miércoles, 22 de abril de 2015

Breve elogio a la danza






Mi amigo Jorge Sánchez, bailarín, coreógrafo y director de la Academia de Baile vallisoletana “Danza Abierta”, me pidió que hablara esta tarde para personas que se han juntado aquí con la única intención de ver bailar. No sé si acertó al hacerlo, pero, por si acaso, seré breve.

Hoy los aprendices de la dicha escuela bailarán en público para celebrar el próximo Día Internacional de la Danza. No soy proclive a este tipo de efeméride, lo confieso, porque la danza, como cualquier otro universal, es un vehículo de humanidad, está por tanto implícita en la condición humana; es, o debía ser, cosa de casi todos los días. Pero si tal recurso (la efeméride formalmente instituida, digo) sirve para atenuar en alguna medida nuestra creciente apatía por los asuntos que más importan, bienvenida sea.

El hecho es que, motivos más o menos espurios aparte, hoy nos reunimos para hacer algo que hicimos desde que la especie enfiló hacia la vida en sociedad y se constituyeron los primeros clanes, las primeras tribus: bailar y ver bailar. La danza es la consecuencia directa de nuestra capacidad para experimentar el ritmo. Nunca se conoció grupo humano, prehistórico o histórico, cuyos integrantes no fueran capaces de sentir el ritmo con que la naturaleza late en todas sus facetas; de (re)producirlo con menor o mayor complejidad, de bailarlo. ¿Sería concebible que seres con posibilidad de sentir y (re)producir el ritmo, no terminaran bailándolo?

La danza es la concreción formal de una pulsión primaria, que, gracias a nuestra necesidad de (y capacidad para) manipular la naturaleza, se convierte en algo sobrenatural, artístico. En términos estéticos, se trata de ejercer la libertad dando forma a algo que todavía no la tiene, animando a un cuerpo (individual o social) que llega a moverse armónicamente, y cuyo movimiento propicia una pautada y perfecta síntesis entre tiempo (medida-intervalo-ritmo-duración) y espacio (medida-intervalo-luz-extensión).

Hablamos de un lenguaje artístico, con sus signos, su vocabulario, su gramática, su poder para crear un discurso simbólico; y de ahí, su alta capacidad para comunicar contenidos humanos. Pero este lenguaje no tiene una base netamente productiva, sino mágica. Puede que en sus orígenes, la danza acompañara a cazadores, guerreros, agricultores y ganaderos durante sus respectivas faenas, pero lo que ya no admite dudas, pues se comprueba en los pueblos que todavía viven al margen de nuestra civilización, es que antes y después de que tales actividades se llevaran a cabo, servía para que sus artífices, (danzantes ellos mismos, guiados por sus sacerdotes) se encomendaran a los dioses o celebraran sus dádivas. Además, y esto es fundamental, la danza también valía para unirlos en un rito colectivo: socializarlos. El hombre siempre danzó en grupo, y así canalizó estados emocionales altamente empáticos que lo hicieron cada vez más hombre.

Entonces, nos reunimos hoy para concelebrar un rito tan antiguo como la especie misma: hacer y ver hacer algo en apariencia improductivo, pero que entronca directamente con nuestra alma. Estamos aquí porque somos animales especiales, raros… Sí, somos artistas. Y no sólo percibimos la realidad por vías sensoriales, con su poderoso ritmo interno, sino que podemos manipularla, incluso bailarla; esto es, dotarla de dimensiones humanas: exteriorizarla (re)formada. Podemos imaginar, y haciéndolo, creamos realidades suprasensoriales, más complejas, pero también más convenientes que las regaladas por la naturaleza.

La técnica, que, aún en progresión, nos mostrarán estos jóvenes bailarines, créanme, es aquí lo que menos importa; resulta muy necesaria, claro está, porque articula y hace legible el lenguaje que han escogido para expresarse, pero lo es sólo como un medio para alcanzar el fin deseado: dar fe de su resistente humanidad; retar al tiempo, forzarlo a pausarse, detenerse; poner un alto precio a la vida frente a la muerte, que se ceba con lo animal, pero pávida huye del relato humano, marcado por su indómito imaginario.

Al verlos bailar olvidarán, seguro, la pueril excusa que hoy nos convocó (todos los días son igual de buenos para bailar). Entregados participarán una manifestación arquetípica de nuestra esencia humana, ofrecida a lo largo del tiempo en una única y extensa obra que de continuo muda momento, escenario y forma, para, perennemente actualizada, durar lo que nosotros mismos.

En esta confortable sala no vemos la luna, no tenemos a mano una hoguera ni una piedra sagrada, pero somos mujeres y hombres: animales sociales, memoriosos, capaces de imaginar, de crear escenas mágicas al margen de lo meramente perceptivo. Hoy, aquí, a cubierto, la memoria y la imaginación suplirán una vez más luna, hoguera y dolmen. Todos somos artistas porque de alguna manera recibimos, incubamos y testamos la total heredad de nuestra especie. No importa que hayamos asumido frente al arte una actitud más o menos activa. Todos somos potenciales danzantes, y casi nunca, a la vista está, danzamos solos.

Muchas gracias.


miércoles, 15 de abril de 2015

En la boca del lobo. Poema y poeta







Hace unos días, el poeta Félix Anesio compartió con sus amigos aquel texto de Witold Gombrowicz: “Contra los poetas”. Hacía tiempo que no lo leía. Lo hice por primera vez hace más de veinte años. Entonces alguien me lo pasó con la intención de que revisara mi ya severa inclinación a la poesía. Sigue vivo este texto. Tal vez porque está lleno de contradictorios y perseverantes agujeros, de inquietantes apuntes… Pensé contestarlo en prosa, pero luego lo reconsideré: ¿A estas alturas vale la pena? Además, puede que la mejor forma de responder algo así, sea con un poema. Mientras más corto, mejor. Si apartamos lo anecdótico, estoy en desacuerdo con este hombre en casi todo lo que dice. Su noción de realidad es estrecha, radicalmente deficitaria. Sus carencias en Estética son notables. Su positivismo con raíces baconianas suena hoy muy trasnochado. Pero lo que más me llama la atención es lo mal que distingue entre poeta y poema, entre poesía necesaria y barata, entre poetas útiles y prescindibles. Cómo lo ensarta todo este hombre a la misma cuerda… Qué grueso el trazo para venir de alguien que, según él mismo dijo, temblaba con Shakespeare, Pascal y las puestas de sol. En fin, escribí esto:
 


Poema y poeta


                       “…a casi nadie le gustan los versos…”
                                              Witold Gombrowicz


                                            “Toda cosa tiene dos asas:
una por la que es llevadera y otra por la que no lo es.”
                                                                 Epicteto


Otra vez
el poema desplegó sus asas.
(La una informe. La otra no.)
Buscaba un agente desequilibrante
que lo introdujera, vivo,
en la boca del lobo
para de nuevo retar al tiempo,
ponerse a prueba,
actualizarse.

Durante años esperó.

Muchos tiraban del asa formada
(perfectamente reconocible)
y nutrían a la bestia,
pues la sustancia poética, manida
vertía en su gaznate, tibia
capitulaba en su buche.

Sin embargo, cuando el preciso operario

tiró valientemente de la informe,
(qué loco, con lo que impone la brutalidad)
el poema se hizo liana en la garganta del cánido,
palo atravesado en sus fauces.

A casi nadie le gustan los versos. Quizás.
Pero todos entraban y salían del oscuro foso
con sus pequeñas linternas.
En él jugaban protegidos
por el puntal maestro,
similar en sustancia y forma
al báculo de los dioses.

El poeta apenas sabe lo que hizo.
¿Intuir el asa buena?
¿In-formarla a tiempo?
El poeta apenas es un contingente medio.
Sólo el poema resuelve
(provisionalmente)
en ese agujero atroz.

No el poeta, Witold,
el Poema.


lunes, 6 de abril de 2015

Serena apoteosis de la vulva





Hace más o menos un año, di en Internet con la viva recreación de El origen del mundo (Courbet) hecha por Deborah de Robertis en el museo D’Orsay, París: La artista llega a la sala donde se expone el cuadro, se sitúa de espaldas a él, de cara a los espectadores, se sienta en el suelo y abre las piernas mostrando su vulva. Para hacerlo con total rotundidad, añade un recurso hiperrealista: no sólo busca la perspectiva perfecta y determina con sus muslos el campo visual hacia la embudada “diana”, sino que se ayuda con las manos para abrir y sujetar sus labios (menores y mayores) haciendo visible el “pórtico” en su integridad, acentuando su dramatismo: rosa contrastado sobre el fondo negro que ofrece el abundante vello púbico.

Aquella recreación me impresionó con especial contundencia. Pero entonces preferí no compartir la impresión, sino dejarla reposar, pues pertenece a esa clase de aprehensiones que nos marca sin que sepamos dilucidar con claridad el porqué. En tales casos, es mejor dejar que el tiempo cribe lo percibido, para que la razón, tan propensa a (y necesitada de) la abstracción discriminante, pueda entretenerse especulando.

Hoy, lo confieso, tengo uno de esos días terribles que sólo el arte potente puede enmendar en alguna medida. (¿Qué mejor que una obra de rotunda humanidad para aliviarnos, cuando el escepticismo roe sin miseración?) Por eso echo mano a este vídeo, que no había vuelto a ver desde entonces. Ahora, sin embargo, no sólo lo veo y disfruto nuevamente, también le busco la quinta pata al gato y la propongo a mis lectores: la búsqueda, quiero decir, no la pata, pues en el arte las patas son siempre visiones de alas maltrechas. Cuando el arte se apoya del todo, se amodorra, se convierte en otra cosa. Y en este caso, creedme, mientras más patas, peor.

Entonces, ¿qué interés tiene lo que pueda comentar al respecto? No lo sé. Sospecho que ninguno frente a la obra de Deborah en términos absolutos. (La artista es ella, y, en esta rara ocasión, también la obra de arte; yo sólo represento a una parte del agradecido público). La crítica siempre tiene un valor muy relativo… Pero tal vez pueda acercar su propuesta a más gente. A ésos, para quienes una vulva convenientemente puesta en escena deja de ser (sólo) un órgano del aparato reproductivo femenino, un lascivo agujero o un portón para expulsar animales, convirtiéndose en el creíble origen del mundo.

Y es que, claro, no asistimos a una clase de biología o anatomía, a una escena pornográfica, a la consulta de un ginecólogo, a una sesión de simple modelaje artístico; tampoco a un burdo palimpsesto. Aquí la artista (y obra de arte a la vez) recrea un antecedente con la intención de ofrecernos una otra dimensión muy distinta del mismo, una forma actualizada para la misma sustancia. Si bien dice con Courbet: Yo soy el origen. Yo soy todas las mujeres; abunda por su cuenta y riesgo: No me has visto. Quiero que me reconozcas.

Se trata de una obra extremadamente verista.

Si bien es cierto que ya Courbet asignaba al sexo de la mujer un papel genésico, subversivamente adánico, y que su cuadro parecía anunciar los más complejos partos del XIX: Marx / Bakunin / Nietzsche… también lo es que todavía permanecía enrocado tras unos muslos que no se desplegaban hasta el total desasimiento. El agujero original de Courbet, amén de ser una representación inanimada y en dos dimensiones, no se resolvía del todo, ni hacia dentro, ni hacia fuera. Aquella vulva y su protegida vagina eran todavía pura potencia. Ni el realismo decimonónico más militante, ni siquiera el Paris comunero, lograron desvelarlas (abrirlas) hasta la más explícita concreción artística: su serena apoteosis.

Deborah retoma el asunto y lo actualiza. Lo hace en la época de la pornografía al alcance de todos, de las ecografías y las resonancias magnéticas, de las cámaras superlentas, del microscopio atómico y el acelerador de partículas… ¿Cuántos secretos puede tener una entrepierna o una vulva humana a estas alturas para nosotros? Muy pocos, si en los planos científico, escatológico o pornográfico. Muchos todavía, afortunadamente, si en los planos filosófico o artístico. Justo para contestar la pretendida suficiencia científica que nos tiene por simples máquinas biológicas (casi biónicas), los atávicos restos del viejo patriarcado, la banalización de lo humano que nos conduce, por una parte, a lo pornográfico, y por otra, a la inteligencia artificial; la obra de Deborah pudiera ser más necesaria que nunca. ¿Su vulva entra en escena milagrosamente a tiempo?

El verismo mal llevado puede tender y muchas veces tiende peligrosamente al panfleto. Pero el bueno, a lo largo de la historia cumplió siempre una función equilibrante y regeneradora, higiénica. En los momentos en que más nos jugamos, un tirón sensorial, como reafirmación de nuestra animalidad, premisa indispensable y antesala de nuestra humanidad, no sólo es conveniente, sino imprescindible. Asimismo lo es el enfrentamiento más descarnado y directo con nuestro ser social y sus manifestaciones menos edificantes en términos ideales. Ahí están para demostrarlo, por ejemplo, la comedia clásica griega, el ajuste antropomórfico y humano de la escultura helenística, buena parte del arte vernáculo romano (véanse los murales de Pompeya), la poesía burlesca del Renacimiento y el Barroco (Aretino / Quevedo / Góngora), buena parte de la pintura del XVII (Velázquez / Rembrandt…) el verismo del XIX (Goya / Balzac / Zola / Verga / Tolstoi / Dostoievski / Pérez Galdós / Verdi / Bizet / Puccini / Mascagni / Leoncavallo…), el Neorrealismo italiano del XX…

La obra de Deborah es verista, pero no barata. Tiene todos los ingredientes necesarios para proponernos el puntual regreso a un humanismo redentor: sólidas referencias, magnífica puesta en escena, lenguaje poético, y gran capacidad para desconcertarnos merced a un discurso polivalente en términos semánticos y semióticos. La artista no aparece desnuda o descuidada, sino moderadamente maquillada, con el pelo recogido, y vestida de color dorado para dialogar con el marco del cuadro de Courbet. No asume una posición grotesca o vulgar. En esto es más clásica que el pintor francés, pues obedece a la simetría de su cuerpo y perspectiva el camino a su vulva con la perfección de un Kubrick. No coquetea con la moda o la banalidad que imponen los cánones de la belleza femenina actual. No se rasura. Ofrece la vulva perfectamente protegida por su vello púbico, como ya dije, acentuando el dramatismo cromático de la composición, pero también su profundidad, apuntando además al enigma que comporta el negro (la oscuridad) sobre todo en casos como éste.

Estos no son detalles anecdóticos; son los que distancian la obra de la mera pornografía y la asimilan al Arte. Hablamos de una vulva, sí, pero también, y especialmente, de la Vulva: puerta de entrada para el semen genitor, de salida para el maravilloso engendro; el órgano-puerta, el que recibe la semilla vital, el que nos impulsa (o expulsa) a la vida. ¿El origen del mundo? Bueno, es una forma verista, poco idealista de llamarlo, pero muy creíble.

La vulva de Deborah, que completa y colma la que anunció Courbet en aquel célebre cuadro, por obra y gracia de su excelente puesta en escena, es ahora la Vulva. Por ella nos dimos todos a la vida. Somos, a fin de cuentas, carne para médicos disparada hacia la eternidad por sacerdotes ebrios. No somos máquinas. No queremos serlo. En ese agujero negro con su pórtico rosa podemos reconocernos. Lo hacemos. Por ahí salí yo con permiso de mi madre. Por ahí entro a lo desconocido. Pero antes me detengo, firmo el libro de la especie, y, una vez más, repito con Lezama: Ah, oscuridad, mi luz.
    

miércoles, 25 de marzo de 2015

A los políticos...







 Mercurio, en el Prólogo de Anfitrión (Plauto):


“Vosotros queréis que os sea propicio y os proporcione ganancias en vuestros negocios […] queréis también éxito para vuestras empresas dentro y fuera de la patria, prosperidad y provecho sostenido en los negocios emprendidos y por emprender, queréis que os comunique buenas noticias […] lo mismo os pido yo ahora que guardéis silencio durante esta representación y que seáis para ella jueces justos y equitativos […] vengo en son de paz: lo que yo quiero de vosotros es algo justo y nada problemático; he recibido el encargo de venir como embajador para hacer una petición justa a gente que también lo es; y es que no está bien pedir cosas injustas a gente justa… (continúa al final)



––¿Dónde estáis, qué hacéis?, preguntaba un político a los intelectuales hace algunos días, en un mitin vinculado con la campaña para las pasadas elecciones andaluzas, ensayo de las regionales y municipales que se celebrarán próximamente en toda España. Lo escuché prácticamente en duermevela (todavía pongo el telediario mientras me levanto) y por un instante me sentí aludido. En la trastienda de su pregunta formal (simple y dramático petardeo) latía la informe, pero corrosiva, la que “debía” formalizar en la conciencia, o, mejor aún, en la subconsciencia de gente como yo: ¿No veis, desalmados juguetones, que el mundo se acaba, y que, para evitarlo, debéis atraer votantes a mi opción política?

En realidad ¿a quiénes se dirigía este hombre? ¿Por qué me sentí fugazmente aludido? ¿Por qué siento la necesidad de escribir algo sobre un asunto tan manido y abusado? ¿Cuáles son los intelectuales emplazados, y por qué lo son especialmente en épocas de movimientos políticos más o menos aparatosos, ya sea durante períodos electorales en timoratas democracias que intentan sacudirse, o durante virulentos cambios de régimen? Llevamos más de dos milenios y medio hablando de esto, y todavía me animo. Hago hueco en la cansina tertulia. Levanto la mano: ––Perdón…

Caimán no come caimán, se decía en mi tierra, cuando las fuerzas entre dos contendientes estaban parejas, pero también cuando los partisanos de alguna causa, sobre todo de dudoso provecho para el común, se protegían mutuamente en horas bajas, hacían valer su complicidad frente a terceros. Mas en este caso un intelectual, rodeado de intelectuales por los cuatro costados, con grave retintín preguntaba a sus homólogos: ––¿dónde estáis, qué hacéis? Él, al margen, como si se dirigiera a extraños… casi traidores. Pero ¿no son la mayoría de los políticos, intelectuales ellos mismos? ¿No cuentan ya con sus aparatos de prensa? ¿No son los periodistas que aparecen en la nómina de los grandes medios, por lo regular cojos de uno u otro lado, intelectuales; y no lo son los llamados analistas políticos, profesionales del debate que prácticamente viven en la radio y la televisión? Sí, claro, todos estos son intelectuales, pero no basta. Su maltrecha credibilidad los invalida para “cosas serias”. En tales casos se necesita que apoyen los que no están emplantillados, al menos formalmente, sean del tipo que sean. Da igual orgánicos o tradicionales (Gramsci), verdaderos o falsos (Sartre), ideólogos o expertos (Bobbio). Todo vale, previo acto de fe, especialmente si se trata de gente con un rostro televisivo, tan capaz de miserere como de zambra. Sin embargo, ¿ni estos últimos se acercan ya voluntariamente? ¿Tan infecto está el charco que espanta hasta los patos? Bueno, todavía los hay que se dejan caer, nadan desgarbados, pero no basta, insisto. Cuando la historia acelera en los circuitos cerrados, algunos es poco para empujar el carro.

Aquel hombre, intelectual él mismo, nacido a la política en el fragor de la modernidad tardía, tan hecho al Partido, que, según Gramsci, “procura la soldadura entre los intelectuales orgánicos del grupo dominante y los intelectuales tradicionales; […] cumple esta misión subordinada a la esencial de preparar a sus componentes, elementos de un grupo social que nace y se desarrolla en lo económico, hasta convertirlos en intelectuales políticamente calificados, en dirigentes y organizadores de toda clase de actividades y funciones inherentes a la evolución orgánica de la sociedad, en lo civil y en lo político”; se extrañaba, (el demandante, digo) de que gran parte de la curia faltara a su envite. ––¿Dónde estáis, qué hacéis?…

Me imagino que algunos estarán (so) pesando la mies, clasificando la lana, leyendo las palmas de sus propias manos. Otros, sencillamente cansados. Los más serios, puede que estén avergonzados, sobre todo si en algún momento atendieron a llamadas de este tipo. ¿Los habrá que prefieran mantenerse callados, obedeciendo aquella máxima de Sartre sobre el “intelectual verdadero”?: “No tiene que hablar, sino intentar por los medios que están a su disposición, dar la palabra al pueblo”. Río… Lo cierto es que el político increpaba, sí, increpaba a intelectuales otros, como diciéndoles, o mejor dicho, gritándoles: –– falsos orgánicos, desclasados, tradicionales…  

Pero ¿cómo pretenden todavía estos pistoleros que la gente sería y de paz se presente así, sin más, a tan burdos y patéticos duelos? Como diría Platón: “Acaso piensas […] que he de estar tan loco como para tratar de esquilar al león…” ¿Qué responsable hombre de ideas puede estar verdaderamente interesado en representar un papel al son de la opereta que corre? Platón, que, como todos sabemos, confiaba su comunismo aristocrático solamente a los guardianes-filósofos, esto es, a los intelectuales de más alto nivel; y que mucho antes que Marx pretendió que los filósofos no sólo comprendieran el mundo, sino que intentaran cambiarlo para bien primero, y sostenerlo después asido a la verdad y la justicia, sabía perfectamente que tales hombres solían interesarse en el gobierno de la polis en casos muy especiales. Así lo explicaba el pensador ateniense hace dos mil quinientos años: “El castigo mayor [para estos hombres] es ser gobernados por otros más perversos si no quieren ellos gobernar: y es por temor a este castigo por lo que creo yo que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aun entonces no van al gobierno como quienes van a algo ventajoso, ni pensando en lo que van a pasar bien en él, sino como los que van a cosa necesaria y en la convicción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos a quienes confiarlo.” ¿Y cabe esta opción ahora mismo en nuestras democracias? ¿Realmente los partidos políticos en lidia permitirían a los hombres más capaces ascender en sus organigramas con tales presupuestos? ¿No implicaría ello negarse a sí mismos? Está claro: los partidos son maquinarias para bruñir a los malos, para amellar el filo a los buenos hasta convertirlos en inocuos fieles. Los gobernantes que de ellos emanan son sus productos-estrella, a la postre maestros con la lima en la mano. Si al menos se dejaran aconsejar, supieran escoger a sus asesores. Pero tampoco…

Decía Maquiavelo: “hay entre los príncipes, como entre los demás hombres, tres clases de cerebros. Los primeros imaginan por sí mismos; los segundos, poco dotados para inventar, captan con sagacidad lo que les muestran los otros, y los terceros no conciben nada por sí mismos, ni por los discursos ajenos. Los primeros son ingenios superiores; los segundos, excelentes talentos; los terceros son como inexistentes”; para venir a decir después que los príncipes deben pertenecer, cuando menos, al segundo grupo, o sea, que deben tener la capacidad de captar lo que otros le muestran, a fin de saber seleccionar a sus ministros. Pero en la actualidad la política ha degenerado tanto, que es prácticamente imposible encontrar entre los gobernantes (adalides de sus partidos) gente capaz de escuchar música y letra diferentes a las que calcen en la cantinela que empieza y termina con el conteo de votos. ¿Y cuál es aquí entonces el papel de los intelectuales no políticos de profesión? Pues meter la cantinela en partitura, pautarla, elevarla formalmente, disimular su cacofónica cojera, y, sobre todo, repetirla con el mismo objetivo: votos. ¿Tenemos que prestarnos a esto?                

No necesariamente. Rehusar la participación en el insano juego es algo muy político: es señalarlo con total claridad. Los intelectuales responsables no han desaparecido. No pueden desaparecer. Incluso su relativo silencio (habrá que buscarlos en las librerías, si no se encuentran en las tribunas) conlleva una potencia actual enorme. El mismo Bobbio decía: “En una sociedad pluralista, la desaparición de los intelectuales, con la que se fantasea, es improbable: al cerrarse un canal por el que pasaba un flujo de poder ideológico, se abre otro inmediatamente”. Este es un planteamiento con fondo filomarxista (no más que filo, remarco) pero tiene fundamento. Sólo que aquí un ala del supuesto “poder ideológico” puede retraerse y se retrae, para, desde la aparente inacción en los más penosos y triviales pugilatos, actuar en otro plano; plantarse ante el disparate: No.  

No se trata de que los intelectuales se hayan convertido en los clérigos de Benda: “los que honran la verdad y la justicia con fin en sí mismas”; tampoco en los frustrados filósofos de Platón, que se abstienen apesadumbrados de guardar su república:

“Pues bien, quien pertenece a este pequeño grupo (los filósofos verdaderos) y ha gustado la dulzura y felicidad de un bien semejante (la filosofía) y ve, en cambio, con suficiente claridad que la multitud está loca y que nadie o casi nadie hace nada juicioso en política, y que no hay ningún aliado con el cual pueda uno acudir en defensa de la justicia sin exponerse por ello a morir antes de haber prestado algún servicio a la ciudad ni a sus amigos, con muerte inútil para sí mismo y para los demás, como la de un hombre que, caído entre bestias feroces, se negara a participar en sus fechorías, sin ser capaz tampoco de defenderse contra los furores de todas ellas… Y, como se da cuenta de todo esto, permanece quieto y no se dedica más que a sus cosas, como quien, sorprendido por un temporal, se arrima a un paredón para resguardarse de la lluvia y la polvareda arrastradas por el viento; y, contemplando la iniquidad que a todos contamina, se da por satisfecho si puede él pasar limpio de injusticia e impiedad por esta vida de aquí abajo y salir de ella tranquilo y alegre, lleno de bellas esperanzas.”

No se trata, insisto, necesariamente de esto, ni de que los intelectuales inhibidos ante la comparsa descrita se estén atrincherando en un intelectualismo enfermizo y recalcitrante. Aquí tampoco apruebo el positivismo integrista de Weber, quien apuntaba: “los residuos irracionales de la racionalización de la realidad se han constituido como las zonas específicas donde se ha visto constreñido a replegarse el irrefrenable deseo de posesión de valores sobrenaturales del intelectualismo. Esto se intensifica cuanto más libre de irracionalidad parece encontrarse el mundo.” ¿Residuos irracionales, irracionalidad encantada? En lo absoluto. No se puede generalizar en esto. Ni siquiera los mejores artistas, rama de los intelectuales a la que parece dirigirse el gran sociólogo alemán en este comentario, están por definición al margen de la política, tampoco de la más activa y visible.

El repliegue de los mejores intelectuales ante la desfachatez del poder político, detentado y pretendido, pues en estos momentos ambos estadios son tristemente capítulos de un mismo y único cuento, obedece muchas veces a un hartazgo comprometido, y puede que hasta estratégico. Aunque parezca imposible, en la cosa pública por excelencia: la política, el silencio selectivo en ocasiones resulta más militante que el vocerío. Si en la misma plaza, a la misma hora y para el mismo público, actúan mendigos, mercaderes, ingenieros, banqueros, malabaristas, jueces, capitanes, sacerdotes, magos, artistas y maestros, lo más seguro es que la gente que los atiende deponga la parte más fina de sus sentidos y actúe adormecida, desorientada, llevada por impulsos donde la dominante patética se imponga a la ética y la lógica. En tales casos, conviene que alguien se aparte, y en lo más umbrío de la estoa, se abstraiga del confuso maremagno, aunque sólo sea para mostrar que hacerlo es posible, que se puede optar a ello, y que tal vez se debe.

Hoy en día, en una Europa tan vieja y decadente, parece inevitable descreer del Estado ideal para el hombre estético (Schiller), el hombre nuevo (Marx), el superhombre (Nietzsche), porque de acuerdo con el primero de estos tres pensadores, tal vez haya que aceptar que: “el Estado ideal, tal como lo concibe la razón, antes de dar origen a una humanidad mejor, tendría que fundarse en ella”. Pero no creer ciegamente en estas abstracciones para el hombre y su correspondiente Estado, no implica descreer del Hombre mismo.

A los políticos, tan intelectuales ellos, y a veces tan demócratas, pediría por favor que no chillen en la tele cuando me desperezo; que cuando quieran dar conmigo, se pongan a leer y eviten el patético griterío; que vigilen, eso sí, al ingeniero, al banquero y al mercader, esa nueva y “santísima” trinidad que ya piensa la polis para los robots, con su robótica política. (Qué rápido van los cabrones)


             
 
  …pero pedir cosas justas a gente injusta es una necedad.”

                        Mercurio, en el Prólogo de Anfitrión (Plauto)



Ah, y a la pregunta: ––¿Dónde estáis, qué hacéis?, yo respondo: aquí, esto.



domingo, 8 de marzo de 2015

Yo, la mujer de Pancho, os digo…






 
La historia de Europa empieza en China.
                                   Montanelli


La civilización es hija de la barbarie y nieta del salvajismo.
                                                                     Ortega


Pancho, que como cada día dormitaba sentado en la arena, protegiéndose del sol con su gran sombrero, recostado a la pared, a un lado de la única puerta de su casita situada a orillas de la Sierra Madre, aquella mañana vislumbró una serpiente venenosa, que, a unos veinte metros de distancia, iniciaba una peligrosa maniobra de aproximación. Entonces dijo a su mujer que faenaba dentro: ––Lupe, tráigame el antídoto. Ella, alarmada y nerviosa, mientras buscaba el frasco, pregunto: ––¿Lo ha mordido una serpiente, Pancho? Y entonces él, con su característica flema, explicó: ––No, pero la veo venir…

        Cuento popular



Occidente, tan pancho él, hace unos días se enteró vía satélite de que Mesopotamia está siendo de nuevo contestada por los chicos malos de la prole de Nestorio; aquel díscolo patriarca de Constantinopla que fue desterrado a Libia, cuyos discípulos emigraron a Siria después de su muerte, tradujeron la Biblia al idioma local, y sentaron así las bases para que el arcángel Gabriel, tan atento siempre a los impulsos mesiánicos, trasladara, también a Mahoma, su mensaje divino.

Si la historia de Europa empezó en China, según Montanelli, cuando los hunos fueron rechazados allí, y, obligados a dirigirse al Oeste, pusieron su destructiva mirada sobre la enferma Roma; si la civilización es hija de la barbarie y nieta del salvajismo como nos dice Ortega, ¿podemos entender que estas enormes fuerzas civilizadoras operan de nuevo, ahora desde el Medio Oriente, para incoar la posthistoria de Europa, de Occidente? ¿Son las excavadoras, las marras y los taladros de los nómadas musulmanes, empeñados en destruir las bases de nuestra cultura (y en gran medida la suya propia) demoliendo lo más pétreo de su rostro, las herramientas, que, junto a las armas, las expulsiones y los asesinatos masivos, anuncian el gran cambio? Y de ser así, ¿bastará con que los satélites lo registren mansamente? ¿Estamos condenados, tanto, que vemos a la serpiente avanzar sobre nosotros y apenas añoramos el antídoto…? Sí, lo estamos. El falso antídoto del pancho europeo es la tecnología; esa, que, según él, en última instancia le permitirá abandonar el viejo barco para ver desde el Espacio cómo se hunde. Ah, la tecnología, ciega pizpireta, tan maquillada ella, y sin embargo, tan tragona, con el estómago tan dado a los minerales, los combustibles fósiles.  

Europa hace tiempo que no juega en las playas de Tiro, que no es pretendida por ningún toro, que tiene su mirada puesta en el casquete polar de Marte, y se entretiene soñando máquinas capaces de “aterrizar” allí. Quién sabe si el propio Nimrod, que dio nombre a la ciudad recientemente saqueada y demolida por esos salvajes, y que en realidad fue bisnieto de Noé, comparta la vocación escapista de su bisabuelo, y, aunque ya sin mandato ni protección divinos, esté ofreciendo a Europa un nuevo Arca para la evacuación final. Un Arca que se eleve sobre el mar de petróleo… Ah, cuánto más se habría podido entretener a la historia jugando con ella al escondite (la Tierra como casa).

A los asesinos que tienen asignada la misión de barrernos y regenerarnos, por inconscientes que sean de ello, y a quienes le dan alas acelerando la historia en los laboratorios, las bolsas, las lonjas, pensando en escapar a última hora, o, peor aún, en nada; os advierto: puede que la partida esté fatalmente marcada, pero habrá que jugarla hasta el final. La mujer de Pancho todavía trabaja, imbéciles, hijos de la gran puta.


miércoles, 4 de marzo de 2015

¿Son neto?








Durante los treinta años que llevo escribiendo poesía, nunca (hasta hoy) escribí un soneto. Nunca sentí la necesidad de hacerlo. Además, me llegó muy temprano (tal vez demasiado) aquella anécdota de Guillén (Nicolás) que circulaba entre poetas y lectores afines, y en la que éste recriminaba a los versolibristas jóvenes que no cultivaran el género; viniéndoles a decir que, sin pasar por él, su aprendizaje no sería completo. Muchos autores opinan lo mismo, pero escuchado (aunque indirectamente) de Guillén, ante quien me rebelaba entonces sin medias tintas, producía en mí un rechazo frontal. Qué tontería… la mía, claro.      

De cualquier modo, y con todo respeto a los buenos sonetistas, vivos y muertos, llegué hasta aquí sin sentir urgencia alguna de escribir ajustado a tal formato. Leo sonetos muy frecuentemente. Y lo hago con gran placer. Pero escribirlos… En fin, son muchos los que me han invitado a estrenarme. Hace poco, un poeta conocido insistió en ello con cierto retintín. No hubiera bastado, por supuesto, para que enfilara hacia mi primer soneto, y mucho menos para que lo hiciera en público, (qué culpa tienen en todo esto mis lectores) pero se sumaron dos coincidencias desencadenantes: Primero, llevo un buen tiempo releyendo con orden la poesía del Siglo de Oro, muy familiarizado con la lectura del soneto (bueno, regular y malo). Y segundo, esto que les cuento ahora con más detalle:

Hace unos días asistí a una brillante conferencia dictada por Antonio Carvajal como clausura del I Congreso de la Asociación Internacional para el Estudio de Manuscritos Hispánicos (AIEMH) que, organizado por la Fundación Jorge Guillén y la Universidad de Valladolid, se celebró en la Facultad de Filosofía y Letras. Antes de que comenzara la intervención del vate de “Graná”, y con ella el derroche de humor inteligente, mi buen amigo, el poeta y dramaturgo Luis Enrique Valdés, se acercó a mi butaca con aire socarrón para leerme, muerto de la risa, un soneto del también “granaíno” Diego Hurtado de Mendoza. Nos reímos juntos, Luis, Marisela y yo, con el ocurrente de Mendoza (el soneto es malo, pero graciosísimo) y seguimos haciéndolo con Carvajal toda la tarde.

Después me quedé pensando que tal vez fuera el momento de iniciarme como sonetista. ¿Por qué no hacerlo dando la réplica al cachondo poeta del XVI? ¿Qué mejor forma de acometer algo así? El humor es un lenitivo muy eficaz, también para desvirgar poéticas. Río… Bueno, el caso es que hoy, contestando un soneto tan alejado del petrarquismo en todos los sentidos posibles, me encontré muy cómodo. Entonces, ya puesto, y con ánimo juguetón, no sólo recreé la rima del soneto de partida (ABBA-ABBA-CDE-CDE) sino que, además, la convertí en base para un falso acróstico. Qué chulo, un principiante cerrando el soneto por ambos flancos. A ver si se conforman. Río de nuevo…

Una vez escrito, se lo envié a Luis (también socarronamente, como quien hace una trastada y busca cómplice) para que lo leyera y revisara, pues él ya es un experimentado autor de sonetos. Luis aceptó amablemente: hizo algunos apuntes métricos, y tuvo además la delicadeza de reírse conmigo un poco más, prolongando la gracia de aquella picante lectura compartida. Cuando escriba mi próximo soneto, para lo que, por razones obvias, no debería esperar otros treinta años, se lo dedicaré a él.

Éste, sin embargo, y con su permiso, es para ustedes. Se los confío con la esperanza de que se rían... inteligentemente.



Soneto de Diego Hurtado de Mendoza (1503 – 1575)


Rapándoselo estaba cierta hermosa,
hasta el ombligo toda arremangada,
las piernas muy abiertas, y asentada
en una silla ancha y espaciosa.

Mirándoselo estaba muy gozosa,
después que ya quedó muy bien rapada,
y estándose burlando, descuidada,
metióse el dedo dentro de la cosa.

Y como menease las caderas,
al usado señuelo respondiendo,
un cierto saborcillo le dio luego.

Mas como conoció no ser de veras,
dijo: «¡Cuitada yo! ¿Qué estoy haciendo?
Que no es ésta la leña deste fuego».



Mi réplica


Al instante preciso, Diego Hurtado,
Baraja quid y guiño tu doncella:
Bojea el hoyo donde se atropella
Aturdido el potrillo de su hado.

A un tiempo el apogeo es cuestionado,
Bóreas enfría y Torquemada amella.
Bajamar, soso cabotaje, y ella
Amputa del festón lo más dorado.

Contritos el instante, su atalaya,
Demos a tu soneto el beneficio
Efímero y gracioso del buen juego:

Calita necesaria en toda playa.
Del rasurado no hallo lo nutricio.
Es el miedo la nieve en ese fuego.



miércoles, 25 de febrero de 2015

Al monte, al monte… con Maura Morales





                                                                      DIONISO

                                                                      …al monte, al monte, donde espera
                                                                      la plebe de mujeres
                                                                      que han dejado telares y husos
                                                                      aguijoneadas por Dioniso.


                                                                      CORO

                                                                       …invitando a las posesas
                                                                       al monte, al monte. Y con placer,
                                                                       como un potro que pace junto a su madre,
                                                                       bacante, mueve tu pierna con rápido pie en las danzas.


                                                                                                                        Eurípides
                                                                                                                    (Las Bacantes)



Hace unos días, en una red social, y gracias al escritor Armando Valdés-Zamora, descubrí una estupenda bailarina. Maura Morales, se llama. Desde entonces estuve disfrutando su obra en los vídeos que se encuentran disponibles en Internet. Un portento esta mujer. De veras distinta y especial (con lo difícil que resulta serlo hoy día en cualquier campo) a lo que suelo ver en la danza contemporánea últimamente. ¿Cabe esperar algo nuevo en esta disciplina, atravesado el voraz siglo XX? ¿Cabe esperarlo, aquí, en el cuadrante noreste del mundo, en alguna actividad humana al margen de la ciencia? Esperemos que sí. Pero lo nuevo en el arte, si dirigido al hombre (de momento su único receptor posible) no puede serlo en su contra, y por tal razón, tendrá necesariamente que anclarse en su memoria, para, desde ella, dar el engañoso y definitivo salto: Nuevo, sí… más, mientras mayor resulte el diámetro del círculo: fuente-cántaro-hombre-fuente.      

Maura danza como una ménade. Antes de comunicar (nos) algo, lo ofrenda. (¿A quién?) Lo que veo y siento cuando baila, es primero una sustancia informe que no poseo ni puedo poseer ipso facto. Se trata de un asunto muy suyo, que hago mío después, poco a poco, en la medida en que me torno capaz de participar su rito. No es algo de ella para mí, sino de ella para un alguien que nos trasciende a ambos, pero con quien puedo también establecer un vínculo, sobre todo, si cuento con la eficaz mediación de la artista. Aquí debo explicarme. A ver si lo logro. Permítanme dar un pequeño rodeo.

Puede que conservemos una memoria genética, prehistórica, que nos convierta en portadores de unos estímulos insondables, anteriores al tiempo divino, lineal y asimétrico que asumimos cuando nos hicimos agricultores y ganaderos, sedentarios. Puede. Pero lo seguro del todo, es que somos y obramos sujetos a una memoria histórica que apila ya diez mil años de pasado, en cuyos albores el hombre se dio a un frenesí social que desembocó en el surgimiento de las primeras células urbanas, donde se estructuraron formalmente la mitología, la religión, el arte, la política, la guerra…

En el Creciente Fértil, (zona donde ocurrió la llamada revolución neolítica, muy vinculada al Mediterráneo y a los ríos Nilo, Jordán, Eúfrates y Tigris) una vez superada la Edad de Oro, el hombre se dio de bruces con la historia. Allí se generó la semilla común de lo que en términos culturales llamaríamos después Oriente y Occidente. En nuestra cultura occidental, que floreció más tarde alrededor del mar Egeo, el hombre concibió un aparato mitológico que tuvo su crisol en el panteón griego. De un mundo titánico, sujeto a un tiempo circular, machacón y ensimismado (prehistórico) se pasó a otro divino, que ocurría en un tiempo avaro, lineal y escapista (histórico). El hombre titánico, merced a la victoria de Zeus sobre Crono, y a la complicidad de Prometeo, pasó a ser pánico: todavía en Arcadia y poco urgido por asuntos temporales, pero después se hizo apolíneo, dionisiaco: avecindado en la polis, inmerso de lleno en la historia y sujeto a su inclemente tiempo.         

Fue Dioniso, último gran Dios entre los griegos, extranjero de raíz oriental e hijo adoptivo de Pan, quien auspició el cambio definitivo. Nos dice Jünger: “Dioniso representa la inversión, el cambio del tiempo”. Y es que el hombre subido a la historia con su implacable reloj, necesita darse unas higiénicas pausas para escapar a tan exigente sometimiento. El culto a Dioniso propicia estos intervalos, más aún, los hace obligatorios. La vida sin este dios resulta hueca, no reposta humanidad en sitio alguno, no permite al vividor salirse de sí, de su insulso destino, ni siquiera un instante. La fiesta es consustancial al hombre divino, y fuerza al tiempo a conceder el impasse humano, la pausa evasiva y reparadora.

Las fiestas dionisiacas no se celebran en la polis, sino en el bosque o las montañas, donde el devenir vuelve a detenerse. Pan acecha, participa, negocia carnalmente con las Ménades: mujeres que sirven a Dioniso liberadas de la cadena temporal, de la estricta función que tienen asignada en ella. Las Ménades danzan bajo el designio divino, se dan a portentosas orgías, infringen todas las reglas, incluso cometen asesinatos. Y todo ello lo hacen poseídas por su dios, que permite (exige) la ilusoria, pero imprescindible, liberación. 
  
Digo que Maura danza como una ménade, justo porque bailando consigue y ofrece la dicha liberación. Maura baila ante nosotros para Dioniso, sin dudas. Y sólo cuando aceptamos rendirnos ante el terrible pero necesario dios, logramos participar el evento: nos liberamos a través de ella (vehículo), y en su arte (ofrenda) validamos el éxtasis redentor.

Cuentan que la Duncan, considerada como la madre de la danza contemporánea, una suerte de renovada musa pagana que bailó en primicia el entonces emergente expresionismo, visitaba el Museo Británico de Londres para extraer sustancia y forma “danzables” del imaginario que contiene la cerámica griega. No sé si habrá encontrado en ella estímulo bastante para la revolución que inició en la danza moderna, pero de allí salió feminista, poseída por un nuevo daímon (como es lógico, nada manso ni convencional) y, en consecuencia, con la túnica semiabierta, las piernas desnudas y los pies descalzos.

Algo parecido sucedió con Martha Graham. En pleno auge del expresionismo, incluso en sus postrimerías, esta bailarina también se nutre de un espíritu pagano para contestar y trascender la danza académica, representada todavía en aquellos momentos, casi en exclusiva y a pesar de las pujantes vanguardias, por el ballet. Tanto en los asuntos como en las formas, la Graham, que cultiva con acierto la semilla de Isadora, se vale de Grecia; sobre todo en su trayectoria de posguerra, cuando recrea varios mitos clásicos. Especialmente relevante en este sentido resulta su obra Night Journey, donde retoma el mito de Edipo muy centrada en la figura de Yocasta.

Pero ni en la Duncan ni en la Graham predomina, creo yo, un impulso dionisiaco. Isadora busca en la naturaleza lo que Martha en las artes de todo tipo. La una es pánica, la otra, apolínea. En mi opinión, es en la obra radicalmente vanguardista de Mary Wigman donde lo dionisiaco asoma con gran poderío para desarrollarse en todo su esplendor. La Wigman es capaz de bailar la música atonal, de bailar sin música. Aquí lo narrativo carece de interés. La gestualidad es honda, pero libertaria, y en algunas ocasiones raya en lo satánico. La bailarina y coreógrafa incorpora elementos orientales, incluso máscaras, recursos ambos de cariz báquico. En lo más integrista de su obra, se subvierte del todo el orden establecido, se baila para satisfacer a un alma desinhibida que apenas logra gobernar su cuerpo. Esta es la artista que baila a fondo el expresionismo con su sobrecarga psicológica, emotiva y trágica, pero también el fauvismo, el dadaísmo, el surrealismo. Su obra no sólo conecta con lo dionisiaco, sino que a la vez parece aludir a un entorno órfico-pitagórico. En mi opinión, Hexentanz (Danza de Brujas) es una de las obras más dionisiacas del siglo XX. Aquí no hay fiesta, claro está, como no la hay en el grueso de la obra de Wigman, pero sí alienación, y una total liberación frente a lo apolíneo. La tragedia no es ajena a Dioniso. Todo lo contrario. Recuerden que este género, (y el teatro griego al completo, para decir mejor) nace precisamente de su culto. Lo dionisiaco puede resultar también muy trágico. Recuerden que, husmeando en una bacanal, inducido por el propio dios, Penteo perdió la cabeza a manos de su madre.

Justo en la línea conceptual incoada por Wigman, aunque salvando las lógicas distancias, y entendiendo como imprescindible su actualización, ubico yo la obra de Maura Morales en su doble faceta de bailarina y coreógrafa. A diferencia de la artista alemana, Maura narra y baila con música; sí, pero su relato danzante se aparta con claridad del canon apolíneo en dirección al agon dionisiaco. Nada tiene que ver el tempo de Maura con el de Wigman, nada tiene que ver el temperamento de la una con el de la otra, son muy diferentes en tensión dramática y en lirismo (hablamos de una artista moderna y otra postmoderna; la una, centroeuropea, la otra, caribeña) pero lo común a ambas es el sino libertario.   

La obra de Maura está marcada por ese sino. Es muy distinta a otras igualmente vanguardistas. Compárese, por ejemplo, con la de Milena Sidorova, la de Sol León junto a Paul Lightfoot en el Nederlands Dans Theater, la de la compañía Liss Fain Dance; todas ellas de primerísima calidad, que exploran con acierto diferentes géneros, incluso fusionándolos de manera tan sorpresiva como exitosa, pero siempre con un talante sin dudas apolíneo, por su preciosismo, por la suma afinación. Maura, que por suerte no cabe en la escuela camagüeyana, cubana, (ella es de Camagüey, Cuba) ni tampoco calza con exactitud en la actual Danza Urbana, domina todos los palos de su arte, pero además tiene algo muy especial: sencillamente baila con perentoria y total libertad. Libertad. Libertad… 

Maura danza como una ménade, insisto. Tal vez por eso su obra me resulte tan atractiva. En ella todo conduce a la liberación, a la subversión del tiempo para el impasse humano. Ni la técnica (que la tiene, y mucha) ni la gravedad (que no puede evitar) ni el relato (en que suele apoyarse) ni siquiera la música (que es su perfecta coartada, pues tiene una musicalidad que apabulla) son aquí elementos esenciales. Lo esencial es el paréntesis libertario, donde el tiempo deja de ser pautado en el reloj, y el espacio pierde su fuerza determinante. Alienación, pero muy nuestra; entendida justo como higiénica parada para repostar humanidad. La obra de Maura permite a sus espectadores salirse de sí mismos, ser por un instante dios, ménade, sileno, enmascarado bufón; participar la nutritiva bacanal, y golpear con el tirso, una y otra vez, el cableado cerebro de las máquinas…. Échense al monte con ella. Véanla bailar.                   

                                                                 
                                                                       CORO

                                                                       Dioniso, Dioniso, no Tebas, manda en mí.

                                                                                                                Eurípides
                                                                                                              (obra citada)

 


Pulsen este enlace para ver un tráiler de “Ella”. Coreógrafa y bailarina: Maura Morales

https://www.youtube.com/watch?v=OIvQvqprAE4


También les dejo varios enlaces por si quieren ver algunos vídeos con trabajos (coreografía y/o danza) de Isadora Duncan, Martha Graham, Mary Wigman, Milena Sidorova, Sol León junto a Paul Lightfoot y Liss Fain Dance; ejemplos todos de lo que sobre ellas comenté en el texto


Duncan:
https://www.youtube.com/watch?v=Kq2GgIMM060

Graham:
https://www.youtube.com/watch?v=fFNsKeMbW20

Wigman:
https://www.youtube.com/watch?v=AtLSSuFlJ5c

Sidorova:
https://www.youtube.com/watch?v=JItkRLVlf-c

Sol León y Paul Lightfoot:
https://www.youtube.com/watch?v=tFEpyyAlvyg

Liss Fain Dance:
https://www.youtube.com/watch?v=wZRNEnXqu1M