viernes, 22 de mayo de 2015

Estatuas vivientes




 

 I


Fue el mejor afinador de pianos del sur de Europa. Aunque oriundo de un pequeño pueblo de Tierra de Campos, en Palencia, España, Diógenes llegó a vivir, casi, en los aviones. Siempre se ocupó de su familia desde el punto de vista económico, pero su cartera de clientes era tan amplia y especial, que le obligaba a una agenda inmisericorde, con frecuentes y largos desplazamientos. Compró viviendas en varias ciudades: Atenas, Zagreb, Milán, Toulouse y San Sebastián, aunque apenas las usaba. También era prolífico en conatos amorosos. Se le relacionó con grandes figuras de la música culta y el mundo empresarial, pero asimismo con putas de lujo o mujeres del más pintoresco famoseo. Leía. Hablaba varios idiomas. A los cuarenta había alcanzado el éxito, sin dudas. Manejaba una pequeña fortuna y contaba con una aceptación social envidiable.

Pessoa nació en Nápoles. Fue modelo. Trabajó con los mejores diseñadores italianos en muchas campañas de ropa y perfumes. Mientras duró su apogeo, en los staff de las mejores revistas de moda se le consideraba el hombre más guapo del planeta. Iba continuamente de un lado a otro, aunque pasaba las temporadas más largas en Florencia y Montreal, donde había comprado sendas casas: contenedores de lujo para guardar lo mejor de sus colecciones de ropa y arte. También era políglota. Vivía solo. O no, porque no sabía separarse de sus perros. Hasta en los camerinos de los espacios donde desfilaba, pedía y obtenía sitio para ellos. En algunos casos, lograba incluso que le asignaran personal para su atención especializada.

Cuando estos hombres disfrutaban la cresta de sus vidas, Jesús no había nacido.



 II


Diógenes y Pessoa se habían visto de lejos en alguna ocasión, pues ambos acabaron malviviendo en los peores antros de Lisboa, donde, además, compartían oficio. Su primer contacto directo tuvo lugar mientras participaban en un concurso de estatuas vivientes que se celebraba en la Praça do Comércio. Para desempañarse con opción al triunfo, a Diógenes faltaban los perros que “sobraban” a su compañero. Así que al descanso de la primera jornada hablaron del asunto. Podían colaborar en pos del premio (que compartirían en cualquier caso, claro) si pulían sus roles y se agenciaban la complicidad de los animales.

Tiempo atrás, Pessoa se habría dejado matar antes de consentir que ataran a una de sus mascotas. Pero éstas debían comer, incluso vacunarse, desparasitarse, tratarse contra pulgas y garrapatas. Tenían más de diez años y precisaban muchas atenciones. Lo que ganaba el poeta en el flamante Parque de las Naciones, sentado sobre su vieja Thonet y ante su destartalada Remington, no le alcanzaba ni para cobijarse decentemente. La oferta de Diógenes era tentadora, más en beneficio de los animales que en el suyo propio. El premio del concurso estaba dotado con tres mil euros.  

Diógenes había conseguido un barril en desuso que molestaba en la trastienda de un bar cutre de la Alfama. Tenía también una vieja lámpara de aceite que encontró a orillas de un contendor de basura, y pudo restaurar hasta poner en uso. Sólo necesitaba perros para completar su aparejo. Se negaba a recrearlos de forma inanimada. De mantenerse muy próximo a Pessoa durante la competición, Fígaro y Cara apenas lo extrañarían. Si por añadidura estuvieran bien comidos, tal vez aceptaran permanecer atados al barril. Entonces dejarían de contaminar la perfecta estampa poética de su dueño y colmarían la del “hippie” griego.

Cuando los extranjeros cerraban su trato para encarar la recta final del certamen, Jesús tenía veinte años, y, sin proponérselo, se vio implicado.



III


Jesús era escultor. Lisboeta de pro. Estaba especializado en piezas de arena. Solía levantarlas entre mayo y septiembre en las playas de Estoril y Cascais. A la sazón había ganado varios premios internacionales en esa categoría: Valladolid, San Diego, Acapulco… Pero en temporada baja para el turismo de mar, cogía una vieja cruz que guardaba desarmada en casa de un amigo, y obraba en su propio cuerpo la figura del Mesías para sobrevivir. Normalmente se crucificaba en las cercanías del Castillo de San Jorge.

Él también participaba en el concurso. En un bar cercano a su sede, donde merendaban las “estatuas” invitadas por la Organización, Jesús escuchó la oferta que hizo Diógenes a Pessoa y puso atención al resto. Hablaban en inglés, pero él podía entenderlos muy bien. Mientras repasaban los detalles de su acuerdo, Jesús se mantuvo callado, aparentemente al margen, espiando. Gracias a ello, pudo escuchar también cómo, una vez superado el impasse negociador, y metidas en escena las primeras cervezas, los hombres se contaban uno al otro las complejas historias de sus vidas.



IV


El jurado debía acometer la última fase de su trabajo. Consistía en evaluar, sobre todo, la vertiente más graciosa de las estatuas: el gesto que hacían para salir de su impavidez cuando recibían una moneda de los espectadores. Pessoa debía teclear en su Remington la palabra gracias. Diógenes debía encender la llama de su lámpara. Jesús, que para entonces se había colocado al lado de los extranjeros, y tenía sus cuatro extremidades comprometidas en la cruz, debía levantar la cabeza, mirar al cielo como implorando al Padre.

El jurado estaba integrado por artistas, políticos y patrocinadores. El principal entre estos últimos era el Banco Espirito Santo. Su director en Lisboa, el señor Costa, fue seleccionado por los restantes miembros para lanzar la moneda en las escudillas de los concursantes. Su nombre, cargo y cometido se anunciaron por megafonía y comenzó la definitiva ronda evaluadora.

Cuando Costa se acercó a Diógenes, Fígaro y Cara, que hasta entonces se mantuvieron mansos y obedientes, comenzaron a ladrar con insistencia arrastrando el tonel del filósofo-mendigo. Uno de los guardias que escoltaba la comitiva sacó su porra en actitud amenazante. Mientras caía la moneda en la escudilla de Diógenes, Pessoa se interpuso al policía para proteger a sus animales. Sin querer tiró al suelo la lámpara de su cómplice y renunció al concurso abrazándose a los perros. Diógenes se llevó las manos a la cabeza. Los jueces, nerviosos, abandonaron los fallidos puestos y se acercaron a Jesús. Éste, aunque muy mermado en su movilidad, había visto de reojo lo ocurrido a sus competidores, con quienes ya tenía un feeling especial, pues las historias que hurtó mientras se sinceraban mutuamente en el bar, lo habían estremecido. En aquel instante Jesús también olvidó que optaba al premio. Se apartó del guión. Mantuvo su rostro inmóvil al recibir la moneda. Dejó caer una lágrima. Ganó.



V


Con la plaza abarrotada de participantes y público, Costa le entregó el cheque al vencedor, todavía Jesús, pero ya Helder, cuyas únicas palabras fueron: “El corazón, si pudiese pensar, se pararía”. La gente aplaudió con verdaderas ganas. Fígaro y Cara no dejaban de ladrar al encorsetado Midas. La policía se mantenía alerta. Pessoa, para entonces Giani, esbozó una leve sonrisa, y contagiado tal vez por el cariz del momento, le dijo a Diógenes: amigo, “la luna es el sol de las estatuas”. Diógenes se mantuvo impasible. Estaba vivo, pero era demasiado viejo. Ninguno de los presentes supo qué nombre gastó en su otra vida. Finalmente resuelto en las calles y plazas de Lisboa, ya no era capaz de afinar su maltrecha fe.



viernes, 15 de mayo de 2015

Nudo rojo








I


Tenía trece años cuando se enamoró de Willy. Vivía con su abuela materna en Párraga desde los seis. Entonces sus padres emigraron y nada más se supo de ellos. O sí, pero indirectamente. Al parecer, recién instalados en New York, fueron baleados por un asunto de drogas. Con Willy, que tenía quince, drenó sus primeros impulsos sexuales. Carmen era una adolescente introvertida, pero ante su novio no sabía negarse. A las pocas semanas de iniciada la tórrida relación, ya compartían cuarto sin disimulo. Aleja era incapaz de controlar a su nieta. Creía aconsejable tenerla en casa, aunque fuera gimiendo de continuo bajo aquel joven que al menos era vecino, hijo de una familia conocida en el barrio, por muchas generaciones asentada en él. Aleja trabajaba en una panadería. Tenía que ausentarse todos los días durante varias horas. Su modesto sueldo era el único ingreso con que contaba el núcleo familiar. Carmen cursaba el octavo grado. Willy, que ya lo había repetido dos veces, también.

En enero del ochenta y siete, la Secundaria Básica de Párraga donde ambos estudiaban, y cuyo nombre prefiero no invocar aquí, albergó a sus alumnos en un campamento construido para tal fin en las afueras de San Antonio de los Baños, pequeño pueblo situado al suroeste de La Habana, a orillas del Ariguanabo, y en aquella época dedicado casi por completo a la actividad agrícola. Entonces todas las escuelas de la capital hacían esto: una vez al año sacaban al alumnado de su entorno (urbano, familiar) y lo llevaban a trabajar al campo durante mes y medio esgrimiendo razones que no vienen a cuento.

Willy era un chico con experiencia sexual. Se había iniciado a los doce años con Cacha, mulata y santera de edad desconocida que, además de prestar valiosos y bien remunerados servicios espirituales en el barrio, ofrecía gratis su otra y placentera cátedra a los adolescentes que quisieran tomar nota en su viejo box spring. Sí, Willy fue uno de sus alumnos aventajados, pero también era un perfecto trajinao, o sea, un mierda que debía obedecer órdenes de los maleantes para evitar daños físicos, sobredaños sicológicos. Cacha, que lo conocía bien y llegó a tenerle cierto cariño, lamentaba que semejantes aptitudes en la cama se asentaran en un carácter tan pusilánime. 

Llegado al campamento aquel invierno, Willy tenía varios caminos para negociar un frágil sosiego. Como había hecho en otras ocasiones, podía lavar la ropa a los jefes, limpiar sus botas, compartir con ellos la comida, hacer parte de su trabajo... Pero esa vez escogió una vía inédita y mucho más efectiva, también más cómoda y morbosa: ofreció a Carmen.

Cada noche, de lunes a sábado, hiciera más o menos frío, Willy llevaba a su novia hasta un bosquecillo que rodeaba al campamento. Cinco compinches la esperaban puntuales para apaciguar a sus peores demonios. Ella sólo ponía una condición: primero, con su amante, después, lo que éste mandara. Cuando Willy terminaba, y Carmen había gozado a piernas sueltas, uno a uno (nunca hubo en acción más de dos a la vez) se la templaban aquellos inútiles. No mediaban caricias, besos, felaciones. Sólo una y la misma postura. Sin palabras. Total, eran cinco minutos. Uno por cabeza. Ninguno aguantaba más. Carmen, que antes había orgasmeado a gusto con su novio, mantenía las piernas abiertas y parecía ida. Willy se mostraba tranquilo mientras charlaba y fumaba con los bienvenidos a su banquete. Ya era un chico popular entre los malos. Un pendejo, sí, pero con su valioso don: era el único que hacía retorcerse a Carmen sobre la yerba, que se la templaba en varias posiciones, que la hacía chillar de gozo; y, además, el único a quien su novia obedecía ciegamente, tanto, que cada noche se aburría pasando frío bajo cinco sudorosos idiotas, recogiendo todos sus fluidos con tal de que su “hombre” no tuviera que lavar ropa ajena.

De poco le valió la entrega, sin embargo. Cuando, a las pocas semanas de regresar al barrio, tuvo que abortar por prescripción médica, habiendo comprobado además que la familia de Willy (él incluido) se desentendía y descargaba todo el peso del penoso trance en Aleja, Carmen dejó a su novio. Sufrió mucho con todo aquello. Abandonó la escuela. Acaso agotó su interés por los varones.



II


Veinte años más tarde Carmen también emigró. Se lió con Amaya, una bilbaína que había enviudado en condiciones raras, (su marido se suicidó por causas y con medios nunca bien determinados) después de que el matrimonio hubiera adoptado a Itziar, niña de origen vietnamita que tenía ocho años cuando despareció su padre adoptivo; doce, cuando se conocieron las dos mujeres. Sucedió en La Habana. Amaya, nutricionista y profesora universitaria, participaba en un congreso organizado por una empresa estatal cubana donde Carmen trabajaba de recepcionista. Seis meses después, Carmen vivía en Bilbao. Se había casado y experimentaba por primera vez algo muy cercano a la maternidad total. Cuando su pareja viajaba por exigencias profesionales, (lo hacía con frecuencia) ella se quedaba al cuidado de Itziar.

En dos mil nueve, Amaya, invitada por una universidad romana a impartir clases en un curso de verano, decidió hacerse acompañar por la familia. Carmen e Itziar podrían conocer la ciudad mientras ella estuviera trabajando. Habría tiempo para todo. Las clases le ocuparían apenas media jornada… Viajaron juntas. Se hospedaron en un viejo hotel cercano a La Rotonda, con el Panteón a tiro. Amaya, que disfrutaba de una economía holgada, muy permisiva, se lo había recetado a sí misma. Allí estuvieron, entre otros, Nietzsche, Sartre y de Beauvoir, por algo será...

El mundo no es tan grande como algunos piensan y otros necesitan. Cada vez lo es menos. La primera mañana que Carmen bajó de la habitación para desayunar con Itziar, (Amaya en clases) mientras se orientaban en el vestíbulo, y en vano pretendían una ventana con vistas a la imponente casa de todos los dioses, la niña, que había aprendido a detectar el acento cubano allí donde asomara, y siempre lo hacía notar con una risita socarrona, le comentó a Carmen que había “cantantes” en la puerta del hotel. Vaya, apenas entrevisto aquel hervidero de almas, aparecía el primer testimonio de la diáspora patria. Carmen dijo a Itziar que lo obviara, que cubanos había en todas partes, que se diera prisa. El premio: Roma.

Salían a la calle, cuando un hombre se les encimó cortándoles el paso. Bajo una calva mal administrada, el pasado encarnó inoportunamente. Para Itziar, otro isleño cantarín. Para Amaya, el peor de los espectros gravitando a su pesar, en su contra. Ni cien panteones con miles de divinidades muertas en sus pétreas panzas, hubieran pesado la mitad que aquella mirada. Obviamente, Willy, (para entonces, y en media Habana, Guillermito-el-trompeta*) con sus “avales” íntegros, a priori no despertaba en Carmen un ápice de lascivia, ni siquiera de su potencial resentimiento, pero tampoco le regalaba la cara indiferencia.

Hubo que detenerse, explicarse un poco, mentir quizás… Él dijo formar parte de una misión diplomática ante el Vaticano. Sin que ella tuviera que preguntar, aclaró que venía de Cuba. Ella dijo que vivía con una (su) mujer en Bilbao. Willy pareció obviarlo. Soltó alguna nimiedad sobre su familia con la intención de parecer emocionalmente simétrico y se interesó en especial por Itziar. Aquella chica púber, en plena eclosión hormonal, que sonreía mientras él hablaba, con sus ojos bien parapetados tras unas escasas hendiduras, le producía gran curiosidad. Poco tardó en entablar con ella una conversación fluida… Compartimos hotel, Carmen. Preséntame a Amaya. Déjame conocer a Itziar. Tratémonos como viejos amigos, dijo al despedirse.

Roma se dejó mirar. Pero un caprichoso velo impedía el añorado tuteo. Carmen sólo veía piedra donde había piedra, gente, donde había gente. El más allá de todo aquello no se espiraba al cielo, ni se posaba en su hija. En vano buscaba resolverse en el hospital habanero donde abortó sin haber cumplido los catorce, en el bosquecillo de San Antonio de los Baños, donde, con la misma edad, pasó cuarenta noches en estado postorgásmico, completamente ausente, mientras la inundaban de semen, quién sabe con qué otro regalito incluido, cinco tipejos con sus tatuajes “reglamentarios”.

Por la tarde habló con Amaya. Valoraron el cambio de hotel. Terminaron, sin embargo, restando importancia al asunto. Carmen podría con ello, seguro. No había que preocupar a Itziar. Además, ¿por qué pensar que volverían a coincidir? Si era diplomático, tendría cosas que hacer. Tal vez bastara con retrasar un poco la hora del desayuno. Ahí lo dejaron. Al menos ahí lo dejó Amaya… en aquel momento.

Carmen no volvió a tropezarse con Willy en los siguientes días. Pensó que todo había pasado, al menos en lo tocante a las incómodas encarnaciones del fulano que tanto escoraba su memoria. Recordar un hachazo puede doler mucho, quién lo duda, pero la presencia misma del hacha siempre anuncia filo, sobreexcita la herida, anula el efecto de los analgésicos… En fin, a pesar de todo, Roma se esponjaba poco a poco. Donde había piedra y gente comenzó a brotar cierto entusiasmo ideal. La niña estaba cada vez más ilusionada con sus vacaciones, aprendía las primeras frases en italiano...



III


Después de doce días de intensa búsqueda, y estando Carmen de regreso en Bilbao, encontraron el cadáver de Willy en un matorral a orillas del Tíber. Ella pareció enterarse cuando Aleja le contó por teléfono y a deshoras (madrugada en Cuba) que Willy había sido asesinado en Roma, que su familia estaba abatida, que todos intuían la mano de la C.I.A. metida en el asunto, pues él era un activo agente de la contrainteligencia isleña y tenía muchos enemigos fuera.

Salvo las implicadas, nadie supo que justo la última tarde que pasaron las tres en Roma, Willy logró distraer a Itziar en una pequeña terraza de la plaza Barberini, aprovechando que sus mayores habían entrado un momento al local que la regentaba: Amaya, para pagar la consumición, Carmen, para ir al baño. Nadie supo que ellas mismas, sin piarla, (cuánto intuyen las madres, por Dios) al notarlo echaron a correr de inmediato en la dirección buena, y encontraron a la niña de vuelta en el hotel Pantheon, pero en la habitación equivocada; a salvo todavía, sí, pero temblorosa, balbuciente, sin sonrisa alguna que dedicar al acento cubano, con la recreación del Huevo de Némesis que debía adornar el tocador entre las manitas frías.

Aquella mañana, desde Bilbao, y aunque todavía en vías de acomodar lo ocurrido en su jodida memoria, Carmen escuchó y habló con normalidad a su abuela, que, aún válida pero muy anciana, resistía bravamente en su ciudad natal. Antes de colgar, sin embargo, le pidió que fuera a su antigua habitación, cogiera una cinta roja con un nudo doble que estaba en la primera gaveta de su mesilla de noche, y se lo llevara a Cacha. Le pidió que, sin más, dijera: Según Carmen, es la hora. Aleja debía esperar a que Cacha le devolviera la cinta ya sin el nudo (sólo la santera estaba autorizada a desatarlo) y entonces la podía tirar donde le diera la gana... La anciana preguntó: Hija, ¿hace poco estuviste en Roma? Carmen enmudeció… Amaya rápidamente le quitó el teléfono y tomó la palabra: Ama, Roma es una ciudad maravillosa. Por segunda vez, estuve yo. 


* En La Habana, vulgarmente se llama (también) “trompeta” a los chivatos que trabajan para el régimen castrista.



sábado, 9 de mayo de 2015

Zepelín danzante







El pasado sábado dos de mayo, mi amigo, el gestor cultural Jesús Pastor, me invitó a  ver un espectáculo de danza contemporánea: la gala-resumen del Certamen Internacional de Coreografía Burgos-New York 2014, que, organizada por el Ballet Contemporáneo de Burgos, aterrizó aquella tarde-noche en Pedrajas de San Esteban, Valladolid, como un maravilloso zepelín que se hubiera extraviado al viajar entre Paris y Viena. Un gran acierto de los programadores, porque si hay algo que puede subir al carro de la alta cultura a quienes orbitan en la periferia de sus “soles”, es el arte a este nivel. ¡Enhorabuena! ¿Acaso no cantó Caruso en Manaos? Bueno, seguramente no, puede que sólo sea una leyenda, pero si en realidad lo hubiera hecho, hasta los más sencillos caucheros, de resultar involucrados, se habrían apuntado al coro.

Casi todo lo que vi en Pedrajas, (muy disfrutado y aplaudido por los asistentes, ahí lo tienen) bien pudiera representarse en el Carnegie Hall o en el Gran Vía, pero interesa, seguro, a cualquier ser humano, pues nadie soporta un espejo adecuadamente colocado ante sí, sin experimentar cierto cosquilleo narcisista; y la danza, ese incontestable universal, aunque sacada de los ámbitos rituales y llevada a los escenarios, sigue siendo, sobre todo, un vehículo de especular humanismo: Bailamos para vosotros, nos dicen los bailarines, si os dejáis, haremos que bailéis a través nuestro: bailaremos todos. ¿Quién pudiera declinar tal invitación?

El zepelín llegó cargado de sorpresas. Traía gente de múltiples Españas, incluso de Cuba, pero también de otros varios países europeos, entre ellos Alemania e Inglaterra. El programa, que recogía los premios del referido certamen en el pasado año, era ecléctico, segmentado en actuaciones cortas que nos dejaron con ganas, pero a la vez abrieron el abanico para que se batieran aires diversos y nadie escapara a su potencial embeleso. Desde la danza más clásica y moderna de la escuela Graham, a la más vanguardista y postmoderna, pasando por la llamada Danza Urbana, que trabaja sobre ritmos populares norteamericanos expandidos ya por medio mundo. Desde la danza más narrativa, que se apoya, incluso, en el discurso del cancionero popular para “explicarse mejor”, hasta la que prescinde de un sólido relato y nos transmite contenidos más esenciales y abstractos. Desde la muy musical, quiero decir, la que se apoya en una música con severa base rítmica, hasta la que prescinde de cualquier música auxiliar, porque la crea o recrea por sus propios medios partiendo de los sonidos corporales que emiten los bailarines. Todo ello puesto en escena con una calidad que no solemos esperar (porque no solemos recibir) en las pequeñas salas de la Castilla profunda. El escenario del auditorio Eloy Arribas es reducido, pero ni siquiera las obras más espaciales, en mi opinión “Anna” y “Par ici!”, ambas bailadas por Jennifer Gohier y Grégory Beaumont, generaron tensiones desfavorables en este sentido.

La estructura dada al programa también resultó muy efectiva. Comenzamos sobrecogidos por “Anna”, de Francesco Vecchione (Alemania), una obra bastante abstracta, hondísima, de un dramatismo intenso, casi matemático, y un gran lirismo; y terminamos con el ritmo cardíaco descompuesto, temblando con la obra “El diablo a sus hijos”, de Jairo Cruz (Cuba), que, prescindiendo de la música, y gracias a una coreografía perfecta, perfectamente bailada por el propio coreógrafo junto a Gabriela Guerra Woo, llenó el escenario de fuerza y color, pero también de un edificante desconcierto, de una angustia esperanzada. Esta obra, y con ella el espectáculo, terminaron ante un patio de butacas entregado, nervioso, me atrevería a decir extático, que ponía la música, eminentemente percusiva, acompañando la respiración y el resoplo de los bailarines con sus propias pulsaciones. 

Todos aceptamos la oferta de los protagonistas. Todos bailamos a su través, porque todos nos asomamos al apetecible espejo. Y claro, les (nos) aplaudimos más de dos minutos. Gracias, Jesús, por tu regalo. Salí de allí creyendo en los milagros. De acuerdo, muchos no renunciaron a su partido de fútbol sabatino para tratar con tan especial tripulación, pero a la vista está que en Pedrajas, como en cualquier otro pueblo castellano, pueden repostar los mejores zepelines si se extravían con suerte. Qué maravilla. Si llego a conseguir la grabación de Caruso en Manaos, con ella te pago.

 

domingo, 3 de mayo de 2015

Canto de inanición




















Canto de inanición I


 A mi madre

 
Sólo puedo darte versos, mamá,
como los niños. Casi. Sin dibujos,
mechones de pelo, corazones o flechas.
Ya ves, qué poco… Nada
como esta embocadura al delirio, sin embargo,
(me encorvo, cimbro, dintelo, atisbo)
para reconocerte toda, una
al fondo del pozo lácteo donde eres.
Turbio zumo. Origen y designio.
Ida y vuelta, mamá.
Yérguete. Mira. Llego.
Enciende el molinillo y acelera.
Bate el mejunje graso. Desmiga.
Espolvorea. Revuelve.
Traigo una sed sin tiempo
que apenas disimulo palabreando.
Enchúfame a tu pecho.
Nuevamente abre. Ahora.
Al filo del vertical recogimiento
agita tu bordón, te lo ruego.
Activa el cascabel y la candela.
Prende. Céntrame… Yo

sólo puedo darte versos, mamá,
como los niños. (Canto de inanición)
Tragón y musiquero.



Canto de inanición II


A mi mujer

 
Sólo puedo darte versos, mujer,
como los niños. Casi. Al alirón de nada
que desarrugue sueños. Música
y anestesia. Descarga. Vértigo.
En el cantil del tiempo, los hijos,
una mancuerna y un lirio.
El pasado vocifera. Memorizo.
Recompongo. Trovo. Pero
lo por venir arrecia con su tonada bruna.
Entonces te concretas. Cierto animal
justo antes que titile el horizonte.
Y después… Desencarnas. (Idea)
Aromas la escena, la sublimas.
No sé si varar o danzar;
si aferrarme a la cuerda
o merodear la flor. Cómo hueles, luces.
Vientre y halo: Entera me sonsacas.
Perfecta fórmula que sin embargo yerro.
No resuelvo. Ensayo
una vía tántrica al tiempo que eyaculo
sobre el enigma. No sacio.
Pido. Imploro. Palabreo… Yo

sólo puedo darte versos, mujer,
como los niños. (Canto de inanición)
Tragón y musiquero.



miércoles, 22 de abril de 2015

Breve elogio a la danza






Mi amigo Jorge Sánchez, bailarín, coreógrafo y director de la Academia de Baile vallisoletana “Danza Abierta”, me pidió que hablara esta tarde para personas que se han juntado aquí con la única intención de ver bailar. No sé si acertó al hacerlo, pero, por si acaso, seré breve.

Hoy los aprendices de la dicha escuela bailarán en público para celebrar el próximo Día Internacional de la Danza. No soy proclive a este tipo de efeméride, lo confieso, porque la danza, como cualquier otro universal, es un vehículo de humanidad, está por tanto implícita en la condición humana; es, o debía ser, cosa de casi todos los días. Pero si tal recurso (la efeméride formalmente instituida, digo) sirve para atenuar en alguna medida nuestra creciente apatía por los asuntos que más importan, bienvenida sea.

El hecho es que, motivos más o menos espurios aparte, hoy nos reunimos para hacer algo que hicimos desde que la especie enfiló hacia la vida en sociedad y se constituyeron los primeros clanes, las primeras tribus: bailar y ver bailar. La danza es la consecuencia directa de nuestra capacidad para experimentar el ritmo. Nunca se conoció grupo humano, prehistórico o histórico, cuyos integrantes no fueran capaces de sentir el ritmo con que la naturaleza late en todas sus facetas; de (re)producirlo con menor o mayor complejidad, de bailarlo. ¿Sería concebible que seres con posibilidad de sentir y (re)producir el ritmo, no terminaran bailándolo?

La danza es la concreción formal de una pulsión primaria, que, gracias a nuestra necesidad de (y capacidad para) manipular la naturaleza, se convierte en algo sobrenatural, artístico. En términos estéticos, se trata de ejercer la libertad dando forma a algo que todavía no la tiene, animando a un cuerpo (individual o social) que llega a moverse armónicamente, y cuyo movimiento propicia una pautada y perfecta síntesis entre tiempo (medida-intervalo-ritmo-duración) y espacio (medida-intervalo-luz-extensión).

Hablamos de un lenguaje artístico, con sus signos, su vocabulario, su gramática, su poder para crear un discurso simbólico; y de ahí, su alta capacidad para comunicar contenidos humanos. Pero este lenguaje no tiene una base netamente productiva, sino mágica. Puede que en sus orígenes, la danza acompañara a cazadores, guerreros, agricultores y ganaderos durante sus respectivas faenas, pero lo que ya no admite dudas, pues se comprueba en los pueblos que todavía viven al margen de nuestra civilización, es que antes y después de que tales actividades se llevaran a cabo, servía para que sus artífices, (danzantes ellos mismos, guiados por sus sacerdotes) se encomendaran a los dioses o celebraran sus dádivas. Además, y esto es fundamental, la danza también valía para unirlos en un rito colectivo: socializarlos. El hombre siempre danzó en grupo, y así canalizó estados emocionales altamente empáticos que lo hicieron cada vez más hombre.

Entonces, nos reunimos hoy para concelebrar un rito tan antiguo como la especie misma: hacer y ver hacer algo en apariencia improductivo, pero que entronca directamente con nuestra alma. Estamos aquí porque somos animales especiales, raros… Sí, somos artistas. Y no sólo percibimos la realidad por vías sensoriales, con su poderoso ritmo interno, sino que podemos manipularla, incluso bailarla; esto es, dotarla de dimensiones humanas: exteriorizarla (re)formada. Podemos imaginar, y haciéndolo, creamos realidades suprasensoriales, más complejas, pero también más convenientes que las regaladas por la naturaleza.

La técnica, que, aún en progresión, nos mostrarán estos jóvenes bailarines, créanme, es aquí lo que menos importa; resulta muy necesaria, claro está, porque articula y hace legible el lenguaje que han escogido para expresarse, pero lo es sólo como un medio para alcanzar el fin deseado: dar fe de su resistente humanidad; retar al tiempo, forzarlo a pausarse, detenerse; poner un alto precio a la vida frente a la muerte, que se ceba con lo animal, pero pávida huye del relato humano, marcado por su indómito imaginario.

Al verlos bailar olvidarán, seguro, la pueril excusa que hoy nos convocó (todos los días son igual de buenos para bailar). Entregados participarán una manifestación arquetípica de nuestra esencia humana, ofrecida a lo largo del tiempo en una única y extensa obra que de continuo muda momento, escenario y forma, para, perennemente actualizada, durar lo que nosotros mismos.

En esta confortable sala no vemos la luna, no tenemos a mano una hoguera ni una piedra sagrada, pero somos mujeres y hombres: animales sociales, memoriosos, capaces de imaginar, de crear escenas mágicas al margen de lo meramente perceptivo. Hoy, aquí, a cubierto, la memoria y la imaginación suplirán una vez más luna, hoguera y dolmen. Todos somos artistas porque de alguna manera recibimos, incubamos y testamos la total heredad de nuestra especie. No importa que hayamos asumido frente al arte una actitud más o menos activa. Todos somos potenciales danzantes, y casi nunca, a la vista está, danzamos solos.

Muchas gracias.


miércoles, 15 de abril de 2015

En la boca del lobo. Poema y poeta







Hace unos días, el poeta Félix Anesio compartió con sus amigos aquel texto de Witold Gombrowicz: “Contra los poetas”. Hacía tiempo que no lo leía. Lo hice por primera vez hace más de veinte años. Entonces alguien me lo pasó con la intención de que revisara mi ya severa inclinación a la poesía. Sigue vivo este texto. Tal vez porque está lleno de contradictorios y perseverantes agujeros, de inquietantes apuntes… Pensé contestarlo en prosa, pero luego lo reconsideré: ¿A estas alturas vale la pena? Además, puede que la mejor forma de responder algo así, sea con un poema. Mientras más corto, mejor. Si apartamos lo anecdótico, estoy en desacuerdo con este hombre en casi todo lo que dice. Su noción de realidad es estrecha, radicalmente deficitaria. Sus carencias en Estética son notables. Su positivismo con raíces baconianas suena hoy muy trasnochado. Pero lo que más me llama la atención es lo mal que distingue entre poeta y poema, entre poesía necesaria y barata, entre poetas útiles y prescindibles. Cómo lo ensarta todo este hombre a la misma cuerda… Qué grueso el trazo para venir de alguien que, según él mismo dijo, temblaba con Shakespeare, Pascal y las puestas de sol. En fin, escribí esto:
 


Poema y poeta


                       “…a casi nadie le gustan los versos…”
                                              Witold Gombrowicz


                                            “Toda cosa tiene dos asas:
una por la que es llevadera y otra por la que no lo es.”
                                                                 Epicteto


Otra vez
el poema desplegó sus asas.
(La una informe. La otra no.)
Buscaba un agente desequilibrante
que lo introdujera, vivo,
en la boca del lobo
para de nuevo retar al tiempo,
ponerse a prueba,
actualizarse.

Durante años esperó.

Muchos tiraban del asa formada
(perfectamente reconocible)
y nutrían a la bestia,
pues la sustancia poética, manida
vertía en su gaznate, tibia
capitulaba en su buche.

Sin embargo, cuando el preciso operario

tiró valientemente de la informe,
(qué loco, con lo que impone la brutalidad)
el poema se hizo liana en la garganta del cánido,
palo atravesado en sus fauces.

A casi nadie le gustan los versos. Quizás.
Pero todos entraban y salían del oscuro foso
con sus pequeñas linternas.
En él jugaban protegidos
por el puntal maestro,
similar en sustancia y forma
al báculo de los dioses.

El poeta apenas sabe lo que hizo.
¿Intuir el asa buena?
¿In-formarla a tiempo?
El poeta apenas es un contingente medio.
Sólo el poema resuelve
(provisionalmente)
en ese agujero atroz.

No el poeta, Witold,
el Poema.


lunes, 6 de abril de 2015

Serena apoteosis de la vulva





Hace más o menos un año, di en Internet con la viva recreación de El origen del mundo (Courbet) hecha por Deborah de Robertis en el museo D’Orsay, París: La artista llega a la sala donde se expone el cuadro, se sitúa de espaldas a él, de cara a los espectadores, se sienta en el suelo y abre las piernas mostrando su vulva. Para hacerlo con total rotundidad, añade un recurso hiperrealista: no sólo busca la perspectiva perfecta y determina con sus muslos el campo visual hacia la embudada “diana”, sino que se ayuda con las manos para abrir y sujetar sus labios (menores y mayores) haciendo visible el “pórtico” en su integridad, acentuando su dramatismo: rosa contrastado sobre el fondo negro que ofrece el abundante vello púbico.

Aquella recreación me impresionó con especial contundencia. Pero entonces preferí no compartir la impresión, sino dejarla reposar, pues pertenece a esa clase de aprehensiones que nos marca sin que sepamos dilucidar con claridad el porqué. En tales casos, es mejor dejar que el tiempo cribe lo percibido, para que la razón, tan propensa a (y necesitada de) la abstracción discriminante, pueda entretenerse especulando.

Hoy, lo confieso, tengo uno de esos días terribles que sólo el arte potente puede enmendar en alguna medida. (¿Qué mejor que una obra de rotunda humanidad para aliviarnos, cuando el escepticismo roe sin miseración?) Por eso echo mano a este vídeo, que no había vuelto a ver desde entonces. Ahora, sin embargo, no sólo lo veo y disfruto nuevamente, también le busco la quinta pata al gato y la propongo a mis lectores: la búsqueda, quiero decir, no la pata, pues en el arte las patas son siempre visiones de alas maltrechas. Cuando el arte se apoya del todo, se amodorra, se convierte en otra cosa. Y en este caso, creedme, mientras más patas, peor.

Entonces, ¿qué interés tiene lo que pueda comentar al respecto? No lo sé. Sospecho que ninguno frente a la obra de Deborah en términos absolutos. (La artista es ella, y, en esta rara ocasión, también la obra de arte; yo sólo represento a una parte del agradecido público). La crítica siempre tiene un valor muy relativo… Pero tal vez pueda acercar su propuesta a más gente. A ésos, para quienes una vulva convenientemente puesta en escena deja de ser (sólo) un órgano del aparato reproductivo femenino, un lascivo agujero o un portón para expulsar animales, convirtiéndose en el creíble origen del mundo.

Y es que, claro, no asistimos a una clase de biología o anatomía, a una escena pornográfica, a la consulta de un ginecólogo, a una sesión de simple modelaje artístico; tampoco a un burdo palimpsesto. Aquí la artista (y obra de arte a la vez) recrea un antecedente con la intención de ofrecernos una otra dimensión muy distinta del mismo, una forma actualizada para la misma sustancia. Si bien dice con Courbet: Yo soy el origen. Yo soy todas las mujeres; abunda por su cuenta y riesgo: No me has visto. Quiero que me reconozcas.

Se trata de una obra extremadamente verista.

Si bien es cierto que ya Courbet asignaba al sexo de la mujer un papel genésico, subversivamente adánico, y que su cuadro parecía anunciar los más complejos partos del XIX: Marx / Bakunin / Nietzsche… también lo es que todavía permanecía enrocado tras unos muslos que no se desplegaban hasta el total desasimiento. El agujero original de Courbet, amén de ser una representación inanimada y en dos dimensiones, no se resolvía del todo, ni hacia dentro, ni hacia fuera. Aquella vulva y su protegida vagina eran todavía pura potencia. Ni el realismo decimonónico más militante, ni siquiera el Paris comunero, lograron desvelarlas (abrirlas) hasta la más explícita concreción artística: su serena apoteosis.

Deborah retoma el asunto y lo actualiza. Lo hace en la época de la pornografía al alcance de todos, de las ecografías y las resonancias magnéticas, de las cámaras superlentas, del microscopio atómico y el acelerador de partículas… ¿Cuántos secretos puede tener una entrepierna o una vulva humana a estas alturas para nosotros? Muy pocos, si en los planos científico, escatológico o pornográfico. Muchos todavía, afortunadamente, si en los planos filosófico o artístico. Justo para contestar la pretendida suficiencia científica que nos tiene por simples máquinas biológicas (casi biónicas), los atávicos restos del viejo patriarcado, la banalización de lo humano que nos conduce, por una parte, a lo pornográfico, y por otra, a la inteligencia artificial; la obra de Deborah pudiera ser más necesaria que nunca. ¿Su vulva entra en escena milagrosamente a tiempo?

El verismo mal llevado puede tender y muchas veces tiende peligrosamente al panfleto. Pero el bueno, a lo largo de la historia cumplió siempre una función equilibrante y regeneradora, higiénica. En los momentos en que más nos jugamos, un tirón sensorial, como reafirmación de nuestra animalidad, premisa indispensable y antesala de nuestra humanidad, no sólo es conveniente, sino imprescindible. Asimismo lo es el enfrentamiento más descarnado y directo con nuestro ser social y sus manifestaciones menos edificantes en términos ideales. Ahí están para demostrarlo, por ejemplo, la comedia clásica griega, el ajuste antropomórfico y humano de la escultura helenística, buena parte del arte vernáculo romano (véanse los murales de Pompeya), la poesía burlesca del Renacimiento y el Barroco (Aretino / Quevedo / Góngora), buena parte de la pintura del XVII (Velázquez / Rembrandt…) el verismo del XIX (Goya / Balzac / Zola / Verga / Tolstoi / Dostoievski / Pérez Galdós / Verdi / Bizet / Puccini / Mascagni / Leoncavallo…), el Neorrealismo italiano del XX…

La obra de Deborah es verista, pero no barata. Tiene todos los ingredientes necesarios para proponernos el puntual regreso a un humanismo redentor: sólidas referencias, magnífica puesta en escena, lenguaje poético, y gran capacidad para desconcertarnos merced a un discurso polivalente en términos semánticos y semióticos. La artista no aparece desnuda o descuidada, sino moderadamente maquillada, con el pelo recogido, y vestida de color dorado para dialogar con el marco del cuadro de Courbet. No asume una posición grotesca o vulgar. En esto es más clásica que el pintor francés, pues obedece a la simetría de su cuerpo y perspectiva el camino a su vulva con la perfección de un Kubrick. No coquetea con la moda o la banalidad que imponen los cánones de la belleza femenina actual. No se rasura. Ofrece la vulva perfectamente protegida por su vello púbico, como ya dije, acentuando el dramatismo cromático de la composición, pero también su profundidad, apuntando además al enigma que comporta el negro (la oscuridad) sobre todo en casos como éste.

Estos no son detalles anecdóticos; son los que distancian la obra de la mera pornografía y la asimilan al Arte. Hablamos de una vulva, sí, pero también, y especialmente, de la Vulva: puerta de entrada para el semen genitor, de salida para el maravilloso engendro; el órgano-puerta, el que recibe la semilla vital, el que nos impulsa (o expulsa) a la vida. ¿El origen del mundo? Bueno, es una forma verista, poco idealista de llamarlo, pero muy creíble.

La vulva de Deborah, que completa y colma la que anunció Courbet en aquel célebre cuadro, por obra y gracia de su excelente puesta en escena, es ahora la Vulva. Por ella nos dimos todos a la vida. Somos, a fin de cuentas, carne para médicos disparada hacia la eternidad por sacerdotes ebrios. No somos máquinas. No queremos serlo. En ese agujero negro con su pórtico rosa podemos reconocernos. Lo hacemos. Por ahí salí yo con permiso de mi madre. Por ahí entro a lo desconocido. Pero antes me detengo, firmo el libro de la especie, y, una vez más, repito con Lezama: Ah, oscuridad, mi luz.
    

miércoles, 25 de marzo de 2015

A los políticos...







 Mercurio, en el Prólogo de Anfitrión (Plauto):


“Vosotros queréis que os sea propicio y os proporcione ganancias en vuestros negocios […] queréis también éxito para vuestras empresas dentro y fuera de la patria, prosperidad y provecho sostenido en los negocios emprendidos y por emprender, queréis que os comunique buenas noticias […] lo mismo os pido yo ahora que guardéis silencio durante esta representación y que seáis para ella jueces justos y equitativos […] vengo en son de paz: lo que yo quiero de vosotros es algo justo y nada problemático; he recibido el encargo de venir como embajador para hacer una petición justa a gente que también lo es; y es que no está bien pedir cosas injustas a gente justa… (continúa al final)



––¿Dónde estáis, qué hacéis?, preguntaba un político a los intelectuales hace algunos días, en un mitin vinculado con la campaña para las pasadas elecciones andaluzas, ensayo de las regionales y municipales que se celebrarán próximamente en toda España. Lo escuché prácticamente en duermevela (todavía pongo el telediario mientras me levanto) y por un instante me sentí aludido. En la trastienda de su pregunta formal (simple y dramático petardeo) latía la informe, pero corrosiva, la que “debía” formalizar en la conciencia, o, mejor aún, en la subconsciencia de gente como yo: ¿No veis, desalmados juguetones, que el mundo se acaba, y que, para evitarlo, debéis atraer votantes a mi opción política?

En realidad ¿a quiénes se dirigía este hombre? ¿Por qué me sentí fugazmente aludido? ¿Por qué siento la necesidad de escribir algo sobre un asunto tan manido y abusado? ¿Cuáles son los intelectuales emplazados, y por qué lo son especialmente en épocas de movimientos políticos más o menos aparatosos, ya sea durante períodos electorales en timoratas democracias que intentan sacudirse, o durante virulentos cambios de régimen? Llevamos más de dos milenios y medio hablando de esto, y todavía me animo. Hago hueco en la cansina tertulia. Levanto la mano: ––Perdón…

Caimán no come caimán, se decía en mi tierra, cuando las fuerzas entre dos contendientes estaban parejas, pero también cuando los partisanos de alguna causa, sobre todo de dudoso provecho para el común, se protegían mutuamente en horas bajas, hacían valer su complicidad frente a terceros. Mas en este caso un intelectual, rodeado de intelectuales por los cuatro costados, con grave retintín preguntaba a sus homólogos: ––¿dónde estáis, qué hacéis? Él, al margen, como si se dirigiera a extraños… casi traidores. Pero ¿no son la mayoría de los políticos, intelectuales ellos mismos? ¿No cuentan ya con sus aparatos de prensa? ¿No son los periodistas que aparecen en la nómina de los grandes medios, por lo regular cojos de uno u otro lado, intelectuales; y no lo son los llamados analistas políticos, profesionales del debate que prácticamente viven en la radio y la televisión? Sí, claro, todos estos son intelectuales, pero no basta. Su maltrecha credibilidad los invalida para “cosas serias”. En tales casos se necesita que apoyen los que no están emplantillados, al menos formalmente, sean del tipo que sean. Da igual orgánicos o tradicionales (Gramsci), verdaderos o falsos (Sartre), ideólogos o expertos (Bobbio). Todo vale, previo acto de fe, especialmente si se trata de gente con un rostro televisivo, tan capaz de miserere como de zambra. Sin embargo, ¿ni estos últimos se acercan ya voluntariamente? ¿Tan infecto está el charco que espanta hasta los patos? Bueno, todavía los hay que se dejan caer, nadan desgarbados, pero no basta, insisto. Cuando la historia acelera en los circuitos cerrados, algunos es poco para empujar el carro.

Aquel hombre, intelectual él mismo, nacido a la política en el fragor de la modernidad tardía, tan hecho al Partido, que, según Gramsci, “procura la soldadura entre los intelectuales orgánicos del grupo dominante y los intelectuales tradicionales; […] cumple esta misión subordinada a la esencial de preparar a sus componentes, elementos de un grupo social que nace y se desarrolla en lo económico, hasta convertirlos en intelectuales políticamente calificados, en dirigentes y organizadores de toda clase de actividades y funciones inherentes a la evolución orgánica de la sociedad, en lo civil y en lo político”; se extrañaba, (el demandante, digo) de que gran parte de la curia faltara a su envite. ––¿Dónde estáis, qué hacéis?…

Me imagino que algunos estarán (so) pesando la mies, clasificando la lana, leyendo las palmas de sus propias manos. Otros, sencillamente cansados. Los más serios, puede que estén avergonzados, sobre todo si en algún momento atendieron a llamadas de este tipo. ¿Los habrá que prefieran mantenerse callados, obedeciendo aquella máxima de Sartre sobre el “intelectual verdadero”?: “No tiene que hablar, sino intentar por los medios que están a su disposición, dar la palabra al pueblo”. Río… Lo cierto es que el político increpaba, sí, increpaba a intelectuales otros, como diciéndoles, o mejor dicho, gritándoles: –– falsos orgánicos, desclasados, tradicionales…  

Pero ¿cómo pretenden todavía estos pistoleros que la gente sería y de paz se presente así, sin más, a tan burdos y patéticos duelos? Como diría Platón: “Acaso piensas […] que he de estar tan loco como para tratar de esquilar al león…” ¿Qué responsable hombre de ideas puede estar verdaderamente interesado en representar un papel al son de la opereta que corre? Platón, que, como todos sabemos, confiaba su comunismo aristocrático solamente a los guardianes-filósofos, esto es, a los intelectuales de más alto nivel; y que mucho antes que Marx pretendió que los filósofos no sólo comprendieran el mundo, sino que intentaran cambiarlo para bien primero, y sostenerlo después asido a la verdad y la justicia, sabía perfectamente que tales hombres solían interesarse en el gobierno de la polis en casos muy especiales. Así lo explicaba el pensador ateniense hace dos mil quinientos años: “El castigo mayor [para estos hombres] es ser gobernados por otros más perversos si no quieren ellos gobernar: y es por temor a este castigo por lo que creo yo que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aun entonces no van al gobierno como quienes van a algo ventajoso, ni pensando en lo que van a pasar bien en él, sino como los que van a cosa necesaria y en la convicción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos a quienes confiarlo.” ¿Y cabe esta opción ahora mismo en nuestras democracias? ¿Realmente los partidos políticos en lidia permitirían a los hombres más capaces ascender en sus organigramas con tales presupuestos? ¿No implicaría ello negarse a sí mismos? Está claro: los partidos son maquinarias para bruñir a los malos, para amellar el filo a los buenos hasta convertirlos en inocuos fieles. Los gobernantes que de ellos emanan son sus productos-estrella, a la postre maestros con la lima en la mano. Si al menos se dejaran aconsejar, supieran escoger a sus asesores. Pero tampoco…

Decía Maquiavelo: “hay entre los príncipes, como entre los demás hombres, tres clases de cerebros. Los primeros imaginan por sí mismos; los segundos, poco dotados para inventar, captan con sagacidad lo que les muestran los otros, y los terceros no conciben nada por sí mismos, ni por los discursos ajenos. Los primeros son ingenios superiores; los segundos, excelentes talentos; los terceros son como inexistentes”; para venir a decir después que los príncipes deben pertenecer, cuando menos, al segundo grupo, o sea, que deben tener la capacidad de captar lo que otros le muestran, a fin de saber seleccionar a sus ministros. Pero en la actualidad la política ha degenerado tanto, que es prácticamente imposible encontrar entre los gobernantes (adalides de sus partidos) gente capaz de escuchar música y letra diferentes a las que calcen en la cantinela que empieza y termina con el conteo de votos. ¿Y cuál es aquí entonces el papel de los intelectuales no políticos de profesión? Pues meter la cantinela en partitura, pautarla, elevarla formalmente, disimular su cacofónica cojera, y, sobre todo, repetirla con el mismo objetivo: votos. ¿Tenemos que prestarnos a esto?                

No necesariamente. Rehusar la participación en el insano juego es algo muy político: es señalarlo con total claridad. Los intelectuales responsables no han desaparecido. No pueden desaparecer. Incluso su relativo silencio (habrá que buscarlos en las librerías, si no se encuentran en las tribunas) conlleva una potencia actual enorme. El mismo Bobbio decía: “En una sociedad pluralista, la desaparición de los intelectuales, con la que se fantasea, es improbable: al cerrarse un canal por el que pasaba un flujo de poder ideológico, se abre otro inmediatamente”. Este es un planteamiento con fondo filomarxista (no más que filo, remarco) pero tiene fundamento. Sólo que aquí un ala del supuesto “poder ideológico” puede retraerse y se retrae, para, desde la aparente inacción en los más penosos y triviales pugilatos, actuar en otro plano; plantarse ante el disparate: No.  

No se trata de que los intelectuales se hayan convertido en los clérigos de Benda: “los que honran la verdad y la justicia con fin en sí mismas”; tampoco en los frustrados filósofos de Platón, que se abstienen apesadumbrados de guardar su república:

“Pues bien, quien pertenece a este pequeño grupo (los filósofos verdaderos) y ha gustado la dulzura y felicidad de un bien semejante (la filosofía) y ve, en cambio, con suficiente claridad que la multitud está loca y que nadie o casi nadie hace nada juicioso en política, y que no hay ningún aliado con el cual pueda uno acudir en defensa de la justicia sin exponerse por ello a morir antes de haber prestado algún servicio a la ciudad ni a sus amigos, con muerte inútil para sí mismo y para los demás, como la de un hombre que, caído entre bestias feroces, se negara a participar en sus fechorías, sin ser capaz tampoco de defenderse contra los furores de todas ellas… Y, como se da cuenta de todo esto, permanece quieto y no se dedica más que a sus cosas, como quien, sorprendido por un temporal, se arrima a un paredón para resguardarse de la lluvia y la polvareda arrastradas por el viento; y, contemplando la iniquidad que a todos contamina, se da por satisfecho si puede él pasar limpio de injusticia e impiedad por esta vida de aquí abajo y salir de ella tranquilo y alegre, lleno de bellas esperanzas.”

No se trata, insisto, necesariamente de esto, ni de que los intelectuales inhibidos ante la comparsa descrita se estén atrincherando en un intelectualismo enfermizo y recalcitrante. Aquí tampoco apruebo el positivismo integrista de Weber, quien apuntaba: “los residuos irracionales de la racionalización de la realidad se han constituido como las zonas específicas donde se ha visto constreñido a replegarse el irrefrenable deseo de posesión de valores sobrenaturales del intelectualismo. Esto se intensifica cuanto más libre de irracionalidad parece encontrarse el mundo.” ¿Residuos irracionales, irracionalidad encantada? En lo absoluto. No se puede generalizar en esto. Ni siquiera los mejores artistas, rama de los intelectuales a la que parece dirigirse el gran sociólogo alemán en este comentario, están por definición al margen de la política, tampoco de la más activa y visible.

El repliegue de los mejores intelectuales ante la desfachatez del poder político, detentado y pretendido, pues en estos momentos ambos estadios son tristemente capítulos de un mismo y único cuento, obedece muchas veces a un hartazgo comprometido, y puede que hasta estratégico. Aunque parezca imposible, en la cosa pública por excelencia: la política, el silencio selectivo en ocasiones resulta más militante que el vocerío. Si en la misma plaza, a la misma hora y para el mismo público, actúan mendigos, mercaderes, ingenieros, banqueros, malabaristas, jueces, capitanes, sacerdotes, magos, artistas y maestros, lo más seguro es que la gente que los atiende deponga la parte más fina de sus sentidos y actúe adormecida, desorientada, llevada por impulsos donde la dominante patética se imponga a la ética y la lógica. En tales casos, conviene que alguien se aparte, y en lo más umbrío de la estoa, se abstraiga del confuso maremagno, aunque sólo sea para mostrar que hacerlo es posible, que se puede optar a ello, y que tal vez se debe.

Hoy en día, en una Europa tan vieja y decadente, parece inevitable descreer del Estado ideal para el hombre estético (Schiller), el hombre nuevo (Marx), el superhombre (Nietzsche), porque de acuerdo con el primero de estos tres pensadores, tal vez haya que aceptar que: “el Estado ideal, tal como lo concibe la razón, antes de dar origen a una humanidad mejor, tendría que fundarse en ella”. Pero no creer ciegamente en estas abstracciones para el hombre y su correspondiente Estado, no implica descreer del Hombre mismo.

A los políticos, tan intelectuales ellos, y a veces tan demócratas, pediría por favor que no chillen en la tele cuando me desperezo; que cuando quieran dar conmigo, se pongan a leer y eviten el patético griterío; que vigilen, eso sí, al ingeniero, al banquero y al mercader, esa nueva y “santísima” trinidad que ya piensa la polis para los robots, con su robótica política. (Qué rápido van los cabrones)


             
 
  …pero pedir cosas justas a gente injusta es una necedad.”

                        Mercurio, en el Prólogo de Anfitrión (Plauto)



Ah, y a la pregunta: ––¿Dónde estáis, qué hacéis?, yo respondo: aquí, esto.



domingo, 8 de marzo de 2015

Yo, la mujer de Pancho, os digo…






 
La historia de Europa empieza en China.
                                   Montanelli


La civilización es hija de la barbarie y nieta del salvajismo.
                                                                     Ortega


Pancho, que como cada día dormitaba sentado en la arena, protegiéndose del sol con su gran sombrero, recostado a la pared, a un lado de la única puerta de su casita situada a orillas de la Sierra Madre, aquella mañana vislumbró una serpiente venenosa, que, a unos veinte metros de distancia, iniciaba una peligrosa maniobra de aproximación. Entonces dijo a su mujer que faenaba dentro: ––Lupe, tráigame el antídoto. Ella, alarmada y nerviosa, mientras buscaba el frasco, pregunto: ––¿Lo ha mordido una serpiente, Pancho? Y entonces él, con su característica flema, explicó: ––No, pero la veo venir…

        Cuento popular



Occidente, tan pancho él, hace unos días se enteró vía satélite de que Mesopotamia está siendo de nuevo contestada por los chicos malos de la prole de Nestorio; aquel díscolo patriarca de Constantinopla que fue desterrado a Libia, cuyos discípulos emigraron a Siria después de su muerte, tradujeron la Biblia al idioma local, y sentaron así las bases para que el arcángel Gabriel, tan atento siempre a los impulsos mesiánicos, trasladara, también a Mahoma, su mensaje divino.

Si la historia de Europa empezó en China, según Montanelli, cuando los hunos fueron rechazados allí, y, obligados a dirigirse al Oeste, pusieron su destructiva mirada sobre la enferma Roma; si la civilización es hija de la barbarie y nieta del salvajismo como nos dice Ortega, ¿podemos entender que estas enormes fuerzas civilizadoras operan de nuevo, ahora desde el Medio Oriente, para incoar la posthistoria de Europa, de Occidente? ¿Son las excavadoras, las marras y los taladros de los nómadas musulmanes, empeñados en destruir las bases de nuestra cultura (y en gran medida la suya propia) demoliendo lo más pétreo de su rostro, las herramientas, que, junto a las armas, las expulsiones y los asesinatos masivos, anuncian el gran cambio? Y de ser así, ¿bastará con que los satélites lo registren mansamente? ¿Estamos condenados, tanto, que vemos a la serpiente avanzar sobre nosotros y apenas añoramos el antídoto…? Sí, lo estamos. El falso antídoto del pancho europeo es la tecnología; esa, que, según él, en última instancia le permitirá abandonar el viejo barco para ver desde el Espacio cómo se hunde. Ah, la tecnología, ciega pizpireta, tan maquillada ella, y sin embargo, tan tragona, con el estómago tan dado a los minerales, los combustibles fósiles.  

Europa hace tiempo que no juega en las playas de Tiro, que no es pretendida por ningún toro, que tiene su mirada puesta en el casquete polar de Marte, y se entretiene soñando máquinas capaces de “aterrizar” allí. Quién sabe si el propio Nimrod, que dio nombre a la ciudad recientemente saqueada y demolida por esos salvajes, y que en realidad fue bisnieto de Noé, comparta la vocación escapista de su bisabuelo, y, aunque ya sin mandato ni protección divinos, esté ofreciendo a Europa un nuevo Arca para la evacuación final. Un Arca que se eleve sobre el mar de petróleo… Ah, cuánto más se habría podido entretener a la historia jugando con ella al escondite (la Tierra como casa).

A los asesinos que tienen asignada la misión de barrernos y regenerarnos, por inconscientes que sean de ello, y a quienes le dan alas acelerando la historia en los laboratorios, las bolsas, las lonjas, pensando en escapar a última hora, o, peor aún, en nada; os advierto: puede que la partida esté fatalmente marcada, pero habrá que jugarla hasta el final. La mujer de Pancho todavía trabaja, imbéciles, hijos de la gran puta.