miércoles, 15 de octubre de 2014

Bernardo de Claraval, por Antonio Piedra






Acabo de leer LA SANTA ESPINA. UNA MORADA LUMINOSA, escrito por el poeta y ensayista Antonio Piedra, con la participación del arquitecto Alberto Martínez-Peña (fotos, planimetría y comentarios a éstas) y de José Jiménez Lozano (prólogo). Se trata del mejor ensayo que leí en los últimos tiempos, y lo quiero recomendar en voz alta, sin cautelas ni medias tintas, porque lo considero de especial interés para todos, de vital importancia para los intelectuales y artistas, de obligado estudio para los arquitectos. Este ensayo, que, como es norma en las obras de su autor, está magníficamente estructurado, escrito y resuelto, me sorprendió felizmente en dos sentidos fundamentales: Por una parte, la revelación de la figura de Bernardo de Claraval en su doble (¿doble?, ya veremos) condición de humanista adelantado a su tiempo y arquitecto de vanguardia; y por otra, la especial vigencia de su legado, lo oportuno de su reivindicación en los tiempos que corren, sobre todo, de cara al ejercicio de la arquitectura. Me explico:


BERNARDO DE CLARAVAL. PRECURSOR DEL HUMANISMO MODERNO. LA EDAD MEDIA Y SUS FRECUENTES “SORPRESAS”

Otro Bernardo (Accolti), el poeta renacentista romano, pensaba que “la denigrada Edad Media había realizado, tanto en la guerra como en la paz, proezas tan grandes como la Antigüedad, sólo que los historiadores no hablaban de ellas porque no recibían retribución alguna. A la ausencia de retribuciones literarias (opinaba) se suma tal vez el hecho de que (entonces) defender la fe parecía más importante que escribir la historia”. Cada vez doy más crédito a su idea; esto es, a que un posible déficit en el relato histórico del Medioevo haya estado y esté detrás de su postergación, porque cada vez me sorprende más el descubrimiento de las potencias y logros concretos que el saber moderno (desde el renacentista hasta el actual) ha escamoteado a ese “oscuro” tramo de la historia. El propio prologuista del ensayo, indirectamente y en un texto anterior, nos da otra posible clave para entender la mencionada falta de aprecio. Lo hace cuando apunta al ombliguismo cegador de nuestra época, que en muchos sentidos se parece al experimentado en el Renacimiento bajo el alboroto retro-clasicista. Dice Jiménez Lozano: “Lo más terrible de nuestra cultura es que no puede acercarse a algo sin desconstruirlo; es decir, sin destruirlo en su entidad propia y asimilarlo a las categorías superiores, absolutas y definitivas que son las del tiempo presente, culminación y plétora de la historia." Tal festinada sobreestimación del presente, aun con su anclaje-coartada en la Antigüedad, fue participada por el Renacimiento, y pudo obrar en contra del “atávico” Medioevo, ayudando a prolongar hasta hoy su menosprecio.

Muchos reconocen que en la Baja Edad Media se gestan los primeros movimientos socioeconómicos y culturales que darán al traste con el Feudalismo a favor del Capitalismo. Pero nadie, que yo haya leído al menos, ubica este motor para el cambio de Episteme antes del siglo XIII. Unos señalan a Petrarca (1304-1374) como el primer humanista. Otros a Roger Bacon (1241-1294) como el primer pragmático. Otros a Eckhart (1260-1328) como el primer hereje que enfila hacia el futuro humanismo. Está muy claro lo que pasa a partir del XIII. Nótese, por ejemplo, cómo se “negocia” el asunto entre Petrarca y san Agustín en el XIV. El de Arezzo se defiende ante el africano (De contemptu mundi) dejando ver su conflicto entre humildad cristiana y deseo de gloria. Cuando san Agustín lo recrimina, Petrarca aduce: “¡Ah!, ¡ojalá me hubieras dicho esto antes!”, a lo que el santo responde: “Claro que te lo dije, mas tus oídos estaban demasiado llenos de las voces del pueblo que detestas, pero que has terminado escuchando”. Insisto, están claras las fuerzas que actúan a partir del XIII, pero nadie que yo sepa (perdonen mi ignorancia, si es el caso) adelanta este caldo de cultivo a los siglos XI y XII.

Pues bien, lo que nos viene a demostrar Piedra en el referido ensayo, aunque no lo diga con la contundencia que lo hago ahora, porque él para estas cosas me supera en inteligencia, moderación y sutileza, es que Bernardo de Claraval posiblemente sea el primer humanista de la modernidad. A lo que yo, con mi incorregible temeridad, añado: Es posible que Bernardo y Abelardo estén en el verdadero origen de todo esto. Simplificando mucho, digo: Abelardo, pionero en un racionalismo con tintes modernos, y Bernardo, pionero en un empirismo de igual tono, aunque aderezado con las más raras y disímiles cualidades, no sólo debatían sobre los universales, o sobre corrección teológica (tampoco Bernardo fue un ortodoxo, como veremos), sino que en cierta medida adelantaban 500 años el guión de un debate que bien pudieron sostener Francis Bacon (1561-1626) y Descartes (1596-1650) en pleno XVII.

En aquel temprano y complejo pugilato, cuyo clímax acontece en 1141, Abelardo sale ganador a los ojos de casi todos, entre otras cosas, por su silencio inesperado y pillo, estratégico, y porque es el heterodoxo, el más elocuente, el díscolo, el enamorado, el castrado, en fin, el “débil”. Pero leyendo el ensayo de Antonio, yo, que no tengo bien leído a Bernardo (voy a corregirlo pronto, claro) entiendo que éste representa para la cultura occidental un giro tan importante, que hace completamente anecdótico el resultado de aquella morbosa disputa. Y es que Bernardo, adelantado al humanismo renacentista, asoma en el trabajo que recomiendo como teólogo, filósofo (empirista, y precursor de la semiótica tal y como se entiende hoy), empresario, economista, diplomático, estadista, ecologista, utópico, místico, constructor, esteta, arquitecto, y, sobre todo, poeta. Casi nada… Un hombre que se adelanta a su tiempo, sin dudas, que se define a sí mismo (nos dice Jiménez Lozano en su prólogo) como “la quimera del siglo”.

Pero de esta polifacética y genial personalidad, sobre todo me interesan aquí aquellos síntomas que con mayor claridad lo abstraen de su época, lo señalan como un vanguardista radical, y lo proyectan a la actualidad con una fuerza increíble. Hablo de los rasgos que evidencian su condición de humanista total y moderno, que lo señalan como místico empírico, constructor-civilizador, esteta, arquitecto y poeta.

Bernardo de Claraval es un místico, no hay dudas (por un lado habla de “paraíso claustral”, y por otro dice que “este mundo tiene sus noches y no pocas”), sin embargo, su misticismo aparece siempre contaminado de intención actual, de un tempranísimo empirismo que lo empuja a construir obsesivamente, a colonizar para dotar de casa apropiada a la heredad. Aquí el impulso cultural aparece siempre acompañado de su contrario dialéctico, el civilizador. Sí, construye mirando a la Ciudad de Dios agustiniana, pero también atendiendo a su experiencia sensorial, con el cincel en una mano y la plomada en la otra. Tanto la forma de vida que escoge para sus monjes, como los lugares donde enclava sus monasterios, están impregnados de pragmatismo porque “la fuente no sube al lugar que sea más alto que el sitio donde nace”. Esta dualidad místico-pragmática es algo muy novedoso para su época, para todas las épocas, diría yo. Pero la cosa se complica aún más cuando el santo nos avanza una visión que está en el origen de la actual semiótica (entendida como ciencia de los signos), que bien pudo impulsar los hallazgos de un Pierce, un Jung, un Eco. Nos dice Bernardo: “dase el anillo sencillamente por ser anillo, y entonces no tiene significación alguna; dase para indicar la investidura de alguna heredad, y en este caso es signo, de suerte que puede decir el que lo recibe: El anillo no vale nada, la herencia era lo que yo quería”. Alrededor del signo se mueve aquí el sabio con una claridad expositiva también sui géneris para su tiempo.

En cuanto al Bernardo esteta, el ensayo de Antonio ha sido para mí una sorprendente revelación. Porque muy lejos de lo que se suele creer, el santo se desmarca de la norma de su época, y nos deja ver preocupaciones que rozan la herejía, que lo sitúan de pleno derecho en los siglos XV y XVI, pues para él la belleza que sustenta al hombre no cabe ya en lo puramente ideal, discursivo, sino que aterriza en la naturaleza, más aún en lo antropomórfico. Recuerden que hablamos de los siglos XI y XII. Nos dice Antonio, hablando de la heredad como base primera del proyecto bernardiano: “una heredad que, en el caso concreto de Bernardo de Claraval, pretende que sea perfecta: maravillosamente simple como una utopía e insoportablemente bella hasta el desasimiento”. Abunda el santo: “¿Qué falta ya para la perfecta bienaventuranza de los cuerpos? Sólo una cosa: la hermosura. La poseeremos no como quiera, sino perfectísisma”. Y habla de la belleza como “una dulce violencia que oprime halagando y halaga oprimiendo”. Y la refiere a cánones corporales cuando habla de una belleza “en forma de cruz”, adelantándose al Hombre de Vitruvio leonardino; cuando habla de “la más espléndida hermosura corporal en tránsito” y se refiere al “cuello alabastrino”, y a “los encantos de un rostro blanco y sonrosado”, y a “los vestidos más preciosos que se gastan con el tiempo”. Pero alcanza extremos prácticamente heréticos, cuando, en palabras de Antonio que suscribo: “llega incluso a un planteamiento intratable en un reformador, en un profeta y en un santo como él: «de acuerdo que no se tenga respeto a la santidad de estas imágenes, pero por lo menos se debería tener atención a la belleza de los colores». Auténtica sugerencia estética de gran modernidad y plagada de teología moral”, que no deja, digo yo, de impactarnos por su extemporánea aparición. El Bernardo esteta poco tiene que ver con lo que es norma en su tiempo, y aparece aquí en su versión más heterodoxa, rayando la provocación.

Cosas parecidas podemos decir del Bernardo poeta. Su obra toda es una catedral a la imagen. En lo que nos ha citado Antonio del santo, no hay una línea que no sea pura poesía. Pero aquí también sorprenden sus cavilaciones metafísicas y sus hallazgos teóricos. Lean este pasaje del ensayo de Antonio (la expresión escrita o hablada) “que no siempre, por imposibilidad, encuentra la figura adecuada o lógica que la explique. Entonces surge, dice, (el santo) «esta novedad» como prodigio transgresor y audaz que hace «la longitud breve, la latitud angosta, la altura abatida, la profundidad llana (…) Verás, en fin, a Dios mamando y alimentando a los ángeles; llorando y consolando a los miserables. Verás (…) entristecerse la alegría, asustarse la confianza, la salud padecer, la vida morir, la fortaleza desmayar…» Ahí tienen, una perfecta declaración sobre las potencias de la imagen en poesía. Porque “esta novedad” es la imagen, qué duda cabe, y su dualidad tiene dos fuentes. Por un lado, la incapacidad de la razón para atrapar la idea. Nos dice Kierkegaard: “La dialéctica despeja el terreno de todo lo que sea irrelevante e intenta entonces trepar hasta la idea; cuando esto, por su parte, fracasa, la imaginación reacciona. Cansada del trabajo dialéctico, la imaginación se pone a soñar, y de ahí resulta lo mítico (…) lo mítico es entonces el fructífero abrazo de la idea. La idea desciende y flota sobre el individuo como una nube de bendición”. Por otro lado, la incapacidad de la palabra para apresar su étimo en un único nivel significante. Nos dice Teodoro Elías Isaac: “La palabra «palabra» es una abreviación de una palabra más larga, «parábola». Las palabras se llaman palabras porque son parábolas. Cada palabra es una parábola (…) ¿Qué significa parábola? Es la unión de dos palabras griegas: pará-ballo. Pará significa «al costado, al lado»; y ballo, es «arrojar, pegar o golpear». Una parábola es lo que pega al costado de algo, no hace centro, circunscribe un espacio, es la metáfora; para que en ese espacio, en el silencio de ese espacio, se manifieste una verdad, que no está en lo que dice. Por eso las palabras son parábolas, porque pegan al costado de algo que no está allí, pero circunscriben el núcleo del silencio donde se manifiesta el étimo, la verdad que cada palabra conlleva.” Pues todo esto parecía saberlo, o al menos intuirlo Bernardo de Claraval en el siglo XII.
  

BERNARDO DE CLARAVAL. LA LECCIÓN ARQUITECTÓNICA

Como venimos hablando de un vanguardista de pro, de un humanista adelantado a su tiempo, no debe sorprendernos a estas alturas que Bernardo nos hable en el XII de “la grandeza de la materia”, ni que intente supeditarla a las necesidades del hombre. Nos dice Antonio: “El primer sillar básico de este marco humanista consiste para Bernardo en instalar arquitectónicamente «la mole corpórea» del hombre biológico, según propia expresión, en su misma naturaleza: exactamente «en la forma humana» sin otros aditamentos que, aunque salida del barro para poblar una «vasta soledad» que es la tierra, sea pura fenomenología no «sólo perceptible al oído, sino también visible a los ojos, palpable a las manos, fácil de llevar en mis hombros». Ya lo dijimos, Bernardo es la conjunción perfecta entre el místico y el empírico: como un “místico constructor” que “renueva la cimentación del humanismo trascendente”, lo define el ensayista.

Además, también dijimos que se trata de un hombre total, de un teólogo que obra, de un culto que civiliza, de alguien que, como buen empirista, no se detiene en el pensamiento teórico o contemplativo. Bernardo de Claraval es un constructor obsesivo. Quiere edificar la Ciudad de Dios, si bien con su testa en Jerusalem, con los miembros extendidos por toda la cristiandad: la venida, la por venir. ¿Mas cómo se lanza el santo a semejante empresa? Todo el ensayo de Antonio lo aborda de una forma u otra, pero hay tres capítulos esenciales para entenderlo: “Un proyecto para el hombre”, “La elección del lugar”, y “La construcción de la casa”. Lean las siguientes citas del autor, que se refieren al trasfondo rigurosamente humanista que tiene la arquitectura del artífice del Císter:

“La vanguardia bernardiana se identifica con la de un hombre constructivo –en sentido arquitectónico y espiritual– que tiene unas convicciones antropológicas, teologales, sociales y metafísicas hasta el exceso más futurista, pero sin devolver las tornas a una tierra que los hombres, y sólo ellos, habían hecho inhabitable”

“Sin este pulso vivificador y trascendente de la religiosidad humana, las edificaciones del hombre pasarían como los estilos y se cargarían hasta su última teja de límites comodones, de embellecidas minucias, o de caprichos placenteros.”

“Sirve de muy poco, por tanto, erigir una casa con los ojos del cuerpo sólo para satisfacer las necesidades corporales más perentorias y lucrativas. Para este intercambio de apariencias no merece la pena, en términos bernardianos, levantar fábricas a la imaginación y derroches sin grandeza para el espíritu. Para esto ya está la naturaleza como prodigio intacto sin necesidades constructivas”

“Belleza como síntesis, grandeza como recurso, idealidad como práctica, austeridad básica en las fórmulas, y equidistancia entre una morada circunstancial y otra permanente. El resto es cuestión de adaptarse al lugar, a los materiales que ofrece el entorno, o incluso a las peculiaridades arquitectónicas vigentes en un pueblo o región. Actitud cabal y modesta frente a la prepotencia actual donde los materiales, usos y costumbres son exportados por cualquiera, y de cualquier lugar del mundo, para rematar un simple rodapié”.

Llevo muchos años hablando de esto a los arquitectos que han querido escucharme o leerme. Ahora vienen Bernardo y Antonio a darme el más dulce espaldarazo. Porque Bernardo es un arquitecto en el sentido más cabal del término, y Antonio supo estructurar su pensamiento (supra) arquitectónico para que todos pudiéramos recibirlo de la manera más eficaz posible. Aquí La Santa Espina (un fenómeno, a fin de cuentas, y ni siquiera demasiado arquetípico por todos los avatares que ha vivido) es poco más que una vía para hablar de algo esencial: una arquitectura vacía de pensamiento, sin un humanismo al fondo, sin una conceptualización profunda que la dote de sentido, tiende vertiginosamente a mera construcción, a anécdota constructiva.

Alentado por el ensayo de Antonio, me repito una vez más: La arquitectura es, o debía ser, una disciplina humanista. Aquella visión de Vitruvio sobre el arquitecto: “Será instruido en la Buenas Letras, diestro en el Dibuxo, hábil en la Geometría, inteligente en la Óptica, instruido en la Aritmética, versado en la Historia, Filósofo, Médico, Jurisconsulto, y Astrólogo”, con algunos matices obvios, forzados por la importante progresión que ha tenido el conocimiento desde su época a la nuestra, tiene total vigencia en su fondo. Sí, el arquitecto debe ser un humanista. Como cualquier otro artista, debe poner su lenguaje y su vocabulario al servicio de una intención con un ascendente claramente cultural en el sentido más amplio del término. Para ello cuenta con muchos y variados medios: la luz, la gravedad, el propio lenguaje arquitectónico, el sitio, la ciencia, la técnica, los materiales de construcción, el dinero, etc. Pero el fin: aquella poética aristotélica, que si me permiten trasciende ahora, para nosotros, la simple imitación de la naturaleza, y aborda la realidad demandando también su interpretación, la lectura de sus múltiples planos, sus infinitas traducciones para hacerla más potable a los “consumidores”; no se puede definir si no en y desde el más profundo humanismo. Aunque suene a cuento, dada la triste realidad en la que se desarrolla nuestra actividad cotidiana las más de las veces, la aspiración de Vitruvio mantiene sus fundamentos en la actualidad. Claro, la ilustración y la revolución industrial la han convertido en una quimera. Tal vez sea totalmente imposible que un arquitecto pueda hoy día reunir en sí un saber tan enciclopédico. Pero aún aceptando como irremediables la especialización y la división del trabajo actuales, un arquitecto no debería prescindir jamás de tal aspiración: la que ha de inclinarlo hacia el conocimiento humanista, ése que le impedirá confundir los medios con los fines. No se puede enfrentar la obra de arquitectura partiendo sin más de un análisis técnico-económico-normativo, un programa funcional y un levantamiento topográfico. Eso podrán hacerlo la ingeniería, la construcción, pero nunca la arquitectura. Insisto, si sabemos o intuimos que la arquitectura es un arte, debemos saber que el arte no puede ceñirse a semejantes supuestos. Sencillamente no cabe en ellos. La arquitectura debe nacer de premisas humanistas, y para ello, antes de entrar en su fase de anticipación pura y dura (diseño) debe ser ideada, (imaginada) a un nivel superior. Más aún, debe ser dotada de la fuerza germinal de la imagen en toda su potencia. Y esto no necesariamente tiene que dibujarse, porque el dibujo tiene una servidumbre frente a la forma que puede ser muy comprometedora en estas instancias primeras. La arquitectura tiene que ser ideada antes de ser anticipada en un proyecto, mucho más, claro está, antes de ser concretada, o sea, construida.

Pues de esto nos habla el ensayo de referencia. Hay que ver con qué trascendente humanismo, Bernardo, que no traza una línea sobre plano alguno, ni replantea una obra in situ, lo proyecta todo hasta el último detalle, partiendo de ideas perfectamente concebidas en función del hombre para quien trabaja, al que conoce a la perfección, pues también lo ha ideado, lo ha invitado a calzar en su modelo, lo ha sumado a su causa. Hay que ver cómo escoge el lugar, por ejemplo. Qué viva lección. El lugar como “situación ventajosa”. Antonio nos pasea por este concepto de la mano de varios pensadores, desde Aristóteles a Plinio (locum tenens/ locus mayor/ lugar santo/ locus regit actum/ locus sensibilis…) En fin, un lugar anclado en “una naturaleza en la que, en tropel, fructifique el tiempo con sus ganancias hasta «alborotar tu fantasía» (…) y hasta que se multipliquen las ganas de una paz relacionante”, porque “no soy yo solo ni usted sin mí, ni este otro sin nosotros ambos, sino que todos juntos somos esta Ropa” y (añade Antonio) “que habitamos y construimos en este lugar concreto”. Un Lugar, eso es. El Lugar que he llamado en otras ocasiones cantidad espacial significada, y que, precisamente en el plano semiótico, trasciende al sitio y al enclave. En el caso que nos ocupa, un lugar en el valle, porque “en los valles está lo sustancioso de la tierra”. Un lugar que convence tardíamente al arquitecto porque se encuentra en “la tierra del austro” (España) desaconsejable por caliente y seca, desde el punto de vista físico-ambiental, por licenciosa, desde el punto de vista moral… Ah, si Bernardo hubiera podido visitar La Santa Espina se habría encantado, porque hubiera visto que el enclave respondía perfectamente a su ideal. Y quién sabe si entonces hubiera dicho antes que Schiller: “Más ricamente que nosotros los norteños/ vive el mendigo en Castillo de Santángelo”.

¿Y la luz? Hay que ver con qué pulsión tan actual distingue Bernardo entre los diferentes tipos de luces para acomodar su lectura, aprehensión y uso según interese. En esto también es un absoluto vanguardista, porque si bien no aborda el fenómeno luminoso desde un ángulo eminentemente científico, como lo hicieron siglos después Newton y Goethe, capta todas las calidades poéticas de la luz, y entonces la sirve a la ciencia resuelta en lo esencial, para que pueda ser debidamente estudiada como fenómeno. Pero lo más importante: es la luz el eje principal de su método arquitectónico, el motor que genera y conforma sus espacios, y esto, bien lo sabemos, no es algo común a lo largo de la historia de la arquitectura. Para que la luz genitora y garante de la espacialidad arquitectónica llegara, manipulada como en el Panteón de Roma, o como en las catedrales góticas, por ejemplo, a edificios menos singulares, tuvimos que esperar al XIX. Y este saber, aún hoy, no es ni mucho menos patrimonio de todos.

No me extiendo más. Quiero pedirles de nuevo, en especial a los intelectuales y artistas, muy en especial a los arquitectos, que lean LA SANTA ESPINA. UNA MORADA LUMINOSA. Es un libro magnífico, revelador, de una vigencia enorme; tan enorme como su necesidad. Libros como éste, poco frecuentes en nuestro tiempo, nos ayudan a entendernos y valorarnos como seres humanos, porque por encima de cuestiones ideológicas, políticas o históricas, somos hombres. Y queremos seguir siéndolo. Decía Ortega: “Cuando el pájaro abandona la rama en que ha cantado deja en ella un estremecimiento”. El canto de Bernardo de Claraval todavía me estremece. (Gracias, Antonio, por agitarlo). Con obras como ésta, caigo en un impasse redentor, donde, por suerte, no me veo girovagando el Espacio.





domingo, 5 de octubre de 2014

Paréntesis a un cuento: DE RERUM NATURA. José Kozer.





Cuento popular manipulado:

Un jesuita, un dominico y un franciscano, recorren un antiguo camino debatiendo sobre la piedad y la grandeza que conllevan sus respectivas obras, sus anhelos y consecuentes ruegos al Señor. Mientras miden y pesan su cargamento pío con afanes comparativos, aparece ante ellos la Sagrada Familia: Jesús, todavía un bebé en su pesebre, con los ojos que saltan entre los senos de su madre y el zurrón de su padre; María y José, felices pero asustados, rezan por él… El franciscano se postra ante la comitiva, sobrecogido al ver con sus propios ojos la pobreza material que rodea al mismísimo Hijo de Dios. El dominico también cae de rodillas en un gesto tan apasionado como calculado, con la mirada “perdida” en el halo de luz que emana de la imagen divina. El jesuita se acerca a José, le pasa el brazo por el hombro, y le pregunta: “¿pensaste seriamente a qué colegio irá…?"

 

Abro paréntesis: Acabo de leer DE RERUM NATURA, de José Kozer, maravillosamente editado por la editorial Lumme. ¿Cómo invitarlos encarecidamente a su lectura sin engañarlos, sin prometerles un somnoliento y dulzón paseo? ¿Cómo no decirles que se trata de una obra maestra amasada con la más fina ceniza postmoderna, delicadamente ultimada en un cernidor oriental, y recalentada en nuestro Siglo de Oro? ¿Ceniza? Sí, y qué. ¿Existe materia más pura? “La ceniza es decadencia/ del claro beso del fuego”, dijo Mallarmé, en lo que parece haber sido una vibración présaga de esta poesía del gran maestro cubano. Con una claridad dolorosa besó el fuego a Kozer para dotar al castellano de un hoy rotundo como pocos otros; nutrido de una sustancia decadente que no renuncia sin embargo a una forma chispeante. Un escepticismo vivaz late en este poemario, un ateísmo tan amargo como juguetón. Ceniza postmoderna, de acuerdo; amainada en la esterilla zen, de acuerdo; pero puesta a punto para el necesario humus en la más hospitalaria tradición. Vivimos una época barroca. No porque nos gusten las formas historiadas, sino porque nuestro mundo está perennemente puesto en escena, como respuesta a su continuo estado de incertidumbre, a su inabarcable multiplicidad. Es el presto telón quien nos salva de un fatal deslumbramiento, prólogo de la más absoluta desorientación. Vivimos una época compleja que se resiste a una poesía pasota o simplona que cante Ave María como lo haría Mozart.

DE RERUM NATURA es un poemario (poema largo más bien, que aquí no hay fragmentos ajenos a su imán) duro, muy duro incluso: “…(os muestro/ enseguida el destino de la/ materia)”, dice el poeta, que por una parte descree las dimensiones inmateriales y eternas, y por la otra fustiga el tempo inhumano al que nos sometemos en las dimensiones tangibles y finitas: “sus deficiencias:/ no saber sentarse;/ no saber detenerse/ ante un macizo/ reducido de/ verdolaga. No/ son gallinas, se me dirá/ que el tiempo escasea/ para cuanto hay que/ hacer…” No somos gallinas, cierto, pero las emulamos cuando somos hipnotizados por una línea trazada en el suelo (Nietzsche). Se trata de una poesía dura, insisto, con una sustancia corrosiva, que nos cautivará no obstante con su ritmo percusivo, su forma perennemente insospechada, su extrema vitalidad. Pero también el poemario abre puertas al sosiego redentor en los ámbitos sensoriales. En primer lugar, porque “la carne asalta la sombra”, y hasta un bicharraco nos alecciona y ajusta: “¿quién lo diría? yo su/ basura. Pertenece al reino/ más cercano al Creador, y/ es de hecho uno de sus/ apoderados, desciende/ de la dicha cercana al/ Trono, la invariabilidad/ lo retiene día y noche/ en cuanto ser iluminado.” (No puedo evitar aquí traer a Pitágoras en boca de Ovidio: “Presa de la tierra un caballo guerrero del abejorro el origen es”). En segundo lugar, porque ante los grandes y frustrantes abismos occidentales, siempre asoman los jardincillos levantinos con su esmerada y sanadora imperfección minimalista: “Entre rosas de pitiminí está la Reina, entre/ Rosas de té, mi mujer.” Y finalmente, porque al fin y al cabo, aunque “el agua sucia que se/ escurre por el desagüe/ del lavabo ni se crea ni/ se destruye, [poco] preocupa a las doce/ carpas del/ estanque.”

Créanme, estamos ante la poesía más auténticamente nuestra (en tiempo, sustancia y forma) que nos podamos encontrar en castellano. Como ya dije cuando reseñé “Naïf”, también de este enorme poeta, no se trata de una lectura fácil, sino de otra intensa que nos hará crecer como lectores, como seres humanos… si nos prestamos a ello, claro, si nos esforzamos. ¿Poesía compleja? Tal vez. ¿Poesía complicada? Rotundamente No. Porque aquí la forma nace de una necesidad incuestionable. Es imposible mover en poesía esta carga metafísica, este tipo de verdad poética, con formas primarias. Algunos dirán que eso hacen los genios sujetos a la famosa máxima “menos es más”. De nuevo contesto No. Sobre todo si pretenden generalizar, pontificar para torcer tendenciosamente el camino hacia su meta, adaptado a sus preferencias o manquedades. 

Hace un tiempo, al hilo de uno de mis artículos (¿Sencillez o exactitud? ¿Complejidad o ambición?), intercambiaba un par de ideas sobre esto con un amigo. Comparaba brevemente cómo operan la sencillez y la complejidad en poesía. Le decía que muchos genios “sencillos” buscan exactitud con ambición, pero cerrando imagen hacia la sentencia poética; cribando, entresacando, haciendo brecha en el bosque para encontrar (crear) los claros más útiles y amables, donde la luz se haga protagonista absoluta. En estos claros luminosos tienden su alfombra para invitar al duende. Quedan con él, indagan la punta de sus dedos, el color de sus ojos y terminan nombrándolo con gran precisión, ajustándolo a una idea, un signo, un símbolo.

Los genios “complejos” (es el caso de Kozer) huyen de la sentencia, no criban unidireccionalmente porque sus afanes de exactitud están más en descubrir las potencias de la sustancia poética que en obligarla a un ejercicio de reductora concreción. Este tipo de poeta no hace brecha en el bosque, lo atraviesa guiado por efímeros rayos de luz, pero dando fe de toda su complejidad vital, también de la parte de ella que se esconde bajo el lecho de las hojas caídas, en la más rotunda oscuridad. Es sensible incluso ante la hormiga, y deja espacios sin violentar para que el duende siga hallando sus fértiles escondites. No queda con él en ningún sitio. No lo ve. Pero sabe que tiene fiebre porque siente su febril irradiación a cada paso que da, y esta sensación ocurre tanto en su consciencia, como en su inconsciencia.

Entonces ¿quién conoce mejor al referido duende, el que lo ve, lo toca y lo nombra en el claro que creó para ello; o el que lo presiente y siente donde quiera que esté sin tener que verlo ni tocarlo? ¿Y quién lo nombra con más exactitud, el que le llama, por ejemplo: “ser de dedos y ojos amigables que se dio a mi nombrar bajo la luz”, o el que apenas lo define como “numen febril que habita lo innombrable del bosque”? Yo creo que ambos poetas son exactos aunque se acerquen al concepto duende de maneras muy distintas. Preferiremos el que se haya acercado más al duende que necesitamos, al nuestro.

Ocurre que en el tiempo que nos tocó vivir el duende de Kozer es imprescindible. Por eso su obra también lo es, como lo es la osada apuesta de la editorial Lummen, que trabaja para ustedes: “la inmensa minoría”. Cierro paréntesis.



…entonces, José, que ve las traseras al cielo en la escena tripartita, contesta a su pragmático interlocutor (el jesuita): No lo llevaré al colegio. A la vista está que no hace falta. Lo haré poeta; complejo, para más señas. Lo empadronaré en el desierto. Lo abonaré con polvo enamorado. Lo regaré con arena… Y ante la mirada atónita de los tres monjes, continúa su parlamento:

“…la sed aprieta, quizás su sombra consiga salir de la concavidad, y [merced a mi decisión] yo me vea convertido durante una letanía que penetra mis oídos (tal vez procede de mis oídos y no del mundo exterior ya que nada tiene que ver ahora con el mundo exterior) en estatua. De.”






domingo, 14 de septiembre de 2014

¿Poesía social? Tiarnia, de Pentti Saarikoski




































Acabo de leer Tiarnia, trilogía poética de Pentti Saarikoski, recientemente publicada por la Fundación Jorge Guillén, traducida y prologada por Francisco J. Uriz. Me ha gustado mucho, sobre todo el tercer libro titulado Los bailes del Oscuro. Para mí, un interesante descubrimiento este poeta finlandés. Cae en picado, como pasa a tantos otros autores, cuando (con)funde burdamente poesía y política; entonces resulta prosaísta, barato, prescindible. Pero cuando levanta el vuelo por encima de las contingencias propias de la vida en la polis, que casi siempre se nos presentan con una gravedad impostada y tendenciosa, lo hace con verdadera altura. Esta trilogía contiene sus últimos libros, escritos mientras su militancia comunista desteñía ante las evidentes imperfecciones en la concreción del modelo, aderezadas con su notable inclinación al alcohol y la bohemia. Según el traductor y prologuista, siempre fue un militante heterodoxo. Pues, a última hora, su heterodoxia marxista parece tender a otra cristiana. A lo largo del libro es evidente este postrero trasiego de filias, cuyas contradictorias señales quedan recogidas en poemas de disímil valor. Pero por encima de todo, señorean en la trilogía los muchos momentos de alto vuelo poético, esos que justifican el esfuerzo editor y su lectura. Quiero recomendar este compendio de poemas, muy en especial su tercera parte, pero, como siempre hago si recomiendo un libro, pretendo abundar someramente sobre mi visión del mismo, en este caso, apuntando a esa cuestión tan traída y llevada en la poesía de los últimos cien años: su función o disfunción social.  

En el cuarto poema de “La pista de baile en la montaña” (primer libro) que puede tener varias y diferentes lecturas (ensayemos una de ellas) el autor anhela “ser un poeta cuya canción / pusiese las piedras en movimiento […] hiciese ir a los árboles andando hasta los carpinteros / que construyen casas para la gente”. Buenos versos, pero ¿la poesía regalando materia prima a los artesanos, casas al pueblo? ¿La poesía con un fin último utilitario, que sirve por igual a todos, pues por igual nos alivia o nos exime de esfuerzo? ¿La poesía que cambia el mundo, reclutando entregados albañiles de la palabra para que piensen y edifiquen extrapoéticos paraísos a expensas de los árboles? ¿Por qué no? Muchos firmarían este provechoso designio. Incluso quienes jamás leen un poema se sentirían cómodos en tal escenario. Ésos, los primeros.

Pero resulta que la mejor poesía jamás sirvió para estas cosas. Saarikoski bien lo supo al final de su vida. Por eso, incluso el citado poema, todavía temprano en su trilogía última, tiene ya un cariz escéptico y amargo: “Una pena insubstancial / es una carga pesada”. La poesía, como buena tratante de sueños, podrá encender en algunos de nosotros las ganas de que las casas surjan de los bosques, regaladas, para todos, que por igual las merecemos. (¿No es Dios precisamente el Poema que mejor persigue tal quimera, haciéndola posible para “los buenos”, en dimensiones creadas para puras almas?) Sin embargo, erramos si pensamos que es ésa la medida exacta de la poesía, su misma razón de ser. Porque en realidad la buena poesía podrá ayudarnos a conocer los árboles, el bosque, las casas, la ciudad; podrá ayudarnos a buscar nuestro sitio junto a ellos, a humanizarlos, a colmarlos de verdad poética, pero jamás mediará entre la Idea y su representación o reducción fenoménica, anulando a la primera, resolviéndola trivialmente hasta deshacerla en vías de una objetivación utilitaria. Y mucho menos lo hará de forma metódica, uniforme. Puede que el poema más paritario que hayamos escrito sea justamente Dios, y ya ven cómo se las gasta con quienes no quieren o no saben leerlo. Es decir, el buen poeta jamás llevará los árboles en fila, adocenados al aserradero; jamás los hará marchar encantados al taller del carpintero que los trocará en casas, porque el buen poeta no es un funcionario al servicio de los estadistas, ni un cómplice de los artesanos, no trabaja para El Pueblo al dictado de sus dudosos pastores. Él mismo es un pastor, sí, pero sólo de palabras.

La voracidad centrífuga de los períodos históricos que colocan el espíritu de su época por delante del alma de los hombres, para crear espacios donde quede limitado y normado todo lo concerniente al individuo en función de una preponderante estructura social, precisa y exige que la poesía se pliegue a su servicio. Nótese, por ejemplo, qué secundario papel otorgan a la poesía algunos de los más notables proyectos sociales utópicos. Una vez más recuerden qué proponía hacer Platón, siendo él mismo un poeta aunque renegara de ello, con esa curia de patrañeros en su República. El siglo XX, sobre todo en su primera mitad, participa esta voraz necesidad. Todavía hoy la llamada poesía social, que calza a la perfección en un programa partidista, o en un plan económico quinquenal, goza de buena aceptación en determinados medios políticos y académicos, donde se loan sin complejos su escaso pedigrí, sus fallidos avales. De poco le sirve a esta gente conocer las perversas metamorfosis “semidivinas” que ayudaron a redondear tales vocaciones poéticas en los últimos tiempos, por muy cívicas que hayan parecido en origen: Mussolini, Hitler, Mao, Stalin, Castro, por ejemplo. Aún en retirada, los poetas que han trabajado con esas miras, incluso los buenos, se lamentan con remolona pesadumbre. Lean estos inspirados versos de Saarikoski, también del primer libro:             

Incluso si el océano elevase todas sus olas
aunque los germanos se bebiesen el Rin hasta desecarlo
no podemos derribar el Imperio
mientras las aves de los bosques de Germania
canten Ave Caesar

Tiene mucha razón. El canto es de gran importancia en toda actividad humana. No se puede demoler o edificar contra él si ha calado en las almas obrantes… Aunque ya se nota aquí cierta segregación entre quienes cantan y quienes derriban imperios, el poeta sigue demandando de los primeros una militancia comprometida con los bárbaros, llamados a una (otra) limpieza general muy necesaria. Pero los mejores sólo cantaron Ave Caesar en el prólogo formal y negociado de sus obras, o sea, en su pliegue menos relevante. Quienes cacarean Ave Caesar en los últimos tiempos, lo hacen de memoria, y son los mismos que piarán Ave Atila si hace falta. Son a la vez los Hunos y los Hotros, como diría Unamuno. Entonces me atrevo a parafrasear a Saarikoski: no podemos derribar el Imperio, mientras muchos poetas cacareen o píen de memoria, sólo silben aire. Y en tanto esto ocurra, son muy necesarias las grandes y afinadas voces, que únicamente cantarán Ave Caesar si Julios, vestido de calle, se postra ante su canto madre, y promete no regalar al carpintero de Atila ni una sola rama de sus sagrados árboles. Que se la curre. Que se la labre…

Será inevitable la masiva tala. Los árboles, enfermos, aburridos de tanta cantinela se tambalean una vez más esperando el corte. La gente espera casas regaladas, levantadas sobre sus tocones. En ésas andamos… Muy bien lo vio Saarikoski a la salida “el humo buscaba su camino al suelo [pero] no se puede pretender que el hombre / baje las escaleras con la misma rapidez con que las sube. ¿Poesía social? No ésta, desde luego. Qué cascarilla almizclada genera, cuando degenera, el árbol palabrero.  
























domingo, 7 de septiembre de 2014

Insólito paseo









                               


                              

                       








                            Para Marisela, que todo lo merece  


Después de un par de semanas de intenso trabajo en las antípodas de la poesía, donde sólo pude leer de madrugada, ayer amanecí con muchas ganas de lectura. Estoy releyendo con calma a Proust, pero no era su mundo (lento, microscópico, preciosista, finamente psicológico) el que se avenía al estado de ánimo que entonces me embargaba. Opté por un gesticulante Quevedo. Releí una antología de su obra y luego me metí de nuevo con el Poema heroico a Cristo resucitado. Cuando hice el primer descanso para el segundo café de la mañana, me llegó a través de una red social (gracias, Lisette) un espléndido vídeo publicitario. Música que nos conecta con las ballenas. Escueta pero rotunda obra de arte para vendernos una empresa de telefonía. Qué nivel artístico… Hay publicistas realmente talentosos.

No soy nada receptivo a la publicidad neta, pero sí, mucho, al arte que a veces la acompaña y sustenta. A menudo recibo y agradezco de manera continuada un buen mensaje publicitario sin tener la menor idea de qué vende. Lo siento, pero si las empresas que se anuncian con calculada estrategia dependieran de gente como yo para rentabilizar su inversión, estarían perdidas. A estas alturas, jamás compro nada que no necesite con urgencia, y cuando lo hago huyo de los mensajes publicitarios en lugar de atenderlos. Sí, sí, tal vez crean que trabajan bajo cuerda en mi subconsciente. Puedo admitirlo si se quedan tranquilos, con tal de que se esmeren con el nivel artístico de su producto, pero a ustedes les aseguro que todos mis estados psicológicos están blindados para esas solicitudes. Vivo en una suerte de Atapuerca comercial.

Sin embargo, el referido vídeo es tan bueno, que después de compartirlo en la red, lo vi y escuché repetidas veces. Lo hice de varias maneras, también prescindiendo alternativamente de la imagen o el sonido. Y esto me sacó un buen rato de Quevedo para llevarme a Schönberg, Stravinski, Schaeffer… Cerré el libro y estuve escuchando música atonal, dodecafónica, serial y concreta, cosa que hago en contadas ocasiones, y que para nada hubiera intentado ayer de la mano del poeta barroco madrileño, sin la irrupción de la dicha invitación publicitaria… Qué buena su fotografía. Qué apropiada su música. Y no sólo por el timbre de los instrumentos utilizados que buscan dialogar con las ballenas de tú a tú, en su propia lengua; no por las frases musicales que pretenden lo mismo, sino, y especialmente, por el tratamiento del silencio, por la sabia incorporación de los sonidos maquinales y naturales, cuyo colmo sobreviene con la respuesta cetácea.

Entonces pienso, me pregunto: la vanguardia musical del XX, que en su momento contestó el supuesto agotamiento de la teoría musical clásica, su aparente incapacidad para poner sonido a los rotos de un mundo moderno tendente a postmoderno, ¿está especialmente indicada para reorientar nuestra comunicación con los grandes mamíferos marinos? Bueno, el canto de los grillos ralentizado suena a coro celestial, las gallinas parecen disfrutar a Bach porque ponen más y mejores huevos con su música al fondo, las vacas escuchan jazz con verdadera fruición, ¿por qué no iban las ballenas a tener estilo propio? El acierto de estos publicistas es enorme. Las ballenas entienden la música del XX. Por eso responden con entusiasmo. Y este descubrimiento, ya verdad poética, tratado con un altísimo nivel artístico, no sólo sirve para proponernos (vanamente, en lo que a mí respecta) la compra de unos servicios de teléfono, sino para mover en nosotros poesía.     

Ya ven qué caminos tan raros nos ofrece el arte. Comencé con unas ganas enormes de leer, descarté la fina literatura francesa porque necesitaba meneo, fui al barroco castellano para servirme; entonces me propusieron comprar una línea telefónica, pero lo hicieron con tan alta y acertada gracia, que me empujaron a la más radical vanguardia musical del pasado siglo; estuve escuchando a sus capitanes un buen rato, hasta que el placer rozó al desasosiego y se renovaron mis ganas de Quevedo… Entonces, allí, de vuelta a su Poema heroico… doy de nuevo con estos estupendos versos: “fiera y horrenda en la primera puerta / la formidable Muerte estaba muerta”. Regreso corriendo al vídeo. En él la vida chorrea… Ahora (por qué no hacerlo) escribo. ¿Se puede pedir más? Que vivan las ballenas, los artistas que las (y nos) entienden; la poesía, a cuyas puertas “la formidable Muerte”, por más que tuerza y retuerza, quiebra. 

Mientras daba el insólito paseo, mi mujer me requería para trabajos otros. Hay mucho que hacer en una casa. Como si Goethe me recordara: “La mano que el sábado maneja una escoba es la mejor para acariciarte el domingo”. Pero aquellas ballenas musicales… Perdón, cariño. Al fin y al cabo, la mano que el sábado evita la escoba para templar la lira, te hará creer el domingo que el mundo, recién terminado, está limpio.


Aquí les dejo unos enlaces por si quieren probar parte de mi paseo



sábado, 23 de agosto de 2014

Indagaciones sobre la amistad en diálogo con Gastón Baquero



































La semana pasada escribí una nota sobre la amistad especialmente dedicada a un gran amigo, espoleado por un gesto suyo muy amigable: el envío de dos libros de regalo desde muy lejos. La amistad es una variación del amor. El amor es una imagen arquetípica. Tal vez por eso nos interese en la amistad, no sólo sentirla, vivirla intensamente, sino indagarla, que es una forma más de celebrarla. Escribí mucho sobre la amistad, lo hago muy a menudo. Aunque conservo anclajes poderosísimos en ella, pues encarnó para mí en seres maravillosos, y en ellos medra con feliz terquedad, reconozco mi temor a que se pueda animar algún día a explorar el carrusel de mis pérdidas. Escribimos, seguro, para recordar, recordamos para tener. ¿Se puede poseer lo que se olvida? ¿Hay Registro de Propiedad en la desmemoria…?

Unas semanas antes escribí sobre la poesía en castellano. Primero denuncié el sectarismo reductor que la afecta hace ya cuatrocientos años; después celebré una parte de su cantidad resistente en la obra de un poeta grande: José Kozer. Hoy quiero unir amistad y poesía de la mano de Gastón Baquero, uno de los mejores poetas que ha dado nuestra lengua. Entre los poemarios que me atrevería a compartir públicamente, tengo uno dedicado todo él a la amistad. En su primera parte, donde especulo sobre ella, inserto un poema escrito en diálogo con la obra de Gastón. Gastón murió en Madrid (1997) en condiciones muy lamentables. Cuarenta años antes, en un ambiente insano, patológico (sí, con un pathos desmesurado que pretendió sacudir y suplantar la poesía con sentencias, peor aún, con sentencias enlatadas, muertas, o sea, consignas y contraconsignas) Gastón había perdido a muchos entre quienes creyó sus amigos, y los que se acercaron amablemente a su sabia y magistral vejez, apenas paliaron la soledad de aquel desordenado cuarto madrileño donde pasó sus últimos días. La imagen, por todos conocida, del gran poeta cubano, íntegro, digno, solo en su raída poltrona, rodeado de un maremagno de polvo y libros, donde la verticalidad parece huir, incluso, de los abalorios, pues ni la vieja corbata está “en su sitio”, y sólo sus ojos se aferran a una simetría imposible; esa imagen, digo, con-mueve y mueve como pocas otras hacia la indagación en el par resistencia poética / amistad.

Pero ocurre, además, que este año celebramos el primer centenario del nacimiento del gran poeta holguinero (sí, holguinero, ¿qué pasa? ¿no fueron igualmente florentinos Dante, Francisco de Pazzi y Maquiavelo?). Por todo ello: centenario y poderosa imagen con relación a la alta poesía en resistente soledad, comparto hoy con ustedes este poema en cuatro actos. Acaso ceda un importante ápice de su sentido al ser abstraído de su libro, pero seguramente sabrán perdonarlo.



Indagaciones
(con maestro al fondo)
           

I

                                         Yo no termino en mí, en mí comienzo.
                                                   Gastón Baquero


Memoria recibida, incubada, acaso ensanchada y cedida...
Desde aquí todo parece indicar, maestro,
que ni comenzamos ni terminamos en nosotros.
Perdóname la pedante objeción, pero
aunque ya tú alcanzaste en lo Uno la forma necesaria
para participar de la sustancia que ni comienza ni acaba, 
la que ocurre en el tiempo que nos devolvió Plotino
como imagen móvil de la eternidad; y claro,
ya puedes terminar o comenzar a tu antojo
––quiero decir, convenirte sin problemas para la poesía––
integrado en un Ser memorioso que no deviene;
los que aquí seguimos adelante con dificultad,
consustanciales también con lo Uno
pero informes todavía, tan pendientes de lo Otro,
contenidos, consumidos en potencias vanas,
tan alejados de tu perfecto y merecido estado,
nos enredamos aún en naderías
y precisamos fijar ciertos conceptos.
Si tu sentencia tendiera a la otredad…
Pero hablabas de la muerte; esa grosera pirueta
que carga en la coma todas las tintas
para llevarte a un yo que persiste 
en las ruinas celestiales de la Academia.
…Ah, es tan bueno ese verso, maestro,
que no puedo resistirme a la paráfrasis.
Pongo, digamos:
Yo no termino en mí, en ti comienzo.
Y entonces el predicado abre, expande,
se irisa en un cielo opalino
y pone a los pies de mis hijos
la hoguera útil para mis restos…
¿Y si pudieran mis restos arder
también para amigos, lectores?
Sí, la alteridad redentora, la trascendencia posible:
la inmanencia que salta de yo en yo
como lo hiciera una liebre asustadiza
con su memoria de liebre entre los dientes
para llevarla a su madriguera, añadirla
a la Memoria Grande de las liebres
y hacerse trascendente…

Te decía ––perdona la digresión––
que necesitamos aclarar ciertas cosas:
La amistad, por ejemplo ¿qué piensas?
Ahora, cerca de tu Dios y el mío
––el Poeta y el Poema––
con la pineal hecha mundo; ahora
que ya viste la clave de esta trampa,
que ya no girovagas la nada
ni cavas túneles en su techo,
que ya no tienes que llamarte en vano
Gastón o cosa parecida, dime,
¿te parece la amistad lo que intuiste?
¿Dónde comienza? ¿Dónde termina?

Estoy liado, maestro, en este tema,
y al margen de la objeción primera
––perdona también mi ateísmo defensivo–– tú,
que por recitar a Mallarmé quedaste sin “amigos”,
que ciertamente conociste entonces
la retardada tarde amoladora, dime,
¿cómo ves el asunto con la visión celeste
y el legendario aplomo del elegido?

La amistad,
¿comienza en el espulgo del primate
para acabar en el primate aseado,
para hacerlo en la inteligencia, o
dilata en la imagen su sino?

Lástima no haber llegado a tiempo
para hablar contigo sobre esto
en aquel cuartucho madrileño, testigo último
de tu decadencia física, tu soledad sumaria,
el salto de tu alma migratoria
a esa unicidad magnífica
donde integrada vibra.
Lástima no haber entonado,
ante el augusto laurel que verdeaba
recóndito en tu gris estampa,
un salmo blanco de palmarias dudas
y un sostenido y amigable
¡Gracias!      

En cualquier caso, estés donde estés,
te escucharé mientras escribo.
Y aunque no entendí del todo
aquello que inocente gravaste en la arena:
El pez vencerá al arquitecto,
me haré pez, y como tú jugaré, por qué no,
con el gato del Conde Cagliostro:
Tamerlán, del que no sabemos el color
pero sí que, como bien viste,
sólo comía melodías de Schubert
y versos de la Dickinson.



II
(La amistad,
¿comienza en el espulgo del primate
para acabar en el primate aseado?)



            …¿no es ésta la medida exacta de tu cuerpo?   
                                                    Gastón Baquero


… la mañana debió ser homologada.
Debieron abstraerse el jaramago y el oso hasta lo Otro
para que el avispado primate, casi sujeto ya,
quisiera y pudiera conocerlos… conocerse.
Es cierto que el emergente Yo,
frente al frío que asolaba sus afueras,
debió proyectar simetrías sin cautelas o remilgos.
El espulgo inicial fue básico, fruto
de las primeras inclemencias del miedo
en el imperio del hambre.
Pero el primate aseado,
ya con los sesos y las manos libres
de escozores contingentes,
comenzó a imaginar que aquélla,
pautada por el rigor insecticida,
no era la medida exacta de su cuerpo.  
Explorador primero en lo otro-semejante,
hábil espulgador en el espejo
pero poseído por su imaginación frenética,
proyectó su párvula inteligencia hacia lo otro-Otro
y quedó desamparado ante el abismo.
Ya no bastaba un igual que lo rascara,
debían juntos comulgar ante su invento.
Entonces el otrora primate, con la conciencia estanca,
mas de la conciencia universal apercibido,
intuyó la dimensión de su tragedia.
Ya no precisaba un ayudante, precisaba un amigo.
Alguien que rascándolo supiera
––por sentirlo también–– paliar su miedo;
que ya no acababa en la pulga,
ni en el tigre, ni en la hiena,
sino en el cielo.

No sé si apruebas mi relato, maestro,
pero sabrás apreciar que me lo creo.
La amistad no acaba en el primate aseado.
Y no nace en su asueto, su escozor, su hambre,
––aquello era útil y simple compañía––
nace en la necesidad indeclinable
de articular una imagen poderosa
que anteponer a las temibles fauces
de la imagen suprema que había colocado
como espada de Damocles
sobre su álter ego.


III
(¿Acabará en la inteligencia?)


                             … la llave del corazón está en los ojos,
                             como está en la raíz la figuración del árbol. 
                                                                Gastón Baquero


… tal vez nació a la par que la inteligencia,
noticiando el frenesí de su sexo: la imaginación.
O quién sabe si a la par que la imaginación,
noticiando su instinto suicida: la inteligencia.
Pero la amistad no es otra cosa que amor,
y el amor puede fornicar con la razón
sin darle jamás un beso.
La amistad acabará en la inteligencia
sólo si en ella acaban el amor y el hombre.
Pero el amor, sucio, ácrata, que no besa
a la fría dama de rutilante vulva,
aun como tu mendigo vienés, maestro,
con la mano tendida hacia la nada,
sabrá perseverar entre las piedras
para inclinar el coito, por estelar que sea
hacia la vida.

Sí, la llave del corazón está en los ojos
protegida del bedel y del contable.
La amistad no acabará en la inteligencia
mientras ésta conserve en su entrepierna
un (re) celo animal para el amor.

Sólo si la inteligencia encumbrara su imagen
sobre aquella mano tendida hacia la nada
hasta de Nada colmarla; sólo
si la imaginación consumara su instinto suicida
tornándose inteligente; sólo
si la inteligencia renunciara a su sexo mejor
en arrebato onanista,
la amistad se rendiría al artificio.
La inteligencia, sólo si artificial pudiera
––en falsa castidad representada––
penetrar el cubil de la amistad
a tiro limpio.
         
Entonces, maestro,
––en esto sé que estamos muy de acuerdo––
jaque mate.
No habría cataplasma bastante
para el huraco ciego.


IV
(¿En la imagen dilatará su sino?)


                          … si un ruiseñor perece tú resuenas… 
                                                      Gastón Baquero


…¿y quién duda que se trata de una imagen?
La amistad es una imagen perfecta,
tiene las dosis precisas de razón y de locura.
Tanto nos acostumbramos a ella
––chalados razonantes––
que seríamos incapaces de extinguirla
por mucho que limpiemos la trastienda.
Si la ética a que torcimos finalmente
en el tótum revolútum de Alejandro,
nos condujo a una bondad juzgada
con la amistad en el escaparate;
la imagen que perduró atrincherada
en el sujeto conciente-que imagina
enfrentado a su rampante perimundo
de cielos y seres multiformes,
nos condujo a la amistad más honda,
la menos descifrable, la que resulta
en la razón tierra de nadie.

Ésa, la oscura, la parda,
como el amor va con el hombre
resuelta en una imagen invencible:

Soy, pero estoy solo
frente a mi ser y su inmensa periferia.
Y esta soledad me desampara, me agota.
Si pudiera refugiarme, extenderme en ti
seríamos nosotros: pequeña infinitud
que nos trasciende, nos reescala,
de lo inmenso incognoscible
nos defiende.

Lo dijo el gigantón argentino, maestro,
un hombre es siempre más que un hombre
(aunque) siempre menos que un hombre… Pero
dos, tres, cuatro… varios hombres
que reescalen su pequeña infinitud,
¿no podrían, juntos,
hombrear sobre sus límites?

Claro, resonar si perece el ruiseñor;   
yacer prestos en el nido de Júpiter.
La imagen nos guardará, seguro.
Todos fuimos redimidos en Aquiles.
Todos ganamos en él
un muy distinto talón. 




viernes, 15 de agosto de 2014

Incesante amistad


























                                                                                                Para Pedrito, Luisito y Brito

 

Cuando supo que comencé a leer la obra de Abilio Estévez, mi gran amigo Pedro Luis Brito, que hace más de veinte años vive en Wyoming, compró “Inventario secreto de La Habana” y “Tuyo es el reino”, los metió en un sobre y me los envió a casa. ¿Existe algún regalo con más valor que un libro? Por supuesto, dos libros (río)… y la amistad, que es una de las más especiales y sabrosas variaciones del amor. Así que en aquel sobre acolchado llegaron dos excelentes obras que dieron cuerpo a un gesto de cariño que me resulta muy familiar. Lectura y amistad, saber y amor, pares perfectos para humanizar el tráfico de carga aéreo. Dos libros impresos en papel, dedicados de puño y letra por alguien que te quiere mucho, a quien quieres mucho, viajan unos 7.800 kilómetros para dar fe de que el hombre es un amante sin remedio, y si ha experimentado la amistad con hondura, quedará prendido a ella como un drogata impenitente.

Pocas cosas me enorgullecen tanto como mis amigos. Pocas me hacen tan feliz como comprobar en mis hijos capacidad y dotes para la amistad. Ante ella soy romántico, sin dudas, decimonónico incluso. Experimento una pasión anacrónica, propia de aquellas épocas en que el alma superó con creces al espíritu, y el hombre escuchó detenidamente a su ser más recóndito, dejándose llevar por él adonde los verdugos de la medida y la corrección jamás hubieran consentido en tiempos de juicioso y convenido aplomo. Entonces, para mis demonios (el relativista, el postmoderno, el escéptico) tengo un exorcista infalible: la amistad. Mi panda del XIX lo sabe. Está compuesta por seres que aman como yo, de una manera acaso anticuada, pero capaz de generar un flujo intercontinental de libros con dulces dedicatorias que desoriente a los más sofisticados misiles de la modernidad.

Y todo esto ¿en qué medida puede interesar a quienes me leen aquí? Bueno, esta nota también es romántica, o sea, una invitación al “desatino emocional” nacida en lo más mío de cuanto doy. Quién sabe si al otro lado de la maraña de ondas electromagnéticas que nos une (o no) hay algún revoltijo cordial, que, sincronizado con un alma del ochocientos, o quizás del medioevo, esté esperando que en cualquier rincón del mundo se libere su espoleta para detonar, o sea, buscar un libro, dedicarlo amablemente, y dar a un amigo grande su merecido.

Cuando soy puro espíritu y obro en clave neoclásica, o cuando descreo metódicamente, o cuando soy correcto y atiendo finos consejos literarios, evito escribir desde ángulos estrictamente personales, biográficos. Hay importantes autores que en esto fueron integristas. Decía, por ejemplo, Benn: “Si usted le quita a lo que ha rimado todo lo que tenga que ver con sus sensaciones y sentimientos, lo que queda, si es que queda algo, eso tal vez sea un poema”. Lúcida observación, muy útil si no se saca de quicio. Pero si se trata de celebrar la llegada de unos libros desde Wyoming, cuidadosamente dedicados por mi hermano Luisito; si se trata, además, de cursar una invitación a que nos dejemos llevar por el romántico que mal vive relegado en nuestra consciencia, ajustado a los rigores de un tiempo sin claros asideros afectivos, y de ese modo hagamos recordar a quien amamos que está vivo, cuando menos, porque vive en nosotros; entonces me demasío, me pongo la chistera, la levita, agarro el bastón de más historiada empuñadura, y en franco criollo mando al carajo a los aguafiestas para decir después, o gritar, si lo prefieren: ¡Estos amigos!... Qué lujo. No cesan. No vacan. Ni Bóreas en su versión pin-up pudo con ellos. Soy suyo. Son míos.



viernes, 8 de agosto de 2014

Naïf, de José Kozer


































Hace unos días, después de haber escrito “Bajas pasiones en la cabaña poética del castellano”, di en la red con dos entrevistas extraordinarias y muy oportunas, parecían un puntual regalo: la una (escrita) al poeta español Juan Carlos Mestre, por Lázaro Tello Pedró; la otra (en vídeo) al poeta cubano José Kozer, por Cristina Ruiz-Poveda. Aunque se trata de poetas que tengo leídos, las entrevistas me llevaron de nuevo a sus obras. Al final les indicaré ambos enlaces, pero ahora quiero hablarles de la poética de Kozer, quiero invitarles concretamente a que lean uno de sus libros: Naïf, el número 5 de la Colección de Poesía de la editorial madrileña El sastre de Apollinaire. Lo busqué en Valladolid y no lo encontré. Sí en Madrid, en la librería del Círculo de Bellas Artes. Lo leí rápidamente, claro, y, como soy incorregible, quiero llevarlos a él.

Naïf… Quienes me conocen saben la importancia que doy a los títulos de las obras literarias. Sobre todo en poesía, estoy frontalmente en contra del nominalismo en ellos, por sonoro, amable o conveniente que resulte; conveniente, digo, desde el punto de vista comercial. Entonces ¿por qué me parece tan apropiado este título como pórtico a la poesía menos naíf que podamos imaginar? Kozer, ya con el título comienza a engatusarnos. Aquí nada es meridiano. Aquí la exactitud es siempre lateral, oblicua. Primero, utiliza la voz francesa, coloca una diéresis y pone cara a la “i” con esos ojitos que parecen mirar, incluso reír socarronamente, como preguntando: ¿parezco lo que no soy? Después, titula Naïf a 31 de los 33 poemas que integran el libro. No se trata de actos de un mismo y largo poema (¿o sï?, veremos) sino que cada uno de ellos lleva el mismo nombre como si se pretendiera redundar en él para redorar el amaño. Los buenos lectores lo pillarán sin demora: el título es una verónica escueta, pero barroca, para los toros bravos, los nobles, los que juegan y quieren ser perfectamente camelados. A los mansos, que buscan la lógica rendija para el abandono, y más que jugar quieren saber (sí, yo, pero sólo aquí como comentarista, quede claro) el poeta les va dejando pistas suficientes. Dice, por ejemplo, al inicio del tercer poema: “Concédeme/ Pan/ un/ verso”, pero matiza más adelante: “Pan, sé Orfeo”. Y es que la poesía de Kozer es cualquier cosa menos salvaje o ingenua. No puede serlo, cuando el poeta maneja y gobierna con tal precisión, en una mano el buril y en otra el estilete. Entonces ¿el título? Una delicia, perfecto umbral para el período lúdico a que somos invitados; primera noticia de que entramos en la casa del mago. Porque Kozer no es ingenuo, pero sí mago, un rato largo. Es como si en la entrada de un parque de atracciones se rotulara “Clínica Dental” con letras negras y rojas; pero en sentido contrario, porque detrás de este gracioso título nos espera la alta poesía. Como entremos al libro esperando solazarnos amodorrados en la palabrería cariciosa, lo llevamos claro… ¿Naïf? Sea, maestro. Entramos al ruedo para ser estocados.

Naïf… Como seguramente saben, en algunas tribus alejadas todavía de la civilización occidental, el impulso nominal es tan grave, que el verdadero nombre de los individuos se escamotea a los extraños, jamás se pronuncia en público, porque se piensa que quien lo conozca estará automáticamente en posesión del alma nombrada, pudiendo desajustarla a su antojo. El nombre conocido es siempre falso. El verdadero es impronunciable, permanece al margen de todo comercio social. No conozco el nombre secreto de este libro. Bien pudiera ser, por ejemplo, “Guadalupe enamora a Proteo”, o “Ando caliente”, pero en cualquier caso, sea cual sea, tendría que serlo de toda la poesía de Kozer. En el prólogo de la antología “Y del esparto la invariabilidad”, que le publicó Visor en 2005, Reynaldo Jiménez dice: “…(Kozer) está escribiendo, desde hace décadas, un solo poema que es único verso que, a manera de kakemono omnívoro, al rigor de sus goces verbales, se inscribe en la celebración de la multiplicidad.” Estoy muy de acuerdo, pero digo más. La mayoría de los poetas en todas las lenguas llevan milenios tratando de escribir (decir, cantar) versos para la misma y única pieza. Entre Safo y Kozer median algunas estrofas de ese Gran Poema. Sucede que muy pocos lo logran, porque para ello hay que tener perfectamente sincronizados los relojes solar y de arena, hay que saber leer el tiempo, manipularlo según convenga: dilatarlo, detenerlo, estresarlo… controlarlo en fin, si esto es posible, para hacer una muesca en el cuadrante exacto. Y como si ello fuera poco, para tener éxito, el relojero pensante debe intimar de continuo con la Gracia. Kozer ya hizo su muesca, tan sucia y compleja como su cuadrante. Su único poema no es más que un necesario, imprescindible sobresalto en el Grande-nuestro-de todos los tiempos. En ese sobresalto impera el colmo barroco de su lengua, con sus atalayas grecolatina y semita, pero también condimentan los polvos hiperbóreos, germánicos, las chinerías, las muletillas isleñas. (El tema Cuba dejémoslo. Es importante, pero no cabe aquí. “Circe, te llamas Cuba”, dice el poeta. Que nos baste eso por ahora) El libro que les recomiendo es un magnífico ejemplo de este magistral ajiaco. Pienso para el potro más vivo de Crono: “(jamás, azul)” jamás Darío, jamás pop, jamás naíf…

Naïf… Terminé el libro y fui corriendo a Dante. Suelo drenar en él las conmociones fuertes. Hay muescas muy hondas en el Gran Poema que nos sirven de lenitivo. Pero mientras danteaba una vez más buscando relajarme, remolonear aplomado “donde el tiempo con tiempo se repara”, Kozer, como si fuera un jodedor empíreo, me trepaba por la espalda percutiendo en mi nuca, acomodando su espejito sobre “la (mi) sien izquierda”. Entonces supe que debía contarlo, que debía invitarlos a este libro. Léanlo. No será fácil. Voy a ser claro: hablamos de una poesía aristocrática, no primorosa, ojo, no relamida, por Dios, sencillamente aristocrática; esto es: una poesía donde la heredad lo es todo, recibida, incubada y proyectada; justo porque resulta magistralmente puesta a punto en un tiempo concreto (el suyo) para que siga siéndolo siempre. No encontrarás más vanguardia que ésta en castellano, y al mismo tiempo, no te apartarás un ápice de su mejor esencia. Poesía de tu tiempo, lector. Perfecta muesca para premiar tu esfuerzo. Si lo haces, si te esfuerzas con nobleza y codicia, saldrás del libro con una sonrisa. Agradecerás haberte prestado al magnífico juego, y tu gesto (quién sabe si naíf, él sí) me habrá descargado. Algunos pensarán: Con tantos hilos “Nosé Coser”. Pues apúntense al cursillo de alta costura que imparte en castellano el avispado y valiente sastre de Apollinaire.      

Naïf… “Sed capitanes en latín ahora/ los que en romance ha tanto que sois duces”.