lunes, 26 de octubre de 2015

La Cueva de Matusalén


Fotografía de Gabriel Dávalos




I



Se pasa las tardes navegando el canal sur de La Gran Isla, entre Les Ponts Couverts y el Parlamento Europeo. Pilota una barcaza que pasea guiris en Estrasburgo. Hagen (H.joven) pretendió ser un trotamundos, pero la acción combinada de un tiburón y una mulata lo redujo a simple paisano; lo sembró en el apartamento que heredó de H.viejo (tío y tocayo), situado en la segunda planta de una de esas casas-postalita de La Petit France, muy cerca del embarcadero.

Abandonó su ciudad natal sin haber cumplido los veinte años. ―Me voy a California para vivir la vida, le espetó, con el billete de avión en la mano, a su tío; que también era su mentor, pues los padres de H.joven murieron en un accidente de coche, dejándolo huérfano desde muy pequeño. Antes de regresar al Centro del Mundo, (según H.viejo, Estrasburgo) vivió en Los Ángeles y Tenerife.



II


Malena tenía la entrepierna más poderosa de Cayo Hueso. La Cueva de Matusalén, le llamaban a su abismada verija; y en ocasiones, por extensión, a ella misma. El apodo judeo-erótico lo concibió Perucho, (entonces estudiante de medicina, único universitario entre sus vecinos) porque, según decía, mientras la Reina estuviera en activo, el barrio estaría a salvo del Diluvio Universal. Perucho, que la adoraba, y durante algunos ratos gloriosos había estado a su servicio en la cama, también la puso a reinar sobre su altar yoruba. En la pared que funcionaba como fondo de la instalación religiosa, colgó un dibujo a todo color en el que Malena, cual Coloso de Rodas mestizo y femíneo, dintelaba la entrada de la bahía con un pie sobre El Morro y otro sobre La Punta, (el vestido, corto y rojo) como si discriminara con el bajo vientre brisas y huracanes; como si los filtrara para abrir o cerrar la ciudad según el caso. Debajo, la solemne inscripción: Santa Malena de La Habana.

Malena es una mulata achinada, (padres de origen cantonés y locumí) una suerte de ángel curtido con un pasado de tintes homéricos (no por épico, sino por complejo y accidentado) que la coloca ante sus muchos admiradores como una suerte de semidiosa. Cuando salió de Centro Habana, y antes de llegar a Estrasburgo, pasó por Río de Janeiro y Tenerife. 




III


Dicen que para atentar contra Lula durante una de sus visitas a La Habana, Roberto, miembro de la banda de Gaucho, (Commando Vermelho) recién llegado de Brasil se instaló en Cayo Hueso, muy cerca del edificio donde vivía Malena. Decidido a “limpiar el camino” para su misión, buscó apoyo sobrehumano. Supo que Perucho prestaba servicios espirituales muy efectivos. Roberto vivía en Río, pero nació en Bahía; sabía muy bien qué hacer en la antesala de un evento peligroso.

En casa de Perucho, mientras gestionaba su buena suerte, el brasileño vio la imagen de Malena con las piernas abiertas sobre la bocana del puerto. Dos días después, (Lula sin un rasguño, ya de regreso a Brasil) la Cueva de Matusalén obraba un nuevo milagro: destilaba su neta oscuridad en el rostro de Roberto, que no había salido de su habitación desde que encaró la terrible embocadura. Y tres meses más tarde, Santa Malena de La Habana, con su bikini más radical, conseguía los primeros devotos en las playas de Río.


IV


H.joven llegó a Tenerife procedente de Los Ángeles. Allí había sido atacado por un tiburón mientras practicaba surf en Heavens Beach. El predador le produjo una importante brecha en el brazo y el hombro izquierdos; también le alcanzó la mandíbula por el mismo flanco. (Al parecer, los tiburones de California están atacando el cuello de sus víctimas como si fueran perros de presa). Pero sobrevivió y curó sus heridas, aunque su rostro quedó muy dañado.

Una pareja de cubanos residente en Los Ángeles, que lo quería mucho, (lo protegió desde que llegó a la capital del cine y los tiburones) le había recomendado viajar a la isla hispanoafricana para ser atendido por un eminente doctor, al que consideraban el mejor del mundo, tanto en operaciones de estética facial, como en implantes bucales. Podían conseguirle un trato y un precio muy buenos porque eran familiares del referido “mago”. Lo hicieron.



V


Se encontraron en la sala de espera. H.joven se había operado tres veces. Estaba recuperando una apariencia normal. Trabajaba amarrando y limpiando pequeñas embarcaciones en Las Galletas, puerto deportivo del sur de la isla. Malena dejó dos años de vida y buena parte de su tersura en una cárcel de Río… Cuando mataron a Roberto en el patio del pabellón contiguo, (el de los hombres) quien sabe si por haber fallado en su misión habanera, la Reina se dejó querer por H.viejo, quien, con relativa frecuencia, visitaba a una reclusa francesa que cumplía diez años de condena por tráfico de drogas. Durante aquellas visitas, H.viejo se enamoró locamente del portento afrochino; entre rejas, por idéntica causa.

Malena no pudo llevarse a su hijo (quedó con la madre de Roberto) por impedimentos legales. De camino a Estrasburgo con H.viejo, quien la sacó de prisión no se sabe cómo, pasó por Tenerife atraída por los comentarios favorables que, sobre el doctor que lo trataba, le había hecho H.joven a su tío. Malena estaba decidida a recuperar, incluso bisturí mediante, su legendaria lozanía.

Dos días después de aquel encuentro en la consulta del doctor Martín, La Cueva de Matusalén repartía su sabrosa oscuridad entre tío y sobrino. Los hombres triangulaban pasando por Malena. Tendrían que aprender compartirla. 


VI


Habían pasado diez años de promiscuidad consentida. Ninguno de los amantes era capaz de centrar a su favor la órbita de la Reina. Ya no discutían. Ella se conformaba con los dos, aunque dejaba una estela de baba europea a cada paso que daba por la ciudad. Habría podido comprar el Bajo Rin con medio meneo si hubiera estado a la venta, pero se sentía cómoda con su atípica familia. H.viejo era un lobbista de la Transatlantic Trade and Investment Partnership. Trabajaba sólo por la mañana. Cuatro horas diarias le bastaban para convencer a los parlamentarios de la Unión de que debían legislar contra las personas que representaban. Era un chanchullero de cuello blanco devenido en millonario. H.joven, que siempre se sintió atraído por la navegación, conducía su barcaza por la tarde. De esa manera los dos hombres se alternaban la compañía diurna de Malena. Nadie sabe cómo lo hacían por la noche, ni los fines de semana. Los tres compartían el confortable apartamento de H.viejo.

Roberto Junior, el hijo de Malena, había crecido en Río al cuidado de su abuela. La Reina siempre lo mantuvo como a un príncipe. Le pagó los mejores colegios. Le compró casa lejos del barrio de su padre. Lo visitaba dos veces al año, pero no quería adosarlo a su extraña ecuación familiar. El crío había estado un par de veces en el Centro del Mundo, pero de visita. Durante su niñez lo aceptó sin problemas. Cuando se hizo adolescente, sin embargo, comenzó a exigir a su madre mayor compromiso. Junior quería mudarse a Estrasburgo. Hablaba francés y alemán. Seguía el fútbol europeo tanto o más que el brasileño. Incluso tonteaba por Internet con chicas francesas y alemanas… Malena necesitaba (o eso creía) una familia más convencional donde poder insertar a su hijo. Tal vez en algún momento lo haya comentado a sus amantes, que habrían visto peligrar en tal caso su delicado statu quo.



VII


En el funeral de H.viejo se hubiera podido cortar la tensión con una navaja. Su exmujer (antigua compañera de celda de Malena, y recién salida de la cárcel) nunca soportó a la viuda. La odió desde que su entonces marido la sacara de prisión antes que a ella para llevarla al Centro del Mundo, donde terminaría suplantándola en todos los órdenes. No disimulaba su resentimiento. Estaba allí, quizás, para hacerlo visible, para incomodar a la Reina. Además, alguien filtró que la autopsia hecha al cadáver había arrojado claros indicios de que la muerte de H.viejo (por fallo coronario) pudo estar relacionada con un desmedido y combinado consumo de viagra y cocaína. Hasta en los pasillos de la sede parlamentaría europea, donde el lobbista era muy conocido, se hacían chascarrillos sobre el asunto. Malena era sospechosa, cuando menos, de ser una amante irresponsable por demasiado exigente. Su fama crecía en los mentideros de la ciudad. H.joven era mirado con lástima. Nadie sospechó de él. El pobre, tendría que colmar solo La Cueva de Matusalén, o aceptar que pernoctaran en ella los más ágiles reptiles.

Junior no asistió al funeral. Cuando murió H.viejo estaba de paseo en Frankfurt con Perucho, quien, ya graduado de médico, vivía en la ciudad alemana, muy cerca de Estrasburgo.   



VIII


Mientras H.joven pilotaba su barcaza repleta de guiris, Perucho, que se las arregló para trabajar únicamente por las mañanas en una clínica privada de La Petit France, y que mantenía a Junior entretenido en actividades extraescolares de lunes a viernes, pasaba las tardes junto a Malena. La muerte de H.viejo no introdujo al joven en una familia “normal”, que, por otra parte, parecía incompatible con los hábitos de la Reina. Tampoco se sabe qué tipo de ajuste tenía el nuevo escenario familiar por las noches y los fines de semana, de puertas adentro. Sin complejos hacia fuera, los cuatro paseaban juntos siempre que podían.

Sí, H.joven se negó en redondo a que su amor se mudara con Perucho y Junior, cuando el cubano anunció que se trasladaba a Estrasburgo para ser el “médico de cabecera” de Malena. H.joven ofreció su casa al nuevo “invitado” con tal de no arriesgar su felicidad. La Reina estuvo de acuerdo. Perucho, contento. Poco a poco se fue acomodando. Y como además de médico, era un dibujante aceptable, también un devoto de la Regla de Ocha; para colgarlo en la pared que ofrecía fondo a su altar europeo, reprodujo aquella lámina a todo color de Malena cual Coloso de Rodas. Pero en la nueva versión, la Cueva de Matusalén proyectaba sombra sobre Les Ponts Couverts. Debajo, la solemne inscripción: Santa Malena de Alsacia. H.joven no se opuso. Le resultaba gracioso… esto, y cualquier otra cosa que hiciera justicia a la potente entrepierna de su amante.



IX


Unos meses después de la muerte de Perucho, Malena comenzó a viajar con regularidad a Tenerife…



X


El mensaje de correo electrónico que por error envió H.joven a Junior, escrito para el doctor Martín, comenzaba diciendo: ―Querido amigo, ¿por qué no abres clínica en el Centro del Mundo? No te imaginas cuánto retoque precisan aquí los tiburones que navegan (no el Ill, no el Rin) las ociosas tripas que indigestan a Europa. Tampoco te imaginas cuánto dinero tienen para pagarte. Si vienes, no tendrás que comprar o alquilar casa.  Podrás vivir con nosotros en La Petit France… Estarás más cerca de Malena...

Junior preguntó a su padrastro quién era el tal Martín.  ―Alguien que me arregló la cara, hijo, que indirectamente puso a tu madre en mi vida, contestó el hombre, mientras notaba en el joven cierto desasosiego ante la perspectiva de un nuevo miembro familiar. ―Pero no te preocupes, añadió enseguida, una maniobra oportuna en la exclusa correcta, por ruidosa que sea, garantiza la seguridad náutica en el canal. El joven no entendió del todo aquella frase, pero entonces ya confiaba en un hombre, que sin tener ningún atributo especial, y siendo un simple piloto de botes, parecía merecer a su madre… a su manera, la retenía.



XI


Esperando la respuesta del doctor, paciente pero seguro de que aceptará su invitación; mientras Santa Malena de Alsacia va y viene (a y de) Tenerife, H.joven se pasa las tardes navegando el canal sur de La Gran Isla, entre Les Ponts Couverts y el Parlamento Europeo. Jamás tiene prisa. Quiso ser un trotamundos, pero hace mucho tiempo que para él todos los ríos y canales del planeta desembocan en la Cueva de Matusalén. Mantenerla al alcance y lo más despejada posible, cueste lo que cueste, (las experiencias abismales siempre tienen alto precio) es lo único que, hondamente, aprecia. Así de complejo. Así de simple.



lunes, 19 de octubre de 2015

Abrazos








I



(Octubre y 2014) Lo encontré en Vitoria. Yo, en viaje de trabajo. Él, que ahora vive en Miami, también de paso. No de vacaciones. Había ido con su hijo para ayudar a un amigo en una campaña popular a favor del abrazo. Allí estaban, en la Plaza de la Virgen Blanca, Elabanero y su vástago abrazando demoradamente a todos los transeúntes que se lo permitían: unos cincuenta por hora.

Nadie abraza como Elabanero, créanme. Aprendió este arte en Camagüey. Se lo enseñó un anciano que curaba muchas dolencias con tal muestra de empatía. La primera vez que me abrazó estábamos en Moscú. Quedé muy conmovido. Pasaron treinta años de aquello, y, sin embargo, su abrazo vitoriano me sacudió vísceras y entendederas con la misma intensidad del primero, como si el tiempo no hubiera hecho mella en nosotros. Y para aumentar mi asombro, en Vitoria me contó que llevaba unos años enseñando a abrazar con la mirada, la palabra, las ganas de.



II



En Camagüey le llamaban Elabanero porque desde muy joven quiso emigrar a la capital. Los camagüeyanos, que siempre se han burlado del modo en que se habla el castellano en La Habana, a modo de cariñosa mofa incrustaron el artículo en el gentilicio, resultando ese raro mote. Mongo, el Maestro, honorable taita (bisnieto de esclavos) quien abrazando sanaba a todo lugareño que confiara en él, lo había entrenado para garantizar la supervivencia de su oficio. Alguien dijo al anciano que en La Habana se abrazaban con fugacidad, sin arte ni hondura; que lo hacían poco, formalmente. Por eso pidió a Juanillo (Elabanero) que tan pronto pudiera, viajara a la capital a transmitir sus conocimientos.

Con dieciocho años, ya un monitor avezado: Cinta Negra, según decía su maestro, que, con más de noventa, se moría, (los abrazos contestan la muerte, la desarman y relativizan, pero no la anulan) Elabanero convenció a sus padres para que lo dejaran estudiar Ingeniería Química en la capital, donde a la vez enseñaría Teoría y Práctica del Abrazo. Allí se frustró por primera vez, porque a nadie interesaba matricular tal asignatura en su “inocente” cátedra. Encontró muy pocos cómplices. Casi siempre se reían de él cuando confesaba su verdadera vocación.

Terminó la carrera. Pudo encontrar trabajo sin desplazarse, mas la ensoñada Habana no parecía un sitio adecuado para extender el arte aprendido de Mongo. Resistió un tiempo por respeto a la promesa hecha a su difunto maestro, pero luego emigró a Cienfuegos… Tampoco tuvo suerte en aquella ciudad. Los cienfuegueros se mostraron tan fríos como los capitalinos. Elabanero se desesperaba. Corría el peligro, incluso, de perder facultades por falta de ejercicio. Apenas abrazaba cuando visitaba Horquita, un caserío de la provincia donde encontró novia; o cuando regresaba a Camagüey, donde tenía un gran predicamento entre los otrora pacientes de Mongo, entonces ya suyos.  
  


III



(Junio y 1985) Yo estaba con mi mujer en el hotel Molodiezhnyi. Para que ella se duchara tranquila, hacía guardia a la entrada del cuarto de baño, (lo compartían cuatro habitaciones dobles, y su puerta carecía de herrajes de seguridad) cuando se acercó un compañero de viaje y me dijo que en el lobby había un compatriota armando un gran revuelo. ―Ah, los cubanos… pensé. Bajamos tan pronto pudimos. Allí estaba Elabanero abrazando a todo el que se dejaba, en especial a los miembros de las delegaciones de Canadá, Italia y España que asistían al Congreso sobre Salud Mental que se celebraba  en el hotel. Nos acercamos, y, dudando de la espontaneidad del gesto, (¿sería un enviado del tirano que buscaba congraciarse con los psiquiatras más lelos de Occidente?) le preguntamos si abrazaba también a los propios. Nos abrazó varias veces, claro. Y siguió haciéndolo a los demás hasta que la Seguridad del Molodiezhnyi (tres gorilas albinos y lampiños que blasfemaban en ruso) lo hizo desaparecer.

No supimos más. Nosotros estábamos en Moscú por razones de trabajo. Pero ese muchacho tan raro, ¿qué hacía allí? ―No llevaba guayabera, observó mi mujer. Un apunte fino, porque entonces todos los miembros del aparato represor castrista usaban ese tipo de camisa cuando no estaban en misión de combate a campo abierto, esto es, dando palos en la calle a quienes usaban camisas diferentes… La guayabera era una pieza esencial en el kit “dominguero” del “seguroso”. Y si no era un enviado del dictador, ¿cómo se atrevía a desafiar la frialdad militar del hotel soviético, repartiendo afecto de aquella manera? No lo vimos de nuevo. Sus abrazos fueron lo único bueno que recibimos en aquel viaje. Y duraron muy poco. 

 

IV



(Agosto y 1987) Descansaba en el jardín de mi casa cuando apareció Elabanero. Conocía mi dirección. Sin que me diera cuenta, me había quitado del bolsillo una tarjeta de visita mientras me daba el segundo abrazo en Moscú. Durante el primero (me contó) había notado en mí una necesidad especial de ser abrazado, a la vez que una sensibilidad muy poco habanera a los abrazos. Me trajo agua del Hatibonico: riachuelo que atraviesa Camagüey; sucio, pero con un mínimo surtidor ribereño, próximo al Puente de la Caridad, de donde mana un agua purísima, especial para las sesiones de abrazos. Muy cerca de aquel sitio, al aire libre, trataba Mongo a sus pacientes. Y nunca lo hacía sin que antes bebieran agua limpia de su fuentecilla.

Elabanero también me contó que cuando lo conocí estaba en Moscú por temas relacionados con la importación de petróleo, (entonces se preparaba para trabajar en la futura refinería de Cienfuegos) pero que en realidad su principal motivación era comprobar in situ lo que le habían comentado unos asesores georgianos sobre la incapacidad moscovita para el abrazo.

Cuando fue detenido aquella mañana en el Molodiezhnyi, lo obligaron a permanecer en su habitación hasta que el grupo a que pertenecía marchó a Leningrado (antes y después, San Petesburgo), donde Elabanero retomó su experimento. ―Son duros de pelar, confesó, pero cuando los niños comienzan a ceder, o sus perros dejan de ladrar, los adultos suelen relajarse. Se inhiben sobre todo si los borrachos o los mendigos se acercan para recibir abrazos. Pasa en todas partes. Los urbanitas rusos, incluso los moscovitas, pueden abrazar y ser abrazados como los demás. Es cuestión de empeñarse… No hay sobaco, por peleón que sea, que pueda frenar a quien padece hipotermia, añadió sonriendo. En fin, me dijo que en Leningrado también lo detuvieron y lo pusieron bajo custodia de la Oficina Consular. Al llegar a Cuba lo echaron del trabajo acusado de poca efervescencia revolucionaria (flojera, vamos, mariconería). Sus hábitos se habían vuelto insoportables para la jefatura del Partido. Regresó a La Habana sin éxito. Su familia, que no quería volver a Camagüey, (sitio ideal para abrazar, pero no tanto para comer) se estaba planteando muy seriamente la salida del país.  

Todos aquellos problemas le habían impedido visitarme hasta entonces. Se disculpó sin que fuera necesario. Apenas nos conocíamos. Sólo nos habíamos abrazado en Moscú… Aquella tarde comenzamos una gran amistad. Durante varios años nos abrazamos todas las semanas. Lo disfrutamos mucho mientras fue posible. Hacíamos sesiones conjuntas con mujeres e hijos. Comencé a aprender su técnica. Pero mi salida para España truncó mi formación, nos alejó.
 


V



(Octubre y 2014) Me dijo que en Miami se sentía como en La Habana: era muy difícil abrazar allí con todas las consecuencias. Había traspasado al hijo los secretos de su arte, pero tenían que practicarlo entre ellos. En España, sin embargo, contaba con un amigo muy necesitado y agradecido. Viajaba de vez en cuando para reunirse con él. Le estaba enseñando unas técnicas avanzadas que ni siquiera Mongo llegó a dominar. Ya no sólo podía prescindir del agua de Camagüey, sino que estaba logrando abrazar, incluso, telefónicamente. 

Su amigo había organizado aquella especie de gymkhana del afecto en Vitoria, donde residía, como una prueba para poder ajustar la experiencia y extenderla después, ya pulida, a toda Europa… Mientras Elabanero me ponía al día, y su lugarteniente (el hijo) abrazaba a quienes seguían acercándose, apareció el amigo. Callé. Quedé impactado. ¡Coño, ni mis hermanos se me parecen tanto!, dije para mí. Era como si me asomara a un espejo de vibrante y engañoso azogue. Apenas nos diferenciaban sus ojos dorados (los tengo pardos, tirando a descoloridos) y su lamentable minusvalía: aquel pobre hombre había perdido los brazos. Sus escasos muñones parecían incapacitarlo para la convocatoria que debía protagonizar. Sin embargo…

Tanto me impresionó, que me detuve. No lo abracé cuando fuimos presentados. Elabanero notó mi nerviosismo. Me pidió por favor que sostuviera la mirada de su amigo. Lo hice con mucho esfuerzo durante algunos segundos. Entonces un calor interno, desconocido, comenzó a relajarme. Elabanero sonrió y me dijo: ―Mongo, y yo, y mi hijo, y mi amigo te estamos abrazando. Es más: tú mismo te abrazas. Nosotros sólo te exhortamos a.

Comenzó a llover… Acaso la fuentecilla del Hatibonico nutría puntualmente al cielo vasco.


lunes, 12 de octubre de 2015

El ojo malo del poeta




  
I



En el 90 representó a Portugal en un Taller convocado por la Academia Internacional de Arquitectura de Bulgaria, con vistas a obtener ideas para el diseño de una nueva urbanización en las afueras de Sofía. En el entonces recién restaurado Monasterio de Santo Kiriko, cercano a Plovdiv, flamante sede de la referida institución, se reunieron aquel año sesenta jóvenes arquitectos, procedentes de más de quince países, para formar los varios equipos multinacionales que enfrentarían el ejercicio. Allí pasaron un mes a pensión completa, alternando sesiones de trabajo, fiesta y sexo. Cuando salían, lo hacían como turistas profesionales, buscando información útil para su cometido, aunque también vino barato y gangas para regalar a su regreso.

Gabriela formó equipo con un etiope, un vietnamita, dos letonas, una búlgara, dos cubanos y un mexicano. Era tan alegre como joven, cándida y despistada. Apenas transcurrida la primera semana de convivencia, se había enamorado de José de A. (el mexicano) sin haber detectado su palmaria homosexualidad. Ella, además de ejercer como arquitecto en un importante Estudio portugués, era amante de la fotografía, y a ratos trabajaba en la tienda de antigüedades que su familia tenía en Coimbra. Él era seguidor de Barragán (famoso arquitecto, también mexicano) e incondicional de Plácido Domingo, a quien consideraba íntimo amigo. Ella vestía desenfadadamente. Él iba siempre como si a la Ópera. Eran dos seres muy distintos, pero Gabriela se había enamorado. No sólo encoñado, entiéndase, enamorado.

     


II



Aquella madrugada tropezaron con un objeto muy raro mientras caminaban por los alrededores del monasterio. (Gabriela se había presentado semidesnuda en la habitación de José; se le había metido en la cama pensando que de esa manera encendería sus ganas sin necesidad de achisparlo. El chilango se espantó, claro. Y fue tan ofensivo su desarreglo, que consideró oportuno dar un paseo compensatorio con la mujer repelida). Se trataba de un ojo de vidrio mordisqueado por un gato que huyó cuando los sintió acercarse. Parecía viejo. José, por segunda vez en la noche, se puso muy nervioso; mostraba asco y respeto por aquello, imploraba a su llorosa compañera que no lo tocara. Gabriela, sin embargo, dejaba de llorar mientras lo examinaba con sumo cuidado. Sabía que no podría llevarle a su padre un souvenir más conveniente.

Muy poco se hablaron después del fallido affaire. Funcionaban integrados en el equipo, pero sin la complicidad que habían mostrado hasta entonces. Los demás suponían el origen de tal enfriamiento. Y pudieron comprobarlo, porque Gabriela, en un momento de especial debilidad, lo contó a la persona menos discreta del grupo, Bogdana, su colega búlgara, que durante la primera orgía tras la confesión, entre risas regaló su contenido a los compañeros de faena.

Gabriela lloró de nuevo la última mañana. No desayunó. Alguien había robado su magnífica cámara fotográfica y su ojo de vidrio. De este último, sólo le quedaron unas fotos, aún sin revelar, en el carrete que utilizó para documentarlo, y que por suerte no guardaba con la cámara. Junto a la chica, permanecían en el monasterio el vietnamita y los cubanos. Los demás habían partido la noche anterior. Cualquiera de los ausentes pudo ser el ladrón, pero ya no había remedio... ¿O sí?   




 III



Entró a México por San Diego. Ya había estado en Mexicali y en Querétaro cuando llegó al D.F. Buscaba a un joven poeta mexicano, autor del libro “Bulgaria Mexicalli”. Después de veinticuatro años investigando el asunto, tenía razones de peso para creer que el ojo de vidrio que le habían robado en Bulgaria estaba en su poder. Pero el muchacho había muerto una semana antes. Sus padres no sabían mucho acerca de aquel objeto, (que, por cierto, se había extraviado) y para nada lo relacionaban con la muerte de su hijo. Sí, el chico guardaba un ojo artificial envejecido, pero ellos creían que estaba falsamente asociado con Porfirio Cadena, un antihéroe justiciero, personaje legendario a quien en México llamaban Ojo de Vidrio, muy famoso en todo el país gracias a una célebre radionovela que había recreado su vida muchos años atrás. Gabriela, por duro que resultara, debía contarles todo, incluida la sospecha de que su hijo había sido asesinado.




IV



Cuando regresó de Bulgaria a Portugal, rápidamente reveló el carrete donde había registrado las imágenes del ojo. Su padre examinó las fotografías con detenimiento, incluso con lupa. Se pudo ver entonces una inscripción muy rara y casi invisible sobre la cornea: MILEV.

Antonio, el experimentado anticuario, más por complacer a su hija que por verdadero interés en el asunto, decidió hablar con un antiguo amigo, industrial lisboeta que había dedicado toda su vida a fabricar ojos para muñecas, y que entonces sopesaba la posibilidad de entrar en el complejo mercado de las prótesis oculares humanas. El especialista se quedó con las fotografías del ojo. Le prometió que indagaría sobre él sin escatimar esfuerzos.

En unos quince días tuvo Antonio la respuesta de su amigo. El ojo debió pertenecer al célebre poeta búlgaro Geo Milev. El “asesor” creía saber, además, que había sido fabricado a principios del XX por una empresa especializada en este tipo de prótesis con sede en Wiesbaden, Alemania; casi con total seguridad, por los herederos del afamado Friedich Adolf Müller.




V



Xopxe (Jorge) Manso era un plovdivien de ascendencia española, germanista y también experto en literatura búlgara, que había redactado su tesis doctoral precisamente sobre la obra de Milev. Gabriela dio con él a través de un estudiante búlgaro matriculado en la Facultad de Letras de la Universidad de Coimbra, que lo conocía y consideraba su maestro.

Manso recibió a Gabriela en febrero del 91. Cuando escuchó su historia y vio las fotografías del ojo, no tuvo dudas: se trataba del ejemplar de vidrio del mismísimo Milev, robado a Elías Canetti en Plovdiv, en el 67. El Premio Nóbel, que a la sazón residía en Zurich, aunque viejo y enfermo, podía ser consultado. Manso lo conocía muy bien, pues ambos compartían patria, intereses literarios y origen sefardí. Se ofreció a tratar el asunto con él. Canetti le contó a Manso todos los detalles que conocía sobre el ojo y sus avatares. Manso hizo lo mismo con Gabriela, a quien la “dichosa” prótesis le cambió la vida para siempre.




VI



A Milev lo mataron en el 25. La policía búlgara lo relacionó con el famoso atentado en la Catedral de Sveta-Nedelya, que pretendía acabar con la élite militar y política del país, incluso con la vida del rey Boris III. Hasta el 54 nadie supo cómo ni dónde se habían deshecho de su cadáver. Ese año apareció su ojo de vidrio en una fosa común, y gracias a él fue posible identificar los restos del poeta.

Canetti no sabía cómo había podido llegar el ojo a manos de aquel general del ejército soviético. Pero se lo compró en octubre del 62. Lo recordaba bien, porque la transacción tuvo lugar en una Alemania Federal alborotada por la Crisis de los Misiles en Cuba. A través de un diplomático de la R.D.A. que viajaba (no se sabe por qué) con frecuencia a Bonn, el general Zaitsev envió el ojo al escritor, y por la misma vía, éste le pagó dos mil libras esterlinas, una pequeña fortuna para la época; especialmente en su caso, porque entonces atravesaba una etapa de penurias económicas en Inglaterra. Canetti guardó el ojo varios años en uno de los cajones de su mesa de trabajo. Se sentía como Goethe (dijo, sonriendo, a Manso) cuando robó el cerebro de Schiller del laboratorio que lo estudiaba. Para él, al margen de ideologías y credos políticos, Milev había sido un gran intelectual, un compatriota del que podía sentirse orgulloso.    

En un viaje que hizo Canetti a Plovdiv en el 67, invitado por el metropolita de la ciudad para dar unas conferencias sobre el papel de Bulgaria durante la Segunda Guerra Mundial, alguien robó el ojo de la habitación en la que se hospedaba. Canetti había llevado el ojo con él, cosa que nunca hacía, para dar la sorpresa a las autoridades religiosas de la ciudad, cuyo extraordinario papel en la salvación de miles de judíos durante la guerra es de sobra (re) conocido por todos. Sin embargo, alguna inoportuna filtración atrajo al “amante de lo ajeno” hasta la codiciada “prenda”. Tuvo que contar con la complicidad, como mínimo, del servicio de habitaciones del hotel, pero nunca se supo a ciencia cierta qué pasó, quién se quedó con ella, adónde fue a parar. Entonces, todo hotel que hospedara extranjeros en Bulgaria, o en cualquier otra finca estalinista, era una mal disimulada sucursal de la K.G.B.


    

VII



Poco interesaba a Gabriela el periplo del ojo desde el cajón de la habitación de Canetti en el hotel de Plovdiv, hasta el pequeño foso donde fue escondido en los alrededores del Monasterio de Santo Kiriko, (que, para dificultar una hipotética investigación, había sido cárcel, hospital psiquiátrico y edificio en ruinas, antes que Academia Internacional de Arquitectura) y del que debió extraerlo aquel gato en una noche de infausto recuerdo para la mujer. Quería recuperarlo, sólo eso. Por ello dedicó media vida a investigar minuciosamente a los colegas que participaron en el Taller del 90. Los primeros años resultaron muy duros. Pero a partir de la implantación masiva de Internet, sus progresos fueron enormes. Pudo seguir la traza de cada uno de ellos. El yugoslavo y el egipcio habían muerto, pero los demás vivían; y ni siquiera el etiope, el vietnamita, o el cubano que continuaba residiendo en su país, (del otro, que vivía en España, era muy amiga) resultaban invisibles a los ojos de los satélites.

Por Internet. Así llegó a conocer los detalles de la vida que llevaba el arquitecto José de Arimatea Bujan Alemany, quien, casado en México, D.F. con un abogado canadiense, había dejado de ejercer su profesión y mantenía una intensa actividad en las redes sociales. En una de ellas, y oculta tras un nombre falso, Gabriela reinició la relación con él. Poco a poco le fue dejando caer un fingido gusto por los objetos-fetiche, en especial por los que hubieran pertenecido a artistas y escritores célebres. Sin imaginar quién era su “amiga”, el chilango se fue interesando progresivamente por la adicción de su interlocutora, hasta que un día (¡Bingo!) le habló del ojo de Milev. Le dijo que conocía a alguien que se lo había vendido a un poeta de Querétaro, que tal vez podía recuperarlo si la oferta por él llegara a merecer la pena.

Gabriela, sin calcular el daño que causaría a terceras personas, dijo que con gusto pagaría cien mil dólares por algo así; y fingiendo unas vacaciones que la distanciarían por un tiempo de aquella red, comenzó a investigar a todos los contactos de José (reales o virtuales) que calzaran en un posible comprador para tan raro objeto. Así dio con el autor de “Bulgaria Mexicalli”. Era él quien lo tenía, seguro.




VIII



Lo llevaban esposado… En primera instancia, la policía mexicana creyó que el joven poeta se había suicidado, y por ello cerró la investigación. Pero las razones de Gabriela obligaron a reabrirla. Una vez interesados en ella, por este orden: los padres del muerto, la prensa nacional e internacional, los herederos de Canetti y la embajada de Bulgaria en México, no alcanzaron los dineros del asesino y su marido juntos para detener la maquinaria jurídico-forense.

Antes de entrar en el coche policial, José miró a Gabriela. La reconoció en el acto. Sonrió sin ganas. Le preguntó: ―¿Tú?. Y añadió sin dar tiempo a contestación alguna: ―Pues ni para ti ni para mí. El ojo malo del poeta ya no cabe en nuestras órbitas. Gabriela comprendió que el asesino tenía razón. Ella había perdido más de veinte años buscando aquella prótesis; había participado indirectamente en la desaparición de un joven, cuya única “culpa” fue admirar a Milev y entrar en contacto con José. Y todo ello, para nada… O no, quién sabe… Un ojo, incluso de vidrio, si pudo lidiar la ambiciosa mirada de un buen poeta, puede obrar cualquier milagro. Gabriela lo perdió. Tendrá que encajarlo. Pero quizás la solución del caso, y el consecuente regreso de la mujer a Coimbra, devuelvan las ganas de vivir a su anciano padre.




Coletilla



Con la palabra “padre” había terminado este cuento a finales del 14. Pero supe hace unos días que Manso llamó a Gabriela para contarle las últimas novedades sobre el ojo de Milev que tantos años estuvo persiguiendo: Es falso. El verdadero está (estuvo siempre) en poder de la Iglesia Ortodoxa de Bulgaria. (¿Para qué querrán algo así?) No tiene inscripción alguna. Al parecer, el actual metropolita de Plovdiv lo guarda celosamente en una iglesia de la ciudad (¿…?). Fue la jerarquía eclesiástica búlgara quien, en el 54, encargó a unos artesanos de Wiesbaden la copia en cuestión, debidamente envejecida y rotulada, y la echó a rodar en el mercado negro (vaya señuelo) para alejar a los fetichistas del original. El bueno de Manso se lo podía haber callado, pero…

Cuando me llamó por teléfono Gabriela, (que, claro, no se llama Gabriela) para decírmelo (jamás perdí el contacto con ella desde aquel Taller del 90) intuí lo peor. En el acto se lo comenté a mi mujer. Subimos al coche y nos dirigimos a Coimbra. Sólo paramos una vez para repostar combustible. De allí venimos. No debo abundar en lo visto y hecho; pero confieso que vuelvo más convencido que nunca de que sólo el Amor, y las variaciones que sobre él ejecutan nuestros familiares y amigos, dan sentido último a un evento tan estérilmente gesticulante, leve y quebradizo como la Vida.

Te queremos, menina.



sábado, 3 de octubre de 2015

Esquejes de tiempo






Como habrán notado quienes me leen aquí, apenas publico poemas inéditos. La poesía me importa mucho, y no la saco del Cajón de Horacio fácilmente. Hoy, sin embargo, me apetece abrirlo para que asome el poemario que acaba de recibir el segundo premio en el Fray Luis de León 2015. Aunque fue presentado a concurso con otro nombre por razones que no importan demasiado ahora, el libro se titula La deriva del ansioso. Lo escribí hace más o menos diez años, cuando llevaba doce o trece viviendo en España. De él selecciono un poema con la intención de dedicarlo especialmente a todos los hombres y mujeres que han tenido la suerte de verse obligados a un amplio movimiento vital marcado por la emigración. Claro, entre todos estos afortunados, recíbanlo con el precio más a la vista (cómo evitarlo) mis compatriotas.

Creo que la emigración, casi siempre con un origen doloroso y complejo, lejos de ser una buena excusa para el victimismo facilón, es una enorme oportunidad para el crecimiento humano. Por muy amargo que sea el prólogo, y muy fatigante el nudo, el desenlace será siempre una dádiva si atendemos al mandato de los dioses y no a los caprichos de las culebras. Cuando el emigrante posa con el corazón abierto, (perdonen la cursilada) cualquier destino es grandioso. Aunque la mayoría de los poetas, tan (de) pendientes muchas veces de un pathos demasiado para poder escribir, aprovechen la emigración (propia o ajena) para enfermizos enjuagues con lágrimas de cocodrilo, (Mea culpa) (“El poeta es un fingidor”, Pessoa) la realidad es que la emigración debiera ser vista por todos como la “regalada” oportunidad de experimentar varias vidas en una. Una bendición, seguro, siempre que, insisto, el bendito sujeto no sea un llorón mórbido, proclive a la autoflagelación sostenida; o al comercio con la más barata mercancía pasional.  

Le debo un texto más ambicioso sobre la emigración a una buena amiga. A ver cuándo reúno el ánimo bastante para el pago. De momento, aquí les dejo Esquejes de tiempo, de La deriva del ansioso; poema y libro que ya tienen "sus años": una muestra de mi “medioevo migratorio y poético”. Con mi abrazo...     


 Esquejes de tiempo


(Asoman los pájaros en las mirillas,
mientras las tijeras, magas, pretenden cortar los rabos de nube,
y los papalotes, gráciles danzantes que miman al cielo,
preñan las estrellas.

Blancos favoritos de los aguaceros,
niños mataperros, ―tuertos/ mancos/ monórquidos/ cojos―
saben retener, en los soportales y a las tumbadoras,
su angelote ebrio.

Reinan las niñas en los entreactos.
Seductoras Lilits. Magníficas Evas… Ni costillas ni rameras.
Cuales mulatas y temerarias cariátides, a su tiempo empinan
descargados cuellos.

Los gigantes velan el ajado fuerte.
Espaldas murales/ estancias de paja/ corvas escaleras/ azoteas francas…
Espantando al miedo, dulce cataplasma de oportuna imagen
en los belvederes. 

Los gañanes blanden su lagarto muerto.
Cebo. Alerta: inminente hoguera para la tarántula.
Donde olvidadizo, Dios posterga su carnal impronta, ágil planta el diablo
crisantemos negros. 

Tras la salmodia, mujer, la catequista
vanamente erotiza el desairado templo. En sus escuelitas,
el hombre nuevo recibe/ fija/ repite alegatos, consignas que balan  
laringes ovinas.

Las sayas plisadas enarcan sus pliegues.
Las tetillas lucen estrábicas puntas. Las Evas, las Lilits
con sus piernas arman el ónfalo púber, que apagan o encienden
cuándo, cómo quieren.

Los besos, calientes como bombardeos,
unos se deshacen en bocas de hielo, otros amanecen.
Algunos no son obstinadamente… Mujeres-tabú de amigos queridos
a la postre infieles.

Los soldados cantan, tocan la guitarra.
Esa con que apuntan a los reos desnudos, mientras en las piras
los libros crepitan... Disparan… Las culpables notas apenas encubren
aceradas mallas.

Las tribunas pulen ametralladoras.
Los sofismas trepan a los campaniles: cubil de monsergas.
Los poemas varan en esperma inerte. Quedamente hibernan. Se pesan y miden
desde los cuarteles…


…El océano, que perpetra la distancia,
en su mar anejo ―resonante/ turbio― apiña a los dioses, los excita.
Allí deciden quién morderá, quién besará al que aventura zambullida en
la sagrada alberca.

Tramposamente pesados los baúles, 
con asas desganadas y hoscas cremalleras, apenas se mueven.
Sólo si la madre toca a rebato, y los vástagos responden como soldaditos,
su cargazón cede.

La tierra vieja, con su reseca lengua,
lame en el mar al bestiario linajudo que, con números y nombres reivindica
sus privilegios. Pero cuidado, no digiere el cetáceo al muñequito si en
la madera tiembla.         

La historia abre sus locuaces campos.
En ellos caben casa, nacimiento, muerte… caben nostalgia y melopea.      
Los años trazan su rechoncha curva, con rompiente de memoria, que a veces,    
la poesía quiebra.)

Mestizos esquejes de mi tiempo vario,
¿para qué substrato disponen las ganas? Vengan, los aguardo entero.
Imanto mis ripios minuciosamente, tan vivo y tan muerto
como me requieren.




miércoles, 23 de septiembre de 2015

Pedro se va de juerga con Barrabás








        “Y todo el pueblo, a una voz, clamó, diciendo:
        Quítale a éste [Jesús] la vida, y suéltanos a Barrabás”
                                                                       
                         Lucas, 23:18



        “Total, ¿qué bueno podía estar haciendo un iluminado 
        como el tal Pedro, (jefe de esos locos idólatras, primero 
        en Antioquía y luego en Roma) por ahí, en los confines 
        del mundo, de bares con Barrabás?”

                                                Atribuido por mí a Nerón
          (después de ejecutada su sentencia)




Pedro, la Piedra Mobile en que Jesús apoya lo que queda de su Iglesia, anda de juerga con Barrabás. Tiempo tuvo para intimar con Césares, Gensericos y Alaricos. Y lo hizo, claro, (no se “petrifica” a nadie, así, por las buenas) pero ahora se ha vuelto macarra. Ya no se emociona con esas historias que recrean matanzas llevadas a cabo con pulcrísimos rayos, similares drones, o con refinada y lenta ponzoña. Ahora Pedro prefiere oír hablar de la sangre que fluye prontamente, liberada por la vulgar navaja; como en los cuentos de Borges, pero sin la cómplice compañía del acordeón. Así que se tomó unas vacaciones lejos de Roma. Llegó a un pueblito de Judea, pobre, muy pobre; se hospedó en su única posada, en ruinas, gobernada por un tesorero jubilado del Sanedrín; y salió de paseo por las tabernas más cutres en busca del célebre indultado.

Barrabás debió estar muerto hace cuatrocientas vidas, pero sobrevive porque alguien le suministra una misteriosa pócima hecha a partir de sangre, manteca y uña molida, todas de puerco. Pedro se lo encontró en la barra de un prostíbulo en cuyo interior abundan los cocoteros de plástico. Barrabás cantaba en arameo viejas batallas. Poco tardó el Sumo Hacedor de Puentes en percutir sobre el mostrador para pautar la incomprensible y macabra tonada, dotarla de mejores afinación y tempo. Barrabás se reía. Pedro también. El coro de putas y bebedores, herederos de aquellos que pidieron a Pilatos el indulto del asesino, todavía celebraba la gran hazaña: haber salvado su vida cuando parecía imposible.

En un pequeño intermedio (al gran jefe le cambian los pañales cada tres o cuatro meadas) Pedro se dirigió a uno que parecía más lúcido, menos ebrio, y le preguntó por aquel milagro (el indulto de Barrabás, entiéndase). El hombre le contó que el Sanedrín temía que Jesús provocara una nueva revuelta seguida de la consecuente masacre romana contra Judea. Barrabás era un mal menor, hasta cómico. Unos cuantos muertos a causa de sus cuchilladas, ¿qué podrían suponer ante la alternativa…? Entonces Pedro preguntó por el método utilizado. Quería saber cómo habían logrado que la gente aclamara al truhan. El hombre le recordó que cuando Terencio estrenó Hecyra, el público abandonó el teatro al enterarse de que en el Circo se estaban batiendo un gladiador y un oso. Pedro no parecía del todo satisfecho con la imagen. El hombre añadió que la comunidad debía estar atontada, pero selectivamente. Le recordó también que Pompeyo había conquistado Judea un sábado, porque sus habitantes no quisieron renunciar al sagrado descanso.

Antes de que trajeran a Barrabás con el pañal medio limpio, el interlocutor de Pedro, que se consideró con derecho a obtener información después de haber ofrecido tanta, preguntó al representante de Jesús qué hacía allí, y por qué llevaba aún aquellas ropas tan raras en lugar de un moderno chándal. Éste le contestó que a ciencia cierta no sabía ni una cosa ni la otra, que lo vestían, que se dejaba llevar, que estaba allí porque no podía evitarlo: amaba la juerga… ―Te van a crucificar, ¿lo sabes?, apuntó el tipo, ve pidiendo perdón a tu Padre. Aquí sólo se permiten los puentes de paja, esos que no aguantan la tos del Jefe si amanece cabreado... Pero ya Barrabás y su coro cantaban de nuevo. Temblaban las botellas. Pedro, animoso, una vez más se ocupaba de la percusión. Las ropas dificultaban su baile, sin embargo, íntimamente, bailaba.

Sólo espero que en la cruz, ya sin sotana, apenas ataviado con un pañal como los que usa su último ídolo, satisfaga las expectativas de quienes todavía creen en su humildad (¡solavaya!) y pida que lo coloquen boca abajo. Que no emule a Jesús en el vertical trance. Pero sobre todo, que no se le vaya a caer, por Dios, tan escaso atuendo, dejando a la vista de todos el mísero mantecado.


domingo, 20 de septiembre de 2015

Las dependencias del diablo




  
I


Lautaro nació en La Puya. Sus padres provenían de Las Cañitas. Se mudaron para acercarse al trabajo cuando se pusieron al servicio (jardín y cocina) de la acaudalada familia Suárez, que a finales de los ochenta se estableció en Arroyo Hondo. El niño no encajaba en el barrio. No jugaba a la pelota ni a las bolas. Repudiaba los hábitos de las pandillas callejeras. Cuando no estaba en el colegio, apenas salía de casa; quedaba al cuidado de su abuela, una mujer mapuche muy poco integrada en la cultura del país y dueña de unos cincuenta libros. Sayen, se llamaba.

Sayen casó en el 45 con Felipe Arnau, diplomático dominicano de origen francés que trabajó para el régimen de Trujillo, y estuvo destinado en Chile entre los años 39 y 46. Al finalizar este período, su marido regresó a Santo Domingo. Sayen viajó con él. Ni en “los buenos tiempos” se adaptó a su nueva tierra. Mucho menos a partir del 61. Cuando el país se zafó la terrible dictadura del Chapita, los Arnau lo perdieron todo; Felipe, incluso la vida. Sayen y Berenice, la madre de Lautaro, tuvieron que comenzar de cero. Desclasadas y pobres, madre e hija comenzaron a rodar hasta que Berenice casó con Pedro James, peón de jardinería que vivía en Las Cañitas. Unos dicen que Pedro desciende de un predicador norteamericano que llegó al país a principios del XIX; otros, más suspicaces, creen que su origen se pierde entre los facinerosos que acompañaban al mismísimo Drake. Él, en cualquier caso, era un hombre convencional… pobre y convencional. Poco tardó Berenice en hacerse a su horma, amén la influencia de Sayen en sentido contrario.

Lautaro James Arnau era un bicho raro. Leía. Quería ser escritor. Con esos vicios, nombre y apellidos, parecía condenado a salir de La Puya nada más entrar en la pubertad. Mientras sus padres trabajaban para los Suárez, Sayen asumía su cuidado. Le hablaba especialmente de historia; más especialmente aún, de la historia de América. Con doce años, Lautaro podía disertar sobre Caupolicán o Cortés con la misma solvencia. En el asiento de una vieja butaca colocada a un lado de su catre, donde nunca se sentaba nadie, (era imposible) tenían un puesto fijo los principales Cronistas de Indias. Su obra preferida: La araucana, de Alonso de Ercilla.

El joven, que también apreciaba la ficción en prosa, había leído más de una vez las dos obras de Víctor Hugo que atesoraba su abuela: Los miserables y Nuestra Señora de Paris. Con quince años ya soñaba escribir su primera novela, y quería localizarla en una catedral. Sayen, que desde la muerte de su marido llevaba un diario, para entonces había escrito en él: Este cabro será un gran novelista.   




II


El cardenal y arzobispo lo “rebautizó” como Lau. (Lautaro le parecía un nombre muy poco cristiano, de compleja ascendencia. No español, pero tampoco con origen en una voz quisqueyana) Su eminencia había conocido en vida al abuelo Felipe, a quien además debió algunos favores. Aceptó que el joven entrara en la Arquidiócesis para colaborar en ella a cambio de la manutención. Le sorprendían su ambición por conocer y sus ganas de escribir. Lau obtuvo permiso para inspeccionar los entresijos (históricos y espaciales) de la Catedral de Santo Domingo. Lo hizo durante varias semanas, pero claro, había en el edificio muy poco ámbito novelero. Ni sótanos, ni sotabancos de importancia, ni otros recovecos donde ambientar una buena historia. El edificio es discreto en todos los sentidos, pequeño y completamente exento, al aire por sus cuatro costados. Una muestra del pragmatismo que pesó sobre la primera época colonizadora, aun en la construcción de sus más importantes templos.

Ante la frustración del prometedor literato, Su eminencia, que le había tomado afecto, tenía muy buenas relaciones con la Iglesia española, y, además, era de origen conquense, logró que el obispo de Cuenca becara a Lau durante seis meses, prometiéndole a cambio una novela ambientada en la catedral de aquella ciudad. Su excelencia reverendísima, ilusionado con el retorno de la inversión, desde España corrió con los gastos e hizo los trámites legales necesarios. Sayen se opuso en primera instancia a que su nieto se alejara de casa por tanto tiempo. Ya le molestaba bastante que le hubieran hurtado su nombre completo, y, hablando en plata: le preocupaban los indicios de pederastia que señalaban a muchos curas, y que sobre todo afectaban (o así se creía entonces) a la Iglesia de los países ricos. Sin embargo, la mujer terminó consintiendo: El futuro literario de su nieto miraba a Cuenca.




III


Sayen lo preparó todo en pocos días. Sospechó que su nieto estaba en peligro cuando dejó de llamarla durante un mes. Pidió dinero prestado a los Suárez, se apoyó en la Arquidiócesis de Santo Domingo para lograr el visado, y se presentó en la catedral de Cuenca como abuela y representante legal de Lautaro. Su eminencia reverendísima no la recibió. Lo hizo uno de los canónigos. Éste le explicó a la anciana que Lau hacía mucho tiempo no salía del “apartamento de arriba”, (así llamaban a unas estancias ubicadas en lo alto del templo, cerca del campanario) que al chico había que llevarle hasta la comida, que escribía obsesivamente, y que ni siquiera el obispo estaba al tanto del asunto abordado en su novela.

Sayen apenas podía subir aquellas escaleras. Llegó exhausta. Tocó a la puerta y pegó la oreja. Lau tardó en abrir. Tenía un aspecto penoso, pero se abrazó a su abuela con ímpetu y le pidió perdón por el silencio que la había obligado a un viaje tan largo y costoso. En la habitación contigua descansaba Alberto, el sobrino del obispo. Lau lo presentó como su ayudante. El chico tenía mejor aspecto que él, pero también lucía unas llamativas ojeras. Ambos parecían anémicos. Lau no preguntó por sus padres. Tampoco se interesó mucho por los detalles de la estancia de Sayen en Cuenca. Estaba como poseído por el trabajo. Le explicó a su abuela que no podía acompañarla a conocer la ciudad, que tenía mucha labor por delante y sólo dieciocho días para darle fin. El obispo le había dejado claro que los seis meses de beca no eran prorrogables, y que Alberto tenía que quedar liberado con prontitud para realizar sus funciones habituales.        



IV


Sayen estuvo en Cuenca una semana. Como andaba escasa de dinero, evitó los hoteles. Alquiló una habitación en un piso cercano a la catedral y ocupado por los dueños. En esos días hizo amistad con aquella familia. A su través indagó todo lo que pudo sobre el obispo y su sobrino. Lo escuchado no resultaba muy alentador. Cuando se despidió de su nieto, la segunda vez que lo vio, (no hubo más que hola y adiós en aquel viaje) le dijo que si Pedro y Berenice llegaban a enterarse de su convivencia con el otro muchacho, serían capaces de lo peor. No logró averiguar nada sobre lo que escribía Lau. Éste le aseguró que leería pronto la novela terminada. La tenía que mostrar primero al obispo, pero después, a nadie más antes que a ella. (Alberto no contaba, pues era prácticamente coautor). La mujer regresó preocupada. Su Lautaro, para entonces Lau, ya no era un niñato con pájaros en la cabeza, sino un joven independiente que compartía días y noches con otro en dudosas circunstancias. Un escritor, quizás.     



V


El obispo de Cuenca no se acercó al banco donde estaban, cabizbajos, Pedro y Berenice. Cuando acabó la misa, mandó a llamar a Sayen y se encontró con ella en la sacristía. Había viajado a Santo Domingo para asistir al funeral de su sobrino, pero, sobre todo, para intentar hacerse con el original de la novela de Lau; en su opinión, el tipo de obra que menos convenía a la Iglesia en aquellos momentos. El prelado entendía que el pago de la beca al autor, muerto éste, le otorgaba todos los derechos sobre la obra. Así se lo dijo. Sayen, tan abatida como colérica, le lanzó un escupitajo a la cara. Hijo de la gran puta, le espetó.



VI


Pedro y Berenice los echaron de casa. Lau y su amigo eran pareja, estaba claro. El “pájaro español” o “la españolita”, le llamaban a Alberto en el barrio. Sayen, la única que apoyaba a su nieto, les buscó cobijo en casa de unos haitianos que sabía muy solidarios. En dos cuartos, con un total de veinticinco metros cuadrados de superficie, convivían cinco personas; siete, contando a los “refugiados”.

Poco duró el frágil amparo. Encontraron sus cadáveres a orillas del río Isabela, lejos de casa, en un matorral próximo al sitio en que éste se une con el Ozama, junto a un mínimo claro donde suelen improvisarse irregulares peleas de gallos. Un sitio peligroso, sin dudas, al que jamás habrían ido por voluntad propia dos jóvenes como ellos. Aparecieron violados y apuñalados, desnudos, con una bola de trapo color rosa en la boca. Los identificó Sayen, que haciéndolo subiría el segundo y definitivo escalón de su odio al extremismo dominicano. A Felipe lo mataron por razones políticas, A Lautaro…

Ya sin tiempo para regresar a su Chile natal, la anciana tuvo fuerzas todavía para repudiar a Berenice, retirarle la palabra a Pedro, y unirse al insipiente movimiento a favor de los derechos que debían asistir a los homosexuales, condenados por la sociedad dominicana desde siempre, incluso jurídicamente en los tiempos de la España Boba. Dos objetivos quedaban a Sayen por cumplir en vida: luchar contra la estupidez homófoba, y publicar la novela de su nieto.


   
VII


Alberto, que había recibido a Lau encendido, (el chico era tan guapo como raro y misterioso) no tardó ni dos días en meterlo en su cama; ni cuatro, en subir al “apartamento de arriba”. A la semana de conocerlo, totalmente instalado junto al becario, en perfecta comunión psíquica y carnal con él, estaba lo bastante entusiasmado como para regalarle la sustancia más novelable que hubiera podido imaginar el primerizo autor: una carta de Teresa dirigida a Alonso de Ojeda, que supo sustraer a su tío del cofre donde guardaba sus más preciadas pertenencias.

Por esa carta supo Lau que Teresa vivió emparedada desde 1497 hasta su temprana muerte en 1506, en las mismas habitaciones donde lo habían instalado. La carta estaba fechada en enero de ese último año y dejaba bien claro que su autora, aunque joven todavía, estaba gravemente enferma, a punto de morir. No se sabe si su emparedamiento fue voluntario o forzado, tampoco su apellido, pero sí que Teresa era miembro de una familia muy bien posicionada en Cuenca, que tuvo una relación ilícita con Alonso de Ojeda, y que por ello terminó sus días recluida en la catedral.

La carta tiene una extensa compilación de datos personales e históricos. Nunca salió del “apartamento de arriba” en vida de Teresa. Ella pensaba hacerla llegar a Alonso, entonces en Las Indias, a través de Diego Hurtado de Mendoza, a quien parecía estimar mucho. (Sí, ese Diego Hurtado, el padre y abuelo de Andrés y García respectivamente, los hombres que, como el propio Ojeda en aquellos momentos, tanto tuvieron que ver unos años más tarde con el proceso de colonización de América). Alguien se cruzó, no obstante, para impedir que la misiva llegara a correo y destino, más aún, que saliera del recinto donde fue escrita.

En ella, la moribunda le confesaba a Ojeda que nunca lo había olvidado. Aunque con recato y elegancia, rememoraba pasadas ardentías. Le exponía los detalles de su íntimo encierro y de su enfermedad. Pero también aludía a los hechos que estorbaban su retiro y mermaban su paz espiritual. Hablaba de las cosas raras que ocurrían en unas pequeñas estancias cercanas a las suyas, a las que llamaba Dependencias del Diablo. En ellas vivía el campanero con esposa y dos hijas. Teresa le contaba a Alonso sobre los ruidos que venían de allí casi todas las noches. Le decía que a los intensos gemidos mujeriles se sumaban extrañas crepitaciones, latigazos, carcajadas, y también voces de excitados varones que creía reconocer cuando escuchaba misa por el ventanuco que a tal fin tenía junto a su cama. 

Esta carta fue un maná para el joven escritor. Su novela, llamada precisamente Las dependencias del diablo, y cuya protagonista es Teresa, se desarrolla sobre todo en una catedral, como había deseado siempre; pero a la vez hilvana una historia ocurrida entre Cuenca y Santo Domingo, donde jerarcas de la Iglesia, nobles, militares y aventureros de todo tipo van desde las más oscuras alcobas a los grandes escenarios de la época, igualmente poseídos por afanes relacionados con poder, gloria, dinero y sexo.

Lau describe una relación vehemente entre Teresa y Alonso. Sospecha que pudo ser incestuosa. Sospecha también que su desvelamiento, no sólo llevó a Teresa a emparedarse, sino que tuvo algo que ver con que Alonso embarcara junto a Colón hacia Las Indias. En un arranque de fantasía creadora, y dando muestras de un loable sentido del humor, el joven llega a imaginar una disputa entre Alonso y Américo con relación al nombre que debían poner al país que descubrían para Occidente. Mientras el florentino decía Venezuela (pequeña Venecia), el conquense decía Terezuela (pequeña Teresa). Américo debió esgrimir razones de conveniencia histórica para imponerse… En fin, la historia, que no se sospecha a sí misma, relacionó los palafitos del Orinoco con las casas flotantes del Véneto. Teresa, la pobre, tuvo que esperar por Lau unos quinientos años para abandonar su anonimato.       

No sabemos qué le dijo el obispo de Cuenca al becario después de conocer su obra, pero a juzgar por las molestias que se tomó para obtener y retener el original una vez que lo supo muerto, no debió aprobarla en ningún sentido.   



VIII


Cuando Sayen terminó de leer Las dependencias del diablo, pocos días antes de que mataran al autor y su cómplice, escribió en el diario: Ya me puedo morir. Y añadió unos versos de La araucana:

                     Esta cuesta Lautaro había elegido
                     para dar batalla, y por concierto
                     tenía todo su ejército tendido
                     en lo más alto della descubierto…

La mujer había cumplido los setenta y ocho… Poco tardó en reconsiderar su apunte, sin embargo. Hasta los noventa sostuvo la vida (en perenne estado combativo) y protegió el manuscrito de aquel libro… Lo leí. Sé donde está, quien lo guarda. Perdonen que no lo airee. Me inhibiré de hacerlo mientras no sea publicado. El diablo es un gran lector. También de cuentos. Jamás se distrae. Y aunque pernocte en los cuartos más licenciosos y divertidos de la casa de Dios, a todas horas, en todas partes obra, hiede.

La carta de Teresa fue foto… ―Calla, Jorge... Callo.