domingo, 21 de julio de 2013

Anécdota y plegaria




De niños usábamos dos técnicas para sacar a las tarántulas de sus túneles: lo hacíamos vertiendo en ellos queroseno, o introduciendo una lagartija aturdida y bien sujeta a una cuerda. Entonces no calculábamos la componente ética de ambos recursos, pero lo cierto es que el queroseno, a la sazón racionado como todo lo demás, teníamos que sustraerlo al depósito de los reverberos y las cocinas, con el consecuente daño a nuestro sustento; mientras que las lagartijas estaban por doquier a un costo que podíamos asumir sin problemas, dada la salvaje ignorancia que entonces nos colmaba.

Ante el queroseno, la tarántula salía muy cabreada, condenada a una muerte indigna, sin apenas poder luchar por su vida. Pero ante la lagartija… Ah, la tarántula invariablemente la mordía, se prendía a ella con una fuerza que no sé describir; mucha para un animal tan pequeño. La tarántula tenía grandes posibilidades de morir en cualquier caso, pero con las mandíbulas bien apretadas sobre el apetecible cuerpo, la situación tomaba un cariz especial. Primero, había que tirar con una presión endemoniada de la cuerda, que algunas veces partía para suerte del arácnido, porque cuando usábamos reptil de carnada no teníamos queroseno a mano. Segundo, jamás la tarántula entregaba a su víctima. Nunca huía si había hecho presa en su desafortunado "visitante". Nunca.

La imagen de la tarántula en su angosto túnel, siempre asechada por la muerte, a merced sin embargo de las armas que los dioses pusieran en manos de sus verdugos para enfrentarse a un final u otro, se me encima como castigo en situaciones complejas. En ellas, yo, tarántula condenada, sólo espero lagartija. Abandonar el túnel ante una inundación de queroseno sería terrible, pero ante un manjar, luchando por la vida…

Apolo, magnífico efebo, mándanos tu lagarto para morder en él hasta el delirio. Ponlo ante nosotros una vez más y déjanos optar a un lóbulo de tu perenne ataraxia. El queroseno está llegando a la playa. Pronto inundará cada túnel vivo, buscando devolver a la Madre Oscuridad el collar de fotones que llevaba cuando desposó a Crono, ese que robaron ustedes, equivocada la esencia del verdadero ónfalos. Apolo, baja tu lagarto del olímpico árbol, mándalo atado a una cuerda cósmica y tira de nosotros. No lo soltaremos, ascenderemos prendidos, mordiendo como nunca.

Aquí no se trata de morir o no, de extinguirse o no. Se trata de morder o ahogarse; de abandonar el túnel amando u odiando; de morir asfixiados, descompuestos en el pegote fósil, o de hacerlo mordiendo, volando, creyendo… rehechos aérea y vertiginosa roca, para, enfrentados a la inevitable molienda, refrendar la imagen del polvo enamorado. 



 

viernes, 12 de julio de 2013

Lágrimas divinas para un mar en tromba




En un poemario dedicado a la amistad que “terminé” hace poco (comillas, porque nunca termino un poemario) indagué a fondo en ese sentimiento, sin llegar a más certeza que su inaprensible condición. Jamás podremos asir una imagen primaria, o una de sus derivadas. Afortunadamente, jamás podremos devastar su potencial simbólico resolviéndola del todo. La amistad es testigo y testaferro del Amor. Como tal, obra en nuestro imaginario, remendando allí donde el miedo y el dolor descosen la esperanza para hacer hueco a sus peores tropelías.

Escribiendo sobre ello, incluso tuve fuerzas para contestar a autores que admiro especialmente. Decía Aristóteles: “¡Amigos, no hay amigos!” Y Erasmus: “La amistad sólo se da entre iguales.” Pude adosar a tales certezas más de una duda razonable. Lo hice en poesía y quedé relativamente satisfecho. Si al amparo de la imagen, esas pueriles sentencias se tornan especialmente vulnerables.         

Pero al margen de la poesía, (qué desierto, dioses míos) en los últimos tiempos comprobé una vez más el valor de la amistad operando en el frente de batalla. ¿Cómo agradecer a mis amigos, a todos mis amados amantes la puntual evidencia? Ah, qué bien se está entre ustedes, los que siempre vertieron su sombra en la ardiente arena, y los que aun en las postrimerías del camino, cuando ya poco se espera, cuando se vislumbra la columna que dejó para ti el penúltimo anacoreta, aparecen de pronto, como en un sueño, pero ciertos, ciertos, ciertos… con un cuenco pleno de un agua nada discursiva, pura mata-sed ella.     

Con tal agua pretendía regar hoy el jardín de los amigos. No con agua de la Arcadia o del Jordán, sino con agua-agua, elemental, viva, fresquísima… Sin embargo, antes la probé de nuevo, y una vez bebida, la química solución sabiamente eludió la humana uretra y fue directa al lagrimar de los dioses. Ah, gracias amigos, un agua tan oportuna no podía acabar en sí misma, ni siquiera en un jardín terreno. Acabará en el mar, porque, como decía el poeta: “Dónde podrían llorar los dioses/ si el mar no acoge sus lágrimas”. Lágrimas divinas para un mar en tromba, vuestra húmeda amistad. Esto quería decirles… y un poema de aquel libro. 
 

      
El jardín de los amigos


Aquí, afortunadamente,
no sólo se abrillantan viejos candelabros
con invariantes luces de aceites esenciales;  
no sólo se jalean súbitos destellos,
huracanadas apariciones que abarcan lo posible
entre lo numinoso y lo matemático.
Aquí se aprovecha todo.
Se trabaja con cualquier elemento que decante,
precipite y sedimente en una sustancia amable:
caprichos de la memoria, de la desmemoria,
obligaciones de ambas, años, husos horarios,
puentes sobre éstos, sobre aquéllos,
aventuras, certidumbres, abrazos ardidos,
ardientes, cercanos, de largo alcance,
––incluso sus indicios, ecos, veladuras o retazos––
corneas desorbitadas, estados febriles, de ataraxia,
huellas, fósiles, humedades, sobresaltos,
preguntas, proyectos de preguntas, cuadernos de viaje,
cajas negras, bitácoras forzadas, no forzadas,
noticias, leyendas, documentos legibles, ilegibles,
miradas entregadas, cautelosas, diáfanas, cifradas,
temblores, restos de naves, esquirlas de meteoritos
de quién sabe qué lugares, fragmentos
––usados o no–– de todo tipo de nube,
 jirones de venas cava, imágenes,
muchas imágenes...

Todo ello, convenientemente curado,
se somete a una paciente labor de acomodo,
se mezcla hasta obtener el mejor de los sustratos:
una masa viva, fértil, vulnerable
a todo conato de nacimiento o muerte.

El jardín de los amigos, amigos,
es sobre todo sustrato.
No nos engañemos:
la luz y la flor competen a los dioses.



domingo, 16 de junio de 2013

Carmen y Lara




Hace poco tiempo vi en televisión un reportaje sobre Carmen Iglesias, una mujer clásica, neoclásica, para ser más preciso, una humanista especialmente dotada para la historia. Había leído algunos de sus trabajos, pero no la había visto ni escuchado; un gran placer, por cierto, pues es también una gran conversadora. Mientras seguía el reportaje, mientras saboreaba en todos los sentidos cada una de sus palabras, incluso aquellas que (¿cómo evitarlo en los tiempos que corren?) se referían al papel de la mujer en la sociedad actual y sus instituciones, en ningún momento “puse sexo” a la persona que hablaba. Es una mujer guapa y elegante, sin dudas, que para nada esconde su lado femenino, pero en la Carmen Iglesias que a mí me interesa, estas son anécdotas sin importancia. Soy heterosexual, tengo una especial debilidad ante la componente erótica de la inteligencia, y, sin embargo, no me imagino teniendo un sueño erótico con Carmen de protagonista, porque en este caso la dominante puramente intelectual de la imagen es tan poderosa, que atempera sus otros posibles caminos.

Hoy, sin embargo, leí en la prensa las respuestas de Lara Alcázar (una chica que hablaba en nombre del movimiento “Femen”) a preguntas que buscan encontrar las claves del feminismo callejero actual. En la noticia Lara aparece semidesnuda, con el torso rotulado así: “Choose the fight” y una corona de flores en la cabeza. Aunque con un rictus amargo y una clara expresión de enfado, muestra unos pechos magníficos, junto a un abdomen sensual naturalmente modelado, un ombligo generoso y una cintura “retraída” frente a caderas de paridora en ciernes. Una mujer. Ante todo, eso. Después, una joven guapa, feminista y homosexual, esto último según explica ella misma. En fin, no hay nada aquí que no participe de un relato erótico-sexual donde lo demás es por fuerza secundario. No todos los lectores y lectoras de esta entrevista habrán entendido la frase “Choose the fight”, pero todos habrán leído “mujer”, más aún “hembra” en esa imagen, antes de entrar por su fácil puerta hacia un vocabulario vacuo en el que apenas se puede tomar un respiro, para de nuevo salir y seguir leyendo: “hembra, hembra, hembra…”

Claro, requiere menos esfuerzo conseguir lo que Lara que lo que Carmen, pero ¿qué tiene más sentido? Incluso, especialmente de cara a las lógicas y justas reivindicaciones de la mujer en la sociedad actual, ¿qué es más eficaz? ¿Necesitamos que la mujer recorra hoy ambos caminos? No lo sé. ¿Quién podría saber algo tan complejo, tan vinculado a estrategias biológicas y psicológicas de la especie, como a emotivos avatares ocurridos en milenios de vida social sometida a las exigencias de la polis? Yo no, insisto, pero en Carmen leo ser humano, cuando en Lara leo mujer. El discurso de Carmen tapona en la imagen las brechas abiertas por los flechazos más oblicuos y canallas de Eros, mientras el discurso de Lara las abre y alimenta. Para la supervivencia biológica de la especie, lo que hace Lara es mucho más útil que lo que hace Carmen, pero ¿es esto lo que se pretende? El humano postmoderno, radicalmente escéptico, que coquetea peligrosamente con la inteligencia artificial, ¿busca reactivar las claves biológicas y reproductoras de la especie para convertirlas de nuevo en el eje central de su estrategia de supervivencia? Pero ¿no es esto precisamente lo que contesta el feminismo más integrista?

Carmen, ante y sobre todo, es una persona. Lara es, ante y sobre todo, una mujer. Vale, una mujer homosexual que tal vez no parirá, pero todo en ella anuncia potencial parto, mera continuidad... Lara lucha desnuda y a ciegas por algo cuyo contrario dialéctico sin embargo simboliza. Lara es su propio enemigo. En Carmen, por contra, el género es totalmente secundario. Carmen, vestida y lúcida, sin pretenderlo especialmente, abre cada día las puertas que cierran miles de Laras… Escuchen, pues, Laras del mundo, aunque dudo si debo hacerlo, porque no sé qué sería de la humanidad si muchos (hombres o mujeres) fueran como Carmen, les aconsejo vestirse para atender a la prensa… y leer, leer mucho. Si quieren que las cosas muden, fíjense en Carmen. Sí, sólo cuando vean a las Cármenes del planeta andar desnudas por las cátedras de Historia, entonces, Laras, habrá llegado la señal, el momento del necesario y fértil destape. ¿Seremos todavía sudorosos humanos, o fulgiremos como impecables máquinas? Ah, ojalá estemos entonces “donde el tiempo con tiempo se repara”, que diría Dante, obviaría Lara, graciosa y atentamente escucharía, razonaría, comentaría Carmen.

   

domingo, 2 de junio de 2013

Si existimos es porque...




Queridos lectores, echo de menos este formato. El trabajo arrecia y hasta bien entrado el verano no podré regresar a él (a ustedes) con cierta asiduidad. No puedo escribir. Hoy, sin embargo, tuve que revisar algunos poemas de mi último libro. Y mientras lo hacía, pensé: ¿por qué no regresar, aunque sea fugazmente, con uno de ellos? Quién sabe si justo ahora alguien necesite un poema para espantar al tedio, o simplemente para darse fe de humana y perseverante vida. Algo así puede estarme pasando a mí mismo... Aunque el silencio puede ser también un alentador signo de existencia. Tal vez, y como decía Thomas Bernhard, “si existimos es porque no podemos decirlo todo”. Qué sugerente idea. Si pudiera… Pero vamos al poema prometido. Ojalá haya alguien esperándolo… a éste, allí, ahora…



Viva lágrima


                                         Para Kuky

                      Llorar por tener lo que perder teme.
                                                  Shakespeare


Qué lentamente desmaquilla la mañana
la cara que la noche maquilló ligera.
Qué mansos se apagan los deseos
cuando el diablillo más íntimo,
en el espejo, ya sin rastro de neones,
raya el azogue para poner a prueba
la balbuciente presbicia.

La tina devorará los flujos que segregó la fiesta.
El agua inundará cada surco, cada poro…
Cartógrafa implacable,
llevará su húmedo mapa a la bitácora, y en ella,
toda la geografía levantada quedará reducida
a viva lágrima.

La chica se desnuda y la mujer replica:
         
             –– Cuidado, el agua está caliente
                  y la mañana fría.
                  La lágrima se pasmará en tu cara.
                  Calma.



miércoles, 8 de mayo de 2013

Breve elogio a la lectura



Pasó el 23 de abril, día de san Jorge (mi santo) y también Día del Libro según la UNESCO, sin que haya podido disfrutarlo en ningún sentido especial. El trabajo en esos días me mantuvo alejado de los libros. Hoy tengo una pequeña oportunidad para resarcirme y dedicar a la lectura, ese placer enorme que últimamente se me torna bastante esquivo, esta pequeña nota. En ocasiones cambiaría hasta el último óbolo, el más solemne y ruin, el que guardo para poner a prueba los sentidos del áspero barquero, por un poco de tiempo para leer. Qué inútil, dirán unos; qué pedante, otros. Así se cotiza en los predios de lo opinable un hábito tan peregrino. Y qué importa. A la lectura, va…

Quiero exponer brevemente algunas ideas sobre el tándem lectura-conocimiento. Para ello parto de dos citas especialmente sugerentes. Decía Lévinas: “…leer es mantenerse por encima del realismo (o de la política), del cuidado de nosotros mismos...” Y Gadda: “Conocer es mudar y desordenar lo que hay en el mundo.” Levitación, descuido y desorden; ¿eso es? ¿De tales consideraciones brota el miedo que despiertan los lectores en algunas mentes “equilibradas” y “graves”? Bueno, si conocer es desordenar, y leyendo se conoce a la vez que al descuido se levita, es normal que la lectura tenga sus detractores. ¿Y quiénes encajan en este último grupo? Pues claro está: quienes temen mudar y desordenar; quienes temen descuidarse de sí para colocarse por encima, fuera de sí mismos; quienes no saben que la imagen de la felicidad sólo se valida en un ámbito ajeno al imperio de lo real, donde se nos intenta acotar, sujetar a una animalidad simplona.

La lectura es una incontestable vía de conocimiento, una oportunidad para trastocar, subvertir interesadamente el mundo, para colocarnos al margen del canon que pretende reducirnos a tediosos agentes del realismo. Pero la lectura es también albacea de la memoria, de una memoria compleja y activa que se apropia de lo que imagina. Leyendo imaginamos, conocemos, memorizamos… activamos los canales de humanidad que nos caracterizan y distinguen. ¿Qué más se puede pedir? Pues que se lean preferentemente los textos que enciendan esos canales; que en lo posible se eviten aquellos que los apagan hasta convertir la lectura en una vana costumbre de engullir palabras muertas, (des) estructuradas en pos de una calistenia visual incapaz de conectar al nervio óptico con el motor de la imagen. Sí, entre la Odisea y el Manual de Instrucciones, entre la Biblia y el Programa del Partido media un abismo. A él se asoman valientemente los "cuatro" que leen algo.

Cuídense esos "cuatro". Acérquense a las fuentes. Seleccionen con cuidado a sus comentaristas. Los demás, como no se embarcan, no se marean. No saben cuánto se pierden. A ellos no puedo dirigirme. Pero a ustedes, amables lectores, cómplice les digo: me voy a leer. Esta noche, treinta años después, comienzo la relectura de un libro que leí cuando tenía veinte: “Doktor Faustus” de Thomas Mann. Estoy excitado. A ver…

sábado, 20 de abril de 2013

¿Alunizaje forzado del B 612?




Nuestro desatino pretende tocar el cielo.
         Horacio

Se hunde quien levanta grandes piedras.
 Yorgos Seferis


“…Pero lo más llamativo es la partida de 78 millones para construir un robot que sería enviado al espacio para capturar un pequeño asteroide a partir de 2017. Ese asteroide sería luego arrastrado hacia la Luna para que un grupo de astronautas comenzara a tomar muestras y a estudiarlo a partir de 2021. "Esa misión nos dará una valiosa experiencia" que será necesaria "para enviar humanos a destinos más distantes en el Sistema Solar, incluyendo Marte", indicó en un comunicado el responsable del Directorio de Operaciones y Exploración Humana de la NASA, Bill Gerstenmaier. Según John Grunsfeld, administrador asociado de la NASA para el Directorio de Misiones Científicas, el primer paso será encontrar asteroides "adecuados para la captura". Obama ha marcado como próximos objetivos para la exploración espacial estadounidense un asteroide para 2025 y llegar a Marte en 2030…”

El extracto anterior corresponde a una noticia que apareció hace unos días en la prensa. Pensé escribir a la NASA para pedirle que pusiera el ojo en el B 612, asteroide del que no supimos más cuando se esfumó El Principito, pero no me atreví. Mi inglés es rudimentario, y mi castellano tan dado a la imagen… Sí señor, enlazar al legendario asteroide y posarlo en la luna. Mirar en sus volcanes, saber acaso qué fue de la rosa, de los baobabs, del cuerpo sin vida de su único y pequeño habitante… Pero cómo lograrlo. Bueno, para empezar contamos con 78 millones de dólares y el prometido robot en que se gastarán. Ya, pero si el asteroide se resiste (parece lógico que así sea) ¿cómo forzar entonces el alunizaje? En fin, he pensado mucho en esto sin éxito, pues no encuentro la imagen que resuelva el enfrentamiento del robot millonario con el tranquilo pero tal vez indócil asteroide. Un cuerpo que conoce la rosa, no se dejará engatusar por otro de ajena inteligencia y llano espíritu mineral, por muy pulcra y fulgente que este último exhiba su metálica carcasa. ¿Cómo insuflar a ese robot un alma? ¿Cómo hacerlo atractivo ante una roca que sabe de vida, más aún, de poesía? El presupuesto de la NASA para su artefacto se me antoja exiguo. Un alma es cosa muy seria, y sin ella…

En cualquier caso (pensaba yo estos días) si el apresado fuera el B 612, cuán a gusto iría a la luna. Estaría dispuesto a mancillar su cara oculta, a ofenderla no sólo de palabra, sino de pisada, por curiosear en el mágico asteroide. Siempre sospeché que sabemos muy poco sobre él, que El Principito apenas nos dejó cifradas claves. He llegado a pensar, incluso, que puede ser un sitio de paso para algunas almas que esperan un cuerpo nuevo, o para otras que ansían un reacomodo tan ventajoso como imposible en el escalafón celeste. Pero además, sospecho que las semillas y la vida de las que hubo noticia, tuvieron que contar con un agente corpóreo para llegar al referido asteroide. ¿Adónde fueron a parar las plumas no ardidas en las alas de Ícaro? ¿Todas cayeron para naufragar en Icaria? ¿Dónde excretaba el águila que incansable devoraba el hígado a Prometeo? Puede que el B 612 guarde muchos secretos. Tal vez valdría la pena sacarlo de su órbita para profanarlo. ¿O no?

No sé... Hace un tiempo lamenté ver al desnudo, desenterrados, los rechonchos cuerpos que completan las otrora enigmáticas cabezas de los moáis de Rapa Nui. Poder dar así, de pronto, si se confirmaran mis sospechas, por ejemplo, con el alma de Sócrates o el ADN de Jápeto, me intimida. Tal vez sea mejor dejar las cosas como están. Los robots en su sitio, los asteroides también.

Pero ¿y si éstos (quiero decir los asteroides, pues los robots ya lo hacen) se vuelven contra nosotros? No creo que lo hiciera el B 612, pero ¿y si otro descarriado nos pone en su mirilla? ¿No sería mejor apresar a uno cuyo estudio nos pueda defender de todos?... Yo, al menos de momento, y después de mucho pensar en el asunto, opto porque se mantenga el statu quo. Aunque me pese, renuncio a indagar en el B 612. Gastemos esos 78 millones de dólares en apresar, no cuerpos celestes, sino humanidad. Dejemos a los asteroides que orbiten tranquilos. ¿Dónde? Perdonen que me ocurezca, pero ahora sólo se me ocurre decir con Lezama: “Allí, en la más intocable lejanía, donde los pitagóricos le situaron un alma a las estrellas”. Si, allí, donde el B 612 será siempre un enigma.




 

sábado, 13 de abril de 2013

Hombre y orangután ante caballo que bebe




Yo a mi hija ya le he dicho que se haga cantaora o algo, que canta muy bien. Sal en la tele. El que habla es Mané, que tiene un bar donde, a veces, por las tardes, se juntan unos amigos a tocar flamenco. Yo esos de los libros, a los que van de culturales, me descojono, dice. Llevo diez años con el negocio y no he visto ni uno que tenga para pagarse los cafés. ¿Qué le dices a tu gente? ¿Qué sean como ellos? Venga hombre. Mucha facha y nada más. A mí, esos de los libros, negocio me hacen poco.

El extracto anterior (me costó trabajo escoger uno, y con pudor lo incluyo) pertenece a un artículo que me envió hace unos días mi amigo Carlos Negrín. Fue publicado en “El Confidencial” y se titula “Sí, soy un inculto, pero gano mucho más que tú. ¿Qué pasa? ¿Eh?”. El artículo es malo, no pude leerlo entero, lo confieso, sólo le pasé por encima. Suficiente. ¿Para qué? Pues para esbozar una pequeña pero amarga mueca y escribir algo al respecto. Por cierto, mi amigo Carlos me dijo que tampoco lo había leído completo. Me lo envió entre asombrado y contrariado.

¿Qué es eso de ser culto? ¿Tiene utilidad? ¿Cuál? Qué manía de preguntarse cosas tiene el hombre, madre mía. Cómo gusta incordiarse a sí mismo persiguiendo razones huidizas cuando no hostiles…
Para muchos autores supuestamente cultos, serlo radica única y exclusivamente en la capacidad de comprender el presente y pre-ver el futuro a partir del conocimiento profundo del pasado. O sea, para un supuesto vidente, ser culto sería tal vez un ocioso exceso. Si alguien es capaz de pre-ver el futuro en base a dones sobrehumanos, no necesita conocer al hombre. ¿O sí?... Lo que parece claro es que para quien no tenga el poder de la adivinación, puede resultar interesante, incluso útil, saber a qué atenerse frente al emotivo, pero en última instancia previsible, comportamiento de tan raro animalito.

La cultura, vista así, es un providencial saco de memoria, una suerte de almacén de datos para una videncia casi científica. Miren por dónde, los cultos, los videntes y los científicos terminan encontrándose… Sí, un hombre culto es, sobre todo, un visionario, aunque limitado, pues sólo funciona si conserva la memoria y tiene a mano su chuleta histórica. Cómo no citar aquí a Ortega. Decía éste: “… el chimpancé y el orangután no se diferencian del hombre por lo que hablando rigurosamente llamamos inteligencia, sino porque tienen mucha menos memoria que nosotros. Las pobres bestias se encuentran cada mañana con que han olvidado casi todo lo que han vivido el día anterior, y su intelecto tiene que trabajar sobre un mínimo material de experiencias. Parejamente el tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno. El hombre, en cambio, merced a su poder de recordar, acumula su propio pasado, lo posee y lo aprovecha. El hombre no es nunca un primer hombre; comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado. Este es el tesoro único del hombre, su privilegio y su señal. Y la riqueza menor de ese tesoro consiste en lo que de él parezca acertado y digno de conservarse: lo importante es la memoria de los errores, que nos permite no cometer los mismos siempre.” Y ahora la célebre frase del pensador: “Romper la continuidad con el pasado, querer comenzar de nuevo, es aspirar a descender y plagiar al orangután”.

Me he permitido esta larga cita porque resulta demoledora para quienes menosprecian la cultura; ese “pretérito amontonado” que poseemos, y que, especialmente si se acomoda en la imagen (la memoria es, sobre todo, un selectivo imaginario) nos permite ser hombres frente a las bestias. Si ser culto es realmente estar en posesión de un ventilado montón de memoria, y por ello no tener que empezar cada día a cimentar humanismo sobre el vacío; entonces, señores, ser culto no es un lujo, es una pesada pero necesaria sobrecarga. La cultura es continente y transmisor de memoria. La cultura recibe humanidad, la incuba, la testa. Casi nada…

Dicho esto, debo continuar diciendo que el primer síntoma que denota un déficit de cultura en el citado artículo, radica en que su autor pretende adjudicar a nuestro tiempo un especial rechazo a la misma. ¿Somos ahora singularmente apáticos frente a ella? El tema no se puede agotar, ni siquiera despachar en dos párrafos, pero ateniéndome a las exigencias de este formato, intentaré explicar lo que creo al respecto: en esencia somos los mismos, también frente a la cultura, al menos desde que vivimos rigurosamente socializados, ayuntados en la polis o su remedo, y sometidos al devenir en un tiempo lineal e histórico.

Los impulsos civilizador y cultural de la humanidad se encontraron frente a frente, por primera vez con toda su potencia, en la polis, en la historia, donde se trasciende el tiempo circular sujeto a cíclicas e invariables vueltas. Lo que el impulso civilizador necesitaba hacer entonces, el cultural debía someterlo al riguroso decantador de la memoria precipitada, sedimentada, poseída. La solución equilibrada a las tensiones que generó tal correlato, permitió al protohombre pasar de la prehistoria a la historia en dirección a sí mismo. Pero para un animal en principio tan económico, calculador, cauteloso y cobarde, este equilibrio no podía construirse si las fuerzas descritas resultaban simétricas.

La civilización necesita la ceguera que le es extraña a la cultura. La civilización es atrevida, la cultura es prudente. La cultura estaba condenada a ser minoritaria en los inquietos predios de la historia, ese escenario donde lo actual no sólo es medio sino fin. La cultura, afortunadamente, siempre fue cosa de pocos, y pocas veces armó el brazo ejecutor de la historia. ¿Adónde nos habría llevado, por ejemplo, la sociedad pretendida por Platón? La cantinela de la cultura frente a la civilización y viceversa tiene milenios de existencia y se puede rastrear desde la Grecia preclásica hasta el día de hoy sin grandes esfuerzos. Es cierto que sobre todo a partir del siglo XIII, donde se comienza a gestar el último gran cambio de episteme, de la religión al capitalismo, se hicieron más visibles, que no más reales, estas fértiles contradicciones. Es cierto también que hoy en día, en pleno apogeo del hombre-masa, que dispone de importantes medios para expandir su credo, la irreverencia de la incultura se hace más notoria y escandalosa, pero este asunto no es nuevo, y tratarlo como tal denota desmemoria, incultura.

Claro, que sepamos que estos contrarios obran desde siempre en la historia, no quiere decir que no debamos controlar, hasta donde sea posible, el necesario equilibrio entre ellos. Tal equilibrio siempre será asimétrico, pero no podemos prescindir de él. Hoy, en un escenario global, la incultura, que también lo es, parece campear, rampar incluso por doquier. Puede que el hombre-masa capitaneado por el científico-ignorante, suponga ahora un riesgo algo mayor en tanto posee mejores medios para expandir su credo. Pero similares medios poseen sus contrarios. La cultura, ese saco de memoria, ese “pretérito amontonado” seguirá contrapesando la ceguera civilizadora, la barbarie. Para hacerlo necesita soldados especiales, individuos con mucha memoria, especial sensibilidad, gran capacidad para el esfuerzo y la comunicación. Sin embargo, la resistencia ante la barbarie debe ejercerse sin despotismo, porque si bien la incultura resulta hoy visiblemente descarada, la cultura puede ser muy insolente cuando se adorna y se encumbra, que es, en la casi totalidad de los casos, cuando resultada impostada, impostora.  

¿Qué hacer entonces con esos “cultos” lectores de best sellers y consumidores de todo tipo de cine que, al parecer, etiquetaban su afición para tener éxito social, incluso para ligar; y que ahora se rinden ante la inoperancia de su táctica, la rápida degradación de su marca? Pues consolarlos e invitarlos a que hagan verdadera memoria. Sólo apilando y penetrando pasado seriamente podrán entender qué les pasa, y, quién sabe, tal vez encontrar vías de auténtica plenitud. Al resto, los que se jactan de su desmemoria, agradecerles que nos mantengan vivos, que opongan a nuestro decadente impulso su irreverente temeridad. Del tal manera funciona el “negocio”: los unos a recordar y los otros a ejercer su derecho al olvido, a la ignorancia; los unos a medir y pesar lo que los otros deciden desconocer. Siempre fue así. Sin las crecidas del Nilo, no habría existido ni agricultura ni agrimensura en Egipto.

La violencia, el exceso y el descaro son tan vitales al hombre como sus contrarios. Y si encima ahora (dice el citado artículo) regodeándose en ellos se gana más y se liga mejor ¿qué podemos objetar? Eso sí, cuidado la desmemoria no llegue a su peor extremo y nos convierta en máquinas. Con esa única línea roja bien marcada en suelo y horizonte, digo sin ambages: ¡que (sobre) vivan los incultos! ¡que sigan haciendo juego, operando en la historia con los ojos vendados! No permitan que la cultura se empache de memoria y termine vomitando puro nihilismo. Pero, por favor, ¿podrían empujar y colorear la civilización sin excretar en sus podios?¿podrían atender las señales de los decadentes cultos, cuando éstos, recordando la figura de su mutante silueta, avisten al maligno? Ay, cuántas almas, cultas, incultas, habrían podido esperar tranquilamente su natural hora para transmigrar o viajar a Dios, si los grandes civilizadores hubieran escuchado y atendido a Holan cuando pre-dijo: “Habrá de nuevo guerra…/ Qué silenciosamente bebe el caballo…” 


domingo, 7 de abril de 2013

Gracias, Colorao




                                
                                                         A María y Fernando, que nos invitaron

 

En La Habana llamábamos “coloraos” a las personas de piel rojiza, como encendida, pero también a los de piel muy blanca, que estaban como perennemente “ruborizadas”, y que tenían el pelo entre amarillo y rojo. Sí, del colorao al albino en ocasiones había una tenue frontera. No era un matiz muy apreciado éste. ¿Los coloraos están enfermos? nos preguntábamos algunos niños. En la Ciénaga de Zapata, sin embargo, donde vivía mi abuelo canario, el término se usaba más bien para los animales, especialmente para los gallos finos, es decir, los de pelea. Si éstos tenían el plumaje con dominante rojiza, se les llamaba coloraos o indios. Y también se usaba para adjetivar a cierto bejuco de aplicación “paramédica” o “religiosa”. En la Regla de Ocha el colorao es el tono de Changó, un orisha dual ciertamente peligroso cuando arde en su rojo. Coloraos eran los labios (bembas) y las mejillas (cachetes) pintados de rojo estridente, y coloraos solían ser también los vestidos ceñidos de las más exuberantes y peligrosas “hembras”. En fin, no era el colorao, ese rojo canalla o desvaído, según el caso, un tono muy bien visto, la verdad.

Hoy, cuando fui a escuchar en concierto a Domingo Rodríguez Oramas, El Colorao, timplista de Fuerteventura que comparte apellidos con Arsenio y El Guayabero, todas aquellas acepciones del referido matiz debieron pasearse por mi inconsciente. –– Colorao y timple, qué sugerente par. Música fácil, seguro. ¡Vaya error! En una pequeña sala que tiene y programa Paco Díez en Mucientes, unas 100 personas nos citamos con este gran músico, y todos nos caímos de culo (en el buen sentido de la frase, claro está) nada más comenzó a tocar. Alí Babá se había colado en el Metropolitan Opera House, y no para robar, sino para mostrar allí el tesoro que, fallidamente sustraído de la célebre cueva por su malvado hermano, se ha ido agrandando con músicas, que de camino entre Persia y el Nuevo Egeo, entre Damasco y Nueva York o La Habana, han hecho escala en Canarias. Este Colorao viene de pleno Atlántico, pero lleva en su timple el Mediterráneo entero. Con él recrea desde la lira hasta el banyo, y viaja desde Bagdad a Chicago, desde Asunción a Lisboa, como quien lo hiciera de su jardín a su patio. Música canaria, vale, qué maravilla, como si fuera poco, pero aquí hay mucho más que eso. Primero, porque la música canaria es el resultado de un incansable ir y venir, quedarse y recoger de todas partes. Segundo, porque El Colorao es un músico ambicioso que no se atiene a pueriles lindes. Su sensibilidad es enorme, y su fraseo, aunque con base canaria, se mueve desde el sirtaki al jazz, pasando por todos los géneros de origen árabe y latino, desde el fado o el flamenco al tango, con especial inclinación a la música cubana.

Qué regalo este concierto, Colorao. Qué falta me hacía escucharte para constatar una vez más que no hay instrumento pequeño, ni estilo, color o mote que mermen la feliz epifanía cuando la música abre una puerta buena y entra en un corazón propicio. Timplea de esa manera, Colorao, y estarás poniendo el necesario tapón al sumidero por el que pierde su cargado caldo el Mediterráneo. No entregues el tesoro de la magnífica cueva en ninguna aduana; no lo condenes a ninguna caja fuerte. Muéstralo en todas partes. Canarias, quién lo sabe, puede ser un vestigio de la Atlántida, o simplemente una socorrida escala para músicas peregrinas. Qué más da. Hoy has hollado las almas isleñas, pero también las continentales, las esteparias… desde tu isla, sí, mas con la música de medio mundo vibrando en tus impares cuerdas… Sigue intuyendo lo que necesitamos de ti, Colorao, sigue trabajando para nosotros. Perdona mi egoísmo, pero evita las comilonas, no fumes, duerme bien, no bebas demasiado. No enfermes, Colorao. Mira que ese mote en La Habana aconsejaba cautela… Nosotros a bendecirte, maestro. Tú timplea.

Aquí les indico un enlace para que lo escuchen:
http://www.youtube.com/watch?v=-oPCvoYBeLY

 

viernes, 29 de marzo de 2013

Memorioso calzo





Tenía unos quince años, y muchas ganas de saber lo que no estaba permitido averiguar, cuando escuché hablar por primera vez de “Caballón”. Fue en casa de mi amigo Rolando Varela. Reinaldo, su padre, al detectar mi creciente interés por la buena música cubana, especialmente por aquella que “lindaba” con el jazz, me dijo: “Debías escuchar al padre de Chucho, Caballón Valdés”. ¿Dónde puedo hacerlo? Pregunté yo. “No lo sé, está prohibido, pero debías buscarlo”, me contestó. Por increíble que parezca, me era más fácil entonces escuchar el Long Play completo “Let it be” de los Beatles, (cosa que también hacía semiclandestinamente) que una sola interpretación de Bebo al piano.

No escuché a Bebo hasta que emigré. Pero su repertorio y su forma de tocar fueron desde entonces un utilísimo calzo para La Habana que me traje a Castilla, que me colma todavía, y que, sin la impronta de gente como Fernando Ortiz, Lydia Cabrera, Moreno Fraginals, Lezama Lima, Alicia Alonso, Leo Brouwer, Bola de Nieve, Chucho Valdés y su padre, entre otros, habría enfermado de cojera en mi memoria, cuando no roto definitivamente en ella: leña húmeda para una malograda y transparente misa negra.

La música que más interesaba a Bebo, y que tan bien componía, arreglaba y ejecutaba, es una suerte de mágica sutura en ese maravilloso ensayo de patchwork socio-cultural e histórico, que fue y está dejando de ser La Habana. Porque La Habana, que gracias a su urbanismo, arquitectura, pintura, teatro, danza, poesía y música, se extendía radialmente desde la tina donde más y mejor se bañaba San Cristóbal, hasta cada rincón de cristiano impulso, está hoy retrayéndose en pos de su bonsái, peor aún, de su simplona caricatura. Pero claro, ¿qué puede esperar para sí una ciudad que, sometida a la barbarie, depone el refinamiento ante el ruido de las tribunas?...

Las fabulosas hebras que tejían a Bebo: esa que nació en la contradanza inglesa y emigró a Francia/ Haití/ Cuba, que nos llegó también desde España; aquella otra, que con parecido origen, se acomodó en Nueva Orleáns, Luisiana; ambas acompasadas por esa última que puso música a las oscuras bodegas de la trata negrera, que en ellas empinó la humanidad entre sucios fluidos y graves vuelcos; tales hebras, digo, hoy se destejen para no molestar en el feliz imperio del Reggaeton. 

Su majestad El Culo rampa en La Habana que hoy se alivia de finuras y complejidades. San Cristóbal enferma entre cuajarones de aceite, y los matones cortan cabezas de gallo para rubiales de fácil dólar… Bebo no está. No estuvo en los últimos cincuenta años. Su música, la mía, la tuya, la nuestra, que unió el teatro isabelino con el solar habanero, que sentó a Shakespeare junto a Malanga para que juntos ejecutaran finalmente los más raros caprichos de Hathor, hoy cuenta con uno menos. ¿Habrá en el futuro una Habana posible, más allá de la memoria calzada, para su huella?


  

domingo, 3 de marzo de 2013

Ritornelo heráclida



Hoy leí en un periódico el siguiente titular: “España tendrá 10 años más de crisis”.
(El presidente de un prestigioso instituto económico alemán aconseja a Rajoy que siga el modelo de su país.)

Unos mil cien años antes del nacimiento de Yeshua, los heráclidas (dorios) llegaron a Grecia desde el norte de Europa para hacer valer sus “derechos”. Los heráclidas (descendientes de Hércules) habían sido expulsados por los protogriegos (pelasgos y aqueos) durante cincuenta años a causa de sus numerosas tropelías, y los dorios, oportunamente enterados de que espiraba tal castigo, decidieron usurpar su identidad y presentarse en el Peloponeso, hierro en mano, para “recuperar lo suyo”. En fin, los dorios lo ocuparon todo menos Arcadia, y como eran especialmente racistas, decidieron no mezclarse con los indígenas que, acosados y diezmados, se fueron aislando en las cimas de algunas colinas en lo que fue el germen de la polis, gloria y desgracia del mundo griego, causa principal de que jamás lograra fundar una verdadera nación. 

Los dorios, dueños del hierro, bárbaros y espartanos, sin ningún interés en el mestizaje, se vieron sin embargo superados por los indígenas en dos cosas esenciales: la lengua y la vocación religiosa, ambas frutos y a la vez vehículos de la imagen. Gracias al griego y al panteón olímpico, (pues al final todos, los dorios a la cabeza, se sometieron al mismo Zeus y a su cohorte de dioses celestes) aquellas tribus, muchas veces condenadas al aislamiento en las colinas, tejieron una identidad cultural que desde el siglo IX hasta el VI, siempre antes de Yeshua, constituyó el germen de Occidente. 

Occidente, que fructificó sobre todo en el siglo V, y que también en este siglo fue preparando su declive en la obra de sus grandes pensadores, hasta que finalmente Alejandro se inventara el primer proceso “globalizador” conocido por el hombre y lo convirtiera en otra cosa, ésta… “Todo lo que llega a su apogeo comienza a declinar”, dijo Abd Allâh poco antes de entregar Granada a los almorávides. Los griegos dejaron de creer con fervor en sus dioses y se perdieron. En fin, varios siglos bastaron para que impulsados por la imagen (lengua y religión) aquellas gentes, amén las frecuentes guerras tenidas entre sí y con el oriental enemigo común, se prepararan para dar a Occidente un sentido, una altísima cultura humanista, que aún después del tótum revolútum alejandrino, conserva buena parte de su identidad. 

Pero ¿cómo lo hicieron?¿viviendo exclusivamente para trabajar, para hacer dinero? Gracias a Dios (a los dioses) los griegos, en vías de prepararse para “colonizarnos” a todos por los siglos de los siglos, amén, jamás tuvieron interés alguno en el trabajo, quiero decir, en hacerlo ellos. Para el arquetípico ciudadano griego, trabajar, sobre todo físicamente y con el mero objetivo de hacer dinero, era sencillamente una pérdida de tiempo y un descrédito. Todo lo que no fuera trabajar ejercitando la mente, todo lo que no fuera jugar a ser semidioses, fabular y comunicar, era tenido por vano cuando no por estúpido. Más allá de la poesía, la filosofía, el teatro, la música, la geometría y la retórica, nada interesaba de veras, (oficios aparte) como no fuera la gimnasia y la carrera militar. Incluso artes como la arquitectura, la escultura y la pintura eran tenidas en la mayoría de los casos por actividades de segundo orden. Gracias, digo, a esa vocación de sus élites por la imagen y el pensamiento, a ese desinterés por el trabajo estrictamente productivo, al contrapuesto interés por el mythos y el logos, los griegos, que jamás pudieron constituir una nación para sí mismos, conquistaron la eternidad para Occidente. Hoy todavía todos somos en gran medida "griegos". Los alemanes también, sobre todo ellos.

Tal estado de holgazanería selectiva permitió a los griegos inventarlo todo, quiero decir todo lo que importa, o sea, TODO. Pues ¿qué de lo después (re) pensado en Occidente no lo fue ya en los siglos que separan a Tales de Epicuro, especialmente en esos irrepetibles años que median entre Esquilo y Aristóteles?... ¿Y los dorios que no emigraron? ¿Cómo se encontraron los romanos a sus descendientes y vecinos en las actuales Alemania, Austria, Inglaterra? Pero ¿dónde se creó la democracia que esos países hoy blanden y cacarean como suya? ¿Y gracias a qué? ¿Acaso a que sus creadores vivían sólo para trabajar? Pues no. Pero ¿adónde fueron a beber, aun en plena ilustración, los grandes intelectuales alemanes: Kant, Fichte, Schelling, Hegel, Hörderlin, Schiller y Goethe, entre otros, para consolidar su cultura y su nación? ¿De dónde salieron el idealismo alemán del XIX, el marxismo, el nihilismo; de dónde su neoclásico y su romántico? ¿Quién ha seguido el modelo de quién para llegar hasta aquí?

Señores expertos alemanes, ya llevaba Alonso Quijano unos doscientos años de aventuras cuando el Fausto de Goethe se encontró con el famoso perro. Y qué decir de Jasón, Ulises, Eneas, Dante… El sur no necesita nuevos heráclidas. Hace tres mil años que hacemos pie en la sagrada charca. Ahí, donde ustedes bebieron en aquel supuesto “retorno” usurpando la identidad a la descendencia de Heracles para destronar a los Atridas, donde bebieron después todos esos germánicos e ilustrados prohombres que ahora veneran, donde se bañó Nietzsche, tan lúcidamente loco, donde encontró Benn su elitista lira… 

Señores, ya vimos caer a Eretria, ya se perdió Constantinopla, ¿con qué prolongada crisis nos amenazan ahora? Toda ciencia trascendiendo, el sur escribió el poema que torpemente sobreafinados ustedes declaman. En su gran charco, el sur vio nacer y crecer a la historia, más aún, la acunó, la amamantó... Ahora sonríe al verlos planificar con minuciosa solemnidad su muerte, sus exequias. Son como niños, pero no por fabuladores, sino por inmaduros. Ya sabemos que nuestros gobernantes no leen, que andan detrás de su hierro para escamarse a sí mismos. Qué pena. Pero poco nos importan sus carencias e imposturas cuando hablamos de cosas verdaderamente serias. Agiten su férreo ábaco ante semejantes acólitos, pero no esperen que nos asustemos con tan poca cosa. Miren, el sur sólo caerá de un falso pedestal que le es ajeno. 

Estén ustedes tranquilos, el sur conservará el cardinal ónfalo, ese que no cabe en sus museos… Pero si un día lo vieran cayendo realmente de sí mismo, entonces, señores, preocúpense los primeros, porque no bastará con volver a usurpar la identidad semidivina para empezar de nuevo. ¡Sí, niños que siempre aprendisteis en nuestras escuelas, jugad con vuestra maquinita monetaria todo lo que queráis, amenazad, meted miedo, pero si el padre Meridión peligra ante Bóreas, si cae ––digo, es un decir–– dejad el juego, corred, salid, niños del norte, por la cuenta que os trae, id a buscarlo!...




domingo, 24 de febrero de 2013

Remedio a la escuadra





Como todos mis lectores habrán notado, llevo un tiempo menos activo en este formato. El trabajo me impide escribir, y lo que es peor, limita mis horas de lectura, tanto, que estoy leyendo únicamente en las madrugadas, en la cama. No estoy contento con ello, pero por ahora no puedo hacer otra cosa. Hoy domingo (que me perdone Dios) me levanté a trabajar, y lo estaba haciendo cuando recibí una llamada de mi buen amigo, el poeta Fernando del Val. Suficiente. Después de quejarme un rato ante él (perdóname tú también, Fernando), me rebelé, me dije que dedicaría al menos lo que restaba de la jornada a leer, y ¿por qué no? a escribir.

Aquí estoy, después de un trecho de lectura, antes de otro, haciendo un breve paréntesis para escribir mi “entrada” número 33. Acaso el texto para tan señalada ocasión debió ser más meditado, lo sé, pero sentí ganas de escribirlo, y bien merezco, después de tanta renuncia, un autocomplaciente desliz… (Puesto a pedir perdón, que me lo otorguen también, por favor, los numerólogos). Claro, lectores y amigos no llevan culpa alguna en mis frustraciones. Nunca los invitaría a leerme si no tuviera algo que decir, por muy grande que fuera la palabrera urgencia.

Hace un tiempo que releo a los poetas de “Orígenes”. Comencé con la obra completa de Lezama a partir de un magnífico regalo de mi querido Luís Enrique Valdés. Seguí con Gastón, Cintio, Virgilio, Eliseo; y ahora estoy con Fina García Marruz. En el 2010, centenario de Lezama, la editorial Pre-textos publicó, con antelación a los sonoros premios que la autora obtuvo después, una magnifica antología sobre la obra de Fina al cuidado de Milena Rodríguez: “El instante raro”. Es ése el libro que tengo ahora en mi mesilla de noche. Algo dije ya en este blog sobre “Orígenes” y varios de sus miembros. No hablaré ahora sobre la obra de Fina (eso ya lo hacen otros muy bien) sino desde ella.

La relectura de esta enorme poeta, como la de cualquier otro de los integrantes de ese grupo, es un verdadero aguijón para los amantes de la poesía, especialmente para quienes la escribimos. Cada una de las últimas cuatro o cinco noches, cansadísimo, después de muchas horas de extenuante trabajo en las antípodas de la poesía, me he reconciliado conmigo leyendo a esta mujer. En su poesía me reconcilio con quien ahora no soy más que a deshoras, porque muchos de sus versos, especialmente entre aquellos escritos en los años ’40 y ’50 del pasado siglo, cuando era un “pajarito contemplón”, antes de haberse integrado en el organigrama de la Federación de Mujeres Cubanas y el Comité de Defensa de la Revolución, son surcos en la perenne obra de la imagen; surcos abiertos por finísimos bueyes de casta resistencia que escancian la sombra con sus vientres. Y claro, una lectura así me resulta carísima en estos momentos . Leer, cuando trabajo día y noche al margen de mí, cosas como éstas:

No mira Dios al que tú sabes que eres
––la luz es ilusión, también locura––
sino la imagen tuya que prefieres,

que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.

Leer estas cosas, digo, basta para transitar la madrugada tranquilo. Porque Dios, ese poema enorme, estará poniendo sus oscurísimos ojos, no en lo que soy o lo que hago, sino en lo que amo y quiero ser, hacer. Y esto ¿para qué vale? No lo sé bien, pero me tranquiliza. Ah, la escuadra sólo puede medir lo que le es parecido, lo demás escapa a sus férreas coordenadas… No me tienen. No me pueden acotar en la hipoteca, o en una decadente berlina. Les di ciertas ventajas, sí, pero no me tienen. La imagen, siempre redentora, se posa también en mi texto 33; viene en mi auxilio, en el de todos ustedes. Lean a Fina. Lean a los poetas de “Orígenes”. Lean poesía. No calcen mansos en la urgida escuadra. 

Eso tengo que decirles. Y acaso no sea poco ni siquiera para una “entrada” con tan especial número. La imagen, siempre la imagen… ¿No reinó David 33 años en Jerusalem? ¿No murió Jesús a los 33 años? ¿No tiene el rosario islámico 33 cuentas? La gran imagen y la sagrada cifra llevan milenios de feliz maridaje. El 33 tiende al poema, al gran poema… Gracias Fina. Esta nota tenía que volver sobre la Imagen. Ahora sólo queda pedir a la Señora que deslíe su inmenso poder actual: “Acto, príncipe oscuro, realízame”.


  

jueves, 7 de febrero de 2013

Cuidado con el ladrón del frío





"Tiene corazón, sangre, nariz, piernas, boca y ojos como cualquier ser humano. Pero no lo es. Su nombre es Rex y todos sus órganos han sido construidos en un laboratorio. Se trata del hombre biónico más completo construido hasta ahora. Su propósito en esta vida: mostrar cómo la tecnología es capaz de reemplazar ciertas partes del cuerpo humano.”

Así comienza la noticia que leí recientemente en la prensa sobre el último logro de la ciencia en dirección al “hombre biónico”. ¿Y quién, en su sano juicio, puede oponerse a que la biónica, o cualquier otra rama de la ciencia, actúen en el cuerpo humano para prolongar su vida o mejorar la calidad de la misma? ¿Cuánto hace que los marcapasos obran en este sentido? (Para quienes pueden pagárselo, claro). ¿Y qué mal nos han hecho los marcapasos? Sólo “puristas” como los Amish o los Testigos de Jehová, sujetos a férreas doctrinas religiosas, pueden temer al ingenio del hombre hasta llegar al absurdo de pretender detener su vocación de servirse a sí mismo en la vida que trabajosamente cursa, en tanto llegan (si es que lo hacen) esas otras que sueña y espera… 

Yo no. No me opongo a la biónica. Sin embargo, no podemos negar que tal rama científica opera en la periferia de otra mucho más temible, dirigida al logro final de la inteligencia artificial absoluta. La biónica crea órganos que todavía son dirigidos desde el cerebro humano, pero el transhumanismo no se conformará con ello. No les bastará a sus fieles que dejemos de ser puras máquinas biológicas, porque buscan la “perfección”, y para estos hijos de la cópula entre la ciencia experimental y la economía de mercado (los ignorantes de Ortega) la perfección no es humana… ni divina; es titánica. ¿No es el tiempo lineal y asimétrico, totalmente divino, el que nos enfrenta sin remedio a la muerte? Y un tiempo machacón, circular, cíclico, en fin, titánico, sin devenir a la vista, ¿no nos salvaría de ella?

Cuidado. Aunque Prometeo nos haya puesto en la agenda divina, no podemos olvidar que él mismo es un titán, y que nada molesta más a los dioses que lo titánico del hombre. Decía Jünger: “Siempre el mundo prometeico es a la vez un mundo del trabajo; en ningún lugar su titanismo salta tanto a la vista como cuando está activo en un trabajo infatigable de invención, en el ámbito de los pensamientos ingeniosos, de los talleres.” Cuidado. Los dioses nos pueden castigar si tendemos al “eterno círculo”, pero también pueden hacerlo los propios titanes, si, redimidos por nosotros mismos, abandonan sus castigos y retoman las riendas del tiempo. ¿Cuánto no querrían cobrar a estos locos, que ayudados por el perfecto traidor, se entregaron a Zeus, Pan, Apolo, y lo que es peor, a Dionisos para burlar al tiempo-bucle, y escapar a su indolente imperio hasta llegar a creerse verdaderos creadores? Cuidado. Si regresan los titanes, no habrá más que cacharrería. ¿Eterna? Y qué más da.

(Existirá una máquina purísima
copia perfecta de sí misma
y tendrá los ojos verdes
y mil labios escarlata
no servirá para nada
pero tendrá tu nombre
oh eternidad

              Jorge Eduardo Eielson)

Cuidado. Mientras sea la oscura y todopoderosa imagen quien, desde el cerebro humano, dirija los aparatos, estaremos al salvo. Pero si la cacharrería se convierte en el fin mismo de nuestro ser, si nuestro tirón prometeico nos devuelve al titanismo más infantil y torpe, estaremos perdidos. Dejaremos de ser hombres… Ya, ¿y no dejaremos de serlo en cualquier caso? Bueno, si ha de vaciarse el ser, que se haga imaginando, porque sería una imperdonable estupidez haber llegado hasta aquí para entregarnos mansos; para, como diría Montesquiou (Robert de), expiar una extraña fechoría junto a un dócil Prometeo que pena encadenado a su roca, esta vez por haber robado el frío.

Hoy no puedo extenderme más, pero como ven, no pude evitar comentar esta noticia.