sábado, 10 de agosto de 2013

Ah, dioses míos…



Hasta hace unos diez años no me preocupó mi ateísmo. Con veinte lo cultivaba torpemente, con treinta lo asumía, con cuarenta lo soportaba sin más… A partir de entonces, sin embargo, comencé a sentirlo como una carencia, de baja intensidad al principio, pero carencia al fin. Ahora creo saber que es un engorro ir por el mundo sin dioses, porque debes dedicar mucha energía a levantar otras ideas (imágenes) para colocar en un pedestal especialmente indicado para ellos. Si reculas o tuerces ante ese pedestal, estás perdido. Así que, sin alguna divinidad con que dotarlo de elemental sentido, debes trabajar durísimo para coronarlo con algo cuya gravidez impida que la mundana palomina lo cubra y te condene al hoyo fáctico que tras de ti se disputan las bestias, fiera y felizmente.

El hombre es un ser dual. Mientras se sobrecarga de humanidad, o sea, de múltiples y complejas realidades que recuerda, inventa o modifica con notable disciplina, economiza al máximo su uso: esto sirve para… no para… el camino más corto es… En fin, la dicha dualidad aconseja, por una parte, no renunciar a la creación continua, pero por otra, tampoco hacerlo a la conservación de lo ya memorizado, ni a la recreación convenida, conveniente de lo muchas veces testado y validado. Visto así, ¿para qué buscar otras sustancias y formas con que ocupar un podio durante eras construido para lo divino? …Pero también somos prepotentes, torpes, curiosos, infantiles. ¿Cómo rondar el ara sin orinar los votos y dejar nuestro olor en prenda para el despistado dios, o el interino figurón que lo suplanta? En la memoria somos albaceas a la vez que ingenieros y púgiles. La memoria es algo vivo. La incubamos, pero sin renunciar a trastearla, zarandearla incluso. Así nos vamos haciendo, o deshaciendo, quién sabe. Nada nos vale como es, como no es. Nada nos vale del todo si no se mueve... lo movemos.

Mi ateísmo, que en origen tuvo más que ver con la vocación de púgil ingeniero que con la de albacea, comenzó a desteñir justo por economía. ¿Qué sentido tiene reescribir un poema perfecto durante milenios escrito? ¿Por qué dedicar energía a una empresa tan estéril? El hombre se hizo tal cuando comenzó a imaginar realidades habitables con las que compensar aquellas otras, hurañas, que ceñidas a su universo sensorial, lo equiparaban al oso. Las humanas realidades, brotadas de la flamante capacidad para la imagen, no se podían disfrutar si a la vez se pretendían controlar bestialmente. En un fuego, no se puede ser leña, chispa, oxígeno, llama, humo, ceniza y ardor a la vez. El protohombre intuyó que no podía controlar solo, desde su insipiente, pero ya compleja humanidad, ni siquiera lo que percibía a través de los sentidos, mucho menos lo que imaginaba. Necesitaba ayuda. Sea la fe en lo extraterreno y sobrehumano puramente inmanente, con todo el universo hecho sujeto; o trascendente, con el sujeto y el objeto bien definidos y ordenados alrededor el proceso cognitivo, es siempre consustancial al hombre. Vamos, que somos hombres gracias a la imagen, y su acto primario (sustancia y forma) no pudo validarse en la contingente materialidad de su simplón soporte. No lo hizo en el hombre, sino en lo sobrehumano; no en la naturaleza, en lo sobrenatural. Magníficas invenciones. Infinita heredad para los dioses. Desde el animismo más elemental hasta el más complejo monoteísmo participan la fuerza genitora de esa fantasiosa semilla exclusivamente humana.                  

Pero lo movemos todo. Y cuando nos escindimos definitivamente del resto de lo natural para ser el sujeto que conoce frente a todo lo demás (objeto conocido) estuvimos en condiciones de iniciar una carrera, primero, hacia el materialismo, segundo, hacia el ateísmo. Y la iniciamos. Y saltamos grandes obstáculos hasta que llegamos a la tremenda sentencia de Protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Madre mía, qué horror. ¿Cómo salir de ese agujero? El saber es peligroso, muy peligroso. El sujeto puesto a conocer segregado de lo otro y distinto, puede llegar a ser devastador para sí mismo. ¿Cómo sostener la vida en sociedad con tal relativismo? A reinventarlo todo. A construir un edificio ético para encerrar y vigilar a los suicidas, para reordenar el mundo y hacerlo viable... Hace unos días escribía a un amigo: “Gerardo, cuando Protágoras, dos mil quinientos años atrás, dijo: ‘El hombre es la medida de todas las cosas’ nos hizo la ‘putada’ más grande que se nos podía hacer. Para mí es la sentencia más sensata, y sin embargo inoportuna, demoledora, que ha parido el hombre. Pues ¿cómo se ‘avanza’ a partir de ella? Entonces ya sabíamos que nos teníamos sólo a nosotros. Gran parte del pensamiento posterior ha sido una operación ética dirigida a negar o contrapesar aquella sentencia. Porque entendimos, y todavía lo hacemos en buena medida, que con semejante relativismo no podemos sostener la vida en la polis. Había que poner pensamiento absoluto donde lo había relativo, y había que poner pensamiento racional donde lo había mitológico. Hubo que hacerlo para que la vida altamente socializada fuera viable. La realidad, la verdad, y todas las categorías de ese tipo se caen solas ante la máxima de Protágoras. Imagino que en alguna medida lo supieron Sócrates (vaya sofista), Platón (vaya poeta) , Aristóteles (vaya niño), y todos los demás que les siguieron, pero si el hombre quería ‘progresar’ debía buscar salida al abismo que tenía ante sí. Ya se estaba cocinando en Oriente la “solución”: mazdeísmo (Zoroastro), judaísmo (Abraham)… En fin, el monoteísmo preparaba el apaño, y Alejandro abrió la redoma para que el mundo de entonces se globalizara. Occidente cedió sus abismales descubrimientos y sus infantiles maneras, mientras Oriente colocaba a un Dios iranio de moral excelsa, irreprochable, donde había reinado el dorio Zeus con los más humanos vicios”. Se acabó la fiesta.

Sí, desgraciadamente, relativista y ateo. Aunque ateo ya descafeinado, porque considero el ateísmo una pesada carga que sólo alivio con mis amados dioses. Atletas de la imagen, depositarios del semen supraestelar que nos define y distingue, soy polvo propenso, propicio: ¡enamórenme! Pero sobre todo, no eviten a mis hijos. Ahórrenle el largo camino que los devolverá a su reino vanamente agotados. Graben y guarden para ellos las cifras en que debo transfundirles mi memoria. Prepárenlos para recibirme trascendido; en mí completamente extinto, hecho imagen memoriosa en ellos dilatada. Ah, dioses míos: “el mundo es mi representación”. La cantidad que deba testar a mis hijos, a ustedes la confío…





domingo, 4 de agosto de 2013

Vivir ya es algo… imaginar






                  Para Antonio, Pilar, Marta, Carlos y Luis

 
Ayer estuve con mis amigos de la Fundación Jorge Guillén. Como siempre, disfrutando de muy agradables compañía y conversación. Ellos trabajan en un pequeño edificio restaurado a su medida (sonrío) y situado en un entorno mágico, incluso romántico, el parque “Las Norias de Santa Victoria” de Valladolid. Como el edificio está tan bien pensado (ahora río) y tiene un pequeño office estratégicamente situado, surtido con lo necesario para recibir visitas, siempre que voy a “robarles” unos minutos de cara amistad, se complementa todo lo dicho con un puntual e inevitable café. Adoro visitarlos. Lo hago cada vez que puedo. ¿Cómo no hacerlo ante tales expectativas? Un café compartido con gente amable, inteligente y guapa (sí, hay quien lo tiene todo, Pilar y Marta son, además, guapísimas) nunca comienza ni termina en sí mismo. El café “guilleniano” suele poner un aromático y terreno colmo a temas muy interesantes que, sin embargo, se abordan siempre con humor. Como diría Lezama, con una “gravedad alegre”.

Ayer estuvimos hablando y riendo con el tema de la felicidad de fondo. Las bromas giraron esta vez alrededor de la pregunta ¿escepticismo o positivismo? como estrategia para mejor vivir, o como resultado inevitable del recorrido vital. Teniendo en cuenta que las edades y experiencias de los actores metidos en escena son un tanto desiguales, era lógico esperar ciertas asimetrías en la visión de cada uno sobre un tema tan complejo, y esto, claro, aportó riqueza y gracia a una conversación puesta deliberadamente al margen de cualquier vocación trascendente. Hablamos, reímos, tomamos café, y, como es lógico y saludable, no resolvimos nada, más que la certeza de que debemos repetir tales encuentros de vez en cuando para mantener la temperatura de una relación muy sabrosa. Sin embargo, yo que soy tan torpe cuando me quedo solo, seguí pensando todo el día en aquello que hablamos. Incluso lo hago hoy. Y es que en realidad llevo algún tiempo sobre el tema merced a mi estado de ánimo actual (un tanto grave) y varias relecturas (¿interesadas?) que de una manera u otra lo abordan. Así que decidí darme un gustazo escribiendo algo al respecto, especialmente dedicado a los chicos de la “Jorge Guillén”. Para ello utilizo dos citas que salieron ayer a colación. La primera, no literal. Decían, antes Erasmus, y después Ortega: “la felicidad es estar fuera de sí”. La segunda, literal. Decía Schopenhauer: “… el juego del perpetuo tránsito desde el deseo a la satisfacción y desde ésta al nuevo deseo -tránsito que se llama felicidad cuando su curso es rápido, y sufrimiento cuando es lento-…” Como estoy muy de acuerdo con ambas ideas, de ellas parto.

“Estar fuera de sí”. De eso se trata para Erasmus y Ortega. ¿Abandonar el estado en que somos animales sometidos a un fin (y final) puramente biológico, regalados con la sobrecarga de creer saberlo? Puede que sí. Fuera de nosotros mismos, ya sea en un trance dionisíaco o apolíneo, en brazos del carnaval o la cuaresma, ayudados por un cóctel chamánico o un precepto de Dios. Fuera de nosotros mismos gracias a la capacidad de imaginar que compensa con creces la sobrecarga de saber. Por fortuna la imaginación puede con todo; hasta con el conocimiento, tal vez un acto de perversa concreción de la imagen en pos de engañar hasta las últimas consecuencias a sus propios gestores. Lo “en sí”, de existir, (con todos los matices necesarios) quizás sea nuestra capacidad para el (auto) engaño; y su mejor matiz, la capacidad que tenemos de memorizarlo. Aquí está el quid de la cuestión: ¿Qué es primero, la imaginación o el conocimiento? ¿Quién produce a quién? Seguramente ya saben que para mí la imaginación lo produce casi todo.

¿Y no andamos con este asunto a cuestas hace tres mil años? Me temo que sí. ¿Y hemos aprendido algo desde entonces? Pues también. Aprendimos sobre todo lo peligroso que puede resultar el saber cuando trata de erguirse por encima de su madre: la imaginación. ¿Y qué hicimos desde entonces hasta hoy? Pues seguir imaginando, incluso que podemos dejar de imaginar libremente. Entonces trazamos una vertical que pudiera contenernos y proyectarnos por encima de la muerte hasta la eternidad, levantada con IDEAS situadas al margen de nosotros mismos, los únicos animales que pueden gestarlas, emitirlas y recibirlas. Vaya paradoja. Y tratamos de calzar en esa vertical. Y malamente lo hicimos hasta el punto en que tuviera Erasmus que contestarla, desde el mismísimo humanismo cristiano renacentista, al identificarla como un germen de infelicidad. Entonces “estar fuera de sí”, merced a esa rara y humana peripecia, viene a ser ahora justo participar lo “en sí”, o sea, imaginar. ¿Alguien puede ser feliz sin hacer a diario un ejercicio de alta imaginación que dinamite los pertinaces restos de simplona animalidad en la memoria?¿Alguien puede serlo, no siendo? Porque quien carece de imaginación... Y sólo el hombre es en plenitud ¿O no? El “estar fuera de sí” erasmiano y orteguiano no es más que estar en sí, plenamente en sí, o sea, estar, ser imaginando. La tortuga que mató a Esquilo, convertida en manzana iluminó a Newton. Las dos veces cayó de lo alto. La primera en oblicua proyección, cual meteorito olímpico. La segunda, verticalísima, cual regalo de Yahveh. Pero en ambos casos su objetivo era la cajita negra donde guarda el hombre la máquina de imaginar. En ambos casos pretendió activar el motor de la inocencia. Lo insólito y casual como cura a lo previsible y causal…          

¿Y no es el deseo la inocencia en movimiento? ¿Y no es la inocencia ese estado en que la imaginación, totalmente libre de su perverso intento de reductora concreción: el saber, puede ocurrir sin cautelas? El deseo es un acto de suma y móvil inocencia. La inocencia es la Arcadia de la imaginación. El deseo sostenido en un curso rápido de nacimiento-satisfacción/muerte-renacimiento, sin grandes intervalos entre sus etapas, sobre todo entre su muerte y renacimiento, es evidencia de una inocencia sana, fértil para la imaginación. Si deseamos con vivacidad es porque somos sanamente inocentes, imaginativos; estaremos mejor preparados para “salir de nosotros”, o sea, para ser nosotros a plenitud, imaginando en positivo. Porque claro, también podemos imaginar negativamente. Sobre todo en épocas de pensamiento débil (poco imaginativo), la imaginación, demasiado condicionada por su avaro hijastro: el saber, suele cargarse de negatividad. Cuando imaginamos sobre todo que sabemos, no nos valen ni la inocencia ni la vertical creada para contener y encauzar el apetito destructivo del conocimiento. La inocencia, perfecto estado de fertilidad para la imaginación, y la ética, uno de sus productos más raros, contradictorios y útiles de cara a la supervivencia de una especie fuertemente socializada, carecen de sentido para quienes imaginan que saben mucho, y que la imaginación es sólo un satélite del saber. Entonces la verdad, “esa leyenda”, que diría Jiménez Lozano, emerge como credo negativo, y como si no fuera fruto de la imaginación, cierra las puertas a la inocencia que la produce y pacta. En tal caso la inocencia no se mueve, luego no se desea con normalidad. El curso del “tránsito desde el deseo a la satisfacción y desde ésta al nuevo deseo” no sólo es lento, sino que se bloquea. Somos escépticos. Enfermamos. Quedamos inmóviles. Podemos prescindir, incluso, de la imagen primaria por excelencia: el Amor. Peligro. Alto peligro… Sólo la imaginación, tan indócil y magnánima ella, puede salvarnos de ésa. Y lo hace, siempre lo hace, especialmente con la poesía...

Como este escueto texto pretende ser un obsequio para unos amigos, y no quiero que se convierta en uno de esos incómodos “regalos” con los que no se sabe qué hacer, corto. No me vayan a esconder el café cuando vuelva a la Fundación. (Ahora echo una carcajada, porque en vano se me esconderá algo en ese edificio) Decía que termino, y lo hago con unos versos. Podría hacerlo con muchos otros, pero lo quiero hacer precisamente con unos de Jorge Guillén.

Aquí mismo, aquí mismo está el objeto
De la aventura extraordinaria. Salgo
De mí, conozco por amor, completo
Mi pasaje mortal. Vivir ya es algo. 

   

sábado, 27 de julio de 2013

Puntos alineados para el gran poema. Memoriosa concavidad de su vuelo





… la línea, es decir, un punto que vuela
Lezama



El pasado enero, en una “entrada” atípica, (porque hablaba de mí) a raíz de la publicación en la revista Adarve de un trabajo escrito por Carmen Morán sobre mi obra, publiqué unas escuetas notas dirigidas a exponer cómo veo ahora mismo la trinidad poesía-poema-poeta. En aquellas notas aludía al “gran poema universal e inconcluso” que viene escribiendo el hombre desde que abandonó su natural nomadismo y se asentó en núcleos poblacionales bien estructurados desde los puntos de vista socio-cultural y económico. Entre otras cosas escribí entonces: “El poeta está solo. El poema que avista y pretende está abierto, han trabajado en él muchos poetas que, igualmente solos, fueron tan incapaces de evitarlo como de cerrarlo. Ya parece algo. ¿Merece la pena continuarlo…?” Hoy quiero contestar a esta última pregunta con más amplitud.

Claro que merece la pena, y es, además, inevitable hacerlo. Sólo que participar el espíritu de este Gran Poema, y añadir a él sustancia válida bien (in) formada, es algo reservado a los genios. La cultura occidental va trazando en el tiempo una potente línea, cuya alta tensión está constituida a partir del concurrente y alineado movimiento de muchos y diversos puntos de altísimo vuelo. Resueltos en esa línea somos antes y más que en cualquier mapa genético. La memoria recogida en ella, eso somos sobre todo. El Gran Poema está siendo escrito sobre esa línea. A él debemos acudir siempre que nos extraviamos. Así lo hacemos. Aunque la inmediatez y la urgencia con que vivimos nos impida verlo claramente, la memoria no guarda las prendas en sus arrabales, donde la dispersión y el ruido las pondrían en grave riesgo. Lo hace en el templo, donde confluyen tensión, precisión, aplomo y oportuno silencio. Cuando necesitamos reencontrarnos con nosotros mismos, allí vamos. No hay más sitio que ése si el lance realmente importa.

Quienes saben nutrirse pasivamente de ese Gran Poema son muy afortunados. No así quienes pretenden participarlo activamente. Escribía yo en las referidas notas del pasado enero:

“El poeta ‘se condena’ a sí mismo, quiere añadir una imagen a esa enorme obra; una estrofa, un verso, un hemistiquio, una palabra, un nombre… Memoriosos sema y fonema. Tentador andamio. El poeta cae en la trampa. Escalará su Babel rodeado de sombras. Para colocar una imagen en ese poema universal, atemporal y único, tendrá que trepar solo la tremenda torre. Pero qué difícil: toda la vida escalando. En el suelo, un campamento-base donde se advierten los peligros que conlleva la peregrina aventura: soledades, frustraciones, casi siempre aparente fracaso. En ese campamento se montan numerosas y pragmáticas escuelas para los que son apercibidos y reconducidos a tiempo. Quienes no pretendan sumar algo al Gran Poema inconcluso, tendrán compañía en una fiesta diaria. Obtendrán diplomas y cerrarán obras. Cantarán arropados y serán prontamente aplaudidos…” 

Entonces me preguntaba:

“¿para qué intentarlo con el Poema-Uno? ¿Qué sumar a lo que nunca se acaba y vuelve sobre sí con titánico afán?”.

Y respondía:

“Bueno, al tiempo lineal, asimétrico y voraz, hay que ponerle sucesivas trampas. Hay que hacerlo pasar por ciertas angosturas, tenderle ciertas emboscadas, obligarlo a trazar convenientes bucles para posibles y cíclicos neumas. Gracias a su peso, el Gran Poema es el único que no puede ser barrido por la crónica carrera; es el único que grava la MEMORIA DEL HOMBRE. Sí, para barrer el Gran Poema habría que barrer la MEMORIA DEL HOMBRE, esto es barrer al hombre. Ojo, no a los poetas, al hombre. Pero si, como dice Heidegger, “el hombre es el pastor del ser”, para acabar con el Gran Poema habría que hacerlo con el ser mismo. Esa cardinal e inconclusa obra es la fabulada y sempiterna columna que parece sostener el frontis de la humana tienda de campaña.”  

Lo cierto es que las cercanías del Gran Poema, de la línea donde éste se escribe, son tan ásperas como atractivas, tan difícilmente alcanzables como apetecibles para quien trabaja con la memoria del hombre. Ante eso, los actores barajamos varias alternativas:

1.    Tratamos de acercarnos, de acceder al Gran Poema, de participarlo. Lo dicho: una escalada gravísima, muy dolorosa y frustrante en la casi totalidad de los casos.

2.   Tratamos de provocar que la línea donde se escribe el Gran Poema tuerza el vuelo hacia nuestro territorio. Tratamos de que la línea pase por nosotros, de introducir en ella un nuevo horizonte que nos incluya. Uf, qué pretensión; cuánto dolor conlleva. Qué pocos lo alcanzan finalmente. Estos últimos jamás lo logran en vida, pero qué útiles resultan a la postre.

3.  Obviamos la existencia de línea y Gran Poema. En este caso hay dos vías. La una es desconocerlos realmente. (Qué felicidad al fin y al cabo, aunque también qué pérdida de tiempo trabajar con tales limitaciones). La otra es más ladina. Si no podemos acercarnos a ellos como actores, aunque los conocemos perfectamente como espectadores, pretendemos hacer creer a los demás que no existen, o que no importan, incluso que su imaginación puede resultar perniciosa. Vagamos entonces en sus extrarradios, en los que buscamos generar polos de innecesaria y contingente palabrería donde reinar a placer. Es triste, mas sucede con frecuencia.                 

Pero antes de seguir, veamos un esquema que hice para explicarme mejor. Perdonen mi alto nivel de abstracción en este punto. Es un esquema muy elemental, pero lo creo útil para hacerme entender del todo. Lo importante aquí no es la nómina en sí misma, como es obvio sometida a mi criterio, y tremendamente excluyente en pos de una síntesis esquemática, lo que importa aquí, si es que importa algo, es el concepto que se pretende recoger y explicar.






La línea de que hablamos (cálida) donde se escribe el Gran Poema-Uno, es obviamente curva. Sin embargo, en ella existen determinadas estaciones esenciales (puntos de muy alto vuelo) que unidas entre sí sugieren otra, recta y fría; una suerte de “secante” que recoge y pauta las mayores tensiones. La referida “secante” contiene lo que más importa. Ella está constituida por las obras de quienes logran de una manera “natural” hacer buena la primera de las tres alternativas anteriormente descritas. La línea no pasa por ellos. Sus obras la trazan, son su mayor sentido, pues por sí mismas justifican su necesidad.
  
Los lóbulos que forma la línea curva en torno a la referida “secante”, espacios cóncavos generados entre ambas, son ámbitos de posibilidad ganados para todos por esos actores también imprescindibles que han tenido éxito con la segunda alternativa. Han forzado a la línea a pasar por sus obras, creando mayores áreas de positiva influencia para quienes pretenden acercarse a la imaginaria “secante”. Sí, mientras mayor sea el giro o “desvío” de la línea al pasar por estos raros genios, mayor será el espacio de memoriosa posibilidad para quien trabaje en las cercanías de la “secante”, mayor será la riqueza y la diversidad de esas concavidades llenas de sentido, desde las cuales la lectura (comentada o no) del Gran Poema es muy aprovechable, como es mucho mayor la posibilidad de hacer algún apunte útil en sus márgenes.

Más allá de lo descrito, encontramos un universo convexo habitado por la mayoría de los malos comentaristas, aquellos que consciente o inconscientemente optan por la tercera alternativa. En la libertina convexidad la actualidad se desmelena. Instalados en ella viven sus cómodos voceros. Ah, la proximidad al Gran Poema es fatigosa y poco gratificante. En las informes playas que pueblan sus convexos extrarradios, totalmente desorientados viven quines lo negarán de continuo.“Si no puedo, no se puede, y no tiene sentido intentarlo”, parecen repetirse a diario antes de gritarlo a los demás. 

Para contestar a tales pregoneros escribo esta nota. Señores, todos somos necesarios, pero algunos son imprescindibles… No, no me refiero a aquellos que listaba Brecht en su célebre frase, sino más bien a quienes con Mann hacen bueno el adagio alemán: “no hay que hacer de prisa lo que es para siempre”, obrando en consecuencia. La esencial línea y el Gran Poema buscan cómo continuar camino. Los puntos de alto vuelo (siempre los hubo, los hay, los habrá) lo harán posible, seguro, a pesar de la prescindible algarabía con que polucionan el cielo quienes lo miran y cantan desmemoriados, desafinados, ciegos.


     

domingo, 21 de julio de 2013

Anécdota y plegaria




De niños usábamos dos técnicas para sacar a las tarántulas de sus túneles: lo hacíamos vertiendo en ellos queroseno, o introduciendo una lagartija aturdida y bien sujeta a una cuerda. Entonces no calculábamos la componente ética de ambos recursos, pero lo cierto es que el queroseno, a la sazón racionado como todo lo demás, teníamos que sustraerlo al depósito de los reverberos y las cocinas, con el consecuente daño a nuestro sustento; mientras que las lagartijas estaban por doquier a un costo que podíamos asumir sin problemas, dada la salvaje ignorancia que entonces nos colmaba.

Ante el queroseno, la tarántula salía muy cabreada, condenada a una muerte indigna, sin apenas poder luchar por su vida. Pero ante la lagartija… Ah, la tarántula invariablemente la mordía, se prendía a ella con una fuerza que no sé describir; mucha para un animal tan pequeño. La tarántula tenía grandes posibilidades de morir en cualquier caso, pero con las mandíbulas bien apretadas sobre el apetecible cuerpo, la situación tomaba un cariz especial. Primero, había que tirar con una presión endemoniada de la cuerda, que algunas veces partía para suerte del arácnido, porque cuando usábamos reptil de carnada no teníamos queroseno a mano. Segundo, jamás la tarántula entregaba a su víctima. Nunca huía si había hecho presa en su desafortunado "visitante". Nunca.

La imagen de la tarántula en su angosto túnel, siempre asechada por la muerte, a merced sin embargo de las armas que los dioses pusieran en manos de sus verdugos para enfrentarse a un final u otro, se me encima como castigo en situaciones complejas. En ellas, yo, tarántula condenada, sólo espero lagartija. Abandonar el túnel ante una inundación de queroseno sería terrible, pero ante un manjar, luchando por la vida…

Apolo, magnífico efebo, mándanos tu lagarto para morder en él hasta el delirio. Ponlo ante nosotros una vez más y déjanos optar a un lóbulo de tu perenne ataraxia. El queroseno está llegando a la playa. Pronto inundará cada túnel vivo, buscando devolver a la Madre Oscuridad el collar de fotones que llevaba cuando desposó a Crono, ese que robaron ustedes, equivocada la esencia del verdadero ónfalos. Apolo, baja tu lagarto del olímpico árbol, mándalo atado a una cuerda cósmica y tira de nosotros. No lo soltaremos, ascenderemos prendidos, mordiendo como nunca.

Aquí no se trata de morir o no, de extinguirse o no. Se trata de morder o ahogarse; de abandonar el túnel amando u odiando; de morir asfixiados, descompuestos en el pegote fósil, o de hacerlo mordiendo, volando, creyendo… rehechos aérea y vertiginosa roca, para, enfrentados a la inevitable molienda, refrendar la imagen del polvo enamorado. 



 

viernes, 12 de julio de 2013

Lágrimas divinas para un mar en tromba




En un poemario dedicado a la amistad que “terminé” hace poco (comillas, porque nunca termino un poemario) indagué a fondo en ese sentimiento, sin llegar a más certeza que su inaprensible condición. Jamás podremos asir una imagen primaria, o una de sus derivadas. Afortunadamente, jamás podremos devastar su potencial simbólico resolviéndola del todo. La amistad es testigo y testaferro del Amor. Como tal, obra en nuestro imaginario, remendando allí donde el miedo y el dolor descosen la esperanza para hacer hueco a sus peores tropelías.

Escribiendo sobre ello, incluso tuve fuerzas para contestar a autores que admiro especialmente. Decía Aristóteles: “¡Amigos, no hay amigos!” Y Erasmus: “La amistad sólo se da entre iguales.” Pude adosar a tales certezas más de una duda razonable. Lo hice en poesía y quedé relativamente satisfecho. Si al amparo de la imagen, esas pueriles sentencias se tornan especialmente vulnerables.         

Pero al margen de la poesía, (qué desierto, dioses míos) en los últimos tiempos comprobé una vez más el valor de la amistad operando en el frente de batalla. ¿Cómo agradecer a mis amigos, a todos mis amados amantes la puntual evidencia? Ah, qué bien se está entre ustedes, los que siempre vertieron su sombra en la ardiente arena, y los que aun en las postrimerías del camino, cuando ya poco se espera, cuando se vislumbra la columna que dejó para ti el penúltimo anacoreta, aparecen de pronto, como en un sueño, pero ciertos, ciertos, ciertos… con un cuenco pleno de un agua nada discursiva, pura mata-sed ella.     

Con tal agua pretendía regar hoy el jardín de los amigos. No con agua de la Arcadia o del Jordán, sino con agua-agua, elemental, viva, fresquísima… Sin embargo, antes la probé de nuevo, y una vez bebida, la química solución sabiamente eludió la humana uretra y fue directa al lagrimar de los dioses. Ah, gracias amigos, un agua tan oportuna no podía acabar en sí misma, ni siquiera en un jardín terreno. Acabará en el mar, porque, como decía el poeta: “Dónde podrían llorar los dioses/ si el mar no acoge sus lágrimas”. Lágrimas divinas para un mar en tromba, vuestra húmeda amistad. Esto quería decirles… y un poema de aquel libro. 
 

      
El jardín de los amigos


Aquí, afortunadamente,
no sólo se abrillantan viejos candelabros
con invariantes luces de aceites esenciales;  
no sólo se jalean súbitos destellos,
huracanadas apariciones que abarcan lo posible
entre lo numinoso y lo matemático.
Aquí se aprovecha todo.
Se trabaja con cualquier elemento que decante,
precipite y sedimente en una sustancia amable:
caprichos de la memoria, de la desmemoria,
obligaciones de ambas, años, husos horarios,
puentes sobre éstos, sobre aquéllos,
aventuras, certidumbres, abrazos ardidos,
ardientes, cercanos, de largo alcance,
––incluso sus indicios, ecos, veladuras o retazos––
corneas desorbitadas, estados febriles, de ataraxia,
huellas, fósiles, humedades, sobresaltos,
preguntas, proyectos de preguntas, cuadernos de viaje,
cajas negras, bitácoras forzadas, no forzadas,
noticias, leyendas, documentos legibles, ilegibles,
miradas entregadas, cautelosas, diáfanas, cifradas,
temblores, restos de naves, esquirlas de meteoritos
de quién sabe qué lugares, fragmentos
––usados o no–– de todo tipo de nube,
 jirones de venas cava, imágenes,
muchas imágenes...

Todo ello, convenientemente curado,
se somete a una paciente labor de acomodo,
se mezcla hasta obtener el mejor de los sustratos:
una masa viva, fértil, vulnerable
a todo conato de nacimiento o muerte.

El jardín de los amigos, amigos,
es sobre todo sustrato.
No nos engañemos:
la luz y la flor competen a los dioses.



domingo, 16 de junio de 2013

Carmen y Lara




Hace poco tiempo vi en televisión un reportaje sobre Carmen Iglesias, una mujer clásica, neoclásica, para ser más preciso, una humanista especialmente dotada para la historia. Había leído algunos de sus trabajos, pero no la había visto ni escuchado; un gran placer, por cierto, pues es también una gran conversadora. Mientras seguía el reportaje, mientras saboreaba en todos los sentidos cada una de sus palabras, incluso aquellas que (¿cómo evitarlo en los tiempos que corren?) se referían al papel de la mujer en la sociedad actual y sus instituciones, en ningún momento “puse sexo” a la persona que hablaba. Es una mujer guapa y elegante, sin dudas, que para nada esconde su lado femenino, pero en la Carmen Iglesias que a mí me interesa, estas son anécdotas sin importancia. Soy heterosexual, tengo una especial debilidad ante la componente erótica de la inteligencia, y, sin embargo, no me imagino teniendo un sueño erótico con Carmen de protagonista, porque en este caso la dominante puramente intelectual de la imagen es tan poderosa, que atempera sus otros posibles caminos.

Hoy, sin embargo, leí en la prensa las respuestas de Lara Alcázar (una chica que hablaba en nombre del movimiento “Femen”) a preguntas que buscan encontrar las claves del feminismo callejero actual. En la noticia Lara aparece semidesnuda, con el torso rotulado así: “Choose the fight” y una corona de flores en la cabeza. Aunque con un rictus amargo y una clara expresión de enfado, muestra unos pechos magníficos, junto a un abdomen sensual naturalmente modelado, un ombligo generoso y una cintura “retraída” frente a caderas de paridora en ciernes. Una mujer. Ante todo, eso. Después, una joven guapa, feminista y homosexual, esto último según explica ella misma. En fin, no hay nada aquí que no participe de un relato erótico-sexual donde lo demás es por fuerza secundario. No todos los lectores y lectoras de esta entrevista habrán entendido la frase “Choose the fight”, pero todos habrán leído “mujer”, más aún “hembra” en esa imagen, antes de entrar por su fácil puerta hacia un vocabulario vacuo en el que apenas se puede tomar un respiro, para de nuevo salir y seguir leyendo: “hembra, hembra, hembra…”

Claro, requiere menos esfuerzo conseguir lo que Lara que lo que Carmen, pero ¿qué tiene más sentido? Incluso, especialmente de cara a las lógicas y justas reivindicaciones de la mujer en la sociedad actual, ¿qué es más eficaz? ¿Necesitamos que la mujer recorra hoy ambos caminos? No lo sé. ¿Quién podría saber algo tan complejo, tan vinculado a estrategias biológicas y psicológicas de la especie, como a emotivos avatares ocurridos en milenios de vida social sometida a las exigencias de la polis? Yo no, insisto, pero en Carmen leo ser humano, cuando en Lara leo mujer. El discurso de Carmen tapona en la imagen las brechas abiertas por los flechazos más oblicuos y canallas de Eros, mientras el discurso de Lara las abre y alimenta. Para la supervivencia biológica de la especie, lo que hace Lara es mucho más útil que lo que hace Carmen, pero ¿es esto lo que se pretende? El humano postmoderno, radicalmente escéptico, que coquetea peligrosamente con la inteligencia artificial, ¿busca reactivar las claves biológicas y reproductoras de la especie para convertirlas de nuevo en el eje central de su estrategia de supervivencia? Pero ¿no es esto precisamente lo que contesta el feminismo más integrista?

Carmen, ante y sobre todo, es una persona. Lara es, ante y sobre todo, una mujer. Vale, una mujer homosexual que tal vez no parirá, pero todo en ella anuncia potencial parto, mera continuidad... Lara lucha desnuda y a ciegas por algo cuyo contrario dialéctico sin embargo simboliza. Lara es su propio enemigo. En Carmen, por contra, el género es totalmente secundario. Carmen, vestida y lúcida, sin pretenderlo especialmente, abre cada día las puertas que cierran miles de Laras… Escuchen, pues, Laras del mundo, aunque dudo si debo hacerlo, porque no sé qué sería de la humanidad si muchos (hombres o mujeres) fueran como Carmen, les aconsejo vestirse para atender a la prensa… y leer, leer mucho. Si quieren que las cosas muden, fíjense en Carmen. Sí, sólo cuando vean a las Cármenes del planeta andar desnudas por las cátedras de Historia, entonces, Laras, habrá llegado la señal, el momento del necesario y fértil destape. ¿Seremos todavía sudorosos humanos, o fulgiremos como impecables máquinas? Ah, ojalá estemos entonces “donde el tiempo con tiempo se repara”, que diría Dante, obviaría Lara, graciosa y atentamente escucharía, razonaría, comentaría Carmen.

   

domingo, 2 de junio de 2013

Si existimos es porque...




Queridos lectores, echo de menos este formato. El trabajo arrecia y hasta bien entrado el verano no podré regresar a él (a ustedes) con cierta asiduidad. No puedo escribir. Hoy, sin embargo, tuve que revisar algunos poemas de mi último libro. Y mientras lo hacía, pensé: ¿por qué no regresar, aunque sea fugazmente, con uno de ellos? Quién sabe si justo ahora alguien necesite un poema para espantar al tedio, o simplemente para darse fe de humana y perseverante vida. Algo así puede estarme pasando a mí mismo... Aunque el silencio puede ser también un alentador signo de existencia. Tal vez, y como decía Thomas Bernhard, “si existimos es porque no podemos decirlo todo”. Qué sugerente idea. Si pudiera… Pero vamos al poema prometido. Ojalá haya alguien esperándolo… a éste, allí, ahora…



Viva lágrima


                                         Para Kuky

                      Llorar por tener lo que perder teme.
                                                  Shakespeare


Qué lentamente desmaquilla la mañana
la cara que la noche maquilló ligera.
Qué mansos se apagan los deseos
cuando el diablillo más íntimo,
en el espejo, ya sin rastro de neones,
raya el azogue para poner a prueba
la balbuciente presbicia.

La tina devorará los flujos que segregó la fiesta.
El agua inundará cada surco, cada poro…
Cartógrafa implacable,
llevará su húmedo mapa a la bitácora, y en ella,
toda la geografía levantada quedará reducida
a viva lágrima.

La chica se desnuda y la mujer replica:
         
             –– Cuidado, el agua está caliente
                  y la mañana fría.
                  La lágrima se pasmará en tu cara.
                  Calma.



miércoles, 8 de mayo de 2013

Breve elogio a la lectura



Pasó el 23 de abril, día de san Jorge (mi santo) y también Día del Libro según la UNESCO, sin que haya podido disfrutarlo en ningún sentido especial. El trabajo en esos días me mantuvo alejado de los libros. Hoy tengo una pequeña oportunidad para resarcirme y dedicar a la lectura, ese placer enorme que últimamente se me torna bastante esquivo, esta pequeña nota. En ocasiones cambiaría hasta el último óbolo, el más solemne y ruin, el que guardo para poner a prueba los sentidos del áspero barquero, por un poco de tiempo para leer. Qué inútil, dirán unos; qué pedante, otros. Así se cotiza en los predios de lo opinable un hábito tan peregrino. Y qué importa. A la lectura, va…

Quiero exponer brevemente algunas ideas sobre el tándem lectura-conocimiento. Para ello parto de dos citas especialmente sugerentes. Decía Lévinas: “…leer es mantenerse por encima del realismo (o de la política), del cuidado de nosotros mismos...” Y Gadda: “Conocer es mudar y desordenar lo que hay en el mundo.” Levitación, descuido y desorden; ¿eso es? ¿De tales consideraciones brota el miedo que despiertan los lectores en algunas mentes “equilibradas” y “graves”? Bueno, si conocer es desordenar, y leyendo se conoce a la vez que al descuido se levita, es normal que la lectura tenga sus detractores. ¿Y quiénes encajan en este último grupo? Pues claro está: quienes temen mudar y desordenar; quienes temen descuidarse de sí para colocarse por encima, fuera de sí mismos; quienes no saben que la imagen de la felicidad sólo se valida en un ámbito ajeno al imperio de lo real, donde se nos intenta acotar, sujetar a una animalidad simplona.

La lectura es una incontestable vía de conocimiento, una oportunidad para trastocar, subvertir interesadamente el mundo, para colocarnos al margen del canon que pretende reducirnos a tediosos agentes del realismo. Pero la lectura es también albacea de la memoria, de una memoria compleja y activa que se apropia de lo que imagina. Leyendo imaginamos, conocemos, memorizamos… activamos los canales de humanidad que nos caracterizan y distinguen. ¿Qué más se puede pedir? Pues que se lean preferentemente los textos que enciendan esos canales; que en lo posible se eviten aquellos que los apagan hasta convertir la lectura en una vana costumbre de engullir palabras muertas, (des) estructuradas en pos de una calistenia visual incapaz de conectar al nervio óptico con el motor de la imagen. Sí, entre la Odisea y el Manual de Instrucciones, entre la Biblia y el Programa del Partido media un abismo. A él se asoman valientemente los "cuatro" que leen algo.

Cuídense esos "cuatro". Acérquense a las fuentes. Seleccionen con cuidado a sus comentaristas. Los demás, como no se embarcan, no se marean. No saben cuánto se pierden. A ellos no puedo dirigirme. Pero a ustedes, amables lectores, cómplice les digo: me voy a leer. Esta noche, treinta años después, comienzo la relectura de un libro que leí cuando tenía veinte: “Doktor Faustus” de Thomas Mann. Estoy excitado. A ver…

sábado, 20 de abril de 2013

¿Alunizaje forzado del B 612?




Nuestro desatino pretende tocar el cielo.
         Horacio

Se hunde quien levanta grandes piedras.
 Yorgos Seferis


“…Pero lo más llamativo es la partida de 78 millones para construir un robot que sería enviado al espacio para capturar un pequeño asteroide a partir de 2017. Ese asteroide sería luego arrastrado hacia la Luna para que un grupo de astronautas comenzara a tomar muestras y a estudiarlo a partir de 2021. "Esa misión nos dará una valiosa experiencia" que será necesaria "para enviar humanos a destinos más distantes en el Sistema Solar, incluyendo Marte", indicó en un comunicado el responsable del Directorio de Operaciones y Exploración Humana de la NASA, Bill Gerstenmaier. Según John Grunsfeld, administrador asociado de la NASA para el Directorio de Misiones Científicas, el primer paso será encontrar asteroides "adecuados para la captura". Obama ha marcado como próximos objetivos para la exploración espacial estadounidense un asteroide para 2025 y llegar a Marte en 2030…”

El extracto anterior corresponde a una noticia que apareció hace unos días en la prensa. Pensé escribir a la NASA para pedirle que pusiera el ojo en el B 612, asteroide del que no supimos más cuando se esfumó El Principito, pero no me atreví. Mi inglés es rudimentario, y mi castellano tan dado a la imagen… Sí señor, enlazar al legendario asteroide y posarlo en la luna. Mirar en sus volcanes, saber acaso qué fue de la rosa, de los baobabs, del cuerpo sin vida de su único y pequeño habitante… Pero cómo lograrlo. Bueno, para empezar contamos con 78 millones de dólares y el prometido robot en que se gastarán. Ya, pero si el asteroide se resiste (parece lógico que así sea) ¿cómo forzar entonces el alunizaje? En fin, he pensado mucho en esto sin éxito, pues no encuentro la imagen que resuelva el enfrentamiento del robot millonario con el tranquilo pero tal vez indócil asteroide. Un cuerpo que conoce la rosa, no se dejará engatusar por otro de ajena inteligencia y llano espíritu mineral, por muy pulcra y fulgente que este último exhiba su metálica carcasa. ¿Cómo insuflar a ese robot un alma? ¿Cómo hacerlo atractivo ante una roca que sabe de vida, más aún, de poesía? El presupuesto de la NASA para su artefacto se me antoja exiguo. Un alma es cosa muy seria, y sin ella…

En cualquier caso (pensaba yo estos días) si el apresado fuera el B 612, cuán a gusto iría a la luna. Estaría dispuesto a mancillar su cara oculta, a ofenderla no sólo de palabra, sino de pisada, por curiosear en el mágico asteroide. Siempre sospeché que sabemos muy poco sobre él, que El Principito apenas nos dejó cifradas claves. He llegado a pensar, incluso, que puede ser un sitio de paso para algunas almas que esperan un cuerpo nuevo, o para otras que ansían un reacomodo tan ventajoso como imposible en el escalafón celeste. Pero además, sospecho que las semillas y la vida de las que hubo noticia, tuvieron que contar con un agente corpóreo para llegar al referido asteroide. ¿Adónde fueron a parar las plumas no ardidas en las alas de Ícaro? ¿Todas cayeron para naufragar en Icaria? ¿Dónde excretaba el águila que incansable devoraba el hígado a Prometeo? Puede que el B 612 guarde muchos secretos. Tal vez valdría la pena sacarlo de su órbita para profanarlo. ¿O no?

No sé... Hace un tiempo lamenté ver al desnudo, desenterrados, los rechonchos cuerpos que completan las otrora enigmáticas cabezas de los moáis de Rapa Nui. Poder dar así, de pronto, si se confirmaran mis sospechas, por ejemplo, con el alma de Sócrates o el ADN de Jápeto, me intimida. Tal vez sea mejor dejar las cosas como están. Los robots en su sitio, los asteroides también.

Pero ¿y si éstos (quiero decir los asteroides, pues los robots ya lo hacen) se vuelven contra nosotros? No creo que lo hiciera el B 612, pero ¿y si otro descarriado nos pone en su mirilla? ¿No sería mejor apresar a uno cuyo estudio nos pueda defender de todos?... Yo, al menos de momento, y después de mucho pensar en el asunto, opto porque se mantenga el statu quo. Aunque me pese, renuncio a indagar en el B 612. Gastemos esos 78 millones de dólares en apresar, no cuerpos celestes, sino humanidad. Dejemos a los asteroides que orbiten tranquilos. ¿Dónde? Perdonen que me ocurezca, pero ahora sólo se me ocurre decir con Lezama: “Allí, en la más intocable lejanía, donde los pitagóricos le situaron un alma a las estrellas”. Si, allí, donde el B 612 será siempre un enigma.




 

sábado, 13 de abril de 2013

Hombre y orangután ante caballo que bebe




Yo a mi hija ya le he dicho que se haga cantaora o algo, que canta muy bien. Sal en la tele. El que habla es Mané, que tiene un bar donde, a veces, por las tardes, se juntan unos amigos a tocar flamenco. Yo esos de los libros, a los que van de culturales, me descojono, dice. Llevo diez años con el negocio y no he visto ni uno que tenga para pagarse los cafés. ¿Qué le dices a tu gente? ¿Qué sean como ellos? Venga hombre. Mucha facha y nada más. A mí, esos de los libros, negocio me hacen poco.

El extracto anterior (me costó trabajo escoger uno, y con pudor lo incluyo) pertenece a un artículo que me envió hace unos días mi amigo Carlos Negrín. Fue publicado en “El Confidencial” y se titula “Sí, soy un inculto, pero gano mucho más que tú. ¿Qué pasa? ¿Eh?”. El artículo es malo, no pude leerlo entero, lo confieso, sólo le pasé por encima. Suficiente. ¿Para qué? Pues para esbozar una pequeña pero amarga mueca y escribir algo al respecto. Por cierto, mi amigo Carlos me dijo que tampoco lo había leído completo. Me lo envió entre asombrado y contrariado.

¿Qué es eso de ser culto? ¿Tiene utilidad? ¿Cuál? Qué manía de preguntarse cosas tiene el hombre, madre mía. Cómo gusta incordiarse a sí mismo persiguiendo razones huidizas cuando no hostiles…
Para muchos autores supuestamente cultos, serlo radica única y exclusivamente en la capacidad de comprender el presente y pre-ver el futuro a partir del conocimiento profundo del pasado. O sea, para un supuesto vidente, ser culto sería tal vez un ocioso exceso. Si alguien es capaz de pre-ver el futuro en base a dones sobrehumanos, no necesita conocer al hombre. ¿O sí?... Lo que parece claro es que para quien no tenga el poder de la adivinación, puede resultar interesante, incluso útil, saber a qué atenerse frente al emotivo, pero en última instancia previsible, comportamiento de tan raro animalito.

La cultura, vista así, es un providencial saco de memoria, una suerte de almacén de datos para una videncia casi científica. Miren por dónde, los cultos, los videntes y los científicos terminan encontrándose… Sí, un hombre culto es, sobre todo, un visionario, aunque limitado, pues sólo funciona si conserva la memoria y tiene a mano su chuleta histórica. Cómo no citar aquí a Ortega. Decía éste: “… el chimpancé y el orangután no se diferencian del hombre por lo que hablando rigurosamente llamamos inteligencia, sino porque tienen mucha menos memoria que nosotros. Las pobres bestias se encuentran cada mañana con que han olvidado casi todo lo que han vivido el día anterior, y su intelecto tiene que trabajar sobre un mínimo material de experiencias. Parejamente el tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno. El hombre, en cambio, merced a su poder de recordar, acumula su propio pasado, lo posee y lo aprovecha. El hombre no es nunca un primer hombre; comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado. Este es el tesoro único del hombre, su privilegio y su señal. Y la riqueza menor de ese tesoro consiste en lo que de él parezca acertado y digno de conservarse: lo importante es la memoria de los errores, que nos permite no cometer los mismos siempre.” Y ahora la célebre frase del pensador: “Romper la continuidad con el pasado, querer comenzar de nuevo, es aspirar a descender y plagiar al orangután”.

Me he permitido esta larga cita porque resulta demoledora para quienes menosprecian la cultura; ese “pretérito amontonado” que poseemos, y que, especialmente si se acomoda en la imagen (la memoria es, sobre todo, un selectivo imaginario) nos permite ser hombres frente a las bestias. Si ser culto es realmente estar en posesión de un ventilado montón de memoria, y por ello no tener que empezar cada día a cimentar humanismo sobre el vacío; entonces, señores, ser culto no es un lujo, es una pesada pero necesaria sobrecarga. La cultura es continente y transmisor de memoria. La cultura recibe humanidad, la incuba, la testa. Casi nada…

Dicho esto, debo continuar diciendo que el primer síntoma que denota un déficit de cultura en el citado artículo, radica en que su autor pretende adjudicar a nuestro tiempo un especial rechazo a la misma. ¿Somos ahora singularmente apáticos frente a ella? El tema no se puede agotar, ni siquiera despachar en dos párrafos, pero ateniéndome a las exigencias de este formato, intentaré explicar lo que creo al respecto: en esencia somos los mismos, también frente a la cultura, al menos desde que vivimos rigurosamente socializados, ayuntados en la polis o su remedo, y sometidos al devenir en un tiempo lineal e histórico.

Los impulsos civilizador y cultural de la humanidad se encontraron frente a frente, por primera vez con toda su potencia, en la polis, en la historia, donde se trasciende el tiempo circular sujeto a cíclicas e invariables vueltas. Lo que el impulso civilizador necesitaba hacer entonces, el cultural debía someterlo al riguroso decantador de la memoria precipitada, sedimentada, poseída. La solución equilibrada a las tensiones que generó tal correlato, permitió al protohombre pasar de la prehistoria a la historia en dirección a sí mismo. Pero para un animal en principio tan económico, calculador, cauteloso y cobarde, este equilibrio no podía construirse si las fuerzas descritas resultaban simétricas.

La civilización necesita la ceguera que le es extraña a la cultura. La civilización es atrevida, la cultura es prudente. La cultura estaba condenada a ser minoritaria en los inquietos predios de la historia, ese escenario donde lo actual no sólo es medio sino fin. La cultura, afortunadamente, siempre fue cosa de pocos, y pocas veces armó el brazo ejecutor de la historia. ¿Adónde nos habría llevado, por ejemplo, la sociedad pretendida por Platón? La cantinela de la cultura frente a la civilización y viceversa tiene milenios de existencia y se puede rastrear desde la Grecia preclásica hasta el día de hoy sin grandes esfuerzos. Es cierto que sobre todo a partir del siglo XIII, donde se comienza a gestar el último gran cambio de episteme, de la religión al capitalismo, se hicieron más visibles, que no más reales, estas fértiles contradicciones. Es cierto también que hoy en día, en pleno apogeo del hombre-masa, que dispone de importantes medios para expandir su credo, la irreverencia de la incultura se hace más notoria y escandalosa, pero este asunto no es nuevo, y tratarlo como tal denota desmemoria, incultura.

Claro, que sepamos que estos contrarios obran desde siempre en la historia, no quiere decir que no debamos controlar, hasta donde sea posible, el necesario equilibrio entre ellos. Tal equilibrio siempre será asimétrico, pero no podemos prescindir de él. Hoy, en un escenario global, la incultura, que también lo es, parece campear, rampar incluso por doquier. Puede que el hombre-masa capitaneado por el científico-ignorante, suponga ahora un riesgo algo mayor en tanto posee mejores medios para expandir su credo. Pero similares medios poseen sus contrarios. La cultura, ese saco de memoria, ese “pretérito amontonado” seguirá contrapesando la ceguera civilizadora, la barbarie. Para hacerlo necesita soldados especiales, individuos con mucha memoria, especial sensibilidad, gran capacidad para el esfuerzo y la comunicación. Sin embargo, la resistencia ante la barbarie debe ejercerse sin despotismo, porque si bien la incultura resulta hoy visiblemente descarada, la cultura puede ser muy insolente cuando se adorna y se encumbra, que es, en la casi totalidad de los casos, cuando resultada impostada, impostora.  

¿Qué hacer entonces con esos “cultos” lectores de best sellers y consumidores de todo tipo de cine que, al parecer, etiquetaban su afición para tener éxito social, incluso para ligar; y que ahora se rinden ante la inoperancia de su táctica, la rápida degradación de su marca? Pues consolarlos e invitarlos a que hagan verdadera memoria. Sólo apilando y penetrando pasado seriamente podrán entender qué les pasa, y, quién sabe, tal vez encontrar vías de auténtica plenitud. Al resto, los que se jactan de su desmemoria, agradecerles que nos mantengan vivos, que opongan a nuestro decadente impulso su irreverente temeridad. Del tal manera funciona el “negocio”: los unos a recordar y los otros a ejercer su derecho al olvido, a la ignorancia; los unos a medir y pesar lo que los otros deciden desconocer. Siempre fue así. Sin las crecidas del Nilo, no habría existido ni agricultura ni agrimensura en Egipto.

La violencia, el exceso y el descaro son tan vitales al hombre como sus contrarios. Y si encima ahora (dice el citado artículo) regodeándose en ellos se gana más y se liga mejor ¿qué podemos objetar? Eso sí, cuidado la desmemoria no llegue a su peor extremo y nos convierta en máquinas. Con esa única línea roja bien marcada en suelo y horizonte, digo sin ambages: ¡que (sobre) vivan los incultos! ¡que sigan haciendo juego, operando en la historia con los ojos vendados! No permitan que la cultura se empache de memoria y termine vomitando puro nihilismo. Pero, por favor, ¿podrían empujar y colorear la civilización sin excretar en sus podios?¿podrían atender las señales de los decadentes cultos, cuando éstos, recordando la figura de su mutante silueta, avisten al maligno? Ay, cuántas almas, cultas, incultas, habrían podido esperar tranquilamente su natural hora para transmigrar o viajar a Dios, si los grandes civilizadores hubieran escuchado y atendido a Holan cuando pre-dijo: “Habrá de nuevo guerra…/ Qué silenciosamente bebe el caballo…” 


domingo, 7 de abril de 2013

Gracias, Colorao




                                
                                                         A María y Fernando, que nos invitaron

 

En La Habana llamábamos “coloraos” a las personas de piel rojiza, como encendida, pero también a los de piel muy blanca, que estaban como perennemente “ruborizadas”, y que tenían el pelo entre amarillo y rojo. Sí, del colorao al albino en ocasiones había una tenue frontera. No era un matiz muy apreciado éste. ¿Los coloraos están enfermos? nos preguntábamos algunos niños. En la Ciénaga de Zapata, sin embargo, donde vivía mi abuelo canario, el término se usaba más bien para los animales, especialmente para los gallos finos, es decir, los de pelea. Si éstos tenían el plumaje con dominante rojiza, se les llamaba coloraos o indios. Y también se usaba para adjetivar a cierto bejuco de aplicación “paramédica” o “religiosa”. En la Regla de Ocha el colorao es el tono de Changó, un orisha dual ciertamente peligroso cuando arde en su rojo. Coloraos eran los labios (bembas) y las mejillas (cachetes) pintados de rojo estridente, y coloraos solían ser también los vestidos ceñidos de las más exuberantes y peligrosas “hembras”. En fin, no era el colorao, ese rojo canalla o desvaído, según el caso, un tono muy bien visto, la verdad.

Hoy, cuando fui a escuchar en concierto a Domingo Rodríguez Oramas, El Colorao, timplista de Fuerteventura que comparte apellidos con Arsenio y El Guayabero, todas aquellas acepciones del referido matiz debieron pasearse por mi inconsciente. –– Colorao y timple, qué sugerente par. Música fácil, seguro. ¡Vaya error! En una pequeña sala que tiene y programa Paco Díez en Mucientes, unas 100 personas nos citamos con este gran músico, y todos nos caímos de culo (en el buen sentido de la frase, claro está) nada más comenzó a tocar. Alí Babá se había colado en el Metropolitan Opera House, y no para robar, sino para mostrar allí el tesoro que, fallidamente sustraído de la célebre cueva por su malvado hermano, se ha ido agrandando con músicas, que de camino entre Persia y el Nuevo Egeo, entre Damasco y Nueva York o La Habana, han hecho escala en Canarias. Este Colorao viene de pleno Atlántico, pero lleva en su timple el Mediterráneo entero. Con él recrea desde la lira hasta el banyo, y viaja desde Bagdad a Chicago, desde Asunción a Lisboa, como quien lo hiciera de su jardín a su patio. Música canaria, vale, qué maravilla, como si fuera poco, pero aquí hay mucho más que eso. Primero, porque la música canaria es el resultado de un incansable ir y venir, quedarse y recoger de todas partes. Segundo, porque El Colorao es un músico ambicioso que no se atiene a pueriles lindes. Su sensibilidad es enorme, y su fraseo, aunque con base canaria, se mueve desde el sirtaki al jazz, pasando por todos los géneros de origen árabe y latino, desde el fado o el flamenco al tango, con especial inclinación a la música cubana.

Qué regalo este concierto, Colorao. Qué falta me hacía escucharte para constatar una vez más que no hay instrumento pequeño, ni estilo, color o mote que mermen la feliz epifanía cuando la música abre una puerta buena y entra en un corazón propicio. Timplea de esa manera, Colorao, y estarás poniendo el necesario tapón al sumidero por el que pierde su cargado caldo el Mediterráneo. No entregues el tesoro de la magnífica cueva en ninguna aduana; no lo condenes a ninguna caja fuerte. Muéstralo en todas partes. Canarias, quién lo sabe, puede ser un vestigio de la Atlántida, o simplemente una socorrida escala para músicas peregrinas. Qué más da. Hoy has hollado las almas isleñas, pero también las continentales, las esteparias… desde tu isla, sí, mas con la música de medio mundo vibrando en tus impares cuerdas… Sigue intuyendo lo que necesitamos de ti, Colorao, sigue trabajando para nosotros. Perdona mi egoísmo, pero evita las comilonas, no fumes, duerme bien, no bebas demasiado. No enfermes, Colorao. Mira que ese mote en La Habana aconsejaba cautela… Nosotros a bendecirte, maestro. Tú timplea.

Aquí les indico un enlace para que lo escuchen:
http://www.youtube.com/watch?v=-oPCvoYBeLY