura entre los intelectuales orgánicos del grupo dominante y los intelectuales tradicionales; […] cumple esta misión subordinada a la esencial de preparar a sus componentes, elementos de un grupo social que nace y se desarrolla en lo económico, hasta convertirlos en intelectuales políticamente calificados, en dirigentes y organizadores de toda clase de actividades y funciones inherentes a la evolución orgánica de la sociedad, en lo civil y en lo político”; se extrañaba, (el demandante, digo) de que gran parte de la curia faltara a su envite. ––¿Dónde estáis, qué hacéis?…

Me imagino que algunos estarán (so) pesando la mies, clasificando la lana, leyendo las palmas de sus propias manos. Otros, sencillamente cansados. Los más serios, puede que estén avergonzados, sobre todo si en algún momento atendieron a llamadas de este tipo. ¿Los habrá que prefieran mantenerse callados, obedeciendo aquella máxima de Sartre sobre el “intelectual verdadero”?: “No tiene que hablar, sino intentar por los medios que están a su disposición, dar la palabra al pueblo”. Río… Lo cierto es que el político increpaba, sí, increpaba a intelectuales otros, como diciéndoles, o mejor dicho, gritándoles: –– falsos orgánicos, desclasados, tradicionales…  

Pero ¿cómo pretenden todavía estos pistoleros que la gente sería y de paz se presente así, sin más, a tan burdos y patéticos duelos? Como diría Platón: “Acaso piensas […] que he de estar tan loco como para tratar de esquilar al león…” ¿Qué responsable hombre de ideas puede estar verdaderamente interesado en representar un papel al son de la opereta que corre? Platón, que, como todos sabemos, confiaba su comunismo aristocrático solamente a los guardianes-filósofos, esto es, a los intelectuales de más alto nivel; y que mucho antes que Marx pretendió que los filósofos no sólo comprendieran el mundo, sino que intentaran cambiarlo para bien primero, y sostenerlo después asido a la verdad y la justicia, sabía perfectamente que tales hombres solían interesarse en el gobierno de la polis en casos muy especiales. Así lo explicaba el pensador ateniense hace dos mil quinientos años: “El castigo mayor [para estos hombres] es ser gobernados por otros más perversos si no quieren ellos gobernar: y es por temor a este castigo por lo que creo yo que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aun entonces no van al gobierno como quienes van a algo ventajoso, ni pensando en lo que van a pasar bien en él, sino como los que van a cosa necesaria y en la convicción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos a quienes confiarlo.” ¿Y cabe esta opción ahora mismo en nuestras democracias? ¿Realmente los partidos políticos en lidia permitirían a los hombres más capaces ascender en sus organigramas con tales presupuestos? ¿No implicaría ello negarse a sí mismos? Está claro: los partidos son maquinarias para bruñir a los malos, para amellar el filo a los buenos hasta convertirlos en inocuos fieles. Los gobernantes que de ellos emanan son sus productos-estrella, a la postre maestros con la lima en la mano. Si al menos se dejaran aconsejar, supieran escoger a sus asesores. Pero tampoco…

Decía Maquiavelo: “hay entre los príncipes, como entre los demás hombres, tres clases de cerebros. Los primeros imaginan por sí mismos; los segundos, poco dotados para inventar, captan con sagacidad lo que les muestran los otros, y los terceros no conciben nada por sí mismos, ni por los discursos ajenos. Los primeros son ingenios superiores; los segundos, excelentes talentos; los terceros son como inexistentes”; para venir a decir después que los príncipes deben pertenecer, cuando menos, al segundo grupo, o sea, que deben tener la capacidad de captar lo que otros le muestran, a fin de saber seleccionar a sus ministros. Pero en la actualidad la política ha degenerado tanto, que es prácticamente imposible encontrar entre los gobernantes (adalides de sus partidos) gente capaz de escuchar música y letra diferentes a las que calcen en la cantinela que empieza y termina con el conteo de votos. ¿Y cuál es aquí entonces el papel de los intelectuales no políticos de profesión? Pues meter la cantinela en partitura, pautarla, elevarla formalmente, disimular su cacofónica cojera, y, sobre todo, repetirla con el mismo objetivo: votos. ¿Tenemos que prestarnos a esto?                

No necesariamente. Rehusar la participación en el insano juego es algo muy político: es señalarlo con total claridad. Los intelectuales responsables no han desaparecido. No pueden desaparecer. Incluso su relativo silencio (habrá que buscarlos en las librerías, si no se encuentran en las tribunas) conlleva una potencia actual enorme. El mismo Bobbio decía: “En una sociedad pluralista, la desaparición de los intelectuales, con la que se fantasea, es improbable: al cerrarse un canal por el que pasaba un flujo de poder ideológico, se abre otro inmediatamente”. Este es un planteamiento con fondo filomarxista (no más que filo, remarco) pero tiene fundamento. Sólo que aquí un ala del supuesto “poder ideológico” puede retraerse y se retrae, para, desde la aparente inacción en los más penosos y triviales pugilatos, actuar en otro plano; plantarse ante el disparate: No.  

No se trata de que los intelectuales se hayan convertido en los clérigos de Benda: “los que honran la verdad y la justicia con fin en sí mismas”; tampoco en los frustrados filósofos de Platón, que se abstienen apesadumbrados de guardar su república:

“Pues bien, quien pertenece a este pequeño grupo (los filósofos verdaderos) y ha gustado la dulzura y felicidad de un bien semejante (la filosofía) y ve, en cambio, con suficiente claridad que la multitud está loca y que nadie o casi nadie hace nada juicioso en política, y que no hay ningún aliado con el cual pueda uno acudir en defensa de la justicia sin exponerse por ello a morir antes de haber prestado algún servicio a la ciudad ni a sus amigos, con muerte inútil para sí mismo y para los demás, como la de un hombre que, caído entre bestias feroces, se negara a participar en sus fechorías, sin ser capaz tampoco de defenderse contra los furores de todas ellas… Y, como se da cuenta de todo esto, permanece quieto y no se dedica más que a sus cosas, como quien, sorprendido por un temporal, se arrima a un paredón para resguardarse de la lluvia y la polvareda arrastradas por el viento; y, contemplando la iniquidad que a todos contamina, se da por satisfecho si puede él pasar limpio de injusticia e impiedad por esta vida de aquí abajo y salir de ella tranquilo y alegre, lleno de bellas esperanzas.”

No se trata, insisto, necesariamente de esto, ni de que los intelectuales inhibidos ante la comparsa descrita se estén atrincherando en un intelectualismo enfermizo y recalcitrante. Aquí tampoco apruebo el positivismo integrista de Weber, quien apuntaba: “los residuos irracionales de la racionalización de la realidad se han constituido como las zonas específicas donde se ha visto constreñido a replegarse el irrefrenable deseo de posesión de valores sobrenaturales del intelectualismo. Esto se intensifica cuanto más libre de irracionalidad parece encontrarse el mundo.” ¿Residuos irracionales, irracionalidad encantada? En lo absoluto. No se puede generalizar en esto. Ni siquiera los mejores artistas, rama de los intelectuales a la que parece dirigirse el gran sociólogo alemán en este comentario, están por definición al margen de la política, tampoco de la más activa y visible.

El repliegue de los mejores intelectuales ante la desfachatez del poder político, detentado y pretendido, pues en estos momentos ambos estadios son tristemente capítulos de un mismo y único cuento, obedece muchas veces a un hartazgo comprometido, y puede que hasta estratégico. Aunque parezca imposible, en la cosa pública por excelencia: la política, el silencio selectivo en ocasiones resulta más militante que el vocerío. Si en la misma plaza, a la misma hora y para el mismo público, actúan mendigos, mercaderes, ingenieros, banqueros, malabaristas, jueces, capitanes, sacerdotes, magos, artistas y maestros, lo más seguro es que la gente que los atiende deponga la parte más fina de sus sentidos y actúe adormecida, desorientada, llevada por impulsos donde la dominante patética se imponga a la ética y la lógica. En tales casos, conviene que alguien se aparte, y en lo más umbrío de la estoa, se abstraiga del confuso maremagno, aunque sólo sea para mostrar que hacerlo es posible, que se puede optar a ello, y que tal vez se debe.

Hoy en día, en una Europa tan vieja y decadente, parece inevitable descreer del Estado ideal para el hombre estético (Schiller), el hombre nuevo (Marx), el superhombre (Nietzsche), porque de acuerdo con el primero de estos tres pensadores, tal vez haya que aceptar que: “el Estado ideal, tal como lo concibe la razón, antes de dar origen a una humanidad mejor, tendría que fundarse en ella”. Pero no creer ciegamente en estas abstracciones para el hombre y su correspondiente Estado, no implica descreer del Hombre mismo.

A los políticos, tan intelectuales ellos, y a veces tan demócratas, pediría por favor que no chillen en la tele cuando me desperezo; que cuando quieran dar conmigo, se pongan a leer y eviten el patético griterío; que vigilen, eso sí, al ingeniero, al banquero y al mercader, esa nueva y “santísima” trinidad que ya piensa la polis para los robots, con su robótica política. (Qué rápido van los cabrones)


             
 
  …pero pedir cosas justas a gente injusta es una necedad.”

                        Mercurio, en el Prólogo de Anfitrión (Plauto)



Ah, y a la pregunta: ––¿Dónde estáis, qué hacéis?, yo respondo: aquí, esto.



domingo, 8 de marzo de 2015

Yo, la mujer de Pancho, os digo…






 
La historia de Europa empieza en China.
                                   Montanelli


La civilización es hija de la barbarie y nieta del salvajismo.
                                                                     Ortega


Pancho, que como cada día dormitaba sentado en la arena, protegiéndose del sol con su gran sombrero, recostado a la pared, a un lado de la única puerta de su casita situada a orillas de la Sierra Madre, aquella mañana vislumbró una serpiente venenosa, que, a unos veinte metros de distancia, iniciaba una peligrosa maniobra de aproximación. Entonces dijo a su mujer que faenaba dentro: ––Lupe, tráigame el antídoto. Ella, alarmada y nerviosa, mientras buscaba el frasco, pregunto: ––¿Lo ha mordido una serpiente, Pancho? Y entonces él, con su característica flema, explicó: ––No, pero la veo venir…

        Cuento popular



Occidente, tan pancho él, hace unos días se enteró vía satélite de que Mesopotamia está siendo de nuevo contestada por los chicos malos de la prole de Nestorio; aquel díscolo patriarca de Constantinopla que fue desterrado a Libia, cuyos discípulos emigraron a Siria después de su muerte, tradujeron la Biblia al idioma local, y sentaron así las bases para que el arcángel Gabriel, tan atento siempre a los impulsos mesiánicos, trasladara, también a Mahoma, su mensaje divino.

Si la historia de Europa empezó en China, según Montanelli, cuando los hunos fueron rechazados allí, y, obligados a dirigirse al Oeste, pusieron su destructiva mirada sobre la enferma Roma; si la civilización es hija de la barbarie y nieta del salvajismo como nos dice Ortega, ¿podemos entender que estas enormes fuerzas civilizadoras operan de nuevo, ahora desde el Medio Oriente, para incoar la posthistoria de Europa, de Occidente? ¿Son las excavadoras, las marras y los taladros de los nómadas musulmanes, empeñados en destruir las bases de nuestra cultura (y en gran medida la suya propia) demoliendo lo más pétreo de su rostro, las herramientas, que, junto a las armas, las expulsiones y los asesinatos masivos, anuncian el gran cambio? Y de ser así, ¿bastará con que los satélites lo registren mansamente? ¿Estamos condenados, tanto, que vemos a la serpiente avanzar sobre nosotros y apenas añoramos el antídoto…? Sí, lo estamos. El falso antídoto del pancho europeo es la tecnología; esa, que, según él, en última instancia le permitirá abandonar el viejo barco para ver desde el Espacio cómo se hunde. Ah, la tecnología, ciega pizpireta, tan maquillada ella, y sin embargo, tan tragona, con el estómago tan dado a los minerales, los combustibles fósiles.  

Europa hace tiempo que no juega en las playas de Tiro, que no es pretendida por ningún toro, que tiene su mirada puesta en el casquete polar de Marte, y se entretiene soñando máquinas capaces de “aterrizar” allí. Quién sabe si el propio Nimrod, que dio nombre a la ciudad recientemente saqueada y demolida por esos salvajes, y que en realidad fue bisnieto de Noé, comparta la vocación escapista de su bisabuelo, y, aunque ya sin mandato ni protección divinos, esté ofreciendo a Europa un nuevo Arca para la evacuación final. Un Arca que se eleve sobre el mar de petróleo… Ah, cuánto más se habría podido entretener a la historia jugando con ella al escondite (la Tierra como casa).

A los asesinos que tienen asignada la misión de barrernos y regenerarnos, por inconscientes que sean de ello, y a quienes le dan alas acelerando la historia en los laboratorios, las bolsas, las lonjas, pensando en escapar a última hora, o, peor aún, en nada; os advierto: puede que la partida esté fatalmente marcada, pero habrá que jugarla hasta el final. La mujer de Pancho todavía trabaja, imbéciles, hijos de la gran puta.


miércoles, 4 de marzo de 2015

¿Son neto?








Durante los treinta años que llevo escribiendo poesía, nunca (hasta hoy) escribí un soneto. Nunca sentí la necesidad de hacerlo. Además, me llegó muy temprano (tal vez demasiado) aquella anécdota de Guillén (Nicolás) que circulaba entre poetas y lectores afines, y en la que éste recriminaba a los versolibristas jóvenes que no cultivaran el género; viniéndoles a decir que, sin pasar por él, su aprendizaje no sería completo. Muchos autores opinan lo mismo, pero escuchado (aunque indirectamente) de Guillén, ante quien me rebelaba entonces sin medias tintas, producía en mí un rechazo frontal. Qué tontería… la mía, claro.      

De cualquier modo, y con todo respeto a los buenos sonetistas, vivos y muertos, llegué hasta aquí sin sentir urgencia alguna de escribir ajustado a tal formato. Leo sonetos muy frecuentemente. Y lo hago con gran placer. Pero escribirlos… En fin, son muchos los que me han invitado a estrenarme. Hace poco, un poeta conocido insistió en ello con cierto retintín. No hubiera bastado, por supuesto, para que enfilara hacia mi primer soneto, y mucho menos para que lo hiciera en público, (qué culpa tienen en todo esto mis lectores) pero se sumaron dos coincidencias desencadenantes: Primero, llevo un buen tiempo releyendo con orden la poesía del Siglo de Oro, muy familiarizado con la lectura del soneto (bueno, regular y malo). Y segundo, esto que les cuento ahora con más detalle:

Hace unos días asistí a una brillante conferencia dictada por Antonio Carvajal como clausura del I Congreso de la Asociación Internacional para el Estudio de Manuscritos Hispánicos (AIEMH) que, organizado por la Fundación Jorge Guillén y la Universidad de Valladolid, se celebró en la Facultad de Filosofía y Letras. Antes de que comenzara la intervención del vate de “Graná”, y con ella el derroche de humor inteligente, mi buen amigo, el poeta y dramaturgo Luis Enrique Valdés, se acercó a mi butaca con aire socarrón para leerme, muerto de la risa, un soneto del también “granaíno” Diego Hurtado de Mendoza. Nos reímos juntos, Luis, Marisela y yo, con el ocurrente de Mendoza (el soneto es malo, pero graciosísimo) y seguimos haciéndolo con Carvajal toda la tarde.

Después me quedé pensando que tal vez fuera el momento de iniciarme como sonetista. ¿Por qué no hacerlo dando la réplica al cachondo poeta del XVI? ¿Qué mejor forma de acometer algo así? El humor es un lenitivo muy eficaz, también para desvirgar poéticas. Río… Bueno, el caso es que hoy, contestando un soneto tan alejado del petrarquismo en todos los sentidos posibles, me encontré muy cómodo. Entonces, ya puesto, y con ánimo juguetón, no sólo recreé la rima del soneto de partida (ABBA-ABBA-CDE-CDE) sino que, además, la convertí en base para un falso acróstico. Qué chulo, un principiante cerrando el soneto por ambos flancos. A ver si se conforman. Río de nuevo…

Una vez escrito, se lo envié a Luis (también socarronamente, como quien hace una trastada y busca cómplice) para que lo leyera y revisara, pues él ya es un experimentado autor de sonetos. Luis aceptó amablemente: hizo algunos apuntes métricos, y tuvo además la delicadeza de reírse conmigo un poco más, prolongando la gracia de aquella picante lectura compartida. Cuando escriba mi próximo soneto, para lo que, por razones obvias, no debería esperar otros treinta años, se lo dedicaré a él.

Éste, sin embargo, y con su permiso, es para ustedes. Se los confío con la esperanza de que se rían... inteligentemente.



Soneto de Diego Hurtado de Mendoza (1503 – 1575)


Rapándoselo estaba cierta hermosa,
hasta el ombligo toda arremangada,
las piernas muy abiertas, y asentada
en una silla ancha y espaciosa.

Mirándoselo estaba muy gozosa,
después que ya quedó muy bien rapada,
y estándose burlando, descuidada,
metióse el dedo dentro de la cosa.

Y como menease las caderas,
al usado señuelo respondiendo,
un cierto saborcillo le dio luego.

Mas como conoció no ser de veras,
dijo: «¡Cuitada yo! ¿Qué estoy haciendo?
Que no es ésta la leña deste fuego».



Mi réplica


Al instante preciso, Diego Hurtado,
Baraja quid y guiño tu doncella:
Bojea el hoyo donde se atropella
Aturdido el potrillo de su hado.

A un tiempo el apogeo es cuestionado,
Bóreas enfría y Torquemada amella.
Bajamar, soso cabotaje, y ella
Amputa del festón lo más dorado.

Contritos el instante, su atalaya,
Demos a tu soneto el beneficio
Efímero y gracioso del buen juego:

Calita necesaria en toda playa.
Del rasurado no hallo lo nutricio.
Es el miedo la nieve en ese fuego.



miércoles, 25 de febrero de 2015

Al monte, al monte… con Maura Morales





                                                                      DIONISO

                                                                      …al monte, al monte, donde espera
                                                                      la plebe de mujeres
                                                                      que han dejado telares y husos
                                                                      aguijoneadas por Dioniso.


                                                                      CORO

                                                                       …invitando a las posesas
                                                                       al monte, al monte. Y con placer,
                                                                       como un potro que pace junto a su madre,
                                                                       bacante, mueve tu pierna con rápido pie en las danzas.


                                                                                                                        Eurípides
                                                                                                                    (Las Bacantes)



Hace unos días, en una red social, y gracias al escritor Armando Valdés-Zamora, descubrí una estupenda bailarina. Maura Morales, se llama. Desde entonces estuve disfrutando su obra en los vídeos que se encuentran disponibles en Internet. Un portento esta mujer. De veras distinta y especial (con lo difícil que resulta serlo hoy día en cualquier campo) a lo que suelo ver en la danza contemporánea últimamente. ¿Cabe esperar algo nuevo en esta disciplina, atravesado el voraz siglo XX? ¿Cabe esperarlo, aquí, en el cuadrante noreste del mundo, en alguna actividad humana al margen de la ciencia? Esperemos que sí. Pero lo nuevo en el arte, si dirigido al hombre (de momento su único receptor posible) no puede serlo en su contra, y por tal razón, tendrá necesariamente que anclarse en su memoria, para, desde ella, dar el engañoso y definitivo salto: Nuevo, sí… más, mientras mayor resulte el diámetro del círculo: fuente-cántaro-hombre-fuente.      

Maura danza como una ménade. Antes de comunicar (nos) algo, lo ofrenda. (¿A quién?) Lo que veo y siento cuando baila, es primero una sustancia informe que no poseo ni puedo poseer ipso facto. Se trata de un asunto muy suyo, que hago mío después, poco a poco, en la medida en que me torno capaz de participar su rito. No es algo de ella para mí, sino de ella para un alguien que nos trasciende a ambos, pero con quien puedo también establecer un vínculo, sobre todo, si cuento con la eficaz mediación de la artista. Aquí debo explicarme. A ver si lo logro. Permítanme dar un pequeño rodeo.

Puede que conservemos una memoria genética, prehistórica, que nos convierta en portadores de unos estímulos insondables, anteriores al tiempo divino, lineal y asimétrico que asumimos cuando nos hicimos agricultores y ganaderos, sedentarios. Puede. Pero lo seguro del todo, es que somos y obramos sujetos a una memoria histórica que apila ya diez mil años de pasado, en cuyos albores el hombre se dio a un frenesí social que desembocó en el surgimiento de las primeras células urbanas, donde se estructuraron formalmente la mitología, la religión, el arte, la política, la guerra…

En el Creciente Fértil, (zona donde ocurrió la llamada revolución neolítica, muy vinculada al Mediterráneo y a los ríos Nilo, Jordán, Eúfrates y Tigris) una vez superada la Edad de Oro, el hombre se dio de bruces con la historia. Allí se generó la semilla común de lo que en términos culturales llamaríamos después Oriente y Occidente. En nuestra cultura occidental, que floreció más tarde alrededor del mar Egeo, el hombre concibió un aparato mitológico que tuvo su crisol en el panteón griego. De un mundo titánico, sujeto a un tiempo circular, machacón y ensimismado (prehistórico) se pasó a otro divino, que ocurría en un tiempo avaro, lineal y escapista (histórico). El hombre titánico, merced a la victoria de Zeus sobre Crono, y a la complicidad de Prometeo, pasó a ser pánico: todavía en Arcadia y poco urgido por asuntos temporales, pero después se hizo apolíneo, dionisiaco: avecindado en la polis, inmerso de lleno en la historia y sujeto a su inclemente tiempo.         

Fue Dioniso, último gran Dios entre los griegos, extranjero de raíz oriental e hijo adoptivo de Pan, quien auspició el cambio definitivo. Nos dice Jünger: “Dioniso representa la inversión, el cambio del tiempo”. Y es que el hombre subido a la historia con su implacable reloj, necesita darse unas higiénicas pausas para escapar a tan exigente sometimiento. El culto a Dioniso propicia estos intervalos, más aún, los hace obligatorios. La vida sin este dios resulta hueca, no reposta humanidad en sitio alguno, no permite al vividor salirse de sí, de su insulso destino, ni siquiera un instante. La fiesta es consustancial al hombre divino, y fuerza al tiempo a conceder el impasse humano, la pausa evasiva y reparadora.

Las fiestas dionisiacas no se celebran en la polis, sino en el bosque o las montañas, donde el devenir vuelve a detenerse. Pan acecha, participa, negocia carnalmente con las Ménades: mujeres que sirven a Dioniso liberadas de la cadena temporal, de la estricta función que tienen asignada en ella. Las Ménades danzan bajo el designio divino, se dan a portentosas orgías, infringen todas las reglas, incluso cometen asesinatos. Y todo ello lo hacen poseídas por su dios, que permite (exige) la ilusoria, pero imprescindible, liberación. 
  
Digo que Maura danza como una ménade, justo porque bailando consigue y ofrece la dicha liberación. Maura baila ante nosotros para Dioniso, sin dudas. Y sólo cuando aceptamos rendirnos ante el terrible pero necesario dios, logramos participar el evento: nos liberamos a través de ella (vehículo), y en su arte (ofrenda) validamos el éxtasis redentor.

Cuentan que la Duncan, considerada como la madre de la danza contemporánea, una suerte de renovada musa pagana que bailó en primicia el entonces emergente expresionismo, visitaba el Museo Británico de Londres para extraer sustancia y forma “danzables” del imaginario que contiene la cerámica griega. No sé si habrá encontrado en ella estímulo bastante para la revolución que inició en la danza moderna, pero de allí salió feminista, poseída por un nuevo daímon (como es lógico, nada manso ni convencional) y, en consecuencia, con la túnica semiabierta, las piernas desnudas y los pies descalzos.

Algo parecido sucedió con Martha Graham. En pleno auge del expresionismo, incluso en sus postrimerías, esta bailarina también se nutre de un espíritu pagano para contestar y trascender la danza académica, representada todavía en aquellos momentos, casi en exclusiva y a pesar de las pujantes vanguardias, por el ballet. Tanto en los asuntos como en las formas, la Graham, que cultiva con acierto la semilla de Isadora, se vale de Grecia; sobre todo en su trayectoria de posguerra, cuando recrea varios mitos clásicos. Especialmente relevante en este sentido resulta su obra Night Journey, donde retoma el mito de Edipo muy centrada en la figura de Yocasta.

Pero ni en la Duncan ni en la Graham predomina, creo yo, un impulso dionisiaco. Isadora busca en la naturaleza lo que Martha en las artes de todo tipo. La una es pánica, la otra, apolínea. En mi opinión, es en la obra radicalmente vanguardista de Mary Wigman donde lo dionisiaco asoma con gran poderío para desarrollarse en todo su esplendor. La Wigman es capaz de bailar la música atonal, de bailar sin música. Aquí lo narrativo carece de interés. La gestualidad es honda, pero libertaria, y en algunas ocasiones raya en lo satánico. La bailarina y coreógrafa incorpora elementos orientales, incluso máscaras, recursos ambos de cariz báquico. En lo más integrista de su obra, se subvierte del todo el orden establecido, se baila para satisfacer a un alma desinhibida que apenas logra gobernar su cuerpo. Esta es la artista que baila a fondo el expresionismo con su sobrecarga psicológica, emotiva y trágica, pero también el fauvismo, el dadaísmo, el surrealismo. Su obra no sólo conecta con lo dionisiaco, sino que a la vez parece aludir a un entorno órfico-pitagórico. En mi opinión, Hexentanz (Danza de Brujas) es una de las obras más dionisiacas del siglo XX. Aquí no hay fiesta, claro está, como no la hay en el grueso de la obra de Wigman, pero sí alienación, y una total liberación frente a lo apolíneo. La tragedia no es ajena a Dioniso. Todo lo contrario. Recuerden que este género, (y el teatro griego al completo, para decir mejor) nace precisamente de su culto. Lo dionisiaco puede resultar también muy trágico. Recuerden que, husmeando en una bacanal, inducido por el propio dios, Penteo perdió la cabeza a manos de su madre.

Justo en la línea conceptual incoada por Wigman, aunque salvando las lógicas distancias, y entendiendo como imprescindible su actualización, ubico yo la obra de Maura Morales en su doble faceta de bailarina y coreógrafa. A diferencia de la artista alemana, Maura narra y baila con música; sí, pero su relato danzante se aparta con claridad del canon apolíneo en dirección al agon dionisiaco. Nada tiene que ver el tempo de Maura con el de Wigman, nada tiene que ver el temperamento de la una con el de la otra, son muy diferentes en tensión dramática y en lirismo (hablamos de una artista moderna y otra postmoderna; la una, centroeuropea, la otra, caribeña) pero lo común a ambas es el sino libertario.   

La obra de Maura está marcada por ese sino. Es muy distinta a otras igualmente vanguardistas. Compárese, por ejemplo, con la de Milena Sidorova, la de Sol León junto a Paul Lightfoot en el Nederlands Dans Theater, la de la compañía Liss Fain Dance; todas ellas de primerísima calidad, que exploran con acierto diferentes géneros, incluso fusionándolos de manera tan sorpresiva como exitosa, pero siempre con un talante sin dudas apolíneo, por su preciosismo, por la suma afinación. Maura, que por suerte no cabe en la escuela camagüeyana, cubana, (ella es de Camagüey, Cuba) ni tampoco calza con exactitud en la actual Danza Urbana, domina todos los palos de su arte, pero además tiene algo muy especial: sencillamente baila con perentoria y total libertad. Libertad. Libertad… 

Maura danza como una ménade, insisto. Tal vez por eso su obra me resulte tan atractiva. En ella todo conduce a la liberación, a la subversión del tiempo para el impasse humano. Ni la técnica (que la tiene, y mucha) ni la gravedad (que no puede evitar) ni el relato (en que suele apoyarse) ni siquiera la música (que es su perfecta coartada, pues tiene una musicalidad que apabulla) son aquí elementos esenciales. Lo esencial es el paréntesis libertario, donde el tiempo deja de ser pautado en el reloj, y el espacio pierde su fuerza determinante. Alienación, pero muy nuestra; entendida justo como higiénica parada para repostar humanidad. La obra de Maura permite a sus espectadores salirse de sí mismos, ser por un instante dios, ménade, sileno, enmascarado bufón; participar la nutritiva bacanal, y golpear con el tirso, una y otra vez, el cableado cerebro de las máquinas…. Échense al monte con ella. Véanla bailar.                   

                                                                 
                                                                       CORO

                                                                       Dioniso, Dioniso, no Tebas, manda en mí.

                                                                                                                Eurípides
                                                                                                              (obra citada)

 


Pulsen este enlace para ver un tráiler de “Ella”. Coreógrafa y bailarina: Maura Morales

https://www.youtube.com/watch?v=OIvQvqprAE4


También les dejo varios enlaces por si quieren ver algunos vídeos con trabajos (coreografía y/o danza) de Isadora Duncan, Martha Graham, Mary Wigman, Milena Sidorova, Sol León junto a Paul Lightfoot y Liss Fain Dance; ejemplos todos de lo que sobre ellas comenté en el texto


Duncan:
https://www.youtube.com/watch?v=Kq2GgIMM060

Graham:
https://www.youtube.com/watch?v=fFNsKeMbW20

Wigman:
https://www.youtube.com/watch?v=AtLSSuFlJ5c

Sidorova:
https://www.youtube.com/watch?v=JItkRLVlf-c

Sol León y Paul Lightfoot:
https://www.youtube.com/watch?v=tFEpyyAlvyg

Liss Fain Dance:
https://www.youtube.com/watch?v=wZRNEnXqu1M



jueves, 19 de febrero de 2015

Los nombres del amor






 
La Fundación Jorge Guillén acaba de publicar en su colección Cortalaire mi poemario Los nombres del amor. Como es norma en esa querida y respetada institución, una de las que más y mejor trabaja por la poesía en el ámbito de nuestras letras, el libro está muy bien editado, cuidadísimo. Estoy satisfecho y agradecido. Se trata de un poemario que, milagrosamente, pudo con la penumbra que lo ajustó durante más de un lustro a la rigurosa y escueta geometría de mi horaciano cajón.

Aquí está. Corro la voz, por si alguien quiere hurgar conmigo en esa imagen prima, arquetípica, que nos explica y justifica como especie: el Amor; en este poemario entendido (intuido, para ser más preciso y menos pretencioso) como un impulso totalizador e inabarcable, al que, sin embargo, y aunque de manera involuntaria, solemos poner diversos motecillos con la idea de facilitarnos su comprensión y consecuente retención.

Aun con dudas al respecto, probé endosar al Amor veinticuatro títulos, participando una vez más el peregrino afán. Y fracasé, claro. Pero quién sabe si por el camino pude señalar y remarcar, a través de la razón y la verdad poéticas, alguna esquiva potencia del Soberano. Quizás el fallido intento nominativo ayude a engrandecer su fábula, y, por esa vía, (¿qué somos, sino fabuladores empedernidos?) acicale su trono. Más nos vale agarrarnos al tobillo de tan legendario Rey.

El tiempo y los lectores dirán si tuvo sentido el empeño, pero de momento hago lo que debo: difundir la noticia por los medios a mi alcance. Acompaño así el esfuerzo hecho por la Fundación Jorge Guillén (gracias Antonio, Carlos, Pilar, Marta y Luis) para que este poemario pudiera llegar a los lectores de poesía. Aquí les dejo dos poemas (apertura y cierre del libro). Y también unas palabras de Carmen Morán, filóloga, doctora y profesora de la Universidad de Valladolid, que, tan atinada como siempre, se refirió a Los nombres del amor, entonces inédito, en un ensayo que dedicó al conjunto de mi obra poética hace un par de años. Gracias de nuevo, Carmen.



Neuma
(de la nada al amor)


                            ¿De qué perdida claridad venimos?
                                                        Blanca Varela


La nada primigenia, totalidad blanquísima,
a expensas de la corrupción que atañe
a todo concepto que se sube al tiempo,
mientras huía de las definiciones,
o sea, de nosotros, ––tal vez nos barruntaba
ingeniosos y parlantes acólitos del Todo––
quién sabe si para despistarnos
o para compensarnos el día que,
también subidos al tiempo
topáramos con ella;
aspiró y exhaló su propia esperma
emanando un temblor ingobernable.
No materia, no, tampoco antimateria,
un temblor en sí ––tensión desordenada––
cuyo designio de colmo sin embargo
lo hizo cardinal para nosotros.
Un temblor que repele nuestros nombres,
que no somete su esencia a la palabra,
que no escolta obediente en la imagen
las procesiones del aire.

Y a tan sugerente prueba
de lo fecundo-inefable consustancial a la nada
cuando en el tiempo enrolada se desdobla,
miraron siempre, confusas,
la razón y la experiencia:
¿Qué llevaba la nada en su costado fértil?
¿Hizo falta un demiurgo que lo detonara?
¿Qué arcano, qué placebo liberó para nosotros?
¿Y cómo nombrarlo, penetrarlo, poseerlo?
¿Cuál es el precio de un regalo tan etéreo,
sin un número al dorso,
un nombre en el anverso?

La nada impura, desdoblada, dicha,
a nosotros en el tiempo finalmente unida,
esparce el fruto de su neuma en los milenios.
Su temblor fundante, siempre presto,
cruza el tiempo del caos al holograma
hollando fuerte en elevadas cimas:
la Epopeya, la Tragedia, las Sagradas Escrituras,
las Normas de Caballería, la Divina Comedia,
los Canales de Venecia, los Jardines de Versalles,
los decimonónicos abismos de Occidente... Grandes
escenarios compuestos por nosotros
para exhibición de tan caro advenimiento
y del vértigo que integra su vacío.

Pero todo tiene un precio.
La nada, ahora ya totalidad oscura,
liada en el mapa de las abstracciones,
en la polución que causa su cuestionamiento
paga el lado genitor de su periplo.
...Y nosotros también lo pagaremos
si no convenimos lo contrario.
El amor se nos ofrece siempre
peligrosamente unido a la conciencia.
El precio del temblor que nos explica
cuelga en los ánimos especulativos;
pero también, para que grave incluso
los ánimos más simples, más serenos,
cuelga del horizonte mismo.
El precio es la certeza de la pérdida;
sabernos condenados al principio:
No amantes. No imagen. No piedra.
Perfecta claridad recuperada.
Totalidad blanquísima de nuevo.
Nada en puridad: Todo potencia.

Convengamos evadirlo.
Tú, lector, siempre que puedas hazlo:
No aceptes. No pagues. Crea.
Ama sin más. Enrócate en la imagen.
Acude a lo divino. Haz lo que haga falta
pero tiembla...
Cuélgate del cero y mécete.
Aunque parezca ocioso, nombra,
numera, apila...
Que siga el temblor atravesando tiempo.
Ayuda a cuidar los escenarios viejos.
Ayuda también a componer los nuevos.
Memoriza, imagina...
Que no se agote, mientras la nada deriva,
el eco de su neuma.



Los nombres del amor


                              ¿Quién vendrá de lo alto
                              con fragmentos de viento
                              a darte nombres?

                                                    Valente


Dije, entre otros muchos nombres:
neuma/ oscuridad/ motor/ alteridad/ convenio/ temeridad/
dolor/ redondez/ codicia/ fidelidad/ dependencia/ reposo/
fatalidad/ grieta/ narcisismo/ arraigo/ epifanía/ inocencia/
camuflaje/ miedo/ erotismo/ aislamiento/ dominio/ ilusión...

Muchas veces intenté alcanzarlo, siquiera rozarlo.
No con su nombre más abstracto, ése, sonoro,
que a falta de otras dimensiones
arracima como puede en el turbión emocional de quienes aman;
sino con esos otros, hijos mimados de la imagen,
que bajo su silente y sugestiva saya
tan bien se nos esconden.

Los busqué en tantas voces...
Los invoqué de tantas y distintas formas...
Acaso los dije sin poder con ello
ni atisbar su karma.

Este libro exhibe mi halagüeño fiasco:

Relincha lo inefable en su asteroide.
No tintan a la luz los nombres del amor.
Todavía quedan nombres que buscar
                                                             
                                                                     entre las sombras.

Todavía quedan sombras en el reino de
                                               
                                                                     los nombres.




Palabras extraídas del ensayo “Avistando la poesía de Jorge Tamargo”
Carmen Morán
Revista Adarve, nº6 (2013). Universidad de Jaén



       […] Los nombres del amor es —puede apreciarse ya en el título— una relectura (una reescritura palimpsestuosa, como inevitablemente lo es toda la poesía en la posmodernidad) de Los nombres de Cristo de Fray Luis de León. Se hace ahora, al reparar en ello, más patente el platonismo que se ha podido intuir ya, cuando he afirmado que libertad y amor son para Tamargo imposibles necesarios, esencias de las que solo atrapamos sombras que, sumadas, dan una imagen más o menos completa, nunca completa del todo, de la Idea. “Neuma”, “Oscuridad”, “Motor”, “Alteridad”, “Convenio”, “Temeridad”, “Dolor”… son algunos de los nombres del amor, algunos de los veinticuatro títulos que conforman este libro, a los que se suma un último poema, que sirve de recapitulación y explica el sentido definitivo del tratado (pues estamos ante un auténtico tratado ontológico sobre la Idea platónica, absoluta, del Amor). El título de ese último poema coincide con el del libro, “Los nombres del amor”, y la conclusión que ofrecen sus versos finales, en aparente desaliento, es en realidad una invitación a proseguir la infatigable tarea de perseguir la Idea del Amor (con mayúscula), descubriendo cuantos podamos de entre sus infinitos nombres: “Este libro exhibe / mi halagüeño fiasco: / Relincha lo inefable en su asteroide / no tintan a la luz los nombres del amor. / Todavía quedan nombres que buscar entre las sombras / Todavía quedan sombras en el reino de los nombres.”

       Los siete primeros poemas son los que mayor carga metafísica, conceptual, reúnen. El séptimo es “Dolor”, firme rechazo a la asepsia artificial de un amor que no duela. El poeta se muestra consciente de que su discurso puede ser demodé, kitsch incluso, en su denodada celebración de la emoción a flor de piel en la era de los afectos divulgados vía Twitter: “Perdonad este discurso decadente / en los ínclitos umbrales de la holografía”. El final del poema (la división, clara, la establecería el perentorio imperativo “Atended”) nos llega como un eco —literalmente: las asonancias (periferia, suena, era, Pompeya…) lo hacen posible— el ejemplo de los amantes calcinados en la ciudad romana. Esta última referencia parte, en mi opinión, de otra elaboración poética del tema, la del compatriota de Tamargo Víctor Casaus (La Habana, 1944). En su libro Todos los días del mundo, Casaus incluye “De la Historia Universal”, que comienza: “Me han contado que en Pompeya / entre las ruinas dejadas por el paso de la lava / una vez se hallaron mezcladas con vasijas / que la ceniza conservó y perros que ahora duermen / bajo el polvo / dos figuras que hacían y deshacían el amor / en aquel temprano día del año 79 / enlazados en ese abrazo que como se ha visto / pudo más que la muerte”. La mención de los restos de los amantes mezclados con los de los perros se fusiona, en la recreación de Tamargo, donde los amantes son los perros.

       A partir de ese pórtico, la disquisición abstracta sobre la idea del amor se concreta en un amor particular —lo autobiográfico siempre, como vemos, permeando la voz lírica del poeta. Suceden entonces, a la disquisición, poemas mucho más directos, dirigidos a un tú, a una amada real: “Codicia”, “Fidelidad”, “Soledad”… Establecidas ya en los primeros poemas las bases teóricas, aparece ahora la vida cotidiana, común, “un café, un poema, un concierto, un viaje”, y también otras formas, otras advocaciones del Amor: el amor a los hijos, al recuerdo del padre, a la tierra de acogida… Incluso la ironía cabe —en “Fidelidad”, el título es inmediatamente desmentido/confirmado por un subtítulo burlón: “a nadie más engaño”. La enumeración de las otras con las que el poeta engaña a la amada — esa chica del tiempo, la Maga, Lolita, Gala, Frida, Praga, La Habana, Toledo, Circe, la Magdalena…—se compendia en una sola idea: “Todos los días, todos, te engaño / con la belleza”. La conclusión del poema enlaza con la cita inicial, pero lo que al principio parecía solamente burla, ahora, sin dejar de serlo, adquiere un sentido más profundo: “Ya ves, sólo te engaño a ti. / A nadie más amo yo / hasta el engaño.”

       Tiene cabida en Los nombres del amor cierto irracionalismo en las imágenes, aunque muy medido, como no puede ser de otro modo en quien, como Tamargo, descree de una palabra poética que no esté preñada de significado. Se sitúa en esto el poeta en la estela de la tradición predominante en el surrealismo hispánico, que no pierde del todo el númeno ordenador, dotador de nombre y de sentido, y que se vale de las imágenes irracionales como piezas que una estricta razón manipula. El irracionalismo de Tamargo se me antoja especialmente feliz en los momentos en que el erotismo asoma en el poema (por ejemplo, en la composición titulada precisamente “Erotismo”), que nos deja un verso de gran potencia expresiva que revela el conocimiento de la tradición surrealista: “Suben potros azules por tu espalda”. […]






El libro se puede adquirir en cualquier librería de España (ISBN: 978-84-15046-29-5). Lo distribuye Pórtico Librerías, que también trabaja en el extranjero. Se puede pedir, por supuesto, a las librerías de Valladolid, especialmente a: El árbol de las letras, A pie de página, Oletum y Margen.


viernes, 13 de febrero de 2015

Lumme edita “Bajas pasiones…”







Hoy recibí la noticia de que mi ensayo “Bajas pasiones en la cabaña poética del castellano” ha sido publicado en Brasil por la exquisita editorial Lumme. Su director, el artista, poeta y promotor cultural, Francisco dos Santos, me envió además la maqueta en formato digital. En ella se aprecian el talento y el oficio a que nos tiene acostumbrado este editor. Pero para mayor placer todavía, veo los excelentes dibujos con que Francisco acompaña el texto. Es todo un lujo para mí que el editor se comprometa con el ensayo, también, en su condición de talentoso artista plástico. Lo agradezco públicamente.  

Aquí les dejo un par de extractos para que, quienes no conozcan el texto, puedan intuir por dónde va:

[…] no nos hemos librado de nuestro interesado y dañino sectarismo poético desde el XVII hasta ahora; ejercido éste desde movimientos, manifiestos, revistas, periódicos, cátedras, editoriales, premios literarios, ect. Ahí están, por ejemplo, la dura disputa pública sostenida entre Iriarte y Forner en el siglo XVIII, la no menos agria entre Quintanistas y Moratinistas a principios del XIX… Nada cambió llegados al XX, todo lo contrario, porque tanto el Novecentismo como la Generación del 27 padecieron igual mal. Este último movimiento alcanzó el colmo de lo sectario y excluyente […]

[…] El siglo XX español está cargado de intentos parecidos. Cada tendencia o grupo (se sucedieron muchos) pretendió controlar la charca, ya fuera para acicalar o torcerle el cuello a la fatigada y fatigante ave. Ultraísmo, Poesía Social, Postismo, Generación de los 50, Novísimos, Poesía de la Experiencia, Poesía del Silencio, Poesía de la Conciencia y un largo etcétera; algunos de ellos, movimientos con vocación excluyente que trataron de acallar a sus “contrarios” en la medida que les fue posible, y al margen de los cuales tenían poco que hacer, más allá de levantar su obra en silencio, los poetas que no calzaban en sus Tablas. Especial mención merece la llamada Poesía de la Experiencia, que avalada por un radical cambio sociopolítico acontecido en el país, logró emerger con fuerza en los ochenta y levantar un emporio tiránico en los noventa que aún mantiene en buena medida. Sus miembros, como sucediera cincuenta años antes con la Generación del 27, S.A., lograron posicionarse en todos los estamentos útiles a sus ambiciones, y desde ellos ejercieron, ejercen un espurio reinado que lastra a la poesía en castellano por abajo y por arriba, obstruyendo las arterias de su tradición y secando las venas que deben irrigar su porvenir […]

En este caso los invito especialmente a la lectura, porque aunque se esté más o menos de acuerdo con lo que digo, el asunto tratado tiene interés de cara al necesario acicalamiento del mayor laboratorio con que cuenta nuestra (cualquier) lengua: la poesía… su producción, ponderación y difusión.

Aunque el texto ha sido publicado digitalmente, y se puede encontrar en la red, invito encarecidamente a que, quienes puedan hacerlo, compren el libro (plaquette). Y lo hago por dos razones. La primera, porque Lumme edita verdaderos libros-objeto. Es una editorial que cuida su producto como muy pocas otras lo hacen hoy día. En este caso, no sólo el texto podría interesar (ojalá así fuera) sino que interesa el librito en sí mismo. La segunda, porque una editorial como Lumme, que en los tiempos que corren mantiene tales niveles de exigencia y calidad, merece ver valorado y recompensado su esfuerzo por quienes todavía saben apreciar estas cosas.

Aquí les dejo el enlace que deben pulsar si quieren comprarlo:


Mi agradecimiento especial a José Kozer, gran poeta y amigo, por el empeño personal que ha puesto en la difusión de este ensayo.