lunes, 7 de septiembre de 2015

China: azotea para cabras






  
Confieso que cuando vi la imagen que acompaña esta nota, (ese edificio-colmena: otro perpetrado contra la arquitectura en nombre de la construcción especulativa que inunda nuestras ciudades; y, para mayor escarnio, con aquel “tocado pétreo”, una suerte de natilla verdinegra, musgosa, que parece detenerse para la foto justo antes de chorrear por la fachada como si de un magma vengador se tratara) reí. Creí que era una broma: uno de esos excelentes fotomontajes digitales que confunden al más pinto. Pero después me sentí impulsado a investigar el tema, porque en los días que corren, cualquier evento de tal guisa que lleve bandera china o del Medio Oriente petrolero, merece un sitio entre las noticias posibles. Por raro y extravagante que parezca, pudiera estar ocurriendo.

En efecto, ocurre. En las tres dimensiones espaciales que percibimos y podemos medir, y en este tiempo nuestro, también mesurable, que atravesamos y nos atraviesa, o sea, en el segmento espacio-temporal donde somos, y al que solemos llamar Realidad, un multimillonario chino coronó el referido mamotreto de hormigón con un decorado de cartón-piedra que recrea un parque idóneo para cabras monteses. Vaya, como si hubiera extraído un testigo amorfo de la Sierra de Gredos para regalarle una “pamela encantada” a la omnipresente caja de hombres y mujeres, esta vez posada en un rincón de Pekín. Es cierto. Y aunque en los últimos tiempos, por cada segundo que transcurre miles de niños muerden a otros tantos perros, una mordida como ésta merece que nos detengamos, como mínimo, a reír con amargura. Pero asimismo, por qué no, a celebrar irónicamente (¿qué otra manera cabe en estos casos?) nuestra disposición a transformar la decadencia en espectáculo, cueste lo que cueste.   
   
También confieso que después de reír torcí el gesto. Pasé unos quince minutos buscando el Tao-Te King en mis anaqueles, y otros noventa releyéndolo con serenidad en pos de un alivio chino para la dicha (co) chinada. “Elevarse sobre la punta de los pies, no es precisamente tenerse en pie”, dice Lao-Tse… ¿Pero estos hombres se olvidaron de sí mismos? Parece. No sólo en Occidente la desmemoria avanza a troche y moche. Ni sendero ni línea recta. Los chinos todavía escupen en la calle y se comen a sus perros, sin embargo, cada vez respiran peor porque van detrás de los falsos pitagóricos con los párpados apuntalados, sometidos a una luz vespertina que ciega. “El exceso de impresiones visuales embota la visión.”, decía su maestro, pero no están los tiempos para templar el ánimo al calor de tales advertencias. ¿Cuánto teorema de Pitágoras, y cuánto arrebato contrario al pensador samio, hicieron falta a la vez para levantar New York o Las Vegas? ¿Por qué iban a someterse ahora los chinos al recetario taoísta, en un planeta panzudo y nalgón por arriba, magro por abajo, que gira a una velocidad inhumana, que traga fósiles y defeca máquinas con un metabolismo propio de gansos?  

Lao-Tse y Pitágoras fueron contemporáneos en una época otra y lejana. Ambos están tristemente jubilados hace mucho. El ascetismo y la estupidez son púgiles irreconciliables. Hay un claro vencedor en nuestro asalto. El cinturón dorado del campeón ciñe al orbe. No me extrañaría que muy pronto los masai otorgaran la mayoría de edad, no a quien cazara un león, sino a quien se lo comiera de una sentada. Ya no la metafísica de nuestros mayores, (su “cantaleta”) ni siquiera la geometría o la hidrostática del siglo VI a. C. parecen servir a los tecnócratas modernos, tampoco a los millonarios.

¿Para qué pudieran valer entonces las azoteas de sus anodinos edificios? Para que se repitan, claro, para que se gusten y amplifiquen; para que los chinos críen cabras monteses sobre sus cabezas, y las salven de la extinción si en Gredos prospera la sarna de manera irreversible. Esos ungulados no serán tan tiernos y listos como los osos panda, pero no sólo comen bambú, están más locos, y se ven mejor desde los satélites. ¿Comerán cartón-piedra? Cuidado…  

…Ah, ¿que lo van a desmontar? ¿Ahora, después de entusiasmar con el ensayo, incluso, a los regresionistas? Qué aburridos son los funcionarios que velan por el urbanismo industrial, por el raso coronamiento de sus unidades. Total, si según Montaigne, hace mucho vivimos en “la inmundicia y el lodazal del mundo, lo peor, lo inferior, la parte menos viva del universo, los bajos de la casa”, ¿qué puede importar un experimento más en su buhardilla?

Gobernantes chinos, consideren que sus súbditos llevan milenios musicándose con sólo cinco notas, dos menos que nosotros. No les pidan mayor austeridad. No les quiten ahora el placer de encarnar por un tiempo (ya sin murallas que embocen sus logros) la vanguardia del hombre, que, según Pope, ya se sabe: es “la gloria, el hazmerreír y el enigma del mundo”.



  

martes, 1 de septiembre de 2015

La lombriz del shōgun






  
Wabi, reverencio el surco que deja a su paso…

José Kozer




I


La torii de Nikkō Tōshō-gū, santuario levantado en el XVII para dar merecido cobijo al espíritu del shōgun Tokugawa Ieyasu, lleva un tiempo cambiando de color. Adquirió una capacidad iridiscente que tiene igual de preocupados a guardianes, fieles y funcionarios de la Prefectura. Una detallada pesquisa descartó que sobre ella se estuvieran proyectando imágenes desde algún secreto lugar. Se revisaron las copas de todos los cedros que conforman el magnífico bosque circundante, los tejados de cada uno de los templos y demás edificios próximos. Nada. La energía que provoca el efecto luminoso tiene una fuente interna. La torii es de bronce, ¿cómo puede pasar esto?, se preguntan todos. Por las mañanas aparecen leves destellos azules sobre el kasagi y el shimaki. Por las tardes el pórtico al completo cambia de color varias veces, sin que se puedan relacionar los intervalos cromáticos con un fenómeno desencadenante de naturaleza atmosférica o humana. No sucede siempre. Nada permite acotar el hecho para facilitar su sometimiento a una cadena causal con base científica. Se trata de la manifestación numinosa del kami, está claro, pero ¿por qué así… ahora?  



II


Eugenio, mulato achinado (mitad japonés, mitad habanero) en abril del 85 se fugó de la embajada cubana en Tokio, donde llevaba más de veinte años trabajando como traductor en la Oficina Comercial. Unos días antes de su desaparición, quedó por la mañana en el vestíbulo del flamante Akasaka Prince Hotel con Pepín (su sobrino, ingeniero eléctrico invitado por la UNESCO a la Exposición Internacional de Tsukuba) para conducirlo a las dependencias del consulado y presentarlo al cónsul, quien debía leerle la cartilla en todo lo concerniente a su estancia en Japón, que, aunque nada tenía que ver con el gobierno de Castro, sería controlada por éste.

Pepín lo aguardaba con una cajita en la mano, cuidadosamente envuelta en papel periódico, ventilada a través de unos agujeros de pequeño diámetro. Después del primer abrazo, (los hombres no se conocían personalmente) y antes de la puesta al día en los asuntos familiares, Pepín entregó el encargo a su tío, que le pagó con su mejor sonrisa, su apretón más intenso y demorado. No la abrió en el hotel. Fueron a un restaurante cercano, y mientras comían paella, pues al recién llegado el resto de platos le parecían muy extravagantes, Eugenio comprobó que dentro del cofrecillo de cartón, entre humus y trozos de seda roja, estaba la lombriz que esperaba. La sobremesa fue larga. Después de tranquilizar a Pepín, (no se comería al anélido, ni dejaría que nadie lo hiciera) tuvo que explicarle, aunque fuera sesgadamente, el porqué de su rara petición.



III


Kenta, el abuelo de Eugenio, llegó a La Habana en 1921. Solo. En aquel momento nadie pudo explicarse cómo lo hizo. Era muy joven y parecía pobre. Aunque él jamás lo aceptó, y torcía el gesto con la simple mención de semejante hipótesis, se sospechó que huía de las guerras imperiales que a la sazón libraba su país contra Corea y China. Kenta era de Nikkō, una pequeña localidad japonesa que actualmente forma parte de la Prefectura de Tochigi. Poco más se supo a su llegada.

En su nueva ciudad casó con Aleja, guapísima negra de la barriada de Lawton que tocaba el piano como una diosa y siempre vestía de impecable blanco. De aquella relación tampoco conocemos mucho, pero sí que Aleja dejó la carrera musical, y Kenta dedicó el resto de su vida a un pequeño negocio vinculado con las artes de pesca. Tenía en su patio una potente cría de lombrices que vendía como carnada a pescadores profesionales y deportistas.

Eugenio, único nieto del comerciante nipón, heredó directamente el patrimonio de su abuelo. Su padre nunca se interesó por negocios al menudeo, y emigró a New York en los años cincuenta abandonando a su familia. Cuando murieron los abuelos Kenta y Aleja, el patio de la casa familiar, sede de su decadente actividad comercial, quedó en manos del joven Eugenio.

Incluso en épocas complejas para el pequeño negocio, (ya en los sesenta el régimen cubano los repudió primero y los persiguió después con eficacia) Eugenio mantuvo el suyo. Vendía todo tipo de artilugio para pescar, incluidas las carnadas vivas de siempre. Cuando lo destinaron a trabajar en Tokio, dejó el negocio a su hermana, Akane, la madre de Pepín, quien forzada por la vigilancia castrista, y un poco también por su marido, (aunque contrario al gobierno, coqueteaba con él por conveniencia) lo fue reduciendo poco a poco. En ausencia de Eugenio, Akane mantuvo sólo unos pocos clientes de mucha confianza. Pepín nunca se vinculó con el asunto de la pesca. Iba para ingeniero. No le interesaban las casuchas ruinosas del patio, los cacharros y redes que en ellas había, aquellas bateas de tierra podrida, donde, de vez en cuando, trabajaba su madre.      



IV


Akane preparó la cajita con una delicadeza nipona, como si sirviera el té. En ella introdujo una lombriz muy rara: rubia, medio transparente, de un linaje especial. A Pepín, que jamás reparó en las lombrices, no era su apariencia lo que más le preocupaba, sino los controles aeroportuarios. Nunca había salido de su isla, pero había escuchado muchas historias con relación a los decomisos en las aduanas de los aeropuertos. Temía que le impidieran salir de Cuba con semejante carga. No sabía qué podía suceder con ella en la escala mexicana, o a su llegada a Tokio. Su madre le pidió que llevara el encargo en el equipaje de mano, con mucho cuidado, como si fuera un pequeño útil de trabajo o un medicamento. Compungida le preguntó si lo volvería a ver. El chico le aseguró que regresaría.
  


V


En el 64, recién llegado a Tokio procedente de La Habana, Eugenio conoció a una gimnasta rusa que abandonó su equipo olímpico para quedarse en Japón. Años más tarde se casó con ella. En la embajada cubana no vieron con buenos ojos que se uniera a una reconocida desertora del “Paraíso”. Alguna perreta protagonizaron los más integristas, pero el asunto Irina, al parecer ya medio olvidado por los propios soviéticos, se había enfriado bastante cuando Eugenio la llevó a su casa.

Irina murió a comienzos de los setenta debido a una rara enfermedad, sin un diagnóstico preciso. Eugenio albergó siempre las peores sospechas con relación a sus causas, pero no pudo hacer nada al respecto. No habían tenido hijos. Irina era estéril. Otra tara. ¿Casual? El caso es que Eugenio vivía muy solo en Tokio cuando apareció Pepín con aquella lombriz rubia.

Antes incluso de que su sobrino regresara a La Habana (estuvo un mes recorriendo Japón) Eugenio desapareció. Jamás volvió a su puesto de trabajo. Nadie supo de él hasta que el propio Pepín lo encontró, veinte años más tarde, en el penal de Fuchu, Tokio. A Eugenio se le relacionó con un crimen en Utsunomiya. Fue declarado culpable de matar a un exfuncionario soviético; alguien que trabajó durante muchos años como diplomático de su país en Japón, y que después de la desaparición de la U.R.S.S., se quedó en aquella ciudad ejerciendo como fotógrafo profesional.



VI


Pepín, que desde mediados de los noventa no vivía en Cuba, en el 2005 regresó a Japón para buscar a Eugenio, porque su madre, muy enferma en La Habana, le contó por teléfono algo que el tío había obviado en aquella intensa (y extensa) sobremesa del 85. Pepín quería más datos sobre el origen de Kenta, su bisabuelo; quería saber más sobre la lombriz que había llevado a Tokio en los ochenta.

Eugenio también se moría. Tenía cáncer. Había rogado que lo dejaran terminar sus días en la cárcel porque nadie lo esperaba afuera… Pocos detalles obtuvo Pepín de su tío. Pero éste le contó lo más sustancioso: ambos tenían sangre de "príncipe". Kenta descendía del mismísimo Ieyasu. Era uno de los guardianes de su Santuario cuando tuvo que huir de Nikkō por haber matado, sin intención de hacerlo, a un curioso extranjero que profanó, también sin empeño alguno, el parterre sagrado donde vivía, especialmente atendida por el joven, la lombriz rubia, entonces considerada una suerte de intermediario ante el kami por muchos seguidores sintoístas del célebre shōgun.

Kenta empujó al curioso (un historiador inglés especialmente autorizado por el emperador a investigar en los santuarios de Nikkō) para que no siguiera mal pisando. Desafortunadamente, el hombre se golpeó la cabeza con la roca donde se cree habitaba el espíritu del kami. Murió al instante. Kenta tenía diecinueve años. Se avergonzó. Se atemorizó. Huyó. Llegó a Tokio para pedir protección a la rama más influyente de su familia materna. Poco más se sabe de aquello. Pero Eugenio, que retenía los datos clave de la historia, esta vez en un japonés clásico, le contó que el joven (su abuelo Kenta) fue escondido en la embajada polaca. Debió llegar a Polonia meses después. Y con unos judíos locales que emigraban a los E.E.U.U., embarcó en un trasatlántico con destino a… Era verano y 1921. Kenta debió quedarse ilegalmente en Cuba aprovechando una escala de aquel barco en La Habana.

No se sabe cómo pudo enamorarse (si es que lo hizo) de Aleja, por qué casó con ella; tampoco cómo se las arregló para llevar la lombriz rubia hasta su isla adoptiva. Nunca se vendió allí ningún ejemplar de su prole: lombrices intensamente doradas, rarísimas. La distinguida cepa medraba en una batea independiente (la mejor atendida) y sólo Kenta se ocupó de ella mientras fue válido para hacerlo.

Se acercaba el carcelero para dar por concluida la visita, cuando Eugenio, aferrado al brazo de su sobrino, (tal vez intuyó que no lo vería de nuevo) le confesó dos cosas de muy distinta índole: Mató a ese hijo de puta ucraniano porque supo que envenenó a Irina por órdenes de la KGB. Nunca se arrepintió. Y en el 85, cuando se evadió de la embajada, llevó la lombriz traída de La Habana a los pies de la torii de Nikkō Tōshō-gū. La dejó bajo los cantos próximos al pilar izquierdo… Ya casi sin tiempo para hacerlo, (el guardia había descargado gravemente la mano sobre su hombro) le pidió a Pepín que fuera al Santuario, que tratara de comprobar si la lombriz había logrado prosperar allí. Le pidió también que si apreciaba algo que pudiera relacionarse con su presencia, volviera y se lo dijera.



VII


Pepín no hizo caso a su tío. Era muy escéptico al respecto: ¿Podía una lombriz, por muy especial que fuera, vivir casi un siglo? Entonces ya residía en Miami, donde trabajaba como ingeniero en la filial floridana de la Lawton Company. Había comprobado lo que le importaba: era descendiente de un guerrero nipón. No tenía tiempo para otra cosa. Además, ¿qué efecto puede provocar una lombriz albina sobre un pórtico de bronce? Ninguno. Seguro. Los ingenieros no participan fenómenos paranormales, no se atienen a tales pamplinas.

Pepín es escéptico con todo lo ajeno al cálculo, pero no vive tranquilo. Teme por su salud mental y la de sus hijos. Cree que arrastran una propensión genética a la magia y el oscurantismo. En su familia materna, casi todos fueron de alguna manera rehenes de la singular lombriz del bisabuelo. Y los que no, estuvieron siempre a expensas de la caprichosa voluntad de los orishas.

La última vez que habló con su madre por teléfono, poco antes de que muriera en La Habana, Akane deliraba como poseída por la terca pasión familiar. También en japonés, (los mayores preferían hablar en este idioma antes de morir) le contó que estaban sucediendo cosas raras en la batea del almácigo. Sí, aquélla, donde todavía tenía y cuidaba algunos ejemplares de la cepa mestiza, en ocasiones tornasolaba. Por las mañanas cambiaba de color varias veces. Por las tardes emitía unos destellos azules. También había observado que, cuando esto sucedía, las piedrecillas que aún permanecían en el altar de la abuela Aleja como ella las había dejado, se movían. Los dientes de tiburón temblaban…    
     


(la lombriz)
Sin cesar traza en la tierra
el rasgo largo, inconcluso,
de una enigmática letra.

                                                                     Carrera Andrade





lunes, 17 de agosto de 2015

Recuerden






Hace unos días, en vídeo y a través de una red social, di con la puesta en escena de “In Memoriam”, magnífica obra de Sidi Larbi interpretada por el Ballet de Montecarlo, con la actuación protagónica de la que fuera su primera bailarina durante muchos años: Bernice Coppieters, y la participación especial (voces en directo) de A Filetta, ese estupendo coro corso.

Nada mejor para experimentar vivamente el influjo de la memoria genética. No de la biológica, (Lamarck / Darwin) sino de la psicológica, cuyas primeras referencias teóricas me llegaron a través de Jung. He visto y escuchado este vídeo un número de veces que callaré por rubor. Y es que remueve en mí algo que no puedo explicar del todo, que me desactiva en tanto mero sujeto sensible, para devolverme a un estado de primitiva inconsciencia: allí, donde al parecer me abarca lo que Jung llamó la “imagen primaria heredada (…) algo previo a toda experiencia y [que actúa] por encima de ella”. Nunca antes participé una obra parecida, y, sin embargo, siento que ésta me colma en todos los sentidos, me contiene y habilita. ¿Por qué? “El hombre lleva siempre consigo su historia toda y la historia de la humanidad”, decía Jung; y añadía: “todo lo antiguo de nuestro inconsciente presupone porvenir”. “In Memoriam” debe movilizar mi psicología primaria y arcaica con sus múltiples sedimentos. Y por el flanco menos bestial de la filogenia, el que atañe a la costra psíquica, al parecer logra conectar con lo más fantasioso y estructurante de mi inconsciente. Cuando escucho esta música creo saber quien soy (fui / seré). Cuando veo danzarla de esa manera, llego, incluso, a gustarme.

Pocas expresiones artísticas, cultas o populares, resultan tan hondamente mediterráneas como las canciones tradicionales corsas. En estas maravillosas “salmodias” parecen cantar a un tiempo todos los pueblos que tuvieron y tienen que ver con la gran alberca del mundo; esa que nos definió y caracterizó, donde cuajamos comerciando, guerreando, compartiendo deidades de muy diverso tipo durante miles de años. Claro, por Córcega pasaron etruscos, fenicios (tirios y cartagineses), griegos, romanos, vándalos, bizantinos, pisanos, aragoneses, genoveses, longobardos, francos… Esta isla obtuvo (y retuvo) de todos ellos (también de los más continentales) la verdadera esencia mediterránea, dada en la imagen que integra el fuego eterno y la divina olla dispuestos a compartir el espacio-tiempo ad infinitum, confabulados para cocer, con su justo punto de sal, el pródigo mejunje.

En estas voces complejamente amalgamadas, parecen resolverse de una vez las legendarias diferencias entre tirios y troyanos. Así podrían haber sonado David y Eneas si hubieran celebrado cantando a coro las intenciones que tuvo Dido de abolir los distingos entre ambas facciones. De un lado, la tradición semita y persa, del otro la grecolatina, tan contaminada en el tablero de Alejandro. De un lado, el judaísmo y el Islam, (no me malentiendan, no aludo a la simple mensajería divina, o a detalles litúrgicos, sino a la profunda impronta de la lengua). Del otro, el cristianismo católico. Eclecticismo fundante, precipitado a la postre en esos cantos polifónicos con sus timbres únicos, que a veces incluyen sutiles disonancias: sonidos que antes de herir el oído a quien escucha, justo en el instante previo, tuercen en pos de notas ecuménicas, que con-suenan por obra y gracia de los muchos dioses implicados en el acorde. Desde el pastor sumerio al zapatero cartaginés, desde comerciante nabateo al vinicultor jerezano, pasando por el sacerdote cananeo, la pitonisa délfica, la vestal capitolina, el guerrero nubio o el lacedemonio, todos hubieran podido sentir algo similar a lo que siento, si hubieran escuchado a A Filetta entonar sus letanías mediterráneas.

Pero la obra que comento, como es obvio, no sólo nos ofrece música, también danza. Y entonces el resultado es aún más complejo y sugerente, por más inclusivo y universal si cabe. Sidi Larbi, su coreógrafo, es belga de origen marroquí. Un talentoso artista, cuyo marco referencial parece no tener límites ni contener remilgos puristas. Larbi posee una memoria genético-psicológica con muchos puertos, vivísima y obrante. Todo su trabajo lo deja ver con claridad, pero a mi juicio, “In Memoriam” lo hace de manera especial. Aquí se mezclan con gran acierto (dentro de los anchos márgenes culturales que ofrece nuestro mar) Sur y Norte, Oriente y Occidente: lo vernáculo y sacramental, lo académico, palaciego y profano. Todo ello sometido a la exquisitez y el compromiso poético. El coreógrafo lo sabe: la verdad en el arte, si no es poética es falaz.

Larbi en esta obra apunta al mundo desde el Mediterráneo con una ambición que sobrecoge. Su trabajo, (postmoderno, ¿cómo no?) que desde el primer momento asume las tensiones producidas por la combinación de la canción popular corsa con la danza contemporánea europea, clásica y vanguardista a la vez, sostiene una dualidad felizmente inquietante en todos los órdenes: frases coreográficas y movimientos de cada uno de los bailarines, indumentaria de éstos, escenografía, iluminación… Parecen árboles, me dijo Marisela (mi mujer) cuando vio por primera vez la obra. Finísima observación. ¿Pero qué árboles? Los que conforman un oquedal variopinto, y sólo se desarrollan a partir de injertos, muy alejados de cualquier intención casta que implique exclusión por motivos de especie.

Las bailarinas, con Bernice Coppieters a la cabeza, danzan vestidas como para estar en casa, pero sin embargo lo hacen con solemnidad, rozando lo sagrado, en actitud poco compatible con el cotidiano marco doméstico. Parecen árboles, sí. Especialmente la primera figura se me antoja una suerte de eucalipto al que se hubiera injertado la copa de una palmera. Toda la obra en puntas con contadas y mínimas escalas en la quatrième position. Madre mía, qué técnica, qué resistencia. Cuánto restaño emotivo, cuánta contención formal en ese tronco para que la copa vibre adecuadamente con los vientos de A Filetta, para que gesticule con gracia, pero siempre sometida a una verticalidad reguladora. Interesante forma de contraponer severo control y sutil abandono. Aquí el tronco parece de origen cortesano, como llegado de la Italia o la Francia más continentales, incluso de Rusia, pero la copa resulta marinera, mediterránea, simplemente porque se mueve impulsada por esos aires…

Igual de sugestivos, los bailarines. Ellos en algunos casos sin camisa; en todos, sin embargo, con un sayo que invierte los tipos genéricos del atuendo al uso, para conectar con otro mucho más sacro que recuerda en alguna medida al que usan los derviches turcos en sus danzas rituales giratorias. Roles supuestamente invertidos, (ellos también bailan en puntas, con o sin zapatillas) pero que buscan la conexión memoriosa con un imaginario nuestro por los cuatro costados.

Tanto si asociamos la imagen que propone la obra a una compleja dialéctica entre troncos y copas con muy diferente pedigrí, unidos en árboles que danzan con la música idónea; como si la asociamos, por qué no, con otros elementos de parecida estirpe (se me ocurre, por ejemplo, que bien pudiera sugerir mástiles de barcos con distinta procedencia, que, finalmente arrumbados, izan velas) su lograda y eficaz escenificación poética puede incluirnos a todos; cuando menos, a todos los que compartimos las raíces de la cultura mediterránea. Por eso “In Memoriam” nos inquieta y acomoda a la vez, nos explica y colma.

Un sostén clásico para la más compleja y genuina expresión vernácula. Sidi Larbi, A Filetta, Bernice Coppieters y el Ballet de Montecarlo, logran en esta obra la perfecta pausa universal para el incesante agon mediterráneo. Toda la sustancia en liza toma forma en un intermezzo creíble y provechoso entre pasado y futuro.

Me siento íntegramente representado en este Babel danzante que parece inmune al desplome, pues no se eleva con graves lienzos de piedra, sino a través de una leve maroma que evoluciona al viento. Leve, no por banal, por marinera. El Mare Nostrum tiene infinitas ventanas para aires maromeros. Qué bien ventila cuando se abren. Cuánta esperanza rehabilitada en esta placentera brisa… “In Memoriam”. Véanlo. Escúchenlo. “Todo lo antiguo de nuestro inconsciente presupone porvenir”, recuerden… ¡Recuerden!

Para ver y escuchar el vídeo, pulse aquí


lunes, 10 de agosto de 2015

Las flores de Antonio






                                                       Para Jorge Tamargo

Marpacífico de mi infancia,
si el destino se posara en tus ojos,
fueran los míos de lo eterno savia.

                                                                             Antonio Piedra


A mi amigo Antonio le dio por dibujar flores. Mi maestro Piedra acompaña sus dibujos con versos. Hace unos días, el amigo me regaló un dibujo con versos del maestro. No un tándem cualquiera, sino otro, compuesto expresamente para mí. Abro un período de público agradecimiento, porque detrás de este tipo de “vicio” (dibujo-versos-regalo) hay mucha más sustancia de la que, a priori, podemos suponer. Si logro darle forma ante ustedes, trascendiendo lo meramente personal, habrá valido la pena.

Quienes conocen a Antonio, sólo, por sus columnas de prensa, se extrañarán al ver este dibujo de una deliciosa ingenuidad y una sugerente brisa (Luis, un amigo común, diría ventolera) femenina. A quienes lo conocemos en otras suertes, también nos extrañó que aparecieran en escena unos dibujos (tiene muchos, los necesarios para conformar un libro) tan entrañables y aparentemente alejados de la faceta más intelectual de su autor. ¿Los hiciste tú?, preguntamos todos. Ni el talibán de las columnas semanales, ni el homo institucional, ni el excelente poeta o el agudo ensayista, calzaban a la primera en este dibujante naíf y afeminado. Mucho menos lo hacía el escéptico empedernido que los penetra a todos. Sólo el abuelo parecía obrar en el “desliz” colorista.

Las flores de Antonio son un enigma... No absoluto, matizo, porque únicamente cierran a cal y canto la puerta de su comprensión a los ajenos o simples. Quienes conocen en alguna medida (por vividos, intuidos o estudiados) los secretos de la madurez más fértil, podrán escuchar a Empédocles de fondo: adelante, adéntrate, “y sacarás del Hades el vigor de un hombre muerto […] yo he sido un muchacho, una doncella, un águila, un pez mudo en la mar”; ven, experiméntalo… Los otros no atinarán. ¿Y esas flores?, imagino se pregunten. Los habrá que esbocen una sonrisa burlona y piensen: quién dibuja esto ha perdido el filo. Ah, pobres… Entonces responderá Jenócrates: “la tragedia no presta oídos a la comedia”. Y Antonio, más irónico si cabe, tranquilamente sacará de su estuche jesuita la navaja de la conmiseración menos franca, y ¡zas!: ¿Qué puedo hacer, hijos míos?, envejezco.

El maestro Piedra dibuja florecillas cándidas, volanderas. Parece divertirse. Pero al pie de cada escena, como quien sujetara la aérea semilla al raso que la parió para dar sentido a las alegres ascensiones con su grave sedimento, repuja unos versos soberbios. Las flores también necesitan de una palabra redonda, que a la vez que ensanche, embarre, cave túneles en tierra. Sin los exactos y telúricos nombres, en vano derramarían su polen. Y cuánta eternidad presagia ese polvillo promiscuo si no se desactiva. “No puedo recordar la sonrisa de los dioses egipcios”, decía Rilke, “sin que se me ocurra la palabra «polen»”. En fin, Antonio es un dibujante naíf y un poeta lapidario: Al aire, florecillas, al aire, pero después aquí, donde las formas y los colores han de someterse a lo que dicten, primero, el Areópago, más tarde el Sanedrín, finalmente el perfecto castellano que habla Cristo. La libertad tiene un precio. Siempre. Y en Castilla, los verdaderos guardas de la palabra, bien que lo saben… lo imponen.

Pero ¿por qué ahora? ¿Por qué Antonio, que todavía anda de tapado espadachín en salones de todo tipo, de animal político en la prensa, de finísimo poeta y ensayista en las bibliotecas de los cuatro gatos que se interesan por tales “desvaríos”, se nos muestra tan blando en apariencia, dedicado a dibujante floral? No lo sé del todo, pero puedo suponerlo. Hay muchos ejemplos capaces de darnos algunas pistas. ¿Estará el hombre preparando un retiro fructífero hacia un escueto vergel de imágenes regadas con amable olvido? ¿Estará ideando una síntesis que drene todos los excesos pasados en un jardincillo capaz de aplacar al miedo, simplemente, coloreándolo? ¿Buscará resolver, o al menos resumir, una existencia compleja por la vía más rápida posible: el placer que engendra la austeridad encantada? Si un “jardín es un resumen de la civilización” (Pessoa), ¿por qué no podría serlo, también, de uno de sus vacantes obreros? ¿O será que Antonio quiere pedirse perdón por algo que desconocemos?

Quién sabe. Me vienen a la mente, por muy distintas razones, Greta Garbo y Audrey Hepburn… Y Marlon Brando, en el papel de Corleone, ya viejo, viendo al nieto correr por los pasillos tan poco ajardinados de su vida. También Tolstoi, que terminó remendando zapatos al margen de todo el lío que tomaba forma en su feudo. Y acaso Cicerón, de quien cuentan que ya pensaba íntimamente en una República doméstica para gansos y cerdos, cuando Antonio (el enamoradizo triunviro) lo mandó a matar, o sea, a callar por un piadoso instante. O Diocleciano, el emperador que inventó la Tetrarquía, aquel que ensayó en una deshecha Roma la primera economía planificada que se conoce en el historia de Occidente, y que, ya retirado, después de ejercer su cargo sólo por veinte años, como había prometido, se fue al campo para ejercer de ganadero y agricultor aficionado. Ah, Diocleciano… tal vez el mejor ejemplo de una evasión sin fisuras. Según cuenta Montanelli, mientras disfrutaba de su retiro, fue invitado a intervenir de nuevo en los asuntos de la Ciudad-Loba, porque arreciaba la debacle de su engendro político-administrativo, en medio de una previsible guerra de sucesión que enfrentaba a quienes habían continuado su obra. El otrora emperador “respondió que semejante invitación sólo podía llegarle de quien jamás había visto con qué lozanía crecían las coles en su huerto. Y no se movió”.

Es posible que Antonio no sepa bien lo que hace. Con razón dijo Valéry que “Aquiles no puede vencer a la tortuga si piensa en el espacio y en el tiempo”. Pero lo que no me ofrece dudas es que esas flores, así, encepadas en esos versos, son cualquier cosa menos decadentes.

Hace unos días justo hablábamos él y yo sobre la decadencia galopante que se aprecia en nuestra cultura. Mientras lo hacíamos, Antonio aprovechaba para sacar punta a unos lápices, de talla tan escasa, que apenas podían ser sostenidos en las manos con intención de usarlos. Entonces me dijo que la decadencia en una sociedad arranca cuando se tiran a medio uso los lápices de colores, que aprovecharlos hasta que duelan las yemas de los dedos, es una muestra más de oposición combativa. Yo pienso que la decadencia se incoa en cualquier grupo humano cuando los dioses se van de vacaciones, pero debo reconocer que su ejemplo fue muy oportuno y sugerente.

Ya me había regalado entonces su marpacífico multicolor e inocentón, con esos versos redondos, magníficos, que me invitan a corregir miras. Y yo me pregunté si dibujarlo con semejantes herramientas le habría dolido a mi amigo. Sin respuesta para ello, pensé que en tal caso, alguna satisfacción compensatoria debió encontrar un alma tan compleja a ese impasse de dolorosa bondad. Sí, la bondad es también arriesgada y decadente si no discrimina, (“los buenos siempre fueron el principio del fin”, decía Nietzsche) pero allí me enfilaba desde los ojos mínimos de un “bicho malo”, que, por alguna razón no conocida del todo, después de lidiarse a sí mismo en difíciles escenarios, dibuja flores infantiles y amaneradas con lápices mochos, les endosa unos versos enormes, y a alguien como yo se las regala… Ay, “marpacífico de mi infancia”, para qué seguir buscando recónditas razones que den cobijo a tu esencia, donde tu mera aparición las desahucia.



lunes, 3 de agosto de 2015

Caverna y elefantes en la poesía de Sonia Díaz Corrales





Vengo de leer dos poemarios de Sonia Díaz Corrales. Se llaman “La hija del reo” y “Noticias del olvido”. Como puedo, me sacudo la feliz agitación, atempero el ánimo para intentar comentar con cierta mesura lo que encontré en estos libros. Asistí a un perenne contrapunteo entre los lados volcánico y lacustre de un alma hipersensible. La puesta en escena de tal pugilato ha sido magnífica. En poesía estas cosas suceden a telón abierto, o, sencillamente, huelgan. Así que, sin disimulo ni medias tintas, la poeta cantó sus números, y yo, claro, grité: ¡Bingo! No tengo el resultado de la compleja ecuación, (nadie podría tenerlo, da error en términos matemáticos) pero manoseo sus exquisitas variables poéticas con sostenido interés... Y es que Sonia por momentos trata de arrumbar un par de imágenes irreconciliables. Ella misma se da cuenta y nos lo dice: “no se puede tener al unísono / una casa de cristal / y una manada de elefantes”. Lo sabe, queda claro, pero como todo buen poeta, lo obvia cuando debe hacerlo. El dominó no puede acabar en tablas si pretende sostener el interés de la tarde… En realidad, la operación se sobretensa y desequilibra, especialmente, porque Sonia no podría vivir jamás en un cubículo aéreo y acristalado. Sus elefantes (no tan tiernos como los desea, pero sí muy animosos) pastan alrededor de una caverna. Allí vive la poeta. La casa de cristal que añora, es para ella inviable. No puede existir. No existe.

Así que tenemos dos fuerzas contrarias en tensión continua. Por un lado, una acción resuelta, imprevisible, que opera a plena luz. Por el otro, la necesaria reacción, con dominante umbría, marcada por el miedo y la inseguridad. Cuando tuve la visión conjunta de ambos libros, me percaté de que había asistido a una “disputa” entre dos potencias líricas, perfectamente arbitrada por su dueña. Es como si se encontraran en tierra de nadie, (quiero decir, en la caverna de Sonia) a medio camino entre una corte barroca, papista, y un cuartito luterano, Sor Juana Inés de la Cruz y Emily Dickinson.

La mexicana domina el primer acto. Parece entender (y sostener) a los paquidermos de Sonia; parece vibrar en su frecuencia. “La hija del reo” es un libro gesticulante, de ademanes amplios, de un barroquismo actualizado, pero expuesto sin ambages. En puridad, no es conceptista ni culterano, está bien equilibrado entre ambas fuentes para responder con eficacia a las exigencias de su tiempo. No es un libro falto de oscuridad, ni tampoco ajeno al vacío que siempre amenaza, pero está sobrevolado por un sentimiento religioso que tiende a la luz redentora, y echa una mano a la poeta cuando encara sus peores abismos. Ella se regala “una siesta con los muertos”, sí, pero a la vez retiene una “redonda ciruela que es la vida”. “Lanza contra la claridad lejana sus zapatos”, vale, pero cuenta con un ángel que la salva, pues le asigna duendes para que le repitan cuando sea necesario: eres “afortunada / por tener unos ojos / en los que ha querido lanzarse un ángel”.

La norteamericana manda en el segundo acto. “Noticias del olvido” (por cierto, muy bien prologado por Joaquín Badajoz e ilustrado por Margarita García Alonso: vaya tándem) es un libro menos gestual, mucho más contenido, con un estilo más casto, más redondo formalmente, menos ecléctico. Aquí se ajusta lo barroco que le viene dado al castellano por vía genética, a los imperativos de un escenario global que al parecer demanda formas (¿fórmulas?) más simples, (¿menos exigentes?) aun para trabajar con una sustancia poética ambiciosa. El poemario resulta ciertamente pesimista. No se puede lidiar al olvido sin probar sus cuernos. Las cartas quedan sobre la mesa, boca arriba, y se llega a escribir, incluso, una “Apología a la Nada”. Nos dice Sonia que las bestias y los elementos van hacia ella, “y aún así / no se detienen”. “La noche se desnuda / sola / sin pensar / entre las piedras negras”, y los abrazos son, casi, una efímera droga: hacen “del cuerpo abrazado [un] amuleto / contra la siguiente soledad”.      

Ambas influencias son constantes por más que, según el libro de que se trate, se eleve la una sobre la otra. La poesía de Sonia, al menos la que arma estos dos poemarios, le debe a Sor Juana y a la Dickinson, entiéndase a lo que ellas representan en poesía, igual cantidad de gracia y hondura. En ese supuesto encuentro entre las dos grandes señoras en la caverna de Sonia, si Emily dijera: “saber oscuramente que voy a tener alas / afea mi vestido”, Sor Juana contestaría, seguro: “Albricias, Mundo; albricias, / Naturaleza Humana”. Pero hay una tercera vía de complicidad igualmente importante: Sor Juana y Dickinson tuvieron similar consciencia de lo femenino en la vida y la poesía. Ambas maestras se autorecluyeron para evitar una existencia convencional, como estaba predestinado a las mujeres de sus respectivas épocas. Emily, aunque vivió en una sociedad machista y mojigata, escribió unos poemas a su cuñada, que para muchos estudiosos de hoy prueban de manera especial lo dicho: en su poesía, el sujeto lírico es marcadamente femíneo. Sor Juana era tan vertical en este sentido, que en su entorno resultaba bocona. No sólo escribió versos cuestionando sin reparos el licencioso marco moral en que se desenvolvían los hombres, frente al otro, tan estrecho, en que lo hacían las mujeres, (“¿O cuál es de más culpar, / aunque cualquiera mal haga: / la que peca por la paga / o el que paga por pecar?”) sino que irónicamente llegó a firmar en el libro de su convento como: “Yo, la peor del mundo”. A tal flujo de honda y vera femineidad se incorpora Sonia. Nuestra poeta evita ofrecer constantes y literales muestras de adhesión a la militancia feminista en boga, (los autores cargados de argumentos huyen de las tonterías discursivas) pero su obra está finamente penetrada por un impulso femenino carente de dobleces, innegociable. Por ejemplo, sabedora de que “la libertad le cuesta a una mujer / innumerables pérdidas”, atribuye la separación de un amigo a que ella debió “parecerle muy sísmica”. Sonia también sabe que “ningún puente cuelga si no lo sostiene una mujer”, y con la elegante ironía de que es capaz, no exenta de cierta amargura, escribe en un poema: “El rey existe en tanto le sirvo”.

Ahora bien: aunque comparta con ustedes las sugerencias que me trajo la lectura de los libros de Sonia para que mejor me entiendan, y con similar intención fabule un encuentro entre ella y dos de sus posibles mentoras, es obvio que esta poeta nos llega del todo hecha, con una voz personal y reconocible, que no debe a nadie más de lo justo y necesario. Ni es barroca como Sor Juana, claro está, (tampoco plenamente neobarroca) ni pertenece a ningún movimiento asimilable al Romanticismo Oscuro que, teniendo en cuenta su vertiente autodestructiva, le achaca una parte de la crítica a la Dickinson. Sonia sabe que “los espejos sólo trastocan a los mansos”. Por eso, a estas alturas de la película, ella puede asomarse a cualquiera sin riesgo alguno. Siempre recibirá de vuelta la imagen de una poeta madura, que aun siéndolo, (se nota en su obra, pero además me consta, porque la trato personalmente) mantiene intactas sus ansias de crecimiento.

Sonia persigue la perfección con el mismo ímpetu y la misma humildad que la empujaban cuando comenzó a escribir. Y aunque según Sor Juana: “es locura / al círculo buscar la cuadratura”; y aunque Emily nos sepa incapaces de “mover el remache terrible”; a pesar, incluso, de que yo mismo la invite a reconocer (ojalá me perdone) que para los buenos poetas no hay casa de cristal que valga, Sonia cuenta con una notable ventaja para manipular su sino poético. Recuerden: a orillas de su caverna pasta (qué afortunada mi amiga) su propia manada de elefantes; esto es, un vivo montón de trompas que soplan sueños.



lunes, 27 de julio de 2015

Salvada vendimia de las formas






  
“En eso consiste el auténtico secreto magistral del artista, en aniquilar la materia por medio de la forma.”
                                                                                  Schiller


“No veo mucho Siglo de Oro en mi poesía”, dice Delfín. Y yo sonrío… ¿Acaso el vate busca la garganta del pez para evitar su bilis, o la boca del dragón, siguiendo al hijo de palo en pos de una abertura tramposamente viable, sólo, por manida? No lo sé. Y poco importa. Jonás y Pinocho emergen de similar aliento poético. El vientre que los retiene y purga es uno y el mismo. Aquí la arcilla, la madera, incluso el alfarero y el carpintero son anécdotas; como lo es la ballena que suplanta al monstruo marino en ambas historias para acariciar el paladar de los perezosos. Aquí lo esencial es la impronta del tránsito digestivo. Y tal impronta, en Delfín… Ay, maestro, el estómago que te alberga no tiene falsas bocas. Moleste a quien moleste, eres un gran poeta. Y eso en nuestra lengua pasa por donde pasa, y, donde medra, medra. Claro, “el poeta es un fingidor”, decía Pessoa. Pero si realmente no ves Siglo de Oro en tu obra, (bendita miopía que emborrona la fuente sin obstruirla) debo suministrarte un colirio en vena. Allá voy con esta pequeña dosis:

Delfín Prats posee una de las voces poéticas más personales y valiosas del castellano en los últimos cincuenta años. Ha escrito poco, pero su obra, especialmente a partir de “El esplendor y el caos”, (1991) insertada de pleno en nuestra tradición, a lomos del “corcel mejor enjaezado” ascenderá, seguro, (ya lo hace) “a la cumbre del arca”. Un sitio que no saben los satélites mirones, que no se atiene a la pacotilla de los mochileros, pues “oscuramente ceñido en torno al hecho”, baraja magnitudes, no golosinas zumbonas. Al puente de esa nave han llegado muy pocos en las últimas décadas. (Pizarnik, Gamoneda, Kozer… Delfín es uno de ellos) Y todos lo han hecho a través de una escala muy exigente que desembarca en una puerta mínima, casi una hendija enmascarada por la majadería de los papanatas, que en nuestra lengua viven subrogados a los sobacos de quienes reparten comida rápida en el campamento base. Abajo. Muy abajo.

Las circunstancias personales que acompañan su obra, y ahora comienzan a “decorarla”, importan nada, son mero pienso para despistados. Delfín ha escrito algunos libros imprescindibles, sencillamente, porque anda sobrado de talento, trabaja inserto en una enorme tradición y ha sido corajudo. No frente a los impulsos dionisíacos, ni a los censores, los homófobos, los médicos, sino frente al bisutero majá que lo tentó desde el rincón más fresco de su patio, donde la palabra, leve y complaciente, acaricia el oído de los remolones, relaja sus párpados y los exime de esforzados asombros. Delfín nunca perdió la capacidad de asombrarse, y pocas veces rehuyó la necesidad de registrar sus hallazgos. Según Rilke: “esta es, en el fondo, la única valentía que se nos exige: ser animosos ante lo más extraño, prodigioso e inexplicable que nos pueda salir al encuentro”.

Pero el coraje no basta si se quiere levantar una gran obra. La sensibilidad al guao no abre las puertas de los Campos Elíseos. La urticaria, por sí misma, sólo garantiza comezón. Delfín lo sabe. Lo supo siempre, aunque a veces se haga el muerto para anticiparse (como espectador) a su entierro. Así que vayamos a la cuestión de origen: La obra de este poeta, toda ella, es una magnífica resonancia de la mejor poesía escrita en castellano. Y ésa, con permiso de los bachilleres d’avant-garde, se escribió en España, entre los siglos XVI y XVII. ¿Siglo de Oro? Pues sí. De alguna manera había que llamarlo. El caso es que cualquier autor que pretenda cosechar, en castellano, todo lo que fue sembrado en centenares de otras lenguas durante más de tres mil años a orillas del gran charco, (de Tánger a Beirut, de Thasos a Tarifa) tiene que atravesar la trocha Andalucía-Madrid-Castilla del Quinientos y el Seiscientos, con la vista bien despejada y el olfato a punto.

Delfín lo hizo. No tiene sentido que en este espacio, este formato, intente un recuento pormenorizado de las pruebas de cargo. Pero veamos algunos indicios. Si leemos, por ejemplo, “El esplendor y el caos”, (libro que ya mencioné, y que en mi opinión es comparable en cuanto a calidad poética con “Acta”, de Kozer, o “Arden las pérdidas”, de Gamoneda, aún siendo muy distinto a ellos en lo formal) podemos apilar un montón de evidencias “contra” Delfín. Cito unas pocas, pero suficientes:

un cuerpo fijo entre juncos escapa
si Heráclito parcela las sucesivas aguas

el mundo     una redonda plenitud
un río un mar como en deseo uniéndose

oscuramente ceñido en torno al hecho
de la marcha incesante hacia la meta
entre aquello que fue y lo que evoco
se alza el obstáculo del verbo

Ya ven. Para cuidar así la palabra, quienes escriben en castellano no pueden tener complejos. Sólo en los manuales torpemente mondos de los psicólogos, los hijos listos matan a los padres. Para “hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza”, (Alonso Quijano) pero al mismo tiempo muy difícil de contraer con todas las consecuencias, o sea, con síntomas que superen la mera destemplanza, no se pueden tener semejantes antecedentes penales. Delfín no ha matado a nadie, pero mucho menos a sus verdaderos progenitores; es demasiado lince para cometer un delito tan infértil. Su obra resulta especialmente inclusiva, y, a la vez, especialmente clásica. La moneda que pondrán bajo su lengua (quién sabe con qué nuevo nombre) fue calentada como óbolo en la hoguera que despachó a Heráclito, como maravedí, en la de Góngora, como níquel, en la de Lezama. Pero hasta tanto…

Delfín debe saber, creo yo, aunque disimule, (no se puede escribir a ese nivel desde la inopia) cuán poco oro hay en su siglo; y cuánto persigue el filón áureo su magnífica obra. Justo por saberlo, el maestro se las ve con una materia inclemente cada mañana (inclemente, sí, los adjetivos graves no siempre son excesivos). Pero por esa misma razón: lo que sabe, después de haber recibido la bofetada material de cada amanecida, obvia al majá que lo seduce desde la adormidera que progresa en su patio, y se acerca al majuelo eterno. Allí, donde encepa la materia bruta para trascenderse con holgura, la poesía renace de su mano en la “salvada vendimia de las formas”… Un poeta clásico, Delfín, eso eres, en el más completo sentido de la palabra. Créete. Créeme: Lo demás son boberías, que sólo a los bobos entretienen… calman. 



lunes, 20 de julio de 2015

Apretado en mi memoria…







       Y él [Elías] reunirá el corazón de los padres con el de los hijos,
       y el de los hijos con el de los padres…
                                               
                                              Malaquías 4: 5 y 6. La Biblia.
                                    (Página 1141 en el ejemplar de mi padre)



Introducción a la anécdota


Por desgracia soy ateo, pero gracias a Dios soy poeta. Para decirlo como se solía hacer en las tribunas del siglo pasado cuando se buscaba sonar moderno: vengo a ser un obrero de la Imagen, alguien que debe entendérselas cada día, de una manera u otra, con la gran Señora. Como ateo, mantengo los ojos bien abiertos. En permanente vigilia, filtro calima para la razón. Tanto, que la luz penetra y colma mi sesera hasta la estupidez. En cambio, como poeta me cuido de la deslumbrante trampa. Y a plena oscuridad, donde no hay aristas, ni lindes, ni formas rotundas, leo el Poema-Dios fascinado. Me miento a gusto y me real-izo. Porque la Verdad no surge si no de la mentira buena: la necesaria. Y sólo se necesita la mentira que com-place; esto es, la que nos convoca y nos promete repartir el dolor hasta hacerlo inane para su único receptor posible: el hombre en su estricta unidad: el individuo. No nosotros: Tú. Yo. Como poeta, evito la luz en su exigente condición de “sombra de la nada”. La persigo como fugaz e inquietante noticia de un Todo escapista y poliédrico. Amable, sin embargo. No totalitario.

El Poema-Dios en estado bruto no está en los libros. Neto tampoco, porque es demasiado complejo y hermoso como para permitir que se le reduzca de tal manera. Pero acorralado contra la nada, socorrido por herramientas tan nuestras como la ética y la moral, debió parapetarse en el registro formal del hombre, y aceptar el redil que le impusieron sus parlantes y hacendosos notarios. Código y canon, pero Poema al fin, Dios llegó a las Sagradas Escrituras para quedarse. Las grandes religiones del Libro, con su tronco común y sus ramajes diversos, lo recitan de manera parecida: con una mezcla de embeleso y miedo. Según se comprueba, para balbucear a Dios y hacerlo bien útil a la mayoría de los balbucientes, (así de simples y complicados somos) hay que ajustarlo a relato. Hay que leerlo… Yo lo hago con entusiasmo, aunque, como habrán advertido, (insisto, por desgracia) en este caso soy más consumidor de mitos que convencido soldado. “El hombre no es arte, sino artista”, decía Epicarmo. No es poema, sino poeta, repite, si me entretengo, el majadero ateo que me incordia.



Anécdota


Mi gran amigo Jorge Luis Manso acaba de enviarme desde Miami la vieja Biblia de mi padre. Cuando abandonó definitivamente Cuba para reunirse con nosotros en España, mi padre dejó su Biblia al cuñado de Jorge, Fank Brea, un extraordinario dibujante habanero, también muy amigo mío, que a la sazón y con apenas cuarenta años de edad, buscaba un mayor acercamiento a su Dios a través de las Sagradas Escrituras. No sé a ciencia cierta por qué lo hizo, por qué le dejó este libro tan querido precisamente a él, pero no se equivocó. Antes de morir en Cuba, demasiado joven y después de haber padecido una penosa enfermedad, Frank, que no pudo comunicarse directamente conmigo, pidió a Jorge que hiciera lo necesario para que la Biblia de mi padre terminara en mis manos. Éste la recogió en uno de sus viajes a La Habana, la llevó a su casa, y aprovechó la reciente visita de mi hermano Sergio a Miami para hacérmela llegar.   

Cómo se lo agradezco a Frank. Y a Jorge. Tengo la Biblia de mi difunto padre. Es el ejemplar que leí cuando me acerqué a este maravilloso compendio de historias por primera vez. Jamás pensé que regresaría a mis manos. De nuevo constato la enorme fuerza que tiene un buen libro para sujetar a la mente (esa memoriosa tirolina) frente a sus abismos diarios. Para quien lee, ningún otro objeto tiene la capacidad de un libro en este sentido.   



Alcance de la anécdota


Volveré a leer esta Biblia (Ya lo hago). Su relectura será, además, otra vía para hablar con mi padre. Él, cristiano y creyente. Yo, cristiano y ateo. Él, avalado por su Dios-Poeta. Yo, colgado de mi Dios-Poema… Y ahora mía, lograda la milagrosa herencia gracias a un intenso tráfico de amistad, la llenaré de notas y signos. La dejaré transida de asombro, en un estado de precaria legibilidad para mis hijos. Espero que me perdonen, que deban hacerlo porque no les resulte prescindible, porque la quieran y necesiten, al menos, como yo. O sea, cuento con que tengan fe, al menos, en el ser humano. Incluso puesto en el peor escenario posible, espero que crean, al menos, en sí mismos. Porque entiendan que son hombres, y que el hombre es un animal que imagina, y que haciéndolo se hizo, como se deshará si se abandona obedientemente a su bestia: ya con medio cuerpo entregado, con los cuartos traseros en pleno paroxismo, a punto de besar al engendro maquinal.

Soy ateo. Pero creo en este Dios-Poema que se regaló el hombre para atravesar un tiempo tan inclemente como el histórico. Creo en él por pautado y reglado que se me ofrezca, porque obvio las reglas y las pautas cuando leo Poesía.  

Viejo, tengo tu Biblia. Se la dejaste a quien la merecía. Suma y sigue… Ahora te poseo de una forma más. Que tu Dios y el mío se unan y retocen incesantes. Que sigan esparciendo confeti sobre la feria. Para que feliz continúes el camino hacia tus nietos, apretado en mi memoria, en ruta coronaria, hecho al bombeo cierto de mi corazón. 



lunes, 13 de julio de 2015

Entre pecador y pecador







Jesús, que según Darío, es un “incomparable perdonador de injurias”, ya habrá perdonado a Francisco su manifiesta perplejidad ante el obsequio que le hizo el buen Evo. Sabrá perdonarme también a mí, seguro, por no ser capaz de “andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”, con estos nuevos “próceres” americanos que visten chándal y manotean al mundo desde púlpitos ensangrentados bajo un dosel de ramuja. Debo ser un inoportuno sibarita, pues no acabo de hacerme al agrio sabor del vino de plátano. Sí, debo ser uno de esos malos criollos que no terminan de visualizar a “Nuestra Grecia” en las tranquilas aguas del Titicaca; que no pone suficiente interés en aprender y cacarear a cualquier precio el “himno unánime” martiano.

Jesús me perdone, porque voy a romper una lanza por la compostura de su martirio. Me dirijo especialmente a los malos criollos; a esos que aún se atienen a unas ética y estética viejas, eurocéntricas, tan poco creativos ellos, que se empeñan en ver una cruz, sólo, en la resultante formal de dos maderos superpuestos siguiendo ejes perpendiculares entre sí (el vertical de mayor longitud que el horizontal); a esos que únicamente dan por cristiano el dicho ardid carpintero, si de él pende todo el dolor que cabe en el mundo, encarnado en un jovenzuelo melenudo, famélico y ensangrentado, que dice ser su salvador. Me dirijo a esos falsos y miopes americanos para ofrecerles complicidad.

Jesús me perdone también, si, además de sibarita, resulto irónico. No veo otra forma de entrar al asunto en cuestión sin que flaquee el ánimo. Y es que, aunque parezca increíble,  Evo, alto representante del país que fundó Bolivar, (hijo del hermano pueblo aymara) ha regalado a Francisco, alto representante de Dios en la tierra, (hijo del hermano pueblo argentino) un objeto que parece recrear la crucifixión de Jesús de Nazaret, (unigénito del Dios representado por Francisco, y principal protagonista del relato que los hermanó a todos) sobre un artefacto formado por una hoz y un martillo, símbolo de los pueblos hermanos que tan “feliz y espontáneamente” siguieron a Rusia en su delirio soviético.

Evo no sabe lo que hace. Parece mal asesorado. Los aymaras harían bien en cuestionar su liderazgo político lo antes posible. Me explico: Este es un pueblo que ha sufrido mucho por las invasiones del norte. Ellos vivían tranquilamente al sur del lago Titicaca, donde cuajaron una magnífica civilización: la de Tiahuanaco. Sin embargo, del norte llegaron primero los guaraníes y los arahuacos, hermanos, pero muy mal avenidos, y rompieron su legendaria tranquilidad. Una minucia, si se compara con lo que después hicieron con ellos los incas, otros norteños que venían de Cuzco, también hermanos, pero con un apetito imperialista sin parangón conocido en aquellas tierras. Los aymaras fueron vencidos por los incas que diezmaron su población y los sometieron a su imperial dictado. Otra minucia, si se compara con lo que les pasó después a manos de los españoles, también del norte, quienes para hermanarse con ellos los despojaron de sus más elementales estructuras sociales y les impusieron su obsesión minera, su religión y su lengua. Los españoles, con el ánimo fundacional que entonces les caracterizaba, levantaron la ciudad de Santa Cruz, y, según cuentan, enviaron a ella lo mejor de cada casa, verdaderos urbanitas en potencia: aventureros, delincuentes, judíos conversos, (o sea, con una fe maleable) gitanos en fuga, cimarrones… Todo bien edificante, como se puede apreciar… El caso es que unos siglos después, los norte-americanos, (no los hermanos, sino los hermanastros por obra y gracia del Dios europeo) tan amantes de lo ajeno como todos los demás, de manera indirecta y sibilina sustituyeron a los españoles en la tutoría de este pueblo, aún después de que Bolivar, líder dominado por una contrastada vocación napoleónica, hubiera sentenciado su independencia per infinita secula seculorum.

Ya ven cuánto peligro le vino del norte a esta pacífica etnia. Sin embargo, Evo se alía ahora con los hermanos Castro, norteños también, adalides en América Latina de un “Manual de Civilización” casi siberiano; y asume sus símbolos, hasta tal punto, que es capaz de mezclarlos burdamente con una deidad mediterránea de origen iranio, y regalarlo muerto de la risa al representante de una Liga tan tiquismiquis y poco fiable como la vaticana. Madre mía, los aymaras tienen al enemigo en casa.

Pero no es la vertiente simbólica la que más me preocupa aquí. Recuerden que soy un mal americano, alguien totalmente trasnochado que se empeña en leer a Schiller, que no tiene salvación posible según el catecismo local recogido por Martí en aquel encendido ensayo poético tan bien escrito y titulado: Nuestra América… La perversión simbólica me resulta muy incómoda. Me escuecen los millones de personas asesinadas bajo el emblema bolchevique que tantas cosquillas le produce a Evo, los millones de personas que, bajo la misma divisa, fueron perseguidas precisamente por ser y declararse cristianas. Todo esto me resulta repugnante. Cierto, es éticamente repulsivo. Lo denuncio sin cortapisas, pero lo dejo ahí. Qué otra cosa puedo hacer. A mí (americano flojo y vicioso, excrecencia afeminada del tronco viril bolivariano) la nulidad estética me enferma. Es ése el flanco en que me centro ahora. Y es que no vi en los últimos años nada más feo que el engendro que le endiñó Evo a Francisco. Pobre Papa… O no. Todo representante de Dios debería saber que el fuego, sea infernal o terreno, comienza por chamuscar y termina quemando.

Francisco no es inocente. No puede serlo. Es un hijo señalado de Adán y Eva que como todos vive al margen del manto de Pelagio. Mas aquí es una víctima por mor de su cargo. Víctima del entuerto simbólico y ético, pero también, y especialmente, de la debacle estética. Sabemos que la curia vaticana suele tener buen gusto cuando de arte se trata. Hay grandes horteras también en esa casa, claro, gente que peca por excesos vinculados sobre todo con impulsos propietarios, con maneras pomposas, o con demasiado celo por lo clásico, pero en asuntos artísticos, la mayoría de ellos tiene formación suficiente para evitar los pecados mortales. Por más que este Papa quiera renegar de la élite de estetas a la que pertenece y representa, con vistas a asegurarse un mayor acercamiento a las clases más desfavorecidas del pueblo de Dios, (algo muy loable, por cierto) estoy seguro de que la visión del Cristo soviético que le impuso Evo le produjo náuseas, sobre todo, por feo. Ya lo dijo Jiménez Lozano: “La belleza es cosa de este mundo, y es papista”.

Dios mío, ¿a quién se le puede ocurrir construir algo así? ¿Y a quién se le puede ocurrir regalarlo? Leí que la obra es una réplica; que la original es de un jesuita asesinado el siglo pasado en Bolivia por sus inclinaciones marxistas. No contrasté el dato. Pero poco importa aquí quién sea el pecador en origen. El adefesio real-socialista podría utilizarse para asustar a los niños de cualquier latitud y cultura. Es más feo que las máscaras que se hacen en Cuba con la cáscara del coco; que las pequeñas esculturas que se hacen en Santo Domingo con roca proveniente de estalactitas y estalagmitas. Como se dice vulgarmente en Castilla, es más feo que pegar a un padre. ¿Cómo regalar algo así, precisamente, al Santo Padre?

Ver al muñequito suspendido del martillo, sin poder apoyarse por muy poco en la giba del otro instrumento, es angustioso. Pareciera que se le muestra un tobogán auxiliador pero inalcanzable. Ver la forma en que se articulan ambas herramientas para semejar (de lejos, por decir algo) una doble cruz, es terrible. ¿Y las proporciones de dichas herramientas entre sí o frente a la sufrida figurilla? ¿Y las pintas del martillo torpemente cruciforme, con esa cabezota segregada en dos partes tan poco armónicas? ¿Y la curvatura de la hoz, que no puede realizarse a plenitud para no alejarse formalmente (todavía más) del pretendido modelo? Pero ¿de qué material está hecho esto? ¿Madera, poliestireno expandido? ¿Y esa textura? ¿El engendro está tratado con pan de oro, o se pintó con esmalte para uñas caducado? ¿En qué tradición artística se puede insertar algo así? Ni en una feria de pueblo, o una tienda de chinos, podríamos encontrar un objeto que iguale a esta pieza en mala fortuna… Bueno, al menos la escala del muñequito nos impide saber si implora a Dios con la boca llena, es decir, si masca o no hoja de coca. Supongamos que no lo hace. Concedámonos, por favor, ese piadoso albedrío. 

Con lo bien que hubiera quedado Evo regalando a su invitado una réplica de la fabulosa cerámica de Tiahuanaco, o de su homóloga de Pucará. Estoy seguro de que Francisco hubiera apreciado mucho más, incluso, uno de esos idolillos de Pucará que tienen el pene erecto y ojudo, más largo que el torso y la cabeza juntos. Cualquier cosa, por Dios, antes que esto.

En fin, al parecer, Francisco dejó en Bolivia el macabro regalo. Se lo encomendó a la Virgen de Copacabana, que, la pobre, en primera instancia no puede defenderse de groserías tales. Se pudiera pensar que es también un enorme desaire de Su Santidad hacia Evo, pero qué otra opción tenía el hombre. Imagínenlo llegando a Roma con semejante objeto, escondiéndolo de las miradas suspicaces, soportando murmullos socarrones, víctima del “enemigo rumor”… Demasiado resulta ya para un Papa encajar este tipo de obsequio, sostenerlo en las manos ante la impía curiosidad de los fotógrafos, como para, además, terminar guardándolo al abrigo de la Capilla Sixtina; precisamente allí, bajo el soplo divino de Dios captado por Miguel Ángel… Sería el colmo. Y de ello también nos enteraríamos todos, hasta los malos americanos de lengua larga.

Yo intentaría tranquilizar a Francisco, recordándole que Evo sí que es un americano de pro, o sea, alguien que tiene licencia para actuar sin orden ni concierto que se sujeten a la vieja escuela; y que por eso, un regalo suyo no debe ser demasiado tenido en cuenta; pero sobre todo, diciéndole que los bolivianos con suerte lo licenciarán pronto. Esperemos que lo hagan a tiempo, nada más comprueben a fondo que su norteña inclinación al vademécum castrista, sacado del laboratorio europeo y ensayado sin éxito en medio mundo (también en América) no garantiza cura alguna, sino todo lo contrario. Entonces, con Evo licenciado, Francisco, que ya tuvo bastante con aceptar el regalo, podrá olvidar el incidente que provocó el dorado esperpento sin temor a conatos diplomáticos. Veremos cómo se las arregla el pícaro jesuita con la Virgen de Copacabana, en la que pretende descargar su parte de culpa pasándole sin miseración la patata caliente. ¿Será vengativa la patrona de Bolivia? ¿Preparará algo contra él? ¿Intentará vengarse ofendiendo a la inocente Argentina? 

Lo que opine Jesús es otra cosa. Pero sabemos, insisto, que se trata de un “incomparable perdonador de injurias”, y ante un pecado a dos manos contra la decencia y la belleza, sabrá repartir su gracia, seguro, entre pecador y pecador.